Fernando Savater, humanismo impenitente (1): el sentimiento irónico de la vida. 

Si deseas profundizar esta entrada, por favor cliquea donde se encuentra escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Los primeros libros de Fernando Savater pueden leerse, efectivamente, como el esfuerzo por barrer el detritus acumulado en el campo cultural español por la anomalía política que era la dictadura franquista. 

En ellos el filósofo va a recorrer veredas olvidadas o menospreciadas del pensamiento occidental, lo hizo en ensayos como La filosofía tachada o Panfleto contra el Todo. También en Ensayo sobre Cioran, que fue su tesis doctoral, con la que daba a conocer a un pensador completamente desconocido en España hasta aquel momento, y del que fue asimismo su primer traductor al español. Este primer periodo de la trayectoria de Fernando Savater se define por su nihilismo y sus simpatías anarquistas, un anarquismo más teórico que concretizado en lo político, y culminaría en su ensayo de 1978 Panfleto contra el Todo, cuya aspiración era la de combatir la idea de totalidad como referente cognitivo, fuera esta el «Bien Común», o la «Opinión Pública». 

Ese ensayo representaba una forma de defender la radicalidad lúcida del pensamiento libre (y un punto insolente) tan bien encarnada en dos de sus astros tutelares: Cioran y Nietzsche. 

La postura filosófica de Fernando Savater durante esos años setenta se caracteriza por un ateísmo radical al no concebir ninguna posibilidad de trascendencia ultramundana para el hombre. 

Una postura deudora de autores como Cioran o Schopenhauer, que se combina con el vitalismo de Nietzsche. Más que una época de simpatía por ninguna filosofía política concreta, es un periodo que podría verse como una crítica radical de la cultura, por establecer un paralelismo con la trayectoria de Nietzsche, aquella etapa de su producción filosófica del que son resultado libros como Genealogía de la moral o La gaya ciencia.

De Schopenhauer Savater hereda la idea del concepto de voluntad como fuerza creadora del mundo que impulsa la vida, y un pesimismo esencial corregido por ese vitalismo de raigambre nietzscheana. 

Nietzsche será una referencia constante en el pensamiento de Fernando Savater, y le ha dedicado un par de obras, un volumen en la mítica colección divulgativa de Dopesa de los años setenta, que se tituló Conocer Nietzsche y su obra, e Idea de Nietzsche, además de la antología Así hablaba Nietzsche. Savater ha resaltado de la siguiente manera las cualidades fundamentales del creador de Zaratustra: «su condición de heredero y radicalizado crítico de la Ilustración, pero en modo alguno de anti-Ilustrado, y su hincapié indomable en el goce de lo afirmativo y en la afirmación del goce».

La idea que prevalece en el pensamiento de Fernando Savater durante este periodo y que prevalecerá en lo siguiente es la de que el sentido de la existencia para el ser humano no viene dado, sino que el ser humano es creador del sentido de su propia existencia. 

En el año 2001, en su libro A caballo entre milenios, concluía: «A fin de cuentas cualquier actividad lúdica humana experimentada a fondo es cifra y resumen de todo nuestro destino sobre la tierra». Para decirlo en términos filosóficos, se hace manifiesto ya desde esa primera etapa de su discurrir reflexivo la oposición a una ética del deber, de raigambre kantiana, hacia una ética de tipo eudaimónico, de filiación aristotélica, que persigue la consecución de la felicidad: el valor como fundamento de la vida moral, la voluntad como órgano que debe orientar hacia la felicidad, la fantasía como herramienta de la racionalidad que permite concebir mundos distintos y mejores.

A esa tendencia hacia la imaginación (que hace de los libros de fantasía y aventura una de sus grandes pasiones literarias) subyace una concepción no hemipléjica de la razón, una que no coarta ninguna de sus posibilidades enriquecedoras, que no limita la razón a sus meras funciones utilitarias e instrumentales. 

De ahí la contundencia con la que en sus libros de los años setenta arremetía contra la Iglesia o el Estado en tanto que instituciones que encarnaban ese deber represivo por antonomasia: la reivindicación del placer, la felicidad y la alegría como puntos de fuga y sostenes de la vida ética son señas de identidad del pensamiento de Savater desde el primer momento. 

Un placer fundamental de la buena vida savateriana es el placer de la lectura, y pocos libros muestran la inextricable afinidad entre filosofía y literatura en la obra de Fernando Savater como La infancia recuperada. La publicación, en 1976, de ese ensayo donde glosaba y celebraba sus narraciones de aventuras favoritas (clásicos de la infancia y la adolescencia que abarcan desde La isla del tesoro hasta El Señor de los Anillos) vino a suponer una verdadera sacudida en el panorama literario, porque legitimaba filosóficamente la «renarrativización» que estaba experimentando la novela española y así ayudó a acelerar los cambios que venían dándose desde finales de los años sesenta. De paso, desculpabilizó a una generación entera de escritores y de lectores de algunos de sus gustos literarios.

Así, la lectura de sus trabajos sobre ética más importantes, que desarrollaría en los años ochenta, La tarea del héroe, Invitación a la ética, Ética como amor propio e Humanismo impenitente, quedaría incompleta si no se viera acompañada por el acercamiento a esos otros textos en que Savater ha ensayado a propósito de sus pasiones literarias. 

En sus escritos de esa naturaleza, Savater ha sido capaz de poner de manifiesto la esencial conexión entra la narración de aventuras y la ética.

Porque las narraciones de aventuras nos brindan el ejemplo de un sujeto moral, el héroe, que no ve coartadas sus potencialidades por imposiciones externas. Filosofía y literatura se revelan así ramas creativas que surgen del mismo tronco de pasiones y necesidades. 

