La dramática vida de Virginia Woolf

“Escucho voces, no puedo concentrarme”: las desgarradoras últimas horas de la escritora Virginia Woolf.

Para muchos fue un genio. La escritora británica Virginia Woolf murió hace 80 años tras una larga lucha con su salud mental.

Woolf, una de las principales exponentes del modernismo en la literatura del siglo XX, se suicidó en 1941 a la edad de 59 años.Para muchos fue un genio. 

Entre sus obras más famosas están las novelas “La señora Dalloway” (1925), “Al Faro” (1927), “Orlando” (1828) y “Las Olas” (1931).

Y en su ensayo “Una Habitación Propia” (1929), expone las dificultades de las mujeres que querían consagrarse a la escritura en un mundo entonces dominado por los hombres.

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”, declaró.

Woolf fue miembro del influyente grupo de intelectuales londinenses, el Grupo de Bloomsbury, el cual ayudó a dar forma a la cultura británica de principios del siglo XX.

El último día

En los archivos de la BBC encontramos los testimonios de los amigos, parientes y del esposo de Virginia Woolf, quienes hablan de cómo fueron las últimas horas de la autora aquel 28 de marzo de 1941, cuando decidió acabar con su vida.

“Cerca del medio día descubrimos que (Virginia) había desaparecido”, relata Louie Mayer, la cocinera de los Woolf, que vivían en el poblado de Lewes, en Sussex, en el sur de Inglaterra.

“Yo estaba cocinando una pierna de cordero con salsa de menta que a ella le encantaba”.

Bell

GETTY – Vanessa Bell, la hermana de Virginia, fue pintora y diseñadora.

Mayer habló con la BBC en 1970 sobre lo que ocurrió aquel día.

“En ese entonces solíamos tener campanas para llamarlos a comer. Y yo toqué la campana y el señor Woolf entró al comedor”.

“En la mesa vio dos notas escritas, una tenía su nombre, Leonard, y la otra era para la señora Bell, Vanesa Bell (hermana de Virginia)”.

“Él tomó la suya rápidamente, la leyó y me dijo: ‘Louie, ¿hacia dónde se fue la señora Woolf? Creo que pudo haberse suicidado'”.

Una hora antes, Leonard había visto a su esposa en su estudio y ella le había dicho que planeaba salir a caminar.

De hecho, la escritora sólo cruzó su jardín, caminó hacia el río y allí se ahogó.

“Yo me asusté y también salí apresurada”, cuenta Louie Mayer. “Y él corrió hacia el río”.

Woolf

GETTY

Quienes los conocieron describen el matrimonio de Virginia y Leonard Woolf como “ideal”.

En la nota que le escribió a Leonard, Virginia decía que temía estar perdiendo el control otra vez.

La escritora ya había sufrido tres crisis nerviosas en su vida y sentía que esta vez no iba a poder recuperarse.

La nota es desgarradora. En ella escribe sobre el temor que siente de perjudicar la vida de su esposo.

“He empezado a oír voces, no puedo concentrarme”, escribió. “Así que voy a hacer lo que me parece es lo mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible… No puedo seguir estropeando tu vida”.

 

Tortura mental

25 años más tarde, Leonard Woolf describió la experiencia de ver a la mujer que amaba sufriendo de esa forma.

“Había sufrido una enorme tortura mental, y sentía que se estaba volviendo loca. Fue cuando llegó a esa etapa cuando decidió suicidarse”, relató Woolf ante los micrófonos de la BBC.

“Y fue terrible observar todo el proceso que pasó hasta que llegó a ese estado”, dice.

Stephen

GETTY – El padre de Virginia, Leslie Stephen, fue un editor, crítico y biógrafo importante.

Desde la muerte de la escritora, ha habido un intenso debate sobre el vínculo entre su creatividad y su enfermedad mental.

Pero tal como explicó en los 1970 su amigo Nigel Nicolson, las crisis de Virginia no fueron nada románticas.

“Ciertamente estaba enferma. Pateaba, gritaba e insultaba a la gente que más quería. Pensaba que los pájaros hablaban griego y que su madre, que había muerto 30 años antes, estaba en el cuarto con ella”, cuenta Nicolson.

“Se necesitaban cuatro enfermeros para controlarla. Pero cuando se recuperaba de estas crisis, nadie era más sano que ella”.

Woolf

GETTY – Se cree que Virginia Woolf sufría de lo que más tarde se llamó trastorno bipolar.

Las personas más cercanas a ella ya sabían que su salud mental había estado empeorando, pero muchos quedaron impactados con la noticia.

“Lo que yo más admiraba de esa relación era la afinidad que tenían, la forma como compartían las mismas ideas y valores sobre la vida y, sobre todo, la total honestidad entre ambos”, le contó a la BBC la sobrina de Virginia, Angela Garnett.

Los artistas, escritores e intelectuales que formaban el Grupo de Bloomsbury se rebelaron contra la pretensión y la doble moral de sus padres victorianos.

Leonard Woolf se lo explicó así a la BBC: “Nos oponemos a la hipocresía. Queríamos decir lo que pensábamos, que era la verdad, en lugar de pretender que algunas cosas no existían”.

La obra, conversaciones y estilo de vida del Grupo de Bloomsbury influyeron en el arte y la literatura de la época entre la Primera y Segunda Guerras Mundiales.

Influencia

Leonard y Virginia Woolf establecieron la Imprenta Hogarth que publicó “The Waste Land” (La Tierra Baldía) de T.S. Eliot.

Y el artista Roger Fry presentó la primera exposición postimpresionista de Reino Unido.

Unas de sus muchas obras.

Unas de sus muchas obras.

Cuando murió, Virginia Woolf había publicado ocho novelas, varias biografías y una gran cantidad de literatura de no ficción.

A menudo se le describe como una novelista experimental pero su esposo Leonard asegura que ella simplemente quería expresar el carácter de una persona a través de sus pensamientos en lugar de describir su apariencia o su comportamiento.

“Cuando ella describe cómo escribió la última página de ‘Las Olas’ dice que la pluma tomó el control, sus pensamientos surgían apresurados y ella sólo se dejó llevar por ellos”.

Woolf

GETTY

Muchos la consideran un genio de la literatura.

En muchos aspectos, Virginia Woolf creó, junto con el Grupo de Bloomsbury, una nueva forma de ver el mundo.

