Quentin Tarantino, el cine a quemarropa

Malditos; heterodoxos, alucinados.

Si Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, 1963) mantiene lo dicho en numerosas ocasiones acerca de abandonar la realización cinematográfica al cumplir los 60 años o incluso antes, una vez que las proyecciones digitales se hubiesen generalizado, no debe de quedarle mucho tiempo para el retiro. 

Los 60 inviernos los cumple la primavera que viene y, desde que en 2010 empezó a imponerse la digitalización en todo el mundo, deben de ser muy pocas las salas comerciales donde aún se proyecta en el ya legendario 35 mm. En España, salvo error u omisión, no queda ninguna. Ahora, las películas, en puridad, ya no lo son. Aunque conservan el nombre, ahora los filmes, como casi todo, son un archivo de datos.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor donde se encuentre escrito con “azul”. Muchas gracias.

Recuerdo haber escrito en términos muy semejantes hace 40 años. Entonces era el gran François Truffaut quien iba a dejar el cine cuando el vídeo desplazase al celuloide —acetato de celulosa para ser exactos— como soporte de las filmaciones. Al final fue La Parca la que le retiró en 1984, llevándose prematuramente al autor de La noche americana (1973) al cementerio de Montmartre. Sólo contaba 52 otoños. 

Fue algo repentino y la cinefilia internacional, que tuvo en el gran Truffaut a uno de sus primeros mentores, de un día para otro, quedó sumida en el estupor. Luis Eduardo Aute, en memoria de François Truffaut, escribió Cine, cine, una de sus canciones más célebres de los años 80.

Los editores de Meditaciones de cine (Reservoir Books), el segundo libro de Tarantino, llegado en estos días a las librerías, comparan al cineasta estadounidense con el maestro francés. Publicado tras Once Upon a Time in Hollywood: A Novel (2021), la versión literaria de su última cinta, bien es cierto que se verifican varias analogías entre ambos realizadores. Aún sin haberla leído, por lo que sé a través de sus noticias y lo que su propio título indica, esta nueva entrega del Tarantino escritor equivaldría a Las películas de mi vida (1975), el libro en el que Truffaut reunió los artículos publicados, no sólo en Cahiers du Cinéma, donde fue el crítico más combativo, también en Le Parisienne, Arts, Radio, Cinéma y Le Bulletin de Paris  Las películas de mi vida hoy es todo uno de los textos canónicos de la literatura cinéfila.

Esa supuesta proximidad del fin de su filmografía, suposición que también parece sugerir su nuevo libro —son harto sabidas sus declaraciones acerca de dedicarse a la literatura tras estrenar su décima película— señala la oportunidad de volver ahora sobre la obra de este antiguo empleado de un videoclub de Manhattan Beach (Los Ángeles), que habría de merecer un par de Oscars, una Palma de Oro en Cannes, tres premios Bafta y toda una lista de prestigiosas distinciones.

Cinéfilos antes que cineastas, Truffaut y Tarantino fueron dos heterodoxos —el estadounidense además alucinado— ante quienes se rindió la ortodoxia. 

A Truffaut se le premió en Cannes, un año después de haberle prohibido la asistencia al festival por la virulencia desplegada en sus artículos contra las cintas presentadas a concurso; a Tarantino, se le llevó del cine independiente estadounidense, en el que rodó Reservoir Dogs (1992), para elevarle a la cima de Hollywood. 

Ahora bien y sin que ello signifique menoscabo alguno para la obra del francés —al que particularmente admiro mucho más, infinitamente más, que a Tarantino—, cumple reconocer que el estadounidense nunca se ha plegado a los cánones de la ortodoxia, en tanto que el afán rupturista —la heterodoxia siempre es rompedora—, con el que la Nouvelle Vague irrumpió en la cartelera internacional, en el gran Truffaut se extingue en Jules et Jim (1962).

Lo más seguro es que ese romanticismo ortodoxo, al que tiende el cine de Truffaut desde comienzos de los años 60, sea la causa de que el autor de Los cuatrocientos golpes (1959) nunca aparezca en las diversas listas de “mejores películas”, y otros actos de exaltación cinéfila, que el autor de Malditos bastardos (2009) viene dando a conocer desde que se le recuerda. Desde Peter Bogdanovich y Martin Scorsese, Tarantino ha sido el más cinéfilo de los realizadores estadounidenses.

