Un lugar emblemático de Buenos Aires del ayer …

La Martona.

Fue fundada hacia 1890 por Vicente L. Casares. 

Llegó a ser una de las empresas lácteas más grandes del mundo, y reunió a dos grandes de la literatura en un irónico opúsculo sobre la leche cuajada.

Vicente Lorenzo Casares nació en Buenos Aires en el seno de una familia radicada en 1806, dedicada a actividades comerciales y navieras. 

En 1866, a sus 18 años, en terrenos que pertenecían a sus abuelos, fundó la Estancia San Martín, en Cañuelas. En 1871 realizó la primera exportación de trigo a Europa, cosechado de campos cercados a la actual estación Vicente Casares, del Ferrocarril del Sud. Para desarrollar la primera industria lechera local, emprendió negocios que no prosperaron. 

Decidió entonces visitar Estados Unidos y Europa, donde adquirió experiencia y conocimientos.

Vicente L. Casares, fundador de La Martona

Vicente L. Casares, fundador de La Martona

Archivo General de la Nación AR_AGN_DF_CC_0330_CC_418746

Así, en 1889, fundó La Martona, con una audaz propuesta: organizar una empresa integrada, que atendiera las diversas etapas que involucran a la leche: la agropecuaria, la industrial y la comercial. Casares fue el prototipo del hombre de su época. No sólo fue protagonista en el quehacer productivo, sino también en política, donde desempeñó altos cargos en diversas instituciones.

En la dilatada historia de La Martona, hay dos etapas muy definidas. La pionera, plena de audacia, creatividad y trabajo, y la otra, de consolidación y crecimiento, ya de la mano de su hijo, Vicente Rufino, que tomó las riendas al morir su padre, en 1910.

Sector de leche maternizada en la planta de Cañuelas

Sector de leche maternizada en la planta de Cañuelas.

Harry Grant Olds. Colección César Gotta.

Vicente Rufino le imprimió grandes cambios, que modernizan y agilizan la estructura de la empresa. Unida desde 1885 por el Ferrocarril del Sud a la ciudad de Buenos Aires, la leche llegaba fresca en sólo dos horas, lo que aseguraba óptimas condiciones de salubridad. 

Mediante un exclusivo sistema de comercialización, creó lecherías o “bares lácteos” en locales con estética art nouveau, con cuidados mostradores de mármol, paredes revestidas en blancos azulejos y personal que atendía estrictas normas de higiene. Allí se despachaban todos los productos de la marca, y se impuso la costumbre de tomar leche fría como bebida refrescante. Tuvo numerosos puntos de venta, unidos a una eficiente red de distribución, y la moderna publicidad con un logo inconfundible, que recordaba la antigua marca de ganado el gato con la leyenda “San Martín en Cañuelas”.

Vicente R. Casares, hijo del fundador y continuador de su obra.

Vicente R. Casares, hijo del fundador y continuador de su obra.

Archivo General de la Nación. ID: AR-AGN-AGAS01-Ddf-rg-422-75249

Un pleito por una letra

En 1905, Caras y Caretas comentó el éxito que tuvo La Martona contra un competidor que quería copiarlo y utilizaba, aparentemente, la misma estética, con el mero cambio de una vocal (La Martina). 

La nota argüía que “cualquiera distingue la i de la o”, pero parece hacerlo adrede para asegurar que: “Nadie va a confundir un despacho de La Martona, tan conocidos de todo el mundo por su aspecto atrayente y su limpieza exagerada, ni sus carritos modelo que tan familiares son a la vista de todo el público con otros de otra empresa por más letreros parecidos que les pongan, porque nada se hace con imitar rótulos, cuando no se imita lo inimitable que son estos locales ejemplares y sus productos superiores.”

Las lecherías se ubicaban, por motivos comerciales, estratégicamente y en esquinas.

Las lecherías se ubicaban, por motivos comerciales, estratégicamente y en esquinas.Harry G. Olds. Colección César Gotta.

