Pérez-Reverte anuncia su nueva novela, ‘Revolución’, sobre México.

El escritor español Arturo Pérez-Reverte ha anunciado que publicará en el próximo otoño su nueva novela, ‘Revolución’, en la que abordará la revolución mexicana. Pérez-Reverte ha informado, a través de Twitter, de que ya ha entregado a la editorial Alfaguara esta nueva obra, de la que está corrigiendo las últimas pruebas.

Pues esto acabo de entregar a la editorial: la nueva novela que se publicará en otoño, de la que estoy corrigiendo las últimas pruebas. Le dimos muchas vueltas a las portadas hasta que nos decidimos por ésta. Así que ahí la tienen. De lo que lleva dentro ya les iré contando.

El libro, de casi unas 500 páginas, llegará a las librerías previsiblemente en octubre, según ha precisado el escritor, que ha compartido también la portada de la novela y ha indicado que contará más sobre esta en las próximas semanas.

‘Revolución’ será la nueva novela del escritor y periodista tras ‘El italiano’ (2021), una historia de amor y aventuras en la que viaja a los años 1942 y 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los buzos de combate italianos hundieron o dañaron catorce barcos aliados en Gibraltar y la bahía de Algeciras. (ep).

Imagen de portada: Arturo Pérez-Reverte

FUENTE RESPONSABLE: Made for Minds. 26 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/México/Violencia

 

‘El río de cenizas’, de Rafael Reig: un paseo por la vejez y la muerte.

El de esta novela no es el Reig conocido por festivo y satírico, sino otro muy distinto, meditativo y que abre el corazón a las emociones

Tiene Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) un merecido reconocimiento como escritor festivo y satírico. Mucho sorprenderá El río de cenizas a quien espere encontrarle tocando la misma tecla. No faltan en esta nueva novela brochazos humorísticos, pero este no es el Reig conocido sino otro muy distinto, meditativo y que abre el corazón a las emociones.

El río de cenizas se desarrolla en torno a una sólida trama argumental. A raíz de un ictus, el narrador y protagonista, de 75 años, ingresa en una residencia de ancianos de alto standing. El episodio se enmarca en una atemorizante epidemia. Los gorriones trasmiten un peligroso virus por el oído. Tal situación sanitaria da lugar a jocosas anécdotas, pero recrea con paralelismos la covid aún coleante.

El personaje tiene rasgos muy peculiares con lo que Reig lo dota de atractiva singularidad. La nota más destacada reside en su trato habitual con la literatura, de modo que toda la novela tiene un fuerte sesgo culturalista. El anciano maneja una biblioteca de lecturas y referencias tan amplia que roza algo la exageración (también lo roza, por cierto, su consumo de ginebra, en dosis que recuerdan a los señoritos de las novelas sociales) y se debe más a devociones del autor (una cita camuflada de Claudio Rodríguez, una diatriba contra la narrativa experimental) que a aficiones bien justificadas de su criatura.

De todas maneras, no se trata de culturalismo de guardarropía porque tiene la función de establecer un diálogo entre el personaje y textos de todo tiempo y lugar. Su vocación y su destino, por ejemplo, se miran a la luz de un doble espejo literario, la santidad de Teresa de Jesús (Libro de la vida) y la monstruosidad de Catilina (según la biografía de Salustio).

Al protagonista le acompaña una muy meritoria galería de residentes, resultado del interés y la capacidad del autor para crear personajes. En el asilo conviven una intérprete de partituras sin orquesta, un ajedrecista con pinta de buhonero, un falso arquitecto… Pero no se limita Reig al entorno de la residencia y amplía el censo con una figura fundamental, el hijo cincuentón, y con otro buen número de figuras que nos llevan al pasado del protagonista, al grupo de antiguas amistades y a amoríos ocasionales.

‘El río de cenizas’ es una narración emocionante que afronta sin patetismo el sentido mismo de la existencia

Resulta, así, una novela casi coral magníficamente poblada de original materia humana, por sí sola interesante. Pero El río de cenizas trasciende este valor intrínseco por ser varias cosas más. Por una parte, un relato de ideas (sobre la felicidad, la familia, el sexo…). Por otra, una especie de novela histórica que interpreta la España reciente. Y, por encima de todo, un asedio a la problemática de la vejez, y una reflexión sobre la muerte.

La vejez se describe con trazos muy tajantes. Es una astracanada, una penosa representación teatral, se dice. Sin embargo, no lanza Reig una jeremiada sobre la decadencia. La vejez nos quita muchas cosas pero también merece una consideración positiva: nos quita el miedo, proporciona libertad y permite afrontar desde la lucidez el inevitable destino.

El río de las cenizas es un libro de apariencia engañosa. Tiene mucha mayor densidad de lo que aparenta su amena anécdota. Una narración emocionante afronta sin patetismo el sentido mismo de la existencia. Reig ha redondeado su mejor novela.

Imagen de portada: Rafael Reig. Foto: Iván Giménez

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por Santos Sanz Villanueva. 26 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Rafael Reig/España

Una novela sobre el deseo: ser madre, ser amiga, ser sexual.

VISTO Y LEIDO II

Subrogar sale del ámbito de lo doméstico para preguntarse por la maternidad, el derecho sobre los cuerpos, la manipulación de la medicina y el deseo de maternar. 

“Cuando se dio cuenta de que la mejor forma de pasar desapercibida era actuar como la mayoría de las chicas de su edad, dejó de faltar tanto al colegio. Había sido hacía un año, quizá algunos meses más: se había quedado libre por faltas y le pidieron que sus padres fueran al colegio.

Padre ausente, hija de madre soltera, familia monoparental, eso estaba en la ficha, en algún legajo que la nueva vicedirectora no se había molestado en consultar”, así comienza Subrogar, la primera novela de Natalia Peroni, editada por La flor azul.

En 144 páginas, Subrogar recorre las historias de Ofelia, Tina, Marina, Inesa y Viviana y va entretejiendo sus vidas, sus deseos, sus miedos y sus aspiraciones en dos tiempos, el pasado y el presente de las dos protagonistas: una mujer de mediana edad cuyos recuerdos se van desvaneciendo con el recrudecimiento del Alzheimer y su hija, de 15 años, que ve pasar desapercibida su adolescencia por tener a su madre a su cuidado.

Pero en el medio de esta historia, hay intrigas que se van resolviendo de a poco a lo largo de las páginas.

Se habla de la subrogación de vientres, de las luchas transfeministas, del amor entre mujeres y de la maternidad. Y lo que subyace en toda la novela es la solidaridad y la empatía entre mujeres, esa red invisible que sostiene dolores y tristezas y que acompaña alegrías y sueños compartidos.

“Inesa le debe su nombre a la amante de Lenin y la vida a dos mujeres. A una nunca la conoció. La otra se desdibuja en la enfermedad que avanza tenaz, sin pausa, que va ahuecando su memoria reciente y la ancla en el pasado. Inesa quiere a la madre de antes, la de la infancia, pero tiene que lidiar con esta que más que madre se parece a una hija: a la que baña, viste y da de comer como si fuera una niña”, se lee en la contratapa escrita por Selva Almada.

La novela transcurre en la Ciudad de Buenos Aires, en el presente y las protagonistas se mueven en calles y barrios tan conocidos que la historia se vuelve cercana, cotidiana. La escritura de Peroni es tan íntima que nos convertimos en testigos de esas vidas atravesadas por luchas y angustias comunes, que bien podrían ser nuestras propias vidas.

“En el marco de la maestría en Bioética, asistí a un seminario de una bioeticista estadounidense sobre la subrogación de vientres donde se analizaban las diferentes posturas sobre este tema. Sobre aquellas que están en contra, pensé en las innumerables situaciones en las que el cuerpo de la mujer es tomado como una mercancía pero que al estar tan naturalizadas no nos llaman la atención ni despiertan dilemas éticos».

Sobre aquellas que están a favor, pensé en la necesidad de regular un tema para que todas las partes de esta relación estén cuidadas, sobre todo la más vulnerable que es la mujer que pone el cuerpo para la gestación. De esa reflexión teórica nació la historia de estas mujeres que rompen el concepto de familia tradicional para crear lazos afectivos basados en el amor y en el cuidado. «Tengo la convicción que que todos podemos maternar más allá de la madre biológica, los hombres, los hijos que se hacen cargo de sus padres y a veces personas extrañas que se acercan a darnos una mano”, dijo Natalia a Las12.

