La verdad deshonesta

La foto de portada es la tapa del libro “Austerlitz”, de WG. G. Sebald.

Nadie estaría de acuerdo en que algo engañoso pueda ser verdadero, aunque más no sea, inversamente, porque la verdad nunca engaña. 

Sin embargo, esta constatación vuelve el caso de la obra arte un poco menos evidente. 

El problema es antiguo, y vuelve cada tanto. Esta vez la excusa del regreso es la publicación de Speak, Silence: In Search of WG Sebald, la biografía que Carole Angier escribió del escritor alemán.

Sebald encontró –tal vez sin quererlo, tal vez porque no hay ya otra manera de escribir para quien no sea ni cándido ni craso–, una indistinción por la que lo que era novela no lo era y lo que era ensayo o crónica, tampoco. 

La imputación que la investigación de Angier hace pensar sobre él presenta como una de las pruebas el uso de las fotografías.

Son por lo general, como señaló la crítica Lucasta Miller en un artículo en The Spectator, imágenes un poco oníricas, que vienen de otro mundo, el del pasado.

En Austerlitz había un chico.

Nos enteramos ahora que quien está en la foto no es el chico judío refugiado que pensábamos sino, siempre según Angier, un chico inglés cualquiera de preguerra cuya imagen Sebald tomó de una postal comprada.

A Miller este descubrimiento parece decepcionarla, sobre todo porque el propio autor habría hablado en entrevistas del chico judío de la foto. Se alegan también otras minucias como el uso de citas bibliográficas inexistentes en ensayos académicos sobre Friedrich Hölderlin, y quién sabe cuántas cosas más.

Queda como relente la impresión de que el lector ha sido estafado porque se rompió el hechizo de la verdad. 

Sin embargo, habría que preguntarse: ¿se rompió realmente? Habría que preguntarse además: ¿pueden entonces las obras de arte (los libros de Sebald lo son) ser deshonestas sin dejar de ser verdaderas? Eso dependerá de dónde concluya cada uno que está la verdad en el arte. 

Podría ser que estuviera aquí y allá, pero será siempre la misma verdad, porque no hay más que una.

Por ejemplo, ante una pintura histórica el observador no se pregunta si lo representado es cierto o si el modelo que el pintor usó para el prócer fue su vecino de puerta o si Lucrecia era en realidad un rostro que había visto en el burdel. 

El pintor no es un profesor de historia y esa pregunta implicaría darle a la comprensión empírica un valor esencial cuando es accidental, meramente informativo.

Pero esto no es, creo, porque el arte “mienta”, sino porque dice otra verdad, la única, la que importa. En Homero, poesía, filosofía, historia nos resultan ya indistinguibles.

La literatura no pertenece al mundo que no es literatura. El mundo que no es literatura está contenido en la literatura, sin ser por eso literatura. Pero el mundo no queda negado ni abolido. El mundo, entendido de esta manera, es invención del arte.

Lo que es poéticamente posible es absolutamente real. La literatura necesita del mundo para existir, del mismo modo que lo ideal precisa de lo real para manifestarse. 

El mundo es la literatura representada, y no al revés, como prescribiría el realismo, presa del engaño persuasivo de la realidad. La realidad suele engañarnos; la obra de arte, cuando lo es en serio, nunca. 

Por eso pudo decir famosamente Aristóteles en su Poética que la poesía era más filosófica que la historia y tenía un carácter más elevado que ella, dado que la poesía contaba lo general y la historia, lo particular. 

Aunque parezca insólito, no son pocos los artistas (ni hablemos de quienes escriben) que trafican lo particular de la historia. Sebald no se contaba entre esos. 

Finalmente, aun antes de que los libros de Sebald sean olvidados (vivimos entre cosas perecederas) se olvidará la minucia documental, y ya no importará si ese chico era el refugiado o el inglés de paseo, porque ese chico será todos los chicos y un único chico.

FUENTE: LA NACIÓN – Por Pablo Gianera

 

Constanza Michelson: “Vivir es hacer un duelo compartido”.

En su libro Capitalismo del yo, recientemente editado aquí, el psicoanálisis entra en debate con los problemas del mundo contemporáneo: el amor, los feminismos, las masculinidades, la política, el duelo.

Constanza Michelson es egresada psicóloga de la Universidad Diego Portales (Chile) y Magíster en Psicoanálisis.

Su trabajo tiene diferentes aristas, desde problemáticas relacionadas con clínica de las adicciones a elaboraciones en torno al malestar cultural. Publicó diferentes libros, entre ellos 50 sombras de Freud: laberintos del amor y del sexo (2015) y Neurótic@s. Bestiario de locuras y deseos contemporáneos (2017).

Es una de las voces del psicoanálisis chileno que mejor transita entre el campo académico y la divulgación, con una particular flexibilidad y lenguaje, para recuperar la dimensión de la polémica y el debate como forma de plantear preguntas.

Escribe con regularidad en diferentes medios de su país y es corresponsal en otros países hispanohablantes.

Su último libro Capitalismo del yo. Ciudades sin deseo (Paidós, 2021) surgió a partir de una crónica de los acontecimientos políticos que sacudieron al país trasandino y que todavía interrogan a toda la región.

Su reflexión en torno a la dignidad de la vida, los peligros de la masificación y las nuevas formas de los totalitarismos abre diversas preguntas para pensar en torno al giro neoliberal del capitalismo, la conversación del psicoanálisis con los feminismos, el lugar de las “nuevas masculinidades” en tiempos de deconstrucción del patriarcado, la banalización de lo políticamente correcto y los duelos como experiencias colectivas. 

–¿Cómo caracterizaría al yo capitalista? ¿Cuál es su relación con la subjetividad neoliberal?

–Un buen ejemplo del lugar desesperado del yo en nuestro tiempo es el que señala Eva Illouz en relación al amor: en las sociedades patriarcales tradicionales el amor no era un asunto para nada constitutivo de la subjetividad femenina y masculina.

Nada de terapias, ni mensajes desesperados a la tres AM. La tradición definía, entre otras cosas, tu lugar en el mundo. Hoy cada quien debe realizar esa tarea y el amor es una vía privilegiada, y no poco ansiógena, de búsqueda de reconocimiento para definir quiénes somos.

Creo que la ansiedad no es una patología sino una forma de vida, el yo es ansioso, pues intenta definir, cerrar, decretar “las cosas como son”. El yo tiene algo fascista y es que cuando la subjetividad es débil, compensamos con identidades fuertes que obligan a comprometerse con una idea de sí mismo, antes que con el mundo.

Por su parte el capitalismo, que no es solo un sistema económico, sino una manera de pensar, logra transformar cualquier cosa en mercancía.

Luego, el yo puede operar bajo las reglas de la mercancía, se posee, se usa y se tira: el cuerpo, las emociones, la identidad, el amor.

–Un aspecto valiente de su libro es que se anima a debatir con los feminismos, en tiempos en que estos representan un discurso socialmente legitimado y el psicoanálisis es una práctica a la que nadie quiere perderse la chance de criticar, ¿qué balance haría de los (des)encuentros entre ambas perspectivas?

–Al psicoanálisis se lo ha criticado siempre, quizá porque es una teoría de la noche, es decir de lo que hay de misterio y de contradictorio en nuestras palabras más orgullosas. Eso incomoda a los viejos poderes de siempre, tanto como a los nuevos poderes de siempre.

El feminismo, como cualquier reivindicación política, en su faceta militante, habla en el lenguaje del día, a partir del saber y la certeza. Y en parte está bien que así sea. Puesto que se trata del registro del activismo, ahí no se puede dudar, debes avanzar. Otra cosa es el registro del pensamiento, que es el de la duda, y el registro de la política, que implica la negociación.

El feminismo transita en todos esos registros, y cada quien se situará en el registro de actividad que le sea más interesante. El problema es cuando la forma militante se toma la agenda del pensamiento o la política, luego caemos en lógica de guerra o de pensamiento en masa; cosa que hoy es común más allá del feminismo.

Por eso pienso que se puede ser feminista y psicoanalista, no feminista psicoanalista; porque son dos prácticas diferentes, incluso que pueden estar en tensión. Como alguna vez te escuché decir: me interesa el psicoanálisis con perspectiva de psicoanálisis.

–En un capítulo discute diferentes ideas sobre la masculinidad, ¿existen “nuevas masculinidades”? ¿Cuáles son los síntomas de los varones hoy?

–Crítico la idea de deconstrucción cuando pasa por la licuadora del lenguaje del capitalismo del yo.

Cuando se trata de un nuevo traje moral que se pone y desde ahí se puede juzgar a los demás. Otra cosa es que los movimientos en lo social nos empujen a hacernos preguntas interesantes respecto de cuestiones normalizadas. Eso sin duda ha ocurrido. El problema que veo es que “deconstruirse” se vuelva una identidad en sí misma, y pierda justamente su potencia de deconstrucción que viene a desordenar lo existente, luego cae en ser algo más en la lógica de la segregación.

Lo curioso es que sobre la deconstrucción admitimos la parte que dice todo es construido, por lo tanto no fijo, pero no la otra parte, que implica que, por lo mismo, no somos dueños de esas construcciones, que eso que somos, no es algo decidido a voluntad por el yo. Pensarse es un modo de deconstruirse cuando es posible sostener una espera, una relación al tiempo sin ansiedad, para que entonces aparezca una nueva idea, un movimiento.

Cosa muy distinta son los nuevos príncipes feministas, cuyo proceso a veces puede ser oportunismo (estar siempre del lado vencedor) o bien, pasaron por un real proceso de reeducación, pero que como toda educación, sabemos que es un asunto acotado.

–La primera edición de su libro, en Chile, se tituló “Hasta qué vivir valga la pena” y está muy permeado por los acontecimientos chilenos del último tiempo; en diferentes capítulos recuerda la afirmación de Lacan “El inconsciente es la política”, como contrapunto al célebre “Todo lo personal es político”, ¿por qué le parece que esta afirmación se entendió tan mal, como ventilación desvergonzada de la vida privada, en lugar de politización de lo íntimo contra la victimización? ¿Por qué es necesario complementarla con la frase de Lacan?

–La potencia de lo personal es político, es precisamente la idea de que hay algo de lo personal que es impersonal, es decir, de aquello que me ocurre, lo político tiene su parte; entonces se rompe la idea de lo personal como posesión privada.

Otra cosa es que la consigna, otra vez, pasada por la licuadora de la vida capitalista, la vuelva un clientelismo donde mis asuntos personales deben ser compensados. Luego la banalidad se convierte en mal. El cliente siempre tiene la razón dicen, bueno, porque el cliente no tiene inconsciente entonces. Lo inconsciente no está dentro de las personas, sino que es aquello transindividual que nos hace sujetos a otros.

Existir implica un conflicto con la alteridad, incluso la que nos habita; por eso “buscarse a sí mismo” no puede ser sino una pregunta, un rodeo por el mundo del que estamos hechos, nunca un solipsismo tal como algunas ideas sobre el amor propio pretenden.

El amor y el sí mismo no son cosas propias. Quizá de lo que estamos despojados es de desposeer, es decir, de relacionarnos con lo impropio. Si lo inconsciente es la política, es precisamente porque lo personal es político: estamos hechos de mundo.

Creo que eso es lo que estalló en Chile, la vida como propiedad privada; “Hasta que valga la pena vivir” apareció espontáneamente en la revuelta, y creo que dejó en evidencia que mientras hablábamos de robots y del aumento de la esperanza de vida, el deseo de vivir no era nada de obvio en ausencia de vida política.

–Otro gran tema de su libro es la experiencia de duelo. En diagonal, diría que es un libro sobre la pérdida y el deseo, sobre cómo aprender a perder, sin perdernos en el camino, es decir, sin perder la capacidad de desear, ¿por qué en el mundo actual desear sin garantías es tan difícil? ¿Por qué vivimos con miedo a perder y, por eso, más nos inhibimos y limitamos nuestras experiencias?

–La conciencia de muerte es la pérdida irreductible en lo humano y la base de la melancolía que compartimos.

