Imago Mundi. Libros para tiempos de barbarie y civilización – Parte 1/2

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Arte y Letras

La Universidad de Sevilla organiza la exposición Imago Mundi, dedicada al libro como representación del mundo, en la que dialogan incunables, obras maestras del pasado y artistas del presente. En esta exposición podremos contemplar desde el Astronomicum caesareum de Petrus Apianus a una de las veintidos Biblias de Gutenberg que aún se conservan en la actualidad. 

imago

Cardenal Petrus de Alliaco Tractatus de ymagine mundi, et al.

Lovaina, 1480-1482 Catedral de Sevilla. Biblioteca Capitular Colombina

La imagen y la palabra han ido conformando a lo largo de la historia la visión del mundo, siempre en continuo proceso de construcción simbólica y real, mutable unas veces, sólida otras, tanto como la propia conformación de los relatos de viajes o de los mapas cartográficos que fueron ensanchando los límites de lo real y arrinconando los relatos fantásticos y mitológicos de lo diferente y de las tierras allende los mares, de lo no conocido y cambiante. El orden y la simetría del mundo se encerraba en cada página, en cuarenta renglones, cada renglón en ochenta letras de color negro que uniformaban cada libro de la biblioteca infinita soñada de Borges.

Son libros que poseen una narrativa y una armonía interna que se mantiene por sí misma, a la que cada tiempo, cada civilización vuelve una y otra vez. Por este motivo, estas obras dialogan con un conjunto de libros de artistas contemporáneos y fruto de esa conexión surgen reflexiones sobre cómo se ha observado, leído y representado el mundo a lo largo de la historia.

La creación de archivos y bibliotecas ha permitido salvaguardar el germen y el desarrollo de la civilización frente a la estrategia y amenaza de la desinformación. El esfuerzo por mantener viva la herencia de la cultura clásica, la elaboración costosa de manuscritos e incunables y, posteriormente, las ediciones impresas que difundieron universalmente los saberes, conformaron el conocimiento y la imagen del mundo.

Esta muestra reflexiona sobre el libro como fuente de conocimiento y cómo ha ido moldeando la vida, la representación y la transformación del territorio y de la ciudad. Los libros y los documentos fueron los depositarios del conocimiento y permitieron consolidar paso a paso los cimientos de la civilización como se refleja en las bibliotecas públicas o privadas que se fueron abriendo en las principales ciudades. La incorporación de xilografías, grabados, fotografías… a los libros permitió moldear el mundo, darlo a conocer masivamente y transformarlo merced a este conocimiento en una civilización cada vez más subyugada por la cultura de la mirada. Pero a su vez, la destrucción de esos contenedores del saber que son las bibliotecas y la quema o expurgos de los libros se convierten en epítomes de la barbarie, de la erradicación del individuo, de la comunidad y de su obra.

Los libros han permitido a sus lectores viajar con ellos a través de sus páginas y han ensanchado también el horizonte al divulgar a través de los descubrimientos nuevos continentes o al ilustrar el conocimiento del cielo y el firmamento. Libros que se convierten en maletas para viajar en tiempos de incertidumbre.

De acuerdo con estos propósitos, la exposición se articula en cuatro niveles:

La ciudad y los libros. Fragmentos del individuo

La palabra revelada

El control de la memoria. El naufragio del papel

El viaje de los libros

Útiles de escritura y soportes de papel

Se exponen un conjunto de instrumentos y soportes de la escritura, desde los metales y pétreos, como los mandamientos de la antigua ley judía, hasta los cerámicos, el pergamino y el papel, a la vez que se reúnen además aquellos utensilios que permitieron la escritura manuscrita desde estilos hasta cáñamos y tinteros que conformaron con el tiempo los libros como los conocemos.

