Hola, soy Pablo Neruda: confieso que he vivido…

Recuerda que si deseas profundizar más sobre este artículo; debes cliquear sobre lo escrito en “negrita”. Muchas gracias.

En un ejercicio de imaginación, recorremos la vida del poeta chileno, sus posiciones políticas y sus amores.

Soy Ricardo Neftalí Reyes, conocido en el ámbito literario como Pablo Neruda. Nací el 12 de julio de 1904 en Parral, una ciudad del sur de Chile. Era un niño curioso y callado. Recién me autorizaron a trasladarme a Santiago cuando cumplí 16 años.

Debido a mis escasos recursos, me instalé en una pensión bien popular. Mi padre, José, no quería que me dedicara a la poesía. Para despistarlo, decidí cambiar mi nombre por un seudónimo; me gustó Neruda, que era el apellido de un escritor y periodista checo del siglo XIX: Jan Neruda.

Salvador Allende y Pablo Neruda

Mientras estudiaba pedagogía, escribí mis primeros poemas. El paseo donde se asentaba la pensión tenía el nombre Maruri; recuerdo que en Crepusculario, publicado en 1923, sostuve que esa calle era poco atractiva y de aspecto lúgubre; sin embargo, se podían percibir en los atardeceres crepúsculos extraordinarios que me quitaban el sueño.

“Me sentaba yo al balcón a mirar la agonía de cada tarde, el cielo embanderado de verde y carmín, la desolación de los techos suburbanos amenazados por el incendio del cielo”.Pablo Neruda

La vida de los poetas era fascinante; en un principio, mientras escribía, tomaba innumerables tazas de té; “la vida de aquellos años en la pensión de estudiantes era de un hambre completa. Escribí mucho más que hasta entonces, pero comí mucho menos. Algunos de los poetas que conocí por aquellos días sucumbieron a causa de las dietas rigurosas de la pobreza”.

Mis amigos me observaban como una rara avis; parecía que el alcohol afectaría mis neuronas. Con el tiempo, me hicieron cambiar de opinión, y empecé a disfrutar la compatibilidad del vino con la inspiración poética. No fue una buena idea, y mis estudios se fueron resintiendo.

Me gustaba vestir de negro, como una manera de homenajear a los viejos poetas chilenos. No sabía tratar a las mujeres; al verlas, me sonrojaba y empezaba a tartamudear. Después, esa faceta iba a quedar en el olvido, y tuve una frondosa lista de amoríos.

ABIERTO AL MUNDO

En 1924 me endeudé hasta los huesos para que viera la luz Veinte poemas de amor y una canción desesperada. “A la casa de empeños se fue rápidamente el reloj que solemnemente me había regalado mi padre, reloj al que él le había hecho pintar dos banderitas cruzadas. Al reloj siguió mi traje negro de poeta. 

El impresor era inexorable y, al final, lista totalmente la edición y pegadas las tapas, me dijo con aire siniestro. No se llevará ni un solo ejemplar sin antes pagarlo todo”.

Para mi sorpresa, me transformé con sólo 20 años en un poeta popular y famoso. Debo reconocer que algunos vecinos fueron generosos, aportando unos pesos para ayudar a la publicación; me tenían fe. A pesar de mi notoriedad, no alcanzaba el dinero. Tenía que buscarme otra ocupación, y un conocido me recomendó la carrera diplomática.

El poeta chileno Pablo Neruda y su primera esposa, Maruca Hagenaar. (La Voz / Archivo)

Me entusiasmaba la posibilidad de conocer el mundo; pero no fue lo esperado.

Mi primer destino fue Birmania; luego Ceilán y la isla de Java, una excolonia holandesa. La soledad era abrumadora, y los idiomas desconocidos. La única alegría fue conocer a quien sería mi esposa, Maruca Hagenaar; tuvimos una niña, quien murió con sólo ocho años. Su enfermedad congénita resintió el matrimonio.

Delia del Carril, cuñada de Ricardo Güiraldes, me abrió el camino para conocer la intelectualidad de España. Era 20 años mayor que yo, a pesar de lo cual fue mi amante y gran artífice de mi vida de poeta. Era muy culta, y gracias a ella conocí, entre otros, a Miguel Hernández y a Federico García Lorca. Cuando se desató la guerra civil española, yo era cónsul en Madrid. Mis poemas denunciaban las crueldades que se vivían.

POETA POLÍTICO

En 1939, ya de nuevo en Chile, sentí orgullo por la gestión que llevé a cabo para que anclara en Valparaíso el navío Winnipeg, que cargaba dos mil refugiados que huían del hostigamiento del general Francisco Franco

Las cosas habían cambiado, y mis compatriotas se habían transformado en mis admiradores. Gritaban sin parar: “¡Viva Pablo Neruda! ¡Viva el poeta del pueblo!”. Mi emoción no tenía límite.

Publiqué un artículo contra el presidente González Videla; el título era “La crisis democrática de Chile es una advertencia dramática para nuestro continente”. De golpe, me convertí de prestigioso senador de la República a perseguido político.

Me vi obligado a pasar a la clandestinidad. Crucé con cuatro compañeros a caballo la cordillera de los Andes, y desde Argentina me trasladé a Uruguay; allí me embarqué hacia Francia, donde viví tres años hasta que pude volver a mi querido Santiago.

UNA CASA EN ISLA NEGRA

Le compré a un viejo navegante español una casa en Isla Negra, en la comuna del Quisco, en Valparaíso. 

Había encontrado mi lugar; “la casa (…) no sé cuándo nació… era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades (…) Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido (…) por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos (…) ¡Aquí, dijo don Eladio Sobrino! y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles”.

El escritor chileno y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda en su casa de Isla Negra. (Sara Facio / La Voz / Archivo)

Era una pequeña casa de piedra. Yo proyectaba como un arquitecto, y los maestros la iban reconstruyendo; ansiaba un amplio ventanal que mirara al Pacífico. 

Una vez que estuvo lista, sentí una alegría inmensa. Allí escribí buena parte de mi obra y recibí a amigos, con quienes compartimos una bebida fuerte. Pero nunca fue un hospedaje; nadie se quedaba a dormir.

Me gustaba dormir la siesta; el dormitorio, que compartía con Delia, estaba arriba. Me separé de ella en 1955. Mi nueva pareja, Matilde Urrutia, que me acompañaría hasta el final, puso como condición para convivir la construcción de una nueva habitación; le angustiaba usar la anterior.

El Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda y su esposa Matilde Urrutia. (La Voz / Archivo)

La casa está presidida por un retrato de Matilde, hecho por Diego Rivera. Le dediqué a esa querida mujer “Sonetos de Amor”: “… amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso. Qué soledad errante hasta tu compañía”.

RECONOCIMIENTOS Y ERRORES

Cometí muchos errores en mi vida y los asumo. También acepto que mis detractores me critiquen hasta el hartazgo; es parte de su profesión. Lo que no admito es que lo hagan por mi mirada ideológica y no por mi obra. Insistían en que los comunistas españoles se habían encargado de ensalzar mi obra porque era uno de ellos.

Pero también tuve muchas caricias al alma. Mucha gente me apoyó; Gabriel García Márquez exageró, llamándome “el mejor poeta del siglo 20”; que lo haya dicho él no es poca cosa.

En 1971 me galardonaron con el Premio Nobel de Literatura. Inmediatamente llamé a Gabo, que estaba en Barcelona; le dije: “Tienes que venir con tu mujer a cenar mañana conmigo en París”. A él no le gustaba viajar en avión, por lo cual tenía que moverse en tren y los tiempos no le cerraban.

El poeta chileno Pablo Neruda recibe el Premio Nobel de Literatura en 1971. (La Voz / Archivo)

Le puse voz tierna, como con ganas de llorar, y lo convencí. Cuando bajó del avión, lo puse al tanto de la noticia y le conté que lo primero que le había dicho a los periodistas fue: “El que merecía ese premio es Gabriel García Márquez”.

Allí comprendió la razón por la cual necesitaba que cenara conmigo. No había razón, pero tenía un cargo de conciencia.

Dos años más tarde, regresé a Chile después de renunciar como embajador en Francia. Me había designado en el cargo mi gran amigo, el presidente Salvador Allende. 

Doce días después del golpe militar, llegó mi hora; el cáncer me ganó la batalla. Una multitud me despidió, desafiando al régimen pinochetista, que había prohibido las manifestaciones públicas.

Para quienes me quieran visitar, estoy enterrado junto a Matilde en Isla Negra. Dejé por escrito que allí debían quedar mis restos para toda la eternidad. Es un bello lugar, sobre un acantilado con vista al océano Pacífico.

Imagen de portada: Gentileza de “La Voz”

FUENTE RESPONSABLE: La Voz por Daniel Gattas/Ejercicio imaginario/Vida/Cultura/ Literatura/Homenaje/Pablo Neruda.

El Pompidou expone la naturaleza erótica  de la gran Georgia O´Keeffe.

Una muestra sobre la complejidad y la riqueza icónica de su obra.

En París, una muestra superlativa permite recorrer la obra de muchas décadas de Georgia O’Keeffe (1887-1986), gran artista estadounidense de estilo singular, que mantuvo férrea su voluntad de vivir y pintar libremente.  

Georgia O'Keefee en 1929

Georgia O’Keeffe en 1929

“Más allá de los cuadros de flores que la han hecho famosa, la exposición Georgia O’Keeffe vuelve sobre la complejidad y riqueza iconográfica de toda su obra: desde los rascacielos de Nueva York y los graneros de George Lake, hasta los huesos de ganado que la pintora trae de sus largos paseos por paisajes desérticos y traslada a piezas como Ram’s Head, White Hollyhock-Hills, de 1935. 

Si la inspiración vegetal es un motivo recurrente en su trabajo, esta muestra sitúa a O’Keeffe como parte de una larga tradición que tiene sus raíces en la profunda empatía por la naturaleza, heredada del romanticismo histórico, que ella tiñe de erotismo”. Tales son las atractivas palabras con las que el prestigioso Centro Pompidou extiende su invitación formal para recorrer la gran, grandísima exhibición que -hasta el 6 de diciembre- reúne la notable obra de la “madre del modernismo norteamericana”, mujer indómita de obra superlativa e inclasificable que trabajó de sol a sombra hasta su muerte en 1986, a pasitos de cumplir los 100 años.

Ram’s Head, White Hollyhock-Hills, 1935

“Con O’Keeffe, es imposible ceñirse a la noción de evolución: ni avanza hacia la abstracción ni vuelve a la figuración, como algunos declaman. Sus coloridos espirales -sin título- de 1918 aluden a la geometría, como también lo hace Winter Road I, una sinuosa cinta negra que data del ’63, casi medio siglo más tarde. The Chestnut Tree, tronco de un árbol con el origen de sus ramas sobre un fondo crepuscular, de 1924, sintoniza perfectamente con el escenario natural de Waterfall II, pintado unas tres décadas después”, puntualiza el rotativo Le Monde a cuento de la orgánica, enjundiosa exposición, inédita en tierras galas (también españolas, donde se presentó hasta el pasado agosto).

Indómita y venerada

Obviamente ya se habían exhibido algunas piezas suyas en la capital francesa, pero es la primera vez que se monta una retrospectiva de semejante escala: a razón de cien pinturas, dibujos y fotografías organizados en forma cronológica. 

Tan exhaustiva empresa sólo pudo lograrse con el esfuerzo colaborativo del Pompidou con el Museo Thyssen-Bornemisza (en Madrid, donde ya se expuso) y la Fundación Beyeler (en Basilea, donde viajará a principios del año próximo), que pidieron prestadas obras a instituciones de Estados Unidos, donde Georgia es auténticamente venerada, como el MoMA, el Chicago Art Institute, el Museo Georgia O’Keeffe, entre otros. 