De ahí que la narración sea vista por Fernando Savater no como un montón de mitos prematuros o ingenuos, sino como una lucha para liberar la palabra, para darle una nueva vitalidad. En Invitación a la ética escribirá:

La importancia iniciática de la literatura estriba en su facultad de brindarnos trayectorias heroicas: gracias a ella, nunca ha de faltarnos ese pasto de héroes del que se alimenta y regenera nuestra voluntad de valor. El modelo heroico es, a fin de cuentas, un servicio de urgencia de nuestra imaginación, destinado a alentar en nosotros el símbolo de la independencia radical, de autodeterminación plena, en el que el ideal ético consiste.

Muchas de esas historias que enfatizan la narratividad, el storytelling, del relato nos ponen, efectivamente, en contacto con formas de narración que son más antiguas que la novela, pero que no por ello deben confundirse con modos de contar infantiles, juveniles o rudimentarios. Los cuentos, los relatos, las narraciones son formas, según la descripción que hace de ellos Fernando Savater (al hilo de El narrador de Walter Benjamin), que «dan prioridad a la acción sobre la pasión, a lo excepcional sobre lo cotidiano, a lo ético sobre lo psicológico». 

O, como dijo Borges, donde la circunstancia y la trama prevalecen sobre los caracteres. Historias que han sido depuradas de sus elementos accesorios, eso es lo que hace un cuento. Historias en cuyos márgenes roda constantemente, como escribió Norhtrop Frye en Anatomía de la crítica, «un indicio de alegoría». Historias que se ubican en el espacio intermedio entre la narración verosímil y la narración mítica, y en las que prevalece el componente imaginativo frente a las convenciones de la moderna novela realista.

Savater define la ética como «arte de vivir», esto es, algo opuesto en su raíz misma a la religión: «La religión promete salvar el alma y resucitar el cuerpo; en cambio la filosofía ni salva ni resucita, sino que solo pretende llevar hasta donde se pueda la aventura del sentido de lo humano». El «amor propio» será así el egoísmo racional de reconocer al otro como humano. El reconocimiento del hombre como hombre, porque reconocer la humanidad en el otro es reconocer la nuestra propia, y resistirnos, por eso, a ser identificados como cosas. 

La ética hace de nosotros sujetos y no objetos. ¿Y quién es más sujeto que el protagonista de un cuento? En efecto, es en la figura del héroe en la literatura donde Fernando Savater encontró la metáfora idónea del ideal ético. Por esa misma razón, el héroe representa la figura moral por antonomasia. El héroe es «voluntad de excelencia», ese modelo que nos brinda la narración de aventuras, héroe será aquel que no ve sus potencialidades coartadas por imposiciones externas, sino que, a despecho del mundo, «logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia»: es la inolvidable definición que brindó en La tarea del héroe. 

No cabe duda de que Fernando Savater es uno de los pensadores y escritores españoles contemporáneos más importantes, y las bases de su aventura intelectual quedaron asentadas en ese periodo complicado pero apasionante que fue la transición española, en el viraje de la dictadura a la democracia.

Un viaje intelectual que lleva de Nietzsche al cuento, de Cioran al relato de aventuras. Donde la literatura (que engloba la filosofía y el ensayo) se revela como un patio de vecindad de las humanidades que nos lleva a recorrer el espectro entero de las inquietudes humanas. 

Las vigas maestras del pensamiento de Fernando Savater son herederas de la tradición ilustrada, entendiendo por «Ilustración» un movimiento cultural y político que se inicia con anterioridad al siglo XVIII (por ejemplo, Montaigne o Spinoza pueden caber en él), que no puede darse por finiquitado con ninguna de las crisis de la modernidad (romanticismo, filosofía de la «sospecha», irracionalismo, posmodernidad, «pensamiento débil»), refractario a los dogmas y a las verdades reveladas, que prima el materialismo filosófico, el racionalismo humanista, la tolerancia, el antiautoritarismo, el hedonismo razonable, que no sacrifica al ser humano en el altar de lo trascendente, tampoco en el de lo ideológico, pero sin hacer de la razón ni del hombre nuevas divinidades, que tiene, en última instancia, el escepticismo y la autocrítica como referencias permanentes. Como él mismo escribió: la negativa a desacreditar lo humano desde lo que no es humano.

Imagen de portada: Gentileza de Gonzalo Merat

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Antonio Vila Sánchez. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Artes y Letras/Fernando Savater

Fernando Savater, humanismo impenitente (1): el sentimiento irónico de la vida. 

Si deseas profundizar esta entrada, por favor cliquea donde se encuentra escrito en “negrita”. Muchas gracias.

En 2020 se cumplían cincuenta años de la primera obra de Fernando Savater, Nihilismo y acción. El año anterior, el autor había dado por concluida una más que fecunda trayectoria de publicaciones con el libro La peor parte. Memorias de amor, el emocionado recuerdo a Sara Torres, su compañera sentimental durante más de tres décadas, que había fallecido cuatro años antes. 

La del filósofo donostiarra ha sido una carrera que por su amplitud, calidad y cantidad cuenta con poquísimos parangones en la historia de la prosa de ideas en lengua española. Alguien a quien no parece resultarle indiferente nada de lo que sucede a su alrededor, y de ahí la gran variedad de temas de los que se ha ocupado en sus libros y artículos. 

Si bien su ritmo de publicación ha sido siempre frenético, son los años decisivos del último franquismo y la tumultuosa etapa de la transición el momento en que Fernando Savater plantó las semillas y orígenes de las tramas filosóficas que desarrollaría con posterioridad y de las preocupaciones que encontramos en su haber reflexivo. 

De la misma manera, del cambiante panorama de la transición surge el compromiso cívico de Savater con la cultura democrática, cuya plena realización solo puede ser factible a través de una educación centrada en la ética y que persiga el desarrollo de una moral autónoma antidogmática.

