Avanti Argentina

Ya me harte de los irracionales y displicentes argentinos; que no se solidarizan con los otros, ante una pandemia que ingresa sin pedir permiso a cualquier lugar del mundo en donde un infectado, arribe. Nuestra línea de bandera, ya ha traído en estos últimos días unos 20.000 argentinos varados en distintos puntos del planeta, y quedan aún 10.000 o más que han pedido ayuda para volver a la Argentina. Otros en el mundo siguen reclamando, cuando en realidad partieron ya declarada la cuarentena de manera irresponsable. La prioridad la tendrán los adultos mayores, las embarazadas y familias con niños. Los demás serán el “furgón de cola” por su irresponsabilidad.
Ahora lo más loco; son aquellos que en un numero de 30.000 personas y ya declarado el aislamiento de la población con “el quédate en casa”, se fueron de viaje en la última semana, desde el aeropuerto internacional de Ezeiza. Aeropuerto que según información extraoficial, se cerrara en la próxima semana.
O aquellos; que creen que la cuarentena es sinónimo de vacaciones y circulan creyéndose impunes, azorados cuando los detienen en un retén de control y sus automóviles quedan secuestrados y a ellos, “vivillos de cuarta” se les abre una causa penal.
Loable el desempeño del personal de Aerolíneas y la sincronización con los Ministerios de Salud y Seguridad. Loable el Ejército Argentino, que se ha comprometido por un lado a prepararse con Hospitales Móviles para adelantarse a lo que se viene y por el otro; a preparar a través de sus camiones especiales la comida y llevarla caliente, con la asistencia de cada Municipio a los más expuestos al hambre, aquellos que ya no tienen una changa (el cartonero, el albañil que ya no puede salir de su casa, el que vive el día a día) y les falta lo más esencial: la comida. Nuestro pueblo, históricamente se ha caracterizado por su solidaridad ante la tragedia. Pero las contradicciones están a la vista.
Durante toda la historia Argentina, los Gobiernos trabajaron duro para construir un pueblo ignorante. Y llego el día donde los mismos Gobiernos necesitan un pueblo inteligente, y ese pueblo inteligente no está. Sin embargo, no puedo aceptar esta frase; ya que la inteligencia nada tiene que ver con la racionalidad y el respeto al otro, para ser respetado. Mi solidaridad con todos aquellos que ven como otros, menosprecian la vida finita que tenemos. La denuncia de “esos trastornados”; se hace inevitable ante los organismos de control correspondientes.
Recuerda lo que hagas por ti, es cuidar al otro.

Quietud aparente

Engañosa quietud en las calles
displicencia en algunos, a quienes
no les interesa la otra gente.

Aislamiento en otros, que lo sufren
contra cara en otros que gozan haciendo
actividades para recuperar ese tiempo,
en que era de mayor valor, contemplar
que atropellarse en un mundo ciego.

Imbéciles que no les interesa el otro
como el que viajo con sospecha del virus 
desde la otra orilla, ejemplo de absurdo burgués
provocando que cuatrocientos pasajeros
se encuentren aislados, en un hotel del centro.

Como en estado de sitio, que me trae malos recuerdos
viviremos como podamos, porque esto recién comienza.
Estamos aun con temperaturas templadas,
a pesar de que el otoño ha comenzado.

No me sumo a todos aquellos que dicen,
que luego de que esto, la sociedad emergerá
con mayor solidaridad y misericordia,
por el solo hecho de que ni las guerras mundiales
o disruptivas regionales , nos han hecho cambiar.

Deseo con toda mi alma, equivocarme
por los que nos siguen, para regalarles
un mundo mejor, al caótico en que viven.

