Jaime Gil de Biedma, el gran seductor (y 2).

Resulta curiosa la pulsión sentimental que transmite un hombre que reconocía todo tipo de limitaciones y obstáculos a la hora de escribir. Por ejemplo, en más de una ocasión manifestó que en su poesía no había más que dos temas, el paso del tiempo y él mismo. 

Una afirmación que funciona como alegoría de un modo de escribir —máximo significado, medios mínimos— que contiene dos contradicciones de diferente escala —ambos temas son uno solo, ambos temas abarcan muchos más— y que esencialmente dibuja una realidad muy difícil de discutir. La conjunción de concisión, complejidad, juego y honestidad se acaba volviendo irresistible.

A la aparente escasez temática que acabamos de mencionar se unía un demencial nivel de autoexigencia, que le llevaba con frecuencia a meditar durante meses la elaboración de un poema de unos pocos versos. 

Para Gil de Biedma, la composición de un poema, en su estadio más primigenio, no tenía mucho que ver con la voluntad; el poema crecía dentro de él, y pasado el tiempo le obsesionaba tanto que debía acabar dejándolo salir de algún modo. 

Entonces llegaban las sucesivas versiones escritas e inmediatamente destruidas, las horas o días de maduración mientras la mente consciente realizaba tareas sencillas —componía incluso mientras tomaba parte activa en reuniones de trabajo— y la versión final, en la que cada palabra, cada acento y cada pausa estaban terriblemente medidos para producir, por una parte, la impresión de espontaneidad que ha resultado tan importante en la popularidad de su obra, y por otro una profundidad, un subtexto siempre sutil y oculto a primera vista, que dota a sus poemas de un espesor conceptual y afectivo que los distingue. 

Un mecanismo muy bien descrito (o meta descrito) en su poema «El juego de hacer versos», donde compara con picardía la composición poética con el vicio solitario, y muestra una variación de tono desde el lúdico «resultado de mucha vocación y un poco de trabajo» hasta los versos finales donde se respira la tragedia y el derrumbe de «esta vida que se nos hace pedazos».

A la involuntariedad que imposibilitaba una producción abundante, se unían otras restricciones. Por un lado, Gil de Biedma no consideraba el castellano —su lengua materna, a pesar de ser catalán, y de la cual gozaba de un conocimiento enciclopédico— como un idioma apropiado para escribir poesía. 

Sin llegar a los extremos de boutade de un Borges, lanzaba con frecuencia diatribas hacia el instrumento del que disponía para escribir, acusándolo de pobreza vocálica, vulgaridad de la rima aguda, excesiva afectación en la esdrújula, palabras demasiado largas o necesidad de escribir demasiado para expresar una idea. 

Estos motivos le llevaron a renunciar casi siempre a la rima —y totalmente a la consonante— en una poesía que, salvo raras excepciones, se basó en el verso libre de base endecasilábica, y muy raramente recurrió al versículo, en poemas donde se adivina una potente influencia del Dámaso Alonso de Hijos de la ira. De hecho, el propio Gil reconoce la influencia de Alonso en su concepción de la estructura del poema, aunque fue Jorge Guillén el miembro del 27 que más le impactó. De hecho, llegó a manifestar que se pasó tres años de su vida sin despegarse de Cántico.

Ya que hemos llegado a este punto, y si tenemos que hablar de influencias, a los nombres anteriores deberían sumarse principalmente los de Auden y Baudelaire. 

Del autor de Las flores del mal, a quien Gil de Biedma leyó y estudió devotamente en su juventud, se quedó sobre todo con las correspondencias —los símbolos que surgen de la naturaleza y que reflejan una unidad de significación— , el modo de relacionar dentro del poema ideas, sentimientos y modo de actuar, una aproximación muy cerebral a la sexualidad, y una devoción por el contexto urbano que resultó particularmente clave para enganchar a un público que comenzaba a vivir, sobre todo, en ciudades. De Auden, con quien se sentía bastante identificado desde el punto de vista afectivo y vital, adoptó una concepción del poema más basada en su resultado final como imagen de la experiencia —propia o vivida por el personaje que lo protagonizan— que en el uso de temas que clásicamente son considerados poéticos. 

También reconocía influencias de Bousoño, fray Luis, Eliot, Manrique o John Donne, y hay ciertos poemas donde puede rastrearse a Darío, a veces pervertido vía una ironía amarga —«Años Triunfales»— o una modificación del sujeto: diríase que la dama joven separada del poema, su querida Bel, fuera un pobre despojo de la Margarita Debayle que cantó Rubén. 

La dureza crítica de Gil de Biedma se aprecia igualmente en las diatribas que dedicó a algunos escritores, como Pound, Juan Ramón, Mallarmé o Blas de Otero o en el feo asunto de Costafreda. Cuando quería podía ser durísimo, y su exigencia literaria era legendaria.

La otra restricción que llevó a Gil a escribir muy poco fue la cuestión de la identidad, combinada con su horror a la madurez, un tiempo para él caracterizado por el aburrimiento, la percepción devastadora de una biología descendente, o el progresivo desinterés destiñendo las noches de los sábados. 

El poeta escribió la mayor parte al final de su juventud, impulsado por un deseo de leerse a sí mismo —un narcisismo que el autor veía muy próximo al autoodio—, como una empresa de salvación personal, y también para construir un personaje literario que corría paralelo a la búsqueda de la propia identidad; algo como el Mairena de Machado o los heterónimos de Pessoa, pero sin un desdoblamiento tan radical. 

Cuando el personaje real asumió la identidad inventada como parte de sí mismo, el deseo de escribir desapareció. Llegado a esta fase, Gil de Biedma asumió que solo podría escribir poesía siendo muy viejo, y solo si era capaz de afrontar asuntos directamente destructivos como la proximidad de la propia muerte, la rabia de pensar que la vida no sirvió para nada, o el temor a la vejez y la incapacitación. Pero murió demasiado joven para llegar a ese punto.

Parece claro, pues, por qué Gil de Biedma dejó una obra tan exigua. Pero también debe serlo la necesidad vital que le empujó a escribirla, y el modo exageradamente perfeccionista en que que asumió la tarea. Combinado este planteamiento con su capacidad de introspección, su lucidez y su dominio del idioma, el resultado solo podía ofrecer una calidad excepcional. 

Por ello, no es extraño que se considere a Gil de Biedma poeta mayor de referencia en los dos temas que más le interesaron, y que ya hemos mencionado un poco más arriba: el paso del tiempo, y también él mismo, considerado principalmente como sujeto emocional, sentimental, afectivo y sexual, y en en alguna época muy concreta, social. 