Natalia Peroni nació en Buenos Aires en 1965. Es profesora de filosofía (UBA) con formación en Bioética clínica (Flacso), además forma parte del Comité de Bioética del Hospital Italiano. Es co-directora de Salvaje federal, librería especializada en la difusión de la literatura de las provincias y co-directora de Sitio de arte, espacio dedicado a promover artistas argentinos contemporáneos.

En palabras de Selva Almada: “Esta es una historia tramada por mujeres, íntima, particular, narrada con una voz cálida y sencilla como nos contamos nuestras cuitas las mujeres. Pero además es una novela que sale del ámbito de lo doméstico para preguntarse y preguntarnos acerca de la maternidad, del derecho sobre los cuerpos, de la manipulación de la medicina, la ciencia y la sociedad ejercen sobre el deseo de ser madre”. 

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Por Inés Hayes. 24 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Nuestros escritores

Luciano Lamberti: «La literatura no da guita y por lo tanto es un espacio de libertad»

El autor de «La masacre de Kruger» reúne en «Gente que habla dormida» algunos relatos previos o inéditos en los que el terror genera una sensación de agobio y los personajes bordean la locura. 

El escritor cordobés Luciano Lamberti volvió a la escena de la literatura de terror con «Gente que habla dormida», un tomo de cuentos que reúne relatos previos y otros inéditos que construyen un mundo agobiante en el que los personajes sobreviven como pueden y cada tanto bordean la locura, bajo una prosa con gran sentido del humor.

«Todo lo que vos tenés como escritor son tus fortalezas y tus posibilidades. Yo tengo el sentido del humor, cierta ironía, y una imaginación medio loca», dice.

Lamberti es un cuentista minucioso, gracioso y libre. El humor y la acidez son sus principales herramientas y maneja este mismo registro en el encuentro personal. Utiliza una prosa ligera pero también efectiva para construir personajes que tienen conductas por momentos delirantes, bajo un trazo firme que dibuja la trayectoria de cada cuento.

En su literatura, el terror no es estático: va variando de elementos, de formas y de modos de afectar a sus personajes (y al lector). En algunos de sus cuentos es un horror que aparece como un golpe seco en la primera línea y te deja pasmado, no perdona; en otros, se eleva como una atmósfera que tiñe el relato muy suavemente, una incomodidad breve que funciona como velo.

Todos los cuentos que integran «Gente que habla dormida» (Penguin Random House) cumplen con una promesa tácita inicial: como si fueran una maldición, más tarde o más temprano, estallan. Aunque no fue planeado, dice el escritor, esta intensidad y frenesí negro es dosificado a través de algunos relatos realistas cortos, tipo viñetas, de amor, desamor y ternura que dan un respiro para seguir con la lectura. El flamante volumen reúne relatos previos como «El asesino de chanchos» y «El loro que podía adivinar el futuro» e incorpora inéditos como «Pequeños robos a la luz de la luna»,

En un bar del barrio porteño de Caballito, Lamberti pide que le elijan las mejores fotos para ilustrar la nota. «Alguna en que no parezca un monstruito, por favor», comenta entre risas pero con cierta verdad de fondo. Sus personajes son un poco monstruitos: intenta despegarse de ellos en la vida real. En la ficción, son su mejor creación.

– Télam: Hay algo en los cuentos de este tomo que sugieren «pueblo chico infierno grande» y personajes que parecieran no encontrarle un sentido a la vida. ¿Hay algo pensado bajo estas ideas?

– Luciano Lamberti: Sí… pero todos somos un poco prisioneros de nuestras identidades, ¿no? Y mucha de la literatura habla del pájaro en su jaula, de la persona que es prisionera de quien es. En la operación literaria se trata de que se le presente la oportunidad de escapar, o de que la prisión se vuelva más chiquita. O que no escape, porque es cómodo estar ahí. Respecto a lo de pueblo chico, lamentablemente siempre vuelvo a lo mismo: me encantaría escribir sobre Buenos Aires, me imagino que en algún momento lo haré. Sobre otra clase de experiencias, aunque me imagino que implica otra clase de historias. Flannery O’Connor decía que pensar a tus personajes geográficamente es cerca del 60% del trabajo, porque la ideología, la forma de ver al mundo, la forma de hablar y la forma de reaccionar frente a determinadas cosas tienen que ver con dónde nació. Esa es la gracia de estos personajes que tienen todas esas taras, son medios básicos, excepto por algunas cosas que hacen un poco raras. Y son medio conservadores. Me interesa mucho trabajar con personajes que están en la vereda opuesta de lo que yo pienso o en alguna cosa más indeterminada a nivel ideológico. No podría escribir sobre progresistas.

– T: ¿Por qué?

– LL: Porque lo que me es cercano es aburrido. (Carlos) Busqued decía que él no podía escribir desde Página 12, que tenía que escribir desde los nazis. No me interesa tanto la verdad como la belleza. Pienso, por ejemplo, en un personaje que vive con el marido que le pega, y de pronto se puede escapar porque una tía le regala plata. A mí en términos de verdad me encantaría que se escape, pero en términos de literatura me parece mucho más interesante que se cague, que sea cobarde, que pierda la plata. A veces uno siente que el personaje está demasiado de acuerdo con el autor, son demasiado amigos y hay un acuerdo tácito. Me parece más interesante explorar otras miradas sobre el mundo, más que la que tengo yo, o mis amigos, o la gente que sigo en Twitter.

– T: Hay cuentos más sensibles o de amor, como «Los ex hombres de mi vida» o «El cometa Haley», otros con un grado intermedio de extrañeza como «Pantalones de vestir», y otros oscuros como «La naturaleza del amor». ¿Cómo se construye el equilibrio entre todos esos registros tan diferentes?

– LL: No sé. Hay cosas que son para todo público y otras experiencias más fuertes, pero no fue algo deliberado. Sé que algunas cosas van a tener más potencia, o van a ser más impresionantes, y otras van a ser sencillamente cosas lindas. Me gusta escribir sobre el amor. Siempre me llamó la atención eso de tener un grado alto de intimidad con alguien, no verlo por un tiempo y después encontrarte a esa persona y no saber quién es. Eso implica que nosotros cambiamos realmente. «Los ex hombres de mi vida» es eso: las palabras que te quedan de las personas a las que amaste, como si te hubieran dejado un pedazo de ellos. Al final, ¿qué somos? Pedacitos de las personas con las que cogemos. O también de amigos. Muchos de esos son cuentos viejos, cortos, que escribí hace mucho. Había planeado hacer un libro con todos ellos juntos, y no funcionaba, porque eran todos breves, casi poemas. Entonces acá me sirvieron para ir cortando los largos.

– T: ¿Te sentís más cómodo en ese registro breve?

– LL: No. Las historias mismas te dan el ritmo del texto. Más largos, más cortos: es cuestión de seguirles el ritmo. El ritmo interno de lo que vas escribiendo es medio intuitivo, hasta que sale. Después corrijo mucho, lo reescribo si hace falta, pero la primera versión es súper de dejarse llevar.

Foto Alejandro Amdan

Foto: Alejandro Amdan.

– T: ¿Quiénes son tus referentes en este género, al que podríamos llamar «terror»?

– LL: Hay un montón de escritores argentinos que escriben género que son buenísimos. Desde Tomás Downey, Santiago Craig o Diego Muzzio, que acaba de sacar una novela que está buenísima que se llama «El ojo de Goliat». Él tiene además tres novelas cortas que se llaman «Las esferas invisibles» que son alucinantes, la historia de una peste que transcurre en Buenos Aires. Después diría que Julia Armfield, Alan Johnson y Karen Russell. Pero también leo un montón de realistas… para mí la literatura es una sola. No hay alta cultura, baja cultura. La gente que separa entre una película de Hollywood o una rusa: yo no soy así. No considero que haya un buen arte o mal arte como algo dado. De hecho me gustan mucho las comedias románticas, las amo. Me parece que tienen mucho más sentido que muchos libros de literatura contemporánea.

– T: ¿Entonces qué dirías de los géneros hoy?

– LL: Los géneros ya no existen como tal. Las personas ya se dieron cuenta que en literatura se puede hacer lo que uno quiera, siempre que esté bueno. Después de haber pasado por una época con más reglas, los escritores entendieron que les chupa un huevo. Se puede mezclar: diría que no buscando originalidad, sino más bien renovación. Yo pienso las cosas a veces desde un género y a veces desde, no sé, el extrañamiento. Un tipo que se pone una máscara y anda mirando personas es un cuento realista. La otra es el realismo ramplón, que a veces es un poco nivelar para abajo, pero también es un género.

