5 poemas de Alejandra Pizarnik

Fue una de las grandes voces de la generación del sesenta. Considerada como una de las poetas surrealistas más importantes de Argentina y América Latina. Aquí puedes leer 5 poemas de Alejandra Pizarnik.

Cenizas

La noche se astilló de estrellas

mirándome alucinada

el aire arroja odio

embellecido su rostro

con música.

Pronto nos iremos

Arcano sueño

antepasado de mi sonrisa

el mundo está demacrado

y hay candado pero no llaves

y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

Porque a Ti te debo lo que soy

Pero no tengo mañana

Porque a Ti te…

La noche sufre.

Cuarto solo

Si te atreves a sorprender

la verdad de esta vieja pared;

y sus fisuras, desgarraduras,

formando rostros, esfinges,

manos, clepsidras,

seguramente vendrá

una presencia para tu sed,

probablemente partirá

esta ausencia que te bebe.

Despedida

Mata su luz un fuego abandonado.

Sube su canto un pájaro enamorado.

Tantas criaturas ávidas en mi silencio

y esta pequeña lluvia que me acompaña.

Exilio

A Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,

sin edad,

sin muerte en qué vivirme,

sin piedad por mi nombre

ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?

¿Y quién no goza entre amapolas?

¿Y quién no posee un fuego, una muerte,

un miedo, algo horrible,

aunque fuere con plumas,

aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.

La sombra no muere.

Y mi amor

sólo abraza a lo que fluye

como lava del infierno:

una logia callada,

fantasmas en dulce erección,

sacerdotes de espuma,

y sobre todo ángeles,

ángeles bellos como cuchillos

que se elevan en la noche

y devastan la esperanza.

Hija del viento

Han venido.

Invaden la sangre.

Huelen a plumas,

a carencias,

a llanto.

Pero tú alimentas al miedo

y a la soledad

como a dos animales pequeños

perdidos en el desierto.

Han venido

a incendiar la edad del sueño.

Un adiós es tu vida.

Pero tú te abrazas

como la serpiente loca de movimiento

que sólo se halla a sí misma

porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,

tú abres el cofre de tus deseos

y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan.

Imagen de portada: Alejandra Pizarnik (Archivo)

FUENTE RESPONSABLE: Zenda; Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Marzo 2018

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Nuestros escritores.

 

Tú me quieres blanca, de Alfonsina Storni.

Nació en Suiza a finales del siglo XIX, pero muy pronto se trasladó con su familia a Argentina. Su infancia fue dura, pero enseguida encaminó sus pasos hacia la enseñanza y la literatura. El poema Tú me quieres blanca, de Alfonsina Storni, es uno de los más representativos del dramatismo de su obra.

La inquietud del rosal fue el inicio de una carrera literaria que la convirtió en icono del postmodernismo. Y también de la causa feminista por este testimonio de sus deseos como mujer y su lucha como madre soltera. 

Pese a que las críticas en su país fueron tibias, el apoyo de escritores consagrados como Amado Nervo y José Enrique Rodó le permitió seguir publicando obras como El dulce daño, Languidez, Ocre y Poemas de amor. Su vida acabó de forma trágica. Su suicidio puso el punto final a una grave enfermedad. 

Tú me quieres blanca, de Alfonsina Storni

Tú me quieres alba,

me quieres de espumas,

me quieres de nácar.

Que sea azucena

Sobre todas, casta.

De perfume tenue.

Corola cerrada .

Ni un rayo de luna

filtrado me haya.

Ni una margarita

se diga mi hermana.

Tú me quieres nívea,

tú me quieres blanca,

tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas

las copas a mano,

de frutos y mieles

los labios morados.

Tú que en el banquete

cubierto de pámpanos

dejaste las carnes

festejando a Baco.

Tú que en los jardines

negros del Engaño

vestido de rojo

corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto

conservas intacto

no sé todavía

por cuáles milagros,

me pretendes blanca

(Dios te lo perdone),

me pretendes casta

(Dios te lo perdone),

¡me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,

vete a la montaña;

límpiate la boca;

vive en las cabañas;

toca con las manos

la tierra mojada;

alimenta el cuerpo

con raíz amarga;

bebe de las rocas;

duerme sobre escarcha;

renueva tejidos

con salitre y agua:

Habla con los pájaros

y lévate al alba.

Y cuando las carnes

te sean tornadas,

y cuando hayas puesto

en ellas el alma

que por las alcobas

se quedó enredada,

entonces, buen hombre,

preténdeme blanca,

preténdeme nívea,

preténdeme casta.

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Autor y poema: Tú me quieres blanca, de Alfonsina Storni. Venta: Amazon

Imagen de portada: Alfonsina Storni

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, libros y compañía. Por Laura Di Verso. Editor Arturo Pérez-Reverte.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Nuestros escritores. Mayo 2018

La supremacía de una poética inclaudicable.

LITERATURA. «Expreso», nuevos poemas de Beatriz Vignoli 

Editorial Biblioteca reanuda una colección de poesía interrumpida por la dictadura incluyendo en la misma a uno de los grandes nombres de la literatura argentina.

Beatriz Vignoli no sólo es una referente cultural inexcusable en Rosario reconocida por su labor en la crítica literaria y de las artes plásticas, ejercida desde hace años en Rosario/12, con una capacidad difícil de igualar en el descubrimiento de matices, códigos y secretos que pasan inadvertidos para el resto en cada obra que reseña. 

Ese ejercicio de lucidez, que no excluye el humor, ha hecho que sus columnas ofrezcan -más de una vez- a cada escritor o artista analizado la impensada posibilidad de una nueva relectura de su propia obra.

Vignoli es además y tal vez sobre todo, uno de nombres femeninos más importantes de la literatura argentina del siglo XXI, desde sus poemarios: “Almagro” (2000) Premio Municipal de Poesía,”Viernes” (2001), “Soliloquios” y “Bengala” (2009), ”Lo gris en el canto de las hojas” (2014), ”Árbol solo” y ”Luz azul” (2017) Premio Provincial “José Pedroni”a su obra narrativa como “Reality” (2004), “Nadie sabe adonde va la noche” (2007), “Es imposible pero podría mentirte” (2012) o “DAF” (2014), esta última una novela que ilumina de modo tal vez irrepetible los códigos, esperanzas, entusiasmo y frustraciones de una franja de la juventud de ese período que fue de 1981 a 1999 -a caballo entre el rock y la militancia- en un tiempo detenido en la ciudad de Atopia. 

Allí, como en sus calles, se cruzan el humor, la poesía, la ironía y el cinismo con una escritura pictórica y a la sombra de una mirada crítica que se enfrenta a los discursos dominantes de la época. El resultado: una entereza moral en la sensación de derrota, como señalara Sebastián Basualdo en “La próxima generación perdida” (Página/12, 20 de julio de 2014), quien destaca a la novela instalada como una especie de mito en el ambiente literario rosarino.

Hasta esta bienvenida edición de Expreso, Beatriz (ella misma reconocida, por qué no, también como un mito en la cultura de la ciudad) había publicado notas y artículos en revistas emblemáticas como Expreso imaginario y Diario de poesía y en diarios como El Litoral,  El Ciudadano y, en inglés, en Buenos Aires Herald. Había sido traductora e impulsora en los años 90 de movidas y agrupamientos culturales que, entre cosas, darían origen a revistas como Ciudad gótica.

Expreso aparece incluido en la colección “Poetas argentinos” de Editorial Biblioteca, que reanudara no hace mucho su actividad tras la demorada restitución de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil a sus legítimas autoridades tras ser intervenida y devastada por la dictadura a partir del 24 de marzo de 1976, inicio de un período atroz para esa ejemplar institución barrial que incluyó la detención de sus directivos, el saqueo de sus bienes y la destrucción e incendio de miles de libros generados por su editorial. 

Beatriz se integra así a una colección que, antes de 1976, ya había publicado a poetas como Hugo Gola, Francisco “Paco” Urondo, Francisco Madariaga y Rodolfo Alonso, siendo la primera mujer en ese valioso catálogo. Esta genealogía no es accesoria, porque Vignoli la tuvo en su horizonte para la escritura de Expreso, donde, junto a la resonancia de otras voces, se percibe el magnetismo incierto de la mitología popular, el enigma nunca resuelto de los sueños, el “idioma de puras consonantes” de la lluvia y el pulso de Vignoli, señala la contratapa del libro.

La primera lectura llevó a quien asumió el compromiso de afrontar reseñar este libro, a rastrear en su memoria nombres que creyó están presentes de algún modo en la poesía de Vignoli, opinión tal vez azarosa pero que cree poder sostener: Alfonsina, Alejandra Pïzarnik, Olga Orozco, Marosa Di Giorgio más una presencia vallejiana en versos como Mi brazo caracol, mi brazo izquierdo,/ mi brazo endivia, molusco, mejillón.

En una entrevista periodística, Beatriz aludió al tiempo de la recuperación refiriéndose a la vez a la de la Vigil pero también a la dura experiencia personal de un accidente traumático, con sus secuelas de rehabilitación, aislamiento, resiliencia y agradecimiento a quienes, desde los médicos a las amigas y amigos, estuvieron cerca suyo en ese trance y a quienes, en cada caso, están dedicados buena parte de los poemas. Son, al igual que los epígrafes, brújulas para futuras lecturas, avisa la contratapa.

En la segunda parte del libro (de explicito título:”Accidente en vía pública”) se reúnen poemas en los que pasa revista a su propio tiempo de recuperación, atravesado por el padecimiento físico pero mucho más por lo que éste reduce: la vital posibilidad de la escritura pero también del abrazo. 

Poemas en los que conviven sutiles dosis de humor que atenúan la fractura y la prisión del yeso necesario con la inigualable capacidad con la que Vignoli extiende su mirada a otros ámbitos, cotidianos algunos, fruto del sueño otros. La lúcida contratapa del libro vuelve a avisar al lector: En estas páginas se percibe el magnetismo incierto de la mitología popular, el enigma nunca resuelto al que desafían los sueños, la humedad de las orillas, el “idioma de puras consonantes” de la lluvia, el canto anestesiado de una paciente de hospital. Pero también su certeza de que la palabra no puede circular sola sin el movimiento que imponen los cuerpos, la danza, el arte.

