¿Por qué Borges no ganó el Nobel de Literatura?

Las verdaderas razones por las que el poeta y escritor argentino estaba condenado a no recibir el codiciado galardón.

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Es casi vox populi que Jorge Luis Borges no obtuvo el Premio Nobel de Literatura por razones más políticas antes que estéticas. Nadie duda que él y su obra lo merecían, pero sus actitudes personales ante el mundo que le tocó vivir habrían sido un escollo insalvable para que la Academia Sueca le otorgara el codiciado galardón.

Fue nominado año tras año pero nunca logró pasar el filtro ético que los académicos del país escandinavo imponían y en muchos sentidos siguen sosteniendo; un filtro que, según se supo más tarde, en tiempos recientes, los propios miembros tampoco hubieran superado, teniendo en cuenta las denuncias que pesan sobre algunos de ellos.

Fue en 2018 cuando todo estallaba: denuncias de abuso sexual, filtraciones sobre ganadores (hasta para el Nobel hay apuestas en línea) y sospechas sobre sus finanzas, terminaron con la renuncia de varios de sus miembros e hicieron temblar hasta sus cimientos al majestuoso edificio ubicado en Estocolmo y a la propia institución fundada en 1786.

Sin embargo y más allá de los escándalos que salpicaron a la Academia, recientes revelaciones dan cuenta de que, en realidad, las probabilidades de que el autor de ‘El Aleph’ obtuviera el codiciado premio eran prácticamente nulas desde mediados de los 60, al menos; casi desde el principio. Y no justamente por las razones ya mencionadas.

María Esther Vázquez, autora del libro ‘Borges, esplendor y derrota’, editado por Tusquets, cuenta que en 1964 acompañó a Borges a Estocolmo para participar en una cena con escritores suecos. Allí, Artur Lundkvist leyó un poema de su propia autoría sobre el cual el escritor argentino no tuvo piedad: lo ridiculizó frente a varios invitados, quienes poco más tarde le fueron con el chisme al sueco.

Poeta, escritor y traductor, Lundkvist (1906-1991) era -y sigue siendo- muy reconocido en su país. De hecho, había traducido e introducido en Europa al mismísimo Borges, de quien era profundo admirador. Su desazón, obviamente, fue suprema, y lo demostró desde 1968, cuando ingresó como miembro y secretario permanente de la Academia, hasta su muerte, bloqueando sistemáticamente las nominaciones del escritor argentino.

Vale advertir, no obstante, que Borges no hizo en adelante demasiado para ganarse las simpatías de la ‘progresía’ dominante por entonces entre las paredes del majestuoso edificio que se levanta en la capital sueca. Todo lo contrario, su ética no le impidió recibir con alegría y satisfacción otros premios de manos ensangrentadas.

El 21 de septiembre de 1976, en medio de la década más oscura y sangrienta que haya vivido Sudamérica en toda su historia, el autor de ‘Ficciones’ se presentaba en Santiago de Chile para recibir de manos de Augusto Pinochet el doctorado honoris causa en la universidad del país trasandino. “Aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”, decía el argentino.

Más tarde, Borges se reunió con el dictador chileno y declaró a la prensa de ese país: “Él es una excelente persona, por su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho”. De modo que no había marcha atrás: ni la Academia ni ninguna institución democrática podría premiar al poeta argentino tras semejantes dichos, con esa actitud ante la realidad política y social del continente.

“La Academia Sueca nunca le dará el Nobel a Borges… La sociedad sueca no puede premiar a alguien con esos antecedentes”, cuenta el escritor chileno Volodia Teitelboim, autor de ‘Los dos Borges’ (Sudamericana), que le dijo Lundkvist en 1980. El mismo que había sido ridiculizado por Borges 16 años antes, el mismo que ya era secretario permanente de la Academia.

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Las verdaderas razones por las que no le dieron a Borges el Nobel de Literatura

Imagen de portada: Gentileza de M1

FUENTE RESPONSABLE: M1. Por Gustavo H. Mayares

Jorge Luis Borges/Premio Nobel/Literatura

Gabriel García Márquez: Viendo llover el BOOM en México.

Gabriel García Márquez llegó a México en 1961 decidido a triunfar en el cine como guionista, pero el éxito de Cien años de soledad en 1967 le mostró su destino. Con autorización de la editorial El Equilibrista, reproducimos este fragmento de Gabriel García Márquez. Vida, magia y obra de un escritor global, del historiador Álvaro Santana Acuña, libro revelador que, a partir del archivo personal del Nobel, reconstruye la vida y obra del narrador, con documentos e imágenes raros e inéditos.