Así pudieron recabar, por caso, la rara entrevista filmada que cierra la exposición, donde un periodista le dice a Georgia que el fotógrafo Alfred Stieglitz, su marido, había sido “muy generoso” al dejarla instalarse en Nuevo México cada verano, y ella -serena y confiada- le retruca: “Él no me dejó ir. Yo decidí ir”. Los puntos sobre las íes, sin más.

White and Blue Flower Shapes, 1919

“La vida en su movimiento, en sus ciclos es el principal tópico de la pintura de Georgia O’Keeffe. Una planta que brota o el florecimiento de petunias o amapolas dicen tanto sobre la existencia como el espiral de una concha o los huesos blanqueados de un bovino”, ofrece el acreditado Didier Ottinger, curador de una muestra que exalta el genio de una mujer que hiciera añicos muchos techos de cristal (fue, por ejemplo, la primera en tener una retrospectiva en el MoMA, en el ’46).

Desde hace décadas, viene siendo muy comentada, discutida y, en general, aceptada la lectura sexual de muchas de las obras de esta artista central, especialmente de sus magnificadas y voluptuosas flores, cuya intimidad Georgia desnuda en primer plano (parcialmente inspirada, acorde a especialistas, en la ampliación y el cropping que observa en fotografías de vanguardista de la época). 

 

Aún cuando fueron castamente bautizados, desde el vamos estos subyugantes lienzos son observados en clave “genitalia femenina”. White & Blue Flower Shapes o Inside Red Canna, por citar unos pocos. También, por supuesto, Jimson Weed/White Flower, de 1932, que fue subastado hace 7 años por 44,4 millones de dólares, precio récord que lo convirtió en la pintura más cara de la historia hecha por una mujer.

O’Keeffe negaba con vehemencia la interpretación solapadamente anatómica de sus trabajos, aún cuando Stieglitz -fotógrafo vanguardista y galerista, principal promotor de su obra- avala y fogonea esa lectura. 

De hecho, cuando G.O. expone sus flores por primera vez, año 1924, los críticos están extasiados, shockeados, ¡escandalizados! Ven en las piezas un reflejo “íntimo” de su autora, a quien ya habían visionado en tujes gracias a las cautivadoras fotografías que Stieglitz le había tomado desnuda -de sus pechos, su torso delgado, sus manos expresivas en posiciones varias-, exhibidas en una galería de NY en 1921, valoradas de modo dispar (para algunos, eran obscenas y primitivas; para otros, innovadoras, refinadas).

Georgia O’Keeffe, Hands and Thimble, foto de Stieglitz de 1919

 

Dos a quererse

El vínculo entre ambos merece un capítulo aparte: se remonta a 1916, cuando el también merchante -de entonces 52 años- recibe una serie de dibujos en carboncillo de una ignota profesora de arte de Carolina del Sur y de Texas.

Una muchacha de 28 años que había nacido en una granja de Wisconsin en 1887, cuya vocación fue temprana (se dice que a los 11, ya tenía clarísimo que iba a dedicarse a la pintura), que había estudiado en el Art Institute of Chicago y en la Art Students League de Nueva York. 

La obra de Georgia le quita el aliento a Alfred; a punto tal que, sin siquiera avisarle, la exhibe en su galería de Manhattan, 291. Cuando se entera, O’Keeffe está que trina; le hace una visita relámpago solicitando que retire su trabajo de las paredes. Él la sosiega, ambos acuerdan. Y empiezan un chispeante intercambio epistolar, puntapié de un romance en ciernes. 

Alfred, que estaba casado con una rica heredera cervecera, eventualmente se divorcia y contrae nupcias con la pintora, con quien seguirá enlazado las siguientes 3 décadas en una relación con algunas luces y muchas sombras, que incluirá crisis de nervios (de ella), reiterados affaires (de él).

Alfred y Georgia

Al principio, el matrimonio divide su tiempo entre la ciudad de Nueva York y un pueblito del mismo estado, con las montañas de Adirondack como background. 

Pero cuando O’Keeffe visita a amigos en Nuevo México, queda encandilada por la luz y los parajes desérticos, siente que ha encontrado “su lugar”. 

Renta primero, compra más tarde, unas hectáreas de Ghost Ranch, donde pasa todos sus veranos lejos de Alfred, pintando en soledad. 

Sin dejar de cartearse con su esposo, eso sí: en total las misivas de la pareja superan las 25 mil páginas. Ferozmente independiente (mantuvo su apellido de soltera), Georgia descubre un pueblo cercano, Abiquiú, donde empieza a construir la casa-estudio donde se recluirá definitivamente al tiempo de morir su marido en 1946.

Carta de Georgia a Alfred, 1933

Retomando el motivo floral, no es que a O’Keeffe ni le fuera ni le viniera la presunta “indecencia” de sus piezas; de igual modo que le importaban tres rabanitos las modas pictóricas en boga. 

Además se mostraba displicente ante la idea de ceñirse a etiquetas, alternando entre arte abstracto y figurativo con estilo propio y elocuencia. Es solo que ella siempre sostuvo que su única pretensión era mostrar dignamente una flor, “a la que nadie se toma el tiempo suficiente de apreciar, porque ver lleva tiempo, igual que lleva tiempo cultivar una amistad”. 

Fuera o no su intención, la ligazón entre botánica y erótica resulta ineludible, en especial “cuando el goce cromático está en su apogeo -en palabras de Le Monde- amén de rosas, púrpuras, rojos carmesí que evocan piel y sangre, cuando las sinuosidades de tallos y pétalos remiten a venas y pliegues de la carne”. 

La insinuación entrelíneas era un gesto subversivo, radical que revertía lo que, durante añares, había sido socialmente aceptable (los hombres pintaban mujeres, y las mujeres flores, y no precisamente por elección como expuso la impresionista gala Marie Bracquemond que, en el siglo XIX, protestaba por la limitada formación pictórica para ellas, vetada su aproximación al desnudo).

Black Hills with Cedar, 1941

Otras obras, como aquellas donde O’Keeffe aborda las inusuales, ondulantes, fantasmagóricas formaciones de Bisti Badlands, en su querido Nuevo México, también suelen verse a través del prisma antropomórfico, como alusiones más bien vagas o bastante explícitas, según la ocasión. 

Hay dunas que sugieren pechos, colinas o pendientes que pasan por vientres; lirismo del cuerpo -dirán voces en tema- que es exaltado por su magistral manejo de los colores, de la paleta…

Georgia O’Keeffe rara vez concedía entrevistas, lo que le confirió cierta aura de elegante apatía y atrayente severidad. 

Acaso esa inaccesibilidad haya sido la razón por la que se haya analizado con lupa cada rasgo que se le conoce; por caso, cómo se llevaba con los fogones. Alguna vez alguien apuntó que cocinaba como pintaba: vigorosamente, fascinada por la generosidad de la tierra. Anotaba sus recetas en cursiva, en fichas que guardaba con diligencia en una latita, optando por alimentos simples, frescos, naturales. 

Para preparar brócoli, por ejemplo, tan solo recomendaba prepararlo al vapor y agregarle una pizca de sal. El interés en su figura cabal, coherente de la cabeza a los pies, también ha hecho que se mirara con aumento su predilección por vestir casi exclusivamente en blanco y negro, algo que, según ella aseguraba, respondía a cuestiones de practicidad.

De look sobrio y andrógino, favorecía las túnicas holgadas y las chatitas en época de corsés y tacones; sus blusas rara vez tenían florituras -a lo sumo un volante o un lazo-, y solía decantarse por botones de nácar. 

En su rancho, gustaba ir de confortable camisa y jean, “el único atuendo que puede tenerse por típicamente norteamericano”, le escribiría a un amigo. 

Detestaba las telas sintéticas, prefiriendo la lana, la seda, el algodón, en prendas que -dándosele estupendamente bien la costura- ella misma confeccionaba o intervenía, logrando conservar algunas en prístinas condiciones por muchas, muchas décadas… 

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 – Por Guadalupe Treibel

Cultura/Arte pictórico/Georgia O’Keeffe/Homenaje

 

Más de Charles Chaplin: detalles de una vida. 

El 16 de abril de 1889, Charles Spencer “Charlie” Chaplin nació en la ciudad de Londres. A 132 años de su nacimiento, recordamos al multifacético artista que retrató como nadie las miserias sociales con su mítico humor.

Un 16 de abril de 1889 nació en Londres, Inglaterra, el multifacético Charles Chaplin. Actor, humorista, compositor, productor, guionista, director y escritor considerado uno de los grandes mitos del cine. Su filmografía es muy amplia pero su recuerdo se remonta a Charlot, ese entrañable vagabundo de modales refinados vestido con pantalones bombachos, zapatones, bastón y bombín.

Criado en el ambiente del music hall, su padre, Charles Spencer Chaplin Sr., fue actor y cantante al igual que su madre, Hanna Chaplin, conocida como Lily Harley. En 1897 Charles se unió a un grupo de actores juveniles aficionados y en 1912 integró la compañía teatral de Fred Karno con quien recorrió diversos países, convirtiéndose en un experto actor infantil.

“Mirada de cerca, la vida parece una tragedia; vista de lejos, parece una comedia. Nunca te olvides de sonreír, porque el día en que no sonrías será un día perdido. La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive cada momento, antes de que baje el telón y la obra termine sin aplausos. Hay que tener fe en uno mismo. Aun cuando estaba en el orfanato o recorría las calles buscando qué comer, me consideraba el actor más grande del mundo. La vida es maravillosa…si no se le tiene miedo. Sin haber conocido la miseria, es imposible valorar el lujo. Más que maquinaria necesitamos humanidad, y más que inteligencia, amabilidad y cortesía. Fui perseguido y desterrado, pero mi único credo político siempre fue la libertad”. (Charles Chaplin).

Charlot, el vagabundo

A los 20 años partió a Estados Unidos para probar suerte en la troupe de los estudios Keystone. 

En la película “Carreras sofocantes” (1914) fue presentado el icónico personaje conocido como Charlot Chaplin en Europa y Carlitos Chaplin en Hispanoamérica. En realidad el atuendo había sido diseñado para el film Extraños dilemas de Mabel, estrenado días después.

Charles Chaplin sobre Charles Chaplin

“No tenía idea sobre qué maquillaje ponerme. No me gustaba mi personaje como reportero (en Carlitos periodista). Sin embargo, en el camino al guardarropa pensé en usar pantalones bombachos, grandes zapatos, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones holgados, el saco estrecho, el sombrero pequeño y los zapatos anchos. Estaba indeciso entre parecer joven o mayor, pero recordando que Sennett quería que pareciera una persona de mucha más edad, agregué un pequeño bigote que, pensé, agregaría más edad sin ocultar mi expresión. No tenía ninguna idea del personaje pero tan pronto estuve preparado, el maquillaje y las ropas me hicieron sentir el personaje, comencé a conocerlo y cuando llegué al escenario ya había nacido por completo”.

Claro representante de la época del cine mudo, el vagabundo Charlot, fue protagonista de más de sesenta cortos, que tenían como punto en común, una crítica sutil a la desigualdad social.

La fórmula de Chaplin consistía en gestos exagerados y otros métodos de comedia física, respondiendo a sus enemigos con gran agresividad. Para los críticos sus travesuras eran casi vulgares pero al público le encantó el personaje. 

El Pibe (EEUU-1921)

El argumento, donde se mezcla humor y emoción, cuenta la historia de un niño abandonado por su madre y adoptado por Carlitos. Fue su primer largometraje y se lo considera un clásico del cine. Lanzó a la fama al actor infantil Jackie Coogan, quien años después interpretó al tío Lucas en la emblemática serie Los Locos Addams.

Cuando en la década de 1930 se generalizaron las producciones sonoras, Chaplin se negó a encarnar a su personaje hablando, como es el caso de Luces de la ciudad.

Luces de la ciudad (EE UU-1931)

Escrita, dirigida y protagonizada por Chaplin, cuenta la historia de un pobre vagabundo (Charlot) sin hogar que conoce a una florista ciega y se enamora de ella. Poco después, evita el suicidio de un millonario borracho quien le hace promesas de amistad eterna por haberle salvado la vida, pero que lo rechaza cuando está sobrio. El hilo conductor de la película está inspirado en la popular canción “La Violetera”.

