El acertijo – Parte III

Julián , recordaba claramente
el rostro de aquel desconocido
que dijo llamarse Alexander,
como así también el del que 
se les unió enseguida al minu
to
a quien el recién llegado
se los presento como su amigo,
con el que juntos, explico 
visitaban algunos países
de Sudamérica, habiendo llegado
a Buenos Aires, la noche anterior.

El otro se presentó con una sonrisa
y con un perfecto castellano neutro,
dijo llamarse Boris y ser de origen ruso
diciendo que se alojaban en el Hotel Madero.

Julián, trató de recordar cada detalle
en forma pormenorizada de las actitudes
de los dos tipos, que parecieron cordiales
y solo se limitaron a preguntarles
sobre aquellos lugares de interés,
que serían interesantes visitar en la ciudad,
dado que estarían seguramente unos días,
casi diez porque ya habían reservado
un día de campo, en una estancia cercana.

Pero recordó que desde que Boris
se sentó a la mesa junto a los tres, 
Alexander cada vez que lo él lo miraba,
apartaba nerviosamente la vista de Amanda.

Se exigió a sí mismo, profundizar en eso
y luego de unos minutos, logro recordar
que el interés de Alexander, además 
de la belleza salvaje de Amanda, 
que a nadie le extrañaría, conociéndola
estaba depositado más en su dedo índice,
en el que llevaba un anillo antiquísimo,
a la que cuando él le pregunto alguna vez,
la joven le respondió que era un recuerdo.

Mismo hacia un tiempo Amanda, se lo saco 
dándoselo, Julián se sorprendió al ver símbolos
para él, absolutamente extraños y desconocidos.

Cuando pregunto sobre ellos, Amanda
solo le comento que el anillo era antiquísimo
y el grabado, correspondía a la simbología aramea.
..

El Acertijo – Parte II

Se preguntó, preocupado
entre la tristeza que lo oprimía
ante la ausencia de Amanda,
previamente a tomar su teléfono
si algún vecino de la vieja casa,
habría escuchado esa pequeña
discusión que habían mantenido,
antes de partir el a su trabajo.

Como también, si alguien 
lo había visto salir
y volver a entrar con la rosa
en sus manos como prenda
de reconciliación con su mujer.

Comenzó a sudar. Se preguntó,
respirando y expirando más de una vez
para tranquilizarse y no volverse paranoico,
si no era mejor aguardar algún llamado,
o poder descifrar lo que el suponía
como un acertijo, dándole una pista
que le señalara, donde podría estar Amanda.

Llamar a la policía, pensó a su vez
es lo más inconveniente por ahora,
comenzarían con las preguntas, 
no solo a él, también a todo aquel 
que viviera en esa casa de tres plantas
uno por uno y alguno, diría algo inconveniente,
quizás por haber escuchado esa discusión, 
lo que a él en realidad no le preocupaba, 
le preocupaba que la policía fuera a la habitación,
buscando por aquí y por allá, moviendo las piezas
tal como las que él, había encontrado al llegar.

No, se dijo. No llamaré. Tengo que pensar.
Sé que una denuncia por desaparición
tiene 24 horas como término o plazo,
es el escaso tiempo que dispongo
para poder descubrir que ha sucedido.

Comenzó a realizar en forma
minuciosa una retrospectiva,
tratando de ver como una película
lo sucedido en la última semana.

Así pensó cuando el anterior domingo
visitaron la feria de San Telmo,
y pasaron luego por la Iglesia
de Santo Domingo, por la Pascua.

Que luego fueron al barcito
donde solían sentarse 
a tomar unas birras,
luego de maravillarse
con todo nuevo patio antiguo,
que descubrían del viejo barrio.

Recordó que ahí era parte
del paseo de la historieta,
y que un pelirrojo alemán
en un ininteligible
español,
pregunto por el Museo de la Ciudad.

Y ellos, como buenos anfitriones
lo invitaron a una cerveza,
a lo que el extranjero agradeció
con una reverencia y se sentó a la mesa.
..

