“Extraña”

Bella y díscola a la vez
siempre fuiste así de no serlo
no serías quien eres,
una mujer extraña
y a la vez etérea,
que pareciera hacerse
invisible como de a ratos,
para que te buscaran
con la esperanza de hallarte,
en tu oscuro y bello mundo
que ha atravesado milenios.

Pero tu siempre aguardas,
no te desesperas agazapada,
como aguardando esa presa
que sabes pronto llegará,
a esa trampa que son tus ojos,
ojos que detienen todo suspiro
dejando que los devores, resignados
y gozando sin gritos tu ceremonial
.

Imagen: Gentileza de Behance.net – Pinterest

Mi sueño…

Desperté en un mar de nubes
rodeado de sonrientes querubines,
con los cuales disfrutaba el poder volar
viendo hacia abajo como nos alejábamos
o nos acercábamos a la ciudad,
los tejados rojos de bonitas casas,
el hierro y el cemento voraz de los edificios,
la gente yendo de uno a otro lado,
todo aquello que desde las alturas
uno no tiene idea de imaginarse
que se siente pero viví ese instante.

Abrí los ojos con una placidez desconocida,
aún sentía el aleteo de mis brazos
tratando de aproximarse o alejarse,
de la ciudad en que la nube de polución
todo lo cubría poco cerca de las nubes.

Me sentí infinitamente feliz, al recordar
ese sueño mágico contrariando
la interrupción de mi descanso,
muy a menudo cuando Daysi
saltaba a mi cama, despertándome
con la correa entre sus dientes.

¿Habrá sido un sueño en realidad?
O un deja vu de otra dimensión
distinta a la que habito….

Trágico encuentro

Parado frente al bravo océano
no podía dejar de recordar
lo feliz que me sentía cada año
cuando regresaba a ese lugar
en que sentía que mi mente se vaciaba.

Ya estaba preparado y salí a trotar
descalzo sobre la arena en la diaria
rutina que disfrutaba al amanecer,
cuando la playa casi estaba desierta
salvo algún pescador que se atrevía
quizás desde la madrugada a pasarse
horas y horas, esperando el pique
que le trajera esa presa tan deseada.

El sol del amanecer me encegueció
por un momento, pero basto solo eso,
para que me tropezara y me la llevara
por delante con inexplicable grosería.

La ayudé a levantarse, mientras sus manos
se sacaban de encima, la fina arena
que todo su cuerpo había cubierto.

Me miró con sus penetrantes ojos verdes
como haciendo juego con el atrevido oleaje,
dibujó su rostro una mueca de desagrado,
me disculpe de mil maneras pero no creyó
en un hecho fortuito, pensó lo contrario
y así espontáneamente me lo hizo saber,
su forma de hablar suponía una mujer culta
acostumbrada pensé al glamour de clase.

No obstante, aun con dudas se quedó
en el mismo lugar -pareció creerme me dije-
como galantería la invite a desayunar
en el único parador que estaba abierto.

Acepto, la mire y recién ahí luego del bochorno
me di cuenta que era una diosa de aquellas,
que pueden dar vuelta como un panqueque
a todo hombre que pretendiera seducirla.

Nos sentamos, mantuve un perfil bajo
y deje que hablara, percibí que lo necesitaba
quizás estaba sola sin compañía y el encuentro
podía ser una excusa para divertirse un rato.

Pero como me equivoque al pensar aquello,
contó tantas cosas que en su vida padeció
que comenzó a llorar ante mi sorpresa
en forma tan convulsiva sin poder detenerse.

Viuda hacía nada más que seis meses atrás
perdiendo al mismo tiempo a un hijo pequeño,
que acompañaba a su marido en un viaje
a la ciudad a entrevistarse con un especialista
en síndrome de down, con tan mala fortuna
que en una curva un camión se adelantó,
quitandole la visión chocando violentamente
con un ómnibus de pasajeros en sentido contrario,
ambos murieron instantáneamente y solo una voz
escucho ella del otro lado del teléfono dándole
la noticia además la necesidad de que los reconociera.

Siempre me han dicho que cuento con un don,
el don de la palabra para contener a quien lo necesita
así puse especial interés en escucharla hablar
de esa reciente y terrible tragedia que de la nada
le quito todo lo que amaba sin avisarle siquiera.

Me quedaré el tiempo que sea, necesito saber
porque está allí sola conociéndome protector,
se que la seguiré viendo cada día y seré oráculo
para que su hiel amarga fluya desde dentro de su alma.

Luego…no lo sé…el tiempo es el que nos dirá..

Sombría búsqueda – Final

Una tarde me extraño su demora
porque si tenía algún compromiso,
luego de cursar en su secundaria
no dudaba en avisarme indicándome
donde estaba y si deseaba que la buscara.

Me preocupe primero, me enloquecí después
cuando de la denuncia de su desaparición,
jamás pensé que solo sería una foto
más en la memoria “difusa” de Missing,
con su rostro en una factura de servicio.

No deje de buscarla, contrate a gente
extraña que vive en lo clandestino,
no logre nada, los rumores solo hablaban
de un tema de trata, secuestro y su fin.

No obstante, alguien que se compadeció,
me arrimo un dato a cambio de dinero
que fue lo que menos me importo,
al recibir certezas en donde mi Ana
se podría encontrar, solo me preocupaba
cuál sería el padecer que viviría mi niña,
sufriendo en este mismo momento
en que diviso las luces de un caserío
a unos quinientos metros de donde estoy.

