La amistad entre Julio y Abelardo

Bajo el título “Una amistad de literatura fantástica”, la revista “Ñ” de Clarín publicó hace algunos años, la historia del inicio de la relación entre Abelardo Castillo y Julio Cortazar.

Diego Erlan, autor del artículo, confirma que “cuando Cortázar era casi un desconocido, Abelardo Castillo escribió la primera crítica a uno de sus libros”.

Una carta como respuesta a la crítica de “Las armas secretas” escrita por Castillo para el número 2 de la revista literaria “El Grillo de Papel”, marcó el comienzo del vínculo entre dos de los más notables autores argentinos.

A continuación, reproducimos el texto:

“Una amistad de literatura fantástica”.

«Según Julio Cortázar, la primera persona que hizo “una tentativa seria y bien pensada de entender y juzgar” sus relatos fue Abelardo Castillo. “Lo que verdaderamente agradezco es su punto de vista, su aproximación a lo reseñado, su búsqueda de motivos profundos y de perspectivas que quiebren la habitual inanidad de los epítetos prodigados al voleo. Harto de leer reseñas basadas en la solapa de mis libros, encuentro por fin una página que revela un estudio a fondo, una confrontación de toda nuestra realidad o irrealidad literaria, y sobre todo una honradez nada frecuente en nuestro medio”, escribió Cortázar, disculpándose tal vez por su torpeza, el 14 de enero de 1960, en una carta mecanografiada con destino a la calle Maza 1511 que en este enero de 2014, quizás el día más caluroso de los últimos años, Castillo accede a mostrarme de entre sus papeles, entre la correspondencia de aquel autor que por entonces, en el ambiente literario argentino, era casi un desconocido.

Para entender la relación que tuvieron ambos autores habría que remontarse a otro enero, esta vez de 1954, cuando la revista Buenos Aires Literaria publicó el cuento “Torito” que pocos años después Humberto Costantini le recomendaría leer a Castillo. 

O hasta la traducción de las obras en prosa de Edgar Allan Poe publicadas por la Universidad de Puerto Rico en 1956. 

Sin embargo, a Castillo, en esos días, le costaba identificar como la misma persona al autor de ese cuento realista, al Julio A. Cortázar que firmaba la traducción de su admirado Poe y, por último, al Julio Cortázar que en 1959 publicó a través de Sudamericana los cuentos de Las armas secretas . 

Este libro, gracias a la visión y perseverancia de Paco Porrúa, llegó a los estantes de las librerías argentinas y a la redacción de El Grillo de Papel para que Castillo, antes de un viaje en tren a San Pedro, decidiera reseñarlo para el número 2 de la revista que salió en diciembre de 1959.

“Si fuésemos críticos de oficio, y este país otro, conocer tan mal a Julio Cortázar podría resultar imperdonable”, escribió Castillo en aquel texto. 

“Pero, por fortuna, nuestro remoto emparentamiento con esa discutible disciplina es fortuita, y, por desgracia, este país es éste.” 

Castillo se refería a que la crítica literaria argentina trabajaba sin Arlt, sin Marechal y sin Arturo Cancela y “en ese hueco cae Cortázar como una explosión: con él la literatura argentina había empezado a dejar de ser tan provinciana”, dice ahora, mientras recuerda aquella época, sentado junto al ajedrez que gobierna el centro del living de su casa de la calle Hipólito Yrigoyen. 

Básicamente, Castillo dejaba claro que siendo Borges un autor admirable (que su generación, por falta de imaginación, abominaba), Cortázar, siendo menos riguroso (con cuentos que tenían características de novela o relato), puede de todos modos reinventar al ser humano. 

No sólo eso: también identificaba a la narrativa de Cortázar como esencialmente fantástica, y “El perseguidor” como una historia excepcional basada en la biografía de Charlie Parker (dato que hasta ese momento nadie se había dado cuenta) y a “Las armas secretas” como un gran cuento con un final defectuoso ya que “hubiese ganado intensidad” sin el diálogo final entre Roland y Babette.

Eso le gustó a Cortázar. “Me gusta que no le guste el final de ‘Las armas secretas’. Tiene toda la razón del mundo. El diálogo de Roland y Babette figuraba antes del final en la segunda versión (porque hubo tres), pero después lo puse a lo último y probablemente me equivoqué; la verdad es que ese cuento es uno de los que me han dado más trabajo, sin dejar nunca satisfecho. 

Con respecto a ‘El perseguidor’, adivinó bien: Johnny es el ‘Bird’ y la dedicatoria está allí para que cualquiera que sepa algo de jazz se dé cuenta.

Los episodios son en gran parte inventados, pero algunos (Johnny arrodillado en la terraza del café, Johnny incendiando el hotel, las historias de Johnny con su mujer, y el dolor que le causa la muerte de su hija) salen directamente de un artículo de Leonard Feather, publicado en la revista del Jazz Club de Francia luego de la muerte del ‘Bird’. 

Lo que hice fue desplazar la acción a París, puesto que no conozco los EE.UU. y crear un Johnny muy mío partiendo del esquema necrológico de Feather. De paso le diré que ‘Amorous’ es en realidad la famosa grabación de Lover Man , que Parker improvisó bajo los efectos de la droga, y que siempre quiso destruir. 

Aquí en B.A. se podía comprar por 4 pesos en 1949. Pero en esa época mucha gente seguía creyendo que lo mejor del jazz era todavía Ellington. Y basta de lata. Me he dado un gusto charlando un poco con usted en la única forma en que podía hacerlo. Quizá alguna vez nos conozcamos. Por ahora, un abrazo de su amigo.” Y el trazo de la firma al pie sellaba el comienzo de una amistad a pocas horas de partir en barco de regreso a Francia.

Castillo dice que en ese momento, en los sesenta, faltaba todavía leer la gran novela ciudadana que la literatura argentina tenía pero aún pocos (demasiado pocos) conocían. 

Porque estaba Marechal, estaba Arlt y estaba Arturo Cancela, “pero esos tres escritores, para nosotros –dice Castillo–, eran la nada, por muy diferentes razones”. 

Y entonces volvió a aparecer Cortázar con un porteño de los años 40 que fascinó a todos, con una prosa soberbia, una historia inolvidable y un acierto, a juicio de Castillo, que pertenece netamente al plano literario: y es que La Maga tuviera precisamente ese nombre. 

“El acierto de Rayuela no es tanto el personaje de La Maga sino el nombre, Cortázar instaló un personaje que no sé si está del todo en la novela, pero que rodea de una jerarquía literaria y se transforma en arquetipo.” 

En persona se conocieron recién a principios de los 70, y la primera vez que Julio Cortázar cruzó la puerta de la casa de Castillo empezó a sonar en la radio un tema de Charlie Parker. La anécdota la recuperó Castillo para su libro Ser escritor de las páginas de su diario íntimo, que ahora termina de corregir. En ese mismo instante Cortázar sonrió y comentó “qué linda música” mientras que el otro, tal vez por vergüenza, intentó explicar que la puesta en escena no había sido armada a propósito sino, aún mejor, una virtud del azar. Cortázar no le dio mucha importancia porque, según decía, eran habituales en su mundo. Para Cortázar esas eran el tipo de cosas que debían sucederle a un escritor.

Castillo aprovechó aquella primera carta para pedirle algunos cuentos inéditos a Cortázar. Y Cortázar, a su vez, aprovechó el pedido para que Castillo le enviara los suyos. Así lo hicieron y en el mismo envío se cruzaron “Continuidad de los parques” e “Historia para un tal Gaido”. Es decir, la historia de un lector que termina siendo asesinado por el personaje del cuento que está leyendo y la historia de un autor asesinado por el protagonista del cuento que está escribiendo en ese departamento de la calle Maza. Casi la misma idea. Esas son las cosas que deben pasarle a los escritores, solía decir Cortázar. Son esos extraños dibujos que traza la realidad”.

FUENTE: Notisanpedro.info – POR DIEGO ERLAN

El mas entrañable de nuestros pintores populares.

Molina Campos: del más querido de nuestros pintores

Se cumplen, en agosto que comienza, los 130 años del nacimiento del entrañable retratista de nuestros paisanos. En su vida y obra el rol de una mendocina fue fundamental.

Florencio Molina Campos, hoy es unánimemente reconocido. Sin embargo, en vida, pese a que su popularidad se ampliaba gracias al inmenso suceso que tuvieron los almanaques que Alpargatas editó durante 12 años (de 1931 a 1936 y luego a partir de 1940) la crítica y los “entendidos” le daban la espalda.

Como en su momento le sucedió a José Hernández con su Martín Fierro, su temática fue despreciada con el mote de costumbrista, como resabio de la barbarie.  Su humor fue malinterpretado. Durante mucho tiempo fue un mero ilustrador, al margen de los ámbitos de la “verdadera pintura”.

Nació en Buenos Aires el 21 de agosto de 1891, en el seno de una familia tradicional, formada por nueve hermanos y no tantos recursos. Estudió en los colegios La Salle, El Salvador y Nacional Buenos Aires y sus vacaciones transcurrían en la estancia materna de “Los Ángeles”, en el partido del Tuyú, (hoy Gral. Madariaga). Allí aprendió a querer y a conocer profundamente a los hombres de campo y a enamorarse de los paisajes pampeanos que infinitas veces llevará a sus obras.