– T: Hay algunos cuentos en los que hay referencias históricas y políticas: el peronismo, Eva Perón, la guerra. ¿Cómo entra ese registro en historias más flasheras?

– LL: Para hacer contraste con lo más delirante. Es como usar índices de realidad. Nombres de calles, marcas de cigarrillos, programas de tele o épocas históricas. Eso le da más sensación de conexión al lector con lo que está leyendo. Pero lo hago naturalmente, no es algo que medite mucho. No le tengo miedo a lo trivial. Si tengo que citar a Roberto Galán lo voy a hacer, no para ser bizarro, sino porque el cuento lo necesita.

– T: En una entrevista dijiste que te interesa profundizar en estímulos formales y temáticos. ¿Podrías profundizar esto?

– LL: No tengo idea. Básicamente cambiar para no aburrirme, no repetirme, no volver a los mismos cuentos una y otra vez. No aburrirme con algo que no me da guita. Si me diera guita lo pensaría. Siempre digo en joda que publico un libro por año para tener alumnos en los talleres. No se puede vivir de la escritura, lo cual tiene cosas buenas y cosas malas. Lo bueno es que te da la libertad de que siga siendo un juego, y lo malo es que no le dedicás todo el tiempo que le podrías dedicar. La literatura no me da guita y por lo tanto es un espacio de libertad. Hoy está medio de moda el terror, pero yo hace 10 años que estoy escribiendo esto. No me estoy subiendo a ningún tren, hago lo que me divierte y lo voy a seguir haciendo y si me copa hacer algo realista lo haré también. Esto es como seguir un conejo que se va y no sabés a dónde va a ir. No tengo nada planificado.

– T: ¿Cómo se logra esa combinación de ambientes densos, pesados, con ese registro algo ácido y con grandes momentos de humor?

– LL: Me sale. No hago ningún esfuerzo. Es más, quisiera a veces tener menos humor, porque se los toman en joda. Con «El loro» me pasa mucho: hay gente con poca sutileza que lo entiende como un cuento de humor, cuando es un loro que golpea a una prostituta, entre otras cosas. Todo lo que vos tenés como escritor son tus fortalezas y tus posibilidades, en el sentido de que podés escribir algunas historias y otras no. Y tenés algunos encantos. Yo tengo el sentido del humor, cierta ironía, y una imaginación medio loca. Esas son mis herramientas.

Imagen de portada: Luciano Lamberti reúne relatos de terror. Foto: Alejandro Amdan.

FUENTE RESPONSABLE: Télam Digital. Por Josefina Marcuzzi. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Literatura/Novelas/Narrativa/Nuestros escritores.

Esa novela poética de una vez en la vida.

Jekyll & Jill publica en una exclusiva edición “Larva. Babel de una noche de San Juan” de Julián Ríos.

¿Qué se puede decir de Larva que no se haya dicho ya? Pues que, en una edición de 1001 ejemplares numerados y con estuche (re)aparece Larva. Babel de una noche de San Juan (Jekyll & Jill) de Julián Ríos (Vigo, 1941), que es la novela mítica (–poesía pura- como la noche de turno), que aparece una vez en la vida, ya desde su andadura iniciada en 1983, más importante en lengua española y una de las obras maestras de la literatura universal, diríase; aunque lo que sí está claro es que es uno de los libros más inteligentes e interesantes que yo he leído, más que el Ulises de James Joyce, sin ir más lejos.

Desde su publicación, recuerdo, ha estado en el carrusel novelístico patrio, arriba y abajo. Toda publicación es un acontecimiento, a la vez que toda lectura es una declaración de intereses. Lo que sí es cierto y no está condicionado es la fascinación que ha ejercido y ejerce esta novela. Es un reto, leer estas 600 páginas y más con el despiste de las redes sociales. Aunque creo que esta obra es de lo más acogedora y emotiva, a la vez que apasionada. Además, que el lenguaje de Ríos es claro, sencillo y ameno. Leerla es orgiástico, sin otras máximas pretensiones. Es que, además, en lo lúdico, siempre he creído que anida lo verdaderamente lúcido. Y ahí está y lo describe todo como si la vida fuera un carnaval: máscaras, vaivenes, temor y temblor, azar y necesidad, en una larga noche de San Juan. El verano llega y todo arde: “Luz? se preguntaba por el significado de esa palabrilla mientras seguía desfilando la ronda de máscaras de su noche oscura”.

Creo que esta poesía novelada, o al menos esta obra contiene más poesía que muchos poemarios, es de lo mejor que se ha escrito, en ella los personajes Babelle y Milalias (creyéndose máscaras novelescas) se pierden en Londres en esa noche oscura, no mediterránea, aunque si participando de la verbena o fiesta continua. Personajes que son siendo o como dice el eterno vividor, ese Don Juan, al que revisa y de qué manera, “yo soy el que es hoy”, al que no le falta razón y sin circunstancias que valgan. El autor nos dice que es: “Una velada novelada que cuenta con la asistencia masiva de los grandes héroes del mito y la literatura”. Lo que sí es cierto es que describe como nadie esa odisea interior y exterior de los personajes. En esa especie de función tragicómica ritual de festejar la vida y celebrar la muerte, o lo que es lo mismo: subversión y liberación, al poner en tela de juicio esa responsabilidad individual, diríase de nuevo, frente a los usos y costumbres, normas, sociales del momento.

Si partimos del hecho indiscutible de que en lo lúdico anida lo más lúcido podemos asegurar que Larva es puro juego verbal en luengas romances y anglosajonas. Y en ese caos literario artístico poético hay de todo lo habido y por haber, desde aliteraciones a retruécanos, neologismos por doquier e hipérbatos a la par. Complicidad y comicidad, cine y música, azar y necesidad, temor y temblor. Tal vez sea la mayor mascarada poética jamás escrita hasta la fecha: “Dónde?, preguntó el del violín. Dónde?”

Cabe apuntar que esta nueva edición de Larva sigue las pautas tipográficas de la primera edición de LLibres del Mall (1983) y los consejos de su autor. Y tiene cuatro páginas de índice de nombres: “De máscaras para tu beyle de disfraces, querrás decir/ Da lo mismo, sorella; estén donde estén, dales alcance. Y no olvides que aquí no están todos los que eran. Ils sont ensorclés dans un carnaval de momonymes!” También cuenta con una mapa de Londres y un álbum de fotografías de Babelle.

Creo que Ríos creó una obra inmortal, pues la ambición literaria de la obra es tan descomunal que es difícil ver todo lo que hay en ella. Por eso apuesto a que es la cúspide de la novela de nuestro tiempo, finales del siglo XX y principio del XXI, mientras no se demuestre lo contrario. Y es tal que abre ante la persona lectora nuevas y aún más vastos paisajes del mundo poético narrativo, con la geometría de pensamiento diseñada en sus páginas.

Julián Ríos

Escritor español que en los años 70 trabajó en la Editorial Fundamentos, donde creó la colección Espiral, en la que publicó a Thomas Pynchon, John Barth y Severo Sarduy, entre otros. Esta colección también aparece durante unos pocos números como publicación periódica Espiral/Revista. Publicó en 1973 junto al escritor mexicano Octavio Paz, Solo a dos voces, y al año siguiente Teatro de signos, transparencias.

En 1983 publicó su obra más conocida, de corte experimental, Larva. Babel de una noche de San Juan, la que estamos comentando. Dos años más tarde publicó, Poundemonium. En 1989 publicó Impresiones de Kitaj: la novela pintada, novela escrita en inglés producto de conversaciones con el pintor norteamericano R.B. Kitaj. También, en 1993 publicó un libro de cuentos Sombreros para Alicia que continuó en 2001 con Nuevos sombreros para Alicia. Amores que atan o Belle lettres, y Epifanías sin fin fueron publicados en 1995. En 1999 edita Monstruario, y al año siguiente La vida sexual de las palabras, hasta que en 2003 aparece Casa Ulises.

En 2008 publicó Cortejo de sombras, escrita entre 1966 y 1968, que es realmente su primera obra, pero esperó el momento adecuado para publicarla. Este mismo año publicó un ensayo editado como novela Quijote e hijos, y la novela Larva y otras noches de Babel. Antología. Y en 2009 publicó una novela basada en el mito de la muerte de Lady Di titulada Puente de Alma. Julián Ríos vive y trabaja en Francia, en las afueras de París.

Imagen de portada: Gentileza de LiBrujula

FUENTE RESPONSABLE: LiBrujula. España. Por Enrique Villagrasa. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/España

 

Con los casos de Maigret y otras novelas «duras».El doble regreso de Simenon.

