Franziska Nietzche: parir al super filósofo, cuidar del hombre-niño.

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El incidente es bien conocido: el 3 de enero de 1889 Friedrich Nietzsche sale de su casa de Turín y en una de las plazas ve a un cochero golpeando a un caballo. Entra en barrena. Llorando, se arroja al cuello del animal para protegerlo y se derrumba. Nietzsche no volvería a ser Nietzsche. 

«Pocos días después Franz Overbeck busca al amigo mentalmente trastornado. Nietzsche vegetó todavía durante diez años», se lee en la obra que el ensayista Rüdiger Safranski le dedica al filósofo. De ahí se pasa a «otra historia, la de sus repercusiones e influjos». No queda nada claro cómo vegetó durante esos diez años. Y es tal la precariedad de la existencia, que ni vegetar puede uno solo: es preciso tener alguien al lado que se ocupe de las comidas, las babas y las mierdas. Ya se sabe que esto no es relevante quizá para la gran historia del pensamiento, pero, oye, una mención a tiempo no es que sea una victoria; es simplemente justicia.

Las Nietzsche, gentuza

La que se ocupó de ese largo vegetar de Friedrich Nietzsche fue principalmente su madre, Franziska Nietzsche, hasta que murió y su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche, que se arrimó cuando vio claro que de ahí podría sacar tajada. 

Para Nietzsche, gentuza. Así se había referido el filósofo a ambas en Ecce homo, escrito poco antes del colapso. Allí reniega de ambas. Despotrica más bien: «Cuando busco la antítesis más profunda de mí mismo, la incalculable vulgaridad de los instintos, encuentro siempre a mi madre y a mi hermana. Creer que yo estoy emparentado con tal canaille [gentuza] sería una blasfemia contra mi divinidad. El trato que me dan mi madre y mi hermana, hasta este momento, me inspira un horror indecible (…). Confieso que la objeción más honda contra el “eterno retorno”, que es mi pensamiento auténticamente abismal, son siempre mi madre y mi hermana».

No pasa nada. Todo está perdonado. El colapso acabó con el filósofo y con el hijo raro, pero le devolvió a Franziska Nietzsche un niño, un enfermo a quien cuidar y con el que sabía lidiar. La filosofía podría haber perdido una de sus cabezas más brillantes, pero aquella madre había recobrado al hijo pródigo. Una vez más, vaya giro de guion.

«Mi melancólica alegría»

Franziska Nietzsche había nacido el 2 de febrero de 1826 en Pobles, una pequeña localidad sajona. Hija de Wilhelmine Oehler y de David Ernst, un pastor luterano, creció en una familia numerosa y se trasladó a vivir a Röcken con diecisiete años, cuando se casó con otro pastor luterano, Karl Ludwig Nietzsche, con el que tuvo dos hijos, además del filósofo. 

Antes de cumplir los veinticinco ya estaba viuda y había perdido al hijo menor, con lo que la tragedia no era ninguna desconocida para ella. Tras estas desgracias, Franziska se mudó a Naumburg, instalándose en casa de su suegra y sus cuñadas. Allí creció Friedrich Nietzsche, con quien siempre tuvo una relación tormentosa hasta que la vida se lo devolvió encogido, hecho un niño. 

Entonces Franziska le canta, le alimenta y le engorda, le viste, le asea y se afana en encontrarle compañía que esté a la altura intelectual —pues cree que esto le sanará—. 

También escribe sin tregua a viejos conocidos o amigos para dar cuenta de los progresos o deterioros de su hijo, se obsesiona con el dinero, se agota con otras preocupaciones, como el legado editorial de Friedrich, y muere finalmente el 20 de abril de 1897. 

En su última carta, a principios de ese mes, da cuenta ya de su debilidad, solo se levanta para ayudar al enfermo, pero está contenta: «Alabado sea Dios solo por haberme permitido hasta ahora prodigar los cuidados a mi hijo (…). Él sigue siendo mi melancólica alegría».

Los años de la locura, los años de los cuidados

Esto por lo que respecta a una biografía apresurada, pero hay una parte que se deja recomponer a cámara más lenta. Si sabemos mejor de Franziska Nietzsche y de los últimos años de Friedrich es gracias a la correspondencia cumplida, frenética, que la madre del filósofo mantuvo con el leal Franz Overbeck, el teólogo, gran amigo del filósofo y albacea de su obra. Franziska siempre le estará agradecidisima al profesor, porque fue el primero en acudir a socorrer a su hijo después del colapso y porque se preocupó por él hasta el final, gestionando incluso una pensión vitalicia de la Universidad de Basilea, que le hará llegar a la madre, siempre atribulada por las preocupaciones financieras. 

En 2018 Hermida editores publicó esta correspondencia en una edición al cuidado de María Jesús Franco Durán. Se titula Los años de la locura… de Friedrich, se sobreentiende, porque para Franziska Nietzsche esos serían los años de los cuidados. Ocho hasta que murió. El hijo sobrevivió tres más.

Alimento para el cuerpo, alimento para el espíritu

El libro se abre con la crónica de un trayecto en tren que tenía por objetivo ingresar al filósofo en un sanatorio en Jena. «Qué bueno fue el principio del viaje cuando él mostraba una alegría evidente por tenerme a su lado. En el momento de darle un bocadillo con fiambre comentó: “Hacía tiempo que no comía unos bocadillos de jamón tan ricos”. Y, después, con las cerezas (…)». 

En ese mismo viaje también habla Franziska Nietzsche de un ataque de furia contra ella y de cómo el paciente había sosegado el ánimo con la lectura de algunos periódicos. «De esta manera se estuvo bastante quieto». Ambos relatos componen un resumen concentrado de lo que fue la vida y la relación entre Friedrich y Franziska Nietzsche a partir de su colapso en Turín: procurarle alimento, sosiego, entretenimiento, intentar calmar sus ataques… De todo ello irá dando cuenta al profesor, junto con algunos detalles escabrosos e intrigas.

En la introducción, escribe María Jesús Franco Durán, que también es la traductora: «Overbeck fue un desahogo para Franziska y un alivio de sus tristezas y penalidades. Su actividad como teólogo y la fidelidad hacia su amigo hizo que la madre de Nietzsche le tuviera plena confianza y que, llevada por el profundo agradecimiento que sentía hacia el profesor, le participara detalles de la vida de su hijo, que ninguna otra persona tenía derecho a saber». 

Efectivamente, las cartas están llenas de «secretos». La madre de Nietzsche desconfía de los médicos que en un principio juzgan mejor mantenerla alejada del paciente. Ella no se fía porque, con cierto negacionismo, piensa que nadie como ella, su madre, conoce a su hijo, sabe lo que le pasa y sabrá cuidarlo… a su manera.

Además tiene sus propias ideas sobre el diagnóstico y sus teorías. Sobre lo que le ha ocurrido, «quién puede sorprenderse de que todo haya acabado así: cuatro libros publicados uno tras otro y con tanta rapidez, además de haberlos escrito él mismo, corregido las pruebas de imprenta, etcétera, y cómo le afectaba ya todo eso cada vez que escribía tan solo un libro». 

Y más adelante: «El ocaso de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos lo he tomado prestado y leído un poco. Está claro que una obra así puede devanarle a uno los sesos, y las otras obras son del mismo estilo». Finalmente se lanza a un diagnóstico en una carta que le remite a Overbeck en abril de 1889: «Tengo la sensación de que creen que se trata de algo congénito y conforme a esta idea lo están curando (…). Yo creo más bien que está relacionado con un exceso de trabajo y “los últimos setenta días” (…)», refiriéndose al extraordinariamente productivo periodo que antecedió a su colapso.

Buenos alimentos, nervios templados y la inestimable participación divina forman para Franziska parte de la cura de su nuevo hijo. De todo ello llevan buena dosis sus cuidados, pero hay algo que se le resiste y busca procurarle. 

Se afana en que, de vez en cuando, alguien de su altura intelectual lo acompañe paseando y le dé conversación a un nivel al que ella no puede llegar. Hay algunos intentos, algunas personas con las que Friedrich tuvo relación o admiradores se acercan y hacen esa función, pero abandonan o surgen rencillas y el proyecto se desvanece… En este sentido es emocionante la escena que describe en la carta fechada el 5 de octubre de 1890, donde Franziska narra ciertos «ejercicios de memoria» que le hace porque cree que le vienen bien:

Por ejemplo, yo le pregunto por Epicuro o Aristóteles: «cuéntame quién fue», y así con otras tantas destacadas personalidades. Entonces me cuenta cosas durante una hora, refiriendo las razones por las que se distingue como el mayor de los ingenios, y desde ahí vamos de nuevo a otras conocidas personalidades, de tal manera que siempre lamento el que no lo escuche ninguna persona culta y erudita que pudiera replicarle de manera análoga…

Franziska Nietzsche se sale con la suya

Junto a cuidar devotamente de su hijo, cumpliendo sus estándares de buena madre, Franziska Nietzsche tiene que parecerlo. Su posición respecto a las indicaciones de los médicos es arriesgada, pero tiene un plan y se decide a ir en busca de su hijo a Jena y rescatarlo del sanatorio. 

Pasan juntos la mayor parte del día, le tantea, de todo ello le hace partícipe a su interlocutor: «Lo recojo a las nueve y media de la mañana y se queda conmigo hasta las siete menos cuarto. Pero no puedo quitarme de la cabeza que tal vez avanzaríamos más si dejara de estar en contacto con los enfermos más nerviosos. Ir a Naumburgo es algo sobre lo que no quiere oír hablar.

También he sopesado la lucha diaria…». Al final se decide y lo saca y se muestra orgullosa de ello. Lo exhibe como un triunfo: «Lo que más le gusta es que le ponga mi mano derecha en la frente mientras le leo y siempre me da un beso en la mano y me susurra: “Te adoro, madrecita querida” (…) No voy a abandonar a mi querido niño nunca más. Todavía me pesa el haberme dejado convencer por los médicos cada vez que yo quería traerlo a casa y el no haberlo hecho antes».

Faltaba una etapa por completar en el camino de regreso. De Jena, la pareja parte apresuradamente a Naumburgo, después de un incidente que supuso un pequeño escándalo público: Friedrich se ha escapado de casa y lo devuelve un policía que relata como aquel hombre «había querido bañarse en uno charco que había al lado del baño de caballeros y que, en efecto, se había paseado desnudo un buen rato».

Nietzsche, cuidado por su hermana Elisabeth en 1889. (DP)

Cuidar a la cuidadora: la excelente Alwine

Madre e hijo viajan en tren a su ciudad. Allí les espera Alwine «la excelente». 

En esta historia de cuidados y recuperaciones, ella, la sirvienta, es la encargada de cuidar a la cuidadora, pero ¿quién cuidaría de ella? La cadena se interrumpe en esta mujer, que permaneció gran parte de su vida junto a los Nietzsche. 

La estimaban mucho y la celebraban también. La carta que el 30 de agosto de 1888 Friedrich escribe a su madre desde Sils es más bien para ella, todo un elogio de Alwine:

Mi querida madre:

Es mi deseo que esta carta te llegue el 2 de septiembre a más tardar, no para celebrar el aniversario de Sedán, sino porque ese día la excelente Alwine cumplirá diez años contigo. En estos días, en los que todo está en constante movimiento, este período es casi un milagro; pocas cosas hay por las que se te pueda envidiar más (excepto por su hijo) Es precisamente porque estás sola, con cada uno de tus dos hijos en un extremo del mundo, por lo que realmente necesitas una criatura tan buena y fiel a tu lado, para sentirte en casa. Lo malo es que no encontrarás fácilmente una sustituta si alguna vez es necesario. Por favor, dile a Alwine de mi parte lo mucho que le agradezco y aprecio sus servicios y que creo que todo lo bueno en este mundo tiene su recompensa.

