Metamorfosis

Fui a tu casa porque
me habías invitado,
al llegar pase
por todas las miradas
de tus amigos,
que me observaban
como el raro y real
joven hippie que era
en aquella década
de la revolución de los 60,
cuna que revoluciono
la cultura no solo musical
sino también a una juventud
ansiosa de libertad,
de romper con mandatos sociales
aquellos opresivos
que nos ataban a lo “viejo”.

Era el distinto
en aquella “tu reunión”,
en que me reí
en la cara de cada uno
de tus amigos almidonados,
con cabello corto
como soldados de torta,
olvidando yo, que era igual
que ellos no hacia tanto tiempo.

Eran años de Joan Báez,
Bob Dylan, José Cocker,
The Beatles y el cercano
festival de Wooddtock
con su locura y descontrol.

Había pasado un año
de nuestro último encuentro,
tú eras la misma, frágil y preciosa.

Yo en cambio,
había abandonado
la universidad,
y de lo acartonado
salí haciéndome artesano,
fabricando aquellas
sandalias trenzadas,
que vendía en viajes a dedo,
por lo largo y ancho
de nuestro país.

Había sido para ambos
el amor primero,
pero como todo, ya
no era yo el mismo
como bien había sido
tiempo antes, igual a tus amigos.

Nos miramos, recordamos,
bailamos un par de melodías,
olí tu piel, tuve que esforzarme
para alejarme y decirte adiós,
no era aquel que habías conocido.

Hoy, luego de tantos años
te sorprenderías al leer esto,
será porque jamás te olvide
y tu recuerdo me seguirá
por siempre, como entonces.

Placidez

Es noche cerrada ya,
ningún ruido ni siquiera
el de mi propio respirar
pausado, llenándome con aire
los pulmones como aquel
que lo hace para sumergirse
en las olas rebeldes de los mares,
o como para tomar impulso
para arrojarme de un avión
junto a otros en acrobacia aérea
tomados de las manos.

Sueños que visualizados permiten
superar este ostracismo auto impuesto,
que me lleva a reflexionar lo ya vivido.

Como cual torbellino, recuerdos que vuelven
a mí, como capítulos del libro de mi vida.
Emociones, alegrías, tristezas, sorpresas,
un enjambre de sensaciones contrapuestas.

Y la felicidad de estar, para sacar de ellos
lo mejor y más auténtico de mi alma.
El amor adorable recibido
al igual que el brindado con pasión,
cualesquiera fuera el destinatario
que me da la placidez y sensación,
de estar junto a todos con quienes
he compartido cada etapa de mi vida,
sumergiéndonos juntos en ese mar
o tomándonos de las manos
en esa acrobacia de amor eterno.

Arriesgarse

Serás sueño imposible, efímero
sé que al conocerte no dejaras lugar
de mi vida, para recorrer y observar
buscando alguna suciedad en mi pasado.

Te supongo, temerosa a nuevo fracaso
no creas que no siento lo mismo,
cuando más avanzas en los años
darle valor al otro por sobre uno,
compartir cuando te has acostumbrado
a la libertad e independencia ya habitual,
es como si invadieran ese mundo único
que se protege ante la mirada del extraño. 

Pero sabes, si no arriesgamos en el juego 
de esta vida que solo tiene un destino,
como encontrar quien nos acompañe
y a recorrerlo con mutuo compromiso.
para aliviar la pesada carga 
que sobre nuestros hombros
hemos por impericia o auto engaño,
sumar desde el inicio de nuestro tiempo.

La sorpresa…

El silbido del viento, se escuchaba entre los árboles
en lo profundo del bosque, como queriendo atraer
a extraños, invitándolos a ingresar en plena noche.

En el claro que habíamos hallado con mis amigos,
hicimos lo de siempre, luego de una buena caza 
en un campo cercano, coto autorizado para lograr
unas buenas piezas de liebres o perdices, que ahora
estaban en la previa del descuere y des plumaje,
para prepararlas como nadie mejor que Esteban
sabía hacerlas, y saborearlas con un buen vino
de esos pateros, del que había que tener cuidado
porque al segundo vaso, desaparecía el equilibrio.