Un sustrato temático de enorme riqueza, que el poeta dibujará con abundancia de matices, una cierta ironía como antídoto para la distancia no siempre posible, y una actitud donde la celebración de la vida y los placeres se encuentran frecuentemente teñidas de amargura ante sus consecuencias y añoranza ante su pérdida.

Gran parte de la obra de Gil de Biedma envía ecos del manriqueño «cualquier tiempo pasado fue mejor». Sin embargo, el blanco de la nostalgia, el modelo de referencia, deviene cambiante a lo largo de toda ella. En Compañeros de Viaje, por ejemplo, encontramos poemas rememorativos bastante concretos, como «Noches del mes de junio» o «Ampliación de estudios», yuxtapuestos al ya mencionado «Infancia y confesiones» —donde la inquietud envenena el recuerdo— o «Vals del aniversario», impregnado de tal decepción que no parece haber sido escrito por una persona de treinta años. 

Recuerda, en cambio, anuncia ya un miedo mucho más metafísico a la edad madura, que se irá concretando en sus siguientes libros. Más sucios de experiencia, y por tanto de pesar, aparecen poemas como «Nostalgie de la Boue», «Artes de ser maduro» —donde aparece el «soldado de la guerra perdida de la vida»— el sarcástico y amargo «Himno a la juventud», o «Ultramort», un homenaje emocionado a un lugar del Ampurdán donde se refugiaba el poeta en sus peores años, y cuyo nombre proviene, proféticamente, de «Buitres muertos». 

Un ciclo temático que culmina en «No volveré a ser joven», el poema favorito del autor, y una de esas obras universales, inmunes al olvido, que permanecen para siempre en la memoria del lector. No es tan extraño que, después de componerlo, Gil de Biedma pasase años sin volver a escribir.

Otra parte importante de la obra del poeta está dedicada a la poesía social de raíz histórica, aunque siempre tamizada por la distancia, y sometida a un punto de vista furiosamente personal que la alejó de referentes del género como Blas de Otero o Celaya

Como otros compañeros de generación, Gil de Biedma asume cierta culpabilidad por su origen acomodado —que sin embargo saltaba a la vista en su día a día personal, otra contradicción— y desde este punto de partida, escribe sobre la situación de España en poemas sin concesiones, traspasados con frecuencia por un dolor casi unamuniano, y repletos de dardos envenenados que le causaron bastantes problemas con la censura. 

Quizá su poema más conocido en este contexto sea «Apología y petición», donde adopta —con cierta retranca— la rígida forma de la sextina provenzal para realizar un poderoso diagnóstico de la situación real de la España en la que el franquismo celebraba sus veinticinco años de paz. Encontramos ironía punzante y oblicua en «El arquitrabe», mientras que poemas como «En el día de los difuntos», «Lágrima» o el romance «Piazza del Popolo» transmiten una desolación y una piedad que por momentos —dolor de tanto

Una forma peculiar de interpretar el marxismo recorre estos poemas y otros más calmados —y en algunos casos, más efectivos— como «Barcelona ja no és bona» o «Durante la invasión». Sin embargo, no hay que olvidar que el poeta se mostró muy crítico con la REF del marxismo, que consideraba, con Válery, válida en el «arte» del profetizar el pasado. Gil de Biedma, de hecho, no fue admitido en el Partido Comunista, a pesar de que contaba con bastantes contactos en él, y la última parte de su obra apenas contiene referencias de tipo político o social. Como en otras cuestiones más personales, lo abatía el desencanto.

Si Jaime Gil dejó una impronta inolvidable con sus tratamientos de los temas que acabamos de describir, es su poesía amorosa y sentimental la que le ha granjeado su inmensa popularidad, y un fenómeno fan inédito en tiempos en que la poesía supone una fórmula de expresión muy minoritaria. 

La sinceridad de verter en su poesía lo que amó y sufrió, la racionalidad lúcida para desentrañar y desmenuzar los sentimientos, el torrente emocional que frecuentemente se desparrama de una expresividad que pretende ser contenida, y la capacidad de orfebre para integrarlo todo este material poético encuentra parangón en español en el último siglo. 

En efecto, el caleidoscopio amoroso que elaboró Gil de Biedma abarca todo tipo de sentimientos: la amistad y los momentos inolvidables que vivió en su juventud con Barral, Ferrater y otros exponentes de la gauche divine están retratados en sentidos poemas como «Amistad a lo largo», «Conversaciones poéticas» o «En el nombre de hoy»; el recuerdo del escarceo que quema el recuerdo, en «París postal del cielo» o «Desembarco en Citerea»; el frenesí sexual de «Peeping Tom», que lleva al extremo en «Loca», un escalofrío de ira e histeria que parece querer escaparse de la página; el placer inmediato y urgente se respira en «Idilio en el café», redactado en parte con escritura automática, hasta llegar a la pura adoración de la belleza, que exuda sensualidad en «Un cuerpo es el mejor amigo del hombre». 

Seguramente, la poesía de Jaime Gil alcanza su cenit en «Pandémica y celeste», a primera vista una justificación de la infidelidad, en realidad una epopeya valiente, exacta y descarnada de todo el ciclo de una relación sentimental. Una obra maestra en la que encuentra identificación todo aquel que haya amado mucho y que esté dispuesto a acercarse a él desnudo de cintura para abajo, y una vez agotado el tema de la vida.

El gran seductor, el hombre que con vida y obra volvió incondicionales a tantas personas y se ganó un lugar preferente en la historia de literatura española, murió en Barcelona en 1990. 

No llegó a la vejez que tanto le asustaba, pero sí apuró hasta la última gota esa madurez para él tan indeseable. Al menos, en su querida Ultramort, pudo pasar muchos de sus últimos días terminando su vida como siempre quiso, y dejó escrito para siempre, negro sobre blanco:

… en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna. No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,

y vivir como un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia.

No hay mejor manera de concluir.

Imagen de portada: Jaime Gil de Biedma. Foto: Colita (CC) Archivo Fotográfico de Barcelona.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down. Por Ramón Flores. 

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6 poemas de Ani Galván

Ani Galván es una poeta nacida en Murcia en 1992.

Se graduó en Historia del Arte y es contratada predoctoral en la universidad, donde investiga en torno al selfie, la identidad y la cultura visual contemporánea.

Publicó Catábasis (Raspabook, 2016), y algunos de sus poemas han sido antologados en diversos medios y revistas digitales. En 2022 resultó ganadora del XXXIX Premio Carmen Conde de Poesía con su poemario Educación de una cortesana, actualmente publicado en la editorial Torremozas.