El gran Boom de la novela latinoamericana

vino cuando logramos conquistar nuestros

propios lectores en nuestros propios países.

García Márquez.

Con las maletas llenas de ilusiones y su hijo de dos años, Gabo y Mercedes entraron en un país desconocido donde eran de nuevo inmigrantes. La capital, Ciudad de México, era su nueva casa y también la de casi cinco millones de personas. Esta metrópolis milenaria vivía una rápida modernización económica que además hizo florecer su industria cultural. El cine en especial disfrutaba desde hacía veinte años de su “Época de oro”, con películas famosas protagonizadas por Pedro Infante, María Félix, Jorge Negrete, Dolores del Río y Cantinflas, entre otros rostros inolvidables que viajaron por las pantallas de América Latina y España.

García Márquez desembarcó en Ciudad de México buscando El Dorado del cine mexicano. Lo que no sabía es que la ciudad iba a transformarse pronto, al igual que Buenos Aires y Barcelona, en una de las capitales de la “Nueva Novela Latinoamericana”. Este movimiento literario alcanzó un éxito internacional tan repentino y vertiginoso que se empezó a hablar de un Boom de la literatura latinoamericana. Al principio, García Márquez fue tan sólo un testigo accidental del Boom, pero en pocos años se convertiría en uno de sus escritores más conocidos gracias al éxito de Cien años de soledad. Sin embargo, a fines de junio de 1961, cuando llegó con su familia a Ciudad de México, él no podía imaginarse que una novela suya alcanzara la fama.

Los recién llegados fueron recibidos por el amigo incondicional y poeta colombiano Álvaro Mutis, que residía en la capital desde 1956. Fue Mutis quien iba presentando a su amigo a importantes artistas mexicanos. A Gabo no le tomó mucho tiempo demostrar su talento literario e impresionar a sus nuevos colegas y lectores. A los pocos días de llegar, se enteró de que su admirado Ernest Hemingway acababa de morir y decidió homenajearlo escribiendo el artículo “Un hombre ha muerto de muerte natural”, que apareció en el conocido suplemento México en la cultura. El título de su homenaje resultó ser una paradoja porque, en aquel momento, no se dijo que Hemingway se había pegado un tiro con su escopeta favorita. La buena acogida que tuvo su artículo le permitió ir conociendo a “la crema de la intelectualidad”, como Gabo le dijo a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza. Pero, como le escribió a otro amigo, Álvaro Cepeda Samudio, no había emigrado a Ciudad de México para escribir sólo literatura, ni mucho menos hacer periodismo, sino que soñaba con trabajar en la poderosa industria del cine mexicano. Aunque le empezaron a pasar cosas que revolvieron sus planes.

Al ir descubriendo su nuevo país, Gabo se encontró con una cultura ancestral que le regalaba inspiración para sus historias. En una carta a Plinio de agosto de 1961, le comentó que durante una visita en un pueblo de Michoacán había visto “a los indios tejiendo ángeles de paja, a los cuales les ponen zapatos y vestidos de la región”. Allí mismo, explicó, se le había ocurrido la idea para escribir “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, un cuento en el que las gentes de una aldea visitan maravillados a un ser alado de avanzada edad. Gabo añadió en su carta, “tengo las baterías cargadas para lanzarme a mi viejo proyecto del libro de cuentos fantásticos” que ocurren en un pueblo pobre donde las alfombras vuelan.

Gracias a estos descubrimientos, Gabo empezó a sentir que los sucesos de la vida cotidiana mexicana que presenciaba, donde lo mágico y lo real se mezclaban de maneras que jamás había visto, le estaban animando a retomar el proyecto del que nacieron muchas ideas, historias y personajes para su novela Cien años de soledad y el libro de cuentos La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Gabo no era el único que había sentido la llamada inspiradora del realismo mágico mexicano. Le ocurrió a Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo, a quien Gabo conoció en esos años y que tanto le influyó en sus obras futuras. Algo similar le pasó al fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo y al director hispano-mexicano Luis Buñuel, con quien García Márquez iba a realizar proyectos cinematográficos.

Al principio Gabo no lo tuvo fácil para entrar en el mundo del cine mexicano y menos siendo un inmigrante sin papeles. Primero, tenía que encontrar un empleador que patrocinase su visado de trabajo. Esa oportunidad le llegó gracias al productor Gustavo Alatriste. Aunque él no quería a Gabo para el cine sino para dirigir dos revistas que acababa de comprar, Sucesos para Todos y La Familia. Gabo sería el responsable de modernizar y aumentar las ventas de ambas. Su sueño de hacer cine hubo de esperar.

