¡Apúrate, cabrón!

Sabe que es hora de salir,

claro es la rutina de la mañana

y también la del anochecer,

da vueltas y vueltas

en sentido no solo circular.

Ansiosa, nerviosa como una fémina,

tengo que dejar de leer o escribir,

me voy incorporando lentamente,

y lo percibe, me sigue al dormitorio.

Observa como me pongo la bermuda,

me calzo la remera y las cross.

Aguarda impaciente, se da cuenta

cuando tomo a pequeña bolsa de nylon.

Y ni que hablar cuando tomo su collar

y la correa, su cola se mueve

como un ventilador desvencijado.

Es mi fiel y adorable mascota, Daysi

a la que solo le falta hablar,

conoce hasta mis estados de animo

como cuando estoy Up o por el contrario Uf,

desayunamos juntos, a veces solo a veces

paseamos en el auto, y mira a través

de la ventanilla, disfrutando de la brisa

que le mueve los pelos de su hocico y cabeza.

Y que nadie se me acerque, sus diez centímetros

de altura se transforman en diez veces mas,

ante un desconocido o alguien que se le cruza,

es tan celosa como una pareja enamorada.

A veces, si bien pienso

que los perros van al cielo

me angustia cada tanto

que uno, la sobreviva.

Fiel y leal como el mejor amigo

de la infancia, con quien compartía

los juegos de la inocencia de la vida.

Tonto y aturdido…

Venia delante de mí,
poseía un cuerpo 
más que bello,
con esas curvas
que parecían esculpidas
por el mismo demonio,
cabello negro azabache
cayéndole hasta la cintura.

Nadie quien pasaba,
dejaba de mirarla
caminando o en automóvil.

Me preguntaba si su rostro
seria igual de bello,
esa maldita costumbre mía
de comprar por una cara
y no interesarme el volumen.

En esta época de “me too”,
hay que ser muy precavido,
una denuncia y tienes que escapar
como un tal Juan Darthes.

Me adelante unos pasos,
la supere en su caminar
y como si lo hubiera planeado
tropecé de tal manera,
que quedamos enfrentados
cara a cara, al recuperarme.

Más que un rostro bello,
una deidad de esas,
que te dejan tiritando
largo y conmocionado rato.

Solo atine como un pavo,
a decirle “te regalo una sonrisa”
para alegrar tu día
y que tu la transmitas
a quien quieras, para hacer una cadena.

Me sonrió, asintiendo.
Y siguió caminando
hacia su destino.

¿Y yo?
Aun mirándola.

Lejanía

Soledad impertérrita
que no te inmutas
aunque desee empujarte de mi vida.

Parece que gozaras
de mi situación presente,
viéndome en este instante
deslizando nuevamente
mis letras sobre el teclado.

Hasta mi rostro reflejado
en él, parece haber envejecido.

No creí jamás en el destino,
pero será una jugada de él, quien
me regala dentro de un cubo obscuro,
una vida distinta a la siempre conocida
socialmente compartida con aquellas
brisas de alegría, que me hacían compañía
y ahora súbitamente
me encierra en el ostracismo
de aquel que sabe, que ya todo
no será lo mismo, dándolo por perdido.

Valentina…

Recuerdo cuando nació
mi nieta primogénita,
un ovillo de rulos
pleno ángel inocente.

En mis brazos grandes,
parecía perderse
en la inmensidad
de un desierto,
tan pequeña regalándome
el rotulo del abuelazgo.

Valentina, fue su nombre
por casualidad igual 
al de una tía de mi padre,
profesional de la educación
cuando esta era un tesoro
de la escuela pública.

Mi nieta creció y vivió
gran parte de su vida
en nuestra casa,
al igual que mi adorable hija.

He seguido toda su primaria,
buscándola casi todas las tardes.

Me regocije con los pomos de nieve
en su fiesta de egresados
con fotos en donde 
chorros de espuma la esconden
de la lente de la cámara,
luego su viaje de egresada 
a las sierras de Carlos Paz.

Abanderada, escolta
perseverante con una enorme bondad,
ternura infinita, habla como decía
el “Gabo” Garcia Marquez
casi en silencio, suavecito.

Tuvo la dicha de recibir
una hermana, Margarita
a quien seguramente
le transmitirá algo de sus dones.

Comienza ahora la secundaria,
desafío y cambio que genera
como a todos, incertidumbre.

Pero la sorpresa fue mayor,
cuando hace pocos días
en tono de broma le pregunte
¿Vale, quieres que te vaya a buscar al cole a la salida?

Un estruendoso y lleno de alegría
¡Sí….abuelito!
salió de sus labios
sorprendiendo a todos.