Y aunque no fueron universalmente aceptados, ciertamente Virginia Woolf fue considerada un genio, como recuerda David Cecil, historiador y académico británico.

“Para mí, un genio es alguien que puede ver al mundo bajo una luz totalmente distinta, y es capaz de hacer que otra gente lo vea así”, dice.

“Y cuando lees a uno de estos escritores, ocurre lo que una vez alguien describió como ‘un antes y un después’. Después de leerlo ya no sigue siendo lo mismo que era antes”.

FUENTE:

  • Redacción
  • BBC Mundo

A 700 años de la muerte del poeta italiano.

Jorge Luis Borges, una guía en la travesía poética de Dante

(**)Los autores recorren la monumental obra de Alighieri a través de la lectura del escritor argentino.

El amor

A través de la lectura de Siete noches (1980) y Nueve ensayos dantescos (1982), puede atravesarse la geografía de La Divina Comedia de la mano de un lúcido e inigualable guía: Jorge Luis Borges, autor de esos dos textos magistrales surgidos de una serie de conferencias que brinda el autor de Fervor de Buenos Aires sobre la obra de Dante Alighieri.

Si bien es cierto que La Divina Comedia es un texto fundacional, irradiador de tanta energía que puede leerse en forma constante e involuntaria en toda la cultura occidental, aparece en innumerables ocasiones señalado de modo intencional y preciso, como ocurre en la escritura borgeana (“Poema conjetural”,” Inferno V,129”, Nueve ensayos dantescos, etc.).

Acto de lectura: Borges confiesa en Siete noches la experiencia vital que representó para él su primer acercamiento al texto italiano de La Comedia, en una edición italiana con traducción al inglés. Esa actividad no necesitó del gabinete ni del claustro académico, ya que se llevó adelante en los largos y tediosos viajes en tranvía que realizaba Borges para trasladarse, desde la zona norte de Buenos Aires hasta Almagro Sur a la Biblioteca donde trabajaba. Cuenta que leyó primero un terceto en inglés y luego en italiano, después leía el canto completo en inglés y en italiano. Gracias a la hermandad entre el italiano y el castellano, a través de ese “modus operandi”, en un momento dado, cuando arriba a los versos del Paraíso, cuenta que comienza a leer directamente en italiano.

En Nueve ensayos dantescos (el mágico número 9, múltiplo de 3, base de la arquitectura dantesca desde la Vita Nuova), Borges comenta algunos cantos de La Divina Comedia, cantos que ha seleccionado porque los ha situado en la lectura de su propia vida, como quería Marcel Proust. La interpretación borgeana es por cierto una interpretación poética y a la vez erudita. Borges trabaja desde lo que podría llamarse la crítica del Maestro, como señala Gérard Genette. Hay en su lectura una preocupación por el otro, el semejante, preocupación que abrazara Dante, hombre de su época, inmerso en la historia, agobiado por la injusticia y el destierro y el convencimiento de la imposibilidad del encuentro amoroso que se representa en la relación entre Dante y Beatriz, una de las formas del amor cortés. Como contrapartida de ese amor sublime se encuentra el amor pasión encarnado en Francesca y Paolo que son castigados en el Círculo V de los lujuriosos arrastrados por un vendaval despiadado que los une y los separa a la vez. (…)

En Siete noches podemos escuchar la reflexión acerca del episodio de Francesca y Paolo (Canto V del Infierno) en donde Borges hace notar que de la dolorosa narración de Francesca, que es quien habla mientras Paolo permanece en silencio, se puede inferir que en el Infierno no hay espacio para el arrepentimiento, lo que torna ese lugar como un espacio sin mediaciones posibles, eterno y real, lugar del grito, del inexplicable estar (como una pesadilla, dirá Borges cuando analiza los sueños en el mismo libro, donde remite al efialtes griego, al incubus latino y al Alp alemán, demonios opresores). El poeta florentino quiere saber acerca del amor, del inicio del amor, y descubre que Francesca y Paolo se han percatado de su atracción a partir de una lectura compartida: el libro- intermediario- celestino de la pasión, tema reproducido en la literaria universal (recordemos a Werther y a Carlota leyendo a Ossian y a Bécquer evocando la lectura de La Comedia en la Rima XXIX: “Creación de Dante era el libro; era su Infierno”, dice el poeta sevillano). 

Dante siente ternura, se compadece de los amantes pero también advierte que los dos condenados en la borrasca pueden hablar en plural, dice Borges, en un “nosotros” que implica un estar con el otro, el amor concreto, vedado al mismo Dante que alcanza a vislumbrar la plenitud del verdadero amor en el Canto XXX del Purgatorio, cuando Virgilio, su guía por el trasmundo, desaparece y aparece la bella Beatriz, quien lo guiará por los Cielos Concéntricos.

En el Canto XXXI del Paraíso, Beatriz sonreirá al poeta como despedida y se alejará, señala Borges, para subir al Empíreo, “donde lo remoto no es menos nítido que lo que está muy cerca”. El dolor de Dante es patético porque ocurre en el Paraíso. El Poeta no protesta, la tristeza lo invade como cuando Virgilio lo abandonara antes de llegar al Paraíso. ¿Su alma es también luz por la poesía? Sabe que el amor (el amor es equiparado al Amor Divino) es imposible. 

Borges habla de la idolatría de Dante hacia Beatriz. Es cierto, Dante constata que la belleza de Beatriz se acrecienta a medida que avanza en los Cielos para ascender a la Rosa Eterna. Es la forma última del amor. Imposible amor en los círculos del cielo, donde el Nombre de Dios todo lo inunda. Imposible también en el encuentro-desencuentro huracanado del infierno de los amantes pasionales del Círculo V del Infierno, que se rozan y se alejan, en ese lugar sin culpas y sin Dios, sin el nombre de Dios, lugar vedado para el amor, porque el amor sólo es posible, parcelado y rengo sobre la tierra.

Dante ve por última vez la sonrisa de Beatriz y cumple así la promesa que le hiciera en la Vita Nuova, ese libro de la juventud, donde le promete escribirle una obra magna y eterna.

