Magda Tagtachian editó Artsaj, su nueva novela de “geopolítica romántica”

La autora dijo que escribe “historias de amor con lo que está en los diarios”. En la tercera entrega de la trilogía centrada en Alma Parsehyan, la protagonista aborda la invasión de la república que da nombre a la trama por tropas de Azerbaiyán en 2020. «Es un viaje emocional, espiritual, con mucha documentación», afirmó

Artsaj es una república independiente y autónoma con población históricamente armenia, ubicada en el Cáucaso Sur, en el límite entre Armenia y Azerbaiyán. El territorio fue invadido por esta segunda nación en 2020.

Artsaj es el título de la nueva novela de Magda Tagtachian publicada por Plaza & Janés. En la trama, la autora reúne a Alma Parsehyan y a su prima Nané en una nueva búsqueda del amor iniciada en 2020 con Alma Armenia, primera novela de la trilogía, y continuada por Rojava.

Si en las dos primeras los escenarios son Armenia y el enclave de mujeres milicianas en el norte de Siria, respectivamente, en Artsaj los es el territorio fronterizo entre Armenia y Azerbaiyán. En ese marco del conflicto bélico, Tagtachian despliega la historia de amor de sus protagonistas, la de fraternidad de dos primas y la lucha de los personajes por sanar sus heridas y reconciliarse con su pasado.

La también periodista –trabajó en la Editorial Atlántida y el diario Clarín–, define a sus novelas como “geopolítica romántica”. 

“Es un viaje emocional, espiritual, con mucha documentación. Tienen mucha investigación. Hay una historia de amo. y una historia geopolítica con datos y con actualidad”, dijo Tagtachian, quien recientemente adoptó la ciudadanía armenia, a Télam.

“Es una historia romántica pero con actualidad. Para mí es geopolítica romántica, que no sé si existe porque yo estoy haciendo ficción e historias de amor con lo que está en los diarios. Esta novela tiene los hechos que ocurrieron en 2020, entonces trabajé mucho sobre la actualidad”, añadió.

Y abundó: “Yo no voy al pasado, a la historia para contar un romance, como hacen otras colegas. Yo cuento una guerra que sucedió en 2020, donde también la pandemia está presente, donde el contexto está presente. E. 9 de noviembre de 2020 se firmó el acuerdo tripartito entr. Rusia, Azerbaiyán y Armenia, y yo me senté a escribir”.

La periodista y escritora Magda Tagtachian (Instagram)

La autora –nieta de sobrevivientes del genocidio armenio– explicó que siguió a través de amigos y colegas el conflicto en Artsaj y que eso la empujó a escribir.

“No podía bajar el horror al papel. Era un bollo de nervios y angustia. No encontraba el hilo para la trama ni para los personajes”, dijo en la entrevista publicada por la agencia de noticias este noviembre.

Al ser consultada sobre la continuidad del personaje de Alma –ya en una trilogía–, Tagtachian indicó que “primero supe qué quería contar Artsaj. Primero fue el tema periodístico y después pensé cómo retomar los temas abiertos. Yo uso a mis personajes para contar la actualidad, la primera plana del diario. Sabía que le debía un futuro, una vida a Alma, y conversando con una amiga se me ocurrió que la iba a llevar a Turquía”.

“Yo dialogo con Alma. Ella fue tomando fuerza desde mi primera novela y fue creciendo adentro mío. No me animaba a decir que era mi alter ego, pero es así. Alma creció y también Magda creció. Entonces, sí es sanador aunque no sé si se pueden sanar las heridas de una guerra, de un genocidio que Turquía no reconoce y que sigue perpetrando al día de hoy”, cerró la autora.

Artsaj se publicó el último octubre a través del sello Plaza & Janés

Imagen de portada: “Artsaj” (Plaza & Janés) es una travesía hacia una tierra en lucha para sanar las heridas y encontrar el amor.

FUENTE RESPONSABLE: Rosario 3. 14 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Entrevista.

 

 

 

Diego Muzzio: el amor, la locura y la muerte.

El autor argentino acaba de publicar su primera novela, pero construye desde hace tres décadas una obra variada y meticulosa, compuesta por poesía, cuentos infantiles, relatos y nouvelles. Textos en los cuales el amor, la locura y –sobre todo– la muerte ocupan un lugar central.

Hace algunos meses Diego Muzzio publicó El ojo de Goliat, su primera novela, editada en Buenos Aires por Entropía. Se trata de una obra que aborda temas como la locura, las formas de tratarla, la guerra, sus efectos, la muerte. La trama se desarrolla un siglo atrás, entre un neuropsiquiátrico en Edimburgo y un faro perdido en altamar, cerca de Tierra del Fuego, en el extremo sur de América.

El ojo de Goliat ha sido reseñada, elogiada, recomendada, y –dado que la novela es la forma narrativa dominante de nuestro tiempo– es posible que muchos lectores hayan escuchado hablar por primera vez de su autor a partir de esta publicación. Sin embargo, Muzzio (quien nació en Buenos Aires en 1969) no es ningún novato en esto de publicar libros. Casi lo contrario: ya ha superado la veintena. La mayoría son de poesía y literatura infantil; después llegaron los relatos breves y las nouvelles. Como si su obra fuera la historia de un desplazamiento desde las formas breves a las más extensas. La realidad, por supuesto, no es tan esquemática como a veces parece.

El perfil bajo que Muzzio cultiva, sumado al hecho de que viva en Francia desde hace casi dos décadas mientras sus libros se publican en la Argentina y por ahora han circulado bastante poco fuera de este país, también propicia que sea un autor, todavía, bastante secreto. Por eso –y por la calidad de su obra, sobre todo– conviene que hablemos un poco de él.

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En el principio fue la poesía. Muzzio siente que “en la adolescencia y la juventud uno está más en carne viva para escribir poesía: es el momento ideal”. Una convicción que su obra ratifica: su primer poemario, El hueso del ojo, lo publicó en 1991, cuando tenía veintidós años. Luego llegaron varios más: Sheol Sheol (1997), Gabatha (2000), Hieronymus Bosch (2005), Tratado sobre la ejecución de los animales (2007), El sistema defensivo de los muertos (2011) y Los lugares donde dormimos (2020). El autor revela que sigue escribiendo poesía, pero “con menos frecuencia”.

“El estado de ‘escritura poética’ es muy particular: un estado de atención diferente, la mirada tiene otra intensidad, no tiene nada que ver con la narrativa”, me dice Muzzio por Zoom, desde su casa en Le Mans, una ciudad a 200 kilómetros de París. ¿Por qué? ¿Qué pasa con la narrativa? “Es más un esfuerzo consciente de sentarse y escribir y corregir y desechar y volver a escribir… No es que la poesía no tenga ese trabajo de corrección. Pero el estado anímico, para mí, es otro”.

Cuenta una anécdota que habla de su proceso de creación poética pero también de su forma de relacionarse con el mundo: “Acá en Francia yo empecé trabajando como preceptor en escuelas. Mucho de mi trabajo consistía en caminar durante los recreos, mirar bien que no pasara nada. Y en ese dar vueltas por un patio o por un jardín, para no perder totalmente el tiempo [se ríe], pensaba en algún poema que hubiera empezado, o en algún tema que me venía a la cabeza. Así nacieron varios poemas, en ese caminar con la mirada puesta en otra cosa”.

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En esos años, aunque no la publicara, Muzzio ya escribía narrativa. En 2001 obtuvo la primera mención en el concurso de cuentos del Fondo Nacional de las Artes (FNA). Pero antes de que pudiera publicar esos relatos, sucedió algo que terminó siendo trascendental: una amiga, periodista del diario Página/12, le pidió un cuento infantil para un suplemento veraniego. “Pero yo no escribo para chicos”, respondió él. Su amiga insistió: “Probá y vemos”. Y Muzzio probó. Y le gustó tanto que después escribió otros cuentos, y esos cuentos dieron lugar a un libro: La asombrosa sombra del pez limón, de 2005.

Y luego publicó unos cuantos más en ese género: Un tren hacia Ya casi es Navidad (2008), Galería universal de malhechores (2010), El faro del capitán Blum (2011), La guerra de los chefs (2011), Lobo Buenaventura y los tres chanchitos (2014), Úrsula, domadora de ogros (2015), Elefantes telefónicos (2015), El hombre que compró un planeta (2017) y El año del corredor solitario (2017), que en realidad es una novela juvenil. Una buena cosecha de títulos, sobre todo para tratarse de un mundillo al que el autor llegó de un modo que él mismo describe como “azarosa y sorprendente, de casualidad”.

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En 2007 por fin llegó el momento de publicar aquellos cuentos que habían recibido la mención del FNA. El libro se tituló Mockba y fue editado por Entropía, en el comienzo de una relación que continúa. Los relatos de Mockba hablan esencialmente de la muerte: sus personajes son enterradores, profanadores de tumbas, empleados del cementerio, arquitectos que diseñan necrópolis monumentales…

La muerte es también el tema central de las tres nouvelles que componen el volumen Las esferas invisibles, publicado en 2015: historias ambientadas durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires a comienzos de la década de 1870. Cuando le pregunto por esa fascinación u obsesión, Muzzio me relata su “experiencia muy temprana con la muerte”, que le cambió la vida para siempre.

“Mi viejo murió cuando yo tenía diez años. Dos meses antes de morir, hizo algo muy extraño. Él no era un gran lector, en mi casa no había biblioteca, a lo sumo alguna enciclopedia, nada más. Pero un día me dijo: ‘A partir de hoy vas a leer un capítulo de este libro por día’”. El libro era Robin Hood. “Cuando yo venga del trabajo –añadió el padre– me vas a contar qué dice el capítulo que leíste’”.

“Para mí fue horrible, un castigo”, recuerda ahora Muzzio. “A mí me encantaba jugar al fútbol, potrerear afuera de casa, no entendía por qué tenía que leer un capítulo de un libro por día”. Pero obedeció. “Leí el primer capítulo a regañadientes. El segundo capítulo me enganchó un poco más. Y al tercer capítulo ya no paré: me enganché totalmente con la lectura”.

Por supuesto, nadie sabía que el hombre moriría de un aneurisma un par de meses después. “Creo que de alguna manera –dice Muzzio– mi viejo me estaba dejando el arma para que después yo pudiera sobrevivir a esa ausencia, porque a partir de ahí yo no paré de leer. Era mi manera de escapar de esa realidad tan dura”. Todos los escritores tienen su mito de origen, una historia o un momento particular que marca el comienzo de su relación con la literatura, con los libros. En pocos casos, sin embargo, ese episodio es tan exacto y emotivo como en este.

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El motivo por el cual Muzzio se fue a vivir a Francia no es demasiado original: el amor de una mujer. Los primeros siete años los compartieron en París; luego se mudaron a un pueblo en el departamento de Sarthe, hasta que, hace cinco años, se instalaron en Le Mans, la capital de ese distrito. ¿Lo perjudica de alguna manera vivir lejos de su país natal, en un lugar donde se habla un idioma distinto? Lo que Muzzio más lamenta es no poder leer o no estar tan al tanto de todo lo que se publica en Argentina.

Sin embargo, no siente que esa distancia lo afecte tanto en lo relacionado con el lenguaje: “Al principio me sorprendía mucho, cuando volvía a la Argentina, encontrar ciertos cambios en el habla cotidiana de la gente, ciertos giros que no sabía bien de dónde venían. Pero ahora por WhatsApp uno está comunicado todo el tiempo con los amigos y esa brecha disminuye un poco”.

De todas formas, destaca la sensación que toda persona que vive lejos de su patria experimenta cada vez que regresa: “Es algo muy loco, porque efectivamente uno se siente en casa. Es como el título de la novela de Paul Bowles: El cielo protector. Uno llega y enseguida es como que nunca se fue. Se siente enseguida eso”.

La escritura también lo ayuda, desde luego, a sentirse cerca de su país. En 2019 publicó su segundo libro de relatos, una hermosa colección titulada Doscientos canguros. Las siete historias que lo componen transcurren en la Argentina. En El ojo de Goliat, la novela publicada este año, el país aparece como una reminiscencia lejana… pero aparece.

