La Pandemia y los recuerdos de la Argentina

Memoria-olvido

En las incesantes conversaciones que mantenemos para combatir los embates del tedio que causa el prolongado encierro anti pandémico, mi hijo Oliverio tensa las cuerdas de su excepcional memoria, como si fuera un Yupanqui puntuando su guitarra, y hace surgir temas que sobrevuelan los obvios de la pandemia; por momentos, atentos y habiendo arrinconado triunfalmente al tedio, sus evocaciones nos hacen sentir en esos momentos privilegiados que no pasa nada y que todo es normal, hay un pasado, hay una historia que vale la pena recuperar. 

Los temas que brotan en cada ocasión remiten a viejas cuestiones inherentes a la vida y a la historia de este país cuyo pasado y sus enigmas nos siguen apasionando. 

Eso dura lo que dura la conversación, es normal, los días son largos, no hay muchas decisiones que haya que tomar pero algo queda y darle cuerpo tiene sentido, después de todo, mientras no estamos afectados, el futuro tampoco lo está y esto va a pasar y lo recordaremos, acaso surja un Daniel Defoe que lo describa y lo eternice.

En una de ésas y como desafiando a mi memoria me interroga sobre algo que supone que puedo, o debo, recordar: la delantera del equipo de Independiente de su época de mayor brillo. Me esfuerzo y lo saco, Sastre, Erico, de la Mata y por ahí Zorrilla. Se destaca la figura de Erico, su elegancia, su discreción, sus virtudes, comparables, en otro plano, con lo que pasaba en el país en plena “década infame” y en eso nos detenemos, hay más junto a Erico y no sólo en el deporte: estaba lleno de excepcionalidades en los años 30: Borges era Borges y lo acompañaban otros escritores no menos sólidos, Arlt, la revista Sur y la infatigable Victoria Ocampo y qué decir de Gardel y junto a él del tango que cubría el imaginario nacional y más allá, de Spilimbergo y Berni y la secuela de inolvidables pintores y escultores, de las investigaciones de Houssay, del rigor de Amado Alonso y de la audacia de Ángel Rosenblat, del ingenio de los Discépolo, de Nini Marshall y la cohorte de humoristas que alegraban la existencia, de los hermanos Finochietto, del sainete que movía multitudes, hasta del mitológico y adorado Justo Suárez y de Luis Ángel Firpo, en todos los órdenes de la vida un esplendor de talento e imaginación, héroes individuales de un momento que probablemente no tenga igual, enceguecedora luz pese a lo sombrío de la vida política, el auge de la pobreza y las grandes migraciones del campo a las ciudades y el oscuro nacimiento de las villas.

En ese contraste, del que un ejemplo son las actuaciones más que estridentes de un Liborio Justo, ese díscolo hijo del presidente de la entrega, que enfrenta al parlamento con una espectacularidad inesperada, un hijo de la oligarquía antinacional que aterra a su familia, nuestra conversación cambia de rumbo: esas contradicciones son muy difíciles de entender pero, en todo caso, ambos lados de la contradicción están vinculados con la central cuestión de la identidad nacional: el esplendor de esos “héroes” como manifestaciones de una afirmación, las ominosas situaciones sociales como la imposibilidad de esa misma sociedad de ser.

Hablamos de la afirmación: se diría que está en una fe y en el orden de un deseo complejo, heredado de las utopías sarmientinas y alterado por los resultados de una inmigración ansiosa de comprender en dónde está, por qué está en este lugar tan alejado de su origen. }

La imposibilidad engendra la potente idea del nacionalismo, tan confundido en tantos aspectos, y, posteriormente, explica el peronismo y su duradera implantación. 

Como se ve, del inocente juego de la memoria, de Arsenio Erico y sus inolvidables gambetas, llegamos a un punto nodal, a una cuestión que nos sigue percutiendo en el pensamiento y que tiene todo el aspecto de estar hoy en crisis, con pandemia o sin ella, privatización, tecnologización, padecimiento cultural, despersonalización, pérdida de soberanía frente a tentativa de reconstrucción, autonomía, lenguaje propio, recursos legítimos, mayor distribución. 

O sea ¿de qué hablamos cuando hablamos? ¿Hablamos en la actualidad, de un expresivo 48% frente a un incomprensible 40%?