Tiempos modernos (1936), la despedida de Carlitos

Protagonizada, escrita y dirigida por Charles Chaplin, es una mezcla entre cine mudo y sonoro. Es la primera película en la que se escucha su voz cantando Je cherche après titine, la canción de Léo Daniderff  en una lengua inexistente, conocida como charabia, una mezcla de francés e italiano con alguna palabra en inglés.

La película refleja las condiciones desesperadas de un empleado de la clase obrera, en la época de la Gran Depresión, provocada por la industrialización y la producción en cadena. En el final se lo puede ver caminando por una carretera sin fin hacia el horizonte, de la mano de Paulette Goddard, lo que se puede traducir como la despedida del personaje.

El gran dictador (1940), su primer película hablada

Este film significó un desafío contra el nazismo. Chaplin interpretó el personaje de un barbero judío que, amnésico, luego de un accidente de aviación, se convierte en Adenoid Hynkel, un dictador fascista (inspirado en Adolf Hitler). El dictador inicia la persecución del pueblo judío, a quien considera responsable de la situación de crisis que vive el país.

Fragmento del discurso final, pronunciado por el barbero a favor de la libertad y la fraternidad y contra el antiseminismo y la intolerancia

“Lo lamento, pero yo no quiero ser un emperador, ése no es asunto mío, no quiero gobernar o conquistar a alguien. Me gustaría ayudar a todos si fuera posible: a los judíos y a los gentiles, a los negros y a los blancos. Todos deberíamos querer ayudarnos, así son los seres humanos. Queremos vivir con la felicidad del otro, no con su angustia. No queremos odiarnos y despreciarnos. En este mundo hay sitio para todos, y la tierra es rica y puede proveer a todos. El camino de la vida podría ser libre y hermoso…”

La persecución política

Su película Monsieur Verdoux (1947), comedia de humor negro, criticó al capitalismo estableciendo un paralelismo entre los crímenes del protagonista y los de las grandes potencias en período de guerras.

Durante la Segunda Guerra Mundial realizó campañas de ayuda a la Unión Soviética y brindó apoyo a varios grupos pro amistad soviético-norteamericana.

Finalizada la Guerra, en 1949, fue acusado de supuesto “activismo” antiamericano dado la crítica social que mostraban sus películas y por sus ideas progresistas. Cansado decidió instalarse en Europa y no volver a Estados Unidos.

Candilejas (1952), su última película en Estados Unidos

La película, última producción de Chaplin en Estados Unidos, tiene tintes autobiográficos dado que recuerda sus orígenes en el teatro. La relación entre sus protagonistas hace referencia al amor con su esposa Oona, marcada por sus cuatro décadas de diferencia y refleja su añoranza por Londres. La banda sonora, compuesta por Chaplin, es considerada una de las mejores partituras cinematográficas y le valió, veintiún años después de su estreno, su único Oscar competitivo.

Charles Chaplin regresó a Estados Unidos en 1972, para recibir un Oscar Honorífico de parte de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Su muerte

Chaplin murió el 25 de diciembre de 1977 en su residencia Manoir de Ban, en Corsier-sur-Vevey, Suiza. Tenía 88 años y murió mientras dormía, a las 4 de la mañana. Fue inhumado en el cementerio del cantón de Vaud, aunque no tuvo la paz necesaria. El 1 de marzo de 1978 su cadáver fue robado para extorsionar a su familia, aunque el plan fracasó. Los ladrones fueron capturados y sus restos fueron recuperados once semanas después para que su cuerpo fuera nuevamente sepultado. Esta vez, ¡bajo 1,8 metros de hormigón!  

Imagen de portada: Gentileza de Reuters

FUENTE RESPONSABLE: Ministerio de Cultura – República Argentina.

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El legado de Juana Bignozzi en la literatura argentina.

Traductora, poeta y periodista, Juana Bignozzi publicó seis poemarios, cofundó junto a Juan Gelman el colectivo poético El pan duro y tras un exilio de 30 años en Europa se conectó con una nueva generación de poetas.

Juana Bignozzi nació el 21 de septiembre de 1937 en el barrio de Saavedra en una familia obrera ligada al anarquismo y posteriormente al comunismo tras la llegada del peronismo y la sindicalización.

La familia le otorgaba un papel central a la cultura, por lo que la lectura y la escritura en la vida de Juana comenzaron en una edad muy temprana, recibiendo distinciones en la escuela primaria. Para ella, un libro importante de ese periodo fue Ramo de Cuentos, de Hans Christian Andersen. Comenzó a escribir textos a los diecisiete años. En su juventud se dedicó al periodismo. Entre sus influencias se encuentran Rubén Darío, Cesare Pavese y Paul Verlaine. 

En 1955, militando en el Partido Comunista, con Juan Gelman crearon el colectivo poético El Pan duro, con el objetivo de acercar la poesía al pueblo desde un enfoque político. Declarará años después en una entrevista que el único que podía escribir poesía política era el propio Gelman. 

Allí se puso en contacto con quien sería su editor, José Luis Mangieri, fundador, entre otros sellos, de Tierra Firme. También conoció a Héctor Negro, letrista de tango. Aunque sus orígenes como poeta fueron en los años 60, Juana no quedó anclada a esa época, sino que fue actualizándose con el pasar de las décadas, manteniendo un diálogo permanente con poetas jóvenes. 

En 1974, Bignozzi se trasladó a Barcelona junto a su marido Hugo Mariani, corrector de oficio. El destierro, calificado así por ella misma, duró treinta años por los acontecimientos políticos del país. Durante esos años se dedicó a la traducción, los viajes, a la observación y la escritura sobre las obras de arte que fue encontrando por toda Europa, y que plasmaría en los libros Quién hubiera sido pintada (Editorial Siesta, 2001) y en Las poetas visitan a Andrea del Sarto (Adriana Hidalgo, 2014). 

Estilo

Bignozzi es una de las representantes de la poesía nacional de los años 60 más por una cuestión biográfica que estética. En su trabajo, la construcción de una identidad poética abordaba temas como la soledad, el inexorable paso del tiempo y un tono desencantado. Sus poemas se caracterizan por la ausencia de signos de puntuación y preferir una entonación de orden natural. No fue una poeta de imágenes o de metáforas sino que dominaba un estilo muy directo, el diálogo, la ironía, la tristeza y el vacío. 

La Nación.

Se mantuvo al tanto de las nuevas corrientes de poetas jóvenes, leía y recomendaba leer a sus contemporáneos, no se quedaba en el canon de su época y eso la diferenció del resto de los poetas de su generación. Hay una gran influencia de la pintura en su poesía, utilizando muchas veces el recurso de tomar un cuadro para definirse como en Quién hubiera sido pintada.

Bignozzi fue saliendo de las sombras e imponiéndose con figura, su voz clara y sensible pero firme. Comienza a tomar especial relevancia en el panorama literario cuando el Diario de Poesía en 1998 le dedica un dossier completo al análisis de su obra, a la par que la crítica literaria Ana Porrúa llama la atención sobre su figura. En esos años interactuaba con poetas jóvenes; se la podía leer como a una contemporánea. 

Obra

Durante los años 60 publicó tres poemarios: Los límites en 1960, dos años más tarde Tierra de nadie, y probablemente el más recordado, Mujer de cierto orden, en 1967. Se trata de un poemario que da cuenta de una época. Si bien Bignozzi era militante, no escribía textos panfletarios ni pretendía ser la vocera del partido. Era feminista, aunque no lo expresara en esos términos.  

En 1989 publicó Regreso a la patria; Interior con poeta, en 1994; Partida de las grandes líneas, en 1996, todos estos últimos incluidos con el inédito La ley tu ley en la obra reunida publicada bajo el mismo título (Adriana Hidalgo editora, 2000). Posteriormente se publicó Quién hubiera sido pintada, en 2001; Antología personal, en 2009, en la colección Bicentenario de la Biblioteca Nacional y Si alguien tiene que ser después (Adriana Hidalgo editora, 2010). 

Archivo Histórico de Revistas Argentinas.

En la contratapa de su obra póstuma, Novísimos, editado por Mercedes Halfon y publicado en 2019 por Adriana Hidalgo, el poeta Martín Rodríguez escribió: “La muerte la encontró a Juana Bignozzi con las previsiones del caso: un apunte con el modo en que quería ser enterrada, el color de las flores que sus amigos debíamos llevar, la indicación principal de una tumba sin cruz y el cementerio público donde debía hacerse. Sobre estos detalles reposa también una contraseña del lugar que ocupó su escritura: que la muerte no tenga la última palabra. Los poemas que componen Novísimos nos aguardaban”. 

Algunos de los poetas jóvenes con los que entabló amistad fueron Martín Gambarotta, Martín Rodríguez o Vanina Colagiovanni, además de quien sería su albacea, la escritora Mercedes Halfon, parte del círculo íntimo de la poeta en sus últimos años de vida. 

Revista Altazor.

Palabras de la poeta María Lucesole a Juana Bignozzi en un nuevo aniversario de su nacimiento: 

“Leer a Juana Bignozzi es avizorar un faro difícil de comparar con algún otro. Para todxs lxs poetas que comenzamos a incluirnos en el voraginoso mundo de la poesía contemporánea, donde algunas voces se parecen, otras son cooptadas por el mandato individualista del neoliberalismo, el descubrimiento de la voz de Juana, su posicionamiento histórico, su cotidianidad y coloquialismos para siempre contextualizados y actualizados -por más mínimas que sean las imágenes o escenas en sus poemas-, sus ideales revolucionarios y su resistencia como mujer en la poesía y en la historia, se convierte inmediatamente en una bisagra. La literatura en serio y la vida en serio, propone, en dos de sus poemas más conocidos, dando por sentado que, si no es así, la vida (“¿quién la llamó vida? / sin revolución”) no tiene ningún sentido. 

Juana es la combinación precisa entre poesía política, feminista, coloquial, poesía de un yo tan fuerte y explícito, y a la vez tan colectivo, el paradigma de un sujeto histórico que siempre pareciera estar en riesgo de extinguirse, hasta que algunas voces vuelven a levantarlo. Es por eso que nunca va a dejar de actualizarse, aunque pasen y pasen los años, porque su poesía está para recordarnos que vivir y escribir son compromisos políticos”.

Bignozzi recibió como reconocimiento el Segundo Premio Municipal de Poesía en el 2000, el Premio Konex, Diploma al mérito por el quinquenio 1999-2003 y la Rosa de cobre de la Biblioteca Nacional en 2013.

Al fallecer su marido en 2013, Bignozzi se despide de él en Novísimos. Juana Bignozzi falleció en Buenos Aires el 5 de agosto de 2015.

La escritora Mercedes Halfon es heredera de su obra y albacea. Junto a Laura Citarella dirigieron el documental “Las poetas visitan a Juana Bignozzi”, premiada en la competencia argentina del Festival de Mar del Plata.

Micropsia.

Agradecimientos: María Lucesole.

Fuentes: Podcast Mostras, de Inés Kreplak y Patricio Foglia, Malba Literatura, Documental Las poetas visitan a Juana Bignozzi, A media voz, Blog El placard, La Nación, La canción del país, Eterna Cadencia, Adriana Hidalgo, Diario de Poesía 1998, Perfil, El País, El libro perdido. 

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE: Ministerio de Cultura de la República Argentina

 

Homenaje a Esdras Parra: la poetisa que se convirtió en relámpago y piedra.

La Poeteca publicó dos poemarios póstumos de la poeta, ensayista y escritora, reunidos en el libro Lo que trae el relámpago. Dos de sus amigos en vida, Jacqueline Goldberg y José Napoléon Oropeza, conversaron con El Diario sobre el legado e importancia de la obra de Parra. 

