Cuento de amor con río y mar.

Me pasé toda la noche mirando por la borda, con la ansiedad de quien no está seguro de qué es lo que espera pero sabe que será grandioso.

Me había escapado del camarote sigilosamente, abriendo apenas la puerta una vez que mis papás se durmieron. El barco, cuyo nombre no consigo recordar pero era el de alguna ciudad costera, se desplazaba río abajo, raudo y veloz a favor de la corriente, como una isla luminosa llena de rumores a la luz de la luna.

Apoyado en la borda del paquebote, como se los llamaba porque llevaban pasajeros, correspondencia y carga, miraba reflejarse el cielo estrellado sobre el Paraná, a esa hora de un intenso azul-negro.

–¡Aquí son millones y se ven todas! –había exclamado mamá, fascinada porque en tres días llegaríamos a Buenos Aires y a su larga parentela.

Yo me había arrinconado contra los chapones de la borda, protegido por una especie de ancho ventanuco que daba a las aguas del río y me servía a la vez de refugio y de atalaya. No sentía miedo, sino una excitación creciente que le ganaba al sueño. Estaba por cumplir seis años y aunque no sabía lo que era un gigante, mi papá, segundo comisario de a bordo en ese buque, me lo había prometido. Yo sólo sabía que era algo muy grande y que él siempre cumplía lo prometido.

—Vas a reconocerlo enseguida. Uno lo mira y no sabe dónde termina. Abraza al mundo entero y no hay poder en la Tierra que tenga tanta fuerza. Su lomo de agua está siempre en movimiento y cuando se enoja puede destruirlo todo. Pero si está manso y uno lo mira con respeto, es el espectáculo más bello del mundo.

Esa mañana, al partir de Barranqueras en el transbordador que nos cruzó hasta Corrientes, por cuyo puerto pasaba dos veces por semana el vapor que unía Buenos Aires con Asunción ­–aguas arriba y aguas abajo– yo había tratado de imaginar cómo sería ese gigante cuya otra orilla papá decía que nunca nadie podía ver en el horizonte.

En cambio el río sí era el paisaje habitual de mi infancia y el protagonista de la reiterada escena familiar de los domingos: al amanecer papá iba a pescar a Antequera o a la Isla del Cerrito, y yo con él, para volver al mediodía con algún doradillo, corvinas, bagres, que después cocinaba silbando y en espera de la transmisión del fútbol de Buenos Aires por Radio El Mundo. Esos peces eran frutos del extraordinario lomo líquido del río, pero yo no alcanzaba a imaginarme cómo sería el lomo infinito del gigante.

Aquel año íbamos a ir a Mar del Plata. Me habían prometido ver el mar por primera vez. Conocer al Gigante.

Papá trabajaba en la flota fluvial y por eso tenía pase libre familiar en los vapores de la carrera, como se les llamaba. Una vez al año bajábamos a Buenos Aires. Así se decía: “bajar”, porque los buques se desplazaban a favor de la corriente y a veces a velocidades vertiginosas. En cambio el regreso siempre era lento. De Buenos Aires a Asunción, río arriba, eran cinco días, pero río abajo sólo tres. Para mis viejos era una fiesta esa vacación anual porque se encontraban con amigos, mamá podía ir a la cubierta de primera clase a tomar el té, y mi viejo, que no podía con su talante, aún en vacaciones iba a la cabina de mando a charlar con sus colegas.

A mí ese mundo me fascinaba, pero me hartaban las recomendaciones del cuidado que debía tener y de lo que no podía tocar, que era casi todo. Me condenaban a sonreir al capitán y al personal de a bordo cuando me tocaban los cachetes y subrayaban, inexorablemente, lo parecido que era a papá.

Mamá esperaba ese viaje como se espera un milagro anual, porque toda su vida odió vivir en el Chaco y sólo aceptó radicarse en esa tierra feroz por el loco amor que sentía por papá. Así lo decía cada vez que pensaba en huir del calor, los mosquitos, los monos carayás tan sucios y gritones, y el polvo que traía el viento Norte o el lodo que dejaban las lluvias torrenciales.

