El viaje de Nietzsche a la superficie de la tierra.

Entre mis decimonónicos están Stendhal, Baudelaire, Flaubert, Maupassant, Poe, Melville, Stevenson, Leopardi, Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche.

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 Julio Verne también, aunque de un modo específico, porque se ha mantenido a resguardo de mis lecturas. He sido un no lector de Julio Verne, en cuya vida Julio Verne ha tenido presencia. En realidad, asistí a sus historias: en las películas, en las series de televisión y, sobre todo, en aquellos maravillosos álbumes en tebeo de Joyas Literarias Juveniles. 

Savater me provocó una emoción verniana de segunda mano en su monólogo de Phileas Fogg de Criaturas del aire: ahí se presentaba esa cosa estirada, la puntualidad, como una trepidante aventura. Y Eric Rohmer, en El rayo verde, me dejó enternecido con la ciencia que se dirige al corazón. 

Recuerdo también unas vacaciones en que mi amada de entonces iba leyendo 20 000 leguas de viaje submarino, y me leyó en voz alta algún fragmento, que era como mirar por la escotilla.

Pero pienso en Verne —y en el siglo XIX— y quien me viene es Nietzsche. 

Fue este quien cumplió en mí la función de hacerme imaginar nuevos mundos.

En concreto, este en el que estamos. Sus martillazos filosóficos espantaban las sombras y las brumas, y dejaba la tierra despejada para el sol: como está siempre el espacio que hay por encima de las nubes. 

La gran metáfora de Nietzsche es la del mediodía: la del momento en que el sol está justo en lo alto. Mediodía que es a la vez el crepúsculo de los ídolos, de las ilusiones: el «instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad». 

Nietzsche corta las sujeciones de esa especie de toldo que envuelve la tierra y que ha solido llamarse «mundo verdadero». El cepo metafísico que ha constreñido, y falseado, la realidad. Pero tras su operación es esta, en su esplendor, la que queda: «Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?… ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!». 

En este sentido, Nietzsche es un genuino personaje de Verne, cuyo viaje es a la superficie de la Tierra. Aplicando a la superficie el brillante dicho de Valéry: «Lo más profundo es la piel». Que es como el reverso de este aforismo de Nietzsche: «Todo lo que es profundo ama la máscara».

Nietzsche es también un viajero del tiempo. Su intempestividad, su inactualidad, le ha permitido mantenerse fresco durante todo el siglo XX. 

Y fresco sigue en estos principios del XXI. Desde el otro punto de vista, era un viajero de nuestra época (y de la que la seguirá) en la suya: una cabeza del futuro viviendo en el siglo XIX. Pero las críticas a su siglo también alcanzan a los nuestros. 

Es un viajero incómodo, un viajero en colisión. Aunque sus explosiones son más bien implosiones. Los retratos hablan de su extremada cortesía. Siempre fue más fino de como lo han querido mostrar quienes hacen una lectura ceporra de su obra. 

Es curioso, por ejemplo, que lo tachen de belicista, cuando en la única guerra en la que participó, la franco-prusiana de 1870, lo hizo de enfermero (y deploró las pretensiones de que el triunfo de su país sobre Francia era también cultural). 

Y lo tachan de machista, cuando la única mujer de la que se enamoró fue justo la más libre de su época. En cuanto a su supuesto prenazismo, basta leer el desprecio de Nietzsche por los antisemitas y los nacionalistas; por el gregarismo de los wagnerianos en Bayreuth. 

Nietzsche es el gran antigregario que escribió: «El valor de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar». 

Pero su soledad fue ambulante. Le gustaba tener pensamientos caminados.

Su filosofía es también un efecto de los lugares que escogió para moverse: los Alpes y el Mediterráneo; Suiza e Italia; Sils-Maria y Génova. 

De entre todas sus ideas —la del eterno retorno, la de la muerte de Dios, la de la transvaloración de todos los valores, la de la voluntad de poder, la del superhombre—, aquella en la que yo pondría el acento sería justo la que habla del transcurso: la de la inocencia del devenir. 

En esta corriente habría que encontrar las aguas bautismales de las otras: para limpiarlas, no de la culpa —que, por definición, no tienen—, sino de la pomposidad; del riesgo de la pomposidad. Esa pomposidad en la que se han enroscado nietzscheanos como Heidegger. El acento hay que ponerlo en la inocencia del devenir y en la fuerza creadora. En ideas como: «Muchas pequeñas muertes debe haber en vuestra vida, creadores; así sois defensores de todo lo perecedero». O: «El hombre superior no quiere la felicidad: ¡quiere obras!». O: «Los dolores de la parturienta santifican el dolor en general; todo devenir y crecer, todo lo que garantiza el porvenir, va unido al dolor».

Nietzsche: el más dulce de los filósofos. Y digo bien: dulce. 

Pero una dulzura diáfana y cortante, ya casi sin sabor. La desnuda dulzura que deja en el paladar la degustación hasta el fondo de lo amargo. Esa pureza diáfana del límite: la dulzura de lo sorprendente que resulta su habitabilidad; la dulzura del descubrimiento de ese regalo. La aceptación del sufrimiento por exuberancia vital. 

No se trata, claro está, de provocarlo; ni de ser insensible a él (como en las tergiversaciones nazis, tan ramplonas, tan nihilistas, tan cristianas, del pensamiento nietzscheano). Al contrario: se trata de sentirlo hondamente y, con piedad pagana, reintegrarlo en la vida completa. Ese sufrimiento que nos expulsa de la existencia; y aun así nos quedamos. El triunfo del asentimiento, de la afirmación. No el desapego (budista o cristiano), sino el apego radical; el apego a lo que fluye: el apego que fluye.

Solo así haremos un viaje digno de Julio Verne: el viaje adonde estamos.

Imagen de portada: Nietzsche en 1885. Cordon Press.

FUENTE RESPONSABLE: JOT DOWN Literatura Filosofía. Por José Antonio Montano.

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LA ÚLTIMA FILÓSOFA GRIEGA

Hipatia, la científica de Alejandría.

En el año 415 se apagó bruscamente la estrella de la matemática, astrónoma y filósofa pagana Hipatia de Alejandría, cuando una turba de cristianos exaltados la mató con extrema crueldad. Este trágico hecho marcó el ocaso de la cultura pagana en el mundo antiguo.

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La sabiduría de Grecia

Se ha creído que este personaje del fresco La escuela de Atenas, de Rafael, es Hipatia. 

En realidad, sería un retrato de Francesco Maria della Rovere, sobrino del papa Julio II. 1508-1511. Estancia de la Signatura o del Sello, Vaticano.

J. CARLILE / AGE FOTOSTOCK

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Odeón de Kom el-Dikka

Se ha considerado que este recinto, situado en el distrito académico de Alejandría, pudo formar parte de las instalaciones del Museo.

BRIDGEMAN / ACI

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Cirilo, el patriarca

Su influencia en Alejandría era proporcional a sus recursos. Así, en el año 431 repartió mil libras de oro entre la corte de Constantinopla a fin de obtener apoyos en el concilio de Éfeso.

ALAMY / ACI

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Catacumbas de Alejandría

De época romana, en sus tumbas y capillas –como la que muestra la imagen– conviven representaciones de dioses egipcios, griegos y romanos.

AKG / ALBUM

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La santa y la filósofa

Hipatia inspiró la leyenda de santa Catalina de Alejandría, una joven y sabia cristiana que fue cruelmente martirizada. Santa Catalina, en un óleo de Onorio Marinari. Hacia 1670.

AKG / ALBUM

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Linchada por la turba

En el centro de este grabado, publicado en 1876, aparece el personaje que dirigió a la multitud: es Pedro, que según las fuentes era maestro o bien magistrado.

En el mes de marzo del año 415, en plena Cuaresma, un crimen sacudió la ciudad de Alejandría: una muchedumbre vociferante atacó a la respetada y sabia Hipatia, la mató y se ensañó con sus restos. Los asesinos formaban parte de «una multitud de creyentes en Dios», que «buscaron a la mujer pagana que había entretenido a la gente de la ciudad y al prefecto con sus encantamientos». 

Así habla de la filósofa –como de una bruja– la crónica de Juan, obispo de Nikiu, una diócesis del delta del Nilo. Escrita casi tres siglos después del asesinato de Hipatia, es el texto que ofrece más detalles sobre su muerte, y también muestra una clara animadversión hacia la estudiosa, cuyas hechicerías habrían justificado su atroz final. Pero ¿quién fue en realidad Hipatia y por qué murió?

Para responder a esta pregunta debemos trasladarnos a la Alejandría de comienzos del siglo V. Por entonces, la espléndida metrópoli fundada por Alejandro Magno, famosa por su Museo (un extraordinario centro científico), su enorme Biblioteca y sus grandes templos, aún mantenía una considerable población y era la capital de Egipto. 

Como ciudad del Imperio romano de Oriente, la gobernaba un prefecto enviado por el emperador de Constantinopla; pero, de modo no oficial, gran parte de su gente obedecía los dictados de su obispo y patriarca, quien velaba por la fe y la ortodoxia de la comunidad cristiana.

Desde que el emperador Teodosio I había proclamado el cristianismo como religión única del Imperio, el poder eclesiástico se había instalado en las ciudades e iba asfixiando los reductos del paganismo. 

Y actuaba con una intolerancia feroz, no sólo contra los adeptos a los antiguos cultos, sino contra los disidentes de todo tipo, ya fueran herejes o judíos, muy numerosos en Alejandría

En esta ciudad, tanto el clero como los monjes de los desiertos vecinos y los llamados parabolanos –unos servidores de la Iglesia que también actuaban como sus guardias– seguían los dictados del obispo, y en momentos de conflicto no vacilaban en promover violentos disturbios para demostrar su fuerza, destruir los templos de los infieles y acallar sus voces.

Fue así como, instigados por el obispo Teófilo, estos fanáticos causaron grandes destrozos en diversos santuarios paganos, y en el año 391 saquearon e incendiaron el famoso Serapeo y su espléndida biblioteca. El templo de Serapis, un emblema glorioso de la ciudad durante siglos, fue convertido en iglesia cristiana, al igual que el Cesareo, un antiguo  templo dedicado al culto del emperador. Quienes se negaban a convertirse a la fe dominante sufrían el asedio cristiano. Resultaban vanos sus intentos de apelar en su socorro a la corte imperial de Constantinopla, carcomida por las intrigas e impotente para frenar los tumultos de la masa fanática.  

En este contexto se sitúa el martirio de Hipatia. 

Su muerte resonó como una campanada fúnebre en el ocaso de Alejandría, el antiguo centro de la ciencia, la cultura y el arte helenísticos. 

Tanto los truculentos detalles del crimen como la manifiesta impunidad de los asesinos han hecho de la muerte de Hipatia un escándalo histórico memorable. Los testimonios conservados sobre la figura de Hipatia y su siniestro final proceden de dos historiadores eclesiásticos, Filostorgio y Sócrates el Escolástico, que escribieron unos veinte años después del crimen y no ocultan su reprobación ante lo espantoso de aquel acto fanático. 

También del neoplatónico Damascio de Damasco, que escribió medio siglo más tarde, recogiendo ecos y datos de tan escandaloso suceso, y del obispo Juan de Nikiu, mucho más tardío.

¿QUIÉN ERA HIPATIA?

Todos coinciden en destacar que Hipatia sobresalió como estudiosa de las ciencias y la filosofía, materias a las que se dedicó desde joven. 

