La felicidad freudiana

Una indagación sobre la felicidad en la teoría psicoanalítica en una era donde se la exige como deber. La felicidad posible, la que no es posible.

¿Es factible o no la felicidad, según el padre del psicoanálisis?

¿Qué nos dice Freud acerca de la felicidad? ¿Cuál es su respuesta no sólo a la eterna pregunta, sino a otra que va al su unísono y que interpela acerca de si la felicidad es factible o no? Freud cree en una felicidad posible, pero luego de haber localizado la que no es posible. El creador del psicoanálisis es contundente cuando en la cercanía de las postrimerías de su obra, afirma sobre el placer:

“Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo, sobre su carácter acorde a fines no caben dudas, no obstante lo cual, su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo –sin excepción– lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea ‘dichoso’ no está contenido en el plan de la ‘Creación’ ”.(1)

Sin embargo, luego de estas afirmaciones, Freud asevera que la felicidad es episódica y parcial, amante de los contrastes y de las diferencias, intempestiva y nunca continua. Y prosigue diciendo:

“Lo que en sentido estricto se llama ‘felicidad’ corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. “(2). Resuena la conocida afirmación de Borges: en todo día hay un momento celestial y otro infernal.

La felicidad como deber

Resulta interesante observar cómo hoy en día nos acechan las exigencias de felicidad, los imperativos de dicha, el deber de ser felices… todo el tiempo. Pero la felicidad freudiana no es contraria al altibajo, ya que más bien lo supone, ella emerge cual ave Fénix, siempre entre cenizas. ¿No se eliminaría ella misma al intentar hacer desaparecer la disparidad de las tonalidades? Paradójicamente, el hombre siempre eufórico sería el hombre infeliz, ya que cuando la felicidad está regida por el deber superyoico como exigencia de perdurabilidad, dejaría ella de ser felicidad.

Se sabe de la influencia de Schopenhauer, tanto en Freud como en Borges y no solo en ellos, sino también en Nietzsche, en Popper y en Cioran, entre otros. Siguiendo a las doctrinas orientales, el filósofo alemán considera que el hombre es esclavo de su deseo, de una voluntad ciega que lo conduce a un apetito irrefrenable con el que se consume en vías de una felicidad imposible, por el desasosiego resultante de tales cadenas. El pesimismo de Schopenhauer se funda en que las pretensiones de los hombres son ilimitadas, sus anhelos inagotables, sus sueños satisfechos engendran, una y otra vez, una nueva aspiración y, nada harta su codicia, nada pone término a sus exigencias, nada colma “el abismo sin fondo del corazón” (3).

Es el tiempo quien revela la vanidad y la nada de todos los objetos de la voluntad, bajo la forma temporal, la vanidad de las cosas se nos muestra en lo fugaces que son. Por virtud del tiempo, todos nuestros goces y todas nuestras alegrías se nos evaporan entre las manos, haciendo que nos preguntemos a dónde han ido a parar. Esta nada, esta inanidad misma, es lo que forma cuanto hay de objetivo y de real en el tiempo, es decir, lo que corresponde en la esencia íntima de las cosas; por consiguiente, esto es lo que realmente expresa el tiempo:

“La vida para cada individuo tiene una enseñanza, y es que los objetos de su querer son engañosos, desconocidos y decrépitos y causan más dolores que alegrías hasta el instante en que la vida se derrumba en el mismo terreno en que se alzaban estos deseos. Y en ese momento viene la muerte, como último argumento, a acabar de convencer al hombre de que todas sus aspiraciones y toda su volición no son más que error y locura.” (4)

El pesimismo de Schopenhauer y el de Freud

Sin embargo, el pesimismo de Schopenhauer no es equivalente al de Freud, ya que para éste el carácter episódico de la felicidad, no la torna menos valiosa, ni la hace por ello desdichada. Es que lo perecedero no queda identificado con lo fútil como tan bien queda expresado en un breve texto llamado “La transitoriedad ” (5), que si bien está escrito sobre el placer estético, importa considerarlo aquí, ya que alude al valor de lo episódico. Se trata de un sencillo y traslúcido homenaje a Goethe, a la vez que un canto a la vida, en medio de los horrores de la primera guerra mundial que se hallaba entonces en su segundo año. Freud se limita a contar una anécdota. Paseando con dos amigos, uno de ellos un joven pero ya célebre poeta, los caminantes se sienten de pronto embargados por el hermoso marco que los rodea. Pese a admirar la belleza de la naturaleza circundante el poeta no puede gozar en plenitud pues le preocupa la idea de que todo ese esplendor esté condenado a perecer. Todo, en suma, le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado y que, seguramente por la despiadada guerra se hacía aún más presente.

Freud reacciona frente a la desestimación del carácter perecedero de lo bello, indicando primeramente que tal posición puede originar dos tendencias psíquicas distintas: el amargado hastío del mundo (caso del poeta) o la rebelión contra la fatalidad, en otros términos, la negación de la muerte o de la aniquilación. Sin embargo y sin negar la índole transitoria de lo bello, sostiene con implacable coherencia que, al revés de lo que cree el poeta, la brevedad de lo bello, lejos con llevar su desvalorización, incrementa su valor debido a su rareza en el tiempo. Y lo expresa diciendo que el valor de cuanto bello y perfecto existe reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo. El joven poeta desvaloriza lo bello, se priva de su goce, se sustrae al placer que la contemplación de lo estético entraña, para evitar el previsible penar por su desaparición. Rehúye la experiencia del placer, con tal de no exponerse al dolor y al sufrimiento, no puede entonces experimentar tal goce ya que lo apreciado no acredita duración en el tiempo.