Vivir, de algún modo es hacer un duelo compartido, y que puede ser creativo y motor de deseo, pero también puede fracasar, supongo que eso es una depresión, que no solo es una palabra horrible, sino que además separa de esta condición compartida. De acuerdo con Esquirol, pienso que de nuestra condición humana podemos hacer la experiencia del océano o del desierto. El océano es la inmersión, perderse en la masa, en la palabra totalitaria, en un goce de indiferencia. El desierto en cambio, no es la inmersión, sino la muerte, por lo tanto, es fragilidad, ruego y amparo. Es bello que palabras como rogar e interrogar compartan la misma raíz.

FUENTE: PÁGINA 12 – CULTURA – Por Luciano Lutereau

Epicuro, o cómo conseguir la plena felicidad incluso en el mundo moderno.

La sociedad del filósofo fue muy parecida a la nuestra, aunque no lo parezca, donde el individualismo está a la orden del día y el ciudadano deviene cosmopolita.

Con diferencia, el único filósofo de la antigüedad que ha engendrado a partir de su apelativo un epíteto de fama equivalente a otros grandes autores posteriores –pienso en «dantesco» o «kafkiano»– es el famoso Epicuro, cuyo nombre que ha devenido un adjetivo de no siempre buena fama, sino más bien denostado en la tradición, sobre todo cristiana, que ha visto en el sabio de Samos una especie de epítome del hedonista sin escrúpulos que se da al vino y a los placeres de la carne. 

Nada más lejos de la realidad.

«Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín, ¿qué más necesita un hombre para ser feliz?», dijo Einstein

¿Quiere usted ser feliz? No puede tenerlo más fácil. Basta con leer a un hombre que vivió en Atenas entre los siglos III y IV a. C., llamado Epicuro, del que se dice que escribió trescientos libros, aunque no se haya conservado ninguno, y cuyo pensamiento nos ha llegado gracias a la obra-homenaje de Lucrecio «De rerum natura», varias cartas del propio pensador sobre física, ética y astronomía, entre otros asuntos, y cuarenta máximas transcritas por Diógenes Laercio. Y es que es feliz quien, por así decirlo, tiene suficiente voluntad para lograrlo. Por eso un epicúreo de pro, el emperador Marco Aurelio, dijo: «Muy poco se necesita para hacer una vida feliz, todo está dentro de ti mismo, en tu forma de pensar». Problema solucionado.

Bien, tal vez no sea tan fácil después de todo. Las continuas y abundantes novedades en las librerías de libros de autoayuda, vida sana, saber cómo ser padres y demás asuntos sobre cómo estar a gusto con uno mismo y el entorno atestiguan la ansiedad del ser humano a la hora de alcanzar una cosa que hasta Epicuro ni se planteaba –la meta de vivir es ser feliz– y que aparece como legítima aspiración individual, desde el punto de vista gubernamental, de la mano de Thomas Jefferson, en la Declaración de Independencia americana.

De todo esto y mucho más hablan tres de nuestros pensadores más sabios y divulgativos: Carlos García Gual, Javier Gomá y Fernando Savater, reunidos en un libro cuyo origen, cuentan los editores de Ariel, «se encuentra en la conferencia “Filosofía de la felicidad” que fueron invitados a dar en el marco de “La noche de los libros” organizada por la Comunidad de Madrid». A esa charla informal del trío, que configura la primera parte del volumen, titulada «Epicuro y tres más», se le ha añadido la transcripción de conversaciones individuales, y un compendio de citas de personalidades de la cultura y la política que versan sobre cómo ser feliz.

Una de ellas iría en la línea de Epicuro: «Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias», según Locke. Otra tendría el humor más guasón: «Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…», como dijo Groucho Marx. Una mezclará sagacidad intelectual y fondo coloquial: «Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una», en palabras de Voltaire. Y en otros casos el sentido común claro y bello se resumiría en unas pocas palabras, como en el caso de Gandhi: «La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía».

Los placeres en calma

Así, Epicuro es el hilo conductor de este libro, erudito y ameno, para todo tipo de lectores, en el que cada autor reflexiona sobre el legado del filósofo ateniense desde diferentes perspectivas. «Ningún otro pensador ha reflexionado con tanta intensidad y dedicación sobre este tema», afirma Savater, que advierte enseguida que la mirada epicúrea es lo contrario a almacenar bienes, aspirar al poder o alcanzar gloria: «La felicidad no es expansionista, se alcanza mediante un proceso de reducción, en ningún caso de ampliación.

Nunca es la meta final de una serie inacabable de triunfos y consecuciones». Serían los deseos innecesarios, los prescindibles y no naturales y fundamentales para la vida, los que precipitaron la imaginación, esto es, desear más por mucho que se tenga. El «nunca es suficiente» en el que la sociedad actual está encaminada, explica Savater, sería «una cosa de locos» para Epicuro. Éste «opone un liberador: “¡Ya está!”. Este “ya está” es lo que de verdad le parece beneficioso y placentero. Ésa es la felicidad, la ausencia de apuros y molestias».

Y es que para Epicuro es la busca del placer la clave de la felicidad, pero con un matiz interesante: «Epicuro valora los placeres en reposo, valora el placer que viene después de la satisfacción del deseo. Mientras que nosotros, por el contrario, tenemos una concepción y una perspectiva activas del placer: lo placentero es la actividad con la que saciamos el deseo», aclara el autor vasco.

O sea, el placer es sentir lo bien que se ha comido, no el comer; «el placer se desprende cuando la necesidad nos ha dejado de incordiar. Uno disfruta cuando se calma el acicate del hambre, cuando se pasa el sufrimiento de la sed, cuando resolvemos ese problema, cuando ya pasó, y podemos charlar o pensar tranquilamente». Un estado para el cual los filósofos helenos tenían un término concreto: «ataraxia», que en palabras de García Gual sería «el placer derivado de la ausencia de preocupaciones que constituye la cúspide de la felicidad».

Epicuro y los amigos con los que compartía reflexiones y comida en el llamado Jardín, una suerte de academia que, al contrario que el resto de escuelas, aceptaba a mujeres y esclavos, estaban, eso sí, en un contexto de tiranía política por guerras y caudillos violentos que hacía que el aislamiento social fuera prioritario para alcanzar la tranquilidad de ánimo.

Una terapia, más que una filosofía

La actitud de Epicuro, vistas las circunstancias, siguiendo con García Gual, «es la de un hombre acosado que considera imprescindible, para embarcarse en la búsqueda de la felicidad, rechazar las ansias irracionales de protagonismo político y de poder.

Y ofrece como alternativa un retiro seguro en el mundo interior». Algo casi impensable hoy día, cuando la política lo empapa todo. De ahí que Javier Gomá se atreva a criticar a Epicuro, al que no considera «un auténtico filósofo. Su doctrina sobre la felicidad no vale como filosofía. Vale como terapia, que es algo enteramente distinto»; terapia para uno mismo sin filosofía de vida en sociedad, por tanto.

Y añade algo que va en sintonía con aceptar algo tan inherente al ser humano como la capacidad de desear: «Mi preferencia estaría no tanto en eliminar los deseos como en educarlos». De este modo, propone que miremos nuestra época con su correspondiente «ética de la dignidad y no una ética fundada en la felicidad». Pensamiento paralelo al de Savater, que se decanta por el concepto de alegría, más frecuente y voluntarioso, que por el de la peregrina y voluble felicidad.

«Si tuviese que dar una definición de felicidad –se aventura Gomá– sería ésta: feliz es quien no tiene deudas con la vida», y el sentido de la vida sería la busca de saber vivir cada etapa concreta –infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad–, pues la infelicidad sería «la sensación de que cada una de las etapas de la vida está incumpliendo sus promesas».

Dicho de otro modo, lo ideal sería sentirse realizado como persona, como se suele decir, y eso pese a esas apetencias que los epicúreos trataban de rechazar y que al pensador le despiertan cierto reproche por su tono de moderación, por su trasfondo de resignación. «¿Qué hacemos entonces con el exceso, con el éxtasis, con la embriaguez, con el deseo? –dice–. ¿Dónde dejamos la ebriedad de vivir?». Una ebriedad que, a menudo, estalla sin ni siquiera sentir la mera posesión sino –y aquí entra la fértil imaginación– la idea de la expectativa, que a veces ya nos hace felices de por sí.

Pero, ¿nos importa hoy Epicuro? En el mundo hispanohablante es mérito de la pionera monografía que le dedicó Carlos García Gual en Alianza (1981) –y más recientemente en «El sabio camino hacia la felicidad» (Ariel)– haber rehabilitado esta filosofía en nuestros pagos.

Y es que el mundo de Epicuro es muy parecido al nuestro, donde el individualismo está a la orden del día en una ecúmene globalizada y ya sin fronteras locales, interconectada y, seguramente, saturada de información donde, de repente, hay una gran extensión que es el orbe entero y el ciudadano deviene cosmopolita. Las grandes preguntas del individuo en este anchuroso mundo, sin certezas ni seguridad, es lo que hace al epicureísmo una filosofía tremendamente actual. Epicuro, en su carta a Meneceo, magníficamente traducida por Jorge Cano, habla sobre la felicidad a nuestro alcance y la necesidad de entender lo absurdo de nuestros miedos.

Entre el placer y el dolor

La filosofía epicúrea nace con una vocación liberadora frente a lo que se consideran errores tradicionales que nos esclavizan: el temor a los dioses, el miedo a la muerte, el ansia por placeres equivocados y la aversión al dolor que no es tal. Para Epicuro, lo que percibimos por vía sensorial es nuestra única fuente de conocimiento, como sucedía con Aristóteles, por lo que hay que entender la naturaleza y sus componentes por medio de indicios y razonamientos.

El mundo se explica a partir de un atomismo en el que no hay intervención divina, con un universo regido por la casualidad. Por ello, resulta atractiva su filosofía hoy, lejos de abstractas especulaciones y centrada especialmente en aspectos prácticos y en la consecución de la felicidad mediante el bien vivir («eu zen»).

La sabia compensación entre placeres y dolores en la vida nos debe guiar en pos de la felicidad y la autonomía, hacia un conocimiento libre y verdadero frente a las falsas concepciones de la tradición. No eran los epicúreos unos hedonistas sin sentido en busca de placeres físicos, sino más bien liberadores del ser humano mediante el intelecto y el equilibrio perfecto de cuerpo y alma en el auténtico goce de la imperturbabilidad y la serenidad.

El énfasis en ser feliz, en simbiosis con el entorno, actualiza enormemente el epicureísmo en un mundo como el de hoy, con fuerte tendencia a la individualidad y que intenta encontrar una vía ética y metafísica hacia el propio bienestar. Esto lo ha visto Catherine Wilson en su reciente libro “cómo ser un epicúreo” (Ariel), que pone de relieve la vigencia de esta filosofía para el hombre de hoy.

En la era pandémica, cobra relieve la guía epicúrea contra el miedo a la muerte: esta es solo una disolución de los elementos que casualmente habían compuesto cuerpo y alma. El epicureísmo explica la extinción como una disgregación ajena a nosotros y propone liberarse de la angustia de la religión hasta ser felices como dioses, sin anhelar la eternidad.

Sus razonamientos contra todo miedo, simples pero poderosos, con vistas a la felicidad, nos llegaron también por la poesía clásica de dos grandes autores romanos como Lucrecio y Horacio. Si el primero nos iluminó con su atomismo libérrimo, mítico, escéptico e ilustrado, que funda el mundo moderno con su redescubrimiento en el Humanismo, el segundo es clave con su idea del «carpe diem» y la «aurea mediocritas», transmitidas en sus inmortales «Odas». Nos llega hondo la poesía de Horacio, que anima a seguirle como uno más en la «piara» de Epicuro, en una vida sencilla, consciente, plena, normal y feliz. Otros célebres seguidores del epicureísmo en la antigüedad, que merecen ser recordados como guías de excepción en el mundo actual, fueron Filodemo de Gádara y Diógenes de Enoanda.

FUENTE: LA RAZÓN – David Hernández de la Fuente Filosofía/Cultura/Grecia/Historia antigua 

Zygmunt Bauman sobre la ética del trabajo y la estética del consumo.

El sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío Zygmunt Bauman, fallecido en 2017 a los 91 años de edad, se había convertido durante las últimas décadas en algo parecido a una estrella pop de la sociología. Le requerían en debates por todo el mundo. E incluso en festivales de música y cultura alternativa dirigidos a los más jóvenes. Y él acudía.

Era un sociólogo de referencia, el que había acuñado los conceptos de modernidad líquida, sociedad líquida o amor líquido para definir el actual momento de la historia en el que las realidades sólidas de nuestros abuelos, como el trabajo y el matrimonio para toda la vida, se han desvanecido. Y han dado paso a un mundo más precario, provisional, ansioso de novedades y, con frecuencia, agotador. Un mundo que Bauman supo explicar como pocos.

Texto del sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico Zygmunt Bauman, publicado en su libro “Work, Consumerism and the New Poor“.

Por Zygmunt Bauman 

La nuestra es una sociedad de consumidores.

Todos sabemos, a grandes rasgos, qué significa ser «consumidor»: usar las cosas, comerlas, vestirse con ellas, utilizarlas para jugar y, en general, satisfacer —a través de ellas— nuestras necesidades y deseos. Puesto que el dinero (en la mayoría de los casos y en casi todo el mundo) «media» entre el deseo y su satisfacción, ser consumidor también significa —y este es su significado habitual— apropiarse de las cosas destinadas al consumo: comprarlas, pagar por ellas y de este modo convertirlas en algo de nuestra exclusiva propiedad, impidiendo que los otros las usen sin nuestro consentimiento.

Consumir significa, también, destruir. A medida que las consumimos, las cosas dejan de existir, literal o espiritualmente, A veces, se las «agota» hasta su aniquilación total (como cuando comemos algo o gastamos la ropa); otras, se las despoja de su encanto hasta que dejan de despertar nuestros deseos y pierden la capacidad de satisfacer nuestros apetitos: un juguete con el que hemos jugado muchas veces, o un disco que hemos escuchado demasiado. Esas cosas ya dejan de ser aptas para el consumo.

Esto es ser consumidor; pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de una sociedad de consumo? ¿Qué tiene de específico esto de formar parte de una comunidad de consumidores? Y además, ¿no son sociedades de consumo, en mayor o menor medida, todas las comunidades humanas conocidas hasta ahora? 

Las características apuntadas en el párrafo anterior —salvo, quizás, la necesidad de entregar dinero a cambio de los objetos que vamos a consumir— se encuentran en cualquier tipo de sociedad. Desde luego, las cosas que consideramos en condiciones de ser consumidas, así como el modo como lo hacemos, varían de época en época y de un lugar a otro; pero nadie, en ningún tiempo o lugar, pudo sobrevivir sin consumir algo.

Por eso, cuando decimos que la nuestra es una sociedad de consumo debemos considerar algo más que el hecho trivial, común y poco diferenciador, de que todos consumimos. 

La nuestra es «una comunidad de consumidores» en el mismo sentido en que la sociedad de nuestros abuelos (la moderna sociedad que vio nacer a la industria y que hemos descrito en el capítulo anterior) merecía el nombre de «sociedad de productores». 

Aunque la humanidad venga produciendo desde la lejana prehistoria y vaya a hacerlo siempre, la razón para llamar «comunidad de productores» a la primera forma de la sociedad moderna se basa en el hecho de que sus miembros se dedicaron principalmente a la producción; el modo como tal sociedad formaba a sus integrantes estaba determinado por la necesidad de desempeñar el papel de productores, y la norma impuesta a sus miembros era la de adquirir la capacidad y la voluntad de producir. En su etapa presente de modernidad tardía —esta segunda modernidad, o posmodernidad—, la sociedad humana impone a sus miembros (otra vez, principalmente) la obligación de ser consumidores. 

La forma en que esta sociedad moldea a sus integrantes está regida, ante todo y en primer lugar, por la necesidad de desempeñar ese papel; la norma que les impone, la de tener capacidad y voluntad de consumir.

Pero el paso que va de una sociedad a otra no es tajante; no todos los integrantes de la comunidad tuvieron que abandonar un papel para asumir otro. Ninguna de las dos sociedades mencionadas pudo haberse sostenido sin que algunos de sus miembros, al menos, tuvieran a su cargo la producción de cosas para ser consumidas; todos ellos, por supuesto, también consumen. 

La diferencia reside en el énfasis que se ponga en cada sociedad; ese cambio de énfasis marca una enorme diferencia casi en todos los aspectos de esa sociedad, en su cultura y en el destino individual de cada uno de sus miembros. Las diferencias son tan profundas y universales que justifican plenamente el hablar de la sociedad actual como de una comunidad totalmente diferente de la anterior: una sociedad de consumo.

El paso de aquella sociedad de productores a esta del consumo significó múltiples y profundos cambios; el primero es, probablemente, el modo como se prepara y educa a la gente para satisfacer las condiciones impuestas por su identidad social (es decir, la forma en que se «integra» a hombres y mujeres al nuevo orden para adjudicarse un lugar en él). 

Las clásicas instituciones que moldeaban individuos — las instituciones panópticas, que resultaron fundamentales en la primera etapa de la sociedad industrial— cayeron en desuso. 

Con la rápida disminución de los empleos, con el reemplazo del servicio militar obligatorio por ejércitos pequeños integrados por profesionales voluntarios, es difícil que el grueso de la población reciba la influencia de aquellas instituciones. 

El progreso tecnológico llegó al punto en que la productividad crece en forma inversamente proporcional a la disminución de los empleos. Ahora se reduce el número de obreros industriales; el nuevo principio de la modernización es el downsizing [el «achicamiento» o reducción de personal].

Según los cálculos de Martin Wolf, director del Financial Times, la gente empleada en la industria se redujo en los países de la Comunidad Europea, entre 1970 y 1994, de un 30 a un 20%, y de un 28 a un 16% en los Estados Unidos. Durante el mismo período, la productividad industrial aumentó, en promedio, un 2,5% anual.

El tipo de entrenamiento en que las instituciones panópticas (*) se destacaron no sirve para la formación de nuevos consumidores. Aquellas moldeaban a la gente para un comportamiento rutinario y monótono, y lo lograban limitando o eliminando por completo toda posibilidad de elección; sin embargo, la ausencia de rutina y un estado de elección permanente constituyen las virtudes esenciales y los requisitos indispensables para convertirse en auténtico consumidor. 

(*) Instituciones panópticas: Es un tipo de organización que tiene como fin ejercer la disciplina; se trata de los nuevos mecanismos de vigilancia para la canalización productora y auto coaccionadora​ de la conducta social programada.

Por eso, además de ver reducido su papel en el mundo posindustrial posterior al servicio militar obligatorio, el adiestramiento blindado por las instituciones panópticas resulta inconciliable con una sociedad de consumo. El temperamento y las actitudes de vida moldeadas por ellas son contraproducentes para la creación de nuevos consumidores. 

Idealmente, los hábitos adquiridos deberán descansar sobre los hombros de los consumidores, del mismo modo que las vocaciones inspiradas en la religión o en la ética (así como las apasionadas ambiciones de otros tiempos) se apoyaron —tal como dijo Max Weber repitiendo palabras de Baxter— sobre los hombros del santo protestante: «como un manto liviano, listo para ser arrojado a un lado en cualquier momento ». 

Es que los hábitos son dejados de lado a la primera oportunidad y nunca llegan a alcanzar la solidez de los barrotes de una jaula. En forma ideal, por eso, un consumidor no debería aferrarse a nada, no debería comprometerse con nada, jamás debería considerar satisfecha una necesidad y ni uno solo de sus deseos podría ser considerado el último. 

A cualquier juramento de lealtad o compromiso se debería agregar esta condición: «Hasta nuevo aviso». En adelante, importará sólo la fugacidad y el carácter provisional de todo compromiso, que no durará más que el tiempo necesario para consumir el objeto del deseo (o para hacer desaparecer el deseo del objeto). Toda forma de consumo lleva su tiempo: esta es la maldición que arrastra nuestra sociedad de consumidores y la principal fuente de preocupación para quienes comercian con bienes de consumo.

zygmunt bauman etica del trabajo filosofia 2Fotografía vía GQ México.

La satisfacción del consumidor debería ser instantánea en un doble sentido: los bienes consumidos deberían satisfacer de forma inmediata, sin imponer demoras, aprendizajes o prolongadas preparaciones; pero esa satisfacción debería terminar en el preciso momento en que concluye el tiempo necesario para el consumo, tiempo que debería reducirse a su vez a su mínima expresión. 

La mejor manera de lograr esta reducción es cuando los consumidores no pueden mantener su atención en un objeto, ni focalizar sus deseos por demasiado tiempo; cuando son impacientes, impetuosos e inquietos y, sobre todo, fáciles de entusiasmar e igualmente inclinados a perder su interés en las cosas. Cuando el deseo es apartado de la espera, y la espera se separa del deseo, la capacidad de consumo puede extenderse mucho más allá de los límites impuestos por las necesidades naturales o adquiridas, o por la duración misma de los objetos del deseo. 

La relación tradicional entre las necesidades y su satisfacción queda entonces revertida: la promesa y la esperanza de satisfacción preceden a la necesidad y son siempre mayores que la necesidad preexistente, aunque no tanto que impidan desear los productos ofrecidos por aquella promesa. 

En realidad, la promesa resultará mucho más atractiva cuanto menos conocida resulte la necesidad en cuestión: vivir una experiencia que estaba disponible, y de la cual hasta se ignoraba su existencia, es siempre más seductor. 

El entusiasmo provocado por la sensación novedosa y sin precedentes constituye el meollo en el proceso del consumo. Como dicen Mark C. Taylor y Esa Saarinen, «el deseo no desea la satisfacción. Por el contrario, el deseo desea el deseo »; en todo caso, así funciona el deseo de un consumidor ideal. La perspectiva de que el deseo se disipe y nada parezca estar en condiciones de resucitar, o el panorama de un mundo en el que nada sea digno de ser deseado, conforman la más siniestra pesadilla del consumidor ideal. 

Para aumentar su capacidad de consumo, no se debe dar descanso a los consumidores. Es necesario exponerlos siempre a nuevas tentaciones manteniéndolos en un estado de ebullición continua, de permanente excitación y, en verdad, de sospecha y recelo. Los anzuelos para captar la atención deben confirmar la sospecha y disipar todo recelo: «¿Crees haberlo visto todo? ¡Pues no viste nada todavía!».

A menudo se dice que el mercado de consumo seduce a los consumidores. Para hacerlo, ha de contar con consumidores dispuestos a ser seducidos y con ganas de serlo (así como el patrón, para dirigir a sus obreros, necesitaba trabajadores con hábitos de disciplina y obediencia firmemente arraigados).

En una sociedad de consumo bien engrasada, los consumidores buscan activamente la seducción. Van de una atracción a otra, pasan de tentación en tentación, dejan un anzuelo para picar en otro.

Cada nueva atracción, tentación o carnada es, en cierto modo, diferente —y quizá más fuerte— que la anterior. Algo parecido, aunque también diferente, a lo que sucedía con sus antepasados productores: su vida era pasar de una vuelta de cinta transportadora a otra vuelta exactamente igual a la anterior.

Para los consumidores maduros y expertos, actuar de ese modo es una compulsión, una obligación impuesta; sin embargo, esa «obligación» internalizada, esa imposibilidad de vivir su propia vida de cualquier otra forma posible, se les presenta como un libre ejercicio de voluntad. 

El mercado puede haberlos preparado para ser consumidores al impedirles desoír las tentaciones ofrecidas; pero en cada nueva visita al mercado tendrán, otra vez, la entera sensación de que son ellos quienes mandan, juzgan, critican y eligen. Después de todo, entre las infinitas alternativas que se les ofrecen no le deben fidelidad a ninguna. Pero lo que no pueden es rehusarse a elegir entre ellas. Los caminos para llegar a la propia identidad, a ocupar un lugar en la sociedad humana y a vivir una vida que se reconozca como significativa exigen visitas diarias al mercado.

En la etapa industrial de la modernidad había un hecho incuestionable: antes que cualquier otra cosa, todos debían ser ante todo productores, En esta «segunda modernidad», en esta modernidad de consumidores, la primera e imperiosa obligación es ser consumidor; después, pensar en convertirse en cualquier otra cosa.

