5 emblemáticos cafés de Buenos Aires imperdibles en su viaje a Argentina.

Tomar café en Buenos Aires es un ritual de encuentro con uno mismo, con otros y con la historia. Conozca cinco recomendaciones del Instituto Nacional de Promoción Turística, Inprotur.

Las calles de Buenos Aires esconden místicos aromas, sonidos y personas. El café argentino guarda un reservorio de anécdotas, personajes y vivencias que hacen a la identidad porteña.

Bien sabido es que en la capital de Argentina la experiencia de ir a tomar un café no es simplemente eso. Es, más bien, un ritual para leer un diario, un libro, tener un momento a solas o disfrutar de la tradición que envuelve estos espacios. Es la excusa para sentarse en el mismo lugar donde estuvieron reyes, presidentes, reconocidos artistas, escritores o deportistas.

Y cada uno de estos espacios esconde historias siempre dispuestas a ser descubiertas por cualquier curioso a través del relato de algún mozo o, por qué no, de otro comensal. Pero no todos son iguales, cada uno tiene su mística. Estas son cinco recomendaciones del Instituto Nacional de Promoción Turística, Inprotur, para que vaya preparando su viaje a Argentina, que desde el 1 de noviembre abrirá fronteras para los turistas.

1. Café Tortoni: el más antiguo de Argentina. El arte habita este bar notable, al que fueron a buscar inspiración personajes como el cantante Carlos Gardel, los escritores Jorge Luis Borges y Alfonsina Storni, el automovilista pentacampeón del mundo Juan Manuel Fangio y, según se cuenta, hasta el mismo Albert Einstein.

Le debe su nombre su homónimo de París, pero, su fachada, las mesas y las columnas de mármol, las vidrieras del siglo XIX en el techo y el halo que lo rodea, hacen que nada tenga que envidiarle. Sin mencionar que sus paredes emanan pura cultura e historia inmersas en un característico estilo que remite a otros tiempos.

La apertura del emblemático Café Tortoni, en 1858, fue el 26 de octubre, Día de los Cafés de Buenos Aires.

2. Café de los Angelitos: es atravesar el tiempo. Al ingresar, se genera la sensación de volver a 1890, cuando fue fundado y, si bien durante 14 años permaneció cerrado, no perdió el toque. Las paredes cuentan historias a través de las fotos que recrean la época en que este notable nació mientras desde un balcón baja la música en vivo de un bandoneón e inunda el salón al ritmo del 2×4.

3. Café Margot: del barrio de Boedo, otro inseparable de la identidad porteña. Entre los de paladar más exigente se dice que el imperdible de la casa es el sándwich de pavita al escabeche, creado en los años 40. Y por qué no acompañar la experiencia con la lectura de un libro, de esos que duermen en la biblioteca situada en la parte de atrás del local. Desde 1904, este lugar fue testigo del paso de anarquistas, tangueros y escritores, recordados en los retratos de sus paredes.

4. Bar Federal: ubicado en San Telmo, antes de convertirse en el café que es hoy fue pulpería, tienda de comestibles y alojó un prostíbulo, según cuentan. ¡Vaya si guardarán historias sus mesas y mostradores! Tiene más de 150 años y los demuestra orgullosamente a través de viejas publicidades, fotografías y objetos antiguos.

. La Biela: destino obligado para turistas colombianos amantes del café y el automovilismo. Su propio nombre está inspirado en la pieza del auto de un piloto argentino que se rompió en la esquina de Recoleta donde está el bar. Mito o realidad, lo cierto es que por las mesas de este emblemático pasaron grandes de la Fórmula 1 como Jackie Stewart o Emerson Fitipaldi y figuras de otros ámbitos, como los entonces reyes de España, Juan Carlos y Sofía.

Imagen de portada: Gentileza de Inprotur

Ciudad de Buenos Aires. Argentina/Los 5 cafés emblemáticos de la Ciudad.

Litio: la fiebre del «oro blanco», ¿fortuna o infortunio para Argentina?

Tomasa Soriano cría cabras y llamas en Jujuy. Ella cree que hay menos agua en la zona desde que llegaron los mineros de litio.

En el noroeste de Argentina, la carretera hacia el Altiplano zigzaguea a una altitud de 4.000 metros. Es un paisaje de colosales farallones de lava, conos volcánicos y profundos barrancos.

Los cactus gigantes sobresalen de las grietas de las rocas y se alzan hacia la inmensidad del cielo azul.

Unas asustadizas vicuñas, parientes de la llama, se alejan del tráfico con sus endebles extremidades. Y sobre la cresta de la montaña se ve una vasta y cegadora extensión de algo mágicamente blanco: la cuenca rica en litio de Salinas Grandes y la Laguna de Guayatayoc.

El cartel hecho a mano que da la bienvenida a los visitantes no deja lugar a dudas: «No al litio».

Argentina, junto a Bolivia y Chile, tiene una de las mayores reservas mundiales de litio.

«No al litio. Sí al agua y a la vida en nuestros territorios», es el cartel que recibe a los visitantes de Salinas Grandes, en la provincia de Jujuy, al norte de Argentina.

«Litio para hoy, hambre para mañana»

A principios de este año, la compañía minera canadiense involucrada en actividades de exploración abandonó la zona luego de que los manifestantes bloquearan la carretera principal que atraviesa las salinas.

«Litio para hoy, hambre para mañana», dicen las señales de los activistas.

«Para nosotros, Salinas Grandes es como una madre sagrada», dice Verónica Chávez, quien es la presidenta de su pueblo, Santuario Tres Pozos, una de las 33 comunidades indígenas en esta área, la mayoría de ellas en la provincia de Jujuy.

«Tenemos que respetarla porque me cuida a mí, a mi familia y a mis hijos. Y cuidó de mis ancestros. Así que sentimos un profundo respeto hacia este entorno, no hay lugar para la explotación del litio».

Verónica Chávez , Jujuy, Argentina

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Verónica Chávez dice que en su tierra no hay lugar para la explotación de litio.

Esta es una de las regiones más áridas de la Tierra.

Así que, más allá de los vínculos culturales y espirituales que los pueblos indígenas tienen con las salinas, hay una gran ansiedad sobre la demanda de agua dulce.

«Sabemos que las empresas de litio usan millones y millones de litros de agua dulce», dice Chávez, «Así que, ¿qué pasará con nuestros animales, con nuestras vidas, con las vidas de nuestros nietos en el futuro?»

jujuy, Argentina

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

El Santuario Tres Pozos, Salinas Grandes es el pueblo de Verónica.

La extracción minera de litio en Argentina requiere perforar profundamente en el salar para llegar hasta la salmuera (agua saturada de sal) que contiene el mineral que alimenta nuestros celulares, computadoras y autos eléctricos.

El agua salada se bombea a unas enormes piscinas en la superficie y se deja evaporar durante meses, resultando en una solución rica en litio.

El agua dulce se usa entonces para producir y extraer carbonato de litio, el polvo blanco que se exporta al extranjero, a las fábricas de baterías, a partir de esta solución.

Para impulsar un auto Tesla Model S eléctrico se necesitan 45 kg de carbonato de litio.

Y para producir una tonelada de carbonato de litio -dependiendo de la instalación- se evapora aproximadamente medio millón de litros de salmuera y se usan 30.000 litros de agua dulce.

jujuy, Argentina

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Llama de sal en Salinas Grandes, Jujuy, en donde las comunidades lograron expulsar a las empresas de extracción de litio.

Más dinero, menos agua

En contraste con el enfrentamiento entre las comunidades y la industria minera en Salinas Grandes, a dos horas en carro en dirección oeste, hacia la frontera con Chile, queda el salar de Olaroz Cauchari, en donde ya se produce litio.

Sales de Jujuy, un proyecto empresarial conjunto entre la firma australiana Orocobre, la japonesa Toyota y la compañía minera del gobierno provincial de Jujuy- es una de las dos minas en operación en Argentina.

El año pasado, la planta produjo unas 14.000 toneladas de carbonato de litio. Solamente en términos de agua dulce, la fábrica podría haber utilizado el equivalente a más de 150 piscinas olímpicas.

Olaroz Cauchari

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Sales de Jujuy es la «joint venture» encargada de extraer litio en Olaroz Cauchari.

Algunos residentes de la zona han notado un cambio en su suministro de agua desde que llegaron los mineros.

«Hay mucha menos agua en los pozos y en los canales de riego. Estamos preocupados», dice Tomasa Soriano quien cría cabras y cuida a 97 llamas.

Soriano vive en Huancar, un pequeño pueblo de calles de tierra y en su mayoría edificios de adobe en los alrededores de la inmensa blancura de Olaroz Cauchari.

El litio ha aportado una gran mejora económica a estas comunidades, que viven una de las regiones más ignoradas de Argentina.

El marido de Soriano trabaja para una compañía de exploración minera. Pero cuando no está trabajando en la escuela local, cuidando de sus cinco hijos o atendiendo a sus animales, ella también tiene que aprender sobre el agua.

Franco Lamas, minero de sal en Salinas Grandes.

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Franco Lamas es un minero de sal tradicional en Salinas Grandes, la comunidad que rechazó a las empresas.

«Puede que tengamos menos agua por el cambio climático», dice ella. «Pero también sospechamos que la industria del litio, los mineros, usan mucha cantidad de agua dulce».

Los activistas ambientales argentinos respaldan la sospecha de Soriano.

La teoría es que cuando la salmuera se bombea desde debajo del salar, el agua dulce de los laterales de la cuenca gravitó para llenar el espacio dejado por la salmuera extraída, por lo que quedará menos agua para cultivos, animales y personas.

«Incluso aunque la información que tenemos es incompleta, creemos que los datos muestran un daño que ya se está haciendo. Lo que no sabemos es la extensión de ese daño», dice Pia Marchegiani, directora de Política Ambiental en la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).

El informe de FARN se basa en datos públicos de compañías mineras que trabajan en Jujuy. La ONG ha pedido que se detenga toda la nueva producción de litio.

Pia Marchegiani, directora de Política Ambiental en la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Pia Marchegiani, de FARN, le dijo a la BBC que se sabe que la minería de litio está perjudicando la zona.

«Tenemos un principio en ley medioambiental llamado el principio de precaución, que dice que si no hay suficiente información científica, o cuando la literatura no coincide con impactos probables, no debería haber un motivo para estar inactivo. Se debe actuar con anticipación», dice Marchegiani.

Opiniones enfrentadas

El secretario de Minería del gobierno provincial de Jujuy está molesto por esta cuestión.

«El estudio de FARN es pura cháchara», dice Miguel Soler con desprecio.

«No hemos visto ningún impacto en los recursos hídricos o en la vida silvestre hasta ahora. De hecho, hubo un aumento de vicuñas y flamencos en la zona», asegura.