En todo caso, el problema de vivir lejos del lugar donde se publican sus libros estriba en la dificultad para acompañarlos y promocionarlos. Pero los libros de Muzzio hacen su propio camino: circulan mucho gracias a las recomendaciones, el boca a boca, las redes sociales, lo cual demuestra que, cuando los textos son buenos, siempre encuentran a sus lectores. Pueden tardar un poco menos o un poco más, pero terminan dando con las personas a quienes están destinados.

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¿En qué trabaja ahora Diego Muzzio? En otras tres nouvelles, “tres biografías de personajes un poco siniestros”. El primero es Rimbaud, el segundo Julio Verne, el tercero un escritor argentino que por ahora no tiene del todo definido. El problema al que se enfrenta el autor tampoco es demasiado original: la falta de tiempo. Ahora ya no trabaja como preceptor sino como profesor de español; como en Argentina no terminó la carrera de Letras, en este curso, a sus 53 años, está volviendo a ser alumno universitario, con el fin de obtener el diploma que le permita acceder a mejores condiciones laborales.

“Igual siempre intento escribir –cuenta–. Me levanto un poco más temprano, un par de horas antes de ir a trabajar, esa es la hora ideal para mí: me despierto a las cinco de la mañana y escribo hasta las siete”. Todo sea por poder avanzar, aunque sea poco a poco, palabra a palabra, página a página. Nosotros, los lectores, agradecidos.

Imagen de portada: Diego Muzzio (Foto:

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Por Cristian Vázquez. 9 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Nuestros escritores.

 

El pasajero / Stella Maris, de Cormac McCarthy

Dieciséis años después de La carretera, uno pensaría que tras el apocalipsis todo había terminado, pero no. Cormac McCarthy ha decidido sorprendernos a sus 89 años con una nueva obra, consistente en una novela y una suerte de anexo que llegan publicadas juntas a las librerías para gozo de sus lectores habituales.

El pasajero, la obra principal, nos relata la vida de Bobby y Alicia Western. Bobby, el protagonista principal, es uno de esos hijos de la bomba atómica que, tras estudiar física como su padre, decide que si “no se puede explicar lo inexplicable”, es mejor buscar su lugar en otra parte, y termina trabajando como buzo de salvamento implicado en la exploración de un avión sumergido en el que falta uno de los pasajeros. 

Esto aquí relatado suena, en la prosa de McCarthy, mucho más contundente, menos apresurado, más certero. Como también lo hacen las cartas de Alicia que Bobby lee. Mientras, el lector sigue pensando en el avión del que nada parece saberse, en el pasajero desaparecido, en quien parece perseguir a Bobby ahora, y se pregunta si va a comenzar en algún momento una trama vertiginosa olvidando que McCarthy nunca se ha dejado llevar por las modas.

Bobby es el encargado en este caso de poner freno a el espejismo del lector mediante charlas de bar, ese fenómeno cada vez mas extendido en la literatura contemporánea por el que los personajes de las novelas charlan sobre sus intereses deslizando a buen seguro mas de una reflexión compartidas con su creador. 

Un fenómeno que tiene su contrapunto en Stella Maris, al tratarse en este caso de las conversaciones de Alice con un psiquiatra, novelando un estilo que ya habíamos visto sus lectores en The Sunset Limited y que en esta ocasión muestra cómo Alice va cayendo en el abismo que la lleva a un final que el autor ya nos ha anticipado. Y frente a la física y la racionalidad sin respuestas de Bobby tenemos a Alice y sus visitas, su concepción. 

Dos polos opuestos, o tal vez un complemento, salvo que se habla de locura dejando que el lector decida su versión del mundo como ya hiciera en la citada obra de teatro. Llegados a este punto, el lector comparte el tabú de los protagonistas y no une sus versiones. Es imposible. Estamos atrapados, igual que los pasajeros de la escena del avión que abre el libro, ese en el que recordamos que faltaba un pasajero, la escena que hablaba de oscuridad e incertidumbre. Como si hubiera sido una magistral puesta en escena.

El pasajero y Stella Maris son dos novelas que se complementan de esa forma en que lo hacen los hermanos, nada obvia, nada sutil, pero necesaria. Y es que McCarthy presentó el problema en la primera parte, el lector ya fue consciente de la inestabilidad mental de Alice, y nos deja en la segunda su resolución. Parece que algunas cosas sí las sabe concluir, pero, claro, lo hace a su manera. Otras nos las deja a los lectores, nos presenta las versiones y no se pronuncia, es cosa nuestra.

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Autor: Cormac McCarthy. Traductor: Luis Murillo Fort. Título: El pasajero / Stella Maris. Editorial: Literatura Random House. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Cubierta de portada de “El Pasajero-Stella Maris”

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por SILVIA@MIENTRASLEOS. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 11 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Narrativa/Novela.

Aixa de la Cruz: «Si yo no estuviera también loca nunca me habría atrevido a escribir esta novela sobre locas».

En una realidad paralela, Aixa de la Cruz pudo haber sido abogada o economista, pues cuando tenía dieciocho años estaba inscrita en la Universidad Carlos III para cursar ambas carreras. Pero por aquella época también había escrito una novela breve que a su madre le gustaba. Ella insistió en que persiguiera la literatura como camino profesional. Es más: la inscribió en cuantas convocatorias a premios, becas o ayudas a la creación le pasaron por delante. Al final, tanta diligencia pagó, porque a la autora nacida en Bilbao en 1988 la seleccionaron para una de las residencias que otorgaba la Fundación Antonio Gala a los Jóvenes Creadores. La residencia duró nueve meses; el mismo tiempo que tarda un bebé en gestarse le bastó a ella para encontrar una vocación.

Era el año 2006.

En los más de tres lustros que han pasado desde entonces, De la Cruz ha publicado seis libros, incluida la colección de cuentos Modelos animales (Salto de Página, 2015), la novela La línea del frente (2017) y la colección de crónicas personales Cambiar de idea (Caballo de Troya, 2019), la cual le hizo merecedora de los premios Euskadi de Literatura en castellano y Librotea Tapado, además de convertirla en finalista del XV Premio Dulce Chacón. Alfaguara publica ahora su libro más reciente, Las herederas. La novela comienza seis meses después del suicidio de la abuela Carmen, cuando sus cuatro nietas vuelven a la casa de pueblo donde murió y que ellas han recibido en herencia para decidir qué harán con el lugar. El problema, sin embargo, no es la herencia material, sino la genética. “Un suicidio en la familia constata lo que siempre se sospecha, que la locura corre en los genes, que estamos bíblicamente perdidas”, piensa una de las primas.

Cada capítulo se dedica a las reflexiones de una prima: las hermanas Olivia y Nora, o las hermanas Lis y Erica. El fluir de la consciencia de cada una, narrado en tercera persona, muestra los problemas de los personajes como alegorías de los desafíos actuales de la condición femenina. Allí está la necesidad que tiene la médica Olivia de racionalizar el suicidio y la incomodidad de Lis al volver a la casa donde sufrió una crisis psicótica, cuando su depresión posparto se convirtió en algo aterrador. El recurso que usa aquí la autora vasca recuerda al de la argentina Samanta Schweblin en Distancia de rescate (2014), una nouvelle donde una madre cree que, como resultado de una transmigración, su hijo comparte su cuerpo como un espíritu distinto al que le corresponde. En el caso de Lis, ella teme que su niño se haya convertido en otro y un retrato es la prueba que tiene de eso. “Su hijo vive en una contorsión perpetua para parecerse a ese niño que aún no sabe quién es”, piensa en la novela: “Suena irreal, siniestro, incomprensible, pero ningún psiquiatra volverá a convencerla de que es fruto de su imaginación, no ahora que tiene pruebas fotográficas”.

A lo largo de la lectura, la familia se revela como red apoyo primaria y este tema desplaza al de la salud mental como centro de la novela. “Se deja abrazar por quienes la agreden, la zanahoria después del palo, porque esto también es estar en familia, familias que duelen, familias que matan pero que no te dejan sola cuando te derrumbas”, reflexiona Erica, a quien le gustaría convertir la casa de a abuela en un lugar para organizar retiros holísticos. En completa oposición a este personaje se plantea a la frenética Lis, una periodista que trabaja de autónoma y se droga para responder a las múltiples exigencias de su vida laboral.

Las herederas es una novela apegada a los asuntos candentes de la actualidad, como la condición femenina y el estado de la salud mental en las personas mayores, en donde cada personaje, incluso el de la abuela que es referencial, representa un problema a través del cual la autora parece plantea una tesis sobre la sociedad contemporánea. Esto es resultado de aquello que enciende los intereses de la autora. “Me pongo a escribir cuando tengo una incomodidad y algo bulle; hasta que no siento esa motivación no me pongo con ningún proyecto”, explica. “Tengo la sensación de que en esta última novela he volcado absolutamente todo lo que me ha inquietado, obsesionado y dolido en los últimos años, por eso me siento como si me hubiera vaciado”.

Quizá esta sea la razón por la cual todavía no tiene idea sobre qué quiere escribir a continuación. Quizá sea porque sus compromisos profesionales no le dejan tiempo: acaba de viajar a la Feria del Libro de Fráncfort, que estuvo dedicada a España, y está en plena promoción de Las herederas; también traduce del inglés, aunque limita por estos días su trabajo en esa área a ciertos libros sobre música. O quizá no sea porque se ha vaciado ni porque tiene mucho trabajo que no sabe de qué quiere escribir. Quizá todavía falta el incentivo de la indignación por un asunto social para volver al trabajo literario.

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—Cada una de las mujeres en la novela representa un problema de la condición femenina contemporánea relacionado con la salud mental. ¿Hay aquí una intención de hacer una crítica a la psiquiatría?

—En la elaboración de este libro fue importante conversar con compañeras psiquiatrizadas y activistas del movimiento «Orgullo Loco». Eso me permitió confirmar que una cosa es escribir literatura, y acercarte a subjetividades que no son la tuya, y otra distinta es apropiarte de una lucha que no es la tuya. En el universo ficcional de la novela intenté ensayar cómo podríamos sanarnos al normalizar aquello que tachamos de “anormal”. La locura no existe como algo objetivo, se trata de una etiqueta que, según el contexto histórico, se asocia a ciertos cuerpos y formas de manifestar el dolor, que son diferentes a los dictadas por las normas. En la novela hay cuatro mujeres que han salido del sistema temporalmente y parece que las normas se han suspendido. En ese margen que es una casa de pueblo medio vacía, ellas intentan encontrar formas de curarse alternativas a la psiquiatría, formas que tienen que ver con escribir el testimonio personal y con escuchar y validar a la otra. Cuando hablamos de salud mental estamos acostumbradas a que la paciente está en una posición por debajo del terapeuta o la persona experta a quien le cuenta su malestar y, por lo tanto, la relación es de asimetría. Aquí planteo la posibilidad del trabajo comunitario en el cual la experiencia de escuchar es horizontal.

Foto: Laura Russo.

—En efecto, aquí estableces hacia el final a la red de apoyo entre mujeres como una solución a los problemas mentales y a las dificultades de la crianza de los hijos. Esto es un planteamiento del feminismo.

—Hay un poco de eso. Cuando escribí la novela tenía claro que quería dirigirme hacia una utopía. Pero había también algo más intuitivo. Escribí mi novela anterior, Cambiar de idea, durante un momento histórico en el cual pasaron cosas fascinantes. Me refiero a lo que en España tuvo que ver con el juicio de La Manada y en Estados Unidos se enmarcó en el #MeToo. Ambos movimientos propiciaron catarsis colectivas y procesos terapéuticos entre iguales, sin la mediación de profesionales. Creo en la capacidad sanadora del discurso y creo que cuando verbalizamos el trauma, este tiende a aliviarse. Muchas veces no hace falta la mediación de un profesional porque las personas hablando entre sí pueden hacerse mucho bien; esto permite dejar de lado las asimetrías de poder presentes en la sala del terapeuta.

—En la prensa se ha hablado de Cambiar de idea como de la memoria de una generación. ¿Ves alguna evolución en Las herederas de los rasgos de esta generación o la que viene por detrás?