Autor de más de doscientas novelas, con su nombre o bajo seudónimo, Georges Simenon vuelve al ruedo en castellano mediante una edición conjunta de los sellos Acantilado y Anagrama. 

Por un lado, la serie de novelas del comisario Maigret -uno de los más famosos detectives del mundo- y por otro una cantidad de novelas breves, identificadas como «duras» aunque no necesariamente con el encuadre del género policial. En el arranque es el turno de dos claros exponentes de Simenon: Maigret duda y El fondo de la botella.  

En una entrevista con el conocido periodista cultural Bernard Pivot, el escritor belga Georges Simenon (Lieja, 1903 – Lausana, 1989) definió claramente sus dos aproximaciones a la escritura novelística. Por un lado, consideraba que sus trabajos policiales, en donde brilla el mítico personaje de Jules Maigret, respondían a la serie de reglas que hacían mover este género tan popular como cerrado en términos de estructura: un crimen, un investigador (o varios), una resolución, elementos que servían siempre como las barandillas de una escalera. 

Esto es, reglas que movilizan la acción y marcan desde dónde se parte hasta dónde se arriba. No hay mucho más misterio que eso. Pero, por el otro lado, también menciona el tipo de escritura que encaró para las llamadas “novelas duras”, esto es, historias que se sacaban el corsé del policial y funcionaban de una manera más libre. 

Esas “novelas duras”, novelas sin barandilla, y las propias de la serie de Maigret, pueden ser ahora revisitadas en una colección editada de manera conjunta por los sellos Acantilado y Anagrama, colección que astutamente divide la inmensa obra de Simenon en la serie “Comisario Maigret” (con el ícono de una pipa en su portada) y en otra sin título definido, pero que básicamente se concentra en esos textos por fuera del policial que escribió uno de los autores en lengua francesa más leídos y publicados en el mundo. 

Admirado por muchos, con una vida que parece, por momentos, la de Hemingway (por sus contradicciones, por su vínculo con el periodismo y las mujeres, por sus viajes), pero que ha quedado en un segundo plano con respecto al detective que dejó para la memoria popular, la salida de los dos primeros títulos, El fondo de la botella y Maigret duda, son inmejorables oportunidades para sumergirse en el estilo de un autor que buscó siempre la palabra cruda, desnuda, para contar historias que cautivan por una sencillez que sólo puede lograrse a partir de un estilo pulido con el tiempo y las horas de trabajo

Si la literatura conserva rasgos artesanales en un mundo entregado a la producción en serie, que haya habido un autor que logró combinar la maestría técnica de lo primero con la abrumadora cantidad que supone lo segundo es ya un mérito que pocos en la historia han podido conseguir.

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

La novela de Maigret con la que abre esta colección de Simenon nos muestra al inspector de la pipa siendo advertido por un conjunto de cartas enviadas a su despecho acerca de la posibilidad de que un crimen se lleve adelante. Algo que en el género no es muchas veces visto, pero que abre una pregunta bastante interesante en términos del funcionamiento de la lógica del policial frente al desarrollo de la criminología moderna: ¿es posible encontrar a un culpable antes de que el crimen se cometa? Maigret se hace cargo del desafío sin mayores dilaciones, encuentra el lugar de donde la carta provino y va allí a toda prisa con el fin de averiguar quién la envió.

El lugar al que arriba Maigret no puede ser menos llamativo: es la casa de un abogado de prestigio, de apellido Parendon, en un hogar que muestra a las claras el tipo de vida millonaria que lleva allí un especialista en derecho naval, acompañado por su mujer, sus dos hijos (Bambi, una joven que evidencia los aires rebeldes de finales de los 60, y Gus, un chico sensible que se encierra en la electrónica y los nuevos equipos de música), su secretaria personal, su empleado de confianza, un escribiente con pretensiones teatrales y todo el cuerpo doméstico. 

Digamos, mucha gente, todo el tiempo, en una casa donde parece que nada se detiene. Maigret parece ser el contrapeso de esa movilidad, de ahí la fascinación con la que el abogado Parendon recubre el interrogatorio sutil que el comisario lleva adelante. Parendon es colaborativo, no se guarda nada y le pide especialmente a Maigret que interrogue a todos los miembros de la casa, comenzando por su propia secretaria, la señorita Vague. La sorpresa del investigador no es poca: siente que se acaba de meter en una casa de locos, donde todo es apariencia, sin ningún fondo de verdad. Lo confirma, claro está, la propia obsesión de Parendon: como abogado, cita una y otra vez el artículo 64 del Código Penal, el cual señala que ningún presunto criminal puede ser imputado si se considera que, en el acto asesino, actuó por fuera de sus cabales, movido por algún tipo de demencia.

La novela va mostrando, en paralelo a una investigación de un hecho que todavía no sucedió, el comportamiento de una familia francesa de las más altas esferas. Así como Bambi y Gus, los hijos de Parendon con estos particulares sobrenombres, representan cierta incomodidad de los más jóvenes con respecto a su clase de origen, manifestando el tono que eclosionará en Mayo del 68 (mismo año de aparición de la novela original), Parendon y su esposa muestran la fachada de un matrimonio constituido que ya ha perdido todo vínculo con el sexo, el amor o siquiera el genuino respeto entre los cónyuges. 

Si Simenon buscó siempre mostrar al “hombre desnudo”, manera que tuvo de caracterizar esa suerte de camino que lo llevaba a hablar de las personas por fuera de los disfraces sociales que se colocaban, Maigret duda es la mejor muestra de esas inquietudes

Aquí, todo se revela doble: Parendon parece un “gnomo” (tales las palabras del libro para caracterizar al abogado) que está obsesionado con un artículo que repite todo el tiempo; su mujer es una suerte de femme fatale en desgracia, rodeada siempre del humo azul de unos cigarrillos que fuma “encadenados”; la señorita Vague disimula con profesionalismo el hecho de que está enamorada de su jefe, con quien, sin ningún disimulo, mantiene encuentro ocasionales rápidos, como indica la novela, a las apuradas y contra los muebles del despacho. 

La casa misma parece poco preocupada en mantener una fachada: todo está preparado para no producir ningún ruido, ni el calzado contra el piso, ni el roce del mobiliario, nada le advierte a nadie que otra persona cruzó un pasillo. La locura se traslada al espacio del aparente crimen, básicamente, porque esta gente de clase alta no está preocupada genuinamente por ocultar, sino que hasta parece fascinada en mostrar e insistir con la idea de que todo tiene una segunda vida corriendo en paralelo. O ninguna vida, porque, a la larga, las cartas tenían razón, y luego de varias horas conociendo a Parendon y los suyos, un cadáver viene a enturbiar esa compleja armonía de una familia demasiado acomodada a sus propios delirios.

MI PASADO ME CONDENA

La primera novela de la colección, la cual entra dentro de las llamadas obras “duras” de Simenon, tiene una serie de elementos de partida que ya marcan su distancia con la serie policial de Maigret. Para empezar, no estamos en Francia, mucho menos en Europa, sino que nos encontramos en los márgenes del río Santa Cruz, en el norte del continente americano, en aquel límite natural entre el sur de Arizona, Estados Unidos, y de Sonora, México. 

La historia nos sitúa en una noche de sábado donde el protagonista, un tal P.M. (Patrick Martin Ashbridge, pero prefiere que lo llamen por esas siglas) recibe con la misma sorpresa que todos los locales la llegada de las lluvias. El río va a crecer, casi a desbordarse, y cruzar al lado mexicano no va a ser tan fácil como suele serlo. En la misma noche de la lluvia, P.M. va a recibir lo que para él es la peor visita posible. Mientras está entrando en su casa, la voz de su hermano menor lo saca del apacible mundo familiar e inocente en el que el protagonista, descubrimos, se había refugiado hace ya tanto tiempo.

¿Cómo contarle a su esposa, que ese sujeto totalmente empapado que está comiendo jamón y tomando agua en su comedor, con cara de muerto de hambre, es Donald, hermano con el que perdió adrede el contacto y que no debería estar allí por varias razones? P.M. oculta la identidad de su hermano en un nombre falso, Eric Bell, e indica que es un amigo con problemas de alcohol, por lo que no puede sumarse a las reuniones que la llegada de la lluvia y la crecida del río movilizan. Nadie sabe que Donald no debería estar allí, debería estar en la cárcel, y que el amigable señor Bell es en realidad un asesino que quiere cruzar al lado de México para encontrarse con su mujer, Mildred, y sus hijos. Mujer que, en la temprana juventud, había sido la primera novia de P.M.