Era hija de Teón, un ilustre matemático del Museo y astrónomo notable. Hipatia, pues, era una digna heredera de la gran tradición científica del Museo, pero a la vez se convirtió en una renombrada profesora que daba lecciones públicas sobre las ideas de Platón, y seguramente de Aristóteles, atrayendo numeroso público. 

Esto lo sabemos también por las cartas muy afectuosas que escribió uno de sus más fieles discípulos, Sinesio de Cirene. En algunas pide consejo a su «queridísima maestra», y en otras habla de ella a sus amigos con afecto y admiración. Incluso se promete a sí mismo que recordará a Hipatia en el Hades, esto es, en el Más Allá.

Hipatia, pues, formaba parte de la élite pagana fiel a sus antiguas ideas y creencias, y velaba por el legado clásico en un ambiente que se iba volviendo más y más hostil hacia la herencia ilustrada del helenismo. 

Respecto del saber de Hipatia, Sócrates el Escolástico escribe: «Llegó a tal grado de cultura que superó a todos los filósofos contemporáneos, heredó la escuela platónica que había sido renovada en tiempos de Plotino, y explicaba todas las ciencias filosóficas a quienes lo deseaban. 

Por eso quienes deseaban pensar de modo filosófico acudían hacia ella de todas partes». Es interesante esa mención de que «heredó la escuela», es decir, la enseñanza de la doctrina platónica renovada por el filósofo Plotino, que nosotros conocemos como neoplatonismo.

Por otra parte, tanto Filostorgio como Damascio señalan que Hipatia aventajó a su padre en saber, en astronomía y en su dedicación a la filosofía. 

Dice Filostorgio: «Aprendió de su padre las ciencias matemáticas, pero resultó mucho mejor que el maestro, sobre todo en el arte de la observación de los astros».

Y Damascio: «De naturaleza más noble que su padre, no se contentó con el saber que viene a través de las ciencias matemáticas a las que él la había introducido, sino que, no sin altura de espíritu, se dedicó también a las otras enseñanzas filosóficas». 

Es decir, Hipatia siguió las enseñanzas del padre matemático, pero fue más allá en sus estudios de los movimientos de los astros y, sobre todo, al ampliar el horizonte de sus investigaciones desde la ciencia hacia la filosofía. Eso la hizo famosa y atrajo hacia ella a muchos oyentes y discípulos.

Damascio continúa: «Puesto que era así la naturaleza de Hipatia, es decir, tan atractiva y dialéctica en sus discursos, dispuesta y política en sus actuaciones, el resto de la ciudad con buen criterio la amaba y la obsequiaba generosamente, y los notables, cada vez que hacían frente a muchas cuestiones públicas, solían aproximarse a ella […] Si bien el estado real de la filosofía estaba ya en una completa ruina, su nombre parecía ser magnífico y digno de admiración para aquellos que administraban los asuntos más importantes del gobierno». Hipatia, pues, era una figura extraordinaria: mujer, pagana y sabia, influyente y con numerosos discípulos, muy admirada en la ciudad. Todo esto hizo que su eliminación por parte de cristianos fanáticos tuviera un carácter ejemplar.

UN MÓVIL

El siniestro suceso ocurrió en el año 415, y fue oscuramente instigado por el obispo Cirilo, sucesor y sobrino de aquel patriarca Teófilo que había impulsado a las masas devotas a destruir el Serapeo. 

Como su tío, Cirilo era un patriarca con mucho poder, intrigante y taimado. Sin embargo, tras su muerte no tardaría en ser santificado por sus servicios y méritos. No sabemos bien qué desencadenó la furia de Cirilo contra Hipatia, quien ni siquiera era una intelectual combativa y hostil al cristianismo. De hecho, tenía discípulos cristianos como aquel Sinesio que le escribió tantas cartas y que llegó a ser obispo de Tolemaida.

Damascio ofrece una acusación clara contra el patriarca y explica las causas de su hostilidad hacia la filósofa: «Ocurrió un día que Cirilo, obispo del grupo opuesto, pasaba por delante de casa de Hipatia y vio una gran multitud de gente y de caballos a su puerta. Había quienes llegaban, quienes se marchaban y quienes esperaban. Cuando Cirilo preguntó por el significado de aquella reunión y los motivos del revuelo, sus criados le explicaron que era la casa de la filósofa Hipatia y que ella estaba saludándoles. 

Cuando Cirilo oyó esto le entró tal ataque de envidia que inmediatamente empezó a conspirar su asesinato de la manera más detestable». La envidia, pues, habría sido el desencadenante de  los hechos.

Pero queda otro motivo que pudo influir en la inquina del obispo: las buenas relaciones de Hipatia con Orestes, el prefecto de la ciudad, que años antes había sido objeto de otro ataque callejero de los mismos fanáticos, uno de los cuales lo había herido en la cabeza con una piedra. El agresor, un monje llamado Amonio, fue sometido a tortura y falleció, tras lo cual Cirilo depositó sus restos en una iglesia y le rindió el culto que se daba a los mártires. Las relaciones entre el poder eclesiástico y el poder civil se habían tensado hasta el extremo, e Hipatia reunía la doble condición de pagana y próxima a Orestes, lo que no podía menos que concitar el odio del patriarca. Cuando Damascio califica a Cirilo de «obispo del grupo opuesto» quizá tenga en mente a quienes se enfrentaban a él, con Orestes e Hipatia como cabezas visibles.

EL ASESINATO

La filósofa murió durante el cuarto año del obispado de Cirilo. Una turba de monjes venidos de los yermos próximos o de parabolanos rodeó en pleno día a Hipatia en la misma puerta de su casa. 

La arrastraron a golpes hasta el interior de una iglesia, y allí la desnudaron y la descuartizaron, desgarrando sus carnes con conchas y tejas, y después de muerta quemaron sus restos en una hoguera para borrar su recuerdo. 

La brutal escena semejaba un sacrificio humano en un ritual de inaudita ferocidad, como si inmolaran una víctima a un dios bárbaro. Anotemos de paso que, ya que era una famosa profesora unos veinte años antes, Hipatia no murió tan joven como creían algunos pintores románticos, imaginándola como una bellísima muchacha desnuda y sacrificada en un altar por los furiosos monjes. Debía tener cincuenta años o más cuando fue tan cruelmente asesinada.

La filósofa y maestra neoplatónica fue brutalmente asesinada por una turba de cristianos en marzo de 415 d.C.

Hipatia de Alejandría

© COURTESY OF LAING ART GALLERY

Hipatia fue una maestra brillante de filosofía, matemáticas y astronomía.

Charles William Mitchell, un pintor prerrafaelita de Newcastle, representó a Hipatia de Alejandría como una mujer de gran belleza y sabiduría, justo antes de ser atacada brutalmente por una turba de cristianos. 

Hipatia, quien fue acusada injustamente por un grupo de fanáticos religiosos en la tumultuosa Alejandría de comienzos del siglo V, aparece aquí junto al altar de un templo cristiano, cubriendo su cuerpo desnudo con su cabello largo y rojizo, más propio de la pintura prerrafaelita. Por su rostro lívido y desencajado se nota que intuye su trágica muerte.

Y que se negó a traicionar sus conocimientos científicos para convertirse al cristianismo, pese a que se mostró tolerante con todas las religiones. Pero fue víctima de una conspiración, según parece por motivos políticos, en una época de luchas internas y de intolerancia hacia el paganismo y el neoplatonismo.

DESPEDAZARON SU CUERPO Y LO QUEMARON

Como tenía frecuentes entrevistas con Orestes [el prefecto imperial de Alejandría] se informó de forma calumniosa entre el populacho cristiano que fue por su influencia que él fue prevenido de reconciliarse con Cirilo [el Patriarca de Alejandría]. Por lo tanto, algunos de ellos, cuyo cabecilla era un lector llamado Pedro, se apresuraron movidos por un entusiasmo feroz y fanático y emprendieron una conspiración contra ella. 

Imagen de portada: Hipatia por Rafael. Scala. Firenze

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC

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La remuerte de Sócrates.

El método de Sócrates era el de cuestionar y cuestionarse, y por eso mereció morir. A ojos de los encargados de la educación de cada país, lo sigue mereciendo.

En su Historia de la filosofía occidental, Bertrand Russell dice: “El relato de un estúpido sobre las ideas de un hombre inteligente nunca es acertado, porque inconscientemente traduce lo que oye en algo accesible a su entendimiento”. Usa estas palabras para referirse al texto en el que Jenofonte argumenta que no había razones para condenar a muerte a Sócrates.

La defensa de Jenofonte es tan clara y decisiva que necesariamente es simplona; pero con ella no acaba de demostrar una injusticia, pues si el comportamiento y las ideas de Sócrates hubiesen sido tan simples, ni siquiera habría motivo para haberlo juzgado.

Jenofonte comienza su libro mostrando asombro por el funesto veredicto: “A menudo me he preguntado sorprendido con qué razones pudieron convencer a los atenienses quienes acusaron a Sócrates de merecer la muerte a los ojos de la ciudad. Porque la acusación pública formulada contra él decía lo siguiente: ‘Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses en los que cree la ciudad, introduciendo, en cambio, nuevas divinidades. También es culpable de corromper a la juventud’”.

El comentario de Russell es correcto, pero mal dirigido, pues Jenofonte no era ningún estúpido. Como alumno de Sócrates, ciertamente no estuvo al nivel de Platón. No en filosofía. Pero a Jenofonte se le considera uno de los grandes talentos militares. Gran templanza, lucidez, elocuencia, maña y liderazgo empleó para sacar del territorio enemigo a su ejército de mercenarios griegos. Este episodio se halla entre las grandes proezas de la historia militar. Sin duda ese ejército, bajo las órdenes de Sócrates o Platón o el mismo Russell, habría terminado empalado en las riberas del Tigris.

La filosofía podía ocuparse de abstracciones metafísicas, pero también había nacido para buscar el mejor modo de vivir. Una sabiduría terrena. La gran sabiduría para la situación en que se hallaban los soldados de Jenofonte no tenía que ver con la eternidad del alma o si en los cielos existía un círculo perfecto, sino con darse cuenta de que “la disciplina supone la salvación, mientras que la indisciplina ha perdido ya a muchos” o que “en la guerra, quienes buscan por todos los medios conservar la vida, ésos por lo general mueren” o con sapiencia tan elemental como: “No hay quien se atreva a hablar a los griegos de concertar treguas sin haber suministrado antes el almuerzo”.

En su Hipólito, Eurípides hace esta crítica a los filósofos por boca de Teseo: “¡Oh hombres que poseen muchos conocimientos en vano! ¿Por qué enseñan innumerables ciencias y de todo hallan salida y todo lo descubren y, en cambio, una sola cosa no saben y no la han cazado aún: enseñar la sensatez a los que no la poseen?”.

Aquí hay que hacerle poco caso a Teseo, que muestra pocas luces. Tampoco su hijo se acerca al buen juicio cuando le responde: “Muy hábil debe ser aquel capaz de obligar a ser sensatos a los que no lo son”.

Al menos socráticamente, la filosofía no es disciplina para enseñarse sino para aprenderse. El método socrático era el de cuestionar y cuestionarse. Era la vida examinada. Era conócete a ti mismo. Era la libertad dentro de la ley, pero cuestionando las leyes y a los gobernantes. Era la autodeterminación. No son recetas que se enseñen; son frutos que se cosechan.

Por eso Sócrates mereció morir. Maldito prevaricador. Y lo sigue mereciendo. Por fortuna los encargados de la educación de cada país nos protegen y le siguen administrando al filósofo griego su letal dosis de cicuta para desterrarlo de las escuelas y asegurarse de que nunca más vuelva a corromper a la juventud.

