Así cayó Tenochtitlán: 500 años de la conquista de Hernán Cortés.

Un 13 de agosto de hace medio milenio, el conquistador español tomó la capital azteca. El historiador Antonio Espino López, autor de «Vencer o morir» (Desperta Ferro), cuenta cómo fue.

Tapiz idelizado e ilustrativo del encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma

Tapiz idelizado e ilustrativo del encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma


El gran caudillo extremeño Hernán Cortés (1485-1547) supo en 1519, cuando fue comisionado por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, para emprender una de las muchas expediciones de toma de contacto con la cercana costa mexicana que patrocinó, que iba a transformar dicha expedición de descubrimiento en otra de naturaleza muy distinta: iba a conquistar las tierras del interior de aquel país tan inmenso, misterioso y sobre todo, rico. 

Merced a enormes cualidades, entre las que cabe destacar su inteligencia, su carisma, su capacidad organizativa, su valentía, sus dotes diplomáticas, Cortés supo entender muy pronto dos cosas: en primer lugar, debía hacer del conjunto de compañeros que lo seguían en aquella aventura un grupo cohesionado, motivado y adicto a su persona; es decir, los iba a constituir en una suerte de compañía militar de élite, la punta de lanza de sus ambiciones.

Iban a ser poco más de un par de millares de hombres en el transcurso de la Conquista (1519-1521), de los cuales apenas mil iban a luchar junto a Cortés en el transcurso del sitio de la gran urbe mexica desde fines de mayo y hasta mediado agosto de 1521.

Más que por su armamento, los hombres de Cortés iban a destacar en el campo de batalla por su voluntad de vencer, de aguantar hasta el final.

Solo tenían sus vidas que perder y un gran botín que ganar. Así se lo dijo Cortés y ellos le creyeron. Y lo hicieron porque el de Medellín luchaba como el que más y padecía todos los inconvenientes de una guerra dura y difícil como el primero.

Morrión español temprano, típico de la época de la Conquista

Morrión español temprano, típico de la época de la ConquistaLA RAZÓN (CUSTOM CREDIT)

Y en segundo lugar, Cortés supo también muy pronto que, como había ocurrido desde siempre en la historia de la humanidad, el enemigo de tu enemigo puede ser tu amigo. Y los mexica, un imperio soberbio, despiadado, altivo y orgulloso, si no carecían de algo era de enemigos.

El caudillo extremeño supo hacerse con los servicios de numerosos pueblos aborígenes utilizando la persuasión, la diplomacia, la fuerza e, incluso, la crueldad y el terror cuando hizo falta.

De esa forma, logró constituir un enorme ejército de varios cientos de miles de personas, desde guerreros, zapadores, porteadores y demás personal de servicio; es decir, se convirtió en el líder de una gran coalición anti-mexicana.

Una vez decidido por la conquista de la gran ciudad de México-Tenochtitlan, una enorme urbe sita en el centro del lago Tetzcoco y unida a tierra firme por diversas calzadas levantadas sobre diques, Cortés dividió a sus tropas hispano-aborígenes en tres grupos, para que avancen por cada una de las calzadas principales, mientras que la presión aumentaría sobre los mexica al hacer construir Cortés trece “bergantines”, más bien lanchones artillados, pues cada uno de ellos portaba un cañón, para evitar sus salidas desde la ciudad a través del lago. Era el bloqueo total de la urbe.

Una dura batalla

A lo largo de junio y julio se iban a suceder los combates casi sin solución de continuidad.

Se peleaba en las calzadas para forzar el paso hacia el interior de la ciudad, no sin tener que sortear toda suerte de obstáculos: los mexica abrían fosos en las calzadas, levantaban albarradas, procuraban desembarcar tropas desde sus canoas a la retaguardia del avance hispano y poder copar al enemigo, etc. 

Cortés se iba impacientando al comprobar la resistencia mexica y las enormes dificultades que le esperaban para domeñarlos. En una ocasión, olvidando su habitual cautela, se lanzó con algunos de sus hombres a la lucha sin tener el camino de retroceso asegurado. Fue un grave error. 

