Soledades literarias.

Si deseas profundizar sobre este tema; por favor cliquea donde esté escrito en “negrita”. Muchas gracias.

La relación entre García Márquez y Vargas Llosa, tan cercana al principio y tan tirante después, y sobre todo ahora tan desigual (sólo uno de ellos vivo, aún con la posibilidad de la palabra), sigue siendo de gran actualidad editorial. Ya comenté aquí Historia de un deicidio, el estudio de Vargas Llosa sobre García Márquez, y ahora le toca el turno a Dos soledades, una magnífica charla entre ambos escritores que se realizó allá por el mes de septiembre de 1967 en el auditorio de la Universidad de Ingeniería de Lima, un momento increíble para la literatura pues García Márquez acababa de publicar Cien años de soledad apenas hacía tres meses (ya era un éxito) y Vargas Llosa era el ganador del Premio Rómulo Gallegos por La casa verde, recibido hacía unos días en Caracas. 

Hay que imaginar a un Vargas Llosa de 31 años y a un García Márquez de 40 inaugurando una poderosa amistad que sería una de las más grandes del Boom y que más tarde se rompería con cajas destempladas. Porque el tiempo todo lo deteriora y desgasta. Los dos jóvenes que hablan en esa conversación serían ambos premios nobel de Literatura, como si fuera poco, pero sobre todo serían, junto con Cortázar y Fuentes, los mosqueteros de la literatura de América Latina y, al menos por un par de décadas, de toda la lengua española.

Los temas que tratan no pueden ser más estimulantes: ¿para qué sirve un escritor? Ambos concuerdan en la función subversiva de la literatura.

“Ninguna buena literatura exalta los valores establecidos”, dice García Márquez. Queda registrado también el valor de las experiencias personales a la hora de escribir, la recreación obsesiva de los recuerdos, las lecturas y las experiencias culturales, los hechos históricos, los hechos sociales y, en el caso de García Márquez, un tema predominante en ese momento: la soledad. La soledad del poder, la soledad de los pueblos abandonados a su solitaria suerte. ¿Se aprende a escribir? Sí, dice García Márquez: se aprende leyendo y escribiendo, y para ello la escritura debe ser una actividad excluyente. 

Esto es algo que Vargas Llosa ha dicho hasta el cansancio: la vocación literaria debe suprimir todo lo demás porque el escritor es un deicida que pretende suplantar el mundo. En cuanto a lo económico, García Márquez, que acaba de sobrevivir a una larga pobreza, opina que a un escritor le conviene tener sus problemas resueltos. Se escribe mejor así, dice, en un momento en que lleva apenas tres meses de una bonanza que habría de durar toda la vida.

Un tema curioso es Borges. Ambos lo critican por sus posiciones políticas, pero lo admiran por su prosa. “Me gusta su violín”, dice García Márquez. En ese momento ambos eran jóvenes de izquierda, algo que poco después Vargas Llosa abandonaría para siempre. 

Por eso relacionan el apogeo de la novela con las crisis de una sociedad y concuerdan en la responsabilidad política del escritor. Aunque García Márquez diga: “El principal deber político de un escritor es escribir bien”. Para Vargas Llosa, lo importante de un escritor son sus obsesiones, mucho más que sus convicciones. 

Coinciden en Faulkner, en Defoe. Difieren sobre el Amadís de Gaula. Una estupenda lectura repleta de consejos y con el aliento juvenil de dos enormes colosos, aunque aún ellos no lo sepan.

Imagen de portada: Gentileza de El Espectador

FUENTE RESPONSABLE: El Espectador. Por Santiago Gamboa

Literatura/Genios virtuosos/Gabriel Garcia Marquez/Mario Vargas Llosa.

Virginia Woolf y Jorge Luis Borges, dos poemas para surcar el cielo.

Me gustaría dedicarme a coleccionar nubes, catalogarlas en figuras imposibles y archivarlas en una mente poco entrenada para el placer de contemplar la belleza efímera, esa que se transforma con el viento.

Sería una buena tarea la de escudriñar las formas de estos seres etéreos que vagan entre el cielo y la tierra. Me encantaría que me enseñaran a distinguir cada pequeño mechón de algodón que forman paisajes callados encima de nuestras cabezas. Saber algo más de ellas, por qué descargan su ira, por qué se empeñan en esconder soles de invierno, de qué están hechas, a qué suenan y si sienten algo cuando las atravesamos con aviones inoportunos en latitudes, destinos y horarios.

   

jorge fin nubes

Pintura de Jorge Fin

Quizá me haga miembro del original club conocido como ‘Cloud Watchers’ (observadores de nubes), nombre que incluso ha dado título a una colección pictórica de quien posiblemente sea el miembro más activo de los cloud watchers: Jorge Fin, el ‘pintor de nubes ‘. Un club está dado al mero hecho de mirar, de observar, de ponerles formas a un estado de ánimo, a un momento. 

Volamos, una vez más, a la palabra en voz de dos relatores de la vida.  Las nubes alimentan la imaginación colectiva, las observamos para tratar de revelar sus misterios. Hoy queremos observarlas a través de sus palabras. 

jorge fin nubes1

Pintura de Jorge Fin

Jorge Luis Borges, “Nubes”

No habrá una sola cosa que no sea

una nube. Lo son las catedrales

de vasta piedra y bíblicos cristales

que el tiempo allanará. Lo es la Odisea,

que cambia como el mar. Algo hay distinto

cada vez que la abrimos. El reflejo

de tu cara ya es otro en el espejo

y el día es un dudoso laberinto.