En 1905, la familia arrienda “La Matilde”, en Chajarí, Entre Ríos, que Florencio frecuenta hasta la muerte de su padre acaecida dos años después. A principios de la década del veinte, se casa con Hortensia Palacios Avellaneda. En 1921 nace su única hija Hortensia Molina “Pelusa”; pero su matrimonio llega a su término en 1924. Pelusa, a su tiempo será madre de Gonzalo Giménez Molina, único nieto de nuestro artista.

En 1926 realiza su primera exposición en la Sociedad Rural de Palermo con gran éxito. El presidente de la nación el doctor Marcelo T. de Alvear visita la misma y lo nombra profesor de dibujo del Colegio Nacional de Avellaneda, donde por 18 años dictó clases.

Córdova Iturburu aseveró que sus estampas, suscitaron un singular interés entre el público: “Aquello era algo nuevo, inusitado. Lo inesperado era que el artista veía al gaucho como el gaucho se veía a sí mismo… los mira con los ojos con que se miran ellos y los considera con su mismo espíritu entre burlón y afectuoso. Su risa es bondadosa. Es risa de comprensión y cariño”. 

En 1931 aparece el primer almanaque de “Alpargatas” que recibe una inmediata y masiva aceptación en los ámbitos rurales. A partir de entonces Molina Campos pintó los originales (144 en total) de lo que se constituyó en la primera pinacoteca popular argentina.  Cerca de 18 millones de láminas fueron editadas, coleccionadas y a menudo enmarcadas en ranchos, pulperías y almacenes de nuestra campaña.

En la década del cuarenta, con una beca de la Comisión Nacional de Cultura, Florencio ya casado con la mendocina María Elvira Ponce Aguirre, viaja a los Estados Unidos. Allá firma un convenio con una fábrica d e implementos agrícolas de Minneapolis para hacer los originales de sus almanaques y Walter Disney lo contrató como asesor para la producción de dos películas.

Por aquel entonces ilustra el “Fausto”de Estanislao del Campo. En los cincuenta repite sus viajes a los Estados Unidos. Visita Alemania, y expone regularmente en Buenos Aires, primero en Witcomb y luego en Galería Argentina. En 1959 a poco de cerrar una exitosísima muestra en esta última, falleció en el Instituto del Diagnóstico de Buenos Aires.

Hoy, a 130 años de su nacimiento, Florencio Molina Campos es unánimemente reconocido. A los valores artísticos de sus obras se suman el humor y la originalidad de su lenguaje. Sus pinturas son un testimonio iconográfico invalorable de nuestra tradición campera (que lamentablemente poco a poco va desapareciendo).

El mercado lo ha empezado a justipreciar. Sus obras han sido disputadas por coleccionistas de distintos continentes.

El Museo Las Lilas de San Antonio de Areco, en la Provincia de Buenos Aires, presenta buena parte de los originales de los Almanaques de Alpargatas y el sitio oficial contiene a su vez un vasto catálogo fácilmente abordable por todos.

Sumamos nosotros también en este aniversario del natalicio del entrañable Florencio nuestro recuerdo a uno de los grandes pilares del arte de los argentinos y seguramente el más querido de todos.

La mendocina enamorada de Florencio Molina Campos

Fue en Mar del Plata, donde Elvirita, una mendocina de larga alcurnia, conoció a Florencio. Corría el año 1927 y tras una exitosa primera muestra en la Exposición Rural de Palermo, el artista, que por entonces se presentaba como “caricaturista” fue invitado por la galería Witcomb a exponer en su espacio en la antigua Rambla de la playa Bristol.

Elvirita, de 24 años, veraneaba con unas amigas. Curioseando entraron a la galería mientras Florencio Molina Campos disponía la colgada de las 34 obras que había llevado. Cambiaron de elogios y quedaron en reencontrarse en la inauguración de la exposición al día siguiente.

Según contaba Elvirita, Florencio le presentó entonces a Marcelo T. de Alvear que también había sido invitado junto con su esposa Regina Pacini. De la charla resultó que el Presidente de la Nación había estudiado abogacía con el Dr. César Ponce, su padre. Solía recordar también que una de sus bisabuelas, alumna de las maestras que trajo Sarmiento de Estados Unidos había bordado la Bandera que San Martín portó en el cruce de los Andes.

Siempre sonriente, de maneras sencillas y amables fue Elvirita una enamorada continua de Don Florencio y su obra. A su muerte le dedicó un poema que transcribimos:

“YO SERÉ LA GUARDIANA”

Yo seré la guardiana

de tu pampa y de tus cielos.

De tus humildes ranchos

Bañados por la lluvia, por la luna o por el sol.

Regarán de lágrimas

Tus montes de espinillos,

y muy, muy dentro del mío,

tendré tu corazón.

……

Yo seré la guardiana

de esa riqueza inmensa

que cuidaré mientras viva,

con razón y sin razón.

Y en un abrazo tierno

de infinita dulzura,

Estrechare por siempre

tu pampa hecha canción.

Fallecida Elvirita, la Fundación Molina Campos que ella inspirará, el único nieto del artista y el Museo de Areco tutelan la obra de Don Florencio.

Algunas de las tantas obras de Florencio Molina Campos (Gentileza Mendoza Online)

FUENTE: Mendoza Online – Pintura – Campo -Por CARLOS MARÍA PINASCO

Siempre el ego…

Cómo el ego de un don nadie destruyó el templo de Artemisa, una de las 7 maravillas del mundo antiguo.

El templo de Artemisa era el orgullo de los efesios.

Vivían en su polis —o ciudad-Estado independiente en la antigua Grecia—, cerca de donde está hoy la ciudad portuaria de Esmirna, en Turquía, y la diosa de la caza, los animales salvajes, el terreno virgen, los nacimientos, la virginidad y las doncellas era su patrona.

Según el historiador griego Heródoto, había sido erigido a expensas del fabulosamente rico rey Creso de Lidia y, según el romano Plinio, tenía 127 columnas, 36 de ellas finamente talladas con relieves.

En el centro del que fue uno de los templos griegos más grandes de la historia y el primero construido casi completamente en mármol, se alza la colosal figura de Artemisa, hecha en madera ennegrecida.

Era una maravilla… una de las siete del mundo antiguo, que dejó sin aliento hasta a Antípatro de Sidón, autor de la famosa lista:

“He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de Zeus de los elfos, y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la vasta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esas otras maravillas perdieron su brillo, y dije: ‘aparte del Olimpo, el Sol nunca vio algo tan grandioso'”.

Además de sus propósitos religiosos, era un imán que atraía turistas, comerciantes e incluso reyes que le rendían homenaje ofreciendo diversas joyas y otros tesoros, y hasta servía de protección para los perseguidos, pues nadie se atrevería a hacer algo que pudiera profanar el templo.

Pero el 21 de julio de 356 a.C. ocurrió una catástrofe.

“La quema del templo de Éfeso”, ilustración de George Paston [seudónimo de Emily Morse Symonds], 1753.

Mientras la diosa Artemisa, según el historiador griego Plutarco, estaba ausente del santuario, ayudando en el nacimiento de Alejandro Magno, un hombre llamado Eróstrato o Eróstrato quemó deliberadamente el templo que había tomado más de un siglo construir.

¡Pero ¿por qué?!!!

Fue una tragedia.

En el curso de una noche, todo lo que estaba hecho de madera —el techo, las escaleras, las puertas, los muebles y la adorada imagen de Artemisa— ardió en llamas y a la mañana siguiente estaba reducido a cenizas.

Todo lo que quedaba de un templo que alguna vez fue el más magnífico eran sus columnas humeantes, ennegrecidas y arruinadas.

Eróstrato fue prontamente apresado y confesó que había incendiado el santuario para que “a través de la destrucción de ese edificio tan hermoso, su nombre fuera difundido por todo el mundo”, como relató Valerio Máximo, autor de la colección Factorum et dictorum memorabilium (“Hechos y dichos memorables”).

Por el infame acto, además de ser torturado y ejecutado, fue castigado con el olvido, por medio de lo que más tarde se empezó a llamar damnatio memoriae —literalmente “condena de la memoria”—.

Cualquier registro de su existencia fue eliminado y la mera mención de su nombre fue prohibida, bajo pena de muerte.

Ilustración de Eróstrato

FUENTE DE LA IMAGEN -THE TRUSTEES OF THE BRITISH MUSEUM

El innombrable.

Por un tiempo, la medida se acató, pero eventualmente Eróstrato logró su objetivo.

A pesar de la damnatio memoriae decretada, el historiador contemporáneo Teopompo mencionó su nombre en una obra escrita ese mismo siglo, de modo que, a pesar de que poco sabemos de él, nunca fue olvidado.

Más que recordado

Eróstrato saltó de los libros de historia a otras esferas.

En la literatura, varios grandes como Victor Hugo, Antón Chéjov, Jean-Paul Sartre, Miguel de Unamuno y hasta aquel ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra, violaron la “condena de la memoria”.

En el poema onírico inacabado “La casa de la fama” de Chaucer del siglo XIV, aparece presentando su caso frente a la musa Calíope, quien está escuchando súplicas en su corte de la fama.

El lugar en el que estaba el templo hoy.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES – El lugar en el que estaba el templo hoy.

Tras escuchar a buenas personas que desean ser conocidas por sus buenas obras y otras también buenas pero que no quieren ser famosas, así como de malas personas que quieren ser olvidadas, y conceder o negar sus peticiones aparentemente guiada por el capricho, le llega el turno a Eróstrato, un ejemplo que en ese entonces parecía inusual: una persona a la que se recuerde por ser mala.