En las cartas que Franziska remite a Overbeck, Alwine también está presente y siempre se lleva los elogios por su fidelidad, su trabajo, su dedicación y cuidados. Ella es su verdadero soporte y quien le aligera la carga y no deja de reconocerlo. Si en la carta de Friedrich él celebraba los diez años de Alwine junto a la familia, Franziska recuerda que «pronto cumplirá quince a nuestro servicio y que ha resultado ser magnífica y comparte nuestras difíciles preocupaciones». 

Dos años después continúan la tradición de celebrar esa especie de cumpleaños laboral: «Mi buena Alwine que pronto cumplirá diecisiete años a mi servicio en esta casa, sigue siendo la mejor». Ella fue su verdadero apoyo y lo fue hasta el final. En su última carta sigue estando presente Alwine, la magnífica.

El desengaño, el desenlace: ¿una vida perdida?

El regreso a la casa familiar con el hijo pródigo llena a Franziska de energía.

Se muestra confiada: «Ahora espero que todo vuelva a su ser con el tiempo y con la ayuda de Dios». Hay periodos mejores y muchos altibajos, pero finalmente la receta no da buenos resultados, ni las curas seudo médicas a base de uvas que le practica a Friedrich… 

La enfermedad no remite, los progresos no llegan y lo que llega multiplicado son las preocupaciones por los gastos, las gestiones burocráticas por la tutela del hijo, los litigios por las ediciones de los libros, por su legado… La hija no es ninguna ayuda, más bien enreda y presiona con su proyecto de manejar y hacerse con el archivo, decidir qué se publica y cómo… Elisabeth negocia, toma las riendas y Franziska es escéptica, pero, atorada, acata y firma «de mala gana», cediendo en diciembre de 1895 todos los derechos sobre las publicaciones.

En el prólogo del libro de Hermida, escribe María Jesús Franco Durán: «Nietzsche, enfermo, se convierte por lo tanto en el sentido de la vida de las dos mujeres, de la madre y de la hermana (…). Una preserva en apariencia, su legado intelectual; la otra se dedica a los cuidados corporales». Más que el sentido de la vida de Franziska Nietzsche, el hijo se convirtió en la sustancia que llenó la suya, con sus días, sus meses y sus largos años de dedicación sin tregua. Así, día tras día, consumida entre preocupaciones, cansancio extremo y silencio se extingue una vida que se dedica a otra.

Dos años antes de morir, Franziska Nietzsche echa la vista atrás y hace balance en un escrito que tituló Mein Leben. Las treinta y seis páginas que se conservan empiezan con la infancia y acaban con el nacimiento de Friedrich.

El documento se incluye en el libro ¿Una vida perdida?, que Ursula Schmidt-Losch dedica a Franziska Nietzsche. A la inquietante pregunta se suman más, porque ¿cuántas veces habrá pasado algo así sin que los protagonistas hayan sido un super filósofo y su madre, sin que nadie haya reparado en esa circunstancia? Pero «alabado sea Dios solo por haberme permitido hasta ahora prodigar los cuidados a mi hijo junto a mi Alwine, tan excelente y eficaz, porque por lo demás me siento completamente paralizada», escribió Franziska Nietzsche en su última carta. Murió el 20 de abril de 1897. Su hijo Friedrich le sobrevivió tres años.

Imagen de portada:Franziska Nietzsche y Friedrich Nietzsche. (DP)

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por Pilar Goméz Rodríguez. Junio 2022

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Cómo llevar siempre la razón. Arthur Schopenhauer

Uno de los opúsculos más entretenidos y útiles de Arthur Schopenhauer es ‘El arte de tener razón’, donde ofrece 38 estratagemas para conseguir imponerse en todo intercambio de ideas.

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«Si ante un argumento el adversario se enfada, se le debe acosar insistentemente con el mismo: no solo le ha encolerizado porque es bueno, sino porque hay que suponer que ha tocado el punto débil de su razonamiento y es probable que en ese punto se le pueda atacar más de lo que uno mismo ve de momento». Cuando el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (Gdansk, actual Polonia, 1788 – Fráncfort, 1860) escribió Erística –o en su versión en castellano, El arte de tener razón–, estaba a punto de huir de un Berlín acosado por el cólera.

A la ciudad alemana había acudido con 37 años, en 1825, para intentar reincorporarse como profesor, sin apenas éxito, pero sus habilidades sí le valdrían para algo: de aquel periodo de enseñanza y competición con Hegel y otros de los pensadores más afamados de su época, Schopenhauer reunió 38 estratagemas que un buen orador debía manejar con soltura para influir en la opinión pública.

Un mundo oscuro

Para comprender la visión del filósofo sobre la dialéctica y la oratoria hay que remontarse a su pensamiento, ya que para el alemán la maldad resulta inherente a la naturaleza humana. No es de extrañar esta postura si tenemos en cuenta sus autores y corrientes de referencia: David Hume, Platón, Kant, Baltasar Gracián, el brahmanismo y el budismo. Esta última influencia, en su versión Pâli (esto es, en una versión más individualista que otras doctrinas, centrada en las enseñanzas estrictas del Buda), construye una columna vertebral que sostiene con firmeza su filosofía, enriquecida desde su mirada particular y el saber occidental. Para Schopenhauer, la voluntad representa un papel crucial: todo lo trascendente en el ser humano acaban siendo actos volitivos, de forma que incluso características necesarias para el desarrollo del conocimiento, como la racionalidad, están impregnadas de un potente componente irracional.

El saber, así, se convierte en una representación de la voluntad y, por ende, del deseo, que conlleva sufrimiento ante la necesidad de ser satisfecho. El mundo que le tocó vivir a Schopenhauer le parecía colmado de una maldad de la que, a diferencia de las doctrinas del subcontinente indio, era imposible desprenderse en sus efectos de sufrimiento

Como mucho, la música era el único arte que el autor nacido en Gdansk admitía como capaz de suspender la voluntad, como capaz de aportar algo de vacuidad a este fatídico mundo, de forma análoga a la práctica de la meditación a la que invita el Noble Camino Óctuple budista.

Schopenhauer advirtió la dialéctica y la oratoria de la misma manera que Aristóteles: como un mecanismo para convencer desde la lógica. Y como en la mirada del alemán el ser humano está sometido a la voluntad y al deseo, que lo conducen a un sufrimiento de difícil solución, no predomina la buena fe necesaria para ceñirse al discernimiento de la verdad. 

Así, son pocas las personas y escasas las ocasiones en las que se admite un error o una pérdida del favor del público en beneficio del saber. La experiencia demuestra que el orador suele acabar cayendo en la inmoralidad al emplear falacias lógicas que le proporcionen una victoria aparente sobre sus adversarios antes que aceptar su fracaso dialéctico.

La corrupción en el seno del discurso es, desde luego, tan antigua como actual e intuitiva. Basta observar la manera en que los niños intercambian pareceres para descubrir la frecuencia con la que recurren a argumentos ad hominem –que discute no al argumento en sí, sino al emisor del mismo– o ad verecundiam –que se centra en la autoridad del emisor como coartada para definir algo como verdadero– para doblegar las ideas y, mediante ellas, la voluntad de sus semejantes. 

Por supuesto, la amplificación en la posibilidad de diálogo que ofrecen plataformas como Twitter o Facebook permiten comprobar además que el empleo de estas salidas aparentemente irracionales no son cuestión de inmadurez; más bien al contrario: se perpetúan con la edad.

Venciendo en el ágora

Schopenhauer nunca llegó a publicar El arte de tener razón, que apenas ocupa una decena de páginas redactadas a mano, tal como explicó al respecto el también filósofo Franco Volpi. Fue tan solo tras su muerte y tras el éxito de su colección de aforismos y capítulos en torno a sus ideas, Parerga y Paralipómena, cuando comienzan a divulgarse esta clase de textos breves redactados por el alemán.

En este caso, el filósofo pesimista hace gala de su inmenso talento como escritor: su ágil y ácido manejo de la palabra convierten El arte de tener razón en una lectura capaz de seducir a cualquier clase de lector. De hecho, las 38 estrategias que ofrece Schopenhauer las establece a modo de recopilación, de lección sin ánimo doctrinal. Es decir, las expone y las explica en un modo de escritura absolutamente directo, sin intentar convencer a nadie: quien así lo desee puede tomar conciencia de su utilidad, y quien no lo valore así, esa persona sabrá si le sale a cuenta.

Una de las propuestas más llamativas es la número cuatro, que rescata directamente de los Tópicos de Aristóteles: es preferible esforzarse en que durante la conversación se admitan por separado los argumentos que confluyen en la conclusión que se quiere alcanzar que hacerlo de manera encadenada, evitando quedar a merced de las tácticas sucias que el interlocutor pudiera emplear contra nosotros. 

La quinta estratagema también resulta de utilidad: centrarse en discutir empleando la mirada sobre la realidad del interlocutor. De esta manera, si es necesario, pueden emplearse premisas falsas para verificar una realidad expresada posteriormente. De nuevo, Schopenhauer recurre a Aristóteles para reformular sus ideas en un nuevo siglo.

Otras argucias son más propias de la manera de expresarse del alemán, como la octava, la décimo cuarta, la décimo séptima o la vigésima: en ellas, el filósofo nos invita a suscitar la cólera del adversario, a afirmar que se nos ha dado la razón si el interlocutor lo hace parcialmente o salir por peteneras a nuestra conveniencia, respectivamente. Utilizar argumentos de nuestros rivales retorcidos a favor de nuestros puntos de vista, acosar al interlocutor si se manifiesta enfadado e incluso aturdir descaradamente con palabrería son algunos de los últimos trucos que el post-kantiano ofrece para la posteridad.

Una obra civilizatoria

Puede que aparentemente El arte de tener razón represente poco menos que una obra inmoral o, al menos, una guía para tramposos a la hora de conversar. Incluso puede que haya quien imagine que el libro invita al menosprecio del público y de los interlocutores, ya que no interesa tanto convencer como engañar o, siendo moderados en el objetivo, engatusar.

No obstante, en realidad El arte de tener razón representa una obra civilizatoria, pues más allá de la doctrina filosófica de Schopenhauer, las 38 estratagemas que reúne crea un libro que sigue una tradición que, a juzgar por el modo de conversar que se observa en redes sociales y en cada vez más actos sociales y foros académicos, necesita recuperarse con urgencia. Saber intercambiar ideas trasciende la propia necesidad humana de trazar los límites y los contenidos de la naturaleza. Aquello que llamamos «verdad» es solo uno de los objetivos posibles –y rara vez el prioritario– en nuestras conversaciones.

Discutir y dialogar, ejercer el dominio de la palabra, resulta imprescindible en la formación de ciudadanos que participen de sus asuntos personales y públicos con provecho. Asimilar las tretas que ofrece la razón y la imaginación humanas no solo nos permite utilizarlas, sino reconocerlas y contrarrestarlas: cuando escuchamos un debate sobre el estado de una nación, el discurso de un candidato político o una exposición de programas de gobierno ante unas elecciones, haber aprendido a manejarse en los rudimentos del lenguaje nos permite no ser engañados, volviéndonos capaces de oponernos a planteamientos ajenos más allá de pataletas infantiles y del simplón enroque en un relativismo que no existe. La realidad, que no necesita ser reconocida para existir, siempre acaba imponiéndose tarde o temprano: será la ética la que juzgue la valía de cada cual.

Imagen de portada: Archivo

FUENTE RESPONSABLE: Ethic. España. Por David Lorenzo Cardiel. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Filosofía/Arthur Schopenhauer 

Jacques Monod, historia de un hombre feliz.