La tercera parte (“Agua y sal”) atesora, en poemas más extensos, una notable summa poética de la hondura de “Las Ofelias y las Noras”, dedicada a Mabel Temporelli, mirada cruda pero sin embargo de profunda ternura: Algunas chicas en mi barrio/ en los años cincuenta, sesenta quedaban embarazadas y se suicidaban.(…) Su mano sanadora extiende todos los dedos/ para abarcar la inmensidad de la vergüenza/ de las que se atrevían a maternar en soledad./ “¿Y ninguna abortaba?”/ “Eso todavía no existía”. O de “Luna en Piscis”, entrañable repaso de vivencias, recuerdos y memoria de mujeres, hombres, lugares de esa zona-región inigualable de la ciudad tan cerca del río y de las islas: Soy de aquí en una vida paralela/ o tal vez de aquel pasado en que veníamos/ de lejos con mis hermanos a jugar/ a que la barranca era una selva, y el tiempo,/ puro futuro. Hay tanto sol este verano/ que esto parece otro planeta, pero es la Tierra…

“Nota de la autora” que abre el libro es un umbral inexcusable en el que en el sueño de Beatriz se vinculan inicialmente dos nombres y dos muertes; la de Leopoldo Lugones, suicidado en un hotel del Tigre, y la de Federico García Lorca, fusilado por esbirros franquistas apenas iniciada la Guerra Civil Española. Ya despierta, cuenta: Intuyo que Lugones no merece el mismo homenaje: al despertar recuerdo que instigó en Argentina el mismo tipo de orden político autoritario bajo el que se fusiló a Lorca en España. Así que lo reemplazo por Alfonsina Storni, que se suicidó el 26 de octubre de 1938 y de esa forma me aparto del espíritu de la época, ya que en aquellos tiempos dudo de que la muerte de una poeta mujer se haya considerado una catástrofe literaria mundial…

“Expreso”, que no estuvo incluido en la reciente publicación de su obra poética (“Viernes”, Ediciones Nebliplateada, 2021) ratifica la supremacía del nombre de Beatriz Vignoli en la poesía rosarina, tan diversa y valiosa y la extiende a la producción poética argentina de este siglo. 

Supremacía que -como señala Ivana Romero en revista ”Ñ”, 12 de diciembre de 2021- ya era visible en sus poemas iniciales: Y es que ahí donde el objetivismo de la época recomendaba borrar al sujeto poético, Vignoli imponía el yo. A la vez, su lirismo contrastaba con la parquedad de una poesía que privilegiaba cierta oralidad llana, carente de ondulaciones. Y así Beatriz, con poco más de treinta años, confirmaba su linaje de chica outsider y punk en medio de una tradición -ejercida en especial por varones- que solo admitía los versos contenidos donde la sensibilidad debía ser mantenida a raya. Vignoli era joven terrorista de las buenas formas intelectuales al admitir que la poesía no es zona de certezas lingüísticas sino tembladeral. 

Justamente por eso era (es) necesario escribirla, decirla, arrojar la bomba, dejar rastros de pólvora en la hoja inmaculada. Decisiones presentes una vez más en las páginas de Expreso.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Rafael Ielpi. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Literatura/Poesía/Nuestros escritores

 

 

 

 

 

 

 

Romances y dolor: la reveladora biografía de Alejandra Pizarnik.

Ya se encuentra en librerías libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti. En el libro ahondan aspectos poco conocidos de la célebre poeta argentina, como la accidentada relación con un poeta colombiano. Todo en base a una gran cantidad de papeles, diarios, correspondencia, borradores que dejó la autora de El árbol de Diana. Una de las autoras habla con Culto sobre el volumen

De su puño y letra, el 22 de septiembre de 1963, Flora Alejandra Pizarnik, la joven poeta argentina que residía en París, por entonces La Meca de los escritores a nivel mundial, anota en su diario: “Sí, estoy encinta. De pronto, la idea de no reaccionar con miedos y llantos. Hacer lo que se necesita hacer con extrema seguridad y lucidez. Esto es una nueva trampa”.

La “trampa” se había ocasionado en una fiesta, en agosto anterior, donde había conocido a un sujeto a quien solo identifica como “un joven pintor italiano”. En su estilo dramático, la autora de Los trabajos y las noches lo relató así: “Se quedó fascinado el itálico mozo. Y tanto que no se despegó de mí —’oh si supieras cuánto te siento!’— me decía a cada momento con sus ojos en mis ojos, deseoso de que todo su dolorido sentir se asomara a su mirada húmeda”. La noticia del embarazo la sorprendió, por lo que comenzó a mover sus piezas.

El episodio, desconocido hasta ahora, se encuentra detallado en el libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti, y que ya se encuentra en nuestro país publicado vía Lumen. El texto revisa la vida acontecida de una de las destacadas poetas allende Los Andes.

En rigor, es una versión ampliada de la biografía que Piña publicó en 1991, a la que se sumó el trabajo de la escritora y cineasta venezolana Patricia Venti. Ambas revisaron una importante cantidad de papeles, diarios, correspondencia, borradores, y cuadernos inéditos de la poeta, que se encontraban en la Biblioteca de la Universidad de Princeton. Además, se agregaron dos testimonios claves: el de la rama de la familia paterna residente en Francia, con quienes Alejandra residió entre 1960 y 1964; y el de su hermana mayor, Myriam.

Cristina Piña, escritora, traductora y una destacada crítica literaria argentina, se dio el tiempo para responder las preguntas de Culto. Comenta que de todo el ingente material que revisaron junto a Venti para esta edición, hubo dos cosas que la sorprendieron: “Las partes del diario y la correspondencia centradas en París, ya que daban una imagen totalmente diferente de la que se podía tener a través del testimonio de los amigos de Buenos Aires.

También en relación con ese mismo período, los datos aportados por la familia francesa con la cual vivió en diversos momentos de su experiencia parisina”.

¿Qué fue lo más dificultoso a la hora de trabajar este libro?

Articular todos los testimonios con el diario y la correspondencia, es decir hacer de todo ese gran material algo organizado, ordenado y legible, que diera una imagen lo más verdadera posible de Alejandra. Es decir, la organización de la gran cantidad de material recabado.

¿Cómo fue la experiencia de hablar con su hermana Myriam y revisar los archivos que se encuentran en la Universidad de Princeton?

Las conversaciones con Myriam fueron de una gran riqueza, porque su hermana se abrió totalmente y dio todos los datos posibles sobre Alejandra. Fue fundamental para reconstruir tanto la atmósfera del hogar y la personalidad de los padres como de la misma Alejandra en su infancia y su adolescencia. Fue importantísimo y de una gran utilidad.

Ustedes hablan de que en la personalidad de Alejandra Pizarnik había un costado “bastante infantil”. ¿De qué manera ese rasgo la acompañó en su vida?

Toda su vida lo mantuvo en los celos que experimentaba por sus amigos; en la búsqueda de relaciones absolutamente excluyentes y centradas por completo en ella; en su humor que se fue agudizando con los años; en su curiosidad constante ante cualquier elemento o personaje nuevo; en el establecimiento de relaciones en las que atribuía rasgos materno o paternos a amigos y psicoanalistas; en su inutilidad para las tareas de la vida cotidiana; en su desentendimiento de responsabilidades que fueran más allá de la consagración a la escritura; en su desconocimiento de los horarios propios y de los amigos a los que podía despertar a las 4 de la mañana para hablar.

Cristina Piña. Foto: German Garcia Adrasti.

Un amor violento

Uno de los puntos reveladores de la biografía, es el intenso romance que Pizarnik tuvo con el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, desconocido para el público, pero muy citado a las autoras por sus cercanos. 

“Hubo un enamoramiento profundo, al menos de Alejandra por Gaitán Durán, que en el caso del testimonio de su hermana Myriam se confirma con la afirmación de que con este poeta Alejandra habría fantaseado con casarse”, se indica en la biografía. Sin embargo, el romance terminó de manera trágica el 23 de junio de 1962, con un accidente aéreo que le costó la vida a Gaitán.

El hecho la destrozó. “Tenía 35 años, era muy bello e hicimos antes de su partida, planes maravillosos y posibles que me hubieran sacado de mi miseria. Su muerte me afectó enormemente”, le escribió a León Ostrov, su antiguo sicoanalista. Incluso, a Gaitán le dedicó su poema Memoria, incluido en Los trabajos y las noches (1965).

Eso sí, Pizarnik, como se indica en la biografía y se desprende de sus diarios, era bisexual. Por eso, Piña aclara que Gaitán fue uno de sus grandes romances, mas no el único. “Con un hombre sin duda. Pero sabemos que Alejandra era bisexual y por lo menos sintió un gran amor por una mujer”, explica Piña.

Otro episodio desconocido es lo que Pizarnik realizó en París tras notar su embarazo. El 30 de septiembre de 1963, según se indica en la biografía, y acompañada de su amiga Marie Jeanne, se realizó un aborto. “Lloré todo el día. Lloré por mí. Ahora comprendo por qué no lloré hasta hoy”, anotó en su diario.

Además, en la biografía se habla de la enfermedad mental de la poeta, de la cual, hasta hoy no se sabe exactamente cuál fue. 

¿Por qué? Piña lo explica: “No hay un diagnóstico preciso porque dos de sus psicoanalistas murieron, el hospital Saint Anne de París —donde suponemos que estuvo internada o que se trató por las anotaciones que aparecen en sus diarios— a los diez años de muertos los pacientes se deshacen de todos los papeles vinculados con ellos y porque el único psicoanalista que vive, hasta hoy se niega a dar un diagnóstico que considera que es algo privado entre paciente y analista”.

¿Considera que su obra ha obtenido el reconocimiento que merece?

Sí. Alejandra ha sido traducida no sólo a los principales idiomas sino a otros menos comunes como el esloveno y hay trabajos, artículos, tesis y libros en diversos países del mundo, al margen de que se la sigue estudiando en universidades de toda Europa y América.