Cuando la musa le pregunta por qué lo hizo, responde que quería ser famoso como lo eran otras personas cuya fama se debía a sus virtudes o fuerza.

Y se le ocurrió que la gente mala tenía tanta fama por su maldad o sagacidad como la gente buena por su bondad. Y como no podía tener un tipo de fama, no se iba a quedar sin la otra, por eso quemó el templo.

Cuando pide que su fama sea proclamada a los cuatro vientos, la musa responde: “¡Con mucho gusto!”.

Pero no sólo sigue vivo en el mundo de la ficción, sino también en la ciencia.

El complejo de Eróstrato es un término utilizado en la psiquiatría moderna en relación a personas que sufren sentimiento de inferioridad pero quieren sobresalir a toda costa, así que recurren a acciones agresivas, como destruir objetos de arte, valores, objetos socialmente útiles, torturar animales y personas.

Además su nombre se ha usado en distintos idiomas para acuñar términos o expresiones, como esta, que aparece en el Diccionario de la Real Academia Española:

Erostracismo: de Heróstrato, ciudadano efesio que, en el año 356 a. C., incendió el templo de Ártemis en Éfeso por afán de notoriedad, e -ismo.

1. m. Manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre.

El magno

El templo de Diana en Éfeso (de la serie "Las ocho maravillas del mundo") de Maarten van Heemskerck, 1572.

FUENTE DE LA IMAGEN -GETTY IMAGES

El templo de Diana en Éfeso (de la serie “Las ocho maravillas del mundo”) de Maarten van Heemskerck, 1572.

Los efesios comenzaron la larga tarea de volver a levantar su templo sobre los cimientos originales poco después de la tragedia.

Años después, recibieron cálidamente a aquel que había nacido de las cenizas del santuario de la diosa, Alejandro el Grande.

Entró triunfante en Éfeso tras derrotar a las fuerzas persas en la batalla de Granicus en 334 a. C., liberando a las ciudades griegas de Asia Menor.

Pero cuando el heroico conquistador se ofreció a pagar todos los gastos de la reconstrucción si se le concede crédito por su generosidad, el ayuntamiento enfrentó un problema: no querían estar en deuda con el macedionio pero ¿cómo rechazar a alguien tan poderoso?

Pues con una de las frases más diplomáticas de la historia: “Es inapropiado que un dios le dedique ofrendas a los dioses”.

FUENTE: Dalia Ventura – BBC News Mundo

Libro revela las cartas entre Cortázar y Abelardo Castillo

Lo editó Sylvia Iparraguirre, viuda del autor de “La mamá de Ernesto”. Aseguró que su marido nunca publicó las conversaciones epistolares “por pudor”, pero cree que es momento de que se conozcan. 

Sylvia Iparraguirre y Liliana Heker anticipan “Julio Cortázar: exilio, amistad y literatura”, un libro con las cartas entre el célebre escritor Julio Cortázar con el marido de la primera, Abelardo Castillo, ambos jurados del Premio Clarín Novela. 

El título retoma la polémica del escritor con los exiliados en la dictadura, y rescata un diálogo epistolar con el fundador de la revista “El Ornitorrinco”.

“Cuando Cortázar planteó que acá no se podía decir nada, que había que irse a París a decirlo, donde él estaba exiliado, la revista planteó su posición. Liliana retoma esa polémica en el libro. Mi parte pasa por otro lado, por las cartas de Cortázar a Abelardo, que él nunca quiso publicar”, dijo Iparraguirre. 

El escritor y novelista nunca reveló el contenido de las cartas del autor de “Rayuela”, por un lado, por pudor, y por el otro porque según su mujer, “detestaba esa tilinguería pseudointelectual que se armaba alrededor de Cortázar”.

En total son ocho cartas, enviadas en  los años en que se publica “Los premios”, y después “Rayuela”, en 1963. En ellas, el fallecido autor le pide a Abelardo que le envíe la crítica de Liliana Heller sobre estos tomos.

“Ella en el libro traza una semblanza de las tres revistas que hicimos, así como de su historia personal con Cortázar y finalmente, retoma la polémica. En mi parte lo que hago es reconstruir la relación entre Cortázar y Abelardo, a partir de lo que Abelardo iba escribiendo en su diario”, explicó.

Cómo se conocieron

En 1959, Cortázar era un absoluto desconocido, y cuando lee la reseña de Abelardo “Conocí a Cortázar”, en 1960, de paso por Buenos Aires, le escribe aquella larga carta a Abelardo, a quien le llevaba unos 25 años, aunque habrá creído que Abelardo era un hombre mayor, por los términos en los que se dirige a él. Luego vendría otra, en la que Abelardo le pide un texto para “El grillo de papel”…Y Cortázar le manda nada menos que Continuidad de los parques inédito.

“Hay pasajes muy graciosos en estos intercambios: en uno Cortázar se indigna porque Continuidad de los parques se había publicado mal traducido al francés como “continuidad de las parcas”, recordó, risueña. 

También hice los facsimilares de las cartas, en las que vemos hasta las tachaduras de Cortázar. Terminamos con un texto de Abelardo dedicado a Cortázar al momento de su muerte. Son casi treinta años de historia”, cuenta.

El libro estará listo para agosto o septiembre, según calcula la autora. La escritora escribió, además, una novela en pandemia, “Antes que desaparezca”

FUENTE: Entre líneas – Cadena 3) Biografía y Memorias

Uno de los más grandes poetas

La obra de Hernández podrá ser leída con realidad aumentada

Se trata de una reconstrucción de poemas en narrativas 4.0 que abordan la realidad virtual, los portales inmersivos gracias a la aplicación museo virtual creada por la startup argentina UXart.

La obra del poeta español Miguel Hernández (1910-1942) llega en realidad aumentada por inteligencia artificial ya que su poesía se suma a la aplicación museo virtual creada por la startup argentina UXart y alojada en IBM Cloud.

Se trata de una reconstrucción de poemas en narrativas 4.0 que abordan la realidad virtual, los portales inmersivos, la tecnología 3D, la geolocalización y la holografía, e incluye un mapa de Orihuela, ciudad natal de Hernández, en Alicante, con puntos de interés para los visitantes y enclaves vinculados a los poemas, informó la agencia de noticias DPA.

“La herramienta puede ser usada por los estudiantes en los colegios, para acercar el arte a las personas cuando no pueden viajar o para mostrar todas las facetas del artista al turista que esté visitando Orihuela”, explicó Uxart en un comunicado.

La startup generó contenidos en 360 grados junto a entidades oriolanas, que permiten usar los portales inmersivos desde cualquier lugar del mundo y conocer las calles, plazas, monumentos, museos y barrios de la ciudad del poeta, incluidos los murales homenaje del popular Barrio de San Isidro.

“La reconstrucción virtual permite conocer la Ruta Hernandiana y toda la ciudad”, dijo Víctor Bernabéu, desde el Ayuntamiento oriolano.

Uxart, dedicada a crear experiencias de arte e intervención urbana a través de la tecnología, cuenta en su museo virtual con la obra de 16 artistas de Argentina, Francia y, a partir de ahora, España.

Para disfrutar de estas obras, los usuarios pueden visitar la isla El Descanso, en el delta del área metropolitana de Buenos Aires y acceder a videos en 360º y obras de arte en 3D.

UXart Lab incluye portales interactivos de realidad aumentada con un mix de artistas cinéticos y permite el acceso a una experiencia que se puede realizar desde cualquier lugar en 18 ciudades. Los usuarios pueden interactuar a través de videos, elementos 3D y navegación web en realidad aumentada.

FUENTE: Entre Líneas – Cadena 3) – Tecnología y literatura

Más que interesante – Parte I

Byung-Chul Han, el filósofo que brinda la más afilada radiografía de una sociedad adicta a los likes

Un recorrido por la obra del filósofo, articulador de las miradas más lúcidas pero también más populares de la que habilitó un correlato en Argentina con una andanada de nuevas publicaciones que recogen la potencia de su discurso centrado en el agotamiento que genera el imperativo occidental de éxito y positividad.

Con un análisis que desmenuza la sociedad contemporánea que habitamos, adicta a los likes en redes sociales, fóbica al dolor, que ha perdido sus rituales y que desdibuja las barreras entre ocio y trabajo, la figura del filósofo surcoreano Byung-Chul se colocó en el último tiempo entre las miradas más lúcidas pero también más populares de la actualidad, un fenómeno que tiene su correlato en Argentina con una andanada de nuevas publicaciones que recogen la potencia de su discurso centrado en el agotamiento que genera el imperativo occidental de éxito y positividad.

La sociedad paliativa”, “Buen entretenimiento”, “La desaparición de los rituales” y “Caras de la muerte” son algunos de los títulos de este prolífico autor afincado en Berlín, todos ellos recién publicados por el sello Herder y distribuidos por Manantial.

Catalogados en la rama de la filosofía popular, constituyen volúmenes breves, ingeniosos, de amena digestión, llevaderos y contundentes, casi como un buen video de Tik Tok.

“El símbolo chino para ‘Chul’ significa ‘hierro’ o ‘metal’ pero también ‘luz’. En coreano, filosofía significa ‘Chul-Hak’, es decir, ‘ciencia de luz’.

De esta manera seguí en mi vida, sin saberlo, el significado de mi nombre”, contó alguna vez Han, que viajó a Alemania para estudiar Metalurgia en la Universidad Técnica de Clausthal-Zellerfeld, aunque una vez allí cambió por completo el rumbo de sus intereses.