Tuve la precaución, aunque odio las armas
de traer conmigo el viejo mauser 98 del bisabuelo,
ya casi inservible y de un solo tiro, el que nunca
había tenido en mis manos más dos cuchillas
que había comprado de apuro casi sin afilar,
sin sentirme un hombre común que pretende
transformarse en un héroe de la comunidad,
tan harto estaba por las dilaciones continuas
de la policía local en sus investigaciones,
que aquí estoy, solo como un padre desesperado
con las manos sudadas, con palpitaciones
que creo me cortaran la respiración, sino
trato de manejar mis tiempos de respiración.

A unos ciento cincuenta metros, diviso un motel
y en su puerta, dos hombres que supongo guardias.

Considero que debo rodear el lugar, y acercarme
por detrás no sabiendo sí es lo correcto,
pero es lo que vi en varias películas de Clase B.

Por detrás del motel, hay un patio trasero
detrás del muro perimetral. Escucho música,
risas, gritos, como si celebraran una fiesta.

Mi mente giraba a mil kilómetros por hora,
¿estaría Ana allí? ¿Cuántos delincuentes habría?
de repente escucho el sonido de motores llegando,
son tres camionetas de gente donde vivimos
de los que solo Juan, amigo de toda mi vida
sabía lo que iba a intentar hacer y me siguió,
junto un grupo de hombres armados
con aquello que pudieron haber conseguido.

Veo una camioneta dirigirse hacia el frente,
las otras dos hacia los laterales del motel.

Escalo el muro y salto al patio interior,
tomo el pasador de cierre desde afuera
y lo deslizo rápidamente entrando con
mi mauser apuntando en circulo mientras
Juan y los otros ya entraban por el frente,
con los guardias reducidos y manos en alto.

Un silencio sepulcral…inundo el lugar,
hubo uno que quiso reaccionar, pero recibió
un culatazo en la cabeza, para que durmiera un rato.

Todo estaba ahora controlado Juan me miro
y con su índice me señalo el piso superior,
haciéndome señas con su palma hacia abajo
que esperara…ahora no llego a comprenderlo,
pero supongo que no quiere que suba solo,
seguramente no quiere que nadie salga herido.

Siento ruido de vidrios rotos en el primer piso,
luego minutos de silencio que me aterran
siento pasos en la escalera, levanto mi vista
y la emoción me llega hasta las entrañas,
es Ana acompañada por uno de los muchachos
que llegaron junto a Juan. Lloramos abrazados.

Le pregunto con una voz inaudible, si la lastimaron
me dice sin dejar de abrazarme, que no
que la estaban preparando para unos hombres
poderosos que llegarían al motel mañana.

Se escucha afuera el ulular de las sirenas
de los móviles policiales, tarde como siempre
pero respondieron al llamado de mi amigo Juan.

Nos alejamos con Ana, abrazados y queriendo
salir de tal manicomio y los tensos procedimientos,
nos sentamos en el piso, la noche se abrió
de repente y brillo como no supuse que lo haría.

Habría sido alguien que me guío hasta allí
desconociendo totalmente la zona,
el mismo que le dijo a Juan que me auxiliara
si fuera así siempre incrédulo, vivo un milagro.

Sombría búsqueda

Es noche obscura,
demasiado cerrada,
debo esforzarme
para ver la senda,
la tierra húmeda
por la reciente lluvia,
ha puesto resbaladizo
el piso y la linterna
me ayuda poco
para distinguir
donde pisar firme.

No veo la luz
del caserío que busco,
el único dato confiable
que me han dado,
en este par de meses
desde la pérdida
de mi hija adolescente,
sin motivo aparente.

Vuelvo a retrotraerme y recordar
mientras sigo el confuso camino,
como eran nuestras vidas hace días
en que primaba la comprensión,
y un enorme amor reciproco,
ya que Ana no daba un paso
sin antes consultarme como padre
o bien como una
persona que le era ajena
sobre dudas que podían deberse
quizás a sus estudios, o a decisiones
en temas del amor, latente siempre
en toda muchacha adolescente.

Su madre, mi esposa había fallecido
hacía dos años en forma repentina,
el dolor nos paralizó pero me esforcé
para contener a mi hija, aun una niña.