Los estudios monásticos permitieron salvaguardar el conocimiento mediante la copia manuscrita. Esos estudios se recrean en grabados como el de Cicerón o en aquellas representaciones como la de san Jerónimo que nos lo muestran trabajando en el estudio, pues la única forma de escritura de los libros era a mano. Producir un libro de varios ejemplares se realizaba con el arduo trabajo de escribirlos al dictado. El resultado en el medievo eran obras únicas, muy caras y de muy limitada difusión como las que se copiaron en los monasterios que permitió que llegase el conocimiento de la cultura clásica, aunque estuviesen al alcance de una minoritaria élite alfabetizada. Poetas y filósofos fueron retratados y sus esculturas aparecían en las bibliotecas donde se concentraba la cultura grecorromana.

Torre de Babel

La Torre de Babel representa al mismo tiempo la capacidad técnica imprevisible del ser humano y el recordatorio de que no se debe pretender ser más que los dioses. Es una metáfora pionera de la construcción en un ignoto lugar donde surgió la palabra arquitectura, acontecimiento que viene a narrar el origen común del lugar y la palabra. Partiendo del mito bíblico de la Torre de Babel, expuesto en la pintura en la que Dios castiga la osadía de la humanidad con la confusión de las lenguas; Luis Mayo ha codificado desde la matriz común de la tradición iconográfica, una moderna Babel, en proceso de construcción, inspirándose en la tabla de Brueghel el Viejo.

Babel simboliza el gran mito bíblico sobre la narración del lenguaje y de la arquitectura, cuyos ecos iconográficos, semánticos, políticos y sus significados esotéricos y masones han reactualizado un tema que ha evolucionado a lo largo de los siglos en la cultura visual occidental como un hogar inicial del conocimiento y de la arquitectura, una utopía humana en proceso de elaboración acorde al proceso de cambio que vivimos, a la metamorfosis y arquetipos de la cultura vigente en tiempos efímeros y cambiantes, en las versiones de Pérez Villalta o de Curro González, más cercanas al tratado que le dedicó Athanasius Kircher. Un símbolo de la ciudad de un mundo que se ha hecho inacabable.

Imago mundi

El libro escrito por Pierre d’Ailly (1350-1420), prelado y teólogo francés, compendiaba el estado de la cosmografía, geografía y astronomía en la primera mitad del siglo XV. Es una edición incunable, conservada en la Biblioteca Colombina, que fue impresa en Lovaina por Johannes de Westfalia entre 1477 y 1483. El ejemplar contiene manuscrita las tablas de los equinoccios y horas de salida y puesta de sol. Comienza, además, con una advertencia relativa a las ocho figuras, esferas celestes y terrestres, que aparecen en las cuatro hojas, coloreadas, que siguen a estas tablas. Existen otras figuras, también con vistosos colores, que ilustran el texto, como la consistente en dos círculos destinada a calcular el día en que se debe celebrar la Pascua.

El libro era propiedad de Cristóbal Colón, dejado junto a otros impresos y el volumen manuscrito Libro de las Profecías, a su hijo Hernando Colón. Fue consultado por el Almirante y su hermano Bartolomé, que incorporaron notas manuscritas, que se aprecian en los márgenes con llamadas, noticias u observaciones propias del apostillado para aclarar y corregir ideas del libro. Así, por ejemplo, Colón señala su extrañeza por la duración del viaje de las naves romanas a la isla de Taprobana o en otra identifica Sophora como la isla Española. Bartolomé de las Casas consultó este ejemplar para componer noticias relativas a las vidas de los hermanos Colón.

San Isidoro

El retrato que hace Murillo de san Isidoro determina la relación con la Iglesia de Sevilla, de la que fue arzobispo durante más de tres décadas. Isidoro de Sevilla llevó a cabo una intensa actividad literaria, de la que son fruto numerosas obras de carácter teológico, escriturístico, litúrgico, monástico, histórico y cultural. Las Etimologías constituyen la primera enciclopedia conocida, siendo concluida en torno al 634. Se trata de su obra más estudiada, de todas las que escribió el gran polígrafo hispalense y constituye uno de los pilares fundamentales del medievo. El libro que se expone es una edición del siglo XVI, destacando por su rigor científico, su extraordinaria erudición y su enorme dominio del saber antiguo. Las Etimologías transmitieron al medievo una buena parte del conocimiento del caudal enciclopédico de la cultura clásica.

