Sobre dos libros sapienciales.

El habla del silencio

Los viernes nos encontramos con María Domínguez en el Náutico, el parador de playa. Desde sus ventanas puede verse el mar, el oleaje se va apaciguando después de la última sudestada. 

Esta tarde María me trae un libro prometido, el que escribió con Juan Forn y que Juan no alcanzó a ver. 

Debo admitirlo, cuando uno está ante un libro escrito por dos trata de discernir qué del texto pertenece a uno o a otro. En este caso no es sencillo, y menos considerando que María es librera y también una lectora nómade en sus gustos, que no cesa de sorprender con sus hallazgos. 

A veces me pregunto si este don suyo procede de sus estudios de arqueología. Tal vez la respuesta está en una conjugación de las dos prácticas complementarias con un mismo objetivo: salvar cosas del paso del tiempo, que no se pierdan. Otro dato no menor: María es una poeta reservada, cautelosa, que escarba en el lenguaje de la pérdida: “Después de nadar mar adentro/ ibas hasta la rompiente / buscando el impulso que te saque a la orilla. / Entraste en la ola / seguiste la curva/ y saliste del mundo”, escribe. Hay un silencio irreductible en estos versos. Es así: “Un silencio denso / cae sobre las cosas”. 

Y ese silencio remite al libro que escribieron juntos. Al silencio, justamente, se refiere “Nieblita del Yí”.

“Discutimos mucho cada palabra, cada frase”, se acuerda María. Y se ríe de sí misma: “Yo no soy japonesa, / soy geselina”, ha escrito en un poema. Y volviendo al libro, cuenta: “Juan era obsesivo. Y yo terca. Pero nos reíamos mucho. Sonaba oriental Yí, pero era guaraní. Quiere decir río fuerte, duro. Y nombra un río uruguayo que nace cerca del Chato, cerca de la cuchilla grande de Durazno”.

“Nieblita del Yí”, fue ilustrado con delicadeza cromática por Teresita Olhaberry. 

Ella y su compañero, el escritor Pablo Franco, ambos editores del sello La Flor Azul, andaban un domingo curioseando por la feria de Tristán Narvaja en Montevideo. 

En una librería de usados detectaron la novela “La tierra purpúrea” (1885) de William Henry Hudson en traducción de Idea Vilariño. Es sabido, Hudson, un naturalista argentino extrapolado en Gran Bretaña, fundador de la primera gran biblioteca ornitológica de Sudamérica, mantuvo amistad y correspondencia con Joseph Conrad y Ford Madox Ford. 

En sus cartas les confiaba el deslumbre por este sur y sus historias. De la seducción que destila “La tierra purpúrea” Borges diría que es una obra primordial del criollismo y uno de los pocos libros felices sobre la tierra.

Entusiasmados con el texto de Hudson, Pablo, Teresita, María y Juan eligieron adaptar uno de sus tramos en versión para “chicos”, y las comillas, en este caso, no son gratuitas: “Nieblita del Yí”, con su encantamiento, funciona como infantil, pero trasciende el género y opera como cuestionamiento a la relación que mantenemos los adultos normalizados con la naturaleza que suele resultar distante.

Al terminar una guerra, un veterano de la guerra entre blancos y colorados de la Banda Oriental, llega a un rancho donde viven una vieja y una nena. La nena está triste: no tiene amigos ni tampoco le han contado nunca un cuento.

Relato dentro del relato, el veterano le narra a la nena la historia de Alma, una nena que debía su tristeza a no poder hablar con el paisaje brumoso del río y su fauna. Una mujer de piel negra surge de la niebla del Yí. Si quiere hablar con la naturaleza, le dice, debe clavarse una aguja en la lengua. Contra las reticencias del lector desprevenido, Alma empieza a comunicarse con unos perros, una zorra, un pato. Y hasta puede escuchar la conversación de los árboles.

Que la humanidad está aturdida no es ninguna novedad. El lingüista Noam Chomsky, a sus noventa y pico, no se cansa de criticar el capitalismo. 

Y si no se le presta atención no se debe sólo al tronar de las bombas y misiles de los dieciséis conflictos bélicos que aterran el planeta, el fragor de los incendios, y los desastres de las políticas extractivas. 

La alienación y la voracidad consumista explican esta sordera. Y “Nieblita del Yí” parece sugerirnos la exigencia de un silencio respetuoso ante la naturaleza y escuchar qué nos está diciendo.

El otro libro que esta tarde trae María al Náutico es el “Tao Te Ching” de Lao Tse en versión de Ursula Le Guin. La primera vez que Le Guin vio el libro era una nena como la protagonista del cuento de Hudson. 

Se trataba de una edición de 1898 y contenía grabados y caracteres chinos en la cubierta. Era un objeto venerable y misterioso. Su padre lo leía a menudo y tomaba notas. Más tarde le confió a la hija que le gustaría que algunos pasajes fueran leídos en su funeral.

Es cierto que el Tao ha sido interpretado como un manual para gobernantes, pero esto sería limitar su alcance. 

Desde hace más de dos mil quinientos años el Tao se las ha ingeniado para transformarse, además de en pilar de la filosofía budista, material de consulta de más de un pensador occidental que encontró aquí claves para orientarse en momentos de crisis extremas, tanto colectivas como personales.

Su espíritu atrajo tanto al refinado grupo de Bloomsbury como al marxista Bertolt Brecht, quien escribió el poema “Leyenda sobre el origen del libro Tao Te King, dictado por Lao Tse en el camino de la emigración”.

 

Escribe Brecht: “A los setenta años, ya acabado/ el maestro sintió un ansia de paz. / Moría la bondad en el país/ y se iba haciendo fuerte la maldad.” La resonancia con el presente no es casual. La injusticia se enseñoreaba en su tierra. “Juntó unas cosas necesarias. / pocas. Pero algo más tenía que llevar. / La pipa que fumaba cada noche. / El libro que leía a todas horas. / Algo de pan blanco”. Lao Tse y su guía caminan cuatro días. Un aduanero los detiene, les pregunta qué traen de valor. “Nada”, le contesta el viejo. El guía le explica al aduanero que el viejo es un maestro, que enseña que “el agua blanda termina por vencer la piedra”. 

El aduanero les ofrece entonces parar en su casa a cambio de sus enseñanzas volcadas con tinta en papel. Durante siete días, el maestro le dicta al guía las 81 sentencias que componen el libro legendario, tan breve como conciso. La última se refiere a la aparición de lo esencial, y Le Guin la traduce como “Lo verdadero”: “Las palabras verdaderas no son gratas, / las palabras gratas no son verdaderas. / Las buenas personas no son obstinadas, / las personas que son obstinadas no son buenas. / Las personas sabias no son eruditas, / las personas eruditas no son sabias. / Las almas sabias no acumulan, / cuanto más hacen por otros más poseen, / cuanto más dan a otros más ricos se vuelven. / El camino del cielo beneficia sin destruir. / Actuar sin competir / es el camino de los sabios”.

