Reencuentro

Vuelves hoy

me han dicho,

luego de no verte

desde hace años.

Arribas a tus

terruño único,

pero seguramente

serás otra,

mucha fama ya

te acompaña.

Eres la

primera bailarina

del American Ballet,

lejos de la niña

de trenzas,

que a la escuela

de danzas

acompañaba.

Luego como

fiel amigo

te alentaba,

y llego para ti

el teatro Colón,

a partir de allí,

una esforzada

carrera,

tu llanto

entre los dolores

y decenas

de zapatillas

rotas.

Luego la beca

rusa del Bolshoi,

ahora eres

una bailarina

de elite,

la que en su

primera velada,

al mundo

sorprendió,

por belleza

y técnica,

danzando

tal cual

cisne

haciéndote

viento,

sin tocar

el suelo.

¿Volverás

a reconocerme?

Recordarás

esos besos

que te robaba,

sobre

las escalinatas

del Colon.

Quiero

convencerme

de que esas pequeñas

cosas del pasado,

tú tampoco

las has olvidado.

Aquellas únicas

tan blancas

y plenas

de pasión,

que rara vez

se olvidan.

¿Te sucederá

a ti lo mismo?

Solo me falta

ir a tu encuentro.

Espérame…

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest/Reeditado julio 2021

«El corazón del daño» de María Negroni.

Sobre cómo habitar la lengua materna

Momentos de una vida, en especial del mundo de la infancia, y una figura gravitante en el futuro de la escritora: la madre. Estos son los hitos de la formidable escritura condensada en El corazón del daño, de la poeta y ensayista María Negroni. Una narración invadida de poesía y habitada por la lengua materna. 

Tal vez lo más maravilloso que sucede al entrar a un libro sea el estado de ignorancia original, ese momento en el que no sabemos cuál de todos sus hilos van a comenzar a trenzar nuestra lectura. 

Qué palabras, qué imágenes tendrán la pregnancia suficiente como para convertirse en esas posibilidades que están a punto de ocurrirnos. La ignorancia propicia el acontecimiento de la lectura, permite el asombro, la acumulación, el alimento. Luego la salida del libro suele ser lenta y con repliegues. 

En ese silencio comienzan a decantar las claves de lectura que nos construimos, la agitación de habitar lo nuevo y desparramarlo sobre lo vivido.

Por eso las claves de lectura tienen una conformación tan extraña -y a veces tan antojadizas- como las propias imágenes de un texto. Pero en su capricho van revelando coincidencias, cruces irreales, armando repreguntas, proponiendo nuevas clasificaciones imposibles. La clave emerge como dispositivo sólido aunque es siempre deudora de las imágenes que decantaron de la lectura a fuerza de pura resonancia. 

Porque hay que saberlo: mientras leemos la voluntad es una falacia y la lectura es espectro: tanto si la pensamos como una distribución de imágenes gráficas de los sonidos como en ser una entidad fantasmática sobre la que en principio no tenemos dominio ni poder de comprobación. 

Del diálogo enloquecido entre imágenes y clave comienza a crecer el hilo de Ariadna que guiará la lectura hacia otros laberintos. 

No sería necesario aclararlo, pero ahí va por las dudas: esto no sucede con cualquier libro, y por eso se agradece tanto la porosidad, la textura, la sintaxis generosa y desobediente, el ritmo que expande la raíz y el rumbo del sentido cuando de pronto un libro se transforma en una experiencia. 

El corazón del daño, el último libro de María Negroni publicado por Literatura Random House es eso, una experiencia a decantar.

En este caso, la clave de lectura resuena en una entrada casi enciclopédica que gira alrededor de la idea de “Islas” y está en esa especie de inventario de amuletos que es su Pequeño mundo ilustrado. 

En algún párrafo dice así: “Las islas son también lugares raramente felices. Tristes, pero felices, como toda infancia, o mejor sería decir: como toda infancia recobrada. El mundo se vuelve allí superficie en blanco. 

