Hoy te recordé especialmente ¿Cómo están por ahí, hermano?

No he escrito sobre él desde que partió; pero hoy se cumplen 21 años de su ida de vacaciones, a ese lugar encantado de praderas verdes y un cielo azul intenso, al que no visita jamás nube alguna.

Mi hermano Carlos; quince años casi de diferencia de edad, el mayor de los cuatro.

Será porqué hoy la memoria larga que es la que más perdura en el tiempo, me hizo recordar a aquel 21 de octubre cerca de las 22 de la noche -casualidad o causalidad-; de festejo de cumpleaños de quien fuera mi esposa cuando sonó el timbre del teléfono fijo -todavía existían; no como hoy que los fijos han casi desaparecido dando paso a estos demonios aparatitos portátiles.

Me llamaron para informarme que había fallecido. Era algo previsible que ocurriera; porque internado en la unidad de cardiología del Hospital Alvarez, su estado era más que crítico.


Ya había tenido alguna que otra internación anterior, en las que antes de irme a mi trabajo, pasaba para asear y afeitarlo. No me sorprendí, porque al margen del dolor genuino de su pérdida; al mismo tiempo pensé que era lo mejor que podía sucederle.


¿Por qué, me preguntaran? Porque ya no era el Carlos, conocido por todos. Estaba en su mundo y permanecía en silencio. La medicación había hecho estragos en su mente. Iba a visitarlo, como para alegrarlo y conversar con él; para terminar siendo solo un monologuista.


A veces, he hablado con su hijo Carlos, comentándole que con seguridad los médicos psiquiatras le pifiaron en el diagnóstico y lo medicaron pésimo.


Mi hermano enfermó por primera vez muy joven; era hiperquinético, no tenía problemas en levantarse a las 4 o 4:30 de la mañana para preparar sus cosas y comenzar su negocio independiente de repartir con su camioneta, productos alimenticios en todo el radio de la ciudad de Buenos Aires.

Fumador compulsivo como lo fuera mi padre; ello tampoco ayudó a su calidad de vida.


Pasajes de su infancia y adolescencia que quizás lo atormentaban, más el estrés al límite al que se enfrentaba cada día, hicieron el resto.
Pero antes de enfermarse; era un ser alegre, conversador a quien el chiste le salía naturalmente para hacer reír a quienes lo rodeaban.


Fue bondadoso y demasiado generoso con mucha gente, que no lo merecía. Velaba más por los de afuera, que por los de adentro.
Quizás vuelvo a reiterar, por lo que vivió desde muy joven. Un excelso jugador de billar a tres bandas; era su único entretenimiento fuera del trabajo.


Pero se y lo siento así, que desde hace 21 años está muy feliz de encontrarse donde está, con la paz y armonía que debió sentir cuando se encontró con el viejo. Y ni que hablar de mamá, la que siempre caminaba por la calle Cesar Díaz hasta donde vivía, para visitarlo porque era su preocupación constante.


A mamá la recibieron dos años después, hasta que finalmente el año pasado llegó mi querida hermana Alicia.
Seguramente ahora los cuatro deben pasarla juntos, juntando todos los recuerdos- miles- y hablando de ellos en ese lugar celestial, en el que visitarán y serán visitados, por todos los seres queridos que han partido.

Para todos ellos; que en paz descansen eternamente en los brazos de Dios.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

No es la soledad…es la vida.

Soledad infinita
que ya pesa
un poco más
que ayer
y menos
que mañana,
sobre
las espaldas
exhaustas
por haber vivido
de pie
equivocado
o no,
pero jamás
de rodillas.

Orgullo, no
no es orgullo,
es lo que uno
mamo de chico,
ejemplos de vidas
sin dobleces
ni trampa alguna.

No conseguiré
el cielo fácilmente
porque me equivoqué
fiero algunas veces,
he pedido perdón
a aquellos que lastime
por esos impulsos
que uno no los sujeta.
 
Pero no me quejo
vida bien vivida,
con momentos
únicos e
inolvidables,
mi único amor,
mis hijos, mis nietos
y también
de los otros
las pérdidas
algunas que aún
duelen en el Alma,
y que uno guarda
para cuando
se acerque
el camino
del reencuentro.

Como cantaba
la “negra” Sosa,
gracias a la vida
que me ha dado tanto.

El niño aquel…

Mesa familiar
nietos
que sonríen,
reclamando
juegos
a los que
el abuelo
cómplice,
los ha
acostumbrado.

Viajaron
de muy lejos,
reflorece
el amor
en el reencuentro,
las risas
por los juegos,
tal campanillas
resuenan
por toda
la casa,
bulliciosa
alegría
que impregna
cada rincón,
echando
al silencio
sepulcral
destemplado,
que al aire
contamina
por una soledad
autoinfligida .

Una sonrisa
de un niño
en estado puro,
provoca
inocencia
al abuelo,
que retorna
reflejado niño
que vuelve
a ser
como aquel
que fuera,
con su inocente
Alma.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest  –

La casa iluminada

De pronto
todo quedó
en penumbras
en la vieja casa,
era lo que deseaba
recorrerla toda
trayendo
a su memoria,
la algarabía
las risas
de sus hijos
cuando eran
pequeños,
quienes
al llegar el
del trabajo
cada día,
apagaban
todas las luces,
para que
se convirtiera
en un monstruo
vociferante,
que los corría
por cada
habitación
o baño,
y no cesaba
hasta que
encontraba
al último,
incluyendo
a su mujer,
entre risas
y alegría
más alguna
incontinencia
urinaria
de los niños,
consecuencia
de esas
carcajadas
que ya no
volverían.

Se sentó
en un sillón
del amplio
comedor,
algo raro
en él
para quién
la cocina,
era el
lugar
de la vida,
su mirada
observó
cada rincón,
se detuvo
en un equipo
de música,
en el que
se escuchaban
los sonidos
para cada
festejo,
llámense
cumpleaños,
navidades
y nuevos años
plenos
de esperanzas.

Medito sentado
un rato más,
el ayer
ya no se
podía replicar,
pero una idea
le devolvió
una ancha
sonrisa
a su cara,
ya no sería
el monstruo
de aquella
época,
los tiempos
eran otros,
ahora
se pondría
la piel
de zombie
y correría
a sus nietos,
la casa
volvería
a ser
envuelta
por esa luz
tan particular
fusión de la
complicidad
y la alegría.