—No tengo forma de comparar a los millennials con los Zeta todavía. Los millennials hemos sido foco constante de atención mediática: se nos han puesto tantas etiquetas y mirado desde tantos ángulos que, honestamente, estoy cansada. Eudald Espluga, en un libro titulado No seas tú mismo, explica que todo lo que aqueja a los millennials no aqueja solo a una generación, sino a cualquiera que viva en esta época. Es despolitizante que asociemos ciertas sinergias sistémicas con una generación, eso desvincula las causas del contexto histórico. Las herederas parte de coordenadas millennials, de lo que se supone que nos aqueja, como la precariedad laboral y una idea de maternidad y de crianza nueva. Estas son las coordenadas que podrían considerarse de tipo generacional, pero creo que podrían considerarse fruto del recrudecimiento de las violencias del capitalismo.

—En Las herederas tocas el tema de la soledad, está en los personajes femeninos, incluso en la abuela. ¿Está la salud mental en el caso de la mujer atado a su relación con la soledad?

—¿La soledad de la mujer? Cuando escribía, pensaba más bien en la soledad de la vejez. Me doy cuenta de que todos los temas de la novela son temas pandémicos. Escribí esta novela cuando no hacíamos más que ver imágenes de lo que estaba pasando en las residencias del drama con los mayores. Me sorprendió descubrir en las estadísticas de suicidios que el grupo de edad más afectado es el de los mayores de sesenta y cinco años. Aquí hay dos cuestiones íntimamente relacionadas. Por un lado, la soledad; por el otro, la idea de que la dependencia es algo de lo que estar avergonzado. Nadie quiere ser una carga. Entonces, la gente se suicida por no tener a nadie o por no molestar a quienes podrían cuidarlos. ¿Por qué se suicidaría la abuela de Las herederas? ¿Por miedo a envejecer mal y que sus hijas tengan que dejar su vida para cuidarla o por miedo a morirse sola? No se sabe, creo que ambas cuestiones están relacionadas. Pienso en la soledad menos asociada al género que a lo mal encausada que está la vejez en las sociedades neoliberales.

—Antes te referiste al colectivo «Orgullo Loco» y a pacientes psiquiátricos. ¿Cuál es la dificultad de trabajar con temas tomados de la psiquiatría? ¿Cómo transformas la experiencia de la vida real de otras personas para la ficción?

—El bagaje experiencial es también importante en la escritura de ficción. Para mí es imposible la pureza imaginativa o plantearme un proyecto en el cual toda la ficción provenga de fuentes textuales. Las realidades que no conocemos a través del cuerpo, las que solo llegamos a conocer solo a través de los textos escritos sobre estos cuerpos, nos llegan filtradas por muchas capas que nos alejan de la verdad del personaje. Si yo no estuviera también loca nunca me habría atrevido a escribir esta novela sobre “locas”.

Foto: Laura Russo.

—En Las herederas coqueteas con la narrativa fantástica. Me refiero al tópico de la casa embrujada, los estados de consciencia alterados y el tema del doble en el personaje del niño Peter/Sebas. ¿Por qué, al final, no ahondaste más en el género?

—Durante mis reflexiones sobre la psiquiatría mientras planificaba esta novela caí en cuenta de lo recurrente y significativa que es la novela Vuelta de tuerca de Henry James, en relación con la tradición de la narrativa fantástica, tanto como con los discursos sobre la locura. James se inventa un cliché que consiste en plantear la historia en un mundo plagado por lo fantástico; pero, en el desenlace, todo vuelve a la normalidad. Descubrimos que no hay allí un fantasma, sino que la narradora está loca. En esta construcción, lo paranormal no tiene cabida y no es algo adjetivable, pero sí es adjetivable la locura, como si fuera un lugar firme sobre el cual sustentar la conclusión reparadora de la historia. Tales connotaciones iban totalmente en contra de aquello en lo que yo estaba trabajando. A mí me interesaba hacer lo contrario: en lugar de una novela en la cual al principio parece que hay fantasmas y, luego, se descubre que las protagonistas están locas, yo quería una novela en la que primero parecía que las mujeres estaban locas y que, al final, se descubriera que, en realidad, en la casa hay fantasmas. Sin embargo, en Las herederas no hay fantasmas. El desenlace tiene que ver con una idea espiritual, de las vidas pasadas. Quise dar la vuelta al patrón de James, que es muy habitual en la literatura de terror y termina por afianzar una mirada sobre la locura en la cual no creo.

—Además de la novela, has cultivado el género del relato breve, ¿con cuál de los dos te sientes más cómoda?

—Hace mucho tiempo que no escribo cuentos. Mis primeros contactos con la escritura fueron relatos. Cuando era joven me gustaba el cuento porque era un terreno en donde probar aspectos originales y ocurrentes que no se podían sostener en una novela. Cuando tenía veintipocos años me interesaba la experimentación formal más de lo que me interesa ahora; tenía ideas de qué quería probar. A medida que me hice mayor me ha ido interesando menos la experimentación, o me he ido quedando sin ideas, quizá. Me he ido volviendo una escritora más política y más interesada en el tratamiento ideológico o discursivo de las tramas, y ahí creo que me sirve mejor la narrativa más extensa.

—En septiembre, durante un encuentro de traductores venidos desde varios lugares de Europa para el Foro Formentor, se discutió la «la mediocre posición de la literatura en español» en el continente. Un artículo de Berna González Harbour publicado el 29 de septiembre en El País recoge las opiniones de los traductores, entre las cuales destaca la sugerencia de un canon para dar proyección internacional a esta literatura. El asunto es relevante ahora que España fue el país invitado de la Feria de Fráncfort. ¿Te parece necesario un canon o una medida similar para ayudar a que se traduzcan más libros?

—Daba por hecho que ya habíamos acabado con la idea del canon, al menos en ciertos círculos de la cultura. Pensaba que nos habíamos reapropiado de la pluralidad, y que hablábamos de literatura en sentido genérico, no desde cánones únicos, porque en estos siempre se quedan afuera las mismas voces. En realidad, todavía queda mucho por hacer. Ahora que quizá ganamos la batalla de la inclusión de las mujeres en la tradición, nos damos cuenta de que hemos dejado afuera a las personas racializadas. Además, me parece un poco falaz que se piense en la necesidad de un canon para a dar pie a más traducciones. Son los lectores ávidos que también traducen quienes descubren qué cosas funcionan en ciertos mercados. Apuesto por la curiosidad, la rareza y la capacidad del lector interesado en descubrir algo más allá de lo que viene dictado por las grandes casas editoriales, los medios de comunicación y los suplementos culturales. Así es mucho más fluido, porque quienes se dedican a la traducción pueden seguir descubriendo afuera las cosas que aún no se conocen en el país de origen.

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Autora: Aixa de la Cruz. Título: Las herederas. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Aixa de la Cruz (Por Laura Russo)

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Michelle Roche Rodríguez. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 8 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Entrevista.

 

Así comienza “El acontecimiento”, el último título de Annie Ernaux publicado en la Argentina.

En este libro la escritora francesa narra una experiencia personal: el profundo horror y el dolor de un aborto clandestino, además del desamparo y la discriminación de una sociedad que le devuelve la espalda.

En octubre de 1963, cuando Annie Ernaux se halla en Ruan estudiando filología, descubre que está embarazada. Desde el primer momento no le cabe la menor duda de que no quiere tener esa criatura no deseada. En una sociedad en la que se penaliza el aborto con prisión y multa, se encuentra sola; hasta su pareja se desentiende del asunto. 

Después de pasar por varios médicos que cierran los ojos ante su problema, y de intentar pedir ayuda entre sus conocidos y amigos, consigue que una mujer que ha pasado por la misma situación le dé una dirección y le preste la enorme suma de dinero que necesitará. 

Además de desamparo y la discriminación por parte de una sociedad que le devuelve la espalda, queda la lucha frente al profundo horror y el dolor de un aborto clandestino. Así presenta Tusquets el último libro de la flamante ganadora del Premio Nobel de Literatura 2022 publicado en la Argentina en 2020, del que se lee su primer capítulo a continuación

El resto de la obra de la autora francesa en ese sello se encuentra actualmente en formato e-book, pero el grupo Planeta anunció que Pura pasión, La verdad y La vergüenza se encontrarán próximamente en librerías.

“Me bajé en Barbès. Como la última vez, un grupo de hombres esperaba en el andén del metro aéreo. La gente avanzaba por la estación con bolsas de color rosa de los grandes almacenes Tati. Salí al Boulevard Magenta. Reconocí los almacenes Billy, con los anoraks expuestos en la calle. Una mujer avanzaba hacia mí con sus robustas piernas cubiertas con unas medias negras de grandes dibujos. 

La Rue Ambroise-Paré estaba casi desierta hasta las inmediaciones del hospital. Recorrí el largo pasillo abovedado del pabellón Elisa. La primera vez no me había fijado en el quiosco de música que había en el patio que se extendía al otro lado del pasillo acristalado. Me pregunté cómo vería todo aquello después, al irme. Empujé la puerta quince y subí los dos pisos. Entregué mi número en la recepción del servicio de medicina preventiva. La mujer buscó en un fichero y sacó un sobre de papel Kraft que contenía unos papeles. Tendí la mano para alcanzarlo, pero no me lo dio. Lo puso encima de la mesa y me dijo que me sentara, que ya me llamarían.

La sala de espera consistía en dos compartimentos contiguos. Elegí el más cercano a la puerta de la consulta del médico, que era también donde más gente había. Empecé a corregir los exámenes que me había llevado conmigo. Justo después de mí, llegó una chica muy joven, rubia y con el pelo largo. Entregó su número. Comprobé que a ella tampoco le daban el sobre y que también le decían que ya la llamarían. 

Cuando entré en la sala, ya había tres personas esperando: un hombre de unos treinta años, vestido a la última moda y con una ligera calvicie; un joven negro con un walkman, y un hombre de unos cincuenta años con el rostro marcado, hundido en su asiento. Después de la chica rubia, llegó un cuarto hombre que se sentó con determinación y sacó un libro de su cartera. Después una pareja: ella con mallas y tripa de embarazada; y él, con traje y corbata.

Encima de la mesa no había una sola revista, solo prospectos sobre la necesidad de comer productos lácteos y sobre «cómo vivir siendo seropositivo». La mujer de la pareja hablaba con su compañero, se levantaba, le rodeaba con los brazos, le acariciaba. La chica rubia sostenía la cazadora de cuero doblada sobre las rodillas. Mantenía los ojos bajos, casi cerrados; parecía petrificada. A sus pies había dejado una gran bolsa de viaje y una mochila pequeña. Me pregunté si tendría más razones que los demás para estar asustada. 

Quizá viniera a buscar el resultado de la prueba antes de irse de fin de semana o de volver a casa de sus padres, fuera de la capital. La doctora salió de la consulta. Era una mujer joven y delgada, petulante, con una falda rosa y medias negras. Dijo un número. Nadie se movió. Correspondía a alguien del compartimento de al lado, un chico que pasó rápidamente. Solo vi sus gafas y su cola de caballo.

Llamaron al joven negro y después a otras personas del compartimento de al lado. Nadie hablaba ni se movía, salvo la mujer embarazada. Solo alzábamos los ojos cuando la doctora aparecía en la puerta de la consulta o cuando alguien salía de ella. Le seguíamos con la mirada.

El teléfono sonó varias veces: era gente que pedía hora o información sobre los horarios. En una ocasión, la recepcionista fue a buscar a un biólogo para que hablara con la persona que llamaba. El hombre se puso al teléfono y dijo: «No, la cantidad es normal, completamente normal». Las palabras resonaban en el silencio. La persona al otro lado del teléfono debía de ser seropositiva.