Por eso, todos los náufragos sucumben a la compulsión lingüística: se desviven por nombrar. En su aislamiento, construyen fábulas de castigo o salvación: lo mismo da, con tal de cancelar la temporalidad y abrir espacios donde otra genealogía -cierta fantasía de autocreación- pueda tener lugar. La apuesta es a que todo suceda por primera vez, sin antecedentes, sin las jerarquías del poder o la historia.” Negroni construye una idea de isla y la llama camafeo, mundo perdido, diorama viviente que en su pequeñez maximiza, al mismo tiempo, las posibilidades de la visión trascendental. 

En El corazón del daño, Negroni vuelve a ser coleccionista de miniaturas pero esta vez las despliega sobre la imposible cartografía materna. 

La madre como fondo y forma, como piedra refractaria de analogías inconcebibles donde las miniaturas pueden ocupar todo el espacio existente. 

En El corazón del daño entran todos los hitos de una vida pero también sus fugas en forma de recortes, párrafos, poemas o versos. Es lo que se escribió antes, durante y después de la muerte de la madre. Entran cartas, poemas, fotos y rencores, entra el amor y el odio eterno, el genio y la figura, lo que la madre es en la hija y lo que ésta ha construido de ella usando sus mismas palabras. En el corazón del daño está la madre y en ella el centro de la pregunta: «¿Cómo transmitir a los otros el infinito aleph que mi memoria apenas abarca?» 

Negroni hace de la madre un aleph literario y personal, una isla en sí misma alrededor de la cual no se puede ser ni más ni menos que un náufrago en busca de ese lenguaje que vuelva a nombrarlo todo.

Y para eso hay que volver a la infancia suspendida en las palabras. María Negroni las recobra, las mastica y las escupe. Arma y desarma la palabra madre de mil maneras posibles, atravesando ciudades, amores y militancias de las que ha formado parte. Va y viene sobre las definiciones -las hay también de otros- sobre lo que es escribir, qué tipo de artefacto es un libro, una biblioteca, si la vida está en la obra o la obra es la vida. 

El corazón del daño es entrar a una dimensión personal, casi secreta, de una clase magistral de teoría literaria, gramática o lingüística donde la doctora titular de la cátedra se convierte en poesía atravesada por las preguntas de la materia. 

Maria Negroni se adentra tanto en las claves de otros como en las propias y no se queda con ninguna, sino que las sigue replicando, sigue tirando del hilo que generan y luego los abandona porque no quiere salir del laberinto. 

Todo lo contrario. Hay un intento de expandirlo a costa del poema y por eso el silencio aparece en medio de tantos sonidos. Leer a Negroni es quedarse sin aliento y hasta sin palabras. No es posible rearmar en línea recta lo que se ha leído. 

Quedan imágenes y sonidos como al evacuarnos de un sueño: “La pérdida es una varita mágica. Las cosas se borran, se anulan, se suprimen y a continuación se reinventan, se fetichizan, se escriben. 

Después se hacía de noche y la noche se lo tragaba todo: los puentes sobre el río, los rascacielos, los seres sin fe, la música del corazón y el corazón del tiempo”. 

La vida fuera de Buenos Aires, lejos del cuerpo de la madre, son los años en Nueva York. Rodeada de ríos, en medio de otras islas y fundaciones, Negroni nombra el espacio que Jim Jarmusch retrató. 

El libro fue Ciudad Gótica que ahora vuelve para injertarse en El corazón del daño. Detrás de cada oleada que acerca y aleja, detrás de cada libro está la fuerza gravitatoria de la figura materna. Por la deformación del espacio tiempo en el que el cuerpo de la narradora se encuentra inmerso, la fuerza de gravedad irrumpe en las frases pronunciadas por la madre: Guay que se te ocurra. Ahuecar. Vos sabrás. No sos quién. ¿Qué más se puede esperar del hijo de un almacenero?. A veces son solo palabras: Trifulca, lumbrera, poligrillo, bataclana. 