Según una publicación del Ministerio de Fomento de 1913, La Martona se adelantó a todas las capitales europeas en cuanto al “tratamiento higiénico” de la leche, excepto a Copenhague.

Por su parte, un informe de Manuel Bernárdez, periodista de El Diario, decía que, al comenzar el siglo XX, se consumían diariamente en la ciudad de Buenos Aires unos 200.000 litros de leche, pero “la venta de leche higiénica que se puede beber sin peligro no excede de 40.000 litros”. 

Aseguraba que solo tres empresas –La Martona, La Marina y Granja Blanca– vendían leche higiénica. Y que el resto de las leches que se comercializaban diariamente en Buenos Aires (y representaban cuatro quintos del consumo), eran “sencillamente inaceptables para la alimentación, como lo ha demostrado en un estudio decisivo lleno de autoridad y elocuencia profesional la comisión de médicos nombrada por la intendencia municipal e integrada por los doctores Piñero, Podestá, Aráoz Alfaro y Even”.

Vicente L. Casares, un "prócer" de la leche con mucha actuación pública.

Vicente L. Casares, un “prócer” de la leche con mucha actuación pública.PBT 1908.

Todo queda en familia

El nombre de La Martona llegó en honor de Marta Casares Lynch, nacida un año antes, en 1888. Ella fue la madre de Adolfo Bioy Casares, y por eso su tío le encargó al joven escritor, en 1935, que escribiera un opúsculo a favor de su predecesor del yogur, la exitosa “leche cuajada”. 

Para hacerlo, Bioy convocó a su amigo Jorge Luis Borges y, créase o no, La leche cuajada de La Martona es la primera colaboración conjunta de los grandes de las letras. 

Según afirman Marcela Croce y Gastón Gallo en Enciclopedia Borges “ya puede apreciarse cierta línea humorística que tendrá ulterior desarrollo en los textos de Bustos Domecq” (N de la R: el seudónimo que compartieron). 

En efecto, el texto en su versión completa tiene sutilezas donde se los reconoce cabalmente. Como cuando dice, al hablar de los beneficios de la cuajada: “Otro longevo memorable, George Bernard Shaw, piensa que el promedio vital debe ascender a 300 años y que si la humanidad no alcanza esa cifra, «nunca llegaremos a adultos y moriremos puerilmente a los 80 años, con un palo de golf en la mano».

Borges, Bioy y sus primeros trabajos juntos. No estaban firmados, pero Bioy se refirió a ellos en varias entrevistas posteriores recordándolos con humor

Borges, Bioy y sus primeros trabajos juntos. No estaban firmados, pero Bioy se refirió a ellos en varias entrevistas posteriores recordándoles con humor.

El mismo Bioy comenta el episodio del opúsculo publicitario en sus Memorias (Barcelona, Tusquets, 1994, p.76): “Un tío mío, Miguel Casares, vicepresidente de La Martona, me encargó que escribiera un folleto sobre las virtudes terapéuticas y saludables del yogur. Enseguida le pregunté a Borges si quería colaborar, y me contestó que sí. 

Pagaban mejor ese trabajo que cualquier colaboración que hacíamos en los diarios. Nos fuimos los dos a Pardo, Cuartel VII del Partido de Las Flores, en la provincia de Buenos Aires. 

Era invierno. Hacía mucho frío. Trabajamos ocho días. La casa –que era de mis antepasados– tenía sólo dos o tres cuartos habitables. Pero para mí era como volver al ‘paraíso perdido’ de mi niñez, en medio de los grandes jarrones con plantas, y el piano. 

Me acuerdo que tomábamos todo el tiempo cocoa bien cargada –que hacíamos con agua, no con leche– y que bebíamos muy caliente. De tan cargada que la hacíamos, la cuchara se nos quedaba parada. 

Entre la bibliografía que consultamos, había un libro que hablaba de una población búlgara donde la gente vivía hasta los 160 años. Entonces se nos ocurrió inventar el nombre de una familia –la familia Petkof– donde sus miembros vivieron muchos años. Creíamos que así –con nombre– todo sería más creíble. Fue nuestra perdición. Nadie nos creyó una sola línea. 