La poetisa Esdras Parra creía que la vida era un verbo. Acciones que nacían de las decisiones tomadas, y que se manifestaban a través del lenguaje. Por eso la poesía le parecía una manera de vivir. Una forma de proyectar todo su ser mediante palabras. 

De las decisiones que marcaron su verbo en esta realidad, siempre hubo algo de mito y de misterio, casi como una leyenda urbana. Se sabe que era oriunda de Santa Cruz de Mora, Mérida, y aunque su biografía asegura que fue el 13 de julio de 1939, la verdad es que nació 10 años antes, en 1929. Lo sabe la poeta Jacqueline Goldberg, coordinadora editorial de la Fundación La Poeteca, quien tiene entre sus posesiones la cédula de identidad de Parra.

Las acciones de Parra estuvieron siempre marcadas por el cambio. Prueba de ello fue su paso de la narrativa a dedicarse casi exclusivamente a la poesía, o sus largos periodos viviendo en Europa. También el hecho de que hasta ese momento había sido un hombre, y a su regreso de Londres a Caracas en 1982, sorprendió al medio cultural venezolano al llegar convertido en mujer. 

Su verbo final lo conjugó en tiempo pasado el 18 de noviembre de 2004, cuando falleció tras luchar contra el cáncer de garganta. Sobre esto, Goldberg comentó a El Diario que la enfermedad resultó simbólica para alguien que siempre vivió de la palabra.

Regreso al papel

La vida de Esdras Parra estaba incompleta. El último libro que logró publicar fue Aún no (2004), que salió pocos meses antes de su partida, pero todavía quedaban fragmentos de su obra sin desvelar. Más específicamente, dos poemarios que quedaron a la espera de ver la luz.

Aquí es donde entra en escena La Poeteca. La editorial publicó en agosto de 2012 Lo que trae el relámpago, el conjunto de esos dos poemarios póstumos de la autora: Cada noche su camino y El extremado amor.  Forma parte de la Colección Memorial, dedicada a difundir trabajos inéditos de poetas fallecidos. Es la tercera incorporación después de Los daños colaterales, de Harry Almela (1957-2017); y Gramática del alucinado, de Hesnor Rivera (1928-2000).

Goldberg resalta que es el primer trabajo de La Poeteca en circular en papel desde que comenzó la pandemia por covid-19. Sus cinco libros anteriores, publicados entre 2020 y 2021, habían salido solo en formato digital. El trabajo de Lo que trae el relámpago inició en enero de este año, luego de que la fundación obtuviera la autorización de los familiares de Parra. Posteriormente vino junto a Maribel Espinoza el proceso de corrección de los textos, intentando respetar lo más posible el estilo de la difunta escritora.

“Tuvimos que estudiar los libros anteriores de Esdras. Ver, por ejemplo, que ella jamás ponía una coma al final de un verso, sino dentro de ellos, y siempre un punto final al terminar el poema. Nos puso a pensar cómo, si ella estuviera, le haríamos corregir ciertas cosas que eran gazapos”, señala.

Un largo camino

La existencia de Lo que trae el relámpago no habría sido posible sin el escritor y poeta José Napoleón Oropeza. Más que una amistad, un lazo de hermandad de 48 años con Esdras Parra lo llevó a ser el guardián de su legado. Durante su convalecencia, la poeta le entregó sus manuscritos y dibujos, en caso de que algún día pudieran ser publicados. “Me los entregó como seis meses antes de morir. Los tuve también en copias conservadas porque a ella le daba por romperlos diciendo que no servían”, cuenta Oropeza, en entrevista para El Diario.

Guardó los textos por 17 años en búsqueda de una editorial interesada. Aunque en un momento Bid & Co. se ofreció a publicar una antología completa de la poeta, incluidos sus inéditos, asegura que nunca lograron llegar a un acuerdo con la familia. Luego de que La Poeteca lograra el permiso, Oropeza se dedicó durante tres meses, cada amanecer, a transcribir y limpiar los dos poemarios.

De acuerdo con la descripción del libro, Cada noche su camino, el primer poemario, fue escrito entre 1996 y 1997; mientras El extremado amor, el cual quedó en borrador sin lograr su versión definitiva, fue hecho entre 2002 y 2003. Oropeza difiere de esto. Afirma que en su estancia en Londres, a finales de los años setenta, tuvo la oportunidad de convivir con Parra e intercambiar los textos en los que cada uno trabajaba. Allí pudo leer los primeros borradores de ambas obras.

“Cuando Esdras regresó y estuvo 27 o 28 años en su apartamento de Los Palos Grandes viviendo, comenzó a reescribir El extremado amor, que no es otra cosa que la carta de despedida a todos los sitios y a todo lo que pudo haber sido su búsqueda constante, recurrente, como son los temas del amor, la soledad, el silencio”, explica.

José Napoleón Oropeza

Nació en Barinas, el 13 de octubre de 1950. Es egresado en Educación de la Universidad de Carabobo (UC), con un doctorado del King ‘s College de Inglaterra. Actualmente vive en Valencia, Carabobo, donde ejerce como profesor e individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua.

Oropeza es una de las piedras angulares de la literatura venezolana contemporánea, con una extensa obra que abarca novelas, cuentos, poesía y ensayos. Entre sus libros se encuentran: Parte de la noche (1972), La muerte se mueve con la tierra encima (1972), El bosque de los elegidos (1982) y Las puertas ocultas (2011).

Como gestor cultural, fue desde 1967 miembro del Ateneo de Valencia, del que fue vicepresidente, secretario general y presidente. Durante su gestión se impulsó no sólo la recuperación del edificio patrimonial, sino también su proyección como uno de los espacios culturales más importantes en la región central del país.

Un relámpago resplandeciente

Cada noche su camino está dedicado a José Napoleón Oropeza, “hermano en la cotidianidad y en la poesía”. Ambos se conocieron en 1971, cuando el novelista ganó el concurso de cuentos de El Nacional, y se hicieron amigos en 1975, después de ganar el Premio de Novela Guillermo Meneses. En ese momento Parra era directora literaria de Monte Ávila Editores. 

Sobre la poesía de Parra, su amigo la califica como culta, “que exige el conocimiento de lo que es degustar un buen poema”. La autora solía abordar en su obra la ambigüedad en sus diferentes aristas: la sexual, la espiritual, o la de la naturaleza. También acostumbraba emplear símbolos recurrentes dentro de sus poemas, los cuales servían de arquetipos para lo que deseaba expresar. Un ejemplo era la piedra, uno de sus favoritos y que plasmaba la quietud, una analogía de las mismas palabras que trazaban el camino. Otros también eran la noche, el frío, el viento y la casa.

Otro de sus arquetipos recurrentes era el relámpago. “Tal vez sea el símbolo más constante, porque define no solamente buena parte del concepto del poema de Esdras, sino que es la luz que repentinamente ilumina y al mismo tiempo, enceguece y desaparece. Cuando nosotros leemos la poesía de Esdras, estamos precisamente atravesados por esa luz que nos ilumina de pronto con una cantidad de imágenes que va tejiendo en una especie de diálogo como entre luz y noche. Es una sensación de temblor”, reseña Oropeza.

Fue por ese motivo que, junto a La Poeteca, eligieron Lo que trae el relámpago como título del libro. 

De izquierda a derecha: Esdras Parra, Cecilia Ortiz, Martha Kornblith y Sonia Chocrón. Foto: Cortesía Twitter Sonia Chocrón

Para Oropeza, El extremado amor es un paisaje que se convierte en un ser viviente. Más que un elemento humanizado, es un ente que siente y hace sentir al lector. Afirma que es un paisaje que ama, duele, y se diluye para morir. “La vida de Esdras se puede resumir en tres grandes símbolos que atraviesan toda su creación: el relámpago, el resplandor, y la piedra que todo lo resume”, añade.

Un fragmento de ese, su último poemario, reza: “Acuden a mi mente los cuatro puntos cardinales/ iluminados por la luna/ mis ojos, por la orilla del polvo, se llenan de/soledades/ mientras en el aire brilla repentina otra alegría/ en el aire oscuro”.

—¿Cree que en este mismo poemario hay también una suerte de presagio de que Esdras era consciente de su propia muerte?

—Esdras se preparó para su muerte. Al final quería redondear su obra, y no solamente su obra poética. Su libro Aún no era como una preparación expresa para el acto de morir, para el tránsito definitivo de pasar al otro plano, y al mismo tiempo de pedirle al universo un tiempo más para redondear su obra, porque ella consideraba que estaba incompleta.

Tachaduras constantes

En el principio de su carrera literaria, Esdras Parra se había concentrado principalmente en la narrativa y el ensayo. De ahí vienen sus muchos textos sobre cine y literatura, además de sus dos primeros libros: El insurgente (1967) y Juego limpio (1968). De este último proviene su cuento Por el norte el mar de las antillas, que se publicó también de forma independiente ese año, y que para Oropeza constituye una pieza magistral de la literatura venezolana.

Parra dejó además una novela titulada Al margen, la cual apenas quedó en un esbozo. A su regreso definitivo a Caracas en 1982, y tras un largo silencio editorial, se volcó de lleno al lado de la poesía con Este suelo secreto (1995), que ganó la II Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, y Antigüedad del frío (2000).

Su círculo cercano ya tenía conocimiento de la calidad de su poesía desde los años setenta, pero no fue sino décadas después que se atrevió a mostrar públicamente su obra. Oropeza asevera que eso se debió a que la escritora era terriblemente insegura. Vivía leyendo y releyendo sus textos, sacándolos o volviéndose a escribir. “Era una mujer que desconfiaba mucho de su literatura”, opina.

Otra faceta por la que Esdras Parra era conocida por sus dibujos. Varios quedaron en manos de su familia tras morir, pero al igual que sus poemas, la gran mayoría formó parte de su herencia a Oropeza. Él los describe como de un estilo entre expresionista y figurativo, con escenas cotidianas como oficinistas o alguna calle perdida de Europa.

José Napoleón Oropeza. Foto: Cortesía

Si hay un elemento que definitivamente diría que lo describe es la manía de Esdras de tachar. Eso está simbolizado en las tachaduras de los dibujos. Dibujaba la figura y la borraba. Tú ves la figura y ves al mismo tiempo sus borrones. Son deliciosos esos dibujos. Pero es un símbolo de todo lo que Esdras hacía con su literatura también”, destaca.

Aunque algunos de sus dibujos en su momento fueron publicados en revistas, actualmente queda poco registro de ellos. Son tan inéditos como sus últimos poemarios. Cuando fue presidente del Ateneo de Valencia, entre 1991 y 2007, Oropeza intentó hacer una exposición con esta obra artística; sin embargo, la iniciativa fue frustrada tras la toma realizada ese año por empleados afectos al oficialismo, y que derivó en su renuncia.

Al respecto, Goldberg aclara que por problemas al momento de escanear las ilustraciones no se pudieron incorporar en la edición del libro. No obstante, asegura estar dispuesta a abrir las puertas de La Poeteca para una exhibición cuando las condiciones sanitarias lo permitan. 

Sobre la trayectoria de Esdras Parra

Además de escritora, dibujante y poeta, Parra fue egresada en Filosofía de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Durante muchos años trabajó como traductora para varias editoriales españolas y francesas, lo que la llevó entre 1960 y 1971 a viajar intermitentemente por Europa, especialmente Francia, España e Italia. Luego, entre 1978 y 1982, estuvo en Londres, ciudad donde realizó su operación de reasignación de sexo.

También fue una destacada periodista de la fuente cultural, fundadora y jefa de redacción de la revista Imagen, además de coordinadora del suplemento Papel Literario de El Nacional. En este periódico se mantuvo hasta el final de sus días como articulista. Escribió muchos ensayos, sobre todo de cine y literatura, de los cuales varios siguen inéditos. De hecho, posee un libro sobre crítica del arte aún sin publicar, actualmente en posesión de José Napoleón Oropeza.

