A 28 años de la muerte de Silvina Ocampo: «No soy sociable, soy íntima»

Se cumplen 28 años de la muerte de Silvina Ocampo, la cuentista más enigmática de la literatura fantástica argentina.

Silvina Ocampo nació el 28 de julio de 1903 en Buenos Aires.

“No soy sociable, soy íntima”, decía Silvina Ocampo, la menor de seis hermanas de la familia Ocampo, una de las más ricas de la Argentina, o como ella misma se percibía, “el etcétera de la familia”. A Silvina no le gustaba que le sacaran fotos ni dar entrevistas y evitaba los eventos sociales. Cada vez que un periodista quería entrevistarla, se dice que pedía que no le preguntaran nada sobre su escritura y ni siquiera le interesó que sus cuentos fuesen traducidos al inglés.

Hermana de Victoria Ocampo, una de las agitadoras culturales más destacadas de la época, y esposa de Adolfo Bioy Casares y amiga de Jorge Luis Borges, de los escritores más reconocidos del país, Silvina eligió mantenerse en la periferia de las cosas y, muchos años después de su muerte, se convirtió en una de las escritoras más prestigiosas, enigmáticas y complejas de leer entre líneas de toda la literatura argentina.

Es muy difícil hablar sobre Silvina Ocampo. Mariana Enríquez fue la única que se animó a hacerlo en La hermana menor: un retrato de Silvina Ocampo.

 Ella destaca que no es una biografía, sino un retrato, porque hay tantos textos académicos sobre ella que fue imposible incluirlos a todos y porque, además, lo interesante de escribirla fue la contradicción y la ambigüedad que fue encontrando en los testimonios de todos los que la conocieron. “Es un personaje que se escapa todo el tiempo, y cuando vi que se me escapaba, dije: ‘Bueno, que se me escape’”, contó Enríquez durante una entrevista en el programa Los 7 locos. 

La hermana menor: un retrato de Silvina Ocampo, de Mariana Enríquez, se publicó en 2014.

Silvina falleció el 14 de diciembre de 1993 a sus 90 años, después de haber pasado sus últimos años con Alzheimer, postrada en una cama de su casa de San Isidro y bajo el cuidado de Bioy, a quien a lo último ni siquiera reconocía. A pesar de su decisión de mantenerse al margen, su forma tan particular de construir universos en sus cuentos a partir de personajes, espacios y situaciones surrealistas, retorcidas y en constante choque con lo posible y lo real, la llevó a ser, según el mismo Bioy, una escritora que no se parece a nadie más. Inspirada por construir mundos desde las imágenes, ya que la pintura era una de sus pasiones de la infancia, Silvina escribió Viaje olvidado (1937), Autobiografía de Irene (1948), La furia (1959), Las invitadas (1961), entre muchos otros más, consagrándose en el mundo de la literatura fantástica recién varios años después de su muerte. Pero para ella, el éxito era otra cosa: «Saber que uno ha conmovido a alguien».

Las edades son todas crueles

La niñez es un elemento clave en los cuentos de Silvina, así como la metamorfosis, la muerte, los objetos inanimados con cualidades humanas y las personas con identidades y géneros imprecisos. Cuando tenía 11 años, muere su hermana menor, Clara, que tenía apenas 6. 

Esto la marcó profundamente y se ve reflejado en sus cuentos, en los que retrata la infancia como un período de la vida para nada exento de la crueldad del mundo adulto. “Siempre pensé que las edades son todas crueles y que se compensan o tendrían que compensarse las unas con las otras”, escribe en su poema Envejecer.

Silvina pasa sus días de infancia en su casa de verano Villa Ocampo, fascinada por las empleadas domésticas y los mendigos y los nenes de la calle, a quienes dejaba pasar y les daba de comer. En una entrevista para La Nación, habla sobre la pobreza con morbo y hasta dice que le parecía “divina”. Esa compasión que decía tener por la clase baja nunca se transformó en “una acción social concreta”, explica Mariana, ni nunca demostró un interés por involucrarse en la política: todo lo llevó a sus cuentos.

Silvina Ocampo y Bioy tuvieron una hija, llamada Marta, que en realidad fue fruto de Bioy con una de sus amantes, pero ella la crió como si fuese su hija.

“Gran parte de la literatura de Silvina Ocampo parece contenida ahí: en la infancia, en las dependencias de servicio. De ahí parecen venir sus cuentos protagonizados por niños crueles, niños asesinos, niños asesinados, niños suicidas, niños abusados, niños pirómanos, niños perversos, niños que no quieren crecer, niños que nacen viejos, niñas brujas, niñas videntes”, escribe Enríquez. “Sus cuentos, protagonizados por peluqueras, por costureras, por institutrices, por adivinas, por jorobados, por perros embalsamados, por planchadoras… No hay período que la fascine más; no hay época que le interese tanto”.

Una persona disfrazada de sí misma

La relación entre Silvina y Victoria era intensa y conflictuada. Victoria fue una pionera de la cultura del siglo XX y una de las primeras militantes feministas del país. Le dedicaba su vida a la política, a la literatura y a las relaciones con personajes del ambiente. Fue la fundadora de la revista Sur, en la que participaron Virgnia Woolf, Albert Camus, Jean Paul Sartre y gracias a la que Borges se hizo reconocido. En su libro, Mariana habla sobre esta tensión entre las dos hermanas, tan unidas, y a la vez, tan diferentes la una de la otra.

Entre todas sus disputas, cuenta una en particular, cuando Silvina le prestó su único manuscrito de su primer libro de cuentos, Viaje Olvidado, y Victoria lo perdió. Cuando lo encontró, hizo una reseña que no dejó para nada contenta a Silvina: describió a sus cuentos como algo de mucha extrañeza, con recuerdos deformados de su niñez y transformados en algo perverso. “Me encontré por primera vez en presencia de un fenómeno singular y significativo: la aparición de una persona disfrazada de sí misma”, escribe Victoria. 

Seguida de esta anécdota, Enríquez recopila lo que Silvina le contó sobre esta situación a la ensayista Noemí Ulla. Sin nombrar a Victoria, le cuenta: “La persona a quien lo entregué perdió el manuscrito. Pasaban los días y no me decía nada. No le volví a dar otros cuentos. No advirtió la angustia que había significado para mí”. 

Silvina Ocampo con su hermana, Victoria Ocampo, que falleció en 1979 por un cáncer de laringe.

Otro punto de choque entre las dos era la política. Victoria era abiertamente antiperonista y su militancia estaba abocada al feminismo. Silvina, en cambio, se mostraba completamente desinteresada y ajena a la vida política, incluso a la lucha feminista. Cuando Noemí le preguntó su opinión sobre el voto femenino, impulsado por Eva Perón, se limitó a decir: “Confieso que no me acuerdo. Me pareció tan natural, tan evidente, tan justo, que no juzgué que requería una actitud especial”. 

Algo de monstruoso y de mágico

“¿No te parece maravilloso que una cosa cambie y se transforme en otra? Yo acepto esos cambios. Hay gente que los rechaza. Yo no. Me gusta ver cómo una cosa se hace otra; tiene algo de monstruoso y de mágico”, cuenta Silvina en una entrevista para La Nación, en 1987, cuando le preguntaron de dónde venía su fascinación por la metamorfosis, palabra que la llevó a hablar de su manera de sentir el amor.

“Cuando me he enamorado, me he entregado por completo. He sido sincera y he esperado que los otros también lo fueran conmigo. Pero los otros nunca son sinceros, nunca terminás de conquistarlos; siempre se reservan algo que uno no imaginaba”, expresa Silvina. “Desde chica yo era muy imaginativa y me ilusionaba con las cosas y las personas, hacía planes. Y después nada era como yo había creído. Las desilusiones me gustaban, y me gustan, porque cuando algo resulta distinto, aun cuando se trate de una decepción, siento que me sumerjo en un mundo desconocido. La desilusión tiene eso de excitante: lo imprevisto”.

Silvina Ocampo y Bioy se casaron en 1937.

Y escribe en La continuación, un cuento en el que la protagonista le escribe una carta de furia y despecho a su pareja: “Mi amor adquirió los síntomas de una locura. ¿Me afligí con razón porque realmente me engañaste? Esas cosas se saben demasiado tarde, cuando uno deja de ser uno mismo. Te amaba como si me pertenecieras, sin recordar que nadie pertenece a nadie, que poseer algo, cualquier cosa, es un vano padecimiento”. Al principio, parece ser una mujer dirigiéndose a su marido, pero en algunas partes, juega con ser un hombre, y al mismo tiempo, con ser una mujer llamada Elena, como quien en la vida real era la amante de Bioy, Elena Garro, explica Enríquez. Esta ambigüedad de la identidad y el género de los personajes se repite en varios de sus cuentos, así como los celos, la posesión, el desamor, la traición, el miedo.