El fondo de la botella es, así, una novela que cambia la lógica del enigma policial y lo traslada a un asunto de identidades y rencores en el seno de la familia que no se curan con el tiempo

P. M. está obsesionado con que nadie descubra a su hermano, menos por el peligro de que lo encuentre la policía y más por el hecho de que su regreso implica también el regreso de su pasado, de quién es realmente él, en el fondo, como si esa botella vacía evocada en el título implicase también el encuentro con una esencia de la que P.M. estuvo siempre escapando. Donald es el reflejo oscuro del protagonista porque, a su modo, revela la intimidad de alguien que se siente ya en otra vida.

Con estas dos novelas, la colección de Simenon de Anagrama y Acantilado le permiten al lector encontrar las constantes en dos líneas que parece que poco tienen que ver. 

Si bien en El fondo de la botella brillan algunas elementos de la propia biografía del autor (quien vivió una década en Estados Unidos, huyendo de una acusación de colaboracionista de la Ocupación Nazi durante los años 40 en Francia), como la relación con su hermano y con su familia en general, además de la ominosa advertencia del comienzo del texto que indica que los hechos narrados son inventos de una elaborada ficción y nada tienen que ver con la realidad; en el propio Maigret encontramos también elementos que remiten a Simenon, como su modo de investigar, o el hecho de que todo interrogatorio se interrumpe por opíparas cenas que parecen revelar el gusto del autor por sentarse en un bodegón francés a disfrutar la comida regional. 

Y fumar pipa tras pipa, claro, un rasgo que ni Simenon ni Maigret sabe quién le copió a quién. Aunque, más allá de estos vínculos entre obra y vida, la repetición de ciertas estrategias se hacen evidentes: la prosa justa, plena de sustantivos y despojada de palabras demasiado abstractas, sumadas al funcionamiento de la repetición que, como motivo musical, va acomodando las piezas del relato (desde el artículo 64 que vuelve a la mente de Maigret y a Pasendon como las palabras dichas por sus vecinos o su propio hermano que atosigan la memoria de P.M.), los capítulos cortos, con un manejo de la tensión que hace que haya una revelación importante para la trama en el final de cada uno de ellos, toda esta serie de elementos colaboran a emparentar las dos novelas, publicadas con 20 años de diferencia (El fondo de la botella es de 1948) y con dos búsquedas diferentes que, a la larga, responden al mismo modelo de escritura. 

Porque habría que pensar a Simenon, admirado por André Gide, leído por todo el mundo, menos como un maestro del policial y más como un escritor que entendió que la literatura sigue siendo un oficio, una artesanía, qué sólo puede perfeccionarse con el paso del tiempo, con el trabajo constante, sin heroísmos de la palabra, y a fuerza de repetir los mismos caminos hasta encontrar el trayecto justo que lleve al lector a descubrir la resolución del enigma. 

Que, a veces, como en las novelas de Maigret, puede implicar encontrar al verdadero culpable. Pero, en otras, como en las “novelas duras”, termina siendo hallar las culpas interiores en el fondo del vaso o en lo más íntimo de la vida misma. 

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 Cultura. Por Fernando Bogado. Argentina. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/George Simenon vuelve al ruedo.

Literatura y pintura hermanadas.

José María Merino es uno de los autores actuales capaces de transitar por los distintos géneros literarios con destreza sin par. Libros de cuento, novela, ensayo, microrrelato y poesía avalan la afirmación anterior. Noticias del Antropoceno (2021) ha sido su incursión más reciente en la narrativa breve, un conjunto de cuentos donde se evidencia el impacto del Homo sapiens en el ecosistema global y se constata, con gran imaginación, que la acción destructora de los humanos sobre nuestro planeta debe tomarse en serio. En La novela posible, regresa a la extensión larga con una ficción sobre la pintora renacentista Sofonisba Anguissola, y su biografía se entrelaza magistralmente con otros relatos de rigurosa actualidad.

El interés del autor por los siglos XVI y XVII españoles viene de lejos. Aparecía en la trilogía de Las crónicas mestizas que narraban las aventuras del protagonista mestizo por tierras americanas. Más adelante, Las visiones de Lucrecia (1996) relataba las peripecias del personaje real Lucrecia de León durante el reinado de Felipe II —los sueños de la joven conectan con este motivo sobresaliente en la obra meriniana—. Musa décima (2016) rescata la figura de Oliva Sabuco, autora del apasionante volumen Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, publicado a finales del siglo XVI, que se atribuyó, sin embargo, a su padre a principios del XX. Y no es casual que una tercera mujer, Sofonisba, protagonice La novela posible. El “enamoramiento” del autor ficcional por esta pintora responde a su calidad artística y humana, como se explicita en la historia.

«La relación entre imágenes y textos en la obra de Merino es recurrente»

La novela posible conjuga una novela histórica (la biografía de Sofonisba Anguissola), una autoficción (notas del confinamiento, desde el 11 de abril de 2020 hasta el 23 de mayo) y una última sección, “Terapia de Tere”, que es un relato sentimental a modo de diario anárquico del personaje. 

Están entrelazadas con extraordinaria lucidez —ahí destaca la maestría del escritor— por la figura de la pintora. Los veintiún capítulos (se menciona el hexagrama 21 del I Ching, línea esotérica con la que juega el autor) responden a una estructura bien determinada: alternancia de las tres líneas narrativas interrelacionadas a través de la figura de Sofonisba, cada una —según el tipo de texto— con una perspectiva diferente de tercera, primera y segunda personas. Resaltamos el uso del punto de vista de segunda persona en la obra de José María Merino. 

Lo ha utilizado en cuentos y novelas —entre estas últimas sobresale El río del Edén, Premio Nacional de Narrativa 2013—, y aparece en la novela actual en los capítulos de “Terapia de Tere”. Este desdoblamiento reflexivo del yo produce una misteriosa lejanía plagada de sugerencias para el lector.

La relación entre imágenes y textos en la obra de Merino es recurrente. En Cuentos del libro de la noche, a cada minicuento le acompañaba un dibujo o un cuadro manipulado por él; también en su discurso de ingreso a la Real Academia Española, en 2009, fundamentaba la narración en la visión de una pintura; y en esta ocasión, se reproducen en el libro los cuadros pintados por Sofonisba Anguissola que se mencionan en la ficción biográfica. La écfrasis relaciona de forma exquisita la descripción narrativa y las imágenes, y así el lector afronta un “lenguaje visible”, expresión acuñada por W. J. T. Mitchell en Picture Theory (1994), que implica el discurso de la pintura y de la visión en nuestra interpretación de la expresión verbal. En base a esta estrecha conexión, podemos trasladar a la literatura la afirmación que la ficción atribuye a Anton van Dyck: “La pintura no solo interpreta la realidad sino que la fija” (pág. 240).

«La tríada ficcional se complementa y unifica de modo admirable en esta novela sobre el pasado y el presente, sobre aspiraciones y desengaños».

La ambigüedad entre el pacto autobiográfico y el pacto novelesco, característica de la autoficción, se comprueba en el relato de los casi dos meses de confinamiento, con detalles de la evolución de la pandemia, referencias al enfrentamiento entre los partidos políticos, vivencias familiares y actividades profesionales del escritor, entre otros asuntos. La intertextualidad sobresale en este ámbito con interesantes alusiones a la obra cervantina, galdosiana y a novelas emblemáticas de ciencia ficción —El sol desnudo, de Isaac Asimov, por ejemplo—. A raíz de este título, es plausible declarar que la literatura se adelanta a la realidad. Por otro lado, en el ámbito metaliterario, constante en la obra meriniana, se encuadran varios microrrelatos muy sugerentes, producto del autor ficcionalizado, donde predomina una fantasía liberadora y subversiva.

El personaje pintor de los capítulos de la tercera línea, ególatra y cínico, constituye otro genuino engarce —al contrastarlo con la famosa pintora— entre las tres esferas narrativas. En la historia sentimental protagonizada por él y Tere se entrecruza, asimismo, la experiencia pandémica y se incorpora así una nueva perspectiva.

La tríada ficcional se complementa y unifica de modo admirable en esta novela sobre el pasado y el presente, sobre aspiraciones y desengaños de los seres humanos en cualquier época, sobre felicidad y desgracia, miedos y valentía, sobre pandemia y normalidad. José María Merino, una vez más, dialoga con los lectores y los fascina con su encantamiento narrativo.