¿Cómo acallar a la madre? ¿Cómo dejarla hablar sin agotarse? ¿Llenando de palabras la propia vida? ¿Haciendo de la lengua materna un laberinto para perdernos en él? Desde la pérdida y en el perderse, Negroni volvió a escribir una isla donde poder seguir naufragando. 

Por eso en el corazón del daño también le da voz a María Zambrano: “Escribir es defender el silencio en que se está”. 

Imagen de portada: Gentileza de Radar Libros

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Luciana De Mello

Literatura/Poesía/Ensayo/Critica

 

 

             

Ida Vitale, un regalo de tiempo y recuerdos.

Los versos del nuevo poemario de la uruguaya, ‘Tiempo sin claves’, están dedicados a retener lo que inexorablemente se ha ido o está a punto de irse.

Si deseas conocer mas sobre este tema, cliquea por favor donde se encuentra escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Autora de una obra espléndida, que cuenta con numerosos reconocimientos internacionales, desde el Premio Reina Sofía al Cervantes, en su poema “Accidentes nocturnos” —ya publicado en su Poesía reunida (2017)— la uruguaya Ida Vitale (Montevideo, 1923), dice: “Juega a acertar las sílabas precisas / que suenen como notas, como gloria”. Es esta la declaración de una poética en la que la palabra adquiriría musicalidad. 

Unos versos antes se lee en el mismo poema que “Solo abrirte a la música te salva”. Y en otro que el sonido de Mozart “da paso a más vida”. Unas palabras así servirán, se concluye, para suplir “los destrozos de los días”.

Quien se haya acercado a esta poesía sabe que sí, que su decir es sonoro y está fuertemente caracterizado por un modo de mirar el mundo y nombrarlo que es profundamente moral —como lo es su propia peripecia vital—, ligado a la vida, a su celebración pese a “lo obtuso del mundo y sus conjuras”, de las que la poeta sufrió, entre otras, el exilio que duró décadas.

Del mal del mundo la salvación la trae el amor —léase con atención el pequeño cancionero amoroso “De Enrique”—, el cántico de la vida, la música —“Solo abrirte a la música te salva”—, la poesía… Y ello a pesar de que, a la altura de la vida en que se escribe —no deja de consignarse: “Después de los ochenta” se lee en uno de los poemas—, la nostalgia de tantas cosas idas se impone. El verso “Tanto ya se ha perdido y reemplazado” parecería que desdice lo apuntado, pero la continuación, “como se perderá. La cueva espera” desvanece esa ilusión. 

O no, porque se pueden citar pasajes en sentido contrario, como “Ahora la ruta está casi vacía […] Pero te tuve a ti, mi alma distinta, / volviendo plata la más negra tinta”. La pena de la ausencia es redimida por el recuerdo, tanto que se llega a escribir: “Ahora es ayer” y en ese mismo poema se habla de “recuerdos analgésicos”.

Los versos de ‘Tiempo sin claves’ están dedicados a retener lo que inexorablemente se ha ido o está a punto de irse.

Cántico de la vida, como lo es todo el conjunto de la obra de Vitale: en estos poemas las pequeñas cosas —solo aparentemente pequeñas—, atraen la mirada de la poeta y resultan ser redentoras. Así, al ver volar a unas golondrinas, estas no solo “nos libran / del precipicio sin tino / de la calle y su ruido”, sino que sus giros acaban siendo mucho más poderosos, “en nuestra memoria anulan / extrañezas/ fealdades”.

Esas golondrinas se unen a varias otras aves, “con su cantar sabroso”, como escribió fray Luis de León, para proclamar la vida. No solo ellas, es la naturaleza en conjunto la que no es mero paisaje o espectáculo, sino que, como si fuese un libro, da lección de emociones y saberes. A quien sabe mirar le hablan: “Los árboles y el viento te argumentan / juntos diciéndote lo irrefutable”, “Si cae un aguacero, va a decirte / cosas finas, que punzan y te dejan / el alma, ay, como un alfiletero”, o “Mira las piedras y las hojas, umbrales de la paz”.