En sus veinte libros divididos en 448 capítulos se tratan todos los ámbitos del conocimiento y de la vida cotidiana: Astronomía, Geometría, Geografía, Derecho, Arte, Teología, Historia, Literatura, Ciencias Naturales, desde los saberes clásicos a aspectos cotidianos como la agricultura, los adornos, los vestidos o el calzado de la época.

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Andrea Palladio – I quattro libri dell’architettura – Venecia, 1570. Universidad de Sevilla – sección 1

Imagen de portada: Gentileza de Jot Down

FUENTE RESPONSABLE: JOT DOWN – Arte y Letras. IMAGO MUNDI.  Por Luis Méndez

Literatura/Libros y Arte/Escritores/Sociedad y Cultura

¿Por qué Aristóteles pensaba que teníamos un refrigerador en la cabeza? (Y otras curiosidades sobre lo que sabemos del cerebro).

Ignacio Morgado es catedrático de psicobiología en el Instituto de Neurociencias y en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, de la que es decano fundador.

¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Dónde estoy?

Son los interrogantes que nuestros primitivos antepasados se formularon al observar el mundo que les rodeaba, buscando los entresijos sobre cómo funciona el cuerpo y la mente, propone el neurocientífico español Ignacio Morgado.

Son también las preguntas que inician «Materia gris» (2021), el libro más reciente del catedrático de psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona, un recorrido histórico-científico en el que nos invita a descubrir «la apasionante historia del conocimiento del cerebro».

«Asumir que pensamos con otro órgano del cuerpo que no sea el cerebro sería algo impensable para una persona culta de nuestros días. Pero lo cierto es que no hay ninguna señal, sentido o sentimiento especial que nos indique, ni siquiera de manera intuitiva, que pensamos con lo que hay dentro de nuestra cabeza», dice el escritor al analizar las dificultades de nuestros antepasados por resolver las incógnitas.

Morgado, autor de más de un centenar de trabajos de psicobiología y neurociencia, expone en «Materia gris» todo lo que hemos aprendido sobre el cerebro y la mente «y lo mucho que nos queda por aprender».

¿Cuánto sabemos realmente sobre el cerebro y por qué sigue siendo el órgano más complejo y misterioso del cuerpo humano? En esta entrevista, que inaugura la versión digital de Hay Festival Arequipa*, el neurocientífico nos da algunas respuestas.

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«Lo que hoy nos resulta conocido y nos parece normal, tiempo atrás fue desconocido y misterioso», cuenta en tu libro. ¿Por qué nos costó tanto comprender para qué sirve el cerebro?

¡Uy! Es que esto de que sepamos que pensamos con el cerebro es muy nuevo. Yo les digo muchas veces a mis alumnos: «Sé que están seguros de que pensamos con el cerebro, pero ¿cómo lo saben? ¿Es que sienten el cerebro pensando o trabajando?»

Pues no, la verdad es que no lo sentimos. No hay nada que nos diga, ni siquiera intuitivamente, que pensamos con el cerebro. Lo sabemos porque nos lo ha enseñado la ciencia, la cultura, el conocimiento.

Tanto es así, que durante siglos hubo mucha gente que creía que no era el cerebro, sino otros órganos del cuerpo, los que nos permitían pensar y razonar.

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FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

El cerebro: todo un misterio.

Además, se tardó mucho en creer que las enfermedades mentales eran del cerebro. Hoy nos parece natural, pero durante mucho tiempo se creyó que eran algo espiritual.

Como los «espíritus naturales» que el médico y filósofo griego Claudio Galeno propuso como «instrumentos del alma». ¡Qué historia tan fascinante!

En la Antigüedad no sabían cómo funcionaba el cerebro ni todo lo que hace, pero pensaban que algo tenía que haber allí dentro. ¡Es apasionante hablar sobre ello!