Las leñas crepitaban y avivaban el fuego,
pero se hacía más ensordecedor 
el ruido que como un aullido 
provenía repetidamente desde el bosque cerrado.

Nos pusimos alerta…era extraño,
que algún animal anduviera rondando por allí.

Los perros empezaron a ladrar y debimos soltarlos,
y ávidos conocedores de las presas, se internaron.

Sentimos a los instantes sus aullidos de dolor,
como si estuvieran siendo atacados a morir.

No esperamos más, nos ordenamos como siempre.
Juan y yo, decidimos internarnos con las armas
y les dijimos a los otros tres, que esperaran.

Con la luz en nuestra frente alumbrando 
paso a paso, caminando entre los árboles
alcanzamos el lugar en donde se encontraban
nuestros perros, y ahí lo vimos sorprendidos.

Un enorme macho jabalí ya herido, con su furioso
embate contra los perros, habiendo matado a “Yayo”
uno de los mejores que teníamos en la jauría.

Nos separamos, 
y Juan desde una distancia de quince metros
apunto y cuidando no herir a ninguno de los otros canes
disparo un solo tiro, que termino derribando a la enorme bestia.

Así de manera sorpresiva, nos encontramos
con una pieza de caza no buscada,
la algarabía se transformó en una fiesta
en donde habíamos acampado, no sin antes
lamentar la pérdida de “Yayo” compañero
de tantas travesías con el grupo.

Sin embargo, me quede tranquilo
sé que los perros también van al cielo…

El privilegio que uno se lleva…

Había arribado a la Spezia
en el norte de Italia,
ansioso por conocer Cinque Terre.

El sendero de los enamorados
no estaba habilitado y suspire aliviado,
imposible para mí de hacerlo caminando.

Estaba fuera de temporada,
pero se hizo el milagro
un par de días antes que llegara
a esa ciudad puerto de La Spezia.

Se había habilitado el tren
que recorría diariamente todos
los pueblos desde Riomaggiore
hasta en mi caso, a Levanto.

Saque un boleto exprés por dos días,
y disfrute cada pueblo, su gente
sus callecitas, sus barcitos, su gastronomía
y la belleza de estar enclavados
en colinas frente al mar,
la que me encanto entre todas ellas
fue Vernazza, con una pintoresca
y hermosa vista, como si estuviera
colgada de un balcón.

Me siento tener el privilegio que Dios,
el Universo o el de Spinoza me ha regalado,
pudiendo conocer otros pueblos,
otras culturas, mezclándome entre sus gentes
retratando los mismas emociones
como si estuviera en mi amada Buenos Aires.