Sucesos para Todos, con una tirada semanal superior a los cincuenta mil ejemplares, destacaba entre las revistas más vendidas de México. En aquellos tiempos, aún era caro tener una radio o un televisor en casa, mientras que el ejemplar de una revista lo leían varias personas. Por eso, Sucesos para Todos estaba también entre las más leídas del país. Diseñada para llegar a la mayor cantidad de público posible, la revista ofrecía imágenes llamativas y textos curiosos de lectura fácil sobre noticias de actualidad. Además Gabo le añadió contenidos sobre arte y literatura, publicando durante varios meses una selección de historias de Las mil y una noches, el clásico de la literatura árabe que tanto influyó sobre Cien años de soledad.

La otra revista que Gabo dirigía, La Familia, estaba pensada para las amas de casa de clase media. En sus páginas, él puso la sección “Literatura Sentimental”, que aparecía entre recetas de cocina, patrones de punto para coser y anuncios de milagrosos electrodomésticos. Bajo su dirección, esta revista creció también y hasta publicó fuera de México una edición internacional destinada al mercado latinoamericano.

García Márquez decía que su trabajo era fácil, le dejaba tiempo para escribir y ganaba un buen sueldo. Tras años de penalidades y privaciones, ahora estaba viviendo una vida burguesa y de comodidades. Además, su familia creció en 1962 con la llegada del segundo hijo: Gonzalo. Pero el Gabo creador no estaba contento. Su puesto le parecía la clase más baja de periodismo que había hecho. Por esa razón pidió que no apareciese su nombre en ninguna de las revistas, a pesar de que supervisaba todo, desde la creación de contenidos hasta la revisión de los ejemplares recién salidos de la imprenta. Sin embargo, su actividad en esas revistas acabó siendo una experiencia profesional importantísima, porque, al estar obligado a subir las ventas, tuvo que entender los gustos culturales de sus lectores: las clases medias urbanas de México y América Latina. Estos lectores iban a convertirse en los principales compradores de las novelas del Boom latinoamericano en esos años. Lo que Gabo aprendió en Sucesos para Todos y La Familia le sirvió para llegarle a este público lector que devoró Cien años de soledad.

Gabriel García Márquez en un cameo de En este pueblo no hay ladrones, acompañado del actor Julián Pastor.  Editorial El Equilibrista.

Gracias a su buena labor con las revistas, García Márquez se ganó la confianza del jefe Alatriste, quien ya pensaba en él para proyectos mayores. Su jefe era un exitoso productor de cine. Él había financiado dos películas de Buñuel, Viridiana y El ángel exterminador, que recibieron varios premios en el Festival de Cine de Cannes en 1961 y 1962, y que también se ganaron el entusiasmo de los críticos y el favor del público. En 1963, Alatriste le dijo a Gabo que dejase la dirección de las revistas y le ofreció el trabajo de sus sueños: escribir a tiempo completo guiones de cine. Gabo rebosaba de felicidad. Al fin, tras años de sacrificio, había cumplido su deseo de ser “escritor profesional”, como le dijo a un amigo. A otro le comentó, “Todo va muy bien. Vivo exclusivamente de mi sueño dorado: escribo para el cine”. Fue entonces cuando empezó a colaborar en los guiones con una persona que resultó clave en su carrera: el escritor mexicano Carlos Fuentes.

Gabo y Fuentes se habían conocido años antes, cuando el mexicano le invitó a participar en las actividades de “La Mafia”. Con este nombre cariñoso se hacía llamar un grupo de artistas residentes en Ciudad de México. Además de Fuentes, el líder, a “La Mafia” pertenecían los escritores José Emilio Pacheco, Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Emilio García Riera, Elena Garro, los directores Buñuel, Arturo Ripstein y Alberto Isaac, la actriz Rita Macedo y el crítico literario Emmanuel Carballo. El grupo solía celebrar fiestas para agasajar a visitantes extranjeros, como el actor estadounidense John Gavin, la artista británica Leonora Carrington y el escritor cubano Alejo Carpentier.

Unirse a “La Mafia” marcó un antes y después en la vida profesional de Gabo, quien pudo conversar a menudo con personas influyentes del mundo de la cultura. Él les habló de sus novelas pasadas, presentes y futuras, mientras que sus colegas le dijeron algo que presentían: era el momento de las artes latinoamericanas, en especial de la literatura.