Te tengo confianza mística

Silvina estaba casada con Bioy pero sabía y aceptaba que él tenía otras amantes y viceversa, pero ella parecía ser la que lo sufría más. Hasta se dice que lo esperaba horas sentada al lado de la puerta hasta que él llegara. Ella, en cambio, fue mucho más discreta, tanto que, hasta el día de hoy, hay muchos rumores sobre su sexualidad que no terminan de aclararse, como su supuesto romance con Alejandra Pizarnik, que se suicidó el 25 de septiembre de 1972, justo después de haberla llamado por teléfono y que ella no la atienda. En ese momento, atendió la empleada doméstica, y Silvina, que estaba muy ocupada armando un bolso para irse de viaje, le dijo: ‘Decile que no estoy’. Alejandra sabía que ella estaba ahí pero que no quería atenderla, y horas más tarde, la encontraron muerta en su casa.

Mariana investigó esto y, mientras las personas cercanas a Silvina lo niegan, el poeta Fernando Noy, amigo íntimo de Pizarnik, dice que se tapó todo para proteger la imagen de Silvina: “Es una vergüenza lo que han hecho. Alejandra no se suicidó porque estaba aburrida, se mató por amor. Lo dejó escrito. Pero no sé por qué insisten en cuidar a Silvina, cuando ella nunca pidió cuidado”, le dijo. Lo que sí se sabe es que Silvina tenía amantes hombres y mujeres. También se sabe que con Pizarnik eran amigas y formaban parte de un mismo grupo de amigos junto con Bioy, que por algunas cartas de ella a Silvina que fueron publicadas, parecería que él sabía del romance entre las dos, como una en la que pide que besara a Silvina por ella.

Silvina Ocampo estudió pintura y dibujo en París antes de dedicarse a la literatura.

“Silvine, mi vida (en el sentido literal) le escribí a Adolfito para que nuestra amistad no se duerma. Me atreví a rogarle que te bese (poco: 5 o 6 veces) de mi parte y creo que se dio cuenta de que te amo SIN FONDO. A él lo amo pero es distinto, vos sabés ¿no? Además lo admiro y es tan dulce y aristocrático y simple. Pero no es vos, mon cher amour. Te dejo: me muero de fiebre y tengo frío. Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz viva. Sylvette, pronto te escribiré. Sylv, yo sé lo que es esta carta. Pero te tengo confianza mística. Además la muerte tan cercana a mí, tan lozana, me oprime. Haceme un lugarcito en vos, no te molestaré”, le escribe Alejandra.

No daba entrevistas, pero se permitía coquetear por teléfono si escuchaba una voz joven

En lo que todos los que conocieron a Silvina coinciden es que era una persona muy magnética, con un encanto muy particular, que atraía por su extrañeza y su misterio. “La seducción viene con la práctica. La gente me dice que soy seductora. Y no confío. Uno no puede confiar demasiado en nada ni en nadie”, dice Silvina en esa entrevista para La Nación.

“A mí siempre me interesó el sexo y el amor. Cuando tenía veinte años me decía: ‘Ay, cuándo tendré cuarenta o cincuenta para no enamorarme más, para no desear más a nadie, para vivir tranquila, sin preocupaciones, sin celos, sin angustias, sin ansiedad’. Llegué a los cuarenta, a los cincuenta, y seguí enamorándome y deseando a la gente hermosa. Es terrible. Ahora el sexo me resulta tan interesante como cuando era chica y acababa de descubrirlo. A mí me importó siempre. Ahora también. ¿Cómo puede dejar de importar? Es una condena y un placer”.

Silvina Ocampo ganó algunos premios, como el Premio Kónex, en 1992, y el Premio Municipal de Literatura, en 1954.

La periodista María Moreno, de Página 12, logró entrevistar a Silvina en la década del 70 y se enamoró de ella. “En los años ‘70, Silvina Ocampo no daba entrevistas. Pero se permitía coquetear por teléfono si escuchaba una voz joven. No se negaba de entrada. Imponía condiciones, con la seguridad de que no serían cumplidas. A mí me propuso que le enviara un cuestionario donde ninguna pregunta tuviera que ver con la literatura. Yo, alentada por una voluntad irresponsable, lo logré”, escribe María.

“La entrevisté: Silvina Ocampo se sentaba en forma de esvástica, usaba piloto dentro de la casa y salía a la calle sin cartera. Me enamoré de ella. Y como juzgué que ese era un sentimiento reservado, dejé la cama matrimonial y me mudé a la habitación de mi hijo, que me miraba asombrado a través de los barrotes de la cuna. En esa época, la exageración y las relaciones prohibidas eran bien vistas. La entrevista duró cinco meses. 

Ella no cesaba de corregirla; yo, de ir a su casa con cualquier pretexto. Me le declaré. Me preguntó qué quería decir exactamente o, mejor dicho, exactamente qué quería hacer. Yo no tenía idea. Ella sonrió y dijo: ‘Sufro del corazón’. ‘Yo soy más linda que Alejandra Pizarnik’, le contesté y me fui dando un portazo”. 

¿Qué es el éxito? Saber que uno ha conmovido a alguien

Rara, seductora, una escritora distinta a todas, Silvina no llegó, sin embargo, a destacarse en el mundo de la literatura fantástica mientras estaba viva. Mariana explica en su libro que ella misma eligió mantenerse misteriosa y oculta de la vida pública, pero que, si bien no le importaba la crítica literaria, le hubiese gustado que sus cuentos le llegaran a más personas.

“¿Qué es el éxito? Saber que uno ha conmovido a alguien”, le escribe en una carta a su amigo escritor, Manuel Mujica Lániez. Y en esa entrevista con María Moreno, Silvina dice: “Escribo porque no me gusta hablar, para dejar un testimonio más de la vida o para luchar contra ese exceso de materia que acostumbra a rodearnos. Pero si lo medito un poco, diré algo más banal”.

Imagen de portada: Foto de Archivo

FUENTE RESPONSABLE: El Destape. Cultura. Diciembre 2021

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Claude Monet, el pintor de los nenúfares que quiso pintar el aire y escandalizó París.

Sentó las bases del estilo artístico y fue el padre de la pincelada suelta que dio nombre al Impresionismo. Rechazado y admirado a partes iguales por sus contemporáneos, Claude Monet (París, 1840 – Giverny, 1926), se adelantó a su tiempo y plasmó su percepción de la naturaleza y los paisajes, experimentando con los matices que la luz aportaba a la escena. 

Su pincel buscaba las sensaciones del ojo, y lejos de comunicar una historia o dar una instrucción moral, recorría el lienzo ahuyentado de lo oscuro y dejando como legado, noventa y cinco años después de su muerte, la pintura del sol naciente.

Dibujante de caricaturas desde niño, su historia empieza y termina en su jardín, donde con tan sólo 19 años el artista francés ya pintaba paisajes y marinas junto al paisajista Eugène Boudin y el también pintor y grabador neerlandés, Johann Jongkind. «Me dijeron que tenía talento y que tenía que trabajarlo», contó el artista en una de sus cartas. Y lo hizo. 

Tras el pintor de las Hermanas de la Caridad, Armand Gautier, o Constant Troyon, fue la huella de Édouard Manet quien impulsó con su modernidad al Monet que llevó a la máxima expresión la voluntad de plasmar los estímulos más inmediatos de la naturaleza. Y es que otros pintores «quieren pintar un puente, una casa, un barco. Yo quiero pintar el aire que envuelve el puente, la casa, el barco; la belleza de la luz en la que se encuentran», escribió. Sus obras empezaron entonces a dejar de un lado el marrón agrio y vestir los naranjas, rojos, verdes y azules que le acompañaron hasta sus últimos días.

‘Madame Monet y el Niño’. CLAUDE MONET

Su visión del mundo era más colorista que el mundo original, y en su trayectoria destacan desde las impresiones ópticas que subyacen en A la orilla del agua (1868); a su incipiente tendencia a la abstracción en La Grenouillère (1869); sus vistas de Argenteuil con la dársena y la regata; el ritmo urbano de El Boulevar des Capucines con la animada vida en las calles de París, y hasta su Campo de amapolas. 

Pero nada le otorgó éxito de primeras. La evolución pictórica de Monet, en cuanto a los temas elegidos y al estilo, se distanciaba cada vez más de los cánones que establecían los grandes salones y galería y, por consiguiente, el éxito económico se alejaba de él irremisiblemente. Las obras de Monet fueron rechazadas en varias ocasiones, pero, aun así, logró hacerse, sin quererlo, con el título de ser la figura clave del movimiento impresionista hasta su muerte en 1896, a causa de un cáncer pulmonar.

«El color es mi obsesión diaria, mi alegría y mi tormento»

Giverny, la ‘musa’ de Monet

«En este pueblo con encanto, la luz es especial como en ningún otro lugar», decía el artista impresionista refiriéndose a Giverny, el pueblo que le inspiró en la creación de sus obras. 