El propio caudillo, hecho momentáneamente prisionero, pudo ser salvado por uno de sus fieles. Pero otros muchos murieron y no todos en combate: los hombres de Cortés pudieron ver con horror cómo sus compañeros eran arrastrados hasta los templos para ser sacrificados. 

La moral iba bajando por la prolongación del asedio, por el cansancio acumulado, con guardias y ataques constantes, día y noche, sin apenas descanso. 

Las múltiples heridas que los hombres iban atesorando tras tantas jornadas de lucha los debilitaban a ojos vista. Pero nadie se iba a rendir.

Aquella no era una guerra entre europeos.

No habría posibilidad de negociar una rendición con el enemigo o pedir un rescate. Ser capturado significaba ser inmediatamente inmolado en un templo pagano.

Ante aquella perspectiva todos iban a luchar hasta el final. Como les había asegurado Cortés en diversas arengas, allí se había ido a vencer o morir.

Pero poco a poco, los oficiales de Cortés, comandados por Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval o Cristóbal de Olid, fueron introduciéndose con sus hombres en la gran ciudad barrio a barrio.

Para evitar contragolpes y presionar a los supervivientes, buscando su rendición, Cortés tomó la decisión de ir derrocando la ciudad conforme se avanzaba: de esa forma se aseguraba el control total sobre lo conquistado. No se podía perder un barrio que ya no existía.

Además, se iría quemando la enorme cantidad de cuerpos que se encontraban a su paso: el hambre, la sed, la enfermedad causaban tantos estragos como los propios combates.

El paso final hacia la rendición

A primeros de agosto, Cortés procuró por todos los medios que el gran emperador Cuauhtémoc entendiese que no tenía más opción que rendirse.

Pero este no sabía muy bien cómo hacerlo. Ningún emperador mexica lo había hecho nunca. Los combates prosiguieron. 

Por último, ante la evidencia de que la ciudad iba a ser conquistada sin remedio, Cuauhtémoc intentó escapar en canoa cuando fue capturado y llevado ante la presencia de Cortés. 

Era el 13 de agosto de 1521.

Un gran silencio se hizo al finiquitarse los combates. Del griterío ensordecedor de las jornadas de lucha se pasó al mutismo. Millares de cadáveres, hediondo, llegaron a enfermar al propio Cortés

Comenzó el pillaje de lo que quedaba. Hernán Cortés había vencido. La caída de México-Tenochtitlan es una hazaña bélica de una dimensión extraordinaria.

Significó el final del imperio mexica y el comienzo de una nueva era.

Pero, como toda conquista, fue un hecho heroico y trágico por igual.

Antonio Espibo López es profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona y ha publicado diversos libros de historia publicados por Desperta Ferro, como “Vencer o Morir” o “Plata y Sangre”. La conquista del Imperio Inca y las Guerras Civiles del Perú”.

FUENTE: LA RAZÓN – ANTONIO ESPINO LÓPEZ -BARCELONA.

INTERNACIONAL – EXTERMINIO EN XINJIANG – CHINA

El crudo relato de una sobreviviente de los campos de concentración modernos en China

A cuatro años de la traumática experiencia que marcó su vida para siempre, Sayragul Sauytbay (44) revela los oscuros secretos e intenciones detrás uno de los más temidos «centros de formación profesional» en toda Asia.

Sayragul Sauytbay (44) reside en Suecia tras haber escapado del «mayor encarcelamiento sistemático de un grupo étnico desde el Tercer Reich» | AFP

La sobreviviente de uno de los campos de concentración modernos de China reveló las golpizas, violaciones y «desapariciones» que experimentó detrás del alambre de púas. Sayragul Sauytbay, parte de la minoría étnica kazaja, contó las atrocidades que debió ver.

Oriunda del este de Turkestán, Kazajistán, la vida de esta médica y madre de dos pequeños tomaría un rumbo drástico en 2017, tras ser enviada a una instalación de confinamiento china para enseñar a prisioneros, en uno de los 1.200 gulags en la región.

Se estima que los campos de internamiento de lo que ahora se conoce como la ciudad de Xinjiang albergan a tres millones de kazajos y uigures que son sometidos a todo tipo de experimentos médicos, torturas y violaciones, antes desconocidas.

