REIMPRIMIERON EN EL PAIS LOS RETRATOS DE POETAS RUSOS QUE TRAZO ILYA EHRENBURG

El alto don de la poesía, durante una época infernal


Podría decirse que, entre los compañeros de ruta del comunismo soviético, Ilyá Ehrenburg  fue el equilibrista más afortunado. Nació en Kiev en 1891 y murió en Moscú a los 76 años, de cáncer. Como miembro de la nomenclatura e intelectual orgánico del régimen gozó de privilegios, no obstante hubo períodos en los que sufrió acoso y censura. Se salvó del gulag, acaso, por su talento como cronista durante la Guerra Civil Española y durante la Operación Barbarroja, por ser funcional a los planes de los gerifaltes del Kremlin, y por los caprichos inescrutables de la mente paranoica más perversa de toda la Historia, la de un tal Josef Stalin.


Un centenar de obras llevan su firma. George Orwell, nada menos, tachó al escritor ucraniano y judío de “prostituta literaria”, pero Ilyá tuvo algunos gestos de grandeza (conservar la digni-dad y la decencia en determinadas épocas es un verdadero milagro) y en todo caso, se trataba de una de esas meretrices que realizan su trabajo con diligencia. Lo prueba un magnífico ejercicio de crítica literaria que se publicó hace casi cien años. Aquí venimos a recomendar Retratos de poetas rusos de Ehrenburg, reimpreso en Buenos Aires el año de la peste por el sello Añozluz editora. Es una gema rara.
El libro de ciento ochenta y dos páginas y tapa color celeste es, por encima de todo, una bri-llante exhibición de estilo. Hay un poeta que juzga a sus pares; con gran dominio de la metá-fora e intenso lirismo, define “el rostro, la persona y la obra” de catorce escritores: 

Ajmátova, Baltrushaitis, Balmont, Blok, Briúsov, Bieli, Voloshin, Esenin, 

Ivánov, Mandelstam, Maikovski, Pasternak, Sologub y Tsvietáieva.

Se acompaña la descripción con una selección de poemas y una foto de los artistas.


Los retratos fueron entregados a la imprenta en 1922; hubo una segunda edición un año más tarde y nunca más se volvió a publicar la Unión Soviética. Los devaneos de Ehrenburg con el futurismo y el simbolismo, su desinterés por el realismo socialista y las alusiones a la tradi-ción hebrea fueron demasiado para los guardianes del marxismo cuartelero, esa desgracia de media humanidad.


Ehrenburg sabía de qué hablaba:-
“El poeta no escribe los poemas, sino que los dice. Aunque sea en silencio; sus labios igual se mueven. Las manos vienen después, las manos son prácticamente un tipógrafo… ¿Pero acaso debe el poeta discutir, contar, denunciar?… El poeta debe profetizar… discute frente a frente con el terrible Todopoderoso… Es que del poeta esperamos visiones nuevas y cambiantes, y exigimos que nos asombre, como un peculiar jardín o el baile de una chica morena”.


VISIÓN INGENUA
Como se vé, nada más lejos del materialismo dialéctico que este delicado esteticismo, a lo  Vladimir Nabokov. Había en el joven Ehrenburg amor al arte, ternura y compasión, respeto por la autonomía del hecho estético. Y, desde el plano político, había en la mente del inte-lectual oficialista, y de algunos amigos poetas, una visión de la Unión Soviética ingenua, equivocada pero colmada de esperanza.

La Santa Rusia sería otro Estados Unidos: “Rusia no desea ser Europa y desde Asia se lanza hacia América… la gran mecanización de nuestra caótica existencia anterior es una victoria sobre los oscuros elementos del alma… es claro que el ruiseñor tiene un canto bellísimo, pero el futuro le pertenece, parece ser, al gramófono”.


A comienzos de los años veinte, el ideal comunista era aún lo más nuevo, el repudio asiático a la Vieja Europa, ese concierto infernal de naciones que había engendrado el colonialismo y la hecatombe de la Gran Guerra. Ehrenburg sigue, entre otros, a Alexándr Alexandrovich Blok  en el magnífico poema “Los escitas”. Copiamos algunas estrofas:


“”Ustedes son millones, nosotros, como tinieblas y más tinieblas/
¡Prueben combatir con nosotros!/
¡Sí, los escitas somos nosotros! Sí, los asiáticos somos nosotros,/
con oblicuos y voraces ojos””/
Para ustedes el siglo, para nosotros, la hora única./
¡Nosotros como siervos sumisos,/
sostuvimos un escudo entre dos razas hostiles,/
la de los mongoles y la de Europa!/
Cientos de años miraron ustedes hacia el Este,/
amontonando y extrayendo nuestras perlas,/
¡Y burlándose, para apuntarnos con las bocas/
de sus cañones, sólo esperaban el momento!/
(…) ¡Oh viejo mundo! Aún no has muerto/
y te consumes en dulce tortura./
¡Detente prudente como Edipo/
ante la Esfinge del viejo enigma!/
Rusia es la Esfinge. Regocijándose, afligiéndote/
y bañándose con negra sangre./
Ella observa, observa, te observa a ti,/
con tanto odio como amor.


“Los escitas” bien pudo haberse escrito ayer a la tarde, bajo el reinado del zar Vladimir Putin. Es que este volumen fascinante trae a la Rusia inmortal con “”el dolor mudo de una tristeza oculta, la angustia sin salida, el silencio, la inmensidad, la fría altura, las lejanías que se van”, como compuso Konstantin Balmont.


Es verdad que siempre algo valioso se pierde en la traducción de un poema, y se pierde mu-cho cuando el traductor no es un Jorge Luis Borges. Pero también hay algo que nos llega del fulgor original cuando la sensibilidad es socorrida por la inteligencia. Vale esto tanto para la prosa poética de Ilyá Ehrenburg como para su antología. El libro atesora momentos conmo-vedores (como Canción sobre una perra, de Serguei Esenin).
Al fin y al cabo, “la construcción de un mundo distinto (artísticamente hablando), con combi-naciones nada comunes de formas comunes, con proporciones desesperadas y escalas insen-satas siempre fue una eterna necesidad del hombre”. Incluso en épocas infernales como la de la tiranía comunista.


En tren de ser exigentes, lo único que podría reprochar a esta muy recomendable edición es que le faltarían algunas notas biográficas de los catorce poetas. Los jóvenes y los desinforma-dos deberían conocer los tormentos que el régimen comunista les infligió a Ajmátova, a Pasternak, a Mandelstam. Es decir, necesitan saber los peligros que implica correrse un milí-metro -en nombre de la libertad de pensamiento o de lo que sea- de la línea que establecen los catecismos rojos (aún hoy). “Oh pobre Homo Sapiens,/ la existencia es opresión// (…) Todos vivían con hambre y sed,/ bárbaros en la batalla/ y nadie pensaba que la vida/ es un milagro breve.”, escribió justamente Pasternak.


Fuente: Editorial de Guillermo Belcore @Guiasterion LA PRENSA 16/11/2020-