Continuará…

Misterio en Giverny – VII Parte

Ya era noche avanzada en La Capucine; casi las once. Jean Claude, estaba realmente pasado de copas, por más que hubiera terminado su plato principal. Se daba lo que suponía Richard, el joven artista parisino, no era propiamente un noctambulo, solo un “niño bien” acomodado que se codeaba con la aristocracia.
-Dime, Jean Claude; vamos por el postre?
-Buehhh….pide la carta, veremos que tenemos…-
-Diviso Richard a Elizee, y la llamo, por favor…ven.-
-Sí caballero…-
-Nos traes la carta, queremos un postre-
-Aquí tiene, me llama cuando sepan que pedir.-
-Gracias Elizee…-
-Ohhh…mira Jean Claude;tenemos Macarons, Mont-Blanc, Tarte Tatin y Gâteau Saint Honoré  …que deseas pedir para ti?-
– Para mi Richard; una Tarte Tatin…-
– Bien Elizee; por favor nos traes una Tarte Tatin y una Gâteau Saint Honoré?-
-Enseguida, respondió Elizee.-
Mientras tanto…Richard volvió a su papel muy bien actuado, de aquel que toma información en una cena, como preámbulo de una amistad en ciernes y aprovechando la credulidad de Jean Claude y el alcohol que era evidente, ante su estado de marcada somnolencia.-
-Jean Claude dime; hay obras de arte importantes en la Villa del Mediterráneo, que fuera de los Rothschild, o son meras replicas.-
– No….creo que quien se ha pasado con la cerveza; eres tú Richard le respondió Jean Claude, agregando puedes maravillarte con obras de Bouguereau del siglo dieciocho, tales como “Dante y Virgilio” o “El Nacimiento de Venus”. Además prosiguió encuentras obras de Cabanel, el danés Bendz y los más famosos lienzos de Pierre-Auguste Cot. Además hay tantas pero tantas maravillas, que sería imposible describírtelas todas en una sola velada.-
-Que genial…no me imaginaba que hubiera tanto para ver. Ahora dime, quizás haya dejado en tu atelier, algún recuerdo el gran Rodin?-
– No, la verdad que no he visto nada y si lo hay, no lo he visto. Sí puedo decirte que desde la ventana, tienes una hermosa vista de las distintas tonalidades de verde, que hasta producen en mi, una verdadera sensación de paz.-
-Alizee llego con los postres; y los dejo delicadamente en la mesa.-
-Ohhh…Richard; debo decirte que me tendrás acompañar a casa…porque no me veo demasia-do bien…bahh…es lo que creo…soltando una risotada.-
-Se sorprendió; pero en realidad era lo que deseaba que le pidiera, Richard le respondió -es lo de menos que puedo hacer por ti, compañero.-
-Lo que lamento Jean Claude; que en tu estado, no podrás conocer a Babette.-
-No hay problemas; Richard. Sera la próxima vez, ni siquiera estoy para pararme…uhhh…que me han pegado fuerte estas deliciosas cervezas, dijo JeanClaude, tratando de incor- porarse.-
-Que haces Jean Claude; espera. No hemos terminado los postres y además debemos pedir y pagar la cuenta…o crees que nos regalan la cena, por no ser de aquí o por lo simpáticos que somos…riéndose ruidosamente.-
Terminaron con los típicos postres franceses; y fue el momento en que Jean Claude llamó a Elizee, pidiéndole la cuenta, lo que ella hizo y luego le entrego.
-Dime Richard; ya que no veo muy bien, cuanto es la cuenta.-
-Si que estas realmente mal; amigo. Son 48 euros y piensa en la propina por la magnífica atención de la muchacha.-
-Desde ya; Richard. Jamás he sido un miserable. Toma 55 euros, págalo tú por favor.-
Richard llamo a Elizee y le pago junto con la propina. La muchacha encantada, le agradeció y les dijo que siempre, serían bien recibidos en el lugar, invitándolos a volver.
Richard; se acercó a Jean Claude y lo ayudo a incorporarse. Con alguna dificultad Jean Claude como todo aquel pasado de copas, se puso tenso y recto al caminar, lo que produjo la risa de Richard, quien le dijo;
-Pareces un muñeco a cuerda; Jean Claude, por la forma en que caminas.-
Ambos jóvenes; rieron con ganas y marcharon abrazados, por esas calles obscuras, ya que la arboleda era como un telón que escondía la iluminación del alumbrado público.
Mientras caminaban; hablaban de sus planes de los próximos días, y ahí fue que Jean Claude le comento a Richard, que la semana de la próxima semana, más precisamente el miércoles se iría todo el día a Les Andelys, a casi 20 kilometros del pueblo, especialmente para visitar el emblemático Castillo Cháteu-Gaillard.
-Richard; le pregunto que lo motivaba a visitar el Castillo.-
-Jean Claude; le respondió: sabes, me interesa hacer unos bocetos del entorno en donde se encuentra enclavado, entre dos barrios de antaño de la ciudad de Les Andelys, siendo uno de los parajes más destacados del Valle del Sena.-
Arribaron a la casa de Jean Claude y Richard se ofreció a ayudarlo a subir, lo que el otro joven agradeció. Subieron por la escalera de madera y mientras ello ocurría, la mirada aviesa de Richard, no se perdía detalle del lugar y de cada rincón.
Tanto en la planta baja; como en el primer piso Richard, observo los pisos antiguos de madera, que generalmente poseían una pequeña cámara de aire por debajo, de no más de diez centímetros, que actuaban como ventilación y para refrescar los distintos ambientes, cuando los veranos eran terriblemente tórridos.
La cabeza de Richard, era parecida a una biblioteca en donde guardaba toda cosa de interés, que Jean Claude confiadamente le había comentado, con una amplia variedad de detalles. A eso, le sumaba que ahora conocía que lugar habitaba Jean Claude.
Jean Claude en su estado; al llegar le pidió ayuda para acostarse en su cama. Richard accedió amablemente, sacándole los zapatos y recostándolo en su cama. Luego de saludarlo con una palmada en el hombro, se retiró de la casa. 