«¿Qué hará funcionar a los nervios? ¡Ahí tiene que haber algo! Por los nervios tiene que viajar algo que vaya hasta los músculos para que estos se contraigan y andemos o hablemos o nos movamos», se preguntaban.

Pero en aquellos tiempos antiguos no se sabía nada de la electricidad, que hoy sabemos que es la clave del funcionamiento de las neuronas.

Cualquiera de nosotros habría recurrido también entonces a una explicación rara, que hubiera podido llamar «espíritus» que se transforman para hacer posible las diferentes funciones del cuerpo, como propuso Galeno, el gran médico de la Antigüedad, al hablar de «espíritus naturales» y de «espíritus animales».

neuronas

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Ahora sabemos que nuestras neuronas funcionan con electricidad, pero no fue fácil descubrirlo.

Hoy podemos pensar que estaban muy equivocados y confundidos, pero probablemente las mentes más lúcidas de la época sabían que esos «espíritus» eran algo que un día llegaríamos a conocer con más exactitud.

Eso fue lo que ocurrió cuando mucho más adelante, a mitad del siglo XVIII, el italiano Luigi Galvani empezó a descubrir con sus experimentos con ranas que la electricidad podía hacer que los músculos se contrajeran, lo cual le permitió saber que el cerebro produce su propia electricidad.

Y ahora sabemos que cada neurona es como una pequeña central eléctrica y que el cerebro es, junto al sistema digestivo, el órgano que más energía gasta de nuestro cuerpo.

En algún momento hasta se dijo que el cerebro era un refrigerador, tal vez no andaban tan desencaminados…

¡Sí! Fue Aristóteles quien lo dijo, el gran padre de la filosofía.

Estudiar el pensamiento de Aristóteles resulta fascinante porque sus propios errores están basados en grandes aciertos, en cosas que él veía y que le parecían muy normales para entender que el cerebro no podía ser el órgano de la sensibilidad.

Aristóteles se aproximaba al corazón como el órgano de la sensibilidad, creía que era el órgano que nos permitía pensar y razonar. Pero el cerebro tenía que servir para algo… ¡no iba a estar ahí por nada!

Según Aristóteles, teníamos un refrigerador en la cabeza. Es una teoría increíble.

Retrato de Aristóteles. Museo Nationale, Nápoles (Italia).

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

El cerebro es un refrigerador, pensó Aristóteles.

Al observar la estructura del cerebro, pensó que era un refrigerador de la sangre. 

El corazón, como es el órgano de las pasiones, calentaba mucho la sangre cuando estaba apasionado, y esta se refrigeraba en el cerebro, que la devolvía al resto del cuerpo para que siguiera funcionando con normalidad.

Tardamos mucho en dejar atrás esas ideas. Incluso hoy día muchas personas siguen atribuyéndole al corazón una capacidad cognitiva, mental, que no tiene.

¿Por qué seguimos aferrándonos a esa teoría? ¿Por qué sigue vigente la dicotomía entre cerebro y corazón?

¡Es que es mucho más bonito un corazón con una flecha clavada que un cerebro que tiene ese aspecto tan… tosco! [risas]

El corazón es más bien rojo y el cerebro es oscuro, estratificado. No es un órgano que invite a llamar la atención desde un punto de vista estético; el corazón, sí. Ligarlo a las emociones y a los sentimientos es algo a lo que ya estamos absolutamente provistos.

¿Tan poco sabemos sobre el cerebro?

Bueno, cuando viene alguien a la universidad y me pregunta: «Ignacio, ¿es cierto que sabemos muy poco sobre el cerebro?» Le enseñó un libro muy gordo que tengo en mi despacho sobre neurociencia, se lo pongo en sus manos y le digo: «Ojea ese libro, ¿tú crees que eso es saber poco?» Y me suelen responder: «¡No, no! ¡Esto es saber muchísimo!» [risas].