Imagen de portada: Gentileza de Entre Letras.

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Por David Fontana.Monterrey, 1961) es escritor. Fue ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 por su novela Olegaroy. Diciembre 2021.

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«No podemos combatir una forma de opresión sin combatirlas todas al mismo tiempo». Chiara Bottici.

Entrevista con la filósofa italiana Chiara Bottici, autora de AnarcaFeminismo

Acaba de lanzarse en español el libro manifiesto que es, además, un adelanto de un volumen de más de 300 páginas que se publicará en marzo del año próximo. Esta nueva forma de nombrar apuesta también a componer el feminismo con la filosofía anarquista, que postula un orden sin jerarquías ni gobernantes. 

La filósofa italiana Chiara Bottici, profesora actualmente en la New School for Social Re-search (Nueva York), acaba de lanzar en español su libro-manifiesto AnarcaFeminismo (NED Ediciones). No es menor la “a” que corrige y altera el vocablo más tradicional de anarcofeminismo. 

Es una inflexión de la lengua, dice la autora, introducida “por movimientos sociales que tratan de feminizar el concepto para dar visibilidad a una faceta específicamente feminista dentro de la teoría y práctica anarquista”.

De formato breve, este manifiesto es también adelanto de un volumen de más de trescientas páginas que se publicará en marzo del año próximo. El manifiesto abrirá paso, dirá frases sintéticas, que el espesor de las páginas próximas se encargarán de sustentar y diversificar. Cada capítulo del manifiesto termina con la frase “¡ni una menos!”, conjugada cada vez en distintos idiomas.

Aun desdoblado en ambas versiones del libro, el tono “manifiesto” de la filósofa es evidente y se inscribe sin dudas en un tono de época, que es el de un ciclo de auge del movimiento feminista transnacional. 

Lo hace desde un lugar concreto: una interpelación desde la filosofía y la teoría política en particular a las preguntas políticas de urgencia, impregnadas de coyuntura. Por eso, es un ida y vuelta el que refulge al interior de ambos libros: las lecturas y debates filosóficos son “activados” y convocados en relación a una declinación de manifiesto que, se confiesa, está en construcción, en plena marcha.

La apuesta teórica de Bottici puede leerse en sus propias palabras: dice que entiende la filosofía “como un esfuerzo enredado con otras prácticas de creación de sentido como la literatura y el psicoanálisis”. 

Anarcafeminismo es una manera de enredar y, sobre todo, de componer al feminismo con la filosofía anarquista y también de hacer justicia con un término y una historia que ha sido descalificada e incluso olvidada. Para eso, la filósofa hace precisiones: el anarquismo no significa falta de organización, ni menos aún ausencia de una comunidad política. Más bien, se trata de “un orden incluso en ausencia de un ordenante”. 

Explica: “el anarcafeminismo significa un feminismo sin arché, esto es, un feminismo sin jerarquías ni gobernantes —ya sean jerarquías sexuales, económicas, políticas o raciales—. No podemos combatir una forma de opresión sin combatirlas todas al mismo tiempo, pues todas las formas de opresión habitan la misma casa, que es la creencia según la cual algunas personas son superiores a otras, y esta superioridad justifica su dominación”.

De quienes va citando, no todxs se autodefinen como anarcafeministas, pero ella lxs incluye, lxs acerca, lxs emparenta. 

Anarcafeminista se convierte casi una categoría electiva, de adscripción, más que de encuadre o de construcción de un canon. De hecho, Bottici dedica varios párrafos a explicar por qué lxs pensadores anarquistas se saltan el canon y, si hay uno, es casi secreto o clandestino (un anti-canon). En esa búsqueda de filamentos de composición, de textos y militancias, Botticin da cuerpo a la propuesta anarcafeminista. 

En ese recorrido debe leerse también el desplazamiento de su propio lugar de enunciación (como autora) que empieza con el yo y se traslada al “nosotrxs”. Hay, además, una suerte de tercer género de escritura en su libro: sin puntos ni comas, autobiográfico y poético, que se inserta entre un capítulo y otro. No es la primera vez que se dedica a que sus escritos feministas sean también en cierto modo experimentales y en eso tiene mucho que ver su trabajo sobre imágenes e imaginación.

Su Manifiesto se presentó de forma virtual en el último congreso de ciencia política realizado en la Universidad de Rosario. Ahí comenzó esta conversación que la convertimos en entrevista para Las/12.

-¿Cómo describirías tu trayectoria feminista en términos biográficos? ¿Y cuándo surgió especialmente tu interés por la teoría feminista?

–En cierto modo, siempre he sido feminista porque muy pronto me di cuenta que las mujeres y las personas de género fluido eran objeto de discriminación y violencias sistemáticas. Nací en una pequeña ciudad italiana llamada Carrara, conocida por sus canteras de mármol y por sus tradiciones anarco-sindicalistas. Sin embargo, su inclinación política de izquierda no la hizo un entorno menos patriarcal. Durante mucho tiempo, la violencia de género que presencié me pareció normal: el mar chocaba contra la orilla, el sol salía todos los días en el cielo, y las mujeres y las personas LGBTQ+ eran objeto de discriminación y violencia sistemáticas. Aprendí a vivir con esa violencia del mismo modo que aprendí a nadar.

-¿Hubo una confrontación primero teórica con esa realidad?

-La teoría empezó cuando me di cuenta que las cosas no tenían por qué ser así. Primero, como adolescente, formé parte de la izquierda marxista autonomista y creí que una revolución proletaria se haría cargo de todos los problemas. En los grupos de los que formaba parte, los ideales comunistas y anarquistas iban de la mano. Fue sólo mucho después, cuando leí literatura feminista a finales de mis veinte años, que me di cuenta que incluso el anarquismo puede convertirse fácilmente en hombre-arquismo (N. de E.: se pierde el juego de palabra que sí funciona en inglés: man-archism), a menos que agreguemos un objetivo feminista específico a nuestras luchas por la libertad. El anarquismo, por definición, está llamado a luchar contra todas las formas de opresión, por tanto, tiene que ser feminista si no quiere terminar siendo contradictorio, pero los seres humanos reales están llenos de esas contradicciones.

-Es una experiencia de teoría no sólo ligada a la formación universitaria…

-La literatura y la filosofía feministas fueron una parte muy importante, pero fue en gran parte autodidacta. Fui a la escuela a los 6 años, en 1981, y recibí el título de doctora en filosofía en 1999 habiendo leído sólo a hombres: durante todos mis años en la escuela pública italiana sólo me habían enseñado ideas, libros, poesía, filosofía escritas por un solo género: varones cis. No es exagerado decir que fui educada en la «escuela de hombres» italiana. La teorización feminista comenzó cuando me di cuenta de que había también otras escuelas y otros mundos posibles.

Unidad pluralista

Anarcafeminista, dice Bottici, es un nombre para luchar contra todas las opresiones y formas de explotación y lo hace desde una aspiración pluralista: “¡O todxs somos libres o ningunx lo será!”. 

La unidad y pluralidad simultáneas se inscribe también como apuesta por lo que llama una “teoría crítica intersticial global”. Intersticial y global en principio parecen locaciones contrapuestas, pero en este libro no lo son. Lo global no refiere a un espacio liso ni a una mirada panorámica totalizante. Por el contrario, declara deconstruir y confrontar esa mirada colonial como la única capaz de dar cuenta de lo global (volviéndolo sinónimo de imperial). De ese modo, “lo global como marco” pone a los intersticios en los que se produce teoría y se hace política como espacios estratégicos. 

La interseccionalidad toma una deriva espacial-geográfica: mostrar cómo lo local se intersecta en múltiples escalas evidencia los regímenes conectados de opresión pero también la dimensión transnacional de los espacios de resistencia.

Para entender a fondo la unidad pluralista hay que comprender que el proyecto de Bottici, en términos filosóficos, es un feminismo spinoziano. 

De hecho, dentro de Anarcafeminismo (en su versión extensa) se despliega un libro sobre el filósofo Baruch Spinoza, para argumentar una ontología de lo transindividual. Diciendo que Spinoza propone una suerte de paradojal “altruismo egoísta”, a partir del cual para mejor perseverar en nuestra potencia de existir, formamos asociaciones; Bottici aplica la misma fórmula al feminismo. No existe el feminismo como figura a secas, individual, recortada.

Existe en la medida que, para perseverar, produce alianzas, asociaciones, tramas. Más que agregar adjetivos o cualificaciones como si fuesen listas de intenciones o adjetivos modificadores de un sustantivo esencial, el feminismo tiene capacidad de ser en la medida en que se expresa en alianzas. 

El feminismo, casi como una tecnología afectiva y política de composición, permite leerse en relación al concepto de cuerpo al que Bottici le dedica muchas reflexiones. No hay cuerpo sin proceso de afectación: por eso el cuerpo tiene una naturaleza procesual. El cuerpo no es uno, sino una red de procesos, que convierte lo individual en siempre ya transindividual. El cuerpo, dicho en singular, siempre es plural. No hay punto de partida que no sea colectivo, incluso cuando se parte del “propio” cuerpo.

-¿Qué te permite la ontología transindividual a la hora de conceptualizar el feminismo?

-Adoptando una ontología transindividual, también podemos usar el concepto de mujer fuera de un marco cisnormativo o heteronormativo, y así emplear el término de tal modo que incluya todo tipo de mujeres: mujeres femeninas, mujeres masculinas, mujeres AFAN [mujeres a quienes fue asignado el sexo femenino en su nacimiento], mujeres AMAN [mujeres a quienes fue asignado el sexo masculino en su nacimiento], mujeres bisexuales, mujeres trans, mujeres cis, mujeres asexuales, mujeres queer y tantas otras mujeres. 

Sólo si los cuerpos de las mujeres son teorizados como procesos, como el lugar de un devenir que se desarrolla a diferentes niveles, sólo entonces seremos capaces de hablar de «mujeres» sin incurrir en una normatividad cis- o hetero-.

-¿Cuál es el lugar de Anarcafeminista en tu trabajo?

-El proyecto Anarcafeminismo es una parte integral de mi compromiso de toda la vida con las políticas de la imaginación como teórica, y con los movimientos sociales como activista. 

Viniendo de una familia que ha sido profundamente afectada por el régimen fascista (tengo un abuelo asesinado a tiros por los nazis y otro deportado a un campo de trabajo nazi), me sentí atraída desde muy temprano a investigar cómo puede la gente llegar a construir mentiras institucionales tan gigantescas como el fascismo, creer que están haciendo el bien (porque muchos de ellos lo creen) y convertir así esas mentiras en profecías autocumplidas. Mientras la mayoría de los filósofos que me rodeaban trabajaban en las condiciones de la razón pública, a mí me impulsaba investigar las condiciones de la imaginación pública.

-Un tema clave en estos tiempos otra vez…

-Sí, hay preguntas que no podemos dejar: ¿cómo podemos imaginar juntxs un mundo mejor y, al mismo tiempo, asegurarnos de que quienes están oprimidxs hoy no se conviertan a su vez en lxs opresorxs de mañana? 

Hemos visto que eso ocurre una y otra vez en el curso de la historia. Ahí es donde entra Anarcafeminismo: tenemos que luchar contra el patriarcado y la androcracia (esto significa que los hombres cisgénero constituyen el sexo soberano), al tiempo que nos aseguramos de que nuestras luchas feministas no generen más jerarquías y mecanismos de opresión en su interior. De ahí la necesidad de combinar la perspectiva anarquista que sostiene que la libertad es indivisible con el enfoque feminista sobre cómo se oprime a los segundos sexos (es decir, a las mujeres, a los dos espíritus y a las personas LGBTQI+ de todo el mundo). 