Pizarnik debutó con La tierra más ajena, aunque luego se distanció un poco de ese libro, y El árbol de Diana la consagró. Habiendo estudiado su vida, ¿cuál creen ustedes que fueron los libros –para ella– imprescindibles de su obra?

Sin duda El árbol de Diana. Cuál estaría en segundo lugar no es tan seguro, ya que habla muy poco de su producción publicada en sus papeles, correspondencia y diarios.  Pero como le valió el Primer Premio Municipal de poesía podría ser Los trabajos y las noches si bien le merecía atención especial Extracción de la piedra de locura donde desarrolla algo que le interesaba mucho: el poema en prosa extenso.

Imagen de portada: Gentileza de Lumen

FUENTE RESPONSABLE: La Tercera. Cultura. Por Pablo Retamal.Mayo 2022

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5 poemas de Ricardo Pochtar

Ricardo Pochtar (Buenos Aires, 1942) reside en España desde 1976.

Estudió filosofía en la Argentina y en Francia. 

Ha traducido obras de narrativa y ensayo para editoriales de Buenos Aires, Barcelona y Madrid. Ha sido traductor en las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. 

Su obra poética, publicada entre 1994 y 2019 abarca los poemarios Lugar diseminado, Clinamen, El tamaño de los días, En la pizarra de la noche, El resto del azar, Beneficio del asombro y Ars Piscatoria. 

En 2016 se publicó su colección de aforismos Pequeñas percepciones y en 2019 Sueños de sal/Suaños de sal, selección de poemas suyos traducidos al asturiano. 

Su poesía está representada en las antologías Poemas y poetas argentinos (2013), La doble sombra (2014) y Los que se fueron (2019), así como en diversas revistas de España, Chile y México. 

Zenda adelanta el prólogo y algunos poemas de Atajos & Escaramuzas (El Sastre de Apollinaire, 2022).

***

PRÓLOGO

LA INVENCIÓN DE LA LÍNEA, por Julio Obeso

Un prólogo debería ser como la última oportunidad de un libro para decir la verdad. 

Muy pronto será abierto y se sabrá cuánto de cierto o de impostado había en esa declaración del testigo. Los libros no se salvan ni se condenan por sus prólogos. Con esa inmunidad sobrevenida propongo esta breve introducción.

Al igual que las enfermeras quedan contaminadas al trabajar en escombreras, un tanto de invisibilidad impregna el entorno tras la lectura de Atajos & Escaramuzas de Ricardo Pochtar. 

Invisible aquí significa latente, aunque sea reconocible a simple vista. La pulsión secreta de las situaciones, de los objetos, se nos revela en estos óseopoemas como un atajo hacia otra realidad que se va creando a medida que crecen las escaramuzas.

Casi nada es lo que parece o al menos los significados y las palabras han quebrado sus sagrados vínculos. En estos poemas esas riñas sostenidas sobre la oralidad han reivindicado para sí un nuevo símbolo, la interrogación: «¿Un lenguaje de la poesía? ¿Otro lenguaje? ¿Para qué fracasar en otro lenguaje?» 

Preguntas que pellizcan y hacen saltar a las ideas de sus cómodos asientos, de sus antiguas realezas, para abandonarlas a una suerte de intemperie, quizá no en otro lenguaje, pero sí en una nueva disposición capaz de captar las secretas habilidades de los objetos que son diana del mirar poético. 

Ahí Pochtar despliega un cartílago que conectará los grandes fémures de la memoria con la delicada fúrcula de los pájaros dibujantes; una estructura flexible en continuo cambio que genera variantes de formulación insospechadas: «En cada biblioteca una isla desierta, unos pocos libros fieles y algunas botellas vacías esperando olas propicias».

Atajos & Escaramuzas es el resultado natural de la evolución poética de Pochtar, cuya escritura supondría la peor pesadilla para un decorador.

Paredes limpias, espacios diáfanos, palabras sugeridas que después del tamiz y la entrevista tendrán una segunda vida en páginas como estas. Hay mucho trabajo en cada verso, el poema es un atractor universal, un potente imán al que se adhieren partículas sentimentales, limaduras de odio, aserrín de los momentos e incluso sombras, obviedades, recetas, bandadas millonarias de pájaros, el maldito color azul… 

No tema, lector, el perímetro está asegurado: ni polvillo tóxico, ni detritus previsibles, solo poesía de la que puede enfrentarnos con entornos heredados, con las inercias que engañan dejándonos escuchar el ruido de un motor; poemas humanos de alto voltaje que Pochtar nos propone para la inconclusa tarea. «No habré escrito el último poema, pero ahí les dejo el mundo, muchachos, para que se entretengan».

***

GRAFITO

No gastar el lápiz escribiendo: irlo tallando hasta que el

grafito se quede sin palabras.

***

PALABRAS NECESARIAS

¿Qué hacer con este contubernio de palabras? Para decir

algo se necesitan palabras que todavía no quieran decir

nada.

***

OFICIO DE SÍLABAS

con Aureliano Buendía

Antes que un asunto de palabras, el poema es un oficio de sílabas, letras, hojas blancas, silencios, oquedades. Y todo eso con una pequeña balanza y un martillito de platero.

***

con José Watanabe

En olas pequeñas llegan

letras rozando la arena/

bajo un mar de otro hemisferio/

un libro sumergido/

habrá entrado en erupción.

***

MUNDO LÍQUIDO

Cada vez pesan menos las palabras, pero dejan un poso que tarda en borrarse. Aún estamos a tiempo de contarnos algo. El mundo todavía sigue ahí.

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Autor: Ricardo Pochtar. Título: Atajos & Escaramuzas. Editorial: El Sastre de Apollinaire. Venta: Todos tus libros y Amazon.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda. Autores, libros y compañía.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda.Autores, libros y compañía.Por Laura Di Verso. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Nuestros escritores

 

La dictadura argentina quiso quitarle la nacionalidad a Julio Cortázar.

«Fichado y prohibido: el legajo de Cortázar en la DIPPBA» / Comisión Provincial por la Memoria, La Plata, Argentina, 26/08/2015.

El 20 de mayo de 1980 los servicios de inteligencia argentinos pidieron quitarle la nacionalidad a Julio Cortázar

 Si deseas profundizar sobre esta entrada, cliquea por favor donde se encuentre escrito en “negrita”. Muchas gracias.

El gran escritor argentino Julio Cortázar fue un gran defensor de los derechos humanos, denunciando en foros internacionales los genocidios cometidos por las dictaduras latinoamericanas en los años 70 y 80 del siglo pasado. 

Consecuente entre lo que decía y hacía, donó parte de sus derechos de autor a las víctimas de las dictaduras y su casa en París siempre fue un refugio para las personas que llegaban exiliadas de América Latina, la mayoría personas a quienes Cortázar no conocía pero a quienes el autor de Rayuela recibía como si fueran viejas amistades.  

Su lucha le valió ser amenazado de muerte, perseguido y prohibido por la dictadura argentina, y por las dictaduras latinoamericanas. 

A pesar de que Cortázar no vivía en Argentina desde 1951,  eso no fue impedimento para que los servicios de inteligencia argentinos lo investigaran,  lo prohibieran y pidieran  que se le quitara la nacionalidad, según se puede leer en el informe elaborado por el organismo de derechos humanos argentino Comisión Provincial  por la Memoria, presidido por el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, en agosto de 2015, basado en los archivos de la dictadura.  

Julio Cortázar regresó a Argentina en diciembre de 1983, cuando volvió la democracia. No fue invitado a la asunción presidencial del Dr. Raúl Alfonsín (quien se disculparía años más tarde).

Julio Cortázar murió dos meses más tarde en París,  sin que su gran aporte a los derechos humanos y al regreso de la democracia argentina fuera reconocido, ni agradecido. 

“Moliere nada a tu gloria faltaría,

si entre los defectos que tan bien descubriste,

hubieras incluido tan negra ingratitud”

©viviana marcela iriart

4 de mayo de  2018

Texto original de la «Comisión Provincial  por la Memoria»

La Plata, Argentina, Agosto 2015

Julio Cortázar decidió marchar hacia el autoexilio en 1951 y sólo volvió a Argentina ocasionalmente y por poco tiempo; sin embargo, los servicios de inteligencia recogieron información sobre su participación internacional en la denuncia de los crímenes perpetrados por el terrorismo de Estado en América Latina. En el 101 aniversario de su nacimiento, la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) difunde los documentos que la DIPPBA elaboró sobre el escritor.

 

El 29 de agosto de 1975, la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires registró el legajo N° 3178; la ficha tiene sólo seis datos: apellido, nombre, nación, localidad, profesión y antecedentes sociales. «Cortázar. Julio Florencio (el segundo nombre escrito a mano alzada). Arg. Francia. Escritor. Entidad “Habeas”.

Para ese entonces, Cortázar llevaba 24 años lejos del país –primero por decisión propia, luego por mandato militar–, era ya un escritor consagrado y, en el último tiempo, se había acercado a los movimientos de liberación en América Latina. Ese posicionamiento político había transformado también su literatura. En el poema Ándale (1976) escribe:

Habrá que reunirse 

con los que llegan fugitivos 

de Uruguay y Argentina.

Habeas fue creada por Gabriel García Márquez como una organización destinada a defender a prisioneros políticos. El escritor colombiano había donado cien mil dólares de su regalía para constituir la institución. En los años siguientes, y a medida que el terror militar avanzaba sobre los pueblos latinoamericanos, sumaría nuevas adhesiones, entre ellas la de Julio Cortázar.

Un memorando del 21 de mayo de 1979, con origen en el Batallón de Inteligencia 601 y remitido al Director General de Inteligencia, advierte que el mensuario OPCIÓN (órgano de difusión del Partido Socialista de los Trabajadores) transcribe una carta fechada “México Dic./78”, firmada entre otros por Julio Cortázar. El documento de inteligencia recupera algunos pasajes de esa carta en los que se expone la finalidad de la organización: “poderosa campaña de solidaridad con los pueblos latinoamericanos que padecen la tiranía, la barbarie y la negación de sus esenciales derechos humanos […] Más que poner en evidencia a los verdugos, se procurará, hasta donde sea posible, clarificar la suerte de los desaparecidos y allanar a los exiliados los caminos de regreso a su tierra”.