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El filósofo Albert Camus y el biólogo Jacques Monod coincidieron en muchas cosas: ganaron Nobel, formaron parte de la resistencia ante el nazismo, denunciaron los crímenes del totalitarismo soviético, y cultivaron una amistad y admiración mutua. Camus recibió el Nobel de Literatura en 1957; ocho años después, Monod, junto a otros dos colegas, se llevaría el de Medicina. Camus, que conocía a Arthur Koestler, George Orwell, André Malraux y Pablo Picasso y que tuvo como amigo (y luego como enemigo) a Jean-Paul Sartre, había dicho: «He conocido un único genio: Jacques Monod». En 1970, el científico publicó un libro apasionante que se convirtió rápidamente en best seller. Se trataba de una obra filosófica y científica llamada El azar y la necesidad, en donde señalaba la soledad radical del ser humano y su aparición absolutamente contingente en el universo. 

Comenzaba con una cita del ensayo El mito de Sísifo, de su amigo Albert Camus, quien había muerto años antes en un accidente automovilístico. Pocas veces la filosofía y la ciencia tuvieron dos representantes tan destacados y unidos entre sí.

Monod y Camus compartieron ideas respecto del valor de la libertad, pero además tuvieron a lo largo de sus intensas vidas la misma actitud de exponerse personalmente en su defensa. Se conocieron luego de la Segunda Guerra Mundial, en donde ambos jugaron un rol valiente y decisivo en la resistencia francesa al invasor nazi. Camus dirigió bajo anonimato el periódico clandestino Combat, mientras que Monod fue miembro activo de la Resistencia, al punto de llegar a ser jefe de las Fuerzas Francesas del Interior.

Monod, como muchos de los resistentes al nazismo, militó durante un tiempo en el Partido Comunista, cuya organización y valentía durante la ocupación hizo que creciera el prestigio de sus militantes. Sin embargo, a poco de iniciada la Guerra Fría, el científico comprendió que el sistema soviético —que los comunistas franceses defendían incondicionalmente— tenía, en su autoritarismo brutal, muchos puntos en común con el nazismo. 

Fue una discusión sobre procesos biológicos y no exclusivamente políticos, en definitiva, lo que hizo que el valiente Monod tomara partido abiertamente en la polémica y rompiera definitivamente con los comunistas. En la base hay dos concepciones sobre la herencia. Una es la atribuida a Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) llamada «herencia de caracteres adquiridos», que propone que caracteres alcanzados en la vida, como el estiramiento del cuello de las jirafas tratando de alcanzar la copa de los árboles para alimentarse, se transmiten a la descendencia. Por su parte, la esbozada por Charles Darwin y confirmada por los estudios del abate Gregor Mendel (1822-1824) propone que la herencia es invariante y proviene de ambos padres: las novedades (como el alargamiento del cuello de la jirafa) se producen por mutaciones aleatorias y permanecen en la descendencia por su valor adaptativo.

Durante la posguerra la ciencia occidental recobró el ímpetu interrumpido por la contienda y comenzó a discutir abiertamente las bases químicas de la vida, un proceso que desembocaría en 1953 en el descubrimiento de la estructura del ADN por parte de James Watson y Francis Crick. Mientras tanto, la ciencia soviética bajo Stalin se enredaba en sus límites ideológicos.

La colectivización de la agricultura llevada adelante por la Unión Soviética durante las décadas de los 20 y 30 había tenido resultados desastrosos. Luego de la guerra, cualquier charlatán con un plan promisorio iba a tener buena recepción en el régimen: ese rol lo jugó Trofim Lysenko, un ingeniero agrónomo que apostaba a la vieja idea lamarckiana de la herencia de los caracteres adquiridos.

Esta teoría era atractiva para el régimen comunista por varias razones. De ser cierta, podría significar la recuperación rápida de los cultivos, imperiosamente necesitados. Por otra parte, cerraba ideológicamente con la idea de promover activamente el cambio, más que esperar que estos vengan azarosamente por las mutaciones, tal como postulaba la genética mendeliana. Stalin apoyó abiertamente a Lysenko y puso en marcha las persecuciones de rigor a quienes se le oponían. A partir de ese momento, la genética mendeliana, basada en una reproducción discreta e invariable a menos que aparezcan mutaciones, fue considerada «burguesa y reaccionaria» y sus defensores dentro de la Unión Soviética despojados de sus trabajos y en muchos casos encarcelados.

Hoy, el juicio de la historia tiene sentencia. Las ideas de Lysenko fueron desastrosas cuando se aplicaron a los cultivos y la genética soviética sufrió un tremendo retraso comparativo con la ciencia occidental. 

Sin embargo, durante la posguerra, en Occidente, muchos de los compañeros de ruta del Partido Comunista defendían la ciencia soviética y acusaban de idealistas y burgueses a los genetistas que buscaban en la estructura química de los genes la llave para la comprensión de los procesos biológicos. La intervención de Monod con un artículo de más de veinte páginas publicado en agosto de 1948 en Combat (que ya no dirigía) fue decisiva para exponer el carácter ideologizado y no científico de la versión comunista del lamarckismo. La nota aparece en tapa con el título «La victoria de Lysenko no es de carácter científico». En el ensayo, Monod no solo demuele las invocaciones a la ciencia de la genética lysenkiana, sino que cuestiona todo el sistema soviético.

La repercusión de la nota y el enfoque abiertamente político de la misma cimentó la amistad entre Monod y Camus. El filósofo había comprendido la naturaleza esencialmente despótica del régimen comunista gracias, entre otras evidencias, a la amistad con el escritor húngaro Arthur Koestler, quien había roto con el partido mucho antes, durante las famosas purgas estalinistas de 1936 a 1938. A los dos, su firme posición les trajo problemas y enfrentamientos con sus pares, que ambos afrontaron con la resignación y tozudez de Sísifo.

Justamente Hungría fue protagonista central en los comienzos de la Guerra Fría. La ocupación soviética con tanques en 1956, ahogando los esbozos de una rebelión democrática, determinó la conducta de muchos intelectuales occidentales: o reconocían la naturaleza despótica y expansiva del régimen soviético o formaban parte del círculo de influencia de los partidos comunistas, justificando las acciones de la URSS y alentando el antiamericanismo.

Camus y Monod, cada uno a su manera, tomaron abiertamente parte en la resistencia al totalitarismo soviético. 

Albert Camus publicó en 1951 El hombre rebelde, un ensayo que luego de El mito de Sísifo y El extranjero, desafía a la condición absurda de la existencia eligiendo la libertad. Comenzaba diciendo: «¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento». Recorriendo las diversas rebeldías que el ser humano protagoniza desde su nacimiento, el último tercio enfoca en lo que él consideraba los enemigos contemporáneos de la libertad: el marxismo y su realización práctica en la Unión Soviética. El libro fue recibido fríamente por sus anteriores camaradas de letras y recibió una crítica muy dura en Les Temps modernes, dirigida por su amigo Jean-Paul Sartre. El episodio terminó de romper una amistad que venía enfriándose por sus enfrentamientos políticos.

La polémica entre Camus y Sartre tendría un nuevo capítulo con la invasión rusa a Hungría. Mientras Camus, al repudiarla, señalaba al régimen soviético como el origen de los embates contra la libertad, Sartre la rechazaba como una anomalía, tratando de no terminar de romper relaciones con el régimen.

Monod, por su parte, tomó partido de una manera más arriesgada aún. En 1958, una científica húngara de origen rumano, Agnes Ullmann, pasó unas semanas haciendo una residencia en el Instituto Pasteur. Conociendo el pasado maqui de Monod, una vez entrada en confianza, y habiendo hecho conocer de primera mano las tribulaciones de vivir en una Hungría sometida por el dominio soviético, comenzaron a pensar juntos la posibilidad de idear un escape de su país. Monod, utilizando al mismo tiempo su experiencia de combatiente clandestino y el rigor del método científico, fue pergeñando distintos planes que por una razón u otra tuvieron que desecharse. Ellos incluyeron un viaje en bote, un compartimento secreto en un Fairlane, un escondite en un camión de mudanzas y, finalmente el exitoso: un escondite en una casa rodante que cruzaría la frontera con Austria. No solo Monod pensó cada detalle de los intentos de fuga, sino que se encargó de su financiamiento, aportando dinero y recaudando entre sus contactos.

Las comunicaciones entre Monod y Ullmann eran codificadas con la misma rigurosidad con que las proteínas estaban cifradas en el ADN (mecanismo que el propio Monod descubrió): así, en una comunicación de uno a otro, «extracción» se refería a la fuga, «H2O» a la fuga en bote, y los nombres de los interlocutores respondían a denominaciones de bacterias, Salmonela y Colibacilo. Ullmann y su marido llegaron sanos y salvos a París en 1960. Allí, la científica logró trabajar junto a Monod en el Instituto Pasteur. Murió a los noventa y un años en 2019. Buena parte de su actividad, más allá de sus reconocidos trabajos en microbiología, fue dedicada a realzar la memoria de su mentor y salvador, Jacques Monod.

Luego del descubrimiento del ADN como pilar de la herencia realizado en 1953 por Watson y Crick (Premio Nobel de Medicina en 1962), el misterio que quedaba para resolver era cómo a partir de esas unidades de nucleótidos que se replicaban se podía generar un organismo, de qué manera estas unidades de información desplegaban la serie de instrucciones que derivaban en la producción de proteínas. Gran parte de ese conocimiento fue realizada por Jacques Monod y su compañero François Jacob, (con igual pasado heroico en la resistencia contra los nazis). Juntos develaron el mecanismo de síntesis de proteínas y postularon la existencia del ARN mensajero: el que copia la información del ADN y la lleva hasta el sitio en que se producen las proteínas. El ARN mensajero es el que se utiliza actualmente en las vacunas contra el covid desarrolladas por Pfizer y Moderna. 

Monod alcanzó la consagración científica en 1965, cuando junto a Jacob y Lwoff fue galardonado con el premio Nobel de Medicina. Vivió sus días de gloria y reconocimiento sin la compañía de su amigo Albert Camus, quien había fallecido en la plenitud creadora en 1960, en un accidente automovilístico.

En 1970, Monod alcanzó su punto más alto como figura pública con el éxito de El azar y la necesidad. La cita de su amigo Camus que abría el libro, en el que desafiaba al absurdo de la existencia eligiendo ser libre, se aplicaba perfectamente tanto a uno como a otro, militantes incansables contra la esclavitud. Decía Camus en el final de El mito de Sísifo, citado en el comienzo de El azar y la necesidad:

En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

Monod murió seis años después de la aparición de su libro, en 1976, aquejado de una leucemia que le fue restando energías poco a poco. Fue combatiente, científico, luchador y pensador. La enorme dimensión de sus enemigos ideológicos nunca le hizo renunciar a sus convicciones. Luchó, con las armas de su inteligencia y su nobleza, contra los Estados más monstruosos y sangrientos del siglo XX. Mientras se enfrentaba a semejantes adversarios, cumplió con su tarea central, que era iluminar los mecanismos materiales gracias a los cuales se desarrolla la vida. Se trata de una vida tan plena de desafíos y realizaciones que no queda más que imaginarse a Jacques Monod feliz.

Imagen de portada: GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por Gustavo Noriega. Junio 2022

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10 citas de Simone de Beauvoir para conocer su pensamiento.

Es una de las filósofas más importantes del siglo XX y hoy sigue siendo un icono de la filosofía feminista. Su obra abrió la puerta a nuevas formas de considerar la opresión hacia las mujeres. La filosofía de esta pensadora francesa se basa en una comprensión de la naturaleza del ser humano que tiene mucho más que ver con su carácter político-social que con su simple naturaleza biológica. Recogemos 10 citas de Simone de Beauvoir que ayudan a entender su pensamiento en general, sus ideas feministas y su concepción del amor.

1 «No hay muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia pone en cuestión al mundo»

Una muerte muy dulce.

El ser humano es un punto y aparte entre los seres, porque es el único animal que cuenta con una naturaleza política que se suma a su otra naturaleza biológica. La antropología de Simone de Beauvoir, basada en considerar al ser humano como fruto de las condiciones político-sociales del momento, y no solamente como un ente biológico, permite pensar el feminismo como una reivindicación. Reivindicación porque la opresión a las mujeres no es algo natural, sino fruto de decisiones sociales transformables.