Entonces, nosotros podemos concluir –y ya no solo en el plano del placer estético–  que el anhelo de una felicidad perdurable es aquello mismo que impide experimentar una felicidad posible. ¿Qué sería una felicidad perdurable si ella misma jamás pudo ser experimentada? Pronto caemos en la cuenta de que ella no sería otra cosa que una felicidad supuesta, soñada, esperanzada, que obstaculiza vivenciar la felicidad episódica, transitoria… como la vida misma.

Silvia Ons es psicoanalista.

Notas:

(1) Freud, S., (1985) “El Malestar en la Cultura”. Obras Completas, Bs. As., Amorrortu editores, T. XXI, pág. 76 ( trad. cast.: José L. Etcheverry)

(2) Ibíd.

(3) Schopenhauer, A (2008), El mundo como voluntad y representación, T II, Bs. As., Losada, pág. 728( trad. :Eduardo Ovejero y Maury)

(4) Ibíd. pág. 730.

(5) Freud, S., “La transitoriedad, ob.cit., T XIV, págs. 309-11.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12. (Archivo)

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Silvia Ons. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Felicidad/Freud/Psicología

 

 

 

 

 

 

Las personas más felices tienen estas 9 cosas en común, según la ciencia.

Probablemente una de las cosas que más te interese es escapar para siempre de la infelicidad, pero te será útil saber que la química de la infelicidad es tan necesaria como la que produce felicidad. 

El cerebro necesita las sustancias químicas de la infelicidad para advertir de amenazas y obstáculos, del mismo modo que precisa la química de la felicidad para llamar la atención sobre las oportunidades. 

Estamos diseñados para sobrevivir buscando sustancias químicas felices y evitando las infelices, pero no para seguir atajos que eliminen la búsqueda y la eliminación. 

Según el libro de «Los hábitos de un cerebro feliz» de Loretta Graziano.

No obstante, todos queremos ser felices, o al menos la mayoría. Así que si bien, no podemos evitar los momentos infelices, pero podemos propiciar las 9 cosas que las personas felices tienen en común:

1. Calidad de las relaciones. Un importante estudio siguió a cientos de personas durante más de setenta años, y se descubrió que los más felices (y más saludables) eran aquellos que mantenían relaciones sólidas con personas en quienes confiaban para apoyarlos. Esto ayudaba a niveles de serotonina en el cerebro.

2. El tiempo es mejor que el dinero. Se ha demostrado que las personas son más felices cuando tienen más tiempo que más dinero. Pareciera que tratar de abordar la vida desde esa mentalidad parece hacer que la gente esté más contenta.

3. El dinero ayuda. Las personas que tienen para pagar sus facturas mes a mes tenía considerablemente más felicidad. Sin embargo llega un momento donde más cantidad ya no significa más felicidad.

4. Las personas que se detienen a apreciar el momento, a bajarle a la velocidad del estrés diario y pueden disfrutar las pequeñas cosas, son más felices según los estudios recientes.

5. La generosidad ayuda a mejorar el estado de ánimo. Las personas que son voluntarios o apoyan a la filantropía tenían mejores niveles de satisfacción.

6. Hacer ejercicio ayuda mucho a mejorar el estado de ánimo, disminuye el índice de enfermedades mentales. Por ejemplo, el basketball ayuda con los 4 químicos de la felicidad:

1) Dopamina: por ser juego/ lúdico .

2) Endorfinas: por hacer ejercicio.

3) Serotonina: Pasar tiempo con tus amigos, sentirte parte de algo.

4) Oxitocina: cuando amas el juego.

7. Las experiencias y la diversión. Las personas que gastan su dinero en experiencias como ir a escalar o viajar son más felices que las que las gastan en cosas materiales que no implican una experiencia.

8. Ayuda mucho estar en el presente en el momento. Varios estudios han encontrado que las personas que practican la meditación de atención plena experimentan un mayor bienestar y salud mental. También las personas que tenían un diario de agradecimiento experimentaron mayores índices de bienestar.

Además la psicología cognitiva habla de renunciar. «En la renuncia está la fortaleza, ésa es la vía regia hacia la felicidad» dice el autor, Rafael Santandreu. Y comprendo que es bastante difícil renunciar, porque a veces es renunciar a otras personas o a la misma salud, cuando enfermamos. «Me enfermé y viviré de la mejor manera que puedo esta enfermedad», parafraseando al autor.

9. Los amigos y el tiempo que tenemos con ellos ayuda mucho en el bienestar. Las interacciones con amigos casuales pueden hacer que las personas sean más felices, y las amistades cercanas, especialmente con personas felices, también pueden tener un efecto poderoso en tu propia felicidad.

Imagen de portada: Gentileza de Enseñame de Ciencia.

FUENTE RESPONSABLE: Enseñame de Ciencia. Abril 2022

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Finlandia se convierte por quinto año consecutivo en el país más feliz del mundo.