Entre 1970, fecha de publicación de su primer libro, hasta 1981, cuando publica La tarea del héroe, uno de los trabajos filosóficos más importantes de la España democrática, Savater se erigió en uno de los principales renovadores del ensayismo hispánico. La aventura filosófica de Fernando Savater (tan bien resumida en la yuxtaposición del título de su primer libro) había comenzado por la búsqueda de una acción que asumiera las lúcidas lecciones del nihilismo pero sin arrojarse al abismo desesperanzado de la inacción, y encontraba en la figura trágica del héroe un símbolo ético que representa la voluntad como origen de los valores morales. 

Aunque su pensamiento no ha sido ajeno a las variaciones y cambios que trae consigo el paso del tiempo, lo sustancial de ese pensamiento no ha variado en lo esencial (sí ha ido puliendo, en cambio, las aristas más desafiantes de su escritura).

A la vista del balance que puede hacerse de su producción ensayística, no es una exageración comparar a Fernando Savater con ilustres del pasado como Ortega, Unamuno, María Zambrano, o Ferrater Mora

De entre sus contemporáneos, solo el ya fallecido Eugenio Trías puede consentir la comparación. Pero si el filósofo catalán desarrolló una obra cada vez más cercada por el hermetismo y la referencia solipsista a sí misma, dialogar en el ágora pública ha sido, por el contrario, prioridad del pensador vasco: autor de una obra cuya vocación es la de acercarse a un público amplio, no necesariamente especialista en cuestiones filosóficas. 

Frente a la rigidez academicista, Savater ha desdeñado la sacralización de la jerga de los entendidos en filosofía. Vale la pena recordar, asimismo, la divertida declaración que realizó al respecto en su libro Libre mente: «Gracias a Montaigne, a Pascal y a Schopenhauer, desconfío de los neologismos y los términos compuestos a fuerza de guiones. Por eso nunca he sabido hablar en heidegger o en lacaniano». 

«Profesor de filosofía» antes que «filósofo», en sus propias palabras, Savater ha sido también un personaje mediático en la España de los últimos cuarenta años y por eso los envites de la actualidad no le han resultado ajenos. En la década de 1990 y los primeros años 2000 fue muy conocido por su activismo en contra del nacionalismo terrorista vasco. 

Labor que quedó plasmada en su libro Perdonen las molestias. Crónica de una batalla sin armas contra las armas. Su lucha contra las ideologías nacionalistas, expresada en libros como Contra las patrias, El mito nacionalista o Contra el separatismo, lo ha convertido a veces también en una figura polémica, que suscita tantas simpatías como animadversiones. 

Pero esa postura tiene su raíz en el rechazo de la ideología nacional-católica y su educación represiva, que hubo de conocer en su infancia y juventud y contra las que también peleó con la pluma en sus primeros tiempos como escritor. En todo caso, el ruido de los medios de comunicación (y la frecuente crispación que permea la vida política en España) no ha sido óbice para ocultar la valía de una obra como pocas.  

Sin menospreciar sus aportaciones y capacidades como filósofo, un talento y una voluntad de escritor son, sin embargo, los que inequívocamente animan todos los ensayos y escritos sobre filosofía de Savater. 

Ya desde el inicio de su trayectoria, el ensayo representa en Fernando Savater el esfuerzo por engarzar el pensamiento en las posibilidades estéticas que formalmente ofrece ese género literario. 

En Despierta y lee, de 1998, se lee una frase que bien pudiera servir como idea, o lema, que recorre subterráneamente toda su obra: «Me interesa la ética porque hace la vida humanamente aceptable y la estética porque la hace humanamente deseable». Una de sus frases más citadas es aquella con la que arrancaba el prólogo de Apología del sofista, el tercero de sus libros, publicado en 1973: «Considero que la filosofía es un género literario». Más adelante precisaba: «La filosofía es, ante todo, una forma de escritura. Ignorar o minimizar esta característica descalifica a cualquier pensador. Supone, pues, una toma de postura a favor de la palabra». 

Un escritor que antes de ser escritor fue un lector compulsivo y omnívoro, y que en el gozo de la lectura ha cifrado la verdadera razón de ser de la literatura: «todo lo que he escrito en mi vida no es más que una invitación a seguir leyendo», escribió en su Diccionario filosófico. O como lo expresó en la jocosa confesión que se lee en su autobiografía: «como solo por leer no pagan, me tuve que resignar a escribir».

Lector de Schopenhauer, Nietzsche y Spinoza, la escritura de Fernando Savater se alimenta de numerosas fuentes, como múltiples han sido también los intereses que lo han ocupado. 

Los nombres de filósofos figuran en la constelación de referencias savaterianas tanto como los de poetas-ensayistas como Borges, Unamuno, Octavio Paz, o Paul Valéry; lo mismo que pensadores excéntricos y de difícil clasificación: así el filólogo y filósofo Agustín García Calvo (que fue uno de sus primeros maestros), el pensador nihilista Emil M. Cioran, o el inclasificable ensayista Rafael Sánchez Ferlosio

El pensamiento y la obra filosófica de Fernando Savater son lugares donde converge la tradición intelectual española (Ortega, Unamuno, María Zambrano, José Bergamín) con las líneas maestras del pensamiento europeo moderno. Haciendo suya, en resumidas cuentas, la definición de la filosofía como género eminentemente literario que había puesto en circulación el poeta Paul Valéry, es evidente que la filosofía es para Savater una disciplina de creación expresiva, como lo son la narración, la poesía, la literatura, antes que rigurosamente científica. 

Esa concepción que acerca la filosofía al ámbito de las artes y las letras, antes que al estrictamente científico, es una noción brújula de la que nunca se ha desprendido, y así en 1994 podía escribir: «Respecto a la materia filosófica, digamos que en realidad no es una disciplina científica en absoluto, sino un tipo de urgencia creadora-expresiva que se disciplina muy difícilmente».