Porque la Argentina es tan cosmopolita…

Una de mis queridas sobrinas, me ha pedido si le podía describir cómo llegaron mis abuelos maternos a la Argentina, para un trabajo que debe realizar una amiga suya. Si me hubiera solicitado de mi parte paterna, me hubiera resultado mas sencilla, ya que le compartiría la monografía que hizo hace años mi hija Analia, al entrevistar ambos a mi tio Santiago, único hermano de mi padre que a su vez había recorrido desde el nacimiento del apellido (756 AC) hasta nuestros días. Capurro, tiene ascendencia italiana, específicamente de Recco, Italia y por el lado materno de mi padre, vasco franceses y suizos.
Pero en el caso de mi madre, es más complicado. En primer lugar porque se trata de una nacionalidad un poco desconfiada en difundir sus secretos y otra por aquello de eso “no se habla”. Sin embargo, hare un recordatorio retrospectivo en mi memoria para poder alcanzar solo una “parte de lo vivido” por esos inmigrantes sirio-libaneses (mi ascendencia materna) que llegaron a principios del siglo XX.
De mi memoria surge, que la comunidad de origen árabe musulmán y cristiana, era reducida en comparación con las de origen italiano y española, gente con gran capacidad de trabajo, que arribaron allá a fines del siglo XIX y luego los distintos flujos se dieron hasta casi el año 1950. 
La comunidad árabe establecida ya en el país, recibió a mis abuelos cuando llegaron a la Argentina y ya cuando pasaron por inmigraciones, por el hecho de no saber español y tener dificultades para comunicarse los rebautizaron –¡así como les dijo! Aunque suene irrisorio- Mi abuelo de apellido Suleiman paso a ser Soleiman y mi abuela a su nuevo apellido Ali, el que se repetiría en varias mujeres que llegaron del medio oriente.
Después de pasar por el viejo Hotel de Inmigrantes, miembros de la comunidad ya establecidos los ubicaron en una casa, que supieron pagar. Era una de esas casas muy comunes en la ciudad de Buenos Aires de la época, con un local comercial al frente y la puerta de entrada de madera, en que trasponiendo un zaguán uno se encontraba con amplio patio y las habitaciones a la derecha, una a continuación de la otra. Al fondo el comedor diario y la cocina. Descubierto más atrás, el baño y un pequeño jardín que tenía una higuera, que daba unos fantásticos y sabrosos higos negros, que disfrute mucho de niño al igual que todo familiar que visitaba la casa.
La comunidad de aquel entonces era muy cerrada y altamente compleja en su apertura a aquellos nativos del país, fundamentalmente por el tema religioso ya que adoraban al libro sagrado del Corán y a su profeta Mahoma, en donde festividades como el Ramadán se cumplían a rajatablas, así como las oraciones mirando a la meca, todos los días. Recuerdo a mi querida abuela Asme, con un rosario de cuencas en sus manos, mientras oraba.
Así mi paladar se mezcló de niño con sabores latinos y árabes, por igual en que todo se hacía en casa y no había delivery, como hoy.
Pero existe un antes de mi nacimiento. Mis abuelos paternos, tuvieron en Buenos Aires; siete hijos –cinco mujeres “las mayores” y dos hombres “los menores- que es cuando uno se pone a pensar, que no pararon hasta tener el hijo varón. Mi madre era la segunda de las hijas. Supieron utilizar el local comercial, para instalar una verdulería, que les permitió mantener a tan numerosa prole.
Pero, dolorosamente mi abuelo paterno enfermo de gravedad a los cuarenta y tres años, dejando a la familia devastada y a mi abuela, al frente del negocio con alguna ayuda de alguna de sus hijas adolescentes.
Los sabores de las comidas tradicionales como el quepe, fatay, yisbaro, hummus y tantas otras exquisiteces eran cotidianas e imperdible el cordero a la cruz, cuando llegaba cada fin de año en que éramos una multitud.
Pero creo que me adelante a los hechos que sucedieron. Como bien comente antes, la comunidad era muy cerrada como hoy por ejemplo es la judía o la corena, y quienes acordaban los matrimonios eran los padres. Por ello, la mayoría de mis tías –salvo alguna rara excepción- fueron entregadas como esposas adolescentes “algunas a los quince años” lamentablemente sin amor y con hombres de más edad. La que dio la nota; como no podía ser de otra manera, fue mi madre, Sara Soleiman (Naye o Nancy) quien habiendo sido advertida por una de sus hermanas, Josefa (Popi) que estaba saliendo con un muchacho, que este traería a un amigo y la invito a acompañarla. Así fue como mi madre conoció al “Ingeniero” Francisco Félix Capurro –rubio de ojos grises o verdes, según el tiempo- y el querubín de los “flechazos” hizo en ellos de las suyas.
Ese amor fue tan intenso, que miembros de la comunidad persiguieron a mi padre varias veces, a punta de cuchilla –no olvidemos que la mayoría eran matarifes o carniceros-. Pero Francisco, no se amilanaba. Se ponía contra la pared, y los enfrentaba a trompada limpia. Hasta que un día, enfrentado a ocho energúmenos, mi abuelo –su padre- Félix salió con un pistolón con tiros al aire para sacárselos de encima.
Finalmente mis padres se casaron y mi madre tuvo prohibida la entrada a la casa materna casi por cuatro años. La historia de amor de mis padres, fue publicada en la revista Caras y Caretas, del legendario uruguayo Natalio Botana amante fugaz de Frida Kalo. Un amigo de mi padre, Otero un día al verme por la calle, siendo yo un adolescente, me dijo – Un día, pibe nos vamos a sentar en un bar y te voy a contar con detalle, el gran amor de tus padres- Charla que quedo en la nada, por su fallecimiento. Pero me detengo aquí. Habría muchas historias para contar, pero en esta breve reseña están las razones de porque la Argentina, es tan cosmopolita, llamada también “el crisol de razas”. Hasta la próxima…

