Del Cervantes al Premio Nobel: ¿el año de la pandemia es el año de la poesía?

Con la entrega del “Nobel en español”, el Premio Cervantes, al valenciano Francisco “Paco” Brines (Oliva, 1932), otro de los grandes galardones literarios reconoció ayer la obra de un poeta. Otros dos poetas, Joan Margarit e Ida Vitale, formaban parte del jurado del premio por haber recibido el Cervantes en las dos últimas ediciones. Este año se reconoció la obra de un escritor sabio y maduro, que integra la destacada “generación de 1950” junto con poetas como Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente y Carlos Barral, y novelistas como Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Luis Martín Santos y Luis Goytisolo. Caracterizada como “elegíaca”, su poesía no solo aborda los efectos del paso del tiempo con nostalgia, sino que también celebra la infancia como una época edénica e indaga las revela-ciones que favorecen una mirada poética sobre el mundo. “La poesía es una antena especial de la humanidad, capaz de reflejar lo que está oculto y de recuperar lo vivido, de preservar la memoria”, dijo.


Bajo el influjo de Luis Cernuda y Constantino Kavafis, escribió páginas memorables sobre el amor homosexual. “Kavafis y Cernuda no solo defendían, sino que además llegaban a la exaltación de la homosexualidad apoyados en la mágica calidad de sus versos”, declaró el autor que con su primer libro, Las brasas (1959), ganó el Premio Adonáis de Poesía. También compuso textos histórico-narrativos (en Materia narrativa inexacta) y poemas satíricos. El otoño de las rosas (1986, con el que ganó el Premio Nacional de Literatura) y La última costa (1995) son obras maestras de la poesía española del siglo XX.


El premio Cervantes 2020 sabe que la poesía es un refugio siempre, en todas las épocas y circunstancias. “Cuando el hombre padece pandemias, en particular la poesía se encuentra con lo mejor, con lo más atractivo del otro -declaró al diario ABC– Lo que yo intento, cuando la escribo, es llegar al otro. Se cumple la comunicación”. La enseñanza que transmite sobre la poesía es sencilla: “A los jóvenes les diría que lean y escriban poesía, porque nada de lo que hagan fuera de ella será más intenso e importante para ellos que la lectura y la escritura de poesía”. Algunos de sus poemas son, como se dijo, narrativos y otros proceden como si fueran silogismos cuya conclusión queda a cargo de los lectores.
“Si fuese muerte verdadera la de este bosque de oro/ sólo habría dolor/ si un hombre contem-pla la caída./ Y he llorado la pérdida del mundo/ al sentir en mis hombros, y en las ramas/ del bosque duradero,/ el peso de una sola oscuridad”, se lee en “Otoño inglés”. Brines dio clases de literatura española en la Universidad de Cambridge y en la de Oxford en la década de 1960. En 2001, fue nombrado miembro de la Real Academia Española. “Uno de los nombres mayores de nuestra poesía actual -tuiteó el escritor español Fernando Aramburu al conocer la noticia del premio-. Celebro que el premio Cervantes haya correspondido a un grande”.


En un 2020 pandémico, Brines no fue el único “grande” de la poesía que recibió reconoci-miento. El chileno Raúl Zurita, que obtuvo el Premio Reina Sofía a la Poesía Iberoamericana, y la estadounidense Louise Glück, ganadora del Nobel de Literatura, volvieron a ubicar el género en el centro de ese universo que es la literatura y de donde irradia, probablemente, el oficio del arte verbal.
“En estos premios hay algo de revalorización, pero también permite pensar algunos lugares institucionales que hoy resultan todavía opacos en relación con la literatura como objeto mercantil -dice el poeta e investigador Diego Bentivegna-. Y que no se premian tanto libros, sino más bien escrituras. Me parece muy auspicioso eso. Podría decir que en el caso de Glück en el Nobel o de Brines en el Cervantes se reconoce también ciertas escrituras concentradas, que se presentan sobre todo como eso, y que saben tomar una distancia saludable de los reco-rridos más ligados con una ‘carrera literaria’, con figuras de autor profesional o una adecua-ción a patrones editoriales”.


Tanto la Nobel estadounidense como el Premio Cervantes de este año no son “celebridades” del mundo literario, no se asumen como activistas de causas sociales (de hecho, a diferencia de Zurita, no escriben “poesía social” ni testimonial) sino que son autores de obras intimistas, confesionales y, por su aspiración a lo universal, clásicas.


El escritor Daniel Freidemberg señala que esta no es la primera vez en que, por un motivo u otro, el periodismo cree percibir una revalorización de la poesía, que los hechos luego contra-dicen. “No hay, creo, condiciones socioculturales para que la poesía sea efectiva y concreta-mente revalorizada por las sociedades, menos aún en tiempos como estos de crispación, urgencia y alarma, ni se ve que eso tenga posibilidades de cambiar -dice a LA NACIÓN-. Lo que tal vez ocurra es que sea la propia potencia ínsita de la poesía, su capacidad de resistir, en todos los sentidos, y de revelar, la que hace que no puedan dejar de tenerla en cuenta quienes deciden los premios”.


Un poema de Francisco Brines


Amor en Agriento

Es la hora del regreso de las cosas,
cuando el campo y el mar se cubren de una sombra lenta
y los templos se desvanecen, foscos, en el espacio;
tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa.
Yo te recuerdo, con más hermosura tú
que las divinidades que aquí fueron adoradas;
con más espíritu tú, pues que vives.
Hay una angustia en el corazón
porque te ama,
y estas viejas columnas nada explican:
Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra
y descubrieron orígenes diversos en las cosas,
y advirtieron que espíritus opuestos los enlazaban
para que hubiese cambio, y así explicar la vida.
Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto la intimidad
del mundo:
Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho,
extendí la mirada sobre el valle;
mas pide el universo para existir el odio y el dolor,
pues al mirar el movimiento creado de las cosas
las vi que, en un momento, se extinguían,
y en las cosas el hombre.
La ciudad, elevada, se ha encendido,
y oyen los vivos largos ladridos por el campo:
éste es el tránsito de la muerte, confundiéndose con la vida.
Estas piedras más nobles, que sólo el tiempo las tocara,
no han alcanzado aún el esplendor de tu cabello
y ellas, más lentas, sufren también el paso inexorable.
Yo sé por ti que vivo en desmesura,
y este fuerte dolor de la existencia
humilla al pensamiento.
Hoy repugna al espíritu
tanta belleza misteriosa, tanto reposo dulce, tanto engaño.
Esta ciudad será un bello lugar para esperar la nada
si el corazón alienta ya con frío,
contemplar la caída de los días,
desvanecer la carne.
Mas hoy, junto a los templos de los dioses,
miro caer en tierra el negro cielo
y siento que es mi vida quien aturde a la muerte.

Fuente: Periódico “La Nación” – Editorial de Daniel Gigena – 17/11/2020