Somos los que se van. La numerosa

nube que se deshace en el poniente

es nuestra imagen. Incesantemente

la rosa se convierte en otra rosa.

Eres nube, eres mar, eres olvido.

Eres también aquello que has perdido. 

jorge fin nubes3

Pintura de Jorge Fin

Virginia Woolf, fragmentos de Las olas

Allí estaban las nubes grises y flotantes y el árbol clavado, el árbol implacable con su corteza de plata cincelada.

El borbollón de mi vida era infructuoso. Yo no podía pasar al otro lado.

Él disipa las nubes de polvo que se agitan en mi espíritu trémulo, ignominiosamente agitado, y el recuerdo de las danzas alrededor del Árbol de Pascua de los regalos envueltos en papel.

Se diría que el mundo entero estuviese hecho de flotantes líneas curvas: los árboles en la tierra y en el cielo las nubes.

A través de las ramas de los árboles contemplo el cielo.

Parece que la partida se estuviera jugando allá arriba.

Débilmente, entre las suaves nubes blancas, escuchó el grito de: «¡Correr!» o «¡Arbitraje!».

Las nubes parecen perder guedejas de blancura a medida que la brisa las va despeinando.

Si aquel azul pudiera durar eternamente, si aquel hueco entre las nubes pudiera durar eternamente, si este instante pudiera durar eternamente…

Tomo a los árboles y a las nubes como testigos de mi completa integración. 

Imagen de portada: Gentileza Cultura Inquieta – Por Jorge Fin

FUENTE RESPONSABLE: Cultura Inquieta por Silvia Garcia

Literatura/Genios virtuosos/Virginia Woolf/Jorge Luis Borges

Con otro de sus libros, Mariana Enriquez aspira a otro premio internacional.

La obra de la escritora argentina que, a través de 12 relatos góticos y de terror, construye una atmósfera metafórica sobre temas y problemáticas actuales, integra la lista de obras nominadas al Premio Kirkus, que otorga un premio de US $50.000.

El libro de cuentos “Los peligros de fumar en la cama”, de la escritora Mariana Enriquez, el mismo texto por el que hace pocos meses aspiraba al prestigioso Booker Prize Internacional, integra ahora la lista de obras nominadas al Premio Kirkus, un galardón dotado de US$ 50.000, cuyo fallo ganador se dará a conocer el 28 de octubre en Austin, Estados Unidos.

En su traducción al inglés por Megan McDowell, “Los peligros de fumar en la cama” fue definido en junio de este año por Kirkus Reviews -la publicación que otorga el premio- “insidiosamente absorbente, como arenas movedizas”.

“Bueno yo sé que hoy el tema es otro, pero estoy nominada a este premio con Megan McDowell. También está Joy Williams así que es totalmente imposible que lo gane”, dijo en su cuenta de Twitter la escritora y periodista argentina, autora de la premiada novela “Nuestra parte de noche” y del libro “Las cosas que perdimos en el fuego”, que pronto tendrá uno de los relatos adaptados al formato audiovisual.

Dotado de una generosa cifra para un certamen literario, US$ 50.000, el premio Kirkus se otorga de forma anual en tres categoría -ficción, no ficción y literatura para jóvenes- y es impulsado por la revista Kirkus Reviews, una publicación de reseñas y críticas literarias que al año revisa entre 8.000 y 10.000 libros de todo el mundo, de los cuales un diez por ciento reciben una estrella de reconocimiento. Sobre esa Kirkus Star, se eligen seis finalistas en cada categoría.

“La lista de finalistas de este año es tan excepcional como cualquiera que hayamos visto”, dijo el editor jefe de Kirkus Reseñas, Tom Beer.

Junto al libro de Enriquez, aspiran a la categoría de ficción “The love songs of W.E.B Du Bois”, de Honorée Fanonne Jeffers, la novela que se convirtió en éxito editorial luego de ser seleccionada en el club de lectura de Oprah Winfrey; también “Harlem Shuffle” de Colson Whitehead; “Harrow” de Joy Williams; “My Monticello” de Jocelyn Nicole Johnson y “Bolla” de Pajtim Statovci.

EL LIBRO

“´Los peligros de fumar en la cama´ da cuenta de un lugar de aprendizaje como escritora, y también puedo ver con claridad cómo en ese momento ya estaba eligiendo cosas: pobreza, chicos vulnerables, la ciudad, los traumas familiares, los cuerpos de las mujeres (…) Hoy, una década después y con traducciones de por medio, puedo ver cómo están conectadas, que hacen un libro”, dijo la autora en una charla en mayo pasado a propósito de su nominación al Booker.

Las tres obras ganadoras del Kirkus se darán a conocer el 28 de octubre en una ceremonia que tendrá lugar en la Biblioteca Central de Austin, en Texas, Estados Unidos.

 Imagen de portada: Gentileza de enriquez.def

FUENTE RESPONSABLE: Rosario 3

Cultura/Literatura/Nuestros escritores.

5 poemas de ‘En donde resistimos’, de Francisco Caro.

Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) se licenció en Historia Moderna y Contemporánea. Ha ejercido la docencia. Reside en Madrid, en donde vive a tiempo compartido con su pueblo natal. Su primer libro de poesía escrito y editado fue Salvo de ti, que apareció en 2006. Desde entonces ha venido publicando con cierta periodicidad. El último ha sido Aquí, en este mismo año 2021. En el transcurso ha recibido algunos reconocimientos, entiéndase por tales los premios Juan Alcaide, Jovellanos, Ciudad de Alcalá, José Hierro, Leonor y González de Lama, entre otros. En el año 2019 apareció una antología de su obra bajo el título Este nueve de enero. Mantiene desde no sabe el blog Mientras la luz.