El acertijo – Parte I

La llamo al llegar como siempre 
nadie contesto, era infrecuente, 
siempre ella lo esperaba sonriente,
con esas mohindades que alumbraban
su rostro, que la hacía aún más niña.

Recorrió el departamento que ambos
compartían desde poco tiempo,
desde que se habían descubierto
viviendo juntos ese amor de ensueño.

Todo estaba como siempre, en su lugar
se apresuró a ir a la habitación 
y quedo tieso, al llegar a ella.

Las puertas de los placares
abiertas de par en par, 
sin la ropa de ella ni su maleta,
como si hubiera tenido prisa
por alguna desconocida causa.

No vio una nota alguna
ni siquiera un papelito cualquiera,
escrito explicando lo que fuera,
como para contener tanta tristeza.

Se dejó caer en una silla
por largas horas, atardecía
sus manos en la cabeza, 
mientras pequeñas lágrimas  
mojaban levemente sus mejillas.

Levanto su rostro y se sorprendió,
recién allí percibió sobre la colcha,
los pétalos de la rosa que como ofrenda
de amor le había regalado por la mañana,
luego de una de esas tontas 
y cortas discusiones de toda pareja.

Pero le resulto más que extraño
la forma en que estaban ubicados,
como si alguien hubiera querido
dibujar una figura que representara
como un sutil y cruel acertijo,
a una mujer durmiendo en forma fetal
tal como lo hacía, su querida Amanda.

No podía interpretar aquello,
ella no podría haberlo hecho,
dando a conocer su despedida
no haría algo así, la conocía.

El terror se apodero de él,
bajo a la calle, apresurado
recorrió cada negocio cercano,
donde habitualmente ella iba,
en todos, recibió la misma respuesta
nadie la había visto ese día.

Pensó, luego de comunicarse
sin éxito con amigos comunes, 
y el “no se” resonando en sus oídos, 
que solo le quedaba llamar al 911… 

La pandemia

La psicosis, no ya sorpresa invade al mundo,
que paralizado solo puede ser observador
y solo informarse de lo que está pasando,
de miles de muertes que serán anécdotas,
dentro de unos años ya, como lo han sido
aquellas víctimas de otras epidemias
la gripe aviar, la porcina o el ebola.

Suposiciones e hipótesis que dé a decenas
los medios amarillos propagan sin cesar,
no se respira más que angustia en Europa,
ya en América o en Oceanía, en África,
también en Asia o Medio Oriente,
resultado de un mundo globalizado 
en donde el Coronavirus pareciera programado,
para diezmar a la población y crear pánico.

Los stocks de barbijos han desaparecido
y como siempre, ante la necesidad ha quintuplicado
su valor, para llevar la tragedia a los bolsillos
de los que siempre se aprovechan de los otros,
como si fueran solo feligreses con su mejor diezmo,
ignorando que quizás golpeen a sus propias puertas
debiendo marchar también quizás, infectados
por ese camino de no regreso.

Todo viajero, es sospechado…
Un estornudo cerca, nos pone en alerta…
Un apretón de manos se evita y se repite
una, mil veces el consejo de lavarse las manos…
como si ello, parara este virus que se propaga
y da número a estadísticas espeluznantes,
que carecen ya de sentido, porque día que pasa
avanza y más rápidamente, contagia.

Sigo preguntándome, con los avances
de la biotecnología y las investigaciones…
¿ Quién será o serán los criminales
que continúan sin entregar al mundo,
la vacuna que detenga este suicidio colectivo?

“Fede”

Había algo en él, malévolo
que me disgustaba,
no había podido descubrir
en realidad si era solo un prejuicio,
o por el contrario estaba frente
a un ser despreciable,
que lo disimulaba muy bien.

Lo fui observando, cada día
sin que se diera cuenta
en el conventillo, donde vivíamos.

La mayoría de su gente,
humilde pero trabajando
hasta desmayar, para llevar
el mangrullo a su mesa.

Federico, o se hacía llamar “Fede”
era más malicioso de lo que suponía.

Un día descubrí, que en la puerta
de la habitación de los García,
dejo sobre un papel de periódico
su propio excremento.