Imagen: Portada de la “La novela posible” de José María Merino

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Compañía. Por Ángeles Encinar. Editor: Arturo Pérez Reverte. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Narrativa/José María Merino

El evangelio según Amélie Nothomb: «Lo que quería escribir era la historia de la cruz»

Su nueva novela, «Sed», llegará a las librerías argentinas a fines de febrero

La escritora belga se pone en la piel de Cristo para narrar en primera persona el tormento de la crucifixión. Acusada de blasfema, la autora señala que la suya es la novela «de una persona que acepta un dolor infame”. 

La baronesa Fabienne Claire Nothomb tuvo una epifanía familiar a los tres años. Su padre le habló de Jesús y pronto el personaje se transformó en un superhéroe que la acompañaría toda su vida. Entonces no sabía que sería escritora, pero tenía la íntima convicción de que escribiría algo sobre esa figura heroica. La niña, la adolescente, la joven se fue desplazando por el mundo al compás de los destinos diplomáticos paternos: Japón, China, Estados Unidos, Laos, Birmania y Bangladés, entre otros. 

En 1992 publicó la novela Higiene del asesino, en la que relata la muerte de su hermano en una pelea callejera, y comenzó el fenómeno literario como Amélie Nothomb, autora fetiche del sello independiente francés Albin Michel. “La crucifixión de Jesús no ha servido para nada. Jesús sabe que su dolor se va a utilizar y va a hacer daño a la humanidad y aún así somete su cuerpo a esa cosa tan horrible. Sólo sé que fue un sacrificio horroroso y un despilfarro monstruoso”, dice la escritora belga sobre su última novela Sed, publicada por Anagrama, en la que se pone en la piel de Cristo para narrar en primera persona el tormento de la crucifixión.

El enigma del mal

“Siempre supe que me condenarían a muerte”, confiesa Jesús al comienzo de la magnífica novela Sed, que llegará a las librerías del país a fines de febrero.

Esta certeza sucede durante el juicio ante Poncio Pilatos, al que define como “una parodia de justicia”. Cada uno de los beneficiarios de los milagros testificó en su contra: el antiguo ciego se quejó de lo feo que era el mundo; el antiguo leproso declaró que nadie le daba limosna; la madre de un niño al que había curado llegó a acusarlo de haberle arruinado la vida. 

“El enigma del mal no es nada comparado con el de la mediocridad (…) Disfrutaban comportándose como miserables en mi presencia. Su única decepción fue que mi sufrimiento no se notara más. No porque quisiera negarles ese placer, sino porque mi sorpresa superaba con creces mi indignación”, reflexiona Jesús, que en la versión de Nothomb afirma que “tener cuerpo es lo mejor que te puede pasar”.

Sed, o el Evangelio según Nothomb, está escrita con una maravillosa condensación del lenguaje, como si apelara a la precisión de la poesía para contener ese monólogo de Jesús. “La piel es lo más profundo que hay en el hombre”, dice Jesús, que reproduce una frase textual de Paul Válery, sin nombrarlo. “Soy como los demás, tengo miedo a morir”, agrega el protagonista de la novela de la escritora belga, una autora a la que el humor y la ironía le sientan bien. 

“El único evangelista que ha manifestado un talento de escritor digno de ese nombre es Juan. Precisamente por eso su palabra es la menos fiable. ‘El que bebe de esta agua nunca volverá a tener sed’: nunca dije nada parecido, habría sido un contrasentido”, argumenta Jesús.

Subir a la cruz

Desde Barcelona, Nothomb, vestida de negro para no defraudar el estilo neogótico que le imprimen los modelos de su diseñador favorito, el japonés Yohji Yamamoto, pero sin los sombreros que suele usar, recuerda que Sed le llevó 50 años de premeditación. 

“Yo no quería escribir la historia de Jesucristo, eso ya lo han escrito muchas veces. Lo que quería escribir era la historia de la cruz y eso es lo que plantea un problema porque es esta cruz lo más difícil”, cuenta la autora de El sabotaje amoroso, Estupor y temblores, Cosmética del enemigo, Biografía del hambre y La nostalgia feliz, entre otras novelas. 

“Me pareció algo evidente escribir en primera persona, no porque yo me tome por Jesús sino porque para aceptar la crucifixión tenía que tener como una cámara, es decir estar adentro, y esto lleva a la primera persona del singular”, explica Nothomb y reconoce que quizá fue la más dura de todas las novelas que escribió. “Cada mañana cuando me levantaba pensaba: ahora tienes que volver a subir a la cruz”.

Nothomb –-que leyó todos los Evangelios para escribir Sed– cuestiona “algunas lagunas” que encontró desde su “humilde” punto de vista. “A los evangelios les falta el cuerpo; la crucifixión, precisamente, es el cuerpo, por lo que intenté escribir el evangelio del cuerpo y de ahí el título Sed, que es la unión entre el cuerpo y el espíritu”, plantea la escritora y aclara que su novela no es un libro religioso. “Un día alguien sostendrá que nadie es irremplazable.

Yo pregono lo contrario. El amor que me consume afirma que todo el mundo es irremplazable. Es terrible saber de antemano que mi suplicio no sirve para nada”, afirma el Cristo nothombiano.

En Francia y en Bélgica muchos creyentes han puesto el grito en el cielo y han acusado a la escritora belga de haber escrito un libro “blasfemo” cuando para ella es “la novela de una persona que acepta un dolor infame”. 

Pero entre los creyentes hay discrepancias. “El Vaticano fue muy tibio.

Después, algunos curas me escribieron insultándome; no eran las primeras cartas que recibía con insultos, pero sí las primeras de religiosos. Son unas cartas admirables”, exclama entusiasmada por lo que puede generar una novela de apenas 123 páginas. 

“También he recibido cartas de curas jóvenes que me agradecían el libro. La iglesia joven es favorable al libro y la vieja iglesia es bastante tibia, para no decir insultante”, compara la escritora que integra desde 2015 la Real Academia de la Lengua y la Literatura Francesa de Bélgica, y que en 2021 ganó el Premio Renadout por Premier sang, novela también en primera persona, en la que se mete en la piel de su padre Patrick, que murió en marzo de 2020.

“Lo único que sabemos es que Jesús existió, lo que no se sabe es si fue hijo de Dios o no -advierte Nothomb-. Me parece más interesante pensar en él no como hijo de Dios, porque entonces Jesús es cualquier persona que un buen día, no se sabe por qué, decidió ser Jesús, es decir, estar disponible para los demás, cosa que todos podemos hacer, pero que es invivible”. 

La escritora belga se sube a la cruz para mostrar un Cristo mundano y con miedo a la muerte. “Mientras estás vestido, eres alguien. Ahora no soy nadie. Ya no soy nada. Dentro de mi cabeza, una vocecita me susurra: ‘Te han dejado tu paño. Podría ser peor’. Toda la condición humana se resume así: podría ser peor”, observa el Jesús de Sed.

Descubrir el sufrimiento

A la escritora belga le interesan las paradojas de la versión canónica de los Evangelios. “El evangelio dice ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, pero Jesús acepta ser crucificado y esto es el mayor sufrimiento que pueda padecer una persona, por lo que quien acepta esto es una persona que no se quiere. Hay una paradoja con la frase de amar al prójimo. 

De hecho es esta frase la que hizo que enfermara cuando leía los evangelios. A los 12 años descubrí el sufrimiento y ahí se planteó el problema porque Jesús se ofrece al sufrimiento y la iglesia lo glorifica y yo me pregunto por qué el sufrimiento se tiene que ver como una redención, como una cosa que se glorifica. Al escribir Sed empiezo a encontrar un principio de respuesta”, admite Nothomb.

La última palabra de Sed es soledad. “La pandemia es la enfermedad de la soledad. No sé cómo se habrá vivido en América Latina, pero para mí, que estuve encerrada en mi piso en París, escribiendo, fue sinónimo de una larga soledad”. 

En cuanto a otras obras centradas en la figura de Jesús, Nothomb califica de “obra maestra” a La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis. “En la película Jesús puede escoger entre una vida normal y la crucifixión; se casa con María Magdalena y tiene hijos, es decir que puede optar por una vida ordinaria. 

En mi libro también está presente ese amor, pero quizá sea menos central que el tema del sufrimiento”, analiza y destaca que la obra “más extraordinaria” es El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago. 

“Nunca se escribió algo tan duro sobre Jesús; Saramago narra la crucifixión de una manera sofocante, quita la posibilidad de respirar y en comparación mi Sed es una novela adorable. Lo que sorprende es que este tema inspira y ha inspirado desde siempre. Y seguramente seguirá inspirando”.