Varios de los colegas “mafiosos” ayudaron a García Márquez con su amistad, su dinero y sus ideas durante la escritura de Cien años de soledad. Fuentes estuvo entre ellos. Su amistad se forjó gracias a largas horas dialogando sobre literatura mientras adaptaban al cine El gallo de oro de Rulfo y también un guion original de Gabo titulado El charro, que iba a ser como una película del Viejo Oeste ambientada en México. Además, gracias al cine, Gabo hizo dos amistades para toda la vida, el director Jomí García Ascot y la actriz María Luisa Elío, creadores de una película que le marcó, En el balcón vacío, sobre una mujer adulta que recuerda con nostalgia un triste episodio de su infancia.

El viento del cine soplaba tan a su favor que García Márquez se veía incluso trabajando en Hollywood, como le dijo a un amigo. Pero de repente el viento cambió de dirección y le paró en seco. Alatriste le informó de que no le iba a pagar más por sus guiones porque tenía problemas para financiar sus películas. Sólo se comprometió con Gabo a mantenerle el visado de trabajo. Volver a la dirección de las revistas tampoco era posible, así que tenía que buscarse otro empleo. Lo mejor que encontró, un García Márquez triste y desorientado que soñaba con Hollywood, fue un puesto de ocho de la mañana a cinco de la tarde en una agencia de publicidad. No era un mal trabajo, aunque Gabo creía que le alejaba de su meta de ser escritor profesional. En realidad, él no era (ni iba a ser) el único escritor latinoamericano que encontró un salvavidas temporal en la publicidad. Por ejemplo, Rulfo y Carpentier sobrevivieron también con encargos publicitarios.

Como le ocurrió con las revistas, García Márquez no estaba orgulloso de ser publicista, pero a la larga, ese nuevo trabajo le iba a recompensar con beneficios creativos inesperados. Gracias a la publicidad, aprendió estrategias de marketing novedosas, que luego usó para promocionar sus obras literarias y así llegar a públicos más grandes. Al igual que en las revistas, nunca firmó con su nombre el trabajo como publicista, con lo que es difícil seguirle el rastro. Uno de sus textos publicitarios, encargado por una compañía química, se llama 5000 años de Celanese Mexicana. En sus páginas, la mezcla de técnicas publicitarias y literarias se vuelve una sola cosa. Y tanto el título como el estilo narrativo de este texto sin su firma se parecen al título y la prosa de Cien años de soledad.

El poeta Jomí García Ascot junto a Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, circa 1967, fotografiados por María Luisa Elío, esposa de García Ascot. Editorial El Equilibrista .

El Gabo publicista no renunciaba a hacer cine y, para lograrlo, contactó al famoso productor mexicano Manuel Barbachano. Desde entonces y durante más de un año, Gabo fue publicista de día y guionista freelance por las tardes y noches después del trabajo. Su esfuerzo obtuvo recompensa. En 1965, se estrenó En este pueblo no hay ladrones, que era la adaptación cinematográfica de un cuento suyo sobre un robo en un pueblo del que acusan falsamente a un hombre. En la película actúa el propio García Márquez, que es el cobrador en la entrada de la sala de cine. También participan varios de sus amigos de “La Mafia”: Buñuel hace de cura dando un sermón y Carrington está entre quienes le escuchan, Rulfo y Carlos Monsiváis juegan al dominó, Luis Vicens es el propietario de un salón, García Riera es experto en billar…

En esa época, Gabo además estaba desarrollando, con ayuda de un guionista de Buñuel, Luis Alcoriza, una idea suya para una película: Presagio. En ella se cuenta la historia de un pueblo recóndito donde una partera tiene la premonición de que algo terrible va a suceder. Y el guion de El charro, el gran proyecto cinematográfico de Gabo, se transformó en Tiempo de morir. En la película, el protagonista, Juan Sáyago, regresa tras dieciocho años en la cárcel a su pueblo, donde los hijos del hombre que mató lo esperan para vengarse y asesinarlo. Esta película fue además el primer proyecto de Gabo con el director mexicano Arturo Ripstein, quien años más tarde filmó una adaptación de El coronel no tiene quien le escriba.

Tiempo de morir se rodó en junio de 1965, cuando el sueño del cine volvía a cobrar fuerza para García Márquez. Una foto tomada en Acapulco ese verano lo muestra rodeado de un grupo selecto de gentes del cine. Le acompañaban críticos, directores, actores, productores y guionistas, como Isaac, Buñuel, Alcoriza y Ripstein. Gabo lo tenía claro. Su futuro estaba en el cine. La literatura era el pasado. Como le confesó a un amigo, “imagínate que ahora estoy cobrando diez mil pesos por revisar un guion. Y pensar que he perdido tanto tiempo de mi vida escribiendo cuentos y reportajes. Además, todo en literatura parece estar ya escrito”. Y entonces Gabo sentenció, “la literatura es fabulosa para disfrutar como lector… no como escritor”.