Creo que lo global es el problema y por lo tanto lo global tiene que ser la solución, por lo que necesitamos construir una plataforma feminista que pueda ser la base de nuevas solidaridades y luchas globales.

Comunismo somático

Bottici toma la noción de “comunismo somático” de Paul Preciado para conectarla con la definición de los cuerpos como cuerpos compuestos, colectivos, que dependen de sus conexiones para existir. 

El plano común de la vida es, sin embargo, lo que queda invisibilizado o secuestrado bajo la figura del individuo. Según su argumento, ese recorte está fundado también en el modo en que reconocidas filosofías occidentales privilegian el ser-para-la-muerte, más que la vida. 

Para Bottici, Hanna Arendt invierte esa perspectiva para decir: primero hay que nacer. Nunca se nace solx. La conexión con el trabajo reproductivo entonces se hace evidente. Mirar las dinámicas de producción y reproducción desde la filosofía de la transindividualidad permite dotar de otras bases al ecofeminismo.

-Decís que tu apuesta teórica es por el ecofeminismo, ¿por qué?

-En una ontología de lo transindividual, el medioambiente no es algo separado de nosotrxs, sino que, en propiedad, el medioambiente somos nosotrxs -literalmente, algo constitutivo de nuestra individualidad-. Así, el anarcafeminismo es, por definición, un ecofeminismo donde todos los cuerpos inter- e incluso infra-[individuales] actúan entre sí, y por ello están, hasta cierto punto al menos, animados.

-¿Cómo lees el momento actual del movimiento feminista?

-Creo firmemente que, a pesar de todos los límites y retrocesos, la revolución feminista ha sido la más exitosa del último siglo. Y está en curso: más que la imagen de las «olas feministas», me gusta pensar en la revolución feminista como un río kárstico, como un río que constantemente hace su trabajo: a veces fluye por debajo de la superficie, y no vemos su trabajo porque está sucediendo en lugares menos visibles, pero en otros momentos simplemente irrumpe en la superficie, mostrando toda su fuerza, y llevando a la gente a las calles por millones: y eso es lo que hemos visto muy a menudo en esta última década. 

En Estados Unidos, la Women March de enero de 2017 fue la mayor protesta de un solo día en la historia de Estados Unidos, incluso más grande que las protestas de Vietnam de la década de 1960. Por supuesto que hubo inconvenientes y obstáculos en la revolución feminista.

-¿Cómo lo caracterizan?

-Creo que el auge mundial del populismo de derechas y del neofascismo al que asistimos es, efectivamente, una reacción contra el movimiento feminista: de ahí el machismo caricaturesco de muchos de sus líderes, desde Trump hasta Salvini. 

Pero el movimiento es imparable y, como un río kárstico, se puede detener provisionalmente, desviando su curso, pero la corriente seguirá funcionando bajo la superficie y volverá a emerger en otro lugar. En este momento, un gran desafío son sus divisiones internas: la lucha actual entre feministas trans-excluyentes y trans-feministas es una tragedia para el movimiento. No hay mejor manera de garantizar que los varones cis sigan siendo el primer sexo que dividir a los segundos entre ellos, para que acaben luchando entre sí, en lugar de centrarse en el enemigo común.

-¿Y qué hay del “momento” pandemia?

-Es otro gran reto, porque después de la pandemia, lo que vemos es el agotamiento: la pandemia ha exacerbado aún más muchos rasgos de la opresión del segundo sexo, incluida la forma en que el capitalismo está anulando la distinción entre días y noches, hogar y lugar de trabajo. 

Nunca he oído tan frecuentemente la expresión «Estoy agotada». Y, debo confesar, yo también estoy agotada. Tengo dos hijos, y esto significa que, durante el lockdown, cuando su escuela se convirtió en virtual, las comidas que había que preparar no eran 7 por semana, sino 21 por semana; las horas en las que demandaban mi atención no eran 5 por día, sino 15 por día. 

Todo el trabajo de atención se triplicó literalmente. Pero sigo confiando en que, a medida que recuperemos nuestras fuerzas, el flujo seguirá creciendo, y nuestro agotamiento se convertirá en otro nivel de furia hacia este sistema que nos oprime y agota, con o sin pandemia. 

Una cosa es segura: como las feministas vienen diciendo desde hace algún tiempo, no queremos volver a la normalidad, porque aquello era un infierno.

Imagen de portada: Gentileza de Pagina 12. Chiara Bottici presentó el manifiesto por vía virtual en el Congreso de Ciencia Política en Rosario. 

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Veronica Gago. Diciembre 2021.

Sociedad y Cultura/Mujer/Anarcafeminismo/Filosofía/

Unidad Pluralista

¿Le gustan las largas sobremesas, el sexo y vaguear? Aún no es exactamente un epicúreo.

Es lo que proclama “John Sellars, profesor de filosofía de la Universidad de Londres, en su nuevo libro, ‘Lecciones de epicureísmo’”

Quizá a usted le gusten por encima de todo los placeres físicos: la comida y la bebida, las largas sobremesas con amigos, el sexo y vaguear. 

Quizá se considere un “epicúreo”, alguien que, como dice el diccionario de la Real Academia, “busca el placer exento de todo dolor”. Quizá lo sea. 

Pero las cosas son un poco más complejas. Epicuro, el filósofo que fundó la escuela de pensamiento que lleva su nombre, nació en el siglo IV antes de Cristo en Samos, una isla griega. Se pasó media vida vagando por distintos lugares del Mediterráneo —le expulsaron de algunos, porque a las autoridades no les gustaba cómo exponía sus opiniones en público, sin ninguna cortapisa— y acabó viviendo en Atenas, el lugar más libre de Grecia, donde fundó lo que se dio a conocer como el Jardín. 

Era una comunidad que entendía la vida como la oposición entre el placer y el dolor, que discutía sobre el carácter azaroso de la realidad y la irrelevancia de la muerte. Pero cuyo intento de vivir bien no tenía mucho de hedonista. 

El propio Epicuro vivía básicamente de pan y agua, y consideraba el queso un capricho que darse solo de vez en cuando. No se trataba en absoluto de una comuna —allí la propiedad seguía siendo privada— ni, tampoco, de un grupo de disolutos. Entonces, ¿qué era el epicureísmo? 

Si te interesa profundizar sobre este tema; cliquea por favor donde está escrito en «negrita». Muchas gracias.

Lo cuenta John Sellars, un profesor de filosofía de la Universidad de Londres, en su nuevo libro, ‘Lecciones de epicureísmo’ (Taurus), de apenas 110 páginas, tan claro y divulgativo como lo fue su entrega anterior, ‘Lecciones de estoicismo’. 

En él, afirma que Epicuro creía, y por eso se le malinterpretó muchas veces, que “el placer es la clave de la buena vida. El placer es bueno y el dolor es malo”, de modo que haríamos bien en perseguir el primero y rehuir el segundo. Pero ahí empiezan los matices: por placer, Epicuro no se refería, por ejemplo, a comer, sino a no tener hambre; el placer no consiste en tener todo lo que deseas, sino en ser consciente de que, en realidad, no necesitas mucho más de lo que tienes.

'Lecciones de Epicureísmo' (Taurus)

‘Lecciones de Epicureísmo’ (Taurus)

Para Epicuro, desear comida, agua y cobijo es “natural y necesario”. 

Desear algo más —por ejemplo, una comida mejor elaborada, con un vaso de vino decente y una casa, diríamos hoy, con calefacción— es “natural”, aunque no “necesario”. 

Pero, por decirlo también en términos actuales, estar obsesionado con tener el último iPhone, relojes caros o joyas es “antinatural” e “innecesario”. “El placer epicúreo —dice Sellars— no tiene nada que ver con la gula. 

Es algo mucho más sobrio, cuyo objetivo es alcanzar un estado de satisfacción para el que no hace falta gran cosa”. Para Epicuro, la clave “está en que la mente llegue a estar tranquila y sosegada”.

 Para Epicuro estar obsesionado con tener el último iPhone sería ‘antinatural’ e ‘innecesario’ 

Lo que cuenta, en esencia, es rehuir el dolor. Pero ni siquiera el dolor físico: este, dicen los epicúreos, suele ser soportable, y si de verdad es insoportable acabará llevándote a la tumba, por lo que tampoco debería preocuparte demasiado. 

El dolor realmente atroz es el mental: la frustración por no conseguir lo que deseamos, la ira, la depresión, la ambición política insatisfecha. Y también la codicia. Creemos que, si tenemos más cosas, podremos ahorrarnos todos los males. 

Pero “todas esas riquezas amasadas en teoría para ayudarnos a evitar el dolor físico acaban produciendo, en cambio, sufrimiento mental y, como hemos visto, Epicuro insistía en que esa es una forma de angustia mucho más perniciosa”, dice Sellars. 

De hecho, un par de milenios y medio después, estudios psicológicos como los de Tversky y Kahneman descubrirían de manera más científica que el filósofo tenía razón: conseguir lo que ambicionamos nos produce placer, pero perderlo nos genera mucho más dolor. Incluso el mero hecho de temer perderlo. 

Es el miedo al dolor, más que el dolor en sí, lo que nos aflige. “Si queremos escapar de esta angustia —sigue Sellars—, si queremos evitar la esclavitud de los deseos vacuos, tenemos que aprender que lo que necesitamos realmente es en realidad muy poco, y en la mayoría de las circunstancias se puede obtener con bastante felicidad”.

Átomos

Epicuro y sus seguidores también escribieron sobre la ciencia, la amistad y la política. 

Sentían una enorme curiosidad por el mundo natural y consideraban que toda la realidad estaba conformada por átomos. 

Nuestros cuerpos, nuestro planeta y las estrellas están hechos de átomos; lo cual significaba que no había otra vida: cuando lo material moría, todo moría con ello. 

Si se comprendía este hecho, decían, no se atribuiría la responsabilidad de los acontecimientos “a la acción de alguna deidad desconocida e imaginaria”. “No hay tragedias, ni catástrofes, ni castigos —escribe Sellars—; solo materia desapasionada en movimiento, que en sí misma no es nada a lo que se debe temer”. 

Para apaciguar el posible dolor era necesario tener amigos, pero los epicúreos entendían la amistad de una manera peculiar: un amigo es aquel que sabes que te ayudará si lo necesitas y que piensa lo mismo de ti. 

No es alguien con quien hablas de manera constante, ni que te pide favores todo el tiempo —eso es un abuso—. 

Es otra manera de tranquilizar tu mente: sabes que habrá alguien ahí cuando sea preciso, de modo que eso reduce tu dolor ante la incertidumbre. 

La política, decían los epicúreos, tal vez el aspecto más ingenuo de toda su filosofía, tendría que ser una ampliación de esa amistad: los humanos no deberíamos vivir coartados por leyes y castigos, sino cooperar para mitigar los pesares y la angustia. 

Tal vez eso sirviera para el Jardín, que sobrevivió doscientos años, pero acabó siendo arrasado durante una invasión romana en una demostración de lo que era la política real. 

«Algunas personas poseen un temperamento medio epicúreo y medio estoico» Sellars cuenta que, durante mucho tiempo, el epicureísmo se opuso al estoicismo, como si ambas filosofías —la primera, como vemos, más centrada en una forma peculiar de placer; la segunda, empeñada en enseñarnos cómo soportar con resignación los inevitables sufrimientos de la vida— fueran contrapuestas y rivales. 

Pero, afirma, muchos pensamos que ambas filosofías son convincentes.