El invento nos había desacreditado mucho. Ahí comprendimos con Borges que en la Argentina está afianzada para siempre la superstición de la bibliografía. Quisimos entonces inventar otra cosa para nosotros. Un cuento, por ejemplo, donde el tema era un nazi que tenía un jardín de infantes para niños, con el único fin de ir eliminándolos de a poco. (…) Fue el primer cuento de H. Bustos Domecq. Después vinieron, sí, los otros.”

Emblemática lechería La Martona

Emblemática lechería La Martona

Archivo General de la Nación. ID: AR-AGN-AGAS01-Ddf-rg-564-12702

Sin embargo, según publica Daniel Martino, albacea y editor de los papeles privados de Bioy, en borges bioy casares se hicieron al menos dos ediciones del folleto, el primero con ilustración de Silvina Ocampo. 

Y hubo uno más, sobre el huevo. Según el mismo Bioy (Clarín, el 16 de diciembre de 1976), en su primera versión sostenía que “el consumo no afectaba el hígado, siempre y cuando no se superará una dosis diaria de 30 huevos”.

Con todo, el futuro de la dupla Bioy-Borges se proyectó mejor que la de La Martona que dejó de operar en manos de los descendientes de Casares en 1978. ¿Logrará la memoria emotiva que perduren en el recuerdo las lecherías?

Agradecimiento: Daniel Martino, Facundo Calabró, Daniel G. La Moglie

Imagen de portada: Gentileza de La Nación

FUENTE RESPONSABLE: La Nación por Soledad Gil/Gustavo Raik

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España, un poema de Jorge Luis Borges

Figura central de la literatura latinoamericana del siglo XX, la suya 

fue una figura extensiva: imaginativo en la narrativa breve, hacendoso 

en el ensayo y específico en el ejercicio de la poesía. 

Hoy compartimos España, un poema del autor argentino Jorge Luis Borges.

 

España, de Jorge Luis Borges

Más allá de los símbolos,

más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,

más allá de la aberración del gramático

que ve en la historia del hidalgo

que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,

no una amistad y una alegría

sino un herbario de arcaísmos y un refranero,

estás, España silenciosa, en nosotros.

España del bisonte, que moriría

por el hierro o el rifle,

en las praderas del ocaso, en Montana,

España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,

España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,

España de los duros visigodos,

de estirpe escandinava,

que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,

pastor de pueblos,

España del Islam, de la cábala

y de la Noche Oscura del Alma,

España de los inquisidores,

que padecieron el destino de ser verdugos

y hubieran podido ser mártires,

España de la larga aventura

que descifró los mares y redujo crueles imperios

y que prosigue aquí, en Buenos Aires,

en este atardecer del mes de julio de 1964,

España de la otra guitarra, la desgarrada,

no la humilde, la nuestra,

España de los patios,

España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,

España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,

España del inútil coraje,

podemos profesar otros amores,

podemos olvidarte

como olvidamos nuestro propio pasado,

porque inseparablemente estás en nosotros,

en los íntimos hábitos de la sangre,

en los Acevedo y los Suárez de mi linaje,

España,

madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,

incesante y fatal.

Imagen de portada: Gentileza de ZENDA

FUENTE RESPONSABLE: ZENDA- Autores, libros y compañía. Por Laura Di Verso.

España/Jorge Luis Borges

 

“El Golem” de Borges y sus implicancias matemáticas y metafísicas Stephen Kcenich y María-Elvira Luna-Escudero -Alie

En el poema “El Golem” constatamos que las apariencias distorsionan la realidad, que hay diferentes maneras de interpretar las cosas, que no podemos estar seguros de nada, que todo es posible.