Pero cuando parecía que la carrera de García Márquez iba a estar en el cine y que la literatura lo perdería para siempre pasó un hecho extraordinario: se desató la tormenta del Boom latinoamericano. Alrededor de 1962 había empezado una fina lluvia de novelas escritas por autores de varias generaciones: la de Carpentier y Miguel Ángel Asturias, la de Mario Benedetti y Ernesto Sábato y la de José Donoso y Fuentes. Libros casi ignorados durante años, como Ficciones de Jorge Luis Borges y Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, se convirtieron en superventas del momento. Asimismo triunfaban los libros nuevos, como La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, Rayuela de Julio Cortázar y El astillero de Juan Carlos Onetti.

A su alrededor, Gabo escuchaba con asombro las noticias sobre el éxito comercial de sus amigos escritores. Pronto, la lluvia del Boom empezó a mojarle. Los editores buscaban publicar literatura de América Latina y, por primera vez en su carrera, a Gabo se le acumulaban las oportunidades para reimprimir sus obras anteriores, tan poco exitosas hasta entonces. En 1961, tras casi cuatro años de espera, la editorial colombiana Aguirre publicó la primera edición de El coronel no tiene quien le escriba. En 1962, la Universidad Veracruzana de México lanzó Los funerales de la Mamá Grande, su primer libro de cuentos. Ese mismo año, su novela La mala hora ganó el Premio ESSO a la mejor novela colombiana, recibiendo la suma de tres mil dólares y la publicación de la obra en España. En 1963, la editorial mexicana Era imprimió una nueva edición de El coronel no tiene quien le escriba. Ese año Gabo firmó el contrato para sacar esta novela con René Julliard, una pequeña pero prestigiosa editorial francesa que publicaba escritores vanguardistas como Louis Aragon, Italo Calvino y Vladimir Nabokov. Ese fue su primer libro traducido.

El matrimonio García Barcha bailando en Puerto Colombia, 1971. Armando Matiz/ Tomada del libro Gabo periodista, de Gabriel García Márquez (FNPI, 2012). Agradecemos a editorial El Equilibrista.

Pero publicar más no significaba ser más conocido. Antes de Cien años de soledad, las obras de García Márquez sólo eran bien recibidas por pequeños círculos de escritores, críticos y lectores en México y Colombia. Sus libros los habían sacado editoriales locales que le ofrecían contratos plagados de condiciones abusivas. Las tiradas eran pequeñas y rara vez pasaban de los dos mil ejemplares. Además, la distribución era lenta y local. Por ejemplo, tuvieron que pasar dos años para que copias de la edición mexicana de El coronel no tiene quien le escriba se pusieran a la venta en las librerías de Uruguay. A menudo el método más rápido para que sus libros cruzasen fronteras era que el propio Gabo los regalase a amigos.

La mejor noticia posible para vender muchas copias era recibir un premio y crear un escándalo. Esto le pasó a La mala hora tras ganar el Premio ESSO. La novela se imprimió en Madrid, donde un corrector de estilo modificó sin permiso el español colombiano de García Márquez para que los lectores la leyesen como si estuviera escrita en español de España. El escritor se quejó con contundencia y la polémica llegó hasta los medios de comunicación españoles. El periódico ABC informó que la editorial admitió el error y ofreció al autor retirar la edición e imprimir una nueva con el texto original. Por su parte, la oficina de censura del gobierno español dijo que no tuvo nada ver con la manipulación del texto.

Al final, García Márquez hizo una declaración pública con un tono pacificador, diciendo que confiaba en que “en el futuro todos los escritores latinoamericanos seremos tratados como mayores de edad por los editores españoles”. Gabo se quejaba con razón porque entonces era una práctica común que los manuscritos de los autores latinoamericanos fuesen sometidos a la censura lingüística. Le sucedió a Carpentier, Fuentes, Vargas Llosa, Donoso, Cortázar, Guillermo Cabrera Infante y otros escritores menos y más conocidos del Boom. Pero casi todos estaban dispuestos a correr ese riesgo, porque publicar su libro en España —el centro de la industria del libro en español— era un gran paso adelante para muchos latinoamericanos que aspiraban a ser escritores profesionales.