En la Alta Normandía, la localidad de Giverny se sitúa en la orilla derecha del río Sena y cuenta con tan sólo unos 500 habitantes. Allí, en 1883, con 43 años y viudo de su primera esposa, Monet decide instalarse con sus hijos, la que sería su segunda esposa, Alice Hoschedé, y los hijos de ésta. Claude Monet pintó entonces algunos de sus cuadros más famosos, entre ellos Catedral de Rouen, Álamos, Las Casas del Parlamento (resultado de un viaje a Londres realizado en 1899)y Mañanas en el Sena, inspirados en los jardines de su propia casa, donde seleccionaba cada año las flores y plantas que quería cultivar para retratarlas en sus cuadros: «El pintor que se coloca ante la realidad no debe hacer distinciones entre sentido e intelecto», afirmaba.

‘Los nenúfares’. CLAUDE MONET

Pero además, tras infinitos requisitos administrativos, el pintor consiguió montar un estanque asimétrico y exótico, y, fascinado por el arte de Japón, un puente japonés que dio vida a las conocidas series de Ninfeas o nenúfares que, más tarde, se asociaron a las aportaciones de Vasili Kandinsky, Paul Klee, Picasso y Georges Braque, como símbolos del nacimiento de la abstracción en la pintura occidental, tras largos siglos de predominio de la representación figurativa.

Imagen de portada: Gentileza de Carmen Vivas

FUENTE RESPONSABLE: El Independiente. Por Marta Menéndez. Diciembre 2021.

Sociedad y Cultura/Arte pictórico/Genios virtuosos/Homenaje/Claude Monet

Murió Anne Rice, la mujer que se encargo de «romantizar» a los vampiros.

Luto en la literatura.

La autora de «Entrevista con el vampiro» falleció a los 80 años producto de complicaciones de un ACV. 

Anne Rice, la autora gótica famosa por su exitosa novela “Entrevista con el vampiro”, falleció este sábado a los 80 años debido a complicaciones de un ACV.

Su hijo, Christopher Rice, hizo el anuncio en las cuentas de la autora en Facebook y Twitter.

“En sus últimas horas, me senté junto a su cama de hospital admirado por sus logros y su valor», escribió en un comunicado. 

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Anne Rice escribió en 1976 “Entrevista con el vampiro”, novela que fue adaptada más tarde en una película protagonizada por Tom Cruise y Brad Pitt en 1994. Además, se anunció que la historia será llevada a la televisión en una serie de AMC y AMC.

La novela reactivó el interés en el género vampírico, que más tarde continuó con las series «The Vampire Diaries» y la saga Crepúsculo.

Rice sería enterrada en una ceremonia privada en el mausoleo familiar en Nueva Orleans en una fecha no revelada, según el comunicado. El año que viene se celebrará un acto en homenaje a su vida. 

Imagen de portada: Gentileza de Entre Lineas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas

Literatura/Novelas/Cinematografía/Anne Rice/Homenaje

La Orquesta Sinfónica emuló un famoso concierto de Piazzolla.

El 7 de diciembre de 1980 Astor tocó en el Auditorium acompañado por la Orquesta Sinfónica Municipal, entonces dirigida por el maestro Mario Perusso. Ahora, el nuevo director de este organismo preparó un concierto similar, en el año del centenario del nacimiento del compositor.

Un espíritu a sentido homenaje sobrevoló en la noche de este martes el Centro Cultural Estación Terminal Sur del Paseo Aldrey. De la mano de la Orquesta Sinfónica Municipal, el público pudo ser parte de un espectáculo musical que recreó la bella obra de Astor Piazzolla, en formato orquestal.

Versiones originales y nuevos arreglos de las obras de Piazzolla pudieron escucharse: desde las más emblemáticas a las menos transitadas y menos populares, “pero no por ello menos interesantes”, dijo Javier Más, director del máximo organismo sinfónico de la ciudad.

El concierto celebró uno similar realizado el 7 de diciembre de 1980, hace exactamente cuarenta y un años. Ese día, Piazzolla “se presentó por única vez en Mar del Plata junto a la Orquesta Sinfónica Municipal, dirigido por el maestro Mario Perusso, en el Teatro Auditorium. El espíritu de este concierto era rememorar esa fecha, que inicialmente iba a ser en el Teatro Auditorium”, contó Más.

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Cabe señalar que el concierto se realizó en el año en que se cumple el centenario del nacimiento de Astor, producido en Mar del Plata, en marzo de 1921. Esta efeméride fue, de alguna manera, disparador de diversas conmemoraciones. Desde shows musicales, muestras fotográficas, ciclos de cine a obras de narración oral repasaron algún aspecto de la vida y obra de quien sea, quizá, el marplatense con mayor proyección en el mundo del arte.

“Quisimos emular esa fecha de 1980 con la misma orquesta y con el mismo escenario, aquella presentación donde el maestro ejecutó su concierto para bandoneón y orquesta y se ofrecieron además obras de Gershwin”, rememoró Más.

Imagen de portada: Gentileza de La Capital

FUENTE RESPONSABLE: La Capital. Mar del Plata. Argentina. Diciembre 2021

Orquesta Filarmónica Municipal de Mar del Plata/Sociedad y Cultura/ Argentina/Homenaje/Astor Piazzolla/Centenario de su nacimiento.

A tres años de su muerte, Ediciones En Danza publica la «Poesía completa» de Irene Gruss.

Su trayectoria poética comenzó en la década del 70, arrancando en el célebre taller de Jorge de Lellis y llegando a colaborar muy joven en las revistas El escarabajo de oro y El Ornitorrinco. 

De ahí en adelante, Irene Gruss llegó a publicar once libros entre los que se destacan La luz en la ventana, Sobre el asma, En el brillo de uno en el vidrio de uno, Notas para una tanza. 

Había nacido en 1950 y murió en la Navidad de 2018. Un año después, Ediciones En Danza dio a conocer su libro póstumo De piedad vine a sentir, y ahora es también la editorial responsable de publicar un extraordinario volumen de Poesía completa, con edición al cuidado de Gabriela Franco y Eduardo Mileo. 

En este libro se incluyen poemas inéditos, además de una colección de fotografías. 

Una madre juega con su pequeña hija al ahora está- ahora no está. 

La introduce en la poesía, en el mundo, en el lenguaje, en las imágenes. En lo humano. Está adentro de la escena y afuera, vive la experiencia, al mismo tiempo la construye y también la observa. 

Esta poesía no intenta capturar la experiencia en sí ni enfocarla en cuanto la trasmutación que le imprimen la imaginación o la inteligencia. 

Ni toma la imagen de una experiencia como una foto por la que agrega o sustrae (o no) la mirada del fotógrafo. Aunque también su poesía es un poco todo eso. 

No es una filosofía de lo cotidiano sino la que se puede extraerle: mientras se está limpiando la vajilla después de una fiesta, se comprende que “lo que brilla es pasado y preparación para lo que urge, lo que se aproxima”; al mismo tiempo, sin embargo, se sabe que en esa comunión de la noche pasada se formaron constelaciones o pasiones que se leen en marquillas y servilletas retorcidas y que de estar con los otros quedan restos de sal y especias que persisten en subyugar el aire. 

O bien la vida puede ser como un viaje en avión: estar yendo vaya a saber dónde, suspendida en el aire sin Dios que sostenga. Irene Gruss recela de las “teorías grises” y prefiere despuntar filosofías circunstanciales.

IRENE Y EL MAR 1971

Tampoco se trata de todo lo que una subjetividad es capaz frente a una lisa pared, aunque también; ni de todo lo que una aparentemente insulsa pared contiene, aunque en parte sí. 

Pero sobre todo es la relación, ese entre la pared y quien la mira y la dice. Aunque tampoco. Es entre esa pared y ese poeta en ese poema y luego en aquel otro poema que es distinto, como ya es distinta la pared, la poeta, la relación. 

La poesía de Irene no es exactamente de las cosas, de la cotidianeidad, de las acciones mínimas; tampoco de la íntima subjetividad. 

Es una poeta del acontecimiento, en el sentido que le dan a estas palabras las filosofías actuales. Ese momento de desvío, de descubrimiento en lo que parecía dado, ese destello y también el enunciarlo, una pequeña piedra en el carril perceptivo/ constructivo en que rodamos como mundo cotidiano. 

Esa irrupción en que Irene se ve de pronto pelando papas, tendiendo ropa o jugando con su hija y nos advierte: ahora está y ahora no está, ahora es y ahora no es o es de otro modo. 

Anuncia el acontecimiento, se pregunta por las reglas del juego, enuncia que otro mundo es posible si se empieza por detener éste y observar el mecanismo; en el breve descarrilamiento se presienten virtualidades, sombras alternativas, otros posibles paralelos a este mundo incompleto. 

Y nos deja allí, esperando que vuelva a quitar el pañuelo azul que vela y devela. Pero nos toca a los lectores elegir qué habrá en el lugar de lo que aparece y en el lugar de lo que desaparece, parece tan contundente y regular como una pared y desaparece en su infinita multiplicidad y en la incerteza. 

El acontecimiento es el momento en que la paloma sumerge su cabeza en el charco, el resto es imagen ya trizada, reflejos. El asombro, el temblor y las plumas empapadas. O la memoria que circula en la vía muerta de lo que una vez fue fuego pero ya no quema.