FUENTE: Por Zygmunt Bauman -CULTURA INQUIETA – Pensamiento – vía Blog Hemia – Por Juan Perrolobo

Gilles Lipovetsky sobre el vacío de sentimiento en la sociedad-supermercado.

Las mujeres ya no se enamoran: El vacío de sentimiento en la sociedad-supermercado. Un artículo de opinión de Galo Abrain sobre la figura del filósofo francés Gilles Lipovetsky (nacido en 1944) y su Era del vacío.

Iñaki Piñuel en su reciente libro Mi jefe es un psicópata, sitúa entre un 10% y un 13% el número de psicopáticas y narcisos que pueblan este pecaminoso planeta, y advierte de su peligro. 

En general, estos dos títulos no suelen, ni han sido, objeto de alabanzas. Más bien al contrario, ser un narcisista descerebrado, ansioso por ver resueltos exclusivamente tus intereses sin prestar atención a los demás, es una cláusula privilegiada para que a uno lo tilden de gilipollas, y lo vuelquen como el estiércol en un silo de compost hasta que madure.

Empero, es difícil estar de acuerdo con Iñaki en dos cosas, la primera, en el porcentaje, que seguramente debería de engordarse como un zampabollos que sufre de tiroides aguda, y la segunda, que estos narcisistas sean desechados de la palestra social frente a su “miraombligista” actitud de masturbadores emocionales compulsivos. 

Nada de eso… Los narcisistas están más de moda que Andy Warhol paseándose por La Fábrica con su snob amaneramiento, soñando con plátanos metidos hasta el fondo de botes de sopa. Las redes sin duda son claves en este hecho, la constante exhibición de uno mismo empuja a pensar únicamente en cómo nos vemos, para que los demás nos vean de igual forma, pero esto ya viene de antes…

Aquí es donde el distinguido lector resolverá sus dudas respecto al título de este artículo, al que seguro todavía no le encuentra demasiado sentido. El imperante narcisismo de la sociedad liberal, entronizada en occidente desde el triunfo de los progresismos en los años setenta, ha hecho que todo se viva con el interés exclusivo de reafirmar los objetivos propios (cómo si pudieran serlo realmente) y la satisfacción de los impulsos (tiempo ha dominados antes por los ideales del mercado, que por la sanguinaria desinhibición freudiana de las normas sociales). 

Esto, huelga decir, es algo muy narcisista, aunque habrá muchos que se reafirmen simiescos en la libertad de oportunidades, el placer de la elección y el triunfo de la autodeterminación… Ah, Ah, Ah… Niet, ¡nein!, cómo decía el camarada Lipovetsky eso sólo corresponde a una Era, la del vacío, donde la acumulación de experiencias, el consumo constante de cuerpos, ocio y goce han alejado a la humanidad de lo perdurable, lo duradero, lo real, de aquello que nos acompaña en la vida como algo más que una anécdota fardona.

¡Eh aquí donde nace una idea! Los hombres, atávicos dominadores de la raza y el juicio, fueron el objeto predilecto de esta Era vacía en lo referente a las relaciones sexuales. 

La desarticulación de los valores tradicionales, principalmente familiares, favoreció el nacimiento de toda una casta de machos destinados a acumular féminas como cochecitos de juguete en la estantería. 

Véase en la cultura pop un Barney Stinson, o en la realidad un Charlie Sheen. Este paradigma de la acumulación, y el disfrute efímero y casto de profundidad, ha sido el referente de la masculinidad desde hace lustros, y aún hoy lo sigue siendo aunque… uhm, con mayor timidez. 

Ahora, desvirgando el prometedor siglo veintiuno, y en plena cuarta ola feminista, el papel de la mujer en este juego debía cambiar. Históricamente degradada a sus funciones maritales, las féminas de la especie occidental decidieron en cierto momento que ellas también debían tener derecho a componer la carta del menú, dotada de rayos exóticos donde la diversificación de la oferta venía sazonada por la sustitución de la sujeción uniforme ante la libre elección y la realización de los deseos. 

En otras palabras, las mujeres no quisieron quedarse atrás, y apostaron por su derecho a convertirse ellas también en unas consumidoras activas de parejas y sexo, legitimando así su olvido del amor, el enamoramiento y la raíz de la existencia más allá de lo fugaz.

Este giro de los acontecimientos resulta del todo lógico, lejos de este infiel pensador criticar ese empoderamiento como algo ilegítimo, pero sí que resulta frustrante en un aspecto. 

La Era del vacío; esa configuración lipovetskyana, es un fangoso territorio en donde la vida se ha metamorfoseado en un infinito supermercado; se compra todo aquello que se desee con el objetivo de autosatisfacerse, mientras se tengan las herramientas para ello. 

En el terreno de lo sexual, qué duda cabe que estar en lo alto de la jerarquía física, auspiciado además por la juventud y el dinero, son claves para una efectiva acumulación. Esto principalmente, cómo podemos ver en el referente Stinson, es sine qua non a lo masculino, mientras que en lo femenino se reduce a una alta carga erótica y sexual, herencia por su puesto de un modelo en donde las mujeres han sido objetos de deseo, antes que cerebros bípedos. 

Véase Tinder, o cualquier aplicación, que si bien son eficaces en su disposición a conocer gente nueva, están diseñadas cómo si eligiéramos el menú del almuerzo por más que estemos hablando de seres humanos.

el vacio de sentimiento en la sociedad supermercado galo abrain filosofia 2

¡Y aquí arriba la magia! El feminismo ha logrado convencernos, con total acierto debo decir, que el prototipo de macho man follatore, ¡miembro de oro!, es un espécimen caduco, superficial, vacío de contenido y al que hay que procurar alejar, pero, paradójicamente, ha encontrado en la reafirmación de la libertad sexual femenina un pilar de emancipación y desafío por parte de la mujer a la sociedad. 

Es decir, ha luchado por convertir la figura de la «Era vacía» masculina en un monigote ridículo (aunque por supuesto todavía muy eficaz, sobre todo para mentes débiles), pero ha hecho de la figura femenina una piedra angular de la liberación. Una feminidad tan vacía como la masculina, que se ve además arropada por la imparable ola de la corrección política, lugar en el que algunos resaltos del feminismo se han instalado cómodamente.

Las mujeres ya no se enamoran, y si lo hacen, se arrepienten de ello con rapidez ante el desfile de experiencias y cuerpos que las arropa hasta el séptimo cielo de su realización, antes erróneamente cercada al cuidado del hogar, y ahora precariamente limitada a la creencia de su individualidad como herramienta de su felicidad. 

El género masculino, usualmente de razonamiento más vulgar y cortito, también practica este libertinaje transparente sin durabilidad, serenidad, ni profundidad en los sentimientos, pero, por suerte, esa forma frívola y vacía de vivir se le está presentando cada vez más como una patética excusa de reafirmación testosterónica.

Buceando de lleno en el mercado, en la mentalidad consumista que tantos bolsillos llena de poder, el narcisismo es el As en la manga mejor ejecutado de la deidad que nos gobierna. 

Creer en la libertad de oportunidades como el núcleo de la comodidad, es un afilado sendero vestido de Versace y perfumado con Chanel, que nos lleva a la soledad, y a una picante incomodidad asentada en la nuca que nos recuerda que aunque nuestra cama esté poblada por diversidad de olores y sabores, nuestra estantería preñada de cachivaches que nos recuerden lo maravillosos que somos y las redes, nuestra segunda vida, sean la representación de lo que desearíamos ser en cada momento para envidia y goce de los demás, nos faltará algo… seguiremos, patéticamente orgullosos de nuestro individualismo y vacunados frente a la elevada paz de la austeridad, irremediablemente vacíos.

FUENTE: CULTURA INQUIETA – Por Galo Abrain

Gilles Lipovetsky – Filosofía – Consumo – Capitalismo – Sociedad

EL CONQUISTADOR DE ITALIA.

     César Borgia y su incansable búsqueda de la gloria

Este señor es realmente espléndido y magnífico, y en la guerra no hay empresa grande que a él no le parezca pequeña

             Hijo del papa Alejandro VI, fue nombrado arzobispo y luego cardenal con apenas 

             veinte años. Pero su verdadera vocación era la guerra, y con la ayuda de su padre 

             intentó crear un Estado propio en el centro de Italia, sirviéndose de la fuerza y del 

             engaño en la noche del 24 de junio de 1502, dos hombres son conducidos por los 

             pasillos del palacio ducal de Urbino. No han tenido tiempo de recuperar aún el aliento 

             después de un largo viaje desde Florencia, cuando su anfitrión ya ordena que sean 

             llevados a su presencia. El edificio está casi desierto. El ruido de las puertas que se 

             abren y cierran a su paso, es el único compañero en la oscuridad que los rodea. 

             Finalmente, el prudente obispo Soderini y el astuto embajador Maquiavelo llegan 

             al salón donde les espera el nuevo señor de la ciudad. La luz tenue de una vela 

             ilumina ligeramente la prominente figura de su anfitrión, aquel que tiene en vilo a toda 

             Italia y «temblando en cuerpo y alma» a Florencia. 

             Por fin tienen delante al temible César Borgia.

PALACIO DE URBINO. EL DUQUE DE URBINO, PERDIÓ SUS DOMINIOS EN 1502 A MANOS DE CÉSAR BORGIA, QUIEN SAQUEÓ LA CIUDAD Y CONFISCÓ MUCHAS DE SUS RIQUEZAS ARTÍSTICAS. EL DUQUE RECUPERÓ SU CIUDAD AL AÑO SIGUIENTE.

Palacio de Urbino. El duque de Urbino, perdió sus dominios en 1502 a manos de César Borgia, quien saqueó la ciudad y confiscó muchas de sus riquezas artísticas. El duque recuperó su ciudad al año  siguiente.

Foto: JOHANNA HUBER / FOTOTECA 9X12.

Después del encuentro, en una carta a la Signoria de Florencia, Maquiavelo confesó la fuerte impresión que le había causado Borgia: «Este señor es realmente espléndido y magnífico, y en la guerra no hay empresa grande que a él no le parezca pequeña; en la búsqueda de gloria y territorio es incansable y no conoce el miedo ni la fatiga. Todo esto hace que sea victorioso y temible, sobre todo en vista de su constante buena fortuna». Años después, César será el modelo escogido por Maquiavelo para su célebre libro, El Príncipe, en el que Borgia aparece como alguien «capaz de conseguir todo lo que se proponga» y hacerlo a cualquier precio; siempre, eso sí, que la buena fortuna lo acompañe.

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Tras la muerte de su hermano Juan, César Borgia fue el destinado a llevar a término la gran ambición de su padre, Alejandro VI, el papa Borgia: conquistar en Italia un reino temporal para su familia. Tras intentarlo primero en Nápoles, finalmente ambos pusieron sus miras en el corazón mismo de los Estados Pontificios, concretamente en la región de la Romaña, que debería convertirse en un ducado independiente gobernado por César en persona. Para ello era necesario someter a los numerosos señores establecidos en la zona, que se comportaban como pequeños tiranos y hacían poco caso de la autoridad pontificia.

Los enemigos de los Borgia propagaron rumores sobre una relación incestuosa de César Borgia con su hermana Lucrecia, que habría llevado incluso al asesinato del marido de ésta. Abajo, supuesto retrato de Lucrecia por B. Veneto. Siglo XVI.

LOS ENEMIGOS DE LOS BORGIA PROPAGARON RUMORES SOBRE UNA RELACIÓN INCESTUOSA DE CÉSAR BORGIA CON SU HERMANA LUCRECIA, QUE HABRÍA LLEVADO INCLUSO AL ASESINATO DEL MARIDO DE ÉSTA. ABAJO, SUPUESTO RETRATO DE LUCRECIA POR B. VENETO. SIGLO XVI.

Foto: AKG / Album

La oportunidad llegó en 1499, cuando un ejército francés, comandado por el propio rey Luis XII, cruzó los Alpes y conquistó el ducado de Milán, reivindicado por el monarca galo como herencia familiar. César Borgia, que había acudido a la corte de Francia al frente de una fastuosa embajada papal, participó con sus tropas en esa campaña. Sin embargo, tenía en mente sus propias ambiciones.