En 1964, la llovizna del Boom se había transformado en un diluvio de obras nuevas y nuevos nombres que recibían el apoyo firme de grandes editoriales como Knopf en Estados Unidos, Gallimard en Francia, Feltrinelli en Italia y Seix Barral en España. Los críticos también saludaban las novelas latinoamericanas desde las páginas de Le Monde en Francia, The Times Literary Supplement en el Reino Unido y Life Magazine en Estados Unidos. Pero sobre todo fueron las editoriales y la crítica latinoamericanas las que más acercaron al público a los escritores latinoamericanos, que ahora aparecían en la portada de revistas y periódicos como las grandes estrellas del momento y, en las páginas interiores, se elogiaban sus obras como lo mejor que se había publicado en la región. Así lo hicieron las revistas Mito en Colombia, Primera Plana en Argentina, La Cultura en México, Marcha en Uruguay, Papel Literario en Venezuela, Casa de las Américas en Cuba, Amaru en Perú, Ercilla en Chile y, sobre todo, Mundo Nuevo en París. Incluso se rumoreaba que Borges iba a ganar el Premio Nobel de Literatura en cualquier momento, mientras él, cada vez más ciego, se paseaba por el mundo recogiendo premios, dando entrevistas, abarrotando salas con sus conferencias y vendiendo miles de ejemplares de sus libros. Algo había cambiado: los lectores latinoamericanos estaban descubriendo a sus propios autores.

García Márquez, maravillado, supo de la realidad triunfante de la literatura latinoamericana gracias a las conversaciones con sus amigos de “La Mafia”, en especial con Fuentes. En 1964, él publicó un ensayo destinado a hacer historia: “La nueva novela latinoamericana”. Con ese nombre, fue el primero en bautizar a este movimiento literario y celebró que las novelas de Carpentier, Cortázar y Vargas Llosa estaban cambiando el rumbo de la literatura de la región. El mismo Fuentes sabía de lo que estaba escribiendo, porque ya era un escritor famoso cuyos libros se vendían en una docena de países. Pronto, su ensayo se convirtió en un manifiesto artístico, leído, compartido y apoyado por otros autores y críticos como el uruguayo Ángel Rama que ese mismo año publicó otro artículo premonitorio, “Diez problemas para el novelista latinoamericano”, en el que celebraba el fulgurante Boom de la novela latinoamericana.

Al ver el éxito más cercano, García Márquez comenzó a sentirse pletórico. En una carta de 1964, le dijo a Plinio que era el momento de la Nueva Novela Latinoamericana y que al fin los escritores latinoamericanos “ahora tenemos agallas”. Es cierto que él aún tenía dudas sobre su futuro como escritor, pero eso cambió en México en el verano de 1965. Cuando estaba filmando Tiempo de Morir, se presentó en el set de rodaje el joven escritor y crítico chileno Luis Harss. Le dijo que venía a entrevistarlo para un libro de conversaciones con diez escritores latinoamericanos, Carpentier, Asturias, Borges, Onetti, Cortázar, Rulfo, Fuentes, Vargas Llosa y João Guimarães Rosa. García Márquez era otro de sus elegidos. Pero a diferencia de los otros nueve, él era el menos conocido y publicado en ese momento. Semanas después de la entrevista, las dos editoriales que iban a sacar el libro de Harss, Sudamericana en Argentina y Harper & Row en los Estados Unidos, estaban negociando con Gabo para publicar su próxima novela, Cien años de soledad. El libro de Harss se lanzó casi a la vez en inglés con el título Into the Mainstream y en español con el de Los nuestros. El libro fue un superventas instantáneo en Argentina. En este y otros países miles de lectores latinoamericanos descubrieron en las páginas de Los nuestros que la literatura de América Latina estaba en pleno Boom.

Días después de la reunión con Harss, García Márquez recibió la visita de otra persona que iba tener una fuerza decisiva en su carrera y en el éxito del Boom: la agente literaria catalana Carmen Balcells. Desde 1962, ella estaba negociando la venta de los derechos de traducción de los cuentos y las novelas de Gabo. En el verano de 1965, Balcells viajó a Ciudad de México para conseguir nuevos contratos, clientes y editoriales. A García Márquez le ofreció firmar un contrato mucho más ambicioso para representarlo en todos los idiomas y en el mundo entero. Con ese documento en la mano, no había marcha atrás: García Márquez era por fin un escritor profesional.

También, en un día brillante de ese verano profético de casualidades y certidumbres, Gabo contó que iba conduciendo desde Ciudad de México a Acapulco para disfrutar de unas vacaciones con Mercedes, Rodrigo y Gonzalo, cuando de repente se les atravesó una vaca en medio de la carretera. En ese preciso instante, tras parar el coche, a Gabo se le ocurrió la primera frase de una novela que había querido contar durante quince años. Entonces no lo dudó. Según él, decidió dar marcha atrás y volver de inmediato a su casa, donde se sentó ante su máquina de escribir y comenzó a teclear Cien años de soledad.