“Un libro donde lo que se persigue es la creación de un mundo que esté en la realidad, tangible como la piel de una manzana o la dureza de un vidrio. En esa tangibilidad se da, sin embargo, lo que el mundo nos entrega como vértigo, lo que nos ofrece como inabarcable”, decía Irene Gruss, citando a Jorge Aulicino, en el prólogo a La luz en la ventana. 

La otra mitad puede ser una verdad diferente, un cambio de vías, otra realidad que está también ahí como posibilidad hasta que la realicemos. Irene nos insta. 

No porque imagina por nosotros cómo será o sería. Tampoco porque quiebra la gramática con que ya fue construido el enunciado que habitamos. Sino porque pone en suspenso la naturalidad de este mundo y por lo tanto su credibilidad, al acercarse con su lupa levemente teñida de ironía y escepticismo. 

No haciendo trepidar sus profundidades sino las superficies más cercanas, cotidianas y sensibles, o sea las más confiables. Ella las nombra de un modo en que le estallan en la mano. Y el acontecimiento es ese estallido. Dudar de lo que parecía lo menos dudoso en este mundo o de aquello que parecía que no valía la pena dudar, es así como aparecen otros posibles. 

No un relámpago detrás del que aparecen monstruos, la extrañeza que de pronto se revela en lo que parecía dado o intrascendente; o es el profundo extrañamiento con que de pronto lo observamos. O ambas cosas a la vez.

Todo es monstruoso visto con sorpresa ante su pequeña rareza. Así nos alienta Irene a buscar que esos otros posibles, sugeridos por incertidumbre, intentemos o deseemos consumarlos, físicos como manzanas. 

No los construye por nosotros, considera que sería fácil sobrevolar sobre mundos imaginarios, difícil es ir al ras en el que hay y arrancarle una chispa, piensa Irene (pensaba); el fuego, alimentarlo, ya es tarea nuestra. Su poesía se pregunta y nos pregunta por extensión, ante cada escena íntima y mundana, cotidiana y tenebrosa al mismo tiempo, nuestro acuerdo con esa situación sobre la que se ha puesto el foco.

IRENE Y EL MAR 2001

Pero hay a la vez cierto fastidio porque ya no tendría que ser necesario, como si ya debiéramos ser los animales de incertidumbre y de humilde asombro que nos corresponde y callar. 

Más fastidio aún cuando lo que ya no debiera ser necesario decir es dicho con estridencias o cuando se intentan nuevas definiciones para lo que se debería asumir indefinido. 

Calma, calma ante la irrupción y la interrupción, juicio en suspenso, discurso que se triza contra una pared que se triza ante una mirada que se triza ante lo ambiguo de lo que parecía contundente y simple como una pared.

Irene no es romántica, el sueño no se cumple porque no es real. Irene no es objetivista, el pájaro real es metafórico. 

Real es la desconfianza en el sueño y en lo real. Tal vez. Tal vez tampoco. La tragedia ya aconteció, también sus exclamaciones y su catarsis, quedan suspiros en el trayecto de la cama al living, despedidas con grandezas pero con gestos mínimos, soliloquios murmurados. 

El amor como hablar entre dos sobre cómo conseguir un cigarrillo en medio de la guerra. O quizá nunca hubo o habrá tragedia en el sentido griego. Sólo situaciones cuya gravedad es la estupidez y no la catástrofe. No las ruinas sino la resaca de restos urbanos que va dejando la marea. Retirar suavemente y sin furia los pies, no pretender la sabiduría de los pájaros. No pretender, en todos los sentidos de la palabra. 

Y si no llega al reverso plagado de margaritas, si no se completa el mundo, si no son margaritas… real es la posibilidad de lo posible, no el sueño, no la realidad. 

Lo que se ve es irrealidad y lo real se finge (en el sentido originario del término y en el otro también). 

Probablemente el libro que más se podría considerar su ars poética es En el brillo de uno en el vidrio de uno. “He creído demasiado y he visto demasiado y aún no vi”. Porque hay que ver sin creer y creer sin esperar ni desesperar, sin separar tiniebla y luz. 

Ver lo pequeñas que son las cosas y lo borroso del punto de vista. El derrame físico, la ilusión óptica y la imagen como herida que nos separa de su referido. ¿Tocar? Abriría otra herida ¿en el cuerpo? El vidente cierra los ojos y escucha la música. 

O podría ser La dicha como paradoja (un poco toda su poesía lo es). No habla de algo dichoso sino de la Nada como dicha. Ante la desesperación del mundo el no. Un fulgor de ocaso. Comenzar por lograr la simple inmediatez con el silencio, en el silencio. Escribir para entender un abismo mudo. Encontrar un lugar con un toque de infancia que no sea la infancia. Un lugar como una frase verdadera aunque parezca un oxímoron. 

O precisamente porque es un oxímoron. Ser como la lluvia, como el río que va soltando su arena, dejar secar la tinta. El no ante lo dicho y ante la que fue enunciada. Sin embargo, no elige la dicha de la nada porque es sin cuerpo, sin memoria de lo amado; aun con lo sufrido, elige la pena como quien elige la vida. 

Pero sin ilusión. No esperar es la dicha. Escuchar la lluvia, los grillos, oler los tilos. Y si no hay más remedio que escribir, que el lila de la flor sea un esplendor sin simulacro en la aspereza sin vueltas del cardo. Cantar con la boca cerrada.

>Un poema inédito de Irene Gruss

A Alejandra Pizarnik, a su silencio

Yo no conozco las lilas.

Conozco un espejo parecido al tuyo

(paredes, donde nos miramos).

Conozco a tus muertos

porque yo los sigo matando. Pero no sé

cómo es el cuarto oscuro

callado de las lilas.

Cómo será tu silencio ahora,

qué color va a matar

tu enorme silencio.

10-10-72

Imagen de portada: Gentileza de Tony Valdez

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Cultura. Por Susana Villalba.

Homenaje/Sociedad y Cultura/Literatura/Nuestros escritores/Irene Gruss.

“Mi padre me enseñó que vivir en poesía es el único modo de soportar esta vida”.

Noventa años de Walter Adet

El poeta y ensayista llegó al mundo un 3 de diciembre de 1931 y se convirtió en una de las voces fundamentales de la generación del ’60. Aquí, la semblanza y el recuerdo de un hombre indispensable.

“Forastero en el mundo/pájaro en pozos de aire/yo construí lo mismo/que un tajamar en el desierto/mi poesía”, escribió alguna vez Walter Adet, entre los versos de “La casa donde soy”, de 1984. 

Extraviado, o tratando de encontrarse en esta tierra, una de las voces más particulares de la cultura norteña, llegaba a la vida un día como hoy, hace 90 años, el 3 de diciembre de 1931. A nueve décadas de su natalicio continúa siendo una referencia indiscutida del NOA.

Nacido y criado en la provincia, el autor de El aire que anochece o Memorial de Jonás cursó sus estudios primarios en zonas de frontera con Chile y Bolivia, en escuelas de San Antonio de los Cobres y Campamento Vespucio

Lector voraz desde siempre, en su juventud trabó amistad con Juan Carlos Dávalos y se acercó a sus contemporáneos, como Miguel Ángel Pérez, Jacobo Regen o Luis Andolfi, entre otros. Con ellos integrará la fundamental Generación del ’60.

En esa década se inició en el periodismo y escribió en el diario salteño El Intransigente. Más tarde, se radicó por casi diez años en Tucumán, donde ejerció el oficio en los diarios La Gaceta y Noticias.

Walter y su hijo José Adet. 

Dueño de una lírica de inmensa hondura, en el prólogo de su poesía reunida, Leopoldo “Teuco” Castilla, asegura que Adet es “uno de los poetas más grandes y, también, más olvidados de su generación en el continente

Tal vez porque trabajó con una dignidad sin concesiones”, sentencia. Allí, el hijo de Manuel J., lo cataloga de “amigo enorme, hermano”, y rememora: “Cuando lo visitaba a las 4 de la mañana para mostrarle un descalabrado poema que acababa de escribir, él, con una paciencia infinita, me recibía noche a noche en el cuarto del fondo de su casa, donde yo sabía que inevitablemente estaría escribiendo poesía con un fervor incontenible. Hasta que amanecía. Así todos los días de su vida”, comenta e indica que leerlo es entrar en el desamparo, tan abismado como hermoso.

Un poeta, nada más.

En esa misma línea, sobre la senda de la remembranza, en diálogo con Salta/12, Cristian Adet evoca a su padre: “Lo recuerdo como un hombre parco y austero, inmensamente tierno y violento, como diría el poeta Nicanor Parra ‘un embutido de ángel y bestia’. 

Lo recuerdo robándole unas horas al día para acechar, como un tigre tras su presa, el verso que se escapa. Él me enseñó que vivir en poesía es el único modo de soportar la vida», recalca. 