Pero no es sólo eso: la conversación llega, como desprendiéndose fatalmente de los términos que hemos apuntado, a un punto de sorpresa en mi hijo y respecto del cual mi respuesta es apenas un borrador: se pregunta por qué los descendientes de los muchos, muchísimos, que proceden de variados lugares del mundo, parecen haber borrado totalmente todo rasgo de su origen, no se les nota lo que queda de lo gallego ni de lo calabrés ni de lo judío ni de lo ucraniano ni de lo polaco, lo que no quiere decir que haya desaparecido toda presencia de todas esas etnias en esta ya compleja sociedad; al contrario, hay “Centro Gallego”, hay “Hospital Italiano”, hay “Daia”, hay “Club Sirio-Libanés”, hay “Centro Armenio”, pero ninguno de ellos es un reducto del origen, casi todos son empresas abiertas a tutti quanti, no se habla italiano en el Italiano ni alemán en el Alemán y así siguiendo. 

Pero no se trata de eso, son vibrantes recuerdos de un momento de anclaje pero lo que observamos, si es que eso tiene un sentido, es que no hay restos en los seres que ya se han fundido y confundido con esta sociedad.

Trato de explicarlo. 

Somos, la mayoría, la primera o la segunda generación y hasta la tercera de los que fueron llegando a estas tierras: los de la primera, con esfuerzo, recuerdan y evocan a sus progenitores, más abuelos que padres, yo mis padres y mis abuelos; algunos, incluso, viajan para ver de dónde salieron sus padres o abuelos con la esperanza de determinar por qué lo hicieron y por qué a este lugar; muchos, también, evocan la gesta de la llegada y de la integración, hay una literatura nostálgica y reverencial sobre los que primero pisaron este suelo. 

En los de la segunda el origen es un eco lejano, casi inaudible, el aquí y el ahora predomina, la memoria se detiene. Pero, en todos los casos, no hay rastros en el lenguaje ¿Se ha perdido el linaje, ha desaparecido el interés por recuperarlo? ¿O no hay nada de qué jactarse?

Podría decirse que la fusión ha sido en ciertos casos tan completa que herederos de los inmigrantes han asumido el olvido con tanta naturalidad que no se distingue en ellos nada del origen: ¿se recuerda lo italiano en los Frondizi, se convoca a lo sirio en los Menem, se recuerda lo español en los varios Fernández, todos primeros actores en este complicado devenir que es la vida política y cultural del país?

Por otro lado, según cierta manera de ver, es como si se hubiera realizado el sueño de conformar una nueva etnia, un objetivo que acaso se plantearon Alberdi, Sarmiento, con sus grandes decepciones, y los constituyentes de 1853. 

Eso no quiere decir que todo transcurra como miel sobre hojuelas: cuando el atentado a la AMIA se hablaba de judíos en exclusiva, no de argentinos que podían ser judíos o lo que fuere y también se sospechaba que Menem protegía a sirios sospechosos de ser los autores y ni qué decir recordar que Kicillof era nieto de un rabino. 

Ése es otro capítulo, no me voy a internar en él, lo que para culminar esta nota quiero decir es que quizás el momento del olvido de los vástagos de la inmigración comienza el día en que sus antecesores miran, como lo hizo Martín Fierro, las “últimas poblaciones” y tienen fuertes razones para no querer evocarlas, la miseria, las persecuciones, los sufrimientos, la falta de porvenir, el hambre, arrasan con la nostalgia y borran los sueños, se abre un presente incierto pero infinito que se hace futuro y la memoria se puebla de otras impresiones, raras, difíciles pero muy diferentes a las abandonadas y nada cuesta disiparlas. 

¿Evocarán los gallegos con morriña y llanto la sequedad de sus campos, los judíos los pogromos, los italianos el terror, los chinos la explotación? 

Y eso, los riesgos del ser, eso es lo olvidable y se transmite y se encarna, el lenguaje lo muestra, quizás lo padezca y sea una pérdida, pero quién sabe. 

FUENTE: Página 12 – Sociedad – República Argentina – Por Noé Jitrik

Abortado secuestro

Esto no es nada más; que la transcripción textual de lo vivido por el Sr. Jorge Fontevecchia en marzo de 1983, contado por Pablo Burgos , Reader Revenue Manager de Grupo Perfil.