La rémora del diario 

con las noticias de Santiago mar de sangre, 

con la muerte de Paco en la Argentina, 

con la muerte de Orlando, con la muerte 

y la necesidad de denunciar la muerte 

cuando es la sucia negación, cuando se llama 

Pinochet y López Rega y Henry Kissinger.

Históricamente se ha reconocido la activa participación del exilio latinoamericano en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos –especialmente en el caso argentino. La actividad política de los desterrados permitió visibilizar las atrocidades cometidas por los regímenes militares y los servicios de inteligencia se infiltraron, espiaron y recogieron información sobre esa militancia en el exterior.

En un documento del 20 de enero de 1976, sellado con carácter de “RESERVADO URGENTE”, la SIDE envía un parte a la SIN, SIA, Batallón 601, SID, SIPNA, DIG, DIPBA sobre la celebración del Tribunal Russell y la participación de Cortázar. Este informe da cuenta de otro rasgo esencial de los servicios de inteligencia a partir de 1975: los vínculos entre las agencias de inteligencia (la denominada comunidad informativa) para la persecución política e ideológica.

Durante la investigación, los agentes de la DIPPBA amplían la información y bajo la categoría de actividad subversiva sostienen que la celebración de la sesión del Tribunal Russel “forma parte integrante de la campaña internacional de desprestigio”, que “el escritor JULIO CORTÁZAR, que actuó en calidad de jurado, fue aplaudido por la concurrencia al pedir deponer como testigo, oportunidad en que leyó una carta referida al combate de Monte Chingolo sostenido por el E.R.P. con fuerzas de seguridad durante el mes de diciembre del año ppdo.”, que “al término de las deliberaciones, el Tribunal sentenció con el “GRADO MÁXIMO DE CRIMEN CONTRA LA HUMANIDAD” al gobierno de nuestro país.

“Yo hace 28 años que vivo fuera de la Argentina, pero nunca me consideré un exiliado hasta el golpe de Videla. Nunca me consideré un exiliado, porque para mí el exilio es una cosa compulsiva, y yo vivía en Francia porque me daba la gana. Porque es un país que me gusta, donde me siento bien y donde iba escribiendo mi obra sin dificultades ni problemas. Y de repente, a partir del golpe militar, supe que me había convertido en un verdadero exiliado”, declara en una entrevista con Viviana Marcela Iriart. Por esa misma época, Cortázar mencionará en cada intercambio epistolar que las obligaciones políticas no le dejan tiempo para dedicarse a la literatura.

(Escribiremos otro día el poema, 

vayamos ahora la reunión, juntemos unos pesos,

llegaron compañeros con noticias,

tenés que estar sin falta, viejo)

La última información sobre Cortázar en el archivo de la DIPPBA corresponde a un parte del 20 de mayo de 1980: el estudio en cuestión, a cargo de representantes de las tres Fuerzas Armadas a nivel de secretarios generales, consideraba que “ante la puesta en vigencia de la nueva Ley de Radiodifusión (pronta a salir), debe existir cierta elasticidad en las prohibiciones que emanan de la fórmula en cuestión”.

Aun así, Cortázar fue calificado con un F.4. En ese momento, la calificación F.4 era el máximo grado de prohibición: “registra antecedentes ideológicos marxistas que hacen aconsejable su no ingreso y/o permanencia en la administración pública, no se le proporcione colaboración, sea auspiciado por el Estado, etc”. La calificación significaba, de hecho, la prohibición de presentarse públicamente o difundir su obra. En el anexo 2 del Acta Nº 11, bajo el título: “Actualización lista periodistas – escritores y artistas plásticos (F.4)” aparece el nombre de “CORTÁZAR, Julio Florencio”, con la siguiente referencia: “Por ser ciudadano argentino por opción, nacido en Bélgica, se sugiere retirarle la citada ciudadanía”.

Vendrán y te dirán (ya mismo, en esta página) 

sucio individualista, 

tu obligación es darte sin protestas, 

escribir para el hoy para el mañana 

sin nostalgias de Chaucer o Rig Veda, 

sin darle tiempo a Raymond Chandler o Duke Ellington, 

basta de babosadas de pequeñoburgués 

hay que luchar contra la alienación ya mismo, 

déjate de pavadas, 

elegí entre el trabajo partidario 

o cantarle a Gardel.

Nunca se cumplió con la sugerencia: el gobierno militar no le quitó su ciudadanía; la prohibición que pesaba sobre Cortázar sólo era una prohibición meramente de forma, no fue necesaria su aplicación porque el escritor nunca volvió, ni reclamaría “colaboración” o “auspicio” de un gobierno genocida al que denunció permanentemente en la prensa internacional. 

Fuente: Comisión Provincial por la Memoria

Nota 1 :  La foto de  Julio Cortázar es original de Sara Facio. Está intervenida, no sabemos por quién.

Las mejores frases de ‘Rayuela’ de Julio Cortázar.

UNA OBRA INMORTAL

Hoy repasamos algunos de los mejores fragmentos que tiene esta gran novela experimental del siglo XX que pronto cumplirá 70 años desde su publicación.

Si deseas profundizar sobre esta entrada, cliquea por favor donde se encuentre escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Publicada por primera vez el 18 de febrero de 1963, ‘Rayuela‘, del escritor argentino Julio Cortázar, es una de las novelas cumbre de la narrativa hispánica. 

Como su propio título indica, es un libro de 155 capítulos que funciona de rompecabezas, pudiendo empezar y terminar a la voluntad del ingenuo lector. 

Aunque tiene un orden establecido por el propio autor que arranca en el episodio 73, puede abordarse desde la página uno hasta el final o, incluso, a propio antojo, navegando por las distintas partes de la trama. En sí, la novela describe la peculiar relación que mantiene su protagonista, Horacio Oliveira (un alter ego del autor) con su amada, a la que se le coloca el apelativo de «la Maga». 

Las primeras páginas comienzan cuando Oliveira vaga por las calles de París en busca de ella, dando a parar al famoso Pont-Neuf de París en el Barrio Latino. Los dos personajes pertenecen a un club de artistas, intelectuales y músicos que se pasan las tardes y las noches discutiendo sobre lo divino y lo humano, así como de las inquietudes artísticas en común. También conviven con el hijo de ella, Rocamadour, el cual está muy enfermo.

Foto: Julio Cortázar en 1967 fotografiado por Sara Facio

De los cuentos a ‘Rayuela’: así rompió Julio Cortázar los moldes de la literatura hispana

C.M.

Cortázar, con ‘Rayuela’, asentó una manera de leer y de escribir radical, que él mismo defendió como anti literaria (en concreto denominó a su obra como una «contranovela»), pues en diversas ocasiones explicó que no se hacía responsable de las idas y venidas de los personajes, así como del entendimiento general que el lector pudiera hacerse del argumento y de sus protagonistas. De este modo, el autor consiguió alumbrar un sentido ‘mágico’ en su obra, conectándole con otros escritores coetáneos que también pretendieron romper las barreras y los estándares de la época, como por ejemplo Gabriel García Márquez.

Un canon literario que rompió moldes

Se trata sin ninguna duda de uno de los libros escritos en lengua castellana más leídos del mundo, y una novela canónica para todo aquel que se interese por la literatura del siglo XX. Una de sus mayores innovaciones, que dan fe de la inmensa capacidad de creación lingüística de su autor, es la invención de un lenguaje propio, el glíglico, usado por los dos amantes en secreto y durante sus relaciones íntimas.

 “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” En homenaje a esta gran obra, que pronto cumplirá 70 años desde su publicación, hoy recogemos una serie de fragmentos y frases de este poderoso libro, empezando directamente por las cuatro primeras pertenecientes al capítulo 68 en el que el autor habla en glíglico.

  • «Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes».
  • «Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las anillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia».
  • «Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios».
  • «Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa».
  • “Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor”.
  • “¡Oh corazón mío, no te levantes para testimoniar en contra de mí!”.
  • “Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos”.
  • “Total parcial: te quiero. Total general: te amo”.
  • “Me miras, de cerca me miras, cada vez mas de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez mas de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes”.
  • «El alacrán clavándose el aguijón, harto de ser un alacrán pero necesitando de su alacranidad para acabar con el alacrán”.
  • “¿A vos no te pasa que te despertás a veces con la exacta conciencia de que en ese momento empieza una increíble equivocación?”.
  • “Pero lo malo del sueño no es el sueño. Lo malo es eso que llaman despertarse…”.
  • “No se puede querer lo que quiero, y en la forma en que lo quiero, y de yapa compartir la vida con los otros. Había que saber estar solo y que tanto querer hiciera su obra, me salvara o me matara”.
  • “La felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad”.
  • “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.
  • Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor.
  • Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.
  • Para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero.
  • Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor.
  • La verdadera otredad hecha de delicados contactos, de maravillosos ajustes con el mundo, no podía cumplirse desde un sólo término, a la mano tendida debía responder otra mano desde el afuera, desde lo otro.
  • Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames.
  • A veces me convenzo de que la estupidez se llama triángulo, de que ocho por ocho es la locura o un perro. Abrazado a la Maga, esa concreción de nebulosa, pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos.
  • Pero en el jazz como en cualquier arte hay siempre un montón de chantajistas. Una cosa es la música que puede traducirse en emoción y otra la emoción que pretende pasar por música. Dolor paterno en fa sostenido, carcajada sarcástica en amarillo, violeta y negro. No, hijo, el arte empieza más acá o más allá, pero no es nunca eso.
  • Era como una piedra negra en el medio de su alma.
  • ¿Cómo convencerá el asesinado a su asesino de que no ha de aparecérsele?
  • De golpe, en la mitad de una sonrisa la boca se te convierte en una araña peluda.
  • Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable.
  • Todo lo que se escribe en estos tiempos y que vale la pena leer está orientado hacia la nostalgia.