Un Judas cerca

No encuentra algo similar a la cruz de Cristo en nuestros días. “No veo un equivalente físico. La crucifixión era la pena de muerte más infame. Incluso si pensamos en las decapitaciones que hacen los terroristas, son horribles, pero son más rápidas. La crucifixión es eterna”, distingue Nothomb y comenta que a su padre (que llegó a leer el libro antes de su muerte) y a su madre les gustó Sed. 

Pero para el resto de los Nothomb, una familia católica y tradicional de Bélgica, fue más difícil aceptar el contenido de la novela. “Yo no tengo la sensación de haber sido blasfematoria. Jesús tiene relaciones sexuales con una mujer, considera que la crucifixión ha sido un error y esto es lo que algunas personas han considerado que era blasfemo -precisa-. 

A mi familia no le gustó el libro, pero tampoco pasó nada más. En cambio sí recibí cartas de otros católicos que eran auténticos insultos y para mí es un misterio cómo una persona que dice pertenecer a una religión que promueve el amor al prójimo escribe cosas tan odiosas”.

El Cristo nothombiano sabe que Judas lo va a traicionar. “Amarlo tenía algo de reto y eso me hacía amarlo todavía más. No porque me gusten los amores difíciles, al contrario, sino porque con él ese añadido resultaba indispensable”, se lee en una parte de Sed. “Me inspiré en alguien que quiero y que está muy cerca de mí, pero esta persona no se reconoció en Judas -revela la escritora belga-. 

Cuando tuve que idear el personaje de Judas pensé: quién está cerca de mí que se parezca a él. Todos tenemos un Judas cerca, no un Judas en el sentido de que nos traicionará, sino en el sentido de que nadie entiende por qué esta persona es nuestro amigo”.

El Jesús de Nothomb se rebela contra el martirio que está sufriendo: “Esta crucifixión es un error. El proyecto de mi padre consistía en demostrar hasta dónde se podía llegar por amor. Ojalá no fuera una idea estúpida, un simple gesto superfluo. Por desgracia, es espantosamente nociva. 

A causa de mi estúpido ejemplo muchas teorías humanas elegirán el martirio. ¡Y si solo fuera eso! Incluso aquellos que posean la sabiduría de optar por una vida sencilla serán contaminados. Porque lo que mi padre me está infligiendo demuestra un desprecio por el cuerpo tan profundo que siempre dejará alguna huella”.

Cuerpo presente

Escribir es como respirar para Nothomb. Si no escribe, la invade la sensación de que su vida está en peligro. Por eso escribe tres o cuatro novelas por año, aunque solo publique una. Ese material de descarte, ha asegurado en más de una entrevista, no será publicado después de su muerte. “Virginia Woolf dijo que las cosas no pasan hasta que las escribimos. 

Yo escribo para entender”, confirma la escritora belga que prefiere al Jesús que está sufriendo y “no el de los milagros”. “Jesús empieza a sufrir porque es alguien que no es comprendido. Una de las cosas que más se le reprocha son los milagros. En el juicio vemos la ingratitud de los seres humanos cuando se les regala algo potente como un milagro”.

El Jesús de Sed ama, odia, teme, sufre, contradice enseñanzas (“ama a tu prójimo como a ti mismo”) y no cree en el diablo: “Creer en él no sirve de nada. Ya hay suficiente mal en el planeta, no es necesario añadir otra capa”. A Nothomb le interesa pensar a Cristo como alguien cualquiera. 

“Si Jesús tiene un origen diferente, es muy fácil decir que está por encima, no tiene las mismas cartas. Si Jesucristo es igual que nosotros podemos vivir la misma vida, por supuesto cambiando algunos detalles. No hace falta que acabemos en la cruz -ironiza-. Pero lo más difícil es la presencia. Siempre es muy difícil estar aquí y ahora, estamos pensando en la cena, en qué falta. Lo difícil es estar presente y eso es lo más espiritual que podemos hacer”.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Cultura. Por Silvina Friera

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela

 

Ricardo Romero y el fin del mundo a la vuelta de la esquina.

El escritor argentino publicó este año la décima y más ambiciosa de sus novelas: Big Rip, en la que propone un apocalipsis silencioso, difuso, que podría quizá ya haber comenzado.

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Una curiosa historia de la literatura podría escribirse a través de un recorrido por sus obras más grandes, no en el sentido de grandeza sino de tamaño: los libros más voluminosos, las aventuras literarias más desmesuradas. Ahí se reunirían En busca del tiempo perdido, Guerra y paz, la Novela de Genji, Las aventuras del rey mono y unas cuantas otras novelas enormes. En nuestros tiempos de vértigo, de fragmentariedad, de pantallas por todas partes, leer esos libros resulta casi revolucionario. Y escribirlos, ni hablar. Por fortuna, sigue habiendo autores que se animan a semejantes gestas.

El argentino Ricardo Romero es uno de los ejemplos más recientes. Su novela Big Rip –800 páginas de letra apretada publicadas hace unos meses por Alfaguara en Buenos Aires– propone a los lectores una versión del fin del mundo. Un apocalipsis que tiene poco que ver con los que suele imaginar el cine de Hollywood: una realidad que se disgrega, se desintegra, se desgarra, como sugiere el título de la novela. Un fin del mundo a la vuelta de la esquina, que podría empezar en cualquier momento, que tal vez ya comenzó.

Situada en una ciudad innominada pero que se parece mucho a Córdoba (Argentina) y tiene también cosas de Buenos Aires, con personajes que aparecen y desaparecen y se transforman en otros sin dejar de ser los mismos, Big Rip se despliega como un experimento fascinante, una escritura que parece ponerse a prueba y exprimirse a sí misma, como si el propio texto se esparciese por las páginas en busca de su propia disolución.

En la penúltima de esas páginas, cuando el lector ya ve el hogar al que regresa tras haber recorrido la novela como quien explora los restos de una civilización perdida en medio de la selva (la figura es de Piglia, en el prólogo a Los sorias, de Alberto Laiseca), se lee esta frase: “Puedo escuchar cómo los edificios crujen como árboles sacudidos por el viento, crujen sobre todo como edificios, haya viento o no. Y hay un lenguaje en ese crujir”. Y uno tiene la vaga sensación de que toda la novela ha sido escrita con ese lenguaje, en un idioma similar al nuestro pero ligeramente desenfocado.

¿Cómo surge, antes que la novela, el proyecto, la idea de escribir una novela de estas dimensiones? Romero me cuenta que la vislumbró hace unos quince años. Fue a partir de una imagen, una intuición, una frase: “Un vaso con lava sobre la mesa de luz”. Pero en ese momento “no estaba preparado, no sabía cómo hacerlo”, me explica el autor. “Lo intenté varias veces, escribía treinta o cuarenta páginas, pero no me convencía y lo dejaba”. He ahí, me parece, un mérito: reconocer cuándo las ambiciones están por encima de las propias posibilidades. Y estar dispuesto a hacer el esfuerzo y el camino para alcanzar esas alturas.

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Ricardo Romero nació en Paraná, provincia de Entre Ríos, en 1976. Estudió Letras en Córdoba y en 2002 se radicó en Buenos Aires. Al año siguiente comenzó a dirigir la revista literaria Oliverio y publicó su primera novela, titulada Ninguna parte. Luego llegaron un libro de cuentos y otras nueve novelas, y con ellas las traducciones: al inglés, al italiano, al portugués, al turco. De hecho, su penúltima novela, Yo soy el invierno (ganadora del primer premio del Fondo Nacional de las Artes en Argentina en 2017), se publicó en francés el año pasado y aún permanece inédita en español.

Además, trabajó como editor durante más de tres lustros en sellos como Gárgola y Aquilina, y fue uno de los responsables de Negro Absoluto, colección de novela negra que incluyó tres títulos de su autoría: El síndrome de Rasputín (2008), Los bailarines del fin del mundo (2009) y El spleen de los muertos (2013). Desde hace varios años, por otra parte, da clases en dos materias de la Licenciatura en Artes de la Escritura, en la Universidad Nacional de las Artes, con sede en Buenos Aires.

Y es coautor –junto con Luciano Saracino– del guion de la película Necronomicón, el libro del infierno (dirigida por Marcelo Schapces y estrenada en 2018). El punto de partida del filme es, por supuesto, el universo literario de H. P. Lovecraft, según cuyos relatos uno de los únicos cinco ejemplares que se conservan del libro maldito se halla oculto en algún anaquel perdido de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

Todo eso sirvió para que Romero se sintiera, esta vez sí, preparado para lanzarse a la escritura de su gran proyecto. En marzo de 2016 viajó a Francia para participar en la residencia para escritores de la Villa Marguerite Yourcenar. “Lo único que tenía que hacer ahí era leer y escribir, y me dije: es ahora o nunca –cuenta–. Me llevé un par de libros grandes: El tiempo y el río, de Thomas Wolff, y el Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki, las cinco temporadas que había en ese momento de Game of Thrones y el material que tenía como para empezar. Y la verdad es que fue muy productivo. Escribí muchísimo en ese mes. Lo suficiente como para sentar las bases y decir: ya está, ya arranqué, ahora me puede llevar tres, cuatro, diez años más, pero ya arranqué”. El Big Rip había comenzado.