Además de ser médica, Sayragul Sauytbay ofrecía sus servicios como maestra en una escuela. El establecimiento educativo fue construido por su padre, especialmente para niños de la minoría étnica kazaja.


Observadores internacionales apuntan a un intento de exterminio de minorías étnicas.

Sin embargo, China indica que los campamentos son nada más y nada menos que «centros de formación profesional» y los residentes están allí por su propia voluntad.


Previo a ingresar al establecimiento carcelario, Sauytbay fue literalmente obligada a firmar su propia sentencia de muerte, aceptando que enfrentaría la pena de muerte si revelaba lo que sucedió en la prisión o rompía alguna regla allí dentro.

Una vez establecido el acuerdo, fue puesta a trabajar con el objetivo de «reeducar» a los presos en el idioma, la cultura y la política chinas. La primera imagen con la que se topó fue la de hombres y mujeres con la cabeza afeitada y que apestaban a orina y heces.

La mujer de ahora 44 años se despidió de uno de sus dos hijos, Ulagat, antes de partir al campo de concentración localizado en la ciudad china de Xinjiang.


Torturas y reeducación maoista: cómo funcionan los campos de concentración de China.
A medida que se familiarizaba con las instalaciones, las condiciones de hacinamiento se hacían a sus ojos cada vez más inhumanas. Con el tiempo, comenzaría a ser testigo de innumerables y sangrientos casos de extracción de órganos.

Entre una de las tantas historias que esos muros guardan, presenció como a una mujer de 84 años le arrancan las uñas por una presunta llamada internacional, la cual nunca existió. Aun así, el límite de la morbosidad estaba muy lejos todavía de encontrarse.

Llegaron los abusos. Fue obligada a presenciar como guardias violaban a una joven de no más de 20 años por haber enviado mensajes de texto a un amigo musulmán. Durante su internamiento, Sauytbay también obtuvo acceso a información clasificada.

Durante su estadía en aquel «centros de formación profesional», encontró documentos prohibidos que mencionaban planes para exterminar etnias, anexar países vecinos y conquistar Europa.

Entre los secretos de estado que leyó y que podía distinguir fácilmente por que contenían el el sello «Documentos clasificados de Beijing», pudo encontrar el verdadero propósito escondido de los campamentos de Xinjiang, descripto en un plan de tres pasos:

Paso uno (2014-2015): «Asimilar a los que están dispuestos en Xinjiang y eliminar a los que no lo están»
Paso dos (2025-2035): ‘Una vez que se complete la asimilación dentro de China, anexaran los países vecinos’.
Paso tres (2035-2055): «Después de la realización del sueño chino, llega la ocupación de Europa».
Su paso por el «infierno» finalizaría en marzo de 2018. La kazaja no dudaría en volver a su país natal para reunirse su esposo e hijos antes de huir a Suecia. «El mayor encarcelamiento sistemático de un grupo étnico desde el Tercer Reich», lo llamó.

Con 44 años, se encuentra físicamente rota y tiene pesadillas recurrentes sobre su tiempo en el gulag. En las noches, escucha los desgarradores gritos de prisioneros que, al ser torturados, suplicaban: «Sálvanos, por favor. Sálvanos».

Luego de haber sufrido tan traumática experiencia, plasmó lo vivido en «The Chief Witness: Escape From Modern-Day Concentration Camps» (El Testigo Principal: Escape De Un Campo De Concentración Moderno), escrito junto a la periodista Alexandra Cavelius.

Sustracción de órganos humanos

«El Testigo Principal: Escape De Un Campo De Concentración Moderno», libro escrito por Sayragul Sauytbay y Alexandra Cavelius, detalla el calvario que debió transitar la kazaja.


Entre las tantas atrocidades vislumbradas durante su estadía en dicho campo de concentración, Sauytbay dedicó uno de los primeros capítulos de su libro a la venta de órganos. Reclusos sanos eran marcados con una cruz y se los trataba diferente.

Dicho tratamiento diferencial intrigó a la médica que, poco tiempo después, dio cuenta de que estos prisioneros «seleccionados» desparecían de sus celdas a altas horas de la noche, arrastrados por los guardias a través de los pasillos del establecimiento.