Imagen de portada: Gentileza de EFE

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. Enero 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Nuestros escritores/Frases memorables/Julio Cortázar.

La felicidad

María Teresa Andruetto es una de las escritoras argentinas más reconocidas en el mundo. Recibió el premio Hans Christian Andersen en 2012 y ahora está nominada al Astrid Lindgren.

EL CUENTO POR SU AUTOR

Un hombre, una mujer. Otoño en las sierras. Un día dorado, perfecto. Ese fue el comienzo. Antes y después, durante el paseo, la evidencia del paso del tiempo, la certeza de lo efímero. Y eso de que buscamos la felicidad sin saber a dónde está, como los borrachos de la frase de Voltaire. Y entonces, en la memoria, aquella película que vi de muy joven donde una mujer se retiraba a su modo de un asunto de tres. Tal vez el recuerdo es tan nítido porque esa mujer tenía mi nombre. Es probable que haya sido eso lo que tiñó de cierta melancolía a mi cuento.  

LA FELICIDAD

Buscamos la felicidad sin saber dónde está,

como los borrachos buscan su casa,

sabiendo que tienen una.

Voltaire

 

La felicidad se llamaba aquella película de Agnés Varda de la que todo el mundo hablaba y que ella vio una tarde de septiembre del setenta y tres.

Todavía recuerda con nitidez uno de los cuadros, esa mujer rubia como un ángel de estampita, sentada contra un árbol, con la cabeza del joven marido en la falda. 

La mujer rubia y el marido habían salido de picnic en aquella película, el sencillo paseo de dos que se aman, como la salida que ella misma está preparando ahora con su marido para este día en las sierras, treinta años más tarde. El peceto que acomodó en la conservadora hirvió anoche con un puñado de aromáticas de su pequeña huerta, mientras miraban un documental. Le costó quedarse sentada en el sofá, se levantó varias veces a ver cómo hervía el peceto y largaba ese olor intenso a laurel, después a hacer una llamada a su hijo que acababa de llegar de San Pablo y más tarde a chequear los mensajes que tal vez hubieran quedado en el contestador. 

Ya no tenía paciencia para ver entera una película, había empezado a sucederle en estos últimos años, pocas veces algo la atrapaba lo suficiente como para instalarse una hora en el sofá o en una butaca. Sin embargo alguna vez ella había tenido ganas de sentarse una hora en el cine, pendiente de la historia del carpintero y su mujer y le había dado buenos resultados.

Era un cine de la avenida Colón, al que iban los estudiantes. En mitad de la película, un desconocido sentado butaca de por medio, había estirado hacia ella su cabeza, ahora blanca de canas, y le había preguntado si quería maníes, y ella había tomado un puñado de maníes con cáscara, se lo había puesto en la falda y había seguido mirando la película como si quien se lo había ofrecido hubiera sido su hermano o un amigo de toda la vida. 

Ahora, mientras acomoda dos peras, dos manzanas, el peceto y los tomates en el fondo de la conservadora, ve por la ventana de la cocina que Humberto pone leña a reparo, bajo la galería. Después entra, dice que pronto empezará el frío, se saca las botas, se refriega los pies; le duele un poco la cintura. Se acerca y pregunta cómo va todo. Todo va bien, según ella, porque él la abraza ahora, y porque dice: todavía puedo, y ríen. El siempre hace bromas sobre los años y los achaques de los años.

Ella había ido a ver la película después de un examen de Literatura Francesa. Él estudiaba cine y apenas salieron del Moderno, la invitó a comer a un bodegón en el que hacían un picante de panza excepcional. 

Fue ahí, comiendo ese picante y tomando el vino de la casa cuando le explicó que Agnés Varda investigaba el color de una manera que a algunos les parecía decadente pero que él, y más tarde ella, cuando aprendió lo que él podía enseñarle, adoraba. La directora de la película era belga; cierta vez, muchos años más tarde, cuando Pablo estaba en segundo grado y Laura empezaba el Jardín de Infantes, habían hecho un viaje los dos, el viaje de sus vidas, y habían pasado por Brujas y Bruselas, tratando de coser lo roto después que Humberto se enredó con Emilia. 

Tiende a pensar que aquella historia con Emilia fue un entusiasmo pasajero, en un momento en el que ella se ocupaba demasiado de los hijos, pero de todas maneras no dejó de significar cierta pérdida de confianza, por el modo en que terminaron las cosas, y le costó años recuperar esa confianza, si es que puede decir que la ha recuperado. Incluso ahora, cuando ya es poco probable que él se decida a engañarla, no puede dejar de preguntarle muchas veces, demasiadas, si la quiere, porque a veces piensa, de un modo tonto lo piensa, que quizás él pudo haber elegido una vida mejor para sí y que se quedó con ella sólo por resguardar lo que tenían, lo que habían construido entre los dos.

Ya sobre el camino, ella empieza el mate, amargo como siempre le ha gustado a Humberto, como ahora le gusta también a ella. Sabe que la felicidad es algo que sólo se logra en unión con otro, que no es posible ser feliz sin esa alianza y entonces, si es así como ella cree, debe reconocer que, pese a todas las cosas que les han pasado, se podría decir sin faltar a la verdad que son felices, porque la alianza que han construido, aunque tuvo sus fisuras, se ha amalgamado bastante bien. No es buena esta yerba, dice él. En la película, los cuatro actores que representaban a la familia del carpintero enamorado, el protagonista, su mujer y sus dos hijos eran, en el mundo que está fuera del cine, también una familia, la familia Drouot. Rieron juntos por primera vez, cuando volcando un vino oscuro, desconocido, desde la boca del pingüino blanco al vaso de vidrio azul, en aquel bodegón mendocino, él le preguntó cómo se llamaba y ella dijo Teresa, rieron porque ése era también el nombre de la protagonista de La Felicidad.

El no mide sus fuerzas, ni siquiera ahora que tiene más de cincuenta; los años han pasado raudos desde aquella tarde, han pasado para los dos, pero él sigue siendo de algún modo aquel joven que jugaba básquet y trabajaba en el centro de estudiantes, una combinación que a ella le pareció enseguida irresistible. 

El seguía siendo, y era de agradecer, aquel muchacho que había conocido en el Moderno, el que vivía con dos amigos en un cuchitril frente a la cancha de Belgrano, estaba a punto de recibirse y quería hacer cine en los barrios. Seguía siendo y no aquel muchacho que no pudo terminar la carrera porque un día llegaron los militares al cuchitril donde vivía, preguntaron quién era Humberto Rosales y lo metieron ocho meses adentro; meses que parecen, ahora, en estas vidas que llevan más de cinco décadas, nada. Ocho meses y él salió y fue otro, porque el mundo era otro, silencioso era el mundo, y la Escuela de Cine había cerrado y ya no le importaba a nadie el cine en los barrios, ni importaba la nouvelle vague, ni parecía aceptable que, como en aquella película francesa, un marido tuviera una amante. 

Entonces ellos se abrazaron con desesperación, se cobijaron en una casa en las afueras de la ciudad, él consiguió un trabajo como viajante de comercio, al poco tiempo nació Pablo, fue corriendo la vida de todos los días y cada cosa sucedió como tenía que suceder.

Han pasado el Embalse, el embudo y las nueve curvas y toman ahora el camino a San Miguel de los Ríos. La felicidad es una prescindencia de necesidades, algo que por eso mismo sólo se puede alcanzar en la madurez, esta madurez que ha llegado para ellos plena y sin privaciones. 

Como la película de sus vidas, aquella que habían visto los dos en aquel cine fue pasando, arrastrados los espectadores, ella y el muchacho de entonces que la invitaba con maníes, por esa mujer rubia que comprendía que estaba de más en el mundo. Aceptar las cosas como son parecía lo más difícil, el paso a la felicidad, comprender a Humberto, sentir que pese a todo era otra vez suyo porque Emilia había decidido dejarlo, o quizá lo había decidido él.

Primero le gustó pensar en esta posibilidad, él había dejado a la otra por ella, pero después, con lo que pasó, por muchos años quiso que Emilia lo hubiera dejado a Humberto. Ahora, entre lo que deseaba antes y lo que empezó a desear después del accidente de Emilia, ya no puede precisar de qué modo le trasmitió Humberto la ruptura, sólo recuerda que tuvo que luchar para retenerlo. A veces es necesario que alguien muera, para que otros vivan como quieren, le había dicho una amiga, y eso es lo que había terminado por hacer Emilia después del affaire con Humberto, morir en un accidente doméstico.

Absurdo, a decir de su hermana que vivía con ella, porque había resbalado en la cocina, de un modo tonto, imprevisible, y se había desnucado sin un quejido siquiera. Así había hecho también la protagonista de aquella película francesa, había decidido irse, dejarle lugar a la amante, dejar libre el camino para dos, en un triángulo muy al gusto de la época.

Es increíble cómo se pone el bosque en otoño; la hojarasca amarilla y la luz que se filtra en la mañana de abril, pueden hasta hacer olvidar que hace unos meses hubo ahí un incendio. Sabe que esta felicidad que ha alcanzado es consecuencia de haber obrado como obró, de haber ciertamente tolerado algunas cosas, pequeñas corrosiones atravesadas como si de una aventura se tratara. Así es como ella, ellos, a caballo de la rutina, con algunos topetazos y relinchos se trasladaron desde aquella tarde en un cine hasta esta salida al campo. Él también ha de haber tolerado ciertas cosas, pero está segura de que ha recibido de su parte una dedicación sin restricciones. Ella no tuvo amantes, eso es algo que nunca le atrajo, siempre deseó una vida sencilla, sin complicaciones. En el puesto que está poco antes del ripio se han detenido a comprar un pan casero y un queso de cabra. Parece una tontería, pero en ese pan y ese queso está casi todo el bienestar que ahora persigue; ha encontrado cierta felicidad a medida que fue disminuyendo el deseo, las miserables ambiciones y apetencias, a medida que permanece atenta no más que a su casa, a su patio de flores y a su huerta. Este queso no es de cabra, es de vaca, dice él. Ella se distrae un momento, lo suficiente como para que él le ponga la mano sobre la rodilla y le pregunte en qué está pensando. En que ya nada es como antes, dice ella.