Esta lista se publica anualmente en el marco del Día Internacional de la Felicidad, el cual se celebra cada 20 de marzo a partir del 2013

Finlandia volvió a coronarse como el ‘país más feliz del mundo’ por quinto año consecutivo.

Esto lo dio a conocer el Informe Mundial de la Felicidad 2022 (The World Happiness Resort), publicado por la ONU.

Este país europeo sigue colocándose muy por delante de otros y ha consolidado su liderazgo desde el año 2019.

Esta lista se publica anualmente en el marco del Día Internacional de la Felicidad, el cual se celebra cada 20 de marzo a partir del 2013.

¿En qué se basa esta lista?

La lista de la felicidad se basa en encuestas a ciudadanos realizadas por el Instituto de Opinión Pública Gallup, que analizan una variedad de indicadores, como la esperanza de vida, el apoyo social, la corrupción, el nivel de autonomía y la generosidad, entre otros.

Entre los países más felices también se encuentra Noruega y Suiza.

Aquí te dejamos la lista completa de este año:

  • Finlandia
  • Dinamarca
  • Islandia
  • Suiza
  • Países Bajos
  • Luxemburgo
  • Suecia
  • Noruega
  • Israel
  • Nueva Zelanda

La nación latinoamericana más feliz sigue siendo Costa Rica. En 2019 ocupaba el puesto 12 y ahora ocupa el 16.

A Costa Rica le siguen otros países latinoamericanos, tales como Uruguay (30), Panamá (37), Brasil (38), Guatemala (39), Chile (44), Nicaragua (45), México (46) y El Salvador (49).

Imagen de portada: Gentileza de Pixels. La nación latinoamericana más feliz sigue siendo Costa Rica. 

FUENTE RESPONSABLE: Excelsior Digital. México. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Felicidad

 

Las 20 mejores frases de Confucio para una vida plena y feliz.

Nos invitan a reflexionar para alcanzar la serenidad.

Si deseas profundizar sobre esta entrada; cliquea por favor adonde está escrito en “negrita”.

Confucio (551 a. C-479 a. C) fue un filósofo chino, pensador, político y uno de los grandes sabios de la historia. Nos dejó muchas frases motivadoras para reflexionar sobre ellas. Algunas, de hecho, pueden convertirse en los lemas que rijan nuestra vida. Y es que son frases que hablan de cómo relacionarse con uno mismo, con los demás, con los proyectos, con el dolor, el sufrimiento o sobre cómo encontrar la felicidad. Son expresiones con las que conectamos, porque nos podemos identificar con ellas, aunque se trate de consignas de hace milenios. 

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1. “Quien pretenda una felicidad y sabiduría constantes, deberá acomodarse a frecuentes cambios”

Con esta frase sobre la felicidad, Confucio nos quería hacer reflexionar sobre lo importante que es tratar de ser resiliente, pues la vida está llena de acontecimientos a los que nos tendremos que, irremediablemente, adaptar. 

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2. ¿Hay un precepto que pueda guiar la acción de toda una vida? Amar.

El amor todo lo puede, dicen algunos. Y, ciertamente, siempre que este sea nuestro fin, lograremos ser felices, independientemente, de los obstáculos de la vida. 

13 mejores frases de los místicos sobre el amor y la vida

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3. Los vicios vienen como los pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos.

La clarividencia de Confucio puede verse claramente en esta frase en la que nos recuerda que los malos hábitos son muy fáciles de adquirir y muy difícil de deshacerse de ellos. De ahí que lo mejor sea tratar de seguir un estilo de vida saludable que nos haga felices.

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4. «Lo cortés no quita lo valiente»

Sí, esta frase que quizá hayas pronunciado en muchas ocasiones la acuñó Confucio. Y con ella quería expresar que se puede defender los derechos, sin necesidad de faltar el respeto a los demás. 

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5. Antes de empezar un viaje de venganza cava dos tumbas

Quizá nos hayan hecho un daño que consideramos irreparable y del que nos queremos vengar. Sin embargo, la venganza nos puede salir muy mal. 

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6. Lo que no quieras que los otros te hagan a ti, no lo hagas a los otros

Si queremos llevar una vida plena, ser felices y que nos respeten, debemos procurar respetar a los demás y tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros.

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7. “El guerrero más poderoso es aquel que se conquista a sí mismo”

Los grandes sabios como Confucio han tenido siempre claro que la mejor conquista es aquella que hacemos con nosotros mismos, es decir, llegar a conocernos y llegar a ser felices con lo que somos y tenemos. 

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8. “Si te enfadas, piensa en las consecuencias”

Es fácil que la ira nos secuestre. Sin embargo, el enfado y la violencia siempre acarrean consecuencias negativas de las que nos podemos arrepentir. Antes de reaccionar, piensa dos veces cómo lo vas a hacer. 

Chica con tortuga

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9. “Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla como uno quiera”

No siempre vemos las cosas igual, por lo que hay que aprender a respetar las opiniones de los demás. 

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10. “No importa lo que hagas en la vida, hazlo con todo tu corazón”

Es una de las mejores enseñanzas de Confucio, ya que siempre que hagamos las cosas con todo el corazón, nos sentiremos satisfechos. 

Montaña

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11. El hombre que mueve montañas empieza apartando piedrecitas.