Miguel Soler

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Miguel Soler, del gobierno regional, defiende las actividades mineras en los salares.

«Tenemos más de 10 años de datos de monitoreo y muestreo sobre la calidad del agua. Tenemos muchos pozos de perforación que controlan la profundidad del agua. El trabajo lo realizan las compañías y el gobierno lo revisa».

Su respuesta subraya la falta de investigaciones independientes sobre los recursos de agua dulce.

«Ese es uno de los mayores problemas», dice Victoria Flexer, profesora de electroquímica en la Universidad de Jujuy y directora de un grupo de trabajo interdisciplinar sobre el litio.

Y con la economía argentina una vez más al borde del desastre frente a las elecciones nacionales, es improbable que haya dinero para un estudio imparcial.

«En Argentina, las provincias que tienen litio están entre las más pobres del país», dice Flexer.

«Así que, por un lado, estos gobiernos provinciales no tienen recursos humanos cualificados para llevar a cabo un monitoreo cuidadoso. Y por otro las economías de estas provincias se están convirtiendo en fuertemente dependientes de la presencia de compañías de litio, pues crean trabajo».

Respecto al problema del agua, se muestra escéptica sobre el reporte de FARN, la ONG medioambiental.

«No he visto cifras sólidas», dice ella. «Atribuir la desecación de un pequeño curso de agua dulce a la industria minera es algo que no se puede probar ni refutar en solo un año, porque en los lagos y ríos del desierto a veces se secan de forma natural».

Olaroz Cauchari

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Lugares como Olaroz Cauchari dependen económicamente cada vez más de las empresas mineras.

«Necesitamos mediciones durante al menos cinco años para estar absolutamente seguros de ello. La variabilidad se debe a la extracción de litio y no solo a la variación de las lluvias «.

Aún así, el agua -y su ahorro- son una prioridad para su equipo. Ella está trabajando en un método para recuperar el litio usando electroquímica.

«Creemos que podríamos producir agua dulce paralelamente al carbonato de litio. Podría ser como un producto lateral, y podríamos enviar ese agua a las comunidades».

La desventaja de la técnica es que usa electricidad, haciéndola mucho más costosa que el actual método para extraer litio, el cual depende del sol para evaporar la salmuera, rica en minerales.

Y en un momento en que el precio de este mineral ha caído en los mercados internacionales, la industria no ha arrancado hasta ahora.

Pero algunas compañías privadas han desarrollado otras técnicas para producir litio que también usan menos agua dulce.

«Una vez que la salmuera se bombea, la ponemos en una columna de agua durante un par de horas. Hay pequeños gránulos del tamaño de medio grano de arroz. Estos gránulos extraen el litio del agua», dice Steve Promnitz, director gerente de Lake Resources, una empresa australiana dedicada a la exploración en Olaroz Cauchari, que pretende comenzar la producción en 2023.

Dra. Victoria Flexer

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Victoria Flexer dice que faltan investigaciones independientes.

«A las dos horas devolvemos ese agua al acuífero. Es exactamente la misma, pero sin litio. Después se puede tratar ese producto concentrado y convertirlo en un producto de litio».

Estos dos métodos evitan la necesidad de enormes piscinas de evaporación, reduciendo la huella ambiental.

Pero en la cuenca de Salinas Grandes y en la Laguna de Guayatayoc, donde se detuvo la exploración de litio desde las protestas de febrero, Verónica Sánchez no se deja impresionar.

«No vamos a permitir más minería aquí», dice con firmeza.

Y a diferencia de la región de Olaroz Cauchari, donde los lugareños no tuvieron muchas opciones para impulsar sus perspectivas económicas antes de la llegada de las compañías de litio, las comunidades de Salinas Grandes y la Laguna de Guayatayoc tienen una relación comercial sólida con el salar.

Muchos turistas que se toman selfies los visitan todos los días. Hay puestos que venden chucherías talladas en sal mientras las mujeres asan empanadas rellenas de carne de llama. Y hay ingresos de la recolección tradicional de sal.

AIS Resources, la compañía canadiense dedicada a la exploración de litio cuando ocurrieron las protestas, no quiso ser entrevistada por la BBC.

jujuy, Argentina

FUENTE DE LA IMAGEN – BBC/LINDA PRESSLY

Este es el pueblo de Verónica, Santuario Tres Pozos, Salinas Grandes.

En cualquier caso, nueve meses después, el callejón sin salida continúa. Por eso ninguna de las compañías de litio con concesiones en Salinas Grandes y la Laguna Guayatayoc puede trabajar ahí.

«El gobierno de Jujuy está totalmente abierto a hablar», dice Soler. «Respetamos a la comunidad, pero al mismo tiempo debemos respetar la ley».

Él afirma que la exploración continuará.

En 2017 había unos tres millones de vehículos eléctricos en las carreteras de todo el mundo. Y la Agencia Internacional de Energía ha pronosticado un aumento de casi 125 millones para 2030.

Steve Promnitz compara el cambio que está llegando a la revolución del transporte con el que se produjo a principios del siglo XX.

«Hacia 1910, nadie podía verlo. Y luego en la década de 1920 nadie imaginaba todavía usando caballos. Eso es lo que va a pasar con los autos eléctricos que funcionan con baterías de litio. Esta es una tecnología probada».

Pero Verónica Chávez tiene un mensaje para los conductores que quieren un auto eléctrico para «descarbonizar» sus vidas y contribuir a la lucha contra el cambio climático.

«Nosotros también tenemos derecho a vivir en paz. Y no deberíamos cargar con las consecuencias de quienes quieren salvar el planeta… porque nos están matando».

Imagen de portada: Gentileza de BBC/LINDA PRESSLY

FUENTE RESPONSABLE: Enviada especial de BBC News a Jujuy, Argentina. Linda Pressly. 20/10/2019

Economía/Argentina/Medio Ambiente/Ciencia/Tecnología/Energía Renovable.

 

 

Buen día; Buongiorno domattina;Good day by the morning;Bon dia al matí;Bom Dia pela manhã;Bonne journée le matin;Bos días pola mañá;

No me queda otra posibilidad de continuar con el Norte, Noreste y Noroeste Argentino, en razón de ser el nuestro un país con muchos kilómetros cuadrados y baja densidad poblacional; con climas y superficies heterogéneas con bellezas naturales de acuerdo al lugar en que se encuentran -norte;centro y sur de la Argentina.- ¡Bienvenido domingo!! Que lo construyan formidablemente; tienen con que!! 

Salinas Grandes, Jujuy. Argentina

Ruta 40 Provincia de Salta. Argentina.

Ruinas de Pucara. Provincia de Jujuy. Argentina

Paisaje natural. Provincia de Salta. Argentina.

Solar de la Plaza. Provincia de Salta. Argentina

Anfiteatro. Provincia de Salta. Argentina

Tolar Grande, Los Andes. Provincia de Salta. Argentina

La Quiaca. Provincia de Jujuy, Argentina.

Tren a las nubes. Provincia de Salta. Argentina

Cerro de los 14 colores. Provincia de Jujuy. Argentina

San Salvador de Jujuy – Provincia de Jujuy. Argentina

Paisajes naturales. Provincia de Tucumán. Argentina

Monumento al indio en «»Reserva Natural Los Sosas»». Provincia de Tucuman. Argentina

Cuesta de Miranda. Ruta 40. Provincia de La Rioja. Argentina

Antofagasta de la Sierra. Campo de Piedra Pómez. Provincia de Catamarca. Argentina

Laguna de los Flamencos. Provincia de Jujuy. Argentina.

Me detengo aquí amig@s; en razón que existen tantos lugares de interés que no deseo aburrirlos, por que aún falta mucho para recorrer. Si alguien desea conocer algo puntual, solo me escribe en el comentario, y gustoso le respondere. Saludos totales!!

Cuando Sarmiento puso precio a la cabeza de José Hernández.

“Si nuestros gauchos, si los que vagan hoy sin ocupación y sin trabajo obtienen, además del salario correspondiente, un pedazo de tierra para improvisar en él su habitación y los instrumentos necesarios, se le liga más y más a la defensa de la línea fronteriza, porque ya no serían sólo los intereses extraños los que ampararía sino sus propios intereses. (…) Por medio de la subdivisión de la tierra se atrae una población, cuyo espíritu emprendedor se excita en una lucha proficua y estimulante.”

José Hernández, quien esto decía, mostró a lo largo de su vida una especial preocupación por los sectores menos favorecidos de la sociedad. 

Ya fuera como poeta, como periodista o volcándose de lleno a la arena política y militar, el autor del Martín Fierro consagró su vida a mejorar la situación de los gauchos y a la defensa de las ideas federales.

Así fue como, tras el asesinato de Urquiza, José Hernández se unió a las filas del entrerriano Ricardo López Jordán, profundizando todavía más la enemistad con Domingo F. Sarmiento, quien pronto elevaría un proyecto de ley poniendo precio a las cabezas de los sublevados, entre ellas, la de Hernández, que fue valuada en mil pesos fuertes.

En su homenaje, el 10 de noviembre, día de su nacimiento, se celebra en la Argentina el día de la tradición. Para recordarlo, reproducimos un artículo aparecido en La Opinión Cultural en 1972 sobre el momento en que el autor de Martín Fierro se sumó a las huestes del caudillo entrerriano y Sarmiento puso precio a su cabeza.

Cuando Sarmiento puso a mil pesos la cabeza de José Hernández

Fuente: Diario La Opinión Cultural, domingo 6 de febrero de 1972.

Se conoce al poeta José Hernández. Casi nada del político intenso y militante. Luis Alberto Rodríguez, un porteño de 33 años, ha reunido pacientemente los antecedentes históricos de la acción pública del autor del Martín Fierro en favor de las autonomías provinciales, en defensa de los humildes del interior y contra la oligarquía del puerto. Resultado de ese trabajo –que se aleja tanto de la historiografía liberal como del revisionismo, en procura de una visión totalizadora del pasado argentino- es el libro Vida política federal de José Hernández,  que esta semana distribuyen en Buenos Aires la editorial El coloquio y del cual se anticipan fragmentos a continuación.

Sarmiento, luego del abrazo con Urquiza, y creyendo que contaría de ahí en más con el prestigio y las lanzas del caudillo entrerriano para fortalecer el poder central, inicia una ofensiva desde la prensa porteña contra la oposición mitrista. Pero Justo José de Urquiza ya no era respaldo; su entrega a la burguesía comercial de la ciudad puerto era harto evidente. El 11 de abril de 1870 las ilusiones del sanjuanino estallan en el aire ante la conmoción de esta noticia: el caudillo entrerriano había sido muerto de un trabucazo en su palacio de San José. El ex gobernador de Córdoba, Simón Luengo, y un grupo de federales exaltados por su traición a la causa, son los que lo ultiman. El defensor del Chacho, el hombre que había anticipado este desenlace, José Hernández, dirá: “Tenga el Gobierno toda aquella sobriedad con que deben ser adornados todos los actos de esa elevada magistratura, y dando a la política una base amplia y generosa, salve a las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes del incendio que las amenaza… El país pasa por un momento de crisis…La política estrecha será la ruina de todos”.