Aunque también transita el cosmos de las letras, Cristian declara que escribe versos, pero no puede decir que sea poeta. En tanto, sobre su herencia de letras, manifiesta: “no continúo su legado porque cada cual ha de buscar su camino, y el apellido no me pesa, diría más bien que me eleva», relata al tiempo que confiesa: “hablo con mi padre, y me reprocha mi mala poesía”.

Por otra parte, sobre la labor literaria de su antepasado, Cristian Adet es contundente: ”Su obra, como toda obra auténtica, no envejece; renace siempre nueva en cada encuentro con la poesía verdadera”. 

En otro orden de cosas, en cuanto al reconocimiento fuera de la provincia, opina que “no ha trascendido demasiado, porque Walter detestaba la autopromoción de su obra, tan en boga ayer hoy y siempre de la mano de tantos ‘payapeutas'».

Además, Cristian reflexiona y expone: “Me gustaría que se lo recuerde como lo que era: Un poeta, nada más se puede decir”

Finalmente, se detiene ante los versos intensos de su padre y sentencia: “mi poema favorito será siempre su mirada”, pero luego amplía y se decide por “Trapo negro”, un puñado de vocablos que hacen sentido en El Hueco, la antología póstuma que se editó en Salta y en Madrid, en 1992. 

Entre sus estrofas se lee: “Voy a los costurones del mendigo/donde la luz es de hueso molido/y me hundo en él a preguntarle cuándo/se le quedó el camino,/por qué estoy en su manto desfondado/mientras la noche siembra/ sus carbones de olvido”.

La contingencia del vivir.

Más aún, en la primavera de 2007, al reconstruir su mapa de puño, tinta e intensidad, durante la presentación de“Walter Adet. Obra Literaria”, en Tucumán, la profesora María Eugenia Carante, compiladora del volumen, señala que en sus páginas “está presente el drama del hombre en general, del hermano que enfrenta la contingencia del vivir; por lo que en alguna oportunidad la crítica ha estimado su poesía como’poesía solidaria’”. 

Asimismo, la catedrática añade: “En ella, las imágenes de una realidad social de exclusión: ciegos, presos, ancianos, pobres, etcétera, permiten ser interpretadas en sentido ontológico: el hombre es un ser marginado, que padece injusticia porque no tiene acceso a la perpetuidad, a la inmortalidad de los dioses. 

Su condición lo ubica en un centro inamovible, sin esperanza de salida: la muerte”.

Tal vez por esa encrucijada, Walter Adet eligió su final y se quitó la vida el 9 de octubre de 1992, a los 60 años, “después de decirlo todo”, según el Teuco Castilla. Tal vez hoy, desde algún rincón del cielo el responsable de la icónica “Cuatro Siglos de Literatura Salteña. 1582 – 1981” comprenda que su poesía descarnada es, de algún modo, un boleto a la eternidad. Y que aún, en cada uno de sus versos, sus palabras repican, como el eco insistente que desprenden las personas indispensables. 

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Cultura. Por Marina Cavalletti. Diciembre 2021

Literatura/Poesía/Nuestros escritores/Homenaje/Sociedad y Cultura.

CULTURA. «Transparencia y misterio de las lacas» de Beatriz Vallejos.

Justa reescritura de la historia del arte  

Un libro y una exposición sitúan en el canon contemporáneo, aunque en forma extemporánea, la obra pictórica (y otros trazos) de la gran poeta santafesina.

Pasado mañana y el próximo jueves, por la tarde, puede visitarse en Iván Rosado (Córdoba 2670) una exposición de lacas de la poeta y pintora Beatriz Vallejos que celebra la edición del libro que la editorial Iván Rosado, tras años de investigación en torno a esas obras, acaba de publicar. 

El libro se titula Transparencia y misterio de las lacas, al igual que los dos ensayos de Vallejos que incluye, pero contiene mucho más que eso. Es «el» libro que consagra a Vallejos (Santa Fe, 1922 – Rosario, 2007) como artista multimedia, arrojando además algunos nuevos rayos de luz sobre la gran poeta que fue. 

Si BEV pintora era inseparable de BEV poeta, si ambas eran una misma mirada en busca de una única transparencia, no por eso su pintura merecía ser tenida por un capricho amateur, injusticia que le endilgó el modernismo feroz de su época. 

A la representativa y variada selección de lacas donde la pintora expresa sus hallazgos de una atmósfera cromática y anímica; a la paradoja de un instante captado en decenas de capas de un material y una técnica que pedían la paciencia en la espera del secado y la insistencia del lijado (y que por eso, por la suma de sus transparencias, capta lo fugaz e inefable de la «atmósfera»), se le suman en la edición unos tesoros que sitúan su obra, extemporáneamente por así decir, en un canon contemporáneo del que es precursora.

La edición reconstruye en formato libro, y como «apuntes para», aquel experimento casi desconocido, El pincel (2000), pensado por Beatriz Vallejos como «espectáculo poético-audiovisual» y también como un «libro imagen de lacas, poemas, coplas y canciones de la distancia, el eco y el silencio». 

Una sabia decisión editorial reproduce los textos, junto a cada laca, en la caligrafía original de la poeta. Todo eso y mucho más estaba en una carpeta que es sólo una parte de su legado. 

El libro incluye por primera vez en letra de molde los poemas del «poemario en íconos» La hamaca (2002), pintados directamente con un pincel fino en los «íconos» o retablos de madera que también se reproducen en esa sección. «Lo que quiero expresar» es un statement en prosa poética. 

La «receta de cocina» (como bromea la autora) de la técnica de la laca, que Beatriz aprendió de Carlos Valdés Mujica, figura en detalle en una carta que constituye una separata, suelta, dentro del libro. El secreto técnico es revelado así a los lectores de la obra en una ficción de intimidad, como en susurros. 

Su hijo Rubén, presente en la inauguración del jueves pasado al igual que su hija Elena y otros de sus descendientes, contó que su madre preparaba sus lacas en la cocina y que trabajaba por rachas, sin un ritmo constante ni un espacio de taller. Contó también que Valdés Mujica, al contrario, no paraba de trabajar, y llevaba sus pinceles y sus materiales a la exposición para seguir produciendo.

La edición se completa con fotos color y en blanco y negro pertenecientes a su archivo; un epílogo de Marina Maggi y Pablo Serr; una entrevista que le hizo Irina Garbatzky y que se publicó en La Capital en 2004, y una breve biografía donde se consignan aparte sus exposiciones, sus publicaciones y «otros materiales» (videos documentales y otros proyectos en torno a su obra). 

En los ’60, hubo un período intenso de sus exposiciones en galerías y participaciones en salones, y en los años ’90 no fue menos vigorosa su labor docente y artística en su casa taller «Costa de Antón», un semillero de lakistas hoy perdidos. 

Contó en la inauguración su amiga Celia Fontán, poeta, que, en sus últimos años en Rincón, BEV regalaba sus obras a vecinos. En este siglo se expusieron lacas en el homenaje de 2003 en la UNR y en una exposición colectiva, La disfunción de los escritores, que organizó el espacio Iván Rosado con la artista Claudia Del Río en el Museo Castagnino. 

La selección de obras de esta muestra abarca varios períodos y formatos: sus poemas-ícono del 2000, pinturas informalistas de los ’60 y ’70, y una obra en madera de su serie El grito. Allí, el vacío en el espacio corresponde figurativamente a una boca abierta y literalmente al nudo extraído del tronco del árbol (este dato fue obtenido en Santa Fe, de un coleccionista que posee otra obra de la serie). 

Estas son páginas que la historia del arte de la región debió incluir antes; a celebrar, pues, este rescate. La poeta y pintora Ana Wandzik (gestora, con su compañero Maxi Masuelli, de Iván Rosado y de la edición) se preguntaba, el jueves, qué pasó que su época no pudo ver una bella obra plástica cuyos temas y formas (el Litoral y los lenguajes informalistas y abstractos) estaban tan en sintonía con su tiempo y lugar. 

¿Fue la audacia de mezclar la pintura con objetos y textos? Eso, hoy, la vuelve más actual que cualquiera de sus contemporáneos.          

Imagen de portada: Archivo 1963

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Cultura. Por Beatriz Vignoli

Literatura/Nuestros escritores/Homenajes

 

Hola, soy Pablo Neruda: confieso que he vivido…

Recuerda que si deseas profundizar más sobre este artículo; debes cliquear sobre lo escrito en “negrita”. Muchas gracias.

En un ejercicio de imaginación, recorremos la vida del poeta chileno, sus posiciones políticas y sus amores.

Soy Ricardo Neftalí Reyes, conocido en el ámbito literario como Pablo Neruda. Nací el 12 de julio de 1904 en Parral, una ciudad del sur de Chile. Era un niño curioso y callado. Recién me autorizaron a trasladarme a Santiago cuando cumplí 16 años.

Debido a mis escasos recursos, me instalé en una pensión bien popular. Mi padre, José, no quería que me dedicara a la poesía. Para despistarlo, decidí cambiar mi nombre por un seudónimo; me gustó Neruda, que era el apellido de un escritor y periodista checo del siglo XIX: Jan Neruda.