A veces, los grandes cambios empiezan con pasos pequeñitos.

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12. «Dale un pescado a un hombre y comerá un día. Enséñale a pescar y comerá toda la vida»

Esta es una de las frases más famosas de Confucio. Con ella, nos quiere decir que la mejor forma de asegurarnos de que nuestros hijos se podrán labrar un futuro, es enseñándoles.

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13. El hombre superior piensa siempre en la virtud; el hombre vulgar piensa en la comodidad

Confucio ya sabía que situarnos en la zona de confort es la vía rápida para la insatisfacción y el aburrimiento. 

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14. “La humildad es la base sólida de todas las virtudes”

Con humildad debemos emprender todos los caminos, las relaciones, los trabajos, las aventuras. Ser humilde es una virtud que nos ayudará a ser más felices. 

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15. El verdadero caballero es el que solo predica lo que practica

No se puede predicar y hacer lo contrario. Hay que ser coherentes con nuestros actos 

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16. Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí

La práctica es la mejor forma de adquirir conocimientos. 

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17. “Debemos sentir dolor, pero no hundirnos bajo su opresión»

Con esta frase, Confucio quiso decirnos que no podemos hundirnos en el sufrimiento. Pero eso no quiere decir que no sintamos dolor ante las situaciones que creemos injustas o las pérdidas. 

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18. «Cuando el objetivo te parezca difícil, no cambies de objetivo; busca un nuevo camino para llegar a él»

No podemos darnos por vencidos cuando algo se nos pone difícil. Debemos esforzarnos por encontrar una manera mejor de conseguir aquello que ansiamos y luchar por ello. 

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19. «La vida es simple, pero insistimos en hacerla complicada»

Sí, esta frase es de Confucio. Y está llena de sabiduría. Porque la vida no es tan complicada como nosotros pensamos que es. Y la mayoría de las veces somos nosotros los que nos impedimos ser felices, anticipando lo negativo

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20. No importa lo despacio que vayas, siempre que no te detengas 

Esta frase nos habla de la perseverancia, del respeto a uno mismo, del afán de superarse. Cada uno tiene su ritmo para llegar a la meta. Lo importante es no pararse. 

Imagen de portada: Gentileza de Pínterest

FUENTE RESPONSABLE: Vida plena y feliz. Por Nuria Safont

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Si no existe un lugar para la felicidad, invéntalo.

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Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida inventando, en cualquier sitio, un lugar que no existía antes.

¿La felicidad tiene su lugar? 

Si nos fijamos en los tópicos más extendidos, no solamente tiene un lugar, sino una forma: la de una casita que alberga una felicidad íntima y secreta (una cabaña y un corazón), y representa algo humilde y modesto, así como el ideal más ambicioso (a veces, nos referimos a ese refugio anónimo diciendo «con esto me basta»). 

Es el más ambicioso porque se apoya en la convicción de que la receta de la felicidad está al alcance de nuestra mano si tenemos la sensatez de creer en nosotros mismos, de renunciar a ambiciones superficiales y de contentarnos con poco, que es lo esencial: el amor, la amistad, la sobriedad. Por muy limitado que parezca, se trata de un ideal inalcanzable para muchas personas. Las vicisitudes de la vida suelen hacer que el amor y la amistad se tambaleen. La sobriedad y el sedentarismo no nos protegen del aburrimiento ni de la soledad. 

El cartel de la felicidad suele ser generalmente una recomendación publicitaria de la que se adueña la sociedad mediática para vender sus folletines (La casita de la pradera) o sus productos financieros: ¿a cuántas personas mayores y felices vemos en la televisión disfrutando, con su florido jardín y sus educados nietos, de los beneficios de un seguro de vida o un funeral pagado con antelación?

Las imágenes del sedentarismo feliz se conciben tradicionalmente para alejar el miedo a la soledad y la muerte. 

En un libro de ilustraciones de temática religiosa de mi infancia, se oponían dos tipos de muertos: el justo, tranquilo, con la barba blanca cuidada y rodeado de representantes de su gran familia emocionados, pensativos y sonrientes; y el pecador, que se retorcía en la agonía del sufrimiento y de la visión de las llamas que lo esperaban, mal afeitado y solo en una chabola improvisada. 

Las imágenes de aquel libro, que ya entonces era arcaico, me aterrorizaban, tengo que admitirlo, y con ello perdían de vista su objetivo, pero al menos tenían el mérito de revelar lo esencial: el pánico que la Iglesia católica y el mercado capitalista, en sus respectivos y variables estilos según la época, escondieron con empeño bajo montones de imágenes instructivas y soporíferas que niegan la realidad. 

Sin embargo, actualmente, deberíamos añadir que las advertencias infernales no son necesarias y que se trata, como mucho, aquí o allá, de escenificar y mostrar en imágenes publicitarias la tranquila felicidad a la que deberíamos aspirar.

Entonces, surgen dos vías. Podemos analizar los procesos por los que hoy en día nos venden una felicidad prefabricada de distintas formas: vacaciones, viajes, cuidados del cuerpo, eterna juventud, futuro asegurado (en los dos sentidos del término), parejas sexuales o compañeros de vida (también hay mercado para esto). 