Fotograma de “El Golem” (1920), película dirigida por Paul Wegener y Carl Boese

El poema “El Golem”, considerado para muchos el más interesante y sofisticado del célebre autor bonaerense Jorge Luis Borges (1899-1986), nos narra la historia del rabino holandés, hijo de judíos portugueses, Judá León (1603-1675), y su creación magna: un autómata, a quien quiso educar a su imagen y semejanza, pero fracasó de manera concluyente en su soberbio objetivo. El propio Borges y su entrañable amigo, el también escritor de literatura fantástica Adolfo Bioy Casares (1914-1999), estimaban que “El Golem” era, en efecto, uno de los poemas más logrados de nuestro exquisito autor, argentino de nacimiento pero universal por su vasta erudición omnímoda.

Borges escribió “El Golem” en 1958 y se publicó en su libro El otro, el mismo (1964). “El Golem”, como la mayoría de los poemas y relatos de Borges, es muy rico en referencias multiculturales. Este poema tiene tres fuentes principales de inspiración: el diálogo de Platón Crátilo, una antigua leyenda hebrea de Praga y la famosa novela homónima del autor austríaco Gustav Meyrink (1868-1932). A continuación tenemos el erudito poema objeto de nuestro estudio, para vuestro deleite:

El Golem

Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de rosa está la rosa

y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,

habrá un terrible Nombre, que la esencia

cifre de Dios y que la Omnipotencia

guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron

en el Jardín. La herrumbre del pecado

(dicen los cabalistas) lo ha borrado

y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre

no tienen fin. Sabemos que hubo un día

en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre

en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga

sombra insinúan en la vaga historia,

aún está verde y viva la memoria

de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,

Judá León se dio a permutaciones

de letras y a complejas variaciones

y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,

sobre un muñeco que con torpes manos

labró, para enseñarle los arcanos

de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos

párpados y vio formas y colores

que no entendió, perdidos en rumores

y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)

aprisionado en esta red sonora

de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,

Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen

a la vasta criatura apodó Golem;

estas verdades las refiere Scholem

en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo

“Esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga”.

Y logró, al cabo de años, que el perverso

barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía

o en la articulación del Sacro Nombre;

a pesar de tan alta hechicería,

no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro

y harto menos de perro que de cosa,

seguían al rabí por la dudosa

penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,

ya que a su paso el gato del rabino

se escondía. (Ese gato no está en Scholem

pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,

las devociones de su Dios copiaba

o, estúpido y sonriente, se ahuecaba

en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura

y con algún horror. “¿Cómo” (se dijo)

“pude engendrar este penoso hijo

y la inacción dejé, que es la cordura?”.

“¿Por qué di en agregar a la infinita

serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana

madeja que en lo eterno se devana,

di otra causa, otro efecto y otra cuita?”.

En la hora de angustia y de luz vaga,

en su Golem los ojos detenía.

¿Quién nos dirá las cosas que sentía

Dios, al mirar a su rabino en Praga?

“El Golem” de Borges consta, en cuanto a su estructura, de setenta y dos versos distribuidos en dieciocho estrofas, donde hallamos trece serventesios (estrofas compuestas por versos de arte mayor, por lo general endecasílabos y de rima consonante y alterna) con un esquema de: 11A 11B 11A y cinco cuartetos con el esquema: 11A 11B 11A 11B.

El poema empieza invocando a Sócrates al mentar el diálogo platónico Crátilo, que trata de una reflexión sobre la verdadera naturaleza del lenguaje, sobre la capacidad de los nombres o sustantivos para designar y conocer las cosas. Este diálogo es considerado como un antecedente de la teoría del signo lingüístico, concepto que más tarde sería desarrollado a profundidad por el lingüista suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913) y por el filósofo y científico estadounidense Charles Sanders Peirce (1839-1914). 

El poema continúa aludiendo a la creación del mundo, a la Biblia, luego nos presenta la historia de Judá León, quien tuvo la intención de emular a Dios al crear a su autómata, y darle atribuciones humanas para después intentar enseñarle a hablar, sin lograrlo. Luego, en el poema de Borges, el rabino de Praga se avergüenza de su creación imperfecta y también se arrepiente de su altivez y atrevimiento por haber querido competir con Dios al convertirse en creador de un autómata a quien pretendió darle vida semihumana, a través del poder de la palabra. Los dos últimos versos de la última estrofa del poema:

¿Quién nos dirá las cosas que sentía

Dios, al mirar a su rabino en Praga?

nos traen a la memoria la última estrofa del poema “Ajedrez”:

Dios mueve al jugador, y éste la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonías?