***

una infancia en el gineceo

todo lo que sé de la vida lo aprendí en un tocador de señoras

una cocina humeante un cuartito de costura

alcobas nubladas e inabarcables como misterios

donde muchos solo escucharon el estoico y trivial curso de los días

y otras en cambio penetramos en el oculto arrullo de las nodrizas

consagradas a los dientes de los otros

donde la fuerza yace en armas sorprendentes peine marmita fragancia aguja

donde nunca se presencian los verdaderos amos de esta casa

aras privadas

sacros cuadrantes

donde el amor es pan y lana hilada desde hace muchas generaciones

gineceos condenados

a la ficción de las fábulas

en ellos y no en las ágoras

estuvo siempre hirviendo la Historia

***

un amante venido del mar

[2006, algún punto del Báltico entre Rusia y Dinamarca]

un labio aquí y otro labio aquí y en medio una cítara esa es

la anatomía de un ósculo sea cual sea la coyuntura de su origen

por eso yo comprendo anticipo tu señal aunque jamás

la haya puesto en práctica un labio aquí y otro labio aquí y en medio esta noche

de meridiana intriga de consumada sorpresa gris: en este beso

—susurra el mundo— ya no estás sola

[2017, Barcelona]

puedo contarte lo que he hecho durante once años

una crónica cuya estructura gramatical al fin comprendas

—aunque mi acento en tu idioma me aproxime

a variantes dialectales de escasa armonía—

enumerar viajes diplomas fracasos

explicar

que para hoy hablarte

hube de leer best-sellers sobre amoríos adolescentes

—la biblioteca y sus limitados fondos—

conversar sobre el clima o la compra frente a una grabadora coger dos aviones

hubo de nacer en Roma un gladiolo mientras mamá Caterina lloraba

junto a los juegos de su niña si gira e dorme non siamo felici come prima

podría contártelo o permitir que un beso nos abrase

como abrasaba antes de saber dónde comenzaba y acababa un cuerpo

hoy lo sé: el mío aquí y el tuyo aquí y en medio el gladiolo en aquel balcón de Viale Somalia

en medio el tiempo las llagas el soñado accidente

de esta mañana oscura: en estos ocultos

esponsales enmudece el mundo

***

una amazona

I

¿y si el cuerpo no fuera pantalla para la visión de sus ficciones?

¿y si el propósito de mis dedos no fuera el tacto sino el calibre

de la tensión entre cuerda y arco?

¿y si el fin de mi voz no fuera la gracia

sino los cánticos de guerra?

¿y si en lugar de batir al ciervo aprendiera cómo cabalgarlo?

II

la consecuencia más visible de la fuerza

ha sido la pérdida de mis pechos

[dos brevas aún no granadas apenas llenan mis viejos vestidos]

tal vez expiación por deslizarme

pronta en las palestras de la edad:

un escudo de punzante

suavidad

sabrá protegerme

***

edades

me crié en la vejez

identifico

unos dientes sin dueño como infancia

alcanfor custodiando el ropero

carmesí sellando mi mejilla

me crié en la aceptación del tiempo

y la profundidad de su pisada

convencida de que las arrugas

son dunas, gajes inherentes

a la erosión de la plenitud

bien merecedoras de toponimias

—deterioro y biografía, humanidad y náusea: mares comunes

memoriza:

cada ponzoña

tiene su antídoto

—Seguril, insulina

cada hospital es, por su tránsito y adioses,

un curioso aeropuerto

no escatimes en ternura

cuando repitas de quién eres

qué es lo que estudias si te sale novio

interioriza: todo albor

se repliega al paso de los lustros

exiliado en las fotografías

todo esqueleto se quebranta

todo alfabeto languidece

solo sabrás que es la juventud

cuando en la distancia la veas boquear

y pedir socorro entre las ruinas

me crié en la verdad

por eso, a ti

no te digo:

te amaré hasta mi muerte

—omitiendo los interludios—

te digo mejor:

te amaré incluso

cuando tus piernas pierdan su fuelle

cuando se desfigure tu rostro

y tu juicio altere mi nombre

te amaré tanto

que seré yo

quien pose la cuchara en tus labios

y en el temblor

encuentre alimento

***

una mujer espejo

me ungen

no por ser yo

sino por ser

vergel de azogue

capaz de emanar sus rasgos

mi amor es argento vivo

***

una virgen de la Antigua Roma

La jaula está abierta, pero no sé volar.

Anaïs Nin

I

hasta que no sepas poseerte

tan bien como sabes entregarte

vivirás la suerte del asceta

reza

trabaja

escribe

ama a Dios y su imagen

—que es la imagen

que te forma—

antes de amar a ningún otro

o el día de tu boda será

también el día

de tu prendimiento

II

¿por qué preparar tu venida?

dicen que mi senda fue trazada

por una mano más prudente que la mía y si esa guía

te empujara inequívocamente hacia mi existencia

sería yo quizá esposa galilea

descansaría esta posada cedida al azar de los peregrinos

abandonaría todo afán de abandonar

pero nada sabría

de no haberme excavado las garras

de los otros; de no haber sido

áurea cicatriz en sus vetas profundas

hoy soy porque una vez

no supe ser sin nadie

Imagen de portada: Ani Galván

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Juan Domingo Aguilar. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 1 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Versátiles.

Zenda recomienda: La impaciencia, de Guillermo Morales Sillas.

Jueves en Zenda. Jueves de poesía. Jueves, en este caso, de La impaciencia, el libro más reciente del escritor y profesor de griego antiguo Guillermo Morales Sillas (Valencia, 1986), publicado por la editorial La Bella Varsovia

Tras Ellos son mejores y Pegarle a un padre, Morales se gira hacia la duda en un libro marcado por la acción y el error. 

La impaciencia se afirma en cada poema pero asiente también ante la conciencia de su torpeza, de la incapacidad para elucidar algún tipo de trascendencia y de la esperanza que late en cualquier caso.

La propia editorial apunta, acerca del libro: ««Todo ha cambiado», se advierte en uno de los poemas de La impaciencia, y se insiste: «todo ha cambiado». 

Ha sucedido así, o no: a esa sensación contradictoria —a esa duda que nadie nos obliga a resolver— se enfrenta Guillermo Morales Sillas. Este es un libro de poemas que tiene que ver con lo que ocurre y con lo que no ocurre, con aquello que se espera o se adivina o se intuye, y sin embargo nunca se concreta

Es también un libro de poemas que sin embargo huye de la sensación del fracaso o la decepción, o no: un libro de poemas que unas veces habla sobre el fracaso o la decepción, otras sobre la plenitud y la alegría, y que también se sienta a mirar sin más, a que la vida se complique o se arregle.