María se vuelve a la librería. Y yo me vuelvo a la cabaña con los libros. Lo único que sé es que acá en el bosque, donde escribo estas reflexiones, si a esta hora del anochecer uno guarda silencio, además del susurro de la brisa pueden escucharse unos pájaros tenues que le dan la bienvenida a la oscuridad y se despiden hasta mañana.

Imagen de portada: Ilustración de Teresita Olhaberry

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Buenos Aires.Argentina. Por Guillermo Saccomanno. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Filosofía/Vida

El último viaje

Sin saber
cuando pasara
aunque se que
es cercano,
mi cuerpo
se va alivianando
de toda vestimenta,
porque bien se
que ya no la usare
en el lugar
donde el tren
de la vida
detendrá
su marcha
en mi ultima
estación.

¿Temor?
Puede existir
miedo en el transito
a la vida eterna?
donde todo
es luz y amor,
vergel inigualable
para la vista
de quien llega,
con la certeza
de que esa
nueva vida,
es un regalo
de quien nos
ha hecho
a su imagen
y semejanza.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

El tiempo

Que difícil
es hoy
detenerse
un minuto,
ponerse
a mirar
hacia
los lados,
para descubrir
algo
que penosamente
hemos ignorado,
cometiendo
el pecado
de no regalarle
nuestra mirada,
sea un edificio,
una mujer hermosa,
alguien que sentado
en la vereda
nos extiende la mano,
pidiendo nuestra
misericordia,
cuan ciegos
somos
en una finitud,
que solo
nos da un signo
de interrogación,
inclusive ahora
finalizando
de escribir
estas líneas.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Desconocida SOS

Hoy leí
como siempre
la entrada
de su blog,
porque se
que no escribe
poesía ni temas
de ciencia
o de actualidad.

Se desahoga
buscando en las letras
respuestas
que dificilmente hallara,
pero lo que si
doy fe
que sabe escribir,
transmitir
broncas, emociones
pero nunca odio,
siempre va juntando
tanto dolor
o confusión,
como si sonaran
luego sus gritos
a personas
quizás muy cercanas
pero que desconocen,
lo que ella necesita
comprenderla
sin siquiera hablar.

Me encanta leerla,
quizás porque
coincidimos
en preguntarnos
tantos porque
de como
va la vida.
solo nos
diferencia
que disfruto
lo que tengo,
mientras espero
desde hace
años que el mundo
se transforme
en algo mas
amigable.

Pero no la conozco
ni ella a mi,
solo por las letras
o algún comentario
al pasar,
pero no hay remedio
somos dos de tantos
en el medio
de un encuentro
en esta plataforma,
pero como
me agradaría
invitarla a un café
para que haga
su catarsis
de todo lo
que en los hombros
le sigue pesando.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Psicología: A veces cuando dices ‘Estoy bien’ solo significa que estás pasando por un momento difícil.

El mundo quizá se está derrumbando. Me siento perdido y miserable, sin mencionar que todo en mi vida no está funcionando como lo planeé. Esas citas positivas o películas con final feliz no me hacen creer en la esperanza, y sé que perder la esperanza no está bien. ¿A qué se debe?

Cuando digo “estoy bien”, a veces significa que en realidad algo me duele por dentro. Tal vez perdí a esa persona o dos a quienes realmente amaba. Tal vez espero demasiado del universo para devolver el amor que le di a otras personas.

Estoy siendo demasiado humano y lo único que quiero en esta vida es conseguir el amor que merezco. Mis propias expectativas y esperanzas hacia esos amores no correspondidos son las que trajeron desilusión a mi propia vida, y sé que esperar demasiado no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, la mayoría de las veces, no sé cómo pedir ayuda. Me siento atrapado entre mis propios miedos y la desesperanza, simplemente porque sé que la única persona que puede ayudarme soy yo.

Sé que no importa cuántas personas quieran ayudar, la clave para sentirse mejor es solo cambiar mi propia perspectiva de la vida. Pedir ayuda solo me hará creer que soy incapaz de cuidar de mí mismo, y sé que negarme a que me arreglen no está bien.

Cuando digo «estoy bien», es una guerra dentro de mí mismo porque, en realidad, quiero que alguien diga «estoy aquí» o «sé que no estás bien», pero quiero que me dejen solo todo el tiempo. al mismo tiempo. Quiero hacerle entender a alguien que hay miles de historias que quiero contar si no me juzgan.

No quiero que la gente juzgue que no soy una buena persona. Vivo mi vida a través de las opiniones de la gente y sé que eso no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, me sentiré culpable simplemente porque mentí. 

Tengo esa mala costumbre de pensar demasiado en todo, pero no quiero que lo averigües. Quiero guardar mis arrepentimientos, errores, defectos, debilidades y esas inseguridades solo para mí, simplemente porque tengo miedo de confiar en la gente.

Sé que una vez que me abra a la gente, me desarmarán poco a poco y me dejarán. Sé que tener un problema de confianza no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, es porque no quiero ser una carga para nadie más.

Sé que todo el mundo está ocupado con su propio negocio y la gente está librando sus propias batallas. Quejarme o contarle a otras personas sobre los contratiempos en mi vida solo me hará sentir culpable por hacer que mis problemas también se conviertan en sus problemas.

Agradezco el apoyo, pero tarde o temprano volveré a fingir mi sonrisa para convencerlos de que estoy bien. Sé que fingir mi propia tristeza no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, espero que entiendas que actualmente estoy peleando mis propias batallas y quiero que ores por mí con todo tu corazón.

Necesito que me abraces en silencio sin siquiera obligarme a decir la verdad.

Quiero que seas paciente mientras busco la manera correcta de pedir tu ayuda.

Necesito que entiendas que no es fácil para mí abrirme y lo siento por ser tan difícil.

Por favor, no te enojes conmigo solo porque guardo silencio; Te lo contaré todo cuando llegue el momento. No tiene nada que ver contigo; soy yo.

Cuando digo “No estoy bien”, ese es el momento en que estoy listo para decirte la verdad.

Imagen de portada: Gentileza de Pexels. A veces el ‘Estoy bien’ es una máscara a la tristeza.

FUENTE RESPONSABLE: Terra. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Vida/Psicología

La gente medieval dormía de otra manera: ¿por qué dejamos de hacerlo?

DOS BLOQUES

En el pasado la gente solía dormir en dos tramos durante la noche, y aprovechaba para rezar, ir a visitar a sus vecinos o charlar en la cama y compartir confidencias.