Es el gran Godard, el otro heraldo de la Nouvelle Vague, rupturista hasta que se quitó la vida hace unos meses, aquel a quien Quentin admira con todo ese entusiasmo que le caracteriza. El mismo día que vio El soldadito (1963), el alegato de Godard contra la guerra de Argelia, después de haber recelado de su autor como el noventa por ciento de los espectadores, quedó tan fascinado con el heterodoxo por excelencia de la gran pantalla, que por la noche asistió a la proyección de Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960). Tarantino es tan godardiano que hasta su productora se llama Banda aparte, todo un tributo a la cinta homónima, una de las más bellas del Godard mítico. Aquella de 1964 en la que Anna Karina bailaba el Madison y atravesaba el Louvre a la carrera, flanqueada por Arthur (Claude Brasseur) y Franz (Sami Frey) en ambos casos.

Cifro la heterodoxia de Quentin Tarantino en torno a dos cuestiones: hacer cine de géneros desde la perspectiva inequívoca del cine de autor y buscar la risa del espectador donde, antes que él, pocos habían osado provocarla. 

Si leyésemos una sinopsis literal de Reservoir Dogs, sin interpretación ni paráfrasis alguna de su argumento, en el primer filme de Tarantino —la crónica de un atraco que ha salido mal, narrada a través de los diálogos de quienes lo han perpetrado mientras permanecen escondidos en un almacén y torturan a un policía para saber quién es el agente infiltrado entre ellos que ha desbaratado sus planes— no habría nada que provocase la hilaridad de nadie. 

Sin embargo, una de las principales características de Reservoir Dogs es su singular buen humor, una manera alucinada de hacer gracioso algo tan serio como una violencia que, retratada por cualquier otro realizador menos dotado para conducir a su antojo la mirada del respetable, podría haber resultado tan hiriente como lo es, para tantos espectadores, ver una tortura mostrada sin paliativo alguno.

Sí señor, Tarantino fue todo un pionero en la hilaridad de las cosas que, en principio, son graves. Cuando el éxito de Reservoir Dogs transcendió la cartelera de su tiempo para convertirse en un verdadero hito de la cultura finisecular —hasta la editorial española de Meditaciones de cine, Reservoir Books, parece tomar su nombre del primer largometraje de su autor—, le surgieron muchos imitadores. Pero lo cierto es que el realizador estadounidense fue el primero. 

Y antes de él, Godard. Es en ese derribo de Godard, de las fronteras que separan el drama de la comedia, donde debemos buscar el origen de la hilaridad de la tragedia que nos propone Tarantino. En el Ferdinand (Jean-Paul Belmondo) que se vuela la cabeza con cartuchos de dinamita en Pierrot, le fou (1965) y la audiencia se ríe.

En el mejor de los casos, el de Tennessee hubiera seguido vendiendo esporádicamente guiones muy violentos —como John Milius por poner un ejemplo— si el actor Harvey Keitel no hubiese creído firmemente en Reservoir Dogs

Eso sí, una vez estrenado su primer largometraje, Tarantino, con la gran industria rendida a sus pies empezó a poner en marcha esa revisión de su mitología, una auténtica liturgia que ha sido el principal argumento de su filmografía. 

El primero de estos tributos se lo dirigió a la revista Black Mask, un mito en la ficción criminal que inspiró Pulp Fiction (1994): tres historias entrelazadas en una cronología fragmentada que dieron lugar a un filme comercial que a la vez es un título de culto. Quienes ya intuyeron en Reservoir Dogs que la nostalgia musical —pop, soul, rock & roll— iba a ser otro de los pilares de su cine, se ratificaron en esa misma idea en Pulp Fiction.

Hubo dos canciones, que en la voz de B.J. Thomas pasaron a integrar el repertorio de esa música de fondo que se escuchaba en los vestíbulos de los hoteles de los años 70 —el lounge internacional—, que, además, tocaron tangencialmente al spaghetti western. La más conocida, que no la primera, fue Raindrops Keep Fallin’ on My Head. Original del gran Burt Bacharach y Hal David, era la pieza que musicalizaba la secuencia de la bicicleta de Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969).