Han tomado un desvío y se internan ahora por un camino de ripio que parte en dos un bosque de pinos. No ha pasado mucho rato desde que pararon a comprar el queso y el pan, cuando se cruza por el camino un zorro. Todavía se ven zorros por aquí, dice ella y él aprovecha para hacerle notar que algunas cosas siguen siendo como antes. Pone su mano sobre la de él, algunas cosas siguen siendo como eran. 

Puede dar una rápida mirada hacia el costado y darse cuenta de que hay seres que sufren más que otros, ella tiene ciertos bienes y sabe que sin esos bienes no sentiría esta felicidad que ahora siente. Sabe también que lo que siente por este hombre que la acompaña, este hombre con el que ha tenido hijos, con el que ha andado un camino, con el que todavía, pese a los cuerpos que se gastan, hace el amor, excede esos bienes que poseen y se derrama hacia algo interior que va más allá de los objetos que compraron y de la familia que han construido. 

La felicidad es un estado, sí, como la angustia, depende en última instancia de la relación de cada uno consigo y es alcanzable, ahora lo sabe, de eso está segura, sólo en la madurez. Ella ha llegado a este punto como si se hubiera jubilado de algo, de los dolores de la vida o de sus pequeñas corrosiones. Como si se hubiera relajado, ahora que los hijos están finalmente bien, ahora que él ya no se irá de su lado ni ella tendrá que morir para dejarle el lugar a nadie, ahora que ha pasado la necesidad de retenerlo y entonces puede permitirse, por qué no, una cierta beatitud. Han tomado un camino estrecho, un recoveco de bosque, y después un sendero que desemboca en el arroyo, casi a la altura del puente colgante, y deciden bajar. Lo cierto es que hace tiempo que ella ha decidido aceptar la vida tal como es, ha resuelto ser feliz. Quizás por eso, consecuencia de eso, están ahora los dos en un buen momento, tienen otra vez tiempo para ellos, están transitando cierta felicidad.

Ella acomoda el mantel a cuadros, él baja la conservadora azul, ella improvisa la mesa del almuerzo, los vasos de acero inoxidable, los platos de madera, los cubiertos. El corta el peceto, corta el queso como si fuera de cabra, descorcha una botella de Malbec. La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar, alguna cosa que esperar y ella tiene qué hacer, tiene a quien amar, no sabe bien qué puede esperar pero seguramente algo aparecerá. Desde donde está, sentada en el suelo, junto al arroyo, sentada como cuando era joven, mira el plátano bajo el que han improvisado el picnic, ve su sombra sobre el río y recuerda aquel cuento de Mansfield en el que dos mujeres miran, en la noche, en el patio de una casa, un peral que parece que va a rozar el borde de la luna. Dos mujeres atrapadas en un círculo preguntándose qué deben hacer con esa felicidad que les oprime el pecho. Has estado distraída toda la mañana, dice él, casi no has dicho una palabra. Ella sonríe, no le pasa nada, no te preocupes, sólo le oprime un poco el pecho esa felicidad de ver los árboles estirarse hasta rozar el cielo. Él la mira. Ella sabe que él la mira como cuando quiere hacerle el amor. No la toma sin preguntarle nada, como solía hacer hasta hace algunos años, sino que da un rodeo. Ella también lo mira, acerca su mano a la cara de él, dice: después, en casa.

Salen a caminar, las zapatillas haciendo crujir las hojas. La luz filtrándose entre las ramas que caen hacia el río, la luz manchando el río. ¡Qué otoño!, dice ella. Caminan de la mano los dos como la tarde en que se conocieron, caminan hacia el puente colgante como caminaban entonces hasta el bodegón mendocino, comprendiendo que en el futuro de aquel ayer estaba esta tarde, este remanso para dos. No alcanzo a ver en qué momento me volví vieja, dice ella. Pero él no escucha, la detiene, le dice que la quiere como siempre. Después caminan por el bosque, sin hablar casi, seguidos por la música que hacen las hojas, hasta que avanza la tarde y piensan en volver. Quiero una foto de esta tarde, dice ella. El desenfunda la máquina, le pide que se acerque al arroyo. Sobre aquella piedra, dice ella y avanza sobre el río, haciendo equilibrio entre las piedras más pequeñas, hasta llegar a la piedra grande. ¿Aquí está bien?, pregunta. Ahí, ahí, dice él, justo cuando ella trastabilla y cae de un modo absurdo, un resbalón imprevisible sobre la piedra. Cae sin un quejido siquiera, sobre las piedras pequeñas, sobre el agua.

*María Teresa Andruetto escribe desde su casa en Unquillo, Córdoba, donde vive hace 21 años. Desde allí, despliega una obra literaria donde el habla vuela con cadencia poética en forma de poemas, cuentos y novelas. Es una de las escritoras argentinas más reconocidas del mundo, recibió el premio Hans Christian Andersen en 2012 y ahora está nominada al Astrid Lindgren, una distinción sueca también destinada a la literatura infantil, una definición que saca del encasillamiento, al entender que el arte es un espacio de libertad, donde las voces encuentran su propio ritmo y se hacen escuchar en su diversidad.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12

Sociedad y Cultura/Literatura/Nuestros escritores

 

 

La felicidad

María Teresa Andruetto es una de las escritoras argentinas más reconocidas en el mundo. Recibió el premio Hans Christian Andersen en 2012 y ahora está nominada al Astrid Lindgren.

EL CUENTO POR SU AUTOR

Un hombre, una mujer. Otoño en las sierras. Un día dorado, perfecto. Ese fue el comienzo. Antes y después, durante el paseo, la evidencia del paso del tiempo, la certeza de lo efímero. Y eso de que buscamos la felicidad sin saber a dónde está, como los borrachos de la frase de Voltaire. Y entonces, en la memoria, aquella película que vi de muy joven donde una mujer se retiraba a su modo de un asunto de tres. Tal vez el recuerdo es tan nítido porque esa mujer tenía mi nombre. Es probable que haya sido eso lo que tiñó de cierta melancolía a mi cuento.  

LA FELICIDAD

Buscamos la felicidad sin saber dónde está,

como los borrachos buscan su casa,

sabiendo que tienen una.

Voltaire

 

La felicidad se llamaba aquella película de Agnés Varda de la que todo el mundo hablaba y que ella vio una tarde de septiembre del setenta y tres.

Todavía recuerda con nitidez uno de los cuadros, esa mujer rubia como un ángel de estampita, sentada contra un árbol, con la cabeza del joven marido en la falda. 

La mujer rubia y el marido habían salido de picnic en aquella película, el sencillo paseo de dos que se aman, como la salida que ella misma está preparando ahora con su marido para este día en las sierras, treinta años más tarde. El peceto que acomodó en la conservadora hirvió anoche con un puñado de aromáticas de su pequeña huerta, mientras miraban un documental. Le costó quedarse sentada en el sofá, se levantó varias veces a ver cómo hervía el peceto y largaba ese olor intenso a laurel, después a hacer una llamada a su hijo que acababa de llegar de San Pablo y más tarde a chequear los mensajes que tal vez hubieran quedado en el contestador. 

Ya no tenía paciencia para ver entera una película, había empezado a sucederle en estos últimos años, pocas veces algo la atrapaba lo suficiente como para instalarse una hora en el sofá o en una butaca. Sin embargo alguna vez ella había tenido ganas de sentarse una hora en el cine, pendiente de la historia del carpintero y su mujer y le había dado buenos resultados.

Era un cine de la avenida Colón, al que iban los estudiantes. En mitad de la película, un desconocido sentado butaca de por medio, había estirado hacia ella su cabeza, ahora blanca de canas, y le había preguntado si quería maníes, y ella había tomado un puñado de maníes con cáscara, se lo había puesto en la falda y había seguido mirando la película como si quien se lo había ofrecido hubiera sido su hermano o un amigo de toda la vida. 

Ahora, mientras acomoda dos peras, dos manzanas, el peceto y los tomates en el fondo de la conservadora, ve por la ventana de la cocina que Humberto pone leña a reparo, bajo la galería. Después entra, dice que pronto empezará el frío, se saca las botas, se refriega los pies; le duele un poco la cintura. Se acerca y pregunta cómo va todo. Todo va bien, según ella, porque él la abraza ahora, y porque dice: todavía puedo, y ríen. El siempre hace bromas sobre los años y los achaques de los años.

Ella había ido a ver la película después de un examen de Literatura Francesa. Él estudiaba cine y apenas salieron del Moderno, la invitó a comer a un bodegón en el que hacían un picante de panza excepcional. 

Fue ahí, comiendo ese picante y tomando el vino de la casa cuando le explicó que Agnés Varda investigaba el color de una manera que a algunos les parecía decadente pero que él, y más tarde ella, cuando aprendió lo que él podía enseñarle, adoraba. La directora de la película era belga; cierta vez, muchos años más tarde, cuando Pablo estaba en segundo grado y Laura empezaba el Jardín de Infantes, habían hecho un viaje los dos, el viaje de sus vidas, y habían pasado por Brujas y Bruselas, tratando de coser lo roto después que Humberto se enredó con Emilia. 

Tiende a pensar que aquella historia con Emilia fue un entusiasmo pasajero, en un momento en el que ella se ocupaba demasiado de los hijos, pero de todas maneras no dejó de significar cierta pérdida de confianza, por el modo en que terminaron las cosas, y le costó años recuperar esa confianza, si es que puede decir que la ha recuperado. Incluso ahora, cuando ya es poco probable que él se decida a engañarla, no puede dejar de preguntarle muchas veces, demasiadas, si la quiere, porque a veces piensa, de un modo tonto lo piensa, que quizás él pudo haber elegido una vida mejor para sí y que se quedó con ella sólo por resguardar lo que tenían, lo que habían construido entre los dos.

