La magia de la escritura en un mundo distraído

Virginia Woolf afirmó haber escrito su novela Las olas en un estado mental próximo al trance. En realidad, era así como concebía la actividad de escribir, como la suspensión temporal de las rutinas de la vida diaria. Al escribir, dejamos de lado gran parte de ese mundo cotidiano que nos ocupa y preocupa y nos concentramos en aquello que nos proponemos consignar en la página.

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Sin embargo, Woolf añoraba las relaciones humanas de las que se apartaba al escribir un libro, y en una carta a la compositora Ethel Smyth le preguntaba: “¿No te ocurre que cuando escribes el mundo desaparece, salvo esa parte concreta que te sirve para escribir que, de hecho, se vuelve indecentemente nítida?”.

Escribir es una experiencia en cierto modo mágica: el mundo de alrededor desaparece y otro mundo interior germina y nace por arte de magia, a voluntad del escritor-demiurgo. La escritura reviste un aura de misterio y quizás esconda un enigma, es siempre simbólica porque dice más de lo que parece y puede constituirse como una promesa en cierto modo farmacológica. Consagrarse a escribir un diario, por ejemplo, viene a ser algo semejante a la confesión de secretos. Al volcar las confidencias y ese universo íntimo en la página, se siente alivio, como si el escritor llevase una pesadísima carga que castiga a cada instante y, para no reventar, escribe.

La escritura responde a la urgencia de sacar fuera lo que sentimos, pensamos o imaginamos. Ray Bradbury sostenía que era una especie de terapia, una forma de supervivencia como cualquier otro arte. Si dejaba de escribir un solo día, se inquietaba, comenzaba a temblar y veía incluso señales de locura inminente: “Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya”.

Escribir no es solo una operación funcional, aunque la escritura se inventase como aide-mémoire para recordar lo que la memoria hacía caer en el abismo del olvido, como los libros de contabilidad o la banalidad de la lista de la compra. Podría ser que, como observó George Orwell en ¿Por qué escribo? (2021), algún demonio interior nos impulse a escribir, según el mismo instinto que lleva a un bebé a gimotear para atraer la atención.

La escritura puede dar respuesta a la necesidad de autoafirmarse con la propia caligrafía, que es única y prueba de identidad y existencia. Es lo que conduce a grafiteros a estampar su nombre en los muros de las ciudades: el anhelo de hacerse visible y ser reconocido como un ser humano irrepetible. Una carta manuscrita también dice por su forma mucho más que el mero contenido de lo que se ha escrito.

Sin embargo, por mucho que podamos personalizar el tipo de letra o que los procesadores de textos simulen la caligrafía, la escritura manuscrita es la única capaz de revelar no solo los trazos psicológicos de una persona, sino su estado de ánimo en el momento de escribir esas líneas. Los caracteres tipográficos que leen ustedes ahora estandarizan la escritura, como bien observó Elisabeth Eisenstein (2010) a propósito de la invención de la imprenta en el siglo XV. Escribir a mano hace que lo escrito sea más vivo y diverso.

Ana Galvañ / Telos

La escritura frente al habla

Escribir es una forma de comunicación muy diferente de la palabra hablada, propia de la oralidad. Marca el tránsito de una cultura dialógica basada en la copresencia a otra en la que alguien escribe en un lugar y tiempo, y el que lee lo hace en otros lugares y tiempos. Sugería Rousseau en el Ensayo sobre el origen de las lenguas (2006) que mientras el habla es una lengua natural y más espontánea, la escritura pertenece al campo de la razón y la reflexión.

El habla no puede ser más que interpersonal y participativa. Al contrario, la escritura como habla almacenada implica distanciación: separa al escritor del lector, y al propio escritor de su propio texto. No es lo mismo enfrentarse a una página en blanco que mirar a los ojos a alguien, y esta grieta proporciona a quien escribe una cierta libertad. Decía el escritor Haruki Murakami que escribir es como enclaustrarse. A veces literalmente, pero “en el fondo, cualquier sitio donde uno se ponga a escribir se transforma de inmediato en una habitación cerrada, en un estudio móvil”.

