La Institución es…la fila.

En Buenos Aires, si no haces
una fila para pagar tus servicios,
tus impuestos,
tu jubilación o pensión,
ingresar a un teatro o cine,
o a un espectáculo deportivo,
tu turno en la farmacia,
verdulería o carnicería,
shopping o supermercado,
denuncias ante la sede comunal
y así tantas otras locuras,
por más que alguno lo tengas
con débito automático a través
de tu tarjeta de compra o crédito ,
dejas de respetar la institución
de la fila con su origen histórico,
y pierdes tu condición de porteño,
te excomulgan de tu culto,
te borran del padrón electoral,
qué entre tú y yo te comento
Que siempre pregunte para que sirve
-y nadie supo contestarme-
porque cualquiera sea el color
siguen robando desde la época de la Vieja Aldea.
Conclusión:
de ciudadano de  o 
categoría pasas a ser un paria,
mal mirado hasta por tu familia…

Siempre tengo una excusa…

La rutina de los sábados,
llevar el auto o el carro al lavadero.
Soy alguien que sufre TOC, que si no lo veo
limpio me siento yo, sucio.

Pero no fue un lavado artesanal más,
nueva cajera, cabellos rubios y agradable sonrisa.
Nada puedo hacer para sacarme
esa maldita manía de seducir,
como en mis tiempos adolescentes
o en aquella juventud dentro del Averno.

Excusa primera, servirme un cappuccino
en esa calamitosa y non sancta máquina,
pedirle el vaso e intercambiar sonrisas.

Antes de sentarme y tomarme mi infusión
me dirigí a pagarle el lavado y me pregunto
¿Con el café, también no?
Le sonreí y si quería tener una gentileza
no me opondría al no cobrármelo, aceptaba gustoso.
Nos reímos juntos con franqueza.

No! Me contestó la diferencia de caja,
al final de mi jornada debo ponerla yo.
Oh…debes ser muy cuidadosa en todo.
De lo contrario tú le tendrías que pagar
al dueño, ¿en lugar de cobrar tu sueldo
que presupongo escaso…no?

Comenzamos a conversar de sus horarios,
sus gustos, un compacto de 5 minutos.

Me llamaron, el automóvil estaba listo.
La salude y creo que ambos quedamos
con esa idea de lo bueno que es contener.

Pero para la próxima vez,
me prometo pedirle el número de su teléfono.
Paso a paso, sin prisa pero sin pausa
a la vejez, viruela y pito catalán
como bien se dice, por estos lares.

“Susanita”

Tenía piernas largas, no era bonita así la recuerdo dejando la frontera de la infancia, Susana se llamaba compañera de mi prima, casi hermana que me hacía publicidad o “gancho” a cambio de algunas regalías.

Edad en que las hormonas, piedras volcánicas con lavas recurrentes me sorprendían. Los besos, abrazos y otras ligadas a lo sensual, por la pantalla de un televisor o engañando al acomodador del cine condicionado.

Pero vuelvo a Susana, misma edad pero en ese momento, más experiencia. Tarde calurosa de verano, éramos cuatro o cinco púberes subiendo por las escaleras a mi cuarto, el que al estar más alejado del resto representaba algo así, como el lugar de las cosas prohibidas, hechas tabúes.
“Niño, eso no se dice; eso no se toca; eso no se hace” (El Nano dixit).

Juego de manos va, juego de manos vienen, tonterías que se dicen, risas nerviosas por lo que sucede, roce de cuerpos y la pregunta menos esperada.
¿De quién?

Es Susana que me pregunta;
¿Decime, vos sabes besar?
¡Eso era un desafío al orgullo machista infantil!

Sí,.. je… le respondí-
No me dio tiempo a nada, abrió mi boca con su mano y metió su lengua atravesando las amígdalas…
La vergüenza que pasé, fue calamitosa. Pero fue provechosa, porque a partir de ahí deje de dar “piquitos”.
¿Qué será de la vida de “Susanita”? como la amiguita de Mafalda del notable Quino.