Había acabado de corregir los exámenes. Me venía una y otra vez a la cabeza la misma escena borrosa de aquel sábado y de aquel domingo de julio: los movimientos del amor, la eyaculación. Debido a esa escena, olvidada durante meses, me encontraba ahora ahí. El abrazo y los movimientos de los cuerpos desnudos me parecían una danza mortal. Era como si aquel hombre, a quien había aceptado volver a ver con desgana, hubiera vuelto de Italia solo para contagiarme el sida. Sin embargo, no conseguía establecer una relación entre aquello (los gestos, la tibieza de la piel y del esperma) y el hecho de encontrarme en ese lugar. Nunca pensé que el sexo pudiera tener relación con nada.

La doctora dijo mi número en voz alta. Antes incluso de que yo entrara en la consulta me dirigió una gran sonrisa. Lo interpreté como una buena señal. Al cerrar la puerta me dijo enseguida: «Ha dado negativo». Me eché a reír. Lo que dijo durante el resto de la entrevista ya no me interesó. Tenía una expresión feliz y cómplice.

Bajé la escalera a toda velocidad y rehice el trayecto en sentido inverso sin fijarme en nada. Me dije que, una vez más, estaba a salvo. Me hubiera gustado saber si la chica rubia también lo estaba. En la estación de Barbès, la gente se amontonaba a ambos lados de la vía. Aquí y allá se veía el color rosa de las bolsas de Tati.

Me di cuenta de que había vivido ese momento en el hospital Lariboisière de la misma forma que en 1963 había esperado el veredicto del doctor N.: inmersa en el mismo horror y en la misma incredulidad. Mi vida, pues, ocurre entre el método Ogino y el preservativo a un franco de las máquinas expendedoras. Es una buena manera de medirla, más segura incluso que otras.

Imagen de portada: Annie Ernaux y «El acontecimiento», la novela autobiográfica sobre el aborto, último título de la escritora en español que se consigue en el país.

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Por Julie Debadelha. 6 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Premio Nobel de Literatura.

 

La novela como forma de pensamiento.

Más que una hermandad de sangre con la literatura latinoamericana, el escritor español Javier Marías consideró siempre que entre nuestras literaturas existía “una hermandad de las letras”. Cuando en 1995 recibió el Premio Rómulo Gallegos, el máximo reconocimiento que se otorga a un autor desde el mundo literario latinoamericano, me dijo, no obstante, que cuando escribía no tenía muy presente que llegaran a leerlo en países lejanos geográficamente a su tierra natal. Aquel premio le parecía, por tanto, una cosa que estaba fuera del alcance de un autor español, aunque no hubiera nada estipulado y hasta ese momento ningún autor de su tierra hubiera sido reconocido con ese galardón. “Yo no tenía la menor idea de que mi obra estuviera entre las candidatas finales; mi editor no me había dicho una sola palabra, de manera que la sorpresa fue múltiple, grande y muy agradable”, me expuso aquella tarde, cuando conversamos por primera vez en su departamento de la Plaza de la Villa de Madrid. Tenía entonces 43 años.

Marías me confesaba sentir la ilusión de pensar que gracias a ese galardón sus libros podrían conocerse más en países de su propia lengua, pues a pesar de que todos escribían en castellano, la nueva literatura española, en general, era todavía poco conocida en Latinoamérica.

En aquella entrevista hablamos sobre la totalidad de su obra literaria publicada hasta ese momento y que por entonces sumaba ya novelas como El hombre sentimental, Todas las almas, Corazón tan blanco, Mientras ellas duermen o Vidas escritas, y quise saber cuáles eran los puntos que consideraba más altos y cuáles los más bajos.

—Empecé hace 24 años, cuando tenía 19 y publiqué mi primera novela —resopló soltando una bocanada de humo de un cigarrillo que fumaba en una hirsuta boquilla de marfil, fumador empedernido que siempre fue—. Mi carrera literaria es prolongada y, como es lógico en cualquier persona que recorre algo desde los 19 hasta los 43 años, es un periodo de formación. Mi primera novela, Los dominios del lobo, algo juvenil y que resultaba hasta cierto punto original en el panorama de la literatura de aquellos momentos, fue un buen comienzo. Después hubo un punto bajo con mi cuarta novela, El siglo, un libro en el que había puesto mucho empeño y que en cambio tuvo muy poca repercusión y eco; apenas la crítica se ocupó de él y tuvo pocas ventas. Puedo decir que ese libro se ha recuperado, ya que se ha relanzado y, para mi sorpresa, lleva cuatro ediciones (en Anagrama), aunque jamás hubiera esperado que un libro denso y difícil, como es éste, hubiera sido recuperado con considerable éxito; pero en su momento lo viví como un desengaño. Después podemos mencionar mis tres últimas novelas: Todas las almas, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí (novela por la que acababa de obtener el Rómulo Gallegos), que han tenido un despegue paulatino y gradual pero considerable, tanto en la apreciación crítica como en las ventas y el eco entre los lectores. Esperemos que no me toque iniciar la curva descendente muy pronto.

En ese momento había algo que el editor Juan Cruz, director por ese entonces del sello Alfaguara, había llamado la literatura del «boomerang», una especie de regreso de aquella moda que en los años 60 vivió la literatura latinoamericana en Europa, la de Boom, pero que esta vez protagonizaba la literatura española fuera del Viejo Continente, un renovado ímpetu que, al parecer, estaba cobrando gran fuerza tanto en España como fuera de ella.

—¿Usted cree que la literatura española —pregunté al respecto— está ganando mucho en calidad?, ¿este premio es indicio del reconocimiento que va generando la narrativa que se hace en España?

—Sin duda alguna ha habido un cambio considerable en los 10 o 15 últimos años en la literatura española, y también en la percepción de esta literatura, no sólo en España, donde la verdad es que durante mucho tiempo los novelistas españoles no estaban muy bien considerados, pues los propios españoles leían poco a los autores de su país y había una especie de desconfianza o recelo. Esta situación se debía a muchas razones. Una de ellas que la lengua literaria estaba un poco anquilosada en los años 50, 60 e incluso 70. En cambio, ahora quizá hay una generación que ha contactado más con los lectores, que ha renovado la lengua literaria, que la ha convertido en un instrumento más útil para hablar de lo que nos pasa hoy en día, y eso no sólo está sucediendo en España o en América, donde se está haciendo bastante gradual, sino en otras lenguas del resto de Europa.

Junto al Rómulo Gallegos, Marías había recibido otra “curiosa” noticia, como él mismo la calificó, en la que una productora de televisión británica se interesaba por los derechos de su novela anterior, Corazón tan blanco, que se había publicado en Inglaterra dos meses antes. “No sé si eso se concrete en algo, pero ya es bastante que una cadena de TV británica se interese por la posibilidad de un libro español, algo que hace unos años nadie hubiera imaginado que pudiera suceder”, comentó. “Ahora nos puede parecer normal, nos hemos acostumbrado pronto, pero hace 10 o 15 años era algo casi insólito. Sí, hay una nueva generación de gente, entre los 40 y 50 años, que ya desde los años 80 ha renovado mucho el panorama novelístico del país y ha logrado que los lectores españoles se interesen por su literatura, y al parecer lo mismo ha sucedido en los países latinoamericanos y en los europeos”.

¿Tenía esto algo que ver con el hecho de los cambios impulsados por la transición democrática española de mediados de los años 70?, le pregunté.

—La verdad es que no creo que tenga que ver de manera directa e inmediata —respondió—. La prueba es que Franco murió en el año 75 y todo esto no se produce inmediatamente, sino casi diez años después. También hay que decir que en los años 60 y 70 hubo algunos libros muy importantes en España que, sin embargo, no suscitaron la atención fuera porque había una especie de denigración del régimen político español y, por tanto, de los que salían del país.

Por fortuna para la literatura, Marías no emparejaba su desarrollo con el de la política, aunque lo saludable y lo más recomendable era, subrayó, que los escritores pudieran escribir en plena libertad. “Creo que, sin embargo, cuando hay talento, ese talento sortea las dificultades e incluso la censura, y aflora. Evidentemente, la situación hoy en día es mucho más propicia gracias a que vivimos en una democracia y no en una repugnante dictadura. Pero no veo una relación inmediata ni directa. Los muchos problemas sociales que enfrenta la España actual se están dejando pudrir y eso es malo. Pero, por otra parte, hay un clima de enfrentamiento larvado entre medios de comunicación y fuerzas políticas que se está llevando a extremos exagerados. Al fin y al cabo, por muchas cosas muy lamentables que estén sucediendo y, quizá la más grave, la posibilidad de un terrorismo de Estado con consentimiento del gobierno, aún así, cuando algunas voces intentan decir que la situación es tan mala como en el franquismo, creo que es disparatado e incluso peligroso afirmarlo. Al fin y al cabo hay una democracia, existe la posibilidad de que ese gobierno sea expulsado en las próximas elecciones y no tiene por qué haber nada más, no tiene por qué ser tan crispada la situación”.

—En cuanto al estilo literario —quise saber—, ¿hacia dónde apunta, qué juegos y qué arreglos siente que merece su obra?

—Ahí es un poco difícil afirmar algo por ser una obra un tanto dilatada. Yo empecé a escribir de forma ligera, con frases muy cortas, casi sin adjetivación, como un guión de cine a veces. Después, progresivamente, mi prosa se fue complicando hasta llegar a El siglo, en donde hay una prosa densa, barroca, recargada en exceso, de frases larguísimas. Y en los últimos libros, digamos que sin haber renunciado a lo que yo quiero hacer, posiblemente sean libros cuya prosa es más aérea de lo que era, más ágil y eficaz, aunque también predomina, todavía a menudo, la frase larga, pero quizá no tan larga ni tan densa ni tan recargada como aquella de El siglo.

***

Volví a encontrarme con Marías un año después, en 1996. En aquella ocasión, el escritor me volvía a recibir amablemente en su piso madrileño y sentados en el estudio, junto a la máquina de escribir que lo acompañaría toda su vida, entre cigarrillo y cigarrillo me dijo que su afición por los fantasmas era, ante todo, una afición literaria. No es que él creyera en eso ni nada por el estilo, sino simplemente que ese “alguien” literario e imaginario, él lo sentía muy atractivo para usarlo como narrador. Por eso, explicaba, en el cuento que daba título a su más reciente libro, el volumen de cuentos Cuando fui mortal, el narrador era un fantasma.

«Esta figura literaria», expuso, «ha dado verdaderas obras maestras en el género del cuento. Y si uno se para a pensar un poco es también una figura muy atractiva porque sería alguien, cualquiera que fuera su esencia, que ya no está y podría por tanto ser indiferente a todo lo que ocurra en el mundo que dejó. Sin embargo, no es indiferente, todavía no se ha desprendido del todo, todavía le afecta y le importa lo que sigue pasando allí donde él estuvo. Y procura intervenir, beneficiar a la gente a la que quiso o vengarse de aquellos que le hicieron perjuicios. Es alguien que es conmovedor como figura, alguien que estaría más allá de cualquier cosa terrenal o padecimiento”.

Sin embargo, a Marías no le gustaba hablar de las fantasmas o demonios de un escritor, de sus obsesiones, ya que era una expresión que encontraba gastada y a la que cualquiera recurría llamando “demonio” o “fantasma” a un trazo determinado de la obra de un escritor.

—¿Cuál es la dinámica que siguen los cuentos de este nuevo libro? —inquirí.

—Hay muchos tipos de cuentos. Y hay un tipo de cuento, digamos arábigo, que a mí no me convence demasiado porque depende mucho de la última frase, de un giro final que a veces es logrado o no, pero que en cualquier caso todo el peso del cuento está en eso, y a veces uno va leyendo un cuento con poco interés y solamente al final hay una vuelta de tuerca. Yo prefiero que el cuento me interese e intrigue desde el principio y no esperar una pirueta final. Y puesto que a mí no me gustan este tipo de cuentos no los hago mucho. Lo que sí hay en mis cuentos son situaciones que quedan un poco suspendidas, anunciadas y no desarrolladas. En los cuentos me parece importante decir muy bien lo que se cuenta y lo que no. En una novela a veces uno puede intentar contar todo o mucho, porque la novela permite pausas, treguas y tiempos muertos, e incluso no sólo los permite sino que son aconsejables. En un cuento no. En un cuento hay que decir lo que uno cuenta y lo que uno calla, y que lo que uno cuenta tenga los suficientes ecos para que el cuento resuene después de haberlo terminado de leer. Por eso hay algunos de mis cuentos en los que se producen situaciones que están narradas y otras que quedan fuera del cuento pero que se pueden vislumbrar o imaginar.

