El largo retorno del no olvido…

Como puedo creer y explicarlo
que quien me moviera el piso
hace ya tantos largos años,
al conectarme con ella
en el día de su cumpleaños,
solo por su hija que me ofreció
su teléfono, solo le respondí
que le preguntara a su madre
si seria de su agrado y la respuesta
fue un ¡por supuesto! sorprendente.

Por esas cosas de la vida
vuelvo a sentir como aquel día, 
en que era una bella mujer
de modos elegantes y sonrisa brillante,
una sensación cuasi-adolescente.

Me negué ni siquiera a seducirla
en aquel lejano tiempo de encuentros,
porque bien sabia de su compromiso.

Mis entrañas morían de ganas por hacerlo,
pero no deseaba una comedia de enredos,
ni que ella se molestara, por proponérselo.

Ahora estoy esperando, que sea la hora 
de llamarla, así quedamos hoy al mediodía,
volveré a escuchar su voz candorosa,
el bello rostro de una mujer, de aquellas
únicas que son muy difíciles de encontrar…

Rescátame

No te sorprendas por esto
necesito que me rescates,
de esta soledad que hace estragos
en este momento tan especial,
donde mi camino es tan desangelado.

Te preguntarás, tan débil eres
te contestare, más de lo que supones.
Hasta en este tránsito errante
he de preguntarme, quien soy
de aquel que tiempo atrás fui,
filósofo de la vida, caminante
incansable de esta vida que elegí.

Si llego a ti con esta confesión
es porque necesitó que me abraces
tan fuerte como te sea posible
y que en ti la paz encuentre
en esta confusión tan lacerante.

No me molestara si te niegas,
sé que también no debería pedírtelo,
pero eres para mí la última esperanza
de volver a ser la mitad de aquel que fui.

Imagen: Gentileza go.hotmart.com

El valor de ser. Final

A los treinta y cinco minutos de espera,
abrió la puerta un hombre corpulento
que no bien la vio, sus ojos la miraron
de manera extraña, así le pareció a Joyce.

No se equivocó, sintió al apretar su mano
el sudor del hombre que resulto desagradable,
ambos tomaron asiento y él se presento,


-Mi nombre es Robert Jones, me puedes
llamar Bobby, si quieres –


-Encantada Sr. Jones, soy Joyce Cárdenas
y vengo por esta citación por la beca-


-Bueno…bueno…mi bonita jovencita,
vayamos paso a paso, despacito. Que esta
sea una bella experiencia para ti,
que además bien merecida la tienes.
Sabes? Tienes que llenar unas formas
administrativas que son excluyentes,
pero no te preocupes te ayudare con ellas,
eso sí, ven siéntate a mi lado para guiarte.-

Joyce, era muy joven pero no estúpida,
jamás había permitido que ningún amigo
o compañero de escuela, la acosara.
También sabia de chicas que se prostituían
para pagar sus estudios. Estaba muy lejos de eso.

-Sabe Sr. Jones, estaré más cómoda aquí
demostrare que puedo completar las formas,
y le pediré que me aclare algo que no entienda,
le parece?-

-Turbado, el citado Sr. Jones con profuso sudor
solo atino a contestarle, bueno como tú quieras-

Joyce no demoro más de treinta minutos
en completar las 45 carillas de su futuro legajo, 
luego de ello se lo paso a Jones, sorprendido
y con una forzada sonrisa, la saludo al salir.

Joyce salió de la oficina, paseo por los jardines
de Stanford con una gran sonrisa en sus labios,
sabia ahora luego de lo pasado, que más cerca
estaba de alcanzar su objetivo y de manera digna,
así como le habían enseñado, con esa noble madera
que la había moldeado en su propio y amado entorno.

El valor de ser – Parte I

Joyce se sabía bonita
desde hacía ya tiempo,
al llegar a su adolescencia
su cuerpo se había transformado,
y brotaba de él, pura sensualidad
por todos y cada uno de sus poros.

Sin embargo, cero soberbia
deseaba ganarse un beca,
en la intermedia privada
que sus padres costeaban
con grandes sacrificios.

Su sueño, era más que eso 
el esfuerzo de superar la admisión 
e ingresar a Stanford,
su empeño había logrado
ser el más alto promedio
de este, su fin de ciclo 
en el high school ese año.