Lo que se pierde en fluidez y vivacidad se gana en la demora indispensable para detenerse a analizar y a pensar. Mientras hablamos, lo que comunicamos es fugaz y evanescente, pero al escribir, nos tomamos el tiempo necesario para repensar con tiento cada palabra, hacer y rehacer, escribir y reescribir. Cuando escribimos, las palabras son reversibles y susceptibles de infinitas correcciones.

La escritura se constituye en el horizonte del aislamiento de quien en su soledad se reencuentra con sus pensamientos y memorias, los descubre y los transcribe. 

Es una forma de congelar el fluir del tiempo y diluirse en un paréntesis a ese mundo que reclama atenciones en cada momento. Aunque no siempre es así, y hay escritores a quienes, como a James Joyce, les gustaba oír la algarabía de alrededor mientras trabajaban, “el ruido de la vida”. Y, al contrario, Proust precisaba ese silencio abrumador que a Joyce le parecía una tumba en vida.

No es cierto que se haya dejado de escribir, como no es cierto que se haya dejado de leer. Se escribe continuamente, a cada minuto y en cada lugar, con una rapidez inusitada. Pero las formas de escribir cambian al abrigo de los nuevos ritmos temporales y los modos de ser. Escribir se funcionaliza al extremo y se desacraliza. Pierde su carácter mágico como interludio a la vida cotidiana y se convierte en un acto reflejo y banal cada vez que actualizamos nuestras redes sociales, comentamos en social media o enviamos miles y miles de mensajes de texto en la aplicación de moda. Se escribe tan rápido como se vive.

Aunque no se pueda atribuir una causa directa de la aceleración a innovaciones digitales, tales como el smartphone y la hiperconexión, el mundo digital distorsiona de raíz las circunstancias de la escritura. Un caso concreto es significativo, como lo fue el hecho de que Nicholas Carr (2017) admitiese que para finalizar la escritura de su libro Superficiales tuvo que aislarse del mundo en red.

La distracción constante y la tendencia a la multitarea son obstáculos a la forma podríamos decir mágica de la escritura, en el sentido que le daba Virginia Woolf. Y no porque el mundo desaparezca para dejar que quien escribe se concentre en un solo aspecto que aparece con total nitidez. Más bien por lo contrario: porque se distrae a quien escribe, obligándole a compartir la atención con miles de reclamos constantes que exigen una rápida respuesta. El smartphone satura nuestros sentidos hasta el punto de no contar con el tiempo requerido para una escritura pausada y reflexionada.

Para Jean Baudrillard (2006), la escritura reclama una mirada distanciada, como quien otea desde una ventana, y es contraria a la actualización permanente en tiempo real. Pero la consigna parece ser escribir hasta la extenuación, según los formatos vulgarizados que convierten la magia de la escritura en una sucesión de frases telegráficas. Quizás el hecho de que ciertos algoritmos se permitan recomendarnos respuestas prefijadas a correos electrónicos sea la ilustración más nítida del progresivo empobrecimiento de la escritura.

La aceleración hace que se vuelva más infrecuente el cuidado con el que todo escritor, con mayor o menor destreza, busca elegir las mejores palabras. Escribir es un oficio artesanal, nos decía Giovanni Papini (1964). No entiende de prisas ni de fórmulas tan eficaces como vacías, y ha de ser el fruto de una pericia que se adquiere con años y años de aprendizaje y esfuerzo. En su lugar, se escriben clichés, frases repletas de ofensas a la ortografía, tópicos y composiciones toscas que son el resultado lógico de la premura.

Lejos queda la delicadeza de amar cada palabra y cada oración, de elegir como le gustaba a Flaubert le mot juste, la palabra justa. Como sugería Robert Louis Stevenson, se trata de escribir conforme al arduo entusiasmo del verdadero quehacer literario, el de trenzar una malla que exprese en una bella forma lo que deseamos comunicar para que sea “el tambor que despierta pasiones”.

Imagen de portada: Ana Galvan / Telos 

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation. 26 de septiembre 2022.

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Roger Chartier: “El universo digital abre nuevos horizontes a la escritura, que parecía caduca”.

Roger Chartier es uno de los intelectuales más relevantes de nuestro tiempo. Lo es porque la materia con la que trabaja es aquella con la que se ha construido la civilización: la palabra, el texto, los libros; son la cultura, la sociología, la filología, la filosofía, la bibliografía, la antropología… lo que le interesa. Nacido en Lyon, Francia, en 1945, es profesor emérito en el Collège de France, director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) y doctor honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid.