Otro, molestaba a los niños
que jugaban en el patio,
haciéndolos huir hacia adentro
por el temor que les causaba.

Su temperamento era de lo más extraño,
hablaba con una suavidad, que sin conocerlo
de podía creer que en esa persona
se encerraba un caballero de tiempos idos.

Fue cuando el “viejo” Matías, me vio
observándolo entre las cortinas de mi cuarto.

Me golpeo la puerta y me pregunto
si podía entrar a preguntarme algo.

El “viejo” era el bonachón del conventillo
a quien todos les debían algún favor, como negarme.
Me pregunto porque observaba tanto a “Fede”,
cuando le dije, se encogió de hombros
y deslizo:¿ ahh…entonces no sabes lo que tiene? 
mi cara de interrogante cerrando el entrecejo,
le dio la respuesta sin necesidad de palabra alguna.

Tosió, se tomó un respiro de esos cigarros
que siempre tenía en sus labios solo mordiendo
ese tabaco de mal olor y amargo.

Sabes me dijo, “Fede” padece de esquizofrenia,
a veces del Dr. Jeckyll pasa a ser el Sr. Hyde,
se transforma de repente y solo aquí pudo llegar
después de escapar del hospicio en que lo tenían.

Y me agrego, hace cosas locas, pero no lastimara
a nadie, no te preocupes. 
No ha sido nunca capaz de ello.
Es un pobre niño hombre abandonado
hace tiempo, y aquí encontró su cobijo.

Solo necesita que alguien en sus momentos
de lucidez que los tiene, no lo dudes le converse
sobre animales y mariposas, como del puerto cercano.

Ahí comprendí, dos seres encerrados en un mismo cuerpo.
A partir de allí, me transforme en su oyente preferido.

Todo por una leyenda…

Brumosa la tarde, demasiado extraña
por el viento Zonda que siempre visita
desde la zona puntana a Potrerillos.

Miro desde la ventana de la casa
que se ubica frente al Cordón del Plata,
llamado así, al cordón montañoso de los Andes
que en su totalidad se encuentra en Mendoza,
la misma provincia, en donde se encuentra el Aconcagua.

La cima del Cordón en sus cumbres van desde
los 4.000 a los 5.000 sobre el nivel del mar.
Se preguntaran la razón de mi fluidez
en la descripción de un lugar
que cualquier foráneo que llegara
a la Argentina, seguramente no tomaría en cuenta
para conocer nuestro país, inmensamente grande
pero no del todo nuestro –ya lo he explicado alguna vez-

Los turistas apuntan al sur, por el Glaciar Perito Moreno
Ushuaia, la ciudad del fin del mundo
o hacia la provincia de Misiones,
con las Cataratas del Iguazú
como atracción imperdible e inigualable,
con su exuberante y casi tropical vegetación,
la frondosidad de los grandes helechos,
las cañas de los bambúes,
los graciosos troncos de las palmeras
y miles de especies de árboles,
con sus copas inclinándose sobre el abismo
adornado con musgos, begonias rojas,
orquídeas de oro, brómelas brillantes
y bejucos con flores trompetas.

Me detengo y dejo de divagar
luego de hacerles conocer
aunque mas no sea en letras,
una de las nuevas maravillas del mundo.

Vuelvo adonde estoy, parado frente a la ventana
de la casa de mi hijo en Potrerillos,
con el viento Zonda que atrevido
como siempre, ha volteado álamos uno tras otro.

Va cayendo el atardecer, el cielo rojizo
la bruma sobre las cumbres,
y el calor que fluye de la salamandra
que encendí hace un par de horas.

La verdadera razón de mi estancia aquí,
ha sido derribar esas leyendas
que mi hijo, cada vez que nos encontramos
me dice que se las cree, por la certeza
que le han dado los lugareños.

A veces pienso, que la altura
de este pueblo de montaña,
en algo debe afectar la razón.

La leyenda del Futre
el jinete sin cabeza argentino,
homólogo de la leyenda de Irving
es uno de los principales misterios
de esta zona pre-cordillerana.