Imagen: Gentileza Pinterest – guiainfantil.com

Dejemos ir… ( II )

Somos falibles,
somos humanos
hay que olvidar
perdonar
recíprocamente,
dejando el pasado
que aun
recordando
esos fugaces
momentos
de felicidad,
provocan dolor
por lo que
no pudo ser.

Vivir naciendo
como otra persona
en el hoy presente,
hemos sido
tantos personajes
en nuestra vida,
que a veces
olvidamos de ello.

No al rencor
que contamina,
tóxico
como pocos,
que enferma
el alma,
confiar y alejar
intentos imaginarios
para unir
un fino lazo
de aquella unión
que se cortó,
no importa
porque o
en cuanto
tiempo, no interesa.

Nada puede atar,
solo anudarse
a otra vida presente,
nueva, distinta, adorable.

El cerebro procesa la información de la misma forma que se regula el tráfico de trenes.

El sistema que utiliza el cerebro en el procesamiento de información y en el almacenamiento de recuerdos es similar a cómo los interruptores de ferrocarril controlan el destino de un tren: las vías llevan a diferentes destinos, en tanto el hipocampo habilita varios canales para procesar información y recuerdos.

Científicos de la Universidad de Nueva York han descubierto un mecanismo en el cerebro que hace posible procesar grandes cantidades de información con diferentes propósitos y en forma simultánea: es un proceso que almacena recuerdos y los codifica de forma eficiente para que estén a mano cuando los necesitamos. El trabajo científico ha sido publicado recientemente en la revista Cell Reports.

Ese proceso es similar al que se utiliza en la gestión ferroviaria, cuando al accionar un comando se desvía un tren hacia otra vía, reencauzando su destino. El cerebro humano sigue la misma lógica: al ser imposible que cada estructura se encuentre especializada en una única función, considerando la enorme diversidad de tareas que dependen de la actividad cerebral, se activan «cambios de vías» que redirigen los procesos y permiten que un mismo sector realice con éxito diferentes funciones.

El cerebro cambia de modalidad

Según experimentos realizados con roedores, los investigadores comprobaron que las mismas áreas del hipocampo codifican información de la ubicación actual, pero en forma simultánea son capaces de «cambiar de modalidad» y superponer datos relacionados con ubicaciones visitadas en el pasado. La combinación de ambos planos de información (presente y recuerdos) enriquece la comprensión del entorno por parte de los roedores, permitiendo que se ubiquen de forma más rápida y precisa.

El hipocampo es un área relacionada con la corteza cerebral, localizada al interior del lóbulo temporal. En el ser humano, el sistema ligado al hipocampo gestiona la llamada memoria episódica o de sucesos y la memoria espacial, que hace posible la ubicación en diferentes entornos.

De acuerdo a una nota de prensa, los científicos estadounidenses descubrieron que el sistema de «vías superpuestas» que presenta el cerebro se gestiona en el hipocampo. Los resultados revelan cómo un mismo circuito neuronal en el hipocampo asume más de una función.

En consecuencia, el cerebro desvía «trenes» de actividad neuronal para codificar nuestras experiencias y para recordarlas. Esto comprueba que los mismos circuitos tienen un papel protagonista tanto en el procesamiento de la información como en los mecanismos ligados a la memoria.

El hipocampo es el que edita la película de nuestra vida. 

El hipocampo, la región del cerebro asociada a la memoria y la percepción espacial, es el que edita la película de nuestra vida: selecciona las partes más significativas de cada experiencia y forma con ellas los recuerdos que vamos a conservar de esa vivencia.

Una investigación de la Universidad de Cambridge ha descubierto que el hipocampo, una de las principales estructuras del cerebro humano, funciona como el editor de la película de la vida: selecciona las experiencias cotidianas que deben ser archivadas en la memoria a largo plazo para convertirlas en recuerdos.

Es decir, que es el hipocampo, la parte del cerebro asociada a la memoria y la percepción espacial, el que determina el significado que cada parte o momento de una experiencia puede tener para nosotros.  Los resultados se publican en Journal of Neuroscience.

Cuando vivimos una experiencia, el hipocampo se activa y analiza los diferentes momentos de esa vivencia para seleccionar los más relevantes y pasarlos a la memoria.

Esa selección que realiza el hipocampo, a tenor de los resultados de esta investigación, no tiene en cuenta la secuencia de la realidad tal como se desarrolla, sino que impone su propia secuencia de imágenes y parte la película de nuestra vida por donde más le conviene, para fabricar los recuerdos que vamos a conservar de toda esa vivencia.

El descubrimiento se produjo analizando los cerebros de 284 personas mientras veían la película Forrest Gump, de 1994, y un episodio de la serie “Alfred Hitchcock presenta” llamado “Bang! You’re Dead”, difundido por televisión en 1961.

Valiéndose de las imágenes por resonancia magnética funcional, los investigadores pudieron observar las regiones cerebrales activadas durante la visualización de ambas proyecciones.

Viendo cine

En el experimento participaron por un lado 15 personas que vieron la película y por otro lado 253 personas que vieron el citado capítulo de la serie de Hitchcock. Un tercer grupo, formado por otras 16 personas, observaron las dos proyecciones. Estas últimas debían pulsar un botón para indicar el comienzo y el final de un evento o secuencia de la proyección.

Los científicos compararon la actividad cerebral de los dos primeros grupos con los puntos de transición indicados por los observadores del tercer grupo. Y apreciaron que, en los dos primeros grupos, la respuesta del hipocampo sobre los intervalos de tiempo entre eventos estaba influenciada por los límites subjetivos de cada participante, y no por la transición entre escenas establecida por el cineasta.

Por ejemplo, en el caso de los espectadores de Forrest Gump, de dos horas de duración, los investigadores observaron que la respuesta del hipocampo estuvo determinada por lo que cada participante consideraba importante de la película, más que por lo que el cineasta había pautado para el desarrollo de las diferentes escenas.

Hipocampo sensible

Estas observaciones llevaron a los investigadores a concluir que el hipocampo es sensible a los límites subjetivos de una experiencia, más que a los índices objetivos del desarrollo de una vivencia.