Y es que hemos aprendido muchísimo sobre el funcionamiento del cerebro, sobre todo después de que nuestro compatriota español Santiago Ramón y Cajal descubriera cómo son las neuronas, que son células individuales que se conectan entre sí por contacto, pero no por continuidad, y que eso convierte al cerebro en un órgano inteligente.

Hemos aprendido muchísimo, pero nos quedan muchas cosas por aprender.

cerebro

FUENTE DE LA IMAGEN – SCIENCE & SOCIETY PICTURE LIBRARY

El cerebro no tiene un aspecto precisamente… romántico.

Pero por más que hayamos aprendido, sabemos mucho más sobre la mente que sobre el cerebro, ¿no?

¡Absolutamente! Y eso es porque la mente se empezó a conocer -hasta donde es posible conocerla- mucho antes que el cerebro.

Los grandes pensadores de la Antigüedad sabían muchísimo de la mente humana, aunque no supieran nada del cerebro. Y los escolásticos medievales escribieron tratados sobre la mente humana que aún hoy tienen una validez extraordinaria.

Todavía hoy se sigue separando la mente del cerebro; se sigue pensando que lo mental es algo espiritual, diferente del cerebro y del cuerpo, a raíz de ese dualismo que propusieron primero los escolásticos y más adelante el filósofo francés René Descartes (alma-cuerpo).

Y cuando comenzó a estudiarse más el cerebro, afloraron algunas ideologías racistas y machistas que resumes en tu libro. ¿Cómo se llegó a ese punto?

En Estados Unidos, el investigador de origen suizo Louis Agassiz empezó a proponer que el cerebro de los negros era inferior al de los blancos y que, por lo tanto, los negros solo tenían que hacer trabajos de menor entidad; nada de trabajos intelectuales ni de convertirse en la élite social.

Más adelante, los nazis intentaron hacer eugenesia. El militar y psiquiatra nazi Max de Crinis le aportó a Adolf Hitler la teoría de la «muerte gentil» y se puso en marcha un macabro programa para eliminar a los «débiles» y a los enfermos mentales y crear una raza «superior», que para ellos era la aria.

Se ha demostrado claramente a lo largo del tiempo que ninguna raza es inferior a otra por su cerebro o por su genética, pero ellos tenían que justificar ese racismo ideológico, que ha sido uno de los mayores males que ha padecido la humanidad.

También hubo teorías que decían que el cerebro de la mujer era inferior al del hombre, algo que por suerte ya hemos superado.

Pero ahora está circulando un libro que habla sobre la «supremacía femenina». 

Para justificar, hay científicos que se agarran a los datos que le vienen bien, pero se olvidan de otros que no encajan en su teoría. Me da la impresión de que esa no es la mejor manera de ayudar a la igualdad entre hombres y mujeres.

Dices que ahora ya sabemos mucho más sobre el cerebro, pero ¿cuáles son las asignaturas pendientes más importantes?

Nuestra gran asignatura pendiente es descubrir cómo curar las enfermedades mentales y neurológicas, particularmente esas a las que tenemos tanto miedo, como el alzhéimer.

Después hay cosas que nos interesan más desde un punto de vista filosófico o que nos interesan más a los científicos, cómo las neuronas hacen posible la conciencia, la subjetividad o la imaginación.

scáner de persona con alzéhimer

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

La cura de la demencia es una de nuestras asignaturas pendientes. En la imagen, el cerebro de una persona con alzhéimer.

Hay tanto que nos queda por saber… ¡Es impresionante! Tenemos un cuerpo que podemos ver y tocar y que nos parece algo muy comprensible, pero cuando pensamos en nuestra imaginación, en nuestros pensamientos, en nuestra mente… ¿Eso qué es? ¿Qué es eso? ¿Eso es aire? ¿Es humo? ¿Son otra vez los espíritus (naturales) que han vuelto? [risas]

¡Y mira que nos cuesta salir de los espíritus! Cuando una cosa nos resulta muy complicada, los seres humanos tenemos tendencia a explicar de una forma extranatural, creyendo que hay cosas que nos superan, que van más allá de nosotros.