Y asimismo nos recuerda el final del emblemático relato borgeano “Las ruinas circulares” (1941):

Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñandolo.

En el relato “El espejo y la máscara”, Borges reflexiona también sobre el poder del lenguaje y su habilidad para acceder a la verdad; de hecho, el último poema que el vate le presenta al rey sólo consta de una palabra que es impronunciable y mágica, una palabra bendita y maldita que convierte al rey en mendigo y al poeta en suicida, porque ¿acaso le está vedado al ser humano tratar de alcanzar la verdad? 

En el clásico relato “El Aleph” (1949), Borges nos invita a pensar —a través de la maravillosa enumeración lírica de todas las cosas del mundo que se observan en el Aleph— en la limitación del lenguaje de poder representar de manera fidedigna la realidad porque el lenguaje es lineal y la realidad es simultánea. La preocupación de Borges por el lenguaje y su calidad imprecisa e imperfecta, así como su carácter arbitrario, es algo que se grafica bien en estas líneas escritas en su libro El tamaño de mi esperanza (1926):

Yo, personalmente, creo en la riqueza del castellano pero juzgo que no hemos de guardarla en la inmovilidad, sino multiplicarla hasta lo infinito. Cualquier léxico es perfectible, y voy a probarlo.

El mundo aparencial es un tropel de percepciones barajadas. Una visión de cielo agreste, ese olor como de resignación que alientan los campos, la acrimonia gustosa del tabaco enardeciendo la garganta, el viento largo flagelando nuestro camino, y la sumisa rectitud de un bastón ofreciéndose a nuestros dedos, caben aunados en cualquier conciencia, de golpe. El lenguaje es un ordenamiento eficaz de esta enigmática abundancia del mundo. 

Dicho sea con otras palabras: los sustantivos se los inventamos a la realidad. 

Palpamos una realidad, vemos un montoncito de luz color de madrugada, un cosquilleo nos alegra la boca, y mentimos que esas tres cosas heterogéneas son una sola y que se llama naranja. La luna misma es una ficción, fuera de convenciones astronómicas que no deben atarearnos aquí, no hay semejanza alguna entre el redondel amarillo que ahora está alzándose con claridad sobre el paredón de la Recoleta, y la tajadita rosada que vi en el cielo de la Plaza de Mayo, hace muchas noches. Todo sustantivo es abreviatura.

El tamaño de mi esperanza, pp. 45-46.

En la poética de Borges, en sus relatos, y sobre todo en sus ensayos, vemos que el relativismo es una característica muy presente. Este relativismo nos impele a cuestionarlo todo, a dudar sobre la autenticidad de la realidad, a no distinguir entre la ficción y lo real, a confundir las apariencias, las sombras con la vida fáctica, a buscar todas las dimensiones posibles, a recorrer todos los senderos plausibles, los directos y los que se bifurcan, a indagar todas las perspectivas imaginables de interpretación, pero sin aceptar jamás verdades apodícticas que nos limiten.

En el relato “Las ruinas circulares” (1941), tanto como en el poema “Ajedrez”, en el texto “La casa de Asterión” (1947) y, desde luego, en el poema “El Golem”, constatamos que las apariencias distorsionan la realidad, que hay diferentes maneras de interpretar las cosas, que no podemos estar seguros de nada, que todo es posible, que nadie es dueño de su destino, sino que incluso podría ser producto de un poder mayor que transforma lo real en sombra, que controla nuestra vida y que nos impide ser completamente libres. Richard McElreath, en el primer capítulo de su libro Statistical Rethinking (2020), que consta de diecisiete capítulos, nos presenta el gólem de Praga y discute temas estadísticos cruciales como la inferencia bayesiana, la comparación de modelos, modelos multinivel, modelos gráficos causales. En este capítulo, que sienta la base para los dieciséis siguientes, McElreath comenta sobre los usos de modelos estadísticos en tanto anagramas de gólems. Es interesante resaltar que McElreath menciona en su libro a Borges en el segundo capítulo, titulado “The Garden of Forking Data”. Dicho título es una clara evocación y al mismo tiempo un homenaje al relato de Borges “El jardín de senderos que se bifurcan”. McElreath emplea el gólem de Praga como una analogía para describir la totalidad de las estadísticas frecuentistas, las cuales considera como un gólem de ingeniería.