Para explorar este ámbito, deberíamos no solo observar las distintas producciones publicitarias, sino también los programas políticos, la difusión de la información y las convulsiones religiosas en el mundo global. Es un plan importante e interesante, pero ignora la pregunta central: ¿qué es la felicidad?

La condición humana’. (Ático de los libros)

Podemos plantearnos directamente la cuestión de la felicidad con cierta pretensión, claro, pero también con inocencia y honestidad. ¿Quién tiene derecho a opinar sobre la felicidad de los demás? ¿Basta con desmontar los mecanismos de alienación para responder a la pregunta de la felicidad? La gente encuentra placer en eventos cuya dimensión financiera es evidente y esencial (como las apuestas o el espectáculo deportivo), y no es necesariamente por inconsciencia. En el origen de la ilusión se encuentra el deseo (Freud lo sugería): el deseo indestructible. 

¿Quién juzgará la legitimidad del deseo? «¿Y si nos gusta estar alienados?», podrán responder los nuevos adeptos a las restricciones voluntarias. Para profundizar en la cuestión de la felicidad, volvamos a la del espacio. Desde que propuse la diferencia entre lugar y no lugar, una interpretación apresurada ha hecho del lugar la quintaesencia de la perfección social y del no lugar, la negación de la identidad individual y colectiva. Sin embargo, las cosas son menos extremas y más complejas. 

Recordemos la definición de lugar: un espacio en el que podemos descifrar las relaciones sociales (que, literalmente, se inscriben en él), los símbolos que unen los individuos y la historia que les es común. En un no lugar, esta lectura no es posible. Esto no significa que el lugar sea por definición un espacio de felicidad. Solo los individuos pueden juzgar la felicidad. Y la perfección de la realidad social es, evidentemente, un límite de la acción individual. Por ejemplo, en las sociedades africanas en las que rige la estructura del linaje, cualquier individuo se encuentra bajo la mirada de su entorno, y su comportamiento está sujeto a interpretaciones. Las sospechas y acusaciones de brujería tienen su origen en esta intimidad mutua y en esta vigilancia recíproca. Ocurre lo mismo en nuestros pueblos y sabemos que, para muchos campesinos del siglo pasado, la migración a la ciudad era un paso hacia la libertad. 

La libertad absoluta y la ausencia de relación son tan impensables como una vida reducida a una serie de relaciones impuestas.

Por otro lado, la individualidad absoluta es impensable. No hay identidad sin alteridad, ni individuo sin relación. El sentido social está del lado de la relación. 

La libertad está del lado del individuo. Pero la libertad absoluta y la ausencia de relación son tan impensables como una vida reducida a una serie de relaciones impuestas y una existencia despojada de su carácter individual.

Son dos clases de alienación simétricas e inversas. Históricamente, los regímenes autoritarios impusieron las relaciones, mientras que la lucha por la democracia se ha identificado siempre con la defensa del individuo. Con todo, un mínimo de sentido social es necesario en la existencia individual. Tradicionalmente, la individualidad se afianza en el cruce de tres parámetros antropológicos: la filiación, la alianza y la generación. 

En general, la antropología pone de relieve una dimensión relacionada con la individualidad. En algunas sociedades del este de Costa de Marfil, las reglas de filiación, alianza y constitución de las clases de edad estaban tan estrechamente unidas que la noción de libertad individual carecía de sentido. 

Pero las definiciones de filiación y de alianza pueden adaptarse más o menos y la noción de generación muchísimo más, puesto que la libertad de elección de las relaciones de amistad y de compañerismo podrían llegar incluso a desplazar las categorías generacionales. La modernidad se caracteriza por una liberación creciente del individuo en relación con las determinaciones colectivas estructurales.

La conjugación de identidad y alteridad es lo que da toda su existencia al individuo, y esto condiciona lo que llamaré su capacidad de felicidad. En realidad, al otro solo se lo percibe en el espacio y en el tiempo, ya sea en el recuerdo o en la prefiguración del futuro. Otro cliché de la felicidad, pero que responde a una intuición muy común: la foto, el retrato que inmortaliza un lugar, un momento y un rostro. Lo encontramos también en las grandes novelas del siglo XIX: orquestan la creencia del individuo y de la felicidad inventada en el siglo XVIII en Europa. Stendhal es el representante más notable de estos momentos de felicidad que pasan por la intuición del amor compartido. 

Surgen lugares potencialmente relacionados con estos instantes (terrazas, jardines o una celda de la cárcel) que se convierten en emblemas de toda la felicidad posible y se graban así en la imaginación del protagonista y del lector. 

Pero en Stendhal, la felicidad romántica no es la única forma de felicidad. También existe el movimiento, la emoción de la aventura o el contacto con la historia en ciertos lugares (como ocurre con Milán en La Cartuja de Parma). Pero es cierto que la acción, la historia, el desplazamiento e incluso la guerra son percibidos por los protagonistas del stendhalismo como una promesa de felicidad romántica. Es decir, los héroes en busca de la felicidad convierten a veces el espacio en un lugar (un lugar de encuentro, en el sentido amplio), y no a la inversa.

¿Qué ocurre con los espacios de circulación, de consumo y de comunicación contemporáneos? Desde el punto de vista de la felicidad, son ambivalentes.

La instantaneidad y la ubicuidad son dones mágicos que siguen siendo monopolio de los protagonistas de los cuentos de niños. Nos acercamos a ellos mediante la tecnología. Se suele decir que podemos pensar que la soledad de los individuos es menor debido a la existencia de estas herramientas todopoderosas. 

