La quise tanto

Baila muchacha, baila así desenfadada
como si solo tu y la música existiera,
no prestes atención a los hombres
que no pueden dejar de mirarte,
ni tampoco a las mujeres que solo
envidian las figuras que haces con tu cuerpo.

Baila para mi, como nunca lo has hecho
a pesar del oscuro cuarto y mis ojos ciegos,
deja que mi imaginación te arrulle y acompañe
con el ritmo de tus castañuelas en el aire.

No necesito verte para saber como eres
graciosa, sensual y brillante,
con esa flor que seguramente llevas
en tu cabello renegrido azabache.

Ese taconeo del flamenco que termina
en el aire con tu talón por encima
de tus dedos apoyados en las tablas,
un derroche de pasión y de fuerza
como aquella mujer que descalza
solo le bastó su danza para nunca olvidarla.

Al final del túnel

Giro sin detenerme
como en un carrusel,
al que el calesitero
dejó subir al saber
que solo conmigo,
anida el recuerdo
de lo que se fue contigo.

De preguntarme
una y otra vez,
si está calamidad
nació junto a mi,
y fue la artera causa
que me anunciaba
sin percibirlo siquiera,
tu irrecuperable pérdida.

O fue ignorar amarte
como tu lo deseabas,
con armonía de iguales
y no como aquel creyente,
que cree que el amor
es al otro someterse.

Solo veo un túnel
que se va estrechando
en sus paredes cada paso,
con esa luz ya diminuta
difusa y amarillenta,
que al final se apagará,
anunciando el fin del
recorrido de una vida.


Vida que rota
por dentro y por fuera,
poca razón tiene ya
de quedarse en este mundo irreal,
solo como alimento de los demonios
que la acosan y destrozan cada noche.

No habrá pendientes…

Hace tiempo que no sabia de ti

desde aquel adiós apurado y sorpresivo,

al ver luz en las ventanas de tu casa

pensé que luego de años de abandono,

la habrías arrendado para evitar el recuerdo

lo que con tus padres en ella, habías sufrido.

Luego de mi cena continúe pensando en ti

cuando nos abrazamos en el porche de esa casa,

subí a mi dormitorio con ese fuerte recuerdo

y al llegar no pude dejar de mirar por la ventana,

por si alguna silueta se recortaba detrás de las cortinas.

Desperté casi acompañando al amanecer,

no dormí del todo bien y hasta soñé contigo,

me di la ducha de cada mañana bajando luego

a preparar como todos los días mi desayuno.

Escuche música ochentosa en alto volumen

como si alguien quisiera inyectar movimiento

y despertar al vecindario sin importarle nada,

me sorprendí al verte en la ventana bailando

eras tu sin duda alguna quien había regresado.

Miraste, me sorprendiste viéndote y fue así

que levantaste tu mano como gesto de saludo,

me alegro tanto ese gesto como el que hiciste

luego al darme a conocer que querías verme.

Pensé que siempre en la vida, nada debe quedar

en nuestro camino como tema pendiente

y más aún, cuando de amor se trata…

Fantasía

Como si fueras una fantasía representada

ante mi aquella en la figura tuya de aquel año,

en qué pequeñita te reflejabas en mis manos

cuando nos amábamos creando sueños

que construyeran nuestra propia historia.

Cuanto te ame, mejor dicho cuanto te amo

al volver a recordar aquel tiempo único,

perdurable en mi memoria hasta que mi tiempo

me murmuré suavemente que debo partir.

No importa, mis recuerdos quedaran en otro

que los replicara en una nueva vida,

y en el momento exacto como aquel que fuera

te tomara en sus brazos y te abrazara con fuerza

como si fuera yo diciendote “te amo”…

Inconfesable

:Puedo darte un masaje
en tus pies me dijiste”,
presentí en ello
que sería el inicio,
de ese juego al que tanto
nos entregabamos,
en todo encuentro furtivo
dentro de las tinieblas
de tu cuarto donde hasta
el mismo Satanás parecía
estar presente
con su lasciva mirada.