El jueves 24 de marzo de 1983, a las 19:20, el otoño prometía frío y la Argentina era una porquería. Hacía justo siete años que la peor dictadura había tomado el poder mientras la sociedad miraba para otro lado, los medios guardaban silencio y los políticos no sabían qué hacer. La Argentina era una porquería de muerte y complicidad, pero el tiempo de la dictadura llegaba a su fin. Sólo que no estaba dispuesta a irse sin demostrar que todavía podía hacer daño, mucho daño.

Doce autos Ford Falcon estacionaron ruidosamente frente al número 1113 de la calle Sarmiento, a metros del Obelisco. Treinta hombres, entre civiles y uniformados, descendieron y acordonaron la zona. Algunos entraron corriendo hasta el segundo piso del edificio, en donde la revista La Semana tenía su redacción. El policía que se presentó en la recepción decía llamarse Luis Alberto Habib, ser comisario y tener una premisa: encontrar a Jorge Fontevecchia. Le dijeron que estaba por llegar y era cierto. A los pocos minutos, un joven de 27 años, barbado, apareció al abrirse las puertas del ascensor.

Comisario: ¿Jorge Fontevecchia?

Fontevecchia: Sí, espéreme un segundo que ya lo hago pasar.

Pero el editor no giró hacia su oficina sino a la de Andrés Soto, el entonces director periodístico de la editorial. Fontevecchia sabía que las cosas no estaban bien. La noche anterior, la planta de impresión de la revista había sido allanada por fuerzas de seguridad para secuestrar la edición 328. El editor había hecho lo que el dirigente radical Raúl Alfonsín le había aconsejado no hacer: llevar a tapa un informe sobre Alfredo Astiz, el «Ángel de la Muerte», el oficial que se había rendido sin combatir en la Guerra de Malvinas, pero que antes se había hecho célebre por infiltrarse con eficiencia entre las Madres de Plaza de Mayo. Era la primera vez que su rostro y su historia negra aparecían en un medio masivo.

El allanamiento llegó tarde, porque la mayoría de los ejemplares ya se estaban distribuyendo por los kioscos. Jorge Fontevecchia se había pasado el día con sus abogados evaluando los pasos a seguir. Y ahora que un comisario lo esperaba en la recepción, sabía que las cosas estaban definitivamente mal y que debía pensar rápido. También sabía que no quería que lo detuvieran otra vez.

Hacía cuatro años, cuando tenía 23, había sido capturado y encerrado como desaparecido en el centro de detención El Olimpo por orden del general Guillermo Suárez Mason. En su celda, él (que era un ateo al que la socialista Alicia Moreau de Justo había convencido de llamarse agnóstico) le prometió a Dios que si le salvaba la vida abandonaría el periodismo para siempre. No cumplió y quizás el comisario Habib aguardaba en la puerta como mensajero del castigo divino. Entonces decidió escapar. Llamó a Luis Moretti, el abogado de la editorial, quien coincidió en que lo mejor era salir rápido de ese lugar. La cuestión era cómo atravesar el cerco policial sin ser descubierto.

Alguien le dijo que la periodista Mercedes Marques acababa de llegar a la redacción disfrazada de gitana. Volvía de una de las delirantes producciones callejeras de la revista Perfil, en las cuales caracterizaba a distintos personajes para provocar la reacción de la gente. Fontevecchia marcó el número de su interno: «Negrita, venite rápido a la oficina de Andrés y traete tus disfraces». Mercedes llegó corriendo para ofrecerle el de gitana que llevaba puesto y algún otro, pero todos eran de mujer. Había un problema: las mujeres no usan barba y él no tenía tiempo para rasurarse. La secretaria de la recepción irrumpió de pronto para avisar que el comisario amenazaba con entrar por la fuerza. «La única posibilidad es salir por la puerta de servicio que lleva al garaje, pero no puedo irme con mi auto…», pensó Fontevecchia en voz alta. Quien le respondió fue Horacio Panero, el veterano director de Distribución: «Vamos en el mío, te metés en el baúl y recemos para que no nos paren. Si no, vamos a ser dos los que caigamos en cana». Treinta segundos después de que el fundador de La Semana abandonara la oficina de Andrés Soto rumbo al subsuelo, el comisario Habib descubría que la de Fontevecchia estaba vacía. «¡Nadie sale del edificio, carajo!», le gritó a sus policías y a los propios periodistas.