Suprimido en 1967 el Código Hays, que desde 1930 venía imponiendo la moral en Hollywood y tenía entre sus primeras reglas impedir que las películas suscitasen en los espectadores simpatía alguna por el crimen, se rodaron las primeras aventuras cínicas, por así llamar aquellas cintas en las que los villanos tradicionales eran presentados como héroes. 

La primera de estas producciones fue Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967). La segunda, Dos hombres y un destino que, además, fue la respuesta de Hollywood al spaghetti western. Los americanos, que se habían inventado el género, no querían dejar que fuera capitalizado por los italianos y sus grandes malotes galopando por el desierto de Almería. De modo que recuperaron la figura de dos de sus últimos forajidos, Butch Cassidy y Sundance Kidd, e hicieron de ellos dos personajes tan románticos como los que recrean Paul Newman (Cassidy) y Robert Redford (Sundance). 

Para añadirle comercialidad al asunto, allí donde Sergio Leone sublimaba los duelos con primerísimos planos —close up— y el score de Ennio Morricone, en Hollywood añadieron una secuencia plena de poesía para todos los públicos: la de Buch con la bella Etta Place (Katherine Ross) en el manillar de su bicicleta y B. J. Thomas entonando Raindrops Keep Fallin’ on My Head.

Por ese insospechado derrotero de las cosas, hubo un éxito anterior de Thomas —Hooked on a feeling, de 1968 más concretamente—, que en una versión de Blue Swede de 1974, habría de ganarse al mayor apologeta del spaghetti western que ha conocido Hollywood, Quentin Tarantino. 

Recuerdo cómo en el verano de 1992, los vecinos de Madrid que tenían una terraza en la acera de su casa, se quejaban de tener que escuchar Hooked on a feeling noche tras noche. A raíz del inusitado éxito que conoció Reservoir Dogs, el tema se convirtió en la canción de la temporada.

Desde Pulp Fiction, esa revisión sublimada —a menudo hasta la alucinación— de los géneros que integran su mitología personal, ha sido el objetivo del trabajo de nuestro cineasta. 

En Jackie Brown (1997) fue el blaxploitation; en las dos entregas de Kill Bill (2003, 2004), el cine de artes marciales; en Death Proof, los programas dobles; en Malditos Bastardos, el cine bélico; y finalmente, en Django desencadenado (2008) y Los odiosos ocho (2015), el spaghetti western. 

Y todo ello desde unas perspectivas mucho más próximas al cine de autor que al Hollywood de las coproducciones en el que Tarantino ha desarrollado su filmografía. 

Ya he tenido oportunidad de decir en estas mismas páginas que yo me rendí ante él, como este heterodoxo rindió a sus pies a la pantalla comercial estadounidense, cuando le vi valerse de la función suprema de la ficción: la enmienda de la realidad, al salvar la vida a Sharon Tate en Érase una vez en Hollywood (2019). Sólo le queda una película, si mantiene lo dicho durante todos estos años.

Imagen de portada: Quentin Tarantino

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Javier Memba. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 5 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Cinematografía/Quentin Tarantino.

¿Ser protagonista, espectador o pianista?

Nadie es eterno. Nadie lo será jamás. Sólo unos pocos, narcisistas empedernidos, aspiran a serlo. 

¿Quién quiere ser eterno? ¿O qué supone pasar a la historia, cuando nuestra eternidad no se materializa al estar vivos, sino, paradójicamente, al morirnos? 

Cuando los vivos que nos conocieron son los encargados de recordarnos. De contar no ya quiénes fuimos, sino cómo fuimos; de contar nuestros defectos y nuestras virtudes sin que sintamos el más mínimo efecto de palabras lastimeras, injustas, desmerecidas o, por el contrario, bien avenidas. 

Bien certeras y clarificadoras que reúnen y resumen a la perfección nuestro ‘yo’. O al menos una versión del ‘yo’ que hemos querido —en vida— desenmascarar. 

Pero hay tantos prismas, tantas aristas de un mismo rostro, tantas las personas que nos miran y analizan que resulta agotador adaptarse a la visión de cada espectador. Pasa como con toda obra de arte. Y en este sentido, poco hay más interesante que contemplar una o varias obras acompañado de otra persona. 