En donde resistimos, que tienes entre manos, se dejó sentir y comenzó a escribirse después de una visita invernal a la Casa del poeta en Moguer. Tras ella, acudieron destinos, instantes, conversaciones. 

También los días extraños. Y aquello que nos ha permitido soportar el rigor del refugio: el amor, el alba y la tarde, las lecturas, las interrogaciones, los paisajes, lo necesario, las lluvias y lo inútil. Los estadios humildes en donde hemos resistido.

Como el que escribe y oye

caer el agua anónima, serena,

sobre los agotados campos,

y escucha su bondad, y al percibir

el ritmo y el instante

de la lluvia abandona

el lápiz que sostiene, sus papeles aparta

y ajeno a la escritura en donde residía

acude a contemplar

cómo la tierra empapa y oscurece,

y atreve una palabra

pequeña por sus labios,

y dice gracias

porque sabe que en este

soplo de vida,

en esta sencillez que nada pide,

habita la humildad de la belleza.

***

ALTAS NUBES DE ENERO

Ojalá y nunca, Konstantino,

necesitemos a tus bárbaros

y sea la llegada de un poema

el hecho que nos salve

de la inacción,

del envilecimiento.

***

AQUEL CIELO MOJADO

Y aquel andar,

y aquella tarde lluvia del día 28,

de tan extraña,

de tan escasa luz

andábamos descalzos de certezas,

volvíamos de un cielo al otro lado

del agua y de las cosas,

sin pausas acordadas y entre olivos,

sin edad ni alimentos,

vestidos con el hambre de lo que no germina,

nos sentíamos

tan solamente dos supervivientes, dos

seres inhábiles

hace tiempo que callas, me dijiste,

y el aire se hizo hueco entre nosotros

caminábamos

lo que llaman regreso

siento el poema

como una delación, te respondí.

***

LA POESÍA O NADA

Vemos el sol caer, convengo

contigo en que la vida es caminar

cegados laberintos

o soledades agrias

escríbela,

me dices,

sálvate del secreto de vivir, escupe todo.

***

PARA HACER NECESARIO LO QUE SOMOS

El susurro, sus modos,

la edad del aguacero,

velar, nombrar acaso, sabernos tú en el lino

dormida, yo en lo oscuro: por el insomnio vino

la noche a recordarme cuánto quiero

fuera llueve y abril

se guarda azul y entero

en mi cuerpo y el tuyo, y nos llama al camino

de la entrega y la hondura: qué harán las nubes sino

arreciar, mientras somos, su aguacero

cesará la canción,

se dormirá la almohada

en su cansancio dulce, vendrá el alba a quedarse

porque el día y el patio querrán vernos

del nocturno del mundo

volveremos sin nada,

si no es con la certeza de que amar es gastarse

y que gastarnos juntos es tenernos.

—————————————

Autor: Francisco Caro. Título: En donde resistimos. Editorial: Hiperión.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda. Autores,libros y cía.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda.Autores, libros y cía.

Literatura/Poesía

Hola, soy Pablo Neruda: confieso que he vivido…

Recuerda que si deseas profundizar más sobre este artículo; debes cliquear sobre lo escrito en “negrita”. Muchas gracias.

En un ejercicio de imaginación, recorremos la vida del poeta chileno, sus posiciones políticas y sus amores.

Soy Ricardo Neftalí Reyes, conocido en el ámbito literario como Pablo Neruda. Nací el 12 de julio de 1904 en Parral, una ciudad del sur de Chile. Era un niño curioso y callado. Recién me autorizaron a trasladarme a Santiago cuando cumplí 16 años.

Debido a mis escasos recursos, me instalé en una pensión bien popular. Mi padre, José, no quería que me dedicara a la poesía. Para despistarlo, decidí cambiar mi nombre por un seudónimo; me gustó Neruda, que era el apellido de un escritor y periodista checo del siglo XIX: Jan Neruda.

Salvador Allende y Pablo Neruda

Mientras estudiaba pedagogía, escribí mis primeros poemas. El paseo donde se asentaba la pensión tenía el nombre Maruri; recuerdo que en Crepusculario, publicado en 1923, sostuve que esa calle era poco atractiva y de aspecto lúgubre; sin embargo, se podían percibir en los atardeceres crepúsculos extraordinarios que me quitaban el sueño.

“Me sentaba yo al balcón a mirar la agonía de cada tarde, el cielo embanderado de verde y carmín, la desolación de los techos suburbanos amenazados por el incendio del cielo”.Pablo Neruda

La vida de los poetas era fascinante; en un principio, mientras escribía, tomaba innumerables tazas de té; “la vida de aquellos años en la pensión de estudiantes era de un hambre completa. Escribí mucho más que hasta entonces, pero comí mucho menos. Algunos de los poetas que conocí por aquellos días sucumbieron a causa de las dietas rigurosas de la pobreza”.

Mis amigos me observaban como una rara avis; parecía que el alcohol afectaría mis neuronas. Con el tiempo, me hicieron cambiar de opinión, y empecé a disfrutar la compatibilidad del vino con la inspiración poética. No fue una buena idea, y mis estudios se fueron resintiendo.

Me gustaba vestir de negro, como una manera de homenajear a los viejos poetas chilenos. No sabía tratar a las mujeres; al verlas, me sonrojaba y empezaba a tartamudear. Después, esa faceta iba a quedar en el olvido, y tuve una frondosa lista de amoríos.