La impaciencia nos cuenta la rutina y nos cuenta también la trascendencia, sin entenderlas como antónimas; habla de la familia —de la que venimos, a la que vamos— y de la soledad, del amor y la costumbre, del trabajo y del ocio, del paisaje no como adorno sino como elemento con voz y casi voto. Guillermo Morales Sillas maneja el lenguaje como quiere, con feliz deseo de experimentar, y maneja el humor y la ironía, y mantiene que «todo ha cambiado», pero también que «sale un sol nuevo». Este libro se decide y no. Quizá se trate de que nos enfrentamos a todo con demasiada prisa: estos poemas ensayan otros ritmos».

Autor: Guillermo Morales Sillas. Título: La impaciencia. Editorial: La Bella Varsovia. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Cubierta de portada de “La Impaciencia” 

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. 2 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Libro recomendado por ZENDALIBROS.COM

Stephen King da un consejo a los aspirantes a escritores: hay que eliminar esta expresión cuanto antes.

Stephen King, maestro del terror y uno de los escritores más importantes de la historia, da un consejo a los aspirantes de novelistas: hay que eliminar cuanto antes esta palabra.

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Stephen King tiene un consejo y una crítica a la obsesión de las grandes empresas, aspirantes a novelistas y creativos. El autor, considerado el novelista más influyente de Estados Unidos de los últimos tiempos, ha dado pie a numerosas películas basadas en sus relatos, siendo uno de los escritores más adaptados y queridos por Hollywood.

Mientras The Boogeyman se prepara para llegar a cines y reniega de The Last of Us, King arroja un tip a los aspirantes a escritores. Y ha levantado polémica.

Stephen King invita a los futuros escritores a que eliminen esta palabra de su vocabulario

Stephen King, a día de hoy, cuenta con más 80 novelas publicadas, y su trayectoria literaria es poco menos que irreprochable.

Bien considerado a nivel creativo y aplaudido por sus legiones de fans, cualquier opinión de King o comentario sobre un tema en concreto tiene una enorme repercusión, generando de forma habitual un debate sobre aquello que dice y de cómo lo dice. 

Uno de sus últimos tuits tiene un consejo vital a todos aquellos que quieran dedicarse a la escritura, ya sea de novelas o a guiones para televisión o cine.

«World-building es una frase que realmente desearía que se retirase.

No solo es un tanto descuidada y perezosa, sino que se ha vuelto trillada», comenta en un tuit desde su perfil oficial. Este término, que en castellano sería ‘construcción de mundos’, habla del proceso de crear un mundo imaginario para que tenga sentido y coherencia en una novela, película, serie o videojuego -por citar unos ejemplos-. 

Es decir, hablamos de una frase trillada que sirve para enfatizar hasta qué punto los creativos están obsesionados por crear universos ficticios realistas basados en la subcreación, que imite lo logrado por grandes maestros literarios como J.R.R. Tolkien.

‘Construcción de mundos’ es una frase perezosa, trillada y debería no ser usada jamás….´

Llevado al sistema y la herramienta más comercial, hace referencia directa a la narrativa interconectada, un aspecto que obsesiona ahora a las editoriales y Hollywood, que desea este tipo de productos creativos para dar pie a secuelas, continuaciones o productos derivados. Marvel, DC y otras compañías ahora están involucradas en este tipo de universo ficticios. 

Curiosamente, King ha hecho con La Torre Oscura un ejemplo de world-building, interconectando y reinterpretando sus historias para encajen en un marco narrativo mucho mayor. Sin embargo, no es fan del término.

Eso sí, muchos no se han tomado bien sus palabras, y han criticado que el autor le de caña al término.

Imagen de portada: Stephen King 

FUENTE RESPONSABLE: Vandal Random. Por Alberto González. 3 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Opinión/Recomendaciones/Stephen King 

Zenda recomienda: La experiencia de leer, de C.S. Lewis.

Martes en Zenda. Martes de literatura de no ficción. Martes, en este caso, de La experiencia de leer, un breve ensayo publicado hacia el final de la vida del escritor norirlandés C. S. Lewis (Belfast, 1898 – Oxford, 1963), recuperado con traducción al español de Amado Diéguez por cuenta del sello editorial Alba

A lo largo de algo más de cien páginas, Lewis traza una suerte de antropología del lector, colocándolo como figura central en todo posible juicio literario. Haciendo gala de una ligereza y un entusiasmo por la lectura contagiosos, el autor de Las crónicas de Narnia se acerca aquí al misterio infantil que constituye el embrujo de la lectura.

«El crecimiento hay que valorarlo por lo que se gana, no por lo que se pierde. No adquirir el gusto por lo realista es infantil en el mal sentido de la palabra; haber perdido el gusto por los milagros, maravillas y aventuras no es mayor motivo para congratularse que perder los dientes, el pelo, el paladar y, por último, la esperanza. ¿Por qué se habla tanto de los defectos de la inmadurez y tan poco de los de la senilidad?» C.S. Lewis

La propia editorial apunta, acerca de la obra: “Desde su publicación en 1961, este pequeño estudio sobre La experiencia de leer no ha dejado de ser reeditado al punto de convertirse en un clásico. 

En él propone C. S. Lewis un «experimento» que procede al revés de lo que es habitual en la crítica literaria: «juzgar la literatura por cómo las personas la leen», no de una clasificación entre «buenos» y «malos» libros, sino entre «buenos» y «malos» lectores. 

Los hábitos de lectura y los prejuicios asociados a ellos, las distintas maneras de leer y las distintas satisfacciones —ciertas o ilusorias, desinteresadas o egoístas— que cada cual obtiene de la experiencia, son sometidas a un análisis entusiasta y heterodoxo, que consigue exponer con humor, amenidad y brillantez, sin necesidad de caer en el oscurantismo terminológico, la idea primordial de que «con independencia del valor de la literatura, este solo se verifica en el momento y en el lugar en que un buen lector lee». 

El lector al que todo le parece «lento», el que busca «verdades» sobre la vida, o el que lee tan solo para darse un baño de prestigio son algunos de los modelos a los que pasa revista este ensayo, un placer para todo aquel que ame los libros y aún hoy una perspectiva novedosa y singular».

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Autor: C. S. Lewis. Traductor: Amado Diéguez. Título: La experiencia de leer. Editorial: Alba. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen; Cubierta de portada de “La experiencia de leer”.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Zenda.libros.com  31 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/C.S. Lewis

Torquemada en la hoguera, de Benito Pérez Galdós.

Hoy vengo con la reseña de Torquemada en la hoguera, que es el primer título de la Tetralogía de las Novelas de Torquemada, de Benito Pérez Galdós.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor adonde se encuentre escrito en color “azul”. Muchas gracias.