Una parte de los agentes empezó a buscarlo por toda la redacción mientras Habib y otros bajaron corriendo las escaleras hacia la planta baja. Pronto, uno de los policías que se quedó revisando las oficinas pegó el grito: «Está acá, el pibe está acá». El «pibe» parecía un cronista más caminando entre los escritorios. «Me va a tener que acompañar», ordenó el agente.

El joven no se resistió, pero anduvo todo lo lento que pudo hasta una oficina contigua donde se disponía a interrogarlo un oficial superior:

—Siéntese —le ordenó.

—Me siento, pero díganme qué necesita —respondió el periodista.

—Se queda calladito hasta que yo le diga que hable.—…

—Tengo una orden para detenerlo…

—¿Para detenerme? ¿Y yo qué hice?

—Usted es el editor de la revista.

—Sí, pero creo que se confunde.

—Usted es el editor de La Semana.

—Soy el editor, pero de Revista 10.

—Es lo mismo. Usted es Jorge Fontevecchia.

—No, no es lo mismo. Yo no soy Fontevecchia.

—¡Cómo mierda no es Fontevecchia!

—No, le aseguro que no soy, pero no se preocupe, no es el primero que nos confunde. Una vez estábamos en Berlín con los pasaportes cambiados, él con el mío y yo con el de él, y pudimos cruzar el Muro sin que las aduanas se dieran cuenta, justamente por nuestro parecido…

—¡Cállese la boca! Y usted cabo, traiga al comisario Habib para que lo identifique… ¡Y corra, la puta que lo parió!

Habib apenas podía hablar de tanto subir y bajar escaleras. Cuando llegó y vio a Edgardo Martolio, que además de periodista era amigo personal de Fontevecchia, empezó a sospechar que todo había sido una pérdida de tiempo aprovechada para que el hombre que perseguían pudiera escapar. Pero se limitó a decir: «No, éste no es».

El oficial que parecía estar a cargo ordenó: «Sigan buscando, nadie sale del edificio hasta que lo encuentren.» Pero ya era tarde. La ineficiencia policial jugó a favor de Fontevecchia. Escondido en el baúl de un auto que manejaba su jefe de Distribución, atravesó un cordón policial que sólo se dedicó a mirar en su interior por las ventanillas. En una época en la que los celulares todavía no existían, Horacio Panero no llegó a avisarle a su esposa que ese día volvería antes de lo previsto de su trabajo. Menos, que iría acompañado por el hijo de Alberto Fontevecchia, el hombre al que lo unía una amistad de casi medio siglo y con el que había empezado a trabajar en el taller gráfico de la mítica linotipia Fobera, origen antropológico de todo lo que algún día significaría el nombre Perfil.

Apenas llegaron encendieron el televisor. Para su sorpresa, los noticieros de la noche informaban, en blanco y negro, que Jorge Fontevecchia había sido detenido. No era cierto, pero debían apurarse a pensar para que el anuncio no se hiciera realidad. El editor entendía que no resistiría mucho viviendo clandestinamente en su país y nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad de entregarse. La idea de pedir asilo en una embajada surgió como la única alternativa que quedaba. El problema era saber cuál embajada se animaría a recibirlo. Después de una cobertura crítica de los combates en Malvinas del año anterior, algunos miembros del gobierno militar denunciaban a Fontevecchia por ser espía inglés. No era posible convencerlos de que estaban equivocados, ni aunque supieran que antes de «trabajar para el imperio británico» había sido detenido por la misma dictadura acusado por «subversivo y marxista».

Tampoco importaba que recientemente Londres le hubiera negado la visa para entrar al país como cronista. Por eso, esa noche en el hogar de los Panero, el periodista pidió dos cosas. A sus amigos, que le consiguieran asilo en una embajada, si era latinoamericana y si había estado a favor de la Argentina en la guerra, mejor. A la esposa de Panero le pidió que le prestara su ropa. Se le vinieron a la mente el ofrecimiento de Mercedes Marques de ese disfraz de gitana para escaparse de la redacción, y la película que en esa época arrasaba en las taquillas de los cines: Tootsie, el film de Sydney Pollack en el que Dustin Hoffman interpreta a un actor que debe disfrazarse de mujer para conseguir trabajo. Se afeitó, se cambió de ropa y se miró al espejo.