Aquella primera tarde a bordo, mis padres se vistieron con elegancia inhabitual. Mamá se puso un vestido blanco de escote recatado y con una delicada hilera de rosas bordadas en el entredós. Papá lució el traje de lino crudo que mi vieja decía que era lo único que le quedaba realmente bien porque le disimulaba la barriga, y los zapatos bicolores de Grimoldi que usaba para las grandes ocasiones. Lo que arruinó al conjunto familiar aquella tarde fue que, tras una breve discusión en la que fui derrotado, me pusieron nomás el odiado traje de marinerito blanco y azul.

En el comedor hubo presentaciones muy formales, que parecieron encantar a mis viejos, y, después de una cena mortalmente aburrida, volvimos al camarote acunados por el silencioso vibrar de la sala de máquinas. Y en efecto el chas-chás, chas-chás, monótono y perfecto, anestesió a mamá en pocos minutos. Papá me contó alguna historia del río y el mar, y me dio un beso y se fue a su litera.

Siempre me gustaron los besos de papá, quizás porque fueron muy pocos, pero me hice el dormido cuando me preguntó si dormía y me quedé escuchando el alegre son de chamamés y polkas que venían de la tercera clase, donde la gente se divertía como en otro mundo, en el lecho mismo del río.

Entonces salí a cubierta y me refugié contra los chapones de la borda, junto al ventanuco ovalado y en medio de dos enormes toletes en los que los marineros habían enredado unas sogas gruesas como sus brazos. Yo quería ver el mar, saber cómo era el gigante. Había visto fotos y, hacía poco, una película de piratas con Errol Flynn. Y papá me había explicado que lo que había detrás, toda esa agua interminable que se perdía en el horizonte, eso era el mar. Le pregunté qué era el horizonte y volvió a contarme que cuando empezó como marinero en el puerto de Buenos Aires, con sus amigos al mar lo llamaban Gigante porque era fantástico darse cuenta de que el río, de pronto, se convertía en aguas y olas infinitas. Yo no lo entendía pero igual me fascinaba ese relato.

Cuando él se dio cuenta de que yo no estaba en el camarote y salió a buscarme y me encontró mirando el río rumoroso por la borda, con mezcla de pánico y alivio me devolvió al camarote. Yo le dije que sólo había querido ver si aparecía el Gigante y él me explicó que ahí no; todavía faltaban varios días. Pero sí debía saber que si bien era inmensurable no era tan hermoso como el río. Porque el Paraná, me dijo, tiene un alma noble y en cambio con el mar nunca se sabe. Y además al río podemos sentirlo nuestro porque es nuestro, y eso se llama soberanía, lo que con el mar es imposible. Qué quiere decir soberanía, pregunté, y él respondió: quiere decir que es nuestro, que nos pertenece como el apellido.

Yo no sabía cuánto eran varios días, que también solían faltar en vísperas de cumpleaños, o de Navidad. Y lo que siempre sentía era ansiedad porque no pasaban jamás. El viaje duró tres noches hasta Buenos Aires y desembarcamos la mañana de un lunes caluroso, ardiente como chaqueño.

Todo lo que yo quería era ver el mar; era lo único que me importaba en el mundo. No veía la hora de que saliésemos de una vez hacia Constitución, esa enorme central ferroviaria que papá había señalado desde el tranvía. Ahí tomaríamos el tren a Mar del Plata, directo a conocer al Gigante. Así que decidí portarme bien y aguantar los familiares toqueteos de mis cachetes. Esperaba que los “dos o tres días” pasaran de una vez y sentía pánico de que todo se arruinara.

Y fue Tío Justino el que arruinó todo. Con los años yo odiaría el nombre rulfiano de ese primo de papá que, justo la noche antes de nuestro viaje a Mar del Plata, llamó al hotel avisando que Tía Dominga estaba muy mal, que tenía no sé qué y que fuéramos al Sanatorio. Ya se imaginarán el resto.