Ante los críticos acontecimientos la Legislatura entrerriana nombró gobernador al general Ricardo López Jordán, hijo del hermanastro del caudillo Francisco Ramírez. El nuevo magistrado, de cuarenta y seis años, era un veterano de las lides guerreras: Arroyo Grande, Caseros, Cepeda y Pavón, atestiguaban su coraje y pericia. 

Diputado de su provincia, presidente de la Legislatura, todo menos gobernador del recelo de don Justo a su federalismo consecuente. En la proclama que dirigió a los entrerrianos afirmó que había hecho la revolución en la que desgraciadamente había muerto Urquiza, bajo las banderas de la libertad, el federalismo y la autonomía provincial. La mayoría del pueblo, que el sacrificio de San José no conmovió, respaldará desde el primer momento a López Jordán.

Sarmiento, presa de cólera y de los consejos de Mitre, interviene a Entre Ríos el 14 de abril: “El Gobierno Nacional estará entre vosotros con todo su poder, para evitar que el mal se agrave…No deis oídos a sugestiones de ambiciosos oscuros e ignorantes; para quienes el odio es un principio, el crimen un medio”.

Este documento, que no apareció publicado ni en La Tribuna, ni en El Nacional, será transcrito días más tarde por el diario de Mitre. 

Hernández lo comentará: “Nada de las bases constitucionales de la intervención. Nada de requisición para intervenir… La paz Faustina ha sido derrotada…Entre Ríos resistirá la intervención desesperadamente: y para asegurar el triunfo completo de las armas nacionales, debe hacerse allí un nuevo pequeño Paraguay…El poder de López Jordán, por inseguro y débil que quiera su ponérsele hoy, va a ser inmediatamente robustecido a la sola presencia de las tropas nacional en Entre Ríos”.

Aunque resistido y mirado con desconfianza por la oligarquía porteña, Sarmiento llega a un acuerdo con ella frente a la cuestión de Entre Ríos; nombra al general Emilio Mitre jefe del Ejército de Observaciones, “que vigilará las costas del Uruguay”. Detrás de esta miserable fachada se pretendía ocultar el verdadero fin de la invasión militar a la provincia.

Desde las columnas de El Río de la Plata, Hernández alertará bajo una nueva faz sobre los peligros de la política iniciada: “Nos hemos pronunciado abiertamente contra el asesinato del general Urquiza, porque aparte del hecho mismo, no creemos que sobre la sangre pueda cimentarse jamás nada sólido ni duradero… 

Pero estamos también en contra de la intervención armada… Se cae en el error profundo de considerar el movimiento revolucionario de Entre Ríos, como un propósito de reacción contra el orden existente en la República, y se le coloca al Gobierno Nacional frente de uno de ellos para sofocar supuestas tentativas del otro… 

Para nosotros no se trata de una lucha interior, de partidos, sino de la desmembración o integración de la República. Y porque, desde que Entre Ríos no ha requerido la intervención del Gobierno Nacional, al verse amenazado y envuelto en una guerra desastrosa, no será extraño que en sus mismas plazas públicas firme el acta de su independencia… 

La muerte del general Urquiza, la segregación de esas provincias o su destrucción por la guerra, coloca al Brasil en posesión quieta, segura y perdurable de la asolada República Paraguaya, y si él no ha sido instigador… ¿habrá quién no reconozca que él va a cosechar espléndidos resultados de esos hechos?”

Sarmiento ya se había borrado como suscriptor de El Río de la Plata. La oposición nacional de los porteños como Hernández era cada vez menos tolerada por la oligarquía lanzada nuevamente a un baño de sangre. Los opositores de este tipo comenzaban a ser vigilados, especialmente los sospechosos o sindicados como amigos de los jordanistas. Nuestro hombre, de treinta y seis años de edad y con dieciocho años de actuación pública, decide cerrar su diario, que había alcanzado 207 publicaciones.

Miliciano jordanista

Fracasadas las gestiones de conciliación iniciadas por los jordanistas, la Legislatura entrerriana rechaza la arbitraria intervención, autorizando al gobernador López Jordán a repelerla con la fuerza provincial. Convocado el pueblo, 14 mil hombres se reunieron prontamente para enfrentar a los 16 mil de las fuerzas interventoras.

Gran parte de los recursos del gobierno central son destinados a financiar el aplastamiento de Entre Ríos. Mientras tanto, desde el interior del país, llegaban partes dando cuenta de la sublevación de batallones en solidaridad con la causa jordanista. Pero Buenos Aires estaba preparada. 

Ya la tacuara montonera debía enfrentarse  a los remingtons adquiridos en el extranjero. Por gestión del general Gainza – “Don Ganza”, como lo llamara Martín Fierro – todo el ejército nacional es provisto del moderno armamento. Este hecho, inserto en el contexto histórico de la época, marcará la declinación final del paisanaje montonero. Las cargas triunfales de la caballería gaucha se volverán eco en la historia.

Sauce, Concepción del Uruguay, Santa Rosa, Don Cristóbal, fueron campos de combate y de muerte. López Jordán “tenía conquistada la libertad de ir a donde quisiera, en una guerra de cansancio, lo que no impedía que la prensa porteña, aleccionada cuando el gobierno nacional no ganaba un combate, la sacara “empardada”, siendo el caso que en Sauce, Santa Rosa, y Don Cristóbal los ejércitos nacionales quedaron estáticos, petrificados, inmovilizados sin caballadas, formando cuadros irreductibles cañones Krupp, recientemente introducidos al país” (Aníbal  S., Vázquez, José Hernández en los entreveros jordanistas). En esta lucha, como miliciano, se enrolará el más grande escritor de nuestra historia: José Hernández.

La primera referencia que se hace de él es una carta anónima, sin lugar de procedencia y sin destinatario, que lleva fecha 21 de agosto de 1870. En ella se lee: “José Hernández desde Buenos Aires es el que avisa que han salido 2 o 3 individuos de allí para su campamento pagado por Mitre y Sarmiento, lo que hace suponer que sean extranjeros: pero de todos modos, no se descuide en sus salidas y con los nuevos que le lleguen”.

Hernández tiene que haber avisado lo anterior varios días antes, pues esa fecha se encontraba en Rosario, donde inmediatamente después de su llegada le fueron ofrecidas las páginas del diario La Capital por su amigo Ovidio Lagos. Ofrecimiento que será rechazado por defender ese periódico la causa contraria a los jordanistas.

Luego del combate de Santa Rosa, arribó al campamento de López Jordán el joven Benigno Monteavaro, que había estado preso en Buenos Aires, con el objeto de alistarse en sus filas. Este era portador de una carta de Hernández al general, fechada el 7 de octubre en Buenos Aires.

Entre otras consideraciones le decía: “En la lucha en que usted se halla comprometido no hay sino una sola salida, un solo término, una disyuntiva forzosa: o la derrota, o un cambio general de situación en la República. Cualquier opinión contraria a esto será un error político grave, que lo detendrá a usted en su marcha, para perderlo al fin. Urquiza era el gobernador tirano de Entre Ríos, pero era más que todo el jefe traidor del Gran Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él. 

La reacción del partido debía, por lo tanto iniciarse por un acto de moral política, como era el justo castigo del jefe traidor. Opino, pues, que para no empequeñecer su movimiento debe usted tomar esa reacción como punto de mira política. Hace diez años que usted es la esperanza de los pueblos, y hoy, postrados, abatidos, engrillados, miran en usted un salvador… El actual gobierno nacional es arbitrario, despótico y timorato, porque no se apoya en la opinión de los pueblos, sino en las bayonetas de sus reducidos batallones. ¡Quiebre usted el prestigio de esa arma, por medio de una sorpresa acertada, o de una operación atrevida y enérgica, y habrá dado en tierra con todo el poder de los enemigos!” (Vázquez, José Hernández en los entreveros jordanistas, págs. 26-28).

Al mes siguiente el remitente de estas líneas está participando en los entreveros jordanistas. De ahí en más correrá la suerte del caudillo, conviviendo nuevamente, en carpas y fogones, con los hombres de su partido.

El 26 de enero de 1871 en laguna Ñaembé, Corrientes, tras una cruenta batalla, -en la que el paisanaje federal no pudo superar la efectividad de la artillería de Viejobueno y del 7 de línea al mando de Roca-, las fuerzas de Buenos Aires lograron un triunfo completo: las fuerzas jordanistas se dispersaron deshechas . “Junto a López Jordán estuvieron ese día Francisco F. Fernández, Pedro C. Reina, Evaristo López, José V. Díaz, Anastasio Cardáis, el “tigre” Villanueva, Pedro Ezeiza y José Hernández.” (Fermín Chávez, José Hernández- Periodista, político y poeta).

Cabalgando en fuga, con la derrota a su espalda, pasarán el río Uruguay por el Rincón de Santa Eloísa, buscando la frontera salvadora.

López Jordán, Hernández, y un puñado de hombres hallarán refugio en Santa Ana do Livramento, en Brasil. En el exilio político se gestará Martín Fierro.

Martín Fierro 

Diez meses permaneció Hernández en Santa Ana do Livramento, desde abril de 1871 a enero del siguiente año, compartiendo con el caudillo entrerriano y otros federales los avatares del exilio. 

En febrero de ese año López Jordán es llamado por el gobernador de Río Grande; probablemente por entonces, el ex director de El Río de la Plata emprendió el regreso a Buenos Aires, con escalas en Paysandú y Montevideo.

Llegado a esta ciudad, decide instalarse en el Hotel Argentino ubicado en la esquina de 25 de Mayo y Rivadavia. Allí recibirá la visita de su amigo oriental don Antonio Lussich, por cuyos versos inéditos de estilo gauchesco se interesa. Es que en la lejana Santa Ana había comenzado a escribir su poema épico.

En el mes de junio leerá Los tres gauchos orientales, de Lussich; en esta obra se narran los padeceres de los soldados blancos en la última revolución del caudillo Timoteo Aparicio. El 20 de ese mes le envía una carta de felicitación al autor, en la que toca también el tema de “ese género tan difícil de nuestra literatura”, pero sin decirle una palabra sobre lo que viene escribiendo.