Tiempo sin claves está escrito para perpetuar lo vivido, incluso lo más querido, “lo aun precioso será olvido, / ya lo sabemos, la memoria y yo”, sí, “hay olvido. / E intenta proteger de destrucciones, / con gratitud, aquello que no es suyo”. A esa protección van dedicados estos poemas, a retener lo que inexorablemente se ha ido o está a punto de irse: sentimientos, emociones, cosas que, como dice Vitale , no han encontrado las palabras que las detengan.

Pero esta espléndida colección de poemas lo desmiente, pues son justamente palabras que atrapan aun lo inasible y lo ofrecen envueltas en música. Si de las mencionadas golondrinas se dice que son “pasado eterno”, lo mismo cabe afirmar de estos versos. Casi centenaria, Ida Vitale ofrece en este Tiempo sin claves un regalo más de alta poesía.


PRECIPICIO Y AIRE

Ninguno labra en Madrid

por San Isidro Labrador,

salvo, excepción clara,

las golondrinas que labran

en círculos por el aire,

sobre la terraza de esta

habitación donde estamos.

Ellas, girando, nos libran

del precipicio sin tino

de la calle y de su ruido.

Mientras chillan en la altura

quizás buscando sus nidos,

en nuestra memoria anulan

extrañezas, fealdades,

y vuelan por las edades

que hasta aquí levantaron.

Ellas son pasado eterno,

el cierto y el inventado.

Imagen de portada: Gentileza de FIL / Paula Islas

FUENTE RESPONSABLE: El Cultural. Por Tua Blesa. Noviembre 2021

Literatura/Critica/Poesía/Sociedad y Cultura

Amor para siempre

Navegamos
por un lago
tan transparente
como tus ojos,
te recuestas
sobre mi pecho,
siento el latir
acompasado
de tu corazón
conmovido,
como disfrutando
del silencio
que nos
va acompañando,
con algún canto
de las aves
que anidan
en los robles
de la extensa ribera.

Te tomo
del mentón,
veo tus ojos
color cielo,
tan feliz y plena
te percibo,
beso tus
húmedos labios
que aguardaban
ansiosos Invitando
a que lo hiciera.

Detengo
el pequeño crucero
soltando el ancla,
te tomo
las manos,
te invito
al pequeño
camarote,
sonríes
nos entrelazamos
con ardiente
pasión,
tan inmensa
y sentida
como nuestro
gran amor.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

La extraña…

Encontrarte fue
la causalidad
que debía darse,
o como dicen
el mismo instante
en qué los planetas
saben alinearse.

Fue ayer donde
como cada mes
visite a Esteban,
mi hermano
de toda la vida,
allí te
encontrabas,
la prima lejana
arribada del campo.

De visita para
festejar
la Nochebuena
recorrer
la misteriosa
ciudad de la
que tanto
te han contado.

Una belleza
salvaje
mostraste
al verme,
tan espontánea
fuiste
que me abrazaste
al saludarme,
como quien
me conociera
de toda la vida.

Claro gesto
de esa sencillez
que hace
más grande
a la buena gente,
ojos color almendra
piel con ese color
que da vivir
con la naturaleza
a tu alrededor.

Supe tu nombre
Laura,
no pude
contenerme,
ante la sonrisa
cómplice
de Esteban,
me ofrecí
a ser
tu guía turístico
en la gran ciudad.

Aceptaste
de inmediato,
ahora
mismo estamos
en el
Puente de la Mujer,
barrio
de Puerto Madero,
respuestas
a decenas
de preguntas
por esa
curiosidad tuya,
ante cada cosa
que se
te presenta
ante tu bella mirada.