“Algunas personas poseen un temperamento medio epicúreo y medio estoico”, dice. A lo que yo añadiría que, aunque sea matemáticamente imposible, algunos, además de esas dos mitades, tenemos otra hedonista. 

Sea como sea, Sellars es un gran divulgador de la filosofía y si, como creía Epicuro, esta debía servir para tranquilizar la mente a través del conocimiento, él lo consigue siempre de manera efectiva y breve.

Imagen de portada: Gentileza de El Confidencial

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Ramón González Férriz. Diciembre 2021.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Epicuro/Lecciones de Epicureísmo.

LITERATURA. «Íntima» y «El origen de todo» de Roberto Appratto

Lecciones de intimidad. 

Dos nouvelles que trazan una continuidad de recuerdos que van del padre a la madre. La vida misma como aventura escrita de manera excepcional.

En 1984, de regreso a Argentina, Germán García encuentra en una librería de calle Corrientes un pequeño libro de Carlos Correas titulado Kafka y su padre. 

La anécdota refiere que luego de leerlo con el interés del recién llegado, pero también con la fatalidad del embrujo que el estilo de Correas siempre reclama, García volvió a la librería y compró el saldo que a más de un año de su edición acumulaba polvo e indiferencia. 

Inmediatamente lo repartió entre los participantes de sus grupos de estudio. Con el tiempo García rescataría a su autor de la miseria y la soledad; pero ya en ese primer gesto compulsivo de arrebato, se esconde la incógnita de una pregunta. ¿Qué lleva a escribir sobre un padre? 

El libro de Correas desmenuzaba esta pregunta tal vez en el momento más alto de la literatura, cuando Kafka alzaba la voz en una carta que jamás llegaría a destino porque su madre al leerla así lo decidió. 

Sin embargo, más allá de todo, el destino que sí se cumple es el que Correas, con erudición e ingenio, nos señala respecto a Kafka: hizo la mejor literatura por encima de las demandas, las incomprensiones, el conflictivo amor en el que todo padre e hijo se pierden.

Hace unos días terminé de leer Íntima y El origen de todo de Roberto Appratto, publicadas este año por Bulk editores, dos nouvelles que trazan una continuidad de recuerdos que va del padre a la madre. 

No sé muy bien por qué, pero ni bien cerré el libro vino a mí la anécdota de Germán García propagando su entusiasmo por aquello que hasta hace un tiempo le era desconocido. Inmediatamente pensé en posibles lectores, tracé en el aire recomendaciones, incentivos felices para este libro, demandas para que lo lean y, mientras avanzaba en su lectura, recuerdo que se sucedían diálogos con interlocutores inexistentes a los que les señalaba el origen y los motivos de su extrañeza. 

Es algo que siempre pasa; si la soledad es un extremo de la lectura, la generosidad -que nadie pide- es el otro hacia el cual todo entusiasmo se encamina. Pero tal vez se deba a que para mí el tema de Appratto resulta imposible, porque, a decir verdad, esquiva muy bien la larga tradición de enconos familiares de la cual Proust, Dostoievski y el mismo Kafka son exponentes del malentendido. 

Sin embargo, ahí está en su escritura ese espejo oscurecido de donde provendría todo. ¿Si el padre y la madre no son literatura qué son entonces? ¿La vida misma? ¿A quién le importa un padre y una madre intrascendentes, grises, diletantes en la oscuridad de sus días, sin espectador alguno para sus actos, protagonistas solo de sus insignificantes rutinas? 

De seguro a Appratto, para quien el padre y la madre son fantasmas a los que visitar en cualquier momento, ya que no son despóticos ni exigentes; tampoco estrafalarios o crueles, menos aún ideales; pero sí íntimos, tanto que en el enigma de lo cotidiano se dibujan como propios: son los padres que todos podríamos tener.

Un padre de familia, un médico respetable, un autodidacta, la encarnación de la sapiencia y prudencia uruguaya ‒morosa en actos cuando no vacilante en decisiones, pero sí o sí mesurada en sus juicios‒ todo esto hace al retrato que Íntima en un solo movimiento despliega en cien páginas. 

Pero Appratto persigue al melómano de su padre, cantor y compositor de tangos en la intimidad de sus ratos libres; y, sobre todo, atento escucha de lo que no se aprende: el gusto como distinción. Por lo cual, si un padre deja un legado a todo hijo, este es “lo que entiendo por buen gusto musical” dice Appratto. 

En realidad, lo que esta nouvelle de sesgo autobiográfico tiene de extraordinario es que antes que la representación de una figura lo que busca es el recuerdo de ese legado, el fragmento que cual vieja llave abre el cajón del todo. 

Pero como el legado no es más que un repertorio de piezas musicales ‒y los efectos que estas causan en uno, el legado debe entonces desentrañarse hasta sus últimas consecuencias. Escribir sobre un padre no es más que desentrañar su música; la cadencia de voz, el silbido, los silencios que cuentan su historia. Hay una música del padre que no es lo que éste escuchaba, sino más bien lo que con esa música se estaba escuchando de una época. 

Si no se la recuerda se pierde, se olvida; y si se la escucha, tan solo se comprueba que nos pertenece por ausencia de su dueño. Es el ayer del tango, con todo lo que hay de insólito en que regrese hoy. De ahí en adelante, el resto es literatura, al extraño modo que tienen los uruguayos de hacerla: “Escribir es inevitablemente eso: dar al recuerdo una cadencia lírica, como si hubiera algo ahí que no se pudiera traspasar de otro modo”. 

Appratto viene entonces a invertir la tradición de esa escritura sobre el padre, pues no está en el pasado para decirnos de dónde venimos o quiénes somos, sino que está en el futuro para transformar el pasado en lenguaje, “para que uno reciba un lugar, cambiante, momentáneo, a punto de perderse”.

Últimamente de tanto leer preocupaciones ajenas de marcada inclinación egotista -siempre las preocupaciones de uno son insignificantes-, he llegado a pensar que el único lugar posible al cual seremos arrastrados con convencimiento es la soledad. 

Allí se llega por vocación y esfuerzo; allí se decide estar por felicidad futura.

Uno entonces lee vidas ajenas, del mismo modo que Germán García leía lo cumulado en el olvido, porque toda autobiografía busca eso, el lugar adonde lo que desapareció regresa para irse, pero esta vez, atado a esa cadencia lírica del lenguaje. 

En El origen de todo uno se convence de que no hay lugar más solitario que el detentado por la madre; su cerrazón sentimental, la mansedumbre tediosa que detenta como poder, los laberintos de fechas, datos, zonas en las cuales aparece y se pierde hacen de ella el habitante de ese país en el corazón de cualquier hogar. 

Lo cual lleva a invertir los alcances de lo materno; y así una madre, antes que el horizonte del lenguaje otorga a todo hijo la profundidad de su soledad en la cual, hacer lugar a ese lenguaje. 

He aquí el otro legado que Appratto desentraña; he aquí la respuesta a “ese retiro a la invisibilidad” que él cultiva y que tiene su origen en la vocación de “quedarse con uno”, “cultivar el mundo interior hasta que casi no se oiga”, movimientos todos provenientes de lo materno. 

Por lo cual, uniendo uno y otro relato en las puntas de sus extremos, si un padre nos transfiere un nombre a desentrañar por su resonancia futura, una madre nos lega el silencio con el cual contornear el alcance de ese nombre. Y no es una fatalidad, es la vida misma como aventura escrita de manera excepcional. 

Imagen  de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Carlos Surghi.Diciembre 2021

Sociedad y Cultura/Literatura/Sinopsis/Roberto Appratto/Filosofía

“Releer a los clásicos podría ayudarnos a cuestionar nuestras hipocresías más viles”. Entrevista a Aurora Luque.

Aurora Luque (Almería, 1962) es una de las más prestigiosas voces para hablar de la Antigüedad clásica y su vigencia en nuestro presente. Traductora de Safo y de Catulo, editora y divulgadora de la lírica grecorromana escrita por mujeres, académica, filóloga y, ante todo, poeta, Luque ha hecho del mundo grecolatino su fuente de inspiración, pero también lo ha convertido en algo que forma parte de su esencia. Para ella, volver a los clásicos significa pensar en lo que compartimos con ellos, descubrir lo que aún podemos aprenderles y abrir los oídos para descifrar los secretos que nos susurran.

USTED HA ESCRITO: “DE GRECIA ME ATRAJO SIEMPRE, POR SU SIMILITUD CON LA NUESTRA, LA ÉPOCA HELENÍSTICA, CON SU FERVOR POR LAS FILOLOGÍAS Y LAS BIBLIOTECAS Y LOS MITOS RECÓNDITOS Y LA IRONÍA Y EL HUMOR DE QUIENES SABEN QUE VIVEN EN UN MUNDO DESPROPORCIONADO Y DEFORME.” ¿QUÉ ES LO QUE LOS CLÁSICOS GRECOLATINOS SIGUEN DICIENDO EN NUESTRO PRESENTE?

Hoy quizá complementaría lo que escribí en aquella ocasión: llevaría un foco hacia las épocas arcaica y clásica en tanto que distintas de la nuestra. Por lo que estrenaron de curiosidad, de aventura intelectual, de creatividad y de invenciones. 

Contemplar cómo se creaban lenguajes a la par que se desarrollaban conocimientos no sospechados antes. Por lo mucho que podría inspirarnos su actitud crítica ante la vida. Hoy nos hemos vuelto muy cobardes, por ejemplo, ante la superstición religiosa y sus daños colaterales, los fundamentalismos. No tenemos nada parecido a la valentía inaugural de un Jenófanes que criticaba la inanidad del deporte o la creación de los dioses a imagen humana, por ejemplo. O nada igual a la decisión colectiva de inventar la ciudad democrática. O al análisis radical del motor de la violencia que enfrenta a los pueblos que hace Tucídides. 

O al valor de Eurípides en plena guerra para ponerse en la piel de los enemigos vencidos. Quizá releer a estos clásicos podría ayudarnos a cuestionar nuestras hipocresías más viles, como –por poner un ejemplo– la de tolerar los abusos contra la libertad en Catar, Emiratos Árabes o Arabia Saudí a cambio de su petróleo y sus patrocinios deportivos.

¿CUÁLES SON LOS DESAFÍOS AL TRADUCIR Y RECONSTRUIR LOS VERSOS DE CATULO, SAFO Y OTROS AUTORES GRECOLATINOS PARA ACERCARLOS A LOS LECTORES DEL SIGLO XXI?

Es una tarea que te pide mucho tiempo y mucha atención. Tienes que comprar un billete en la máquina del tiempo y acercarte hasta sus vidas, hasta sus Veronas o sus Mitilenes. Y pedirles cortésmente que te acompañen en el viaje de vuelta porque quieres presentarlos a los lectores y lectoras de poesía de tu siglo. Me acompaña siempre un principio que me obligo a respetar: que puedan seguir leyéndose como los poetas que fueron. 

Arrugarían la nariz si se vieran traducidos en prosa. Intuir qué musicalidad deseó dar Catulo a sus palabras e intentar reproducir una dosis parecida de ritmo, de pathos, con los recursos del español. En el caso de Safo, hay, además, que indicar o traducir de alguna manera los silencios que rodean sus fragmentos mal transmitidos. Traducir poesía me exige lentitud e intimidad: avanzo cuatro o seis versos como mucho en una tarde.

USTED MENCIONA QUE, A TRAVÉS DE LOS SIGLOS, LOS ESCRITORES HAN INVENTADO SU PROPIA SAFO, A VECES IDEALIZANDO, A VECES DEMONIZANDO, ¿CÓMO PODEMOS ACERCARNOS A SU FIGURA SIN CAER EN DISTORSIONES?