Eso significa, según los investigadores, que el hipocampo es el que realiza la edición de la película de nuestra vida, ya que fragmenta las experiencias continuas que vivimos cada día y selecciona los extractos de esas experiencias con las que formar los recuerdos.

Los investigadores destacan que este trabajo es uno de los primeros en estudiar el funcionamiento del hipocampo a lo largo de una experiencia vivida en directo, ya que normalmente es estudiado a través de manipulación experimental de acontecimientos diferentes.

Para este estudio, los investigadores partieron de la base de que el hipocampo es sensible a los espacios temporales que separan un acontecimiento o experiencia de otra, cuando ocurre de manera natural y continua.

La conclusión de esta investigación es que los límites de los eventos desempeñan un papel clave en la configuración de la actividad del hipocampo cuando procesa una experiencia, y que los límites de los eventos moldean a su vez la experiencia mediante la modulación de la actividad del hipocampo.

Los interruptores cerebrales que cambian las vías

Cuando el mismo circuito realiza más de una función tienen lugar interacciones sinérgicas y de intercambio de diferentes recursos. Ese complejo mecanismo es controlado por un interruptor cerebral, conocido como «pico dentado». Se trata de un patrón neuronal que se origina en la corteza entorrinal medial (DSM), y que cumple la tarea de coordinar los cambios en la función cerebral, de la misma forma que una palanca accionada en el momento preciso puede modificar el destino de un tren en las vías férreas.

En las conclusiones de su estudio, los científicos fueron aún más claros: al igual que los interruptores de ferrocarril controlan el destino de cada tren, los «picos dentados» cambian el procesamiento de la información en el hipocampo, pasando de la codificación de datos al recuerdo. De la misma forma que un cambio en las vías modifica el rumbo de un tren, los eventos neuronales de «pico dentado» desvían los pensamientos desde el presente hacia el pasado.

Gracias a este descubrimiento, será posible ahora comprender en profundidad los canales simultáneos de actividad cerebral que tienen lugar en las mismas redes neuronales del hipocampo: las implicaciones abarcan nuevas terapias y tratamientos y renovados enfoques para investigar otros procesos cerebrales.

FUENTE: Tendencias21 – Pablo Javier Piacente – Editor científico

Referencia

Foto: la imagen superpone los potenciales de campo locales del hipocampo en las vías del tren controladas por un interruptor. Las vías férreas proporcionan diferentes rutas a distintos destinos, como los variados modos de procesamiento de información del hipocampo pueden habilitar múltiples funciones en el marco de procesos de recolección y codificación de memoria.

Crédito: André Fenton, New York University.

HOMENAJE A JUAN FORN

“Yo recordaré por ustedes”

Anticipo exclusivo del último libro de Juan Forn

Cuando murió ya había entregado este trabajo a la editorial Emecé y estaba programada su publicación para agosto, lo que finalmente sucederá en estos días. Tiene su origen en las contratapas de los viernes, pero es mucho más que una selección: se trata de un relato único acerca de la literatura, el arte, la política y la ciencia del siglo XX. Radar anticipa “Y el mar”, uno de los textos reelaborados.

Yo era un adolescente incorregible, mis dos mejores amigos también, y una tarde compartimos un viaje en ascensor con un vecino del edificio, que nos oyó hablar sin parar de nuestro plan de hacer una revista que no se pareciera a ninguna otra. 

Al llegar a su piso, el tipo dijo que tenía algo que quizás nos sirviera, y nos invitó a los tres a pasar, y nos mostró libros, y nos recomendó películas y nos puso discos, y en aquel living a media luz en plena dictadura militar, nos hizo entrar a un mundo en el que James Dean le leía a Marilyn el Ulises de Joyce, Dylan Thomas volvía de su última curda al Chelsea Hotel, Coltrane intentaba llegar con su saxo hasta donde Charlie Parker había comenzado su caída libre, Fitzgerald aconsejaba con su último aliento a Faulkner que huyera de Hollywood, Pollock tiraba pintura como napalm en toda tela que le pusieran delante, Sylvia Plath despertaba de su primer electroshock y Burroughs le daba un balazo en la frente a su esposa jugando a Guillermo Tell en una pensión mexicana.

En aquel departamento empecé a entender la literatura, con esas coordenadas. En la Argentina de la dictadura, yo quería ser un beatnik. Esa matriz norteamericana me quedó para toda la vida. 

He tratado desde entonces de llenarla de otras cosas, de diluirla en mí, mudar de piel, dejarla atrás. Pocas cosas me decepcionan tanto como la literatura, el cine y la música gringa, de Reagan para acá. Pero igual tengo esa matriz en el adn, y me delató cada tanto: la exposición muy temprana al American Way deja una impronta que se le nota para siempre a sus víctimas. 

Hasta el día de hoy me dicen: “Sos re shanqui para escribir, vos”. Me he inoculado toneladas de sangre judía, rusa, japonesa, mitteleuropea, italiana y latinoamericana, en forma de libros de todo tipo, pero me lo siguen diciendo igual, así que me remontaré al origen del asunto.

Mi padre acababa de casarse con mi madre y yo no existía todavía. Él ya trabajaba como ingeniero en la empresa de caminos de mi abuelo: en realidad había querido ser aviador o dibujante, pero su padre lo necesitaba ingeniero como él (mi padre era el primogénito), así que mi padre fue lo que dijo su padre. 

Viene entonces Walt Disney a la Argentina. Sin decirle nada a nadie, mi padre deja en el hotel donde se aloja la comitiva una carpeta con dibujos suyos: no había un solo diseño propio, eran simplemente acetatos perfectos de las epónimas figuras de Disney. Pero todo en ellas era increíble: el color, el trazo, la continuidad. Y no Made in Usa sino Made in Casa por él solito, en sus ratos libres. 

Se ve que eran tan buenos esos dibujos, que la gente de Disney le ofreció trabajo bien pago en su factoría de Los Ángeles. Mi padre lo mencionó en la mesa familiar esa noche. No hizo falta que mi abuelo levantara su voz de trueno contra él. Mi abuela, que no era de interrumpirlo nunca, se le adelantó.

Mi abuela había nacido en Inglaterra. Era, y se creía, criolla de pura cepa, no había vuelto a Inglaterra más que unas pocas veces de paso, pero hasta el día de su muerte conservó su pasaporte inglés, como un secreto certificado de pedigree, como un recuerdo de otra vida. 