Tras la caída de Milán, el Valentino (llamado así por el título de duque de Valentinois que le concedió Luis XII) enfiló hacia Roma con 6.000 soldados, 1.800 jinetes y un equipo de artillería de asedio en el que destacaban los temibles cañones franceses, de gran calibre. En su camino por la vía Emilia, que atraviesa la Romaña, César atacó de improviso y conquistó Imola y Forlì, gobernadas por la astuta Caterina Sforza, muy debilitada por la reciente expulsión de Milán de su tío Ludovico. Era el principio de su conquista de Romaña.

En mayo de 1501, el papa Alejandro VI concedió a César el título de duque de la Romaña «en su propio nombre»

Unos meses después, en otoño de 1500, César Borgia ya tenía preparadas sus huestes para una segunda campaña que consolidara su dominio en la región. Acompañado por algunos condotieros o señores de la guerra –como los hermanos Orsini, Liverotto da Fermo o Vitellozzo Vitelli–, Borgia salió de Roma en octubre al mando de un poderoso ejército. Pesaro y Faenza cayeron sin ofrecer apenas resistencia, mientras Bolonia y Florencia fueron igualmente asediadas, pero no tomadas pues estaban bajo la protección de Francia. El Valentino tenía ahora a casi toda la Romaña bajo su control. En mayo de 1501, el papa Alejandro VI concedió a César el título de duque de la Romaña «en su propio nombre», convirtiendo de un plumazo ese territorio en patrimonio hereditario de la familia Borgia.

LA BUENA ESTRELLA DEL VALENTINO

Faltaba, sin embargo, consolidar del todo el dominio sobre la Romaña, y para ello en junio de 1502 César emprendió una nueva expedición desde Roma. Al pasar cerca de Urbino mandó una carta al duque de esta ciudad, Guidobaldo de Montefeltro, a fin de que le permitiera atravesar sus dominios y le enviará también tropas para capturar una pequeña población en la zona. 

El mensaje disipó los temores de Guidobaldo, que le devolvió la cortesía y se marchó por la noche a una reunión con sus amigos en el campo próximo a Urbino. El duque de Urbino, un hombre de 30 años, enfermizo y sin experiencia militar, había mordido el anzuelo.

César Borgia cambió su ruta de improviso y dirigió sus fuerzas a la desprotegida Urbino, ciudad que tomó sin apenas resistencia, para entregarla luego al saqueo de sus soldados. 

La República florentina también se había sentido amenazada por el avance de César Borgia, y fue por ello por lo que envió a su encuentro a los embajadores Soderini y Maquiavelo. Nada más llegar a Urbino, pocos días después de la caída de la ciudad, recibieron del victorioso príncipe una nítida advertencia: «Si no me quieres como amigo, me tendréis como enemigo».

Tras la muerte de su padre, César Borgia se atrincheró con sus tropas en el castillo de Sant’Angelo, el baluarte de César. El nuevo papa, Julio II, llegó a un acuerdo con él pero lo arrestó poco después en Ostia.

TRAS LA MUERTE DE SU PADRE, CÉSAR BORGIA SE ATRINCHERÓ CON SUS TROPAS EN EL CASTILLO DE SANT’ANGELO, EL BALUARTE DE CÉSAR. EL NUEVO PAPA, JULIO II, LLEGÓ A UN ACUERDO CON ÉL PERO LO ARRESTÓ POCO DESPUÉS EN OSTIA.

Foto: Bertrand Gardel / GTres

Lo ocurrido a Guidobaldo, un príncipe de ilustre linaje, causó alarma y escándalo en las cortes italianas. Las ambiciones de César parecían no tener límite y nadie podía fiarse de su palabra. Incluso los comandantes del Valentino empezaron a preocuparse por ellos mismos. Temían que sus dominios fueran el siguiente plato en el ambicioso proyecto de César, y por ello decidieron adelantarse.

En septiembre de ese mismo año se celebró una reunión a escondidas en el castillo de la Magione, cerca de Perugia, en la que participaron los condotieros Liberotto, Vitelli y Orsini junto con representantes de los señores de Bolonia, Perugia y Siena: respectivamente, Gianpaolo Baglioni, Giovanni Bentivoglio y Pandolfo Petrucci. 

Los ánimos estaban caldeados y algunos juraron que estaban dispuestos a matar a César en cuanto tuvieran ocasión. Unos días después acordaron invadir la Romaña y acabar de una vez con el Valentino.

Gracias a su red de espías sabía de la conspiración desde hacía meses y se dispuso a desbaratarla

La posición de éste parecía desesperada. Su lugarteniente don Michele (el más temible de sus esbirros, con innumerables homicidios a sus espaldas) fue derrotado en Calmazzo y él mismo estaba acorralado en Imola, a punto de caer en manos de sus enemigos. 

Pero Borgia en ningún momento perdió la calma. Gracias a su red de espías sabía de la conspiración desde hacía meses y se dispuso a desbaratarla mediante sus características argucias. 

Estableció correspondencia con algunos conspiradores, al objeto de dividirlos, al tiempo que se procuraba el apoyo de Luis XII. Sus maniobras dieron resultado, y sus enemigos, presa de la desconfianza mutua, buscaron uno tras otro reconciliarse con el duque.

César coronó su obra con la acción quizá más famosa de su carrera.

Mostrando aparente magnanimidad, convocó a Vitelli, Liverotto y los hermanos Orsini ante la pequeña población de Senigallia, al objeto de tomar posesión de su castillo. 

Cuando se encontraron, Borgia se adelantó y abrazó como si fueran hermanos a aquellos que tres meses antes habían tramado su muerte. El único que faltaba era Liverotto, pero César mandó a un mensajero para que corriera a su encuentro. Borgia quería que entraran todos juntos en la villa, con todos los honores, para celebrar su reconciliación. Así lo hicieron, precedidos por la caballería pesada y los soldados suizos y gascones.

A pesar de que los condotieros deseaban retirarse a descansar, César les pidió cordialmente que le acompañaran al palacio señorial, pues deseaba discutir con ellos la futura estrategia. 

Al poco de empezar la reunión, César se ausentó un momento pretextando una «necesidad de la naturaleza». Apenas salió, una nube de hombres armados se abalanzó sobre los invitados y los arrestó a todos. A continuación, las tropas de Borgia desarmaron a los seguidores de Liverotto y sometieron al pueblo a un horrible saqueo. 

Maquiavelo, testigo de los hechos, escribió esa noche: «En mi opinión, mañana por la mañana estos prisioneros no estarán vivos». En efecto, pese a sus lloros y gritos, Liverotto y Vitelli fueron ejecutados mediante el garrote, al modo español. César había culminado su venganza.

Città di Castello, Fermo y Perugia, las ciudades de los señores apresados, se rindieron enseguida a Borgia, quien pocos días después emprendió el camino hacia Roma barruntando planes de futuro cada vez más grandiosos.

 «Lo que ha pasado hasta ahora no es nada comparado con lo que se planea para el futuro», confesó Alejandro VI al embajador veneciano Giustinian. Empezaba a vislumbrarse el verdadero objetivo de César, la incorporación del trono de San Pedro al patrimonio de los Borgia. 

Para ello, el duque necesitaba garantizarse aliados en Roma, pues el papa Borgia estaba enfermo y podía morir de un momento a otro.

En Roma, el inmenso poder que acumularon Alejandro VI y su hijo César les valió la inquina de poderosas familias romanas, como los Orsini o los Colonna, que fraguaron al final la caída del duque de Valentinois.EN ROMA, EL INMENSO PODER QUE ACUMULARON ALEJANDRO VI Y SU HIJO CÉSAR LES VALIÓ LA INQUINA DE PODEROSAS FAMILIAS ROMANAS, COMO LOS ORSINI O LOS COLONNA, QUE FRAGUARON AL FINAL LA CAÍDA DEL DUQUE DE VALENTINOIS.

Foto: ARNAUD CHICUREL / GTRES

LA FORTUNA LE DA LA ESPALDA

«Borgia se deja llevar por la confianza imprudente que tiene en sí mismo, hasta el punto de creer que las promesas de otros son más fiables que las suyas propias»

César lo tenía todo preparado, o eso creía. Lo que no pudo prever es que a la muerte de Alejandro VI, el 18 agosto de 1503, él también estaría postrado en cama, aquejado de los mismos dolores que habían llevado a su padre a la tumba. 

Sus enemigos aprovecharon la situación para atacar y en unos días, de su ducado romañés, tan sólo conservaba Cesena, Faenza e Imola. 

Agotado y desorientado, César respaldó el nombramiento de Giuliano della Rovere como papa Julio II a cambio de la promesa de mantener el mando de las fuerzas papales y sus posesiones en la Romaña.

Fue un error fatal, y Maquiavelo se dio cuenta enseguida: «Borgia se deja llevar por la confianza imprudente que tiene en sí mismo, hasta el punto de creer que las promesas de otros son más fiables que las suyas propias». 

En efecto, Julio II no tardó en despojar de la Romaña y ordenar su detención. César consiguió huir a Nápoles y luego a Navarra, pero el ansiado proyecto de un reino para los Borgia había fracasado. La buena fortuna había abandonado a César Borgia definitivamente.

FUENTE: Josep Palau. Doctor en Historia

¿ANTINATALISMO? ¿O un absurdo?

¿Deberíamos seguir trayendo vidas al mundo? La tesis de Peter Zapffe, el filósofo más pesimista

Este desconocido pensador noruego propuso que lo mejor que podríamos hacer por nosotros mismos y el mundo es dejar de procrear. ¿Qué queda de sus teorías hoy en día?

¿Cuál es el pensamiento más triste, trágico y terrible que te puede venir a la cabeza? 

Si hiciéramos una deducción racional, seguramente lo peor que puedes llegar a pensar es en el suicidio. El anhelo de morir puede presentarse en diversos momentos de nuestra vida, y no en todas se presenta de una manera contundente o lo suficientemente trágica como para prestarle demasiada atención. 

Cuántas veces hemos dicho “tierra trágame”. Ahí queda esa posibilidad, y de hecho para algunos filósofos existencialistas esta elección tan dramática y definitiva sobre querer seguir viviendo es lo que da verdadero sentido a nuestro paso por el mundo. Sin embargo, podríamos argumentar que hay un pensamiento aún más trágico y terrible que el suicidio, y ese es el de la extinción. 

Al fin y al cabo, no solicitamos venir a este mundo, sino que fuimos arrojados “como un perro sin un hueso”, y en un sentido muy siniestro, podemos llegar a pensar en que el hecho de seguir trayendo vidas al mundo suponga, más que una bendición, el mayor acto de crueldad que podamos cometer. 

No en vano una de las razones por las que muchas parejas no tienen hijos en la actualidad es porque no pueden permitírselo. Y más allá de consideraciones filosóficas más elevadas sobre la existencia, el ser y la muerte (sobre las que reflexionaremos más adelante), lo cierto es que la imposibilidad de ofrecer una vida digna y estable a un niño parte de una razón económica, que a su vez remite a una razón mucho más existencial: si no se pueden garantizar unas buenas condiciones materiales para esa nueva vida que viene al mundo, será mucho más difícil que esta se desarrolle como nos gustaría o que fuera feliz. 

Por tanto, si sabemos de antemano que vamos a sufrir más sabiendo que no le podemos dar todo lo que necesita o desea, lo mejor es no ceder al impulso de ser padres. “No haber nacido es lo mejor de todo; lo segundo, volver cuanto antes al lugar de donde se ha venido”, escribió Sófocles 

Recientemente, un estudio de la Comisión Europea halló que España es el segundo país europeo con el nivel de riesgo de pobreza en niños más alto, solo por detrás de Rumanía. 

Esto obviamente repercute en las bajas tasas de natalidad que a su vez contribuyen a que cada vez sea más preocupante la crisis demográfica. 

En 2019, se llegó a un mínimo histórico desde la posguerra, con un 27% de nacimientos menos que una década atras.  