Chartier advierte: “La palabra oral no es lo mismo que lo escrito; cuando hablamos hay frases que no escribimos. La expresión oral introduce acuerdos, desacuerdos, frases suspendidas… Cuando escribimos hay constancia”. En nuestras conversaciones hay complicidad y siento que necesitaríamos romper las barreras de la escritura impresa, del tiempo y del espacio en papel para recoger toda la sabiduría que derrocha. “Bon…”. Vamos allá.

¿Qué es escribir hoy?

La idea más extendida es que con el mundo digital se pierde la escritura, el texto. Es una concepción absolutamente errónea. En el mundo digital se necesita leer, intercambiar, escribir; es un mundo saturado por la escritura. Es una escritura que necesita otros soportes, otros códigos y tiene otros efectos. Me parece fundamental reconocer esta proliferación de la escritura en el siglo XXI, en el mundo digital; hasta el punto de que se puede interpretar que existen hoy muchas formas de comunicar, pero lo que se consume en todo momento en las pantallas es la escritura.

Escribimos más que nunca, pero de forma desagregada, fragmentada. Quizás irreconocible desde la perspectiva histórica. ¿Revolucionaria?

Sí. En efecto, lo hacemos de una forma muy distinta en el mundo digital y tiene que ver con la relación entre quien escribe y quien lee. Se escribe para leer y se lee para escribir. Es el fenómeno de las redes sociales, como paradigma. Hay una relación que antes no existía porque antes los objetos destinados a la lectura –los libros– y los destinados a acoger la escritura –los cuadernos, por ejemplo– eran diferentes. Un lector podía escribir en el libro –esa fue una buena noticia para los historiadores de la escritura porque podíamos acceder a las anotaciones de los lectores–, pero leer y escribir eran dos acontecimientos separados. Incluso hasta el siglo XIX se aprendía a leer y, más tarde, a algunos, se les enseñaba a escribir. Hoy, en el mundo digital, las dos prácticas se realizan sobre el mismo soporte.

Con el desarrollo de nuevos soportes digitales, casi parecen inseparables las acciones de leer y de escribir. Al menos para algunas generaciones. ¿Podemos referirnos, en este aspecto sí, a nativos digitales?

Estamos ante una profunda revolución relacionada con la integración de las prácticas de leer y escribir en una sola acción. Esta nueva relación escritura-lectura se ha hecho evidente en inglés con la palabra wreaders (de write and read, escritolectores), que significa la alternancia entre leer y escribir y escribir y leer. Los nativos digitales ya son wreaders, lo que significa que son hábiles en el uso de las redes sociales, fundamentalmente; para quienes no pertenecen a esta nueva realidad hay una distinción fundamental en el soporte: por un lado, está el objeto leído –el libro– y por otro, los soportes en los que escribir como la carta, el cuaderno, el diario íntimo.

De alguna forma, el escritor ha perdido la autoridad de la que gozaba antes de que Internet y las tecnologías de la información y de la comunicación abrieran esa dualidad lectura-escritura.

La pregunta contiene la ambigüedad de la palabra escritor, que se definía en el campo de la producción literaria, filosófica, científica… No tenemos una palabra para definir los intercambios relacionados con la sociedad digital. Es gente que escribe, pero ¿los que escriben son escritores? ¿Tenemos que referenciarlos a los contenidos literarios, científicos o filosóficos todavía hoy? ¿Tenemos que basarnos en la frecuencia con la que lo practican? No sé cuál es la palabra que definiría el acto de escribir sin tener la consagración de escritor. Hay nuevas formas de escritura que no tienen que ver con la comunicación inmediata –que podríamos asociar a las prácticas digitales y a las redes sociales–, sino que pueden considerarse una evolución de la cultura en el entorno digital.

La cultura digital se libera de las imposiciones de la cultura impresa con nuevos formatos multimedia, por ejemplo. El sonido, la imagen, la escritura, la música se combinan en el mundo digital de una forma que constituye una práctica cultural nueva, estética. Pero en la vida cotidiana lo que importa es la circulación de ideas, conocimientos, opiniones, informaciones verdaderas o falsas… El tejido cultural en la sociedad digital exige leer y escribir, pero la palabra escritor aún evoca a la producción intelectual, estética, científica. Y es ahí donde se evidencian las contradicciones del momento que vivimos.