Escritor polifacético como pocos, Fernando Savater ha practicado también la novela, el teatro, el relato corto, los monólogos (el memorable ejercicio de ventriloquía literaria que es Criaturas del aire, donde daba voz a algunos de sus personajes de ficción favoritos, una panoplia heterogénea que abarca desde el conde Drácula a Sancho Panza). 

Asimismo, sobre todo a partir de los años noventa, fue autor de libros didáctico-divulgativos como Las preguntas de la vida, Historia de la filosofía sin temor ni temblor, o el best seller Ética para Amador, que sirvió durante muchos años como manual de ética en las escuelas españolas. 

O, en fin, su ameno, didáctico, y sencillamente excelente, Diccionario de filosofía. Pero el ensayo ha sido, con todo, el género literario que más y mejor ha cultivado, donde ha podido dar cauce a su íntimo y temprano deseo de vincular filosofía y literatura, enlazar la forma estética del estilo con el fondo del pensamiento, lo atractivo de la escritura con la preocupación por las cuestiones de orden moral. 

Para ello, Savater parte de la conocida definición de Adorno del «ensayo como forma», que caracteriza el ensayo desde lo azaroso, lo lúdico, lo escéptico, lo inacabado, en definitiva, la duda, y que a su vez remite a la práctica originaria de Montaigne, el padre fundador del género.

A comienzos de los setenta, Savater había visto precisamente en la «castración» del estilo la razón de la falta de originalidad del pensamiento filosófico en España, del que se seguía su precario enclaustramiento en la erudición académica. 

Por el contrario, para él, la búsqueda formal del estilo es lo que permite al filósofo realizar una lectura «irónica», es decir, crítica de la realidad y los discursos establecidos. Pero esa dimensión estética que tiene toda escritura literaria no debe confundirse, sin embargo, con una exaltación de la forma o una idolatría del estilo. 

En el libro Despierta y lee, Savater escribirá: «quienes se esfuerzan por tener un estilo, quienes padecen esa voluntad de estilo que me pareció tan esencial, escriben pendientes no de lo que quieren decir —muy bien pueden no querer decir nada—, sino solo de los efectos idiosincráticos que producirá en el lector su forma de decirlo». 

La intención de sus primeros libros puede verse así como un logrado esfuerzo por dejar atrás los rastros de la cultura nacional-católica de la dictadura, y al mismo tiempo la de la oposición al régimen, dominada por el marxismo, cuyo crédito había comenzado ya a entrar en bancarrota por la época en que Savater comenzaba a escribir, pero que se mantenía aún como la principal referencia teórica del antifranquismo. 

En buena parte de la escritura temprana de Fernando Savater se perciben rasgos que han sido constantes en toda su obra, como la defensa del humor y el juego frente a la solemnidad y el utilitarismo, o la reivindicación del placer frente a la obligación. 

Mucho de ello hubo en el lanzamiento del libro colectivo En favor de Nietzsche, en 1973 (surgido de un seminario celebrado el año anterior en la Universidad Autónoma de Madrid), donde se juntaron jóvenes filósofos y eruditos de la filosofía, como Eugenio Trías, Andrés Sánchez Pascual o Javier Echeverría, descontentos ante el clima de la filosofía académica española de entonces. 

De ahí la importancia de la figura de Nietzsche como referente higiénico y creador de nuevos valores. Savater se referiría irónicamente a aquel libro diciendo que fue su «pregón de feria». Pero es importante recordar también que fue un libro concebido con la intención de ser la señal de un cambio de rumbo en el ámbito del pensamiento en España y abrir nuevos caminos para la reflexión filosófica: un gesto, en suma, con el que se pretendía combatir la filosofía escolástica que era la filosofía oficial en la enseñanza del régimen, y del otro, el marxismo ortodoxo que había sido predominante en la cultura de la oposición a la dictadura. 

No debería perderse de vista que ese gesto de provocación polémica e iconoclasta tiene su correlato en los ámbitos de la narrativa con la renovación de la novela de finales de los sesenta y los setenta, y la irrupción de los poetas «novísimos», siendo así que puede hablarse de un Zeitgeist generacional que hermana en sus inicios a los jóvenes literatos españoles, que pretendían, en el despliegue de sus carreras, transmitir una enfática imagen de ruptura con respecto a la cultura, los modos y la actitud de las generaciones anteriores. 

Y, en efecto, los tiempos estaban cambiando, porque Fernando Savater daba sus primeros pasos en el panorama literario español en un contexto de relanzamiento del ensayo por parte de las editoriales hispánicas, tanto en su dimensión filosófica como en la propiamente literaria. 

Javier Pradera se había hecho cargo de la filial española de Fondo de Cultura Económica; Taurus, con Jesús Aguirre al frente, no solo contrató los primeros libros de Fernando Savater, sino que llevó a cabo una importante labor de difusión en España del pensamiento alemán contemporáneo, con nuevas o primeras traducciones de Adorno o Walter Benjamin; o la existencia de una importante serie de divulgación universitaria a través de Edicusa, la editorial de ensayo vinculada a Cuadernos para el Diálogo.

También a finales de los sesenta, comenzaba su andadura una editorial Anagrama centrada en el ensayo y con un perfil entonces muy politizado y «contracultural». Sin olvidar las contribuciones de Lumen, Tusquets, o Kairós, o la efímera pero valiosa La Gaya Ciencia, que tuvo una importante serie de divulgación. Eso por citar solo unos cuantos ejemplos destacados. A través de esas nuevas lecturas y lectores se forjaba buen parte de lo que sería la cultura de la España democrática. 