Por ejemplo, cuando se recorren los pasillos laberínticos de un museo y uno se detiene ante un lienzo que le sobrecoge, pero su acompañante pasa de largo, porque a éste le estremece más el de al lado. La mayoría de las veces la visión que tiene uno sobre la obra resulta ser la antítesis de la intención del creador, pero eso nos da igual. La emoción que hemos sentido es lo que importa. 

Esa emoción intacta. Única. Eterna. Sólo las emociones son eternas. Sólo las emociones nos sobreviven y nos superan, pues son más inefables que nosotros. 

Más perfectas, más definidas. Carentes de aristas. Carentes de versiones de ellas mismas. Y en todo caso, antes de que nosotros pasemos a la historia, lo que pasará primero será nuestro testimonio. 

Nuestro discurso acerca de lo que hemos contemplado, sentido o vivido, como cuando recordamos la obra, pero olvidamos el nombre del autor. Y esa sensación es la que transmitimos a nuestro acompañante haciéndole partícipe de nuestra interpretación. Describimos minuciosamente lo que nos ha hecho sentir. Y si el acompañante es de los buenos, de los que se prestan a escuchar atentamente, quedará embelesado y le costará olvidar lo pronunciado y lo recordará con el paso de los años. 

Y si el lector es ávido, jamás olvidará las palabras que ha leído, cuya impresión, lejos del papel, ha ido a parar a un lugar más verdadero y, a su vez, más abstracto. 

Ese espacio que sólo nos pertenece a nosotros pues somos nosotros quienes lo habitamos. Sin compañía alguna, en completa soledad, donde además de Verdad, hallamos también Libertad. 

Un espacio similar al que describió Anne Carson en su Podrías I, que decía: “Si no eres la persona libre que quieres ser busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello (…). La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado (…). No se trata de encontrar un lector, se trata de contar. Piensa en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa está en silencio. La persona lee un pedazo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver, le confiere así como una plusvalía, y todo lo remata con un gesto tan privado y preciso como su propio nombre”. 

En esa escena íntima en la que únicamente se necesita un papel en blanco y una mano que dirija la pluma no se piensa siquiera en la eternidad. 

Ni que ese papel vaya a transcender como podría hacerlo, en consecuencia, el nombre de quien lo firma. A esa persona que escribe ni se le pasa por la cabeza pasar a la historia, pues su máxima aspiración, en ese instante, es ser espectador de su vida, de su obra de arte. Tomar distancia y desligarse. 

Desdoblarse por medio de la caligrafía manchada de tinta. Salirse de sí para contemplarse y entenderse. Para poder mirarse, sin juicios, sin reproches, y comprenderse descubriendo y desnudando el ‘yo’. “No se trata de encontrar un lector”, afirma Carson, “se trata de contar” y de contarse, añadiría.

¿Y no sucede que a veces nos gusta más ser espectador que protagonista? 

Gustaba a García Márquez recordar la anécdota del bar de Zúrich en el que se refugió del temporal de nieve que asolaba la cuidad a la espera del próximo tren que tenía que coger. 

Según Gabo, la penumbra reinaba en el local, un hombre tocaba el piano protegido más por la sombra que por la luz y a pocos metros de él, bailaban los clientes, parejas de enamorados, al son de lo que el pianista interpretaba. 

Viéndolo, Gabo supo que de no haber sido escritor, le habría gustado ser ese pianista que escondía su rostro y sólo tocaba para que los enamorados se amaran más. El que años más tarde sería galardonado con el Nobel de Literatura, a quien casi todo el mundo podía conocer y reconocer, pasó desapercibido en ese bar donde los únicos protagonistas eran los amantes y el pianista sin rostro ni nombre, y él, un mero espectador. Un desconocido más.

Les contaré otra anécdota. Hace tiempo fui al piso de un amigo al que hacía tiempo que no veía. Bebimos, reímos, nos contamos lo que no queríamos decir, callamos lo que sí, y sobre las dos, tres de la mañana, noche cerrada, nos sentamos en el alféizar de su ventana. A partir de ese momento, no hicieron falta las palabras. El vinilo había dejado de sonar. La botellas vacías estaban esparcidas por el suelo, y el cenicero, atiborrado de colillas. 

No hacía frío, pero tampoco calor. Afuera, sólo veía un desierto pavimentado con coches aparcados. Nadie subía, nadie bajaba. Y en los pisos de enfrente, detrás de las ventanas encendidas pensaba que podía haber otras parejas, jóvenes, adultas, ancianas; otros amigos, otras familias. 