ABIERTO AL MUNDO

En 1924 me endeudé hasta los huesos para que viera la luz Veinte poemas de amor y una canción desesperada. “A la casa de empeños se fue rápidamente el reloj que solemnemente me había regalado mi padre, reloj al que él le había hecho pintar dos banderitas cruzadas. Al reloj siguió mi traje negro de poeta. 

El impresor era inexorable y, al final, lista totalmente la edición y pegadas las tapas, me dijo con aire siniestro. No se llevará ni un solo ejemplar sin antes pagarlo todo”.

Para mi sorpresa, me transformé con sólo 20 años en un poeta popular y famoso. Debo reconocer que algunos vecinos fueron generosos, aportando unos pesos para ayudar a la publicación; me tenían fe. A pesar de mi notoriedad, no alcanzaba el dinero. Tenía que buscarme otra ocupación, y un conocido me recomendó la carrera diplomática.

El poeta chileno Pablo Neruda y su primera esposa, Maruca Hagenaar. (La Voz / Archivo)

Me entusiasmaba la posibilidad de conocer el mundo; pero no fue lo esperado.

Mi primer destino fue Birmania; luego Ceilán y la isla de Java, una excolonia holandesa. La soledad era abrumadora, y los idiomas desconocidos. La única alegría fue conocer a quien sería mi esposa, Maruca Hagenaar; tuvimos una niña, quien murió con sólo ocho años. Su enfermedad congénita resintió el matrimonio.

Delia del Carril, cuñada de Ricardo Güiraldes, me abrió el camino para conocer la intelectualidad de España. Era 20 años mayor que yo, a pesar de lo cual fue mi amante y gran artífice de mi vida de poeta. Era muy culta, y gracias a ella conocí, entre otros, a Miguel Hernández y a Federico García Lorca. Cuando se desató la guerra civil española, yo era cónsul en Madrid. Mis poemas denunciaban las crueldades que se vivían.

POETA POLÍTICO

En 1939, ya de nuevo en Chile, sentí orgullo por la gestión que llevé a cabo para que anclara en Valparaíso el navío Winnipeg, que cargaba dos mil refugiados que huían del hostigamiento del general Francisco Franco

Las cosas habían cambiado, y mis compatriotas se habían transformado en mis admiradores. Gritaban sin parar: “¡Viva Pablo Neruda! ¡Viva el poeta del pueblo!”. Mi emoción no tenía límite.

Publiqué un artículo contra el presidente González Videla; el título era “La crisis democrática de Chile es una advertencia dramática para nuestro continente”. De golpe, me convertí de prestigioso senador de la República a perseguido político.

Me vi obligado a pasar a la clandestinidad. Crucé con cuatro compañeros a caballo la cordillera de los Andes, y desde Argentina me trasladé a Uruguay; allí me embarqué hacia Francia, donde viví tres años hasta que pude volver a mi querido Santiago.

UNA CASA EN ISLA NEGRA

Le compré a un viejo navegante español una casa en Isla Negra, en la comuna del Quisco, en Valparaíso. 

Había encontrado mi lugar; “la casa (…) no sé cuándo nació… era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades (…) Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido (…) por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos (…) ¡Aquí, dijo don Eladio Sobrino! y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles”.

El escritor chileno y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda en su casa de Isla Negra. (Sara Facio / La Voz / Archivo)

Era una pequeña casa de piedra. Yo proyectaba como un arquitecto, y los maestros la iban reconstruyendo; ansiaba un amplio ventanal que mirara al Pacífico. 

Una vez que estuvo lista, sentí una alegría inmensa. Allí escribí buena parte de mi obra y recibí a amigos, con quienes compartimos una bebida fuerte. Pero nunca fue un hospedaje; nadie se quedaba a dormir.

Me gustaba dormir la siesta; el dormitorio, que compartía con Delia, estaba arriba. Me separé de ella en 1955. Mi nueva pareja, Matilde Urrutia, que me acompañaría hasta el final, puso como condición para convivir la construcción de una nueva habitación; le angustiaba usar la anterior.

El Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda y su esposa Matilde Urrutia. (La Voz / Archivo)

La casa está presidida por un retrato de Matilde, hecho por Diego Rivera. Le dediqué a esa querida mujer “Sonetos de Amor”: “… amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso. Qué soledad errante hasta tu compañía”.

RECONOCIMIENTOS Y ERRORES

Cometí muchos errores en mi vida y los asumo. También acepto que mis detractores me critiquen hasta el hartazgo; es parte de su profesión. Lo que no admito es que lo hagan por mi mirada ideológica y no por mi obra. Insistían en que los comunistas españoles se habían encargado de ensalzar mi obra porque era uno de ellos.

Pero también tuve muchas caricias al alma. Mucha gente me apoyó; Gabriel García Márquez exageró, llamándome “el mejor poeta del siglo 20”; que lo haya dicho él no es poca cosa.

En 1971 me galardonaron con el Premio Nobel de Literatura. Inmediatamente llamé a Gabo, que estaba en Barcelona; le dije: “Tienes que venir con tu mujer a cenar mañana conmigo en París”. A él no le gustaba viajar en avión, por lo cual tenía que moverse en tren y los tiempos no le cerraban.

El poeta chileno Pablo Neruda recibe el Premio Nobel de Literatura en 1971. (La Voz / Archivo)

Le puse voz tierna, como con ganas de llorar, y lo convencí. Cuando bajó del avión, lo puse al tanto de la noticia y le conté que lo primero que le había dicho a los periodistas fue: “El que merecía ese premio es Gabriel García Márquez”.

Allí comprendió la razón por la cual necesitaba que cenara conmigo. No había razón, pero tenía un cargo de conciencia.