Los sueños y las fantasías

Borges identifica la producción del texto con los sueños: la literatura es un sueño, un sueño diurno como señala Sigmund Freud en “El poeta y las fantasías” o “El poeta y los sueños diurnos” de 1908. Y Dante sueña, afirma Borges, sueña con sus maestros a quienes encuentra en el “Nobile Castello”, en el Limbo, lugar a donde van los no bautizados, en especial los niños, pero también grandes figuras de la historia, la leyenda y la literatura que existieron antes de que Cristo llegara a la tierra para redimir a la humanidad. En el Canto IV del Infierno habitan los verdaderos héroes del Alighieri, los héroes literarios: Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. El quinto gran poeta de ese espacio es Virgilio, su guía, quien lo llevará por los círculos infernales y finalmente lo dejará ante Beatriz, la mujer amada que lo aguarda en el Paraíso para ascender por los Nueve Cielos hasta arribar a la Luz. Pero esas sombras admiradas, los poetas que el florentino reverencia, no verán a Dios. En el Castillo se asienta la melancolía (reminiscencia del gris mundo de los muertos que se advierte en La Odisea), hay cierto “horror sereno”, advierte Borges, instancia reveladora en donde el misterio irrumpe dejando entrever algo de lo no dicho, de lo espantoso y desconocido. 

Hay algo de “siniestro” en el “Nobile Castello”, en ese universo simbólico, afirma Borges, en el sentido de lo cercano y familiar que se torna perturbador, como lo señala Freud en su artículo “Lo siniestro” (1919). Las grandes sombras reciben a Dante y él mismo se suma: “fui sesto tra cotando senno”. De este modo, el Alighieri establece un “canon” de los poetas universales al agregarse en esa comitiva de los grandes clásicos de la literatura griega y latina. Dante se siente depositario de esa herencia. Es el sexto poeta que camina junto a los otros cinco vates por el Limbo.

Cabe destacar que Jacques Lacan equipara el inconsciente (el infierno dantesco puede asociarse metafóricamente a dicho inconsciente) a lo simbólico, mejor dicho, a los efectos de lo simbólico en el sujeto.

Heredero de una cultura en la que hablan Homero y también Virgilio y Santo Tomás, el poeta de Florencia atraviesa los espacios de un “Otro” admirado y amado, para hundirse luego en las atroces cavernas del tormento de los “otros”, con minúscula, los semejantes, en los dolientes círculos del Infierno, para ascender por las colinas del Purgatorio, donde el ensimismamiento, el arrepentimiento, prometen una salida, una redención después de un auto-examen y finalmente el adelgazamiento total del ser: el universo de luces del Paraíso y el Empíreo donde convergen todos los puntos en la Luz definitiva, imposible de nombrar, lo real de la Creación, lo que ningún mortal ha contemplado, donde el “Otro” y los “otros” se diluyen en una música etérea.

Guiados por el hilo del “otro”, Ariadna imaginaria, y del “Otro”, relación que hemos establecido con Borges, podemos adentrarnos en la lectura de los últimos Cantos del Purgatorio, a partir del Canto XXX en adelante, marcados por la presencia de Beatriz. Si bien toda la Comedia reviste la extraña lógica de los sueños diurnos y nocturnos, en estos tramos del texto el onirismo se explicita: Beatriz se aparece, como en un sueño de la Vita nuova y amonestó a Dante pero también recuerda su travesía vital, su infancia, su juventud, su matrimonio. Borges advierte la dimensión del sueño dantesco, habituado como todo escritor a esas exploraciones.

En el entramado cultural donde dialogan historia, literatura y arte, se recortan estos textos que hablan del desencuentro constitutivo del amor, ya que para ser posible debe renunciar al goce total y rescatar solamente fragmentos y jirones de plenitud. Ese acto fallido, ese acuerdo sintomático que es el amor, esa transacción necesaria, se repiten en el sueño y en la poesía, que articulan el equilibrio entre lo imaginario, lo real y lo simbólico. Dante encuentra a Beatriz en los sueños o en el poema, pero la pierde. No hay encuentro porque ella está muerta y él está vivo, ella situada a nivel de un nombre, en un significante y él en la realidad del cuerpo que le pesa y duele, los dos en una asimetría que repite y metaforiza el desencuentro del amor, la no correspondencia sexual. El sueño y la fantasía poética son los espacios de un encuentro imposible. Sin embargo, Dante mediante la escritura, recupera esa instancia efímera, Ese es su gran tributo a Beatriz, eternizarse en la palabra, inmortalizar para las generaciones, ya que la escritura implica esa sobrevivencia.

– Parte de este texto pertenece al ensayo: “Jorge Luis Borges: un guía en la travesía poética de Dante Alighieri”, en Dante en América Latina, Università degli Studi di Cassino, Volumen I, Italia, 2007.

FUENTE: PÁGINA 12 (**)

Liliana Bellone

Escritora y crítica literaria. Obtuvo el Premio Casa de las Américas de Cuba en Novela en 1993 y el Premio Novelas Ejemplares de la Universidad Castilla La Mancha y Editorial Verbum de Madrid en 2020.

Antonio Ramón Gutierrez

Escritor y psicoanalista.

El peculiar bigote de un genio.

El día que Salvador Dalí le contó a la BBC el secreto de cómo mantenía su bigote.

Indiscutiblemente, Salvador Dalí (1904-1989), considerado uno de los máximos representantes del surrealismo, es uno de los artistas más reconocidos del siglo XX.

Su particular técnica reflejada en sus inusuales pinturas, esculturas, joyas, películas y en su arte interactivo de tamaño natural marcaron el comienzo de una nueva generación de expresión imaginativa, señala el sitio web del Museo Dalí de Saint Petersburg, en Florida (EE.UU.)

Pero no solo el arte de Dalí es excéntrico. Su vida privada estuvo plagada de características que lo hicieron un hombre poco común.

En 1934 se casó con Elena Ivanovna Diakonova, o Gala, como era conocida.

No tuvieron hijos y la pareja tenía un matrimonio abierto. Organizaban orgías regularmente en su casa, aunque se dice que Dalí observaba en lugar de participar.

Y esas particularidades también se observaban en su apariencia física. Porque cómo hablar de Dalí sin mencionar su bigote.

Incluso él mismo escribió un libro de humor absurdo con su amigo fotógrafo Philippe Halsman bajo el nombre “Dali’s Mustache” (“El bigote de Dalí”).

Salvador Dalí en un programa de la BBC en 1951.
Salvador Dalí en un programa de la BBC en 1951.

En una encuesta de 2010, el bigote de Salvador Dalí fue votado como el más famoso de todos los tiempos.