Después de horas de tensión, por fin había algo que lo hacía sonreír: su propio reflejo. Disfrazado con pollera, botas, anteojos gigantes como los que usaba Isabel Perón y con una peluca barata, enrulada y castaña, decidió salir a la calle. Sabía que debía irse de ese lugar antes de que la policía descubriera cómo y con quién había logrado huir. Empezó a dar vueltas en un auto. Hizo tiempo refugiándose en la casa de su psicoanalista, Jorge García Badaracco, el discípulo de Jacques Lacan, que también había atendido a Jacobo Timerman. Después volvió al auto y recorrió la zona de las embajadas para comprobar que todas estaban con guardias reforzadas. Hasta que estacionó enfrente del bar Lepanto, sobre la avenida Del Libertador. Allí debía esperar la llegada salvadora de algún amigo. Quien fue en su ayuda era, y sigue siendo, el médico más conocido de la Argentina: Alberto Cormillot. Entonces, vestido de mujer, volvió a salir a la calle. El destino era el departamento de una amiga de Cormillot. Hasta allí fueron.

De entrada, la mujer les advirtió algo: su marido iba a regresar de viaje ese viernes por la noche y no quería que se encontrara con ellos a su regreso. Sólo podía darles protección por unas horas. Ya era la madrugada del viernes 25 de marzo. Los diarios de ese día lo llamaban «prófugo» y anunciaban su pedido de captura. Los programas radiales trataban el caso, breve pero inevitablemente.

En menos de doce horas, Jorge Fontevecchia se había convertido en el hombre más buscado de la Argentina.

Cormillot tenía poco tiempo para dar con una embajada que asilara a su amigo. Ya era un doctor famoso por sus recomendaciones para bajar de peso, pero sus contactos con el mundo diplomático eran nulos. A la primera embajada que se le ocurrió ir fue a la de México, y pensó que hasta ahí había llegado cuando vio que la bandera que flameaba en su frente era la de otro país, Chile, gobernado por el dictador Augusto Pinochet. Aturdido y asustado, decidió ir a otra embajada cuya ubicación conocía bien, la de los Estados Unidos. No le importó que ese país no cumpliera para nada con el requisito de haber estado del lado de la Argentina en el conflicto atlántico. Tampoco pensó que podía ser peligroso. Apenas llegó se acercó hasta un empleado. No anduvo con vueltas:

—Vengo a averiguar para conseguir asilo para un amigo, un periodista.

—¿Ve aquellos guardias que están allá? Bueno, vaya que ellos le van a indicar. Hacia allí iba, cuando de pronto escuchó la voz del mismo empleado que lo paró en seco:

—Señor, señor, venga… Es el doctor Cormillot, ¿no es cierto? Mire, usted le salvó la vida a mi esposa en ALCO y le debo algo. Mejor váyase de acá porque los están esperando.

—ALCO es la Asociación de Lucha Contra la Obesidad que Cormillot había fundado en 1967. Pero adónde ir. Se dio cuenta de que si no pensaba con claridad podía terminar preso, o algo peor. Quizá por eso se le ocurrió el nombre de Diego Guinsberg, su abogado. Lo llamó para pedirle ayuda y al rato tuvo una respuesta alentadora: la embajada de Venezuela aceptaba recibirlos.

—Eso, si pueden entrar sin que los detengan —le aclaró Guinsberg.

¿Cómo ingresar entonces a la embajada sabiendo que las Fuerzas Armadas habían ordenado reforzar los controles de acceso a cada una de ellas? Apenas amanecía. El dietólogo más famoso de la Argentina manejó su auto hasta la casa de su amiga. Fontevecchia lo esperaba disfrazado, pero ya no de mujer sino de alguien que pretendía ser un cadete, con camisa celeste clara, jeans y mocasines, y unas carpetas debajo del brazo. El plan era lograr entrar a la embajada, pedir asilo y salir del país lo antes posible. En el trayecto casi no se dirigieron la palabra. Cormillot estaba convencido de que los reconocerían fácilmente y serían detenidos. Por eso empezó a barajar la posibilidad de tener que irrumpir con su auto adentro de la sede diplomática. Sí, sería lo mejor: romper el portón de ingreso con la trompa del vehículo y una vez pasada la línea fronteriza ya estarían en suelo venezolano y serían intocables. Eso, por lo menos, había visto en las películas y no fallaba. Pero en el 1461 de la avenida Santa Fe no había ningún portón, apenas la puerta de un edificio por la que ni un «Fitito» habría entrado. Los aguardaba algo más: dos policías de uniforme y dos de civil que controlaban las caras de los que pasaban.