Para algunos nada tiene que ver el pensamiento de este filósofo oriental que reflexiona desde Occidente con la factoría de entretenimiento que proviene de su país, Corea del Sur y que ha conquistado un inmenso público internacional en terrenos como la música, la televisión o el cine, del viral “Gangnam Style” al film Parasite, pero es innegable que de manera similar han triunfado en sus respectivas disciplinas, salvando las distancias.

Pero además el filósofo es reacio a dar entrevistas a la prensa sobre sus escritos, y cuando lo hace, sólo responde vía correo electrónico, en el idioma que adoptó -el alemán-, a lo que sumó en el último tiempo un nuevo requisito que es solo hablar con personas que sean filósofos (o filósofas), un obstáculo que podría sortearse con una estadía de cinco años en la sede de la Facultad de Filosofía de la calle Puan para tener posiblemente -así y todo puede que diga que no- un intercambio con el pensador apto todo público.

De cualquier modo, este surcoreano-alemán con una amplia llegada al público masivo entregó algunos de los conceptos más sobresalientes del mundo incierto que habitamos: así, en el más reciente “La sociedad paliativa” alude a una sociedad actual que ha desarrollado una fobia al dolor, en la que ya no hay lugar para el sufrimiento, algo que se refleja tanto en lo personal como lo social, e incluso en la política.

“El imperativo neoliberal ‘sé feliz’, que esconde una exigencia de rendimiento, intenta evitar cualquier estado doloroso y nos empuja a un estado de anestesia permanente”, asegura el autor sobre este cambio radical de paradigma en Occidente, a diferencia de las sociedades premodernas, las cuales tenían una relación muy íntima con el dolor y la muerte.


“Han abre la pregunta acerca de si tal vez todos esos corazones de las redes sociales, todos esos pulgares arriba de Facebook, todas esas interacciones simpáticas que se supone que reafirman nuestro bienestar, tal vez no son todo lo que necesitamos para estar bien.

Suponiendo que tenemos ese malestar que la pandemia intensificó muchísimo, ¿cómo lo podemos expresar? ¿Tenemos permitido expresar ese malestar? “, dice a Télam el escritor y periodista Nicolás Mavrakis.


Continuará

FUENTE: Por Mercedes Ezquiaga

Italia pelea por su patrimonio cultural

Nuevo round por la repatriación de “L’Atleta Victorioso de Fano”

Una nueva legislación italiana permitirá al país repatriar obras históricas de su patrimonio cultural. La escultura de El Atleta, en el Museo Getty es uno de los primeros objetivos a reconquistar.

La comisión de Cultura del Senado de Italia aprobó una resolución sobre la restitución de los bienes culturales ilícitamente
exportados fuera de su territorio. La norma es una vuelta de tuerca más que se viene a sumar a una legislación internacional destinada a impedir el expolio de objetos esenciales de la idiosincrasia cultural de todas las civilizaciones. En este caso a lo que se
apunta es a la reversión de los ya acaecidos.

Ya en 1970 la Unesco resolvió que todo bien cultural debía en lo sucesivo contar con un certificado de exportación emitido por el Estado para salir de sus fronteras. En Italia el certificado ya era requisito para cualquier bien arqueológico desde 1939 gracias a una ley sancionada por Benito Mussolini. 

La nueva normativa no se trata más que de un eslabón en una larga cadena, pero ha puesto en el tapete un tema apasionante, con múltiples historias ya resueltas y otras que mantienen el suspenso propio de un thriller.

Entre las primeras se encuentra la recuperación por parte de Italia de la “Dea de Morgantina”, una escultura del período griego del siglo IV AC.

La obra de más de 2 metros de altura representaba a una diosa griega. Provenía de excavaciones clandestinas en Sicilia.

Las distintas etapas que la llevaron primero al Museo Getty de Los Ángeles y su restitución al museo del centro de la isla del Mediterráneo después de largas batallas legales son apasionantes.

Hoy, vuelve a estar en el centro del ring un capo-lavoro greco que el Museo Getty de Los Ángeles exhibe con el título “Victorius Youth” y que los italianos conocen como “L’Atleta vittorioso di Fano”.

Su origen se remonta a la misma época en que fue creada la Dea. La obra representa un joven en tamaño natural y se atribuye a Lisipo, un escultor del siglo IV AC, dilecto de Filipo II rey de Macedonia.

Junto a Praxiteles, Lisipo es considerado el cenit del período helénico de la escultura griega clásica.

El retratado sería un compañero del heredero al trono, el futuro Alejandro Magno, en el acto de premiación en los Juegos Olímpicos.

Faltan los ojos que posiblemente fueran de un material vítreo y los pies que quedaron seguramente adheridos a la base, también perdida. En su estado actual, la escultura mide 152 centímetros.

La obra fue llevada al bronce mediante la técnica de la cera perdida, es decir, que el artista modeló la obra en un material maleable que permite que, aún después de veinticinco siglos, podamos admirar en pleno la potencia estilística de su autor.

A su vez, los vestigios de la tierra refractaria usada para su fundición hallados en el interior hueco, permitieron mediante el método del carbono 14, la datación de la obra.

El hallazgo de L’Atleta Victorioso de Fano, la obra que Italia busca recuperar

En el verano de 1964 un pescador accidentalmente la enganchó en sus redes y así fue recuperada del fondo del mar Adriático, frente a las costas de Fano, un pequeño puerto en Le Marche, entre Ancona y Pesaro.

No aparecieron otros restos del naufragio, pero supuestamente la escultura viajaba en un navío destinado a Venecia.

Infringiendo normas vigentes, el hallazgo no fue declarado a las autoridades. 

En cambio recorrió (después de un largo período de ocultamiento) de la mano de traficantes siempre alertas un camino conocido.

Exportada ilegalmente de Italia, llegó a Boston en 1977 y al poco tiempo fue adquirida por el Museo estadounidense, según se dice, en cuatro millones de dólares.

A partir de 1989 llegaron al Getty los primeros reclamos de restitución y en 2018 distintos fallos judiciales italianos ratificaron los derechos sobre la obra.

Hay librados en consecuencia, pedidos de embargo. La resolución, ahora aprobada en forma unánime por la Comisión de Cultura del Senado Italiano, implica una moción que refuerza la sentencia de la Corte de Casación Italiana de diciembre de 2018.

En aquella oportunidad el Museo declaró, “continuaremos defendiendo nuestro derecho legal a la estatua”.

Antes del inicio de la pandemia ratificó aquella posición y luego se llamó a silencio.

Sin embargo, en los últimos años el Museo Getty debió devolver cuarenta obras reclamadas por Italia, entre ellas la Diosa de Morgantina antes comentada.

La historiadora de arte Maureen Marozeau, en su apasionante libro “Historias increíbles del mundo del arte” estima el valor de la restitución en cuarenta millones de dólares.L’ATLETA A POCO DE SER RECUPERADO.

Detalles sobre el museo Getty, “el acusado”

El museo Getty es un caso extremo dentro de un país (USA) que, previsiblemente, siempre tuvo una posición muy liberal en lo que hace a incorporación de obras en sus museos y colecciones.

Cierto es que el British Museum de Londres exhibe la mayor parte de los frisos del Partenón (los famosos mármoles de Elgin), que Berlín se ufana de su museo de Pérgamo, y que París se engalana con obeliscos egipcios… Pero el museo Getty es un caso extremo.

Fue fundado en 1953 por John P. Getty, el multimillonario petrolero y coleccionista desenfrenado a fin de beneficiarse de reducciones impositivas.

Tuvo desde el principio una política muy laxa en cuanto a la procedencia de las piezas que incorporaba, política que se exacerbó a partir de la muerte del magnate en 1976, que deja al museo con más de 600 millones de dólares en acciones de la petrolera.

Dinero, angurria y falta de escrúpulos, permitieron al museo conformar una colección extraordinaria que hoy, en gran medida se encuentra cuestionada.

En el centro de ese acerbo brilla todavía la obra atribuida a Lisipo que recientemente un artículo del prestigioso medio “The Art Newspaper” valuó en 16 millones de dólares. Aún está por verse cuándo L’Atleta retorne victorioso a Fano.

Fuente: ARTECARLOS MARÍA PINASCOITALIA

Homenaje a Cesar Moro

Alfredo Quispez- Asín Mas, conocido por el seudónimo de César Moro, nació el 19 de agosto de 1903 en Lima, Perú (y murió el 10 de enero de 1956). El seudónimo lo tomó de una novela de Ramón Gómez de la Serna, y la primera vez que lo usó fue para firmar su primer dibujo modernista en 1921.

Sus amigos le decían Quispecito, Quispicanchis. El cambio de nombre lo hizo en el Registro Civil de Lima, cuando tenía unos veinte años. César Moro recordaría el ambiente de la Lima de su adolescencia como “pueblerino, desolado y pretencioso”. Hijo de Jesús Quíspez Asín, médico y Maria Elivra Mas Puch, se vieron huérfanos de padre él y sus dos hermanos con el fallecimiento temprano de su padre en 1908. Uno de sus hermanos fue el pintor Carlos Quispez Asín.

En 1914 ingresa en el Colegio de Lima La Inmaculada de los jesuitas. En 1921 publica una ilustración en el libro de poemas El alma errante de Roberto Maclean y Estenós y en 1922 ilustra la carátula del libro de poemas Atalaya de Federico Bolaños.

CesarMoro2 - Poesia Online

Sus primeros poemas conservados datan del año 1924.