Absolutamente todos los textos de Javier Marías muestran un aplicado trabajo formal, un especial sentido del lenguaje. ¿Cómo trabajaba sus textos, en qué detalles se fijaba más?

—Tengo una sintaxis en castellano bastante rara, la fuerzo mucho —me expuso en aquella segunda entrevista en su casa de Madrid—. Me importa mucho el ritmo de la prosa, la musicalidad que uno tiene y mi intención es que se perciba. Esto lo hago también en la puntuación. Yo diría que hay en mis textos una flexibilidad en el lenguaje y quizá eso es así por haber hecho yo bastantes traducciones.

—¿Y en teoría cómo entiende la novela? —inquirí.

—No tengo una teoría y ni siquiera sé lo que voy a hacer, a diferencia de algunos escritores que saben qué van a hacer. Improviso y sólo escribo cuando tengo ganas de hacerlo. Lo que sí puedo decir es que la novela no se puede seguir viendo ni tratando como en el siglo XIX, pero no ya sólo por razones meramente internas de evolución del género, sino porque la novela en el siglo XIX era casi lo único de lo que la gente disponía si quería ficción. En cambio, hoy en día, hay una saturación de ficción. Entonces sucede que la novela que meramente cuenta historias a mí personalmente me sabe a poco. Y como lector lo que me gusta son novelas que me inviten a pensar, a detenerme, a reconocer cosas. Me gusta un tipo de novela en la cual haya lo que hoy en día casi nadie recuerda que existe y que es el pensamiento literario, algo que no está sólo en los ensayos y que más bien se encuentra en la ficción.

¿Era Marías un escritor, como siempre se sugirió, muy influenciado por la literatura inglesa?

“Creo que esas son etiquetas que se le ponen a uno porque la gente es muy perezosa”, me dijo en una de nuestras conversaciones, a las que no era fácil que accediera, pues se trataba de un autor discreto en extremo, muy concentrado en su propia obra y que poco a poco se fue alejando de las maratónicas sesiones de entrevistas de promoción cuando publicaba un nuevo libro. “En España es también una forma de atacar, porque hay escritores muy patrióticos que no comprenden aún que la literatura es algo supranacional, que uno no tiene por qué estar muy apegado a la estricta tradición de su país. Aparte de que a lo largo de la historia ha habido siempre una interrelación entre las diferentes culturas. El propio Cervantes, a quien se pone casi siempre como paradigma del escritor español, en realidad es un escritor bastante extranjerizante, pasado por Italia, un español que no es el típico español que no se movió de su país y que no estaba encerrado en una tradición, sino que conocía la literatura de su época y había vivido fuera».

Traductor incansable, de una máxima curiosidad y afán por tratarse de tú a tú con los originales que admiraba, como la monumental traducción que hizo del Tristram Shandy, de Lawrence Stern, Marías sostenía que toda obra se podía traducir “por lo menos en lenguas no totalmente divergentes o distantes, como el japonés del castellano”. “Lo que pasa”, argumentaba, “es que no siempre hay un traductor dispuesto a a tomarse el trabajo o el talento necesario, porque para traducir hace falta el mismo talento que para escribir. Hay que buscar sinónimos, palabras en la acepción más oscura; a veces es un trabajo que exige una cantidad de tiempo que las personas muchas veces no pueden dedicarle. Pero en teoría es posible, aunque a veces se pierden cosas y se ganan otras, se produce un curioso sistema de compensaciones”.

***

En mayo de 1998, después de semanas de misterio en torno a las características de su siguiente novela, Marías confesaba al fin que en Negra espalda del tiempo, título de esa nueva obra, el narrador era él mismo y que todo lo que ahí contaba era verídico.

“Relatar lo ocurrido es inconcebible y vano, o bien es sólo posible como invención”, decía. “Este libro», me explicó tiempo después, “no es del todo autobiográfico, ni en él hay nada muy personal ni ninguna revelación especial. Se trata más bien de una falsa novela en la que el narrador no es inventado, sino que soy yo mismo, con mi nombre propio, y los hechos que se narran en ella son absolutamente reales. En algunos momentos, al ser uno mismo quien cuenta o al utilizar a un personaje que es el narrador, he visto que se da una cierta tendencia por parte de muchos lectores a establecer una identificación excesiva entre esos narradores y el propio autor. Tal vez esto se deba a que al haber en mis libros reflexión y digresión y no sólo la pura acción narrada, los lectores piensen que eso lo he tenido que pensar como autor. Y es cierto, pero eso no quiere decir que el autor lo piense de veras o lo suscriba, sino que el autor lo ha pensado para que a su vez lo piense y lo diga ese narrador, de la misma manera que un autor ha tenido que pensar lo que un personaje dice en un diálogo. Pero en este caso no es así, en este caso realmente todo lo que se dice, todo lo que se cuenta o las reflexiones que hay, sí son mías. En este sentido yo he podido tener un poco más de pudor o conciencia de qué digo o qué no digo, qué afirmo o no. Pero en tanto que personaje, a mí me es indiferente que caiga bien o que caiga mal, que parezca un desalmado o que parezca gélido. En este caso, no es que importe demasiado que parezca una cosa u otra, pero digamos que uno tiene un poquito más de sentido de la responsabilidad si es uno mismo quien está contando y quien está afirmando y quien está recordando y diciendo. También ha habido momentos en que he pensado que tal vez algunos lectores de mis otros libros vayan a decir que este no soy yo, y que mi voz, siendo yo mismo el narrador de la novela, resulta menos creíble que la de mis otras novelas”.

De cualquier forma, lo cierto es que cuando publicó esa novela, Marías era ya un autor que había vendido más de dos millones de ejemplares del resto de sus obras en todo el mundo y ahora se permitía ser él mismo el protagonista de una de sus narraciones. “Así como en Mañana en la batalla piensa en mí el narrador era un escritor a sueldo; en Corazón tan blanco un intérprete traductor y en Todas las almas un profesor que estaba de paso en la Ciudad de Oxford, en Negra espalda del tiempo, resumió, el narrador era al fin un escritor, Javier Marías, quien se permitía que hubiera partes que sucedían, por ejemplo, en México, donde no había estado nunca personalmente.

En ese sentido, el autor señaló que sus novelas no dependían mucho del elemento de invención. “Mis libros no son de intriga ni de acción ni en los cuales la historia sea lo que más cuente. Creo que las llamadas musas de la inspiración visitan a los escritores, si es que los visitan, no tanto para inspirarles una historia buena, sino para ayudarles a contar la historia que cuentan, sea la que sea y tenga el origen que tenga”.

Marías aseguraba siempre que al terminar una novela se quedaba impregnado de ella durante bastante tiempo. “Para mí la novela no termina en el momento en que pongo punto final. Hay escritores a los que quizá les pasa eso, pero a mí no. Para mí, escribir una novela, como a veces lo es también leerla, supone instalarse en un clima determinado, instalarse incluso en un estado de ánimo determinado. A mí no me resulta tan fácil salir de ese clima en el que me he instalado. Digamos que a mí mismo el libro que he escrito me sigue resonando, me sigue envolviendo durante más tiempo”.

En último término, Marías insistía en que era «alguien que escribe”. Y aún más: “alguien que también podría dejar de escribir en cualquier momento”. “Cada vez que he terminado una novela”, me aclaró la última vez que nos vimos, hace ahora cinco años, “no he tenido en modo alguno la seguridad de que fuera a haber otra, y menos de cuándo iba a haber esa siguiente. Era de presumir que quizás sí, porque lo cierto es que entre unas cosas y otras es una actividad que me viene acompañando desde el año 71; es decir, hace muchos años ya en que publiqué mi primera novela. Entonces es previsible que sí, pero yo no tengo esa certeza así como no tengo un proyecto general; no tengo una seguridad de que vaya a seguir escribiendo ni tengo libros planeados”.

***

En 2007, después de publicar Fiebre y lanza y Baile y sueño, Marías ponía punto final a la que, según afirmó él mismo, era su obra narrativa más ambiciosa y en la que había empleado ocho años de intenso trabajo: la novela Tu rostro mañana, cuyo tercer volumen, subtitulado Veneno y sombra y adiós, acababa de aparecer en España.

Se trataba, decía Marías en entrevista, de una obra que aspiraba a hablar de muchos asuntos, algunos de ellos inherentes a cualquier persona, asuntos universales en la medida en que a todo mundo le afectan. “Cosas”, dijo, “como la memoria y el olvido, el paso del tiempo y la vejez, el amor y el desamor, la violencia y el miedo, la traición y la confianza, la posibilidad de contar o de callarse, el tiempo de paz y el tiempo de guerra, el maltrato con las mujeres, la delación, el temor a añadir al mundo historias atroces o bien dejar que ya que han sucedido sólo hayan sucedido pero no se incorporen al relato del mundo”.

Al final, el escritor madrileño creía que este libro tendría que juzgarse en la totalidad de sus mil 600 páginas, aunque inicialmente hubiera tenido que juzgarse por separado en cada uno de sus tres volúmenes.

—¿Había escrito esta obra con algún afán de juzgar ciertos hechos?, pregunté en aquella ocasión.

—La novela no debe juzgar. En cierto sentido es lo contrario de un juicio. En los juicios normalmente lo que interesan son los hechos y no lo que los provocaron ni por qué se produjeron ni qué vino antes o después. Mientras que en una novela se permite ver cómo se ha llegado a tal o cual cosa. Evidentemente en esta novela hay conflictos morales, no cabe ninguna duda; pero una novela de tesis es para mí insoportable y muy poco literaria. Uno intenta mostrar las cosas o al menos que el lector vea.

—¿Tuvo usted en perspectiva desde el comienzo el propósito de escribir una novela tan vasta?

—No. Es más, creo que los autores cuando ha pasado tiempo desde la escritura de una novela nunca tenemos mucha perspectiva ni objetividad. En este caso la ambición literaria no es previa al comienzo de la novela. Y sin ir más lejos y sin que me compare, es sabido que El Quijote iba a ser una novela corta, que iba a llegar a lo que hoy en día es el sexto capítulo. Pero supongo que Cervantes vio que aquello tenía otras posibilidades, los personajes le gustaron y lo fue ampliando al punto de que diez años después de salir la primera parte publicó la segunda, que con seguridad mientras escribía la primera no tenía prevista. Es decir, que a veces la ambición nace de la propia obra y va creciendo a medida que uno la escribe, que es lo que me sucedió a mí.

Quise saber cuál era el perfume de esta novela en su conjunto, qué le gustaría a Marías que quedara en la memoria del lector, y afirmó que podía ser “una atmósfera, unos fogonazos que impresionan al lector cuando lee unos pasajes, a veces una idea o una reflexión, porque mis libros no son estrictamente narrativos y están trufados de reflexiones. Yo quisiera que al lector le quedase la sensación de haber atravesado un libro que le ha hecho ver y comprender más de lo que normalmente ve y comprende. Pero quizá es mucho pedir”.

***

Fueron varias las veces que puede conversar con Javier Marías y en ellas traté de abordar diversos temas, entre ellos su trabajo como articulista, que a menudo provocaba polémicas, cosa que le desagradaba. “Lo que pasa”, explicaba, “es que me parece absurdo escribir en prensa para no decir lo que más o menos pienso. Y a veces supongo que choco con cosas aparentemente bien vistas. Pero yo siempre busco argumentar y no me callo: si algo me parece mal o imbécil, pues lo digo”.

También alguna vez me habló de lo que le ponía de mal humor de la sociedad y la política actual. “De la política pocas ponen de buen humor”, lamentaba, pero enseguida aclaraba que a los políticos les tenía “un respeto teórico muy considerable porque creo que son necesarios”. Dicho esto, agregaba, “la clase política a menudo es grotesca, inane, innecesariamente sañuda, que no ayudan a la convivencia y exacerban los ánimos y a menudo crean más problemas de los que resuelven. En la sociedad hay de todo, pero en términos generales hay una soterrada corrupción moral generalizada y se hace la vista gorda con muchas cosas. Y eso es preocupante”.