Dos años más tarde, regresé a Chile después de renunciar como embajador en Francia. Me había designado en el cargo mi gran amigo, el presidente Salvador Allende. 

Doce días después del golpe militar, llegó mi hora; el cáncer me ganó la batalla. Una multitud me despidió, desafiando al régimen pinochetista, que había prohibido las manifestaciones públicas.

Para quienes me quieran visitar, estoy enterrado junto a Matilde en Isla Negra. Dejé por escrito que allí debían quedar mis restos para toda la eternidad. Es un bello lugar, sobre un acantilado con vista al océano Pacífico.

Imagen de portada: Gentileza de “La Voz”

FUENTE RESPONSABLE: La Voz por Daniel Gattas/Ejercicio imaginario/Vida/Cultura/ Literatura/Homenaje/Pablo Neruda.

5 poemas de ‘Lírica erótica de la India clásica’

Lírica erótica de la India clásica (Hiperión) reúne dos breves colecciones de poesía erótica sánscrita, el Śṛṅgāratilaka (“la señal de la pasión”), con treinta y siete epigramas, y el Ghaṭakarpara (“la olla rota”), oda de veintiún estrofas en la que una mujer expresa su añoranza por el amado; su título parece esconder el nombre del autor, que presume con orgullo de su habilidad con la rima. 

La sencillez de su estilo sitúa estas obras en una fecha anterior al gran poeta Kālidāsa (ss. IV-V d. C.); el ser muestras tan tempranas de la lírica sánscrita clásica tipo kāvya les confiere especial relevancia. La poesía kāvya se caracterizaba por un estilo de gran elegancia formal, con sus propios códigos estéticos y técnicos. 

En la lírica amorosa de la India clásica, el autor no refleja necesariamente sus propios sentimientos: da voz a situaciones y personajes codificados, lo que sin embargo le permite expresar una sutil gama de sentimientos. Sorprenden la hondura de los sentimientos femeninos, o la finura con que se reflejan los cambios de humor de los amantes.

El traductor y editor del texto, Francisco J. Rubio Orecilla, es profesor de sánscrito en la Universidad de Salamanca. Formado como filólogo clásico e indo europeísta, se especializó en filología védica y lingüística indoirania en Salamanca y en diversas universidades alemanas, y desde hace años trabaja en la interpretación de los textos sánscritos más antiguos: los Vedas y las grandes epopeyas de la India.

1

Sus dos brazos son tallo de nenúfar;

un loto su rostro,

agua juguetona su gracia

y piedras del estanque sus caderas,

pececillos sus ojos,

un bejuco su trenza;

de la amada son los pechos

parejita de patos canela;

es ella un lago placentero que formó el creador

para sumergir a los que Amor quemó con sus flechas.

***

2

La dulce noche ha llegado; si no ha vuelto aún mi esposo,

váyase mi vida en la pira, si volver a nacer yo suplico.

El cazador, en el lazo que al cuco tendió;

y el planeta Rāhu, en el eclipse de la luna esquiva;

el destello mismo del ojo de Śiva, en Amor;

así mi pasión ha sucumbido al que es dueño de mi vida.

***

3

Loto azul tu mirada;

tu rostro, loto blanco;

de jazmín los dientes;

el labio superior, tierno capullo;

los miembros, de pétalos de magnolia;

si así el creador te creó,

mi amada, ¿cómo es que en piedra

te modeló el corazón?

***

4

La mejor lavandera, sola sobre el pétalo de un loto

muestra al verla el señorío de cuatro divisiones del ejército;

qué me harán en el loto de tu rostro

ese par de lavanderas, tus ojos, yo no lo sé.

***

5

Quienes una lavandera por ventura ven,

donde sea, sobre un loto,

todos ellos se convierten en poetas en extremo famosos,

cual rey que la tierra detenta.

Ese par de lavanderas, tus ojos,

en el loto de tu rostro: quienes los ven,

inválidos quedan en la red de las flechas del Amor.

¡Incauta, qué milagro!

—————————————

Imagen de la portada: Gentileza de Zenda. Autores, Libros y Cía.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, Libros y Cía.

VV.AA. Edición, traducción y notas: Francisco J. Rubio Orecilla. Título: Lírica erótica de la India clásica. Editorial: Hiperión. 

Esperanza Ortega. El fulgor de la poesía sencilla y natural.

La editorial Dilema publica su poesía reunida en «Diario de lo no vivido»

Tras la lectura de la poesía reunida en el volumen Diario de lo no vivido (Dilema) de la palentina Esperanza Ortega (1953) uno se queda balbuciendo y cae en el recuerdo de sus lecturas, de esperanza y amor por el otro y la naturaleza, del poeta Francisco de Asís en su Cántico del hermano sol (por cierto, en las pp. 500-501, cita un divertido pasaje de Las florecillas… sobre el quehacer demiurgo del poeta). Creo que la sencillez franciscana anida en la poesía de Esperanza Ortega. Creo también que esta poeta vive la palabra poética como pocas personas; pues, ella sí habla de lo que le ofrece su propia vida y canta lo que ve y lo que experimenta; también de lo que ama y pierde: “En el jardín/ perdido entre las rosas/ el amor/ no sale de su asombro”. O: “Treinta años/ -ya han crecido las rosas-/ y aún aguardo/ que suceda el prodigio/ que florezca tu nombre”.