No le interesaba caminar
desde el condominio donde vivía
en las afueras de San Francisco,
como tampoco trabajar una horas
en un supermarket cercano,
para sus gastos y ayudar a sus padres.

Ya había tramitado y planificado
desde hacía dos años, junto a su padre
la solicitud de beca, que constaba
de un seguimiento de sus estudios
que cursaba en el high school.

Se sorprendió y salto de alegría, un día
cuando metió su mano en el buzón
sacando un sobre con el logotipo de Stanford,
sus manos temblorosas lo abrieron
para salir corriendo y contarle a sus padres,
que la citaban para concretar la beca
como así todos los requisitos de admisión.

Llego el día, y busco de su armario
lo mejor que tenía para ponerse,
encontró una camisa blanca y una pollera negra
lo que le pareció lo mejor para presentarse.

Le calzo perfecto, hubiera sido lo mismo
si se hubiera puesto un trapo encima,
tal era su encanto y abrumadora belleza.

Llego media hora antes, nerviosa
le dijeron que esperara en el corredor
invitándola a sentarse y que aguardara.

¿Como explicarlo?

Al salir de ese bar del bajo San Telmo
trastabillo, y debió sujetarse al marco
de la puerta, el alcohol había hecho estragos
en su humanidad y disparo varios vómitos,
tan confundido estaba que caer se dejo
para apoyar su espalda sobre el muro
del lugar en que no sé cuántas horas paso. 

Lucía un traje, camisa blanca y corbata
desanudada de su cuello que bajaba 
por debajo del cinturón, lo que le daba
un aspecto de abandono, que sentí lastima
por él, raro en mí que no comulgo con la lastima.

Me acerque despacio y agachándome le dije
-Hola flaco, te veo muy mal. Necesitas ayuda?-
levanto su vista y me miro, riendo convulsiva-mente.
Me pregunte, de los dos cual era el más infeliz.

Cuando me incorpore y estaba por irme,
escuche un murmullo –espera, no te vayas-
volví a mirarlo molesto y seriamente
le dije –flaco, hoy no estoy para joda-

Su voz sonó como conteniendo un llanto,
lanzando un –sabes, la perdí para siempre-
Qué? ¿ Algún problema, te dejo una mujer?
-No, me llamaron cuando estaba en el trabajo,
era el portero del edificio…el nene…sabes-

-¿Qué? ¿ Le paso algo a tu hijo ?-
-No sé cómo, se subió en un descuido
por encima del protector del balcón 
y dicen que saltando se mató en el acto.-

Me estremecí, pensé en los míos
-Decime, que edad tenia tu hijo?-

-Doce, sabes el que está frente tuyo
es el culpable, muy poco lo escuche
cuando venía con algún problema,
nunca lo abrace, siempre lo presione
para que fuera el mejor en todo.-

-¿Pero cuando me dijiste
la perdí para siempre, de quien hablabas?-
-Mi mujer me venía diciendo hace tiempo
lo alejado que estaba de mi hijo y lo duro
que era con él, pero solo trataba de ayudarlo.-
-Así, que ahora los perdí a ambos…-

Parado frente a él, no podía hacer más
que ofrecerle llevarlo adonde fuera,
pero segundos antes de que se lo dijera
se puso de pie y se enfrentó a un colectivo.

Quedo tirado como un muñeco roto
en la calzada, al tiempo era todo morbo
de quienes solo se detenían y miraban.

Se acercó un policía y me pregunto
si lo conocía –le dije del tormento 
que según me dijo estaba pasando-
Le di mis datos y me quede esperando,
llego un móvil policial, luego una ambulancia
subieron el cuerpo y se lo llevaron. 

Me tome la cabeza, la tragedia no avisa
nos espera a la vuelta de una esquina,
pero generalmente como en este caso
es la ignorancia de historias pasadas
por las cuales, no hemos aprendido a amar.

Adiós hermana, nos vemos en la próxima vida…espérame.

Escuche el celular vibrando en sueños, 
una y otra vez, encendí la luz, 
busque aun dormido mis gafas 
tomándolas con mis manos,
al ver la hora de madrugada 
leer quien me llamaba, 
era una obviedad que nada 
bueno podría haber sucedido.