Roger Chartier retratado por Ismael Llopis. TELOS / Ismael Llopis

¿Cuánto de distópico tiene en su opinión esa realidad en la que ya vivimos con máquinas que son capaces de orientar, tal vez dirigir, nuestra relación con el libro, e incluso con nuestros conciudadanos?

Esa es una cuestión distinta. Se refiere al papel que juegan los algoritmos y a la idea de que se pueden producir o reproducir hábitos y gustos a partir de la transformación de los individuos en bancos de datos. Es la lógica de los GAFAM3, la lógica que domina este mundo, que no es el mundo de la artificialidad productora, totalmente separada de la producción humana, sino que es un mundo en el que se pueden reproducir gustos y prácticas del comprador para ofrecerle justo lo que va a desear. Esta lógica algorítmica se contrapone al encuentro, a la sorpresa, al deseo original… que hasta ahora aplicaban las instituciones de la cultura impresa –la librería, el libro, la biblioteca…–.

El algoritmo es lo contrario al deseo y su sustitución por lo ya deseado; es lo contrario a la lectura –en los libros y también en los diarios– como viaje, como aventura, como descubrimiento que invita a detenerse en un momento determinado ante la sorpresa. Si nos queremos resistir a la lógica que convierte a los individuos en bancos de datos, es imprescindible evitar las prácticas y los lugares que permiten una alternativa a esta idea de sorpresa ante lo inesperado.

Me encantaba mirar en los estantes más bajos de las librerías para descubrir textos ricos, desconocidos, para sorprenderme. Con la pantalla digital la experiencia es distinta, pero también descubro, aunque me hayan ayudado a ello.

En 2019, en una de sus últimas entrevistas, Antonio Rodríguez de las Heras insistía en la crisis de los lugares, en la crisis de la corporalidad, e insistía en que frente a este mundo digital innovador se debía mantener la cultura de los lugares; lo que significa mantener el libro, porque el libro es un lugar. En el castellano del Siglo del Oro “cuerpo” significaba a la vez “libro” y “humano”, lo que nos lleva a la idea de una relación entre el libro, como cuerpo, y al ser humano no solo como alma, sino como cuerpo.

Si tenemos que ir buscando una palabra en español para definir a ese nuevo lector-escritor, parece que tendremos también que buscar otra para libro. Es el reto de la digitalización.

Lo que está en cuestión es la noción misma de libro. El libro, no como objeto material, sino como forma discursiva. El libro es una arquitectura en la que cada elemento juega un papel en su lugar. Cada fragmento de esta arquitectura cobra sentido porque forma parte de una totalidad, es el fragmento de algo. La novedad radical es que, en la realidad digital, los discursos son piezas que se pueden componer, asociar, distribuir de manera separada por parte del lector-escritor. De las Heras comparaba esas partes del discurso digital con las piezas de un Lego, que se pueden componer en varias formaciones.

Al final de todo, lo que está en cuestión es la consideración, el valor, del libro –del que siempre se conocía una autoría, era una arquitectura construida por alguien identificado– y de la propia escritura. La miniaturización de los objetos es una realidad fundamental, no solo material sino también desde la perspectiva cultural. La reducción del tamaño de los objetos se ha trasladado al espacio y la posibilidad de que estos nuevos aparatos nos acompañen en todo momento y en todo lugar nos lanza varios desafíos. Por ejemplo, en el ámbito de la transmisión de conocimiento.

¿Cree que, en ese sentido, la digitalización y la miniaturización conducen a la precarización cultural y afectan a la auctoritas del escritor tradicional?

En la sociedad digital hay ruido, confusión, lectores-escritores y escritores-lectores… Se desarrollan nuevas formas de textualidad y de escritura que tienen como paradigma la velocidad, la desatención y, por tanto, han perdido también la capacidad crítica. No existe una autoevaluación en esta nueva relación lector-escritor y eso da pie a la generación de las teorías más absurdas y a las manipulaciones más evidentes, en particular en el polémico campo de la política.