Cuando te acomodaste
entre las almohadas de plumas,
dejando al descubierto tus piernas,
comencé suavemente a acariciarlas,
sintiendo tu temblor y ansiedad
cuando desde abajo hacia arriba,
una y otra vez tocaba tu pubis.

Minutos después tu humedad
mojo levemente mis manos,
supimos que deseábamos fuegos
interminables desde nuestros cuerpos
que nos inflamaran de placer.

Nos lanzamos como salvajes
a hundirnos en ese placer
al que al mismo tiempo
llegamos a la explosión
de todos los sentidos…

Aquel tiempo en que me descubrí…

A veces sucede que se presentan situaciones sorpresivas, que te traen recuerdos de la prehistoria de tu vida.


No soy de ver o engancharse en programas periodísticos; porque su evidente color amarillento, es lo que los pone en clara oposición a la verdad, aunque esta no sea objetiva. Responden a intereses, de uno y otro tiroteo de sectores políticos o bien de los propios sponsor que en pautas de publicidad, a veces resultan llamativamente gene-rosos, ya que pretendiendo que una noticia sea sutilmente convincente para un público en especial, que ciego se come “sapos” de todo color, quizás por lo que fue vida dentro de su contexto familiar en cuanto “a favor de o en contra de que partido político” ; o bien la militancia en la secundaria o en la universidad, al ser carne fresca para reclutar; y entre otros casos porque no, es como un panqueque que apoya cuando solo supone que le conviene, porque bien en la sede barrial del partido político le tiran una moneda o lo acomodan, si llegaran a ganar por el voto popular en un puesto público en planta transitoria.


Por la sencilla razón que en mi país, todos saben que el gasto público, viene hace déca-das incrementándose exponencialmente por las transas de los políticos con los punteros de las poblaciones de más escasos recursos o hasta los barras bravas (fanáticos afiliados a clubes de fútbol) que actúan en forma frecuente como fuerzas de choque en manifes-taciones masivas o se infiltran como espías funcionales, además de que en forma fre-cuente, asociados a algunos corruptos dirigentes del fútbol, se encargan no solo de la reventa de entradas sino que también realizan el marketing y venta de souvenirs para los simpatizantes. Si debemos hablar de “los pesados” en Argentina, deberíamos confec-cionar un ranking que seguramente superará toda expectativa.


Como siempre, mi neurona – sí; no se sorprendan- solo tengo una – y me lleva adonde ella quiere y me saca del tema neurálgico que pretendía desarrollar en el día de hoy.


Eso es lo que pasa con nuestra mente. Es muy pícara. Cuando deseamos concentrarnos, nos viene a molestar con cosas del pasado o deseos del futuro, y así no nos permite desarrollar aquello que teníamos previsto.


Pero ¡zas! Ahora recuerdo, que días pasados al pasar frente a la TV, vi que le estaban ha-ciendo un reportaje a un actor argentino, que había estado enfrentando los incendios forestales -en su mayoría, intencionales-, para salvar las unidades de su complejo turís-tico que se compone de cuatro cabañas, en el Valle de Punilla,, en nuestra Provincia de Córdoba, que se caracteriza por sus bellas serranías y un excelente clima seco.


Pero la sequía de meses, hacía que el fuego se acercara por el fuerte viento, en distintas direcciones y se propagaran los focos de incendios. Justamente su complejo, estaba en una hermosa localidad llamada Villa Giardino.


Ahí; como en “Volver al pasado” me retrotrajo décadas atrás cuando visitaba el pueblo 5 o 6 veces al año.


¿Razones? Mi primera mujer, tenía a sus padres allí y ella había nacido en el pueblo an-terior, yendo hacia las sierras grandes que se llama aún hoy, Huerta Grande.
Estaba cerca de cumplir 21 años, ella tenía 24. Como todo adolescente en mi caso a ser libre desde los trece años e incursionar en grupos musicales o de teatro, creí como un imbécil que ya estaba maduro como para casarme. Una locura; contra la que nada pu-dieron hacer mis más estrechos amigos y hasta mi mismísima madre a la que amaba muchísimo, aún hoy luego de que se fuera de vacaciones hace más de dieciocho años.