Salvador Allende y Pablo Neruda

Mientras estudiaba pedagogía, escribí mis primeros poemas. El paseo donde se asentaba la pensión tenía el nombre Maruri; recuerdo que en Crepusculario, publicado en 1923, sostuve que esa calle era poco atractiva y de aspecto lúgubre; sin embargo, se podían percibir en los atardeceres crepúsculos extraordinarios que me quitaban el sueño.

“Me sentaba yo al balcón a mirar la agonía de cada tarde, el cielo embanderado de verde y carmín, la desolación de los techos suburbanos amenazados por el incendio del cielo”.Pablo Neruda

La vida de los poetas era fascinante; en un principio, mientras escribía, tomaba innumerables tazas de té; “la vida de aquellos años en la pensión de estudiantes era de un hambre completa. Escribí mucho más que hasta entonces, pero comí mucho menos. Algunos de los poetas que conocí por aquellos días sucumbieron a causa de las dietas rigurosas de la pobreza”.

Mis amigos me observaban como una rara avis; parecía que el alcohol afectaría mis neuronas. Con el tiempo, me hicieron cambiar de opinión, y empecé a disfrutar la compatibilidad del vino con la inspiración poética. No fue una buena idea, y mis estudios se fueron resintiendo.

Me gustaba vestir de negro, como una manera de homenajear a los viejos poetas chilenos. No sabía tratar a las mujeres; al verlas, me sonrojaba y empezaba a tartamudear. Después, esa faceta iba a quedar en el olvido, y tuve una frondosa lista de amoríos.

ABIERTO AL MUNDO

En 1924 me endeudé hasta los huesos para que viera la luz Veinte poemas de amor y una canción desesperada. “A la casa de empeños se fue rápidamente el reloj que solemnemente me había regalado mi padre, reloj al que él le había hecho pintar dos banderitas cruzadas. Al reloj siguió mi traje negro de poeta. 

El impresor era inexorable y, al final, lista totalmente la edición y pegadas las tapas, me dijo con aire siniestro. No se llevará ni un solo ejemplar sin antes pagarlo todo”.

Para mi sorpresa, me transformé con sólo 20 años en un poeta popular y famoso. Debo reconocer que algunos vecinos fueron generosos, aportando unos pesos para ayudar a la publicación; me tenían fe. A pesar de mi notoriedad, no alcanzaba el dinero. Tenía que buscarme otra ocupación, y un conocido me recomendó la carrera diplomática.

El poeta chileno Pablo Neruda y su primera esposa, Maruca Hagenaar. (La Voz / Archivo)

Me entusiasmaba la posibilidad de conocer el mundo; pero no fue lo esperado.

Mi primer destino fue Birmania; luego Ceilán y la isla de Java, una excolonia holandesa. La soledad era abrumadora, y los idiomas desconocidos. La única alegría fue conocer a quien sería mi esposa, Maruca Hagenaar; tuvimos una niña, quien murió con sólo ocho años. Su enfermedad congénita resintió el matrimonio.

Delia del Carril, cuñada de Ricardo Güiraldes, me abrió el camino para conocer la intelectualidad de España. Era 20 años mayor que yo, a pesar de lo cual fue mi amante y gran artífice de mi vida de poeta. Era muy culta, y gracias a ella conocí, entre otros, a Miguel Hernández y a Federico García Lorca. Cuando se desató la guerra civil española, yo era cónsul en Madrid. Mis poemas denunciaban las crueldades que se vivían.

POETA POLÍTICO

En 1939, ya de nuevo en Chile, sentí orgullo por la gestión que llevé a cabo para que anclara en Valparaíso el navío Winnipeg, que cargaba dos mil refugiados que huían del hostigamiento del general Francisco Franco

Las cosas habían cambiado, y mis compatriotas se habían transformado en mis admiradores. Gritaban sin parar: “¡Viva Pablo Neruda! ¡Viva el poeta del pueblo!”. Mi emoción no tenía límite.

Publiqué un artículo contra el presidente González Videla; el título era “La crisis democrática de Chile es una advertencia dramática para nuestro continente”. De golpe, me convertí de prestigioso senador de la República a perseguido político.

Me vi obligado a pasar a la clandestinidad. Crucé con cuatro compañeros a caballo la cordillera de los Andes, y desde Argentina me trasladé a Uruguay; allí me embarqué hacia Francia, donde viví tres años hasta que pude volver a mi querido Santiago.

UNA CASA EN ISLA NEGRA

Le compré a un viejo navegante español una casa en Isla Negra, en la comuna del Quisco, en Valparaíso. 

Había encontrado mi lugar; “la casa (…) no sé cuándo nació… era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades (…) Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido (…) por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos (…) ¡Aquí, dijo don Eladio Sobrino! y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles”.

El escritor chileno y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda en su casa de Isla Negra. (Sara Facio / La Voz / Archivo)

Era una pequeña casa de piedra. Yo proyectaba como un arquitecto, y los maestros la iban reconstruyendo; ansiaba un amplio ventanal que mirara al Pacífico. 

Una vez que estuvo lista, sentí una alegría inmensa. Allí escribí buena parte de mi obra y recibí a amigos, con quienes compartimos una bebida fuerte. Pero nunca fue un hospedaje; nadie se quedaba a dormir.

Me gustaba dormir la siesta; el dormitorio, que compartía con Delia, estaba arriba. Me separé de ella en 1955. Mi nueva pareja, Matilde Urrutia, que me acompañaría hasta el final, puso como condición para convivir la construcción de una nueva habitación; le angustiaba usar la anterior.

El Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda y su esposa Matilde Urrutia. (La Voz / Archivo)

La casa está presidida por un retrato de Matilde, hecho por Diego Rivera. Le dediqué a esa querida mujer “Sonetos de Amor”: “… amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso. Qué soledad errante hasta tu compañía”.

RECONOCIMIENTOS Y ERRORES

Cometí muchos errores en mi vida y los asumo. También acepto que mis detractores me critiquen hasta el hartazgo; es parte de su profesión. Lo que no admito es que lo hagan por mi mirada ideológica y no por mi obra. Insistían en que los comunistas españoles se habían encargado de ensalzar mi obra porque era uno de ellos.

Pero también tuve muchas caricias al alma. Mucha gente me apoyó; Gabriel García Márquez exageró, llamándome “el mejor poeta del siglo 20”; que lo haya dicho él no es poca cosa.

En 1971 me galardonaron con el Premio Nobel de Literatura. Inmediatamente llamé a Gabo, que estaba en Barcelona; le dije: “Tienes que venir con tu mujer a cenar mañana conmigo en París”. A él no le gustaba viajar en avión, por lo cual tenía que moverse en tren y los tiempos no le cerraban.

El poeta chileno Pablo Neruda recibe el Premio Nobel de Literatura en 1971. (La Voz / Archivo)

Le puse voz tierna, como con ganas de llorar, y lo convencí. Cuando bajó del avión, lo puse al tanto de la noticia y le conté que lo primero que le había dicho a los periodistas fue: “El que merecía ese premio es Gabriel García Márquez”.

Allí comprendió la razón por la cual necesitaba que cenara conmigo. No había razón, pero tenía un cargo de conciencia.

Dos años más tarde, regresé a Chile después de renunciar como embajador en Francia. Me había designado en el cargo mi gran amigo, el presidente Salvador Allende. 

Doce días después del golpe militar, llegó mi hora; el cáncer me ganó la batalla. Una multitud me despidió, desafiando al régimen pinochetista, que había prohibido las manifestaciones públicas.

Para quienes me quieran visitar, estoy enterrado junto a Matilde en Isla Negra. Dejé por escrito que allí debían quedar mis restos para toda la eternidad. Es un bello lugar, sobre un acantilado con vista al océano Pacífico.

Imagen de portada: Gentileza de “La Voz”

FUENTE RESPONSABLE: La Voz por Daniel Gattas/Ejercicio imaginario/Vida/Cultura/ Literatura/Homenaje/Pablo Neruda.

El Pompidou expone la naturaleza erótica  de la gran Georgia O´Keeffe.

Una muestra sobre la complejidad y la riqueza icónica de su obra.

En París, una muestra superlativa permite recorrer la obra de muchas décadas de Georgia O’Keeffe (1887-1986), gran artista estadounidense de estilo singular, que mantuvo férrea su voluntad de vivir y pintar libremente.  

Georgia O'Keefee en 1929

Georgia O’Keeffe en 1929

“Más allá de los cuadros de flores que la han hecho famosa, la exposición Georgia O’Keeffe vuelve sobre la complejidad y riqueza iconográfica de toda su obra: desde los rascacielos de Nueva York y los graneros de George Lake, hasta los huesos de ganado que la pintora trae de sus largos paseos por paisajes desérticos y traslada a piezas como Ram’s Head, White Hollyhock-Hills, de 1935. 