Moro, que leía mucho en francés, quería irse del país. La Lima de los años veinte le asfixiaba. Era una sociedad religiosa que vivía en la calma vigilada de una dictadura. A él le gustaba poner apodos, broncearse en la playa. Siempre tenía novios, hombres sencillos, militares.

Su madre tenía amigos importantes. Uno de ellos era el dictador Augusto Leguía, presidente por entonces, un déspota generoso. Él le ofreció a su amiga, la madre de César, becas para sus hijos. Carlos, el mayor, se fue a España a estudiar pintura. Moro se marchó a París. Llevaba varias pinturas suyas en la maleta. Quería ser pintor y bailarín clásico, pero finalmente no pudo con el ballet por un problema de salud. Enfermo de pleuresía (afección inflamatoria en los pulmones). También quería ser poeta. Tenía veintitrés años y muchas ideas para su futuro.

Se embarcó en Europa el 30 de agosto de 1925 (recién cumplidos los 22 años). Carlos Raygada (conocido comentador de la época) da cuenta de su viaje en El Comercio (revista de variedades) e indicando sus condiciones como artista plástico y que llevaba dos volúmenes de rarísimas y muy hermosas poesías en su mayor parte inéditas.

La esposa del compositor peruano Alfonso Silva, Alina, que era una amiga de la infancia, lo recibe en París. Ella cantaba en un cabaret del que era asiduo el poeta André Breton, el fundador del movimiento surrealista, a quien Moro leía y admiraba. El grupo siempre estaba en busca de nuevos adherentes y rodeado del escándalo. Habían publicado la revista “La revolución surrealista”, un panfleto contra el escritor Anatole France, titulado “Un cadáver”. Tenían largas sesiones de creación en las que experimentaban la escritura automática hasta llegar al trance, y habían decretado que el año 1925, el año del surgimiento del grupo, era el fin de la era cristiana. Moro se les unió hacia 1928. Conoció también entre otros miembros del grupo surrealista a Benjamin Peret, Paul Eluard…

Toma parte en varias exposiciones de pintura (muy bien acogidas por la crítica) y publica poemas en diferentes revistas surrealistas de la época. A veces dejaba de asistir a las reuniones y entonces Breton le escribía notas preguntándole por su paradero. Hablaba poco de sí mismo. Para entonces ya escribía en francés con fluidez y enviaba algunos poemas al Perú. Un día se disgustó por la forma en que tres de ellos salieron publicados en Amauta, una célebre revista de Lima que difundió a los autores de vanguardia, y escribió una queja: “Gerente: Has publicado mis poemas de una manera infame […] Merecías… Pero, ¿es que mereces algo?”. “Señora —escribió otra vez a un personaje limeño—, a pesar de ser usted un mastuerzo muy delicado le decimos: Mierda”.

En un principio no fue muy bien acogida por los críticos su poesía, que leyeron en sus primeros poemas un deshilvanado modernismo. No llegaron a comprender lo que Emilio Adolfo Westphalen reconoció años después en él. Fue el inicio de la poesía nueva en Perú. Westphalen se convertiría años después en el mejor amigo de Moro en Lima. Escribió una semblanza en la que decía que Moro fue uno de los pocos o más bien el único con quien no necesitaba canjear palabras para ponernos de acuerdo —la armonía era tácita—. Curiosamente esa confianza mutua excluía la confidencia. Durante los años en que lo frecuentaba —casi a diario en Lima— nunca intercambiamos ninguna”.

CesarMoro8 - Poesia Online

E. A. Westphalen indicaba la importancia de estudiar los poemas de César Moro

Escribir y pintar para Moro eran una forma de penetrar el mundo y para ello su puerta de entrada serían el amor y el erotismo, temas relevantes para el surrealismo.

En París César Moro trabajó como pintor de brocha gorda en la remodelación de un teatro. También como jardinero, niñero, pareja de baile… Era propenso a la indisciplina y a la vida nocturna. No le gustaba trabajar y lo reseñó en unos versos: “Abajo el trabajo”. Pecho de bisonte / el pantalón y la chaqueta / hacen el trabajo / pero tu corazón tiene un panorama / Y el jugo de tu chaleco […] Pero vosotros todos / Invitación a no trabajar.

Vivía en casa de amigos. En talleres. A veces se quejaba con su hermano Carlos porque no tenía dinero para comprarse materiales de dibujo. Del teatro donde lo contrataron como pintor, lo expulsaron por hacer dibujos pornográficos en las paredes. Eso lo recordaría años después Francisco Avril de Vivero, un niño al que Moro cuidaba y contaba cuentos a cambio de alojamiento en la casa familiar. En 1932 participa en la redacción de la denuncia contra Sánchez Cerro “La movilización contra la Guerra no es la paz” por el fusilamiento en el Callao de ocho marineros sublevados.

Regresó en 1933 a Lima. Cuentan una anécdota en la que Moro se presentó a una entrevista de trabajo. Un amigo suyo llamado Ricardo Tenaud era funcionario en una empresa telefónica y lo llevó ante su jefe. Poco después de la conversación, el jefe llamó a Tenaud y le reclamó por haberle llevado a “una bailarina de cabaret”. La anécdota se la contó Tenaud, poco antes de morir, al periodista Pedro Favarón, quien escribió un libro sobre Moro. Moro no era amanerado, pero ese día debió comportarse así para no conseguir el empleo. Durante esa etapa iba mucho a la playa y vivía de su madre, que le daba algo de dinero.

Por esos años, conoció al joven poeta Emilio Adolfo Westphalen, en 1934, y se hicieron amigos. Cesar Moro, en su libro de 1934 Los anteojos de azufre, habla de la poesía que “no es, no puede ser más un refugio”, sino que “su sólo resplandor de incendio es una amenaza”. El surrealismo no sólo contempla el mundo, sino que busca transformarlo. André Coyné (amigo y crítico literario de César Moro) nos informa que ʺMoro tenía un conocimiento personal del psicoanálisisʺ, y da a entender que esta incomprensión del psicoanálisis por el surrealismo no es casual, sino que se debe a conflictos en la propia personalidad de Bretón que precisamente el psicoanálisis le hubiera ayudado a resolver, y dice:

ʺMientras el hombre no tenga conciencia total de sus propios problemas íntimos, de la sexualidad bien o mal orientada, mientras no sepa a qué obedecen ciertos reflejos condicionados psíquicos, no podrá pretender ser guía ni resolver en lo esencial los conflictos colectivosʺ

Lima seguía siendo una ciudad amodorrada, sin vida cultural, presa de la dictadura militar de Óscar Benavides que, entre otras cosas, mandó cerrar la Universidad de San Marcos. En 1935 organizó con el poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, la primera exposición surrealista de Latinoamérica, en la Academia Alcedo de Lima. “Esta exposición —escribió en el catálogo— muestra tal cual es por primera vez en el Perú una colección sin elección de obras destinadas a provocar el desprecio y la cólera de las gentes que despreciamos y detestamos”.

A partir de esta exposición entabla una polémica, quizás la más feroz de la Vanguardia, contra Vicente Huidobro, a quien acusa de “plagiario”, “imitador de Pierre Reverdy” y “Literato hambriento de gloria” y denunciando por un ataque de Huidobro a Buñuel. Moro mantuvo una corta pelea literaria. Lo acusó de haber parodiado un texto de Luis Buñuel de una manera lamentable. Huidobro le respondió: piojo homosexual. Moro le contestó: Huidobro de mierda. Junto a Westphalen, César Moro, como máxima expresión de su altercado literario, publicaron el manifiesto Vicente Huidobro o El obispo embotellado, en el que insultaban al poeta chileno.

Vicente Huidobro responde a colación de esto con el artículo “don cesar quispe, morito de calcomanía”, publicado en la revista vital en Santiago.

CesarMoro7 - Poesia Online

A principio de 1935 César Moro asiste a la cópula de un par de tortugas elefantinas, a la que ve como monstruos antediluvianos. Lo que más le impresionó fue el grito lanzado por el macho al lanzarse sobre la hembra para penetrarla. Nunca la olvidaría. 

En seguida adquirió una pequeña tortuga terrestre, a la que nombró Cretina. Junto con Moreno Jimento y Westphalen hacen el boletín CADRE, de amigos de la República española en 1938, por lo que tiene que abandonar el país y refugiarse en México. 

En 1938 se mudó a México y ayudó a sembrar el surrealismo en ese país. Sus versos hacían añicos al lector. Más que lectores —explica el crítico peruano José Miguel Oviedo—, tenía víctimas. 

En 1940 se realiza en México la Exposición Internacional del Surrealismo organizada por Wolfgang Paalen, César Moro y André Bretón, este último desde París, cuyo catálogo lleva una presentación de Moro. César Moro escribe el prólogo y allí dice que el “Surrealismo es la palabra mágica del siglo”. Moro publicó poemas y artículos en Francia, Perú, México. 

Traducía al español los textos de sus colegas franceses e ingleses. Era un gran agitador surrealista. Publicaba en revistas como Dyn, El Hijo pródigo, letras de México, Las Moradas…

En México solo lograría publicar “El castillo de Frisú ” (1942) y “Carta de amor” (1943), sus únicos poemarios publicados en vida. Hubo otro libro que Moro escribió en México: “Piedra de los soles”, que quizás inspiró el título del más famoso poema de Octavio Paz.

