Aquel tiempo en que me descubrí…

A veces sucede que se presentan situaciones sorpresivas, que te traen recuerdos de la prehistoria de tu vida.


No soy de ver o engancharse en programas periodísticos; porque su evidente color amarillento, es lo que los pone en clara oposición a la verdad, aunque esta no sea objetiva. Responden a intereses, de uno y otro tiroteo de sectores políticos o bien de los propios sponsor que en pautas de publicidad, a veces resultan llamativamente gene-rosos, ya que pretendiendo que una noticia sea sutilmente convincente para un público en especial, que ciego se come “sapos” de todo color, quizás por lo que fue vida dentro de su contexto familiar en cuanto “a favor de o en contra de que partido político” ; o bien la militancia en la secundaria o en la universidad, al ser carne fresca para reclutar; y entre otros casos porque no, es como un panqueque que apoya cuando solo supone que le conviene, porque bien en la sede barrial del partido político le tiran una moneda o lo acomodan, si llegaran a ganar por el voto popular en un puesto público en planta transitoria.


Por la sencilla razón que en mi país, todos saben que el gasto público, viene hace déca-das incrementándose exponencialmente por las transas de los políticos con los punteros de las poblaciones de más escasos recursos o hasta los barras bravas (fanáticos afiliados a clubes de fútbol) que actúan en forma frecuente como fuerzas de choque en manifes-taciones masivas o se infiltran como espías funcionales, además de que en forma fre-cuente, asociados a algunos corruptos dirigentes del fútbol, se encargan no solo de la reventa de entradas sino que también realizan el marketing y venta de souvenirs para los simpatizantes. Si debemos hablar de “los pesados” en Argentina, deberíamos confec-cionar un ranking que seguramente superará toda expectativa.


Como siempre, mi neurona – sí; no se sorprendan- solo tengo una – y me lleva adonde ella quiere y me saca del tema neurálgico que pretendía desarrollar en el día de hoy.


Eso es lo que pasa con nuestra mente. Es muy pícara. Cuando deseamos concentrarnos, nos viene a molestar con cosas del pasado o deseos del futuro, y así no nos permite desarrollar aquello que teníamos previsto.


Pero ¡zas! Ahora recuerdo, que días pasados al pasar frente a la TV, vi que le estaban ha-ciendo un reportaje a un actor argentino, que había estado enfrentando los incendios forestales -en su mayoría, intencionales-, para salvar las unidades de su complejo turís-tico que se compone de cuatro cabañas, en el Valle de Punilla,, en nuestra Provincia de Córdoba, que se caracteriza por sus bellas serranías y un excelente clima seco.


Pero la sequía de meses, hacía que el fuego se acercara por el fuerte viento, en distintas direcciones y se propagaran los focos de incendios. Justamente su complejo, estaba en una hermosa localidad llamada Villa Giardino.


Ahí; como en “Volver al pasado” me retrotrajo décadas atrás cuando visitaba el pueblo 5 o 6 veces al año.


¿Razones? Mi primera mujer, tenía a sus padres allí y ella había nacido en el pueblo an-terior, yendo hacia las sierras grandes que se llama aún hoy, Huerta Grande.
Estaba cerca de cumplir 21 años, ella tenía 24. Como todo adolescente en mi caso a ser libre desde los trece años e incursionar en grupos musicales o de teatro, creí como un imbécil que ya estaba maduro como para casarme. Una locura; contra la que nada pu-dieron hacer mis más estrechos amigos y hasta mi mismísima madre a la que amaba muchísimo, aún hoy luego de que se fuera de vacaciones hace más de dieciocho años.


Pero solo voy a traer de la memoria, ya que me lo está pidiendo insistentemente que relate porque me enamore de aquel pueblo.


Es que descubrí en mí una cantidad insospechada de emociones y sentimientos, que seguramente en el asfalto de Buenos Aires, jamás me hubiera sucedido.