No nos engañemos: hemos de aceptar de antemano que también nuestra Safo va a acarrear la distorsión inevitable de nuestro siglo. No existe una interpretación neutra y ahistórica. Dicho lo cual, no estamos en el peor tramo de la historia para entender a Safo. Disponemos de más herramientas que nunca para analizar y entender su condición de mujer creadora, cosa que en épocas brutalmente puritanas y luteranas era prácticamente imposible. 

Los estudios de género y la teoría feminista son instrumentos epistemológicos tan útiles y necesarios como la filología para penetrar en su poesía y en su mundo. Por primera vez en la historia de Occidente y del planeta puede hablarse de homoerotismo sin que pese en las mentes la sombra teológica del pecado cristiano. La sociedad acepta que las mujeres desarrollen plenamente su talento: esto era impensable hace unas décadas. Safo no es ya una rara avis, sino una poeta plena y poderosa.

¿NOS PUEDE PLATICAR LA MANERA EN QUE CADA DESCUBRIMIENTO DE UN NUEVO FRAGMENTO DE SAFO MODIFICA LO QUE PENSÁBAMOS DE SU OBRA?

Si no lo modifica, al menos confirma algo que intuíamos o sospechábamos. Por ejemplo, el papiro hallado en 2014 que conserva el llamado Poema de los hermanos, desconocido hasta ahora, ilumina lo que solo aventurábamos a través de citas indirectas. 

Nos descubre que además de los poemas amorosos, privilegiados por la tradición, Safo compuso poemas en una línea mixta que se ha llamado de “canciones de amor y marineros”: las consecuencias del eros agridulce afectan no solo a Safo, sino también a su hermano navegante que se enamoró de una cortesana egipcia. Safo se preocupa por la pérdida de la reputación familiar y pide ayuda a Hera, diosa protectora de los navegantes en el Mediterráneo. El nuevo texto ayuda, pues, a desmontar la imagen de una Safo intimista recluida en un mundo femenino.

SOLO FRAGMENTOS HAN LLEGADO HASTA NOSOTROS DE LA LÍRICA GRIEGA ARCAICA. ¿CÓMO LA CREACIÓN FRAGMENTARIA Y LA IDEA DE OBRA ABIERTA, TAN PROPIAS DE NUESTRA ÉPOCA, FAVORECEN UNA LECTURA CONTEMPORÁNEA DE AQUELLA POESÍA?

Estamos de suerte también en ese aspecto formal (además de en el simbólico e ideológico, señalado más arriba). Las vanguardias del primer tercio del siglo XX nos liberaron de muchos corsés y miriñaques. El arte da cuenta por primera vez de una realidad fragmentada, onírica, rota, deconstruida, descompuesta. Por primera vez no hay que añadirle brazos a la estatua que se recupera incompleta. Los fragmentos de Safo, además de rotos, son breves. Y el mayor auge de los géneros ultra breves lo tenemos en este siglo: microrrelato, haiku, aforismo… El fragmento sáfico entra sin violencia en nuestro hábito lector.

¿CREE USTED QUE EL HECHO DE QUE MUJERES CLASICISTAS, COMO CAROLINE ALEXANDER O EMILY WILSON, HAYAN EMPRENDIDO SUS PROPIAS TRADUCCIONES DE HOMERO NOS DEJA VER NUEVOS ASPECTOS DE LA ILÍADA Y LA ODISEA QUE NO ESTABAN PRESENTES EN OTRAS TRADUCCIONES?

Sí. Ciertamente me sorprendió la visión de Aquiles como un insumiso que da Caroline Alexander en su ensayo La guerra que mató a Aquiles. Frente a Borges, a quien no le gustaba la Ilíada porque “no se puede admirar a un hombre como Aquiles […] 

Un hombre continuamente malhumorado, enfadado porque la gente ha sido injusta con él”, Alexander presenta al héroe rebelde que decide no tolerar la injusticia del caudillo Agamenón, del jefe, del alto mando del Estado mayor. Nunca nos habían señalado que en la Ilíada todo se mueve a partir no solo de la ira o la cólera, sino de la rebeldía consecuente y radical de un jefe militar contra el mando superior. Siempre se puso el énfasis en el mal temperamento del hombre, no en la insubordinación del militar. Lo hace Caroline Alexander (¿tal vez porque las mujeres hemos experimentado de otra manera la necesidad de la rebelión? Tal vez).

DE ACUERDO CON SIMON CRITCHLEY, AL ALUDIR A UN MUNDO DE DOLOR Y GUERRA, LA TRAGEDIA ÁTICA HABLA TAMBIÉN DE NUESTRAS PREOCUPACIONES Y MIEDOS. ¿ES POSIBLE ENTENDER LA VIOLENCIA ACTUAL SUMERGIÉNDONOS EN LA OBRA DE SÓFOCLES, EURÍPIDES Y ESQUILO?

Sí, por supuesto. Traduzco ahora Las suplicantes de Esquilo, una obra que se tuvo por primeriza y menor por el hecho de que el papel protagonista lo ostenta un personaje colectivo de mujeres, un coro femenino, el grupo de las Danaides. Las violencias que sufren estas mujeres son actualísimas: se las obliga en Egipto a un matrimonio forzado que ellas eluden huyendo en barco y después se las rechaza cuando piden asilo político en la ciudad democrática de Argos, aunque al final la asamblea vota a favor de la acogida. ¿Cabe más actualidad en un argumento? ¡Esquilo estaba dándonos soluciones al problema de las mujeres afganas pisoteadas hoy mismo por los talibanes! Lo más admirable de Atenas es que entonces ya tenían estipuladas las leyes y modos de acogida de los extranjeros que pedían refugio.

Y no me detengo en Creonte, el tirano que se acoge a leyes rígidas, extrapolable a todas las dictaduras (¿la Nicaragua de hoy?). La guerra es un motivo universal. Y los griegos ya pensaron en lo universal con profunda honestidad: en la violencia, el dolor, la perplejidad, el estupor ante el destino y sus vuelcos. ¿Cómo no admirarlos?

USTED HA COMPILADO Y TRADUCIDO UN VOLUMEN DE POESÍA ERÓTICA GRIEGA (LOS DADOS DE EROS, 2000), EN EL QUE NO SOLO CONTEMPLA LA LÍRICA ARCAICA SINO LA ÉPICA DE HOMERO Y DE HESÍODO, O EL TEATRO DE SÓFOCLES Y ARISTÓFANES. DESDE NUESTRO TIEMPO, ¿HASTA QUÉ PUNTO PODEMOS IDENTIFICARNOS CON ESA CONCEPCIÓN DEL AMOR Y DEL EROTISMO? ¿QUÉ NO PODEMOS ENTENDER?

Podemos entenderlo todo. Es cierto que la pederastia platónica ha causado mucho estupor. Y es que partimos de un modo muy diferente de relacionarnos con la sexualidad: en Occidente nos vemos conminados a elegir una identidad sexual esencialista y vitalicia. Uno “es” homosexual o “es” heterosexual. Se aborda como un tema rígidamente identitario. La flexibilidad sexual de los griegos era en cambio asombrosa. La mayoría de los griegos era bisexual: o mejor, no “numeraban” sus tendencias. Safo se habría extrañado de que la llamáramos lesbiana en el sentido actual. Estaba casada y tenía una hija, nos dicen las fuentes. Aprender de esa flexibilidad griega nos resultaría beneficioso y saludable en nuestro siglo XXI, tan rígido en ese aspecto. Por lo demás, compartimos con aquellos griegos el descubrimiento del placer en esta especie de neo epicureísmo hedonista que se disfruta en el presente una vez que nos hemos desprendido de los yugos morales de la iglesia católica.

EN GRECORROMANAS. LÍRICA SUPERVIVIENTE DE LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA (2020) SE DEDICA A RECUPERAR A POETISAS GRECOLATINAS, INCLUSO REIVINDICANDO LA PALABRA POETISA. ¿QUÉ TAN DIFÍCIL FUE HACER ESE LIBRO? ¿CUÁL ES LA IMPORTANCIA DE RECONFIGURAR NUESTRO CONOCIMIENTO DE LA ANTIGÜEDAD INCLUYENDO A ESTAS AUTORAS?

No es que reivindique la palabra poetisa de forma exclusiva: señalo el proceso histórico que llevó a su rechazo y que estamos en condiciones de superar. El término se cargó de negatividad por culpa de la brutal misoginia de los escritores e intelectuales de la segunda mitad del XIX(Campoamor y compañía) al menos en España: fueron tan despiadadas las burlas contra las mujeres que se atrevieron a publicar sus versos que la palabra quedó lastrada y manchada hasta el día de hoy. Pero ¿por qué no la rescatamos? Sería muy útil. Si decimos, por ejemplo: “poetas importantes publican en esa colección”, ¿alguien piensa en que puedan ser todas mujeres?

Editar el libro fue complejo, dados los distintos soportes en los que se hallaban los textos (códices, papiros, epigramas en piedra). Tardé largos años en rematar lo que fue mi tesina o memoria de licenciatura, que trataba ya el tema de la poesía compuesta por mujeres en Grecia y que defendí en el lejano 1987. 

En estos años he ido constatando el interés creciente por la autoría femenina, por los rescates de los textos supervivientes, por la rehabilitación de los nombres de las autoras, maltratadísimos o ninguneados por la indiferencia académica.

Frente a la negación automática de sus existencias o a su encasillamiento acrítico, es preciso desmontar los tópicos de fragilidad, sensibilidad e ingenuidad que mecánicamente se les atribuían. Como argumenta la gran filósofa Amelia Valcárcel, “hay que cuidar las tumbas de las antepasadas”.

¿CONSIDERA QUE LAS MUJERES QUE ESCRIBEN EN LA ACTUALIDAD PUEDEN VERSE REFLEJADAS EN ALGUNAS DE ESTAS AUTORAS?

La obra conservada es muy escasa: eso constituye un impedimento. Sin embargo, sus nombres y las noticias sobre sus vidas (a menudo tergiversadas y manipuladas) completan huecos simbólicos. Y esas escasas reliquias de los versos supervivientes desmienten el encasillamiento secular que han padecido. 

Porque a menudo estas poetisas cultivaron géneros “no femeninos”: la oda política (Melino), la sátira antiimperial (Sulpicia), la poesía épica (Aristodama, poeta itinerante), las canciones para acompañar al vino (Praxila), la poesía gnómica (Cleobulina), etcétera.

A MENUDO SE HABLA DE UN “CANON CLÁSICO”, UN GRUPO DE AUTORES Y OBRAS A LOS QUE VALE LA PENA LEER Y RELEER. A VECES SE TIENE LA IMPRESIÓN DE QUE SE TRATA DE UNA LISTA PERMANENTE, PERO ¿CÓMO PODEMOS REINVENTAR EL CONCEPTO? ¿CREE USTED QUE LOS CLÁSICOS SON LIBROS NO SOLO PARA REVERENCIAR SINO TAMBIÉN PARA PELEARNOS CON ELLOS?

¿Hay que reinventar el concepto? ¿Por qué? ¿No podemos soportar la idea de que haya unos libros que vienen siendo buenos desde siempre? ¿Por qué? ¿Porque son occidentales y ahora lo occidental suena a apestado? 

Ni reverencia ni odio: disfrute y aprendizaje. Mejor leerlos y después, con argumentos, acogerlos o despedirlos de nuestras vidas. Pero la Antígona de Sófocles ¿con qué la sustituimos? Toda la literatura creada por el camino de los siglos desde la Antigüedad hasta nuestros días se saborea y se goza mejor si conocemos los ingredientes primordiales, los primeros platos, las primeras recetas, las infancias de los géneros. Aunque lo de infancia es relativo: mejóreme usted Las troyanas de Eurípides.