En 2011 Marías publicó Los enamoramientos (2011), donde reflexionaba sobre el amor pero también sobre la impunidad, algo que siempre le había preocupado bastante, especialmente en una sociedad como la nuestra, “donde casi nadie se escandaliza ni sorprende por casi nada; una sociedad”, dijo entonces, “que tiende cada vez más a ser tolerante con la impunidad y muestra una tendencia a no hacer nada, ni condenar nada a título personal”.

Más tarde, en octubre de de 2012, cuando presentó el volumen de cuentos titulado Mala índole, obra que reunía cuentos de sus dos únicos libros de relatos, Mientras ellas duermen (1990) y Cuando fui mortal (1996), y algunas piezas publicadas de forma dispersa en revistas y diarios ya prácticamente inencontrables, Marías llevaba 40 años escribiendo cuentos, un género, decía, que se diferencia de la prosa novelística porque puede llegar a ser perfecto, algo que lo novela no logra a pesar de internarse en caminos más intrincados. “A lo largo de algunas décadas escribiendo prosa, me he dado cuenta que un autor no acaba de estar satisfecho de sus novelas porque tienen cosas latosas pero necesarias; las novelas no pueden tener un tono de intensidad todo el tiempo como lo pueden tener los cuentos, porque sería insoportable; en las novelas tiene que haber tiempos muertos, escenas de transición, pausas, algo que en la novela es necesario, pero el cuento puede omitir toda esa carga y ser perfecto”, me expuso el autor.

Pocos días después de la presentación de ese volumen de cuentos, Marías —distinguido con premios como el Fastenrath, el Prix Femina Étranger o el American Award— fue elegido Premio Nacional de Narrativa de España por su novela Los enamoramientos, que el autor rechazó en vista, declaró, de que desde hace varios años tenía por norma no aceptar premios ni invitaciones de instituciones estatales españolas. “He querido mantener la independencia y no participar en las polémicas que acarrean tanto las invitaciones de instituciones como el Instituto Cervantes, el Ministerio de Cultura, etc., como los premios estatales, incluido el Premio Cervantes”, afirmó entonces, y aludió que confiaba en que no se tomara su postura “como un feo o un agravio, o como un desagradecimiento. Todo escritor agradece el aprecio por su obra, y así lo hago yo también ahora. Y en verdad lamento no poder aceptar lo que en otras épocas habría sido tan sólo motivo de alegría”, resumió.

La última vez que lo vi, cuando presentó la que es su penúltima novela, Berta Isla (2017) —a la que seguiría Tomás Nevinson, publicada aún en tiempos de pandemia, en marzo de 2021—, Marías, quien criticaba nuestras sociedades cada vez más puritanas e hipócritas en las que observaba una deliberada destrucción de los sistemas educativos, resumió algo en lo que insistía a menudo y que da cuenta del enorme respeto que siempre tuvo por su oficio: “En la actualidad todo el mundo considera que puede escribir un libro, pero crear una novela es un trabajo muy difícil y muy lento. Terminar una es algo milagroso”.

Imagen de portada: Javier Marías (Foto: Bernardo Pérez)

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por C. Rubio Rosell. Editor Arturo Pérez-Reverte. 4 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/En memoria/Javier Marías

 

 

Una absorbente novela de espías,  La caja de los miedos.

Alemania. Primera Guerra Mundial (1917). Una seductora bailarina holandesa, Margaretha Zelle, ha conseguido convertirse en la reina de los cabarets de Berlín. Es hermosa, sutil, elegante, discreta. Para muchos, una atractiva mujer fatal. Ignora que su vida no terminará sobre un escenario, aplaudida por fervientes admiradores de su belleza y de sus contorsiones. El destino que la historia le ha reservado a Margot, como la conocen sus seguidores y amigos, es bien distinto al de la fama pública, adornada de música y de vistosas plumas. Por el contrario, Margot terminará siendo la espía más eficaz de ese momento bélico, una leyenda que sucumbirá al peso de los secretos y de los conspiradores: Mata Hari.

La caja de los miedos es una absorbente novela de espías protagonizada por la doble agente más seguida y perseguida de la historia, la bailarina Mata Hari. El transcurso de los hechos que la definieron como un personaje obligado a trabajar para dos bandos opuestos, los alemanes y los franceses que se batían en una guerra sangrienta y cruel, es el eje central de este libro. Quién era, cómo se convirtió en Mata Hari, de qué manera se movía entre influyentes dirigentes, cuáles eran sus misiones y sobre todo, qué contenía la caja de nácar que viajaba siempre con ella a modo de salvoconducto y que todos, de un lado y de otro, codiciaban.

Pero la de Mata Hari con ser potente y muy singular, no es la única historia de la novela de García Roces. Ésta contiene otra segunda y apasionante trama que está protagonizada por un niño ruso. Tras quedarse huérfano, Alekséi viaja al París de finales del XIX para encontrarse con el destino que la vida le tenía preparado, en el seno de una nueva familia que le dará cariño, estudios y futuro. Todo, inmerso en una capital que bulle por efecto de la guerra, en la que él no quiere ser un mero espectador, sino un activista por su país.

Narrada en varios tiempos cronológicos que van y vienen, entre finales del XIX y 1918, el libro se centra en torno a la búsqueda de un documento que podría cambiar el curso de la Primera Guerra Mundial. Guardado con fervor en ese pequeño estuche que acompaña a Mata Hari en su periplo europeo, hará que diversos personajes fundamentales se encuentren, se crucen o se persigan, con un increíble tono de suspense y de tensión que logra una lectura altamente adictiva.

No están los personajes de La caja de los miedos trazados sin más, sino que todos comparten desde su lejanía y sus propios problemas, una característica común. Han debido de salir huyendo de sus mundos, por pobreza, miedo o necesidad. Y el destino los ha reunido en una misión peligrosa pero profundamente humana. Por ello, la novela de Arancha García Roces es un abanico de sentimientos tan opuestos a la batalla y al frente como el afecto, la valentía, el sentido común y la lealtad. Es un mapamundi de identidades, personalidades y visiones que habla de la disparidad y de la igualdad entre hombres y donde la bondad y la maldad están muy bien delimitadas.

Imagen: Cubierta de portada de “La Caja de los Miedos”

FUENTE RESPONSABLE: El Placer de la Lectura. 26 de septiembre 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Arantxa Garcia Roces

Guillermo Saccomanno: «Yo armé este libro con escombros literarios».

«Esperar una ola» es el último libro del autor. Relatos breves que terminan por encontrar la unidad de una novela o novela hecha de fragmentos, el texto es, entre otras cosas, una indagación sobre el sentido de la escritura y un lanzamiento al vacío sin red.

Fuerte, impiadoso, desencantado, recorrido por la presencia de la muerte. De este modo podría caracterizarse al último libro de Guillermo Saccomanno, Esperar una ola (Planeta), un conjunto de relatos diversos unificados a la vez por su escritura y por una edición que contribuye a convertir lo diverso en un todo orgánico.

Dedicado a Juan Forn, amigo entrañable, su ausencia se vuelve presencia en algunas narraciones de manera explícita, aunque su fantasma parece colarse a través de todas las página y posarse, sobre todo, en aquellas en las que menos podría sospecharse. Por ejemplo, en las reflexiones sobre la escritura, sobre el acto de escribir, sobre la fuerza narrativa que empuja a hacer literatura en espacios poco habituales como la contratapa de un diario, aunque su autor –Forn, en este caso-, le confiese a su amigo que se siente seco para la ficción.

A pesar de las diferentes voces que confluyen en Esperar una ola, Saccomanno parece retomar siempre un diálogo interrumpido con su interlocutor fantasmal. Por momentos, el diálogo también se vuelve afirmación, teoría. Y eso se insinúa desde el título, porque quien espera la ola no es, como podría suponerse, solo el surfista, sino también el escritor. “Para que el golpe de suerte ocurra –puede leerse al final  del primer relato del libro- es necesario estar en el agua, siempre, esperando. Quizá el misterio se explique en la espera. Y la revelación, en la fugacidad de ese deslizamiento en que la existencia, de golpe, es viento. De qué estoy hablando. De escribir”.

La portada del nuevo libro del escritor argentino.

–Creo que Esperar una ola podría ser leído, entre muchas otros lecturas posibles, como un libro de teoría literaria. ¿Acordás con esto?

-Es probable. Bueno, es casi seguro (risas). Aunque creo que más que con la teoría literaria tiene que ver con algo que me ocurre desde hace mucho tiempo, aunque sigo publicando, y es que estoy en crisis con la narrativa.

-¿Cómo se manifiesta esa crisis?

-Las novelas contemporáneas, salvo honrosas excepciones, se me caen de las manos. Me parece que una novela es igual a otra. No encuentro diferencias en las escrituras. Sobre todo en aquellos libros aclamados no encuentro registros personales. Cuando quiero leer una novela que me interese vuelvo al siglo pasado o al siglo XIX. El realismo tiene una lisura sospechosa. Esto es algo muy personal. Creo que esto viene de mi frustración con la poesía.

-Pero vos escribís poesía.

-Sí, y la tengo escondida a buen recaudo. En los últimos años, en las contratapas de Página, me dediqué a escribir sobre poesía y sobre su relación con la filosofía. A veces un poema tiene un relámpago que corresponde a una visión filosófica.

–Creo que eso es exactamente los que hay en Esperar una ola. Los relatos tienen una forma reflexiva de hacer narrativa. Es el libro de un escritor que, mientras escribe, se pregunta qué es la literatura.

-Claro, las historias están entrecruzadas con reflexiones que tienen que ver con el escribir. La situación de la escritura, la cuestión de la fugacidad de la belleza, que para mí la puede capturar un poema mejor que cualquier otro género, están presentes todo el tiempo. Hay, por supuesto, un diálogo con Juan (Forn), creo que en tres textos.

-Sí, uno de ellos está justo en el centro del libro, lo que no me parece casual.

-No, claro, Juan está muy presente en este libro que está dedicado a su memoria. El sufrimiento de los seres comunes estaba dedicado a él y fue él quien lo presentó. Su pérdida fue para mí una de las más importantes de los últimos tiempos y he tenido unas cuantas. 

-¿Cuál es la clave en la construcción de Esperar una ola?

-Creo que busca construir a partir de la contemporaneidad y la simultaneidad. Todos los relatos son a la vez contemporáneos y simultáneos. Mientras se desarrolla un relato, en el departamento de al lado sucede otra historia. En el callejón, hay una historia y, a la vuelta, pasa otra cosa. Todas están pasando al mismo tiempo en este mundo capitalista regido por la ecuación sexo-dinero-poder, ecuación de la que estamos prisioneros. No hay un afuera de la cultura de la plusvalía. ¿Pero cómo se hace para que lo que escribís no se transforme en un panfleto?

-¿Cómo se hace?

-Hay un cuento que yo pensé mucho si ponerlo o no que es el de la pianista. La piba está tocando un concierto y la grabación se escucha en muchos lugares distintos, en diferentes situaciones. Entonces la narración hace un rulo, y la chica viene de un lugar bombardeado. La poética de este libro intenta ir por ahí, por esta conjunción de contemporaneidad y simultaneidad. Hay clase media y clase baja, el mar y el bosque, lo urbano y el conurbano.

–Creo que el libro se pregunta qué es la literatura y dónde se encuentra. Por ejemplo, hay un capítulo en el que hablás de Juan y de Bobi Bazlen, que era alguien que no hacía literatura en un sentido estricto, sin embargo, sus informes editoriales eran piezas literarias. Por eso digo que hacés teoría a través de la narración.

-Claro, a mí no se me ocurre otra manera de escribir teoría. Escribo artículos sobre poetas, pero siempre los traigo a la realidad, indago en qué nos dicen hoy. Creo que me estoy preguntando todo el tiempo cómo se escribe una novela. De hecho, Esperar una ola es una novela, atomizada, pero novela al fin.