Información de la obra

Torquemada en la hoguera es el primer título de la Tetralogía de las Novelas de Torquemada, que narran la evolución del personaje de Francisco Torquemada, un prestamista usurero que es considerado como uno de los grandes avaros de la Literatura.

Publicada en 1889, Torquemada en la hoguera se engloba dentro del denominado «Ciclo de la materia», que comenzó en 1881 con La desheredada. Dos años después de la publicación de Torquemada en la hoguera, en 1891, Galdós publicó la novela Ángel Guerra, iniciando con ella el denominado «Ciclo espiritualista», y a este título le siguieron Tristana y La loca de la casa, publicadas en 1892.

En 1893, cuatro años después de la publicación de Torquemada en la hoguera, Galdós continuó las novelas de este avaro personaje con el segundo título: Torquemada en la cruz. En los dos años sucesivos publicaría el tercer y el cuarto título: Torquemada en el purgatorio (1894) y Torquemada y San Pedro (1895).

Estas cuatro novelas se publican normalmente de forma conjunta en un solo tomo, ya que constituyen una obra completa, si bien es posible encontrar también este primer título, que, debido a su brevedad, se puede leer como si fuera una novela corta o un cuento.

Sinopsis

Torquemada en la hoguera narra la desesperacion y aparente cambio de conducta de Francisco Torquemada, implacable usurero, ante la terrible enfermedad que acomete de repente a su queridísimo hijo Valentín.

Un retrato asombroso, perfilado entre la piedad y el sarcasmo, de un personaje y de su época.

Personajes

Francisco Torquemada

Es el protagonista de la novela y se trata de un personaje que no le es desconocido al lector, puesto que ya había aparecido en novelas anteriores, como por ejemplo Fortunata y Jacinta, donde le veíamos haciendo negocios con Doña Lupe la de los Pavos. Sin embargo, en las novelas de Torquemada, este personaje no va a ser secundario, sino protagonista.

Viudo de doña Silvia, a Francisco de Torquemada le quedan dos hijos: Rufinita, de 22 años, y Valentín, de 12 años.

Valentín

Es el hijo de Francisco Torquemada y es considerado un prodigio entre los prodigios.

«Valentinito era el prodigio de los prodigios, un jirón excelso de la divinidad caído en la tierra.»

Valentín se describe como un niño tímido y discreto, obediente y humilde, que destaca por su extraordinaria inteligencia, superando incluso a sus maestros. Tiene un don para las matemáticas y, por ello, su padre decide que deberá estudiar para ser ingeniero de caminos.

Debido a este talento prodigioso de Valentín, su padre le cría con la máxima delicadeza, siempre temiendo que enferme, sintiendo por él una admiración casi espiritual.

«Trataba a su hijo no ya con amor, sino con cierto respeto supersticioso. Cuidaba de él como de un ser sobrenatural, puesto en sus manos por especial privilegio.»

José Bailón

Exclérigo y amigo de Francisco Torquemada, cuya casa frecuenta a diario.

«Era don José Bailón un animalote de gran alzada, atlético, de formas robustas y muy recalcado de facciones, verdadero y vivo estudio anatómico por su riqueza muscular.»

Tía Roma

Una anciana basurera que frecuenta la casa de Torquemada desde los inicios.

«Era tan vieja, tan vieja y tan fea, que su cara parecía un puñado de telarañas revueltas con la ceniza; su nariz de corcho ya no tenía forma; su boca redonda y sin dientes menguaba o crecía, según la distensión de las arrugas que la formaban.»

Isidora Rufete

Protagonista de otra novela de Galdós, La desheredada, Isidora Rufete reaparece en esta novela y protagoniza algunos pasajes. Viviendo en dramática situación de penurias, nuestra querida Isidora pide ayuda a Torquemada solicitándole un préstamo.

Reseña de La desheredada

Opinión personal

Torquemada en la hoguera es una novela corta y muy entretenida, de esas que se pueden leer prácticamente del tirón en una tarde. Incluso, el propio narrador se refiere a ella como un cuento. Se trata de una novela que concluye y que, por tanto, se puede leer suelta como una pequeña obra maestra de la novela corta, pero, asimismo, sirve de preludio para los siguientes títulos de la tetralogía, ya que aquí se nos presenta con mayor detenimiento al avaro usurero Francisco de Torquemada, cuya evolución veremos con más desarrollo y profundidad en las siguientes novelas.

A pesar de su brevedad, se trata de una novela muy emocionante y entretenida. Formada por 9 capítulos cortos, se devora casi sin darte cuenta. Además, contiene ya un magnífico esbozo de los personajes, en especial de Francisco de Torquemada.

Por otra parte, el pequeño cameo que encontramos de Isidora Rufete me ha gustado especialmente, pues es un personaje cuyo desenlace quedó algo abierto en La desheredada, pero al que Galdós vuelve a traer en este relato sorprendiendo al lector.

En definitiva, es una lectura que recomiendo y que, sin duda, te dará ganas de ponerte ya con las siguientes novelas de Torquemada.

Imagen: Cubierta de portada de “Torquemada”

FUENTE RESPONSABLE: Marea Literaria. 9 de diciembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/En memoria/Benito Peréz Galdós

Forzada por el padre y el hermano.

Al final, Emily Dickinson no era como nos habían asegurado, la extrañísima dama de Nueva Inglaterra que escribía poemas vehementes y sincopados después de cocer el pan y de doblar la colada, ni el mito, como la llamaban algunos vecinos para burlarse de ella en la parroquia, ni tampoco el cadáver exquisito que Marià Manent fue libando a cuentagotas y después cocinó y cocinó en almíbar hasta ofrecernos el prodigioso volumen Poemas deEmily Dickinson (1979), una de las más diestras apropiaciones de la historia universal de la traducción engañosa. 

También es verdad que todo se explica porque Dickinson, por sistema, rechazaba explicarse demasiado.

Escribe para sí misma y no para el público. 

Se había recluido en casa para siempre y no se dejaba ver casi por nadie, imagen fundida, tan inmóvil y silenciosa como podía, un fantasma, una intrusa. Al fin y al cabo, qué sabía Manent de lo que podían esconder esos poemas enigmáticos y contradictorios, tan intensos como desconcertantes, tan domésticos como generales. Tuvo que admitir que esa poesía incomprendida era la de una “extraña vida de mujer”, como quien habla de la criatura de otro planeta, de otra naturaleza, impenetrable.

Emily Dickinson no era como nos habían asegurado, la extrañísima dama de Nueva Inglaterra que escribía poemas vehementes y sincopados después de cocer el pan y de doblar la colada.