Y, como no podía ser menos, en el campeonato mundial de barbas y bigotes, el “bigote Dalí” tiene su propia categoría.

Pero ¿cómo hacía Dalí para crear y mantener su fino y puntiagudo bigote? Un día contó su secreto a la BBC.

“Mi bigote es muy alegre”

Hace 66 años, el 4 de mayo de 1955, Salvador Dalí fue entrevistado por el presentador Malcolm Muggeridge de la BBC.

La conversación fue en inglés, idioma que distaba mucho de ser fácil para el artista, que hablaba catalán, español y francés.

“Mi inglés es muy, muy problemático. Pero esto no es importante porque si alguien logra captar un pequeño pedazo de mis ideas, esto es absolutamente suficiente, porque las ideas “dalianas” poseen un tremendo poder germinador”, dijo en su inglés que acentuaba fuertemente las erres.

El presentador empezó la entrevista sin rodeos: “¿Cómo hace para producir un bigote tan maravilloso?”

Dalí comenzó respondiendo que al principio usaba un producto natural: una fruta. Específicamente dátiles.

“Al finalizar la comida, no me limpiaba los dedos y me ponía un poco en mi bigote y así quedaba (firme) toda la tarde. Era muy eficiente”, explicó.

Salvador Dalí en una entrevista con la BBC en 1959.

Salvador Dalí en una entrevista con la BBC en 1959.

Mientras pasaban los años luciendo su bigote y convirtiéndolo en parte de su identidad, el aceite de dátiles dejó de ser práctico.

Dalí explicó que más tarde comenzó a usar un producto industrial para mantener la firmeza de su marca personal

Se trataba de una cera o pomada de origen húngaro.

El escritor francés “Marcel Proust usó la misma. Él usaba la cera (para mostrar) con otro humor, más deprimente y melancólico”, describió Dalí.

“Contrariamente, mi bigote es muy alegre, muy puntiagudo, muy agresivo”, enumeró.

El artista explicó también que por las noches limpiaba su bigote y volvía a su posición natural con una textura mucho más suave.

Y que nuevamente por la mañana solo demoraba unos pocos minutos para devolverle la vida.

“Solo tres minutos (necesito) para arreglar mi bigote”, detalló. “Y cada día se vuelve más práctico para mi inspiración”, aseguró.

Bigote intacto

Salvador Dalí murió de una falla cardíaca en 1989 a los 84 años, en Figueres, España, la misma ciudad donde nació.

Su cuerpo fue enterrado en la cripta del Museo Dalí en la localidad catalana.

Salvador Dalí a principios de la década de 1980.

FUENTE DE LA IMAGEN,

GETTY IMAGES

En 2017, su cuerpo fue exhumado para obtener muestras de ADN por una demanda de paternidad que finalmente resultó negativa.

Y tan bien tuvo que haber cuidado de su bigote en vida, que tras 28 años después de su muerte, al exhumar su cuerpo, el mostacho seguía intacto.

“Fue como un milagro… Su bigote marcaba exactamente las 10:10 y su cabello estaba intacto”, dijo en ese momento Narcis Bardalet, quien estuvo a cargo de embalsamar el cuerpo de Dalí.

Claramente Dalí fue un hombre extraordinario tanto en vida como después de su muerte. Y su bigote es un reflejo de ello.

“Cada mañana cuando me levanto, experimento otra vez un placer supremo, el de ser Salvador Dalí”, dijo el artista según publica la página web del museo.

FUENTE

  • Redacción
  • BBC News Mundo

Cortázar y el viaje imaginario de las clases medias

Después de publicar los libros de cuentos contenidos en Bestiario (1951), Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959), que lo hicieron cada vez más conocido y estimado, Julio Cortázar dio a conocer Los premios (1960), su primera novela publicada, ya que antes había escrito, hacia 1950, otra novela, El examen, solo editada después de su muerte, en 1986.

Los premios cuenta la historia de un grupo de ganadores de una lotería, premio que consiste en un viaje en barco, el Malcolm, un viaje que nunca, realmente, se realizará. Se trata de una novela todavía tradicional, planteada como de aventuras, “a la Verne”, muy bien organizada y urdida, con los ingredientes que supone una actualización del género fantástico, sin que por eso deje de haber una explicación final, permitiéndose la interpretación alegórica y una clara diferenciación entre “buenos” y “malos”. Estos últimos son los que impiden, con su poder, el acceso a la popa, un territorio vedado en el barco y, se entiende, en un mundo parcelado, cercado, en el que sería necesaria una mayor libertad.

Existe, por otra parte, un personaje fuera de la acción, Persio, corrector de pruebas en una editorial, quien a partir de sus vivencias y observaciones formula filosas reflexiones tanto sobre el contexto nacional como sobre el universo entero.


Se reelaboran también ciertos motivos permanentes en su literatura: el infierno, el barco de la muerte, la lucha contra el Minotauro, Jonás con la ballena, la búsqueda del Tao, el descenso a las Hades.

Por otra parte, los soliloquios de Persio (uno de los precursores subterráneos del Morelli de Rayuela), la ignorancia sobre los verdaderos motivos de la frustración, o el que éstos sean triviales, y la imposibilidad de acceder “al otro lado” por la existencia de barreras oscuras y permanentemente secretas, sitúan a Los premios en la prolongación –indecisa– del fantástico cortazariano.


Los premios puede, así, llegar a leerse como una radiografía íntima de la Argentina de la época, como el viaje imaginario de las clases medias, sostenido por el frondizismo y el kennedysta. Los años que van desde la caída del peronismo (septiembre de 1955) al triunfo electoral de Arturo  Frondizi (febrero de 1958), y hasta el comienzo del ejercicio del gobierno, antes de la adopción de las más importantes medidas en el campo económico y cultural que irían a contramano de lo prometido, se caracterizan por una toma de conciencia creciente de las capas medias y de los intelectuales, dispuestos a encabezar cambios profundos en las estructuras económicas y sociales.

Para una lectura de esta índole, la novela aparece recorrida por cierto hálito de modernidad, de mundanidad; una suerte de pretensión por parte de sectores medios para que, a pesar del subdesarrollo, ese orbe indefinible y representativo del país esté a la altura de los nuevos vientos industrialistas y progresistas que soplan por el mundo.