Continuara

Misterio en Giverny – VI Parte

Richard observo como Jean Claude, llevaba consigo unas hojas en blanco y varios lápices en un sobre, y al ver ello le pregunto:
-Dime Jean Claude, has traído eso por alguna razón?
– Oh sí; le respondió sonriendo Jean Claude. A veces la inspiración sucede en cualquier lugar o en cualquier instante…
– Que es lo que te anima o te ha inspirado más a pintar, Jean Claude?
– No te rías, algo que suceda repentinamente pero también la belleza de una mujer…
– Ahh..ja…No me dabas el tipo de un seductor Jean Claude, como es eso?
– No…no Richard; soy bastante tímido, pero a través de la contemplación, fijo en mi memoria como modelo, a la mujer que en algún momento conozco y me maravillo, produciéndome eso…eso…
– Sí…hombre…te entiendo como un torbellino de hormonas, que te dejan confundido y bajan hasta tu pito…y estallo en una carcajada…
– No Richard, no te burles ni alces la voz, por favor. Mi visión es de algo inaccesible, como platónico. Eso es lo que me inspira…la belleza no solo física de una mujer…también su cadencia, su hablar, como camina. Me entiendes?
– Claro que sí; hombre. Como no entenderte (Richard pensaba que se encontraba frente a un hombre, que por su forma de ser, no habría intimado con muchas jóvenes parisinas). Dime Jean Claude, tienes o has dejado alguna novia en París?
– Jean Claude; (dudo por un instante en contestar para preservar su intimidad, pero ese joven le agradaba y era una de las pocas personas del lugar, con la que podía congeniar, pasando algunos ratos como pasatiempo, a pesar de su vozarrón y falta de sutileza). Sí, le contesto. Su nombre es Colette…
– Vaya…vaya…y que te dijo; cuando supo que te alejarías por un tiempo de París, para darle lugar a perfeccionar tu arte y en esta atmósfera de Giverny, en donde sé que hay varios artistas que como tú, vienen a este lugar creyendo que encontraran a una musa inspiradora-
– Ella nada me dijo Richard; sabes lo veníamos hablando hace tiempo y ambos consideramos que era lo mejor para mi futuro, nuestra confianza es plena. Cada tanto le escribo o retiro una carta de ella, de la oficina postal. Es una hermosa y encantadora mujer-
– Y dime Jean Claude, como la conociste?-
Se callaron; ante la presencia de la mesera Alizee, la que les pregunto que deseaban servirse, sin dejar de mirar a Richard.
-Este le pregunto a Jean Claude; qué opinas compañero si comenzamos con dos Kronenbourg ( una cerveza de Alsacia, muy popular en Francia y antiquísima) con entreé ( como entrada; sopa o ensalada)?-
– Jean Claude; asintió en cuanto a la cerveza, pero eligió la ensalada, al igual que Richard-
Alizee tomo el pedido y se retiró, no sin antes rozar las manos de Richard, apoyadas en la mesa, caminando de manera cadenciosa, hacia la cocina del lugar.
-Richard le guiño un ojo a Jean Claude, diciéndole – has visto amigo, como estas bellezas pueblerinas son las que te conquistan, sin mover un solo dedo, volviendo a lanzar otra estruendosa carcajada-
– Menos mal; pensó Jean Claude, que donde se encontraban no había personas alrede-dor. Alguno sin embargo, lejos der allí, dirigió su mirada a la mesa que ocupaban.-
– Richard le pregunto: – Dime, Jean Claude. No deseo que lo tomes a mal, pero me gusta-ría que nos conociéramos más, ya que veo que podemos forjar una linda amistad, que opinas?
– Es también mi intención; le respondió Jean Claude, creo que a pesar de dedicarnos a cosas diferentes y en carácter, somos como el agua sobre aceite, podríamos a llegar a ser buenos amigos. Dime; tu que deseas saber?
Richard ya había planeado su propia cartilla de preguntas; para obtener las respuestas que pretendía, a sabiendas que debía incluir en las mismas. trivialidades para que Jean Claude no sospechara ni minímamente, de sus verdaderas intenciones.
-Dime Jean Claude; responde a la pregunta inconclusa ¿cómo conociste a Colette?-
-Y…hace poco más de cinco años. Junto a mis padres, habíamos sido invitados a una velada que resulto fascinante por el decimoquinto cumpleaños de Nathalie de Rothschild, que sus padres organizaron y realizaron en la Villa Ephrussi.
-Ohh..debe haber sido fantástico…tanto lujo…tanta gente elegante y millonaria…el champagne debe haber corrido de una manera…y volvió a reírse-
– Y si, dijo Jean Claude. Precisamente en esa velada, presentaron la degustación del vino Chateu Lafite Rothschild, porque bien sabes que como esa familia, ninguna se promociona como ella…-
– Tan importante era la presentación de ese vino…aún más que el cumpleaños de la niña, exclamo sorprendido Richard…-
– Bien sabes Richard; le respondió Jean Claude que los Rothschild, son desde hace siglos una familia endogámica, lo que siempre ha sido una estrategia de la dinastía, a fin de asegurarse que su riqueza, siempre estuviera en manos de la familia- 
-Que de excentricidades y sed de acumulación de poder tienen, verdad?
respondió Richard…- 
Jean Claude calló, ante la llegada de la camarera, que depósito el pedido en la mesa junto a dos vasos congelados, para degustar la que para Richard era la más exquisita cerveza de Francia.
Con un tono sensual; Alizee mirando fijamente a Richard le pregunto; -desean los caballeros algo más?
-Richard saco de la galería su simpatía y le respondió; si eres tan amable nos gustaría que dentro de un rato o bien cuando se encuentren desocupadas, tu y tu hermana Babette se acerquen a nuestra mesa; a mi amigo le gustaría conocerla.-