Pero solo voy a traer de la memoria, ya que me lo está pidiendo insistentemente que relate porque me enamore de aquel pueblo.


Es que descubrí en mí una cantidad insospechada de emociones y sentimientos, que seguramente en el asfalto de Buenos Aires, jamás me hubiera sucedido.


En primer lugar; su gente. A su ritmo y sin apuro. ¿Que no trabajaban? Si, claro que lo hacían, pero a su manera. Nada de ser estructurado y pretender no dormir una breve siesta a la tarde. El mate convoca no solo a la familia, también a aquellos vecinos que se iban convirtiendo en familia, rodeados en círculo frente a unos leños encendidos al cen-tro, con dos porongos (un tipo de mate hecho de un zapallo de calabaza) del que en una vuelta, podían tomar la infusión 3 o 4 personas, dado su tamaño). Los cordobeses para el humor, como la mayoría de nuestros hermanos de cada provincia, tienen una chispa tan especial, que si el primero y el segundo fueron tan buenos como para desencajar el maxilar, ya uno se reía a repetición con los que venían después. Mujeres y hombres, en donde nadie se subía a su ego y estamos todos hermanos, compartiendo madrugadas inolvidables.


Fue también mi verdadera cercanía con la naturaleza, con mis suegros llevándome bajo a los pinares, para buscar aquellos champiñones realmente comestibles y saber diferen-ciar a estos de los otros, que pueden lograr que partas antes de tiempo.
Por otro lado, descubrir las hierbas aromáticas (que utilizan los mismos laboratorios para sus medicamentos) como la peregrina, la carqueja o el té de burro, entre otros.
Ir con mi suegro a la vera de un arroyo, donde el “me gastaba” por ser un tipo de ciu-dad, que aún no había aprendido a disfrutar.

Y la verdad, que con el tiempo comprendí que tenía razón. Llegábamos con un “chivito  mamón” -6 o 7 kilogramos- y no se, como hacia el “viejo” Montoya para prender el fuego con unas ramitas, y así lo iba asando despacito, cosa que cuando llegaran las mujeres con las ensaladeras y aquello que faltaba, nos sentamos a almorzar a pleno estilo cam-po, comiendo las costillitas de las que de esa exquisita carne, se deshacían en la boca. Una exquisitez, que repetimos varias veces cuando los visitamos.


Ahí pude sentir las caricias que uno recibía, como un mimo al corazón. Mis suegros, eran muy buena gente y mi mujer, su única hija. No se si sería eso, pero mi suegra, Doña Rosa siempre me esperaba con uno de sus exquisitos platos; pollo o vizcacha en escabe-che, ensaladas que contenían verduras y tomates propios de quintas de los alrededores. Es infaltable antes de almorzar, algún copetín con salami de Colonia Caroya -uno de los mejores lugares en que los producen- junto con unos triángulos de queso de cabra.


Creo que mis contracturas; se debían en aquel entonces a tanta armonía y paz por dejar-me llevar cuando me encontraba allí, todo lo contrario a la vorágine de Buenos Aires, eran emociones y sentidos imposibles de vivir.
Si alguien no conocía a nadie, eso no era motivo para evitar saludarlo coloquialmente, como una muestra de amabilidad y respeto.
En los últimos meses del año, se festejaba el día de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced -Patrona del lugar, desde hacia 300 años- que se encuentra alejada del pueblo y en una gruta, a la que uno debe subir para llegar a la cima y ver su imagen (detrás de una reja de protección) para realizar las oraciones o llevarle su agradecimiento.


En la base del cerro, un antiquísimo cementerio del pueblo en el que quedaron las pri-meras osamentas de pobladores de la Villa. Justo enfrente de ese lugar, es que había algo así como un almacén de Ramos generales, se congregaba todo el pueblo para feste-jar el día de la Virgen. ¿Que se hacía…?algo que por primera vez comí y luego cada año, fue rutina. Asado con cuero en horno de barro.
Uno solo debía llevar un pequeño cuchillo filoso, le daban la porción en un papel de es-traza (papel blanco) y la habilidad era comerlo utilizando solo el cuchillo, con el que me hice un experto recién a la tercera vez. Beber; bebíamos lo mismo que en la casa de mis suegros, un vino en damajuana de nombre Galán, cuyo sabor dulzón hacia que muchas veces me pasara de vueltas y tuvieran que ayudarme a volver.