En primer lugar; su gente. A su ritmo y sin apuro. ¿Que no trabajaban? Si, claro que lo hacían, pero a su manera. Nada de ser estructurado y pretender no dormir una breve siesta a la tarde. El mate convoca no solo a la familia, también a aquellos vecinos que se iban convirtiendo en familia, rodeados en círculo frente a unos leños encendidos al cen-tro, con dos porongos (un tipo de mate hecho de un zapallo de calabaza) del que en una vuelta, podían tomar la infusión 3 o 4 personas, dado su tamaño). Los cordobeses para el humor, como la mayoría de nuestros hermanos de cada provincia, tienen una chispa tan especial, que si el primero y el segundo fueron tan buenos como para desencajar el maxilar, ya uno se reía a repetición con los que venían después. Mujeres y hombres, en donde nadie se subía a su ego y estamos todos hermanos, compartiendo madrugadas inolvidables.


Fue también mi verdadera cercanía con la naturaleza, con mis suegros llevándome bajo a los pinares, para buscar aquellos champiñones realmente comestibles y saber diferen-ciar a estos de los otros, que pueden lograr que partas antes de tiempo.
Por otro lado, descubrir las hierbas aromáticas (que utilizan los mismos laboratorios para sus medicamentos) como la peregrina, la carqueja o el té de burro, entre otros.
Ir con mi suegro a la vera de un arroyo, donde el “me gastaba” por ser un tipo de ciu-dad, que aún no había aprendido a disfrutar.

Y la verdad, que con el tiempo comprendí que tenía razón. Llegábamos con un “chivito  mamón” -6 o 7 kilogramos- y no se, como hacia el “viejo” Montoya para prender el fuego con unas ramitas, y así lo iba asando despacito, cosa que cuando llegaran las mujeres con las ensaladeras y aquello que faltaba, nos sentamos a almorzar a pleno estilo cam-po, comiendo las costillitas de las que de esa exquisita carne, se deshacían en la boca. Una exquisitez, que repetimos varias veces cuando los visitamos.


Ahí pude sentir las caricias que uno recibía, como un mimo al corazón. Mis suegros, eran muy buena gente y mi mujer, su única hija. No se si sería eso, pero mi suegra, Doña Rosa siempre me esperaba con uno de sus exquisitos platos; pollo o vizcacha en escabe-che, ensaladas que contenían verduras y tomates propios de quintas de los alrededores. Es infaltable antes de almorzar, algún copetín con salami de Colonia Caroya -uno de los mejores lugares en que los producen- junto con unos triángulos de queso de cabra.


Creo que mis contracturas; se debían en aquel entonces a tanta armonía y paz por dejar-me llevar cuando me encontraba allí, todo lo contrario a la vorágine de Buenos Aires, eran emociones y sentidos imposibles de vivir.
Si alguien no conocía a nadie, eso no era motivo para evitar saludarlo coloquialmente, como una muestra de amabilidad y respeto.
En los últimos meses del año, se festejaba el día de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced -Patrona del lugar, desde hacia 300 años- que se encuentra alejada del pueblo y en una gruta, a la que uno debe subir para llegar a la cima y ver su imagen (detrás de una reja de protección) para realizar las oraciones o llevarle su agradecimiento.


En la base del cerro, un antiquísimo cementerio del pueblo en el que quedaron las pri-meras osamentas de pobladores de la Villa. Justo enfrente de ese lugar, es que había algo así como un almacén de Ramos generales, se congregaba todo el pueblo para feste-jar el día de la Virgen. ¿Que se hacía…?algo que por primera vez comí y luego cada año, fue rutina. Asado con cuero en horno de barro.
Uno solo debía llevar un pequeño cuchillo filoso, le daban la porción en un papel de es-traza (papel blanco) y la habilidad era comerlo utilizando solo el cuchillo, con el que me hice un experto recién a la tercera vez. Beber; bebíamos lo mismo que en la casa de mis suegros, un vino en damajuana de nombre Galán, cuyo sabor dulzón hacia que muchas veces me pasara de vueltas y tuvieran que ayudarme a volver.