Esperaron unos instantes estacionados frente a la entrada sin saber qué hacer. Hasta que llegó un patrullero que se paró justo unos metros delante de ellos. Parecía el final. Los uniformados que custodiaban la puerta de la embajada comenzaron a acercarse, mientras los dos de civil miraban de lejos. Venían hacia el cordón de la vereda, pero no hasta donde estaba el auto de Cormillot sino hacia el patrullero. Los policías se inclinaron a hablar con sus colegas que permanecían sentados en el vehículo. El médico y el periodista se preguntaron si hablarían de ellos o si era apenas un control de rutina. En eso estaban cuando vieron salir de un negocio pegado al edificio de la embajada a una bella mujer que los distrajo unos segundos. También vieron que los policías de civil se acercaban a ella, como si la conocieran, con una repentina sonrisa que intentaba ser seductora.

—¡Ahora! —dijeron a la vez y salieron del auto.

Diez metros los separaban del lugar que les podría salvar la vida. Apuraron el paso, pero no al punto de levantar sospechas entre los policías. De reojo, se fijaron que los agentes siguieran ocupados, unos con el patrullero y los otros con la vecina. Cuando estaban a punto de llegar, a dos o tres metros, los sobresaltó el ruido de la puerta del edificio que se abría. Saltaron adentro. Del otro lado los esperaban los brazos extendidos del embajador Jorge Dager:

—Bienvenido, Jorge, ésta es su casa.

Cormillot saludó y se fue como había llegado, temblando. Con el pudor íntimo del deber cumplido, se prometió que jamás iba a revelar lo que pasó ese día. En la redacción de La Semana todavía quedaba una guardia policial. Recién de madrugada se había podido retirar todo el personal después de horas de detención en su lugar de trabajo.

Hasta allí había llegado el coronel Alejandro Arias Duval para comandar, sin suerte, la búsqueda del prófugo. El decreto 682 del Poder Ejecutivo había ordenado el secuestro de la edición 328 de la revista, por lo que esa mañana los móviles policiales recorrían los kioscos incautando los ejemplares que aún no se habían vendido.

El decreto establecía: «Del análisis de la revista surge el propósito de desprestigiar la imagen de las Fuerzas Armadas acusándolas de actitudes violatorias de los derechos humanos (…) que recoge la propaganda de las organizaciones subversivas». Otro decreto, el 685, completaba el panorama: «Se ha dispuesto que su director pase a disposición del Poder Ejecutivo Nacional». El Ministerio del Interior argumentaba: «Se cuenta con informes originados en Inglaterra acerca de que está diagramada desde allí una campaña de desestabilización del gobierno argentino», de la que Fontevecchia formaría parte, aunque no se explicaba cómo había pasado de trabajar en las organizaciones subversivas (la acusación por lo que había sido detenido en 1979) a ser agente del Foreign Office. El presidente de facto, Reynaldo Bignone, decía: «Admitimos y aceptamos la crítica», pero añadía que en el caso de Fontevecchia «ya hemos demostrado la tolerancia necesaria», por lo que no veía otra alternativa que su detención.

Es cierto que ningún periodista le preguntó en ese momento a qué se refería con «tolerancia». Ni le recordó la desaparición del año 1979, ni los seis secuestros de sus ediciones, ni las bombas y amenazas sufridas por la editorial durante esos años, ni la clausura de La Semana en 1982 (la revista reaparecería cuarenta y un días después y desde entonces y hasta la asunción de Raúl Alfonsín, incluyó en su logotipo la frase: «Clausurada por el gobierno militar. Reabierta por la Justicia»).

Fin

Un pionero en la provisión de papel para la prensa.

Si fuera posible olvidar lo inolvidable: el linaje ro para dotar de colores a la divisa deportiva más popular del país, una de las de mayor trascendencia en el fútbol mundial, quedaría todavía en pie otra leyenda que asocia a Suecia con la Argentina: la memoria de Gustavo Wahren.