Todo lo que me rodeaba era lejano, distante, frío, incluso el cielo estrellado. Todo, salvo él. A quien tenía cerca y podía sentir a pocos centímetros de mí. Nos miramos y sonreímos. “Estáis de foto”, dijo una voz que provenía del compañero de piso que acababa de entrar y al que ni siquiera habíamos oído llegar. 

Se quedó un rato ahí plantado, observándonos en la penumbra. Estudiándonos. Queriendo pasar desapercibido y, al mismo tiempo, seducido por lo que estaba viendo. 

Quería irse, no molestar, pero también quedarse y seguir mirando. Sentarse, esconder su rostro y tocar una pieza sólo para nosotros. Este compañero de piso, era el pianista que sin piano tocaba. 

Y nosotros, los amantes que sin bailar, bailaban, que sin tocarse se rozaban y sin querer se querían. Esa noche, supe que de no haber sido protagonista, hubiera querido ser la espectadora de la escena que representaba. Imagen de una fotografía jamás sacada.

Imagen de portada: Casablanca (Archivo)

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cia. Por Beatriz Duarte. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 31 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Vida/Emociones/Gabriel García Márquez/Anne Carson.

1,15 millones de españoles no acuden a trabajar a diario y 267.000 no lo justifican.

Introducción personal: 

Buen día; a veces cuando leo por distintos medios de todo el mundo, no solo este artículo que trata estadísticamente el nivel de absentismo en el país ibérico, termino preguntandome lo que en tantas ocasiones, cenando nuestra comida nacional -un buen lote de carnes rojas -“asado argento”- acompañado como no puede ser de otra manera con varias botellas de borgoña de buen cuerpo; con colegas profesionales del área de Recursos Humanos de distintas franjas etarias, conversábamos sobre sus causas. 

En mi vida laboral; debo decir que la Gestión de Recursos Humanos -salvo contadas excepciones- continua utilizando herramientas de los años ́ 50 del pasado siglo. Por ello, les decía que no me hablaran de RR.HH. cuando llevaban prácticas de sometimiento y opresión, olvidándose de las personas en su todo.

“Palo o zanahoria”; que ustedes sabrán comprender. 

Calidad de trabajo es la consecuencia de pluricausales que hacen de quien tiene un empleo, se identifique -como lo hacian los empleados japones (ya no)- profundamente con su empresa y aunque pareciera un “imposible divino” las consecuencias se extendieron hacia el bienestar mas profundo de sus familias.

***

Recuerdo en una oportunidad; cuando un Ceo de una empresa con una plantilla cercana a las 20.000 personas, solicito una urgente reunión con Directores y Gerentes de Área, para tratar el tema del ausentismo y la rotación de la plantilla. No hace falta decir que en una organización como la señalada cada cual cuida su “culo”, para no sufrir las consecuencias futuras de la desobediencia al sistema.

He cometido tantos errores en mi vida, pero debo admitir que jamas me agradaron las injusticias. Ya cansado de escuchar “los gritos sin razón” del Ceo en cuestión, le pregunte si podía hablar a lo que me respondió. Aquí viene ese dialogo que aún guardo como una “joya” de lo que no debe negarse, para lograr una mejor convivencia más aun en los tiempos turbulentos de empleo, en los que hoy nos encontramos.

Alfredo; disculpéme. Las causas del absentismo y la rotación con el costo que representan; es la consecuencia de las propias prácticas de la empresa.

-Qué!! Quiero que me diga sus razones ahora!!

-Alfredo; si no cambiamos las relaciones interpersonales seguiremos conviviendo con los mismos problemas (Debo decir que la inmensa mayoría no deseaba ni mirarme u otros sonrían sarcásticamente, sabiendo como sería el final cerrado por el Ceo).

– Mire Alfredo; está es una compañía que ha hecho de “la escala de mandos” su baluarte y razón de ser. Pero de la misma manera; su crisis recurrente. 

Aquí; cuando en una sucursal se tiene un problema “grave” el gerente se lo traslada al jefe de sector, este al Responsable del Área y finalmente al último eslabón de la cadena, el trabajador o trabajadora que se convierte en “el culpable útil” para la negación de las obligaciones de los de arriba. 