-Alizee le respondió; tratare de complacerlos pero deberé pedir permiso al Señor Jean Luc Gedeon, gerente de aquí que además es muy riguroso y no nos permite que frecuentemos las mesas de los clientes…-
-No te preocupes, la interrumpió Richard. Llegado el caso, hablare yo con el Señor Gedeon…-
Alizee sonrio y se retiró; y los jóvenes sirvieron la cerveza en los vasos y brindaron por el encuentro y la vida, riéndose de la ocurrencia de Richard en tratar de lograr que la hermana de Alizee, conociera a Jean Claude. Este sin embargo, tan distinto a su compa- ñero de mesa, sintió una alegría y libertad desconocida en él, tan respetuoso de las formas. Se dijo a si, que razón le impedía divertirse después de tantos días en el pueblo de Giverny. Y se prometió disfrutarlo.
Ya habían terminado tanto las cervezas como las ensaladas, cuando Jean Claude volvió a llamar a la camarera, para pedirle la carta.
Mientras tanto, Richard le pregunto:- Dime Jean Claude, cuando te encuentras en Paris, frecuentas a los Rothschild?
-Sabes Richard; se detuvo un momento para abrir las nuevas cervezas que ya había dejado en la mesa Alizee y sirviendo en los vasos, le respondió- es frecuente que por la amistad con mi padre, visitemos a Guy de Rothschild en su gran y lujosa Villa, que se encuentra situada en Saint-Jean-Cap-Ferrat en la Riviera francesa. 
– Y dime; le pregunto Richard es cierto lo que dicen…que la familia Rothschild posee una interminable colección de obras de arte?
-Sí, no te han mentido. Poseen solo allí una vasta colección de obras de arte y estatuas. Fíjate, que además la biblioteca es monumental con casi un total de 8.000 volúmenes…-
-Richard se mantenía como se había prometido; muy interesado en lo que le decía su compañero ocasional, sin demostrar prestarle demasiada atención a Jean Claude…por lo que este le espeto;
– Richard; me estás escuchando?
-Sí…sí…perdona Jean Claude, estaba distraído pensando en que te gustaría que pidié-ramos como plato principal y en hacer un fantástico cierre de la noche con las dos bellas hermanitas pueblerinas. Que te parece como postre;  amigo?
Ya estaban por la tercera cerveza. Jean Claude bebía apresuradamente; Richard en cambio continuaba con su estrategia, como un paciente pescador que pone su carnada, y se toma todo el tiempo necesario, para atrapar su presa.
-Deseas que pidamos el plato principal, y vemos si tienen alguno de esos típicos que suelen ser tan sabrosos y abundantes, Jean Claude?-
-Sí; me parece oportuno, respondió Jean Claude-
Richard llamo a la camarera; que estaba observándolos, ya que no tenía demasiada personas para atender, en las mesas que le habían asignado. Presurosa y moviendo sus caderas, se detuvo a solo escasos cincuenta centímetros de Richard…
-Si señor; desean algo más?-
-Dime Elizee, que nos recomiendas como plato principal?
-Les puedo recomendar una exquisita lengua lucullus o bien una exquisita tartiflette, que es una especialidad de nuestro cocinero.-
Ambos se miraron; y Jean Claude se decidió por la tartiflette, mientras Richard prefirió la lengua de buey ahumada alternada con rebanadas de foi gras. Aprovecho para pedirle a la camarera; otra ronda de cerveza y que se las trajera junto a los platos-
La camarera asintió; y salió presurosa. Se sentía cómoda; al no haberle preguntado nuevamente el caballero por su hermana, la que estaba en un sector en donde tenía una mesa con diez comensales, y muy ocupada atendiéndolos.
Mientras tanto; Richard considero que debía profundizar un poco las preguntas hacia Jean Claude, y nuevamente en forma prudente le pregunto;
-Dime Jean Claude; posee la familia Rothschild en su Villa, importantes obras de arte?-
-Mira Richard; si bien fue la Baronesa Béatrice de Rothschild quien construyó su villa de color rosa en un promontorio en el istmo de Cap Ferrat con vistas al mar Mediterráneo, fue ella misma quien llenó la mansión con muebles antiguos, pinturas de maestros antiguos, esculturas, objetos de arte, y reunió una extensa colección de porcelana rara. Te digo que es tan importante; que los jardines están clasificados por el Ministerio de Cultura francés, como uno de los Jardines notables de Francia. Sin embargo a su muerte en 1934, la baronesa donó la propiedad y sus colecciones a la división Académie des BeauxArts del Institut de France y ahora está abierta al público. No obstante, ocuparon el salón principal en la velada en que se desarrolló, el agasajo por el cumpleaños de la niña Nathalie…-
– Uhhh…bueno…bueno…debe ser impresionante ver todas esas obras de arte de incal- culable valor, todas en esa villa que por lo que me cuentas, es como encontrarte en el mismo paraíso, dime la seguridad de la Villa seguramente debe ser estricta y rigurosa, no?-
-Sí, así es; contesto Jean Claude, quien se sentía ya un poco mareado…-
– Te sucede algo Jean Claude? le pregunto sonriendo Richard-
– No…no, quizás me excedí un poco con la cerveza…-
-Vamos, no digas eso; no hemos bebido tanto. Ahora cuando te traigan la tartiflette, llenaras tu estómago y te sentirás mejor. Y después…los postres-
-Jean Claude asintió y sonrió…-
-Dime Jean Claude; tu sabes que en el primer piso con el atelier que alquilas, una vez se alojó allí al inicio del siglo, el gran escultor Auguste Rodin?-
-Sí…me lo comento un camarero del Restaurante Baudy, te interesa por algo?
-No…no solo preguntaba si lo sabias…-