El volumen de 548 páginas se abre con un inteligente y luminoso delantal del poeta zamorano Tomás Sánchez Santiago, Como quien pesa migas. Un prólogo de los que sí hay que leer. Después figura la bibliografía de Esperanza y tras ella los libros de poesía Algún día (Ediciones Portuguesas, Valladolid, 1988); Mudanza (Ave del Paraíso, Madrid, 1994); Hilo solo (Premio Gil de Biedma, Visor, Madrid, 1995); Como si fuera una palabra (Lumen, Barcelona, 2002), y dos apartados: Más poemas (que contiene el Poema de las cinco estaciones, Poema de Amor y de Nadie, En un árbol escrito y (Me preguntan por qué y para qué escribo), y Canciones, con diez poemas: uno de ellos dedicado a Francisco Pino, Elegía mínima. Después el último capítulo: Textos anfibios que contiene Poéticas, Indicios y Cuaderno de la prisa. Me gustan especialmente estos textos anfibios y sobre todo ese Cuaderno de la prisa pues es como un epílogo en prosa, diríase, sobre su existencia en el espacio poético de lo más actual, pandemia incluida, en 151 textos con una prosa lírica admirable. Me gustan, pues, en ellos leo la búsqueda y aspiración constante de y por ese algo nuevo, que decía Juan Ramón Jiménez. Que es: “La angustia de lo no vivido, tan presente, tan lejano”. Consecuente con esto nos dice: “Cuando muera –pensé- yo no quiero ver lo vivido en ese segundo, sino lo no vivido, lo que pudo ser y no fue”.

Puedo escribir sin temor a equivocarme que esta poesía reunida, con este contenido y de esa forma compaginada es la mejor manera de conocer la obra poética de la autora, o al menos de acercarse a la misma por las personas lectoras. Y conocer de cerca esos sus instantes detenidos, a la vez que imaginar sueños, que dice la poeta Ortega. Porque es una poeta que se nutre también “de lo no vivido, del sueño, del deseo, de la esperanza ¡Y del horror!”.

Así, pues, a la poesía de Esperanza la guía la intuición (todos sabemos que la lírica no tiene una métrica específica: es la intuición del o de la poeta la que la guía) y el respeto a la musicalidad del verso y está imbricada con la belleza de lo pequeño, lo menor, qué franciscano es sencillamente esto (orden de frailes menores), y con el descubrimiento de lo insólito de lo cotidiano: con “las dulces, las limpias palabras de la poesía: descansillo, refugio, alivio, ventana, ensueño, regazo, verdad…”. Calidad y belleza en sus poemas. 

Ella aprehende de la poesía de la vida y se hace su amante. Está a la escucha, como bien dice, “que es una forma de leer el mundo”.

No me cabe ninguna duda: la poesía de Esperanza Ortega se sabe igual a la vida misma. Y es en la relación con el otro donde está la esencia misma de su poesía, de su creación poética, de su quehacer demiurgo: “La Humanidad, o gran parte de ella, ha perdido la juventud, la inocencia, el entusiasmo. 

Para recuperarlos, haría falta que sufriéramos con los que sufren la miseria, la persecución. Pero solo sabemos de nuestro propio dolor, y en él nos basamos para compadecernos de los otros. Hoy, más que nunca, el dolor íntimo es lo que refleja el dolor universal”.

Pero, justo y necesario es decirlo: esta poesía solo interesará a las personas lectoras que no hayan perdido la capacidad de asombro, que sean como el niño ante un caleidoscopio. También hay que señalar que no se queda corta en decir lo que le gusta y lo que no en poesía: así, se refiere a la poesía narrativa y a la poesía confesional tan de moda: “Lo que sucede es que, en el arte, en la poesía, la verdad es extremadamente pudorosa. 

Por eso es una falacia tanto hablar de poesía narrativa como de poesía confesional”. Asimismo, tiene palabras para la poesía del silencio: “A veces pienso que lo mejor sería callar del todo, callarse sin lenguaje, no con el lenguaje del silencio (la poesía del silencio, ¡qué superchería!)”. La poesía para esta poetisa “es reconocimiento, en el sentido platónico”. 

Todo gira alrededor de la inspiración y el entusiasmo, del conocimiento y de la verdad en la poesía de Esperanza Ortega y nos dirá en dos significativos versos que nos llevan a la Grecia homérica (Homero tuvo la culpa de todo): “Todavía el rocío/ no había sido contemplado por los ojos de Nadie”.

En estos poemas verdaderos de Diario de lo no vivido hay expresión de sentimientos, de pensamientos, hay intensidad, fuerza en sus versos, y son textos con proyección de futuro: “Alguien acude a desatar/ tus manos anudadas a la espalda”. Pues hoy la poesía en general y esta poesía en particular aparece más necesaria que nunca y como asegura la poeta: “no quiero ser yo sola la que vea/ perderse en el cristal todos los pájaros”. Que me recuerda aquello de Saint-John Perse, en versión de José Luis Rivas: “Pájaros, lanzas levantadas en todas las fronteras del hombre!”

Para terminar esta lectura, destacar la falta de punto final en la mayoría de poemas, o sea como abiertos a la continuidad. 

Es un acierto esta relación entre autora y personas lectoras que se acerquen a su poesía, pues me parece que casi o sin casi el lector puede llegar a ser coautor de estos poemas, o al menos intuyo que la poeta así lo quiere en estos poemas polimétricos y con una musicalidad ajustada. Todo un logro poético, pues “aquello que tocaste con los ojos cerrados/ sucede/ cada día”.

Imagen de portada: Gentileza de Librujula

FUENTE RESPONSABLE: Librujula por Enrique Villagrasa

Esperanza Ortega/Poesía/Poetisa

Para tod@s ustedes; amig@s virtuales amantes de las letras…

Tres obras imperdibles para conocer a María Teresa Andruetto.

Se trata de una de las escritoras cordobesas más reconocidas a nivel internacional tanto por sus novelas como por sus cuentos.   