Hay pocas cosas en la vida en la que toda la humanidad se ponga de acuerdo, a pesar de que en estos tiempos pandémicos hemos podido observar con perplejidad cómo el mundo entero se confinaba y aplicaba unas medidas similares. 

Una de las pocas cosas en las que coincidimos todos, provengamos de donde sea, es en aquello de dormir, lo hagamos mejor o peor. Todos (siempre que podemos) elegimos la noche para ello, por razones obvias, y descansamos tumbados, en lugares mullidos e ideales para buscar el sueño. ¿Siempre fue así? 

En realidad, tenemos pruebas de que no. Las ocho horas reglamentarias que en tantas revistas nos aseguran que son algo así como la llave para conseguir la vida eterna y el cutis más bello, son en realidad una cosa relativamente moderna. No es algo que digamos nosotros, sino que se lleva estudiando desde hace tiempo. 

Según Roger Ekirch, historiador del sueño de la Universidad de Virginia, el patrón del sueño dominante desde tiempos inmemoriales era en realidad bifásico. En otras palabras, nuestros antepasados dormían en dos bloques de cuatro horas (así que, en el fondo, cumplían también aquello de las ocho horas. Aunque de manera diferente). 

Ekirch estaba estudiando registros que abarcaban la Edad Media y la Revolución Industrial cuando se topó en varias ocasiones con las palabras ‘primer sueño’. Así descubrió que se dormía en dos bloques. 

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¿Y qué hacían entre medias? 

«Estos dos bloques estaban separados por un periodo de vigilia que duraba una hora o más», explicó el historiador en otra ocasión. 

«Durante ese tiempo algunas personas se quedaban en la cama, rezaban, pensaban sobre sus sueños o hablaban con sus parejas. Otras, en cambio, se levantaban y realizaban diversas tareas, e incluso visitaban a sus vecinos antes de volver a la cama». 

Se sabe de muchos personajes históricos (Leonardo da Vinci, Edison, Nikola Tesla…) que dormían unas cuatro horas por noche y después se echaban una pequeña siesta a lo largo del día.

Y viene de largo. Por supuesto, Ekirch no sacó sus conclusiones de la nada, sino que estudiando registros que abarcaban la Edad Media y la Revolución Industrial se topó en varias ocasiones con las palabras ‘primer sueño’. 

Según los testimonios, que se remontan a la ‘Odisea’ de Homero, y llegan hasta los ‘Cuentos de Canterbury’ de Chaucer, esta costumbre estaba totalmente extendida, hasta que, de pronto, dejamos de hacerlo.

Pero, además de estas obras, también descubrió que cientos en cartas, diarios, libros de texto médicos, escritos filosóficos, artículos de periódicos y obras de teatro hablaban de lo mismo. Y lo más sorprendente es que el hábito no se reducía a Europa, sino que también estaba extendido por África, el sur y el sudeste de Asia, Australia, Sudamérica y el Medio Oriente. Y de pronto se olvidó, como otras costumbres extendidas o esos objetos particulares que se encuentran en las excavaciones arqueológicas y nos hacen parpadear perplejos por lo que nuestros antepasados hacían. Pero, ¿por qué ‘pasó la moda’?

Luz, más luz

Ya lo dijo Goethe antes de morir. Parece bastante claro que la invención luz artificial fue la que modificó una costumbre tan arraigada en la sociedad mundial. Según el propio Ekirch, las bombillas alteraron para siempre la relación del hombre con la noche, que pasó a ser ese período de tiempo que prolongaba el día. Durante ella se podía acudir a reuniones sociales, al bar o al teatro. 

El hábito no se reducía a Europa, sino que también estaba extendido por África, el sur y el sudeste de Asia, Australia, Sudamérica y el Medio Oriente 

La cama no nos llamaba ya con tanta antelación, y los horarios del hombre dejaron de estar tan influenciados por los astros. Apareció además el turno nocturno, pues si la noche servía para pasarlo bien también podía ser útil para trabajar. Para optimizar el tiempo, era mucho mejor dormir del tirón, aunque había mucha más libertad para irse a dormir cuando se quisiera, ya que la oscuridad ya no era un problema y tampoco había que hacer especial caso al canto del gallo.

El sueño ancestral

Según un artículo publicado en ‘BBC‘, una noche de sueño en el siglo XVII era algo así: desde las 21:00 hasta las 23:00, los que tenían la suerte de poder permitirse el descanso se dejaban ir durante un par de horas. La mayoría de la gente dormía entonces en comunidad, unidos a una gran variedad de chinches, pulgas, piojos, miembros de la familia, extraños, amigos y sirvientes. Para minimizar algunas posibles incomodidades, se estipulaban convenciones sociales estrictas que iban desde prohibir moverse demasiado a organizar las posiciones para dormir (las niñas solían acostarse a un lado de la cama, seguidas por la madre y después el padre, y al otro lado los niños). Un par de horas más tardes la gente comenzaba a despertar de este primer letargo, sobre la una de la madrugada. 

La mayoría de la gente dormía entonces en comunidad, unidos a una gran variedad de pinches, pulgas, piojos, miembros de la familia, extraños, amigos y sirvientes 

Lo más sorprendente quizá es que no se despertaban por alguna alarma o ruido nocturno, sino que lo hacían de forma natural igual que nosotros nos despertamos por la mañana. Entonces la gente compartía unas confidencias difíciles de emular durante el día, aprovechaba para trabajar o se daba a la religión. Después volvían a la cama.

¿Nuestra forma de dormir es la mejor?

La cuestión es, por muchas revistas que leamos que aseguran que las ocho horas de sueño seguidas son fundamentales, ¿qué vendría realmente mejor para nuestros ritmos circadianos? 

Después de cuatro semanas, los patrones de sueño de los participantes comenzaron a transformarse y ya no dormían en un tramo, sino en dos bloques.

Una investigación realizada por Thomas Wehr (científico del sueño del Instituto Nacional de Salud Mental) realizada en los años 90, un poco antes del descubrimiento de Ekirch, es bastante curiosa, incluso esclarecedora. Realizó un experimento con 15 hombres que tenían patrones de sueños normales, a los que se les privó de iluminación artificial durante la noche para acortar sus horas de luz. De las 16 a las que estamos acostumbrados, pasaron a diez. El resto del tiempo estaban confinados en un dormitorio sin luces ni ventanas. No se les permitió tocar música ni hacer ejercicio, y en su lugar se les recomendó descansar y dormir. Al principio, todos los hombres tenían hábitos normales y dormían en un turno nocturno que duraba desde la noche a la mañana. Pero entonces sucedió algo increíble: después de cuatro semanas, sus patrones comenzaron a transformarse y ya no dormían en un tramo, sino en dos bloques. Las mediciones de la hormona del sueño melatonina mostraron que sus ritmos circadianos también se habían ajustado, por lo que su sueño se alteró a nivel biológico. Wehr había ‘reinventado’ el sueño en dos fases. 