Si la inspiración vegetal es un motivo recurrente en su trabajo, esta muestra sitúa a O’Keeffe como parte de una larga tradición que tiene sus raíces en la profunda empatía por la naturaleza, heredada del romanticismo histórico, que ella tiñe de erotismo”. Tales son las atractivas palabras con las que el prestigioso Centro Pompidou extiende su invitación formal para recorrer la gran, grandísima exhibición que -hasta el 6 de diciembre- reúne la notable obra de la “madre del modernismo norteamericana”, mujer indómita de obra superlativa e inclasificable que trabajó de sol a sombra hasta su muerte en 1986, a pasitos de cumplir los 100 años.

Ram’s Head, White Hollyhock-Hills, 1935

“Con O’Keeffe, es imposible ceñirse a la noción de evolución: ni avanza hacia la abstracción ni vuelve a la figuración, como algunos declaman. Sus coloridos espirales -sin título- de 1918 aluden a la geometría, como también lo hace Winter Road I, una sinuosa cinta negra que data del ’63, casi medio siglo más tarde. The Chestnut Tree, tronco de un árbol con el origen de sus ramas sobre un fondo crepuscular, de 1924, sintoniza perfectamente con el escenario natural de Waterfall II, pintado unas tres décadas después”, puntualiza el rotativo Le Monde a cuento de la orgánica, enjundiosa exposición, inédita en tierras galas (también españolas, donde se presentó hasta el pasado agosto).

Indómita y venerada

Obviamente ya se habían exhibido algunas piezas suyas en la capital francesa, pero es la primera vez que se monta una retrospectiva de semejante escala: a razón de cien pinturas, dibujos y fotografías organizados en forma cronológica. 

Tan exhaustiva empresa sólo pudo lograrse con el esfuerzo colaborativo del Pompidou con el Museo Thyssen-Bornemisza (en Madrid, donde ya se expuso) y la Fundación Beyeler (en Basilea, donde viajará a principios del año próximo), que pidieron prestadas obras a instituciones de Estados Unidos, donde Georgia es auténticamente venerada, como el MoMA, el Chicago Art Institute, el Museo Georgia O’Keeffe, entre otros. 

Así pudieron recabar, por caso, la rara entrevista filmada que cierra la exposición, donde un periodista le dice a Georgia que el fotógrafo Alfred Stieglitz, su marido, había sido “muy generoso” al dejarla instalarse en Nuevo México cada verano, y ella -serena y confiada- le retruca: “Él no me dejó ir. Yo decidí ir”. Los puntos sobre las íes, sin más.

White and Blue Flower Shapes, 1919

“La vida en su movimiento, en sus ciclos es el principal tópico de la pintura de Georgia O’Keeffe. Una planta que brota o el florecimiento de petunias o amapolas dicen tanto sobre la existencia como el espiral de una concha o los huesos blanqueados de un bovino”, ofrece el acreditado Didier Ottinger, curador de una muestra que exalta el genio de una mujer que hiciera añicos muchos techos de cristal (fue, por ejemplo, la primera en tener una retrospectiva en el MoMA, en el ’46).

Desde hace décadas, viene siendo muy comentada, discutida y, en general, aceptada la lectura sexual de muchas de las obras de esta artista central, especialmente de sus magnificadas y voluptuosas flores, cuya intimidad Georgia desnuda en primer plano (parcialmente inspirada, acorde a especialistas, en la ampliación y el cropping que observa en fotografías de vanguardista de la época). 

 

Aún cuando fueron castamente bautizados, desde el vamos estos subyugantes lienzos son observados en clave “genitalia femenina”. White & Blue Flower Shapes o Inside Red Canna, por citar unos pocos. También, por supuesto, Jimson Weed/White Flower, de 1932, que fue subastado hace 7 años por 44,4 millones de dólares, precio récord que lo convirtió en la pintura más cara de la historia hecha por una mujer.

O’Keeffe negaba con vehemencia la interpretación solapadamente anatómica de sus trabajos, aún cuando Stieglitz -fotógrafo vanguardista y galerista, principal promotor de su obra- avala y fogonea esa lectura. 

De hecho, cuando G.O. expone sus flores por primera vez, año 1924, los críticos están extasiados, shockeados, ¡escandalizados! Ven en las piezas un reflejo “íntimo” de su autora, a quien ya habían visionado en tujes gracias a las cautivadoras fotografías que Stieglitz le había tomado desnuda -de sus pechos, su torso delgado, sus manos expresivas en posiciones varias-, exhibidas en una galería de NY en 1921, valoradas de modo dispar (para algunos, eran obscenas y primitivas; para otros, innovadoras, refinadas).

Georgia O’Keeffe, Hands and Thimble, foto de Stieglitz de 1919

 

Dos a quererse

El vínculo entre ambos merece un capítulo aparte: se remonta a 1916, cuando el también merchante -de entonces 52 años- recibe una serie de dibujos en carboncillo de una ignota profesora de arte de Carolina del Sur y de Texas.

Una muchacha de 28 años que había nacido en una granja de Wisconsin en 1887, cuya vocación fue temprana (se dice que a los 11, ya tenía clarísimo que iba a dedicarse a la pintura), que había estudiado en el Art Institute of Chicago y en la Art Students League de Nueva York. 

La obra de Georgia le quita el aliento a Alfred; a punto tal que, sin siquiera avisarle, la exhibe en su galería de Manhattan, 291. Cuando se entera, O’Keeffe está que trina; le hace una visita relámpago solicitando que retire su trabajo de las paredes. Él la sosiega, ambos acuerdan. Y empiezan un chispeante intercambio epistolar, puntapié de un romance en ciernes. 

Alfred, que estaba casado con una rica heredera cervecera, eventualmente se divorcia y contrae nupcias con la pintora, con quien seguirá enlazado las siguientes 3 décadas en una relación con algunas luces y muchas sombras, que incluirá crisis de nervios (de ella), reiterados affaires (de él).

Alfred y Georgia

Al principio, el matrimonio divide su tiempo entre la ciudad de Nueva York y un pueblito del mismo estado, con las montañas de Adirondack como background. 

Pero cuando O’Keeffe visita a amigos en Nuevo México, queda encandilada por la luz y los parajes desérticos, siente que ha encontrado “su lugar”. 

Renta primero, compra más tarde, unas hectáreas de Ghost Ranch, donde pasa todos sus veranos lejos de Alfred, pintando en soledad. 

Sin dejar de cartearse con su esposo, eso sí: en total las misivas de la pareja superan las 25 mil páginas. Ferozmente independiente (mantuvo su apellido de soltera), Georgia descubre un pueblo cercano, Abiquiú, donde empieza a construir la casa-estudio donde se recluirá definitivamente al tiempo de morir su marido en 1946.

Carta de Georgia a Alfred, 1933

Retomando el motivo floral, no es que a O’Keeffe ni le fuera ni le viniera la presunta “indecencia” de sus piezas; de igual modo que le importaban tres rabanitos las modas pictóricas en boga. 

Además se mostraba displicente ante la idea de ceñirse a etiquetas, alternando entre arte abstracto y figurativo con estilo propio y elocuencia. Es solo que ella siempre sostuvo que su única pretensión era mostrar dignamente una flor, “a la que nadie se toma el tiempo suficiente de apreciar, porque ver lleva tiempo, igual que lleva tiempo cultivar una amistad”. 

Fuera o no su intención, la ligazón entre botánica y erótica resulta ineludible, en especial “cuando el goce cromático está en su apogeo -en palabras de Le Monde- amén de rosas, púrpuras, rojos carmesí que evocan piel y sangre, cuando las sinuosidades de tallos y pétalos remiten a venas y pliegues de la carne”. 

La insinuación entrelíneas era un gesto subversivo, radical que revertía lo que, durante añares, había sido socialmente aceptable (los hombres pintaban mujeres, y las mujeres flores, y no precisamente por elección como expuso la impresionista gala Marie Bracquemond que, en el siglo XIX, protestaba por la limitada formación pictórica para ellas, vetada su aproximación al desnudo).

Black Hills with Cedar, 1941

Otras obras, como aquellas donde O’Keeffe aborda las inusuales, ondulantes, fantasmagóricas formaciones de Bisti Badlands, en su querido Nuevo México, también suelen verse a través del prisma antropomórfico, como alusiones más bien vagas o bastante explícitas, según la ocasión. 

Hay dunas que sugieren pechos, colinas o pendientes que pasan por vientres; lirismo del cuerpo -dirán voces en tema- que es exaltado por su magistral manejo de los colores, de la paleta…

Georgia O’Keeffe rara vez concedía entrevistas, lo que le confirió cierta aura de elegante apatía y atrayente severidad. 

Acaso esa inaccesibilidad haya sido la razón por la que se haya analizado con lupa cada rasgo que se le conoce; por caso, cómo se llevaba con los fogones. Alguna vez alguien apuntó que cocinaba como pintaba: vigorosamente, fascinada por la generosidad de la tierra. Anotaba sus recetas en cursiva, en fichas que guardaba con diligencia en una latita, optando por alimentos simples, frescos, naturales. 