Continuara…

Misterio en Giverny – V Parte

Ese sábado de agosto; había amanecido nublado con una tenue llovizna, y Richard al mirar hacia afuera, se dijo así mismo que su cansancio de una semana de trabajo, a lo que no estaba acostumbrado en sus largos días y noches de París, se merecía seguir en la cama por un rato más. Rechino sus dientes; se abrazó a la almohada y volvió a dormirse.
Volvió a despertarse pasado el mediodía; y se dijo así mismo, que era mas la hora de almorzar que desayunar y se dirigió al refrigerador, donde sabía que tenía todo lo necesario para cocinarse esos fantásticos crepes salados de jamón y queso, además del resto de una sopa de cebollas, que las había cocinado lentamente el día anterior en mantequilla y aceite, la que había dejado en un cuenco, y solo le faltaba añadir una rebanada de pan con queso y gratinarla. Sonrió, imaginándose el juego de sabores, acompañado con un rico vino borgoña.
Luego de preparar su almuerzo, se sentó a la pequeña mesa y comenzó a almorzar, no sin antes pensar en el encuentro con Jean Claude. Sabía en la última conversación que había mantenido con el joven artista, que provenía de una familia acaudalada, que le solventaba absolutamente todos los gastos de su estadía en Giverny. Sabía también; que él se había excedido con Jean Claude, que casi podría haberse mostrado sorprendido, por las reiteradas preguntas que le hacía. Pensó que la ansiedad, le podía jugar una mala pasada y alejarse del centro de su cometido. No podía volver a cometer ese error; y debía mantenerse calmo, dejando que Jean Claude llevara la próxima conversación y solo interrumpirlo, cuando consideraba que la respuesta le diera algo, que le fuera de utilidad, para su no tan elaborado todavía, plan.
¡Niño rico y mantenido, con todo servido! se dijo así mismo; con enojo y porque no, un dejo de envidia. Jean Claude; también le había comentado que su padre Clément Alain Rochet no era nada más ni nada menos, que el Director del Banco Nacional de Francia, supeditado al Banco Central Europeo y dueño de una considerable fortuna. Su madre; Lorraine Lasarre era además la prima del Barón Benjamín de Rothschild, quien era el presidente del Grupo LCFRothschild, un banco privado de importante relevancia en la vida pública del país y propiedad de la misma familia por generaciones, desde mediados del siglo 18.
Mientras almorzaba; su mente acostumbrada a planificar hasta el mínimo detalle, aun hasta en aquellas, sus pequeñas acciones delictivas, comenzó a idear como iría a consumar su delito, el que lo alejaría de ser un pequeño bribón, para convertirse en alguien respetable y seducido por las más bellas mujeres parisinas.
Termino de almorzar; se lavó los dientes y miro su reloj. Recién eran las 2 de la tarde y considerando su somnolencia, consciente-mente producida por el exquisito borgoña, se volvió a acostar extendiendo su largo cuerpo, el que ciertamente era demasiado largo para la cama que disponía, ya que sus pies quedaban por fuera de ella.
Por la dudas y con el temor de quedarse dormido, ajusto el reloj despertador a las cinco de la tarde, para levantarse y así bañarse, afeitarse, vistiéndose con lo mejor que podía disponer, ya que sabía que debía brindar una muy buena imagen en ese primer encuentro a solas y muy atento a lo que conversaría con Jean Claude. Su sonrisa seductora y cordial como mascara, haría el resto.
Sin embargo, por más que lo intentara no podía dormirse. Se convenció que no era porque se había levantado al mediodía; el motivo real era que le provocaba ansiedad el encuentro que iba a mantener y trato, como si fuera un político que entrena su oratoria frente al espejo antes de una entrevista, ponerse a pensar adonde deseaba llevar la conversación en nimiedades al inicio, y luego de unas buenas cervezas, de manera sutil enterarse de lo que realmente interesaba, para sus fines inescrupulosos. Pensó también en la gran diferencia física que tenía con Jean Claude, quien contaba con una estatura mediana y una contextura extremadamente delgada, contra el físico de hombretón que el poseía.
Su mente se aceleraba y los recuerdos corrían por su mente. Desde la muerte de su madre cuando tenía seis años, hasta que los golpes de su padre. le obligaron a abandonarlo como a sus tres hermanos, a la edad de catorce años. 
Fue en esos momentos; en que fue reclutado por el “viejo” Valéry Romaric, que reclutaba a adolescentes tanto mujeres como hombres, y les daba albergue y comida, a cambio de que realizaran hurtos o arrebatos, dándoles el 20 por ciento de lo que obtenían. Así vivió Richard; durante cuatro años hasta que hastiado de los abusos de “el viejo”, de dormir en un catre dentro de un ambiente con olores nauseabundos y en las peores condiciones, junto a sus compañeros y compañeras, huyo sin decirle a nadie, una noche en que recordaba cuando el frió de la madrugada le ajaba la piel, produciéndose un intenso dolor.
Comenzó en solitario; y su aprendizaje le sirvió para ser un gran observador de los movimientos en las casas de determinadas zonas de la ciudad Luz, y luego proceder a violentar sus puertas para robarlas, sin riesgo alguno. Al principio; sabia donde revender todo aquello que le permitía mantenerse. Durmió en la calle; para luego alquilar un cuarto en un viejo hotel del barrio Chatelet. Con el paso del tiempo, logro conocer delincuentes como él, pero prefería robar en soledad y sin violencia. Eso le había garantizado haber tenido la fortuna de jamás ser descubierto y obviamente, carecer antecedente penal alguno.
Volvió a pensar en su encuentro; y siendo ya las seis de la tarde, entro al pequeño baño del cuarto, para prepararse con tiempo y tratar de llegar primero al lugar en que vería a Jean Claude. Al rato, salió del baño y comenzó a vestirse, terminando de calzarse esos zapatos relucientes para la ocasión. Siempre había pensado; que ese detalle decía mucho de la persona y por ello, era tan obsesivo en su limpieza.
Salió aun con la luz del día, había dejado de llover ya hacia unas horas, y silbo alegremente como aquel que se va de fiesta. Diviso a unos centenares de metros, las sombrillas rojas desplegadas alrededor del bistró y algunas personas sentadas en las mesas. Sabía que debería ubicarse, en algún lugar más reservado junto con Jean Claude, alejado de miradas u oídos curiosos de lo ajeno. A menos de cien metros de llegar, observo que algunas pocas luces se encendían y hacían mucho más amigable el lugar. Sonrió y se dijo “en la obscuridad, todo reluce como si fuera oro”…
Ingreso al lugar y fue recibido por una mesera, a la que le comento que estaría esperando a un amigo y que lo ubicara en un lugar, lo más privado posible. Con su seducción; le preguntó el nombre a la camarera…la que respondió sonriendo mordiéndose los labios, Alizee. Mantuvieron una corta charla, pero la joven al tomarle confianza, con su inocencia de “pueblo chico”, le comento que también su hermana Babette, trabajaba también en el lugar.
Justo en ese instante; ingresaba Jean Claude y pidió una mesa, creyendo que Richard no había llegado. No obstante, volviendo hacia la entrada Alizee, al verlo y sabiendo de Richard, le pregunto si buscaba o esperaba a alguien y al contestarle Jean Claude, ella le dijo amablemente que la acompañara, hacia donde Richard estaba esperándolo.
Jean Claude llego a la mesa; y Richard le dio una efusiva bienvenida tomándolo por los hombros, invitándolo a sentarse.