Considerar que la mujer es débil «por naturaleza» es fruto de una decisión política. Considerar al ser humano desde su fuerza y su potencialidad, y construir una feminidad desde la libertad, también lo es.

2 «No se nace mujer, se llega a serlo»

El segundo sexo

En el mismo sentido que señalábamos antes, la noción de «mujer» no es algo que venga dado por unos determinantes biológicos, sino que tiene que ver con condicionantes sociales. La socialización construye un determinado modelo de mujer que está subordinada al hombre; pero la socialización puede construir otros modelos.

Esto no quiere decir que Simone de Beauvoir rechace la biología, sino que más bien señala que la forma de ordenar a los seres humanos según determinados rasgos biológicos es injusta y se debe cambiar.

La antropología de Simone de Beauvoir, basada en considerar al ser humano como fruto de las condiciones político-sociales del momento, y no solamente como un ente biológico, permite pensar el feminismo como una reivindicación

3 «Las restricciones que la educación y la costumbre imponen a la mujer limitan su poder sobre el universo»

El segundo sexo

Uno de los problemas que más trató Simone de Beauvoir es la cuestión de la opresión a la mujer. Esta opresión, que es fruto de la socialización, comienza desde la infancia, cuando a niñas y niños se les obliga a jugar y aprender valores distintos.

Esto limita tanto la visión que los hombres tienen de las mujeres, a las que consideran el sexo débil, como la visión que ellas tienen de sí mismas. Por eso, para la filósofa, cambiar las costumbres sociales y la concepción que se tiene de las mujeres pasa también por transformar radicalmente la educación para que las mujeres accedan a las mismas cuotas de reconocimiento, libertad y poder que los hombres.

4 «El hombre no puede escapar a la filosofía porque no puede escapar a su libertad»

El existencialismo y la sabiduría popular

Precisamente porque el ser humano es cultura en una gran parte, la reflexión y el pensamiento forman parte de su naturaleza. Esto no solo abre la posibilidad a que se dé una libertad de elección y pensamiento, sino que también es una imposición. El ser humano es libre, pero no porque decida serlo, sino porque, paradójicamente, se le viene impuesta la libertad. En este sentido, la filosofía es inevitable en tanto reflexión profunda sobre la naturaleza del mundo y de su propio ser.

Además, como es el hombre y no la mujer quien puede disponer de esa libertad, pues así se le ha privilegiado en la socialización, suya es la filosofía. Beauvoir propone que con el acceso de la mujer a la libertad llegue también su acceso a la filosofía; no como objeto o problema (pues el «problema» de la mujer solo lo ha sido para los hombres), sino como sujeto pensante.

5 «Simplemente, dado que en la mujer [la libertad] es abstracta y vacía, solo se puede asumir auténticamente en la rebeldía: es el único camino que se abre a los que no tienen la posibilidad de construir nada; tienen que vencer los límites de su situación y tratar de abrirse los caminos del futuro; la resignación solo es una capitulación y una huida; para la mujer no hay más salida que trabajar por su liberación»

El segundo sexo

El mundo en que vivió la autora se ha edificado, en parte, gracias a la opresión a las mujeres. Es un mundo por y para hombres y el mayor acto de construcción de un modelo social diferente no puede darse desde dentro del modelo patriarcal, sino como rebelión hacia él. Por eso, Simone de Beauvoir considera que es desde la rebeldía que la mujer puede abrir posibilidades de construcción social nuevas.

Este mundo nuevo implica una vida cotidiana diferente y unas posibilidades todavía imprevistas, porque hasta ahora la feminidad ha sido mera negación, resistencia. Cuando las mujeres puedan edificar su vida desde la construcción, esas posibilidades y esa vida cotidiana florecerán en sus posibilidades.

Beauvoir propone que con el acceso de la mujer a la libertad llegue también su acceso a la filosofía; no como objeto o problema (pues el «problema» de la mujer solo lo ha sido para los hombres), sino como sujeto pensante.

6 «El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente»

Entrevista con Francis Jeanson

El patriarcado no solo se reproduce por las instituciones a nivel social y político. También existe una subjetividad patriarcal que le pone más cadenas a las mujeres. Es en este sentido que Simone de Beauvoir considera que el feminismo puede ser otra forma de vivir individualmente. Nos enseña que nuestra personalidad y cotidianidad está viciada por el patriarcado y requerimos una nueva subjetividad feminista.

Esta subjetividad puede basarse en las relaciones mediadas por los cuidados, el amor libre que ella siempre defendió y por cambiar los gustos y las aspiraciones a través de un proceso de toma de conciencia en el cual el componente colectivo es muy importante; porque es necesario para que el cambio no solo sea individual, sino también social.

7 «Mediante el trabajo ha sido como la mujer ha podido franquear la distancia que la separa del hombre. El trabajo es lo único que puede garantizarle una libertad completa»

El segundo sexo

A menudo se ha considerado que el hacer de las mujeres no era trabajo. Pero una parte importante del trabajo necesario para la subsistencia humana es ese hacer que tradicionalmente ha recaído en las mujeres de manera no reconocida y no remunerada. Lo que Beauvoir quiere reconocer aquí es, por un lado, que mediante el hacer de las mujeres se puede reducir la distancia entre estas y los hombres, porque ambos realizan trabajos necesarios para la supervivencia personal y familiar.

Pero, por otro lado, en un mundo capitalista, una parte importante de la identidad es el trabajo que se desempeña a cambio de un salario. Cuando conocemos a alguien, le preguntamos su nombre y a qué se dedica. Esa parte de la identidad ha sido arrebatada históricamente a la mujer, a la que se ha relegado a una posición no productiva o no reconocida como tal y no remunerada. Como parte de la lucha por la emancipación de la mujer, Simone de Beauvoir considera que su incorporación al mercado de trabajo es un hito importante.

El feminismo nos enseña que nuestra personalidad y cotidianidad está viciada por el patriarcado y requerimos una nueva subjetividad feminista

8 «El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal»

El segundo sexo

Uno de los temas a los que más reflexión dedicó Simone de Beauvoir es el amor. Ha sido, para ella, una de las muchas herramientas sociales y políticas por las que se ha subyugado a las mujeres, porque se las ha relegado a través del matrimonio a la consideración de propiedades del marido. Pero, para la filósofa, el amor también puede ser una herramienta de liberación del patriarcado. Esto es así porque en tanto el feminismo es una herramienta, no solo colectiva, sino individual, nos permite aprender a sentir y hacer de un modo diferente.

Nuestra vida personal puede convertirse en un acto de rebeldía y liberación si consideramos así el feminismo. El feminismo como herramienta de socialización de las mujeres, de afirmación de su libertad y su deseo puede conjugarse en una forma de amar donde el otro no es una propiedad, sino otro ser humano al que libremente nos asociamos.

9 «El amor auténtico debería basarse en el reconocimiento recíproco de dos libertades; cada uno de los amantes se viviría como sí mismo y como otro; ninguno renunciaría a su trascendencia, ninguno se mutilaría»

El segundo sexo

Siguiendo la estela de lo anterior, para que se dé un amor realmente libre, debemos considerar al otro como un sujeto libre e igual a nosotros. Un amor de verdad emancipador debe ser aquel en el que ya no se considere al otro como una propiedad.

Simone de Beauvoir critica el modelo imperante de relaciones amorosas, que no solo han creído a la mujer como una propiedad o como un objeto (en oposición al sujeto, que es el hombre), sino que la han tratado filosóficamente como lo Otro del yo. Entender que la mujer es tan sujeto como el hombre y aproximarse a su mirada del mundo permite entender el amor como un vínculo recíproco.

El amor es una de las muchas herramientas sociales y políticas por las que se ha subyugado a las mujeres, porque se las ha relegado a través del matrimonio a la consideración de propiedades del marido

10 «Entre mujeres el amor es contemplación; las caricias no están tan destinadas a apropiarse de la alteridad como a recrearse lentamente a través de ella; una vez abolida la separación, no hay ni lucha, ni victoria, ni derrota; en una reciprocidad exacta cada una es al mismo tiempo sujeto y objeto, soberana y esclava; la dualidad es complicidad»

El segundo sexo

En un mundo hecho a la medida del varón, las relaciones entre mujeres son un lugar privilegiado al que ir a buscar referentes, para la filósofa. Por eso, las pone de ejemplo sobre cómo podrían ser esas relaciones amorosas donde el patriarcado ya no juega un papel. La autora se da cuenta de que estas relaciones no están marcadas por las violencias que atraviesan el sexo heterosexual ni por el coito como lugar central de la relación entre seres humanos.

Es por este motivo que en la amistad y el amor entre mujeres encontramos nuevas formas de relación, menos violentas y más abiertas a la complicidad y a la reciprocidad. Como los dos sujetos que intervienen se ven como iguales, no hay dominación patriarcal ni necesidad de posesión de la otra persona. Este es el modelo que, para la autora francesa, deberían seguir las relaciones amorosas.

Imagen de portada:Simone de Beauvoir, una de las mayores exponentes de la filosofía feminista. Diseño creado a partir de imagen de la filósofa distribuida por Wikimedia Commons (CC 4.0)

FUENTE RESPONSABLE: Filosofía y Cía. Por Irene Gómez-Olano

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‘Nietzsche en Basilea’: la reforma del espíritu occidental.

Hugo Ball, promotor del movimiento dadaísta, se propuso comprender a Nietzsche como «el primer inmoralista».

Años antes de componer el manifiesto inaugural de la primera velada dadá, Hugo Ball (1886-1927) quiso doctorarse en la Universidad de Múnich con una tesis sobre Friedrich Nietzsche. 

De aquel empeño truncado se conservó un manuscrito mecanografiado de cincuenta y una páginas titulado Nietzsche en Basilea. Un escrito polémico. La editorial El paseo publica esta disertación en castellano, acompañada de la conferencia sobre Kandinsky que Hugo Ball ofreció en 1917, poco antes de despedirse de su fugaz experiencia dadaísta.

Después del colapso nervioso que lo condujo a un estado de enajenación mental irrecuperable, la fama de Friedrich Nietzsche (1844-1900) se extendió rápidamente. 

Su influencia entre literatos –Gide, Hofmannsthal, Broch, Musil, Hesse o Strindberg– y artistas de las más diversas corrientes –modernismo, expresionismo, primeras vanguardias– fue enorme. 

La fascinación por el antiguo profesor de filología devenido en profeta de la nueva humanidad pronto llegó al gran público: en la Guerra del 14 eran muchos los soldados alemanes que llevaban en su macuto un ejemplar de Así habló Zaratustra.

A Nietzsche se le reconoce el mérito de haber sido el primero en divisar el colapso de la conciencia europea finisecular. De la crisis de valores provocada por los procesos de secularización de la razón moderna resultó el cuestionamiento del sentido de la existencia y la pérdida de la fe en lo Absoluto. El nihilismo, así como la constatación del trasfondo trágico de la vida, fueron muy bien acogidos por el expresionismo, movimiento artístico eminentemente germánico en el que Hugo Ball se formó estéticamente durante sus años muniqueses.

Aquel mundo sin Dios dejaba vía libre a los artistas, convencidos de que arte contemporáneo ocuparía el lugar de la religión. 

Durante muchos años, Hugo Ball mantuvo la convicción de que el teatro sería el catalizador del espíritu de renovación de la época y que Nietzsche era, por encima de todas las cosas, un «reformador cultural». 

Sin embargo, tal y como apunta en su magnífica introducción el editor y traductor del volumen, Manuel Barrios Casares, «Ball nunca llegó a encajar del todo con la componente de corrosión nihilista tan acentuada en Dadá. Su ambición más íntima, tanto como la de derribar a los falsos ídolos de la cultura, era la de invocar a la divinidad perdida.» Este anhelo de trascendencia fue una de las razones por las que el fundador del Cabaret Voltaire se distanció de las ideas del filósofo. La ruptura definitiva ocurrirá en julio de 1920, cuando Ball se convierta al catolicismo.