En realidad, en muchos aspectos, son espejismos. La televisión, por ejemplo, nos hace creer que conocemos a los grandes personajes del mundo simplemente por reconocerlos. Internet puede convencernos de que estamos en contacto con todo el planeta y de que tenemos el saber del mundo a nuestro alcance. 

Pero más allá de que la mayoría de la humanidad no tenga acceso a este medio de comunicación y que una parte de los que sí lo tienen lo usen de forma lúdica (puesto que el instrumento no tiene nada de pedagógico y solo enseña a los que ya saben), hay que aceptar que la naturaleza de una relación establecida a través de internet es problemática, incierta e indefinida; carente del elemento material del cara a cara o del cuerpo a cuerpo. 

Es posible que lo esencial esté en otra parte. Las relaciones que se establecen a través de internet suelen ser promesas de relación. Se parecen a los mensajes que se lanzaban como botellas a la mar en anuncios de periódicos (como en Libération en Francia). Intentan prolongar una impresión fugaz, una emoción instantánea: «Llevaba un vestido verde; se bajó en la Concordia», «Hablaba con una amiga y cruzamos las mirada cuando me bajé en Ópera».

Estos anuncios siempre me han resultado poéticos, pues juegan con el tiempo con instantes que no quieren transformarse en recuerdos, y creen en el encuentro, considerando el azar como un destino. La idea del posible encuentro prevalece sobre la evidencia del sentimiento: el envío del número de teléfono intenta hacer eco a la emoción fugaz, resucitar el instante que le precedió, desencadenar una réplica que autentificará la realidad del pequeño seísmo íntimo que se ha sentido en el metro. 

El anonimato de quien va a un aeropuerto, una estación o un supermercado puede encerrar esa clase de poesía ligada a la espera.

La promesa de una posible felicidad es lo esencial de ese impulso novelesco que incita a tantos individuos a salir a la carretera, tanto en el sentido propio como en el figurado. 

La reapertura del tiempo que se corresponde con este proceso es una prueba de la propia existencia. En las novelas de caballería de la Edad Media, el caballero errante salía en busca de aventura sin ningún objetivo concreto: el escenario vagamente descrito del bosque desierto en el que se adentra es, literalmente, un no lugar, pero también un espacio de espera. 

El caballero errante no sabe lo que está buscando, pero está buscándolo. Decíamos que, en el mundo actual, vemos cómo se multiplican los espacios de circulación, de consumo y de comunicación. Lo que comparten los que suelen frecuentarlos es un anonimato relativo y provisorio. Pero el caballero errante también era provisoriamente anónimo. 

Llegado el momento, tenía que revelar su nombre, «declarar su identidad» como el viajero en el control de seguridad, el cliente que paga con tarjeta o el internauta al que invitan a dar su dirección de correo electrónico. El anonimato relativo de quien va a un aeropuerto, una estación o un supermercado, o del que navega por la pantalla de su ordenador, puede encerrar esa clase de poesía que está ligada a la espera. Al final de la espera, o no hay nada o hay un encuentro. 

Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida.

La migración, con todo su sufrimiento, peligros y tragedias, se inscribe en la misma perspectiva. La esperanza, tan ilusoria como suele revelarse, pide la huida hacia delante. No se identifica con la felicidad, pero intenta huir de la desgracia. 

La felicidad asentada, la felicidad sedentaria, no es hospitalaria y suele rechazar a los recién llegados. Pero no se descarta que lo que moleste a esas personas bien instaladas acerca de la figura del inmigrante sea sobre todo la duda de que no pueden infundirles la naturaleza de su «felicidad» y las virtudes del sedentarismo. 

El agobio de los que proclaman sin parar que están «en sus casas» es que esta pretensión tiene cada vez menos sentido a partir del momento en que la globalización actual, a diferencia de las que la han precedido, se extiende por todo el planeta. 

El lugar de acogida con el que sueña el inmigrante es quizá tan ilusorio como el paraíso perdido que cree defender el sedentario nostálgico, pero es la culminación de un proyecto con el que se identifica. En ese sentido, los inmigrantes son los auténticos aventureros del mundo actual. Lo que suelen mostrarnos las imágenes de nuestra actualidad es el espectáculo de las desgracias debidas a la opresión, a la guerra, a la pobreza y al abandono.

Antes de pensar en la felicidad de la mayoría, hay que intentar apartarla de la desgracia. La felicidad no tiene una dimensión colectiva y lo más siniestro es la imprudente promesa que se hace a los pueblos para que construyan su felicidad. 

La felicidad individual es intensa y frágil: tiene que ver con la consciencia repentina de existir, así como con la necesidad y la presencia del otro o de los otros. El derecho a la felicidad es el primer derecho individual, y el deber de los políticos es hacerla posible, no realizarla ni, mucho menos, imponerla. Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida inventando, en cualquier sitio, un lugar que no existía antes.  

Imagen de Portada: Gentileza de Studler/Unsplash.

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Marc Augé. Abril 2022

*Marc Augé es el autor de ‘La condición humana’ (Ático de los libros, 2022)

Sociedad y Cultura/Edad Media/Felicidad/Sedentarismo

 

Los tres requisitos del estoico Epicteto para alcanzar la felicidad.