A modo de conclusión podemos decir que hay muchas similitudes entre los gólems y los robots. Una de las semejanzas radica en la habilidad que tienen de realizar tareas complejas fácilmente, pero objetivos simples de manera ineficiente. Por ejemplo, un robot puede memorizar de π a 100 dígitos, pero encuentra prácticamente imposible subir escaleras. La estadística nunca podrá liberarse de sus gólems cibernéticos y Borges nunca dejará de asombrarnos y maravillarnos con sus textos plurisignificativos que nos inducen a dudar de la realidad, a sospechar incluso del lenguaje, y a cuestionarnos sobre el sentido de la vida, el tiempo y el espacio.

Bibliografía

  • Alazraki, Jaime: La prosa narrativa de Jorge Luis Borges. Editorial Gredos. Madrid, 1974.
  • Barrenechea, Ana María: La expresión de irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges. Ediciones Paidós. Buenos Aires, 1967.
  • Borges, Jorge Luis: Obras completas 13ª edición. Emecé. Buenos Aires, 2002.
  • Kcenich, Stephen, y María-Elvira Luna-Escudero-Alie: “El infinito en aplicaciones de probabilidades y estadísticas vinculadas a ‘Los dos reyes y los dos laberintos’, de J. L. Borges”. En: Sincronía, Nº 69, Universidad de Guadalajara. México, 2016.
  • McElreath, Richard: Statistical Rethinking: A Bayesian Course with Examples in R and Stan, 2ª edición. CRC Press. Boca Ratón, Florida (Estados Unidos), 2020.

Imagen de portada: Gentileza de Letralia/Tierra de Letras

FUENTE RESPONSABLE: Letralia/Tierra de Letras

El Golem de Jorge Luis Borges/Cultura/Literatura/Genios Virtuosos

No voy a traicionar a Borges, de José Luis Rodríguez Zapatero.

Palabras hilanderas es el nombre de la colección, formada por diez libros, de las editoriales Huso y Cumbres. 

Un conjunto de obras diseñado «con todo el rigor de la imaginación, comparten una obra artística, un sueño creador, a una autora, a un autor, una intuición, un pensamiento». Jorge Luis Borges es el protagonista de la nueva entrega de esta serie, en la que ya han sido publicados los volúmenes de autores como Luciana Prodan y José Manuel Lucía Megías.

Zenda publica un capítulo de “No voy a traicionar a Borges, de José Luis Rodríguez Zapatero.

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APUNTES INICIALES

Con la lectura de El Aleph comenzó mi aventura borgiana. Debió de ser en 1976 ó 1977, las fechas no importan decía el maestro argentino. A partir de ahí, en íntima complicidad inicié mi sueño borgiano. Lecturas y relecturas. Las lecturas que más han influido en mí para tratar de pensar con serenidad el mundo y lo que acaso somos y dejaremos de ser.

Si ahora he aceptado la invitación a escribir y publicar estas líneas sobre Borges es movido por un doble sentimiento, de admiración y de humildad.

De la admiración por el autor, tendrán sobradas muestras los lectores en las páginas de este trabajo.