Mi abuela sabía que mi padre leía la revista Time y fumaba cigarrillos norteamericanos y copiaba los gestos de los galanes de las películas norteamericanas. Mi abuela sabía también que una gran amiga de mi madre, Trudy Firmat, vivía en Los Ángeles, y había recibido en su casa a mi padre y a mi madre durante la luna de miel de ellos.

Todo eso lo podía aceptar. Pero que un hijo suyo, ese hijo precisamente (porque mi abuela tenía algo especial con mi padre: ese cariño callado de las madres que ven lo tremendo que es el padre con el primogénito), que tan luego ese hijo se le fuera a vivir a California, al epicentro del mal gusto norteamericano, era sencillamente inaceptable para ella. 

Le dijo con su voz pacífica de siempre: “Ese país no es para vos, hijo”. No hizo falta siquiera que levantara la voz. Mi padre pudo haber tenido la vida de sus sueños trabajando para la Disney, jugando al golf y tomando martinis mirando el atardecer en la costa californiana, y yo no nací en Estados Unidos, porque mi abuela le hizo sentir con una sola frase que esa no era una vida para él. Y nunca más se habló del asunto. Mi padre fue ingeniero el resto de su vida. Nunca más dibujo, que yo sepa.

Mientras tanto yo crecí y llegó mi adolescencia, mi rebelión. Empecé a practicar todo lo que a mis padres le daba tirria: el desorden de los sentidos, básicamente. 

Yo escribía poesía, yo odiaba su utopía de pacotilla, eso que Henry Miller llamó la pesadilla del aire acondicionado. Lo asombroso fue que eligiera como guía, como padre espiritual en la construcción de mi utopía, a un tipo que me inoculó una versión alternativa del mito yanqui: el desorden de los sentidos American Way. En la Argentina de la dictadura, yo quería ser un beatnik.

El demonio, como sabemos, tiene muchas caras. Uno vuelve la vista atrás y ve cada encrucijada en que se cruzó con él (Kierkegaard decía que el problema de la vida es que se la vive para adelante pero se la entiende para atrás). El demonio es básicamente un veneno. Para que funcione tiene que haber algo en nosotros que responda a él: el veneno funciona si hace contacto con eso. De manera que reconocemos al demonio cuando ya lo llevamos dentro.

Aquel vecino del piso ocho, aquel tipo que nos abría la cabeza a base de libros, discos y películas, era viudo. Era viudo y además tenía una hija y además era lo que entonces se conocía como agente cultural de la CIA: un perejil, un buchón, un sorete. La hija era cinco años menor que nosotros y, de un día para el otro, dejó de ser la pendeja amarga y anteojuda que se paraba desafiante delante del sofá donde nosotros escuchábamos a su padre para decirnos: “Ustedes no son beatniks”. 

Volvió de un verano transformada en una beldad que te cortaba la respiración. Mentira; no era tan linda, pero a nosotros tres nos cortaba la respiración: era una morocha argentina.

Por ella, por esa morocha hermosa, se pudrió la amistad de aquellos tres poetas en ciernes. Por ella nos peleamos con su padre también, cuando supo que uno de nosotros se acostaba con su hija y nos echó a patadas a todos de su departamento, y puso a su hija pupila en un internado en las sierras de Córdoba, mientras nosotros terminamos el secundario y rumbeaba cada uno para su lado en la vida.

Cuando el siglo veinte se convirtió en el veintiuno, y el padre de aquella morocha argentina ya llevaba largo tiempo bajo tierra, y mis dos amigos de entonces habían devenido uno financista y el otro estanciero y llevábamos treinta años sin vernos ni ganas de volvernos a ver, yo me reencontré con ella.

Nos cruzamos hace poco en Gesell. Ella había venido por unos días a la costa, a hacer un retiro, y pasó a visitarme después. Tiene su espléndida melena igual de lacia y pesada que en sus mejores tiempos pero completamente gris, y la misma carita de muñeca pero con todas las muescas de la vida en sus facciones: es una especie de pachamama, de monja zen itinerante, que habla poco pero te la pone con lo poco que dice.

Por ella supe que su padre era de la CIA. Nada especial, un perejil nomás, como dije. Técnicamente hablando pertenecía al departamento de extensión cultural que, en cada embajada americana del mundo, solía ser la tapadera de la CIA. 

En la superficie, esos tipos eran divulgadores de la cultura norteamericana: organizaban charlas, conciertos de jazz, ciclos de cine y muestras de pintura con dinero de la embajada, y bajo cuerda informaban a sus patrones de las ideas políticas que se cocían en esos ambientes. 

Ella prefirió no averiguar mucho más, y no le era muy grato recordarlo aunque tampoco le resultaba especialmente amargo: ya se había decepcionado antes de su padre, más precisamente en el momento en que él la despachó pupila a Córdoba. 

Pero le parecía una justicia poética hacerme partícipe de aquella deprimente revelación. “Me imagino lo que significa esto para tu enferma relación con lo yanqui. Siempre nos persigue el pasado ¿no?”, dijo sonriendo como para sí. Y se quedó mirando la tarde nublada y ventosa, el cielo del mismo color grisáceo que el mar y la arena opaca de la playa, hasta que de pronto agregó: “O sea que acá escribiste el poema sobre la polaca”.

Ese poema había sido mi última contratapa en el diario, el cierre del ciclo de los viernes después de doce años, y el primer poema que me animaba a publicar desde aquellos tiempos remotos en que dejé de verla, a ella y a mis dos cofrades beatniks. 

En ningún momento, mientras escribía y corregía ese poema, había pensado en ella. Pero ahora me parecía más que obvia su presencia, en el fondo del fondo, invisible para el resto del mundo. Fíjense, a ver si la alcanzan a ver:

Estoy

enamorado un poco

de una polaca llamada Wislawa

de apellido Szymborska

y, para los íntimos, Mariusha.

Su padre quería un varón

Le decía: Nada de berrear

Nada de exponer entrañas

y creo que por eso ella escribió

muchos años después:

Sé componer los rasgos de la cara

para que nadie divise la tristeza

soy quien soy

un caso insólito

podría ser yo pero sin asombro

aunque eso significaba

ser alguien totalmente distinto.