Luego vino Harold Bloom y nos advirtió de que tuviéramos cuidado con Emily Dickinson, porque era uno de los grandes escritores de todos los tiempos, tan grande como Dante o como cualquier otro escritor bueno de verdad. 

Y que lo que no podíamos seguir haciendo era tenerla guardada en un cajón, cuando teníamos que mirarla más, más atentamente, debíamos lucirla en el escaparate. En todo el mundo se la está volviendo a editar, a repensar, a valorarla que es tratar de entenderla. A traducirla. 

Y en Valencia, tierra de salud, publicaron antes del verano la primera edición completa en catalán de toda la poesía de Dickinson, en una buena editorial universitaria, pero sin que esto trascendiera demasiado. 

Como si cualquier persona culta y catalanohablante pueda seguir leyendo lo que ahora quiera leer, sin más, sin disponer en casa de ese auténtico prodigio literario, de ese gigante del romanticismo más tardío, del que ya no se desgrava en expresión exaltada ni en el descubrimiento del horror, como Byron, como Mary Shelley y Percy Bysshe Shelley, como John William Polidori. 

Es la poesía de una náufraga de la historia, de una prisionera desengañada del mundo y al mismo tiempo impregnada de amor y entusiasmo vital, algo parecido a nuestro Verdaguer, también atrapado en su casa, también disidente contra el poder e igualmente fascinado por la verdad del mal.

Es la poesía de una náufraga de la historia, de una prisionera desengañada del mundo y al mismo tiempo impregnada de amor y entusiasmo vital

Y es que el mal nos despierta de repente, nos espabila para siempre. Quizás ésta es la gran aportación de los románticos. 

Y es que junto a los poetas malditos podemos encontrar a esta Emily Dickinson, recluida en casa, abandonando para siempre la iglesia, desafiando al padre y a la familia, a la comunidad puritana de provincias donde le tocó vivir. 

Cosida en la escritura cotidiana para combatir el nihilismo se alza Emily Dickinson. El mal es verdad, es la pedagogía suprema, cuando no es una máscara en un baile de máscaras en un baile de sociedad. 

El respetable padre, al que ama y reverencia, juez y después miembro de la Cámara de Representantes en Washington, cometió incesto con ella, de noche, descalzo y ridículo, en camisón, bajo el techo cotidiano. Lo mismo puede decirse de su hermano William Austin Dickinson, quien es señalado por su hermana a través de muchas imágenes y de muchos poemas. 

Austin, marido, por si fuera poco, de Susan Huntington Gilbert, la mejor amiga y, probablemente, como asegura casi toda la crítica, amante de Emily Dickinson, el gran amor de su vida. Quizás hay que añadir que la iniciativa erótica no fue escasa en la vida de Austin. 

Fue abiertamente amante de una señora ya casada, Mabel Loomis Todd, quien fue una de las primeras editoras y promotoras de la poesía de Emily Dickinson. 

Y es que los grandes dramas humanos se esconden a menudo dentro de las familias más respetables y son crudas tragedias familiares, cotidianas. Con todo, Emily Dickinson no es una escritora víctima, sino una escritora mucho más grande que su herida.

Imagen: Cubierta de portada de “Forzada por su padre y su hermano” por Jordí Galves.

FUENTE RESPONSABLE: N Revers.El Nacional Cat. Por Jordi Galves.31 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Mujeres/Emily Dickinson/ Abusos sexuales/Incesto.

Una nota sobre la interioridad.

Introducción

El Diario de Ana Frank es uno de los documentos más conmovedores que se escribieron en el marco del Holocausto. En sus páginas podemos degustar de un corazón que se mantuvo en estado de pureza pese al encierro y la amenaza constante. 

No cabe duda de que es una de las obras cumbres del siglo XX. Sin embargo, el diario cierra sus páginas pocos días antes de ser descubiertos “en la casa de atrás”. De tal manera que, como es de suponer, no hay noticias de su experiencia en Westerbork, Auschwitz y Bergen-Belsen, donde hallaría la muerte.

Sin embargo, hay otro diario no tan famoso, pero sí muy valioso para conocer el mundo interior de un judío en el corazón del Holocausto. Se trata del Diario de Etty Hillesum, judía neerlandesa, escrito entre 1941 y 1943 y que recogerá su evolución espiritual, su valor humano, ético y trascendental, muy influenciado por el escritor Rainer Maria Rilke. En sus páginas pude darme cuenta de un error en mi manera de manejar el concepto de la interioridad. De esos errores van estas líneas.

La interioridad

La cultura en Occidente ha sustentado su existencia en la dualidad, cuyo resultado más notorio es la erosión lenta, pero firme, del sentido de la vida, del hombre y su relación con todo lo que está a su alrededor. Nunca hemos podido, pese a infinidad de intentos, armonizar todas las dimensiones de la realidad en libertad y espontáneamente. 

En los intersticios de esa dualidad, el concepto de interioridad se ha asomado muchas veces, aunque como término filosófico formalmente hablando podría hallar su origen a comienzos del siglo XX, gracias a figuras como Husserl, Mounier y Edith Stein, que lo rescatarán de la corriente pietista del siglo XIX, particularmente del pensamiento de Kierkegaard.

Para muchos autores, hablar de interioridad y de dimensión espiritual es redundante. La mala costumbre de este mundo secularizado tomó el concepto para atizar el fuego de la dualidad. La interioridad y la exterioridad no son la misma cosa, no forman parte del mismo espacio lingüístico, denotan universos distintos, peor aún, son contradictorios. 

Por ello, cuando se habla de interioridad, casi de manera automática, la audiencia se ubica de manera obediente y disciplinada en lo religioso, como si, además, lo religioso, lo espiritual, también fuera algo absolutamente ajeno a la exterioridad.

Interioridad contra exterioridad

De alguna manera, tanto el diario de Ana Frank como el de Etty Hillesum nos demuestran que la interioridad y la exterioridad ni siquiera son las dos caras de una moneda. 

La interioridad no sólo indica conciencia, mismidad, un yo que unifica y da sentido a todas las realidades que constituyen al hombre; además, y precisamente por lo expuesto, es ruta para acceder a nuestra verdadera identidad que sólo se consolida frente al misterio divino. La exterioridad no sólo es cuerpo y materia, sino revelación de lo cosechado en la interioridad, puesto que esta última se configura en y a través de las distintas dimensiones constitutivas del hombre, entre ellas la sociabilidad.