Coincidimos
en tantas cosas
hablamos
de nuestras vidas,
parece que
nos hemos
desde siempre,
solo tendré
que invitarte
a sumarnos
en esa
dulce aventura
que se presenta
oportuna
una vez
en la vida,
para dos
desconocidos
destinados
a quererse.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

 

Olvido

Comencé 
a caminar
sin saber
donde ir,
tan confuso
estaba
con ese
adiós repentino,
que me iba
preguntando
la razón
de tu actitud,
si algo
hubiera hecho,
me lo
habrías
mencionado,
no eres
de quedarte
callada,
ante algo
que te
incomoda.

Pensé
casi frustrado,
largo trecho
sin encontrar
motivo,
sonó 
el celular,
era tu
hermano,
bromista
como siempre,
me pregunto
adonde
te había
llevado.

¿Por que?
le pregunte,
la respuesta
me derrumbo,
¡tú cumpleaños!

Como podía
ahora
remediar
ese olvido
imperdonable.

Te estoy
llamando,
no contestas,
eres dura
pero no tanto,
te dejo
con la rabieta
unos minutos,
intento
nuevamente,
¿Hola?
respondes.

Te pido
perdón
por el olvido,
te dijo
que te amo
mas que
a mi vida,
pero a veces
esta
me saca
del eje,
escucho
tu risa,
ven a casa
me dices,
festejaremos
juntos…

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

“A hurtadillas”

Así como
pidiendo permiso
te acercas
a hurtadillas,
deseas
sorprenderme,
cuando
ya te he visto
a través
del espejo.

Solo
me interesa
que te reías,
creyendo
que me
alborotaste
la tarde,
ese era
mi deseo,
ya muy
abúlica,
para mi
apreciado
gusto.

Tus manos
sobre
mis ojos,
yo
tomandolas
para
ponerlas
en mi pecho,
darte
la vuelta
sentarte
en mi
regazo,
como traviesa
criatura,
porque
bien sabes,
si tu eres feliz
yo soy feliz
con las
pequeñas
cosas
que me regalas
cada día.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Ven conmigo

Recoge tus cosas
y ven conmigo,
deja ya de vivir
amargamente
una vida
que no te mereces.

Nos amamos
eso sera el fuego,
que nos de
la energía
para salir airosos
en esta aventura
que te ofrezco.

Sé que no es mucho,
pero es aire limpio
para tus pulmones,
es pararte
desde ahora,
abandonando
eso de arrodillarte
pidiendo perdón
por nada,
sometida
a la humillación
no merecida,
se aprovechan
de ti, de tu bondad
de tu candor infinito.

No tendrás conmigo
por ahora los lujos
que ni siquiera hoy
puedes disfrutar,
tendrás adoración,
mi amor incondicional,
que no por ser heroico
sera el que te cobije
protegiéndote como
lo que eres,
un ser maravilloso
pleno de luz y ternura.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

5 poemas de «El portador de resinas».

“Partiendo de un elemento natural, como menciona el título, el autor utiliza el símil de la resina como pegamento natural de la vida y el arte. 

Poemas derivados de la contemplación de obras plásticas (pintura, escultura) y también del cine o la literatura, que simbolizan el punto de vista del autor ante la existencia: el arte y la belleza como camino hacia la explicación vital y resistencia ante el olvido. Siempre con una conciencia de clase de un autor cuidadoso con la palabra y por descubrir y reconocer en el ámbito mediático de la literatura en español. 

Una nueva apuesta de autor y editorial por otras miradas alternativas a las del sistema mayoritario que nos engulle, en ocasiones, con banalidad y mercantilización”. Agustín Sánchez Antequera.

De esta nueva entrega poética de Javier García Cellino, poeta y novelista, Premio de la Crítica de Asturias 2018 en poesía por Famélica Legión (Ed. El sastre de Apollinaire, Madrid), Zenda ofrece cinco poemas.

****** 

Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural…..               

JOSÉ ÁNGEL VALENTE,  Mandorla.