La presencia, en el grupo, de exponentes de diferentes espacios sociales y culturales, la batalla final que se libra contra los tripulantes, la organización misma de la anécdota, pugnan por retener la novela en los límites de la tradición literaria (condimentada, es cierto, por la novedad de un lenguaje muy elaborado y matizado, y de una historia en la cual mucho pasa en el interior de los personajes aunque nada parezca finalmente suceder en el exterior).

La contextualización de la novela es, sin embargo, bastante nítida. Por ello, no han faltado quienes observan (David Viñas, principalmente) la curiosa ausencia del peronismo y del más mínimo comentario sobre él en un texto de pretensiones tan representativas y donde hay personajes que no se podrían omitir u olvidar.


Aludiendo al carácter descriptivo social y a las intenciones más o menos alegóricas de la novela, declaró Cortázar en su oportunidad: “Se me ocurre que Los premios es un espejo sin pretensiones, pero bien azogado”.

Y respondiendo a una carta de Emma Sperati Piñero con observaciones críticas respecto de la novela, escribía en octubre de 1961 palabras que tienen mucho que ver con ello: “este golpe de timón /…/ me está llevando a cosas mucho más interesantes que los cuentos fantásticos. /…/ Aludo a una necesidad que se me ha vuelto insuperable de hacer frente a otra visión de la realidad en que estamos metidos”.

Hay, asimismo, algo quizá más profundo todavía, y es un tema que atravesará buena parte de la vida de Cortázar, pero que en este momento parece estar planteándose con fuerza a raíz de sus propios cambios geográficos y de sus decisiones internas: las alternativas entre Europa y América, el conflicto sobre dónde (y cómo) estar.

Los premios, en un nivel un tanto más oculto, parecen dar cuenta de esta tensión, que luego se hará explícita en Rayuela. Ella está presente, aunque algo subterráneamente en el texto, en ese barco que es un ensamblaje de pedazos europeos: los capitanes Lovatt y Smith, este último con acento de Newcastle; el médico francés; la tripulación que puede ser danesa u holandesa; las balas de Rotterdam y, en fin, la mezcla de lenguas.

Defendiéndose contra todo tipo de críticas, a las que tan sensible era, tanto las que le reprochaban haberse dejado llevar por la facilidad y abandonado la buena escritura como las que aún no lo hallaban del todo comprometido en su alejamiento parisiense, declaraba en 1963: “Es muy fácil advertir que cada vez escribo menos bien y ésa es precisamente mi manera de buscar un estilo. Algunos críticos han hablado de regresión lamentable, porque naturalmente el proceso tradicional es ir del escribir mal al escribir bien. Pero a mí me parece que entre nosotros el estilo es también un problema ético, una cuestión de decencia. Es tan fácil escribir bien. ¿No deberíamos los argentinos (y esto no vale solamente para la literatura) retroceder primero, bajar primero, tocar lo más amargo, lo más repugnante, lo más horrible, lo más obsceno, todo lo que una historia de espaldas al país nos escamotea tanto tiempo a cambio de la ilusión de nuestra grandeza y nuestra cultura, y así, después de haber tocado fondo, ganarnos el derecho a remontar hacia nosotros mismos, a ser de verdad lo que tenemos que ser?”.

Parece, pues, estar dirigiéndose hacia una búsqueda más moral que estética, o que ponga, por encima de los ideales estéticos, y sin abandonarlos, contenidos éticos, que privilegie éstos.


Ese conflicto, que a partir de los sesenta se irá haciendo cada vez más nítido, provocará cambios fundamentales en su vida y en su obra. Como fuere, se ve bastante claro que su atracción por la política, por la sociedad, era muy fuerte desde antes de la Revolución cubana y sus evoluciones.

Y quizás se vea algo más interesante todavía: cómo vincula estrechamente su escritura,  “los  modos de decir”, la lengua, con un mundo exterior, social, político y, sobre todo, de valores.


FUENTE: Página 12 Mario Goloboff -escritor y docente universitario-

Tagore: el Nobel bengalí y un encuentro trascendental con su amiga Victoria Ocampo

Hace pocos días se cumplieron 160 años del nacimiento del poeta hindú; en la primavera de 1924, llegó a Buenos Aires y forjó amistad con la creadora de “Sur”

Rabindranath Tagore y Victoria Ocampo, durante la estadía del Premio Nobel de Literatura en Buenos Aires, en 1924

Archivo

“En septiembre de 1924 se anunció que Rabindranath Tagore pasaría por Buenos Aires, rumbo a Lima -evoca Victoria Ocampo en el segundo tomo de Testimonios-. Desde ese momento, los que conocíamos los poemas a través de las propias traducciones del autor, o la francesa de [André] Gide, empezamos a esperar al poeta. Su llegada sería el gran acontecimiento del año. Para mí, fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida”. Ese hecho -el arribo del Premio Nobel de Literatura 1913 a la ciudad de Buenos Aires el 6 de noviembre de 1924, en un frustrado viaje a Perú- influiría no solo en la vida de la creadora de Sur, sino también en la del escritor nacido en Calcuta un día como hoy, hace 160 años, en 1861. Cuando Tagore llegó al país acompañado por su secretario inglés Leonard K. Elmhirst, tenía 63 años.

Rabindranath Tagore: poeta, dramaturgo, novelista y filósofo pacifista en tiempos de guerra; escribió en bengalí e inglés y su obra fue ampliamente difundida en la Argentina.

La llegada del escritor indio al país fue cubierta por los medios con mucho detalle. LA NACIÓN envió incluso a un corresponsal a Montevideo para anticipar lo que sería el desembarco del Nobel de Literatura en la capital argentina. En “La imagen de Tagore”, el periodista de este medio que relató su llegada a la orilla porteña escribía: “La barba blanca y los cabellos blancos, en bucles retorcidos, rodean el noble rostro moreno; los ojos negrisimos tienen una expresión de dulzura que no podría olvidarse nunca […]. Si de algún poeta pudo decirse que reveló su poesía en el rostro, de ninguno tanto, sin duda, como de Rabindranath Tagore”. Su estadía en la Reina del Plata no estaba programada para más de dos días y el primer alojamiento de los viajeros fue el Plaza Hotel. No obstante, Tagore debía recuperarse de una enfermedad contraída en Río de Janeiro y, por gestiones de la ensayista y filántropa argentina, se mudó a Miralrío, una quinta en las barrancas de Punta Chica, en el Municipio de San Isidro. Su viaje a Perú, que nunca se concretó, tenía como objetivos recaudar dinero para su universidad (Visva-Bharati) y difundir un mensaje pacifista y antinacionalista. En los años de entreguerras, muchos premios Nobel se consideraban a sí mismos actores geopolíticos.