Hola…-Tío, mi sobrino Germán
diciéndome “la mamá se fue con Dios.
No habían pasado doce horas
que habíamos estado junto a ella,
cuando fui el último en acariciarla
susurrándole de que no cesara de luchar
que como tantas veces en su vida,
por el milagro que su fe reclamaba
no dejara de saltar un nuevo obstáculo,
como otros cruentos momentos superados.

Vino a mí una sensación de profundo enojo,
fue solo un instante, respondí adormecido
“nos encontramos en el Hospital en veinte”,
no se cómo en cinco ya estaba en la calle
mi mente solo juzgaba porque casi siempre,
los inocentes, son los que primero parten.

Subí al auto, pandemia en curso
transito más que fluido,
llegue al hospital y un abrazo partido
le di a cada uno de mis sobrinos.

Al ingresar, nos detuvieron
y al preguntarnos las razones,
solo al mencionar un deceso por COVID
nos dejaron entrar de a dos
a terapia donde nos anunciamos,
la espera fue un martirio
de ansiedad y llanto contenido,
debimos cumplir con los protocolos
recién allí y solo de a uno a la vez
ingresamos al box, en donde ella yacía.

Ingreso su hijo menor, Maxi
no demoro mucho en salir
porque su dolor ya lo laceraba
desde hace largos y traumáticos días. 

Entre, me acerque a mi hermana
a ese cuerpo inerte que no parecía ella,
su rostro era de sufrimiento extremo
los labios cortados por el entuba-miento,
unas vendas fuertemente ajustadas
alrededor de su cabeza, presionando
sus maxilares para mantener cerrada su boca.

Ella, en horas envejeció diez años
no importaba ya explicación alguna,
se había ido dejándonos el dolor a procesar
cada uno a su manera, hiriente como
se supone de toda muerte injusta.

Para las noticias, será un número
dentro de la cantidad de muertos,
para sus hijos comenzar a transitar
los recuerdos y el duelo tan temido.

Para mí, lo mismo mas cargar la frustración
de que el milagro no pudo ser posible.

Solo le pido a quien lo determino
que ahora adonde su alma vaya,
haga posible el reencuentro
con quienes le darán descanso eterno.

Solo aguardo un milagro.

Tras las gruesas cortinas
las penumbras vestidas
con la tenue luz de invierno
que atraviesas la ventanas,
me hacen ingresar al cuarto
no sin antes cumplir el protocolo,
del camisolín, de las gafas 
y el obligatorio tapabocas.

Observo un rostro y cuerpo
rodeados de vías y cables por doquier,
es como si fuera un envase impávido
de aquel cuerpo que ha sido,
hasta hace muy poco tiempo.

Miro con tristeza el parietal
descarnado, su cabello hacia atrás
como desplazado por tanta tecnología
en que denuncia sus signos vitales
que sigo en forma periódica, rogando el milagro.

Se que dicen que aun inconsciente
de tanto que he leído en este mes,
los pacientes la capacidad de escuchar
puede estar en ellos, latente.

Solo me acerco, abrigo el hielo
de su cuerpo, manos y pies
azulinos, morados, todo ello
helados por una circulación
que va claudicando de a poco,
la cubro con una manta 
creyendo inútilmente
que con ello, se sentirá más cómoda.

Dos de sus tres hijos están conmigo,
cada uno se acerca, acaricia su cabello ralo
y murmura entre lágrimas, 
unas palabras de amor en sus oídos.

Me acerco suavemente, la acaricio
le hablo de nuestros secretos guardados,
de que mamá y el Dios de Spinoza
en quien cree, están junto a ella.

De que la fe de Dios, es la fuerza
que recibe para que produzca 
el último y tan deseado milagro.
No puedo dejar de moquear
debajo del tapabocas, beso su cara
y a pesar de todos los pronósticos,
me sigo aferrando al milagro
por el cual, alguien parece no escuchar.

Es el ostracismo auto-impuesto,
ermitaño de este tiempo
deshojado y sin sentido,
que es doliente y va dejando
ese camino de lágrimas
que parece prenunciar
un final falto de matices.