Estupidez argenta…

Observo y absorto estoy, cavilando un poco sobre nosotros. ¿Qué cosas no entendemos los argentinos, solo al leer que el Gobierno Nacional público por Boletín Oficial el Decreto de Necesidad y Urgencia N° 260/2020 del 12 de marzo último; además de las resoluciones que a partir de allí se informa a la población.
Al aproximarse Semana Santa –fin de semana largo- los argentinos festejan la liturgia pero no por su fe católica, en tropel se apura en hacer las maletas y dirigirse a los distintos puntos turísticos del país, obviamente los más cercanos las localidades de la costa atlántica.
Mientras se han suspendido los vuelos de cabotaje e internacionales, se han cerrado las fronteras con Chile y Brasil e infinidad de información altamente fiable brindada a la población, todo ello no alcanza para detener esta irresponsabilidad bien argentina. No me vengan con la estupidez ,como ocurrió en su momento con Italia o bien España, que por ser latinos no le damos la verdadera importancia a esta pandemia. Eso es lo mas ridículo y brutal que he escuchado en mucho tiempo.
Ahí lo tenemos a Jair Bolsonaro-en cuarentena-; presidente del Brasil saliendo a saludar a sus seguidores sin barbijo y estrechándoles las manos, sin importarle la pandemia a la que en un primer momento la trato como “una mera fantasía”. También Donald Trump, personaje que se desempeña como presidente de los E.E.U.U. que habiéndose encontrado con el citado Bolsonaro y tener algunos de sus secretarios afectados por el virus, saludando también a sus seguidores ante las elecciones municipales, próximas a desarrollarse.
Ni que hablar de la inacción de López Obrador en México; o la imbecilidad del primer ministro inglés Boris Johnson, que le anticipa a la población que es un hecho estadística-mente probable, que muchos ingleses pierdan familiares muy cercanos. El mundo está verdaderamente; además de enfermo como sociedad, tristemente demente.
Pero volvamos a nosotros, los argentinos. Que es lo que no entendimos cuando leyendo las primeras recomendaciones del Decreto enunciado por el Gobierno actual, expresa claramente en algunos de sus artículos;
ARTÍCULO 17.- OBLIGACIONES DE LOS OPERADORES DE MEDIOS DE TRANSPORTE: Los operadores de medios de transporte, internacionales y nacionales, que operan en la República Argentina, estarán obligados a cumplir las medidas sanitarias y las acciones preventivas que se establezcan y emitir los reportes que les sean requeridos, en tiempo oportuno. 
ARTÍCULO 18.- EVENTOS MASIVOS: Podrá disponerse el cierre de museos, centros deportivos, salas de juegos, restaurantes, piscinas y demás lugares de acceso público; suspender espectáculos públicos y todo otro evento masivo; imponer distancias de seguridad y otras medidas necesarias para evitar aglomeraciones. A fin de implementar esta medida, deberán coordinarse las acciones necesarias con las autoridades jurisdiccionales correspondientes. 
ARTÍCULO 19.- COOPERACIÓN: Invitase a cooperar en la implementación de las medidas recomendadas y/o dispuestas en virtud del presente Decreto, a fin de evitar conglomerados de personas para mitigar el impacto sanitario de la pandemia, a las entidades científicas, sindicales, académicas, religiosas, y demás organizaciones de la sociedad civil.
Hemos aprendido de lo desconocido; primero de China y luego de Italia o España. Desistimos de la comunicación sobreabundante de la pandemia; porque sabemos que muchas veces o es falsa o tiene intencionalidad de cualquier tipo. Nos informamos a través de los voceros oficiales de la Nación o los Ministros de Salud de cada provincia, por ser el nuestro un país federal.
Entonces convoco a los inconscientes argentinos a dejar de ser brutos imbéciles e ignorantes, al poner en riesgo a los demás y defenderse con la declamación de la frase de siempre “a mí, no me va a pasar nada”…
Si nuestro país, que fue construido por una inmigración con vocación de trabajo y esfuerzo, para alcanzar una mejor calidad de vida tuviera en sus descendientes un mínimo de racionalidad, la maravillosa Argentina sería una de las potencias mundiales y no la menoscabada de siempre, tanto por la clase política como por su sociedad (en la que me incluyo), arrastrando una deuda “eterna” desde 1821.

https://www.argentina.gob.ar/coronavirus/medidas-gobierno

Por el otro…

Bien sabes que tú y yo,
que de la ciudad nos hemos alejado
a la cabaña frente al lago
alejada de vecinos y curiosos,
no para disfrutar aquellas vacaciones
en donde la compañía y el amor,
nos unía mirando cada atardecer.