¿CÓMO SERÍA LA BIBLIOTECA IDEAL DE SUS CLÁSICOS? ¿QUÉ OBRAS Y AUTORES CONSIDERA IMPRESCINDIBLES?

No me atrevo a dar una lista de imprescindibles, porque mi biblioteca fue cambiante: en cada edad necesité a unos o a otros. Safo y Catulo siempre me acompañaron. Y siempre tuve cerca la Odisea, y a Hesíodo, a Arquíloco, a Alceo, a Anacreonte. Me deslumbraron el Fedro de Platón y Antígona y Edipo de Sófocles a los dieciséis y diecisiete años. Y luego Las troyanas de Eurípides. Y el humor absolutamente libre y genial de Aristófanes, solo posible en una democracia sana. Y el inmenso Esquilo: primero con sus Euménides, ahora con sus Suplicantes. Y el sabio amigo Epicuro, cuyo retrato preside mi casa. Y ahora vuelvo sobre los epigramas helenísticos con la magnífica edición de Quinientos epigramas griegos, recién editada por Luis Arturo Guichard en Letras Universales de Cátedra.

¿CÓMO SE VALE USTED DEL MUNDO CLÁSICO NO SOLO COMO MATERIA DE ESTUDIO SINO TAMBIÉN PARA ESCRIBIR UNA OBRA PROPIA?

Un poco al modo del gran Borges: “Cercado estoy por la mitología. / Nada puedo. Virgilio me ha hechizado.” Y un poco bajo el estímulo feminista, que me mueve a mirar debajo de la alfombra de los mitos, a poner el oído tras las paredes que encierran a Medeas y Penélopes y Fedras y Danaides para escuchar sus voces, ya no tan tenues y desatendidas. Pero no me valgo yo del mundo clásico como de algo externo: el mundo clásico se apodera de mí, digamos que lo llevo dentro, que sus poetas me acompañan como amigos y me susurran al oído leyendas y versos. Ese es el poder de la literatura: está hecha de palabras aladas que viajan y se burlan de la tiranía de los siglos y de los milenios y nos acercan la belleza de los mundos lejanos en el tiempo y en el espacio. No hay nada más presente y vivo que lo que contiene cualquier libro. ~

Imagen de portada: Gentileza de Letras libres.

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Por Eduardo Huchin Sosa y Karla Sánchez. Diciembre 2021.

México/Los clásicos/Filosofía/Sociedad y Cultura/Entrevista

Platón, Aristóteles, san Agustín y Nietzsche deben quedarse en nuestras aulas.

Según lo que ha trascendido (y ojalá me equivoque o esté mal informado), un nuevo cambio en la ley de Educación supone la desaparición de facto de la Filosofía en la enseñanza media. 

Una noticia que me ha consternado. De todos los profesores que he tenido a lo largo de mi vida tal vez el que más me influyó fue mi profesor de Filosofía en el instituto, Javier. Al hilo de la lectura de ‘Los vencejos’, la última novela de Fernando Aramburu, protagonizada por Toni, profesor de Filosofía en un instituto de Secundaria en Madrid, quiero reivindicar la enseñanza de la Filosofía para aprender a pensar con más criterio y a vivir con más conocimiento y dignidad.

Es conocido que, al menos, hay dos tipos de lectores. Quienes se centran en un libro y no van a por otro hasta que no han terminado el primero. Y quienes leen varios libros a la vez, casi siempre de géneros distintos. 

Yo pertenezco al segundo tipo y suelo tener entre manos varias lecturas (novela, relato, ensayo, poesía). Estas semanas vuelo con Los vencejos (Tusquets), la última novela de Fernando Aramburu, una obra que, por si cabía alguna duda, demuestra una vez más el talento y la ambición literaria de uno de los autores más sólidos de la narrativa actual.

Hablaré de ella con más detalle en otro artículo dentro de no mucho, pero si comienzo hoy por Los Vencejos es porque está protagonizada (y narrada) por Toni, profesor de Filosofía en un instituto de secundaria en Madrid, y estas semanas se ha hablado (menos de lo que debería) del crimen que puede perpetrar el Ministerio de Educación con esta asignatura si sale adelante la reforma que prepara. Según lo que ha trascendido (y ojalá me equivoque o esté mal informado), este nuevo cambio en la ley supone la desaparición de facto de la Filosofía en la enseñanza media. Una noticia que me ha consternado.

No exagero si digo que de todos los profesores que he tenido a lo largo de mi vida tal vez el que más me influyó fue mi profesor de Filosofía en el instituto, Javier, tocayo, de quien creo haber hablado aquí alguna vez. “Sartre está bien, pero es mucho mejor Camus”, recuerdo que me dijo un día cuando me preguntó por mis lecturas en clase. 

En aquella época yo estaba inmerso en las obras literarias de los existencialistas (sobre todo, teatro y novela) y fue él quien me recomendó que leyera 

El mito de Sísifo, un libro que me marcó de por vida y que, curiosamente, tiene mucho que ver con el protagonista de Los Vencejos. Lamento mucho que Javier no llegara a escribir nunca esa novela que decía que tenía en la cabeza, de la que nos hablaba a veces mientras paseaba entre los pupitres, con el semblante pensativo.

Las preguntas que nos hacemos los humanos hoy son las mismas que ya se hicieron los clásicos (no solo en Grecia y Roma, también en la fructífera tradición oriental) y muchas de las respuestas ya nos las dieron ellos. 

Cómo entender la necesidad imperiosa de un decrecimiento frugal, por ejemplo, sin saber quién era Epicuro. Cómo saber qué es la realidad si no conocemos el mito de la caverna de Platón. Es imposible pensar en la ética o en la crítica literaria (en tantas cosas en realidad) sin Aristóteles. 

¿Ser historiador o periodista sin Heródoto? El mindfulness, que tan de moda se ha puesto y que suena muy bien porque está escrito en inglés, hunde sus raíces en la tradición de los maestros budistas, hinduistas y taoístas, quienes nos enseñaron a vivir en el momento presente. 

Nunca he creído en esa limitación dolorosa de separar el aprendizaje entre letras y ciencias porque estoy convencido de que en el instituto uno debería salir con un saber global. Para entender el mundo de hoy es tan importante haber leído La divina comedia como conocer las leyes de la termodinámica.

Javier tenía la cualidad de saber integrar los debates de nuestro tiempo con la historia de la filosofía. Era como si los sofistas, San Agustín, Santa Teresa, Nietzsche, Marx o María Zambrano se sentaran con nosotros en el aula y participaran en nuestras conversaciones, en las que con ardor adolescente algunos tratábamos de buscar una luz en las tinieblas. 

En sus clases se respiraba siempre un aire de libertad. Pero de esa libertad de la que habla ese gran filósofo y gran sabio que es Emilio Lledó. No solo la libertad de expresar lo que pensamos sino, más importante aún, la libertad de pensar. Y es imposible conquistar esa libertad sin la filosofía.

Imagen de portada: Gentileza de ‘La escuela de Atenas de Rafael’. En el centro, Platón (ropajes rojos) y Artistóteles (túnica azul). En la escalera está Diógenes (de azul) y abajo, sentado, Heráclito

FUENTE RESPONSABLE: El Asombrario y Cía. Por Javier Morales. Diciembre 2021.

Filosofía/España/Sociedad y Cultura/Pensamiento critico.

Ensayo: Las cosas queridas

El filósofo surcoreano rescata textos del “El Principito” para explicar cómo el capitalismo destruye los lazos de amor.

Si deseas profundizar sobre este tema; por favor cliquea donde esta escrito en “negrita”. Muchas gracias.

En “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, hay una escena que ilustra lo que es una cosa querida. En ella, el pequeño príncipe encuentra un zorro. Invita a este a jugar con él. El zorro accede, pero no puede jugar con él, pues él no lo ha “domesticado”. El pequeño príncipe pregunta al zorro qué es “domesticar” (“apprivoiser”). A esto responde el zorro: “Es algo demasiado olvidado […] Significa crear lazos […] Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…”.

Hoy, los lazos fuertes pierden cada vez más importancia. Son, sobre todo, improductivos, porque los lazos débiles aceleran por sí solos el consumo y la comunicación. 

Así, el capitalismo destruye sistemáticamente los lazos. Las cosas queridas también son raras en la actualidad. Dejan paso a los artículos desechables. 

El zorro continúa: “Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero, como no existen comerciantes de amigos, los hombres ya no tienen amigos”. Hoy, Saint-Exupéry podría haber afirmado que ahora también hay comerciantes de amigos con nombres como Facebook o Tinder.

Solo después de su encuentro con el zorro, el principito se da cuenta de por qué su rosa es tan única para él: “Es a ella a quien protegí con el biombo […]. 

Es a ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse”. El principito le da tiempo a la rosa “escuchándola”. “Escuchar a otro”. Quien verdaderamente escucha, “presta atención” sin reservas a otro. Cuando no se presta atención a otro, el yo vuelve a levantar su cabeza. 

La “debilidad metafísica por el otro” es constitutiva de la “ética del escuchar” como ética de la responsabilidad. El ego que se fortalece es incapaz de escuchar, porque en todas partes solo se oye hablar a sí mismo.

El corazón late ante el “otro”. También encontramos al otro en las cosas queridas. A menudo son un regalo de otro. Hoy no tenemos tiempo para el otro. El tiempo como tiempo del yo nos hace ciegos para el otro. Solo el tiempo del otro crea los lazos fuertes, la amistad y hasta la comunidad. Es el tiempo bueno. Así habla el zorro: “Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante […] Los hombres han olvidado esta verdad […] Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa”.

El zorro desea que el pequeño príncipe le visite siempre a la misma hora, que haga de la visita un rito. El principito le pregunta al zorro qué es un rito. A lo que el zorro responde: “Es algo también demasiado olvidado […]. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas”. 

Los ritos son técnicas temporales de clausura. Hacen del “ser-en-el mundo” un “estar-en-casa”. Son en el tiempo lo que las cosas en el espacio. 

Estabilizan la vida estructurando el tiempo. Son “arquitecturas del tiempo”. De este modo, hacen que el tiempo sea habitable, incluso transitable, como una casa. El tiempo de hoy carece de una estructura sólida. No es una casa, sino una corriente. Nada la detiene. El tiempo del apresuramiento no es habitable.

Tanto los rituales como las cosas queridas son polos de descanso que estabilizan la vida. Las repeticiones los distinguen. La compulsión de la producción y el consumo suprime las repeticiones. 

Desarrolla la compulsión hacia lo nuevo. La información tampoco es repetible. Ya por su breve lapso de actualidad reduce la duración. Desarrolla una compulsión hacia estímulos siempre nuevos. En las cosas queridas no caben estímulos. Por eso son repetibles.

La expresión francesa “apprendre par cœur” (“aprender de memoria”) supone adquirir mentalmente algo por repetición. 

Solo las repeticiones llegan al corazón. También su ritmo se debe a la repetición. La vida de la que se ha alejado toda repetición carece de ritmo, de latido. También el ritmo estabiliza la psique. Da una forma al tiempo, que es en sí mismo un elemento inestable: “El ritmo es el éxito de la forma bajo la condición (adversa) de la temporalidad”. 

En la era de las emociones, de los arrebatos y de las experiencias, que son irrepetibles, la vida pierde forma y ritmo. Se torna radicalmente fugaz.

La era de las cosas queridas, la era del corazón, ha quedado atrás. 