Modos de tiempo

Tiempo de nacer
Tiempo de la teta
Tiempo del pañal
Tiempo de crecer
Tiempo de jugar
Tiempo de abandono de pañal
Tiempo de los “por que?”
Tiempo de estudiar
Tiempo de musica
Tiempo de bailar
Tiempo del primer amor
Tiempo de dolor
Tiempo de rebeldía
Tiempo de soñar futuro
Tiempo de impacto visual
Tiempo de atracción
Tiempo de seducción
Tiempo de juntar dos vidas
Tiempo de pasión
Tiempo de proyectos
Tiempo de convivir
Tiempo de criar
Tiempo de familia
Tiempo de crear futuro
Tiempo de disfrutar
Tiempo de acompañar
Tiempo de ayudar
Tiempo de partidas
Tiempo de nido vacío
Tiempo de renovación
Tiempo de motivar el amor
Tiempo de negarse
Tiempo de dejar ir
Tiempo de soledad
Tiempo de reflexión
Tiempo de reinventarse
Tiempo de la 2da. oportunidad
Tiempo de adoración
Tiempo de viajar
Tiempo de caída de la libido
Tiempo de sexólogo
Tiempo de caricias
Tiempo de añoranzas
Tiempo de soledad
Tiempo de volver a los pañales
Tiempo de partir

Recomiendo que toda aquella persona, que desee intercalar algún otro tiempo, puede hacerlo a su buen saber y entender.


Si pretende ir por un espacio de tercer tiempo, solo sugiero hacer terapia. 