Fuente de imagen: Portada del libro Gabriel García Márquez. Vida, magia y obra de un escritor global/ Crédito: El Equilibrista y Fundación para las Letras Mexicanas.

FUENTE RESPONSABLE: Confabulario. El Universal de México. Cultura. Por Álvaro Santana Acuña.

Sociedad y Cultura/Literatura/Premio Nobel/México/Gabriel García Márquez

Hace 100 años, Einstein ganó el Nobel de Física pero no fue por la Teoría de la Relatividad.

El 10 de diciembre de 1921, Albert Einstein ganaba el Premio Nobel de Física. Sin embargo, no fue por su revolucionaria Teoría de la Relatividad, sino por otra demostración sobre la luz.

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La Teoría de la Relatividad de Albert Einstein cambió la forma de concebir el Universo. Fue revolucionaria. Sin embargo, no fue por esto que el físico alemán ganó el Premio Nobel de Física el 10 de diciembre de 1921, sino por otra demostración: el efecto fotoeléctrico.

¿De qué se trata? Todo comenzó en 1887, cuando el físico alemán Heinrich Rudolf Hertz descubrió que, cuando la luz (visible o ultravioleta) incide sobre la superficie de algunos metales, el metal emite electrones. «Ahora sabemos que lo que ocurre es que los fotones de luz chocan contra los átomos en la superficie del metal y en ese choque se liberan electrones», aclaró el doctor en Física del Instituto Balseiro, Marcelo Kuperman, a AIRE. Esto es lo que se conoce como el «efecto fotoeléctrico».

Sin embargo, pensar en fotones supone pensar en que la luz no es una onda sino que está compuesta por partículas que hoy llamamos fotones. «Durante mucho tiempo coexistieron las teorías sobre la naturaleza ondulatoria y corpuscular de la luz pero, hacia fines del siglo XIX, la idea de pensar en la luz como una partícula había sido descartada», contó. 

Pero las observaciones del efecto fotoeléctrico no podían ser explicadas pensando en la luz como una onda. Tampoco alcanzaba con simplemente pensar en la luz como una partícula. Hacia falta algo más. «Hacia fines del siglo XIX, la idea de pensar en la luz como una partícula había sido descartada», contó Kuperman. «Ese algo más nace de las ideas de Max Planck que, en 1900 propuso que la energía no puede tomar valores continuos sino que está organizada en pequeños paquetitos a los que llamó cuantos. Planck ganó el premio Nobel de Física en 1918 por estos trabajos, que dieron lugar unos años más tarde a la mecánica cuántica», explicó Kuperman.

El aporte de Einstein

Albert Einstein unió la concepción de la luz como partículas, los fotones, y las ideas de Planck sobre la discretización de la energía y pudo explicar lo que se observaba con el efecto fotoeléctrico. «En ese momento las ideas de Planck no eran aceptadas por la comunidad científica, como tampoco lo fueron las ideas de Einstein sobre la Relatividad en los primeros años tras su formulación», dijo el físico.

Albert Einstein unió la concepción de la luz como partículas, los fotones, y las ideas de Planck sobre la discretización de la Energía y pudo explicar lo que se observaba con el efecto fotoeléctrico.

Albert Einstein unió la concepción de la luz como partículas, los fotones, y las ideas de Planck sobre la discretización de la Energía y pudo explicar lo que se observaba con el efecto fotoeléctrico.

Einstein unió la concepción de la luz como partículas, los fotones, y las ideas de Planck sobre la discretización de la energía y pudo explicar lo que se observaba con el efecto fotoeléctrico. «Pero Einstein estaba más allá de las convenciones y paradigmas de su época y no dudó en ensayar las ideas de Planck para explicar un fenómeno sin explicación», contó.

Llega el premio

Otro físico, llamado Robert Millikan, pasó casi diez años tratando de demostrar que la teoría de Einstein sobre el efecto fotoeléctrico no era correcta, «pero logró lo contrario, confirmarla», señaló el físico del Balseiro. Esta confirmación experimental fue lo que le permitió a Einstein recibir el Nobel en 1921 y a Millikan en 1923.

La confirmación experimental de Millikan fue lo que le permitió a Einstein recibir el Nobel en Física.

La confirmación experimental de Millikan fue lo que le permitió a Einstein recibir el Nobel en 1921 y a Millikan en 1923.

Mientras tanto, la Teoría de la Relatividad general de Einstein recibía su primera confirmación experimental con el eclipse de 1919. 

Leer más ► ¿Cómo un eclipse pudo comprobar la Teoría de la Relatividad de Einstein? 