Cuando viajes, no dejes de ver el patio trasero…

Cada ciudad muestra sus maravillas,
pero esconde sus zonas más obscuras.

Visitando Londres, hoy tan en boga por el Brexit
recorriendo Westminster y la City,
donde las grandes tiendas se florean
y los automóviles de alta gama,
solo están disponibles para millonarios
que gustan de coleccionarlos por decenas,
uno goza mirando el Parlamento, el Támesis
serpenteando la ciudad como tantos 
otros lugares icónicos, la Torre de los Ingleses
hasta el Museo de Madame Tussauds
o el de Sherlock Holmes y su asistente Watson,
con sus usuales instrumentos en repisas,
o en el mismo escritorio y en algún que otro cuarto,
la escena de un asesinato no resuelto,
con buena escenografía y precisos detalles que hace honor
al célebre escritor Arthur Conan Doyle.

Y ni que hablar de Notting Hill y la bohemia Portebello,
localización de aquella romántica película,
con Julia Roberts y Hug Grant, más conocido
por el fellatio dentro de un auto, que casi destruyo su carrera.

Pero como imperturbable viajero que soy,
recorrí el Londres profundo, donde Jack
hacía de las suyas allá por el siglo diecinueve.
Calles empedradas sucias, basura por doquier
pasadizos obscuros y dignos de una película de suspenso.

Mientras en la City o en Westminster,
la basura se retira todos los días
aquí es solo una vez por semana.
Mientras cada calle en aquellos
muestra orgulloso el escudo en cada esquina,
acá en el Londres profundo no existen.

Originarios de Bangladesh, Pakistán u
otras nacionalidades tienen sus propios guetos.
Converse con una española de Granada,
que alquilaba una pieza junto a otros siete
no siendo ninguno familiar del otro,
hacinados, ciudadanos no de segunda
sino del subsuelo, la escuche largo rato.

No me engañan las luces de neón 
o ahora las fulgurantes leads,
siempre deseo recorrer aquello
que nadie te lleva a ver,
porque es el patio trasero
que todo buen y flemático ingles
ignora y no desea exhibir.

En todas partes, hay algo para ocultar…

El viaje fantástico

Recorría las salinas grandes
del norte de nuestro extenso país,
mientras el automóvil avanzaba
a una velocidad moderada,
observaba absorto la belleza
de la diosa naturaleza,
caballos salvajes trotando
salvajemente en libertad,
patos silvestres volando
hacia algún charco de agua solitario,
uno de los tantos remolinos de viento
producidos por el extremo calor,
ingresaba por la ventanilla y puedo dar fe,
que lo movía sobre sus cuatro ruedas.

Fantástico viaje en un lugar,
que parece que uno se encuentra solo
en el medio de la nada misma, sin saberlo.

Si me quedaba en esa ruta, por algún problema
seguramente me encontrarían orando horas,
por la llegada de un buen samaritano.

Pero siempre me ha gustado
los aires de libertad en extremo,
tomar una ruta sin destino fijo
y sorprenderme con lugares inéditos.