Un camino asfaltado en su mayoría, de aproximadamente 5 kilómetros llevaba al pue-blo, increíble las centenas de lucecitas que las pequeñas luciérnagas producían para deleite de los niños y los no tan niños. Bravos eran murciélagos -en aquella época, yo fumaba- y no hubo una sola vez que con el cigarrillo entre los labios, no me sobre-volara ese maldito bicho.


Mi conexión con la naturaleza fue como recibir un aire tan puro, que renovaba cada célula de mi cuerpo.
Al principio me costó, yo estaba muy urbanizado. Me costó, pero me encontré con mi onda.
Me busqué, me di el tiempo. Adquirí el temple de la espera y eso también, me lo dio ese lugar.

La naturaleza me bajo el ego, me hizo agachar la cabeza, me hizo vivir el presente de cada día. Todas mis experiencias de esos cinco años -lo que, aquel matrimonio  duró-  fueron muy sanadoras, porque para mi fue todo un proceso el encuentro con la natura-leza viva. Empecé a ser parte y a entender.

Deje de decir “quiero tal cosa” y empecé a ir en armonía con lo que era. En el monte hacía calor, salíamos. Y cuando hacía frío, nos quedamos.Era así, la naturaleza era así y me templó mucho. Mi voluntad la tuve que ubicar por debajo de la voluntad de la naturaleza del clima.

Allí pude dejar de ver “el tiempo como tiempo” y pude verlo en el preciso momento en que ocurría. Me dio la posibilidad de ver las cosas, relajado. Por eso, lo recuerdo siem-pre y me digo a mi mismo “Nos tenemos que permitir disfrutar las cosas y hasta de los errores”.


Otra cosa, que me permitió cuando íbamos por un tiempo prolongado, es que se me abrió la posibilidad de practicar la mirada compasiva y sobre todo, conmigo mismo.
Cuando solté la idea, de que mi mente tenía
que controlarlo todo, como tenía que ser y lo deje ser, fue como aceptar eso, como soltando las cosas y verme quién era en reali-dad.

Las ideas mentales que en aquella época tenía planteadas, me hacían creer que lo que hacía, estaba destinado al fracaso. Pero luego no pasaba nada, de lo que tendría que haber pasado.
Observando la naturaleza, lo pude ver constantemente. Conectarse con la naturaleza es gastar menos energía y todo empieza a necesitar menos esfuerzo. La meditación, hoy que la practico, es lo que me hace todo más fácil,

El hippie

Me miró como una “rara avis”
cuando nos cruzamos en el boliche,
sería mi pelo largo o esa medalla
con el símbolo de amor y paz,
en aquellos años sesenta.

Creo que más se interesó
por aquello de lo misterioso
que podíamos ser como hippies,
que por mi facha desalineada
tirando un poco más que a eso,
ya que me ganaba unos pesos
trenzando esas zancudas
que después vendía entre
la gente, tiradas sobre mi manta.

Súbitamente, se acercó y sentó
a mi lado, sin pedirme permiso,
su figura era la de una cheta
con plata de Barrio Norte.

Le pregunté ¿Qué querés, piba?
y simplemente me contesto,
luego de que vendas todo
quiero hacer el amor contigo.

Tiempos gloriosos aquellos,
en que ser “raro” para el otro
te permitía enganchar sin siquiera
poner una pequeña y simple carnada.

Imagen: Maja Hreczuk – Pinterest

Alicia…

Fue verte desaparecer
como una estrella fugaz
brillante y maravillosa,
al subirte a la rampa
del buque “Lago Alumine”
aquel mi más triste día del 68.

Destino de tu padre, Génova
por eternos cinco años,
y con el toda su familia
otro mundo, otras gentes.