Sin embargo, en su juventud, el magnetismo del pensamiento nietzscheano lo subyugó por completo. Ball, que anhelaba una transfiguración mística y poética de la vida, creyó ver en la propuesta estética de Nietzsche la manera de llevarla a cabo. Al Ball doctorando le interesó especialmente El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música, la primera obra del filósofo. Escrita cuando aún era catedrático en la Universidad de Basilea, en la obra se adivina, bajo la seria apariencia de la filología, la arrolladora –o como diría Sweig, «demoníaca»– vitalidad del autor, quien, remitiéndose a los primitivos cultos mistéricos asociados a Dionisos, defendía que el arte, para nacer, exigía sentimientos de vitalidad desbordante.

La genuina tarea de Nietzsche en Basilea fue articular una cultura alternativa a la decadente civilización occidental, en la que los poderes dionisiacos recobraran su pujanza, el intelectualismo de raigambre socrática se depusiera y la afirmación festiva de la vida se promoviera. En este contexto, «la interpretación del artista se eleva a único principio orientador posible para un mundo cuya existencia de había vuelvo indescifrable.»

En su momento, las conclusiones a las que llegó Hugo Ball sobre Nietzsche resultaron novedosas y arriesgadas, ya que desafiaba las interpretaciones dominantes: ni fue un seguidor fiel de Schopenhauer –por mucho que le impactara la obra del pensador de Danzig, siempre se opuso a su pesimismo moral-metafísico– ni fue un filólogo convencido – si abrazó la filología fue para combatir su diletantismo por las ramas más heterogéneas de las artes y las ciencias. Su investigación resulta una valiosa contribución a la exégesis del filósofo, al apuntar a su entusiasmo temprano por Demócrito y Empédocles, señalar a Richard Wagner y Jacob Burckhardt como sus verdaderos mentores o recalcar la influencia que ejerció sobre él el materialismo de F. Albert Lange.

La inserción en el volumen de una traducción de la conferencia de Hugo Ball sobre Wassily Kandinsky es más que pertinente. Con la misma ponderación y sistematicidad que adopta en su tesis sobre Nietzsche, Ball no sólo remite a la obra pictórica del autor, sino que rastrea su concepto de «la obra de arte monumental del futuro». Colaboradores y amigos, Ball y Kandinsky iniciaron una revolución del espíritu alejada del descreimiento nietzscheano.

Imagen: Portada de «Nietzsche en Basilea» de Hugo Ball. El paseo editorial

FUENTE RESPONSABLE: El debate. España. Por Mireia G. Sanz. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Filosofía/Libro de ensayo

 

 

Todas las caras de Bertrand Russell: conde, matemático, filósofo, pacifista y Nobel de Literatura.

Libros, pasiones e ideas del intelectual galés, autor del libro que Borges se habría llevado a una isla desierta, de quien se cumplen hoy 150 años de su nacimiento.

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Fue uno de los pocos filósofos que ganó el Nobel de Literatura, en 1950, “en reconocimiento a sus escritos variados y significativos en los que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento”. A diferencia de su colega francés Jean-Paul Sartre, el británico Bertrand Russell (1872-1970) no rechazó la distinción de la Academia Sueca y brindó un discurso en el que la ironía no estaba ausente. “Si los hombres estuvieran impulsados por su propio interés, lo que no es así, excepto en el caso de unos pocos santos, la totalidad de la raza humana cooperaría -dijo-. No habría más guerras, no más ejércitos, no más marina, no más bombas atómicas. No habría ejércitos de propagandistas empleados en envenenar las mentes de la nación A contra la nación B, y recíprocamente de la nación B contra la nación A. 

No habría ejércitos de inspectores en las fronteras para impedir la entrada de libros extranjeros y de ideas extranjeras. Todo esto ocurriría muy rápidamente si los hombres desearan su propia felicidad tan ardientemente como desean la miseria de sus vecinos. Pero, me preguntarán, ¿qué utilidad tienen todos estos sueños utópicos?”. Para él, el moralismo no era más que “odio o amor enmascarado al poder”. Hoy se cumplen 150 años del nacimiento del pensador, matemático, lógico, escritor y reconocido pacifista británico.

Noviembre de 1958: Filósofo, matemático y autor galés Bertrand Russell (1872 - 1970) en su casa de Gales. (Foto de John Pratt/Características Keystone/Getty Images)

Noviembre de 1958: Filósofo, matemático y autor galés Bertrand Russell (1872 – 1970) en su casa de Gales. (Foto de John Pratt/Características Keystone/Getty Images). John Pratt – Hulton Archive

Perteneció a una de las familias más aristocráticas del Reino Unido; de hecho, fue el tercer conde de Russell. Él y su hermano quedaron huérfanos en la infancia y crecieron con sus abuelos paternos en una residencia de la Corona británica. Mientras lady Russell intentaba inculcarle estrictas ideas morales (sin éxito, si se tiene en cuenta su obra posterior), el joven Bertrand se refugiaba en la biblioteca de su abuelo, donde leía historia y literatura (su escritor favorito era Joseph Conrad). Estu­dió matemática en el Trinity College, en Cambridge, y tuvo como profesores a Henry Sidgwick, James Ward y Alfred Whitehead, con quien escribió Principia Mathematica. Su padrino había sido el influyente filósofo liberal John Stuart Mill. Además de la matemática, se interesó desde la juventud en la filosofía. Fue amigo de George Edward Moore y profesor de Ludwig Wittgenstein, que más tarde opinó que Russell debía abandonar la filosofía moral.

Tres títulos de Russell: "El poder en los hombres y en los pueblos", "Fundamentos de filosofía" e "Investigación sobre el significado y la verdad"

Tres títulos de Russell: «El poder en los hombres y en los pueblos», «Fundamentos de filosofía» e «Investigación sobre el significado y la verdad». Archivo

Dio clases en universidades y cientos de conferencias (la mayoría de estas se publicaron en colecciones de ensayos); viajó por Alemania, Rusia -donde, luego de conocer a V. I. Lenin, que le pareció un fanático, puso punto final a sus simpatías por la Revolución rusa, como cuenta en Viaje a la revolución. Práctica y teoría del bolchevismo y otros escritos-, China (sobre la que escribió en El problema de China), Estados Unidos y Japón. Contrajo matrimonio cuatro veces y tuvo tres hijos.

Muy pronto dejó atrás la filosofía idealista (kantiana y hegeliana) para adoptar una perspectiva realista y analítica. “La filosofía por la cual abogo es considerada generalmente una especie de realismo, y ha sido acu­sada de inconsistencia a causa de los elementos que hay en ella y que parecen contrarios a tal doctrina -sostuvo-. […] Consi­dero que la lógica es lo fundamental en la fi­losofía, y que las escuelas deberían caracterizarse por su lógica más que por su meta­física”. Abordó de modo empírico las cuestiones epistemológicas.

Russell no “se casó” con ninguna teoría y su pensamiento adoptó distintas formas. “La evolución filosófica de Russell es bas­tante compleja -dictaminó el filósofo español José Ferrater Mora-. Sin embargo, esta compleji­dad no hace totalmente imposible, como algu­nos críticos suponen, bosquejar algunas líneas principales de la filosofía del autor. Por una parte, por debajo de los cambios de posiciones hay una actitud constante que se refleja en ciertas preferencias y métodos (y, desde luego, en cierto lenguaje). Por otro lado, los cambios no son debidos, en la mayor parte de los casos, a giros bruscos, sino a la necesidad de salir de vías muertas o excesivamente con­gestionadas”. Su obra influyó en diversas áreas: matemática, lógica, teoría de conjuntos, inteligencia artificial, ciencia cognitiva, informática, filosofía del lenguaje, epistemología, metafísica, ética y política. Pensadores como Karl Popper, Rudolph Carnap, David Chalmers, Thomas Nagel, Peter Strawson y Mario Bunge reconocieron su deuda con los aportes de Russell.

“Fue un filósofo y un lógico importantísimo en su época -dice el filósofo Diego Tajer a LA NACIÓN-. En su juventud, la llamada ‘paradoja de Russell’ cambió la historia de la lógica, porque impulsó el desarrollo de la teoría de conjuntos moderna. Contribuyó a este proyecto con su extenso libro Principia Mathematica, coescrito con Whitehead. En sus muchos libros, Russell también discutió sobre casi todos los temas propiamente filosóficos, como la naturaleza del lenguaje, el conocimiento, la ética y la identidad. Gran parte de su obra se basa en el atomismo lógico, una visión del mundo según la cual los objetos están constituidos por átomos relacionados lógicamente entre sí. Asimismo, defendió la visión realista clásica, de un mundo real existente e independiente de nosotros, contra los distintos tipos de relativismo. Y más allá de su obra, el mayor impacto de Russell fue en su estilo frío y centrado en los argumentos. Como tal, se lo suele considerar el padre de lo que hoy llamamos ‘filosofía analítica’”.

Tenía un estilo literario envidiable en el que el ingenio daba lugar a la ironía y el sarcasmo. “Continuamente me hacen esa pregunta sobre el libro que yo llevaría a la isla desierta; un lugar común del periodismo -dijo Jorge Luis Borges, en diálogo con Osvaldo Ferrari-. Bueno, he empezado contestando que llevaría una enciclopedia, pero no sé si me permiten llevar diez o doce volúmenes, creo que no. Entonces, he optado por la Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russell, que quizá sería el libro que yo llevaría a la isla… pero, claro, para eso me falta la isla, y me falta la vista también, ¿no?”. En Otras inquisiciones, Borges escribió sobre una colección de ensayos de Russell, Let the People Think. Coincidía con el filósofo en que el siglo XX, a diferencia del XVIII, era “antirracional”.

Russell apoyó el sufragio femenino, criticó la moral victoriana, el estalinismo y la segregación racial y, aunque fue pacifista, apoyó la guerra contra el nazismo. Su activismo en contra de la participación del Reino Unido en la Primera Guerra Mundial lo llevó a la cárcel, adonde volvería en 1961 por manifestar su desacuerdo con el desarrollo de armas nucleares. En 1955 había dado a conocer el Manifiesto Russell-Einstein, escrito por él y apoyado por Albert Einstein y otros científicos e intelectuales, donde se denunciaba la peligrosidad de la proliferación del armamento nuclear.

Se definía como un liberal de izquierda, que evitaba tanto el optimismo utópico como el pesimismo tradicionalista. “Tres pasiones, simples pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad -escribió en su recomendable Autobiografía-. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de aquí a allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación”.

En 1967, cuando ya era un intelectual reconocido en todo el mundo, hizo un cameo en la película Aman, del director indio Mohan Kumar. La película está protagonizada por un joven indio que acaba de recibir su título de médico en Londres y quiere viajar a Japón para ayudar a las víctimas de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki; antes de emprender el viaje, recibe la “bendición” del filósofo. Russell murió el 2 de febrero a los 97 años en la localidad galesa de Gwynedd, en brazos de su cuarta esposa, la escritora estadounidense Edith Finch.

Imagen de portada: El filósofo, escritor y matemático galés Bertrand Russell nació hace 150 años.

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. República Argentina. Por Daniel Gigena. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Filosofía/Arte/Pensamiento/Premio Nobel/Libros

 

 

 

 

 

Cartas de Schopenhauer: una puerta a su vida y su pensamiento.

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Se publica una nutrida selección de cartas de Schopenhauer que el filósofo intercambió con diversos personajes de la época. Este volumen de más de 800 páginas supone una privilegiada puerta de entrada para conocer la vida y el pensamiento del que fue apodado como «el Buda de Frankfurt». Un documento imprescindible para acercarse al padre del pesimismo filosófico.

Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue autor de una de las obras fundamentales de la historia del pensamiento, El mundo como voluntad y representación, publicada en tres ediciones (1819, 1844 y 1859), en la que expuso su teoría central de la voluntad como cosa en sí, aunque el éxito le llegó tardíamente, en 1851, tras la aparición de Parerga y paralipómena, un conjunto de textos que trataba diversos asuntos. 

Al contrario de lo que habían sostenido los pensadores ilustrados e idealistas, el mundo no se rige por el orden y la razón, sino por un impulso primigenio e incansable que nos convierte en seres deseantes.

Estas cartas de Schopenhauer, que ahora se traducen y publican en Acantilado, muestran no sólo al filósofo, sino también al niño que fue Arthur antes de convertirse en el padre del pesimismo filosófico, al joven que buscaba su auténtica vocación y que tuvo que enfrentarse a las intenciones de su padre, al estudiante con sus diferentes y muy numerosas inquietudes, al pensador que no obtenía la fama que creía merecida y, al fin, al anciano que terminó alcanzando celebridad mundial en la última etapa de su vida.

Como comenta Luis Fernando Moreno Claros, traductor de esta muy enjundiosa Arthur Schopenhauer. Correspondencia escogida que abarca toda la vida del filósofo (de 1799, siendo aún niño, hasta su muerte, en 1860), la biografía de nuestro protagonista no fue demasiado rica en peripecias y estuvo «consagrada principalmente al saber y a la creación filosófica», aunque también, al igual que la de cualquier otra persona, estuvo llena de alegrías y de penas, de encuentros y desencuentros, de anhelos e ilusiones, de vacilaciones y desengaños, avatares, todos ellos, que quedan expresados en esta extensa selección de su correspondencia.

Los consejos de la madre que descubrimos a través de estas cartas de Schopenhauer, cuando Schopenhauer tenía apenas quince años, son abundantes y no tienen desperdicio. Por ejemplo, recomendaba a su hijo que «es preciso saber vivir primero para disfrutar de las embriagadoras alegrías de la vida más adelante, y ahora mismo tan sólo estás en los preliminares de ese aprendizaje» (1803). Es más que posible que este talante, recto y en ocasiones severo de sus padres, hiciera mella en el carácter del taciturno chiquillo que se estaba formando en lo intelectual y lo personal.

Arthur Schopenhauer. Correspondencia escogida, edición de Luis Fernando Moreno Claros (Acantilado).

Su biografía no fue demasiado rica en peripecias; estuvo consagrada al saber y la filosofía, aunque llena de alegrías y penas, de encuentros y desencuentros, de anhelos e ilusiones, de vacilaciones y desengaños…, todo ello expresado en esta extensa selección de las cartas de Schopenhauer

Las relaciones y la formación

Aún en plena niñez, Arthur pasó una larga temporada en Francia, por petición expresa de sus progenitores, para aprender el idioma. Tal fue su inmersión que casi llegó a olvidar su lengua materna, el alemán. 

En una de las cartas que su madre, Johanna, envió a su hijo con ocasión de la prematura muerte de uno de sus jóvenes amigos en 1799, lo aleccionaba de esta forma, tan llamativa a ojos contemporáneos: «Lamento que hayas perdido a tu mejor compañero de juegos, pero incluso a tu edad, mi querido Arthur, es bueno ir acostumbrándose a la idea de que podemos perder con suma facilidad lo que más queremos y también de que la duración de nuestra propia vida es harto incierta».

El carácter del joven Arthur se iba formando, pero le costaba abrirse a la relación con sus semejantes. Sus padres, que deseaban para su hijo un futuro como hombre de negocios y sabían de lo necesario de las relaciones sociales, le escribían: «Sólo tienes que ser un poco más abierto en lugar de actuar como sueles. En cualquier relación social uno debe dar el primer paso, y yo diría que tú puedes darlo tan bien como cualquier otro, aunque sea mayor que tú, porque seguramente carecerá de la ventaja, de la que tú has disfrutado desde pequeño, de haber vivido a menudo y en diversas ocasiones entre extraños».

También intentaban redirigir su conducta hacia actividades que le dieran proyección laboral y que no sólo tuvieran que ver con su esparcimiento: «Me parece que la pintura, la lectura, la flauta, la esgrima y salir a pasear son bastantes distracciones, para mi gusto incluso demasiadas». 

Y hacían énfasis en la necesidad de la escritura para afianzar sus experiencias y reflexionar sobre ellas: «Sé por experiencia propia —escribía Johanna Schopenhauer— que es posible hacer bien todo lo que deseamos de veras, así que si no escribes bien es tu culpa y tendrás que asumir las consecuencias, pero nosotros debemos y queremos hacer por tu formación todo cuanto esté en nuestra mano, y no vamos a permitir que tus gustos nos condicionen». Una educación, como se ve, bastante estricta incluso en la distancia.

Este volumen que recoge las cartas de Schopenhauer es imprescindible no sólo para cualquier lector que quiera acercarse a su vida, para sus estudiosos y para personas interesadas en la historia del pensamiento, sino también para quienes deseen disfrutar de un intercambio epistolar que, en términos literarios, es tremendamente delicioso y que permite conocer el desarrollo de una familia acomodada de principios del siglo XIX, por un lado, y el desarrollo de una mente privilegiada, por otro, a través de todos sus avatares intelectuales y personales.

«Es bueno ir acostumbrándose a la idea de que podemos perder con suma facilidad lo que más queremos y también de que la duración de nuestra propia vida es harto incierta», le escribe su madre, Johanna, a un joven Arthur que acababa de sufrir la muerte de un amigo

Últimas cartas de Schopenhauer

Especialmente conmovedora resulta la última de las cartas de Schopenhauer conservada, del mismo mes en que murió, septiembre de 1860, que dirige a dos estudiantes y de los que se despide con una inolvidable fórmula: «Que el espíritu filosófico los acompañe durante toda su vida». 

O las cartas que intercambió, ya anciano, con la nuera de Goethe, Ottilie von Goethe, a quien Schopenhauer dirigió en abril de 1860, en el ocaso de su existencia, con estas hondas palabras: «¡Ay, Ottily, nos vamos haciendo viejos y tendemos a acercarnos! Miremos donde miremos todos van muriendo, sobre todo en mi caso, que tengo diez años más. Vivimos cada vez más en el recuerdo. […] La corriente del tiempo se precipita sobre nosotros, lo cubre todo y el olvido devora incluso a las eminencias más destacadas». Y de nuevo, su carácter taciturno, incluso en la ancianidad, cuando adquirió gran renombre: «Usted sabe que nunca fui muy sociable, y ahora vivo más retirado que nunca».

Una correspondencia en la que, además, en tiempos en los que la filosofía se cuestiona en la educación obligatoria, se lleva a cabo una continua y muy comprometida defensa de esta disciplina y que, más aún, muestra su relevancia en el desarrollo de cualquier existencia humana. 

Como escribió Schopenhauer en sus manuscritos, «la filosofía da el valor para no guardarse ninguna pregunta en el corazón». Y es que una fue la convicción que mantuvo hasta el final de sus días: «No llegará el día en que desaparezca por completo la filosofía y nadie vuelva a interesarse por sus preguntas, porque estas son demasiado importantes como para que cese la constante atención que les dedicamos». Y ello porque «en el interior del espíritu humano reside un anhelo concreto que ninguno de los demás saberes, por valiosos que sean, es capaz de satisfacer». Sea.

Imagen de portada:Schopenhauer nació en Gdansk (Polonia) el 2 de febrero de 1788 y murió en Frankfurt (Alemania) el 21 de septiembre de 1860. Imagen de Schopenhauer de dominio público (CC0 1.0) distribuida por flickr, Internet Archive Book Images, page 397 of «Vida y muerte: relato auténtico de las muertes de cien hombres y mujeres célebres, con sus retratos» (1910).

FUENTE RESPONSABLE: Filosofía & Cía. Por Carlos Javier González Serrano. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Filosofía/Pesimismo/

Schopenhauer/Correspondencia escogida

Sobre dos libros sapienciales.

El habla del silencio

Los viernes nos encontramos con María Domínguez en el Náutico, el parador de playa. Desde sus ventanas puede verse el mar, el oleaje se va apaciguando después de la última sudestada. 

Esta tarde María me trae un libro prometido, el que escribió con Juan Forn y que Juan no alcanzó a ver. 

Debo admitirlo, cuando uno está ante un libro escrito por dos trata de discernir qué del texto pertenece a uno o a otro. En este caso no es sencillo, y menos considerando que María es librera y también una lectora nómade en sus gustos, que no cesa de sorprender con sus hallazgos. 

A veces me pregunto si este don suyo procede de sus estudios de arqueología. Tal vez la respuesta está en una conjugación de las dos prácticas complementarias con un mismo objetivo: salvar cosas del paso del tiempo, que no se pierdan. Otro dato no menor: María es una poeta reservada, cautelosa, que escarba en el lenguaje de la pérdida: “Después de nadar mar adentro/ ibas hasta la rompiente / buscando el impulso que te saque a la orilla. / Entraste en la ola / seguiste la curva/ y saliste del mundo”, escribe. Hay un silencio irreductible en estos versos. Es así: “Un silencio denso / cae sobre las cosas”. 

Y ese silencio remite al libro que escribieron juntos. Al silencio, justamente, se refiere “Nieblita del Yí”.

“Discutimos mucho cada palabra, cada frase”, se acuerda María. Y se ríe de sí misma: “Yo no soy japonesa, / soy geselina”, ha escrito en un poema. Y volviendo al libro, cuenta: “Juan era obsesivo. Y yo terca. Pero nos reíamos mucho. Sonaba oriental Yí, pero era guaraní. Quiere decir río fuerte, duro. Y nombra un río uruguayo que nace cerca del Chato, cerca de la cuchilla grande de Durazno”.

“Nieblita del Yí”, fue ilustrado con delicadeza cromática por Teresita Olhaberry. 

Ella y su compañero, el escritor Pablo Franco, ambos editores del sello La Flor Azul, andaban un domingo curioseando por la feria de Tristán Narvaja en Montevideo. 

En una librería de usados detectaron la novela “La tierra purpúrea” (1885) de William Henry Hudson en traducción de Idea Vilariño. Es sabido, Hudson, un naturalista argentino extrapolado en Gran Bretaña, fundador de la primera gran biblioteca ornitológica de Sudamérica, mantuvo amistad y correspondencia con Joseph Conrad y Ford Madox Ford. 

En sus cartas les confiaba el deslumbre por este sur y sus historias. De la seducción que destila “La tierra purpúrea” Borges diría que es una obra primordial del criollismo y uno de los pocos libros felices sobre la tierra.

Entusiasmados con el texto de Hudson, Pablo, Teresita, María y Juan eligieron adaptar uno de sus tramos en versión para “chicos”, y las comillas, en este caso, no son gratuitas: “Nieblita del Yí”, con su encantamiento, funciona como infantil, pero trasciende el género y opera como cuestionamiento a la relación que mantenemos los adultos normalizados con la naturaleza que suele resultar distante.

Al terminar una guerra, un veterano de la guerra entre blancos y colorados de la Banda Oriental, llega a un rancho donde viven una vieja y una nena. La nena está triste: no tiene amigos ni tampoco le han contado nunca un cuento.

Relato dentro del relato, el veterano le narra a la nena la historia de Alma, una nena que debía su tristeza a no poder hablar con el paisaje brumoso del río y su fauna. Una mujer de piel negra surge de la niebla del Yí. Si quiere hablar con la naturaleza, le dice, debe clavarse una aguja en la lengua. Contra las reticencias del lector desprevenido, Alma empieza a comunicarse con unos perros, una zorra, un pato. Y hasta puede escuchar la conversación de los árboles.