Ah, Wislawa, alma vieja

Ah, Mariusha, siempre nena

nadie en tu familia murió de amor

y vos en cambio viviste así

amando el color azul

y buscando siempre a aquel de

ojos color cerveza

que lleno de amor te dijo un día:

Mañana y todas las mañanas de mi vida

estaré bajo tu balcón

-salvo que llueva.

Ah, Wislawa,

Mariusha, que ojos tenías

aunque ignoraras de qué iba la obra

y qué papel representaba en ella

haga lo que haga, dijiste,

se convertirá para siempre en lo que hice

Y nos advertiste:

Aun con toda mi buena fe

sé que contaré cosas que jamás existieron

En tu primer viaje al exterior

(a Bulgaria, en tiempos soviéticos)

te alojaron en un triste hotel lejos de la ciudad

había ahí un enorme globo terráqueo

vos dibujaste una isla minúscula

le pusiste el nombre del hotel

y la pegaste en el lugar más vacío del Pacífico,

quien pase alguna vez

por ese rincón de los mares

que nos diga si esa isla aún existe

¿De dónde vienen esos poemas?

te preguntaron una vez:

Escribo historias muy cortas

que se vuelven más y más cortas

hasta que solo tienen unas pocas líneas

de ahí vienen mis poemas, dijiste,

Y también:

prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos,

Y también:

me gusta escribir a mano en hojas pequeñas

para asegurar el contacto

entre lo que tengo en la cabeza y la mano,

y también

para traducir un poema mío,

primero hay que comprenderlo

y luego basta encontrar algo bonito

pero no demasiado, para que suene natural

porque mis poemas son

cómo respiración

reposada.

Y cuando vino el Nobel

y Polonia entera te quiso abrazar

la sofrenaste con estas palabras:

En este país, por tradición

una poeta tiene que ser maldita,

infeliz

por exceso de espiritualidad

y por causa de sus amantes

que no están a la altura de su talento

perdón, perdón por no ser así

mis señas de identidad

son, es cierto, el frenesí

y la

desesperación

pero así, en minúscula.

Todas las sillas eran duras en tu casa

para que las visitas no se quedaran demasiado

y lo que más te gustaba de los viajes

era el regreso

Y cuando no querías hacer algo decías:

será un placer aceptar su propuesta

cuando sea más joven

Ah, Wislawa,

Mariusha.

Eras de la opinión que

en nuestra época se hablaba demasiado

así que diste el discurso más corto

de toda la historia del Nobel, empezaste así:

En un discurso lo más difícil es

la primera frase. Así que ya la he dejado atrás

y contraviniendo el protocolo

saludaste al público

antes que al rey y a la reina

y después saliste a fumar

y cuando el rey te ofreció

un chicle de nicotina le dijiste:

dudo que sean tan benéficos como el cigarrillo

para la literatura

Ah, Wislawa,

Mariusha

Déjame decirte una cosa:

no conozco nada más benéfico que vos

para la literatura.

Mi querida monja zen, mi adorada musa beatnik de la adolescencia, se rió un poco de mí, después barrió de nuevo con los ojos el paisaje que nos rodeaba, la playa pobre, el mar gris pero poderoso, y dijo: “Me gusta que estés acá. Contame qué encontraste. Por qué te quedaste.”

Y yo le hablé largamente de mi hija, el amor de mis amores. De verla crecer casi minuto a minuto, por estar en casa todo el día en mi nueva vida gesellina. Le conté que, en mi primer invierno acá, un día me crucé caminando por la playa con un surfer recién salido del agua. Era una de esas tardes gloriosas de principios de octubre que te sacan de los huesos el frío del invierno con solo apuntar la cara al sol, cerrar los ojos y dejarse invadir de luz. Pero yo era urbano todavía, había bajado a caminar por la playa embutido en un gorro negro y anteojos negros y un chaquetón de cuero negro que había sido compañero de mil batallas en mis tiempos porteños. El surfer me dijo al verme pasar: “Yo, en Buenos Aires, también era dark”. Y agitando sus rastas aclaradas con parafina y dedicándome una sonrisa de un millón de dientes agregó: “Pero acá soy luminoso, loco”.

Después le conté de otro día, en que bajé a leer a la playa. Me faltaban menos de treinta páginas para terminar de leer el libro cuando empezó a levantarse tanto viento que era para irse, pero yo quería terminarlo como fuera, así que me guarecí contra los pilotes de la casilla de guardavidas, con la espalda contra la tormenta de arena, el libro apoyado contra las rodillas, apretando fuerte las páginas con cada mano para que no flamearan. 

Así estaba, cuando el guardavidas se asomó desde arriba por el ventanuco trasero de la casilla y me dijo: “Eh, escritor, ¿qué leés?”. Una biografía, le dije. “¿De quién?”. De un escritor, le contesté. El tipo se quedó mirándome con la cabeza asomada por el ventanuco y después dijo: “La biografía de un escritor vendría a ser la historia de una silla, ¿no?”

Lo que trataba de decirle a mi querida monja zen es que el mar tiene esa capacidad: genera clichés a granel, porque también genera momentos así.

Hay quien dice que demasiada cercanía con el mar te lima. A mí me limpia, me destapa todas las cañerías, me impone perspectiva aunque me resista, me termina acomodando siempre, si me dejo atravesar, y es casi imposible no dejarse atravesar.

Cuando viene el invierno, cuando el viento impide bajar a la orilla y hay que curtirlo de más lejos, es como si el mar se pusiera más bravío para acortar la distancia, para que lo sintamos igual. 

Llevo más de quince años bajando cada día que puedo a caminar por la orilla del mar, o al menos a verlo, cuando el viento impide bajar del médano. En todos estos años, cada viernes, cada contratapa que mandé al diario, la entendí caminando por la playa, o sentado en el médano mirando el mar: por dónde empezar, a dónde llegar, cuál es la verdadera historia que estoy contando, de qué habla en el fondo, que tengo yo (o ustedes y yo) que ver con ella, qué dice de nosotros.

Cuando me vine a vivir al lado del mar, tuve tiempo de sobra por primera vez en muchos años, y al principio me dio como un horror vacui tremendo. En términos laborales era un jubilado prematuro. Mis obligaciones se reducían a mirar los estantes de mi biblioteca. Tres de cada cinco libros de esa biblioteca los tenía sin leer aún, cuando llegué a Gesell. El vicio de todo lector voraz: comprar libros para tenerlos, para leerlos algún día. Bueno, el día había llegado.