Me acerqué tímidamente
a aquella vieja dársena,
me mostraste tu rostro
con tu angelical sonrisa
desde la gran cubierta,
señalándome con tus manos
que subiera, y así lo hice.

Numerosos familiares
de los tripulantes que felices
deseaban la buenaventura
del arribo al Puerto de Nervi.

Los comprendí, la mayoría
volverían a Buenos Aires,
en cambio a ti, mi primer amor
adolescente casí te ibas para siempre.

Te vi feliz, la experiencia
de vivir y estudiar en Italia,
otro país, otras costumbres
iluminaba aún más tu mirada.

Solo pudimos tomarnos
de la mano, darnos un beso
a escondidas en la proa,
prometimos escribirnos
durante esos largos años,
lo que así hicimos sabiendo
ambos que a tu regreso,
no seriamos los mismos.

La sirena de partida estremeció
el ambiente, presurosos todos
bajamos para saludar desde tierra,
ni tu ni nadie percibió que lágrimas
rodaban por mi rostro, sin esfuerzo.

Tantas cartas en tiempos
no virtuales, cruzaron el océano
con mi ansiedad de recibirlas,
y contestarte cada vez sin dejar
de incluir un poema de amor.

Recordaba nuestros paseos
por la tarde, lo pequeña que eras
poniéndote en puntas de pie
y yo inclinarme, para darnos
esos besos plenos de inocencia,
otros tiempos aquellos
pero por ello, muchos mejores.

Regresaste y nos dimos cuenta
que ya no éramos los mismos,
jóvenes que habían crecido
y que casi no se reconocían,
deje de visitarte un día
no sin antes enviarte luego,
60 rosas rojas por cada mes
en qué de a poco y sin darme
cuenta, te fui perdiendo.

Ven conmigo, por favor…

Recorreremos la vida
que nos queda
si me permites amarte,
y te apartas
de ese miedo
que a tu alma paraliza.

Si solo vuelves a creer
que aun mayores
compartir juntos
esos instantes
que la vida nos regala,
es solo por la luz divina
que nos arrulla.

Poder hacer aquello,
que aun no hicimos
cualquiera fuera su motivo,
disfrutar cada minuto
como si fuera el ultimo
en este privilegiado
y largo camino de vida.

No me costara amarte
hasta las entrañas,
porque solo al pensarte
mis sentidos se estremecen.

Ven, anímate a ser feliz
miremosnos a los ojos,
con esos brillos que perduran
en aquellas almas buenas,
que sin saberlo vagaron
en el tiempo sin encontrar
aquello que no sabían
que tan cerca estaba.

Ven, acércate y déjame
abrazarte una y otra vez,
verte reflejada en mis ojos
que desean un amor eterno.

Ven…anímate, vence tu miedo.




Metamorfosis

Fui a tu casa porque
me habías invitado,
al llegar pase
por todas las miradas
de tus amigos,
que me observaban
como el raro y real
joven hippie que era
en aquella década
de la revolución de los 60,
cuna que revoluciono
la cultura no solo musical
sino también a una juventud
ansiosa de libertad,
de romper con mandatos sociales
aquellos opresivos
que nos ataban a lo “viejo”.

Era el distinto
en aquella “tu reunión”,
en que me reí
en la cara de cada uno
de tus amigos almidonados,
con cabello corto
como soldados de torta,
olvidando yo, que era igual
que ellos no hacia tanto tiempo.

Eran años de Joan Báez,
Bob Dylan, José Cocker,
The Beatles y el cercano
festival de Wooddtock
con su locura y descontrol.

Había pasado un año
de nuestro último encuentro,
tú eras la misma, frágil y preciosa.

Yo en cambio,
había abandonado
la universidad,
y de lo acartonado
salí haciéndome artesano,
fabricando aquellas
sandalias trenzadas,
que vendía en viajes a dedo,
por lo largo y ancho
de nuestro país.