Sin miedo

En 1978, Esdras Parra le comentó a José Napoleón Oropeza que se radicaría en Londres una temporada. Todavía era un hombre en ese momento. El investigador también viajó para allá semanas después, al conseguir una beca en el King ‘s College. Al llegar al aeropuerto de Heathrow, la encontró ya como mujer, con un vestido amarillo de flores. La imagen no lo sorprendió. Primero, porque ya Esdras le había advertido en una carta sobre su cambio de género; y segundo, porque seguía siendo su mismo amigo de siempre. 

“Mira, José Napoleón Oropeza —solía decirle por su nombre completo cuando quería remarcar la seriedad de un asunto— yo te voy a decir una cosa. Cuando yo me muera, te van a llamar muchas personas para preguntarte de mi vida privada. Yo no tengo vida privada, mi vida está en los libros. El que quiera saber sobre Esdras Parra, que lea sus obras”, le dijo una vez a su hermano de letras, de acuerdo con su propio testimonio.

Su identidad de género fue algo que estuvo presente en ella desde siempre. Aunque Oropeza presume saber toda la biografía de Esdras Parra, desde sus primeros contactos clandestinos con la ropa de mujer en su infancia, se apega a la sentencia de su confidente. El que quiera conocer los dilemas de su vida, que los extraiga de las piedras en sus versos. Por eso también, con franca molestia, asegura que desea ya dar por terminada la polémica con la falsa historia sobre la transición de la poeta.

El autor del engaño fue el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, amigo de ambos y quien también vivía en Londres. Durante años, Cabrera dijo a periodistas e investigadores que Esdras había cambiado de sexo luego de caer profundamente enamorada de una mujer lesbiana, aunque esta nunca le correspondió. La anécdota, desmentida en una nota hecha por Rafael Osío Cabrices para el portal Cinco 8, no podría resultar más falsa. Aún así, logró permear en el medio literario hasta llegar al premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, quien sin conocer la otra versión, se inspiró de ella para su obra Al pie del Támesis. 

“Cabrera Infante mintió y yo lamento mucho que se haya muerto (en 2005), porque se lo pensaba decir. Yo a Vargas Llosa no lo culpo, porque no sé por qué inventó eso, pero te puedo decir que Guillermo y Esdras nunca se vieron”, zanja de manera definitiva para El Diario.

Cálida bienvenida

Para la época en que Parra tomó la decisión de cambiar de género, la sociedad, tanto venezolana como británica, todavía no estaba tan abierta a la transexualidad. Apenas 10 años habían pasado desde los disturbios de Stonewall, Estados Unidos, que dieron origen al Día del Orgullo Gay. Incluso ahora, en 2021, todavía hay sectores de la población que se resisten a aceptar cualquier imagen que represente al colectivo LGBTI. 

“Esdras jamás se escondió. Eso sí, tuvo como mujer la misma timidez que le conocieron quienes fueron sus amigos en otra época. Esdras siempre fue una persona tímida por naturaleza, pero no por miedo o por temor a mostrar quien era. Esdras está en su literatura”, afirma Oropeza.

Quienes la recuerdan lo hacen precisamente así: como una persona menuda, respetuosa con esa marcada cordialidad de los andinos. Totalmente silenciosa y enigmática. Esa sensación de recogimiento que se expresa en poemas como: “Esta voz/ mi voz/ abre un espacio al polvo/ que cae de la luna/ o al agua del océano/ cuando nace del desierto/ aquí yacerá tranquila/ la arena despedazada”.

Aún así, Esdras Parra nunca se consideró a sí misma en vida como un símbolo LGBTI. Oropeza se ríe con la pregunta, no por desdén hacia el movimiento, sino porque la propia autora lo negaba de la misma manera. “No puedo ni conmigo, ¿cómo voy a liderar a los otros?”, era la respuesta que él considera que habría dicho.

Cuando volvió a Caracas, encontró un recibimiento que quizás le habría sido inusual en la ciudad en el siglo XXI. Oropeza admite que, en efecto, hubo cierto estupor entre sus amigos al ver su cambio, pero luego se acostumbraron. Algunos incluso llegaron a manifestar admiración y afecto por quien ya conocían más de espíritu que de cuerpo, como los poetas Juan Liscano y Juan Sánchez Peláez. “Incluso el viejito Juan (Sánchez Peláez) me dijo que estaba asombrado de cómo un hombre tan feo se había convertido en una mujer tan bella”, recuerda Oropeza entre risas.

“Como siempre he sido”

Foto: Cortesía

Lo que trae el relámpago cuenta con tres epílogos. Uno es una entrevista a Parra realizada por El Nacional en 2001, el otro es una reseña de Oropeza de El extremado amor y Cada noche su camino. El tercero, y primero dentro de los textos, es un fragmento del libro ¿Por qué escriben los escritores? (2005), de Petruska Simme. Allí quedó recogido una particular impresión de Esdras Parra sobre lo que significa para ella el oficio: “Para mí la escritura de poemas o cuentos, la literatura, como el arte en general, es un enigma, un grandioso enigma, que creo cae dentro del misterio que es el ser humano”.

Del mismo modo, José Napoleón Oropeza, en su larga carrera como poeta, novelista y cuentista, narra que hay tres episodios en su vida que lo definieron por la ruta de las letras. El maestro de primaria en Barinas que desarrolló sus dotes de redacción y los clásicos en latín que leyó en el seminario fueron los primeros. El tercero fueron años en Londres con Esdras, intercambiando opiniones sobre sus obras o viendo cine clásico en el Electric Cinema. 

Con la voz conmovida, el escritor evoca su recuerdo más atesorado con Esdras. Ocurrió el día que él regresó a Caracas, en el aeropuerto de Gatwick. En su despedida, la poeta pronunció unas palabras que resumieron sus más de 40 años de fraternidad. Todavía las recuerda perfectamente:

José Napoleón, nacimos como escritores en el momento justo. En el momento en el que haríamos que todo se sacudiera en nuestro país que tanto amamos, que amamos, y que haremos temblar completamente cuando yo regrese como soy. Como siempre he sido: una mujer”.

La última despedida

José Napoleón Oropeza visitó Caracas en 2004. Esdras ya estaba en los últimos meses de su enfermedad. Una noticia que cayó de sorpresa a muchos de sus amigos, pues no se lo contó a nadie hasta el final. Se vieron frente a la casa de Esdras, en Los Palos Grandes, y almorzaron en un local que ya no recuerda si era un restaurante pequeño o una panadería.

Más tarde, al momento de irse, Esdras levantó su mano derecha e hizo un gesto de adiós.

Oropeza volvió a la capital el 17 de noviembre, esta vez a una pequeña clínica en la avenida Casanova. Al ser anunciado en la habitación por la enfermera, Esdras abrió los ojos. Ya en ese nivel solía estar inconsciente en su cama. De lo que sí estaba lúcida, era del saberse ya con pocas horas en este plano existencial. 

Al ver a su colega, Esdras levantó su mano derecha e hizo un gesto de adiós. Oropeza rompió a llorar y ella también. La enfermera, conmovida, preguntó: “¿Ustedes son hermanos?”. En ese momento, también con la voz quebrada, pero ya al teléfono, y en 2021, José Napoleón Oropeza volvió a responder: “sí”.

Imagen de portada: Vasco Szinetar

FUENTE: El Diario/Cultura/Homenaje/Esdras Parra/Poesía

Paul Auster rescata del olvido la vida de Stephen Crane.

Biografías y memorias

El reconocido novelista publicó una biografía del autor de “La roja insignia del valor” , uno de los más influyentes de la literatura estadounidense, cuya personalidad reviste “facetas contradictorias y fascinantes”. 

Paul Auster acaba de publicar “La llama inmortal de Stephen Crane”, una biografía del autor de “La roja insignia del valor” y uno de los más influyentes de la literatura estadounidense, que falleció en 1900 a los 28 años de tuberculosis, y cuya personalidad, para el escritor reviste “facetas muy contradictorias, todas fascinantes”. 

Nacido en 1871 en Newark (Nueva Jersey), Crane fue el noveno de los 14 hijos que tuvieron sus devotos padres metodistas. Su hermana, Agnes Elizabeth, también murió a los 28 años, pero de meningitis, mientras que su hermano Luther falleció al caer bajo un tren en marcha cuando trabajaba de guardavía.

En su breve pero intensa trayectoria literaria de solo ocho años y medio produjo una obra maestra “La roja insignia”, dos novelas cortas, tres docenas de relatos, recopilaciones de poemas y más de 200 artículos periodísticos.

El proceso de escritura del libro, editado por Seix Barral, surgió tras leer autores que formaban parte de una lista de lecturas pendientes, entre ellos Crane, a cuyas obras que Auster se dedicó luego de escribir su última obra “4, 3, 2, 1” que, según explica, lo dejó “agotado”.

“Stephen Crane estaba en la lista. Tenía una antología de 500 páginas. La abrí al azar y lo primero con lo que me tropecé fue ”El monstruo”, un relato de 60 páginas del que jamás había oído hablar. Su lectura me dejó anonadado. Devoré el resto de la antología y me interesó tanto que me hice con una edición de 1.400 páginas de sus obras escogidas. Me parecieron tan fascinantes que leí de principio a fin los 10 volúmenes de sus obras completas: ficción, periodismo, poesía, piezas breves, todo. Entusiasmado, me puse a investigar acerca de su vida, que está llena de episodios apasionantes. Decidí escribir un libro sobre él, de unas 200 páginas, pensé cuando empecé, pero al final han salido 800″, explicó.

“Crane” es una figura enigmática. Su personalidad tiene facetas muy contradictorias, todas fascinantes. Me di cuenta de que si quería comprenderlo, necesitaba filtrar por el tamiz de la imaginación”, dice el autor en una entrevista al diario El País.

Según el autor “La trilogía de Nueva York” y “El palacio de la Luna”, Crane “cambió las reglas del juego, elevó el arte de narrar a otro plano, liberó a la novela norteamericana de las convenciones que la tenían aprisionada desde hacía 150 años”.

En este sentido, señala que Henry James “era un genio que comprendió inmediatamente que Crane era el futuro de la literatura” e influyó en la literatura de Joseph Conrad.

Auster manifiesta que si bien la reputación de Crane “descansa sobre “La roja insignia del valor” y “Maggie, una chica de la calle”, lo que más llamó su atención son “los textos cortos, en especial dos relatos de unas 30 páginas cada uno, “El bote a la deriva” y “El hotel azul”.

El primero de los relatos “está basado en una experiencia real de Crane, que sobrevivió a un naufragio frente a las costas de Florida cuando se dirigía a Cuba como periodista”, dice Auster y señala que “es la crónica del día y medio que pasó en alta mar con el capitán y dos tripulantes, intentando alcanzar la orilla. Aquella experiencia cambió su visión de las cosas: la solidaridad entre los cuatro hombres que iban en el bote le hace ver que en el mundo impera el sinsentido”.

En tanto “El hotel azul” “es una historia enigmática, un relato escalofriante en el que en ningún momento se sabe exactamente qué sucede ni por qué. Tiene lugar en un paisaje onírico y solitario de Nebraska”.

Imagen de portada: Gentileza de Entre líneas

FUENTE: Entre líneas – Literatura/Paul Auster/Stephen Crane/

El mundo pertenece a quien se atreve, hermoso poema de Charles Chaplin.

Si deseas saber más sobre este artículo; por favor cliquea en donde está escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Charles Chaplin reflexionó sobre la realidad que le había tocado vivir y se esforzó por ser una fuente de inspiración para el cambio. ¡En este artículo conocerás algunas de sus mejores enseñanzas!

Charles Chaplin nació en Londres en 1889 para ser uno de los actores, humoristas y escritores más influyentes del mundo. Vivió una infancia complicada, con un padre alcohólico que no tardaría en abandonar el hogar. Además, su madre sufrió una enfermedad mental de la que nunca pudo recuperarse totalmente.