Esa incapacidad que tiene el cerebro humano de entender ciertas cosas de nuestra propia mente es precisamente lo que hace que existan tantas creencias sobrenaturales y que los seres humanos hayamos vivido desde la más remota Antigüedad hasta el presente sumergidos en ellas.

Nuestra gran asignatura pendiente sobre el cerebro es descubrir cómo curar las enfermedades mentales».

Ignacio Morgado

Psicobiólogo y neuro investigador

Si pudiéramos entender todo eso que llaman los misterios de nuestra conciencia y de nuestra subjetividad, lo más profundo de la mente humana, probablemente muchas ideologías religiosas y sobrenaturales no existirían.

La ciencia todavía no es capaz de explicar bien muchas cosas que van más allá de nosotros mismos, y yo tengo la impresión de que el cerebro humano no ha evolucionado lo suficiente como para entenderlas.

¿Y si lo lográramos? ¿Y si algún día pudiéramos comprender realmente cómo funciona nuestro cerebro?

Pero yo me pregunto: ¿por qué vamos a creer que nuestro cerebro tiene capacidad para entenderlo todo? «¡No puede ser que todavía no alcancemos a entender ciertas cosas!», nos decimos. Tenemos ansia de saber.

Un chimpancé no puede entender qué es una raíz cuadrada o el concepto de entropía. Su cerebro no tiene la capacidad para comprender ciertas cosas, por eso no tratamos de enseñarles. Pero tampoco se pregunta qué es la imaginación, qué es la subjetividad o cómo el cerebro crea la consciencia.

cerebro

FUENTE DE LA IMAGEN – JUMPSTART STUDIOS/GETTY IMAGES

¿Y si nuestra capacidad por saber es superior a nuestro propio cerebro?

Si el chimpancé tuviera un cerebro humano, podría hacer raíces cuadradas pero también tendría un problema que ahora no tiene y se preguntaría sobre todas esas cosas. [risas]

Eso es lo que nos puede pasar a nosotros también. Dentro de unos cuantos años puede que ya sepamos qué es la subjetividad y entendamos cómo la crea el cerebro, pero entonces tendremos otros problemas que ahora ni siquiera somos capaces de imaginar.

Muchas de las cosas que nos preguntamos son una creación de nuestra propia mente. Y creemos que las preguntas que nos hacemos son absolutas, que estarían ahí aunque nosotros no existiéramos.

«¿Por qué las cosas tienen que tener un principio y un fin?» Si no existiera ningún cerebro ni ninguna mente humana que la creara, esa pregunta no tendría sentido. Pero nuestra mente es como es y necesita saber por qué pasan las cosas.

¿Por qué somos así? Algún día lo sabremos. Pero entonces tendremos nuevas preguntas. Siempre habrá incógnitas que nos superen.

Línea

*Este artículo forma parte de la versión digital del Hay Festival Digital Arequipa, Perú, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza entre el 1 y el 7 de noviembre.

Imagen de portada: Gentileza de BBC Mundo

FUENTE RESPONSABLE: BBC Mundo por Lucia Blasco/HayFestivalArequipa@BBCMundo

Sociedad/Cultura/Historia/Libros/Ciencia

Para tod@s ustedes; amig@s virtuales amantes de las letras…

Cuentos breves. Hoy: “El mensaje de Auster”

Este relato empieza hablando de libros. También podría comenzar hablando de la soledad, pero prefiero comenzar hablando de libros, es más amable. De todas formas, la soledad va a estar allí, al final, pesada, vacía y silenciosa. Entonces, empiezo de la siguiente manera: alguien durante una charla me pide que nombre cinco libros especiales para mí. 