Para preparar brócoli, por ejemplo, tan solo recomendaba prepararlo al vapor y agregarle una pizca de sal. El interés en su figura cabal, coherente de la cabeza a los pies, también ha hecho que se mirara con aumento su predilección por vestir casi exclusivamente en blanco y negro, algo que, según ella aseguraba, respondía a cuestiones de practicidad.

De look sobrio y andrógino, favorecía las túnicas holgadas y las chatitas en época de corsés y tacones; sus blusas rara vez tenían florituras -a lo sumo un volante o un lazo-, y solía decantarse por botones de nácar. 

En su rancho, gustaba ir de confortable camisa y jean, “el único atuendo que puede tenerse por típicamente norteamericano”, le escribiría a un amigo. 

Detestaba las telas sintéticas, prefiriendo la lana, la seda, el algodón, en prendas que -dándosele estupendamente bien la costura- ella misma confeccionaba o intervenía, logrando conservar algunas en prístinas condiciones por muchas, muchas décadas… 

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 – Por Guadalupe Treibel

Cultura/Arte pictórico/Georgia O’Keeffe/Homenaje

 

Más de Charles Chaplin: detalles de una vida. 

El 16 de abril de 1889, Charles Spencer «Charlie» Chaplin nació en la ciudad de Londres. A 132 años de su nacimiento, recordamos al multifacético artista que retrató como nadie las miserias sociales con su mítico humor.

Un 16 de abril de 1889 nació en Londres, Inglaterra, el multifacético Charles Chaplin. Actor, humorista, compositor, productor, guionista, director y escritor considerado uno de los grandes mitos del cine. Su filmografía es muy amplia pero su recuerdo se remonta a Charlot, ese entrañable vagabundo de modales refinados vestido con pantalones bombachos, zapatones, bastón y bombín.

Criado en el ambiente del music hall, su padre, Charles Spencer Chaplin Sr., fue actor y cantante al igual que su madre, Hanna Chaplin, conocida como Lily Harley. En 1897 Charles se unió a un grupo de actores juveniles aficionados y en 1912 integró la compañía teatral de Fred Karno con quien recorrió diversos países, convirtiéndose en un experto actor infantil.

“Mirada de cerca, la vida parece una tragedia; vista de lejos, parece una comedia. Nunca te olvides de sonreír, porque el día en que no sonrías será un día perdido. La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive cada momento, antes de que baje el telón y la obra termine sin aplausos. Hay que tener fe en uno mismo. Aun cuando estaba en el orfanato o recorría las calles buscando qué comer, me consideraba el actor más grande del mundo. La vida es maravillosa…si no se le tiene miedo. Sin haber conocido la miseria, es imposible valorar el lujo. Más que maquinaria necesitamos humanidad, y más que inteligencia, amabilidad y cortesía. Fui perseguido y desterrado, pero mi único credo político siempre fue la libertad”. (Charles Chaplin).

Charlot, el vagabundo

A los 20 años partió a Estados Unidos para probar suerte en la troupe de los estudios Keystone. 

En la película «Carreras sofocantes» (1914) fue presentado el icónico personaje conocido como Charlot Chaplin en Europa y Carlitos Chaplin en Hispanoamérica. En realidad el atuendo había sido diseñado para el film Extraños dilemas de Mabel, estrenado días después.

Charles Chaplin sobre Charles Chaplin

“No tenía idea sobre qué maquillaje ponerme. No me gustaba mi personaje como reportero (en Carlitos periodista). Sin embargo, en el camino al guardarropa pensé en usar pantalones bombachos, grandes zapatos, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones holgados, el saco estrecho, el sombrero pequeño y los zapatos anchos. Estaba indeciso entre parecer joven o mayor, pero recordando que Sennett quería que pareciera una persona de mucha más edad, agregué un pequeño bigote que, pensé, agregaría más edad sin ocultar mi expresión. No tenía ninguna idea del personaje pero tan pronto estuve preparado, el maquillaje y las ropas me hicieron sentir el personaje, comencé a conocerlo y cuando llegué al escenario ya había nacido por completo”.

Claro representante de la época del cine mudo, el vagabundo Charlot, fue protagonista de más de sesenta cortos, que tenían como punto en común, una crítica sutil a la desigualdad social.

La fórmula de Chaplin consistía en gestos exagerados y otros métodos de comedia física, respondiendo a sus enemigos con gran agresividad. Para los críticos sus travesuras eran casi vulgares pero al público le encantó el personaje. 

El Pibe (EEUU-1921)

El argumento, donde se mezcla humor y emoción, cuenta la historia de un niño abandonado por su madre y adoptado por Carlitos. Fue su primer largometraje y se lo considera un clásico del cine. Lanzó a la fama al actor infantil Jackie Coogan, quien años después interpretó al tío Lucas en la emblemática serie Los Locos Addams.

Cuando en la década de 1930 se generalizaron las producciones sonoras, Chaplin se negó a encarnar a su personaje hablando, como es el caso de Luces de la ciudad.

Luces de la ciudad (EE UU-1931)

Escrita, dirigida y protagonizada por Chaplin, cuenta la historia de un pobre vagabundo (Charlot) sin hogar que conoce a una florista ciega y se enamora de ella. Poco después, evita el suicidio de un millonario borracho quien le hace promesas de amistad eterna por haberle salvado la vida, pero que lo rechaza cuando está sobrio. El hilo conductor de la película está inspirado en la popular canción “La Violetera”.

Tiempos modernos (1936), la despedida de Carlitos

Protagonizada, escrita y dirigida por Charles Chaplin, es una mezcla entre cine mudo y sonoro. Es la primera película en la que se escucha su voz cantando Je cherche après titine, la canción de Léo Daniderff  en una lengua inexistente, conocida como charabia, una mezcla de francés e italiano con alguna palabra en inglés.

La película refleja las condiciones desesperadas de un empleado de la clase obrera, en la época de la Gran Depresión, provocada por la industrialización y la producción en cadena. En el final se lo puede ver caminando por una carretera sin fin hacia el horizonte, de la mano de Paulette Goddard, lo que se puede traducir como la despedida del personaje.

El gran dictador (1940), su primer película hablada

Este film significó un desafío contra el nazismo. Chaplin interpretó el personaje de un barbero judío que, amnésico, luego de un accidente de aviación, se convierte en Adenoid Hynkel, un dictador fascista (inspirado en Adolf Hitler). El dictador inicia la persecución del pueblo judío, a quien considera responsable de la situación de crisis que vive el país.

Fragmento del discurso final, pronunciado por el barbero a favor de la libertad y la fraternidad y contra el antiseminismo y la intolerancia

“Lo lamento, pero yo no quiero ser un emperador, ése no es asunto mío, no quiero gobernar o conquistar a alguien. Me gustaría ayudar a todos si fuera posible: a los judíos y a los gentiles, a los negros y a los blancos. Todos deberíamos querer ayudarnos, así son los seres humanos. Queremos vivir con la felicidad del otro, no con su angustia. No queremos odiarnos y despreciarnos. En este mundo hay sitio para todos, y la tierra es rica y puede proveer a todos. El camino de la vida podría ser libre y hermoso…”

La persecución política

Su película Monsieur Verdoux (1947), comedia de humor negro, criticó al capitalismo estableciendo un paralelismo entre los crímenes del protagonista y los de las grandes potencias en período de guerras.

Durante la Segunda Guerra Mundial realizó campañas de ayuda a la Unión Soviética y brindó apoyo a varios grupos pro amistad soviético-norteamericana.

Finalizada la Guerra, en 1949, fue acusado de supuesto «activismo» antiamericano dado la crítica social que mostraban sus películas y por sus ideas progresistas. Cansado decidió instalarse en Europa y no volver a Estados Unidos.

Candilejas (1952), su última película en Estados Unidos

La película, última producción de Chaplin en Estados Unidos, tiene tintes autobiográficos dado que recuerda sus orígenes en el teatro. La relación entre sus protagonistas hace referencia al amor con su esposa Oona, marcada por sus cuatro décadas de diferencia y refleja su añoranza por Londres. La banda sonora, compuesta por Chaplin, es considerada una de las mejores partituras cinematográficas y le valió, veintiún años después de su estreno, su único Oscar competitivo.

Charles Chaplin regresó a Estados Unidos en 1972, para recibir un Oscar Honorífico de parte de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Su muerte

Chaplin murió el 25 de diciembre de 1977 en su residencia Manoir de Ban, en Corsier-sur-Vevey, Suiza. Tenía 88 años y murió mientras dormía, a las 4 de la mañana. Fue inhumado en el cementerio del cantón de Vaud, aunque no tuvo la paz necesaria. El 1 de marzo de 1978 su cadáver fue robado para extorsionar a su familia, aunque el plan fracasó. Los ladrones fueron capturados y sus restos fueron recuperados once semanas después para que su cuerpo fuera nuevamente sepultado. Esta vez, ¡bajo 1,8 metros de hormigón!  

Imagen de portada: Gentileza de Reuters

FUENTE RESPONSABLE: Ministerio de Cultura – República Argentina.

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