Que dulce sexo…

Recorrí tu cuerpo, pasándote
por tu espalda esa crema relajante
que me has dado y presiono
suavemente sobre tus omóplatos,
alcanzando tu cintura y glúteos,
una y otra vez, suspiras, te excitas.

Te das la vuelta, quieres lo mismo
pero en tus pechos, llevas mis manos
adonde deseas, y las bajas a tu braga,
me haces penetrar mis dedos
en la humedad de tu intimidad.

Te alcanza el frenético ritmo
hacia abajo y arriba de tu cuerpo,
que con murmullos o susurras no se que,
y llegas a ese orgasmo, que te deja exhausta.

Ah…mi bella pelirroja…

Debo decirte que me sorprendiste
cuando al mes de conocerte,
me invitaste venir contigo al bosque
a esta cabaña que tienen tus padres,
este fin de semana…

Pero comienzo a notar en ti,
que haces honor a las leyendas
sobre quienes como en tu caso, son pelirrojas.

Tu temperamento es fuerte,
pero tu energía sexual lo es más aún.
No has dejado de abrazarme y besarme
llevándome lisa y llanamente
a la cama, cuando te ha venido en ganas.

Me recuerdas por tu cabello,
que los germanos durante tres siglos
desnudaban a las mujeres de ese color,
para comprobar si tenían marcas del demonio.

Debo decirte, que como te comportas
eres como bien afirmaba la Inquisición,
portadora del mismo demonio del Averno.

Pero sabes, nada me importa de esas tonterías
me importa más que sigas siendo la que eres,
mi desconocida y sorprendente amante
ya que me haces sentir el más feliz de los mortales.

Las puertas del infierno

Un sobresalto hizo vibrar su cuerpo
después de no verme durante tanto tiempo.
Sentí en mis entrañas lo mismo,
solo atine a mirar hacia otro lado
de manera no muy convincente,
para que no fuera advertido por la gente
que sabía de nuestra vida, allá lejos.

Se sabe que el morbo, excita a muchos
y seguramente elucubraban ya, nuevos episodios.

La fiesta se desarrollaba a puro champagne
con una orquesta blusera, que el anfitrión
contrató para festejar el aniversario de su boda.

Nos cruzamos en el medio del lugar
donde toda la gente bailaba,
ella con su pareja, yo con la mía.
No pude disimular, tampoco ella.
Nos miramos como si recordáramos
la pasión de aquel tiempo, incomparable.

Nos rozamos, ella y su mano sobre el hombro
de su pareja, me observo con aquellos ojos negros
que la hacían parecer una hechicera y sonrió.

Termino la melodía, muchos dejaron la pista
y entre ellos, nosotros también.
Sentados a solo unos metros, de repente la banda
cambio el blues por el rock and roll,
me disculpe, dije que iba a la mesa de lo frío
cuando en realidad me dirigi hasta su mesa,
le solicite a su pareja permiso y la tome de la mano.

Fuimos a bailar como en aquellos tiempos,
solo como excusa, buscamos uno de los baños
de la residencia y entramos a besarnos con furia
como antes, cerré la puerta
la subí hasta mi cintura, ella desabrocho mi pantalón
su lencería quedo en el suelo y comenzó a balancear
sus caderas en forma cadenciosa,
hasta acelerar de una manera frenética,
por la cual llegamos al orgasmo al mismo tiempo.
Agitados, exultantes, besándonos aun
nos detuvimos, me arregle la ropa
y la deje a ella, para que se embelleciera
tal como estaba, sin levantar sospechas.

Mi pareja se extrañó por mi tardanza,
Pero no era la primera vez que le dije,
lo que ella solo desea escuchar.

Fue una noche mágica, no por el anfitrión
y su festejo.
Si por encontrarla, y reeditar algo del todo
que sucedió hace veinte años.

“Gata maula”

Juegas conmigo como decia la letra

de aquel tango de Gardel, Razzano y Lepera.

Recordas aquello de “Mano a Mano”

donde ni vos ni yo habíamos nacido,

en que una de sus frases debilitan

la figura del afamado guapo, despechado

por el amor perdido que se fue con un bacán,

que solo se atreve a declamar en su despecho

algo absolutamente sublime y desesperado,

“como juega el gato maula con el mísero ratón”.

Esa es nuestra relación, me acechas

me arrinconas aprovechándote de un amor

que como el mío, no tendrás jamás.

Solo basta que me encuentres

para que sin dudarlo me atormentes,

llevándome donde lo haces siempre.

Tu dormitorio es el palacio de la lujuria,

el antro en que el demonio se apodera de ti

y te transformas saboreando los fluidos

de mi cuerpo y haciendo que yo te imite.

Las bocas se juntan, las lenguas penetran

por todo lugar conocido, pero es solo el preámbulo

de lo que vendrá, lo hacemos suavemente

pero recorriendo cada centímetro de nuestra piel.

Han pasado ya tres horas, y aun sigues insaciable

y yo exhausto me transformo en el mísero ratón,

mientras tu “gata ardiente” no caminas por el tejado

sino por todo y cada lugar de mi cuerpo.

Sigue y no detengas nunca…

Lujuria consentida

Recuerdo cuando abriste la puerta.
en forma sorpresiva y nos viste en la cama.
Te quedaste de pie en la puerta,
a pesar que te dije que te fueras,
me contestaste que no nos dejarías en paz.
Mi libido se fue al carajo y abandone la batalla.

Me vestí despacio, mordiendo la bronca
por la travesura de lo que eras, una mocosa insolente.
Baje por las escaleras, furioso para irme.
Como si nada hubiera pasado
Me preguntaste -…me alcanzas?
te fulmine con mi mirada, harto de tu soberbia.
Insististe una y otra vez, hasta que accedí.

Ya en el auto, me preguntaste si sabía la razón
del porque de tu actitud, al entrar al cuarto.
No, con desdén te dije.
Y allí estallo la bomba de neutrones.
“Quiero acostarme contigo y ahora mismo”
fue tu respuesta.
No te intereso que te dijera, que con ello nada ganarías.

Detuve el auto, ya habías reclinado tu asiento
te quitaste la ropa y luego aflojaste mi cinturón
y sin más tu mano fue a recorrer, a sabiendas
con que te encontrarías y con la otra guiaste mi mano
hacia tus zonas mas íntimas, al mismo tiempo.

Dos horas no te resultaron suficientes
intentando las posturas más excitantes e imposibles,
quise detenerte, pero eras una ninfómana insaciable
reiniciabas el acto, de una obra donde ambos éramos parte.

Tu boca

Es tu boca
la que provoca,
la que reclama,
la que insiste,
la que se muestra,
la que entreabre
sus labios,
la que desafía,
y es por ello,
que el instinto
salvaje de
todos los tiempos
del universo,
la hacen mía
una y otra vez,
un roce de labios
al comienzo,
mi lengua
saboreando
y hundiéndose
en lo más profundo.

Y tú,
que respondes.
Que jugueteas
y muerdes mi cuello,
soplas suavemente
sobre mis orejas,
sigues
con mi pecho,
no tienes limites,
continuas
deslizándote
hacia abajo,
y todo se inflama,
deja de ser
una sensación erótica,
para transformarse
en el éxtasis
del placer infinito,
como lo es
desde el inicio
del Génesis.