 

“Tus cinco libros”, dice. Respondo: “Difícil, apenas cinco”. Pero, al final, digo: “La Divina Comedia”. La leí por primera vez de muy joven, en una edición con largas notas al pie. Me impresionó desde aquellas notas, lo que había detrás de cada verso. Más tarde, sí, disfruté de los versos, y del Infierno. Sigo. “El Lobo Estepario”, Hemann Hesse. También lo he leído de muy joven. Por entonces, tuve la sensación de que estaba descubriendo las grietas de un alma torturada. Fue inquietante a mis 16 años. Casi como si leyera una especie de pornografía. 

Después, no me ocurrió más con ese libro. Tercero. “El Oficio de Vivir. El Oficio de Poeta”. Cesare Pavese. Ahí sí, un alma torturada que es capaz de desnudarse y desnudarte en frases a lo largo de toda tu vida. No se lo recomendaría a mis hijos. Cuarto. “1Q84”, los tres volúmenes de Murakami. La idea de mundos paralelos que se diferencian por detalles menores, marginales. A veces creo que existen esos planos de la existencia y que uno, incluso, puede ir alternando entre ellos sin darse cuenta y, sobre todo, sin estar loco. Vas por una calle de tu propio barrio por la que caminas todos los días y de pronto te topas con una fachada que nunca antes habías visto. 

No encuentras explicación. ¿Y esto? Ocurre. Un amigo, los llama “errores de la Matrix”. Piensa que vivimos en un programa de simulación al que, de tanto en tanto, se le tilda el disco. Yo me inclino por estos mundos paralelos. 

Por último, “El Palacio de la Luna”, de Paul Auster. Hago una aclaración: mis autores ineludibles son Popper, Auster y Borges. ¿Por qué elijo un libro de Auster y ninguno de los otros dos? Por una sola razón: Auster escribió una escena de la trama de “El Palacio de la Luna” pensando en mí, en advertirme lo que algunos años más tarde me ocurriría. 

No estoy diciendo que me sentí identificado con la escena, como sí me ocurrió con tantas escenas de tantos otros libros. Sino que Auster, quien por supuesto no sabe ni remotamente de mí, dijo al escribirla con toda su convicción: “Fernando, esta escena es sobre vos. Lo lamento tanto…”. 

Me refiero a cuando el personaje Marco S. Fogg viaja a encontrarse con su padre, del que acaba de conocer su existencia de manera fortuita. 

Es un hombre enorme, obeso, su padre, quien por una circunstancia de la novela cae de espaldas dentro de una tumba abierta de donde deben rescatarlo con una grúa. Está gravemente herido y queda internado. Marco lo visita diariamente en el hospital a lo largo de un mes. 

El padre herido apenas si se alimenta por una sonda y va perdiendo peso hasta morir, y en ese cambio de apariencia producto de la llegada de la muerte, el hijo finalmente descubre su propio rostro. En las facciones de su padre, hasta entonces ocultas por la obesidad, ve frente a frente su origen. Y entonces, sí, al reconocerse en su padre, llora; tal vez porque, en última instancia, siempre se llora por uno.

   El mío, mi padre, se enfermó unos cuatro años después de que la novela “El Palacio de la Luna” llegará traducida a la Argentina. 

Era un tipo gordo, mi padre, un tipo gordo mediterráneo, que amaba leer y conversar y que, además, amaba que yo fuera un muchacho flaco y deportista. Los dos teníamos los mismos ojos verdes. Estuvo internado dos meses, también terminal, también perdiendo peso, también unificando facciones con las mías. Cuando nos miramos justo antes de que lo sedaran, nos encontramos en nuestros ojos idénticos, y yo a su vez no pude evitar oírlo a Auster. 

De pronto, ahí, muriendo en esa cama, también estaba yo, mi rostro de carne y hueso, dentro de algunos años. 

“Esta escena va para vos… Lo lamento tanto…”, me había advertido Auster, cuatro años antes y, claro, por entonces, no lo había oído.

Imagen de la Portada: Ilustración: Guillermo Arena

FUENTE RESPONSABLE: La Nueva por  Fernando Monacelli 

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