Quizá habría que tomarse de forma más natural y si tanta ansiedad esos insomnios que nos acucian en mitad de la noche.

¿Significa eso que es la mejor opción? 

Para Ekirch, la respuesta es un poco más compleja. Por un lado, opina que la manera de dormir de nuestros antepasados nos demuestra que esos insomnios tan típicos de medianoche, en los que nos despertamos y nos pasamos buena parte de la noche ansiosos e incluso tenemos que acabar haciendo uso de la química para volver conciliar el sueño, podrían ser mucho más normales de lo que consideramos, y habría que tomarlos con más naturalidad (aunque sea difícil porque, al fin y al cabo, muchas veces tenemos que despertarnos para ir a trabajar). 

Pero, por otro lado, es normal que las costumbres de sueño hayan cambiado (asegura) no solamente debido a la luz eléctrica. También hay que tener en cuenta que descansamos con mucha mayor tranquilidad que nuestros antepasados. 

No tenemos que ocuparnos de que nos asesinen en mitad de la noche, de morir congelados o de despertarnos con sabañones por culpa de algún piojo o alguna chinche. Y se agradece. 

En otras palabras, puede que un bloque entero de sueño no sea lo más natural para los ritmos circadianos, pero tampoco lo son los colchones ergonómicos o la higiene, así que no está de más ahorrarse las confidencias de madrugada o los rezos, si en lugar dormimos de una vez en una cama cómoda y mullida.

Imagen de portada: Una mujer durmiendo en una cama durante la Edad Media. (iStock)

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. Por Ada Nuño. Febrero 2022

Sociedad y Cultura/Vida/Dormir bien/Curiosidades

 

 

 

Un científico desafía a la muerte con las leyes de la física.

El divulgador noruego Andreas Wahl ha sobrevivido a un rayo, a un incendio y al disparo de un rifle. No es magia, es la teoría llevada a la práctica.

Explicar las leyes de la física no es una tarea fácil. Tanto es así que en algún momento alguien tuvo que inventar la historia de Newton y la manzana para ilustrar una fuerza que todos hemos experimentado decenas de veces con cada caída. Cuando se trata de explicar las leyes de la física, lo mejor es ponerse a uno mismo como conejillo de indias. Es lo que hace el físico y presentador noruego Andreas Wahl, que ha demostrado cómo se puede desafiar a la muerte si se conocen las leyes del universo.

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Gracias a Newton, a Benjamin Franklin y a Sadi Carnot, Wahl ha sobrevivido entre otras hazañas a un disparo en una piscina, a una caída de 14 metros, a un incendio y a la caída de un rayo. ¿Quién dijo que la teoría no podía salvarte la vida?

Physicist Andreas Wahl puts his body on the line on his tv-show «Life on the line»

Wahl, que ahora tiene 52.6 mil seguidores en Instagram, se jugó la vida para demostrar las leyes de la física durante el año 2016 en el programa noruego Med livet som innsats (Mi vida en juego), pero es ahora cuando las redes sociales han dado una nueva vida a sus experimentos. Se trataba de un programa de 8 episodios, 8 experimentos y 8 ocasiones en las que su vida pendía de un hilo, a veces literalmente, la mezcla perfecta entre la divulgación científica y Jackass.

En uno de sus experimentos más vistoso en Youtube, Wahl se disparaba así mismo con un rifle de asalto AG3 en el fondo de una piscina para demostrar cómo la densidad del agua (mucho mayor que la del aire) afecta a la velocidad de una bala. Wahl había medido la densidad, la velocidad de disparo del AG3 y la distancia a que colocarse para convertir el disparo en algo inofensivo. Ya solo le quedaba apostar su vida por la ciencia. Lo bueno de la física es que es la única fuerza que no viola sus leyes (no en estas escalas, pero nadie se jugaría el tipo con la física cuántica) y, efectivamente, la bala se fue ralentizando hasta caer rendida a los pies de Wahl.

En otro experimento voló por la ciudad agarrado a varias decenas de globos de helio como en la película de Up; en otro, atravesó un muro de fuego sin otra protección que una capa de agua como la del rocío de la mañana. En otra ocasión, para demostrar la segunda ley del movimiento circular de Newton según la cual los objetos con una fuerza centrípeta giran más rápido a medida que se aproximan al punto central, Wahl saltó de una altura de 14 metros atado a una cuerda con una pelota de hockey en su otro extremo. La pelota no estaba atada al poste, sino que debía girar alrededor suya hasta atarse sola para hacer de tope. Todo dependía del cálculo entre la velocidad de giro de la pelota y la de caída de Wahl. Él sobrevivió; si tu lo intentas, no te prometemos nada.

Por último, en una célebre demostración de la conducción eléctrica Wahl hizo caer un rayo sobre su cabeza. Él estaba vestido con un traje metálico que debía conducir la corriente a través de su cuerpo y estaba conectado a una toma de tierra. La corriente eléctrica le atravesó de la cabeza a los pies hasta desaparecer dejándole ileso. Al no haber habido ninguna resistencia eléctrica, no tuvo consecuencias en su cuerpo.

La física es así. Es teoría, pero también puede salvarte la vida.

Imagen de portada:Gentileza de Esquire

FUENTE RESPONSABLE: Esquire. Por Alberto Hernando. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Vida/Curiosidades/Física

Intenta…

Muere lentamente
el no viajar,
porque se que
en quien cree
le ha regalado
ese privilegio
por alguna razón.

Pero no es
solo eso
morir lentamente,
es también no leer,
no escuchar musica,
no reírse de si mismo.

Muere lentamente
quien no desecha
su ego devenido
en soberbia,
como también aquel
que no se deja ayudar.

Y así de igual manera
quien evita una pasión
negándose la explosión
de esas emociones.

Muere lentamente
quien con poder
sojuzga a los otros
sin misericordia,
creyendo que quedara
libre de rendir
cuenta alguna.

Si pensar en vivir, en arriesgar,
en acompañar, en amar, en ser feliz
es rebelarse en un movimiento
seré el primero en acompañarlo.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Antigua Roma. Gladiadores y gladiadoras. Parte 2/2

Combate

Una vez decididos los emparejamientos se realizaba un combate de entrenamiento utilizando armas sin filo. A continuación, el organizador, su representante o un invitado de honor revisaban las armas que se iban a utilizar en los combates programados. Finalmente, como punto culminante de la jornada, se celebraban los combates, que eran tan ingeniosos, variados y novedosos como el organizador podía permitirse.