No debemos olvidar que las tecnologías son lo que los humanos hacen de ellas y no lo hacen de forma inconsciente, sino en el marco de tensiones y de conflictos. Petrucci hablaba de “el poder sobre la escritura” y de “el poder de la escritura”. El primero se refiere a las empresas, a la propaganda; el poder de la escritura tiene que ver con el nuevo mundo digital, que abre nuevos límites a un universo –la escritura– que parecía caduco.

¿Qué valor concede al desarrollo de las tecnologías de voz? Al hecho de que cada día las máquinas nos entiendan mejor y podamos dictarles mensajes que entienden, procesan e incluso nos responden con sus propias voces.

Estamos en un nuevo momento en la relación de la voz y el texto. Hay un retorno de la voz al mundo de los textos. En la Edad Media y hasta el siglo XIX se leía para que otros escucharan y se habilitaban espacios para que así fuera. Con el desarrollo de nuevas tecnologías, hemos recuperado la voz como forma para transmitir el texto. Cuando pensemos en la relación entre oralidad y textualidad, no debemos dejar pasar la diferencia que existe en términos de fijación del conocimiento: en el caso de la oralidad no hay separación entre la enunciación y lo enunciado –lo que está enunciado desaparece cuando la enunciación acaba–; la fijación escrita era una manera de dar objetividad, permanencia a los enunciados. Esta diferencia no significa que la comunicación oral no tenga relevancia, pero sí quiero subrayar que, a la hora de transferir conocimiento, en la educación o en la información, nada puede sustituir a la palabra escrita sobre un soporte, cualquiera que sea.

Eso me lleva a los cambios que se están produciendo en la educación a todos los niveles. Y hasta qué punto la transferencia de conocimiento está condicionada por la crisis de los lugares, el desarrollo tecnológico y el cambio cultural que se deriva de esa crisis asociada a la escritura.

La enseñanza online ha sido una posibilidad para mantener la actividad educativa durante la pandemia; antes habíamos conocido el desarrollo de los cursos online, que permiten reducir o eliminar los costes que supone la enseñanza presencial. La cuestión está en saber si esta forma se puede establecer universalmente. Tiene que ver con la crisis de los lugares, entendidos como espacios de encuentro entre los seres humanos en su totalidad. La corporalidad juega un papel que todavía no ha sido sustituido por ninguna tecnología digital. Creo que el reto está en mantener la cultura del lugar a la vez que se desarrollan las tecnologías digitales y una nueva forma de comunicación.

Lo relevante, en mi opinión, es no creer en la idea de la equivalencia: cada una de estas formas de transmisión del conocimiento o de la belleza tiene su propia lógica. A partir de esa lógica propia se consiguen unos efectos. Si asumimos esta idea de la no equivalencia como punto de partida, entenderemos que es posible mantener la presencialidad en las aulas –donde se encuentran los libros como cuerpos y no solo como textos– o la librería. No hay equivalencia entre libro físico y pantalla; no la hay entre la lógica algorítmica y la lógica topográfica.

¿Por qué seguimos entonces instalados en la equivalencia? ¿Por qué no empezamos a describir esta nueva realidad con nuevos términos? ¿Qué nos lo impide?

La pantalla no es una página. No es posible una identificación. Por consiguiente, hay que tratar el texto de manera distinta. Asumirlo nos abrirá un universo de posibilidades para la creación, para nuevos formatos de escritura. La publicación digital se ha circunscrito hasta ahora dentro de los límites de la cultura impresa –copia privada, propiedad intelectual…–.

Una cultura digital consciente de sus propios límites y de sus posibilidades nos puede ayudar también a considerar el libro como una arquitectura que puede mantenerse como uno de los vehículos para la transmisión de la creación intelectual. El momento presente exige tomar conciencia de las posibilidades que ofrece el universo digital, más amplias, más allá de los condicionantes que existían en la cultura impresa o manuscrita: propiedad intelectual, paginación… Es un reto a la imaginación. No se trata solo de superar los límites de la cultura impresa sino de atender a los retos, desafíos o peligros de la cultura digital, atender a los efectos de las redes sociales y otros formatos para la transferencia de conocimiento a nuestro alcance.

Imagen de portada: Roger Chartier (Por Ismael Llopis)

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation. 13 de septiembre 2022.

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