Un camino asfaltado en su mayoría, de aproximadamente 5 kilómetros llevaba al pue-blo, increíble las centenas de lucecitas que las pequeñas luciérnagas producían para deleite de los niños y los no tan niños. Bravos eran murciélagos -en aquella época, yo fumaba- y no hubo una sola vez que con el cigarrillo entre los labios, no me sobre-volara ese maldito bicho.


Mi conexión con la naturaleza fue como recibir un aire tan puro, que renovaba cada célula de mi cuerpo.
Al principio me costó, yo estaba muy urbanizado. Me costó, pero me encontré con mi onda.
Me busqué, me di el tiempo. Adquirí el temple de la espera y eso también, me lo dio ese lugar.

La naturaleza me bajo el ego, me hizo agachar la cabeza, me hizo vivir el presente de cada día. Todas mis experiencias de esos cinco años -lo que, aquel matrimonio  duró-  fueron muy sanadoras, porque para mi fue todo un proceso el encuentro con la natura-leza viva. Empecé a ser parte y a entender.

Deje de decir “quiero tal cosa” y empecé a ir en armonía con lo que era. En el monte hacía calor, salíamos. Y cuando hacía frío, nos quedamos.Era así, la naturaleza era así y me templó mucho. Mi voluntad la tuve que ubicar por debajo de la voluntad de la naturaleza del clima.

Allí pude dejar de ver “el tiempo como tiempo” y pude verlo en el preciso momento en que ocurría. Me dio la posibilidad de ver las cosas, relajado. Por eso, lo recuerdo siem-pre y me digo a mi mismo “Nos tenemos que permitir disfrutar las cosas y hasta de los errores”.


Otra cosa, que me permitió cuando íbamos por un tiempo prolongado, es que se me abrió la posibilidad de practicar la mirada compasiva y sobre todo, conmigo mismo.
Cuando solté la idea, de que mi mente tenía
que controlarlo todo, como tenía que ser y lo deje ser, fue como aceptar eso, como soltando las cosas y verme quién era en reali-dad.

Las ideas mentales que en aquella época tenía planteadas, me hacían creer que lo que hacía, estaba destinado al fracaso. Pero luego no pasaba nada, de lo que tendría que haber pasado.
Observando la naturaleza, lo pude ver constantemente. Conectarse con la naturaleza es gastar menos energía y todo empieza a necesitar menos esfuerzo. La meditación, hoy que la practico, es lo que me hace todo más fácil,

El hippie

Me miró como una “rara avis”
cuando nos cruzamos en el boliche,
sería mi pelo largo o esa medalla
con el símbolo de amor y paz,
en aquellos años sesenta.

Creo que más se interesó
por aquello de lo misterioso
que podíamos ser como hippies,
que por mi facha desalineada
tirando un poco más que a eso,
ya que me ganaba unos pesos
trenzando esas zancudas
que después vendía entre
la gente, tiradas sobre mi manta.

Súbitamente, se acercó y sentó
a mi lado, sin pedirme permiso,
su figura era la de una cheta
con plata de Barrio Norte.

Le pregunté ¿Qué querés, piba?
y simplemente me contesto,
luego de que vendas todo
quiero hacer el amor contigo.

Tiempos gloriosos aquellos,
en que ser “raro” para el otro
te permitía enganchar sin siquiera
poner una pequeña y simple carnada.

Imagen: Maja Hreczuk – Pinterest

Alicia…

Fue verte desaparecer
como una estrella fugaz
brillante y maravillosa,
al subirte a la rampa
del buque “Lago Alumine”
aquel mi más triste día del 68.

Destino de tu padre, Génova
por eternos cinco años,
y con el toda su familia
otro mundo, otras gentes.

Me acerqué tímidamente
a aquella vieja dársena,
me mostraste tu rostro
con tu angelical sonrisa
desde la gran cubierta,
señalándome con tus manos
que subiera, y así lo hice.