Uno de los pocos déficits que tiene el hábito de leer es que, cuando uno termina un libro que lo conmueve o lo estremece, todo lo que siente adentro queda ahí, y se va disolviendo antes de encontrar alguien con quien compartirlo. 

Ese es más o menos el espíritu con que he encarado mi contratapa de los viernes todos estos años: tratando de que el envión de la lectura se unifique todo lo posible con el acto de escritura. Leer, caminar, escribir, en una misma frecuencia, semana tras semana. Pensar en formato viernes, en lugar de pensar en formato libro: salirme de esa lógica que se había convertido en un karma (“¿Estás escribiendo?”, “¿Para cuándo el nuevo libro?”)

En mi dacha gesellina hay estantes por todos lados. Son anchos, para poder empujar los libros hacia atrás y dejar un poco de espacio, donde voy poniendo pequeñas piedras que me traigo de mis caminatas por el mar. Son piedras especialmente lisas, especialmente nobles en su desgaste: esas cuya belleza es lo que la abrasión del mar hizo con ellas, lo que no les pudo arrebatar. Esas que cuando vemos en la arena no podemos agacharnos a recoger.

Tienen el tamaño justo para entrar en nuestra mano; responden a ella como si fueran un ser vivo y, sin embargo, cuando se van secando en nuestra palma y van perdiendo color, no sabemos qué hacer con ellas y las soltamos.

Por tener tanta repisa providencialmente a mano, en lugar de soltarlas empecé a traer de a una esas piedras, de mis caminatas por la playa. Nunca más de una, y muchas veces ninguna (a veces el mar no da, y a veces es tan ensordecedor que uno no ve lo que le da). 

Así fueron quedando, una al lado de la otra, a lo largo de los estantes de mi dacha. Es lindo mirarlas. Es lindo cuando alguien agarra una distraídamente y sigue conversando, en esas sobremesas que se estiran y se estiran tal como se desperezan los gatos. 

Un poco así he intentado hacer mis contratapas en estos doce años. Me gusta imaginar que cada viernes ha sido como una de esas piedras encontradas en la playa y puestas una al lado de la otra a lo largo de los estantes de libros que rodean una mesa donde algunas personas han comido y ahora conversan y fuman y beben y de pronto agarran alguna de esas piedras y la entibian un rato entre sus dedos y después la dejan abandonada entre las tazas vacías y los ceniceros llenos. Y cuando las visitas se van yo vuelvo a poner esas piedras en la repisa, apago las luces, y mañana, con un poco de suerte, quizá vuelva con una nueva de mi caminata por la playa.      

FUENTE: Página 12 – Cultura – Literatura – Por Juan Forn

Mi casa tiene corazón y a veces voces…

Invierno soleado

árboles desnudos

grisáceo el cielo,

sigo a mis pasos

que por instinto

siguen huellas

de un pasado

que fue brillante

mientras duró.


Lo de brillante

aclaro antes

que oscurezca,

lo dije solo

por lo que yo siento.


Se inflama mi pecho

al llegar frente

a la casa grande,

aquella que diseñe

desde su base

la que construí

no con poco esfuerzo

y mucha audacia.


Quien nada sabía

debió aprender,

observar y preguntar,

para luego poner

sus manos

otrora delicadas,

en su máxima obra

como el ahínco

que un pintor

plasma en su lienzo.



Así mis brazos

jóvenes cayeron

una y otra vez

demoliendo paredes,

desmontando techos,

paleando zanjas

para las cloacas

y también los desagües,

¿Mis manos? Dolientes

con decenas de ampollas

luego cubiertas con otras

hasta que se formaban

los callos, que acallaba

los ardores.


Acopiando materiales,

un año antes de

comenzar el sueño,

en un gran y viejo sótano

plagado de ratas y cucarachas

herencia de que dejo allí

por años un viejo almacén,

al que la limpieza

no le representaba

virtud alguna.



De propietario

sin recursos,

salvo su sueldo

como ejecutivo

de una empresa,

a director

y hacedor

de su propia obra.


Desmontando

chapas de zinc,

para luego

retirar las

vigas de madera,

una pinotea asentada

más que centenaria,

que la recicle

como cual diamante,

para pisos

y revestimientos.



Desde tirar los caños

por donde la energía

se distribuiría

por toda la casa,

antes de construir

las losas de hormigón

armado en dos plantas,

hasta las conexiones

eléctricas en cada lugar

previo plano realizado.



Trabajos desconocidos,

rudos pero solo así

podría ser posible,

pintar hasta la madrugada,

armar andamios

de tres cuerpos sin ayuda,

atónitos y sorprendidos

vecinos que me miraban

tal loco rodando por Callao,

descomunal voluntad

para hacerlo

cada tanto detenerme

y desde la vereda de enfrente,

esbozando en soledad

una sonrisa de satisfacción

por cada diminuto avance.




Un patio enorme

para que los dos niños

y el tercero por venir,

pudieran disfrutar

del espacio, aire y sol,

de juegos compartidos

con amigos reunidos

y cumpleaños con globos

más risas contagiosas.



Y en la esquina

construí y diseñe

el jardín,

en la profundidad

cascada de

demolición

para un buen drenaje,

luego una mezcla

de tierra fertilizada

y arena en menor medida,

pala va pala viene

así se fue construyendo,

con su nivel de caída

hacia el desagüe

más próximo.,

sembrar el césped

protegerlo de los pájaros,

hacer esquejes, cortes

sembrar y trasplantar.



Pero llegó un año

de total silencio,

las herramientas

quedaron en espera,

la hiperinflación

una de las tantas,

me preguntó:

¿O los gastos

por la educación,

las necesidades

de la familia

o el sueño?

Obvio, lo primero.



Retome con mayor

energía, no era

para menos

habían pasado

tres largos años,

al cumplir el cuarto

estaba terminada,

y la alegría de todos

se iluminó

por la llegada

del tercer hijo.



Hoy, estoy parado

frente a ella

de la que me enamore

al verla por años,

en donde pase

gran parte de mi vida,

con grandes alegrías

y también muchas tristezas.




Hoy un cartel de venta,

cuelga en su ochava.