Una década atrás, y desde el diario El Nacional Argentino, de Paraná, Hernández había expuesto la relación que a su juicio debía existir entre el escritor y su pueblo. Decía entonces: “Siempre hemos creído que el que se consagra a la penosa tarea del diarismo no debe buscar en sí mismo, en los recursos de su inteligencia, ni en los conocimientos teóricos que sugieren los libros, la verdadera inspiración, los puntos que deben servirle de tema. Hemos creído siempre, y nos ratificamos en ello, que el pueblo es la fuente más pura, y en la que únicamente deben inspirarse los periodistas… 

El pueblo no delibera ni gobierna, pero conoce mejor que nadie sus propias necesidades, valora con fidelidad los acontecimientos, prevé sus resultados, compulsa los sucesos del ayer para deducir de ellos los que vendrán mañana; y el escritor que va a recibir de él las inspiraciones, lleva consigo cuando menos la ventaja de estar en posesión de sus necesidades, de tener un conocimiento perfecto de la opinión dominante, y en aptitud por consiguiente, de fomentar una conciencia plena por el estudio de la materia sobre la que debe ocuparse… La verdadera inspiración se recibe en el pueblo, y metodizada  arreglada por los conocimientos del que escribe ofrece y vuelve al pueblo bajo la forma de un artículo u otra… La tarea del escritor consiste en dar a las concepciones y sentimientos del pueblo, las formas de que carecen”.

Ahora, en diciembre de 1872, editado por la imprenta La Pampa y en papel de pobre calidad, aparecía un humilde folleto que incorporaba a la literatura argentina lo único viviente y nacional: El gaucho Martín Fierro.

El eje central de la obra, testimonio de la heroica y desgarrada época de las masas y las lanzas, era el drama social de la destrucción implacable de la economía natural y de sus hombres representativos, por medio de la ganadería y agricultura de tipo capitalista que responden a la ligazón con los países europeos. 

En la potencia de este creador de treinta y ocho años se encontraba retratada la sociedad en la que la oligarquía pro británica de la época procedió a la liquidación sangrienta del gauchaje. Estos fueron barridos o expulsados más allá de la línea de fronteras, o sometidos con sus hijos como peones de estancia. Más, el reflejo poético de las masas desposeídas, y ocasionalmente derrotadas, fue captado por el escritor federal, que infligió con su canto de protesta social, la derrota cultural de la aristocracia porteña.

Las cartas patagónicas

El primer día de mayo de  1873 el general Ricardo López Jordán, insistiendo en su lucha, pasó a Entre Ríos por el Alto Uruguay. Mientras esto ocurre, Hernández, ante una orden de prisión dictada contra él  por el gobierno, se refugia en Montevideo. 

Hacia fines del mes señalado Sarmiento remite un proyecto de ley a la Legislatura poniendo precio a las cabezas dirigentes de la revolución entrerriana: 100 mil pesos fuertes para la de López Jordán, 10 mil para la de Mariano Querencio, y mil para las de los demás alzados principales, entre ellos se encuentra el autor del Martín Fierro.

Nuestro hombre, desde la Banda Oriental, mantiene correspondencia con el jefe revolucionario, que le encarga la redacción de importantes documentos. También allí se encuentra con su amigo Juan Antonio Soto, viejo redactor de La Reforma Pacífica  y padre de Héctor Soto, fundador y director del diario La Patria de Montevideo. El exiliado de Santa Ana colaborará entonces con esta publicación periodística.

Bajo el seudónimo de “Un Patagón” aparecerá la primera de las siete cartas que Hernández le dirige al escritor e historiador chileno Vicuña Mackenna, con motivo del panegírico que éste hiciera a Mitre desde las columnas del diario El Independiente de Santiago de Chile. El general era exaltado “como la expresión del liberalismo más puro, como la encarnación  de las aspiraciones más generosas, como el brillante iniciador de una época de reparación, y como el prototipo del más completo y elevado americanismo”. Digamos que el caluroso elogio del chileno había sido tentado por Mitre, lanzado a preparar el terreno político de su candidatura presidencial.

Hernández no dejará pasar esta oportunidad para demoler las pretensiones del célebre guerrero: “La (candidatura) del general Mitre está en juego, levantada por elementos reaccionarios (…) que arrastrados por sus mismos errores, y empujados por la fuerza de las ideas de orden, de paz y de progreso, tuvieron que abandonar la escena hace muchos años… Pretende que la América se persuada de que, mientras sus compatriotas emplean sus tesoros o pierden su tiempo en sostener el combate, o van a hacerse matar en los comicios públicos por elevarlo a la primera magistratura, él se ocupa tranquilamente de leer su Historia de Valparaíso, en preparar los materiales para escribir la vida y campaña del general San Martín o en hojear a Plinio el Joven, o Covarrubias y a los autores sarracenos, para hallar el origen de un vocablo, o de un boquiblo como diría Sancho… 

Ahí tiene Ud. explicada la razón de su carta, cuyo motivo no había podido Ud. averiguar, pero a cuyo propósito ha servido a las mil maravillas”.

La chirinada de Mitre

A poco de concluir el gobierno de Sarmiento, el país se enfrentaba al dilema de la sucesión presidencial. 

Mitre ya había anticipado los trabajos de su candidatura, concitando el invariable apoyo de los comerciantes, importadores, burgueses del puerto y socios de la rubia Albión. 

La intelligentzia, en la antípoda hernandiana, se veía representada por él.

Adolfo Alsina, gobernador de la provincia, cabeza del partido autonomista, de los “crudos” –prolongación de los “chupandinos” de hace dos décadas- se constituirá en el adversario político del mitrismo. 

Describe Ramos: “Alsina, hijo del cerrado don Valentín, aquél prototipo del rivadaviano, encarna otras fuerzas y otras ideas de su padre Adolfo Alsina orador nato, de arrastre popular, tiene su base en los barrios pobres de la ciudad, en los grande ganaderos de tradición federal de la provincia y en el peonaje bonaerense”. Aristóbulo del Valle, Leonardo N. Alem e Hipólito Yrigoyen, abrazarán las banderas del autonomismo; más tarde lo hará Hernández.

Puestas en el tapete las postulaciones presidenciales, se vio que Avellaneda concitaba el apoyo de diez provincias; Alsina el de la provincia bonaerense, y Mitre, a su turno, el de la parte céntrica de la ciudad de Buenos Aires, su “tribuna de doctrina”, ciertos sectores de oficiales porteños del ejército y las provincias de San Juan, Santiago del Estero y Corrientes, en manos de su círculo. 

Es entonces que Alsina vuelca su apoyo a la fórmula Avellaneda-Acosta, hecho que resultará decisivo y constituirá al mismo tiempo el empalme del Partido Autonomista Nacional, esto es la fusión de la débil burguesía terrateniente provinciana con el pobrerío del puerto, las peonadas y ganaderos bonaerenses de tradición federal. Es por entonces que aparece en Buenos Aires la primera fábrica de tejidos de lana (en el sentido capitalista de la palabra). …el interior se empobrece cada vez más.

Hernández, desde la Banda Oriental, tendrá esta visión: “(En Buenos Aires) ante la influencia oficial representada por un candidato, y ante el personalismo encarnado en otro, el candidato del pueblo, el único que reunía en sí las simpatías del país, y que respondía a sus más patrióticas y legítimas aspiraciones, ese candidato, tuvo que retirar su nombre puesto al pie de un programa que el pueblo había acogido con cariño y hasta con entusiasmo: 

Allí, los elementos oficiales significan Avellaneda. El personalismo es Mitre. Alsina era el pueblo. Hoy el pueblo es el espectador – ha sido derrotado ya-, vencido por los elementos oficiales de un lado, y por el personalismo del otro”.

Con el apoyo mayoritario de las provincias triunfa la fórmula Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta, con 146 lectores, contra 79 del binomio Mitre-Torrent. 

El fallo comicial no fue aceptado por el mitrismo, que acusó al autonomismo de fraude en complicidad con el gobierno. Es entonces que el candidato vencido proclama la revolución y se traslada a Montevideo. Desde La Patria, Hernández comentará los hechos.

“¿Adónde se dirige? Ya lo hemos dicho, no se dirige a ninguna parte, porque no tiene un palmo de costa argentina en donde poner su pie, y huye de esta ciudad donde su presencia ha sido descubierta para ir a fluctuar errante a bordo de la cañonera Paraná o del vapor Montevideo. El Revolucionario se convierte en pirata Cuando la Escuadra Argentina salga a someter esos buques (…) aquél en que se encuentre D. Bartolomé Mitre, no ha de conocerse por la flámula de su almirante, sino porque ha de ser el que se halle más alejado del lugar del combate… 

Damos a la América Republicana, traicionada por él, esta noticia: “El general en jefe del Gran Ejército Aliado en operaciones sobre el Paraguay anda hoy de pirata en el Río de la Plata, a bordo de la cañonera robada al gobierno argentino”.

Así las cosas, Mitre logra por fin desembarcar en el puerto del Tuyú, dirigiendo al país una de sus caracterizadas proclamas. Este documento merecerá el tratamiento hernandiano.

Sarmiento, con la ayuda de los coroneles José Inocencio Arias y Julio Argentino Roca vence rápidamente la revuelta mitrista. La plana mayor de los insurrectos es tomada prisionera. Mitre fue condenado a muerte, pero Avellaneda, al asumir la presidencia de la República, conmutó la pena. Tan sólo cuatro meses estará preso el jefe de los sediciosos. 

Cabe sí, lo dicho por Hernández: “Mereció ser juzgado en Sierra Chica, mereció ser acusado y procesado por las fechorías que ordenó o consintió en el interior: mereció un consejo de guerra, en Curupayty, y alguna vez ha de llegar el día en que la Justicia Nacional se cumpla”.

Hernández y el “bárbaro” Sarmiento

Ya el comandante Arias había contenido con sólo 600 hombres al ejército encantado de Mitre, en la batalla de La Verde: el coronel Roca había deshecho las tropas de Arredondo en Santa Rosa; la revolución iniciada y epilogada en tal forma era la comidilla sarcástica de los hombres de entonces cuando Avellaneda se colocaba la banda presidencial.

Sarmiento, al entregarle el mando le manifestó: “Sois el primer presidente que no sabe manejar una pistola”. Seis años más tarde, en 1880, el apacible intelectual tucumano calzaba revólver. Había aprendido que a Buenos Aires no se le podía someter sólo con discursos.

El primer día de enero de 1875 deja de aparecer La Patria de Montevideo. Hernández, poco después, regresó a Buenos Aires.

El doble triunfo de Avellaneda, por los votos y las armas, era percibido como una respuesta a Pavón. La cuña mitrista de Santiago del Estero, coto de los Taboada, será sacudida por una intervención militar del ejecutivo nacional.

Las situaciones provinciales se equilibraron en la medida que la amenaza porteña se diluía. Como contrapartida la prensa de Buenos Aires iniciaba una campaña contra el presidente. Ya en la revolución abortada del año anterior habían participado los supremos de los diarios La Nación y La Prensa, Mitre y José C. Paz, respectivamente.

Hernández pública a mediados del 75 la segunda edición de su Vida del Chacho, en momentos en que en la prensa y en el parlamento la discusión entre los defensores del federalismo y los del unitarismo alcanzaba un tono inusitado. 