(Continuará)

Imagen de portada: Gentileza de Gonzalo Merat

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Antonio Vila Sánchez. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Artes y Letras/Fernando Savater

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Zambrano: el nacimiento de la razón poética. Parte II

6 Razón poética

Todas las preocupaciones intelectuales de Zambrano confluyen en la razón poética. La razón poética es el único medio para poder explorar estas preocupaciones adecuadamente. El concepto «razón poética» se acuña en el año 1939, aunque va perfeccionándose durante la vida de la autora. Frente a las preguntas abiertas por la filosofía, la razón poética es una respuesta, o mejor, una forma de dar respuestas. La razón poética es una facultad que permite dar otras respuestas a las ya dadas por la tradición. Siguiendo a Reale y Antiseri en su Historia de la filosofía:

«[La razón poética] es [un concepto de razón] más amplio y total que ha de mediar entre el hombre y la realidad. Es una razón mediadora, que entabla relaciones con lo ‘otro’, con la piedad y el amor. Es una razón armonizadora, que conecta al ser humano con los diversos planos de lo real».

La clave para comprender la razón poética es entenderla como una razón que no se opone a los sentimientos. Es una razón que establece relaciones con su otro: con el amor, con lo irracional, con las pasiones, etc.

Una razón que conecta al hombre con lo real ante su profundo estado de desarraigo y exilio vital. Una razón activa, no pasiva o contemplativa, que hace, emancipa y libera al ser humano que la ejerce. 

La célebre sentencia: «seréis como dioses» apunta, precisamente, a la búsqueda de la propia creación a través del ejercicio de la razón poética. Esta es una razón que, huelga decirlo, también libera a Occidente, que yace preso en su nihilismo y en su razón instrumental.

Filosofía & co. - COMPRA EL LIBRO 1 1

El hombre y lo divino, de María Zambrano (Alianza Editorial).

Por sus propias características internas, este concepto no puede ser ni sistematizado en una definición canónica ni deducido a partir de unos axiomas. 

El acercamiento a la razón poética no puede ser analítico, sino más bien (y precisamente) poético: el camino lo dibujan las metáforas, las palabras siguen pistas, la intuición desvela ciertas huellas… Bajo este nuevo paradigma, la razón rompe sus cadenas demostrativas, sus enredos argumentales, sus frías deducciones, su visión de la verdad como adecuación del objeto a la realidad, su necesidad obsesiva de silogismos lógicos… La razón poética, en cambio, anda por imágenes y se eleva sobre metáforas entendiendo la verdad como un mostrar, como un desvelamiento.

Esta nueva razón es muy palpable en los siguientes libros: El hombre y lo divino (1955), Claros del bosque (1977), Diotima de Mantinea (1983), De la aurora (1986), Los bienaventurados (1990), Los sueños y el tiempo (1992).

7 El tiempo

Dos de los temas centrales en los que esta nueva razón se desenvuelve con mayor soltura, en los que su ligero andar nos permite transitar angostos senderos, son los sueños y el tiempo. Respecto al tiempo, Zambrano se inscribe en una corriente de pensadores contemporáneos que, al menos desde Bergson, piensan el tiempo de una forma diferente. Las nuevas reflexiones sobre el tiempo intentarán mostrar un tiempo más complejo que el tiempo-lineal, que el tiempo-físico, que el tiempo-reloj.

La razón poética, liberada de los pesados andares lógicos y demostrativos, atisba un tiempo multidimensional, un tiempo atravesado por una pluralidad de planos. Así, para Zambrano, en el ser humano los planos del tiempo dibujan los distintos estratos:

  • En un estrato más profundo hallamos a la psyché, al entorno de los sueños. Este estrato carece de tiempo, no hay ordenación, se caracteriza por la simultaneidad, por la ruptura del tiempo.
  • Si ascendemos un poco llegamos al plano de nuestro cuerpo, en el que el tiempo es el tiempo sucesivo, lineal, el tiempo de la física. El tiempo de las horas, de los biorritmos, de la noche, del día, de las diez y cuarto. El tiempo de nuestros proyectos, el tiempo histórico, el tiempo compuesto por presente, pasado y futuro.
  • Avanzamos un poco y arribamos al tiempo del ser humano, que es fundamental supratemporal. Un tiempo que no se divide en presente ni pasado ni futuro porque los tres momentos son constituyentes del instante que se vive.

Un ejemplo que nos puede ayudar a comprender el plano del tiempo en su dimensión supratemporal es la música. ¿Qué quiere decir este «supratemporal», este estar por encima del tiempo? Que andamos en un tiempo que no se orienta por presente, pasado y futuro, sino una forma temporal que crea un hueco en el tiempo, una brecha, una grieta, que rompe la linealidad y se sitúa por encima de la misma, proyectando, desdibujando el futuro y el pasado en un presente radicalmente vivo. Nadie escucha, cuando escucha música, notas independientes, sino que cada nota llama a la anterior para hacer un ritmo y anticipa a la siguiente para generar una melodía. Ese es el carácter supratemporal de la música.

Andar por el tiempo supratemporal, en tanto seres humanos, nos confiere una cierta lucidez, y es en esta lucidez donde habitamos los verdaderos momentos creadores. 

Para comprender mejor la complejidad del tiempo en el pensamiento de María Zambrano podemos atender a la siguiente metáfora de la autora: «El despertar de cada mañana parece que sea para siempre. Mas este siempre quiere decir que siempre habrá de repetirse, que siempre habrá que hacerlo y sufrirlo mientras se viva». El despertar no está sometido a la linealidad, sino que pliega el tiempo. Su efecto no existe en un momento puntual, sino que su repetición insiste, en pliega en sí mismo para producir un eterno retorno.