No me apena, no.

Los recuerdos se

amalgaman como tesoro

en mi mente

y de ahí resurgirán

desde su arcón,

cuando los busque

para decirle

a alguien

lo feliz que fui

viviendo junto a ella,

Sin nada…pero fue feliz

Tenía entre cinco y seis años; una familia humilde pero digna en esa época en donde el sacrificio, era el ejercicio nuestro de cada día; para mantener viva la esperanza de alcanzar un futuro mejor traducido en un ascenso social como así deseaban sus padres.

Habitaban una casa antigua, de las llamadas “casa chorizo” en un barrio de gente de trabajo, llamado Flores, casualmente el mismo en que nació el que hoy es el Papa Francisco. Las particularidades de las numerosas casas de este tipo, poseían la particularidad de la distribución del lado izquierdo del terreno que ocupaban ambientes uno tras otro.

Así generalmente; primero el frente de la vivienda con dos pequeños balcones con piso de marmol y frente de hierro artesanalmente fundido hacia el exterior, constituyendo esa  primera habitación lo que se denominaba como comedor, es decir un ambiente en que rara vez se festejaba algún acontecimiento, ya que en esa época era muy común que la familia tuviera como lugar de reunión y corazón de la casa, la cocina. Las ventanas de ambos balcones se encontraban protegidas por celosías de madera.

Dado que la familia constaba de seis miembros; los padres y cuatro hijos, el comedor contaba con dos sofás rebatibles que se conviertían en camas a la noche, para asegurar el sueño de las dos hermanas mayores. A continuación, otra habitación para el matrimonio y junto a su cama de dos plazas, una pequeña cama en que descansaba Roberto, el menor de la familia que no lograba dormirse, si no fuera porque su madre Sara le sostenía su mano, hasta que el sueño lo vencía.

A dicha habitación continuaba otra, la que era alquilada a terceros ya que para mantener a una familia con el único sueldo del marido y otros pequeños ingresos, se hacía difícil. Debemos ubicarnos temporalmente hace poco más de sesenta años en que los techos de estas casas eran abovedados bajados en yeso y en el exterior protegidos con chapas de zinc, lo que significaba que cada tanto el padre, se viera obligado a subir a retirar las hojas de los árboles que se juntaban en las canaletas o tapaban los desagües.

Siempre sobre la izquierda del terreno, continuaba con la cocina que carecía hasta hacía poco tiempo de gas natural y debía cocinarse con carbón o leña. También para los más chicos era el lugar ideal del baño en invierno, el que se llevaba a cabo dentro de un gran tacho de zinc, para no pasar el gélido frío de los inviernos crudos de aquella época.

Alguien se preguntará y se contestara ¿Pero cómo, no había baño? Si, obviamente había pero no con bidet, bañera o hidromasaje o bañador. En aquel entonces el baño solo poseía un lavabo simple y un inodoro, con una puerta de madera, que era una muy particular.En su parte inferior estaba abierta aproximadamente del nivel del piso unos 60 centímetros y en la parte superior igual centimetraje. Eso producía, que en invierno nadie se estuviera entreteniendo leyendo o meditando en el baño, ya que de lo contrario sufriría una hipotermia.

Al final del terreno; una escalera de chapa excesivamente ruidosa llevaba a una habitación pequeña, la que era ocupada por el hijo mayor y eventualmente por algún otro huésped.

Sobre toda la parte izquierda del terreno – pensemos que la dimensión del mismo era de 8.33 metros de frente por 23 metros de fondo.-se encontraba el patio y unos canteros a ras del piso de mosaicos en donde se hallaban algunas plantas y un par de árboles pequeños.

La entrada constaba de una puerta cancel -de dos hojas- de madera y con una cerradura común (en tiempos en donde las casas de la ciudad, generalmente se encontraban abiertas durante el día), tal que era más que rarisimo que hubiera delito alguno. Por el contrario; el vecino en aquel tiempo era más solidario que cualquier familiar que se encontraba lejos. Era común ver a las vecinas conversar amablemente de sus cosas y fabricar los “corrillos de rumores” tal cual en la “Vieja Aldea”.

Los niños tenían la posibilidad de estar jugando en la calle, en aquel momento considerada segura, en donde un vehículo a tracción a sangre (caballo) o los primeros jeep o Kaiser Carabela (fabricados en la Provincia de Córdoba) aparecian rara vez, interrumpiendo los juegos infantiles.

Hoy, ya adulto -aquel niño – es quien va describiendo los “variopinto” de una época que no volverá. Tal es así; que recuerda que las estaciones climáticas del año, eran propias de un país de clima templado como la Argentina. Así se podía observar en plena Ciudad de Buenos Aires, en invierno “escarcha sobre el espejo del agua de la vereda”, abrigos pesados, bufandas y todo lo que podía mitigar las heladas mañanas, yendo a la escuela. 

Generalmente las mismas estaban ubicadas por distrito y a poca distancia de los educandos. Así se oía hablar mucho de “los sabañones” en los dedos de las manos u otras partes del cuerpo, debido al frío. Lo que hoy resulta algo de la prehistoria, ora el cambio climático, ora la rotación de la tierra o lo que fuera. Y pensar que pasaron sesenta años.

Hoy la Argentina, se ha convertido en un país cercano a subtropical con calores extremos en verano e inviernos no tan rigurosos. Volviendo a la fisonomía del barrio, eran todas casas bajas con propietarios e inquilinos por igual. 

Un frigorífico frente a la casa que se ha descrito, llamado “Fontana” era el que daba movimiento en verano cuando hasta personas que vivían a una cuadras se acercaban a comprar una, media o un cuatro de barra de hielo en verano, para colocar en aquellas “viejas heladeras” que fueron reemplazadas con el tiempo la mayoría por las Siam o Garef. 

También varios floristas mayoristas como asimismo otros productores de manzanas, llevaban sus productos que eran refrigerados a distintas temperaturas de dicho frigorífico. 

Era más que común; que la leche se vendiera suelta y por casa, a la que arribaba siempre el “vasco” con sus tarros y medidas, que ingresaba a cada casa como un amigo más y dejaba la leche que le pedía la mujer de la casa. Lo mismo sucedía con el “carrito” de Panadería Argentina, que con sus bocinazos avisaba de su llegada al atardecer, con esos primeros panes largos “tipo baguettes” crujientes y fresquitos”. 