En realidad, hemos decidido escapar
de la incertidumbre que se propaga
en cada avenida y calle de la ciudad.

Personas, cuan egoístas son 
que solo piensan en sí mismas,
y nada cumplen ante la pandemia
que llego a las costas del Plata.

Ni que hablar de aquellos
a quienes cada tanto, 
me gustaba acompañar
por las noches, llamados
“aquellos en situación de calle”.

Me siento con culpa, sabes.
Temo, por que lo pasara con ellos.
Si antes, eran los invisibles para muchos,
imagínate hoy, donde cada cual 
solo se monta en su propio ego.

Mira, ya se. Pero no me detengas,
sé que me encuentro entre 
quienes en riesgo se encuentran.
Pero ellos necesitan más que yo,
solo a alguien que los acompañe
escuchando sus angustias y miedos.

Minuto a minuto…

Nos dimos un beso con dos
de mis tres hijos, previo pasarnos
el alcohol en gel en nuestras manos,
una vez que almorzamos juntos
como habitué que siempre somos
en el Boliche de Darío, degustando 
sus exquisitas carnes y todo aquello 
que le da un sabor bien argento,
a nuestras papilas gustativas.

¿Cuándo podrá ser nuestro próximo encuentro?
Recién me entero. Ya no lo sé, con seguridad.
Acabo de llegar al departamento, prendí la TV
“la noticia del día luego de la reunión
del Gobierno con sus ministros y expertos”
puede llegar a ser prohibir la circulación
de personas, por un tiempo de quince días.

Me vuelve a la mente, poblaciones de Italia
que se comunican desde balcón a balcón,
o la Plaza Mayor de Madrid desierta y quienes
son indagados para que expliquen las razones
de estar caminando por ella, incumpliendo
una de las tantas normas fijadas por el Gobierno.

Aquí en el Cono Sur el otoño comienza el 21,
hasta ahora las temperaturas han sido
más que cálidas, alentando la aparición del Dengue.
No quiero imaginarme, si esta nueva pandemia
comienza a agravarse, obligando una firme custodia
ya vista la experiencia desde China a Europa.

Es estar atento, prevenir en lo individual
que ayuda a lo colectivo, con la consigna
clara y concreta de no entrar en pánico.

Éramos tan pobres y seguimos siéndolo…por falta de coraje en cambiar.