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La mayoría de los combates duraban entre diez y quince minutos. En los munera de finales de la República, se podían haber disputado entre 10 y 13 enfrentamientos en un día. Esto supone más de un combate al mismo tiempo en el transcurso de una tarde.

Los espectadores preferían ver luchas por gladiadores cualificados y bien emparejados con estilos de lucha complementarios para que el combate fuera lo más reñido posible. Un enfrentamiento cuerpo a cuerpo de varios gladiadores poco cualificados era mucho menos costoso, pero también menos popular.

Se podía desarrollar una modalidad de combate en la que el vencedor volvía a enfrentarse contra un nuevo gladiador. En este caso la mayoría de los combates eran de mala calidad. Los combates entre gladiadores experimentados y bien entrenados demostraron un considerable grado de destreza escénica, de la que recibían educación en los ludus [8] como parte de su entrenamiento.

Ganarse a los espectadores era fundamental y entre los especialistas la bravuconería y la habilidad en el combate a veces eran estimadas por encima de la mera mutilación y derramamiento de sangre.

En ocasiones se podían realizar combates incruentos con armas romas durante la parte principal del munus. Suetonio describe un munus excepcional de Nerón, en el que nadie fue asesinado, ni siquiera los enemigos del Estado.

Se esperaba que los gladiadores entrenados observaran las reglas de combate establecidas. En la mayoría de los enfrentamientos se empleó un árbitro principal y un asistente, que aparecen en mosaicos con bastones largos para amonestar o separar a los oponentes en algún momento crucial del combate.

Los árbitros solían ser gladiadores retirados, cuyas decisiones, juicio y discreción eran generalmente respetadas. Podían detener los combates por completo o hacer una pausa para que los combatientes descansaran o tomaran un refrigerio. En los combates había unos asistentes, los incitadores, que utilizaban una fusta o un hierro al rojo vivo para incitarles u obligarles a luchar con más ímpetu.

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Cualquier acto de rebelión de un gladiador contra un árbitro era impensable por la educación recibida en el ludus, y porque los arqueros apostados en nichos tras las gradas abatirían a cualquier gladiador que intentara atacar a estos asistentes.

En los intermedios entre combates salían a la arena los bufones y animadores que realizaban duelos incruentos durante las pausas para entretener a la multitud mientras los gladiadores descansaban. Luchaban con látigo, palos o armas de madera y no tenían casco ni escudo, solo envolturas protectoras en la parte inferior de las piernas y la cabeza.

En las pausas también podían actuar acróbatas, saltimbanquis y otros artistas, que iban acompañados de música, interpretada en interludios, para marcar las distintas partes del munus o creando un crescendo frenético durante los combates y acentuando las fases más críticas. Los golpes podían ir acompañados de toques de trompeta.

El mosaico de Zliten en Libia nos muestra a músicos tocando un acompañamiento de juegos provinciales, con gladiadores y prisioneros atacados por bestias. Sus instrumentos son una trompeta larga y recta, un gran cuerno y un órgano hidráulico Representaciones similares de músicos, gladiadores y bestiari se encuentran en un relieve de una tumba en Pompeya.

SU ORGANIZACIÓN

Los primeros munera tenían lugar en o cerca de la tumba del difunto y eran organizados por su munerator [9] que era la persona que hacía la ofrenda. 

En la época republicana, los ciudadanos particulares podían poseer y entrenar gladiadores, o arrendarlos a un propietario de una escuela de entrenamiento de gladiadores. A partir del Principado los ciudadanos particulares solo podían celebrar munera y tener sus propios gladiadores con el permiso imperial.

La legislación del emperador Claudio exigió que los cuestores, el rango más bajo de la magistratura romana, financiaran personalmente dos tercios del coste de los juegos de las comunidades de sus pueblos pequeños. Los juegos más importantes los organizaban los magistrados superiores, que podían permitirles. Los más importantes y fastuosos de todos eran pagados por el propio emperador.

Victoria y derrota

En un combate un gladiador podía vencer, rendirse o morir a manos de su rival; también podía darse el caso, si un combate que se prolongaba en exceso, en que el organizador ordenara detener el combate sin que hubiera vencedor.

Los ganadores recibían los aplausos y vítores del público y se le entregaba la palma de la victoria, una corona de laurel y un premio del organizador o incluso dinero y regalos de una multitud agradecida, que el vencedor ponía en una bandeja de plata que también le entregaban.

También podían concederle la espada de madera símbolo que suponía alcanzar el nivel más alto de la profesión y que, en el caso de los gladiadores esclavos o condenados, conseguir la emancipación.

Marcial describe una pelea entre Priscus y Verus, que lucharon de manera tan pareja y valiente durante tanto tiempo que cuando ambos admitieron su derrota, el emperador Tito otorgó la victoria a cada uno. Flamma fue premiado con la libertad en cuatro ocasiones, pero decidió seguir siendo gladiador.

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Su lápida en Sicilia incluye la grabación: “Flamma, secutor, vivió treinta años, luchó treinta y cuatro veces, ganó veintiuna, luchó hasta el empate nueve veces, fue derrotado cuatro veces, un sirio por nacionalidad. Delicatus escribió esto para su merecedor camarada de armas”.

Un gladiador podría reconocer la derrota y solicitar la gracia e indulto, levantando el dedo probablemente el índice de la mano izquierda, en un llamamiento al árbitro para que detuviera el combate y se dirigía al organizador cuya decisión, que podía ser la salvación o la muerte, solía depender de la respuesta de la multitud.

La muerte se consideraba una pena justa por la derrota en los primeros tiempos de los munera. Posteriormente, a los que luchaban bien se les podía conceder el perdón según el capricho de la multitud o del organizador.

Durante la era imperial, la celebración de encuentros anunciados sin posibilidad de condonar la sentencia de muerte sugiere que el missus [10] se había convertido en una práctica común.

El contrato entre el organizador y su lanista [11] podía incluir una indemnización por muertes inesperadas, que podría ser unas cincuenta veces superior al precio de alquiler del gladiador.

Bajo el reinado del emperador Augusto, la demanda de gladiadores comenzó a superar la oferta, y los combates sine missione fueron prohibidos oficialmente. Un desarrollo económico y pragmático que se impuso para que coincidiera con la noción popular de la justicia natural.

Cuando los emperadores Calígula y Claudio se negaron a perdonar a los combatientes derrotados pero populares, su propia popularidad se resintió.

Los gladiadores que luchaban bien tenían más probabilidades de ser perdonados. En un combate pompeyano entre combatientes con carros, a Publius Ostorius, con 51 victorias en su haber, se le concedió la libertad tras perder contra Scylax, con 26 victorias.