Así podríamos enumerar que los almacenes del barrio, que eran varios y todos tenían trabajo -vendían sueltos productos como galletitas, azúcar, arroz, legumbres, y tantos otros productos. Hasta existían vinerías, que vendían vino sueltos de los cascos que tenían en su negocio, de acuerdo a las necesidades de cada cliente.

En verano, para alegría de los chicos y de los “no tan chicos”, de la nada aparecían los blancos inmaculados de los carritos de los helados “Laponia”; únicos en ese tiempo. 

Un mes antes de las fiestas de fin de años; aparecian arrogantes un “batallón de pavos”, controlados por la larga vara del “pavero” y se detenia cuando algun vecina o vecino, lo detenía para elegir a uno de ellos, llevándolo a su casa ´para engordar a base de nueces y otras semillas, generalmente para tenerlo unos días antes de Noche Buena, en que se lo sacrificaba y se lo enviaba a alguna panadería que lo cocinaba en su horno a leña.

Así también era común que hubiera para las “señoritas” academias de “corte y confección”, “de mecanografía” o de “idiomas”, además de los estudios oficiales, para prepararlas en las tareas cotidianas del hogar. 

Hoy los “grupos feministas” que existían en aquel momento se pondrían tales como “mujeres al borde de un ataque de nervios”. 

Pudo observar el niño ya adulto, también a las vacas pasar por su calle, en donde quien las guiaba vendía leche extraída en el momento. Obviamente al ser leche cruda, se debía realizar el proceso de hervido un par de veces, para evitar cualquier problema de salud en la familia.

El hombre – gozó y se felicitó internamente por recordar tantas cosas de sus cinco o seis años-, pero se dijo a sí mismo que seguramente saldrían situaciones vividas, mientras avanzara en sus relatos.

Pero rápidamente recordó lo que lo había conmocionado a los cinco años. Como detalló, él dormía con sus padres y de la mano de su madre cada noche terminaba durmiendo, debido al cansancio del día soltando su mano. Solo recuerda que era una noche de invierno. 

Unos gritos feroces a la madrugada, que lo despertó bruscamente observando fuera de sí, a su padre martillando la pistola 45, apuntando hacia el techo diciendo frases ininteligibles, pudiendo sólo entender que pedía leche. Sus ojos se abrieron y el miedo que sintió lo petrificó. Ni sabe bien aún hoy, quién lo sacó de la habitación.

El hombre olvidó escribir, sin ningun proposito desde ya -que su padre estaba alistado hacia veinticinco años en la Policía Federal Argentina y hacía poco tiempo había estallado la Revolución Libertadora, que derrocó al Presidente Juan Domingo Perón, situación que lo había consternado seriamente pero que nadie supo darse cuenta. Además de su trabajo, a veces hacía guardia de 24 horas por 48 horas; cuando salía de su turno se dirigía a una curtiembre como a pulir vidrios, trabajos realmente insalubres pero que era necesario hacerlos para llevar un refuerzo para los gastos de la familia. 

La madre del niño, como la mayoría de las mujeres de entonces era “Ama de casa y administradora del hogar”, y a veces él se preguntaba cómo podía llegar a trabajar tanto en la casa y siempre tener el tiempo como para llevar a sus hijos a controles médicos, odontológicos o los que pudieran necesitar. Lavar a mano cada semana 12 sabanas a mano, reciclar lo que había quedado de la comida anterior, coser o tejer para toda la familia, ir a la feria en donde puesto por puesto, buscaba el mejor precio y calidad, hacer escaldar cada tanto por un colchonero la lana de los colchones, hacer que la única fiesta familiar que se festejaba en el año fuera única y especial con todo su esfuerzo, así como tantas otras cosas hacían pensar hoy al niño ya adulto que escribe esta historia, qué mejor “Mujer Maravilla” que su madre, no ha existido jamás.

Pero esa madrugada quedó grabada “a fuego” en su memoria. Para un niño de 5 años es algo que no tiene explicación. Su padre fue internado por espacio de un año en un Instituto Neuropsiquiátrico; en lo que hoy hay una Plaza llamada “El Ángel Gris” en honor al libro del escritor Alejandro Dolina por su libro Crónicas del Angel Gris. Ese Instituto ocupaba un predio entre las calles Avellaneda, Bogota, Calcena y Donato Alvarez. Al niño le dijeron que padre había sufrido una “psicosis” -como si el, en ese momento pudiera comprender de qué se trataba- El hombre asulto sí, recordaba con una pequeña opresión en su corazón, cuando llevado los días domingos visitaba a su padre, que con sus ojos claros y esa sonrisa tan blanca como siempre, lo besaba apareciendo al momento una enfermera impecablemente de blanco, que muy amablemente le daba una naranja. El lugar, recuerda, tenía muchos edificios rodeados de parques con palmeras y distintos tipos de plantas. Sí recordaba que el Director era un tal Doctor Bosch. Se enteró de esto, cuando escuchó que a su padre le habían aplicado 20 electroshock. El momento más triste era la despedida de cada domingo durante esos doce meses; todo el perímetro del Instituto se encontraba alambrado hasta una altura de más de dos metros; el niño pasaba sus pequeños dedos para sentir el calor de la mano grande y buena de su padre. No había día; en que lágrimas inundaban sus ojos…

Esto continuará de acuerdo a que el adulto -ayer niño- pueda seguir recordando en detalle. Muchas gracias.

La quise tanto

Baila muchacha, baila así desenfadada
como si solo tu y la música existiera,
no prestes atención a los hombres
que no pueden dejar de mirarte,
ni tampoco a las mujeres que solo
envidian las figuras que haces con tu cuerpo.

Baila para mi, como nunca lo has hecho
a pesar del oscuro cuarto y mis ojos ciegos,
deja que mi imaginación te arrulle y acompañe
con el ritmo de tus castañuelas en el aire.

No necesito verte para saber como eres
graciosa, sensual y brillante,
con esa flor que seguramente llevas
en tu cabello renegrido azabache.

Ese taconeo del flamenco que termina
en el aire con tu talón por encima
de tus dedos apoyados en las tablas,
un derroche de pasión y de fuerza
como aquella mujer que descalza
solo le bastó su danza para nunca olvidarla.