LA POESÍA DE JACINTO DE RAFAEL BALLESTEROS.

Versión nueva de «Jacinto» de Rafael Ballesteros.

Se ha publicado una versión totalmente nueva de Jacinto, una obra esencial de la literatura española de los últimos cuarenta años, una obra enciclopédica de cerca de setecientas páginas, que ya había venido siendo publicada desde 1983 hasta 2002 y, ahora, con esta versión última, alcanza un corolario definitivo.

Los cambios realizados permiten una rebaja en el grado de dificultad comprensiva, eliminando también redundancias y procurando una mayor coherencia así como la introducción de matices o clarificaciones. En ella el escritor Rafael Ballesteros aborda su visión del mundo, la metafísica del vivir, la esencia de lo que somos y buscamos, nuestra identidad como seres humanos en medio de la vorágine y el ensalzamiento vital, a través del alter ego Jacinto y el coro de personajes con los que crea la alegoría de la existencia (el poeta y matemático Omar Kayyam, Fernando de Rojas, Zacarías, don Rodrigo, el mentor…), el reclamo de la verdad y la razón de ser, “el ahí de ser en el mundo”, el dasein, en el sentido más heideggeriano. Como veía Rosa Romojaro, Jacinto enlaza con la Divina Comedia o el Paraíso perdido, y, al mismo tiempo, en palabras de José María Balcells con la heterodoxia del gongorismo y el postismo.

Pero Jacinto, sobre todo, es una obra total. En ella está el Rafael Ballesteros narrador, dramaturgo, poeta y ensayista; el Rafael Ballesteros también filósofo, un hombre de pensamiento que bucea en él y continuamente se está preguntando por las claves del vivir, del ser, del existir. El concepto de totalidad aplicado a una obra remite al escritor y filósofo alemán K. F. E. Trahndorff en un ensayo de 1827 donde abordaba el concepto de obra de arte total al combinar diversas disciplinas y/o géneros. Jacinto reúne el teatro (los elementos dialógicos son permanentes), la lírica (toda la obra es un gran canto, un enorme poema), lo narrativo (por cuanto a través de su lectura existen elementos esenciales de una historia personal, la de Jacinto, que ha de enfrentarse alegóricamente a un juicio –a través del modelo de autor sacramental- ante cuatro sanedrines que darán un veredicto) y desde luego lo filosófico a través de las reflexiones que nos llegan del poeta y matemático Omar Kayyan (sobre todo en la primera parte) y de Fernando de Rojas (en la segunda), de quien se considera Jacinto discípulo.

En las primeras páginas el mentor le dice que ha llegado al pórtico donde está la noche y la muerte, pero desde el principio Jacinto muestra que “nadie tiene voluntad/ más cierta que yo”. Y esa voluntad es la que lo hace preguntarse continuamente por el conocimiento de sí, por el sentido de la existencia, el concepto de lo humano, el sentido de las palabras, la relación entre eros y tánatos: “¿Qué cosa es la verdad? (…) ¿Cómo en sí mismo el hombre/ contiene su sentido?”. Pero también el amor como centro de la existencia, la medida del mundo. Jacinto es definido como un jovenzuelo, un rapaz, que “copa la realidad y la/ palabra que cubre la realidad, la templa/ con la luz de los arbitrios, la dobla por la/ mitad o parte pequeña o grande”. Necesita el saber, el conocimiento, y ordena su pensamiento (“para/ del pensamiento sacar el/ pensamiento”), aunque Kayyam le dice que lo detenga y que haga “entendimiento en la razón”. Pero “desconoce, todavía, las/ intrigas del mundo: las pestilencias/ del dolor”. En sus diálogos va profundizando en la razón del ser humano: “El hombre/ es más, y extiende con el placer también/ su pensamiento como una fuente que/ el viento mueve, esparce y desordena”.

Pero, como muy bien dice Julio Neira en la introducción, estamos una poesía inmersa en el humanismo solidario: “La suya es una moral laica, propia del humanismo solidario pero materialista y exclusivamente terrena, una ética cívica que no concede ninguna opción a creencias sobrenaturales, que no participa de la fe en una existencia ultraterrena”. Y así lo entendemos también. En ese recorrido por la esencia del ser humano, que conecta con todo ese mundo europeo en que surgió el humanismo con gran fortaleza, Jacinto sabe perfectamente que el ser humano en sí, por sí, solipsista mente tendría poco sentido sin la parte social, sin el elemento que nos une, sin el concepto nuestro. Machado dirá: “Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío, sino más bien NUESTRO”. El sentimiento del poeta no es un estado de ánimo personal sino colectivo. El placer o el dolor que posee ante su visión del mundo y la realidad que hay en su entorno el poeta lo posee tanto en cuanto forma parte de una comunidad, de una sociedad, de una humanidad: es un sentimiento NUESTRO. Así dirá también Rafael Ballesteros: “¡La fama, el honor, la honra se da a uno, siendo el hombre/ cuando es sí, su colectivo! (…)// ¿Qué importa lo anecdotario, lo tuyo,/ el accidente, lo mío/ lo momentáneo, lo suyo,/ frente a lo humano, lo nuestro,/ lo plural, lo colectivo?”

Una obra de enorme calidad y hondura de pensamiento que nos ofrece una nueva percepción del sujeto y su relación con el mundo según un emotivismo ético de raigambre trascendente.

Imagen de portada: “Jacinto”

FUENTE RESPONSABLE: Todo Literatura. Por Francisco Morales Loma. 16 de julio 2022.

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