–¿Cómo fue el proyecto inicial del libro y cómo se fue transformando?

-En este libro hay dos ausencias. Cuando lo comencé estaba en pareja y cuando lo terminé estaba en soledad. El proyecto inicial era escribir un libro que se llamara Cien cuentos felices, que, por supuesto, no iban a ser felices. Me propuse, además, que ningún cuento excediera una carilla A4. Mi intención es que los cuentos funcionaran como poemas. La búsqueda se da a partir del cambio de lenguaje. Hay uno que está chamuyado en lunfa y otro que está en una lengua culta. Cuando llegué a los cien, me di cuenta de que necesitaba muchos más. Llegué a los doscientos. Entonces me puse a buscarles alguna forma de coherencia. Este libro tuvo editoras previas. La tuvo, por supuesto, a Paula Pérez Alonso, que fue la que vio esta articulación de novela. También me ayudó con su lectura Ángela  Pradelli. Yo me preguntaba, por ejemplo, qué hacer con todos los cuentos que tenían que ver con la literatura, si los ponía aparte como un apéndice. Ella me dijo “por qué no los entreverás”. Por eso, más o menos cada dos cuentos, aparece uno que tiene que ver con la reflexión sobre la literatura. Pero lo que me pregunto es cómo se escribe hoy una novela. Yo podía hacerlo porque tengo el oficio, pero quería ir por otro lado, hacer otro tipo de búsqueda. Cuando llegué a los doscientos cuentos e hice la selección me pregunté cuál era el sentido de este libro.

-¿Y qué te contestaste?

-Que el sentido estaba dado, en principio, por la reflexión sobre la escritura. El planteo es cómo se puede trabajar la amenidad con una complejidad mayor que viene explicitada por la metáfora del surf. El relato que abre el libro sobre el surfista estaba en Cámara Gesell. Este libro tiene mucho que ver con Cámara Gesell en cuanto a composición. Luego hay un cuento sobre el surfista en la mitad y otro al final, como cierre. Quería que el libro terminara con alguna esperanza de amor y creo que eso está dado en el penúltimo cuento sobre la pareja que se reencuentra después de mucho tiempo. Quería ver qué puede haber de felicidad en este mundo tan desgraciado. Los dos han pasado por operaciones, sus cuerpos lo están, el mío, el tuyo, el de todo el mundo. Puedo explicar cómo lo hice, pero aún se me escapa el sentido y creo que cuestionarte el sentido de lo que estás escribiendo es lo mejor que te puede pasar. Es muy bueno que no creas en la materia lisa de la novela: principio, medio y fin, en la moral aristotélica del relato. El realismo que se hace hoy me parece de una lisura sospechosa. Si te fijas en las contratapas de Juan que finalmente compiló en un libro, a él le importaba mucho cómo se contaba la historia de cada escritor, de cada poeta. Dónde encontrar hoy la narración y cómo contar en un momento en que estás bombardeado por los algoritmos, las redes, la información que recibís en tiempo real de Ucrania, pero no sabés lo que le está pasando a tu vecino. La cuestión de la soledad tiene hoy un peso muy fuerte y creo que eso está en el libro.

-¿Pero sos vos el que está en crisis con la narrativa o es la narrativa misma?

-Creo que estamos viviendo un tiempo de crisis de representación en que las palabras no dicen lo que dicen, empezando por los noticieros y siguiendo por los políticos hasta llegar a las novelas, las de denuncia, las del yo, las de la enfermedad, las de la corrupción. A mí, personalmente, eso no me cierra. La noción de verdad es una noción acerca de la que hoy ya no nos cuestionamos y si con algo está ligada la noción de verdad es con la de belleza.  Y la noción de belleza tiene que ver con los géneros. En los últimos tiempos he leído  mucho Wittgenstein y vaya si él tenía preocupación por el lenguaje. Obviamente, no tengo la formación de lógica o filosofía que quisiera para poder captarlo mejor, pero sigo adelante y lo leo como poesía. Entonces estoy leyendo literatura donde se supone que hay filosofía.

-Los casos clínicos de Freud pueden leerse como literatura. Perec leía una lista como literatura.

-Sí, estás hablando de dónde se encuentra la textualidad de la literatura. ¿Dónde se encuentra? No lo sé. Escribí estos cuentos a partir de cualquier situación, de imágenes de la calle, de un dicho al pasar, de una frase, de una ocurrencia. Lo que yo me pregunto es cuál es el sentido de escribir una novela. En el siglo pasado se pensaba “escribo una novela para decir mi verdad”, pero ¿cuál es mi verdad? Hay verdades que cambian, puede haber subjetividad…

El escritor y su nueva obra.

-Ninguno de los relatos tiene título. ¿Por qué?

-Si les ponía título mandaba el libro en una dirección y lo que quería es que se abriera, que fuera, parafraseando a Cortázar, un objeto para armar.

-¿Cuándo surge la pregunta por el sentido de la escritura?

-En el momento mismo de la escritura. No sabés lo que estás haciendo hasta que no te sientas a escribir. Hay un ensayo que me encanta de Edward Said que es Sobre el estilo tardío. Dice que en un momento los artistas tiran todo por la borda. Yo ya escribí novela, ya escribí cuento, ya escribí… Entonces, voy a tirar todo por la borda. Voy a escribir contra mí mismo, voy a tratar de escribir contra la facilidad. Esto no quiere decir que los cuentos no se entiendan, que no puedan ser leídos con tersura o que no fluyan. ¿Cómo se escribe hoy? Uno construye con esquirlas. Yo armé este libro con escombros literarios. En este momento estoy escribiendo un relato que creí que iba en una dirección y va en otra y creo que aceptar eso es inaugurar un espacio que no habías recorrido. No hay que temerle a lo que no entendés, a lo desconocido, a la incomodidad. Pero si el libro no me incomoda a mí, cómo voy a pretender incomodar a los lectores. Hay que escribir contra uno mismo, contra el oficio, porque en cuanto descubriste la fórmula corrés el riesgo de repetirte.

El silencio, el sentido y Netflix

-¿Escribís a mano?

-Sí. Este libro de cuentos lo escribí en computadora, pero suelo escribir mucho a mano. De escribir a mano hay algo que se te pega y es la relación con el silencio, la relación de la grafía, con el dibujo. La prueba está que me animé a exponer. Dentro de poco voy a hacer una exposición en la librería Menéndez . En realidad pinto desde pibe. A mí me gustaba más la pintura que la literatura. Me dediqué a la literatura por  oposición familiar, por no sé qué extraño cruce, pero siempre he dibujado y pintado. La tapa de Esperar una ola la hice yo.

– Por la diversidad  de registros y de discursos, desde lo formal, tu libro me recuerda a Moby Dick.

-Guauuuu. Los libros que más me interesan son, como Moby Dick, los que tienen algo de rareza y creo que en los cuentos de mi libro hay algo de esa rareza que te hace preguntar si esto es sueño o realidad, si este es un cuento gótico, de terror o es otra cosa. Los temas son la soledad, la enfermedad, la violencia social. La pregunta es cómo se crea con eso.

–Hay un cuento en el que hablás de atravesar el bosque oscuro como una boca de lobo, de que hay un punto, como en la escritura, a partir del cual, aunque tengas miedo de seguir, ya no se puede volver. Pensé en Caperucita Roja. Me pareció que era una indagación del origen de los relatos.

-Tal vez tenga que ver con San Juan de la Cruz, con la búsqueda de luz en la noche oscura del alma. No lo sé. Lo que te puedo decir es que sentía  y siento que este libro es una indagación acerca del sentido. Me parece que va por ahí, por no entender la realidad como algo transparente, no entenderla ni en sentido cinematográfico ni televisivo. Si hay algo que me rompe las pelotas es que se diga que las series reemplazaron a la novela. Hoy el sueño de todo escritor es que conviertan su texto en una serie. Si como escritor no te cuestionas tu herramienta, terminás siendo Netflix.

Imagen de portada: Guillermo Saccomanno (Foto: Edgardo Gómez)

FUENTE RESPONSABLE: Tiempo Argentino. Por Mónica López Ocón. 2 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Entrevista.

Austerlitz, de Winfried Georg Sebald.

 

Austerlitz 

Winfried Georg Sebald

Novela

Editorial Anagrama

Barcelona (España), 2019

ISBN: 978-3446264526

424 páginas

“Si el pueblo desconoce su pasado es vulnerable a las mentiras del presente”.

Geoffrey Regan.

 

Cansado de los pseudoescritores le hinque el diente a este gran escritor alemán que falleció poco antes de que esta novela viera la luz. Sin duda un gran maestro, un gran profesor y un gran relator (aunque nada tenga que ver con el invento del guapito para solucionar el tema del oasis) que nos dio varios días de feliz lectura y de hurgar en nuestros mismos recuerdos aunque en épocas diferentes.

Se trata de un relato prácticamente sin puntos y aparte (a veces, como si te invitara a respirar, tiene unas viejas ilustraciones para hacer más creíble su historia e, incluso, uno podría colegir que es una biografía porque encajan cantidad de cosas en esa novela de vértigo que narra una etapa no muy gloriosa de la vieja Europa y que 75 años después parece que a nada nos llevó porque ya andamos otra vez con las “peleas” de gallos o de chulitos ignorantes que quieren pastar a costa de nuestro esfuerzo, y la política parece ser la mejor opción para esa gente que, muchas veces, sin oficio ni beneficio, se aparcan en la poltrona y ¡hala!, a vivir que son dos días. 

Nada de lo que se había dicho en la campaña electoral se respeta y, encima, se cachondean cuando se hacen con las poltronas a las que se adhieren como lapas: no hay manera de que se bajen y, si alguno se baja, es un drama) en donde a través de un personaje que a mí siempre me llevaba a la estación ferroviaria homónima de la capital francesa, nos va metiendo en la problemática que se desata en la década de los treinta del pasado siglo y finaliza hacia finales de siglo en Suráfrica, no por casualidad, sino por necesidad: había que buscar refugio en donde fuera para tratar de sobrevivir a la barbarie y, entonces, África del Sur era un paraíso en comparación a como se encuentra ahora por obra y gracia de los necios que piensan que el problema es el color y no la capacidad y el sacrificio.

Y como escribiera el gran literato surafricano Coetzee:

El gran tema de Sebald es la memoria y la carga de la memoria. Como todos sus personajes, su narrador omnipresente, lo llamemos o no “Sebald”, es un melancólico, y la raíz de esa melancolía común, la del narrador y de los personajes, es la historia de Europa del siglo XX, una historia sobre la que se cierne la alargada sombra de Alemania y de la suerte de los judíos europeos. Todos se ven desgarrados internamente entre, por un lado, una autoprotectora necesidad de bloquear un pasado doloroso y, por otra, una búsqueda ciega de algo —no saben qué— perdido.

Digamos que Sebald no es precisamente uno de los autores fáciles de leer y a ello le añade ese río, continuo, de la escritura sin descanso, un relato que te deja enganchado y que necesita concentración. Si además encuentras pasajes o lugares por los que has estado, entonces ya no deseas dejar ese libro de casi trescientas páginas en las que pocas cosas hay que desentonen. 

De hecho sólo encontré una fecha que no cuadra con la historia, sin duda un baile de números o un simple despiste a la hora de teclear la versión en español; en la página 156 dice “en mayo de 1993” cuando en realidad es 1939. Por lo demás, un buen trabajo del autor alemán y de su traductor Miguel Sáenz.

Y ahora vayamos a la parte que nos interesa para esta serie de la radio en la literatura. Hay unos cuantos párrafos de interés y, desperdigadas, numerosas referencias a Petrin, que es la colina en la que se halla la famosa torre de radiotelevisión de Praga, que tiene bastante parecido con la famosa torre de París. Paseos por esa preciosidad de colina, las referencias al barrio judío de Praga o incluso las instituciones que visitaba Austerlitz, te hacen reflexionar y descansar al dejar ir tu memoria a aquellos fantásticos recuerdos de tu primer viaje a Praga y la presencia en la tribuna de invitados para aquel fantástico primero de mayo que nunca se olvida. 