Por estas circunstancias, Charles Chaplin terminaría pasando buena parte de su juventud junto a sus hermanos en un refugio para niños. No obstante, en ese lugar tampoco encontró paz, pues aquí las condiciones con las que tuvo que convivir también fueron duras.

Sin embargo, estos primeros años no echaron por tierra su talento artístico. Así, a la edad de 20 años decidió viajar a Estados Unidos en busca de una oportunidad y terminó por dar forma a un personaje con el que se identificaría durante toda su carrera, cosechando un enorme éxito con él.

El gran mensaje de las películas de Charles Chaplin

Las situaciones difíciles que vivió durante sus primeros años le llenaron de resiliencia y las aprovechó a su favor. En la mayoría de los metrajes en los que participó somos capaces de identificar una intención de denuncia frente a determinadas circunstancias o condiciones que le tocó vivir en primera persona, como la desigualdad o la falta de tolerancia.

Además, en en muchas de sus actuaciones también destaca la idea de que determinados cuadros clínicos pueden ser la consecuencia inequívoca de la experiencia. En este sentido, no solo se quedó en la denuncia; en última instancia intentó ser, con su trabajo, la chispa que encendiera la mecha del cambio.

Del mismo modo, puso en evidencia los fallos de los sistemas políticos que afectan a la calidad de vida de las personas. Por esto precisamente llegó a ser censurado. Afortunadamente, frente a los esfuerzos de quienes se esforzaron porque no fuera así, hoy podemos disfrutar de películas como El inmigrante, El chico, El gran dictador, En tiempos modernos y Luces de la ciudad.

“El mundo pertenece a quien se atreve”

Charles Chaplin también se valió de la escritura como medio para compartir reflexiones personales que pudieran ayudar a otras personas. De tal modo, su poema titulado El mundo pertenece a quien se atreve ha sido una fértil fuente de inspiración social.

A continuación te compartimos las maravillosas líneas que escribió el autor.

“ ¡Vive!

Ya perdoné errores casi imperdonables.

Trate de sustituir personas insustituibles,

de olvidar personas inolvidables.

Ya hice cosas por impulso.

Ya me decepcioné con algunas personas,

mas también decepcioné a alguien.

Me abracé para protegerme.

Ya me reí cuando no podía.

Ya hice amigos eternos.

Ya amé y fui amado pero también fui rechazado.

Ya fui amado y no supe amar.

Ya grité y salté de felicidad.

Ya viví de amor e hice juramentos eternos,

pero también los he roto y muchos.

Ya lloré escuchando música y viendo fotos.

Ya llamé sólo para escuchar una voz.

Ya me enamoré por una sonrisa.

Ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia y…

Tuve miedo de perder a alguien especial

y terminé perdiéndolo

¡pero sobreviví!

¡y todavía vivo!

No paso por la vida

y tú tampoco deberías sólo pasar… ¡Vive!

Bueno es ir a la lucha con determinación

abrazar la vida y vivir con pasión.

Perder con clase y vencer con osadía,

porque el mundo pertenece a quien se atreve

y la vida es mucho más para ser insignificante.”

– Charles Chaplin

Reflexión sobre el poema de Charles Chaplin

Con sus palabras, Charles deja claro que el miedo es uno de nuestros grandes lastres, pues siempre aparece cuando decidimos poner un proyecto en marcha o dar paso a actuaciones que se sitúan fuera de la llamada zona de confort. Además, puede cegarnos hasta el punto de llegar a sentir que todo el mundo está en nuestra contra, llenándonos de inseguridad, culpa, estrés y frustración.

A raíz de ello, el mensaje de Chaplin es que en la vida gana sentido cuando contamos con un propósito, un norte en nuestra brújula, que nos orienta. Es lo emocionante de imaginar posibilidades lo que le da sentido, en buena medida, al camino que imaginamos hasta la meta. Al atreverse las personas encuentran las motivaciones para seguir progresando y construir un futuro del que se sientan orgullosas. Asimismo, se dan el gusto de realizar todas las actividades que los llenan de felicidad y plenitud.

Chaplin dejó claro que, al atreverse, las personas solemos encontrar recompensa; ya sea en forma de éxito o de aprendizaje. Así, podremos disfrutar directamente del fruto, o indirectamente empleando los nuevos recursos que hemos adquirido. Una disposición frente a la realidad que nos permite adquirir conocimiento valioso de manera constante.

Para atreverse hay que soltar los sentimientos negativos

En algún momento de nuestra vida, todos podemos encontrarnos en una situación en la que predomine la decepción, rabia y la tristeza en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, lo que marca la diferencia es lo que hacemos a partir de ese momento. ¿Qué hacemos con ese conjunto de emociones? ¿Cómo escuchamos lo que nos quieren decir? ¿Qué hacemos con su energía?

Al hacer una gestión emocional inteligente, las personas vuelven a estar abiertas a nuevas experiencias. Por eso, soltar las ataduras es fundamental para dar forma a esos proyectos que imaginamos.

Charlot, el vago que enterneció al mundo

Dicen que la risa y el llanto están hechos del mismo material. La comedia es una manera inteligente de administrar las tragedias de la vida. Nos lo dijo mil veces Charlot, el vagabundo solitario creado por Charles Chaplin para pintar de colores su propio dolor. Un personaje que fascinó a los espectadores en las salas de cine de su tiempo y conmovió al mundo.

Charlot es el típico héroe cómico. Un hombre sin destino. El eterno perdedor que está allí para quebrar el orden y que, sin embargo, siempre se sale con la suya. El pobre, el torpe, el errante. Ese hombre desprevenido y curioso que teje crisis absurdas, a las que siempre encuentra salidas inesperadas. Es también una denuncia de lo ridículo que puede llegar a ser el mundo de “lo serio”.

Chaplin, el hombre detrás del vagabundo

Charles Chaplin tuvo una infancia trágica y profundamente desafortunada. Nació el 16 de abril en Londres. Su padre, un hombre alcohólico y desorientado, abandonó a la familia y luego murió tempranamente. La madre era actriz y cantante, que tuvo que batirse hombro a hombro contra la pobreza para mantener a sus dos hijos, Charles y Sydney.

En el momento cumbre de su carrera, su voz comenzó a deteriorarse. En una presentación se le quebró la garganta y el encargado del espectáculo envió a Charles para reemplazarla, en plena función. El niño tenía cinco años. Salió a escena e imitó a su madre, incluyendo el quebrantamiento de la voz. Esto causó grandes risotadas dentro del público y marcó el inicio de una carrera que no terminaría jamás.

Los niños Chaplin asistían a la escuela, pero frecuentemente eran objeto de burlas debido a su pobreza. Seguramente esas fueron las primeras marcas para perfilar al que sería el vagabundo más famoso del planeta.

La madre de Charles, Hanna Hill, comenzó a mostrar señales de demencia y fue recluida en un sanatorio para enfermos mentales. Fue entonces cuando Charles y su hermano comenzaron un largo periplo por distintos orfanatos, en los que fueron tratados con particular severidad.

Antes de cumplir diez años, Charlie ya se había unido a un grupo itinerante de teatro, y a los doce se le consideraba un actor profesional. A los 24 llegó a Hollywood y dos años más tarde ya era una celebridad.

El otro Chaplin

Charles Chaplin fue también un hombre bien informado y activo políticamente. Criticó sin timideces el capitalismo y las hipocresías de la guerra. Hizo amistades con varios comunistas reconocidos, pero siempre se definió como un pacifista simplemente.

Ganó enemigos en todos los frentes. Mientras Goebbels, el Ministro de Propaganda de Hitler, lo llamo “un pequeño judío despreciable”, en Estados Unidos lo consideraron un hombre “peligrosamente progresista y amoral”. Fue expulsado de ese país en 1952, luego de haberlo acusado de traición. Sus películas “Tiempos Modernos” y “El Gran Dictador” fueron fuente permanente de críticas por parte del establecimiento.

En Chaplin también hubo un hombre atormentado por sus fantasmas interiores, obsesivo al enamorarse y solitario a la hora de enfrentar las más grandes decisiones de su vida. Distante y a la vez entrañablemente unido a sus hijos.

Un artista en todo el sentido de la palabra que incluso alcanzó un Óscar a la “Mejor Música Original” por la composición de la pieza Candilejas para la película de ese mismo nombre. También fue un pensador que dejó plasmada su sensibilidad en poemas y en textos comoCuando me amé de verdad”, el más popular de ellos.

Chaplin murió a los 88 años de edad, mientras dormía en su casa de Suiza. Padecía asma y demencia senil al momento de su deceso. Dejó para el mundo un testimonio de ternura. Esa ternura que hay en toda risa franca, cuando el dolor ya no es capaz de decir nada. Esa ternura que nunca muere.

Imagen cortesía de Zoller, Charles C.

Imagen de portada: Gentileza de “La Mente es Maravillosa”

FUENTE RESPONSABLE: La mente es maravillosa/Bibliografía/Charles Chaplin

Homenaje: Christopher Reeve cumpliría 69 años: los secretos de “Superman” y el calvario que sufrió tras el accidente que lo dejó tetrapléjico.

Christopher D’Olier Reeve nació en Nueva York un día como hoy pero de 1952. El actor, director de cine y activista adquirió fama mundial al interpretar al “Hombre de acero” en las películas basadas en el popular personaje de cómics “Superman” y también es recordado por su personaje de Richard Collier en el film “Somewhere in Time”.

El productor ejecutivo Ilya Salkind nunca hubiera adivinado que el héroe del cómic de su infancia definiría su carrera en Hollywood. Tenía 31 años cuando le dieron la oportunidad de llevar a “Superman” a la pantalla grande por primera vez, y ese fue el éxito de 1978 que transformaría a Christopher Reeve y Margot Kidder en sensaciones de la taquilla.

Años atrás, en una entrevista con Fox News, Salkind no dudó en compartir algunos secretos de uno de los clásicos del cine. Para empezar indicó que la película Zorro, protagonizada por Alain Delon en 1975, fue el gran disparador. “Estaba caminando en París y había una película sobre el Zorro”, explicó. “Eso me dio la idea de hacer una película de cómics”.

Salkind había trabajado en el detrás de escena en Los cuatro mosqueteros de 1974 cuando estaba pensando en ideas sobre una nueva película junto a su padre, Alexander Salkind, durante la cena. “Dije de la nada: ‘¿Por qué no hacemos Superman?’”, recordó. “Mi padre no sabía nada de Superman, dije: ‘Vuela, tiene poderes’ y me respondió: ‘Eso suena interesante’”. Al día siguiente, el padre de Salkind dio luz verde al proyecto.

Si bien Salkind quedó impresionado por la actuación de Sylvester Stallone en Rocky de 1976 durante una proyección antes de que la película fuera estrenada al público, simplemente no creía que el actor era el indicado para ser “El hombre de acero”: “Él absolutamente quería hacerlo, pero no era para él”.

Salkind reveló que DC Comics, que posee los derechos de Superman y aprobó una adaptación cinematográfica, tenía una lista de actores aprobados para el papel principal. “Tenían personas como Al Pacino y Dustin Hoffman”, dijo Salkind. “Stallone también fue aprobado por cierto. Robert Redford, Clint Eastwood, ambos rechazados. También probamos a Bruce Jenner (ahora Caitlyn), pero no era un buen actor. No tenía ninguna experiencia en la actuación”.

Mientras Christopher Reeve es aclamado hoy como una leyenda de Hollywood, era un actor relativamente desconocido que buscaba su primera gran oportunidad cuando audicionó para el papel.

Reeve parecía prometedor para el rol del superhéroe, excepto que todavía tenía mucho trabajo por hacer. “Leyó la parte de Superman y Clark Kent y fue fantástico”, dijo Salkind. “Pero él era muy, muy flaco. Demasiado delgado así que pasamos a probar otros actores”.

Salkind todavía no tenía a su protagonista. Sin embargo, el desempeño de Reeve dejó una gran impresión en él, por lo que no se pudo negar a darle el papel. Así que lo llevaron de regreso a Londres e hizo la prueba con el disfraz y volvió a causar sensación. Sólo le faltaba aumentar de peso.