Hacía tiempo que no caminaba los pasillos de los Juzgados de Trabajo de la Nación, situados en la Ciudad de Buenos Aires y en esta semana interminable desde el lunes a hoy, religiosamente tuve que ir a uno de ellos cada día, a las 8 de la mañana. El tema es lo que menos importa, porque lo que más me ha enriquecido es ver que poco ha cambiado en los últimos veinte años, a pesar de las declamaciones de la informatización de los expedientes y de subir a la web en tiempo real, lo sucedido en las audiencias como para que las partes involucradas, tengan los testimonios de los participantes en “la ruleta de la justicia” e indagar sobre las declaraciones de los unos y los otros, para hacerse de la estrategia en cuanto a impugnar algún testimonio, que nos le puede resultar favorable con vista a la sentencia, que aclaro en la Ciudad de Buenos Aires no tiene fecha cierta de finalización –algunos hablan promedio de cinco años desde la presentación de la demanda, pero sé que algunos casos duermen en los brazos de Morfeo, desde hace más de un lustro.
Me preguntaran entonces, a que viene tanta perorata en que me siento sorprendido. Es que las oficinas y pasillos de los Tribunales –hay varios- cerca de nuestro Teatro Colon en la calle Lavalle; se muestra tan deteriorados o peor que hace 20 años, descascaradas y mugrientos.
Ni hablar de la contradicción entre la digitalización de los expedientes; con la aberrante vista en la oficina de cuatro por cuatro, en la que se toma cada audiencia y las decenas de expedientes, ubicados en las cuatro paredes y sobre el escritorio, en este caso de la audiencista –abogada y empleada judicial que toma las audiencias y que depende del secretario, quien a su vez está a cargo del Juez correspondiente.
Un bombón de chocolate –me imagino-, para roedores, cucarachas y otros invertebrados como la Lepisma Saccharina Linnaeus, que se hace un festín pantagruélico con los papeles. Por mas control de plagas que tengan, a la larga o a la corta toda esa documentación sufre un evidente deterioro, siendo un evidente foco de enfermedad para quien o quienes la manipulan.
Ahora bien ¿para que la digitalización? Si en paralelo, continúan con el papeleo. Una de las tantas contradicciones que tenemos los argentinos. Ahora, también me pregunto, si bien los Tribunales de Trabajo son los que menos interés le dan el poder político y económico, con el judicial no deja de suceder lo mismo. La Corte Suprema de Justicia en su rendición “transparente” del mes de febrero del corriente año, denuncia acreditaciones por casi 13.000 millones de pesos y una ejecución de gastos cercana a los 700 millones.
No hace falta preguntarse entonces, porque la sorpresa no tiene fecha de vencimiento. De las razones de la lentitud –eternidad de las causas- de todo proceso judicial cualquiera sea su fuero; las condiciones edilicias e infraestructuras miserables que se observa en los Juzgados laborales, de poner en riesgo la seguridad e higiene del ámbito laboral, en donde deben desempeñar sus tareas miles de personas, profesionales egresados de la carrera de Derecho de la U.B.A. u otras universidades, o bien estudiantes avanzados de las mismas, que comienzan trabajando en mesa de entradas. Todos los cuales están en situación de riesgo de contraer todo tipo de enfermedad.
Eso sí, desde ayer jueves pude observar en cada puerta desvencijada o pared, carteles de prevención por el Corona virus que ha llegado a estas tierras y que lamentablemente a pesar de las buenas intenciones del Poder Político, crecerá exponencial mente como ha sucedido en todo el mundo.
Lo más irrisorio de esos carteles –una nueva sorpresa- la enunciación entre otras cosas, de mantener la distancia entre personas a dos metros. Bueno como dije anteriormente; la audiencista, los abogados de las partes, el actor y un testigo suman cuatro personas que en una oficina de 4 x 4; difícilmente puedan mantener tal distancia, salvo que alguno de ellos emule a los héroes de Avengers.
Y lamentablemente al Corona virus foráneo, se ha sumado al flagelo de la epidemia del dengue desde la Triple Frontera (Paraguay, Brasil y Argentina), enfermedad viral transmitida por la picadura del mosquito Aedes aegypti, de persona a persona. Ya suman extraoficialmente, más de 5.000 casos en el país.
Pero quisiera volver al tema que me ocupa.
El cierre de la audiencia de hoy viernes; con ausencia del letrado y testigos de la demandada, trajo una nota de sensibilidad social cuando la audiencista, mujer mayor próxima a jubilarse y que no lo hace, porque su haber sería menor a su propia subsistencia, y además vive sola en su departamento tuvo hoy “el estigma de la soledad consigo” y tuvo una necesidad de hablar abiertamente de su vida, como si nos conociéramos de toda la vida, – de su dolorosa vida, de las perdidas familiares, del temor a quedarse discapacitada sin nadie que la cuidara, de una tristeza infinita que en lo personal pienso, que la terminara matando. No por compromiso, porque no soy hipócrita le sugerí hacer determinadas cosas, para sentirse mejor. Pero en minutos, volvió a su postura inicial de ver el “vaso vacío”. La salude cortésmente, deseándole un muy buen fin de semana…ahh…con la salvedad que ni las manos nos dimos.

Homenaje a Tiburcia Escudero

San luis y su gente

Tiburcia Escudero, la cautiva

Nació y murió cerca de El Morro. Fue prisionera de los Ranqueles durante varios años. Le cercenaron las plantas de los pies para que no huyera. Tras dos intentos de fuga, logró la ansiada libertad.