Atizo y agrego más leña,
el frió se siente y pongo la sartén
sobre la salamandra para calentar
el exquisito callo a la madrileña,
que supe preparar al mediodía.

Me sobresalta un ruido a galope de caballo,
me acerco a la ventana y quedo tieso.
La espectral aparición del Futre
con su cabeza en su diestra,
pero al observarme en la ventana
tiró de las riendas y el caballo
levantando sus patas delanteras,
dio media vuelta y se alejo
perdiéndose en la obscuridad de la noche.

Tardo minutos en reaccionar
de tamaño susto, en un lugar
donde ni siquiera tengo señal
para pedir auxilio a quien fuera.

Ávido por saber que sucedió
y encontrar explicación a ello,
me prometí esperar hasta hoy.

Ya levantado y con una taza de café,
calentándome las manos
le pregunte a un baqueano del lugar
quien al mirarme, sonrió cauteloso.

Me afirmo que el Futre no anda entre la gente,
y solo está en la conciencia sucia de los malhechores.

Quede más preocupado que antes,
y al volver a Buenos Aires
hablaré de esto con mi psicóloga,
porque claro que he pecado muchas veces en mi vida,
pero jamás se me ha ocurrido a nadie, robarle nada.

Un viaje…para curar un dolor.

Había planificado como siempre,
en solitario mi viaje a Italia
haciendo cabecera en Salerno,
luego del dolor de terminar
la relación de años con Bárbara.

Alojado en Salerno
no podía dejar de viajar a Pompea,
tanto había leído de su desgraciada
desaparición en los libros de historia,
imaginando el trágico momento de pánico
de todo un pueblo y fuera cubierta por siglos
por esa lava de carbón negruzco,
producida por el extremo calor
del infierno tan temido, el volcán Vesubio.

Una tenue luz iluminaba
la calle que llevaba al camposanto,
es decir, al “jardín de los fugitivos”
en donde figuras de yeso
moldeadas por los cuerpos hallados,
se exhiben en las posiciones en que estaban
al producirse la hecatombe,
manos crispadas, rostros sorprendidos,
otros plenos de terror.
algunos intentando taparle la boca
a un ser amado, para evitar el aire toxico.

Las calles de piedra, con aceras angostas
más la llovizna persistente y la humedad,
no hacía fácil observar cada una de las ruinas
que quedaban, en algunos casos casi intactas
y en otras destruidas por lo cual,
uno reconstruía desde la imaginación subjetiva.

La panadería, el lugar donde se encontraban los baños
que además se utilizaban para las “tranzas” políticas,
o el local en donde un gran aljibe albergaba
lo que en su momento, había sido la casa
que la madama regenteaba, para quienes
podían pagar sus placeres y lujuria,
las maravillosas las termas estabianas
como así también, las del Foro.

La historia de Pompea fue relatada
según se dice por Plinio “el joven”,
sobreviviente de la terrible erupción,
aún puede verse como en toda ciudad romana
el Foro, centro cívico de la ciudad.

Pero lo que me llamo la atención,
fue el Templo de Apolo,
en donde se destacaban estatuas
de Venus, Hermafrodito y Artemisa con su arco.

Me quedé impresionado observando
la belleza de esas pequeñas, pero hermosas obras.
Cavilando, pensé en Bárbara
en que nos habíamos equivocado,
y en como mi dolor en el pecho
seguramente por la angustia
me oprimía cada día, más y más.

Debido al clima, no había turistas
a la vista.
Atine a sentarme, mareado
y creo que en ese mismo momento
me desvanecí y creo haber soñado
con la asistencia de Artemisa,
la Deidad de la caza, del parto
y de la vida silvestre.
Su delicada mano se puso en mi pecho,
y ahí convulsionando, desperté
con los ojos al cielo, ya despejado.

No creí de que era un sueño,
solo que ingreso el oxigeno
que necesitaba al desvanecerme,
y ello me había vuelto a ponerme en sí.

Pero, no acostumbro a ser hipócrita.
Por lo que trato de pensar irracionalmente,
e insisto en mi mente, que sí fue un sueño
solo para recordar, el hermoso rostro de Artemisa.