Por eso Alfredo, si no comenzamos a aprender y aprehender el como revertimos esta situación, nada cambiará.

Mi breve exposición, incomodo a la mayoría y en el caso de Alfredo aún más. Cerro en voz alta, así…

-Miren Ustedes; ha hablado el canciller…(Risas ahogadas de fondo).

Ya alejado de la actividad privada; a veces visito a algunas de las sucursales y percibo que los cambios tecnológicos han reducido sus plantillas. Pero no solo eso; cuando dialogo con algún/a empleada/o; percibo que las cosas siguen igual o peor; cuando me dicen que a los que llegan a los 30 años de servicio los “jubilan” o a aquellos que llegan a los 10 años de antigüedad los llenan de “sanciones” para promover despidos…entre otras gestiones de “Recursos Humanos”.

Debo decir; que no pasó demasiado tiempo de la conversación con Alfredo, que me retire de la Empresa, buscando aires blancos que me ofrecieran una mejor vida laboral y menos estrés…

Gracias por soportar esta introducción tan subjetiva como quien la escribe

***

1,15 millones de españoles no acuden a trabajar a diario y 267.000 no lo justifican.

La tasa de absentismo se situó en el 5,6% en el tercer trimestre de 2022. Del total de empleados que se ausentaron a diario, el 76,8% tenía reconocida una incapacidad temporal y el 23,2% no tenía baja.

Más de 1,15 millones de españoles no acuden a diario a su puesto de trabajo, de los cuales la mayoría, el 76,8% (883.465), se ausentó por una incapacidad temporal, mientras que 267.094 (23,2%) lo hicieron pese a no estar de baja, es decir, ni justificaron su ausencia.

En conjunto, el absentismo laboral –la ausencia del trabajador de su puesto de trabajo cuando estaba prevista su presencia– fue del 5,6% en el tercer trimestre de 2022, una décima menos que en el trimestre anterior, con lo que acumula seis meses de caídas, mientras que el absentismo laboral no justificado se situó en el 1,3%, según los datos publicados ayer en el Informe Trimestral sobre el Absentismo Laboral, elaborado por la empresa de recursos humanos Randstad.

El absentismo laboral supone un problema para las empresas españolas, «con un impacto directo sobre la productividad y los costes empresariales, lastrando asimismo su competitividad», advierte Randstad. Esta situación provocó que en nuestro país se perdieran el 5,6% de las horas pactadas durante el tercer trimestre del año, cuando la jornada semanal acordada era de 35,3 horas, según el INE.

Un año antes, en el tercer trimestre de 2021, la tasa se situaba en el 5,5%, es decir, las empresas han experimentado un incremento de 0,1 puntos porcentuales del absentismo laboral en el último año, con los costes laborales que ello conlleva. En concreto, entre julio y septiembre de 2022, el coste laboral de las empresas se situó en 2.754,75 euros por trabajador.

Esta problemática se extiende a todo el territorio español, pero hay regiones donde la tasa de absentismo hace más mella en las empresas. Las comunidades que superaron la media nacional en el tercer trimestre de 2022 fueron País Vasco, con una tasa del 7,2%; Galicia, del 6,5%; y Canarias, del 6,4%.

En cambio, las regiones con menor tasa de absentismo, un trimestre más, fueron Baleares, que con un 5,1%; La Rioja, un 5%; y la Comunidad de Madrid, un 4,8%.

Por volumen de trabajadores en absentismo total, Cataluña lideró el ranking, con una media de 202.914 trabajadores que no acudieron a su trabajo, seguida de los 183.714 de Andalucía, los 151.992 de la Comunidad de Madrid y los 113.943 trabajadores en absentismo total de la Comunidad Valenciana.

Estas cuatro comunidades aunaron el 56,7% de todos los profesionales que se ausentaron a diario durante el tercer trimestre de 2022. Las cifras más bajas se detectaron en La Rioja, con 7.245 trabajadores en absentismo total; Cantabria, con 15.785; y Navarra, con 17.263 trabajadores.

El sector en el que se registró una mayor tasa de absentismo laboral durante el tercer trimestre de 2022 fue la industria, con un 6%, por encima de la media nacional del 5,6%. Por su parte, los servicios igualaron la cifra del país, con un porcentaje del 5,6%, mientras que en la construcción la tasa se situó en el 4,3%.