Por lo general los espectadores decidían si un gladiador vencido debía ser perdonado o no, en cualquier caso la decisión final de la muerte o de la vida correspondía al organizador, que indicaba su decisión con un gesto descrito por fuentes romanas como el pulgar vuelto o al revés, una descripción demasiado imprecisa para una reconstrucción del significado del gesto o de su simbolismo.

Vencedor o derrotado, un gladiador estaba obligado por juramento a aceptar o poner en práctica la decisión de su organizador “el vencedor no era más que el instrumento de su voluntad”.

Un gladiador podía esperar pelear en dos o tres munera al año. Un número desconocido habría muerto en su primer combate. Pocos gladiadores sobrevivieron a más de diez, aunque uno sobrevivió a unos extraordinarios 150 combates.

Muerte y disposición del cadáver

Si no había muerto durante el combate, un gladiador al que se le negaba la misio era rematado por su oponente. Para morir bien, un gladiador nunca debía gritar ni pedir clemencia. Una «buena muerte» redimía al gladiador de la deshonra de la derrota y servía de noble ejemplo para los que lo observaban.

Porque la muerte, cuando está próxima, da incluso a los hombres inexpertos el valor de no tratar de evitar lo inevitable. Así que el gladiador, que a lo largo de la lucha se ha mostrado débil, ofrece su garganta a su oponente y dirige la espada vacilante hacia el punto vital.

Algunos mosaicos muestran gladiadores derrotados arrodillados preparándose para el momento de la muerte. El punto vital del que habla Séneca parece haber sido el cuello. Se han descubierto restos de gladiadores en Éfeso que lo confirman.

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Mientras el vencedor daba la vuelta al ruedo dos asistentes disfrazados de Mercurio y Dis Pater accedían a la arena. 

El personaje de Mercurio aplicaba sobre el cuerpo del vencido un hierro al rojo para verificar que estaba realmente muerto y el de Dis lo golpeaba con un mazo hasta matarlo si este se estremecía al aplicarle el hierro candente o, si no lo hacía, le daba tres mazazos como símbolo de que tomaba posesión del muerto, tras lo cual se depositaba en una litera de Libitina, diosa de los muertos y el inframundo, y era retirado de la arena.

Un estudio patológico moderno confirma el uso probablemente fatal de un mazo en algunos, pero no en todos los cráneos de gladiadores encontrados en un cementerio de gladiadores.

Los gladiadores que se deshonraron a sí mismos podrían haber sido sometidos a las mismas indignidades que los noxii, negándoles la relativa misericordia de una muerte rápida y arrastrándolos fuera de la arena como si se tratara de carroña. No se sabe si el cadáver de un gladiador de este tipo podría ser redimido de una mayor ignominia por parte de amigos o familiares.

Los cuerpos de los noxii y posiblemente de algunos damnati [12] eran arrojados a los ríos o abandonados sin enterrar. La negación de los ritos funerarios y del memorial condenaba a la oscuridad al difunto y a vagar sin descanso por la tierra como si fuera una espantosa larva.

Los ciudadanos comunes, los esclavos y los libertos solían ser enterrados más allá de los límites de la ciudad, para evitar la contaminación ritual y molestia física de los vivos. Los gladiadores profesionales tenían sus propios cementerios separados. La mancha de la infamia era para siempre.

Esperanza de vida

Un gladiador podía esperar pelear en dos o tres munera al año. Un número desconocido habría muerto en su primer combate. Pocos gladiadores sobrevivieron a más de diez, aunque uno sobrevivió a unos extraordinarios 150 combates. Se registra otro que falleció a los 90 años de edad, presumiblemente mucho después de su retiro.

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El historiador y arqueólogo francés Georges Ville, basándose en datos de las lápidas de gladiadores del siglo I, calculó que la edad media de su muerte era de 27 años y que la mortalidad entre todos los que accedieron a la arena era de 19/100.

Sin embargo, el historiador alemán Marcus Junkelmann cuestiona el cálculo de Ville sobre la edad media de muerte; considera que la mayoría no habría tenido una lápida y que la muerte se habría producido en una etapa inicial de su carrera, entre los 18 y los 25 años de edad.

Entre el primer y último periodos del Imperio el riesgo de muerte para los gladiadores derrotados subió de 1/5 a 1/4, quizás porque la misio se concedía con menos frecuencia. Las profesoras británicas Hopkins y Beard estiman con ciertas dudas un total de 400 arenas en todo el Imperio romano en su máxima extensión, con un total combinado de 8.000 muertes al año por ejecuciones, combates y accidentes.


[1] El vocablo munus era entendido como un regalo que obliga al intercambio, y proviene de la raíz “mei”, que es propiamente dar en cambio, más el sufijo “nus”, que distingue a las nociones de carácter social.

[2] Los samnitas fueron una de las antiguas tribus itálicas, que habitaron en el Samnio que era una región montañosa de Italia meridional entre el siglo VII a. C. y el siglo III a. C. Esta tribu de origen latino estaba emparentada con los Sabelios, establecidos justo al norte de sus territorios.

[3] El sestercio, del latín sestertius, semistertius, es una antigua moneda romana de plata, cuyo valor equivalía a un cuarto de denario, a la centésima parte de un áureo, y a dos ases y medio.

[4] Venatio, en la Antigua Roma, es el nombre que recibían los espectáculos que se celebraban en el circo o en el anfiteatro y en el que intervenían animales exóticos y salvajes, dentro de la celebración de los juegos romanos.

[5] Los munera (en singular, munus) eran las obras o servicios públicos que determinados ciudadanos ricos de alto estatus ofrecían a favor del pueblo romano. Entre los munera más apreciados se encontraba el combate de gladiadores (munus gladiatorium).

[6] Los ludi eran juegos públicos celebrados en beneficio y para el entretenimiento del pueblo romano. Los ludi se llevaban a cabo como parte de determinadas fiestas religiosas en la Antigua Roma, siendo en ocasiones su principal característica. También se presentaban como parte del culto estatal.

[7] Los gladiadores romanos Noxii, no son realmente verdaderos gladiadores. Estos combatientes solían ser criminales o prisioneros de guerra, que daban pocas oportunidades para convertirse en un hábil gladiador.

[8] El Ludus era también el lugar donde se entrenaba a los gladiadores. Dichas escuelas, tanto estatales como privadas, fueron creadas debido a la creciente demanda de gladiadores en la Antigua Roma, resultando las más sobresalientes la de Capua, Pompeya o Rávena, además de las existentes en la propia Roma.

[9] El que daba un espectáculo de gladiadores en honor de los muertos.

[10] El enviado

[11] El lanista era un personaje esencial en los munera gladiatoria, un auténtico mercader de carne humana. Vivía en estrecho contacto con piratas y traficantes. Obtenía sus gladiadores, en primer lugar, de los prisioneros de guerra.