Ahora bien, la poca capacidad de las familias españolas para hacer frente a los gastos de traer una nueva vida al mundo no es excusa para que en realidad no lo deseen. Simplemente, haciendo un cálculo racional, no pueden. Pero, ¿qué motivaciones (o mejor dicho, desmotivaciones) pueden fomentar el deseo de no querer traer una vida al mundo? Incluso, ¿qué razones más profundas hay para pensar que nadie en su sano juicio debería tener hijos?

Los predecesores del antinatalismo

El antinatalismo, la corriente filosófica que defiende el cese de la procreación humana universal, atraviesa todas las épocas históricas. Ya en la Antigua Grecia, el poeta Sófocles lo dejó bastante claro con el siguiente aforismo: “No haber nacido es lo mejor de todo; lo segundo, volver cuanto antes al lugar de donde se ha venido”. 

Otro ejemplo del mundo antiguo, esta vez del texto anónimo del Eclesiastés, recogido en la Biblia: “Vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violencia de los verdugos, sin tener nadie quien los castigue. Felicité a los muertos más que a los vivos. Más feliz aún que entrambos es aquel que aún no ha nacido, que no ha visto la inquina que se comete bajo el sol”. 

Para Zapffe, la consciencia humana es “una paradoja biológica, una abominación, un absurdo, una exageración de naturaleza desastrosa” En épocas más recientes, las teorías antinatalistas pueden estar comandadas por el que es uno de los filósofos más pesimistas de la historia: Arthur Schopenhauer, padre del existencialismo. 

Para él, el universo y todos los seres animados o inanimados están movidos por una fuerza única, ciega e impersonal, la voluntad. Esta es precisamente la que nos alienta de forma automática a sobrevivir y reproducirnos. Si la negamos o la obviamos, obtendremos angustia, la cual es permanente, pues es imposible satisfacer todos nuestros deseos, más aún si ni siquiera somos conscientes de todos ellos (aquí estaría la influencia que tendría en otros pensadores como Freud).

Arthur Schopenhauer, el rostro de quien no se ve capaz de soportar la carga existencial del mundo.

Arthur Schopenhauer, el rostro de quien no se ve capaz de soportar la carga existencial del mundo.

Entonces, el placer se erige en contraposición a ese sufrimiento continuo como un alivio momentáneo. Esta es precisamente la fuerza que nos impele a procrearse: el filósofo creía que si no sintiéramos placer sexual, la reproducción humana no existiría porque “tendríamos compasión por las siguientes generaciones”. 

En resumen, el placer es la trampa que nos pone la naturaleza (ciega e impersonal) para que sigamos reproduciendo; si no lo experimentamos, inmediatamente sentiríamos la “carga de la existencia” sobre nosotros.

Peter Wessel Zapffe, el Mesías de la tragedia

Otro de los grandes pensadores antinatalistas que recibe la influencia directa de Schopenhauer es Peter Wessel Zapffe, sin duda uno de los más desconocidos de esta corriente. 

Nacido en 1899 en la pequeña localidad noruega de Tromsø, escribió una única obra en la que ofrece una ingeniosa argumentación contra la procreación. ‘El último Mesías’, en su traducción española, llega a la conclusión de que el ser humano debe su existencia a una curiosa (y trágica) Paradoja: nuestra evolución cognitiva, aquella que nos otorgó el desarrollo intelectual, cultural y científico, es también la responsable de que seamos extremadamente conscientes de nuestras limitaciones, como por ejemplo la presencia siempre presente de la muerte o el hecho de sentir compasión hacia otros seres vivos.

¿Qué es el ser humano para Zapffe? “Una ruptura en la unidad misma de la vida, una paradoja biológica, una abominación, un absurdo, una exageración de naturaleza desastrosa”, según escribe en ‘El último Mesías’. 

Pensaba, en este sentido, que nuestros hermanos biológicos más inmediatos, los primates, pueden descansar tranquilos al no contar con una consciencia tan “sobre evolucionada” como la nuestra, sintiendo esta evolución cognitiva que nos hace conscientes de la muerte y del dolor en el mundo como una auténtica tragedia. 

“La vida había sobrepasado su objetivo, estallando en pedazos. Una especie había sido armada con demasiada fuerza: un espíritu que se había hecho todopoderoso sin él, pero igualmente una amenaza para su propio bienestar. Su arma era como una espada sin empuñadura ni placa, una hoja de dos filos que lo cortaba todo; pero quien la empuñe debe agarrar la hoja y girar el filo hacia sí mismo”, teoriza. 

Ante esta coyuntura tan trágica, ¿qué propone Zapffe? Cuatro formas de afrontarla a nivel individual y social en cada una de nuestras actitudes cotidianas, aunque ninguna de ellas será válida para librarnos de la carga vital que supone la consciencia. 

En primer lugar, el aislamiento, el cual consiste en obviar o restringir ciertos pensamientos o sentimientos negativos asociados a nuestra funesta existencia; en segundo lugar, el anclaje, que como su nombre indica es la tendencia a querer conectarnos con nuestra realidad familiar, laboral, religiosa… que a su vez nos sirve de defensa frente a las verdades incómodas que implica el hecho de estar vivo. La tercera forma afrontamiento es la distracción, que trata de modificar nuestro foco de atención hacia sensaciones más positivas o al menos más llevaderas para huir del sentido trágico del hombre. Y, por último, el de la sublimación, es decir, el desarrollo de un espíritu creativo o una intuición estética que provoque la catarsis entre esa consciencia vital negativa y nuestro yo más interno.

El antinatalismo hoy en día

Evidentemente, su forma de pensar es algo radical, pero no por ello menos interesante. No podemos tomarla al pie de la letra, pues nuestra especie estaría abocada a la autodestrucción. 

En la actualidad, el filósofo más importante de la corriente antinatalista es el sudafricano David Benetar, director del departamento de Filosofía de la Universidad de Ciudad del Cabo, quien escribió un libro que recupera la tradición de estas ideas y las aplica a la actualidad. “Better Never to Have Been” , que podría traducirse como “Mejor nunca haber existido”, indaga en la tragedia misma que supone el hecho mismo de nacer, tanto para nosotros como persona individual como para el planeta en el que existimos.

La pandemia nos ha hecho reflexionar sobre lo insignificantes que somos y lo vana que es nuestra sensación de poder sobre las fuerzas naturales o el modo de vida que llevamos, basado principalmente en la ciencia, la tecnología y la industria. 

“Nosotros somos el virus” es uno de los lemas de crítica que más se han repetido contra nuestro afán de extracción de todos los recursos naturales para el mantenimiento del sistema, y es inevitable pensar al respecto en tesis como la de Zapffe. 

Este va más allá, pues no hace falta cometer ningún pecado para ya estar condenados, ya que la pena ya viene impuesta desde el momento en el que nacemos. Por último, cabe recordar el argumento de la extraordinaria película “Hijos de los Hombres”, en el que un virus produce que la fertilidad disminuye hasta niveles ínfimos, sumiendo al mundo en un completo caos. ¿Y si el coronavirus atacará al sistema reproductor en vez de las vías respiratorias? 

La lógica evolutiva se rompería. O, al menos, jugaría por primera vez en nuestra contra. La voluntad ciega e impersonal de Schopenhauer, esa que nos hizo avanzar cognitivamente y colocarnos en una situación privilegiada dentro del reino animal, daría su último movimiento. 

En ese instante hipotético y postrero, los sueños antinatalistas se harían realidad y… ¿luego qué? Ni siquiera esa pesada carga existencial sólo mitigada por los breves momentos de placer nos sobreviviría.

FUENTE: Alma, Corazón y Vida – Por Enrique Zamorano

Mary Astell: la filósofa feminista del siglo XVII silenciada por la historia.

Gracias a su contribución, muchas mujeres pudieron ser alfabetizadas en un tiempo en el que solo podían ser monjas o casarse. Hoy en día sigue siendo toda una olvidada.

“Si todos los hombres nacen libres, ¿por qué todas las mujeres nacen esclavas?”. Este lema, que bien podría verse en cualquier pancarta de alguna manifestación feminista, fue proclamado hace más de 300 años por la filósofa británica Mary Astell, una de las pensadoras más adelantadas a su tiempo.

Su obra significó un antes y un después para las mujeres de todo el mundo, que por aquella época tan solo podían esperar una vida alojadas en un monasterio o bien relegadas a las tareas del hogar de un hombre de provecho. 

Ella fue una de las primeras feministas de la historia al defender la alfabetización universal de la mujer, que por aquel entonces era nula, y con ello la igualdad de oportunidades para conseguir independencia económica y social frente a los hombres. 

Astell tuvo suerte, ya que la mayoría de las chicas de su época nunca tuvieron la posibilidad de educarse en el pensamiento y formarse una opinión crítica sobre su papel en la historia. 

El acceso al conocimiento de las mujeres se consideraba como peligroso o como una pérdida del concepto de feminidad Nació en 1666 en el seno de una familia burguesa venida a menos, conservadora y monárquica, según relata la escritora Ingeborg Gleichauf en su obra ‘Mujeres filósofas en la historia’. 

Tenía dos hermanos, pero uno de ellos murió siendo muy pequeño. 

El otro, llamado Peter, fue una de las puertas al conocimiento de las que dispuso, ya que él sí que podía acceder a la educación formal, al contrario que ella. Pero su verdadero maestro fue su tío Ralph Astell, un viejo sacerdote anglicano “que tenía problemas con el alcohol” desde que le suspendieran de su función en la Iglesia de Inglaterra, la comunidad cristiana más mayoritaria del país y del Anglicanismo. 

Él fue también el responsable de que Mary desarrollara un sentido de cercanía con la fe que también le emparentó con grandes filósofos de su tiempo, como René Descartes, el padre del método cartesiano.  

De él extrae importantes conclusiones que le llevaron a desarrollar la idea de que las mujeres tenían la misma capacidad para razonar y pensar que los hombres, algo que aunque suene lógico hoy en día, en aquellos años se antojaba como un disparate.

“A lo largo del siglo XVIII, se pensaba que no era apropiado que las mujeres llegasen a ser tan cultas como los hombres”, explica la pensadora feminista Julia Cabaleiro Manzanedo en un gran artículo sobre Astell publicado por la Universidad de Barcelona.

“Más bien, se concebía el acceso al conocimiento como un peligro o una pérdida del concepto de feminidad que la sociedad patriarcal había ido construyendo”. En este sentido, Cabaleiro menciona la ridiculización de este tipo de mujeres cultas que hacían otros escritores masculinos bastante famosos, como el dramaturgo francés Molière en “Les précieuses ridicules” (‘Las preciosas ridículas’) o el mismo Quevedo, en su obra “la culta latiniparla”

En “sororidad y armonía”

Mary vivió toda su vida entre mujeres. Al quedarse huérfana de padre a los 12 años, se marchó a vivir con su madre y con su tía, como recoge Sandra Ferrer Valero en un artículo publicado en la página de biografías “Mujeres en la historia”.  

Pero poco iba a durar la felicidad de la joven, ya que al cumplir la mayoría de edad ambas se murieron. Entonces, decidió marcharse a vivir al centro de Londres con una amiga, instalándose en el concurrido barrio de Chelsea, que por aquel entonces estaba viviendo una gran expresión cultural. 

Allí, continuó formándose y dando rienda suelta a su amor por la lectura, renegando de las presiones sociales que le obligaban a encontrar un marido. Ella, por el contrario, estaba decidida a permanecer soltera, estudiar y ser independiente económicamente. 

Su clase social no le hizo olvidar a las mujeres más desfavorecidas, por lo que fundó una escuela para enseñarles a leer y a escribir. Chelsea se refugió en los libros y en otras mujeres que como ella rechazaban las convenciones de la época. 

Como se diría en estos tiempos, “en sororidad y armonía”, compartió sus impresiones y conocimientos con un círculo literario formado por Lady Mary Chudleigh, Elizabeth Thomas, Judith Drake o Elisabeth Hasting, entre muchas otras, quienes le acompañaron durante toda su vida formando un vínculo de familia. 