Gracioso fue, cuando me detuve
en una estación de carga de combustible,
era la única edificación en kilómetros
a la redonda, pero lo más sorpresivo
fue que el tipo que me cargo el tanque sediento,
lo hizo con el cigarrillo entre sus dedos
como algo habitual en su trabajo, cada tanto
cuando alguien al igual que yo, se detenía allí.

Después de andar largo rato,
me alegre al descubrir
las hermosas sierras de Córdoba.

Respire profundo, me quede tranquilo
había dejado atrás el más maravilloso viaje
que en mi vida había realizado
y con una carga de adrenalina,
como nunca antes había sentido.

Homenaje (II) a Héctor Francisco Gagliardi

Héctor Francisco Gagliardi (Buenos Aires, 29 de noviembre de 1909 – Mar del Plata, 19 de enero de 1984) fue un destacado poeta, recitador y letrista de tango argentino, conocido por sus poesías y textos en lunfardo.

El sapito

-“El segundo Adelantado fue… Don Pedro de Mendoza” 
Lo dijo con voz gangosa el “Sapito”. abatatado… 
Yo. que me había agachado para poderle “soplar”… 
La maestra entro a gritar: -¡Ese niño bien sentado…! 
Ya estaba arañando el cero por no saber la lección… 
Su tabla de salvación fue la entrada del portero. 
Con la maestra, primero, no se qué hablo despacito, 
y se fue con el “Sapito”, que salió más que ligero.. 
Yo no sé lo que pasaba… la maestra nos miró… 
después. .. al rato, tosió con un algo que la ahogaba… 
En silencio se sacaba “las mentiras” de los dedos…  ¡Y para colmo el recreo, como nunca demoraba! 
Después… hablo suavecito, -ella que siempre gritaba-: 
nos dijo. “que lamentaba” “que a nuestro compañerito”..
“de que el Destino maldito lo castigó con crueldad…”  ¡Había muerto la mamá de Luis Otero. “el Sapito”! 
Como luz pensé en la mía que siempre me reprochaba, 
que a disgustos la mataba… de que en la calle vivía… 
Yo en mi casa me aburría.. no había con quien jugar… 
pero… ¿podía preguntar hasta dónde la quería?… 
Al salir. con el “Pelado”, nos fuimos de una escapada. 
Contra la puerta entornada, uno de negro. parado…  ¡me quedé más amargado! Yo al Sapito. lo quería… ¡Siempre juntos desde el día que fuimos a primer grado! 
Aprendimos a escribir y a copiarnos en pareja… 
Y ahora quedaba sin “vieja”… ¡Cómo había de sufrir!… 
Le iba a dar para elegir la bolita que quisiera… 
aunque fuese “la lechera” que era todo para mí!…. 
Para casa dispare sin pasar por “la cortada”… 
Cuando mi vieja atareada me iba a servir el café, 
del batón me la agarré… Y aunque la hice llorar, 
con furia la entré a besar como nunca la besé…!

Sigo queriendo ser un niño…

Recordé hace instantes
a mi hijo en su niñez,
armando ambos el tren
que le había comprado,
para investigar y jugar juntos.

Tirados en el piso,
riéndonos al equivocarnos
en el encastre de las partes,
insistiendo una y otra vez
en que debo admitir
que él, lo hacía mejor que yo.

Varias horas la pasábamos juntos,
hasta que logramos el objetivo.
La maqueta perfecta, con su estación,
sus árboles, los autos estacionados
afuera en las calles aledañas.

Las personas en escala,
aguardando el ferrocarril
que los llevara a ningún destino,
inmóviles o sentados
según como los habíamos ubicado.

El apoteótico inicio del andar
del ferrocarril con sus vagones
por las vías, pasando cerca de un lago
o desapareciendo por la boca de un túnel.

Llamando como chicos, así me sentía
a mis otros hijos, para ver la maravilla
que habíamos soñado y logrado,
compartiendo todos nuestra satisfacción.

Que hermoso sería retrotraer el tiempo,
para regalarme un solo minuto
de esa adorable sensación,
que me brindaba la tierna compañía
de mis hijos tan queridos.