—No será esta vez –me dijo papá–. Perdonáme. Y yo vi lágrimas en sus ojos y todo lo que hice fue abrazarlo y llorar. Tía Dominga falleció dos semanas después y volvimos al Chaco. Pasé toda mi niñez soñando con el mar, que conocí a los 20 años. Pero ésa es otra historia.

(A la memoria de mi padre, que murió sin siquiera imaginar la tragedia actual de nuestro río).

Imagen de portada: Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Mempo Giardinelli. 4 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Argentina/Recuerdos/Vivencias.

Así almacena los recuerdos el cerebro, estudio.

Los resultados de un nuevo trabajo de investigación en 2022 muestran un importante hallazgo sobre el almacenamiento de recuerdos en el cerebro.

Si deseas profundizar sobre esta entrada, cliquea por favor donde se encuentre escrito en “negrita”.

El cerebro es un órgano imprescindible para el organismo, implicado en el aprendizaje y la memoria. Así, este órgano también cumple la misión de almacenar recuerdos.

No obstante, debido al envejecimiento, junto con otros factores el cerebro puede verse afectado, especialmente por el deterioro cognitivo asociado a la demencia.

Recientemente un grupo de investigadores ha desarrollado una nueva herramienta que permite obtener imágenes de astrocitos individuales en el cerebro de ratones despiertos. La gran noticia es que el nivel de detalle de estas imágenes no tiene precedentes.

En concreto, estos investigadores han podido demostrar por primera vez ‘in situ’ que los astrocitos provocan señales de calcio tan rápidas como la de las neuronas; con una duración inferior a 300 milisegundos.

Lo interesante de este trabajo de investigación publicado en la revista ‘Science Advances‘ es que los astrocitos juegan un papel clave en el cerebro durante el procesamiento de información y el almacenamiento de recuerdos.

Las conexiones del cerebro y los recuerdos

Hay que tener en cuenta que la forma en la que experimentamos el mundo se debe a complejas e intrincadas interacciones entre las neuronas del cerebro. Así, los resultados de esta prestigiosa investigación, muestran que los astrocitos, que son unas células no neuronales del cerebro, también participan de forma protagonista en el procesamiento de la información y probablemente en la memoria.

Almacenamiento de los recuerdos en el cerebro.

Un aspecto interesante de esta investigación liderada por profesionales de la Universidad de Posgrado del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa (OIST), en Japón, es que lograron una señalización en el interior de los astrocitos individuales con un nivel de detalle y velocidad nunca visto anteriormente en el cerebro de ratones despiertos.

Al respecto, el primer autor de la investigación, el doctor Leonidas Georgiou, explica que «si estas implicaciones son ciertas, transformarán fundamentalmente nuestra forma de pensar sobre la neurociencia y el funcionamiento del cerebro».

Los astrocitos, un elemento clave

Los astrocitos son un elemento cerebral que hasta el momento no habían recibido tanta atención como las neuronas. En este sentido, se creía que tan solo se trataba de células auxiliares que suministraban nutrientes a las neuronas y eliminaban sus residuos.

«Pero en los últimos años ha habido cada vez más pruebas de que los astrocitos pueden escuchar los mensajes químicos que se envían entre las neuronas en las sinapsis, y pueden responder con sus propias señales, proporcionando una capa adicional de complejidad a la forma en que nuestro cerebro recibe y responde a la información», explica el doctor Leónidas Georgiou.

Superalimento cacahuete memoria y cerebro

Como conclusión, los autores de esta importante investigación cuyos resultados han visto la luz en 2022, señalan que «todavía no sabemos cómo se almacenan los recuerdos en el cerebro, pero es increíble pensar que podría implicar a los astrocitos. Es probable que sea demasiado bueno para ser cierto, pero es una hipótesis apasionante que hay que seguir».

Hábitos para mejorar la memoria y la salud del cerebro

La memoria guarda una relación estrecha con los recuerdos en la memoria, aunque realmente no significan lo mismo. Así, a medida que envejecemos es habitual que se produzca un deterioro cognitivo en el cerebro, lo cual puede conllevar a pérdidas de memoria de forma más regular.