El antónimo de interioridad no es exterioridad, sino superficialidad o trivialidad. Lo externo brota de la fecundidad de lo interno. Todo lo que arde dentro del hombre está llamado a expresarse saliendo de sí. Allí el sentido y sustento profundos del arte de educar. 

La interioridad requiere de una corporeidad; por ello, no es elegir entre una y otra, como pretenden algunos discursos espirituosos actuales. Se trata, más bien, de conjugarlas, de vivirlas en su mutua relación, que no es otra cosa que la manifestación del propio ser. 

Lo escribía Hillesum en su diario: “Vivir totalmente por fuera como por dentro, no sacrificar nada de la realidad exterior a la vida interior, ni tampoco a la inversa: he ahí una tarea apasionante”.

San Agustín, aunque no hablaba de interioridad formalmente, sí se refería a un enigma para sí mismo, que se iba develando en la medida en que el hombre se acercaba a Dios, al Otro radical. 

De la misma manera ocurre entre los hombres y mujeres que comparten un tiempo y un espacio. No hay interioridad sin trascendencia. Los frutos de la vida interior, así lo resalta santa Teresa de Jesús, se alcanzan afrontando decididamente los desafíos de ese mundo interior que no se escapa de la integración personal con el otro. 

La interioridad sólo es tal si se abre a la reflexión, al discernimiento, al amor y a la libertad para darle solidez al compromiso con el otro, con el mundo al cual pertenecemos.

Imagen de portada: Tanto el diario de Ana Frank (izquierda) como el de Etty Hillesum nos demuestran que la interioridad y la exterioridad ni siquiera son las dos caras de una moneda.

FUENTE RESPONSABLE: Letralia. Tierra de Letras. Por Valmore Muñoz Arteaga. 31 de enero 2023.

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Vísperas de la nada.

PICASSO Y SUS AMIGOS | CRÍTICA.

  • Renacimiento publica uno ‘Picasso y sus amigos’, importante testimonio de la bohemia parisina en el albor del XX, así como los primeros tiempos del pintor en París, en el que era pareja de la autora, Fernande Olivier, una reconocida modelo de pintura.

La editorial Renacimiento recupera oportunamente un libro excepcional, no sólo por su sencillez, sino por la belleza elemental y cálida que se desprende de sus páginas. Fernande Olivier, su autora, fue modelo de numerosos pintores del entre siglo parisino (por ejemplo, Hugué y Van Dongen), pero comparece aquí, no tanto en calidad de pareja del primer Picasso, cuanto en su virtud de su protagonismo y de su valor testimonial de aquella hora primera de las vanguardias. El periodo que comprende este volumen, publicado en 1933, abarca los primeros años del siglo XX, desde 1903, en que conoce a Picasso, al funesto año catorce, cuando comienza la Gran Guerra. Esto es, el periodo en que Picasso, el joven Picasso, va de la época azul a la rosa para desembocar en la misteriosa aridez del cubismo.

EL PICASSO DE OLIVIER ES UN JOVEN ABSTRAÍDO, A VECES DULCE, A RATOS HERMÉTICO, CON UN ACUSADO AMOR A LOS ANIMALES,

Probablemente, en este año conmemorativo (medio siglo ya de la muerte del pintor), la aproximación a su figura venga teñida por cierto viso personal, en el que se valore adversamente la relación de Picasso con el sexo femenino. 

Pero este es el alto valor añadido el que se nos presenta, de hecho, en este Picasso y sus amigos. No solo porque venga escrito por una mujer perspicaz, generosa y ecuánime, sino porque el Picasso que de aquí se infiere es un joven abstraído, a veces dulce, a ratos hermético, con un acusado amor a los animales, y en el que la autora intuye un vago dolor, un dolor sordo e innominado, como secreto motor de su arte. 

Con todo, no es este Picasso juvenil, trabajador formidable, que ya se dirige hacia la línea neta del cubismo, lo que ofrece mayor interés testimonial. El mayor logro de Picasso y sus amigos quizá sea el que ya se deduce de su título; esto es, la reproducción de la vida comunitaria, la estrecha y feliz bohemia en la que viven unos personajes, de extremada pobreza, que hoy forman parte conspicua de la historia del arte (Apollinaire, Max Jacob, Matisse, Van Dogen, Rousseau el Aduanero, Marie Laurencin, Zuloaga, Hugué, Derain, Vlaminck, Modigliani, Braque, Marinetti, los hermanos Stein, el marchante Vollard…), y cuya humildisima vida, la de los pintores, me refiero, se recoge aquí con una melancólica ternura.

Ese es, sin duda, otro de los atractivos de esta evocación memorística. Pero no tanto por una previsible idealización del ayer, cuanto por la conciencia de que en aquellos días se estaba conjeturando una forma nueva del arte. Más tarde, cuando a algunos les llegue el reconocimiento, también les llegará el temor a dejar de crear como hasta entonces. 

De hecho, es este dirigirse hacia una madurez gloriosa, repetitiva y huera, este hallarse en vísperas de la nada, uno de los procesos íntimos que Olivier observa entre sus amigos. En tal sentido, el Picasso de Olivier será un joven obsesivo, afanado en su trabajo, y cuya inquietud creciente es la de llegar a una situación que no permita futuras evoluciones. 

Quiere decirse, entonces, que el Picasso proteico que conocemos es fruto de esta necesidad íntima de eludir lo irreversible (según Olivier, en Picasso había una gran preocupación por la enfermedad y la muerte), que ya se había manifestado, en toda su corpulencia, en los años juveniles.

En cualquier caso, no es el menor de los encantos de Picasso y sus amigos el conjunto de anécdotas que aquí se ofrece como una muestra de aquella forma de vivir, a un tiempo vertiginosa y ascética. El homenaje tributado a Rousseau el Aduanero, no exento de un fondo irónico, patentiza, al cambio, el inviolable candor de aquel extraordinario artista. 

Por similares motivos, el episodio de las estatuillas sustraídas del Louvre, en el que se vieron envueltos Apollinaire y Picasso, nos muestra a dos jóvenes aterrados ante la policía, lejos de cualquier exultación vanguardista, y a los que cierta benevolencia judicial excusó de responsabilidades -como así era- en dicho asunto. 

Lo cual no quita para ambos fueran interrogados, tiempo después, en 1911 (Olivier no refiere tal episodio), en relación al robo de La Gioconda en el Louvre, cuya repercusión mundial no es fácil, acaso, imaginarse hoy. Todo ese pequeño mundo de la bohemia, que entrará en erupción con la Grand Guerre, es el que aquí se sustancia, con sencillez admirable.