Esta nueva edición no llevará el prólogo del 63, que comenzaba: “Los salvajes unitarios están de fiesta…”, seguramente por considerarlo anacrónico o impolítico por el momento que se vivía.

Puesto el “Chacho” nuevamente en la lucha, el diario de los Varela, La Tribuna, lo recibirá con un chispeante comentario en el que refulgía el odio de la facción porteña.

Tres días más tarde la misma Tribuna publicaba un suelto titulado “La reacción” en donde transcribe el prólogo suprimido de la edición del 63, y acusaba a Hernández de jordanista y partidario de la “situación”, esto es partidario de Avellaneda y del Partido Autonomista Nacional.

El imponente hombretón de cuarenta y un años utilizará entonces las columnas del diario La Libertad de Buenos Aires – dirigido por el chileno Manuel Bilbao – para enviarle un dardo de su estado al redactor de La Tribuna, que pensaba que era el ex presidente, bajo el título: “Señor Sarmiento: ¿por qué mataron?” Transcribimos algunos de sus párrafos más salientes:

“Dice Ud., como un sarcasmo, que Avellaneda debería comprar una cantidad de folletos de la vida de Peñaloza y repartirlos en las oficinas y yo le digo que esa ironía no me hiere, porque recuerdo que bajo tres presidentes he vivido sin garantías, que bajo la presidencia de Sarmiento fui perseguido seis años y desde que soy hombre, el único gobierno bajo el que vivo tranquilo, con mis opiniones buenas o malas, es el del Dr. Avellaneda, y de ahí que soy partidario de la situación, como usted me llama.

“Cuando llegó a Buenos Aires la noticia de la muerte de Peñaloza, La Tribuna, al transmitirla al público, le dedicó estas palabras: “Séale la tierra pesada”. El diario autor de esa explosión de odio que va más allá de la tumba, y el autor del abrazo de San Juan (Sarmiento), se juntan hoy, después de doce años, animados de los mismos rencores (…) que quiere hundir en un hondo abismo a todos sus adversarios…

“Cuando los que mataban, los que aplaudían la matanza y los que predican la justicia me llamaban a mí mazorquero porque condenaba aquellos excesos y defendía en tantos desgraciados el derecho de vivir, yo no podía ni debía quedarme sin retribuir el sangriento apóstrofe. Era una injuria recíproca. Recibía una y le devolvía otra que era correlativa.

“Pero los que mataron, Sr. Sarmiento, los que mataron son más culpables, cualquiera que sea la forma en que lo hicieron, que los que condenaron a los matadores, cualesquiera que sean los términos en que escribieron… Si no querían oír la condenación, señor Sarmiento, ¿por qué lo mataron…?”

Imagen de la portada: Gentileza de El Historiador

FUENTE RESPONSABLE: www.elhistoriador.com.ar

El Che y Perón se encuentran dos veces.

El 8 de octubre se cumplió un nuevo aniversario de la muerte del Che. Una reconstrucción de las dos ocasiones en las que el guerrillero y el militar y presidente se vieron en Madrid. Dinero para la revolución latinoamericana y la incursión boliviana de Guevara en Bolivia, que le costaría la vida, como telones de fondo.

Furtivas. Así fueron las dos reuniones entre ambos, en Madrid. El protagonista de la Revolución Cubana llegó a ambas disfrazado de sacerdote. | CEDOC)

Cuando le pregunté al General sobre la foto dedicada que el Che le había entregado en nombre del ‘gordoCooke, en la que se veía a este vestido de guerrillero cubano,  comentó: “Este hombre ha dejado de ser peronista”, me confió Enrique Pavón Pereyra, su secretario y su biógrafo durante los primeros años del exilio de Perón en Madrid, a quien entrevisté para mi biografía del Che. 

John William Cooke, “el gordo”, líder de la izquierda peronista, exiliado en Cuba, había convencido al Che de que ningún proyecto revolucionario era viable en Argentina sin el apoyo del general Perón, aquel cuya caída en 1955 como consecuencia de una asonada cívico-militar había arrancado a Ernesto Guevara un insolente párrafo en una carta a su madre, visceralmente antiperonista: “La caída de Perón me amargó profundamente, no por él sino por lo que significa para toda América (…) Estarás muy contenta, podrás hablar en todos lados con la impunidad que te da el pertenecer a la clase en el poder”.

A su regreso de una gira por países africanos Guevara, Ministro de Industria, hizo escala en Madrid. El testigo del encuentro fue Julio Gallego Soto, contador, hombre de confianza de Perón en asuntos comerciales, quien, cuando años más tarde su vida peligraba, eligió como depositario de su testamento político a su colega, el contador Alberto T. López, quien declaró en la causa judicial abierta por el secuestro y desaparición de Gallego Soto en 1977, a manos de la dictadura. López, a su vez, lo relató a Rogelio García Lupo, quien lo reveló en un artículo periodístico.

Convocatoria. A fines de abril de 1964 Gallego Soto estaba acostado para dormir en su lujosa habitación del Hotel Plaza de Madrid, frente a la emblemática fuente de Cibeles, cuando escuchó golpes en su puerta. Al abrir encontró a un desconocido que con mucha precaución y en susurros le entregó un mensaje manuscrito de Perón. En él le pedía que acudiera de inmediato a su residencia de Puerta de Hierro. Gallego Soto descontó que se trataba de algo importante por lo avanzado de la hora.

BOLIVIA. «Pobre Guevara, lo van a dejar solo», vaticinó Perón tras la reunión. El también lo dejaría solo, por motivos justificados.

Encontró a Perón rodeado por personas con uniformes verde olivo, casi todos ellos barbudos, con los que parecía pasarla muy bien pues hablaban en voz alta y reían a carcajadas. Gallego Soto los identificó como cubanos. Después Perón se puso serio y le dijo que lo había “convocado para una tarea que requiere una gran reserva y una buena administración”. El general pensaba que era el hombre para la función “por lo mucho y bien que lo conozco”.

Gallego Soto se enteró entonces de qué se trataba de administrar varios millones de dólares del fondo de “Liberación”, el organismo que Guevara había creado en el gobierno cubano para apoyar los movimientos revolucionarios en Latinoamérica. Fue entonces cuando Perón se dirigió a alguien que había permanecido en la oscuridad “y para mi sorpresa vi aparecer a un sacerdote capuchino que había estado presenciando la escena anterior y que, al alzar la pantalla de luz,  resultó ser el mismísimo Che”.

Consecuencias. Las consecuencias del encuentro fueron evidentes poco tiempo después. García Lupo constataba que  el 26 de octubre de 1964 el encargado de negocios de la embajada cubana en Madrid, Ramón Aja Castro, otorgó una visa a Gallego Soto para llevar adelante una negociación en el ministerio de Comercio Exterior de Cuba para colocar un importante embarque de maíz argentino y el beneficio de esa operación  tendría como destino financiar el acuerdo de ‘Puerta de Hierro’ relacionado seguramente con la financiación del primer regreso, o intento de regreso, de Perón a su Patria. 

Philip Agee, el espía norteamericano que llevó un diario de su actividad en Uruguay, escribió el 21 de marzo de 1964: “La estación (de la CIA) en Montevideo ha organizado varias operaciones fructíferas contra objetivos peronistas en Uruguay a través de las cuales se ha podido descubrir el apoyo que prestan los cubanos a los peronistas. Una operación de escucha contra el departamento del periodista peronista Julio Gallego Soto nos permitió descubrir la clandestina relación existente entre éste y el antiguo jefe del servicio de inteligencia cubano en el Uruguay”.

Bolivia. El otro encuentro se produjo en 1966, antes de la experiencia boliviana. El Che Guevara hizo escala en Madrid con el propósito de visitar otra vez a Juan Domingo Perón en su residencia de ‘Puerta de Hierro’, en esta oportunidad para pedir su colaboración debido a que Fidel Castro, en el momento de partir Guevara y sus colaboradores de La Habana, le habría expresado sus dudas acerca del prometido apoyo por parte del Partido Comunista Boliviano, defección que luego se confirmaría y que sería una de las principales causas del fracaso y muerte del Che en tierras bolivianas.

“Sería en septiembre u octubre porque recuerdo que no hacía mucho que habíamos regresado de nuestras vacaciones de verano”, me contaría Pavón Pereyra tomando café en un bar de Buenos Aires, poco tiempo antes de su fallecimiento. “Una mañana muy temprano, serían las seis de la mañana, a través de la ventana veo a un sacerdote en la puerta de la Quinta” y le aviso a Perón. “Es el Che Guevara”, me dice ante mi sorpresa, “hágalo pasar”.

En España gobernaba Franco y la situación de asilado de Perón no era muy cómoda, así que evitaba recibir abiertamente a políticos de izquierda, porque después venían las protestas y las amenazas de expulsión. Así sucedió, por ejemplo, cuando recibió al chileno Salvador Allende, entonces senador por el socialismo.

“El Che estaba disfrazado, con sotana, irreconocible, afeitado y casi calvo, con anteojos de marco oscuro y cristales algo ahumados. Iba de paso hacia Bolivia y pasaba por Europa porque debido al bloqueo de Cuba los viajes debían necesariamente conectar con países socialistas”.

Luego de los saludos Guevara pasó a contarle su plan de insurgencia en el Alto Perú. Perón se mostró sorprendido y al principio no le creyó, o se hizo el que no le creía.

“Esto va en serio” dijo el Che. Yo creo que Perón me hizo quedar al principio de la reunión para quitarle intimidad porque comprendió que el Che venía a pedirle ayuda para una acción con la que el General no estaba de acuerdo.

Pero no esgrimió argumentos políticos, sino que puso énfasis en el asma de Guevara y en la inconveniencia de la humedad y el calor de las selvas bolivianas para ese mal. ‘Yo conozco bien la zona porque allí cursé el segundo año de la instrucción militar que hicimos en Brasil, en Bolivia y en Chile’, le dirá y luego agrega con impostado dramatismo: “Disculpe, Comandante, que sea franco con usted, pero usted en Bolivia no va a sobrevivir. Es contra natura. Suspenda ese plan. Busque otras variantes”. Luego de algunos segundos de silencio agregó, grave: “No se suicide”. 

“Entonces, continuó, llegaría el momento de dejarlos solos. El General me ordenó que trajera yerba, agua caliente y un mate. A los dos les gustaba matear. Cerré la puerta a mis espaldas y siguieron conversando por veinte minutos. Estoy seguro de que entonces se habló de lo que más le interesaba al Che y también estoy convencido de que Perón le dijo que no estaba en condiciones de darle una ayuda formal del Movimiento Justicialista mientras las acciones se desarrollarán en territorio boliviano, pues las circunstancias no favorecen que comprometerse en una operación internacional a un partido debilitado como el suyo, que debía enfrentar la proscripción a que lo habían condenado las dictaduras cívico-militares de la Argentina. 