“Las relaciones entre artes son una exposición metafórica en la que hay que dejar sentir, hay que dejar que la emoción viaje por nosotros hasta que se convierte en conocimiento”.  (Palabras de Goodman en Los lenguajes del arte).

                                          (El taller de Fidias: cabezas)

(Cabeza soñadora)

Quien quiera penetrar en los sueños deberá convertirse antes en una cáscara nocturna.

Soñar con un martillo o con el canto de un loco es hundirse en el fondo de las cosas.

Sólo los niños sueñan con el amor puro, pues de ellos es el reino de la desobediencia.

La carne de los sueños está hecha de un material fibroso. Una fecha equivocada, una falsa identidad, incluso la confusión entre una herida y el frío de los caballos es un sueño al revés.

  II

(Habitación de oficios)

La tempestad, 1508 (Óleo sobre lienzo)    Giorgione

El pavoroso oboe del trueno entretejía un estupor inmemorial al que no era ajeno el derrumbamiento de los corazones.

El viento convertía las sabinas en tumultuosas ramas dinásticas que nos amenazaban con su afilada espada. Una lluvia desposeída de cualquier virtud a nuestros ojos no tardó en anunciarnos su velo nupcial. Era agosto para las cosechas y para el miedo que prolongaba su flor de harina negra en los pechos.

Pasaron muchas horas hasta que retornamos a la duplicada condición humana.

Como corderos al sol o astros que navegan por mandíbulas estrechas, así nos vio aquella tarde el poeta, sobrecogidos en lo alto de las colinas. .

(Germinal (1885). Émile Zola)

Lo que quedaba en pie eran las ruinas de una mina. Hasta allí no habían llegado las hordas de Atila, pero  la espada de la modernidad se había afanado cortando cabezas. Y para ello había usado todos los estilos posibles: la persuasión con lengua de pez, el peinado contorsionista, los bucles a cuchillo y hasta la guillotina cuando fue preciso.

Los mineros tenían mujeres e hijos; a veces recorrían playas desiertas o acariciaban a los lobos; pero, en todo caso, su trabajo resultaba necesario.

Las hordas de Atila no lo hubieran hecho mejor.

Una historia dentro de otra historia, eso es el mundo, me repetía mi abuelo todas las noches mientras me abrigaba en la cama.

 III

(El poema cazador)

El canto de la hiedra es una presunción en estado puro. Disimula las obscenidades de la pared, tapa los agujeros de la desidia, se convierte en juez de su propia naturaleza.

Sarmiento nocturno, su vuelo prevalece en la aldea de la alta tempestad.

Ah la rosa esquiva que se balancea en los goznes del trapecista.

***

Crezco a deshora entre la carne que separa mis plumas. Soy, a mitad, improbable cierzo y aurora de renovada vigilia. Quien quiera apagar mi fuego tendrá que cometer un crimen. No hay porvenir sin lágrimas en el poema.

****                             

IV

(La voz doliente)

SALMO  5

El excelso vuelo de las aves anuncia una promesa de reencarnación. Aun sin saberlo, ascendemos desde la materia impura hasta las aguas heladas del porvenir. Todo sea por probar un traje nuevo.

Loor a la tierra que tuvo conciencia de sus pasos, al blasón en el que se confundieron los demonios del verbo, a cada uno de los testigos ciegos que ardieron en el pequeño diamante del mundo.

Bayas furiosas nos acompañan durante el largo viaje.

He aquí al portador de resinas que fue rey por un día.

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Autor: Javier García Cellino. Título: El portador de resinas. Editorial: El sastre de Apollinaire. 

Imagen de portada: Gentileza de

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, libros y Cía. Por Laura Di Verso. Noviembre 2021

Literatura/Poesia/Sociedad/Cultura

Aristóteles y la novela histórica

PERSPECTIVAS

En un célebre pasaje de la Poética (1451 b) Aristóteles afirma que la poesía “es más filosófica y elevada que la historia” (philophôteron kaì spoudaióteron), pues ésta dice “lo que ha sucedido”, y aquélla “lo que podría suceder”. 