Continuará…

Misterio en Giverny – Parte IV

Jean Claude amaneció en su atelier; dándole unas pinceladas a una de sus obras, a sabiendas que siendo jueves, era el día que visitaba generalmente la Casa Museo de Monet. Le molestaba ir los fines de semana; cuando turistas y curiosos totalmente ignorantes del arte pictórico, llegaban en masa al lugar y -pensaba él- se sacaban fotografías de las más ridículas, sin tener en cuenta los bosquejos o réplicas de las pinturas de uno de los fundadores del impresionismo.
Les interesaba ver las sartenes y ollas de bronce de la cocina, la habitación o el baño con sus accesorios que utilizaba el afamado pintor. 
Dejo la paleta, los pinceles y la espátula e ingreso al pequeño baño, donde lavo firmemente sus manos, dejando su casaca en uno de los percheros de la puerta. Luego de higienizarse; cambio su viejo jean por unas bermudas y su casaca por una remera, ya que en junio la cercanía del verano se hacía sentir, con ese sol ardiente que quemaba las sienes y obligaba a andar ligero. Se calzo sus tenis y bajo del primer piso por la diminuta escalera, saliendo a la calle y cerrando la puerta detrás de sí.
Recordaba la cordial conversación que había mantenido con Richard, la semana anterior y esperaba volver a encontrarlo, para cumplir su promesa de invitarlo a beber unas frías cervezas en el Bistró.
Era para Jean Claude una hermosa caminata de no más de trescientos metros, en la que la suave brisa le golpeaba su rostro, como si supiera del calor reinante disfrutando de inmejorable forma al ver los rosales trepadores florecidos, como así trasladarse retrospectiva-mente a inicios del siglo, y pasar por la linda iglesia de Giverny, dedicada a Santa Radegonde.  Sabia él; que Claude Monet y su familia descansan aun hoy, en el cementerio detrás de la iglesia. La piedra grande en frente de la iglesia es el vestigio de un dolmen. Tiene la reputación de sanar las enfermedades de la piel.
Apuro el paso e ingreso a la vivienda. Para su alegría, diviso a Richard en la parte norte de la casa, entre los tallos esbeltos de las malvarrosas y las masas coloreadas de las plantas anuales. Cuando Richard lo vio, levanto su mano creyendo que Jean Claude no lo había observado. Se encontraron y se dieron un fuerte apretón de manos, con un leve golpe en sus hombros. Parecía que esos dos hombres, estaban para cultivar una sana y magnífica relación. Pero no iba a resultar sencillo.
Como lo había previsto y respetando su compromiso; luego de una breve conversación le reitero su invitación a Richard, quien sonriendo le dijo que casualmente ese sábado lo tendría libre. Así que quedaron que a las siete de la tarde, se encontrarían en De la Capucine.
No obstante; antes de despedirse llamativa-mente Richard retuvo unos minutos a  Jean Claude, preguntándole si se encontraba cómodo en el lugar que había arrendado y si la mujer de la limpieza, también le cocinaba. Además con sutileza, fue casi como haciéndole un interrogatorio, al preguntarle sobre los detalles de la construcción de la vivienda, incluso del piso del atelier. Jean Claude amablemente e ignorando las razones por las cuales Richard tenía tanta curiosidad sobre la vivienda en que el se alojaba, le dio todas las respuestas.
Los hasta allí “buenos conocidos”; volvieron a estrechar sus manos, con el compromiso de encontrarse al sábado siguiente en el Bistró.
Hacia setenta años; en que Rodin se había alojado en la misma vivienda que ahora ocupaba Jean Claude. Auguste Rodin ya de adolescente; mostraba ante su padre su belicoso carácter y termino de pelearse con su progenitor a los catorce años, para ingresar a la Escuela Imperial de Dibujo y Matemáticas. Sin embargo; cuatro años estuvo allí. Intento después entrar en la escuela de Bellas Artes, pero fracaso hasta tres veces en las pruebas de acceso.
Los giros de la historia a pesar de ese rechazo, lo hicieron esforzarse y consiguió dedicarse a lo que quería y le gustaba. A pesar del fracaso inicial; tanto por la no aceptación en la escuela de Bellas Artes como a su primera escultura famosa, fue que estudio anatomía en profundidad y nadie creyó que el método había sido el adecuado porque estaba, al parecer, demasiado bien hecha. Sin embargo; cayo en 1862 en una profunda crisis personal, que lo llevo a ingresar a la Orden de los Agustinos. Sin embargo, su superior el Padre Eymar percibió que el monasterio, no era el sitio para el joven Auguste y lo incito a dejar el noviciado y volver a la escultura.
Así fue como consiguió demostrar que su escultura era cierta y ello le dio la fama además del empujón necesario para seguir haciendo lo que a Rodin le gustaba. Por una razón fundamental: le permitió dividir su escultura en dos, la alimentaria, que le daba de comer a él y a sus amantes, y la transgresora, la que le permitía desarrollar su arte sin pensar si iba a gustar o no. Ya cuando visito junto a Cézanne a Monet, era un escultor afamado y reconocido por todos los círculos del Viejo y Nuevo mundo; ya que en Buenos Aires, Argentina, se erige su estatua de Domingo Faustino Sarmiento en el barrio de Palermo.
Ya había pasado su romance apasionado y tortuoso con su discípula Camile Claudet; a la que dejo ya que no estaba decidido a abandonar a su devota compañera Rosa, quien lo acompaño durante cincuenta y tres años, además de ser su modelo y asistente, además de darle un hijo, jamas reconocido por Rodin, por temor a su madre. Si bien años después de su visita, decidió donar todas sus obras al Estado, una de sus obras solicitada por un coleccionista, quien quedo asombrado por su modelo en yeso  –el hombre de las serpientes-; la que fue única en su género y desapareció en 1914.