Había sido para ambos
el amor primero,
pero como todo, ya
no era yo el mismo
como bien había sido
tiempo antes, igual a tus amigos.

Nos miramos, recordamos,
bailamos un par de melodías,
olí tu piel, tuve que esforzarme
para alejarme y decirte adiós,
no era aquel que habías conocido.

Hoy, luego de tantos años
te sorprenderías al leer esto,
será porque jamás te olvide
y tu recuerdo me seguirá
por siempre, como entonces.

Placidez

Es noche cerrada ya,
ningún ruido ni siquiera
el de mi propio respirar
pausado, llenándome con aire
los pulmones como aquel
que lo hace para sumergirse
en las olas rebeldes de los mares,
o como para tomar impulso
para arrojarme de un avión
junto a otros en acrobacia aérea
tomados de las manos.

Sueños que visualizados permiten
superar este ostracismo auto impuesto,
que me lleva a reflexionar lo ya vivido.

Como cual torbellino, recuerdos que vuelven
a mí, como capítulos del libro de mi vida.
Emociones, alegrías, tristezas, sorpresas,
un enjambre de sensaciones contrapuestas.

Y la felicidad de estar, para sacar de ellos
lo mejor y más auténtico de mi alma.
El amor adorable recibido
al igual que el brindado con pasión,
cualesquiera fuera el destinatario
que me da la placidez y sensación,
de estar junto a todos con quienes
he compartido cada etapa de mi vida,
sumergiéndonos juntos en ese mar
o tomándonos de las manos
en esa acrobacia de amor eterno.

Arriesgarse

Serás sueño imposible, efímero
sé que al conocerte no dejaras lugar
de mi vida, para recorrer y observar
buscando alguna suciedad en mi pasado.

Te supongo, temerosa a nuevo fracaso
no creas que no siento lo mismo,
cuando más avanzas en los años
darle valor al otro por sobre uno,
compartir cuando te has acostumbrado
a la libertad e independencia ya habitual,
es como si invadieran ese mundo único
que se protege ante la mirada del extraño. 

Pero sabes, si no arriesgamos en el juego 
de esta vida que solo tiene un destino,
como encontrar quien nos acompañe
y a recorrerlo con mutuo compromiso.
para aliviar la pesada carga 
que sobre nuestros hombros
hemos por impericia o auto engaño,
sumar desde el inicio de nuestro tiempo.

La sorpresa…

El silbido del viento, se escuchaba entre los árboles
en lo profundo del bosque, como queriendo atraer
a extraños, invitándolos a ingresar en plena noche.

En el claro que habíamos hallado con mis amigos,
hicimos lo de siempre, luego de una buena caza 
en un campo cercano, coto autorizado para lograr
unas buenas piezas de liebres o perdices, que ahora
estaban en la previa del descuere y des plumaje,
para prepararlas como nadie mejor que Esteban
sabía hacerlas, y saborearlas con un buen vino
de esos pateros, del que había que tener cuidado
porque al segundo vaso, desaparecía el equilibrio.

Las leñas crepitaban y avivaban el fuego,
pero se hacía más ensordecedor 
el ruido que como un aullido 
provenía repetidamente desde el bosque cerrado.

Nos pusimos alerta…era extraño,
que algún animal anduviera rondando por allí.

Los perros empezaron a ladrar y debimos soltarlos,
y ávidos conocedores de las presas, se internaron.

Sentimos a los instantes sus aullidos de dolor,
como si estuvieran siendo atacados a morir.

No esperamos más, nos ordenamos como siempre.
Juan y yo, decidimos internarnos con las armas
y les dijimos a los otros tres, que esperaran.

Con la luz en nuestra frente alumbrando 
paso a paso, caminando entre los árboles
alcanzamos el lugar en donde se encontraban
nuestros perros, y ahí lo vimos sorprendidos.