Que la humanidad está aturdida no es ninguna novedad. El lingüista Noam Chomsky, a sus noventa y pico, no se cansa de criticar el capitalismo. 

Y si no se le presta atención no se debe sólo al tronar de las bombas y misiles de los dieciséis conflictos bélicos que aterran el planeta, el fragor de los incendios, y los desastres de las políticas extractivas. 

La alienación y la voracidad consumista explican esta sordera. Y “Nieblita del Yí” parece sugerirnos la exigencia de un silencio respetuoso ante la naturaleza y escuchar qué nos está diciendo.

El otro libro que esta tarde trae María al Náutico es el “Tao Te Ching” de Lao Tse en versión de Ursula Le Guin. La primera vez que Le Guin vio el libro era una nena como la protagonista del cuento de Hudson. 

Se trataba de una edición de 1898 y contenía grabados y caracteres chinos en la cubierta. Era un objeto venerable y misterioso. Su padre lo leía a menudo y tomaba notas. Más tarde le confió a la hija que le gustaría que algunos pasajes fueran leídos en su funeral.

Es cierto que el Tao ha sido interpretado como un manual para gobernantes, pero esto sería limitar su alcance. 

Desde hace más de dos mil quinientos años el Tao se las ha ingeniado para transformarse, además de en pilar de la filosofía budista, material de consulta de más de un pensador occidental que encontró aquí claves para orientarse en momentos de crisis extremas, tanto colectivas como personales.

Su espíritu atrajo tanto al refinado grupo de Bloomsbury como al marxista Bertolt Brecht, quien escribió el poema “Leyenda sobre el origen del libro Tao Te King, dictado por Lao Tse en el camino de la emigración”.

 

Escribe Brecht: “A los setenta años, ya acabado/ el maestro sintió un ansia de paz. / Moría la bondad en el país/ y se iba haciendo fuerte la maldad.” La resonancia con el presente no es casual. La injusticia se enseñoreaba en su tierra. “Juntó unas cosas necesarias. / pocas. Pero algo más tenía que llevar. / La pipa que fumaba cada noche. / El libro que leía a todas horas. / Algo de pan blanco”. Lao Tse y su guía caminan cuatro días. Un aduanero los detiene, les pregunta qué traen de valor. “Nada”, le contesta el viejo. El guía le explica al aduanero que el viejo es un maestro, que enseña que “el agua blanda termina por vencer la piedra”. 

El aduanero les ofrece entonces parar en su casa a cambio de sus enseñanzas volcadas con tinta en papel. Durante siete días, el maestro le dicta al guía las 81 sentencias que componen el libro legendario, tan breve como conciso. La última se refiere a la aparición de lo esencial, y Le Guin la traduce como “Lo verdadero”: “Las palabras verdaderas no son gratas, / las palabras gratas no son verdaderas. / Las buenas personas no son obstinadas, / las personas que son obstinadas no son buenas. / Las personas sabias no son eruditas, / las personas eruditas no son sabias. / Las almas sabias no acumulan, / cuanto más hacen por otros más poseen, / cuanto más dan a otros más ricos se vuelven. / El camino del cielo beneficia sin destruir. / Actuar sin competir / es el camino de los sabios”.

María se vuelve a la librería. Y yo me vuelvo a la cabaña con los libros. Lo único que sé es que acá en el bosque, donde escribo estas reflexiones, si a esta hora del anochecer uno guarda silencio, además del susurro de la brisa pueden escucharse unos pájaros tenues que le dan la bienvenida a la oscuridad y se despiden hasta mañana.

Imagen de portada: Ilustración de Teresita Olhaberry

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Buenos Aires.Argentina. Por Guillermo Saccomanno. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Filosofía/Vida

Byung-Chul Han: «Hoy vivimos presos en una caverna digital».

Planteos del filósofo coreano en su último libro, «Infocracia»

El autor de La sociedad del cansancio expone en su nuevo trabajo el modo en que el «régimen de la información» ha sustituido al «régimen disciplinario».

Han señala que la gran hazaña de la infocracia es haber inducido en sus consumidores/productores una falsa percepción de libertad. Y concluye: «El intento de combatir la infodemia con la verdad está condenado al fracaso. Es resistente a la verdad».

Byung-Chul Han es un portador sano del cuadro social y comunicacional que expone su obra: sus libros son breves, de consumo rápido, transparentes.

Cada uno de ellos propone apenas un puñado de conceptos, fácilmente reductibles a una frase-slogan que fluye a través de las redes sociales y sirve de «comodín» para reforzar opiniones de diversa índole. Su gran aporte al pensamiento de las últimas décadas seguramente haya sido su análisis del individuo auto explotado, nuevo sujeto histórico del capitalismo. 

Pero más allá de esta idea-fuerza, el principal mérito del filósofo coreano es haber captado la «atmósfera» de esta época para después traducirla a textos en los que un ciudadano común con cierta sensibilidad -política, cultural, gremial- se siente reflejado. 

En su último libro, Infocracia, recientemente publicado por el sello Taurus, Han indaga en el modo en que el «régimen de la información» ha sustituido al «régimen disciplinario»

De la explotación de cuerpos y energías tan bien analizada en su momento por Michel Foucault se ha pasado a la explotación de los datos. Hoy la señal de detentación de poder no está vinculada con la posesión de los medios de producción sino con el acceso a la información, que se utiliza para la vigilancia psicopolítica y el pronóstico del comportamiento individual.

En su exposición genealógica, Han describe la declinación de aquel modelo de sociedad diseccionado por el autor de Vigilar y castigar, y encuentra puentes con otros autores del siglo XX como Hannah Arendt, de quien rescata ciertos enfoques sobre el totalitarismo. Han dice que hoy estamos sometidos a un totalitarismo de nuevo cuño. El vector no es el relato ideológico sino la operación algorítmica que lo sostiene. 

El filósofo rodea los temas que ya había expuesto en otros trabajos (la compulsión hacia el «rendimiento» que describió en La sociedad del cansancio; la aparición de un habitante voluntario del panóptico digital, plasmado en La sociedad de la transparencia; el acomodamiento al imperativo del «like» como analgésico del presente tratado en La sociedad paliativa ) y pone el foco en el cambio estructural de la esfera pública, atravesada por la indignación digital, que debilita lo que alguna vez entendimos como democracia. 

Han sostiene que en esta sociedad marcada por el dataísmo, lo que se produce es una «crisis de la verdad». 

Escribe: «este nuevo nihilismo no supone que la mentira se haga pasar por verdad o que la verdad sea difamada como mentira. Más bien socava la distinción entre verdad y mentira»

Donald Trump, un político que funciona como si fuera él mismo un algoritmo y solo se guía por las reacciones del público expresadas en las redes sociales, no es, en ese sentido, el clásico mentiroso que tergiversa deliberadamente las cosas. «Más bien es indiferente a la verdad de los hechos», señala el filósofo.

Esta indiferenciación, sigue Han, supone un riesgo mayor para la verdad que el instaurado por el mentiroso.

El pensador coreano diferencia los tiempos actuales de aquellos no tan lejanos en que dominaba la televisión. Define a la TV como un «reino de apariencias», pero no como «fábrica de fake news». Señala que la telecracia «degradaba las campañas electorales hasta convertirlas en guerras de escenificaciones mediáticas. El discurso era sustituido por un show para el público». 

En la infocracia, por el contrario, las disputas políticas no degeneran en un espectáculo sino en una «guerra de información».

Porque también las noticias falsas son, ante todo, información. Y se sabe que «la información corre más que la verdad». 

Por eso, concluye con el pesimismo que le es característico: «El intento de combatir la infodemia con la verdad está, pues, condenado al fracaso. Es resistente a la verdad».

Define la situación actual con una frase-slogan de esas que tanto le gustan al autor de No-cosas: «La verdad se desintegra en polvo informativo arrastrado por el viento digital». 

Pero, ¿cómo es esta víctima arrastrada por el viento digital? ¿Cómo se comporta? «El sujeto del régimen de la información no es dócil ni obediente. Más bien se cree libre, auténtico y creativo. Se produce y se realiza a sí mismo». 

Este sujeto –que en el actual sistema también se realiza como objeto- es simultáneamente víctima y victimario. En ambos casos el arma utilizada es el smart phone. 

A través de esta herramienta los medios digitales han puesto fin a la era del hombre-masa. «El habitante del mundo digitalizado ya no es ese ‘nadie’. 

Más bien es alguien con un perfil, mientras que en la era de las masas solo los delincuentes tenían un perfil. El régimen de la información se apodera de los individuos mediante la elaboración de perfiles de comportamiento».

La gran hazaña de la infocracia es haber inducido en sus consumidores/productores una falsa percepción de libertad. La paradoja es que «las personas están atrapadas en la información. Ellas mismas se colocan los grilletes al comunicar y producir información. La prisión digital es transparente». 

Es precisamente esa sensación de libertad la que asegura la dominación. Actualiza, por último, el mito platónico: «Hoy vivimos presos en una caverna digital aunque creamos que estamos en libertad».

Una revolución en los comportamientos que excluye toda posibilidad de revolución política. Dice Han: «En la prisión digital como zona de bienestar inteligente no hay resistencia al régimen imperante. El like excluye toda revolución».

En tiempos de microtargeting electoral se produce, de todos modos, un fenómeno paradojal: la tribalización de la red. 

Intereses segmentados que se expresan a través de discursos previamente diseñados y que van erosionando lo que Jürgen Habermas había definido teóricamente como «acción comunicativa». 

«La comunicación digital como comunicación sin comunidad destruye la política basada en escuchar», escribe Han, quien destaca que en el viejo proceso discursivo los argumentos podían «mejorarse», en tanto ahora, guiados por operaciones algorítmicas, apenas se «optimizan» en función del resultado que se busca. 

Es la derecha la que más capitaliza este fenómeno de tribalización de la red, asegura el filósofo, porque en esa franja es mayor la demanda de «identidad del mundo vital». 

En una sociedad desintegrada en «irreconciliables identidades sin alteridad», la representación, que por definición genera una distancia, se ve sustituida por la participación directa. 

«La democracia digital en tiempo real es una democracia presencial», que pasa por alto su ámbito natural de representación: el espacio público. Así se llega a una «dictadura tribalista de opinión e identidad». 

El sujeto auto explotado de la sociedad del cansancio, el habitante voluntario de la sociedad transparente, el individuo que se entrega a la sociedad paliativa, también se somete, concluye Han, a la fórmula del régimen de la información: «nos comunicamos hasta morir». 

Imagen de pantalla: Byung-Chul Han.. Imagen: EFE

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Por Fernando D´Addario. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Totalitarismo

 

 

 

EL PESIMISMO NOS HACE MÁS FUERTES (Y MEJORES)

Esta perspectiva no dice que tengamos que sufrir, sino que debemos estar preparados para hacerlo. En este sentido, el pesimista es un revolucionario: no quiere dejar el mundo tal como es, sino comprenderlo sin temor para poder cambiarlo.

Quien asegura que corren tiempos terribles y aciagos es porque quizás no se ha parado a pensar en el desarrollo histórico humano, repleto de infortunios de todo tipo, como plagas, epidemias, guerras y catástrofes naturales.

Precisamente, todo libro de autoayuda parte de la pretenciosa idea de que el mundo –y uno mismo– puede (y debe) mejorar. Nos vemos avasallados por toda una literatura que intenta hacer del mundo un lugar más agradable cuando, a la vista de la realidad, todo parece sugerirnos lo contrario: no existe posibilidad de progreso

Ya lo dijeron los antiguos latinos, y Schopenhauer lo ratificó: eadem, sed aliter; todo es siempre igual, todo es siempre lo mismo, aunque se dé de diferente manera y cambien los protagonistas. En paralelo a la fiebre de la autoayuda y al auge de la psicología positiva, se desprecian con demasiada facilidad las bonanzas de un saludable pesimismo que, lejos de lo que suele mantenerse, no nos aboca a un escenario apocalíptico o a sostener una actitud de rendición (o más aún, un talante depresivo u oscuro). 