Por sectores concretos de actividad, las mayores tasas se dieron en las actividades de juegos de azar y apuestas (9,6%), en las actividades sanitarias (9,3%), en asistencia en establecimientos residenciales (9,2%), actividades de servicios sociales sin alojamiento (8,8%) y servicios a edificios y actividades de jardinería (8,5%).

En cambio, las que han registrado menores tasas de absentismo durante el tercer trimestre de 2022 han sido industria del cuero y del calzado (3,9%), educación, servicios técnicos de arquitectura e ingeniería, ensayos y análisis técnicos (ambos con el 3,7%), venta y reparación de vehículos de motor y motocicletas (3,6%) y actividades jurídicas y de contabilidad (3,4%).

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Tania Nieto. 6 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/España/Empresas/Trabajo/Empleo/Absentismo/Seguridad Social/Pensamiento crítico.

 

Una vida intensa…y no tan fácil.

Siempre recordaba aquello cuando sorprendido en sus cinco años, los gritos de su padre lo despertaron en la madrugada. Desde su camita de una plaza dormía al lado de sus padres, siendo el menor de cuatro hermanos.

Sus ojos azorados no podían comprender lo que veía. Su padre gritando -lo que nunca hacía- pidiéndole a su madre que necesitaba beber leche; mientras sostenía en su mano derecha la pistola que usaba cada día, por pertenecer al cuerpo de policía. Alguien lo tomo y lo retiro de la habitación. No recuerda hoy en día quien fue. Hay recuerdos esfumados que nunca vuelven.

Sabe que la historia; la fue completando con los años mientras crecía. 

Pero lo que no olvidaba luego de aquel episodio, era la visita de todos los domingos junto a su madre y algún familiar que le hacían a su padre. 

Eso ocurrió luego de haber pasado internado más de tres meses -aunque su padre volvió al hogar; recién al año-, la madre le dijo que ya podían ir a visitarlo. Pero a él siempre le fue difícil no extrañarlo. 

Recuerda también; cuando alguna enfermera en aquel tiempo -de blanco inmaculado- le ofrecía una naranja, la que aceptaba y al mismo tiempo, agradecía. 

Cree siempre sentir aun el roce de su manito de niño, con los dedos de las manos grandes de su padre, a través de los tejidos de alambre del cerco de aquello que le dijeron que era un hospital, cuando en realidad con los años supo que se trataba de un Hospicio Neuropsiquiátrico.

Muchos años lo separaban de su hermano y sus dos hermanas; aislado se entretenía en época de carencias y sin los medios audiovisuales actuales, con su imaginación o haciendo sus dibujos de barcos piratas y corsarios enfrentándose a enemigos imaginarios. La imaginación fue en aquel momento su mejor compañera.

Su padre volvió al fin. Supo que no volvería a la policía y escucho por allí,  que le habían dado el retiro por accidente en acto de servicio. En realidad no podía comprender que significaba ello, lo supo con los años. 

Su padre; un hombre bueno. Integro de pies a cabeza, de cabello rubio con una mirada limpia color cielo. Ya no era el mismo. 

Pero se empleo nuevamente porque era un ingreso más que ayudaba a pagar el alquiler y para que su madre, moneda tras moneda pudiera seguir ahorrando para lograr lo que toda familia deseaba en aquellos tiempos, “el techo propio”. 

Su hermano mayor, que le llevaba casi quince años no tardo en casarse e irse de la casa de la familia. Eso le permitió, casi a los 8 años a ocupar esa habitación subiendo por una escalera de estructura de hierro y chapa, que por su techo exterior de chapa era un averno en verano y un “iglú” en invierno. Pero se sintió feliz; un nuevo lugar para su mundo…

Continuará…

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

María Huertas: “Muchas mujeres internas en el psiquiátrico solo habían transgredido los patrones de género”

La psiquiatra recupera en ‘Nueve nombres’ la biografía de nueve mujeres encerradas en el Manicomio de Jesús (València), que, lejos de estar enfermas, fueron víctimas de la violencia machista de sus maridos, de violaciones, del desprecio de una sociedad que las señaló por ser madres solteras, del poder de la Iglesia católica o de la pobreza. Nueve relatos que reescriben, en realidad, cientos de historias.