Sin embargo, existen diferentes hábitos que dependen de nosotros mismos, los cuales pueden ayudar a frenar o retrasar la pérdida de memoria. Igualmente, estos hábitos también son especialmente beneficiosos para la salud del cerebro en su conjunto.

Así, diferentes estudios y trabajos de investigación destacan la realización de ejercicio físico de forma regular, llevar a cabo una alimentación saludable y equilibrada, y descansar bien, como tres hábitos claves para la salud de la memoria.

Beneficios del deporte en la salud cerebral

Está demostrado que la realización de ejercicio físico con regularidad aporta beneficios a la salud del cerebro y la memoria. Sin ir más lejos, un reciente trabajo de investigación realizado por neurocientíficos de la Universidad de Ginebra (Suiza) demuestra que una sesión de 15 minutos de ejercicio físico intenso ayuda a mejorar la memoria.

Beneficios del deporte para la salud del cerebro

Además, de estos beneficios para la memoria, cuando una persona realiza ejercicio físico, de diferente intensidad; una vez finalizado sienten inmediatamente bienestar físico y psicológico. Esta sensación agradable es originada por los endocannabinoides, que se tratan de unas pequeñas moléculas originadas en el cuerpo durante la realización de ejercicio físico.

Imagen de portada: Gentileza de TodoDisca

FUENTE RESPONSABLE: TodoDisca. Por Alejandro Perdigones en Salud. Febrero 2022.

Sociedad/Salud/Cerebro/Conciencia/Recuerdos/Memoria.

Don Julián

El olor
a humedad
y a rancio
se huele
desde lejos
de la vieja
casona,
que fuera
por años
la vivienda
del
viejo Don Julian,
lugar
de encuentros
que
cuando niños
al caer
cada tarde,
nos reuníamos
allí siempre
creando historias
de espíritus
y fantasmas,
hasta
que un día
un anima
blanca
como
luna llena,
se presentó
ante nosotros,
moviendo
sus largos
brazos
en forma
frenética,
como si
quisiera
hacernos
suyos,
nos
quedamos
tiesos
solo por
un momento,
al caer
la sábana
con la
que se había
cubierto
Don Julian.

Vivía solo
con su perro,
un mastín
napolitano,
al que llamaba
Rocco,
para
Don Julián
nuestra
llegada,
era esa
bocanada
de compañía
que necesitaba,
nos daba
chocolate
en invierno,
agua con limón
en verano,
era viudo
con tres hijos,
que rara vez
lo visitaban.

Era feliz
al vernos,
parecía
uno de
nosotros,
siempre
nos decía,
que eramos
sus más
fieles amigos,
obvio después
de Rocco,
al dejarlo
participar
en nuestros juegos y
locas historias.

Hasta que
un día
al llegar,
la puerta reja
de la entrada,
lucia un grueso
candado,
golpeamos
nuestras manos
sin resultados,
apareció un vecino
que ya nos conocía,
para decirnos
que sus hijos
sin consultarle,
lo habían
internado
en un geriátrico.

Nosotros
púberes
le dijimos
cual era
la razón,
si Don Julián
era un roble,
sin dolencia
alguna,
el vecino
nos miró,
luego tosió
como
si le costara
hablar,
pero al final
nos dijo
que a los hijos
les interesaba
la vieja casona,
para un negocio
que les habían
ofrecido,
nos miramos
«el polaco», Tati y yo
y por lo bajo
solo dijimos,
lo encerraron,
le robaron
no la casa,
sino algo peor
la libertad y su vida
al bueno de Julián.