El fisicoculturista inglés David Prowse, quien interpretó físicamente a Darth Vader en la Guerra de las galaxias de 1977, fue elegido para entrenar a Reeve, quien comenzó a comer hasta seis comidas al día. “Ganó cerca de 18 kilos de músculo”.

Superman se quedó sin director por sus deudas con el fisco. “Originalmente tuvimos a Guy Hamilton, que hizo ‘Goldfinger’”, dijo Salkind. “Estaba en Roma, donde estábamos filmando al principio, pero no podía quedarse porque tenía un problema fiscal. Así que tenía que ir todas las semanas a París. 

Después de unas pocas semanas, estaba demasiado cansado y no podía soportarlo más. Entonces elegimos a Richard Donner “.

Salkind se llenó de alegría cuando Marlon Brando, quien estaba en el apogeo de su carrera con The Godfather y Last Tango in Paris en 1972, acordó asumir el papel de Jor-El, el padre biológico de Superman. 

Sin embargo, al principio no le facilitó las cosas a los productores de la película. “Cuando lo llamamos para hablar sobre su disfraz, abordó temas completamente diferentes sobre [los nativos americanos] y todo tipo de cosas”, explicó Salkind. “Pensé se acabó y va a destruir la película”.

Sobre el papel de Lois Lane, Salkind dijo que a Leslie Ann Warren la consideraron originalmente para el papel, y que le hicieron la prueba al mismo tiempo que Stockard Channing. Mientras que Warren parecía una posibilidad, Channing no lo era. “Pensamos que Channing se parecía mucho a la madre de Superman”, dijo Salkind. Sin embargo, una actriz llamada Margot Kidder también audicionó por el papel de Salkind y se robó el protagónico. “Ella creó su propia Lois Lane”.

Hacer Superman fue todo un reto. Salkind y su equipo estaban decididos a hacer que las escenas de vuelo de Reeve, que eran cruciales para el éxito de la película, fueran lo más realistas posible.

Reeve y Kidder pasaron horas colgados con arneses, algo que a la actriz odiaba: “Pensaba que era incómodo y que simplemente no estaba entrando en la situación“.

En Londres fue donde Salkind encontró a los mejores técnicos para las escenas de vuelo. Pese a las dificultades, la película obtuvo un Oscar por los efectos especiales.

Salkind dijo que Reeve no solo estaba completamente dedicado al papel de Superman, sino que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que la película fuera un éxito. “Fue muy amable con la prensa y nunca rechazó una entrevista“.

El elenco se mantuvo en contacto, incluso después de que Superman se estrenara en 1978. “Reeve y yo éramos muy buenos amigos. Quedé devastado cuando tuvo el accidente”.

Por último, Salkind no tuvo palabras muy buenas sobre el último Superman del cine interpretado por el actor británico Henry Cavill. “Intenta parecerse mucho a Batman. Superman nunca mata“.

El calvario que sufrió Christopher Reeve tras el accidente que lo dejó tetrapléjico.

Matthew Reeve, el hijo mayor del mejor Superman en la pantalla grande, habló en 2018 sobre la depresión que sufrió su padre al quedarse en silla de ruedas y la fuerza con la que luchó hasta el final.

Reveló en una extensa entrevista el sufrimiento que debió enfrentar su famoso padre, quien quedó tetrapléjico a los 42 años tras caerse de un caballo durante una competición hípica en mayo de 1995. 

En pleno estrellato, la vida del popular actor cambió para siempre. Diez años más tarde del terrible accidente, el 10 de octubre de 2004, el recordado Superman del cine perdía la vida. Pero, según su hijo, nunca se rindió.

En 2018, Jered Chinnock, un estadounidense que quedó parapléjico en 2013, entró en la historia de la medicina al ser capaz de caminar 100 metros con ayuda de un andador y un tratamiento pionero. Ese mismo año un grupo de neurocirujanos de la Universidad de Louisville, publicó que dos de sus pacientes parapléjicos habían logrado dar unos pasos gracias a estas sesiones de rehabilitación y estimulación eléctrica continua.

La noticia fue celebrada por Matthew ya que su padre se había convertido en una de las voces a favor de la investigación con células madre y en un ejemplo de heroicidad, al negarse a rendirse ante su condición.

“Él estaría exultante”, afirmó Matthew, respecto al avance médico. 

Cuando se accidentó le dijeron: ‘Esta es tu silla de ruedas, acostúmbrate a ella. No volverás a recuperar el movimiento’. Nadie a quien le ocurra hoy en día debería escuchar esas palabras porque no son verdad”, expresó el guionista y productor de 39 años, al periódico The Daily Mail.

“Mi padre tenía una gran esperanza y trabajó incansablemente para recaudar fondos para la investigación”, contó Matthew sobre el deseo de su progenitor, a nombre de quien se creó una fundación para financiar estudios para curar lesiones de la médula y mejorar la calidad de vida de los pacientes.

Matthew tenía 15 años cuando su padre tuvo el accidente .”Sabíamos que su vida estaba en peligro, así que fuimos a verlo de inmediato”, recordó. “Su lesión era de las más severas, estaba tetraplégico, necesitaba respiración asistida y cuidados las 24 horas”, agregó.

Pero Reeve mantuvo la cabeza alta y se negó a dejar que su condición determinará su vida. Pese a su gran actitud, su hija confesó que el actor pasó por momentos difíciles: “Al principio mi padre estuvo deprimido. [El accidente] lo golpeó muy fuerte porque él solía ser un hombre muy activo”.

“Sin embargo, optó por aceptar lo que había sucedido, enfrentarse a todo y ayudar con las investigaciones contra la parálisis, ya que era un personaje público y podía dar voz”, explicó su hijo.

Sobre la vida del actor tras el episodio, Reeve “quería continuar estando presente como esposo y como padre”. Luego, finalizó destacando el poder de lucha de su padre: “Mi hermano menor, Will, tenía tres años en el momento del accidente y papá le enseñó a andar en bicicleta con solo darle instrucciones”.

Imagen de portada: Gentileza de Grosby Group

FUENTE: Infobae – 

Homenaje/Christopher Reeve/Superman/Cinematografía

La poesía completa en edición bilingüe de Raymond Carver. Final.

Es en un poema breve, “Domingo por la noche”, donde quizás se pone de manifiesto este trabajo a conciencia con lo que está a la mano: “Utiliza las cosas que te rodean. / Esta ligera lluvia / del otro lado de la ventana, por ejemplo. / Este pucho entre los dedos. / Estos pies en el sofá. / El débil sonido del rock and roll. / El Ferrari rojo del interior de tu cabeza. / La mujer que anda tropezando / borracha en la cocina. / Agarrá todo eso. / Utilízalo”.

Todos nosotros incluye los primeros poemas de Carver nunca compilados hasta el momento. Ellos dan cuenta de que, ese poder de alcanzar lo que no está a simple vista y extraer de la realidad todo lo que ella tiene para dar, está en su obra desde un principio. 

Está en su primer poema publicado a los 24 años por la revista Targets, “El aro de latón”: “Qué habrá sido de aquel aro de lata de la calesita. El aro que las niñas y niños pobres pero felices agarraban justo en el momento mágico”. 

En una especie de caleidoscopio, coagula el paisaje entero de la infancia de Carver como hijo del proletariado, y que se volverá otra marca de su literatura: contar las vidas de los desclasados. Eso mismo que le valió la acusación de un sector de la crítica, de hacer una literatura deprimente, donde no había ni una escena dichosa. 

Y así respondía Carver en una entrevista dada poco tiempo antes de morir en París: “La gente se preocupa por su alquiler, sus hijos, su vida hogareña. Así es como vive el 80-90 por ciento, o Dios sabe cuántas personas. Escribo historias sobre una población sumergida, gente que no siempre tiene a alguien que hable por ellos. Soy una especie de testigo y, además, esa es la vida que yo mismo viví durante mucho tiempo”.

LEER, ESCRIBIR, BORRAR

A muchos les sorprenderá enterarse que antes de la publicación de su primer libro de relatos Quieres hacer el favor de callarte por favor en 1976, que fue un éxito de público y crítica, Carver ya había publicados tres libros de poemas: Near Klamath (1968) Insomnio de invierno (1970) y Los salmones se mueven de noche (1976).

Sus primeros poemas datan de poco tiempo después de casarse a los 19 años con Maryann Burk de 17, tener en seguida dos niños, y mudarse desde Oregón (se habían conocido en el bar donde Maryann era camarera) a California, en una ruta desquiciante tras empleos temporarios. 

Para cuando escribió “En busca de trabajo”, donde los zapatos esperan salir en busca de un futuro mejor, Carver ya se había empleado en aserraderos (como su padre), había sido cadete de farmacia, vendedor puerta a puerta, asistente de biblioteca. 

En paralelo, firme, crecía su deseo de ser escritor. En cada lugar en el que se mudaba la familia, asistía a diferentes cursos de escritura creativa. Uno de los primeros fue al de su gran maestro John Gardner, quien no solo le entregó la llave de su despacho para que Carver pudiera ir los domingos por la mañana a escribir, sino que le dio aquel famoso consejo: “Lee todo Faulkner que encuentres y luego lee todo lo de Hemingway para limpiar de Faulkner tu manera de escribir”. Fue también quien le enseñó el valor de la honradez: si un autor escribía sobre cosas que no le importaban o en las que no creía, tampoco a nadie iban a importarle nunca.

Tiempo después Carver fue maestranza en el Mercy Hospital y en paralelo asistía al curso de poesía de Dennis Schmitz. Alguna vez dijo que aquel había sido de sus mejores trabajos, dado que al ser nocturno y volver a su casa por las mañanas, la familia ya no estaba y la quietud le permitía escribir. 

De su paso por el hospital da cuenta ese formidable poema que es “Sala de autopsia”, inspirado en lo que Carver se encontraba cada vez que debía entrar a limpiar allí. “Un pequeño bebé quieto como una piedra/ y más frío que la nieve. Otra vez un negro corpulento /de pelo blanco con el pecho partido al medio/ todos sus órganos vitales/ en una bandeja a un costado de su cabeza. / Yo siempre estaba solo, ahí. / La manguera derramaba agua. / Las luces colgadas del techo encandilaban. / Una vez dejaron sobre la mesa una pierna, / una pierna de mujer, pálida y bien formada. / Yo sabía qué clase de pierna era, / las había visto antes. / sin embargo, me dejó sin aliento”. El final del poema condensa cómo iban las cosas por aquellos tiempos: “No pasaba nada. Todo estaba pasando. La vida era una piedra, moliéndose, tomando filo”.

Es necesario dejar sentado, que, para un sector de la poesía más tradicional, la transparencia de Carver, como dice Gallagher en la introducción de Todos nosotros, “puede ser considerado un insulto al intelecto”. La mayoría de los poemas giran alrededor de un tema o argumento, y pueden considerarse, como Carver mismo aseguró, poemas narrativos o relatos en verso

En el prólogo de una compilación de su poesía escribió: “Leyendo ahora estos poemas, tengo la sensación, de estar ante una radiografía de mi mente, un mapa aproximativo pero auténtico de mi pasado. Me ayudan a hilvanar mi vida, a percibir su continuidad. Y me gusta la idea”. Y aquí van algunos pasajes que bien pueden valer como ejemplo: “Sufría la familia entera. / Mi mujer, yo mismo, los dos niños y la perra/cuyos cachorros nacieron muertos. / Nuestros asuntos, como siempre, iban mal.  o: “Así de sencillo. Sales y cierras la puerta sin pensarlo. Y cuando te das cuenta/ de lo que has hecho/ es demasiado tarde. Si parece/ es la historia de una vida, perfecto”. 

Para 1975, Carver no pasaba más de dos horas sin tomar alcohol. Durante una discusión con Maryann la golpeó con una botella y le cortó una arteria cerca del oído. Ese episodio, lo decidió a rehabilitarse en Alcohólicos Anónimos. 