Agradecimiento y breve regreso…

Debo comenzar agradeciendo tanto a aquellos que sigo o me siguen, como también a los que no, que tuvieran la extrema sensibilidad de acercarse a este sitio y solidarizarse, para darme ese respaldo anímico que todos necesitamos en esos momentos de dolor que cada uno de nosotros, lamentable e indefectiblemente atravesó o atravesara en su vida. Por ello nuevamente a mis amigos, mi sincera gratitud.
Debo decir, que mi última publicación fue el 28 de agosto pasado y pido disculpas a aquellos, que deberán aguardar el final inconcluso de “Misterio en Giverny”.
Por aquello de la brevedad, debo decir que mi querida hermana, se encuentra ahora en terapia intermedia, porque cuando se aprestaban a realizar el tratamiento oncológico, se le detecto COVID y debió ser aislada con respirador, sin poder recibir visita alguna, hace ya unos dieciséis días. 
A ello se agregó que tanto mi sobrino y yo, casi paralelamente a lo sucedido y solo con dos días de diferencia, contrajimos también la enfermedad. Los hisopados positivos y las manifestaciones de la misma, hicieron el resto sumándose a la ansiedad y angustia que para que decir, nos embarga a todos.
No obstante; hace unos pocos días volví a la plataforma desde que me había alejado, para leer a quienes escriben, los siga o no como es mi costumbre, ya que me resulta grato saber de sus emociones, ansiedades, sentimientos, humores, y todo aquello que a veces se descubre en las letras. No me prive como siempre; de algún comentario que creí considerar atinado.
Sin embargo; no dejo de observar en la app de la Institución en la que se encuentra internada y que tengo instalada en mi teléfono, dos o tres veces al día sus signos vitales y el parte que los médicos ofrecen diariamente a mis sobrinos, vía telefónica.
Ya han llegado sus dos hijos menores desde Chile, el primero con la obligatoriedad de tener que hacer el aislamiento de catorce días, al llegar a nuestro país en la casa de mi hermana, por lo que solo pudo turnarse conmigo unos 4 días, ya que él fue quien también contrajo COVID. En su caso, la convalecencia resulto más complicada dada la elevada temperatura corporal, que se resistía al anti-térmico y otros síntomas; tales como tos, dolor de garganta y de articulaciones.
En mi caso, quizás ya porque no me cocino, ni siquiera al tercer hervor, solo se limitó a que estuviera febril durante un par de días y con un gran cansancio corporal, que aún hoy se mantiene. Ambos tuvimos la fortuna –si así, puedo decirlo- de cursar la enfermedad en nuestras casas, sin necesidad de hospitalizarnos.
Casi siempre; el cuerpo avisa aquello que nos afecta el alma. En Chile hace veinte años, se encuentra su segundo hijo, quien construyo su futuro y una hermosa familia. En diciembre del año pasado y dada la situación de permanente volatilidad de nuestro país, se dirigió a Chile su hijo menor, el tercero junto a su esposa, para radicarse en el país trasandino e iniciar un emprendimiento, apostando a un mejor futuro. 
Justamente; el hijo menor que la acompaño los últimos 20 años de su vida. Una casa inmensamente grande para ella en donde en el pasado, se oían risas infantiles o esos entredichos de adolescentes, y que ahora solo era silencio y recuerdos que se agolpaban en la triste y amarga soledad. 
Mi hermana los crió ejerciendo una autoridad no doblegable, pero también con un infinito amor. Hoy; están viviendo lo más difícil. Esa situación que uno que jamás quisiera vivir, como cuando hace 20 años perdí a mi madre, luego de un largo trajinar de diecisiete años. Estuvo siempre bien; lucida y activa, hasta que el fallecimiento de su hijo mayor, luego de una larga enfermedad -mi hermano-, provoco que su estado de salud comenzara a declinar. 
Ahí, se fue yendo poco a poco. Siempre golpea en mi memoria, su pedido sorpresivo, que fue como un ruego inesperado. Solo murmuro: “no me abandones”..
Se me cayó el cielo encima; como un yunque sobre mi cabeza. 
Es aun el día de hoy, en que no logro comprender esa demanda. Me pregunto una y otra vez, que fue lo que hice mal.
Fui quien en esos 17 años; estuvo acompañándola a su médico, como a cuanto estudio fuera necesario hacerle, visitarla casi diariamente o quedarme a la noche para hacerle compañía y mimarla.
Hasta a veces, le decía – ¿Mamá, no preferís que alguna de mis hermanas, te acompañen al médico?- y proseguía –sabes porque te lo digo, porque debo sacarte y ponerte el corpiño, quizás tengas vergüenza-
Y me respondía –Por favor, te di la vida. Tú eres mi bastón y contigo me siento acompañada y contenida.-
Siempre nuestra comunicación; fue diferente a la que podía mantener con mi hermano o hermanas. Era como un Edipo al revés -sería hipócrita-, decir que no me agradaba-  pero era tan evidente, que como hijo menor en las situaciones que pasaban en la casa familiar, siempre resultaba no el más querido, pero si el más preferido. Vaya a saber por qué. Quizás por ser el menor, llegado al mundo con una diferencia de casi siete años, de esta hermana mía que estamos aguardando, y que continúa luchando por su vida.

Ha habido personas cercanas que han hecho cadenas de oraciones, gente apreciada que cada día nos manda su aliento, nos hemos constituido en conocidos y desconocidos en un verdadero ejército, en donde cada uno le pide a la Deidad en quien cree, por su recuperación…


Vaya nuevamente; mi gratitud a todos y cada uno de aquellos, que han pasado a darme una palabra de aliento.

Sin aviso…

El día se está yendo
como pidiendo permiso,
demasiado lento
para mi gusto,
con ese profundo dejo
de sabor amargo.

Silencio que daña,
que provoca angustia
dadas las horas
que como un continuo
impávido, uno ve deslizarse
no solo en el tiempo que fluye,
con la llegada indescifrable
de pensamientos voraces,
que inundan mi cerebro
sin dejar de traer consigo
ese nulo y ciego futuro.

Que difícil explicar
lo que debe agolparse
en ella, mi hermana
en sus sienes, creyendo
de que es quizás, leucemia.

Sensaciones encontradas,
desde la negación hasta
pensar que hay vuelta atrás,
o la resignación de aceptar
que ha llegado, algo inesperado
para ahora esperar que
quienes saben, nos digan
cómo y con que enfrentarlo.

Al temor ni siquiera lo muestra,
pero su mirada clama ayuda,
la que fuera para evitar
lo cruento que se avecina,
un calvario que aun
no ha comenzado,
y una espera odiosa
de cada desangelado día.

Es la indescriptible sensación
de impotencia y frustración,
de quienes solo amándola
estamos cerca para la contención.