Cuando la acción del Che se trasladará a territorio argentino entonces podría contar con el peronismo. Mientras, prometió,  no se opondría a quienes por voluntad propia quisieran participar del foco boliviano”. 

“Después del encuentro, concluyó el biógrafo de Perón, lo único que me comentó, como si hablara para sí mismo, fue ‘pobre Guevara, lo van a dejar solo’. Y acertó, porque él también lo dejó solo, aunque por motivos justificados”.

Imagen de portada: Gentileza de Editorial Perfil (CEDOC)

FUENTE RESPONSABLE: Editorial Perfil – por Pacho O’Donnell** Historiador. Historia/El Che y Perón

Argentina fue elegida entre los mejores destinos de Sudamérica en los «Oscar del Turismo».

Por primera vez en 26 años, el país fue reconocido en los World Travel Awards con el premio «Destino Líder de Sudamérica».

La marca World Travel Awards (WTA),  autoridad mundial que reconoce y premia la excelencia en viajes y turismo, eligió a la Argentina como «Destino líder de América del Sur»

Cuesta del obispo. Salta.

Estas distinciones, conocidas como «los Oscar del turismo», se realizan desde 1993 con el objetivo de recompensar y celebrar el trabajo en todos los sectores de la industria del turismo. 

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Particularmente la categoría «Destino líder de Sudamérica» se premia desde 1996 y es la primera vez que la recibe Argentina. En los 26 años que se entregó el premio, la ciudad brasileña de Río de Janeiro fue la más laureada con 16 distinciones, seguida de Quito con seis.

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El sello WTA reconoce tanto a los destinos como al sector privado y reúne más de dos millones de votos por parte de profesionales del sector turístico y viajeros para poder elegir los ganadores de cada rubro. 

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Según explicaron, el reconocimiento a la Argentina llega como consecuencia de la campaña de posicionamiento y promoción digital realizada en el último año. Entre los nominados 2021 se encontraban Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay.

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Una de las últimas iniciativas de Visit Argentina es el relanzamiento de su sitio web (www.argentina.travel), para que tanto viajeros nacionales como internacionales puedan planear un viaje perfecto por el país y vivir las experiencias que quedaron pendientes por la pandemia: incluye una guía de visitas y paisajes, más todas las respuestas necesarias para organizar un viaje a cualquier rincón del país.

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Además, la World Travel Award distinguió con 15 premios a destinos nacionales, entre ellos a Bariloche, y empresas privadas prestadoras de servicios turísticos en la Argentina en categorías a nivel Sudamérica y Regional.

Argentina ya había sido premiada en años anteriores en otras categorías como destino de avistaje de Ballenas, de Cruceros, de Gastronomía, Patrimonial, de información de viajes y de convenciones, pero nunca había logrado la mayor distinción a nivel continental.

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Imagen de portada: Gentileza de Pinterest – San Martín de los Andes – Patagonia Argentina.

FUENTE RESPONSABLE: Cronista Clase Break Turismo

Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, por Andrés Bonatti y Javier Valdez. Final.

Explotación empresaria, con anuencia estatal

La opresión contra los pueblos indígenas del Norte tuvo características simi­lares a la sufrida por sus hermanos pampeanos. Luego de que los ejércitos ocuparon sus tierras, miles de hombres y mujeres tobas, wichis, pilagás, mo­covíes, vilelas, entre otros, fueron trasladados a las reducciones que el Estado había preparado para recibirlos. 

Una vez instalados allí, se los obligó a traba­jar en los ingenios. La desdicha para los indígenas comenzaba desde el mo­mento en que partían hacia las fincas, ubicadas a varios kilómetros de distan­cia, porque debían realizar todo ese trayecto a pie, bajo el impiadoso sol norteño, apenas alimentados con las míseras raciones que les entregaban sus nuevos patrones. De la marcha, que duraba días, a veces semanas, participa­ban tanto hombres como mujeres y niños. Gran cantidad de ellos fallecían en el camino, deteriorados por la rigurosidad del clima, la falta de agua y comida o por enfermedades como la viruela, el cólera y el paludismo.

Los que llegaban a destino debían construirse sus propias chozas, con ra­mas y hojas de caña, en las cercanías de la zona de zafra, porque en el con­trato de trabajo que firmaban no estaba incluida la vivienda. 

Quedaban, entonces, expuestos al frío y las precipitaciones, y no recibían ningún tipo de asistencia de médicos o enfermeros, salvo en los casos de las enfermeda­des más críticas. El índice de mortalidad era altísimo. De acuerdo con los testimonios recogidos en diferentes relevamientos, se estima que cerca de la mitad de los indígenas del Norte reducidos en los ingenios murieron en los campamentos.

La vida en los ingenios era muy rigurosa: la actividad duraba entre ocho y diez meses, por lo cual mucha gente vivía la mayor parte del año lejos de sus casas. Por lo general, el trabajo comenzaba a las tres o cuatro de la mañana. 

Los hombres tenían como principal tarea realizar los desmon­tes, cavar zanjas para abrir canales y plantar la caña. Las mujeres eran res­ponsables de los desbroces, de machetear las malezas y también de plantar caña. En algunos ingenios ocurría que si los indígenas no completaban la labor prevista por los patrones, se les descontaba una parte del salario o directamente no se les pagaba.

En el razonamiento de los empresarios azucareros primaba el interés comercial por sobre el bienestar de los trabajadores. La clave del progreso era producir cada vez más, al menor costo posible. La mano de obra indígena garantizaba justamente esa condición: brazos baratos, que eran exigidos al máximo de sus posibilidades. 

Los primeros ingenios se desarrollaron en la provincia de Jujuy, para luego extenderse a su vecina Salta y a Tucumán, siempre al amparo del Estado nacional y sus instituciones. San Isidro, Ledes­ma y La Esperanza fueron los más representativos de esa primera etapa; luego se sumarían otros, como El Tabacal, que incorporaron la misma lógica.

Es valioso el aporte de Juan Bialet-Massé, médico y abogado español residente en la Argentina a partir de 1873, que recibió como encargo del gobierno nacional la realización de un informe sobre el estado de las clases obreras argentinas, materializado en el libro Informe Bialet-Massé, editado en 1904. 

Su testimonio convalida la existencia de un sistema de explota­ción del indígena con apoyo estatal: “El indio es desconfiado. Tiene razón de serlo. Son tan raros los casos en que se le cumplen los contratos y las promesas, que solo tiene fe en el contrato escrito, y lo pide como una garantía. ‘Cons­te por el presente que el cacique se compromete a trabajar con su gente en este ingenio, durante la cosecha del presente año, reci­biendo adelantado mercaderías y dinero.’ Ingenio, fecha. Sello del ingenio. Firma social del ingenio. Debían al fin del trabajo, entregárselo diez caballos, cinco yeguas y mercaderías, si la tribu trabajaba toda la cosecha. 

Tres días antes de acabar, un capataz le da latigazos a dos indios. Gritan, se sublevan. El indio ha perdido lo que decía el contrato. Los infortunios para los indígenas y sus descendientes durarán muchísi­mos años. Los principales ingenios de las provincias del Norte, como El Tabacal o Ledesma, mantuvieron su sistema basado en la explotación del trabajador hasta bien entrado el siglo XX, hacia la década de los treinta, cuando se formaron los primeros sindicatos”.

Obrajes y otras industrias

La industria maderera en la Argentina se desarrolló en forma simultá­nea a las campañas militares, entre 1878 y 1879. El 18 de abril de 1879, el presidente Nicolás Avellaneda expidió el decreto número 1054, que prohibía el corte de madera sin permiso previo del gobierno nacional y autorizaba las actividades forestales únicamente entre mayo y septiembre. 

Como ocurrió en muchas otras oportunidades, las medi­das oficiales no se cumplieron ni tampoco el Estado se esforzó en ha­cerlas cumplir. En las regiones donde abundaban los bosques nativos, como las provincias de Chaco y Formosa, florecieron decenas de obra­jes administrados por patrones inescrupulosos que propiciaban una tala indiscriminada gracias a la mano de obra accesible y barata que representaban los indígenas.

El ritmo de trabajo en esta industria era riguroso y muchas veces inhu­mano, rodeado de peligros e incomodidades. Una vez seleccionados, los indígenas eran separados en grupos, según la tarea que debían ejecutar, siempre al mando de un capataz. 

Por un lado estaban los picadores, que eran quienes tenían a su cargo la tarea primaria de tumbar los árboles provistos de hachas. No era una faena sencilla: los ejemplares buscados eran los más voluminosos, requeridos principalmente para la fabricación de vi­gas y para la extracción de tanino curtiente, esta última una actividad que estaba en pleno auge. 

Por su parte, los labradores tenían bajo su responsa­bilidad el trozado y labrado de la madera. Finalmente estaban los carreros, quienes debían cargar los árboles cortados hasta los carros que, arrastrados por dos yuntas de bueyes, trasladarían la madera hacia la zona de acopio. Los hombres trabajaban de lunes a sábados, de sol a sol, con una única interrupción al mediodía para un magro almuerzo habitualmente com­puesto por maíz cocido con charque.

El esquema que empresarios y Estado, en forma conjunta, habían diseñado en los obrajes del Norte argentino disponía de cada uno de los aspectos de la vida de los indígenas. Todo estaba calculado, hasta la muerte. Por la exigencia del trabajo, las malas condiciones climáticas y las epidemias de enfermedades, la expectativa de vida de los trabajadores forestales no supe­raba los cuarenta años.

El escritor chaqueño Juan Ramón Lestani, que tuvo una destacada par­ticipación política en la provincia unos años después de la Conquista, legó un estremecedor testimonio sobre la vida de los indígenas en los obrajes: “Si alguna vez se ha hablado de las condiciones miserables del traba­jo humano, hay que poner en primera plana lo que ocurre en los obrajes del Chaco. La inhumanidad del trato es indescriptible: tra­bajadores como bestias ambulan por las selvas en medio de los constantes peligros naturales, viviendo al abrigo de los árboles, sin vestimenta casi, alimentándose algunas veces con carne que se pro­veen en la Administración de la empresa, donde se faenan todos los bueyes flacos desahuciados para el trabajo, pues cuando se trata de carne gorda, tiene mejor mercado en la población más cercana”.

El vale y la proveeduría eran dos de los instrumentos más habituales de explotación a los indígenas conchabados en los obrajes chaqueños. En ge­neral los salarios se les pagaban en vales o notas de crédito, canjeables en la proveeduría del propio predio. Terminado el mes, podían trocar por dinero los vales sobrantes. Solía ocurrir que quienes manejaban la provisión de mercaderías les aumentaban el costo de los productos de primera necesi­dad, hasta casi duplicarse, o los engañaban por medio de la adulteración del peso de las mercancías ofrecidas. Unos pocos se rebelaron y lograron escapar hacia el monte en busca de una mejor vida, que jamás encontraría. La mayoría, en cambio, se resignaba al destino desgraciado que les había tocado en suerte.