Esa fue creo
la primera
lección
de vida
que
aprendimos,
cuídate
de tus mas
cercanos,
que ante el
primer
descuido,
pueden
llegar
a fagocitar
hasta tu vida,
cuando te ven
solo
y autosuficiente.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Si pudiera…

Si pudiera
retroceder
modificando
la hoja
de ruta
de esta
vida caminada,
la cambiaría
hacia aquella
inolvidable
muchacha
adolescente
que realmente
me amaba,
a quien
le arrebate
en ese altillo
luminoso
de su casa,
su tesoro
más guardado,
aquella la que
sin dobleces
ni exigencias
me aceptaba
tal como yo era,
con un millón
de imperfecciones,
escasas virtudes.

Aún cuando
ya nos
habíamos
despedido,
fue tan
generosa
tratando
de evitar
que
cometiera
el error,
que me
llevó luego
a un colapso
sin retorno.

No se porque
ahora pienso
en ella,
la soledad
quizás,
que será
de su vida,
será feliz
como lo fue
aún en
aquel tiempo
mezquino
que le di,
cuando
en mis brazos
trémula
me entrego
su corazón y
hasta su alma.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Hoy te recordé especialmente ¿Cómo están por ahí, hermano?

No he escrito sobre él desde que partió; pero hoy se cumplen 21 años de su ida de vacaciones, a ese lugar encantado de praderas verdes y un cielo azul intenso, al que no visita jamás nube alguna.

Mi hermano Carlos; quince años casi de diferencia de edad, el mayor de los cuatro.

Será porqué hoy la memoria larga que es la que más perdura en el tiempo, me hizo recordar a aquel 21 de octubre cerca de las 22 de la noche -casualidad o causalidad-; de festejo de cumpleaños de quien fuera mi esposa cuando sonó el timbre del teléfono fijo -todavía existían; no como hoy que los fijos han casi desaparecido dando paso a estos demonios aparatitos portátiles.

Me llamaron para informarme que había fallecido. Era algo previsible que ocurriera; porque internado en la unidad de cardiología del Hospital Alvarez, su estado era más que crítico.


Ya había tenido alguna que otra internación anterior, en las que antes de irme a mi trabajo, pasaba para asear y afeitarlo. No me sorprendí, porque al margen del dolor genuino de su pérdida; al mismo tiempo pensé que era lo mejor que podía sucederle.


¿Por qué, me preguntaran? Porque ya no era el Carlos, conocido por todos. Estaba en su mundo y permanecía en silencio. La medicación había hecho estragos en su mente. Iba a visitarlo, como para alegrarlo y conversar con él; para terminar siendo solo un monologuista.


A veces, he hablado con su hijo Carlos, comentándole que con seguridad los médicos psiquiatras le pifiaron en el diagnóstico y lo medicaron pésimo.


Mi hermano enfermó por primera vez muy joven; era hiperquinético, no tenía problemas en levantarse a las 4 o 4:30 de la mañana para preparar sus cosas y comenzar su negocio independiente de repartir con su camioneta, productos alimenticios en todo el radio de la ciudad de Buenos Aires.

Fumador compulsivo como lo fuera mi padre; ello tampoco ayudó a su calidad de vida.


Pasajes de su infancia y adolescencia que quizás lo atormentaban, más el estrés al límite al que se enfrentaba cada día, hicieron el resto.
Pero antes de enfermarse; era un ser alegre, conversador a quien el chiste le salía naturalmente para hacer reír a quienes lo rodeaban.


Fue bondadoso y demasiado generoso con mucha gente, que no lo merecía. Velaba más por los de afuera, que por los de adentro.
Quizás vuelvo a reiterar, por lo que vivió desde muy joven. Un excelso jugador de billar a tres bandas; era su único entretenimiento fuera del trabajo.


Pero se y lo siento así, que desde hace 21 años está muy feliz de encontrarse donde está, con la paz y armonía que debió sentir cuando se encontró con el viejo. Y ni que hablar de mamá, la que siempre caminaba por la calle Cesar Díaz hasta donde vivía, para visitarlo porque era su preocupación constante.


A mamá la recibieron dos años después, hasta que finalmente el año pasado llegó mi querida hermana Alicia.
Seguramente ahora los cuatro deben pasarla juntos, juntando todos los recuerdos- miles- y hablando de ellos en ese lugar celestial, en el que visitarán y serán visitados, por todos los seres queridos que han partido.