Wolfgang Paalen Eva Sulzer Alice Rahon y César Moro México 1940 - Poesia Online

Wolfgang Paalen, Eva Sulzer, Alice Rahon y César Moro (México, 1940)

Mantuvo en México una estrecha relación de amistad con escritores y artistas como Benjamin Péret, Xavier Villaurrutia, Agustín Lazo, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen, José Vázquez Amaral, Elíasn Nandino, Remedios Varo, Alice Paalen, Leonora Carrington… En México tendría una relación apasionada con Antonio A. A. que duró unos ocho años. Antonio estuvo por un tiempo como teniente del Ejército Nacional de México en San Luis de Potosí, México, localidad en la que Moro lo visitaba.

De allí que algunos poemas de La tortuga ecuestre aparezcan como escritos en San Luis de Potosí. El título de La tortuga ecuestre se debe a que César Moro tenía en México una tortuga que llamaba Cretina, como el emblema de su amor. En el verso del poema “Amor el amor” señala “Antonio Cretina César” refiriéndose en una sola línea al amado, al amor y al amante reunidos. 

Escribió el libro de poemas La tortuga ecuestre en 1939, mientras se deshacía en sufrimiento, es su obra más bella, visceral, apasionada. No fue publicado hasta años más tarde. Antonio tenía menos de veinte años y se preparaba para ingresar en la escuela militar. César Moro le ayuda dándole dinero, comprándose ropa, zapatos… 

A veces acude a la habitación de Moro, que contempla en estos versos: El amor en la noche. Un tumulto se anuncia, un tumulto como de sangre que se vierte. Las alas del mundo empiezan a dormir, y sólo tus ojos iluminan el silencio, el gran silencio que reina a tu llegada. Y te desprendes como un árbol o como la noche, a pasos callados, como el gran caballero que aparece en los sueños. Con tu rostro severo, con el misterio y la distancia y con el gran silencio. Yo no podré besarte, a veces dices, yo no podré besarte…

Antonio es la felicidad y a la vez la tortura para César. Antonio, a veces, rompe con Moro. Moro se deprime. Le escribe cartas pidiéndole que regrese. Antonio vuelve. Así pasan algunos años. El carácter del joven se apacigua y le escribe al poeta: “No quiero que sigas sufriendo de lo que ya has sufrido moralmente ya por mí”. 

Pero Moro sufre. No come. Adelgaza. Se enferma. Nunca menciona cuál es el diagnóstico que le dan los médicos. Antonio, en 1942, se muda a Querétaro, donde asiste a un centro de entrenamiento para oficiales. A veces va al Distrito Federal de México a visitar a Moro, que sigue enfermo. En 1945 la relación entró en crisis y terminaron en 1946.

VU4SFVVPGRFHHOG2OK5JWY4TOA - Poesia Online

Antonio se casa con una mujer y en 1944, tiene un hijo. Moro intenta quererlo como si fuera suyo. Diría de él: ʺEn el Perú tengo una madre y aquí tengo al hijo de A. al que adoro y por quien me siento obligado de hacer todo lo que pudieraʺ. 

Antonio, al año siguiente, pide su baja en el Ejército y se muda a Monterrey para dedicarse a su familia. César se encuentra deprimido. 

Escribía con regularidad cartas a su amigo Westphalen, que, en los años cuarenta, difundió el surrealismo en Lima. A veces Moro le hablaba de la falta de dinero y de su enfermedad. El origen de la desgracia parecía ser Antonio. La tortuga ecuestre fue su único libro en castellano y, aunque fue escrito en 1938, fue publicado en 1957 por André Coyné, al no encontrar antes quien la publicara.

Escribió además:

  • Cartas (1939);
  • Carta de Amor (1939);
  • El castillo de Grisú (1941);
  • L’homme du paradisier et autres textes (1944);
  • Trafalgar Square (1954);
  • Amor a muerte (1955).

Cesar Moro produjo una gran influencia en la ciudad de México con su poesía, ya que importó de París el surrealismo literario, que tanto caló y que en figuras como Octavio Paz incidió de una manera especial. César Moro se alejó del surrealismo en 1944 pero no abandonó sus técnicas y puntos de vista. Fue debido a una diferente estimación de la homosexualidad y del psicoanálisis con respecto a los surrealistas como Bretón y por reparos de orden político (por el apoyo de algunos de sus miembros a Stalin como Louis Aragón) y la validez de su praxis.

WBYL56OTKZD4HFWJLQFPTOBRXU - Poesia Online

Moro regresó a Lima en avión el 16 de abril de 1948. Tenía cuarenta y cinco años y toda su obra en una maleta de mano. Había enviado parte de su equipaje por barco, en tres cajas. Una contenía los cuadros que había pintado durante los diez años que había pasado en México. Otra tenía ropa y libros. Esas dos cajas nunca llegaron, se perdieron. 

Le acompañaba Pacho, su perro, un perro salchicha que Moro menciona en algunas cartas desde México. Moro había regresado a Lima con la ilusión de curarse. Quería reencontrarse con su madre, que estaba enferma y a quien no había visto en diez años. Extrañaba el mar. El mar, en su poesía, es una presencia constante. Allí transcurrió su primera cita con André Coyné. Un día de diciembre de 1948 —comienzos del verano en Lima—, Moro tramitaba un diploma de profesor de francés en la Alianza Francesa. Allí le presentaron a André Coyné, un muchacho recién llegado de Francia que quería estudiar a César Vallejo.

Vallejo, para Moro, era un poeta “apaleado”. El romance fue breve, no duró más de un año, y terminó porque el joven francés se enamoró de un pintor. Moro y Coyné dejaron de verse durante un tiempo. Después fueron amigos y confidentes. Coyné fue un gran difusor de la obra de César Moro. 

César Moro no tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela en el Colegio Militar Leoncio Prado. Algunos alumnos se burlaban de él porque era delicado y homosexual. 

María Vargas Llosa, que fue alumno de él escribiría: “recuerdo imprecisamente a César Moro: lo veo, entre nieblas, dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogamos en ese profesor frío y cortés la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. 

Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio”. También estas otras palabras “En las clases solíamos ‘batirlo’ como se batía a los huevones —recuerda el ex cadete Mario Vargas Llosa, en El pez en el agua, su libro de memorias—. Le tirábamos bolitas de papel o lo sometemos a ese concierto de hojitas de afeitar aseguradas en la ranura de la carpeta y animadas con los dedos […] Veo, una tarde, al loco Bolognesi, caminando detrás de él y meneandole el brazo a la altura del trasero como una monstruosa verga.

Era muy fácil batir al profesor César Moro porque, a diferencia de sus colegas, no llamaba nunca al oficial de turno para que pusiera orden, echando un carajo […] Ahora estoy seguro de que, de algún modo, lo divertía estar allí. 

Debía ser uno de esos juegos arriesgados a los que los surrealistas eran tan propensos, una manera de ponerse a prueba y explotar los límites de su propia fortaleza”.

73QEJXTPTNCEBKVQP57VGJBMPQ - Poesia Online

En 1955 culminó una de sus obras principales, Amor a muerte.

Su mala salud y la necesidad de pagar los tratamientos lo obligaron a trabajar mucho, acaso por única vez en su vida. Enseñaba francés en cuatro lugares diferentes, entre ellos la Universidad Agraria, la Escuela de Oficiales de Chorrillos y el citado Colegio Militar Leoncio Prado. 

El 10 de enero de 1956 muere víctima de leucemia. Como anécdota, en el velatorio, un sacerdote quiere decir unas oraciones y no le dejan. 

André Coyné trata de explicarle que Moro era ateo. El sacerdote grita, se enfurece, se retira. También señalan que fue terrible el contraste que un poeta tan vanguardista, tan libre, iba en hombros de militares, cuando portaron su ataúd. 

Su amigo André Coyné continuó con la labor de recopilación, edición y difusión de la obra de Moro. Señalar que es difícil encontrar sus libros en América Latina porque su obra fue escrita mayormente en francés, quedando relegada a unos cuantos lectores, situación que se acentuó por los tirajes brevísimos de sus libros (unos cincuenta ejemplares). Ocurre en muchas ocasiones que, cuando los poetas mueren, sus libros comienzan a venderse, pero con César Moro no ocurre esto. 

A pesar de las reseñas de los eruditos que dicen que podría ser, junto con César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado. En las librerías de Lima, Moro no aparece o muy poco. Hacia el año 1980 se publica en el Perú el primer tomo de su Obra poética, cuando recién se constataba que se había mantenido silenciado a un verdadero ícono de la poesía surrealista, mucho tiempo exiliado entre París y México.

ZKFXVF76LBHLPMV5WXMQPNST2E - Poesia Online

Del libro de poemas (1938-1947)

LA NIEVE ES BLANCA

La nieve es blanca

la lana añosa la idea lanosa

mi amada hermana rencorosa

toda la sangre del mundo

hierve

en frío

Pese  a la muerte mi hermana

por la blancura

con la edad

la idea se convierte en lana

soporte de nieve

de la sangre

Pero la luz vive

eterna

nada la detiene

ni la muerte ni la edad

ni la idea

Pero la nieve la refleja

y todo está dicho en la luz

el amor diverso divino

es sólo un acto de luz

si veo bebo

nadie podrá

agotar la luz ni la sed en mí

en el corazón de la luz

su hijo

FUENTE: Poesía más Poesía- Por Helena- mayo 2021-

Homenaje a Dante Alighieri

En el marco de los 700 años de su muerte

Homenajean a Dante Alighieri con una muestra en el castillo donde escribió “La Divina Comedia”

El castillo está ubicado en Poppi, provincia de Arezzo, donde Alighieri escribió parte de su obra cumbre. 