«Tras la confirmación experimental, la Teoría de la Relatividad podría haber sido premiada con el Nobel. Entender por qué se eligió el efecto fotoeléctrico y no a la Relatividad es objeto de debate. El motivo responde más a cuestiones políticas que a cuestiones académicas», analizó Kuperman.

  • Robert Millikan y Albert Einstein. Millikan pasó casi diez años tratando de demostrar que la teoría de Einstein sobre el efecto fotoeléctrico no era correcta, pero logró lo contrario, confirmarla. 

Imagen de portada: Gentileza de Aire Digital

FUENTE RESPONSABLE: Aire Digital Por Astrid Galetti. Diciembre 2021.

Sociedad y Cultura/Genios Virtuosos/Ciencia/Investigación/Albert Einstein/Premio Nobel.

La viuda de José Saramago: escrita en 1947, es su primera novela.

El inicio de la celebración del centenario del autor: la primera novela del nobel portugués, inédita hasta el momento en español.

«Saramago vuelve comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía». Comité Nobel

«Hay que vivir aunque sea de cualquier modo, siempre que sea vivir.»

Tras la muerte de su marido, Maria Leonor, madre de dos hijos, se siente abrumada ante las dificultades para administrar su hacienda en el Alentejo, las expectativas de la sociedad y el férreo control de su entorno. 

Después de unos meses sumida en una profunda depresión, decide finalmente afrontar su responsabilidad como propietaria de las tierras, pero su corazón está atormentado por un pecado secreto: a pesar del duelo, su deseo no se ha apagado.

Entre cavilaciones sobre la esencia del amor, el paso del tiempo y los deslumbrantes cambios en la naturaleza, la joven viuda pasa las noches en vela, espiando los amores de sus criadas y padeciendo la soledad propia.

Hasta que dos hombres muy distintos irrumpen en su vida y su destino se tambalea inesperadamente.

Escrita en 1947, La viuda es la primera novela del autor, que vio la luz en Portugal con el título de Terra do pecado por decisión del editor. 

Hoy, cuando se cumple el centenario del autor, se publica por primera vez en español, respetando su título original, esta historia escrita por un joven José Saramago, que anticipa el gran escritor que todos conocemos. En ella está ya presente su personal forma de mirar el mundo y algunas de las características de sus novelas más aclamadas: la extraordinaria fuerza narrativa y un personaje femenino inolvidable.

La crítica dijo:

«Un hombre con una sensibilidad y una capacidad de ver y de entender que están muy por encima de lo que en general vemos y entendemos los comunes mortales».

Héctor Abad Faciolince

«La viuda toma un vuelo filosófico y conecta con el resto de la obra de Saramago. […] Tiene notables aciertos y merece muy positiva consideración. Es bastante más que el trabajo de un afanoso diletante».

Santos Sanz Villanueva,El Cultural

«El primer paso a la gloria literaria de Saramago, [cuyo] genio narrativo se vislumbra ya, tenue pero decidido.»

Javier García Recio,Faro de Vigo

«La seguridad intelectual y la experiencia que el escritor aporta hace de esta creación inicial una obras de una gran solidez literaria. La concepción literaria de Saramago, desde su racionalidad, tiene la brillantez de la atemporalidad; no importa en que tiempo concreto esté situada, su obra ofrece una lectura del hombre actual orientado al pasado y al futuro, pero siempre a un nuevo concepto del mundo. […] Una de sus grandes aportaciones al universo literario».

Javier García Recio,La Opinión de Málaga

«El José Saramago que escribió y reflexionó hasta el final de su existencia era un transgresor; transgresor en la literatura, en la vida y ante las normas de conducta marcadas por la burguesía».

Yanet Aguilar Sosa,El Universal

«Hay que saludar este regreso de Saramago, siempre excepcional escritor, a su realismo inicial, y animarle a que siga por este camino».

Rafael Conte,Babelia (sobre Las pequeñas memorias)

«Saramago es un gran narrador y rara vez escapa al criterio de mantener en vilo al lector».

Jordi Gracia,La Vanguardia (sobreTodos los nombres)

«Probablemente la obra más soberana y feroz de su indiscutible bibliografía narrativa […]. Se ha ganado no sólo la admiración sino también el respeto de todo buen lector por su constante superación de lo ya conseguido, libro tras libro».

Robert Saladrigas,La Vanguardia (sobre Ensayo sobre la ceguera)

Editorial: Alfaguara

Imagen de portada: Gentileza de Montevideo Portal. Uruguay

FUENTE RESPONSABLE: Montevideo Portal. República Oriental del Uruguay.

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