Epicteto (55 – 135 a. C.) fue un filósofo griego de la escuela estoica. Nació esclavo en Hierápolis, Frigia (actual Pamukkale, Turquía) y vivió en Roma hasta su destierro, cuando fue a Nicópolis, en el noroeste de Grecia. Sus enseñanzas fueron escritas y publicadas por su alumno Arrian.

Epictetus enseñó que la filosofía es una forma de vida y no solo una disciplina teórica. 

Para Epicteto, todos los eventos externos están fuera de nuestro control; debemos aceptar con calma y serenidad lo que sucede a nuestro alrededor.

Si deseas profundizar sobre este tema; por favor cliquea donde esta escrito “en negrita”. Muchas gracias.

Sin embargo, los individuos son responsables de sus propias acciones, que pueden examinar y controlar mediante una autodisciplina rigurosa.

La alegría de vivir de Matisse

En el período helenístico, algunos filósofos también se preguntaron cómo alcanzar la felicidad y el equilibrio. Sus respuestas dieron vida a uno de los movimientos filosóficos más importantes de todos los tiempos: el estoicismo.

Epicteto fue uno de sus principales exponentes. Sus ideas tienen siglos de antigüedad, pero son tan actuales que pueden ayudarnos a delimitar el camino a la felicidad en el mundo moderno.

1. Para ser feliz, primero debes ser libre

Los estoicos no concebían la felicidad sin la libertad. Epicteto llegó a afirmar que “la felicidad no consiste en desear cosas sino en ser libre”. 

Estaba convencido de que esa libertad se consigue reduciendo los deseos a su mínima expresión.

“La riqueza no consiste en tener muchas posesiones, sino pocos deseos”, afirmaba el filósofo. 

El apego a las cosas genera un estado febril que nos aleja de la felicidad y el equilibrio emocional. Cuantas más cosas deseemos, más tendremos que esforzarnos por alcanzarlas, olvidándonos de disfrutar el aquí y ahora. 

Eso nos condena a un ciclo de insatisfacción permanente. El apego a las cosas materiales también genera el miedo a su pérdida, lo cual nos aleja cada vez más del camino a la felicidad.

Por tanto, para Epicteto el primer paso en la búsqueda de la felicidad consistía en alcanzar la libertad que proviene del desapego de lo material, de ser conscientes de que no necesitamos muchas cosas. 

Ese insight rompe muchas ataduras, nos libera de muchos condicionamientos y presiones sociales que pueden llegar a ser oprimentes y angustiantes, para seguir adelante más ligeros de equipaje.

steen la familia alegre

La alegre familia de Jan Steen

2. Deshazte de las preocupaciones – de una vez y por todas

Epicteto era el filósofo de la no-preocupación. Comprendió que para alcanzar la felicidad no solo debemos desapegarnos de lo material sino también de nuestros pensamientos. 

Decía que “el único camino a la felicidad es dejar de preocuparnos por las cosas que escapan de nuestro control y voluntad”.

También nos alerta de que “el hombre no está tan preocupado por los problemas reales sino por la ansiedad que imagina generan esos problemas […] El hombre no se perturba por las cosas, sino por la opinión que tiene de estas […] Los acontecimientos no le lastiman, pero la percepción de ellos sí”.

Según Epicteto, necesitamos aprender a deshacernos de las preocupaciones que solo añaden un peso innecesario a nuestra vida. 

Para ello, debemos darnos cuenta de que muchas veces la ansiedad, el miedo o la frustración no provienen de los acontecimientos en sí, sino de la manera en que los interpretamos.

Si consideramos que ha sucedido algo negativo, reaccionaremos con enfado, frustración o tristeza. Si pensamos que es probable que suceda algo negativo, reaccionaremos con ansiedad, tensión y miedo. 

Sin embargo, esas emociones son más el producto de nuestros juicios que de los propios acontecimientos. 

“No es lo que te pasa, es como te lo tomas. El dolor y el sufrimiento vienen de lo que nos contamos a nosotros mismos sobre las consecuencias, sobre el futuro, sobre lo que va a pasar como resultado de lo que ha pasado”, explicaba Epicteto refiriéndose a la narrativa que construimos alrededor de los eventos. 

¿Cómo deshacernos de esa tendencia?

Comprender que existe una brecha entre la realidad y nuestra respuesta nos permite intervenir precisamente en la fase sobre la que tenemos algún control: nuestros pensamientos sobre lo ocurrido. 

De hecho, Epicteto decía que “las circunstancias no hacen al hombre, solo le revelan lo que hay en él”. Todo depende del cristal con que lo miremos. De ese cristal dependerá nuestra actitud y, en última instancia, nuestra felicidad.

bacanal de los andrios.cultura inquietajpg

Bacanal de los Andrios de Tiziano.

3. No luches contra las circunstancias, acéptate incondicionalmente

Uno de los requisitos para alcanzar la felicidad más importantes en la filosofía estoica es la aceptación radical

De hecho, los estoicos desarrollaron diferentes ejercicios prácticos para ayudarnos a aceptar las cosas. Séneca, por ejemplo, recomendaba hacer un balance al final de cada día, anotando cuando nos irritamos por algo trivial o nos enojamos por algo que no lo merecía. Si somos capaces de percibir esos errores, podemos mejorar nuestra actitud al día siguiente y responder con mayor ecuanimidad.