Para todos ellos; que en paz descansen eternamente en los brazos de Dios.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

No es la soledad…es la vida.

Soledad infinita
que ya pesa
un poco más
que ayer
y menos
que mañana,
sobre
las espaldas
exhaustas
por haber vivido
de pie
equivocado
o no,
pero jamás
de rodillas.

Orgullo, no
no es orgullo,
es lo que uno
mamo de chico,
ejemplos de vidas
sin dobleces
ni trampa alguna.

No conseguiré
el cielo fácilmente
porque me equivoqué
fiero algunas veces,
he pedido perdón
a aquellos que lastime
por esos impulsos
que uno no los sujeta.
 
Pero no me quejo
vida bien vivida,
con momentos
únicos e
inolvidables,
mi único amor,
mis hijos, mis nietos
y también
de los otros
las pérdidas
algunas que aún
duelen en el Alma,
y que uno guarda
para cuando
se acerque
el camino
del reencuentro.

Como cantaba
la «negra» Sosa,
gracias a la vida
que me ha dado tanto.

El niño aquel…

Mesa familiar
nietos
que sonríen,
reclamando
juegos
a los que
el abuelo
cómplice,
los ha
acostumbrado.

Viajaron
de muy lejos,
reflorece
el amor
en el reencuentro,
las risas
por los juegos,
tal campanillas
resuenan
por toda
la casa,
bulliciosa
alegría
que impregna
cada rincón,
echando
al silencio
sepulcral
destemplado,
que al aire
contamina
por una soledad
autoinfligida .

Una sonrisa
de un niño
en estado puro,
provoca
inocencia
al abuelo,
que retorna
reflejado niño
que vuelve
a ser
como aquel
que fuera,
con su inocente
Alma.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest  –

La casa iluminada

De pronto
todo quedó
en penumbras
en la vieja casa,
era lo que deseaba
recorrerla toda
trayendo
a su memoria,
la algarabía
las risas
de sus hijos
cuando eran
pequeños,
quienes
al llegar el
del trabajo
cada día,
apagaban
todas las luces,
para que
se convirtiera
en un monstruo
vociferante,
que los corría
por cada
habitación
o baño,
y no cesaba
hasta que
encontraba
al último,
incluyendo
a su mujer,
entre risas
y alegría
más alguna
incontinencia
urinaria
de los niños,
consecuencia
de esas
carcajadas
que ya no
volverían.

Se sentó
en un sillón
del amplio
comedor,
algo raro
en él
para quién
la cocina,
era el
lugar
de la vida,
su mirada
observó
cada rincón,
se detuvo
en un equipo
de música,
en el que
se escuchaban
los sonidos
para cada
festejo,
llámense
cumpleaños,
navidades
y nuevos años
plenos
de esperanzas.

Medito sentado
un rato más,
el ayer
ya no se
podía replicar,
pero una idea
le devolvió
una ancha
sonrisa
a su cara,
ya no sería
el monstruo
de aquella
época,
los tiempos
eran otros,
ahora
se pondría
la piel
de zombie
y correría
a sus nietos,
la casa
volvería
a ser
envuelta
por esa luz
tan particular
fusión de la
complicidad
y la alegría.

Imagen: Gentileza Pinterest – guiainfantil.com

Dejemos ir… ( II )

Somos falibles,
somos humanos
hay que olvidar
perdonar
recíprocamente,
dejando el pasado
que aun
recordando
esos fugaces
momentos
de felicidad,
provocan dolor
por lo que
no pudo ser.

Vivir naciendo
como otra persona
en el hoy presente,
hemos sido
tantos personajes
en nuestra vida,
que a veces
olvidamos de ello.

No al rencor
que contamina,
tóxico
como pocos,
que enferma
el alma,
confiar y alejar
intentos imaginarios
para unir
un fino lazo
de aquella unión
que se cortó,
no importa
porque o
en cuanto
tiempo, no interesa.