En la versión original en bengalí, "Gitanjalí" contiene 157 poesías; en la traducción al inglés, que hizo el propio autor y que sirvió de base para la traducción al español, quedaron solamente 103 poemas

En la versión original en bengalí, “Gitanjali” contiene 157 poesías; en la traducción al inglés, que hizo el propio autor y que sirvió de base para la traducción al español, quedaron solamente 103 poemas

Ocampo consignó que había llorado al leer la obra más célebre de Tagore, Gitanjali (Ofrenda lírica), y honró aquel “acontecimiento” con la pasión y la audacia que la caracterizaban. Ambos intelectuales, de dos países con poco en común para ese entonces, iniciaron en suelo bonaerense una amistad que perduró en el tiempo. “Tagore conservó de su convalecencia en San Isidro una especie de nostalgia”, recordó la anfitriona. Pasados los años, el poeta se mostraba agradecido con ella. “La imagen de esa casa cerca del gran río, donde usted nos alojó, con sus extraños macizos de cactus que se inclinaban con gestos grotescos en una atmósfera exótica y remota para mí, a menudo vuelven a mi memoria como una invitación lanzada a través de una barrera infranqueable”, le expresaba a su amiga argentina, a quien llamaba Vijaya (Victoria, en bengalí).

Tagore viajó por todo el mundo; en la foto, Chester Williams, secretario ejecutivo de la Federación Nacional de Estudiantes, entrevista en 1931 al poeta y filósofo indio en Nueva York

Tagore viajó por todo el mundo; en la foto, Chester Williams, secretario ejecutivo de la Federación Nacional de Estudiantes, entrevista en 1931 al poeta y filósofo indio en Nueva York

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En Miralrío, el poeta bengalí leía a Guillermo Enrique Hudson (en inglés), recibía a los admiradores nativos y les hablaba sobre el amor universal (en inglés), escuchaba cuartetos de cuerdas y, por recomendación de Ocampo, comenzó a tomarse en serio sus dibujos y pinturas. El “amor platónico” entre ambos fue llevado al cine por Pablo César en 2017 en la coproducción indio-argentina Pensando en él, donde la actriz Eleonora Wexler encarna a Victoria Ocampo y el actor indio Victor Banerjee, a Rabindranath Tagore. Los avatares del vínculo entre los dos escritores aparecen en Un encuentro fecundo, de la escritora calcutense Ketari Kushari Dyson, que fue traducido por María Julia de Ruschi y Juan Javier Negri para el sello Sur.

Para la profesora india Nilanjana Bhattacharya, el encuentro Tagore-Ocampo fue trascendental y dejó huellas en la cultura argentina y en la india. “Soy como un infortunado país en el que un malhadado día se descubre una mina de carbón, con el resultado de que son descuidadas sus flores, se talan sus bosques y se lo deja desnudo ante la mirada despiadada de una hueste de buscadores de tesoros -le escribió Tagore a su anfitriona desde Miralrío-. Ha aumentado mi precio en el mercado y mi valor personal se ha visto oscurecido. Trato de encontrar este valor con un deseo doloroso que me persigue constantemente. Pude haberlo logrado solo mediante el amor de una mujer y durante largo tiempo he esperado merecerlo. Siento hoy que este precioso regalo me ha llegado por usted y que usted es capaz de premiarme por lo que soy y no por lo que encierro”.

Borges, Juan Ramón Jiménez y Tagore

En el Borges de Adolfo Bioy Casares, se traza un perfil de Victoria Ocampo. “Admiró a muchos escritores, totalmente disímiles desde luego, pero que tenían en común la fama o por lo menos la notoriedad: Tagore, Ortega, Keyserling, Waldo Frank, Camus y tantos otros”. Pese al tratamiento irónico que recibe el esnobismo ocampiano, el mismo Borges le dedicó al aristócrata y Nobel hindú -el primer no europeo en ser reconocido con ese premio hasta ese momento y el único escritor de su país que lo recibió hasta el día de hoy- un breve texto publicado en Proa, “Tagore en Buenos Aires”. “Yo buscaba algún signo que fuese la visible atestiguación del milagro: una clara vocación de gracia en el mundo, un color más blando en la brisa, un nunca visto arco iris sobre las azoteas -escribe un Borges cronista-. No alcanzó a verlos mi piadosa inquietud, pero al repasar los versos davidicos que son el Gitanjali y los apasionados de El jardinero, testifique la maravilla de que poemas tan lejanas se hubiese entrañado con mis horas y de que su llamado fuera fácil como el de la guitarra en los patios”. En “El nacionalismo y Tagore”, el escritor argentino reflexionaba sobre un volumen con tres conferencias de su colega bengalí. “Bernard Shaw rechaza el capitalismo, que condena a los unos a la pobreza y a los otros al tedio; parejamente Rabindranath Tagore rechazaba el imperialismo, que disminuye a los oprimidos y al opresor. La cultura oriental y la occidental se conjugaron en este hombre, que manejó los dos instrumentos del inglés y del bengalí; en cada página de este libro conviven la afirmación asiática de las ilimitadas posibilidades del alma y el recelo que la máquina del Estado inspiraba a Spencer”. Las obras completas de Tagore superan los treinta tomos.

La mayoría de sus libros fueron traducidos al español -en ocasiones, parafraseados- por Zenobia Camprubí de Jiménez, esposa del influyente escritor español Juan Ramón Jiménez, uno de los tantos amigos literatos del poeta. “Jardinero, tu noche es como una noche feliz de vivos sueños -no sé si larga o corta-, cuyo amanecer le dejará al alma, todavía, en los ojos del cuerpo, la realidad alegre de las estrellas”, se mimetiza Jiménez en el prólogo con el tono de esta obra bucólica y espiritual. Tagore profesaba una suerte de panteísmo místico en el que Dios se manifiesta a través de seres, acciones y cosas. En la Argentina, la mayoría de los libros del autor se consigue hoy solo en librerías de usados, en las populares ediciones de la colección Biblioteca Clásica y Contemporánea de Losada.