Ya sobre el camino, ella empieza el mate, amargo como siempre le ha gustado a Humberto, como ahora le gusta también a ella. Sabe que la felicidad es algo que sólo se logra en unión con otro, que no es posible ser feliz sin esa alianza y entonces, si es así como ella cree, debe reconocer que, pese a todas las cosas que les han pasado, se podría decir sin faltar a la verdad que son felices, porque la alianza que han construido, aunque tuvo sus fisuras, se ha amalgamado bastante bien. No es buena esta yerba, dice él. En la película, los cuatro actores que representaban a la familia del carpintero enamorado, el protagonista, su mujer y sus dos hijos eran, en el mundo que está fuera del cine, también una familia, la familia Drouot. Rieron juntos por primera vez, cuando volcando un vino oscuro, desconocido, desde la boca del pingüino blanco al vaso de vidrio azul, en aquel bodegón mendocino, él le preguntó cómo se llamaba y ella dijo Teresa, rieron porque ése era también el nombre de la protagonista de La Felicidad.

El no mide sus fuerzas, ni siquiera ahora que tiene más de cincuenta; los años han pasado raudos desde aquella tarde, han pasado para los dos, pero él sigue siendo de algún modo aquel joven que jugaba básquet y trabajaba en el centro de estudiantes, una combinación que a ella le pareció enseguida irresistible. 

El seguía siendo, y era de agradecer, aquel muchacho que había conocido en el Moderno, el que vivía con dos amigos en un cuchitril frente a la cancha de Belgrano, estaba a punto de recibirse y quería hacer cine en los barrios. Seguía siendo y no aquel muchacho que no pudo terminar la carrera porque un día llegaron los militares al cuchitril donde vivía, preguntaron quién era Humberto Rosales y lo metieron ocho meses adentro; meses que parecen, ahora, en estas vidas que llevan más de cinco décadas, nada. Ocho meses y él salió y fue otro, porque el mundo era otro, silencioso era el mundo, y la Escuela de Cine había cerrado y ya no le importaba a nadie el cine en los barrios, ni importaba la nouvelle vague, ni parecía aceptable que, como en aquella película francesa, un marido tuviera una amante. 

Entonces ellos se abrazaron con desesperación, se cobijaron en una casa en las afueras de la ciudad, él consiguió un trabajo como viajante de comercio, al poco tiempo nació Pablo, fue corriendo la vida de todos los días y cada cosa sucedió como tenía que suceder.

Han pasado el Embalse, el embudo y las nueve curvas y toman ahora el camino a San Miguel de los Ríos. La felicidad es una prescindencia de necesidades, algo que por eso mismo sólo se puede alcanzar en la madurez, esta madurez que ha llegado para ellos plena y sin privaciones. 

Como la película de sus vidas, aquella que habían visto los dos en aquel cine fue pasando, arrastrados los espectadores, ella y el muchacho de entonces que la invitaba con maníes, por esa mujer rubia que comprendía que estaba de más en el mundo. Aceptar las cosas como son parecía lo más difícil, el paso a la felicidad, comprender a Humberto, sentir que pese a todo era otra vez suyo porque Emilia había decidido dejarlo, o quizá lo había decidido él.

Primero le gustó pensar en esta posibilidad, él había dejado a la otra por ella, pero después, con lo que pasó, por muchos años quiso que Emilia lo hubiera dejado a Humberto. Ahora, entre lo que deseaba antes y lo que empezó a desear después del accidente de Emilia, ya no puede precisar de qué modo le trasmitió Humberto la ruptura, sólo recuerda que tuvo que luchar para retenerlo. A veces es necesario que alguien muera, para que otros vivan como quieren, le había dicho una amiga, y eso es lo que había terminado por hacer Emilia después del affaire con Humberto, morir en un accidente doméstico.

Absurdo, a decir de su hermana que vivía con ella, porque había resbalado en la cocina, de un modo tonto, imprevisible, y se había desnucado sin un quejido siquiera. Así había hecho también la protagonista de aquella película francesa, había decidido irse, dejarle lugar a la amante, dejar libre el camino para dos, en un triángulo muy al gusto de la época.

Es increíble cómo se pone el bosque en otoño; la hojarasca amarilla y la luz que se filtra en la mañana de abril, pueden hasta hacer olvidar que hace unos meses hubo ahí un incendio. Sabe que esta felicidad que ha alcanzado es consecuencia de haber obrado como obró, de haber ciertamente tolerado algunas cosas, pequeñas corrosiones atravesadas como si de una aventura se tratara. Así es como ella, ellos, a caballo de la rutina, con algunos topetazos y relinchos se trasladaron desde aquella tarde en un cine hasta esta salida al campo. Él también ha de haber tolerado ciertas cosas, pero está segura de que ha recibido de su parte una dedicación sin restricciones. Ella no tuvo amantes, eso es algo que nunca le atrajo, siempre deseó una vida sencilla, sin complicaciones. En el puesto que está poco antes del ripio se han detenido a comprar un pan casero y un queso de cabra. Parece una tontería, pero en ese pan y ese queso está casi todo el bienestar que ahora persigue; ha encontrado cierta felicidad a medida que fue disminuyendo el deseo, las miserables ambiciones y apetencias, a medida que permanece atenta no más que a su casa, a su patio de flores y a su huerta. Este queso no es de cabra, es de vaca, dice él. Ella se distrae un momento, lo suficiente como para que él le ponga la mano sobre la rodilla y le pregunte en qué está pensando. En que ya nada es como antes, dice ella.

Han tomado un desvío y se internan ahora por un camino de ripio que parte en dos un bosque de pinos. No ha pasado mucho rato desde que pararon a comprar el queso y el pan, cuando se cruza por el camino un zorro. Todavía se ven zorros por aquí, dice ella y él aprovecha para hacerle notar que algunas cosas siguen siendo como antes. Pone su mano sobre la de él, algunas cosas siguen siendo como eran. 

Puede dar una rápida mirada hacia el costado y darse cuenta de que hay seres que sufren más que otros, ella tiene ciertos bienes y sabe que sin esos bienes no sentiría esta felicidad que ahora siente. Sabe también que lo que siente por este hombre que la acompaña, este hombre con el que ha tenido hijos, con el que ha andado un camino, con el que todavía, pese a los cuerpos que se gastan, hace el amor, excede esos bienes que poseen y se derrama hacia algo interior que va más allá de los objetos que compraron y de la familia que han construido. 

La felicidad es un estado, sí, como la angustia, depende en última instancia de la relación de cada uno consigo y es alcanzable, ahora lo sabe, de eso está segura, sólo en la madurez. Ella ha llegado a este punto como si se hubiera jubilado de algo, de los dolores de la vida o de sus pequeñas corrosiones. Como si se hubiera relajado, ahora que los hijos están finalmente bien, ahora que él ya no se irá de su lado ni ella tendrá que morir para dejarle el lugar a nadie, ahora que ha pasado la necesidad de retenerlo y entonces puede permitirse, por qué no, una cierta beatitud. Han tomado un camino estrecho, un recoveco de bosque, y después un sendero que desemboca en el arroyo, casi a la altura del puente colgante, y deciden bajar. Lo cierto es que hace tiempo que ella ha decidido aceptar la vida tal como es, ha resuelto ser feliz. Quizás por eso, consecuencia de eso, están ahora los dos en un buen momento, tienen otra vez tiempo para ellos, están transitando cierta felicidad.

Ella acomoda el mantel a cuadros, él baja la conservadora azul, ella improvisa la mesa del almuerzo, los vasos de acero inoxidable, los platos de madera, los cubiertos. El corta el peceto, corta el queso como si fuera de cabra, descorcha una botella de Malbec. La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar, alguna cosa que esperar y ella tiene qué hacer, tiene a quien amar, no sabe bien qué puede esperar pero seguramente algo aparecerá. Desde donde está, sentada en el suelo, junto al arroyo, sentada como cuando era joven, mira el plátano bajo el que han improvisado el picnic, ve su sombra sobre el río y recuerda aquel cuento de Mansfield en el que dos mujeres miran, en la noche, en el patio de una casa, un peral que parece que va a rozar el borde de la luna. Dos mujeres atrapadas en un círculo preguntándose qué deben hacer con esa felicidad que les oprime el pecho. Has estado distraída toda la mañana, dice él, casi no has dicho una palabra. Ella sonríe, no le pasa nada, no te preocupes, sólo le oprime un poco el pecho esa felicidad de ver los árboles estirarse hasta rozar el cielo. Él la mira. Ella sabe que él la mira como cuando quiere hacerle el amor. No la toma sin preguntarle nada, como solía hacer hasta hace algunos años, sino que da un rodeo. Ella también lo mira, acerca su mano a la cara de él, dice: después, en casa.

Salen a caminar, las zapatillas haciendo crujir las hojas. La luz filtrándose entre las ramas que caen hacia el río, la luz manchando el río. ¡Qué otoño!, dice ella. Caminan de la mano los dos como la tarde en que se conocieron, caminan hacia el puente colgante como caminaban entonces hasta el bodegón mendocino, comprendiendo que en el futuro de aquel ayer estaba esta tarde, este remanso para dos. No alcanzo a ver en qué momento me volví vieja, dice ella. Pero él no escucha, la detiene, le dice que la quiere como siempre. Después caminan por el bosque, sin hablar casi, seguidos por la música que hacen las hojas, hasta que avanza la tarde y piensan en volver. Quiero una foto de esta tarde, dice ella. El desenfunda la máquina, le pide que se acerque al arroyo. Sobre aquella piedra, dice ella y avanza sobre el río, haciendo equilibrio entre las piedras más pequeñas, hasta llegar a la piedra grande. ¿Aquí está bien?, pregunta. Ahí, ahí, dice él, justo cuando ella trastabilla y cae de un modo absurdo, un resbalón imprevisible sobre la piedra. Cae sin un quejido siquiera, sobre las piedras pequeñas, sobre el agua.