Epicteto, por su parte, pensaba que si esperamos que el universo nos proporcione lo que deseamos, vamos a estar condenados inevitablemente a la decepción. 

En cambio, si abrazamos lo que el universo nos da nuestra vida será más llevadera y podremos ser más felices. 

Nos da un sabio consejo: “No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz”. 

En el corazón de su filosofía se encontraba la aceptación incondicional, que no implica sometimiento ni resignación, sino una simple constatación de la realidad tal y como sucede.

Solo cuando tomamos nota objetivamente de lo que ocurre podemos cambiar lo que puede ser cambiado y dejar de preocuparnos por aquello sobre lo que no tenemos ningún control. 

En ese instante dejamos de reaccionar automáticamente para comenzar a planificar nuestra respuesta. Tomamos las riendas.

Epicteto simplemente nos propone responder de manera adaptativa ante los cambios que se producen en nuestro entorno, sin presentar una resistencia inútil, solo porque esos sucesos no encajan con nuestros deseos, expectativas o visión del mundo.

Epicteto pensaba que “la felicidad solo puede ser hallada en el interior”.

Intentó ofrecer a sus discípulos un camino para alcanzar la felicidad personal estableciendo unos «requisitos» que siguen siendo perfectamente válidos en la actualidad.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

FUENTE RESPONSABLE: Cultura Inquieta. Por Silvia Garcia. Febrero 2022

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Que felices fuimos

Fuimos niños
de un tiempo
en qué poseer
era un privilegio,
donde ser
directora de escuela
o trabajar en un banco
daba estatus,
donde lo que
pedíamos a Los Reyes
en esas cartas prolijitas
y sin manchas,
que dejábamos
junto al pasto
y el agua
para los camellos
sedientos y hambrientos
que venían de tan lejos
tal cual nos decían,
ellos agradecerían al igual
que Gaspar, Melchor y Baltasar,
por qué sabíamos
de que debían ir
casa por casa,
siendo ello tan agotador
como cuando
nos quedábamos
despiertos para verlos,
pero el cansancio
nos vencía
hasta dormirnos.

Eso si casi nunca
el juguete deseado,
que habíamos pedido
se encontraba
en la mañana
al lado de los zapatos,
tan brillantes
como pudimos lustrarlos,
cuando poníamos
cara de desconsuelo
partía rápido
la respuesta «son muchos
los chicos
que deben visitar en poco tiempo».

Pero nos conformamos,
a caballo regalado
no se le miran
los dientes dice un refrán,
lo mismo sucedía
cuando finalizaba el año,
con ello llegaban
las vacaciones de verano,
no había que ir a la escuela
ni hacer las tareas
en casa sobre
esos cuadernos
de tapa dura
forrados por mamá
con papel «araña»
bien prolijo
con toda su paciencia.

Eramos artistas
en miniatura, la maestra
para una fiesta patria
escribía un guión,
luego armaba
los personajes
asignando los roles
a cada uno,
con especial interés
en todo aquel
que tuviera
y supiera ejecutar
un instrumento.

Esos días
todas las familias
decían presente,
la esforzada cooperadora
nos regalaba golosinas,
actuamos en el endeble
escenario armado
recibiendo una ovación
con muchos emocionados
aplausos cuando terminábamos.

Los días de verano
era preparar los autos
con masilla,
para hacerlos
más pesados
logrando lo que hoy
se llama adherencia,
para que en el circuito
dibujado con tiza
sobre el pavimento
fueran bólidos de fuego
cada uno con su hinchada
y llegar primero a la meta.

Automóviles? Pasaba uno
casi…casi.. cada hora
en plena Buenos Aires.

O a falta de pelota
hacíamos una
con tiras de telas,
que alguna madre
tenía haciendo
una linda de «trapo»,
con la que jugábamos
hasta que la pobre agotada
de tantos puntapiés
se iba deshilachando
con los minutos.

O las nenas jugando
con sus muñecas,
haciéndoles vestiditos
para tomar el té
con sus amigas
cada tarde,
interpretando
dándose roles
para imitar las formas y
las voces de los adultos.

Añoranzas?
Nostalgia?
Tristeza?
Nada de eso.
La sana felicidad
de haber vivido un tiempo
que ya no está,
en que uno
podía contemplar
e imaginar y ser feliz
no teniendo nada,
solo por el hecho
de que éramos muchos,
muchísimos los iguales
desde el hijo
del médico
hasta el hijo del jornalero.

Que lindo mi barrio
de aquel tiempo…

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

La foto del fin de la locura

Las emociones
se desprenden
muchas veces
necesitando
ese tan esperado
aviso previo,
porque
en este caso
que más
disparador,
qué escuchar
el anuncio
de lo más
deseado,
el fin
de la contienda
una sangrienta
plena de locura
segunda
guerra mundial,
ella una enfermera
el un marinero,
inmortalizados
por dos fotógrafos
desde distintos
ángulos,
postal icónica
que avisaba
el fin
de lo más brutal
del siglo XX.

Imagen de portada: Gentileza de National Geographic Victor Jorgensen, autor de la imagen sobre estas líneas tomada en la neoyorquina Times Square