Curioso, en aquella época de escasez, había concursos que te permitían ciertas cosas; hoy hay alienación y no queda tiempo para el dichoso trabajo bien hecho, por no decir todos los recursos para mí y mis secuaces, demostrando que la voracidad de la especie, del bicho humano, no tiene límite o, como dirían en mi pueblo, “no tienen hartura” —léase con hache aspirada para hacerlo más jameño.

Y ahora sí, ahora toca ir al capítulo de la radio en Austerlitz.

Reinaba el silencio en la librería y sólo de la pequeña radio que Penélope, como siempre, tenía a su lado, surgían voces suaves, y esas voces, al principio apenas perceptibles pero pronto para mí sumamente claras, me cautivaron de tal modo que olvidé totalmente las hojas que tenía ante mí y me quedé inmóvil, como si no pudiera perderme ni una de las sílabas que salían de aquel aparato, un tanto chirriante. 

Lo que oí fueron las voces de dos mujeres que hablaban entre sí de cómo en el verano de 1939, siendo niñas, las habían enviado a Inglaterra en un transporte especial. Mencionaron toda una serie de ciudades —Viena, Múnich, Danzig, Bratislava, Berlín—, pero sólo cuando una de las dos comenzó a decir que su transporte, después de un viaje de dos días a través del Deutsche Reich y de Holanda, donde habían visto desde el tren las grandes aspas de los molinos de viento, había sido con el transbordador Prague de Hock a Harwick, por el Mar del Norte, supe, sin lugar a dudas, que aquellos recuerdos fragmentarios eran también parte de mi vida. Estaba demasiado asustado por la súbita revelación para anotar las direcciones y números de teléfono al final del programa. Me veía solo aguardando, en un muelle, en una larga fila doble de niños que en su mayoría llevaban mochilas o carteras (pp. 143-144).

 

Junto a la cama había una pequeña caja de Château Gruaud-Larose, con su escudo negro grabado a fuego y, sobre la caja, el resplandor suave de una lámpara, un vaso, una garrafa de agua y una antigua radio en una caja de baquelita marrón oscuro (p. 167).

 

Antes de acostarme, encendí la radio que estaba junto a mi cama, sobre la caja de Burdeos. En su cuadrante, iluminado y redondo, aparecían los nombres de las ciudades y estaciones con las que, en mi infancia, relacionaba las más exóticas ideas: Monte Carlo, Roma, Ljubljana, Estocolmo, Bermünster, Hilversum, Praga y otras. 

Puse el volumen muy bajo y escuché un idioma para mí incomprensible que desde gran distancia, se esparcía por el éter, una voz de mujer que a veces se hundía entre las olas, luego emergía de nuevo y se cruzaba con el juego de dos manos cuidadosas que, en algún lugar desconocido para mí, me movían sobre el teclado de un Bösendorfer o un Pleyel, produciendo fragmentos musicales que me acompañaron hasta muy entrado en el sueño, creo que de El clave bien temperado. Cuando me desperté por la mañana, de la rejilla de latón de apretada malla del altavoz sólo venía un débil ruido de fondo y una especie de arrastrar. 

Poco después, en el desayuno, cuando me puse a hablar de la misteriosa radio, Austerlitz dijo que él tenía la opinión de que las voces que, al comenzar la oscuridad, atravesaban el aire y de las que podíamos captar muy poco, tenían, como los murciélagos, su propia vida, que rehuía la luz del sol. A menudo, en sus largas noches de insomnio de los últimos años, las veía al oír a las locutoras de Budapest, Helsinki o La Coruña, seguir muy lejos sus caminos zigzagueantes y deseaba estar en su compañía (pp. 167-168).

 

En la radio se precipitaban las noticias que daban los locutores con un tono curiosamente agudo, exprimido de la garganta, de los éxitos innegables de la Wehrmacht, que pronto ocuparía todo el continente europeo y cuyas campañas poco a poco, con una lógica aparentemente aplastante, abrían a los alemanes la perspectiva de un imperio, en el que todos, gracias a pertenecer a aquel pueblo elegido, seguirían la carrera más brillante (pp. 178-179).

 

A finales de otoño de 1941, creo, dijo Vera, que Agáta tuvo que llevar al llamado Centro de Entrega Obligatoria la radio, su gramófono, con los discos que tanto quería, sus prismáticos y gemelos de ópera, los instrumentos de música, sus joyas, las pieles y el guardarropa que había dejado Maximilian (p. 178).

Y hasta aquí lo más destacado sobre la radio. En algún caso nos está narrando el comportamiento de la onda media que con la llegada de la noche permite captar estaciones sumamente lejanas y que al levantar el alba desaparecen. Incluso durante la noche cerrada se van viendo desaparecer algunas de ellas y en el mismo punto salen otras. 

Recordemos que en la época la radio no funcionaba las veinticuatro horas del día y, en el continente europeo, casi todas las estaciones eran de titularidad pública, o sea: de los gobiernos que ejercían un control sobre sus operaciones radiales. Personalmente me quedaba muchas noches para escuchar las emisiones de Monte Carlo y Luxemburgo, o incluso la del Sarre o Europa número 1 con un tipo de música que en los años sesenta/setenta no era habitual en España, mucho menos en mi provincia de nacimiento: Granada. Las emisoras del Este eran una delicia por la música clásica que divulgaban; especialmente excepcional era la recepción de Praga y Budapest, una joya para los oídos.

También el personaje central de la novela, sin saberlo, estaba realizando esa maravillosa afición del mundo de la radioescucha, y quién sabe si Sebald fue un amante de las tarjetas QSL o simplemente se dedicaba a escuchar la radio y a disfrutar, e imaginamos que a soñar con esas ondas voladoras que cada vez escasean más y en donde la concentración de medios está acabando con infinidad de estaciones y, en muchos casos, desmontando los sistemas públicos de radiodifusión que tanto hicieron para cohesionar al continente y llevar libertad a lugares en donde no siempre existía esa posibilidad.

Imagen: Cubierta de portada de “Austerlitz”

FUENTE RESPONSABLE: Letralia. Tierra de Letras. Por Juan Carlos Crespo. 1 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela.

‘Hititas’, la historia de los guerreros de Anatolia.

La guerra, sin duda, ha servido para consolidar el poder entre los hombres a lo largo de la historia. Y, como tal hecho principal, ha contribuido a forjar la historia y su narración a lo largo del tiempo

En lo que hace relación a la cultura Hitita, su significación ha sido alta como pueblo y civilización, situando su influencia hacia el segundo milenio a.C. en adelante, y su área de influencia el medio  Oriente en sentido genérico. A tenor de lo que leemos en el libro (muy preciso en sus fuentes y narrado con rigor y amenidad) su territorio de influencia podríamos resumirlo así: “Un terreno enmarcado dentro de la cuenca del Marassantiya al que hemos llamado patria hitita; ahí se encuentra la capital, Hattusa, y muchos de los centros religiosos y administrativos más importantes (…) Cierta cantidad de estados vasallos repartidos por muchas partes de Anatolia y el norte de Siria (…) A partir de la 2ª mitad del siglo XIV a.C. conocemos dos virreinatos, uno en Carquemis y otro en Alepo (ciudad donde las referencias a este pueblo continúan siempre visibles en el nomenclátor) A mediados del s. XIII a.C. se estableció un tercer virreinato en el sudeste de Anatolia”

Considerando no solamente su gran área de influencia geográfica sobre el terreno, sino la durabilidad de su poder, parece procedente lo que nos resalta el autor, este prestigioso profesor australiano, que ha estado vinculado a la Universidad de Queensland: “Uno de los rasgos más notables del Reino hitita fue que, a lo largo de sus 500 años de existencia, una sola dinastía real fundada a principios del siglo XVII a.C. ejerció el poder supremo de un modo casi ininterrumpido (…) La circunstancia que hace de la longevidad dinástica un hecho notable es que procede de un grupo étnico minoritario en el reino, hablantes de una lengua indoeuropea llamada nesita”

En sentido estricto hemos conocido que la persona del rey era sagrada. Ejercía el poder por derecho divino, pues era el representante de los dioses en la tierra (veamos que esta idea no se aleja mucho de la percepción religiosa de la figura del rey en la España Moderna e Imperial) e intermediario entre ellos y sus adoradores humanos. “El rey ideal debía ser un gran guerrero y demostrar con regularidad sus habilidades en el campo de batalla (lugar donde la crueldad podría adquirir tintes alarmantes como actitud)” La otra gran responsabilidad del soberano consistía en inspeccionar la administración de justicia en su territorio.

Habiendo dos clases bien distinguidas, la clase alta y la plebe, los intereses de ésta estaban cuidadosamente regulados, “pues las leyes se preocupan sobre todo por las actividades y disputas entre la plebe del mundo hitita” De hecho, la colección de leyes hititas es uno de los documentos sociales más valiosos referentes a este período, sobre todo por la luz que derraman sobre la vida y la sociedad en su nivel más modesto, sobre las actividades cotidianas de las gentes que poblaban  el imperio. Cabe  hacer notar que “el incesto se tenía como una práctica especialmente aberrante” En otros casos, la relación sexual era más laxa: “si un hombre tiene una esposa, y él muere, su hermano será el primero para tomarla como esposa; entonces, si el hermano muere, su padre la tomará…” Estaban prohibidos la poligamia y el concubinato, si bien “el rey podía tener varias, o muchas, concubinas aparte de una esposa principal”

Podemos conocer también, gracias a la minuciosa información que el profesor Bryce aporta en su dilatado estudio, que Hattsusili llegaría a ser el gran rey de Hatti, y no a través del proceso habitual de sucesión, sino tomando por la fuerza el trono (Pequeñas flaquezas humanas, diría el irónico) Un rasgo distintivo curioso, y a señalar por lo distintivo en este pueblo, es la posición ocupada por la primera dama. La función principal de la tawananna era oficiar como suma sacerdotisa del reino de Hatti. Eso ya de por sí le otorgaba un poder y una autoridad considerable, pues hablamos de un Estado donde la autoridad secular y la eclesiástica estaban íntimamente entrelazadas.

Mantenida su área de influencia de una manera desigual según las circunstancias, y a sabiendas de que todo protagonismo humano es pasajero, avanzado ya el segundo milenio que fijó su mayor poderío, aparecen en la historia los llamados ‘pueblos del mar’, que habían de debilitar y sustituir el poder dominante: “a principios del siglo XII (donde se data el próximo final del poder hitita) grandes grupos humanos llegaron del mar y barrieron buena parte de Próximo Oriente, desde Anatolia a Chipre y grandes extensiones de Siria y Palestina, dejando a su paso un rastro de destrucción”

Nuevas gentes, pues, nuevas culturas –una vez más- sustituirán a las precedentes para conformarse como nuevos protagonistas de la historia. “Tempus fugit”

Decir, en fin, que, a día de hoy, quien vaya de viaje por la Capadocia, podrá conocer la figura triste, ‘yacente’ en el tiempo pero erguida, del conocido como ‘el castillo de ORTAHISAR’, una auténtica montaña horadada de antiguas viviendas que ha resistido con dificultad el paso (el peso) del tiempo. Allí, en un paisaje lento, hermoso, subyugante, pacen todavía, libres, algunos ejemplares de los afamados caballos hititas, tan cantados en las viejas batallas.

La herencia dejada por este civilización fue notoria y prolongada en el tiempo tanto en el terreno del arte como en el de la escritura. ¿Su lengua tuvo relación con algunas inscripciones de carácter jeroglífico? Sí, desde luego, con la escritura cuneiforme que conocemos en la tablillas. Hoy, al referirnos a dicha cultura, hemos de aludir a vestigios gloriosos, a sabiendas de que las capas de la cultura de un pueblo –sobre todo guerrero- son el precedente de aquellas que las hayan de sustituir y tapar.

El libro, ya queda dicho, es rico en documentación minuciosa y está narrado con verosimilitud y eficacia.

Imagen: Cubierta de portada de “Hititas” Historia de los guerreros de la Anatolia.

FUENTE RESPONSABLE: Culturamas. Por Ricardo Martínez. 25 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Reseña.