San José de El Morro es un pueblo serrano de San Luis, fundado en la primera mitad del siglo XVII y construido en los alrededores de su iglesia, portador de una arquitectura muy modesta como todas las de aquella época.

Dueño de una singular belleza, se ubica en el extremo este de la faja volcánica de la provincia y también está entrelazado con ricas historias, como la de doña Tiburcia Escudero, por años, cautiva de los Ranqueles.

Mucho se ha dicho de esta singular mujer que nació y murió en cercanías de su poblado. Incluso es sinónimo de entrega, fortaleza, constancia, perseverancia y valentía.                                                                                              En 1986, el docente Humberto Silvera destacó en unos de sus escritos a la mujer cuyos restos descansan en el cementerio de la localidad.

Tiburcia vivía al pie del cerro El Morro, en un campo denominado La Higuerita. Era hija de Isaac Escudero, que tenía cinco hijos: Guillermina, Beltrán, Fidel, Isaac y ella.

Su historia comenzó a escribirse sin saberlo en noviembre de 1850. En ese mes los integrantes de la familia se levantaron bien temprano, el sol aparecía por detrás de los cerros en una mañana que prometía calor, la falta de lluvia se ponía en evidencia al ver los pastos amarillos doblegados por el viento y los ríos mostraban sus miserias acuíferas.

Una de las primeras tareas de la mañana era ordeñar y ponerse a hacer los quesillos, labor que cumplía cuando su padre y dos de sus hermanos, Fidel e Isaac, se fueron a la cocina a tomar unos mates mientras el resto de la familia comenzaba a preparar, en dos grandes ollas de hierro, la leche y hacer los quesillos.

Un día después de tomar unos mates, los varones de la familia montaron a caballo y se fueron a rastrear unas vacas que faltaban en el corral y que según vecinos las habían visto en las cercanías de un lugar llamado cerro “Pelao”.

En esa época, Tiburcia tenía unos veinte años y era dueña de una belleza natural, de piel blanca y trenzas rubias, con rasgos bien marcados, de suave andar, de pocas palabras y un tanto desconfiada.

“Estábamos en la tarea de preparar la leche cuando los gritos decían que venían los indios. No lo podíamos creer, escuchábamos como un trueno y era el tropel de la caballada indígena que llegaba a marcha forzada. Unos doscientos originarios rodearon el lugar, yo disparé para una barrancada que había cerca de la casa, mi madre buscó refugio vaya a saber dónde, hasta que sentí que una fuerza brutal me levantaba de los pelos, era un indio que me cruzó en su montura diciéndome algo así como, ‘huinca linda…llevando…toldo…no matando'”, es el testimonio de la mujer que reproduce Silvera.

“Sentí como que me iba ‑continúa el relato‑, se me nublaron los ojos y miraba asustada como los indios alborotados rompían y destruían todo, matando a los que ponían una leve resistencia. A los niños los tiraban al aire y con lanzas los mataban”.

En el escrito se publican los detalles de lo que fue ese trágico día y los subsiguientes, donde el malón arrasó con todo a su paso llevándose hacienda y todo lo que podían.

A Tiburcia la ataron de pies y manos con boleadoras. El viaje duró varios días comiendo carne cruda y bebiendo sólo un poco de agua. Cuando llegaron a las tolderías, las mujeres, los niños y los adultos se encargaron del festejo mientras los indios descansaban y bebían en abundancia.

Uno de los caciques mandó a cuatro mujeres a que la desataran, luego la llevaron a un toldo grande y atada a un palo la hicieron hambrear varios días. La mujer que la cuidaba decía: “Cuando saliendo luna… vos ser de cacique…”.

“Los tormentos fueron incontables y dolorosos, varios indios entraron al toldo para comer y beber mientras me llevaron a un rincón donde había un camastro de cuero y palos, me defendí como pude, grité, mordí y lloré con todas mis fuerzas, me quería someter como fuera, el cacique borracho, gritaba como loco hasta que me sacaron afuera y atada a un palo las ‘chinas’ (mujeres indias) me pegaron una soberana paliza”.