Nada puede atar,
solo anudarse
a otra vida presente,
nueva, distinta, adorable.

El cerebro procesa la información de la misma forma que se regula el tráfico de trenes.

El sistema que utiliza el cerebro en el procesamiento de información y en el almacenamiento de recuerdos es similar a cómo los interruptores de ferrocarril controlan el destino de un tren: las vías llevan a diferentes destinos, en tanto el hipocampo habilita varios canales para procesar información y recuerdos.

Científicos de la Universidad de Nueva York han descubierto un mecanismo en el cerebro que hace posible procesar grandes cantidades de información con diferentes propósitos y en forma simultánea: es un proceso que almacena recuerdos y los codifica de forma eficiente para que estén a mano cuando los necesitamos. El trabajo científico ha sido publicado recientemente en la revista Cell Reports.

Ese proceso es similar al que se utiliza en la gestión ferroviaria, cuando al accionar un comando se desvía un tren hacia otra vía, reencauzando su destino. El cerebro humano sigue la misma lógica: al ser imposible que cada estructura se encuentre especializada en una única función, considerando la enorme diversidad de tareas que dependen de la actividad cerebral, se activan «cambios de vías» que redirigen los procesos y permiten que un mismo sector realice con éxito diferentes funciones.

El cerebro cambia de modalidad

Según experimentos realizados con roedores, los investigadores comprobaron que las mismas áreas del hipocampo codifican información de la ubicación actual, pero en forma simultánea son capaces de «cambiar de modalidad» y superponer datos relacionados con ubicaciones visitadas en el pasado. La combinación de ambos planos de información (presente y recuerdos) enriquece la comprensión del entorno por parte de los roedores, permitiendo que se ubiquen de forma más rápida y precisa.

El hipocampo es un área relacionada con la corteza cerebral, localizada al interior del lóbulo temporal. En el ser humano, el sistema ligado al hipocampo gestiona la llamada memoria episódica o de sucesos y la memoria espacial, que hace posible la ubicación en diferentes entornos.

De acuerdo a una nota de prensa, los científicos estadounidenses descubrieron que el sistema de «vías superpuestas» que presenta el cerebro se gestiona en el hipocampo. Los resultados revelan cómo un mismo circuito neuronal en el hipocampo asume más de una función.

En consecuencia, el cerebro desvía «trenes» de actividad neuronal para codificar nuestras experiencias y para recordarlas. Esto comprueba que los mismos circuitos tienen un papel protagonista tanto en el procesamiento de la información como en los mecanismos ligados a la memoria.

El hipocampo es el que edita la película de nuestra vida. 

El hipocampo, la región del cerebro asociada a la memoria y la percepción espacial, es el que edita la película de nuestra vida: selecciona las partes más significativas de cada experiencia y forma con ellas los recuerdos que vamos a conservar de esa vivencia.

Una investigación de la Universidad de Cambridge ha descubierto que el hipocampo, una de las principales estructuras del cerebro humano, funciona como el editor de la película de la vida: selecciona las experiencias cotidianas que deben ser archivadas en la memoria a largo plazo para convertirlas en recuerdos.

Es decir, que es el hipocampo, la parte del cerebro asociada a la memoria y la percepción espacial, el que determina el significado que cada parte o momento de una experiencia puede tener para nosotros.  Los resultados se publican en Journal of Neuroscience.

Cuando vivimos una experiencia, el hipocampo se activa y analiza los diferentes momentos de esa vivencia para seleccionar los más relevantes y pasarlos a la memoria.

Esa selección que realiza el hipocampo, a tenor de los resultados de esta investigación, no tiene en cuenta la secuencia de la realidad tal como se desarrolla, sino que impone su propia secuencia de imágenes y parte la película de nuestra vida por donde más le conviene, para fabricar los recuerdos que vamos a conservar de toda esa vivencia.

El descubrimiento se produjo analizando los cerebros de 284 personas mientras veían la película Forrest Gump, de 1994, y un episodio de la serie “Alfred Hitchcock presenta” llamado “Bang! You’re Dead”, difundido por televisión en 1961.