Ninguna de ellas estaba casada o lo estuvieron antes de quedarse viudas, y gracias a su buena posición social, se apoyan unas a otras económicamente para no tener que depender de los hombres. Pero su clase social no les hizo olvidar a las mujeres más desfavorecidas, que en aquel momento eran mayoría, financiando y dirigiendo la Escuela de Caridad para hijas de militares retirados donde enseñaban a las mujeres pobres a leer y a escribir.

Esta es una de las ideas claves de uno de sus libros más representativos, “A Serious Proposal to the Ladies, for the Advancement of their True and Greatest Interest”, publicado por primera vez en 1694, en el que reivindica establecer instituciones educativas para mujeres que las formara en valores seculares y religiosos. Esta idea sentó como una patada a muchos intelectuales masculinos de la época. Jonathan Swift, autor del célebre ‘Los viajes de Gulliver’, le dedicó una sátira en la revista “Tatler”.  

Años más tarde, con su nueva obra, “Sime Reflections upon Marriage” (1700) establece que para que una mujer pudiera acceder a un matrimonio saludable, e incluso feliz, debía primero recibir una educación.

Una vía diferente al matrimonio

Una de las interpretaciones más notables de su obra es la que establece Julia Cabaleiro en su trabajo, anteriormente mencionado. Mary Astell no buscaba que la educación se equipararse a hombres y mujeres, más bien intentaba “ofrecer un espacio en el que las mujeres pudieran realizar un recorrido libre y placentero, en el que el saber no se separarse de la vida, sino que pasase a formar parte de ella, la enriqueciera y la transforma”.

En este sentido, Astell defiende que soltería y educación van unidas como “una manera de estar en el mundo gratificante y deseable” para ofrecer “una vía diferente al matrimonio, una vía que no estuviera centrada en los hombres sino en sí mismas”. 

Buscaba formar una especie de ‘convento’ en el que aprender entre todas a vivir de forma autosuficiente económica e intelectualmente Por todo ello, no aspiraba a una educación científica como la que comenzaban a recibir los hombres en las décadas posteriores al movimiento ilustrado, sino un espacio femenino en común para desarrollar placeres que, en este caso, pasaban por la lectura, la escritura y la oración.

Lo que buscaba, a fin de cuentas, y de ahí su inspiración cristiana, era formar una especie de convento en el que aprender entre todas a vivir de forma autosuficiente, tanto emocional como intelectualmente, según asegura también el portal “El mundo entre nosotras”.  

Finalmente, Astell murió a los 64 años en 1731, pocos meses después de someterse a una mastectomía por su cáncer de pecho.

Las memorias cuentan que en sus últimos días se alejó de todos sus conocidos para retirarse y rezar a Dios en su habitación y con un ataúd.

La lección que ofrece es ver el conocimiento no solo como garantía de libertad y acceso a una vida digna, sino también como placer humano universal, en aquel siglo monopolizado por el género masculino (de ahí que una de sus disciplinas favoritas fuera la Retórica).

Basado en ese resentimiento originado entre sus coetáneos —hombres—, su legado ha sido un tanto silenciado hoy en día, de ahí que, como en otros casos, cuando estudiamos la Ilustración solo aparezcan hombres.

FUENTE: Alma, Corazón y Vida – Por Enrique Zamorano

La causalidad se disipa en el mundo cuántico

El orden temporal del mundo no siempre se cumple en el universo cuántico, sugiriendo que el futuro puede influir en el pasado y que el tiempo y el espacio son subproductos de fenómenos naturales todavía incomprendidos.

Durante poco más de una década, los físicos han estado estudiando un extraño fenómeno en el mundo cuántico. En una escala muy pequeña, es posible que el orden temporal entre diferentes eventos no siempre esté bien definido.

La física cuántica describe el mundo microscópico con una precisión impresionante. Sus predicciones nunca han sido contradichas por la experiencia. Pero también es famoso por sus rarezas.

De hecho, los objetos microscópicos se comportan de forma contraria a la intuición. Primero, sus propiedades (como su posición y velocidad) a veces solo pueden tomar ciertos valores muy precisos.

Para hacer una analogía con nuestro mundo macroscópico, todo sucede como si, cuando nos movemos en línea recta, solo pudiéramos movernos a «saltos» de un metro, sin que nunca pudiéramos tener una posición intermedia.

En segundo lugar, dos entidades pueden influir entre sí estando separadas por grandes distancias, a velocidades superiores a las de la luz.

En tercer lugar, algunos objetos tienen propiedades (como su posición o velocidad) que se encuentran en «superposiciones cuánticas» de varios valores.

¿Qué significa, para un objeto, estar en una «superposición» de varias posiciones? ¿El objeto no está en ninguna parte? ¿En todas partes al mismo tiempo? Estas preguntas han animado a físicos y filósofos durante décadas.

Una extrañeza más en el mundo cuántico

Sin embargo, en la última década han surgido nuevos descubrimientos que llevan la complejidad del problema al siguiente nivel.

El trabajo de físicos dispersos por todo el mundo indica que, cuando ocurren dos eventos en el mundo cuántico, el orden temporal de estos eventos a veces es indefinido.

En nuestra escala, siempre es posible saber si una persona estornudó primero antes de disculparse, o al revés. Sin embargo, la física cuántica parece indicar que, a pequeña escala, podría ser que, a veces, ninguna de estas dos posibilidades es la correcta.

Lo cierto es que el orden temporal entre diferentes eventos está fuertemente ligado a relaciones causales. De hecho, una causa siempre debe preceder a su efecto. Por lo tanto, si el orden temporal entre diferentes eventos no está definido, también podría pasar lo mismo con su orden causal.

¿Cómo dar sentido a un mundo en el que las cosas no se desarrollan en un orden bien definido? Esta pregunta es un desafío para los filósofos de la ciencia. Sin duda, se ofrecerán respuestas audaces, y hasta es posible que tengamos que aceptar un cuestionamiento profundo de nuestra visión del mundo físico.

Una experiencia inquietante

Podemos observar órdenes causales indefinidos en el laboratorio, por ejemplo gracias al ” interruptor cuántico”, una disposición experimental muy particular que se ha llevado a cabo en varias ocasiones.

Detallamos uno de estos logros experimentales, en el que cada uno de dos investigadores realiza una acción sobre la misma partícula de luz, llamada fotón. Estas manipulaciones consisten, por ejemplo, en modificar una propiedad de este fotón, lo que se denomina “modo espacial”.

El orden en el que ocurren las dos operaciones está determinado, no por los propios científicos, sino por el valor de otra propiedad del fotón, llamada «polarización».

Cuando la polarización del fotón está en una «superposición cuántica» de dos valores distintos, y después de que un tercer experimentador haya medido esta polarización al final del experimento, no se puede describir lo que ha pasado.

¿La gota se eleva de nuevo antes de aterrizar? Elias Kaufhof / Unsplash , CC BY

Orden incierto

Es imposible describirlo, ni poniendo en primer lugar la manipulación del fotón antes de ser enviada al segundo investigador, ni cambiando el orden causal al revés.

Esta intrigante investigación se encuentra todavía en sus primeras etapas. Permitirá estudiar el comportamiento de las relaciones temporales o causales a muy pequeña escala, en el mundo cuántico.

Es importante dar sentido a la ausencia de un orden temporal o causal entre eventos. De hecho, el orden de los eventos a través del tiempo (y el espacio) forma la base sobre la cual los humanos construyen su comprensión de todo.

Por ejemplo, cuando un objeto se rompe después de una caída, lo explicamos por su impacto con el suelo, después de haber seguido un camino específico en el aire.

Asimismo, la historia de la humanidad se cuenta mediante el desarrollo de una sucesión continua de hechos que han ocurrido en diversas partes del mundo, en momentos muy concretos.

Futuro y pasado

Para mantener nuestros métodos de razonamiento clásicos, por lo tanto, debemos comprender qué sucede con las nociones de tiempo y espacio en el mundo cuántico. También debemos dar sentido a su posible ausencia.

Para responder a estas preguntas, ciertos filósofos y físicos consideran, por ejemplo, que el futuro puede influir en el pasado. Otros contemplan la idea de que el tiempo y el espacio sólo pueden ser el «subproducto» de fenómenos más fundamentales, cuya naturaleza aún no se ha comprendido.

Finalmente, el descubrimiento del «interruptor cuántico» y los órdenes causales indefinidos bien podrían resultar útiles en el campo de la informática cuántica y para el desarrollo de futuras «computadoras cuánticas» de nuevo tipo.

De hecho, la existencia de estos fenómenos podría aprovecharse para realizar nuevos desarrollos. También podrían hacer posible realizar ciertos cálculos de manera más eficiente que con más computadoras cuánticas estándar. Así, la investigación reciente en física cuántica promete posibles revoluciones, tanto filosóficas como tecnológicas.

FUENTE: (*Laurie Letertre es estudiante de doctorado en filosofía de la física en la Universidad Grenoble Alpes (UGA). Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Se reproduce con autorización.

Imagen superior: Stan Bonnar, Flickr.

Un visionario…

William S. Burroughs, el profeta más radical que definió nuestro mundo actual

“EL LENGUAJE ES UN VIRUS”

¿Qué tiene en común este célebre escritor de la generación beat con la Organización Mundial de la Salud? 

 Ambos advirtieron del peligro latente para la salud física y mental del lenguaje.

“Esto ya es como Black Mirror”. 

Esta bien podría ser una de las frases más comunes expresadas por el inconsciente colectivo en el último año. El género de las distopías, tanto en la literatura como en la televisión y en las series, no ha dejado de ‘hacer su agosto’. 

Las reediciones de los clásicos de Orwell, Bradbury o Huxley emergen de tanto en cuando en las listas de libros más vendidos, junto a la recuperación de otros tomos menos conocidos por el público general hasta ahora, como “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, popularizados a raíz del amplio consumo de las series en ‘streaming’. 

Hay una distopía personalizable a cada caso, y quien no ve un Gran Hermano por todas partes, espiándola hasta para cuando va a ir al baño y colocando ‘microchips’ hipodérmicos (cuando ya lo lleva en el bolsillo todos los días en su teléfono inteligente), acaba enganchado a su soma ideal o creyendo en un ‘Estado profundo’ conformado por estrellas del espectáculo y políticos progres. Quizá una de las campañas publicitarias más geniales de los últimos meses es la que precisamente idearon cuatro estudiantes de publicidad de la escuela Brother Ad Madrid, cuando en una marquesina de autobús de la capital colocaron un espejo con la frase: “Black Mirror 6th Season. Live Now, everywhere” , con el logo de Netflix.

Rubén de Blas en la recreación de un anuncio de 'Black Mirror'. (Brother Ad School)

Rubén de Blas en la recreación de un anuncio de ‘Black Mirror’. (Brother Ad School)En su momento, se viralizó muchísimo esta propuesta, algo normal dadas las circunstancias: era junio de 2020, la época en la que el término ‘nueva normalidad’ estaba en boca de todos y comenzábamos la desescalada hacia un mundo que creíamos que iba a ser totalmente diferente al que habíamos conocido. 

A pesar de que la pandemia no termina de acabarse (curiosa paradoja semántica) y haya dejado tantas muertes y secuelas, la sociedad está esforzándose en volver a la realidad previa a la crisis sanitaria, aunque como es evidente ahora llevemos mascarillas por precaución más que por obligación, mantengamos las distancias de seguridad en los espacios públicos cerrados o revisamos a diario las noticias para saber si es seguro o no viajar a tal sitio, si nos exigen estar vacunados o debemos pasar por una PCR.  

Para Burroughs, el lenguaje invade el cuerpo humano como un virus o un parásito, alineándose hasta sus últimas consecuencias Sin duda alguna, lo que dejaba de manifiesto aquel anuncio es lo que el célebre autor de documentales Adam Curtis llamó “hiper normalización” la tendencia a aceptar y normalizar de que todo está fatal y lo que es peor aún, lo va a estar, ya que nos resulta prácticamente imposible crear, ya no solo imaginar, mundos futuros mejores. No; la realidad, afortunadamente, todavía no es como Black Mirror, aunque el ingenio de los publicistas de colocar un espejo en pleno centro de Madrid nos enseñe nuestra figura apresurando el paso por la calle, haciéndonos protagonistas de un hipotético nuevo episodio que solo existe en nuestra mente.