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En Big Rip se percibe una tensión permanente entre el afán de abarcarlo todo, como suele suceder con las novelas de esta magnitud, y el aprovechamiento de los huecos, los silencios, las elipsis, las sugerencias. Como si la idea de novela total chocara con la de novela fractal –se han utilizado los dos conceptos para referirse a ella, incluso en el texto de la contratapa– y de esa colisión surgiera, en todas direcciones, los sentidos de la obra.

Romero entiende que se use la expresión “novela total”, porque tiene que ver con cierta idea de desmesura y ambición, pero (además de reconocer que lo “abruma un poco”) subraya que “la totalidad no existe”. “Es una ficción que a mí me interesaba desarmar –explica–. No quería que la novela tuviera un cierre ni argumental, ni poética, ni estructuralmente. Lo cual no quiere decir que esté inconclusa, sino que la suya es una forma temblorosa, que para mí es una expresión de lo real”.

Amante de Twin Peaks (una de las colecciones que dirigió en la editorial Gárgola se llamó “Laura Palmer no ha muerto”), Romero riega sus páginas de una suerte de rocío lynchiano que lo impregna todo. Así, lo realista y en apariencia simple se presenta como misterioso, mientras que lo fantástico o sobrenatural se abre paso como si viniera a reclamar lo que le pertenece, lo que le corresponde por derecho propio.

Cuando le pregunto si cree acertada la calificación –incluida en algunas reseñas– de novela experimental para Big Rip, Romero dice que no: que en todo caso es una novela experiencial. “Lo experimental tiene que ver con una claridad conceptual respecto a lo que estás haciendo, porque un experimento es algo controlado”, apunta. Lo experiencial sería lo contrario: “Cuando aparecía cierta posibilidad de control, yo trataba de evitarla, de sabotearla un poco”.

Pero ¿qué quiere decir? ¿Acaso el autor no “controla” el texto que escribe? Sí: en parte. “Uno puede manejar un sentido, el que tiene en la cabeza, pero no la cantidad de sentidos nuevos que empiezan a aparecer y a relacionarse entre sí”, dice Romero. Y agrega que muchos textos de la tercera parte de la novela nacieron a partir de frases de textos anteriores, a los que “les preguntaba y explotaban, y de repente aparecían otro espacio, otros personajes”, y entonces el autor se decía: “Vamos por ahí”.

Esa idea se relaciona con otra de las características de la obra de Romero: su oposición a la hipercorrección, su interés focalizado mucho más en la experiencia que en el resultado de la escritura. “Una de mis batallas personales, que es una batalla poética pero también política, es desarmar esa relación con el resultadismo”, asegura el autor. “Yo no quiero que el resultado defina mi experiencia. Pasé cuatro años escribiendo esto. Ese trabajo se disfruta en sí mismo, por la energía que le puse, por lo que experimenté mientras lo hacía, por los cambios que viví mientras escribía. Mi relación con la escritura cambió en ese lapso. Y yo terminé en paz por eso. ¿El resultado? La verdad que no sé cuál es el resultado”.

Parece una mirada lúcida. ¿Hay algún autor que realmente sepa cuál es el resultado de su trabajo? Para esa tarea, en todo caso, estamos los lectores.

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En estos días, mientras atraviesa otra experiencia nueva –la de convertirse en padre–, Ricardo Romero trabaja en el guion de un cómic (que se editará antes en inglés que en español) y en la producción de una serie de podcasts que pondrán en escena, en modo radioteatro, varios cuentos de la literatura argentina. Y le gustaría volver a escribir para cine, y también incursionar en el mundo de las series. Pero aclara: “A mí lo que me apasiona es la novela. Es adonde yo siempre quiero volver. Es mi casa”.

¿Cómo será entonces la próxima? “Tengo una novela empezada, con apuntes y notas… Pero por ahora no me quiero meter. No tengo apuro. Y por supuesto tengo la fantasía de que Big Rip no será mi novela más larga. Es una fantasía, una especie de actitud. Puede pasar que esta sea mi novela larga de los cuarenta. ¿Cuál será la de los cincuenta? Tengo algunas ideas dando vueltas, pero hay que dejarlas que hagan su recorrido. Que encuentren su espacio, su lugar”.

Y que encuentren su propio lenguaje, también, como ese de los edificios que crujen haya viento o no.

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Por Cristián Vazquez. Diciembre 2021

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Una autora argentina ganó el Premio de Novela Vargas Llosa.

La escritora argentina Paola Vicenzi resultó ganadora del XXVI Premio de Novela Vargas Llosa por su obra “Equis Equilibrio”, una historia centrada en una mujer que debe cuidar a su hija adolescente cuando sufre un brote psicótico, y con la que se impuso a 942 trabajos procedentes de 36 países, según dieron a conocer los organizadores del certamen.

“Quise poner sobre la mesa un tema por lo general silenciado, injustamente signado por el prejuicio y la vergüenza” como es el de la salud mental, aseguró la autora tras conocer el veredicto del jurado, integrado por Francisco Florit Durán, Soledad Puértolas, Raúl Tola y José María Pozuelo Yvancos.

El premio, convocado por la Universidad de Murcia (UMU), la Fundación Mediterráneo y la Cátedra Vargas Llosa, alcanzó en esta edición un récord de originales presentados, con 942 textos procedentes de 36 países, entre los que se cuenta, además de 19 naciones iberoamericanas, obras procedentes de Alemania, Canadá, China, Dinamarca, Egipto, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Israel e Italia.

La novela ganadora se construye a partir de la bitácora de una mujer viuda que tiene una hija de 18 años y que lleva una vida ordinaria hasta que la joven sufre un brote psicótico que la lleva al aislamiento en su casa, donde ambas deberán redefinir su vínculo.

«‘Equis Equilibrio’ es una obra que significa mucho para mí, porque estoy convencida de que es necesario poner sobre la mesa ciertos temas que como sociedad escondemos bajo la alfombra, dejando muy sola a mucha gente. Considero que la literatura es un buen lugar para plantarles cara, para empezar a perderles el miedo», señaló Vicenzi.

La autora, nacida en la provincia de Buenos Aires, es escritora, correctora y coordinadora de talleres literarios. Debutó en la literatura con «En su propio vuelo», una obra autobiográfica en la que narra su experiencia como madre de trillizos. Hace cuatro años obtuvo el premio MGE de la Editorial Random House a la Mejor Novela Contemporánea por «La otra vida de papá».

«Desde pequeña tuve una imaginación bastante inquieta, que me posibilitó construir refugios para protegerme de una realidad por momentos dura. Ese ejercitar la inventiva, con el tiempo, me llevó a volcar sobre el papel muchas historias, algunas de las cuales he decidido compartir con ustedes», apunta Vicenzi en la presentación de su página web.

«Como escritora, siento que nada de lo humano me es ajeno. Me interesan en especial las situaciones que nos ponen a prueba, que nos interpelan, que sacuden nuestras estructuras. Y también me sensibiliza todo lo vinculado con la maternidad (soy madre de trillizos). Unir estas dos cuestiones me resultó un desafío interesante y, sobre todo, la posibilidad de poner sobre la mesa un tema por lo general silenciado, injustamente signado por el prejuicio y la vergüenza, que es el de la salud mental», define.

Los miembros del jurado ponderaron en el fallo el hecho de que la autora haya tenido la capacidad de ahondar en la mente de una persona que está pasando por el proceso de cuidar a un enfermo, «reflejándolo de un modo tan vívido que da la sensación de constituir un diario real».

Además, destacaron la humanidad del relato y el intenso reflejo de la desesperación y el cansancio de una madre que ha de afrontar prácticamente sola la enfermedad de su hija. El presidente del jurado la calificó como «una novela que informa, hace pensar y emociona».

El año próximo, en el mes de diciembre, verá la luz su libro ganador en la presente edición del premio literario Vargas Llosa, que también conocerá por esas mismas fechas al ganador de la XXVII edición. 

Imagen de portada: Gentileza de Entre Líneas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas

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