María Teresa Andruetto es oriunda de Oliva y vive en Cabana, Unquillo, y es mundialmente conocida por ser la única persona de habla hispana en ganar el premio Hans Christian Andersen de literatura infantil y juvenil. También fue finalista del Premio Rómulo Gallegos por su novela “Lengua Madre”.  

Se trata de una de las escritoras cordobesas más reconocidas a nivel internacional tanto por sus novelas como por sus cuentos.

Los Manchados

Una joven que busca incansablemente a su padre en el norte argentino y un grupo de mujeres mayores que hilvanan recuerdos de ese hombre que durante los años de la dictadura pasó por ese pueblo buscando también sus raíces.

Un libro que explora los matices regionales de la lengua y el proceso de construcción de la identidad.

La primera voz de esta historia coral es Emerita, esposa de Pepe, quien relata con tranquilidad pueblerina todos y cada uno de los detalles del encuentro con Nicolás, quien se alojó en su humilde pensión una noche en busca de cama y comida.

La obra mezcla también literatura y la polí­tica con elementos que hacen alusión a hitos históricos de la época de represión: “El Chacho Peñaloza, los asesinos de Operación Masacre, el padre Angelelli, entre otros.

Lengua madre

Un conjunto de relatos epistolares que cuentan la conmovedora historia de tres generaciones de mujeres. A través de pequeños fragmentos desordenados, Andruetto revela sus conflictos, sus temores y obsesiones, con lo mejor y lo peor de cada una. ¿Qué es lo provocador de este libro? Que es profundamente humano. 

A través de las historias de su madre y de su abuela, Julieta descubre quién es ella misma. 

Los textos son presentados sin un orden particular, lo que convierte al lector en parte de la obra: es uno quien debe ponerse a descifrar qué ocurrió cuando. No por nada la autora describe esta obra, precisamente, como una partitura: debe ser interpretada. 

“La lengua madre -refiere- es un fluir de sentimientos nobles. No es un lenguaje documentado, lo tengo dentro mío porque viajé mucho a la zona del noroeste argentino. Esas hablas están dentro mío”, expresó la escritora sobre la obra.

No a mucha gente le gusta esta tranquilidad

Se trata de su segundo libro de cuentos, que reúne un puñado de historias ordinarias en aparente quietud, como quien remueve las capas amontonadas del paso del tiempo, para indagar sobre sus márgenes a partir de un lenguaje que retoma ese sosiego y por momentos se vuelve perturbador. 

Un viejo despatarrado que quiere encontrarse con su “muñeca muerta”, la mujer cuya partida hace un tiempo casi remoto lo dejó sumergido en las sombras; dos hermanos en la llanura con un microcosmos al que solo ellos dos tienen acceso, o el ritmo de una trama personal que hace y deshace sin previo aviso pero de alguna forma extiende su tiempo en este mundo marcan el tono de algunos de estos relatos.

Imagen de portada: Gentile de Entre líneas

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“Mujeres letales” reúne una gran cantidad de cuentos de terror escritos por mujeres entre 1830 y 1908.

Escritoras populares, eclipsadas por el paso del tiempo o la prevalencia de colegas masculinos: la antología Mujeres letales de Edhasa rescata una gran cantidad de autoras del género de terror aun dentro de una diversidad temática y estilística que supera cualquier rigidez conceptual. Reúne textos que van de 1830 a 1908 y hace convivir a ineludibles como Mary Shelley, Elizabeth Gaskell y Vernon Lee, con autoras no identificadas con el rubro como Louisa May Alcott y Edith Warthon, y también incluye sorpresas como Helena Blavatsky y Mary Elizabeth Braddon.

En los últimos años las antologías de cuentos góticos y de fantasmas escritos por mujeres durante el siglo XIX son legión. Las selecciones, como todo recorte, pueden ser flojas, desparejas, excelentes o repetitivas: el último caso suele ser el más común. Por eso Mujeres letales: Obras maestras de las reinas del terror (Edhasa) es notable, más allá del título chillón: se trata de una muestra de lo mejor y también lo menos antologado, salvo excepciones, de un conjunto de escritoras que fueron muy populares y que, en la mayoría de los casos, eclipsó el tiempo y la prevalencia de escritores varones. 

Una de las pistas del valioso criterio de selección es el editor Graeme Davis, un especialista en juegos de rol y videogames que tiene un ojo notable como antologador de terror y ficción oscura: ya hizo para la editorial Simon & Schuster una selección impecable llamada Colonial Horrors, con un seleccionado de los pioneros del género en Estados Unidos. Como este, es un libro largo, exhaustivo, investigado: Mujeres letales tiene 680 páginas, los cuentos van de 1830 a 1908 y tiene breves y contundentes biografías de cada autora.

Las invitadas de siempre, por supuesto, no faltan. Sin embargo Mary Shelley, Elizabeth Gaskell y Vernon Lee, por ejemplo, aparecen con relatos poco conocidos y, en ocasiones, muy extraños. “La transformación”, de Shelley, transcurre en Italia, como muchos otros del libro –y de la época: era el país mediterráneo favorito de quienes podían viajar- pero el tema fáustico es bastante oscuro. 

Un joven genovés, enamorado de la hija del mejor amigo de su padre tiene una vida tan disoluta que impide la relación. Desesperado, se encuentra por casualidad con una suerte de demonio que le ofrece un cambio de cuerpo. Suena convencional pero no lo es y menos cuando se publicó, en 1830: tiene algo morboso y desesperante porque, como es de esperar, el ser maligno no cede su nuevo cuerpo tan fácilmente a pesar del pacto. 