La túnica argentina

Ocampo registra muchas anécdotas y experiencias compartidas con Tagore durante su permanencia en las barrancas de San Isidro, Mar del Plata y Chapadmalal. “De todas ellas, la que más me gusta es la de la túnica -dice a LA NACION la investigadora María Celia Vázquez-. Me encanta la historia, pero mucho más cómo está contada por ella; al componer el relato, convierte el episodio en un affaire cuyos ingredientes son el secreto y la impostura. Llamativo también es el tono entre gracioso y divertido que recrea, como si estuviera narrando una travesura. Advertida del estado ruinoso de las prendas del poeta bengalí y de la necesidad de que cuente con ‘ropa de lanita más abrigada’ ante el advenimiento del frío, Victoria inmediatamente busca la solución chez Paquin, sucursal Buenos Aires”. La autora de Victoria Ocampo, cronista outsider observa que si bien Ocampo no dudaba en ofrecerle lo mejor a su huésped, también era consciente de que el gesto tenía algo de inadecuado. “Si la túnica hindú como prenda alegoriza el ascetismo propio de la vida espiritual, la decisión de que fuera confeccionada por modistos de alta costura resultaba un contrasentido”, agrega Vázquez.

“No me preocupan los comentarios de la gente, sino el partido que hubieran sacado los maledicentes que se escandalizaron ante un Tagore vestido por Paquin gracias a mí”, escribió Ocampo. “En un paso de comedia le propone un juego de complicidad a Alice, la modista -relata Vázquez-. Para evitar el escándalo, deben mantener en secreto la identidad del modelo. Así es como la túnica se metamorfosea en un traje para un baile de disfraz. Pero la impostura desborda el pacto de confidencialidad. Victoria jamás reveló el secreto a la ‘víctima’ del engaño y nunca se arrepintió de haber urdido un complot; al contrario, mantuvo intacta la felicidad de haber podido ofrecerle lo que ella más quería. Aparte de la maestría literaria, la historia pone en escena que sobre el don se impone el darse el gusto, aunque ella sea una mujer occidental sudamericana y él, un profeta hindú”. Tagore murió en 1941, a los ochenta años, en Santiniketan.

Un poema de Rabindranath Tagore

Si acaso piensas en mí, te cantaré cuando el anochecer lluvioso

suelta sus sombras por el río, arrastrando, lento, su luz vaga hacia el ocaso;

cuando lo que queda del día es ya demasiado poco para trabajar o jugar.

Te sentarás sola en el balcón que da al sur, y yo me pondré a cantarte

en el cuarto oscuro. El olor de las hojas mojadas entrará por la ventana,

en el crepúsculo creciente, y los vientos tormentosos

clamorearán en los cocoteros.

Traerán la lámpara encendida al cuarto, y entonces me iré yo. Y tú, quizá,

 entonces, escucharás la noche,

y oirás mi canción cuando esté yo callado.

FUENTE: LA NACION – Cultura – por Daniel Gigena

Homenaje a Jean Cocteau

Siento en mi; atrevimiento y vergüenza a la vez.

Porque si alguien conoce profundamente la vida y obra del genio francés Jean Cocteau; esa persona es mi compatriota LAURA VALERIA COZZO, eximia investigadora como así también brillante traductora de todo lo que se conoce de Cocteau en su época, hasta el más mínimo detalle. 

Además de contar Laura con una gran colección de grabados, dibujos y bosquejos del dramaturgo, escritor y poeta. 

Disfruto leyendo su espacio en esta misma plataforma como “Mi Jean Cocteau”. 

Le pido disculpas, si algo de lo vertido a continuación no condice con la realidad histórica; ya que lo mismo corresponde a un editorial que cayó en mis manos en forma inesperada. 

Quién fue Jean Cocteau, el artista que ha inspirado a Virginie Viard para el desfile Crucero de Chanel

Escritor, cineasta, pintor… la suya fue una de las figuras más relevantes del París de la vanguardia, amado y odiado a partes iguales. Su amistad con Coco Chanel le han convertido en la inspiración de Virginie Viard.

POR SANDRA MUÑOZ

Virginie Viard ha buceado de nuevo en la historia de Chanel para rescatar la personalidad de Jean Cocteau, el escritor y cineasta francés que se convirtió en uno de los mejores amigos de Gabrielle Chanel, influenciando sin pretenderlo a la gran dama de la moda francesa. Pero, ¿quién era Jean Cocteau? 

Nacido a escasos kilómetros de la capital francesa en 1889, Cocteau vivió en el París de las vanguardias, pero no se adhirió a ninguna de ellas. Creador de un estilo propio muy personal, logró fama como poeta, novelista, dramaturgo, pintor y director de cine.

La suya no fue una infancia fácil, como la de tantos otros genios. Su padre se suicidó de un tiro en la cabeza cuando él era pequeño, y mientras que sus dos hermanos se fueron con sus abuelos, él quedó a cargo de su madre. 

Su rendimiento escolar no era todo lo bueno que se esperaba de él pero la llama de la literatura prendió pronto y con 20 años publicó su primer poemario.

 05/05/2021

Un libro y una mudanza al centro de París que le abrieron las puertas al círculo artístico parisino. Picasso, Proust, Hemingway, Stravinsky y Tennessee Williams terminarían formando parte de su círculo de amigos. 

Fue entonces también cuando conoció al fundador de los Ballets Rusos Serguéi Diáguilev y a Coco Chanel. Con ambos entabló una amistad que no sólo fructificó en el plano personal sino también en el artístico.

En 1915, Cocteau fue enviado al frente pero la Primera Guerra Mundial, más que un escenario de lucha, fue para él un lugar de inspiración, y se dedicó a tomar fotos y dibujar, granjeando el rechazo del resto de soldados. 

No fueron años fáciles para Cocteau, que perdió a su amor, el escritor Raymond Radiguet, con solo 20 años. Jean lo vivió como una auténtica tragedia que le llevó a iniciarse en el mundo de las drogas. Su adicción al opio le acompañaría toda su vida.

Jean Cocteau con Romy Schneider y su madre en Cannes en 1960.

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No fueron años fáciles en el plano personal, pero sí años prolíficos en el plano artístico. De hecho, en 1917 formó parte del equipo creativo de Parade, el ballet para el que Erik Satie compuso la música, Picasso diseñó la escenografía y Gabrielle Chanel se encargó del vestuario. 