Con sus trece años,
entrando en la adolescencia
no le intereso lo que puedan pensar,
solo se sentirá segura
cuando vea a su abuelo esperándola
cada mediodía.

Sin dudas, le preguntare 
con el tiempo, si querrá
que la siga esperando,
acompañándola desde siempre
en su crecimiento como mujer.

Amor adulto

Él, hombre maduro
pero pasional y sanguíneo,
con ese romanticismo
ya casi inexistente 
para esta sociedad nuestra.

Él con su creencia de años
de vida, de encuentros amorosos,
aun sin la libido de juventud
era un ferviente creyente,
que el coito resultaba pleno
solo si la mujer era quien
alcanzaba el clímax y el orgasmo,
antes de convertir él
ese amoroso momento,
en una práctica mecánica
y a su vez, egoísta. 

Ella, siendo casi
de la misma edad,
según dijo que se casó virgen
y declamo ser muy respetuosa
de las formas del amor que debía
ser de dos, y de nadie más.

Él se sorprendió, cuando
siendo un humilde escritor,
recibió la molestia de ella
por lo que había escrito,
algo íntimo, privado, solo de dos.

Ahí comprendió,
el abismo que los separaba
en ese preciso instante.

Para el, jamás existieron tabúes ni prejuicios
porque la libertad
fue el centro de su vida toda.

Solo por el cariño
que a ella le tenía,
se disculpó y prometió
no escribir sobre aquello
que iba transformándose
en enamoramiento.

Están distanciados, ahora.
Ella se tomó unos días
de merecido descanso.
con su familia en el mar.

Él sabe que no podrá traicionarse
asimismo como es, jamás.
Que no tiene porque ya
asfixiarse por algo, que lo daña.

Quizás el cara a cara
del reencuentro,
minimice o amplié
este simple hecho,
de vivir el amor
con diferente intensidad,
importando poco el que dirán.

Gitana

Mujer gitana de mirada profunda
en que tus ojos negros hechizan
a todo aquel que se atreva a mirarte
mientras danzas en el tablao.

Tu vestido que deja ver tus muslos
de color purpura hace juego
con tus labios entreabiertos,
por la fatiga del flamenco.

Imprimes en tus piernas
meticulosamente en sincronía,
la pasión indomable en tu cuerpo
de sangre ardiente e indomable.

Déjame, hechicera
luego de tu danza,
invitarte a mi mesa
no solo para beber una copa,
sino para decirte
que tu arte es más que ello,
es un conjunto de latidos
que conmueve
hasta el corazón mas duro.

Ven siéntate conmigo, bella gitana.

La niña y el bosque

La había perdido 
hacía casi cinco años,
en un descuido suyo
que hacia un calvario
de su vida, en todo momento.

Viven en un bosque,
en donde las cabañas
están dispersas,
en un amplio paraíso
de armonía y tranquilidad
solo supuesto,
desde aquel entonces.

Su hija de cinco años,
se internó en el bosque
y no regreso a la casa.

Vanos e inútiles intentos
suyos y de los policías,
que rastrillaron la zona
sin encontrar a la niña.

Luego de un tiempo,
la fotografía 
de una cara angelical,
paso a ser parte
del álbum de una ONG.

Hoy se cumplían
esos cinco años
de tormentos 
y pensamientos de suicidio.

Se digo a si misma,
que hasta que desfalleciera
iría a buscarla hasta morir.

Penetro en el bosque cerrado,
apiñado sus arboles, 
con las malezas lastimándose
sus muslos y rasgando su ropa.

Kilómetros, tres días
de caminar con descansos
mínimos y espaciados,
sus reservas de agua
se le iba acabando,
ya no tendría siquiera
para volver, no le importaba
tal había sido su promesa.

Desfallecía, cuando en un claro
la luz del sol a pleno,
iluminaba una pequeña choza
construida con ramas y hojas.

No comprendía a quien
se le podría haber ocurrido
asentarse allí, tan alejado
de civilización alguna.

Con temor extremo,
rígidos sus músculos
se acercó despaciosamente,
rodeo primero la choza
y luego, su mano temblorosa
corrió las ramas 
que hacían de entrada.

Un grito ahogado 
desde hace tiempo
subió a los cielos,
encontró a una niña
de diez años…su hija.

Celeste, sorprendida
la observo temerosa
primero, luego al reconocerla
la abrazo fuerte,
susurrándole algo
no muy entendible.

Pero no hacían
faltas las palabras,
después vendrían
los interrogantes
de cómo había logrado
sobrevivir tanto tiempo.

Ahora su dolor y culpa,
se transformaba en dicha
de ese encuentro imposible,
que ella, madre incondicional había hecho posible.