En realidad, un pesimismo correcta y cabalmente entendido ayuda a asentarnos en nuestra circunstancia. Lejos de esperar ingenuamente que las cosas mejoren por sí mismas, se sitúa críticamente ante el escenario humano para pensarlo y rebelarse contra las crueldades que contiene, por mucho que parezcan inevitables: la invitación de cierto pesimismo, el que aquí nos interesa, es la de aspirar a conquistar un mundo más habitable, consciente siempre de sus limitaciones, adversidades y dolores internos.

Si es de tu interés profundizar en esta entrada, cliquea por favor donde se encuentre escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Por primera vez en español, gracias al incansable trabajo del profesor Manuel Pérez Cornejo, se pone a disposición de los lectores una de las obras más relevantes –y menos atendida en nuestros días– del siglo XIX: la Filosofía de lo inconsciente, del filósofo pesimista Eduard von Hartmann. Un libro que, en su momento, cosechó tan apabullante éxito que permitió a su autor poder vivir de las rentas que las ventas del mismo le procuraron hasta su muerte, lo que le valió para poder dedicar su existencia al estudio y redacción de numerosos títulos que, aún hoy, siguen siendo desconocidos para el lector hispanohablante. 

Gracias a este volumen, estamos más cerca de entender el espíritu de algunos autores que, siguiendo la estela teórica del maestro Schopenhauer, se propusieron entender el funcionamiento de nuestro mundo a partir de premisas pesimistas. Un pesimismo que quizás, y contrariamente a lo que se piensa comúnmente, no entrega sus armas ni se rinde ante la adversidad, sino que resulta tan lúcido como necesario y revolucionario. 

«El pesimismo nos resitúa en nuestro ahora, cuestionándolo, al contrario del optimismo actual, que nos invita a aceptar la realidad tal y como es»

He aquí la originalidad del planteamiento de Eduard, del planteamiento de Eduard von Hartmann y de su Filosofía de lo inconsciente. Von Hartmann presenta uno de los talantes más pesimistas de cuantos continuaron las reflexiones de Schopenhauer para aumentarlas o corregirlas, si bien no por ello exento, paradójicamente, de una saludable esperanza. Su pesimismo nos resitúa en nuestro ahora, cuestionándolo y reinterpretándolo, al contrario del optimismo tan en boga de nuestros días, que nos invita a aceptar la realidad tal y como es para, desde ella y con ella, conducirnos hacia un presunto mundo mejor en lo personal y en lo social.

Mientras el optimismo se mueve en la bifurcación moral del bien y el mal, el pesimismo aletea fuerte sus alas y propugna una sana rebelión contra lo establecido, especialmente contra las convenciones morales. El pesimismo filosófico responde con un gran sí al «resto oscuro» (al decir de Sylvia Plath) que parece sobrevolar toda existencia, decidiendo estudiarlo sin renunciar nunca a él.

Por ello es tan urgente un estudio filosófico, literario y antropológico dedicado al porqué del pesimismo y de su utilidad en la actualidad, en tiempos del imperativo de la felicidad. La existencia del mal y el asombro ante él, ante la conciencia del mal propio y ajeno, es un problema arraigado en la naturaleza del ser humano. Tal fue para Schopenhauer el motor de la filosofía: la abismal e irrefutable existencia del mal. Aquellos libros de autoayuda, de los que cualquier librería está plagada, parecen albergar un extraño y llamativo afán por negar el dolor, por ocultar nuestra condición en ocasiones desgraciada y desamparada, afirmando que siempre se puede mejorar. Todo ello al abrigo de la inocente sospecha de que una suerte de benévola providencia vela por nosotros y por la satisfacción de nuestros deseos.

Ni la historia de la filosofía ni la de la literatura ha procedido de este modo.

Desde muy pronto, ambas disciplinas se convirtieron en un modo de transitar e incluso aceptar nuestra condición doliente. Ambas se interpretaron como un continuo aprendizaje en el complejo y enrevesado camino que conduce desde el nacimiento hasta la muerte. 

Ninguna filosofía, ni siquiera las de signo más optimista (como por ejemplo, la vía de Leibniz y su creencia en el mejor de los mundos posibles), ha prescindido de la premisa de que la felicidad –ese constructo tan escurridizo– se obtenga sin esfuerzo o fácilmente.

Únicamente a través de la libre asunción de la existencia del mal y de nuestra condición de náufragos en un inhóspito y vasto océano, junto a la firme conciencia de la desgracia propia y ajena, podemos alcanzar una existencia libre de engaños, cabal y responsable. La libertad solo la constituyen el ahínco y la convicción de vivir con las botas enfangadas en una plena y zozobrante incertidumbre.

De ahí la directa pregunta que se hace Eduard von Hartmann, inmerso en el seno del más rotundo pesimismo, en la Filosofía de lo inconsciente: «¿Qué cabría esperar?». La particularidad de dicho pesimismo es que, a pesar de declarar la bancarrota del optimismo más dulzón, no se priva de combinarlo con la posibilidad de un recatado talante esperanzado en el progreso cultural de la humanidad. Y es tal combinación la que hace tan reseñable, actual y atractiva la figura de Eduard von Hartmann. 

Von Hartmann sostuvo que, incluso en el caso de que no logremos alcanzar la felicidad en esta vida, a través de un constante aplomo y esfuerzo sí podemos crear un mundo moral y culturalmente mejor. Ampliando con originalidad el trabajo de Schopenhauer sobre el inconsciente y adelantándose a Freud y Jung, Von Hartmann pone su punto de mira en la noción de inconsciente.

Dedicó todas sus energías a demostrar, apoyándose en los avances de las ciencias naturales, la existencia de una fuerza inconsciente que se manifiesta en cuanto nos rodea. Todo en nosotros (instintos, sociabilidad, el amor sexual, los nervios o los movimientos reflejos), así como todo en el universo (desplazamientos planetarios, gravedad, surgimiento y muerte de las estrellas, etc.), apunta al despliegue de un impulso primigenio. 

«El asombro ante la conciencia del mal propio y ajeno es un problema arraigado en la naturaleza del ser humano»

Ser conscientes del propio mal es comenzar a ser conscientes de nuestra realidad. Resulta imposible cambiar las cosas sin reflexionar sobre el mal, el sufrimiento y los males de nuestro tiempo (o al menos, sin preguntarnos si podemos cambiarlas). El optimismo tiende a dejar todo en su sitio. Es un eficaz mecanismo de pensamiento que nos hace estáticos, que nos deja inermes: todo es tan bueno (o tan malo) como puede ser. El pesimismo y su ejercicio, al contrario, es revolucionario: nos hace ver qué va mal y analiza qué puede cambiarse, permitiendo comprobar e investigar aquellas estructuras –biológicas, sociológicas, políticas o antropológicas– que hacen que el sufrimiento continúe su camino libremente.

«El pesimismo y su ejercicio es revolucionario: nos hace ver qué va mal y analiza qué puede cambiarse»

El pesimismo nos invita permanentemente a pensar y, sobre todo, a pensarnos. He aquí la raíz del humanismo pesimista de Eduard von Hartmann y, en general, de todo pensamiento pesimista. Visto así, el pesimismo puede ser el comienzo de una genuina revolución. Puede que el pesimismo no llame a la rebelión, pero sí a la revolución intelectual: vivimos invadidos por un peligroso y meloso imperativo de felicidad, rodeados de invasivos mensajes que nos hacen creer que hemos nacido para ser felices.

Ya lo dijo Schopenhauer: nuestro mayor error es pensar que hemos nacido para ser dichosos. 

Así lo vemos en nuestros días: toda estrategia de mercadotecnia se dirige a la deliberada creación de seres humanos muy poco humanos, escasamente preparados para sufrir; se señala, condena y patologiza todo lo que tiene que ver con el dolor y el sufrimiento, cuando la insoslayable realidad es que todos acusamos pérdidas, rompemos con nuestra pareja y tenemos crisis con los amigos o en el trabajo; a pesar de ello, nos han lanzado hacia la despiadada construcción de una sociedad medicalizada. 

Una sociedad que está torturada porque no sabe y porque ha olvidado que en el meollo de la existencia también se encuentra el sufrimiento.

El pesimismo no dice que tengamos que sufrir, sino que debemos estar preparados para hacerlo. En este sentido, el pesimista es un revolucionario: no quiere dejar el mundo como es, pero tampoco crea falsas expectativas, situándonos dentro como espectadores privilegiados y realistas.

Eduard von Hartmann aseguró que, incluso en el caso de que no podamos llegar a ser felices en términos individuales, sí podemos alcanzar la dignidad de encontrar un valor inaudito en el hecho de contribuir al progreso cultural y a la mejora moral de la humanidad. 

Y no porque vayamos a recibir un puesto privilegiado en un más allá o porque la moralidad vaya a recibir justa recompensa en este mundo –creencias que apelan tan sólo al egoísmo personal–, sino porque Von Hartmann creyó ciegamente en que la mejora de uno mismo puede contribuir a la creación de un mundo más plenamente humano. 

Es responsabilidad de cada individuo, por tanto, participar activamente en dicho desarrollo: nuestras acciones pueden tener un efecto determinante en el mundo; aquí es donde se encuentra la forja de nuestra dignidad. 

«El pesimista considera que el bien más preciado es la tranquilidad, la virtud de saber sortear los sinsabores propios de la existencia»

La solución que Von Hartmann planteó fue la de intervenir activamente en ese proceso histórico de construcción en el que todos estamos envueltos. Si el pesimismo más acendrado asegura que es imposible huir del connatural sufrimiento asido a la naturaleza de todo ser viviente, el esperanzado pesimismo de Von Hartmann aduce que existe un camino no tanto de superación individual como de común redención: el de contribuir a paliar ese sufrimiento mediante una progresiva perfección moral individual; un camino que se traduzca finalmente en la meta común de mitigar el dolor y promover la cultura y el deseo.

Por eso, el pesimista considera que el bien más preciado es la tranquilidad, la virtud de saber sortear los sinsabores propios de la existencia sin caer en una enfermiza evasión que tan solo conduce a una neurosis obsesiva. 

Los males llegarán, y cuando esto suceda, el pesimista estará preparado y los sabrá afrontar, acogiéndolos de buen grado. No por ello el pesimista es un resignado y servil individuo; al revés, el pesimista es un revolucionario –intelectual y moral– encubierto. 

No espera de manera inocente a que las cosas cambien, sino que, a la vista de lo inevitable del mal, pone remedio para saber encajarlo sin rencor y, en la medida de lo posible, evitarlo e incluso solucionarlo.

En definitiva, el pesimista que sigue las enseñanzas de Eduard von Hartmann es alguien que ha alcanzado una lucidez tal que no le importa reconocer la falta de fundamento de este mundo e incluso la absurdidad de la existencia. No quiere huir de ella, sino que desea explorarla hasta sus últimas consecuencias, sosteniendo un valor tan alto que es capaz de perfeccionarse a sí mismo para, con ello, intentar perfeccionar el mundo y evitar el sufrimiento.

En tiempos de barbarie, dolor, descreimiento y desesperanza, el pesimista sensato es el último en tirar las armas. Es aquel que nunca cae en la inacción.

Quizás sean tiempos para recordar el humanismo pesimista de Hartmann y para convertir nuestra miseria en una oportunidad con la que dignificar nuestro pensamiento y nuestras acciones. También para reír: el último legado del pesimismo es, en realidad, una carcajada que vierte sobre el sinsentido mientras sigue enfrentándolo, dando un sí a la vida.

Imagen de portada: ‘Kohala Koheiji’, por Katsushika Hokusai (1760-1849).

FUENTE RESPONSABLE: Ethic. Opinión. Por Carlos Javier González Serrano. Mayo 2022

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