A Cocteau le costó ganarse a la crítica pero nunca puso en duda su absoluta modernidad y vanguardia. Jean Desbordes, con quien mantuvo una relación, le animó a publicar sin firmar El libro blanco, una novela en la que hablaba de su homosexualidad. No puso su nombre para no molestar a su madre pero firmaría ejemplares y acabaría ilustrando una edición posterior, reconociendo su autoría.

Con 40 años Cocteau realizó su primera película, La sangre de un poeta, por la que le acusaron de copiar a Buñuel

En aquellos años tuvo un romance con Natalie Paley, una princesa rusa casada. 

Unos años después llegaría una de sus cintas más famosas, La Bella y la Bestia, que se presentó en el primer festival de Cannes y estaba especialmente escrita para su pareja, el actor Jean Marais, para quien también escribiría Orfeo

Durante toda su vida, tuvo que cargar con la etiqueta de ser experto en todos los oficios pero maestro de ninguno. Algo que rebate Claude Arnaud en la biografía que escribió sobre él, definiendo “el frágil genio de Cocteau como una combinación casi imposible de vivir en el arte”.

                 En el festival de Cannes, con el actor Edgar G. Robinson y G.Pascal.      

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En 1959 llegaría El testamento de Orfeo. Ha sido una escena de esta película la que ha inspirado el desfile Crucero 2021/22 de Chanel. “Un hombre en una cabeza de caballo desciende por Carriéres des Lumieres. Su silueta y su sombra se perciben a través de las paredes blancas. La sencillez, la precisión y la poesía de la película de Cocteau me hizo querer crear una colección muy limpia, con dos tonos muy distintos, blanco brillante y negro profundo. 

Nada mejor para captar y reflejar la luz tan amada por Cocteau y Chanel.

 Y haciéndome eco de la extrema modernidad de la película de Cocteau, quería algo bastante rockero”, ha escrito la directora creativa de Chanel, Virginie Viard, para hablar de cómo Cocteau, casi seis décadas después de su muerte, sigue siendo inspiración.

Jean Cocteau viviría sus últimos años en compañía de Édouard Dermit, a quien adoptó y nombró como único heredero. En esa época se volcó en la pintura, y decoró diversas iglesias de la Costa Azul. Su destino está unido, sin pretenderlo, al de su querida amiga Edith Piaf. Cocteau murió de un infarto a los 74 años, solo una hora después de enterarse que ella había fallecido.

Jean Cocteau con Salvador Dalí. El polifacético artista era amigo de las personalidades más influyentes de la época.

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En 1964, apenas un año después de su muerte, la revista The Paris Review describió “la vivacidad de la inteligencia de Cocteau, que hizo que viviera en un mundo de imágenes aceleradas, como si una película se ejecutará en cámara rápida. 

Uno piensa en una etapa de tiempo diferente como una posibilidad real: diferentes seres humanos aparentemente todos en el mismo terreno físico viviendo en realidad a diferentes aceleraciones”.

Cómo se compuso “Para Elisa”, la obra más popular de Beethoven.

También llamada “Para Teresa” por su versión alemana Für Therese, se publicó por primera vez en 1867.

El 27 de abril de 1810, el destacado compositor alemán Ludwig Van Beethoven compuso la bagatela para piano solo llamada “Para Elisa”.

Sin embargo, algunos investigadores aseguran que Beethoven no fue el único responsable de esta trascendental obra.

En la monografía “Beethoven al piano”, escrita por Luca Chaintore, pianista y musicólogo, se explica que no existen pruebas suficientes para confirmar que Beethoven fue quien dio forma definitiva a Para Elisa.

Al margen de esta hipótesis, en 1867 el escritor de música Ludwig Nohl dio a conocer la obra basada en un manuscrito autógrafo y expresada en una transcripción.

Por qué la obra se llama Para Elisa

Existen muchas teorías en torno al interrogante sobre el nombre de la principal obra de Beethoven. La más curiosa es, quizás, aquella que dice que Ludwig Nohol se equivocó al transcribir el manuscrito original. Esta hipótesis le corresponde al escultor alemán MAl parecer, la dedicatoria no estaba muy clara y a Nohol le costó leerla. En la escritura parecía estar escrito “Elise”, que en realidad debe leerse “Therese”. Este dato explica por qué la pieza debería llamarse “Para Teresa” y no “Para Elisa”.

Y en cuanto a la famosa “Teresa” a quien Beethoven dedica su pieza, podría tratarse de Therese Malfatti von Rohrenbach zu Dezza. Esta mujer fue una joven alumna del compositor y también su amor, a juzgar por una declaración suya que data de 1810. La melodía nostálgica y un tanto penosa se debe a que Teresa se casó con un hombre austríaco, noble y funcionario estatal.

Existen otras teorías sobre posibles mujeres en quienes estaría inspirada la pieza, como por ejemplo Elisabeth Röckel, una soprano alemana que había sido amiga de Beethoven.

¿Qué es una bagatela?

El concepto bagatela proviene del italiano “bagatella”. Pertenece al movimiento romántico y posee algunas características:

  • Es una composición instrumental ágil y corta.
  • No tiene mayores pretensiones y su forma suele ser A-B-A con coda final.

En el caso de Para Elisa, se trata de un piano solo, pero algunas bagatelas se escriben para piano a cuatro manos, órgano, arpa, oboe y otros instrumentos.

Se pueden tocar en configuraciones de música de cámara, voz y piano, bandas y orquestas y hasta un coro a cappella.

Otras composiciones famosas de Beethoven

Ludwig Van Beethoven posee una extensa carrera en la que desarrolló nueve sinfonías, un concierto para violín, un concierto para piano, un triple concierto para violín, violonchelo y piano, 32 sonatas para piano, 10 para violín y piano y cinco para violonchelo y piano.

Como si fuera poco, también compuso la ópera Fidelio, 16 cuartetos de cuerda, la Missa Solemnis y un ballet: Las criaturas de Prometeo.

Dentro de las creaciones más famosas de Beethoven se encuentran:

  • Sonata Claro de Luna
  • Las ruinas de Atenas
  • No. 9

De carácter visceral, inmensa potencia y una identidad única, Ludwig Van Beetohven es uno de los principales referentes de la historia de la música.

Fuente: LA NACION – Lifestyle