El cubismo nació en Horta

Según Olivier, el cubismo nació en Horta, un pueblo de Zaragoza. O con mayor precisión, a la vuelta de aquel viaje, del que salieron algunos lienzos que traían ya un germen de la nueva estética. Digamos, en cualquier caso, qué clase de estética es esta que recoge Apollinaire en Los pintores cubistas, publicado en 1913. Según Apollinaire, se trata de una estética de lo inhumano, en busca la pureza y la verdad (no del mero mimetismo naturalista), y heredera “sin ser emanación directa de creencias religiosas”, del gran arte sacro. Recordemos que dos años antes, Kandinsky ha publicado 

De lo espiritual en el arte (1911). Y que tres años atrás, Wilhem Worringer, discípulo de Rielg, ha publicado un libro determinante: Abstracción y Naturaleza (1908), donde se identifica la abstracción con la espritualidad, la convulsión y el miedo a una realidad de carácter hostil y mutadizo. Todo lo cual guarda relación estrecha con Nietzsche y El nacimiento de la tragedia (1871), en el que el filósofo define el dórico como un último freno a lo instintivo. Em fin, esa vía nebulosa y tentativa a la verdad es la que veremos comenzar aquí a Picasso, en total secreto, seguido de Braque.

Imagen de portada: Fernande Olivier y Pablo Picaso en París, muy a primeros del XX

FUENTE RESPONSABLE: Diario de Sevilla. España. Por Manuel Gregorio Gonzáles. 29 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Arte/Pintura/Cubismo/Pablo Picaso

La ficha. Picasso y sus amigos. Fernande Olivier. Trad. Manuel Álvarez Ortega. Prólogo, Juan Manuel Bonet. Prefacio, Paul Léautaud. Renacimiento. Sevilla, 2022. 320 págs. 20 €

La sombra de las hienas.

Es curioso cómo, en un mismo lugar y al mismo tiempo, puede observarse lo peor y lo mejor de la condición humana. Eso, a poco que nos fijemos, sucede en todas partes. Y si uno practica de vez en cuando el interesante ejercicio de dejar quieto el dedito y olvidar un rato la pantalla del teléfono móvil, alzando la vista para dirigir en torno una ojeada tranquila, la vida y la gente que la transita se muestran de nuevo reales, en carne y hueso. 

Dándole tal vez a quien observa lecciones que en este mundo absurdo en el que nos han metido como ratones en la ratonera —o nos metemos voluntarios, pues nadie te obliga a morder el queso— cada vez parecen quedar más lejos.

Me ocurrió el otro día. Estaba viendo con los hijos de unos amigos El rey león en el teatro Lope de Vega de Madrid, y en la fila de delante había una chica joven de edad extrañamente indefinida, entre los dieciséis y los veintipocos años. 

Había algo en ella que llamaba la atención. Llevaba gafas y media melena, y a la luz de las candilejas, o como se llame ahora lo que ilumina el escenario —confío en que se siga llamando así, porque candilejas es deliciosamente añejo—, yo podía ver su perfil, absorto en las aventuras del pequeño león protagonista. 

La chica estaba pendiente de las escenas de una manera ávida, con extrema atención, como si lo que allí ocurría no fuese un relato imaginado sino algo en lo que se sentía implicada. Como si ella misma estuviese ahí arriba.

Me fijé mejor. No soy experto en analizar conductas, pero me pareció la suya una inusual emotividad. Casi infantil, todo el rato. 

Términos como autismo, asperger o alguna clase de percepción del entorno diferente a la habitual me pasaron por la cabeza. No podría determinarlo, pues no llegué a ninguna conclusión final. Pero el comportamiento de aquella chica era singular. 

En las escenas más tenebrosas de la obra, cuando el malvado Scar hace de las suyas o cuando las sombras y siluetas de las hienas entenebrecen el escenario, ella se sobresaltaba y gemía «no, no, no» como si estuvieran a punto de arrancarle la vida. 

Sufría visiblemente, angustiada, y a veces se volvía hacia sus acompañantes —un hombre y una mujer de cabello gris, seguramente sus abuelos— como para refugiarse en ellos o rogarles que impidiesen la tragedia que se desarrollaba ante sus ojos.

En otras ocasiones, sin embargo, en las escenas felices o cómicas protagonizadas por Rafiki, Timón y Pumba, la chica se relajaba, desenvuelta, satisfecha. 

Reía y miraba alrededor como si invitase a cuantos la rodeábamos a compartir la felicidad que sentía. Lo hacía en voz alta con una risa espontánea y unos suspiros prolongados de alivio que sonaban felices, entrañables. Una risa tan inocente y conmovedora que te esponjaba el corazón.

Lamentablemente, la mayor parte de quienes ocupaban las butacas contiguas lo sentían de otra manera. Menudeaban los «chist, chist», los «vale ya» y los «a ver si nos callamos de una vez». 

Individuos de ambos sexos que durante toda la función habían estado sacando el móvil para incomodarnos con el resplandor de la pantalla dirigían a la chica miradas airadas cada vez que ésta gemía o reía. Algunos eran desagradables, hostiles, incluso. 

Y no faltaban quienes dirigían sus reproches a los acompañantes de la chica, cual si los hicieran responsables por no taparle la boca. Pensé que debía de ser un mal trago para los abuelos, llevar con toda ilusión a su nieta al teatro y encontrarse con la incomprensión y el malhumor de unos idiotas.

Había una excepción notable, encantadora. 

En mi fila de butacas, a mi derecha, una joven atractiva y un muchacho alto y bien parecido, sentados juntos, sonreían amables cuando oían reír a la chica extraña, y dirigían miradas reprobadoras a los gruñones aguafiestas que se quejaban de ella. 

Y al acabar la función, cuando tras los aplausos se encendieron las luces de sala, y los protestones volvieron a sus teléfonos móviles y se fueron con sus niños a hacer puñetas, y la chica, tras aplaudir con viveza feliz miraba a sus abuelos con los ojos empañados de lágrimas, la joven que había estado sentada a mi lado, puesta en pie e inclinada sobre los respaldos de las butacas, se acercó a la chica, diciéndole: «Es una obra estupenda, ¿verdad?… También a mí me ha gustado mucho». 

Y la abuela, que al verla dirigirse a su nieta se había puesto en guardia, temiendo tal vez alguna impertinencia, se quedó sorprendida y quieta, mirándola fijamente. Y después, poniéndole una mano sobre el brazo, murmuró un «gracias» emocionado.

Salí de aquel teatro con una sonrisa que aún no se desvanece del todo. Al fin y al cabo, pensé, el mundo es tal como nosotros lo hacemos.

Imagen de portada: Arturo Pérez-Reverte.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. “El Bar de Zenda”. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 2 de febrero 2023.

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