Continuará

Misterio en Giverny – III Parte

Era habitual que Monet; recibiera en su reformada y bella casa de Giverny, a artistas excepcionales de la talla de Auguste Rodin o  Paul Cézanne. Este último si bien seguía los pasos del fundador del impresionismo; era evidente que en Monet sus obras se concentraban en paisajes y escenas de la naturaleza, razón por la que prefería pintar en exteriores y con trazos rápidos.
Paul Cézanne en cambio es considerado post impresionista y fundador de la pintura moderna. En su caso, la pincelada es más opaca y la aplicación de la materia es de mayor densidad. No obstante; al conocer a Guillaumin y a Pisarro a quienes conoció en la Academia Suiza de Paris, Cézanne daría un giro radical en su estilo, desligándose de toda norma académica y de la paleta sombría fuertemente empastada que le caracterizaba.
Como sus coetáneos, se convenció de la importancia de pintar al aire libre, y tras volver nuevamente a París en 1872, realizó una colección de paisajes en Louveciennes junto a Pissarro y otros artistas, que inauguraron su denominado «período impresionista».
Así tanto Monet y Cezanne, influenciados por Paul Manet quien fue el primero en plasmar en sus obras y fundar el impresionismo, fueron modificando sus estilos a través de su maduración artística. 
Existía en aquel entonces una sensible amistad de Claude Monet tanto con Cézanne como con Auguste Rodin, escultor francés considerado el padre de la escultura moderna, dada su importancia a su ruptura con el canon académico que imperaba en el siglo XIX en Francia.
Fue así que el 13 de abril de 1906; ambos genios visitaron a Monet en su bella casa y era usual que Cézanne ocupara una de las habitaciones de la vivienda, mientras que Auguste Rodin por su personalidad, en la que prevalecía el cuidado de su intimidad, se alojaba en un cuarto en una casa cercana a Monet. 
Ya habían coincidido Monet, Cézanne y Rodin; en 1874, en un grupo de artistas rebeldes expusieron en el estudio parisino de Gaspard-FelixTournachon, conocido como Nadar, en el número 32 del Bulevar de los Capuchinos. Entre ellos se encontraban Monet, Pissarro, Renoir, Degas y Cézanne. Estos formarían la Sociedad Anónima de Pintores, Escultores y Grabadores. Mientras tanto, Rodin seguía en Bruselas y en junio de 1875 comenzó a trabajar con un soldado belga, Auguste Nyet, quien sería el modelo de la obra La Edad de Bronce. La madurez artística de Rodin incluyo el periodo entre 1880 y 1900, de ese periodo derivaron sus más emblemáticas esculturas como El Pensador, El beso y Ugolino y sus hijos.
Casualidad o no; el joven Jean Claude Rochet arrendó el mismo cuarto que el 13 de abril de hacía ya setenta años, había ocupado el genial Rodin. Rochet solía movilizarse por el pequeño pueblo con su bicicleta, para realizar sus compras, ir a la oficina postal o bien para maravillarse en la casa museo de Monet.
Fue en una de estas excursiones; en que observo el maravilloso trabajo de los numerosos jardineros realizando los des brotes y acondicionamiento de los macizos de flores multicolores, como así también la poda de los frutales y glicinas.
Richard Busay; se encontraba entre las personas que se estaban realizando esos trabajos de renovación y mantenimiento de los dos jardines de la Casa Museo. Desde su lugar; frente a la vivienda en que se encontraba, vio la repetida curiosidad de Jean Claude, quien por lo menos una vez por semana la visitaba, ya que como artista era su interés, nutrirse de la atmósfera tan especial del lugar, en búsqueda de las técnicas desarrolladas por uno de los padres del impresionismo. Al pasar a su lado, Richard que se encontraba arrodillado, se incorporó y saludo amablemente a Jean Claude, quien le devolvió su gentileza y siguió su camino hacia el atelier de Monet.
Al regresar; volvió a toparse con Richard y sin darse cuenta, quizás por ser contemporáneos, se encontró en una fluida conversación con aquel jardinero de la casa, quien además de su trabajo poseía un encantador magnetismo, razón de su mundana vida y de ser un noctambulo empedernido.
Tan buena impresión tuvo Jean Claude de Richard, que lo invito a que en algún fin de semana o cuando no trabajara en los jardines, encontrarse en una de las pocas cantinas del lugar, a beber algún trago y conversar ambos sobre el París, que habían dejado atrás hacia tan poco tiempo y extrañaban.
Lo bucólico del lugar; a meritaba que ambos jóvenes se encontraran para no solo conocerse, sino sacudirse de la rutina de cada uno de esos días en sus vidas. Así es que quedó encontrarse en De la Capucine, en el 80 de la Rue Claude Monet, un bistro cantina pequeña, que en esa época del año usualmente se encontraba desierto y sin turistas, salvo algunas mesas ocupadas por las pocas personas que vivían en el pueblo.
Solo un momento de tensión tuvo Richard; cuando le pregunto a Jean Claude adonde se alojaba. 
Cuando este le indico; que en el primer piso de la Sra. Isabei, la sorpresa de Richard fue tan mayúscula, que sus ojos casi que se le salieron de sus órbitas y sus músculos se tensaron, pero rápidamente se relajó tratando de no mostrarse extraño a la mirada de Jean Claude.

Continuará