Falleció anteayer en Buenos Aires, a los 95 años.

En realidad, se llamaba Gustaf, no Gustavo, pero aquí españolizaron rápidamente el nombre.

Hubo otro equívoco: Wahren no es un apellido de raíz escandinava, sino alemana.

Además, Gustavo no había nacido en Estocolmo;  había nacido en París, donde su padre representaba los intereses de Holmen, la famosa empresa sueca de papel.

Dos o tres años atrás, veinte, entre los países de la Comunidad Europea, resolvieron publicar un libro encarnando lo más destacado de la presencia de cada uno de ellos en la Argentina en la personalidad de una figura sobresaliente.

Los suecos no vacilaron en que Gustavo fuera su vicario. Que su trayectoria singular quedara debidamente reflejada en el libro y que él hablara por todos, con sus más de setenta años en la Argentina.

La actividad de Gustavo fue la misma que la del padre y el abuelo paterno, y que la de Pedro, uno de los hijos: asegurar con la comercialización del papel sueco para diarios, uno de los mejores del mundo –si no el mejor-, sobre todo cuando no había papel de producción nacional, el abastecimiento de los diarios y revistas nacionales, provinciales y locales; mitigar los efectos de cepos de diferente orden que afectaran las importaciones, y fijar condiciones razonables de precio y financiación.

Gustavo fue más lejos todavía: llegó a mantener por largo tiempo abierto el crédito a La Prensa, el gran diario de la familia Paz, cuando era notorio que se agotaba el ciclo histórico y la viabilidad de una de las publicaciones periodísticas que había sido reconocida en los tiempos de esplendor como una de las más completas, rigurosas y confiables entre prestigiosos pares en el mundo.

Gustavo vivió en París hasta 1936, en que se trasladó a Suecia para para completar su formación.

Terminada la guerra, viajó a la Argentina en 1946. En poco tiempo evidenció la personalidad que lo convertiría en un hombre relevante entre las gentes de las empresas periodísticas argentinas.

Era un mediador nato, un solucionador eficiente de conflictos y, de tanta discreción, que su voz y su mano se notaban ligeramente, como el leve paso de un pájaro o de un apacible felino. En las horas de ocio, este socio vitalicio del Náutico San Isidro disfrutaba de la navegación.

No se le conocían rivales; en todo caso, la discusión podía ceñirse a saber quiénes habían cultivado de manera más próxima su amistad. Daniel Dessein, ex presidente de ADEPA y miembro del Directorio de La Gaceta de Tucumán, uno de los diarios con los cuales prolongó por generaciones su especial relación, escribió a uno de los hijos de Gustavo: “En los últimos 70 años, además del papel estratégico que desempeñó para el sector en la provisión de su insumo básico, actuó como consejero, analista agudo y puente para superar diferencias y potenciar afinidades dentro de las empresas periodísticas y entre ellas.

Fue un aporte extraordinariamente valioso en un mundo fértil en rivalidades y crisis”.

Espíritus de esa índole, tan versátiles, tan activos en zanjar diferencias como en suscitar relaciones fructíferas entre periodistas, médicos, artistas, políticos, científicos, son esenciales en la constitución del capital social de los países. No sobran.

El rey de Suecia, Carlos Gustavo, lo reconoció así, de modo implícito, al condecorarlo.

Si hubiera habido alguna duda sobre si la actuación de Gustavo fue la del eterno representante de una firma tradicional –ahora, en Buenos Aires, con el nombre de S.A. Wahren-, o en verdad, la de un diplomático sutil, sagaz y respetado, que abría puertas por doquier, la resolvió en unas líneas Anders Carlsson, embajador de Suecia. “No cabe duda –dijo- que fue el sueco más importante en este país por décadas.

Yo y todos mis predecesores lo consideramos un embajador de honor, un embajador permanente en el país”.

Gustavo (Gustaf) Wahren fue por dos períodos presidente de la Cámara Argentina Sueca de Comercio y miembro del Comité Ejecutivo del Club Sueco, en cuyas instalaciones de la calle Tacuarí se realizaron memorables comidas de la prensa argentina.

Había nacido el 22 de diciembre de 1925.