Estuvo más de dos días desfalleciente pero vencida por las penurias y el sufrimiento, le hicieron lo que quisieron. Después la ataron de una mano y como si fuera un animal la llevaron a buscar leña y de tanto en tanto, le pegaban con unas ramas con espinas, lo mismo hacían con otras cautivas. Las “chinas” eran las encargadas de ese cruel tormento.

Nunca tuvo idea de cuánto duró su calvario. A los meses ideó una forma de escape, los toldos estaban en medio de la nada pero siempre había alguien cerca de las cautivas hasta que una noche logró el objetivo: pudo evadir el mugriento lugar, aprovechó un descuido de los guardias y sus perros, y consiguió hacer un par de leguas. Al amanecer estaba bastante lejos, pero no lo suficiente. Una polvareda indicaba que la buscaban incansablemente, se escondió en un pajonal, pero no fue suficiente. La volvieron a capturar y regresarla a los toldos.

Una golpiza fue el castigo por haber intentado huir, meses estuvo en esa situación. Hasta que volvió a tratar de escapar, escondió unos chifles con agua, alforjas con comida y antes que saliera la luna, aprovechando otro descuido, ganó la pampa de nuevo. Caminó toda la noche y todo un día, siempre hacia el norte. Hasta que fue divisada por los originarios que otra vez la trajeron a las tolderías.

Esta vez el castigo fue más cruel e inhumano. A cuchillo le arrancaron las plantas de los pies para que no pudiera caminar, estuvo más de tres meses para pararse y otros más para volver a caminar, se arrastraba entre la mugre para alcanzar algún alimento. Al tiempo que la fiebre y las infecciones hacían el resto. Un año después, fatigada, enferma y con pocas fuerzas, la indomable mujer comenzó a preparar una nueva fuga. Su indómito carácter, los castigos corporales, los sometimientos, las vejaciones y las violaciones no minaron sus fuerzas y su espíritu combativo.

Pasó mucho tiempo y esperó que sus heridas sanaran para organizar lo que sería su tercera fuga, siempre sola, sin ayuda de nadie y en el mayor de los secretos. Aprovechó su cautiverio para estudiar el momento adecuado. Los originarios salieron en malón rumbo al sur, ella entendió que había llegado el día de apurar su fuga. Estuvieron unos siete días lejos de las tolderías, a su regreso, como siempre los adultos, las “chinas” y los niños organizaron el festín mientras ellos descansaban y dormían tras sus borracheras.

Tiburcia le había “echado el ojo” a tres caballos que el cacique siempre tenía listos para cualquier eventualidad. Aprovechó que la mayoría dormía, preparó alforjas con comida, agua en varios chifles y muy despacito sacó los animales del corral. Se alejó unos doscientos metros hasta que pudo montar con destreza, en otro cargó el agua y los alimentos. El restante era de recambio. En medio de la oscuridad partió en busca de la soñada libertad.

La fuga se habría producido en agosto. Ella anduvo toda la noche, la nieve había comenzado a caer, lo que le favorecía porque borraba sus rastros. De tanto en tanto cambiaba de monta para no cansar el animal. Así anduvo más de un día, el viento era intenso y la nevada era cada vez más grande, hasta que, agotada, paró para descansar, aseguró a los caballos, les dio de beber y comió charqui. Un ruido la puso en alerta, por las dudas sacó un largo cuchillo que llevaba cruzado en su cintura, hizo silencio al tiempo que los caballos alborotados paraban sus orejas y miraban inquietos al oeste. Tenía miedo que fuera un tigre o yaguareté (fueron extinguidos durante la segunda mitad del siglo XIX). No pasó nada.

El frío calaba su maltrecha y sufrida humanidad, nevaba copiosamente, de vez en cuando miraba hacia atrás no creyendo que iba rumbo a la civilización en busca de su ansiada libertad. Habían pasado cuatro años de aquella nefasta mañana de noviembre. Los recuerdos se le amontonaban en la mente, gruesas lágrimas surcaban su curtido rostro, nunca dijo si fueron de alegría o de recordar tanto sufrimiento.