Numerosos familiares
de los tripulantes que felices
deseaban la buenaventura
del arribo al Puerto de Nervi.

Los comprendí, la mayoría
volverían a Buenos Aires,
en cambio a ti, mi primer amor
adolescente casí te ibas para siempre.

Te vi feliz, la experiencia
de vivir y estudiar en Italia,
otro país, otras costumbres
iluminaba aún más tu mirada.

Solo pudimos tomarnos
de la mano, darnos un beso
a escondidas en la proa,
prometimos escribirnos
durante esos largos años,
lo que así hicimos sabiendo
ambos que a tu regreso,
no seriamos los mismos.

La sirena de partida estremeció
el ambiente, presurosos todos
bajamos para saludar desde tierra,
ni tu ni nadie percibió que lágrimas
rodaban por mi rostro, sin esfuerzo.

Tantas cartas en tiempos
no virtuales, cruzaron el océano
con mi ansiedad de recibirlas,
y contestarte cada vez sin dejar
de incluir un poema de amor.

Recordaba nuestros paseos
por la tarde, lo pequeña que eras
poniéndote en puntas de pie
y yo inclinarme, para darnos
esos besos plenos de inocencia,
otros tiempos aquellos
pero por ello, muchos mejores.

Regresaste y nos dimos cuenta
que ya no éramos los mismos,
jóvenes que habían crecido
y que casi no se reconocían,
deje de visitarte un día
no sin antes enviarte luego,
60 rosas rojas por cada mes
en qué de a poco y sin darme
cuenta, te fui perdiendo.

Ven conmigo, por favor…

Recorreremos la vida
que nos queda
si me permites amarte,
y te apartas
de ese miedo
que a tu alma paraliza.

Si solo vuelves a creer
que aun mayores
compartir juntos
esos instantes
que la vida nos regala,
es solo por la luz divina
que nos arrulla.

Poder hacer aquello,
que aun no hicimos
cualquiera fuera su motivo,
disfrutar cada minuto
como si fuera el ultimo
en este privilegiado
y largo camino de vida.

No me costara amarte
hasta las entrañas,
porque solo al pensarte
mis sentidos se estremecen.

Ven, anímate a ser feliz
miremosnos a los ojos,
con esos brillos que perduran
en aquellas almas buenas,
que sin saberlo vagaron
en el tiempo sin encontrar
aquello que no sabían
que tan cerca estaba.

Ven, acércate y déjame
abrazarte una y otra vez,
verte reflejada en mis ojos
que desean un amor eterno.

Ven…anímate, vence tu miedo.




Metamorfosis

Fui a tu casa porque
me habías invitado,
al llegar pase
por todas las miradas
de tus amigos,
que me observaban
como el raro y real
joven hippie que era
en aquella década
de la revolución de los 60,
cuna que revoluciono
la cultura no solo musical
sino también a una juventud
ansiosa de libertad,
de romper con mandatos sociales
aquellos opresivos
que nos ataban a lo “viejo”.

Era el distinto
en aquella “tu reunión”,
en que me reí
en la cara de cada uno
de tus amigos almidonados,
con cabello corto
como soldados de torta,
olvidando yo, que era igual
que ellos no hacia tanto tiempo.

Eran años de Joan Báez,
Bob Dylan, José Cocker,
The Beatles y el cercano
festival de Wooddtock
con su locura y descontrol.

Había pasado un año
de nuestro último encuentro,
tú eras la misma, frágil y preciosa.

Yo en cambio,
había abandonado
la universidad,
y de lo acartonado
salí haciéndome artesano,
fabricando aquellas
sandalias trenzadas,
que vendía en viajes a dedo,
por lo largo y ancho
de nuestro país.

Había sido para ambos
el amor primero,
pero como todo, ya
no era yo el mismo
como bien había sido
tiempo antes, igual a tus amigos.

Nos miramos, recordamos,
bailamos un par de melodías,
olí tu piel, tuve que esforzarme
para alejarme y decirte adiós,
no era aquel que habías conocido.

Hoy, luego de tantos años
te sorprenderías al leer esto,
será porque jamás te olvide
y tu recuerdo me seguirá
por siempre, como entonces.