El mundo conmemora los 700 años de la muerte de Dante Alighieri el próximo 14 de septiembre. Italia, la cuna del autor de La Divina Comedia, máxima obra en lengua italiana y uno de los pilares de la literatura universal, es el centro de los homenajes. En  la fortaleza medieval de los condes Guidi en Poppi, en la provincia de Arezzo, se acaba de inaugurar una muestra. En ese castillo fue donde el poeta florentino  escribió parte de su célebre obra.

La muestra se inauguró el sábado y permanecerá abierta hasta el 30 de noviembre.  Forma parte de la primera exposición del programa Terre degli Uffizi, por el cual el museo de Florencia cede en préstamo obras de su colección para los múltiples homenajes previstos al poeta.

Se incluirán obras de arte dedicadas al Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, los tres espacios que recorren la obra cumbre de este autor, en el mismo castillo de Casentino donde pergeñó algunas de sus estrofas, la tierra que lo acogió por primera vez en su exilio.

Nel Segno di Dante. El Casentino en la Comedia se titula la muestra promovida y organizada por el Ayuntamiento de Poppi, alojada en el castillo de los Condes Guidi, informó la Galería de los Uffizi, una de las pinacotecas más importantes de Italia.

“El Casentino se presenta como el lugar perfecto para honrar al poeta fugitivo. La presencia de Dante aún perdura en Casentino, cuyos lugares evocan, a partir de su paisaje de colinas, bosques y arroyos, la forma clásica del itinerario del caminante medieval; o, como en el caso de Dante, no un simple vagabundo sino también un fugitivo en busca de hospitalidad y protección, que espera un regreso a casa que nunca sucedió”, detalló el comunicado.

Las obras principales de la muestra son el gran cuadro del siglo XIX adquirido por Uffizi el año pasado con motivo del primer Dantedì, Francesca da Rimini en el Infierno de Dante (1810), del romántico Nicola Monti, así como los pasteles de Beatrice Ancillotti Goretti (Matrimonio de San Francisco con la pobreza, 1903).

También se incluyen cuatro dibujos de la Commedia del siglo XVI de Federico Zuccari, elegidos para completar los frescos de la cúpula de Santa Maria del Fiore, que quedaron inconclusos cuando murió Vasari.

“Con la inauguración de esta exposición somos el primer municipio toscano en comenzar con Terre degli Uffizi, consolidando la relación de colaboración iniciada con éxito en 2018 entre la administración municipal de Poppi y las Galerías Uffizi”, declaró el alcalde de Poppi, Carlo Toni.

FUENTE: PÁGINA 12 – CULTURA

Imagen: Gentileza Pinterest

Un retrato del gran poeta chileno Pablo de Rokha

Fue parte del grupo más destacado de la vanguardia poética chilena junto con Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Fue ácido crítico de Neruda, a quien le dedicó al menos dos libros demoledores.

Cuando le otorgaron el Premio Nacional de Literatura en 1965 declaró que le llegaba demasiado tarde.

Ya había muerto su gran amor y uno de sus hijos. En 1968 se pegó un balazo en la boca. Pablo de Rokha es quizás el poeta más enigmático y resistido en su época y en su país, un personaje áspero y trágico. En Mala lengua (Alfaguara), el escritor chileno Álvaro Bisama traza un retrato documentado y expresivo del hombre que vivió y poetiza en estado de diatriba.   

Se llamaba Carlos Díaz Loyola y nació en Licantén, a las orillas del río Mataquito, cuando el fantasma del presidente José Manuel Balmaceda recorría los campos como un ectoplasma tibio, hecho de culpa y promesa. También llegó a ser conocido como Pablo de Rokha, nombre con el que reemplazó al de Carlos poco antes de la década del veinte, en el momento en que se convirtió en un escritor furioso al que nadie supo leer muy bien, porque él mismo era una vanguardia privada, un ejército de sí mismo y la fábula de una genealogía. 

En esa heráldica inventada, fue el patriarca de su propio clan y avanzó por su época como una bola de demolición, rompiendo y perdiendo todo a la vez mientras escribía una obra que lo instalaría como uno de los cuatro grandes de la poesía chilena del siglo XX. 

Los otros, que eran Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral, fueron sus amigos y enemigos y nunca supieron muy bien qué hacer con él, ni cómo entender su obra que era atroz, tremenda y suponía un gesto radical para los demás (los lectores, la cultura chilena, la historia completa de la literatura) pero sobre todo para sí mismo. De este modo, tuvo un clan y una revista y viajó por el país y el mundo y se quedó solo y puso fin a su vida en 1968 cuando nada tenía mucho sentido porque todo lo que había conocido ya no estaba y no le quedaban fuerzas para aguantar lo que viniese.

Antes, escribió y publicó varias decenas de libros, casi todos volúmenes donde la poesía se confundía con el ensayo y la novela. 

Allí, la diatriba muchas veces alcanzó la condición de arte perfecto aunque De Rokha ante todo es recordado por un poema largo donde describe el mapa de Chile como una mesa interminable llena de comidas típicas, al modo de una fiesta que se extiende a través de las provincias

También dirigió empresas y fue profesor y político, aunque trabajó mucho tiempo como vendedor viajero, cargando con cuadros y libros a lo largo del territorio. Escribió sobre Satanás, Jesucristo, Moisés y Mahoma. Leyó a la vez a Nietzsche, Schopenhauer y Walt Whitman y luego los cambió por Marx y Mao Tse-Tung, a quienes entendió como otras vanguardias poéticas.

Cosechó enemigos y detractores y vivió mascando una rabia oscura, hecha de la conciencia del desamparo y de la falta de reconocimiento popular. Cuando en 1965 le dieron el Premio Nacional de Literatura ya era tarde. Su mujer y el mayor de sus hijos habían muerto y sus poemas existían como rumores y susurros; eran apenas visibles, como una leyenda que se mezclaba con los mitos de su personalidad y el eco de sus propias palabras; la suya era una poesía que exigía del lector variadas formas de compromiso.

Un resumen de su vida no alcanza. Sus numerosos libros, donde destacan Los gemidos, Escritura de Raimundo Contreras, Arenga sobre el arte, Genio del pueblo o Acero de invierno, siguen leyéndolo como textos vivos y radicales, mientras que sus amigos y compañeros de ruta, como el crítico literario Juan de Luigi, el poeta Guillermo Quiñonez, el escritor Mario Ferrero o el pintor Abelardo Paschín, parecen haberse hundido en el río del olvido, del mismo modo que buena parte de esa cultura chilena a la que él exigió una comprensión y una altura que nunca recibió de vuelta. 

Sobre el final, De Rokha aguantó hasta que no le quedó nada o casi nada. Siempre había aspirado a volverse un patriarca y muchas veces escribía como tal. Parecía vociferar solo, siempre dispuesto a abrazar de vuelta a quien escuchase sus gritos. Ahí estaba su herencia, esa habilidad para aglutinar tras de sí a los perdedores, los solitarios, los revolucionarios, los locos, los surrealistas, los chinos, los pobres o los olvidados como si fuesen miembros de su propia familia. 

Esa era su pandilla salvaje, su multitud. Ese era su ejército, su legión, su grupo de amigos. Su clan, una banda de malditos y fracasados, de autores invisibles, de héroes oscuros y poetas inéditos. Aquel culto exigía despreciar las mieles del éxito e insistir en el valor moral o revolucionario de la literatura como un fuego exterminador de cualquier falsedad, de cualquier impostura. Porque De Rokha fue el rey secreto de esa tierra imaginaria y el jefe de una familia que era más que una familia.

En un siglo donde la literatura se consolidó muchas veces como una serie de operaciones y relaciones públicas, él perdió casi todas las partidas. “Yo soy como el fracaso total del mundo, ¡oh Pueblos /El canto frente a frente al mismo Satanás, /dialoga con la ciencia tremenda de los muertos, /y mi dolor chorrea de sangre la ciudad”, anotó en uno de sus primeros poemas y se dedicó a cumplir esa declaración a rajatabla por el resto de sus días.

Coyhaique. Duerme. El viaje ha sido agitado. Queda poco. Afuera está la niebla. Afuera está el frío. El sur de Chile es una tormenta. Este es el lugar donde se termina todo: el viaje, la picaresca, la epopeya trashumante de libros y cuadros. Por ahora Pablo de Rokha duerme. Ha cenado bien. Atravesó el sur. Cruzó la isla de Chiloé. Sobrevivió a un temporal. Pueblo tras pueblo atrajo a los amigos y enemigos. La familia se quedó en Santiago, esperando. Todos en una casa con un patio grande, una casa chilena, una casa vieja que pudo parecerse a las de su infancia.

Antes, pasó por una tormenta. Estuvo a punto de naufragar. En medio de la lluvia, el viento, las olas y los relámpagos, salió a la cubierta y sacó dos pistolas. La pequeña se la pasó a su amigo y biógrafo Mario Ferrero, quien lo acompañaba y que contaría la historia años después en un libro de crónicas. La otra se la quedó él, una Smith & Wesson calibre 44, cacha nacarada. Un arma legendaria que era el recuerdo del recuerdo de una guerra. 