La razón poética, liberada de los pesados andares lógicos y demostrativos, atisba un tiempo multidimensional, un tiempo atravesado por una pluralidad de planos

8 Los sueños

Esta exposición de los diferentes tiempo la podemos leer, por ejemplo, en El sueño creador. Esta obra no pretende analizar los sueños (¡esa razón es la razón de la que huye Zambrano!). Más bien, el objetivo es mostrar la realidad que en ellos se oculta. ¿Quién mejor que la razón poética para andar por estas nubes oníricas?

A diferencia de la vigilia, que nos permite ver los fenómenos del mundo bajo la linealidad del tiempo físico, en los sueños asistimos a la realidad fenoménica del nuestro ser, con un tiempo muy particular. En los sueños no hay distinción sujeto-objeto como en la vida «real», porque en el sueño somos nosotros y no-nosotros, somos nosotros, pero desdoblados, lo vemos desde fuera, aun siendo algo interno a nuestro ser.

Afirma Zambrano que el tiempo del sueño que es un tiempo muy particular, un tiempo enajenado, porque no nos pertenece. Un tiempo que se escapa de nuestras manos, un tiempo que nos es ajeno. Aunque, por otro lado, es nuestra propia esencia la que se nos presenta en el sueño. Un tiempo-loco, sin dueño, que rescata y mezcla recuerdos desde ópticas giradas, viciadas, novedosas. En los sueños, y esto es lo crucial de ellos, se muestra lo real, lo más profundo de nuestro ser.

Filosofía & co. - COMPRA EL LIBRO 2 1

Horizonte del liberalismo, de María Zambrano (Alianza Editorial).

A pesar de estas características, para la acción y para el pensamiento es necesario un tiempo horadado, fracturado. No un tiempo-loco, propio de los sueños, sino un tiempo-hueco, un tiempo con vacíos porque el vacío es el espacio de la libertad. Por eso, el tiempo sucesivo es tiempo humano. El tiempo sucesivo de la conciencia introduce la diferenciación, de lo que en un principio, en el sueño originario, es ambigüedad indiferenciada.

9 Liberalismo humano

Como buena discípula de Ortega, entre los escritos de María Zambrano, especialmente durante sus años de juventud, se encuentran escritos políticos que abordan cuestiones menos filosóficas y más sociales. Ejemplo paradigmático de estas preocupaciones es el libro Horizonte del liberalismo.

En primer lugar, y con el objetivo de abordar el humanismo de Zambrano, es importante notar que el liberalismo de Zambrano es un liberalismo humanista:

«La economía liberal es insuficiente e inadecuada para la realización de los postulados liberales. Veamos, pues, qué nos es más querido: hay que elegir entre los postulados espirituales del liberalismo y su economía. Porque hoy el liberalismo de muchos es el liberalismo capitalista, el liberalismo económico y burgués y no el humano».

La apuesta de Zambrano es una apuesta por la libertad. Pero no por la libertad de mercado, sino por la libertad del individuo. El brindis no es a un mercado devorador, sino al individuo libre y creador. En sus palabras: «Amor al hombre. Amor a los valores. ¡Supremas virtudes del liberalismo! […] Libertad de pensar, de investigar, de enseñar».

La libertad de Zambrano es una libertad que conecta al ser humano con lo profundo, una libertad que busque disminuir el desarraigo y el exilio existencial que nos acompaña como parte de nuestro ser. Una libertad que nos una al mundo. Una libertad, en fin, fundada en el amor. El ser humano libre, desde el punto de vista de Zambrano, no es el que anda preso de la racionalidad instrumental, sino aquel que consigue vincularse con lo sagrado.

La apuesta de Zambrano es una apuesta por la libertad. Pero no por la libertad de mercado, sino por la libertad del individuo

10 Mística

El acercamiento al misticismo de María Zambrano debemos entenderlo desde la renovación que lleva a cabo de los métodos filosóficos (con el advenimiento de la razón poética), su interés por lo sagrado como profundidad de lo real (en relación con nuestro desarraigo esencial) y su fe cristiana. Prueba de este acercamiento es su ensayo sobre San Juan de la Cruz en su libro Senderos.

En la filosofía de Zambrano, la verdad tiene un cierto componente de revelación, lo que supone un movimiento crucial de transformación. La verdad nos atraviesa, se incrusta en nosotros, y para poder entenderla debemos dejarla germinar en nuestras entrañas. El discurso verdadero es, entonces, un discurso vivo, un discurso vivido, un discurso que habla desde los frutos de la verdad germinada (no un discurso frío ni neutro).

Así, un saber es auténtico solo si transforma al individuo que lo conoce. El sujeto de conocimiento no está por fuera del objeto que conoce, sino que la revelación arrampla con el sujeto con un viento feroz y lo transforma en otra cosa. Solo así, el ser humano puede hacerse, pues el alma no conoce como algo ajeno a sí misma, sino que se hace en este mismo proceso de conocimiento.

Por último, es importante destacar que el misticismo de Zambrano es palpable en su insistencia en la entrega a «lo uno», «lo absoluto» o «al más allá» como la parte oculta de la realidad de la que hablamos al principio.

La filosofía de Zambrano postula un fondo de realidad metafísica, en su sentido más literal, como algo más allá de lo físico. Un fondo que nos perturba, que conseguimos intuir con la tragedia o los sueños, pero al que necesitamos volver si no queremos ser devorados por una sociedad nihilista que ha perdido todo contacto con sus raíces.

Imagen de portada:Entre los hitos de María Zambrano destaca haber sacado a la razón de su excesivo formalismo y dar luz a la razón poética. Diseño realizado a partir de una fotografía de Wikimedia Commons (CC0).

FUENTE RESPONSABLE: Filosofía & Cía. Por Javier Correa Román. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura. Filosofía. Filosofía española. Liberalismo.Libertad. María Zambrano. Pensamiento. Razón poética. Sagrado.