El corazón pertenece al orden terreno. En la puerta de la casa que habitaba Heidegger se leía el versículo bíblico: “Por encima de todo guarda tu corazón, porque de él brota la vida”. 

También Saint-Exupéry invoca el poder del corazón que da vida. Al despedirse del pequeño príncipe, el zorro comparte un secreto: “Es muy simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.

Adelanto del libro “No-Cosas” (Taurus) de Byung-Chul Han. 

Imagen de portada: Gentileza de Byung-Chul Han

FUENTE RESPONSABLE: Noticias. Cultura. Argentina. Noviembre 2021

Filosofía/El Principito/Ensayo: Las cosas queridas/Cultura/Sociedad-

Por qué se critica a los best sellers filosóficos antes de leerlos con atención.

Hay varias firmas de moda en el mundo del pensamiento ,de Slavoj Žižek a Paul B. Preciado, pero Byung-Chul Han puede tomarse como paradigma de autor mirado con recelo: tal vez ocurra que se está planteando, por obvias que parezcan, las preguntas correctas.

Escrito por el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959), No-cosas. Quiebres del mundo de hoy, su último libro, best seller mundial, demuestra que hay al menos dos razones por las que los filósofos de notoriedad provocan malestares más allá de las características particulares de sus posiciones políticas. 

La primera es que habitamos un mundo con poca tolerancia a la materia prima de la filosofía, que es el preguntar. De hecho, casi no hay pregunta que Google no responda al instante y con eficiencia, lo cual relega casi toda pregunta al área de lo inmediatamente práctico y resoluble; es decir, el área de la ciencia. 

Fue en este sentido que el astrofísico Stephen Hawking dijo en 2011 que “la filosofía ha muerto”, señalando que solo correspondía a los científicos “llevar la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento”.

De todos modos, se trate de una charla pública amena como la que tuvo lugar en 2018 entre el historiador israelí Yuval Noah Harari y Christine Lagarde, por entonces directora del FMI, o de un debate como el que se organizó en 2019 entre el filósofo esloveno Slavoj Žižek y el psicólogo canadiense Jordan Peterson, lo cierto es que tras estos nombres, que también son los de algunos de los best sellers mundiales de la filosofía, aun así aparecen preguntas cuyas respuestas no son tan fáciles ni tan rápidas. 

Y eso, algo tan habitual, molesta.

Slavoj Zizek,

Slavoj Zizek,Getty – Shutterstock

La segunda razón también gira alrededor del preguntar, pero ya no tiene que ver con el cómo ni el por qué sino con el cuándo y el dónde. 

Para entenderlo, tal vez ayude el aluvión de interpretaciones y pronósticos hechos al inicio de la pandemia global de Covid-19 por distintos filósofos. 

Por aquel entonces, el español Paul B. Preciado, el francés Jean-Luc Nancy o el italiano Franco Berardi, entre otros, inundaron con sus artículos, entrevistas e incluso libros de generación poco menos que espontánea lo que parecía una demanda voraz de entendimiento acerca de un acontecimiento recién en marcha. 

Esto llevó a que algunos se preguntaran si el famoso “búho de Minerva que solo levanta el vuelo en el crepúsculo”, como Hegel definía al pensamiento que espera hasta que las cosas hayan concluido para elaborar ideas, no estaba alzando su vuelo mucho antes del fin de la oscuridad bajo el efecto de otro signo de la época: las ansias de figuración.

El pensador transgénero Paul B. Preciado

El pensador transgénero Paul B. Preciado

Entre quienes recibieron estas sospechas estuvo Byung-Chul Han, que al inicio de la pandemia escribió acerca del “individualismo acentuado” de los europeos, tan desarraigados de los fundamentos clásicos de la política, la ciudadanía y la responsabilidad colectiva que aún ante la evidencia científica del Covid-19 sospechaban, en nombre de una confusa libertad de pensamiento individual, del Estado, las vacunas y los dictámenes sanitarios para su supervivencia. 

Para solucionar eso, especulaba Han, los Estados occidentales se aliarían aún más con Silicon Valley para intensificar nuestra de por sí profunda existencia digital, de modo que el control se volviera mayor.

Han fue acusado por esto de ser un desalmado pesimista, a pesar de que dos años más tarde la expansión del Covid-19 entre la sorprendente cantidad de personas antivacunas en países como Alemania o Austria confirma que la resistencia ilógica a la pandemia es real, mientras se discuten medidas de control como “el pase sanitario”.

Por supuesto, Byung-Chul Han no acertó por adivinación ni por suerte. 

Sus tesis sobre lo que la tecnología digital desarraiga en hombres y mujeres (pasando por la agonía del Eros hasta la desaparición de los rituales) se remonta a ideas desarrolladas desde hace casi una década y escritas de un modo que incluso quienes se postulan como pastores de desahuciados desde distintos rincones de la autoayuda o la psicología lo acusan, con envidia, de describir el agua mientras nos ahogamos. 

En este sentido, la sencillez del estilo y los temas de Han lo vuelven más inmediato y comprensible que otros best sellers filosóficos de hoy como Slavoj Žižek, entrenado en observar el mundo desde una combinación entretenida y militante de marxismo hegeliano y psicoanálisis lacaniano, o Paul B. Preciado, que desde su condición de transgénero se especializa en cuestiones sexuales.

Sin la frontalidad de Noam Chomsky, Toni Negri o Naomi Klein, que hasta el inicio del siglo XXI marcaron la crítica cultural contra el imperialismo y la lógica del capitalismo globalizado, y esquivando temas de coyuntura como el feminismo o la identidad, en los que se destacan autoras como Judith Butler, por su lado Han escribe y vende cada vez más, al punto tal que atacar sus libros se volvió una especie de correcta moda intelectual.

¿Pero una moda intelectual alrededor de qué, exactamente? 

En este punto apareció No-cosas. Quiebres del mundo de hoy, oportuno para indagar en el malestar alrededor de los best sellers filosóficos en general y los de Byung-Chul Han en particular. “Han construye su éxito diciéndonos lo que ya sabemos todos”, dictaminaron sus críticos españoles.

Naomi Klein

Naomi Klein – Claudio Reyes – EFE

Es probable que lo más incómodo sea la herida narcisista que provocan sus preguntas. 

Por ejemplo, cuando contrasta la “utopía digital” de Silicon Valley con una “prisión digital” en la que nuestros teléfonos inteligentes son “un instrumento de dominación”. 

Desde ya, no es fácil aceptar que las plataformas en las que invertimos tanto tiempo, energía libidinal y datos, y que a cambio nos devuelven ilusiones de reputación, sociabilidad e incluso algún negocio, solo están al servicio de “tornar al mundo cada vez más intangible, nublado y espectral”. 

Pero hay más. ¿Y si nuestra “infomanía”, como Han llama al “fetichismo de la información y los datos”, fuera el suplemento perfecto de una economía que ya no invierte en cosas sino en pura especulación financiera? 

En consecuencia, lo único “inteligente” de nuestros teléfonos es que al seducir a nuestro narcisismo con fantasías de libertad y realización, nos consagra a un “capitalismo del ‘Me gusta’ que gracias a su permisividad no tiene que temer ninguna resistencia, ninguna revolución”. 

Tal como lo presenta Han, entonces, la banalidad de los teléfonos inteligentes nos vincula a conciencia con fuerzas más severas y profundas.

Sin duda, es fácil objetar, aunque sea como una comprensible autodefensa inicial, que esto ya es sabido o que, en el proceso de elaboración de este saber, hay nombres más relevantes en danza, aún si es el propio Han quien los cita hasta el hartazgo (Martin Heidegger, Hannah Arendt, Gilles Deleuze, Michel Foucault, Jacques Lacan, entre otros). 

¿Pero en qué momento lo ya sabido se volvió también aceptado sin derecho a réplica? ¿Y por qué razón señalar este triste cuadro de pasividad genera algunas risas cínicas y nerviosas? ¿Qué más hay detrás del malestar?

Noam Chomsky

Noam Chomsky – SASCHA SCHUERMANN AFP – DDP

Suele decirse que un best seller es un autor al que leen quienes no leen, fórmula válida y en muchas ocasiones comprobable. 

En el caso de Byung-Chul Han, lo que se ofrece a través de su avalancha de libros tal vez pueda pensarse de manera distinta, e incluso por encima de ellos. 

En No-cosas eso está señalado de esta manera: “Hoy nos comunicamos de forma tan compulsiva y excesiva porque estamos solos y notamos un vacío. Pero esta hipercomunicación no es satisfactoria. Solo hace más honda la soledad, porque falta la presencia del otro”.

Por intermedio de la dialéctica tal como fue planteada por Hegel, cuando Han habla del “otro” se refiere a aquel o aquello que es capaz de confrontar nuestras certezas. 

Y eso, en un mundo digitalizado al ritmo de la positividad del ‘Me gusta’, quiere decir que solo es un “otro” aquel o aquello que nos confronta con su negatividad, de manera que aunque sea por un instante pueda interrumpirse la resignación en la que nos sumerge la permanente reafirmación de nuestra mirada única y cerrada sobre el mundo. 

Esta ausencia programada de negatividad se vuelve evidente cuando “corremos detrás de la información sin alcanzar un saber”, pero también cuando “nos comunicamos continuamente sin participar en una comunidad”. 

Tal como dice Han, nada de esto impide que notemos el “vacío”. ¿Pero qué tan dispuestos estamos a las preguntas sobre lo que ese “vacío” significa?

La obra de Han gira alrededor de este preguntar, al que otro filósofo en la misma liga del éxito editorial, el francés Gilles Lipovetsky, denomina “indiferencia por hipersolicitación”. Y si hay razones para que esta interrogación genere malestar, es probable que se deba al modo en que evitamos interrogar al “vacío”; al menos, mientras nos otorgue la fantasía de que tenemos nuestros pies bien firmes sobre las certezas, las reglas y las posibilidades de la época. No es, en otras palabras, más que una cuestión de cálculo.

El problema, insiste Han en No-cosas, es que la felicidad es un acontecer que escapa a todo cálculo. 

La vida calculable y optimizada, la vida realizada a través de la espesura económica de las pantallas digitales, está “ayuna de magia” y, por lo tanto, de felicidad. 

Este es un mensaje tan obvio y verdadero, y tan esencialmente filosófico, que en ciertos casos nos repele y nos obliga a descartarlo por su oposición al principio de instantaneidad, pragmatismo y callada complicidad en el que nos movemos todos los días. Y sin embargo, el “vacío” prevalece y lo percibimos.

Byung-Chul Han, Zizek y Klein

Byung-Chul Han, Zizek y Klein

“El capitalismo de la información –escribe Han– está conquistando todos los rincones de nuestra vida; es más, nuestra alma. 

Los afectos humanos son sustituidos por valoraciones o likes. Los amigos se cuentan por número. La cultura está completamente al servicio de la mercancía. 

Los productos se aderezan con microrrelatos”. Desde ya, nadie podría decir que estas son novedades. Pero ¿acaso el ataque contra estas preguntas sobre el sentido de la realidad se volvió una correcta moda intelectual porque preferimos avanzar a conciencia hacia el “vacío” antes que dudar de nuestras certezas?

Siguiendo a Heidegger, al que Byung-Chul Han le dedicó su penúltimo libro editado en español, El corazón de Heidegger, tal vez reste preguntar, al menos, corresponda a “lo que es digno de ser cuestionado” en lugar de lo “simplemente cuestionable”. Se lo considere o no best seller.

Imagen de portada: Gentileza de Byung-Chul Han

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Por Nicolás Mavrakis. Noviembre 2021.

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