En medio de la tormenta, De Rokha miró a Ferrero. Le dijo que tenían que suicidarse. Ferrero lo miró de vuelta. El barco se sacudió, casi se dio vuelta mientras caía sobre el mar agitado, atravesando olas parecían muros de un cemento negro cuyo contacto podía astillar la madera. Entonces los llamaron desde la cabina. El capitán quería hablar con ellos. El capitán se apellidaba Aldana. Cada uno llevaba su arma en la mano. Aplazar lo inevitable, de esta no salían vivos. En la cabina, Aldana les sirvió whisky. Bebieron los tres. El trago los calmó. El alcohol hizo aparecer una valentía estoica, una calma artificial.

Nadie se va a morir por ahora, nadie va a naufragar, dijo Aldana. He visto cosas peores, acotó. Ellos lo escucharon. El barco dejó la tormenta, siguieron el viaje, guardaron las armas. Ahora, más y más al sur, Pablo de Rokha duerme sentado sobre la cama. Se ha acostumbrado a hacerlo así. Ferrero dirá que duerme como los huasos. En verdad, duerme como si estuviera atento al ruido del mundo, alerta ante lo que puede pasar.

Duerme como si no pudiera cerrar los ojos nunca. Tiene la ventana abierta. Le gusta el aire fresco. No soporta el encierro. Quizá sueña con el eco de los pasos de sus hijos rebotando en los pasillos de una casa gigante. Quizá sueña con su esposa o con su padre o su madre. Quizá no sueña nada. Afuera la niebla invade la calle y devora la luz. No anda nadie. Es tan densa que entra por la ventana. Amanece. La oscuridad comienza a irse. Abre los ojos verdes lentamente, se despereza en la soledad de la pieza. Siente un ruido. O dos. Un canto. Un graznido. Prende la lámpara del velador. Una delgada lámina de humedad cubre los paquetes con libros, la maleta negra donde lleva los cuadros que le quedan.

La finísima garúa es otro polvo que se posa sobre las cosas, es otro testimonio del tiempo. Entonces sonríe. Una luz fluorescente y lechosa se cuela desde la calle. Entonces se pone de pie y mira el suelo. Un par de pajaritos pasean por el piso de madera, buscando en las junturas de las tablas enceradas algo que picar. En el marco de la ventana, una avutarda levanta las alas y las sacude. Él escucha las plumas, escucha la pequeña agitación de los huesos del pájaro, el modo en que se despereza y se pone tenso. La avutarda estira las alas. Desde afuera no viene ningún ruido. Se prepara. Antes de irse y volar hacia la luz que está en el centro de la niebla, entona un graznido que bien puede ser un grajeo. Su canto parece el de una voz humana.

La fotografía está ajada. Alguien la dobló, se rompió en alguna parte. Una arruga la corta por la mitad en una división imaginaria. En la foto, los padres y los hijos de la familia Díaz Loyola lucen asombrados, como buena parte de quienes han sido retratados en esas imágenes antiguas donde los rostros del pasado sobreviven a los naufragios del recuerdo. La antigüedad no impide fijarse en los detalles. La foto está en un blog familiar, administrado por los descendientes de Elena, la pequeña niña que está de pie sostenida por el padre, que se llama José Ignacio Díaz.

A la izquierda de la imagen, otra niña lleva una guirnalda de flores en la cabeza. Más allá, cierta luz blanca parece borrar todo detalle de la ropa del bebé que Laura Loyola, su madre, sostiene en los brazos. Al otro lado, en el extremo derecho, otro de los niños parece echarse hacia atrás, quizás asustado por las instrucciones del fotógrafo. José Ignacio está en una silla de madera con el respaldo recto. Lleva un chaleco bajo la chaqueta y vemos la cadena de un reloj cruzándose el pecho. Laura tiene la sonrisa doblada. La línea del labio cae hacia el lado como si conociera algo que los otros desconocen. Ambos parecen muy jóvenes porque son en realidad muy jóvenes: cuando se casaron, en octubre de 1892, ella tenía diecisiete años y él veintiuno.

Carlos, el primogénito, está en el centro de todo, sentado en un pequeño piso acolchado y con las piernas cruzadas. Viste botines y calcetines a rayas. Además de su madre, parece ser el único que no le teme a la foto. Tiene la cabeza levantada y mira a la cámara de modo directo como si supiese algo que los otros desconocen. La nitidez parece concentrarse en él. 

El punctum de la imagen, ese lugar secreto desde donde todo se desmorona o implosiona, está en su rostro, aunque el niño aún no sepa que será conocido como Pablo de Rokha, ni que le dirán el Amigo Piedra, ni que tendrá una máscara llamada Raimundo Contreras, ni que firmará sus primeros textos como Job Díaz, ni que será el macho anciano, el hombre casado, Juan el Carpintero y el antagonista principal de la literatura chilena durante buena parte del siglo.

No lo sabe. El siglo XIX aún no termina. En la imagen, el niño mira desde el centro exacto de la imagen algo que bien puede ser el futuro o la nada. Está vestido de domingo mientras abre los ojos al destello del flash de magnesio y no teme al golpe de la luz que lo graba para siempre.

Vuelvo a la foto. Trato de escuchar en ella los pasos de un fantasma venidero. Ahí, la literatura chilena es un rumor o un murmullo. Luego será otras cosas: un vómito, una diatriba, un poema de amor, una elegía, un arma, un lamento, un grito. Entonces, ¿qué nos impulsa a leer a De Rokha, a tratar de entender su escritura, a revisarlo como un oráculo deforme y tremendo?

¿Cuánto del rostro de ese niño que mira la cámara sobrevivirá en las imágenes del adulto? ¿Serán los mismos ojos los que están detrás de los lentes gruesos que usará en 1965, en el retrato de su rostro que le tomó Tito Vásquez Pedemonte? Es difícil saber. La lengua de Pablo de Rokha es un infierno que se inventa sus propios círculos y se replica a sí misma una y otra vez. Mientras, retorna a sus orígenes y obsesiones, los que son los materiales de su voz, que revisa de modo neurótico. Son ecos. El laberinto de su acento también es el de su memoria.

Pablo de Rokha trató de relatar sus primeros años a finales de la década del treinta. Lo hizo en las páginas de Multitud, la revista de la que era director-gerente y donde participaba buena parte de su familia y amigos.

Ese proyecto era una ficción llamada Clase Media, un roman à clef acerca de los paisajes de su infancia. No la terminó nunca pero décadas después esos textos se convirtieron en parte importante de El Amigo Piedra, su autobiografía, donde se unieron a otros papeles, todos transcritos por su yerno Mahfud Massís (esposo de su hija Lukó) para un volumen cuya versión final fue editada por el crítico Naín Nómez para la editorial Pehuén en 1989.

Esa condición híbrida define al libro, que es extraño y quizás frustrante, pues no cumple con ninguna de las expectativas que se le pueden exigir a un volumen de estas características, desplegando un sinnúmero de líneas paralelas. Ahí, lo que el poeta recuerda fluye como un torrente de agua turbia que arrasa el paisaje y los rostros y las vidas de él y los suyos mientras los expone en carne viva.

Collage póstumo donde podemos reconocer los hilos y los silencios que unen sus distintas partes, en El Amigo Piedra la invención y el recuerdo son lo mismo, relatos tardíos, fragmentos cuyo racconto quedó inconcluso. En él, la infancia es la patria que no abandona porque también son sus muertos y sus monstruos, sus pesadillas. Es la bruma que recorre el racconto de esos primeros días, donde el siglo XIX aún no termina y en donde todo es motivo de asombro. De Rokha, que todavía no se nombra como tal, recuerda a su familia, de la que compone un relato coral que excede los lazos de sangre. Su escritura es densa, huye por las ramas, y se pierde en el paisaje o más bien se encuentra en él.

El poeta focaliza paulatinamente su relato, y toma cuerpo en la medida en que escribe de ello. Ahí, no hay distancias entre los hechos y la invención. Desaparecido el mundo de su infancia, desaparecidos sus padres y los lugares donde creció, el pasado solo puede ser reconstruido como literatura. Así, sus espectros familiares son personajes y apenas resisten como pedazos de habla, funcionan como puras siluetas perdidas en un mundo de brumas. De este modo, si Nabokov usaba Habla, memoria como el modo de revivir un universo que había sido borrado por la revolución bolchevique, El Amigo Piedra describe al poeta como el habitante de un universo mítico y trágico, tan desmesurado como frágil, hecho de los restos de un orden que el fin del siglo XIX ha declarado como extinto y que para nosotros solo sobrevivirá como literatura.

Ahí, el poeta no quiere explicarse. No lo necesita, como tampoco requiere que lo presenten de modo alguno. El gesto autobiográfico es una remembranza cuya fluidez no esquiva el desvío: las digresiones del relato son un ramal extinto en la línea del tren de un camino rural. Contar su propia vida equivale a narrarse a sí mismo como una leyenda en ciernes, a dominar el lenguaje de lo perdido, que también es el de su comunidad. Es recordar lo que sucede con la tierra y el paisaje, con ese drama social donde no falta el hálito lírico. Pero no fue un viaje agradable. No supone pacto o reconciliación alguna. Quizás porque lo que está ahí es la voluntad de quien considera su propia voz como la de un patriarca en ese registro de un universo que solo puede sobrevivir como relato, como un viaje contra la extinción.

Para De Rokha, su biografía no puede ser sino un misterio abierto, algo susceptible de ser exhibido como una hazaña o una tragedia o una historia del siglo; una trampa hecha de sombras, siempre.

FUENTE: Página 12 –  Mala Lengua de Alvaro Bisana