[12] Malditos

Imagen de portada: Gentileza de Nuevatribuna.es

FUENTE RESPONSABLE: Nuevatribuna.es/ Por Edmundo Fayanás Escuer. Septiembre 2021

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Antigua Roma. Gladiadores y gladiadoras. Parte 1/2

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Un gladiador era un combatiente armado que entretenía al público durante la República y el Imperio en confrontaciones violentas contra otros gladiadores, animales salvajes y condenados a muerte. Algunos gladiadores eran voluntarios que arriesgaban sus vidas y su posición legal y social al presentarse en la arena.

La mayoría eran menospreciados por ser esclavos, educados en duras condiciones, marginados socialmente y segregados incluso tras la muerte. Los gladiadores ofrecían a los espectadores un modelo de la ética militar de Roma y, al combatir o morir con dignidad, podían inspirar admiración y reconocimiento popular.

Hay evidencias de esta práctica en los ritos funerarios durante las guerras púnicas del siglo III a. C. Pronto se convirtió en un rasgo esencial de la política y de la vida social del mundo romano.

Los juegos de gladiadores se prolongaron durante casi mil años, alcanzando su apogeo entre el siglo I a. C. y el siglo II d. C. Finalmente, decayeron durante los primeros años del siglo V tras la adopción del cristianismo como religión estatal del Imperio romano en el año 380, aunque la caza de bestias continuaron hasta el siglo VI.

La última referencia a mujeres gladiadoras es el decreto del emperador Septimio Severo del año 200, que prohibía a las mujeres luchar en la arena.

LOS GLADIADORES

Había muchos tipos de gladiadores, que se especializaban en la utilización de armas y técnicas de combate específicas. Los primeros tipos de gladiadores recibieron su nombre de los enemigos de Roma de la época: los samnitas, los tracios y los galos.

Los samnitas estaban poderosamente equipados y probablemente el tipo más popular, una vez que estos antiguos enemigos habían sido conquistados y luego asimilados por el Imperio de Roma.

Solamente luchaban contra otros de la misma escuela. En los munus [1] de la República media, cada tipo de gladiador parece haber luchado contra un tipo similar o idéntico. En la última época de la República y en los primeros tiempos del Imperio se les enfrentó con tipos diferentes aunque complementarios.

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El samnita [2] era ágil y con cabeza descubierta, protegido solo en el brazo y hombro izquierdos, enfrentaba su red, su tridente y su daga contra el otro que estaba, más poderosamente armado y con casco. Algunas variantes que se introdujeron fueron los gladiadores que luchaban con carros o a caballo.

El comercio de gladiadores se desarrollaba en todo el imperio y estaba sujeto a supervisión oficial. El éxito militar de Roma generó un suministro de soldados prisioneros que fueron repartidos para su explotación en minas estatales o anfiteatros y para su venta en el mercado libre.

Tras la I guerra judeo romana las escuelas de gladiadores recibieron una gran afluencia de judíos. Los considerados no aptos para su entrenamiento como gladiadores habrían sido enviados directamente a las arenas, los mejores y más robustos fueron enviados a Roma.

Desde el punto de vista militar de Roma, a los soldados enemigos que se habían rendido o que habían permitido su propia captura y esclavitud se les había concedido el don inmerecido de la vida. 

Su formación como gladiadores les daría la oportunidad de redimir su honor en el munus.

Además de los esclavos y prisioneros, otras dos fuentes de provisión de gladiadores, utilizadas con mayor frecuencia durante el Principado y la relativamente baja actividad militar de la pax romana eran los criminales condenados a morir en la arena o a las escuelas o juegos de gladiadores como castigo por sus delitos y los voluntarios remunerados los cuales, a finales de la República, puede haber sido más de la mitad de todos los gladiadores.

La utilización de voluntarios tenía un precedente en el munus celebrado en Iberia por Escipión el Africano, aunque en este caso no estaban remunerados.

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Para los pobres y para los no ciudadanos, la incorporación a una escuela de gladiadores ofrecía una oportunidad de obtener un oficio, comida de forma regular, alojamiento de algún tipo y una oportunidad de luchar por la fama y la fortuna. Marco Antonio eligió a una compañía de gladiadores como su guardia personal.

Los gladiadores por lo general se quedaban con el dinero de sus premios y los regalos que recibían, que podían ser sustanciales. El emperador Tiberio ofreció a varios gladiadores retirados 100.000 sestercios [3] cada uno para que regresaran a la arena. Nerón le dio al gladiador Spiculus propiedad y residencia igual a la de los hombres que habían celebrado triunfos.

Mujeres gladiadoras

El que existan muy pocas fuentes primarias y que los romanos ni siquiera tenían una palabra para designar a las mujeres que luchaban como gladiadoras, parece indicar que no era un hecho frecuente. Las gladiadoras aparecen como algo inusual en los años 60 d. C., también como figuras exóticas de un espectáculo excepcionalmente fastuoso.

Durante el reinado de Domiciano en el año 89 d. C., presentaba una batalla entre gladiadoras, descritas como amazonas

El emperador Nerón hizo que hombres, mujeres y niños etíopes lucharan en un munus en el año 66 d. C .para impresionar a Tiridates I de Armenia. Los romanos parece que consideraban la idea de una mujer gladiadora original y entretenida, o totalmente absurda.

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Juvenal despierta el interés de sus lectores con una mujer llamada Mevia, cazando jabalíes en la arena con una lanza en la mano y los pechos al descubierto, y Petronio se burla de las pretensiones de un ciudadano rico pero de clase baja, cuyo munus incluye a una mujer que lucha desde un carro o una carroza.

Durante el reinado de Domiciano en el año 89 d. C., presentaba una batalla entre gladiadoras, descritas como amazonas. 

Hay en Halicarnaso un relieve del siglo II d. C. que representa a dos mujeres combatientes llamadas Amazona y Achillia y su combate terminó en un empate.

En el mismo siglo, hay un epígrafe que alaba a una de las élites locales de Ostia como la primera en armar a las mujeres en la historia de sus juegos.

Probablemente estaban sometidas a la misma regulación y entrenamiento que sus homólogos masculinos, aunque sólo se enfrentaban a otras gladiadoras. 

Debemos saber que en algunos combates colectivos podían incluirse mujeres, normalmente luchando desde un carro y probablemente armadas con arco y flechas.

La moral romana exigía que todos los gladiadores fueran de las clases sociales más bajas. Dion Casio decía que cuando el emperador Tito usaba gladiadoras, estas eran de una clase aceptablemente baja. La última referencia a mujeres gladiadoras es el decreto del emperador Septimio Severo del año 200, que prohibía a las mujeres luchar en la arena.