Así pues, la poesía dice “lo general” (tà kathólou), y la historia “lo particular” (tà kath’hékaston). Previsivo, el filósofo poco antes nos advierte de que no es cuestión de formas: “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa, pues sería posible verificar las obras de Herodoto y no serían menos historia en verso que en prosa”. 

Seguramente Aristóteles está pensando en los primeros textos científicos de los filósofos naturalistas jonios, o de Parménides y Heráclito, que fueron escritos en verso, algunos de ellos en hexámetros dactílicos, el mismo metro de los poemas homéricos. 

El quid del asunto radica, más bien, en la actitud ante el asunto que se va a tratar, o a cantar: ¿ocurrió realmente? Y, si nos ponemos ontológicos, en nuestra relación con la realidad, si hemos de creer que lo que se narra realmente tuvo lugar. 

Para ello es fundamental el criterio de verdad. La historia tiene que ser verdadera. La poesía solo verosímil.

A lo largo de los siglos, desde la famosa traducción de Averroes en el siglo XII y después la de Alamán al latín en el XIII, la tradición exegética ha vuelto una y otra vez sobre este pasaje para ensalzar la superioridad de la poesía, la universalidad de sus miras, lo inagotable de sus horizontes, marcando de paso una brecha insalvable entre dos géneros. 

Modernamente otros han visto en esta diferenciación el origen de otro divorcio irreparable: entre la llamada literatura de ficción y la de no-ficción. Sin embargo, las travesuras de la imaginación, la terrible phantasía de la que Descartes no quería ni oír hablar, pueden resultar imprevisibles incluso para el mayor taxónomo de todos los tiempos.

Al parecer ya en el siglo XVII algunos narradores franceses como Madeleine de Scudéry y La Calprenède, precursores de la moderna novela, habían tenido la idea de ambientar en el pasado sus historias. 

Esto por no hablar del celebérrimo The Castle of Otranto de Horace Walpole, tenida por ser la primera novela gótica de terror, ambientada –cómo no- en la Italia medieval aunque escrita en la Inglaterra en el siglo XVIII. 

También en la Francia del XVIII autores como el Ábate Prévost escribían novelas como Les Aventures de Pomponius, chevalier romain, publicada en 1724. Pero incluso antes, si estimamos algunas novelas de caballería como la Estoria de Alexandre el Grand, que se remonta a los tiempos de Alfonso el Sabio. 

La idea, hay que decirlo, no era original. En la vieja Atenas de Esquilo, Los Persas, que pasa por ser la única tragedia basada en hechos históricos que se conserva, cuenta la dolorosa llegada de los emisarios de Jerjes a Susa, una de las capitales del imperio, para informar de la amarga derrota de la armada persa en Salamina. 

La tragedia fue estrenada en la primavera del 472 a.C., ocho años después de la batalla, ciento cincuenta antes de que Aristóteles escribiera la Poética.

Todos estos eran relatos ambientados en tiempos pasados, a veces incluso remotos, cuya intención era básicamente moralizante. Lo importante eran los protagonistas y su peripecia, su ejemplo de virtud y castidad, no el momento histórico. 

Para Georg Lukács, autor del influyente tratado La novela histórica (Berlín, 1955), quizás el primero en abordar el problema desde la sociología literaria, lo que caracteriza a la moderna novela histórica es, precisamente, el que su autor refleje en ella “su conciencia histórica”. No se trata de hacer un recuento cronológico, sino, como dice Carlos García Gual (Apología de la novela histórica, Barcelona, 2002), que el autor dé a los hechos “un marcado sentido histórico”.

Para Lukács, y es posición aceptada por la crítica, la novela histórica en tanto que género tiene fecha de nacimiento. Se trata de Waverley, de Walter Scott, novela publicada en Edimburgo en 1814. 