The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, más co­nocida en nuestro país como La Forestal, creada hacia fines del siglo XIX, fue un símbolo de la explotación en los obrajes. 

La compañía, de capitales ingleses y alemanes, le compró a la provincia de Santa Fe más de 2 millones de hectáreas a un precio muy bajo para instalar allí una fábrica de tanino. La historia de La Forestal tiene ribetes increíbles. 

El gobierno de Santa Fe, con el aval de la nación, no sólo le vendió a esta empresa extranjera más de un 20 % del territorio de la provincia a un valor irrisorio, sino que además le permitió construir una especie de Estado dentro del Estado. 

La Forestal llegó a tener seis ciudades, un puerto, 140.000 kilómetros de ferrocarril, policía, moneda y bandera propias, y más de cuarenta mil obreros, entre ellos muchos indígenas, que trabajaban a destajo y recibían apenas 2,50 pesos por cada tonelada de leña, en vales que, por supuesto, sólo podían canjear en las proveedurías de la propia empresa.

El esquema represivo que funcionó en los obrajes y los ingenios tam­bién se replicó en otras ramas de la actividad manufacturera del país, como por ejemplo en algodonales, yerbatales, naranjales, cultivos de maní, talle­res y otros. 

Salarios vergonzosos, alimentación escasa, maltrato físico, abu­sos en los precios de los productos ofrecidos y contratos abusivos fueron los instrumentos comunes del atropello que se evidenciaron en cada una de las industrias que recibieron a los indígenas despojados de sus territorios por Roca y sus generales. 

En los yerbatales de la provincia de Misiones se los obligaba a firmar compromisos leoninos, llamados “condiciones del obra­je”, que incluían cláusulas absolutamente arbitrarias, como por ejemplo la que determinaba que si los trabajadores de la yerba mate se enfermaban no sólo perdían automáticamente la paga del día, sino que también debían abonar al patrón 50 centavos por cada jornada de ausencia en las planta­ciones. 

Si la enfermedad era grave, el contrato preveía que el trabajador doliente únicamente podía viajar a atenderse a las ciudades de Posadas o de Villa Encarnación si conseguía que alguien se hiciera cargo de su cuenta, que en general era deudora porque debía dinero a la proveeduría. En el caso de que nadie pudiera tomar su lugar, no se le permitía viajar, y su sa­lud quedaba librada al designio del destino.

A partir de cifras proporcionadas por el propio Poder Ejecutivo de aquellos años se calcula que, entre 1879 y 1883, cerca de veinte mil indí­genas tomados prisioneros en Pampa y Patagonia fueron trasladados hacia cárceles como Martín García, Valcheta y Chichinales, o las provincias del Norte y de Cuyo, para trabajar en las diferentes industrias y en el servicio doméstico. En el Chaco, las cifras del destierro son aún mucho mayores, porque allí la población indígena era mucho más numerosa que la que había en la Pampa. En Chaco, la deportación de los nativos hacia las cár­celes y las reducciones duró hasta comienzos del siglo XX.

Si bien adolecen de algunas deficiencias metodológicas, porque era muy difícil en aquella época acceder y registrar la totalidad de las comuni­dades que vivían tierra adentro, los resultados de los dos primeros censos realizados en el país son un parámetro válido para constatar el exterminio físico y cultural que sufrieron los pueblos originarios de la Argentina con la Conquista del Desierto. En el de 1869, presidencia de Domingo Sar­miento, la población indígena calculada fue de 93.138 personas. En el censo de 1895, bajo el mandato de José Uriburu, la cantidad de habitantes indígenas había disminuido a treinta mil. En el medio, habían pasado veintisiete años y una guerra desigual e infame.

Imagen de Portada: Gentileza de El Historiador

FUENTE RESPONSABLE: Fuente: www.elhistoriador.com.ar

El Historiador – Editor Felipe Pigna*Historiador

/Investigador/Divulgador

La Conquista del Desierto/Una guerra infame/El Genocidio de los Pueblos Orignarios/La explotación laboral/Pensamiento critíco/Sociedad/

 

Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, por Andrés Bonatti y Javier Valdez. I Parte.

EL GENOCIO DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS DE LA ARGENTINA

Los primitivos dueños de la tierra venían resistiendo la conquista del hombre blanco desde la llegada de Solís, en 1516. Don Pedro de Mendoza debió abandonar Buenos Aires en 1536 por la hostilidad de los pampas. Sólo a partir de la creación del virreinato y la consecuente presencia de un poder político y militar fuerte, fue posible establecer una línea de fronteras con el “indio” medianamente alejada de los centros urbanos.

Esta línea de fronteras fue extendida a lo largo del siglo XIX, desde la instalación del primer gobierno patrio hasta la ofensiva final que desde 1878 llevó a cabo el ministro de Guerra, Julio Argentino Roca, en su tristemente célebre “Conquista del Desierto”, un eufemismo para hablar de la brutal matanza de numerosas comunidades indígenas y la apropiación de los territorios que ocupaban.

En el libro Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, Andrés Bonatti y Javier Valdez analizan esta guerra desigual contra los pueblos originarios desde múltiples dimensiones, abordando la mentalidad predominante entre los miembros de la Generación del ’80, quienes, en su afán de progreso material, llevaron adelante un etnocidio en nombre de la civilización.

Los autores analizan en los distintos capítulos del libro la resistencia de los últimos caciques tanto en la región pampeana, como en el Chaco y en la Patagonia. Así podemos ver las luchas de emblemáticos líderes indígenas como Catriel, Calfucurá, Namuncurá, Baigorrita, Pincén, Purrán, Reuquecurá y Sayhueque.

La investigación también se ocupa del destino del botín, millones de hectáreas apropiadas por el Estado nacional, muchas de ellas vendidas a precios irrisorios entre las familias de la elite cercanas al poder, y de los miles de indígenas que lograron sobrevivir, encerrados en prisiones en diversos puntos del país o separados de sus familias y enviados lejos de sus tierras a trabajar como mano de obra barata en obrajes, yerbatales, ingenios, etc.

A continuación transcribimos un capítulo del libro dedicado a este último aspecto poco transitado por la historiografía argentina, es decir, la incorporación al modelo capitalista de mano de obra indígena en condiciones de explotación vergonzosa. Así los autores dan cuenta de las condiciones en las que los habitantes originarios que sobrevivieron a la denominada “Campaña del Desierto” fueron obligados a trabajar en las diversas industrias. Por ejemplo, el esquema que empresarios y Estado, en forma conjunta, habían diseñado en los obrajes del Norte argentino disponía de cada uno de los aspectos de la vida de los indígenas. Todo estaba calculado, hasta la muerte. Por la exigencia del trabajo, las malas condiciones climáticas y las epidemias de enfermedades, la expectativa de vida de los trabajadores forestales no superaba los cuarenta años”.

Fuente: Andrés Bonatti y Javier Valdez, Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, Buenos Aires, Edhasa, 2015, págs. 139-150.

“El indígena es un elemento inapreciable para ciertas industrias, porque está aclimatado y supone la mano de obra barata, en condiciones de difícil competencia.”

Mensaje del presidente de la nación, Roque Sáenz Peña, D.S.C.S., 7 de junio de 1912

El confinamiento sufrido por los derrotados en las campañas militares de Julio A. Roca es uno de los aspectos menos explorados por la historiografía argentina. 

En general, cuando se habla de la Conquista del Desierto, se alude principalmente a la ocupación militar, es decir, a las expediciones que a partir de 1879 ocuparon por la fuerza los territorios habitados por decenas de comunidades originarias, pero no se profundiza sobre lo que ocurrió inmediatamente después con los indígenas que sobrevivieron y fueron trasladados a los diferentes sitios que el Estado argentino tenía re­servados para ellos. 

Cárceles que funcionaban como verdaderos campos de concentración, ingenios, obrajes, yerbatales, algodonales y otras industrias que basaban su productividad en la explotación de mano de obra indígena, casas de familia que fomentan el servilismo y cuarteles donde imperaba la crueldad… 

Todos estos fueron los destinos principales de los miles de perdedores de esta desigual contienda. El gobierno no era partidario de crear reservas donde afincar a los vencidos, como habían hecho los Estados Uni­dos tras su guerra contra los pueblos nativos, porque temía que pudieran reorganizarse y se produjeran sublevaciones. 

Eduardo Pico, militar que participó de las campañas y luego fue gobernador del territorio nacional de La Pampa Central (actual provincia de La Pampa), escribió en sus memo­rias una síntesis de la idea imperante entre los funcionarios de la época: “Conceder tierras para tal fin (en referencia a las reservas indígenas) sería retrogradar a la época en que el cacicazgo sustraía a la población indígena al contacto con la gente civilizada”. 

“Las tribus no pueden, ni deben existir, dentro del orden nacional”. Lo que se hizo, entonces, fue diseminarlos por pequeños grupos, en establecimientos rurales de las provincias del interior o en reducciones, creados para este fin específico, donde vivían totalmente alejados de la autoridad de sus caciques. 

Destruyeron sus economías, se los obligó a trabajar en un marco de tipo capitalista, y se les impusieron cos­tumbres cristianas y el abandono de las propias, como por ejemplo su len­gua natural, que era considerada un instrumento inútil. Se los apresaba e incluso se los separaba de sus familias: padres de hijos, hermanos de hermanas, esposos de esposas. 

Se los aislaba, tal vez para siempre. El religioso José Birot, que cumplía actividades en el presidio de la isla Martín García, señaló en una carta que “el indio siente muchísimo cuando separan la familia, porque en la pampa todos los sentimientos del corazón están centrados en la vida de la familia. Cada vez que los han se­parado, ha habido quejas amargas”.

Los innumerables testimonios recogidos durante aquellos años, tanto entre los vencedores como entre los vencidos, evidencian una realidad in­contrastable: luego de la expugnación militar, el Estado argentino concretó un proceso de conquista cultural sobre las comunidades sometidas, cuyo objetivo primordial fue hacer desaparecer su modo de vida, sus creencias, sus raíces y sus tradiciones. 

En el pensamiento de las autoridades, los vesti­gios de las sociedades indígenas ancestrales debían incorporarse, en forma voluntaria o por la fuerza, a la dinámica y a las costumbres de la vida civi­lizada. Desde el punto de vista teórico, lo que hizo el Estado argentino con los pueblos originarios fue un etnocidio: no sólo aniquiló los cuerpos de toda una sociedad, sino que también mató su espíritu.

Ingenios de la muerte

Durante los años de la Conquista del Desierto la industria azucarera atra­vesaba momentos de gran prosperidad y, como consecuencia de ello, la incorporación de mano de obra barata para la zafra era una necesidad cada vez más acuciante. 