Tiburcia siempre pensó que las tolderías estaban en un lugar llamado Pampas Grandes, por eso en su imaginación buscaba el norte, por momentos galopaba sin darle un resuello a sus montas. El agua comenzaba a escasear en sus chifles de cuero al igual que el charqui; los caballos ya no eran los mismos, el cansancio marcaba su incierto destino. Lo más difícil estaba por venir.

Así pasaron los días. Agotada al igual que las nobles bestias, buscó dónde refugiarse de noche. Una barranca fue el lugar elegido, desarmó sus pertenencias y se acostó a dormir, el frío era intenso y se cobijó entre las mantas robadas al cacique Ranquel. Al otro día bien temprano, volvió a escuchar ese bramido tan temerario que la puso en alerta, los caballos se encabritaron y casi la dejan a pie, su experiencia pudo más pero el rugido, cada vez más cercano, hizo que rápidamente se pusiera en marcha. Mezclado entre los altos pajonales de la zona, un hambriento tigre seguía sus rastros.

Tiburcia montó como pudo y al galope se alejó del lugar, a eso del mediodía hizo un alto para cambiar de caballo, después de beber y comer a las apuradas como si el reloj imaginario del tiempo le quitara horas a su vida. Sus fuerzas se agotaban rápidamente y todo a su alrededor era pampa, pajonales, sequedad, algún caldén que se levantaba incólume como rey de las pampas. Esas eran sus referencias.

“Anduve hasta eso de la medianoche y al otro día seguí mi marcha, dos días estuve en esas condiciones. El agua se había agotado hace tiempo, comencé a tomar el orín de los caballos, era desesperante. Al otro día encontré un charco de agua, donde bebimos copiosamente. Hasta quedar exhaustos”, dijo la mujer, según el escrito del maestro del Morro.

Todo un día estuvo oculta en unas barranca porque había divisado un grupo de sospechosos que podían ser indios, que andaban de cacería. Pero nada pasó. Siguió su marcha de noche, poniendo en juego toda su integridad y seguridad. El hambre y la falta de agua estaban dejando huella en su huida.

Tres días después, muy débil atinó a cazar un tatú y un par de mulitas que mitigaron su hambre. Nunca había llegado tan lejos. Su ansiedad hacía el resto.

Según Silvera, la cautiva agradecía a Dios que nunca se topó con quienes la mantuvieron prisionera. Cada día que pasaba, le costaba más sobrevivir, a tal punto que debió sacrificar un caballo para poder alimentarse, bebió mucha de su sangre y cortó tiras de carne que guardó en uno de sus odres para el camino.

Casi sin darse cuenta, Tiburcia Escudero se encontró con un grupo de arrieros que tan sorprendidos como ella, emprendieron una veloz carrera sin rumbo hasta que fue alcanzada por las montas mejor dispuestas, al tiempo que se daba cuenta que eran cristianos. Se había encontrado un pedazo de la ansiada civilización.

En su desesperación y después de beber abundante agua y comer unos trozos de carne y pan, les contó su calvario al tiempo que le decían que iba en rumbo equivocado: que venía del lado de las salinas cerca del límite de Mendoza y San Luis.

Los paisanos la llevaron hasta un caserío cercano para darle de comer, ropa e higienizarla para trasladarla a San Luis donde fue recibida por el gobernador, a quien Tiburcia le regaló los caballos que habían facilitado su fuga. Un grupo de soldados la llevó a El Morro y la entregaron al comandante del Fortín. Ahí se enteró de la muerte de su madre. No reconocía a sus hermanos ni ellos la reconocían. Su padre estaba muy viejito y casi ciego.

En base al escrito, habían pasado cuatro años de penurias, violaciones, palizas y duros castigos corporales.

Tiburcia se convirtió en el paladín de las mujeres cautivas por los indios. Fue unas de las pocas mujeres que logró vencer a uno de los indómitos originarios de las pampas argentinas, su valentía y su temple de acero convirtieron a la mujer en una heroína. Con el tiempo se casó y nunca tuvo hijos. Murió en 1931.

Fuente: El Diario de la República. San Luis. República Argentina.