Tonto y aturdido…

Venia delante de mí,
poseía un cuerpo 
más que bello,
con esas curvas
que parecían esculpidas
por el mismo demonio,
cabello negro azabache
cayéndole hasta la cintura.

Nadie quien pasaba,
dejaba de mirarla
caminando o en automóvil.

Me preguntaba si su rostro
seria igual de bello,
esa maldita costumbre mía
de comprar por una cara
y no interesarme el volumen.

En esta época de “me too”,
hay que ser muy precavido,
una denuncia y tienes que escapar
como un tal Juan Darthes.

Me adelante unos pasos,
la supere en su caminar
y como si lo hubiera planeado
tropecé de tal manera,
que quedamos enfrentados
cara a cara, al recuperarme.

Más que un rostro bello,
una deidad de esas,
que te dejan tiritando
largo y conmocionado rato.

Solo atine como un pavo,
a decirle “te regalo una sonrisa”
para alegrar tu día
y que tu la transmitas
a quien quieras, para hacer una cadena.

Me sonrió, asintiendo.
Y siguió caminando
hacia su destino.

¿Y yo?
Aun mirándola.

Entrometidas gaviotas…

Las gaviotas sobrevuelan
la playa buscando su alimento,
mientras ellos imperturbables
caminan por la playa,
tomados de las manos.

Son amantes solitarios,
que susurran amor
hasta por los poros,
no existen para ellos
los demás que están
sobre la fina y blanca arena.

Les son invisibles todos
en esos momentos
únicos e irrepetibles,
que los hace plenos
ante el mundo entero.

La vida es un cumulo
de recuerdos gratos,
y ellos guardaran
bajo siete llaves,
la fortuna de declamar
este como uno de ellos.

Bastantes lágrimas
ya han derramado
y secado de sus rostros,
ha llegado al momento
de vivir a pleno
por lo que dure
en esta vida y
también en la próxima.

Mía

Llueve sobre Buenos Aires,
y sigue haciéndolo ahora
como queriendo hacer benigno
el tórrido clima de los días previos.

Loco romántico, empedernido
que escribe sobre el teclado,
sentimientos encontrados
como son la vida, la sociedad
y especialmente el amor
en sus distintos estadios.

El amor pasional, carnal.
El amor filial imposible de abandonar.
El amor a la amistad,
cuando sabemos que es poca y rica.

Así la lluvia y el Nano junto a Sabina,
me resultan la compañía ideal
para hacer volar la imaginación
y pensarte enteramente mía.

Lejanía

Soledad impertérrita
que no te inmutas
aunque desee empujarte de mi vida.

Parece que gozaras
de mi situación presente,
viéndome en este instante
deslizando nuevamente
mis letras sobre el teclado.

Hasta mi rostro reflejado
en él, parece haber envejecido.

No creí jamás en el destino,
pero será una jugada de él, quien
me regala dentro de un cubo obscuro,
una vida distinta a la siempre conocida
socialmente compartida con aquellas
brisas de alegría, que me hacían compañía
y ahora súbitamente
me encierra en el ostracismo
de aquel que sabe, que ya todo
no será lo mismo, dándolo por perdido.

Melancolía

Ríos de melancolía acosan
mi mente, arrastrándola
hasta lo más profundo
de aquello que llamamos alma,
cubierta hoy de infinita tristeza.

Cuando tú crees encontrar
en este circular ciclo de la vida,
una compañera que junto a ti
pronuncie esas palabras mágicas,
que nos mantenga unidos 
por un amor sublime y eterno,
te das cuenta que las variables
son las que te manejan siempre,
más allá de ilusiones compartidas.

Siempre dije, que a una edad
uno se habitúa a la soledad
y crea a su alrededor, aquello
que nombramos anticuerpos
contra heridas impensadas,
ya que hemos arrastrado 
por mucho tiempo, más de las deseadas.

Y sin embargo, volvemos a equivocarnos.
¿O soy yo o es ella?
Nadie podrá contestar esta pregunta,
por esta libertad de pensamiento
que hemos respetado hasta 
hace poco tiempo atrás.

La adultez, que creemos
nos hace más sabios,
a veces nos hace sentir
que en ciertos casos,
valen más los prejuicios
y la obscuridad, que la luz plena.

Ay, amor…

Ay amor, que razón tienes
para desconfiar de que mi corazón es tuyo.

Porque razón pretendes negarme
el derecho de gritar amarte.

Que confusión te ha hecho prisionera
al punto tal, de bañarte en esa tristeza.

Cuando sabes que la alegría ha llegado
a dos almas frustradas de estar tan solas,
aun acompañadas de sus amores de la vida.

Cuál será el duende maligno que te envuelve
en pensamientos, que hasta te hacen dudar de ti.

Escucha amor, regálate una sonrisa
y compártela conmigo, aun a la distancia
llegando aquí como una brisa que distancie
esas brumosas nubes con presagio de tormentas.

Solo escucha por las noches
a las olas del mar manso o brutal
contra la costa y sueña que con la espuma
en la arena quedan destellos de mi amor
que te acompaña…

Sigo queriendo ser un niño…

Recordé hace instantes
a mi hijo en su niñez,
armando ambos el tren
que le había comprado,
para investigar y jugar juntos.

Tirados en el piso,
riéndonos al equivocarnos
en el encastre de las partes,
insistiendo una y otra vez
en que debo admitir
que él, lo hacía mejor que yo.

Varias horas la pasábamos juntos,
hasta que logramos el objetivo.
La maqueta perfecta, con su estación,
sus árboles, los autos estacionados
afuera en las calles aledañas.

Las personas en escala,
aguardando el ferrocarril
que los llevara a ningún destino,
inmóviles o sentados
según como los habíamos ubicado.

El apoteótico inicio del andar
del ferrocarril con sus vagones
por las vías, pasando cerca de un lago
o desapareciendo por la boca de un túnel.

Llamando como chicos, así me sentía
a mis otros hijos, para ver la maravilla
que habíamos soñado y logrado,
compartiendo todos nuestra satisfacción.

Que hermoso sería retrotraer el tiempo,
para regalarme un solo minuto
de esa adorable sensación,
que me brindaba la tierna compañía
de mis hijos tan queridos.