“Deseo subrayar la condición de argentino de Borges. Nada puede entenderse de Argentina, ese fascinante país, sin Borges”

De la humildad a la hora de asumir esta tarea, solo reitero que mi única pretensión con estas líneas es la de compartir mis impresiones e interpretaciones de los textos, de algunos de ellos, del autor argentino. Seguramente, cada lector de Borges contribuye a componer un espejo, virtualmente infinito —cómo no—, que devuelve en su reflejo tantas percepciones como las lecturas de Borges se producen en cualquier momento y desde cualquier lugar del planeta.

Deseo subrayar la condición de argentino de Borges. Nada puede entenderse de Argentina, ese fascinante país, sin Borges. Siempre que leo algo de Argentina, o recuerdo las calles de Buenos Aires, sus casas bajas, sus esquinas y arrabales; siempre que conozco o reencuentro a alguna persona de ese país, Borges reaparece en mi pensamiento. Es un fenómeno casi patológico.

El Gaucho y La Pampa, los cuchilleros, las milongas y los tangos, los arrabales de Buenos Aires, Palermo, La Recoleta, La Chacarita, Adrogué, Martin Fierro, Sarmiento, José Hernández, Lugones, Macedonio Fernández, Almafuerte, Evaristo Carriego, Yrigoyen, incluso Rosas, llegaron a mí con Borges.

Sería pretencioso y acaso incorrecto intentar profundizar sobre la argentinidad de Borges y de su obra. Para tan ímproba tarea hay que ser argentino.

Permítaseme tan solo una consideración muy personal y, por tanto, comprometida.

“Justo es reconocer que la renovación más profunda y creativa del idioma castellano se produjo en América Latina en el siglo XX”.

Es difícil, en efecto, imaginar la obra de Borges sin su condición de argentino. Su patria, su Buenos Aires, sus calles, los argentinos están en casi todas las páginas de su universal obra. Es recurrente afirmar que en su primera etapa (la que corresponde a los libros Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Cuaderno San Martín y Evaristo Carriego) el acento de la obra de Borges sería predominantemente local.

Sin embargo, en esas primeras obras, poemas esencialmente, están ya los grandes temas del autor argentino: el tiempo (poema Final de año); el idealismo, Berkeley, Schopenhauer (poema Amanecer); la finitud (poema Remordimiento por cualquier muerte); la poesía (en el poema El Sur). Y a su vez en la etapa en que las ficciones y ensayos, con vocación universal, centran la obra de Borges, Argentina sigue estando ahí. Quizá fuese azaroso pero para mí es definitivo que el Aleph, allí donde está todo el universo y Beatriz Viterbo, es vivido por Borges en Argentina.

Justo es reconocer que la renovación más profunda y creativa del idioma castellano se produjo en América Latina en el siglo XX. El principal renovador de nuestra literatura fue Borges. Su influencia ha sido decisiva. Sus imbricados laberintos nos abren caminos ignotos. Los espejos nos reconcilian con la identidad. Sus ficciones y sus alteraciones de la realidad nos mueven a transitar por la historia y las enciclopedias. Su infatigable pasión por leer nos enseña el rumbo de la serenidad y de la razonable finitud.

“Borges es dominio de la metáfora, precisión creativa, originalidad y belleza en el uso de los adjetivos, vasta erudición, uso de trucos admirables”

La lealtad a una obra y a su autor supone un compromiso tan intenso como misterioso. En mi caso, esa lealtad es con Jorge Luis Borges, con su obra, con su huella, con sus geniales recursos literarios. La intensidad puede llegar a acariciar lo obsesivo. Leer y releerle, escuchar una y otra vez sus entrevistas y conferencias, deconstruir sus formas retóricas y entender o intentar entender las raíces intelectuales de ese camino entre la filosofía y la literatura plena, que culmina en el hecho estético que constituye la obra borgeana, han sido una constante en mi vida. Como ha dicho Luis García Montero, “ser lector de Borges es, primero, una forma de ser lector y, luego, una forma de ser”.

Borges es dominio de la metáfora, precisión creativa, originalidad y belleza en el uso de los adjetivos, vasta erudición, uso de trucos admirables, afán por la sintaxis y, ante todo, un escultor genial de la palabra, de sus raíces y significados. La obra borgeana encierra tantos misterios como la historia, el tiempo y la literatura.