Un enorme macho jabalí ya herido, con su furioso
embate contra los perros, habiendo matado a “Yayo”
uno de los mejores que teníamos en la jauría.

Nos separamos, 
y Juan desde una distancia de quince metros
apunto y cuidando no herir a ninguno de los otros canes
disparo un solo tiro, que termino derribando a la enorme bestia.

Así de manera sorpresiva, nos encontramos
con una pieza de caza no buscada,
la algarabía se transformó en una fiesta
en donde habíamos acampado, no sin antes
lamentar la pérdida de “Yayo” compañero
de tantas travesías con el grupo.

Sin embargo, me quede tranquilo
sé que los perros también van al cielo…

El privilegio que uno se lleva…

Había arribado a la Spezia
en el norte de Italia,
ansioso por conocer Cinque Terre.

El sendero de los enamorados
no estaba habilitado y suspire aliviado,
imposible para mí de hacerlo caminando.

Estaba fuera de temporada,
pero se hizo el milagro
un par de días antes que llegara
a esa ciudad puerto de La Spezia.

Se había habilitado el tren
que recorría diariamente todos
los pueblos desde Riomaggiore
hasta en mi caso, a Levanto.

Saque un boleto exprés por dos días,
y disfrute cada pueblo, su gente
sus callecitas, sus barcitos, su gastronomía
y la belleza de estar enclavados
en colinas frente al mar,
la que me encanto entre todas ellas
fue Vernazza, con una pintoresca
y hermosa vista, como si estuviera
colgada de un balcón.

Me siento tener el privilegio que Dios,
el Universo o el de Spinoza me ha regalado,
pudiendo conocer otros pueblos,
otras culturas, mezclándome entre sus gentes
retratando los mismas emociones
como si estuviera en mi amada Buenos Aires.