Tras leer sus expedientes, también marcados con una X de color rojo, obtuvo la respuesta que tanto buscaba: los órganos de estas pobres personas eran sustraídos y luego vendidos a clínicas de Turkestán, siendo un producto codiciado por ciudadanos árabes.

«Crudos gritos de un animal moribundo»


«Sonaban como los crudos gritos de un animal moribundo», admitió. Así describe los desgarradores llamados de ayuda de cientos de prisioneros dentro del gulag.

Tras concluir con su exposición sobre la venta de órganos, procede a describir las terroríficas horas de guardia a las que era sometida, estando la luna como único testigo y compañía. Gritos como los que escuchó aquellas solitarias noches son casi irreproducibles.

Después de dos o tres días en el campamento, sus oídos percibieron los primeros desgarradores alaridos, resonantes en todo el enorme salón y filtrándose en cada poro de su cuerpo. El vértigo subía lentamente por sus piernas mientras su cuerpo se helaba.

«Nunca había escuchado algo así en toda mi vida, gritos como ese no son algo que se olvide. En el momento en que los escuche, sabía qué tipo de agonía está experimentando esa persona. Sonaban como los crudos gritos de un animal moribundo», expreso.

Desapareciendo a los muertos

Hasta el día de hoy, familiares de reclusos cuyo paradero es todavía desconocido piden justicia. Algunos de ellos sin saber si realmente su pariente murió o continúa con vida dentro del campo de exterminio.


Siendo otro día en el «infierno», y mientras oficiaba de médica leyendo expedientes clínicos y perfiles psicológicos de prisioneros, encontró un misterioso documento rotulado Instrucción 21. Su curiosidad le impidió volver a dejarlo donde lo había visto.

«Todos los que mueran en el campo deben desaparecer sin dejar rastro», podía leerse. Asimismo, indicaba que los signos de tortura en los cuerpos debían ser irrastreables y que en caso de fallecer un recluso, su pérdida debía mantenerse en absoluto secreto.

Cualquier evidencia, prueba o documentación sería entonces destruida de inmediato. Miembros de la familia del difunto eran, en el menor de los casos, engañados con vagas excusas sobre la defunción del ser querido. Al resto, ni siquiera se les informaba.

«La habitación negra», una cámara de tortura

Sauytbay no podía hacer más que mirar con piedad a los reclusos inconscientes, mientras eran arrastrados de las muñecas por los pasillos de la prisión. Se los llevaba a una infame habitación de tortura.

Durante su rutina como «maestra», Sauytbay notaba como varios de sus «alumnos» gemían y se rascaban hasta sangrar. No sabía decir si estaban realmente enfermos o se habían vuelto locos. Incluso llegaba a desmayarse, desplomándose sobre sus sillas.

Cuando esto sucedía, los guardias llamaban a sus colegas, quienes entraban apresuradamente, agarraban a la persona inconsciente por ambos brazos y se la llevaban como un pedazo de carne, arrastrándola mientras sus pies rozaban el suelo.

Aquellos «desgraciados» tenían la mala dicha de ser llevados a la infame «habitación negra». Allí, los prisioneros eran atados por las muñecas y los tobillos, amarrados a sillas que tenían clavos que sobresalían de los asientos y torturados por horas.

Extracción de uñas en manos y pies.


Uno de las tantas ilustraciones de la médica en las que intenta graficar las cruentas escenas de tortura que ocurrieron delante de sus ojos. Encadenados e indefensos, los presos eran puestos a prueba.


Continua ampliando la horrida descripción del lugar, incluyendo mesas repletas de todo tipo de herramientas y dispositivos de tortura. Entre ellos, garrotes policiales, varillas de hierro e incluso armas e implementos que parecían sacadas de la Edad Media.

Sin embargo, nada podía compararse con aquel instrumento utilizado en manos y pies, para extraer uñas. El grotesco piso estaba rodeada de ellas, complementándose a la perfección con la sangre de los reclusos. Hubiese esperado que fuese todo pero no.

A un lado de la habitación, como trofeos, una hilera de sillas diseñadas con diferentes propósitos. La madre de 44 años estaba segura de que no saldría con vida de allí y menos después de haber visto lo que vio. Hoy difunde su cruda historia desde Suecia.

Fuente: Editorial Perfil
JFG