Los ingenios del Norte argentino se convirtieron en un destino frecuente para los indígenas tomados prisioneros en las campañas militares. Miles de mapuches, tobas, pilagás, mocovíes, entre muchas otras etnias, desembarcaron en estas fincas para trabajar como zafreros, en con­diciones de explotación vergonzosas, a merced del abuso de los empresa­rios y la complicidad estatal. 

El propio Julio A. Roca, tucumano de naci­miento y de estrecha relación con los más poderosos productores azucareros del Norte del país, impulsó el envío de ranqueles a establecimientos rurales de Tucumán, porque creía oportuno sustituir en esa actividad a los mata­cos, a los que consideraba “indios holgazanes y estúpidos”. 

En noviembre de 1878, en carta dirigida al gobernador de la provincia, Domingo Martí­nez Muñecas, Roca pidió que se tomarán las medidas necesarias para reci­bir indígenas y “distribuirlos especialmente en los ingenios, con buen tra­tamiento y mejor salario posible, colocándolos bajo la intervención del defensor de pobres y menores, a fin de evitar la explotación por parte de los patrones”. 

Los hechos posteriores demostraron que las palabras del jefe militar eran, como mínimo, falaces. Los contingentes de pampas y ranque­les que arribaron a Tucumán en enero de 1879 sufrieron desde el primer día el abuso y la explotación. 

El contrato que les obligaban a firmar preveía un salario anual paupérrimo del que, además, sólo recibirían una pequeña parte una vez por mes para satisfacer sus necesidades más inmediatas. El resto era conservado por el patrón con el objetivo de “evitar que los indios gasten sus jornales en borracheras y otros vicios”. Estas prácticas eran, se­gún el gobernador, “medidas excepcionales debido a que los indios no comprenden la justicia, ni el derecho al trabajo y propiedad e ignoraban el valor real de los objetos y la moneda”. 

Luego de que se produjera una con­troversia en el ingenio, el gobierno provincial encomendó a dos agentes, de nombres Barrenechea y Del Corro, una investigación para determinar po­sibles abusos de los patrones.

El resultado de la pesquisa que presentaron los dos funcionarios es un testimonio muy valioso que revela pormenores sobre el funcionamiento del sistema de explotación contra el indígena: “Con sentimiento tenemos que comunicar a S.S. que, según los informes recibidos y las averiguaciones practicadas, no se ha cum­plido en todas las partes el contrato celebrado. Así que llegamos al lugar designado, fueron conducidos a nuestra presencia tres in­dias, vestidas con el traje que usan en sus toldos. Preguntadas dónde estaban sus compañeras, contestaron que dos estaban enfermas, recién convalecientes de la viruela, agre­gando que dos de los indios que han quedado, de los que no han fugado, habían salido en ese momento a bañarse. A las tres indias que se hallaban presentes, les hicimos las preguntas necesarias por medio de nuestro intérprete, a fin de saber cómo eran tratadas. A la primera pregunta prorrumpieron en largo y continuado llanto, y llorando contestaron todas las demás. Dijeron que su patrón era bueno pero no así su capataz. Que éste las castigaba, mostrándonos una de ellas, la más anciana, las cicatrices de heridas producidas por el látigo en el brazo y la cara. Que sólo le daban de comer una vez al día y su comida con­sistía en maíz con carne, y los más de los días, en maíz solamente. Que muchas de sus compañeras enfermas de viruela murieron porque no podían comer esa comida. Que esto y por los castigos recibidos habían sido la causa de la fuga de los demás indios. El Sr. Colombres (dueño del ingenio) a su vez afirmó que no era cierto lo que decían las indias, que les daba de comer. Que sólo eran castigados, como los demás peones, cuando no cum­plían con su deber. Que es verdad que han muerto 13 hombres y mujeres, pero todos de viruela, a excepción de una mujer anciana que murió de vejez’. Las indias dijeron que no, que habían muerto por los castigos reiterados”.

No existen datos precisos sobre la cantidad de prisioneros mapuches trasla­dados. De acuerdo con un informe presentado por Roca ante el Congreso nacional al finalizar la campaña militar de 1879, unos seiscientos mapuches fueron enviados al norte del país para trabajar en la zafra de Tucumán. Algu­nos investigadores, sin embargo, afirman que fueron muchísimos más.

Lo que sí se sabe con más certeza es que, en su gran mayoría, murieron como consecuencia de las enfermedades y del rigor que implicaba el traba­jo en la cosecha, o escaparon rumbo al desierto, para terminar luego como empleados del servicio doméstico o directamente para convertirse en mar­ginados de la sociedad.

Muchos años después, el diario La Razón publicó: “Para 1885, casi nin­gún indígena llegado desde la pampa quedaba en los campos tucumanos. Fueron, como queda visto, entregados a la voluntad caprichosa del amo, hasta que aniquiladas sus fuerzas, sucumbieron embrutecidos por el alco­hol, debilitados por el hambre y quebrados por los castigos. Los más in­defensos, aquellos que hasta la muerte liberadora les estaba vedada, que­daron desperdigados, prestando servicio doméstico”. 

Imagen de portada: Gentileza de El Historiador Fuente: www.elhistoriador.com.ar

FUENTE RESPONSABLE: Felipe Pigna Editor Investigador/Historiador

Rincones de mi país

Salto Encantado, atractivo ideal para el turismo de aventura, Provincia de Misiones.

Está en una reserva natural de 13.227 hectáreas, 140 kilómetros al norte de Posadas. Cuenta con tres senderos de distintas dificultades para hacer trekking y disfrutar de la naturaleza.

Si deseas mayor información; por favor cliquea en lo escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Al norte de la ciudad de Posadas se encuentra el Parque Salto Encantado, una reserva natural de 13.227 hectáreas que alberga diversas especies de árboles, una rica y variada fauna, innumerables especies de aves y un salto de 64 metros que le da su nombre.

Esta reserva es uno de sus exponentes más notables de Misiones, provincia que se destaca como un polo de singular atracción para el turismo ávido de naturaleza, ya que propone y facilita el contacto con las maravillas de su tierra y ofrece un abanico de alternativas para disfrutar al aire libre. Las instalaciones del parque abren sus puertas al turismo todos los días de 9 a 17.

El jefe de los guardaparques, Fabio Malosh, contó a Cadena 3 que el Salto Encantado es la principal atracción del parque. ´

«Se trata de una vertiente natural, es decir, una cascada de 60 metros de altura, que proviene del arroyo Cuña Pirú. El Salto a la Olla y la Cascada del Picaflor son otros de los lugares más concurridos dentro de la reserva», detalló. 

La permanencia en el parque es hasta las 18. En época de pandemia, las personas tienen que acatar las medidas de bioseguridad como el uso de barbijo y alcohol en gel. 

En el recorrido, el visitante necesitará sólo uno de sus sentidos para encontrar el inicio del salto: entre los trinos de las especies de pájaros que habitan esta selva virgen, podrá oír el constante ronroneo del torrente precipitándose.

Una serpenteante escalera de 375 escalones permite bajar hasta el pie de la cascada, lugar donde el sonido del alud de agua es aún más fuerte.

Matices de colores se fusionan en el parque, bañados por la bruma que emerge del salto, en esta selva que los guaraníes llaman «Ibirá Retá» (La Tierra de los Árboles).

Las imponentes guayubiras, donde anidan tucanes y carpinteros, parecen tocar el cielo, mientras helechos, musgos y hongos cubren el suelo, a manera de una heterogénea alfombra viviente.

La palmera pindó, con su fruto parecido a un caramelo, es el dulce preferido de ardillas y monos. Lapachos desperdigados a granel dejan caer sus hojas para dar lugar a ramilletes de flores fucsias y amarillas, simulando pinceladas de colores en medio del frondoso manto verde.

Bajo la sombra de estos gigantes, se encuentran especies que dan alimento a aves y mamíferos, tal el yacaratiá, con sus frutas amarillas y carnosas, y la jaboticaba. Con sus amplias hojas buscando el sol, asoma el güembé, atrayendo con su particular fruta a bulliciosos loros.

La llegada de la primavera permite ver en lo alto las flores más bellas: orquídeas, claveles, caraguatas y bromelias convocan a veloces picaflores y mariposas, sirviendo de refugio a pequeños anfibios.

A través de diferentes senderos en deck, es posible entrar en la selva para despertar los sentidos y vivir una mágica experiencia al cobijo de la frescura del monte.

El parque conforma uno de los 25 AICAS (Áreas Importantes para la Conservación de las Aves), de la provincia, ya que, gracias a su abundante vegetación, es refugio de muchas especies, entre las que se encuentran las cinco variedades de tucanes: Grande, Pico Verde, Arasarí Fajado, Arasarí Chico y Arasarí Banana.

Otros cuatro saltos y cascadas complementan la aventura, a los que se accede por senderos agrestes, algunos más largos y dificultosos, como el que conduce a Salto la Olla y a la Cascada del Picaflor; y otros más cortos que permiten llegar a saltos más pequeños pero no menos encantadores, como el Salto Escondido y el Acutí.

El parque ofrece todos los servicios para comodidad del visitante: dispone de un maxikiosco en el que se puede obtener desde agua caliente para el mate, hasta elementos de primeros auxilios; un puesto de venta de artesanías locales, y sanitarios que se destacan por su limpieza y equipamiento.

El restaurante del predio, con una espectacular vista al cañadón del Salto Encantado, brinda al turista la posibilidad de disfrutar exquisitos platos típicos, mientras disfruta del entorno selvático incomparable.

El servicio de información turística se encuentra disponible en todo momento y su personal especializado trabaja con esmero para que el visitante pueda elegir, entre los recorridos posibles, el que más se adapte a sus gustos y posibilidades, tanto físicas como de disponibilidad de tiempo.

Las tarifas de acceso, muy económicas, están diferenciadas, comprendiendo una escala que va desde los $ 30 para los lugareños, hasta los $ 250 para extranjeros. El turista argentino abona un ingreso único de $ 150, mientras que los niños menores de seis años, personas con discapacidad y estudiantes de la provincia poseen acceso gratuito.

El parque se encuentra a 140 kilómetros al norte de Posadas, próximo a la localidad de Aristóbulo del Valle. Desde la capital misionera, se llega por la ruta nacional 12 hasta la localidad de Santa Ana, luego se toma la ruta provincial 103 hasta Oberá y, desde allí, la ruta nacional 14 hasta la ruta provincial 220, donde en el Paraje Salto Encantado se gira a la izquierda y se recorren tres kilómetros hasta el acceso al parque.

Imagen de portada: Gentileza de Cadena 3

FUENTE: Cadena 3 por Agustina Vivanco

Misiones, Salto Encantado, Parque Salto Encantado, Ministerio de Turismo