 

María Zambrano: el nacimiento de la razón poética. Parte I

María Zambrano es una de las filósofas españolas más importantes del siglo XX. Discípula de Ortega y Gasset, su obra es extensa y profunda, logrando alcanzar cotas de originalidad inéditas en la filosofía española de la segunda mitad del siglo XX. Todas sus preocupaciones intelectuales confluyen en la razón poética. Desde el exilio hasta lo divino, de la razón a la modernidad, de los sueños a la poesía, su pensamiento es una brújula ineludible para el panorama filosófico actual.

Índice

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor donde esta escrito en “negrita”. Muchas gracias.

María Zambrano (1904-1991) nace en Vélez, en el sur de España. Con 20 años llega a Madrid y se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí, asiste a las clases de los principales filósofos del momento: García Morente, Zubiri y Ortega y Gasset. Este último, su mayor influencia, será considerado por ella como su maestro.

Ante el incipiente estallido de la Guerra Civil y el posterior triunfo del bando militar, Zambrano se exilia de su país natal, lo que condiciona profundamente su obra. Con un estilo de escritura caracterizado por la belleza y densidad de sus textos, a lo largo de su vida llega a publicar una veintena de libros.

El interés por su obra va aumentando con el tiempo, pero estalla definitivamente cuando, en 1966, uno de los filósofos españoles más importantes de la filosofía española, Aranguren, publica en la Revista de Occidente un artículo titulado Los sueños de María Zambrano. En 1981, Zambrano recibe el máximo galardón de España, el Premio Príncipe de Asturias, y, en 1989, el máximo premio de las letras hispanas: el Premio Cervantes.

Veamos diez claves para entender el pensamiento de esta autora.

1 Exilio

Con motivo de la sublevación franquista y su ulterior triunfo militar, María Zambrano está exiliada de España más de 45 años. Pasa un mes en París (Francia) y de ahí marcha a Nueva York (Estados Unidos), La Habana (Cuba) y México. En 1953 vuelve a Europa y se muda a Roma (Italia), donde se queda hasta 1964. Antes de regresar a España, de Roma se muda a un pequeño pueblo francés, La Pièce, y después a Suiza.

El exilio atraviesa toda la obra de Zambrano, constituyendo un tema fundamental para poder entender la totalidad de su pensamiento. La reflexión de Zambrano no versa únicamente sobre el componente físico-geográfico del exilio, asimilando a la migración, sino que su análisis es filosófico, un análisis que pone al exilio en relación con nuestra existencia en tanto seres humanos.

De esta forma, el exilio para Zambrano es el reflejo de la condición esencial del ser humano en nuestro mundo actual. Un ser humano que, en el fondo, y ante una modernidad devoradora, está profundamente desarraigado. Este desarraigo, experimentado por cualquier persona exiliada, es la condición de vida que determina ferozmente nuestra existencia en el tiempo actual.

Ahora bien, solo se desarraiga aquel que antes ha echado raíces. ¿De qué estamos desarraigados en nuestra sociedad los seres humanos? Según Zambrano, del fundamento último de la realidad, del suelo de lo divino. Un desarraigo consecuencia del profundo nihilismo imperante en la subjetividad, y la sociedad, contemporánea. El exilio aparece, entonces, como un tema filosófico de primer orden ante la huida de nosotros mismos, ante el desarraigo del alma causado por la nada que nos recorre. Un exilio que se expresa en el sentimiento de soledad y abandono, en la experiencia de vacío que nos recorre.

El exilio es un tema fundamental en la obra de Zambrano. A diferencia de otros estudios, en el pensamiento de Zambrano no se aborda desde una óptica política, sino desde un ángulo existencial

2 Escuela de Madrid

Un elemento fundamental para comprender la producción intelectual de Zambrano es su relación con Ortega y Gasset, del que es discípula. Alrededor de este filósofo se agrupan, en el segundo cuarto del siglo XX, un conjunto de filósofos a los que se conocen como la Escuela de Madrid. De esta escuela, María Zambrano es una de las filósofas más destacadas, sino la que más.

La influencia de Ortega Gasset es muy notoria en el pensamiento de Zambrano, especialmente en su pensamiento juvenil. Zambrano coincide con él en el liberalismo político, en la crítica a la razón instrumental y su auge en la modernidad y en la necesidad de expandir esta razón. No obstante, y a pesar de esta basta influencia, y muestra del enorme potencial de Zambrano, pronto la discípula se desvía del maestro, pronto su voz empieza a alzarse con un tono propio. Esto ocurre a medida que Zambrano va interpretando la razón vital orteguiana como saber del alma.

Ante tales descubrimientos intelectuales, Zambrano le enseña al maestro un artículo titulado Hacia un saber del alma. Tras leerlo, Ortega reconoce la valía del artículo y su excelencia filosófica, pero le reprocha a Zambrano su osadía: «No hemos llegado todavía aquí y usted da un salto y se planta allá», cuentan que dijo. Zambrano salió «llorando a lágrima viva por la Gran Vía», repitiéndose a sí misma que Don José había muerto, «y lo que había muerto era mi fatal discipulado con él», dijo la filósofa.

Tiempo después pensaría sobre esta relación y hablaría de imposibilidad: «Malentendidos con Ortega, que me estimaba, que me quería. No lo puedo negar. Y yo a él. Pero había… como una imposibilidad. Es obvio que él dirigió su razón hacia la razón histórica. Yo dirigí la mía hacia la razón poética».

Además —y es de crucial importancia—, el distanciamiento aumentó por motivos políticos. Ante el terremoto político que vivía España en la década de los treinta del siglo pasado, Zambrano le escribe a Ortega: «Usted al fin contempla el pensamiento desde la atalaya de su serenidad propia; lo que usted pueda dar es inquietante, pero su propia posición es segura».