Emperadores

Una prueba del atractivo, popularidad y prestigio de la lucha gladiatoria es que incluso la practicaron algunos emperadores. Caligula, Tito, Adriano, Caracalla o Didio Juliano compitieron en la arena, tanto en público como en privado, aunque el riesgo que corrieron era mínimo.

El emperador Cómodo fue un gran entusiasta del munus, luchó en la arena en gran número de ocasiones y obligaba a la élite de Roma a asistir a sus actuaciones como gladiador. La mayoría de sus actuaciones como gladiador eran incruentas, luchando con espadas de madera y en las que invariablemente ganaba.

Se decía que había remodelado la colosal estatua de Nerón a su imagen y la dedicó a sí mismo como “Campeón de sectores”. El único luchador zurdo en vencer doce veces a mil hombres. Se decía que había matado 100 leones en un día, casi con toda seguridad desde una plataforma elevada que rodeaba el perímetro de la arena, lo que le permitió demostrar con seguridad su puntería.

Los juegos

Los preparativos

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Los juegos de gladiadores se anunciaban con mucha antelación en distintos lugares como hitos, muros y edificios, indicando el motivo de su celebración, su organizador, el lugar de celebración, la fecha y el número de parejas de gladiadores que iban a participar.

También podrían destacarse otros detalles como las venationes [4], las ejecuciones, la música y otros lujos que se ofrecieran a los espectadores, como un toldo para protegerse del sol, aspersores de agua, alimentos, bebidas, dulces y, ocasionalmente, rifas o premios.

Para los fanes y los apostadores, el día del munus se distribuía un programa más detallado, en el que se mostraban los nombres, procedencia, familia gladiatoria, tipos y resultados de los combates de las parejas de gladiadores, así como el orden de aparición de cada uno de ellos.

Los gladiadores zurdos se anunciaban de forma destacada. Estaban acostumbrados y entrenados para luchar contra los diestros, lo que les daba una ventaja sobre la mayoría de los oponentes y ofrecía una combinación interesantemente poco ortodoxa.

La noche anterior al munus, los gladiadores celebraban un banquete público, en el que los espectadores tenían la posibilidad de ver de cerca a los protagonistas del evento y los apostadores hacerse una idea de por quién y cuánto apostar.

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Su estructura

Los munera [5] oficiales de principios de la era imperial consecuencia de la reforma augusta parecen haber mantenido una estructura establecida compuesta por diferentes actos: la venatio, los ludi [6] meridiani y el munus gladiatorum, el combate de gladiadores propiamente dicho.

El día del evento la jornada se iniciaba al salir el sol, aunque los combates de gladiadores no se iniciaban hasta la tarde. El historiador Plinio indica que los gladiadores eran conducidos al anfiteatro en lujosos carros. Los espectáculos comenzaban generalmente con cacería de animales y luchadores con bestias, que duraban hasta el mediodía.

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A continuación, los de mediodía, de contenido variable pero que solían incluir ejecuciones de condenados por medio de bestias o que combatían entre ellos hasta que no quedaba ninguno y ejecuciones de noxii [7], a los que se les aplicaban suplicios añadidos.

Es posible que los gladiadores participaran como verdugos, aunque la mayoría de los asistentes y los propios gladiadores preferían la dignidad de un combate equilibrado.

También podía haber combates de comediantes, aunque algunos pueden haber sido letales. Un grafiti pompeyano presenta un burlesque de músicos, vestidos como oso flautista y pollo soplador de cuernos, tal vez como acompañamiento a la actuación de una parodia de contienda de unos fiestas de mediodía.

El munus se iniciaba con un desfile que entraba en la arena, encabezada por los lictores que llevaban los fasces que mostraban el poder del magistrado promotor sobre la vida y la muerte. Les seguía una pequeña banda de trompetistas que tocaban una fanfarria.

Se llevaban imágenes de los dioses para que presenciaran los actos, seguidos de un escriba para registrar el resultado, y de un hombre que llevaba la ramilla de palma utilizada para honrar a los vencedores. El organizador, vistiendo toga, entraba entre un séquito que llevaba las armas y armaduras que se iban a utilizar. Los gladiadores, luciendo armaduras ornamentales, entraban en último lugar.

El munus terminaba a la puesta de sol, pues eran muy raros los espectáculos nocturnos y era frecuente la celebración de una fiesta tras el evento.


[1] El vocablo munus era entendido como un regalo que obliga al intercambio, y proviene de la raíz “mei”, que es propiamente dar en cambio, más el sufijo “nus”, que distingue a las nociones de carácter social.

[2] Los samnitas fueron una de las antiguas tribus itálicas, que habitaron en el Samnio que era una región montañosa de Italia meridional entre el siglo VII a. C. y el siglo III a. C. Esta tribu de origen latino estaba emparentada con los Sabelios, establecidos justo al norte de sus territorios.

[3] El sestercio, del latín sestertius, semistertius, es una antigua moneda romana de plata, cuyo valor equivalía a un cuarto de denario, a la centésima parte de un áureo, y a dos ases y medio.

[4] Venatio, en la Antigua Roma, es el nombre que recibían los espectáculos que se celebraban en el circo o en el anfiteatro y en el que intervenían animales exóticos y salvajes, dentro de la celebración de los juegos romanos.

[5] Los munera (en singular, munus) eran las obras o servicios públicos que determinados ciudadanos ricos de alto estatus ofrecían a favor del pueblo romano. Entre los munera más apreciados se encontraba el combate de gladiadores (munus gladiatorium).

[6] Los ludi eran juegos públicos celebrados en beneficio y para el entretenimiento del pueblo romano. Los ludi se llevaban a cabo como parte de determinadas fiestas religiosas en la Antigua Roma, siendo en ocasiones su principal característica. También se presentaban como parte del culto estatal.

[7] Los gladiadores romanos Noxii, no son realmente verdaderos gladiadores. Estos combatientes solían ser criminales o prisioneros de guerra, que daban pocas oportunidades para convertirse en un hábil gladiador.

[8] El Ludus era también el lugar donde se entrenaba a los gladiadores. Dichas escuelas, tanto estatales como privadas, fueron creadas debido a la creciente demanda de gladiadores en la Antigua Roma, resultando las más sobresalientes la de Capua, Pompeya o Rávena, además de las existentes en la propia Roma.

[9] El que daba un espectáculo de gladiadores en honor de los muertos.

[10] El enviado

[11] El lanista era un personaje esencial en los munera gladiatoria, un auténtico mercader de carne humana. Vivía en estrecho contacto con piratas y traficantes. Obtenía sus gladiadores, en primer lugar, de los prisioneros de guerra.

[12] Malditos

Imagen de portada: Gentileza de Nuevatribuna.es

FUENTE RESPONSABLE: Nuevatribuna.es/ Por Edmundo Fayanás Escuer. Septiembre 2021

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