El misterio borgeano está impreso en la mirada, esa mirada espejo de la “modesta ceguera” de Borges como él la calificó. Una mirada que busca el infinito y que a la vez nos interpela sobre la existencia y nos empuja al asombro.

Borges escribió en “El templo de Poseidón”, de Atlas:

No hay una sola cosa en el mundo que no sea misteriosa, pero ese misterio es más evidente en determinadas cosas que en otras. En el mar, en el color amarillo, en los ojos de los ancianos y en la música.

“Esa literatura sublime fue horneada en una biblioteca, la biblioteca de su padre”.

En los ojos de Borges quizá esté El Aleph, que muy probablemente sea su cuento más universal. Los ojos de Borges se demoraron por todas las literaturas, indagaron en diversas religiones y culturas, descifraron filosofías que parecen inescrutables, advirtieron las debilidades de autores y novelas y crearon versos, cuentos y sentencias entretejidas de forma sublime. Una literatura sublime porque, quizá como ninguna otra, nos revela las infinitas posibilidades de la existencia y acaso del universo.

Esa literatura sublime fue horneada en una biblioteca, la biblioteca de su padre. Ese fue el destino de Jorge Luis Borges, como nos recuerda en el epílogo de Historia de la noche:

Como ciertas ciudades, como ciertas personas, una parte muy grata de mi destino fueron los libros. ¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano.

Nosotros tampoco saldremos de la biblioteca borgeana. De hecho, no he salido nunca de ella. Advierto, no obstante, con indisimulable temor, que el diálogo siempre imprevisible entre autor y lector o lectora pueda resultar una tarea tan ambiciosa como provisional.

“Trato, pues, de compartir el deleite borgeano. Mis páginas son páginas con Borges, para suscitar y acaso provocar sensaciones similares a las mías”.

Quien lo lea anticipará con facilidad que el presente ensayo, si es que así se puede calificar a este acto de intrusismo, reposa en una visión subjetiva, aunque quizá todas lo sean. Mi lealtad a Borges me llevará en las páginas que siguen a una incontenible admiración fruto del espacio que en mi memoria ocupa el deleite de la aventura intelectual más intensa que podemos emprender en la vida: leer a quien tú consideras el escritor más importante.

Trato, pues, de compartir el deleite borgeano. Mis páginas son páginas con Borges, para suscitar y acaso provocar sensaciones similares a las mías, solo interrumpidas por mis acotaciones que, de manera más arbitraria que sistemática, deseo dejar como testimonio.

… todas las cosas del mundo me llevan a una cita o a un libro.

El lector comprobará mi fidelidad a esta cita, tomada de “Las islas del tigre”, en Atlas. Porque todas las cosas pensadas y aun las que podamos pensar nos pueden llevar a una cita o a un libro de Borges.

Quizá por esta secreta razón, que se descubre al leer al autor argentino, los espejos, los laberintos, los sueños y los sueños de los sueños borgeanos propenden a desvelar los confines del conocimiento estético.

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José Luis Rodríguez Zapatero comenzó a leer a Borges en la década de los setenta, en su casa natal, en León. Pasan los años y adquiere, como tantos otros, la sensación, nada fatigosa, de que se ha convertido en un relector del escritor argentino. En 2001, se le brinda la oportunidad de prologar una edición de Ficciones y conoce personalmente a María Kodama. A partir de la primavera de 2004, se abre un tiempo en el que apenas puede frecuentar, aunque en su despacho siempre le acompaña una foto de Borges junto a Bioy ante una biblioteca. Desde la Nochebuena de 2011, lo recupera para ya no abandonarlo. Y ahora, con estas páginas, comparece ante los lectores de su escritor predilecto, como uno de ellos. Lo hace para mostrar su lealtad borgiana, para no traicionar a Borges.

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Autor: José Luis Rodríguez Zapatero. Título: No voy a traicionar a Borges. Editorial: Huso. Palabras hilanderas. Venta: Todostuslibros y Amazon