Ortega y Gasset, leyendo los primeros escritos con tono propio de Zambrano, le dijo a esta: «No hemos llegado todavía aquí y usted da un salto y se planta allá»

3 Crítica a la Modernidad

Uno de los elementos característico en la filosofía de María Zambrano es la ausencia de sistematicidad y, por eso, toda clasificación que intente ordenar su pensamiento es necesariamente artificial. No obstante, y como método puramente heurístico, podemos distinguir en el pensamiento de Zambrano dos etapas: una de crítica, especialmente a la Modernidad, que abarcaría hasta la década de los años 60, y otra época propositiva, donde se da forma a la razón poética, que estaba presente en su pensamiento de una u otra forma desde el principio de sus escritos.

Su crítica a la Modernidad entronca con su tematización del desarraigo y el exilio. La tarea ética necesaria para suplir ese vacío humano es inviable en el seno de nuestra cultura occidental. De forma paralela a la crítica que hace Ortega (al señalar la falta de creencias y cómo afecta esto a la originaria confianza del hombre en lo real) y Unamuno (denunciando la escisión entre razón y vida), Zambrano ve en la razón imperante de Occidente una razón instrumental que disminuye las posibilidades de la humanidad.

Este destino fatal de nuestra sociedad nace de una escisión histórica: comienza en Parménides y se agranda en la división entre racionalismo e idealismo. Desde la perspectiva de Zambrano, la razón ha acabado por aplastar la originaria apertura del hombre, imposibilitando la autocreación de uno mismo. La razón instrumental es una razón pobre, mecánica, que dibuja una realidad homogénea, sin salientes, rechazando toda valoración topográfica.

Su crítica de la Modernidad entronca con la de Ortega y Gasset y con la de Unamuno. Los tres ven a la sociedad moderna presa de una razón instrumental

4 Antígona

Una gran parte de los temas cruciales de la filosofía de Zambrano se encarnan en la figura mítica de Antígona. Esta tragedia griega muestra la profundidad de los conflictos humanos y le sirve a la autora para mostrar sus propias teorías. En el prólogo a su libro La tumba de Antígona, afirma Zambrano: «Entre todos los protagonistas de la tragedia griega, la muchacha Antígona es aquella en quien se muestra, con mayor pureza y más visiblemente, la trascendencia propia del género».

Filosofía & co. - COMPRA EL LIBRO 3

La tumba de Antígona, de María Zambrano (Alianza Editorial).

Antígona, como protagonista de la tragedia, simboliza para Zambrano la asfixia de una humanidad envuelta en luchas fratricidas, todas ellas envueltas en un clima de derrumbe y horror político. Es evidente el estrecho paralelismo entre ambas, entre Zambrano y Antígona. De hecho, Zambrano cree que encarna esta figura trágica al ver la lucha fratricida entre los españoles y al pagar esa lucha con la muerte en vida, que es el exilio.

Al igual que Antígona, Zambrano cree que nunca dispuso de su vida porque los acontecimientos políticos se la robaron. Antígona, al igual que ella, fue «despertada de su sueño de niña por el error de su padre y el suicidio de la madre, por la anomalía de su origen, por el exilio, obligada a servir de guía al padre ciego, rey-mendigo, inocente-culpable, hubo de entrar en la plenitud de la conciencia».

5 La tragedia y lo divino

Antígona simboliza la condición de la humanidad. Una humanidad que no encuentra (ni cuenta) con un lugar propio, una humanidad exiliada de sí misma, en plena lucha por intentar habitar un lugar y con un desenlace de inevitable sacrificio. Por este motivo, la tragedia de Antígona en particular, y las tragedias en general, representan la estructura fundamental de la realidad del ser humano.

La lucha política en la que está envuelta el ser humano tiene un correlato ontológico: la dialéctica del ser humano con el fondo de lo real.

Este fundamento, este fondo profundo que sostiene lo real, se identifica en Zambrano con lo divino, con una divinidad secreta que colma una realidad que tenemos que habitar. La realidad, así pensada, está compuesta no solo por el mundo físico, sino también por un poso de realidad que no se muestra y cuya ocultación nos agobia, nos inquieta. Ofrecemos sacrificios, ritos y dones para intentar provocar tal aparición. Surgen así los dioses, con rostros y figuras, intermediarios que creamos para dialogar o imaginar lo más profundo de lo real, esto es, lo divino.

Es con estos ritos y sacrificios como conseguimos un hueco seguro en este mundo hostil, un espacio medianamente habitable en esta realidad amenazadora y nunca totalmente inescrutable. La tragedia en tanto género muestra este intento de simbolizar, de crear intermediarios, para así explicar lo que no puede ser explicado y que, sin embargo, corre por nuestras entrañas. En la tragedia, intentamos ordenar el interior del hombre y la realidad enigmática que nos conforma: extrañamiento que se muestra en la forma del delirio.

La tragedia es, entonces, un rito por el que el ser humano se enfrenta a su ser, se explora a sí mismo y se descubre en el propio buceo de sus entrañas, padecimientos y delirios. La tragedia es la cueva inacabable que nos lleva a lo más profundo, al poso de lo real que sustenta todo lo que vemos.

La realidad no es solo el mundo físico, sino también una profundidad oculta, inescrutable. La tragedia y los dioses nos permiten crear intermediarios para explorar tales profundidades

Imagen de portada:Entre los hitos de María Zambrano destaca haber sacado a la razón de su excesivo formalismo y dar luz a la razón poética. Diseño realizado a partir de una fotografía de Wikimedia Commons (CC0).

FUENTE RESPONSABLE: Filosofía & Cía. Por Javier Correa Román. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura. Filosofía. Filosofía española. Liberalismo.Libertad. María Zambrano. Pensamiento. Razón poética. Sagrado.