Porque la Argentina es tan cosmopolita…

Una de mis queridas sobrinas, me ha pedido si le podía describir cómo llegaron mis abuelos maternos a la Argentina, para un trabajo que debe realizar una amiga suya. Si me hubiera solicitado de mi parte paterna, me hubiera resultado mas sencilla, ya que le compartiría la monografía que hizo hace años mi hija Analia, al entrevistar ambos a mi tio Santiago, único hermano de mi padre que a su vez había recorrido desde el nacimiento del apellido (756 AC) hasta nuestros días. Capurro, tiene ascendencia italiana, específicamente de Recco, Italia y por el lado materno de mi padre, vasco franceses y suizos.
Pero en el caso de mi madre, es más complicado. En primer lugar porque se trata de una nacionalidad un poco desconfiada en difundir sus secretos y otra por aquello de eso “no se habla”. Sin embargo, hare un recordatorio retrospectivo en mi memoria para poder alcanzar solo una “parte de lo vivido” por esos inmigrantes sirio-libaneses (mi ascendencia materna) que llegaron a principios del siglo XX.
De mi memoria surge, que la comunidad de origen árabe musulmán y cristiana, era reducida en comparación con las de origen italiano y española, gente con gran capacidad de trabajo, que arribaron allá a fines del siglo XIX y luego los distintos flujos se dieron hasta casi el año 1950. 
La comunidad árabe establecida ya en el país, recibió a mis abuelos cuando llegaron a la Argentina y ya cuando pasaron por inmigraciones, por el hecho de no saber español y tener dificultades para comunicarse los rebautizaron –¡así como les dijo! Aunque suene irrisorio- Mi abuelo de apellido Suleiman paso a ser Soleiman y mi abuela a su nuevo apellido Ali, el que se repetiría en varias mujeres que llegaron del medio oriente.
Después de pasar por el viejo Hotel de Inmigrantes, miembros de la comunidad ya establecidos los ubicaron en una casa, que supieron pagar. Era una de esas casas muy comunes en la ciudad de Buenos Aires de la época, con un local comercial al frente y la puerta de entrada de madera, en que trasponiendo un zaguán uno se encontraba con amplio patio y las habitaciones a la derecha, una a continuación de la otra. Al fondo el comedor diario y la cocina. Descubierto más atrás, el baño y un pequeño jardín que tenía una higuera, que daba unos fantásticos y sabrosos higos negros, que disfrute mucho de niño al igual que todo familiar que visitaba la casa.
La comunidad de aquel entonces era muy cerrada y altamente compleja en su apertura a aquellos nativos del país, fundamentalmente por el tema religioso ya que adoraban al libro sagrado del Corán y a su profeta Mahoma, en donde festividades como el Ramadán se cumplían a rajatablas, así como las oraciones mirando a la meca, todos los días. Recuerdo a mi querida abuela Asme, con un rosario de cuencas en sus manos, mientras oraba.
Así mi paladar se mezcló de niño con sabores latinos y árabes, por igual en que todo se hacía en casa y no había delivery, como hoy.
Pero existe un antes de mi nacimiento. Mis abuelos paternos, tuvieron en Buenos Aires; siete hijos –cinco mujeres “las mayores” y dos hombres “los menores- que es cuando uno se pone a pensar, que no pararon hasta tener el hijo varón. Mi madre era la segunda de las hijas. Supieron utilizar el local comercial, para instalar una verdulería, que les permitió mantener a tan numerosa prole.
Pero, dolorosamente mi abuelo paterno enfermo de gravedad a los cuarenta y tres años, dejando a la familia devastada y a mi abuela, al frente del negocio con alguna ayuda de alguna de sus hijas adolescentes.
Los sabores de las comidas tradicionales como el quepe, fatay, yisbaro, hummus y tantas otras exquisiteces eran cotidianas e imperdible el cordero a la cruz, cuando llegaba cada fin de año en que éramos una multitud.
Pero creo que me adelante a los hechos que sucedieron. Como bien comente antes, la comunidad era muy cerrada como hoy por ejemplo es la judía o la corena, y quienes acordaban los matrimonios eran los padres. Por ello, la mayoría de mis tías –salvo alguna rara excepción- fueron entregadas como esposas adolescentes “algunas a los quince años” lamentablemente sin amor y con hombres de más edad. La que dio la nota; como no podía ser de otra manera, fue mi madre, Sara Soleiman (Naye o Nancy) quien habiendo sido advertida por una de sus hermanas, Josefa (Popi) que estaba saliendo con un muchacho, que este traería a un amigo y la invito a acompañarla. Así fue como mi madre conoció al “Ingeniero” Francisco Félix Capurro –rubio de ojos grises o verdes, según el tiempo- y el querubín de los “flechazos” hizo en ellos de las suyas.
Ese amor fue tan intenso, que miembros de la comunidad persiguieron a mi padre varias veces, a punta de cuchilla –no olvidemos que la mayoría eran matarifes o carniceros-. Pero Francisco, no se amilanaba. Se ponía contra la pared, y los enfrentaba a trompada limpia. Hasta que un día, enfrentado a ocho energúmenos, mi abuelo –su padre- Félix salió con un pistolón con tiros al aire para sacárselos de encima.
Finalmente mis padres se casaron y mi madre tuvo prohibida la entrada a la casa materna casi por cuatro años. La historia de amor de mis padres, fue publicada en la revista Caras y Caretas, del legendario uruguayo Natalio Botana amante fugaz de Frida Kalo. Un amigo de mi padre, Otero un día al verme por la calle, siendo yo un adolescente, me dijo – Un día, pibe nos vamos a sentar en un bar y te voy a contar con detalle, el gran amor de tus padres- Charla que quedo en la nada, por su fallecimiento. Pero me detengo aquí. Habría muchas historias para contar, pero en esta breve reseña están las razones de porque la Argentina, es tan cosmopolita, llamada también “el crisol de razas”. Hasta la próxima…