Sin embargo, hay distopías que fueron creadas con mucha anterioridad a la serie de Netflix y que reflejan con más precisión la política y la sociedad del mundo de hoy en día. 

Uno de los autores que merece la pena releer y que no está incluido entre esa caterva inamovible de autores clásicos de ciencia ficción distópica es William S. Burroughs. 

Presente en los manuales de literatura entre nombres de la generación beat como Jack Kerouac, Allen Ginsberg o Gregory Corso, a menudo se pasa por alto algunas de sus descerebradas profecías y rabiosas proyecciones de futuro, quizás debido a la altanería de su personaje, su grotesca visión del mundo, su heterodoxia narrativa y la profunda escatología que inunda sus textos, plagados de yonkis, sexo promiscuo sin fin y atentados contra la moral dominante.

El lenguaje, los virus, la droga

El autor de “El almuerzo desnudo) (1959), un ‘cocktail molotov-novela’ que llevó magistralmente David Cronenberg a la gran pantalla, lanzó una serie de profecías entre ‘cut-up’ y ‘cut-up’, a modo de sobresalto, exabrupto literario o vómito de palabras difícil de interpretar. 

Sin embargo, desde cierta perspectiva sus predicciones fueron mínimamente más acertadas que las que construyeron de forma rigurosa y científica otros escritores más respetados por el público de masas, como Orwell o Huxley. No hace falta lanzar una proyección de futuro en el que un partido dictatorial llamado Ingsoc totalice todos los aspectos de la vida del ser humano (eso ya lo vimos en el siglo XX en cierto modo) o que toda la población se robotice y aprenda a no desear ni sentir nada, anulando cualquier sentido de libertad.

Tan solo hacía falta atender a lo más esencial, aquello que nos une y da sentido a nuestra realidad: el lenguaje. “Según Burroughs, una infección viral atacó a los homínidos del pre-paleolítico catalizando mutaciones deformantes de las neuronas, del aparato sonoro y de la estructura maxilofacial” El lenguaje es un virus”. 

Esta es la cita con la que bien podría resumirse toda su obra, su ‘lied’ argumental, pues el objetivo de ‘El Hombre Invisible’ (uno de sus seudónimos) con sus novelas y escritos no fue otro que sabotear las formas sintácticas y semánticas, ya que para él la verdadera revolución no tenía una dimensión política o social, sino mental. 

En este sentido, como la droga, el otro gran tema de sus libros, el lenguaje invade el cuerpo humano como un virus o un parásito, alineándose hasta sus últimas consecuencias, poseyendo al sujeto y haciéndole carente de interioridad, pues todo su mundo gira en torno a ese “álgebra de la necesidad” que le hace consumir más y más. 

“La droga es aquí una inoculación de muerte que mantiene al cuerpo en una paradójica condición de emergencia y ralentización, donde el adicto es inmune al aburrimiento”, escribe Adolfo Vásquez Rocca, investigador de la Universidad Complutense de Madrid, en un análisis sobre la obra Burroughs y sus crípticos significados. “Puede estar horas mirándose los zapatos o simplemente permanecer en la cama. Es el contagio definitivo, el de la interioridad intoxicada”.

Burroughs en Tánger en 1956. (Fotógrafo desconocido) Foto: La Felguera.

Burroughs en Tánger en 1956. (Fotógrafo desconocido) Foto: La Felguera.

Al igual que la heroína, el tipo de sustancia a la que más estuvo enganchado el autor junto con el alucinógeno yagé, el lenguaje manipula y transforma a los seres humanos por proceso de contagio. “Según Burroughs, una infección viral atacó a los homínidos del pre-paleolítico catalizando mutaciones deformantes de las neuronas, del aparato sonoro y de la estructura maxilofacial”, sintetiza Vásquez Rocca. 

Sus teorías son muy disparatadas desde un punto de vista científico, cierto. No por ello carecen de valor vital y filosófico, pues tuvo la intención de llevarlas hasta el final. 

La estrategia de este hombre gris de mirada encorvada era precisamente romper con la alienación impuesta por el lenguaje mediante la técnica del cut-up en sus escritos o por acciones concretas enmarcadas en el territorio de la experimentación audiovisual, la investigación acerca del control social y sus posibilidades de romperlo, o el vandalismo callejero que detalló en obras como “Manual Revisado del Boy Scout” (La Felguera, 2016) o en su ensayo de ficción “La revolución electrónica” (Caja Negra, 2009).

Infodemia y pandemia

“Lo primero, necesitas un dispositivo de codificación, una televisión, una radio, dos cámaras de vídeo, una estación de radioaficionado y un simple estudio fotográfico con unos pocos accesorios y actores”, escribe Burroughs.

“Para empezar, mezcla todas las noticias y emítelas en todas direcciones, a las cadenas de radio y grabadoras callejeras. Construye transmisiones de vídeo con noticias falsas y mezclalas con las reales. 

Para las imágenes, puedes usar fotografías antiguas. La ciudad de México podría ser el escenario perfecto de una revuelta en Saigón y viceversa. Una insurrección de Santiago de Chile puede hacerse con imágenes de Londonderry (Irlanda del Norte). 

Nadie notaría la diferencia… mezclas las imágenes de ‘fake news’ con noticias reales. Así, tendrás más ventaja sobre tu oponente, que deberá ocultar sus manipulaciones. Tú no tendrás esa necesidad. En realidad, puedes promocionar que estás escribiendo noticias por adelantado sobre hechos que puedes crear por técnicas que nadie pueda usar. 

Y eso te convierte en noticia… los ‘cut-ups’ podrían inundar los medios de comunicación de masas de engaños”. El lenguaje no es un mero instrumento de inocente utilidad con el que nos comunicamos, sino que permea en el organismo vivo afectando a la salud, como Burroughs avisaba Efectivamente, el Exterminador (otro de sus seudónimos) se está refiriendo a lo que hoy en día todo el mundo conoce como ‘fake news’, un fenómeno que en la época del escritor pudo ser utilizado como recurso de contrainsurgencia, en operaciones militares y por los servicios de inteligencia, pero que hoy en día y debido a la multiplicidad de canales, emisores y receptores que hay en la red, fruto de la autocomunicación de masas, ha adquirido una categoría mucho más notoria en nuestra sociedad. 

A tal punto de explosión ha llegado que los medios de comunicación han comenzado a referirse a esta profusión de noticias falsas como “infodemia”, un término compuesto por las palabras ‘información’ y ‘pandemia’, que sin duda entronca muchísimo con las advertencias e hipótesis sobre el lenguaje que tenía Burroughs, ya no solo con sus técnicas para crear el caos social y político.

“Una infodemia es una sobreabundancia de información, en línea o en otros formatos, e incluye los intentos deliberados por difundir información errónea para socavar la respuesta de salud pública y promover otros intereses de determinados grupos o personas”, define la OMS en una entrada del 23 de septiembre de 2020, con la clara intención de alertar sobre el alto volumen de ‘fake news’ y de teorías de la conspiración que contradecían las versiones oficiales sobre la pandemia que ellos mismos extendieron bajo un aluvión de críticas por su mala gestión. 

“La información errónea y falsa puede perjudicar la salud física y mental de las personas, incrementar la estigmatización, amenazar los valiosos logros conseguidos en materia de salud y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública, lo que reduce su eficacia y pone en peligro la capacidad de los países para frenar la pandemia”. 

Si todavía no se entiende la asociación de ideas que Burroughs hacía entre algo tan físico como es una enfermedad o un virus y algo tan intangible como es el lenguaje que nos une y compartimos, en pleno 2020, más de dos décadas después de su muerte, llega la OMS para ratificar su teoría crítica sobre poder y control social.

Portada de la edición anglosajona del 'Manual revisado del Boy Scout' seguido de 'La revolución electrónica' en la edición de The Ohio State University Press, 2017.

Portada de la edición anglosajona del ‘Manual revisado del Boy Scout’ seguido de ‘La revolución electrónica’ en la edición de The Ohio State University Press, 2017.

El asunto va más allá: el organismo reconoce sus repercusiones en la salud individual y colectiva, pues el lenguaje no es un mero instrumento de inocente utilidad que sirve para que nos comuniquemos, sino que permea en el organismo como la droga a la que estaban enganchados la mayoría de los personajes de Burroughs, les corroe y les destruye, en los casos más visibles inundándose de odio (bajo intereses políticos), pero también diciéndoles cómo tienen que comer, qué tienen que consumir y qué es lo que deben desear. 

No en vano el término que se usa para nombrar a una información o contenido que se comparte mucho en redes sociales es “viral”, el cual hace referencia directa a las enfermedades causadas por un virus. Y no, este concepto no emergió después de la pandemia como infodemia, sino que ya venía de antes.

El ‘cut-up’ informativo más inmediatamente actual

Hace apenas unos días, el periodista Miquel Ramos decidió subir a Twitter un vídeo en el que denunciaba la represión que estaban sufriendo los manifestantes de Cuba por parte de los agentes policiales. Lo curioso es que, en vez de subir imágenes reales de las protestas que están aconteciendo en la isla caribeña, lo hizo con las cargas policiales del 1 de octubre en Cataluña.

La respuesta de los usuarios no se hizo esperar. Muchos de ellos se dieron cuenta de que, efectivamente, los policías llevaban la bandera de España en el uniforme y los manifestantes hablaban catalán. Pero también hubo otros tantos que cayeron en la argucia de Ramos, quien con este curioso experimento demostró lo fácil que es colar una ‘fake news’. La maniobra del periodista, además, encaja casi punto por punto con la técnica de cut-up de Burroughs explicada al inicio del artículo. Ver para creer.

El arma definitiva de Burroughs

Regresando a la vida y obra del escritor norteamericano, cabe preguntarse cuáles fueron las fórmulas que patentó para salir de la tiranía del lenguaje y las formas de control social que el poder establecido desplegaba a partir de este. 

Los esfuerzos del Hombre Invisible pasaron, primero, por la experimentación tanto vital como literaria, trazando líneas de fuga a partir de viajes físicos (sobre todo a Tánger) y mentales (a Interzonas, ese ‘no-lugar’ al que accedía a través de las drogas entre otros muchos métodos), y escabulléndose siempre del formalismo narrativo que heredó de sus influencias literarias anteriores. 

De algún modo, soñaba con redes clandestinas de adolescentes que atentaban contra el poder establecido y los férreos códigos morales que imperaban en aquellos días. 

Su vida conyugal no es tan encomiable: disparó a su mujer en la cabeza jugando a Guillermo Tell después de consumir drogas. Tanto en ‘Los chicos salvajes’ como en ‘El almuerzo desnudo’ podemos comprobar cómo sus personajes entran y salen de la acción de la novela sin permiso, pues la obra entera puede leerse de principio a fin o de forma aleatoria. 

Esto le emparenta con las tácticas que luego desarrollaron los situacionistas franceses más adelante, como “la deriva psicogeográfica” o “détournemen” la cual consistía en hacer una especie de ‘cut-up’ cartográfico, superponiendo un mapa de una ciudad sobre otra distinta o explorando las zonas de la periferia urbana no solo física sino también mentalmente, donde los conceptos de campo y ciudad se funden y la guerra social entre clases se hace más patente. 

La influencia del autor en los movimientos de vanguardia artística y política posteriores es, por tanto, amplísima. Otro hecho biográfico reseñable al final de sus días es su encuentro con Kurt Cobain, del cual dijo que era un muchacho “con una expresión moribunda en sus mejillas”. 

Un acontecimiento sobre el que Servando Rocha escribe en “Nada es verdad. Todo está permitido” (Alpha Decay, 2014). “Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto”, dijo el escritor cuando en 1994 el líder de Nirvana decidió poner fin a su vida.

Sin embargo, y a pesar de todas sus desgracias personales, su lucha incansable contra el lenguaje y su afán de querer dinamitar el orden establecido, vale la pena rescatar las palabras que escribió en la última entrada de su diario, al poco de morir, recogidas en “Agente Provocador”: “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. 

Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. AMOR”.

FUENTE: Alma, corazón y vida – Por Enrique Zamorano