*María Teresa Andruetto escribe desde su casa en Unquillo, Córdoba, donde vive hace 21 años. Desde allí, despliega una obra literaria donde el habla vuela con cadencia poética en forma de poemas, cuentos y novelas. Es una de las escritoras argentinas más reconocidas del mundo, recibió el premio Hans Christian Andersen en 2012 y ahora está nominada al Astrid Lindgren, una distinción sueca también destinada a la literatura infantil, una definición que saca del encasillamiento, al entender que el arte es un espacio de libertad, donde las voces encuentran su propio ritmo y se hacen escuchar en su diversidad.

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Ricardo Romero y el fin del mundo a la vuelta de la esquina.

El escritor argentino publicó este año la décima y más ambiciosa de sus novelas: Big Rip, en la que propone un apocalipsis silencioso, difuso, que podría quizá ya haber comenzado.

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Una curiosa historia de la literatura podría escribirse a través de un recorrido por sus obras más grandes, no en el sentido de grandeza sino de tamaño: los libros más voluminosos, las aventuras literarias más desmesuradas. Ahí se reunirían En busca del tiempo perdido, Guerra y paz, la Novela de Genji, Las aventuras del rey mono y unas cuantas otras novelas enormes. En nuestros tiempos de vértigo, de fragmentariedad, de pantallas por todas partes, leer esos libros resulta casi revolucionario. Y escribirlos, ni hablar. Por fortuna, sigue habiendo autores que se animan a semejantes gestas.

El argentino Ricardo Romero es uno de los ejemplos más recientes. Su novela Big Rip –800 páginas de letra apretada publicadas hace unos meses por Alfaguara en Buenos Aires– propone a los lectores una versión del fin del mundo. Un apocalipsis que tiene poco que ver con los que suele imaginar el cine de Hollywood: una realidad que se disgrega, se desintegra, se desgarra, como sugiere el título de la novela. Un fin del mundo a la vuelta de la esquina, que podría empezar en cualquier momento, que tal vez ya comenzó.

Situada en una ciudad innominada pero que se parece mucho a Córdoba (Argentina) y tiene también cosas de Buenos Aires, con personajes que aparecen y desaparecen y se transforman en otros sin dejar de ser los mismos, Big Rip se despliega como un experimento fascinante, una escritura que parece ponerse a prueba y exprimirse a sí misma, como si el propio texto se esparciese por las páginas en busca de su propia disolución.

En la penúltima de esas páginas, cuando el lector ya ve el hogar al que regresa tras haber recorrido la novela como quien explora los restos de una civilización perdida en medio de la selva (la figura es de Piglia, en el prólogo a Los sorias, de Alberto Laiseca), se lee esta frase: “Puedo escuchar cómo los edificios crujen como árboles sacudidos por el viento, crujen sobre todo como edificios, haya viento o no. Y hay un lenguaje en ese crujir”. Y uno tiene la vaga sensación de que toda la novela ha sido escrita con ese lenguaje, en un idioma similar al nuestro pero ligeramente desenfocado.

¿Cómo surge, antes que la novela, el proyecto, la idea de escribir una novela de estas dimensiones? Romero me cuenta que la vislumbró hace unos quince años. Fue a partir de una imagen, una intuición, una frase: “Un vaso con lava sobre la mesa de luz”. Pero en ese momento “no estaba preparado, no sabía cómo hacerlo”, me explica el autor. “Lo intenté varias veces, escribía treinta o cuarenta páginas, pero no me convencía y lo dejaba”. He ahí, me parece, un mérito: reconocer cuándo las ambiciones están por encima de las propias posibilidades. Y estar dispuesto a hacer el esfuerzo y el camino para alcanzar esas alturas.

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Ricardo Romero nació en Paraná, provincia de Entre Ríos, en 1976. Estudió Letras en Córdoba y en 2002 se radicó en Buenos Aires. Al año siguiente comenzó a dirigir la revista literaria Oliverio y publicó su primera novela, titulada Ninguna parte. Luego llegaron un libro de cuentos y otras nueve novelas, y con ellas las traducciones: al inglés, al italiano, al portugués, al turco. De hecho, su penúltima novela, Yo soy el invierno (ganadora del primer premio del Fondo Nacional de las Artes en Argentina en 2017), se publicó en francés el año pasado y aún permanece inédita en español.

Además, trabajó como editor durante más de tres lustros en sellos como Gárgola y Aquilina, y fue uno de los responsables de Negro Absoluto, colección de novela negra que incluyó tres títulos de su autoría: El síndrome de Rasputín (2008), Los bailarines del fin del mundo (2009) y El spleen de los muertos (2013). Desde hace varios años, por otra parte, da clases en dos materias de la Licenciatura en Artes de la Escritura, en la Universidad Nacional de las Artes, con sede en Buenos Aires.

Y es coautor –junto con Luciano Saracino– del guion de la película Necronomicón, el libro del infierno (dirigida por Marcelo Schapces y estrenada en 2018). El punto de partida del filme es, por supuesto, el universo literario de H. P. Lovecraft, según cuyos relatos uno de los únicos cinco ejemplares que se conservan del libro maldito se halla oculto en algún anaquel perdido de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

Todo eso sirvió para que Romero se sintiera, esta vez sí, preparado para lanzarse a la escritura de su gran proyecto. En marzo de 2016 viajó a Francia para participar en la residencia para escritores de la Villa Marguerite Yourcenar. “Lo único que tenía que hacer ahí era leer y escribir, y me dije: es ahora o nunca –cuenta–. Me llevé un par de libros grandes: El tiempo y el río, de Thomas Wolff, y el Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki, las cinco temporadas que había en ese momento de Game of Thrones y el material que tenía como para empezar. Y la verdad es que fue muy productivo. Escribí muchísimo en ese mes. Lo suficiente como para sentar las bases y decir: ya está, ya arranqué, ahora me puede llevar tres, cuatro, diez años más, pero ya arranqué”. El Big Rip había comenzado.

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En Big Rip se percibe una tensión permanente entre el afán de abarcarlo todo, como suele suceder con las novelas de esta magnitud, y el aprovechamiento de los huecos, los silencios, las elipsis, las sugerencias. Como si la idea de novela total chocara con la de novela fractal –se han utilizado los dos conceptos para referirse a ella, incluso en el texto de la contratapa– y de esa colisión surgiera, en todas direcciones, los sentidos de la obra.

Romero entiende que se use la expresión “novela total”, porque tiene que ver con cierta idea de desmesura y ambición, pero (además de reconocer que lo “abruma un poco”) subraya que “la totalidad no existe”. “Es una ficción que a mí me interesaba desarmar –explica–. No quería que la novela tuviera un cierre ni argumental, ni poética, ni estructuralmente. Lo cual no quiere decir que esté inconclusa, sino que la suya es una forma temblorosa, que para mí es una expresión de lo real”.

Amante de Twin Peaks (una de las colecciones que dirigió en la editorial Gárgola se llamó “Laura Palmer no ha muerto”), Romero riega sus páginas de una suerte de rocío lynchiano que lo impregna todo. Así, lo realista y en apariencia simple se presenta como misterioso, mientras que lo fantástico o sobrenatural se abre paso como si viniera a reclamar lo que le pertenece, lo que le corresponde por derecho propio.

Cuando le pregunto si cree acertada la calificación –incluida en algunas reseñas– de novela experimental para Big Rip, Romero dice que no: que en todo caso es una novela experiencial. “Lo experimental tiene que ver con una claridad conceptual respecto a lo que estás haciendo, porque un experimento es algo controlado”, apunta. Lo experiencial sería lo contrario: “Cuando aparecía cierta posibilidad de control, yo trataba de evitarla, de sabotearla un poco”.

Pero ¿qué quiere decir? ¿Acaso el autor no “controla” el texto que escribe? Sí: en parte. “Uno puede manejar un sentido, el que tiene en la cabeza, pero no la cantidad de sentidos nuevos que empiezan a aparecer y a relacionarse entre sí”, dice Romero. Y agrega que muchos textos de la tercera parte de la novela nacieron a partir de frases de textos anteriores, a los que “les preguntaba y explotaban, y de repente aparecían otro espacio, otros personajes”, y entonces el autor se decía: “Vamos por ahí”.

Esa idea se relaciona con otra de las características de la obra de Romero: su oposición a la hipercorrección, su interés focalizado mucho más en la experiencia que en el resultado de la escritura. “Una de mis batallas personales, que es una batalla poética pero también política, es desarmar esa relación con el resultadismo”, asegura el autor. “Yo no quiero que el resultado defina mi experiencia. Pasé cuatro años escribiendo esto. Ese trabajo se disfruta en sí mismo, por la energía que le puse, por lo que experimenté mientras lo hacía, por los cambios que viví mientras escribía. Mi relación con la escritura cambió en ese lapso. Y yo terminé en paz por eso. ¿El resultado? La verdad que no sé cuál es el resultado”.

Parece una mirada lúcida. ¿Hay algún autor que realmente sepa cuál es el resultado de su trabajo? Para esa tarea, en todo caso, estamos los lectores.

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En estos días, mientras atraviesa otra experiencia nueva –la de convertirse en padre–, Ricardo Romero trabaja en el guion de un cómic (que se editará antes en inglés que en español) y en la producción de una serie de podcasts que pondrán en escena, en modo radioteatro, varios cuentos de la literatura argentina. Y le gustaría volver a escribir para cine, y también incursionar en el mundo de las series. Pero aclara: “A mí lo que me apasiona es la novela. Es adonde yo siempre quiero volver. Es mi casa”.

¿Cómo será entonces la próxima? “Tengo una novela empezada, con apuntes y notas… Pero por ahora no me quiero meter. No tengo apuro. Y por supuesto tengo la fantasía de que Big Rip no será mi novela más larga. Es una fantasía, una especie de actitud. Puede pasar que esta sea mi novela larga de los cuarenta. ¿Cuál será la de los cincuenta? Tengo algunas ideas dando vueltas, pero hay que dejarlas que hagan su recorrido. Que encuentren su espacio, su lugar”.

Y que encuentren su propio lenguaje, también, como ese de los edificios que crujen haya viento o no.

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Por Cristián Vazquez. Diciembre 2021

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