Gaskell, famosa biografía de Charlotte Brontë y colaboradora de Dickens aparece con un relato poco conocido, “La casa solariega Morton”, que es un cuento gótico, pero sobre todo un cuento de mujeres que repasa muchas de las condiciones de vida de la época: desde la joven heredera que cae en desgracia y termina viviendo en la miseria, hasta las solteronas excéntricas y vivaces o la esposa maltratada por orgullosa y finalmente encerrada en una institución psiquiátrica por su marido. 

El punto de vista es de dos hermanas, los detalles de la vida cotidiana femenina están presentes, casi no hay terror sobrenatural: los miedos son a quedarse sin la propiedad o ser condenadas por un hombre cruel que ejerce de dueño. Vernon Lee –feminista, lesbiana, amiga de Mario Praz y otra apasionada de Italia– aparece con “La puerta oculta”, cuento frenético sobre una sugestión, escrito con un estilo vivaz y paranoico perfecto para el tema.

Quizá el único relato de inclusión obligatoria en la antología sea “El empapelado amarillo” de Charlotte Perkins Gilman, sobre una mujer que transita una depresión posparto que desencadena un brote; resulta muy difícil dejarlo fuera porque su contenido es cada vez más vigente y el texto, en primera persona y de primera mano –Perkins Gilman sufrió depresión después de parir- da cada vez más miedo: “Es la misma mujer, yo lo sé”, dice la narradora mientras mira por la ventana de su cuarto, “pues siempre está arrastrándose, y la mayoría de las mujeres no se arrastra a la luz del día”.

HELENA BLAVATSKY

Igual de buenos son dos relatos muy distintos, en estilo y en intención: el primero, “La duquesa orante” de Edith Wharton se traslada una vez más a Italia para contar a una mujer dominada por un marido que parece despreciarla y gozar con su sufrimiento, aunque cada castigo es sutil y ambiguo: ella a la defensiva, él atacando con la espada envuelta en terciopelo. 

El otro es “Un alma insatisfecha” de Annie Trumbull Slosson, estadounidense y más conocida como entomóloga (hay tres especies de insectos que llevan su nombre): se trata de un cuento sosegado sobre una mujer inquieta que, cuando muere, vuelve de la tumba en vida, una zombie totalmente normal físicamente aunque angustiada de a ratos, recibida por su comunidad con una normalidad inquietante, una muerta entre sus vecinos que podría seguir así, sin explicaciones, sin subir el tono, sin lugares comunes del terror.

Además de contener cuentos notables, el libro sirve como guía de autoras, muchas de ellas casi desconocidas y, en otros casos, es útil para conocer el lado b de escritoras famosas como Louisa May Alcott. 

La autora de Mujercitas aparece con “Perdidos en la pirámide o la maldición de la momia”, un título que explica la trama pero no su final desolador, bastante más oscuro de lo esperable en los, por lo general, entretenidos relatos sobre Egipto tan del gusto victoriano. De Elizabeth Stuart Phelps, feminista norteamericana y una de las primeras mujeres en dar conferencias en Boston –además de autora de cincuenta y siete libros– se incluye “El fantasma de Kentucky”, un excelente cuento de fantasmas pero también un relato del mar, de barcos y marineros, algo a lo que no se atrevían tantas mujeres: ella maneja el lenguaje y la jerga de manera excelente y, ¿por qué no?, después de todo los hombres que escriben sobre justas medievales obviamente jamás viajaron en el tiempo. 

Y hay tantas por descubrir: Mary Elizabeth Braddon, por ejemplo, autora de “En la abadía de Crighton”, hermoso relato de costumbres de la clase media alta inglesa con fantasmas y maldición casi en segundo plano; ella escribió mas de 80 novelas “sensacionalistas”, de las que el editor Davis señala que “ponían el foco en las angustias sociales victorianas, pérdida de identidad y posición, deshonra social y fraude, a veces a con argumentos escabrosos”. Helena Blavatsky, célebre por haber creado su propio sistema de creencias ocultas, la Teosofía, es menos conocida como escritora: su relato “La cueva de los ecos” es de los más crueles y extraños de la selección e incluye chamanes rusos y un niño viejo inolvidable. Otro gran relato de superstición que tiene a una mujer como víctima –y una notable observación de la miseria- es “El destino de Madame Cabanel”, de la casi desconocida Eliza Lynn Linton, la primera periodista asalariada de Inglaterra, autora de veinte novelas e investigadora de la brujería. 

También merece atención la obra de Lady Dilke, el seudónimo de Emilia Francis Strong, presidenta de sindicatos de mujeres y periodista especializada en arte: en la nota biográfica se mencionan sus dos colecciones de relatos sobrenaturales y si son tan buenos como “El santuario de la muerte”, un oscuro cuento de hadas sobre una adolescente que quiere morir, el rescate debería ser inminente.

Domésticos, líricos, escritos en dialecto local –como el de Harriet Beecher-Stowe-, sobre aparecidos y violencias y femicidios y locura y casas embrujadas y revenants y objetos encantados, a veces tan “femeninos” como una taza o un retrato o un empapelado amarillo: todos los cuentos de Mujeres letales son fascinantes y revelan la increíble producción de estas mujeres profesionales, periodistas, escritoras y académicas, muchas de ellas feministas. El olvido alcanza a muchos autores pero lo que estas antologías rescatan, sobre todo, es la presencia de estas mujeres en los ambientes literarios de su tiempo, no como actrices secundarias sino como voces poderosas y prolíficas, como nombres inevitables que no dejaban de trabajar y publicar.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 Por Mariana Enriquez

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