De aquellas desgracias nace ese monumento a la degradación que es el poema “Milagro” donde un matrimonio vuela de Los Ángeles a San Francisco, odiándose y completamente borrachos. También “Mi mujer”: “Mi mujer ha desaparecido con toda su ropa. / Me dejó dos medias de nailon y/ un cepillo de pelo que encontré detrás de la cama. / Me gustaría que te fijaras / en esas medias y en los pelos negros/ entre las púas del cepillo. / Tiró las medias al cubo de la basura; el cepillo, / me lo quedo para usarlo. Solo la cama resulta extraña. Imposible valorarla”. Carver es como un caballo de fuerza tirando de lo condensado en los objetos concretos. 

Su famoso poema “Matrimonio” fue escrito en abril de 1978. Maryann y Carver se habían separado hacía unos meses, pero habían vuelto una vez más para intentar salvar la pareja. Los hijos ya eran adultos y estaban independizados. Pero a pesar de que Carver ya estaba recuperado, no lo lograron. 

“Vivía con agobios de todo tipo y escribí el poema una tarde. Mi mujer está en una habitación y yo en otra. Mis miedos de aquellos días encontraron su vía de escape en el poema”. “Seguimos/ comiendo ostras, mirando televisión, /comentando sobre la ropa elegante y la maravillosa gracia/ de la gente envuelta en esta historia, algunos de ellos/ tensos bajo la presión del adulterio, / la separación de los seres queridos, y la destrucción/ que deben saber aguardando justo después/ del siguiente cruel cambio de circunstancia, y luego del/ siguiente”.

PEQUEÑOS MILAGROS

Sabemos del hombre nuevo, de su oportunidad, de la segunda parte de su vida que llamó “regalo”. El periodo comprendido entre 1978 y su muerte el 2 de agosto de 1988 a raíz de un cáncer de pulmón con metástasis cerebral. Carver lo vivió limpio y junto a su segunda esposa, la poeta Tess Gallagher.

Ella es quien en la introducción da testimonio del valor de la poesía para Carver en estos años tan productivos, donde, por ejemplo, solamente entre 1983 y 1985, escribió más de doscientos poemas.

Es en esta segunda etapa de su vida cuando en la escritura aparece el Carver agradecido, esperanzado, enamorado, casi permitiéndose la felicidad. 

Como esa frase que da título a su último libro de poemas que corrigió hasta el mismo día de su muerte, parecía haber encontrado “un sendero nuevo a la cascada”. “No lloren por mí”, les dijo a sus amigos. Soy un hombre con suerte. / he vivido diez años más de lo que nadie/ esperaba. Una propina. Y no lo olvido”. O lo expresa sin atajos: “Yo me dirijo hacia una nueva vida, distinta, / de hecho solo presto atención con mis pensamientos/ en otra parte.” (La luna, el tren”)

En estos diez años de regalo, Carver escribe la mayor parte de su obra cuentística: De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral, Tres rosas amarillas, Si me necesitas, llámame. Todos ellos editados por Gordon Lish, que en su momento era una especie de editor estrella dentro del panorama literario y había posicionado a varios escritores famosos. 

Cuando Tobías Wolff vino a Buenos Aires para el FILBA 2013, en la entrevista pública que dio en la Alianza Francesa, contó cómo él y Richard Ford, (los amigos de Carver dentro del circuito literario) lo alentaban a que cambie de editor. Pero “el bueno de Raymond no podía decir que no a nadie” aseguró Wolff. Tampoco pudo con los tijeretazos de Lish, quizás acorralado también por su siempre inestable economía y la imperiosa necesidad de publicar antes de que se le acabara su tiempo.

¿Sería posible arriesgar que por fuera de ese desierto gélido que son los cuentos desguazados por Gordon Lish, este corpus poético viene a traer el más auténtico Carver? Su humanismo y compasión. Elementos que también vieron la luz cuando se publicó Principiantes, la versión sin editar de De qué hablamos cuando hablamos de amor, y que Carver le hizo prometer a Gallagher que publicaría cuando él ya no estuviera. 

También en Principiantes como en los últimos poemas hay -por más oscuros y desencantados que puedan resultar- una pátina de ternura. Ese otro elemento fundamental que Carver rescató en el último discurso que diera en vida citando a Santa Teresa. “Las palabras llevan a las acciones… Preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura”.

En Un sendero nuevo a la cascada, escrito durante los últimos seis meses de vida, Carver intercala entre sus poemas, fragmentos de cuentos de Chéjov. Gallagher cuenta cómo en los últimos días de vida de Carver buscaron juntos esos pasajes, para después copiarlos a máquina. El escritor ruso, a quien Carver dedicó ese bellísimo texto que es “Tres rosas amarillas” y su poema “Insomnio de invierno” (“Ojalá estuviera aquí Chéjov para recetar”) fue su gran maestro en la búsqueda de lo parco y simple por sobre la retórica y el lenguaje abstracto o pseudo poético. 

Esos fragmentos seleccionados tan cuidadosamente por Carver, demuestran cómo la prosa puede funcionar como poesía. Que los límites entre un género y otro, tratados con maestría, se difuminan: la asertiva intensidad del fraseo en la narrativa, no obtura la historia. 

Y viceversa: la poesía puede también contar una historia sin perder su efecto de compresión. Si no, basta acercarse a los referentes del género que Carver citaba: Ezra Pound, William Carlos Williams, Robert Frost. 

Y sus contemporáneos: Galway Kinnell, WS Merwin, Ted Hughes, CK Williams, Robert Hass.

Nos queda claro al leer estos poemas uno tras otro, como vasos de agua fresca después de una gran maratón, que la poesía fue para Carver una tabla de salvación. No solo por lo autobiográfico, sino también como ese espacio entre las publicaciones de sus libros que permitía que la llama de la inspiración no se apagará. 

También que era el lugar donde iban a parar sus sentimientos más genuinos y quizás el género que mejor le permitió mostrar lo que él se proponía: la verdad desnuda, sin adornos. Como lo es la muerte; “¿Qué hago aquí, / solo y lleno de remordimientos? / sigo comiendo sin apetito/ frambuesas de un bol. Si estuviera muerto/ me recuerdo a mí mismo, no me las podría/ comer. (“Simple”) O la pérdida. “¡Qué noche más dura! Sin soñar nada en absoluto/ o soñando algo que podría ser o no/ un sueño del que presentía su pérdida. Me habían dejado/ sin mediar palabra en una carretera secundaria”. (“Sémola y lluvia”).

Todos nosotros venimos a poner en valor ese otro edificio sublime que conforman los poemas de Carver y que fueron quedando un poco al margen del éxito masivo de los cuentos. Deja claro que su poesía es quizás la savia que nutre la densidad encapsulada en sus relatos, y la que permite contemplar más acabadamente, la maestría de Carver para hacer brotar las emociones como una buena siembra, en tan solo una línea.

A diferencia del trabajo meticuloso con los cuentos que reescribía hasta treinta o cuarenta veces, Carver experimentaba los poemas como un milagro. “Son pequeñas sorpresas que estallan en las manos”, decía. “Un poema debe estar siempre en movimiento. Moverse con energía. Tener chispa. Puede hacerlo en una u otra dirección: volver al pasado, proyectarse en el futuro o perder el rumbo en un sendero cubierto de hierba. Puede incluso dejar de estar en el suelo y buscar un lugar entre las estrellas. Puede surgir como una voz de ultratumba o moverse como salmón, como los gansos salvajes o como un saltamontes. Pero no se queda quieto. Se mueve. Se mueve y, aunque se desplieguen elementos extraños en su desarrollo, hay una secuenciación, una cosa llama a la otra. Y al final, reluce”.

Y así es. Terminamos y nos quedamos quietos. Pensamos en lo que acabamos de leer y puede que nuestra mente haya dado un salto, que nuestro corazón se haya acelerado. Podemos sentir el aire entrar y salir por las fosas nasales. Porque estamos vivos.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE: Página 12 – RADAR Libros – Por Laura Galarza

La poesía completa en edición bilingüe de Raymond Carver. Parte I.

Homenaje

Se publica el volumen “Todos nosotros”

Puede resultar un dato sorprendente que antes de la aparición de su primer libro de cuentos en 1976 (Quieres hacer el favor de callarte por favor) Raymond Carver ya había publicado tres volúmenes de poesía. Y fue la poesía una pasión que cultivó hasta los últimos momentos de su vida. 

Cada poema era concebido por el escritor como un acontecimiento único y una breve pieza testimonial de su propia trayectoria vital y literaria. Todos nosotros reúne la poesía completa de Carver en edición bilingüe, una abundante y notable colección de relatos en verso, pequeñas historias de la vida cotidiana, de los vínculos tortuosos entre hombres y mujeres a través de alguien que se consideró uno más de ese “nosotros”. 

A lo sumo, un testigo en busca de las palabras justas para dar cuenta de lo que sucede a su alrededor.

Leer reunidos la totalidad de los poemas de Raymond Carver es como despertar un día radiante luego de haber pasado tiempo en la oscuridad.

Esta puesta en valor de su obra poética, revela que quizás Carver fuera poeta, antes que ese gran cuentista revolucionario del género. Antes, en el sentido de lo primero, de lo esencial. Cada vez que le preguntaban por su dedicación al cuento, él decía que escribir corto era lo que le permitía la ajetreada vida familiar y su bancarrota casi continua. 

Pero nunca hizo esa misma referencia al hablar de poesía. Él mismo, quizás, se mantuvo al margen (¿a salvo?) sus poemas. Esos que escribía cada vez que podía, de una sentada y entre cuento y cuento. 

“Si tengo que elegir, prefiero la poesía a la narrativa, sea como lector o como escritor. Cada poema que he escrito fue un momento único.

Tanto es así que recuerdo las circunstancias emocionales de su escritura, el lugar, incluso el tiempo que hacía. Si me concentro creo que hasta podría recordar el día de la semana. Puedo recordar el momento del día en que lo escribí, si fue por la mañana, al mediodía, por la tarde o, en muchas ocasiones por la noche. Esta clase de recuerdos no los tengo con los relatos”. 

Esto escribe Carver en uno de los textos póstumos recopilados por su segunda esposa,Tess Gallagher en el libro Sin heroísmo por favor. Renglón seguido revela el contexto de algunos poemas, como el emblemático “En busca de trabajo”: “Siempre he querido trucha de montaña /de desayuno. / De repente, encuentro un sendero nuevo/ a la cascada. / Empiezo a tener prisa. / Despierta, / dice mi mujer, / estás soñando. / Pero cuando intento levantarme, / la casa se ladea. / ¿Quién está soñando? / Es mediodía, dice ella. / Mis zapatos nuevos esperan junto a la puerta, / relucientes”. 

Cuenta Carver sobre aquel momento: “Lo escribí una tarde de agosto en un departamento de Sacramento, durante un verano difícil para mí. Mi mujer y mis hijos se habían ido al parque. Hacía mucho calor, estaba descalzo y en bañador. Cuando me levantaba, iba dejando huellas en las baldosas”.

Los detalles reales y concretos – como esas pisadas – son también los protagonistas indiscutidos de sus cuentos. Pero en el caso de la poesía, quizás por su economía y brevedad generan un efecto de primer plano donde asistimos anonadados a la maestría de Carver para engarzar esa poca cosa, esa nimiedad, a un submundo bajo la superficie que da por resultado un estallido de sentido.

 Como “el huevo espléndido de gallina Leghorn” que casca con indiferencia la esposa de “Por la mañana, pensando en el imperio”. Los dedos como babosas de “Los dedos de los pies”. También “los gusanos vivos y calientes bajo el labio inferior” que conserva el padre de “Boya”. O “el vientre velludo que sobresale de la camiseta” de “Ruina”.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE: Página 12 – RADAR Libros – Por Laura Galarza