Valiéndose de las imágenes por resonancia magnética funcional, los investigadores pudieron observar las regiones cerebrales activadas durante la visualización de ambas proyecciones.

Viendo cine

En el experimento participaron por un lado 15 personas que vieron la película y por otro lado 253 personas que vieron el citado capítulo de la serie de Hitchcock. Un tercer grupo, formado por otras 16 personas, observaron las dos proyecciones. Estas últimas debían pulsar un botón para indicar el comienzo y el final de un evento o secuencia de la proyección.

Los científicos compararon la actividad cerebral de los dos primeros grupos con los puntos de transición indicados por los observadores del tercer grupo. Y apreciaron que, en los dos primeros grupos, la respuesta del hipocampo sobre los intervalos de tiempo entre eventos estaba influenciada por los límites subjetivos de cada participante, y no por la transición entre escenas establecida por el cineasta.

Por ejemplo, en el caso de los espectadores de Forrest Gump, de dos horas de duración, los investigadores observaron que la respuesta del hipocampo estuvo determinada por lo que cada participante consideraba importante de la película, más que por lo que el cineasta había pautado para el desarrollo de las diferentes escenas.

Hipocampo sensible

Estas observaciones llevaron a los investigadores a concluir que el hipocampo es sensible a los límites subjetivos de una experiencia, más que a los índices objetivos del desarrollo de una vivencia.

Eso significa, según los investigadores, que el hipocampo es el que realiza la edición de la película de nuestra vida, ya que fragmenta las experiencias continuas que vivimos cada día y selecciona los extractos de esas experiencias con las que formar los recuerdos.

Los investigadores destacan que este trabajo es uno de los primeros en estudiar el funcionamiento del hipocampo a lo largo de una experiencia vivida en directo, ya que normalmente es estudiado a través de manipulación experimental de acontecimientos diferentes.

Para este estudio, los investigadores partieron de la base de que el hipocampo es sensible a los espacios temporales que separan un acontecimiento o experiencia de otra, cuando ocurre de manera natural y continua.

La conclusión de esta investigación es que los límites de los eventos desempeñan un papel clave en la configuración de la actividad del hipocampo cuando procesa una experiencia, y que los límites de los eventos moldean a su vez la experiencia mediante la modulación de la actividad del hipocampo.

Los interruptores cerebrales que cambian las vías

Cuando el mismo circuito realiza más de una función tienen lugar interacciones sinérgicas y de intercambio de diferentes recursos. Ese complejo mecanismo es controlado por un interruptor cerebral, conocido como «pico dentado». Se trata de un patrón neuronal que se origina en la corteza entorrinal medial (DSM), y que cumple la tarea de coordinar los cambios en la función cerebral, de la misma forma que una palanca accionada en el momento preciso puede modificar el destino de un tren en las vías férreas.

En las conclusiones de su estudio, los científicos fueron aún más claros: al igual que los interruptores de ferrocarril controlan el destino de cada tren, los «picos dentados» cambian el procesamiento de la información en el hipocampo, pasando de la codificación de datos al recuerdo. De la misma forma que un cambio en las vías modifica el rumbo de un tren, los eventos neuronales de «pico dentado» desvían los pensamientos desde el presente hacia el pasado.

Gracias a este descubrimiento, será posible ahora comprender en profundidad los canales simultáneos de actividad cerebral que tienen lugar en las mismas redes neuronales del hipocampo: las implicaciones abarcan nuevas terapias y tratamientos y renovados enfoques para investigar otros procesos cerebrales.

FUENTE: Tendencias21 – Pablo Javier Piacente – Editor científico

Referencia

Foto: la imagen superpone los potenciales de campo locales del hipocampo en las vías del tren controladas por un interruptor. Las vías férreas proporcionan diferentes rutas a distintos destinos, como los variados modos de procesamiento de información del hipocampo pueden habilitar múltiples funciones en el marco de procesos de recolección y codificación de memoria.

Crédito: André Fenton, New York University.