En ella, por primera vez, son los hechos históricos los que marcan y definen la peripecia y no al revés. La historia deja de ser un simple telón de fondo y se convierte en el complejo conjunto de las causas que determinan el argumento, el intrincado juego de coordenadas en que se instaura la errática vida de los personajes. 

La novela se enmarca en medio de la revolución jacobita que sacude a Escocia en 1745, un fallido intento por devolver el trono británico a la Casa de Estuardo. Eduard Waverley es un caballero inglés de ascendencia escocesa. Como oficial británico es enviado a Escocia poco antes de que estalle la rebelión. Allí se dedica a visitar a sus parientes, quienes lo acogen hospitalariamente. 

Al comenzar las hostilidades Eduard tiene el corazón dividido: debe luchar con las armas británicas pero ama a su familia y a sus raíces escocesas. No solo por eso se debate su corazón: su novia formal es la inglesa Rose Bradwardine, rubia y abnegada, la típica heroína pasiva; pero en Escocia se enamora perdidamente de la bellísima Flora MacIvor, morena y apasionada, ardiente y patriota highlander. El pusilánime Eduard cambiará de bando dos veces. Al final vencen los ingleses, pero Eduard es perdonado y se casa con Rose.

Los protagonistas de Scott son todo menos heroicos. Incapaces de sobreponerse a los hechos, son arrastrados por ellos sin apenas tener consciencia de lo que ocurre. Correctos y mediocres, son las fuerzas históricas las que deciden su destino. 

En este sentido, encarnan, como Charles, el marido de Madame Bovary, al perfecto héroe mediocre, tanto tiempo después de Aristófanes. A juicio de Lukács, el valor de Scott radica en haber plasmado la naturaleza humana en su dimensión estética. 

Su mérito indiscutible, “el dominio poético de la historia”. Influido e influyente autor del Romanticismo, creador él mismo del mito romántico de Escocia, escribió otras novelas populares como Ivanhoe o The Bride of Lammermoor. A estas alturas no habrá que decir que Scott, a quien la historia de la literatura considera el inventor de la novela histórica, gozó de una inmensa popularidad en su tiempo, con numerosos lectores en Inglaterra, Europa y Australia. 

Pero el suyo no fue un hallazgo original: se inspiró en las novelas de una anónima escritora alemana, Benedikte Naubert, quien llegó a escribir más de cincuenta narraciones históricas protagonizadas por personajes secundarios, no por héroes. Naubert, quien firmaba sus novelas con pseudónimo, eligió vivir en el más estricto anonimato y hoy es una perfecta desconocida, incluso en Alemania. Así funciona la historia de la literatura.

Tampoco habrá que recordar que la novela histórica goza hoy de una estupenda salud. Consentida de los medios y de los grandes grupos, infaltable en librerías de aeropuertos, habitualmente encabezando las listas de best sellers, este género, cultivado por autores como Eco, Vargas Llosa, García Márquez o Pérez-Reverte, disfruta cada vez más de la preferencia de unos lectores que gozan al imaginar a seres normales y corrientes viviendo y amando en un pasado remoto y tal vez ideal o idealizado. 

También en Venezuela se han escrito preciosas novelas históricas, comenzando por prácticamente el conjunto de la obra de Francisco Herrera Luque, verdadero clásico del género, hasta llegar a Miguel Otero Silva, Denzil Romero y Arturo Uslar Pietri (en mi opinión, La luna de Fausto y La visita en el tiempo son las dos mejores novelas históricas venezolanas escritas en el siglo XX). 

Todos ellos, hay que decirlo, se atrevieron a escribir desafiando las rígidas categorías dictadas por el filósofo de Estagira en su Poética.

Imagen de portada: Gentileza de Ilustración de la edición de 1892-1894 de la novela «Waverley» de Walter Scott. Colección privada, New York

FUENTE RESPONSABLE: Prodavinci. Por Mariano Nava Contreras

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