Sin vestidos ni calzado propio. Sin hábitos ni útiles de aseo ni de arreglo personal. Sin autonomía para la alimentación. Sin objetos personales. Sin recuerdos. Sin historia. Sin familia. Sin la casa en la que habían nacido, vivido, crecido. Sin capacidad de administrar bienes y sin capacidad de gestión ni decisión. Sin amigas. Sin relaciones. Sin sexualidad. Sin emociones. Sin criterio ni juicio. Sin libertad. Sin palabra. Sin derechos ciudadanos y hasta sin derechos humanos.

Sin. Sin. Sin. Sin nada. “Nada de nada”.

Era marzo de 1974, cuando más de 200 mujeres llegaron en varios autobuses al Hospital Psiquiátrico de Bétera. Provenían del “obsoleto y vetusto” Manicomio de Jesús, desde donde se las trasladó “de un día para otro, sin ser informadas de adónde iban ni por qué, cuándo o cómo”. 

Abandonaron aquel espacio cuya “terrible” realidad ya había sido recogida años atrás en el diario Sábado Gráfico y sobre la que Eduardo Bort denunciaba en Jornada la presencia de “ratas que asustaban a las enfermas”, la existencia de “celdas oscuras y nauseabundas” o “el caso del joven atado a una reja con una cuerda”.

En Bétera, fueron recibidas por un equipo de profesionales, entre las que se encontraba María Huertas, una médica psiquiatra recién licenciada que formaba parte de una “minoría ruidosa” de profesionales dispuesta a despatologizar a aquellas mujeres; liberarlas de las “camisas químicas que las mantenían mudas y quietas, enajenadas”, presas de un “circuito cerrado” en el que se convirtieron en víctimas de los métodos científicos de la psiquiatría de la época; y, ante todo, devolverles los derechos que les habían sido negados. 

Entre ellos, “la validación de su palabra” y “la libertad de decidir, de hacer, de expresar, de ir y venir, de relacionarse. De todo”, tal y como se explica en el libro.

Los esfuerzos de aquellos años en los que María Huertas estuvo trabajando en el Hospital Psiquiátrico de Bétera culminaron durante el confinamiento con la recuperación de Nueve nombres (Temporal, 2021). 

Compuesto por la recomposición de nueve historias y un epílogo, este libro es la prolongación de un ejercicio de justicia que ya había comenzado en 1974: “La sociedad que no había entendido sus problemas y les había respondido con la exclusión y el encierro tenía una deuda impagable con ellas, y nuestra función era saldarla en lo posible”.

Huertas atiende a El Salto en una céntrica cafetería de València. 

Aunque apenas se retrasa unos minutos, se disculpa: “Crees que cuando te jubiles tendrás más tiempo libre, pero no es verdad. Sigo sin llegar a todo”. 

No obstante, reconoce que precisamente el tiempo regalado por la cuarentena y el fin de su etapa laboral fue uno de los motivos por los que decidió rescatar de su memoria estas nueve vidas. “De un día para otro encontré un vacío tremendo y me puse a hacer un repaso; pero, en vez de escribir sobre mi última etapa, no sé muy bien por qué volví a los inicios, a esas mujeres que fueron las primeras personas con las que me encontré y que marcaron el resto de mi vida profesional”, admite.

Entre las razones que la impulsaron a reconstruir aquellas biografías, destaca también su lucha por “visibilizar” a las centenares de mujeres a las que el Manicomio de Jesús convirtió en “personas inexistentes”. 

Denuncia que, como consecuencia de la opacidad a la que fueron relegadas, “el maltrato que sufrieron también se tornó inexistente a ojos de la sociedad”; y asegura que para evitar que en la actualidad “se siga maltratando a las mujeres (y a las personas en general) desde la salud mental” es “importantísimo” continuar con la labor de divulgación e incidencia.

María Huertas asegura que para evitar que en la actualidad “se siga maltratando a las mujeres (y a las personas en general) desde la salud mental” es “importantísimo” continuar con la labor de divulgación e incidencia.

Más de cuatro décadas después, decidió trasladar a las páginas su compromiso con aquellas mujeres a las que incluso se les despojó de su propio nombre. 

Su “objetualización” fue tal que, privadas de cualquier signo identitario, algunas ni siquiera atendían cuando se las llamaba por el nombre que aparecía en su historial. Huertas y sus compañeras tardaron en descubrir que, “durante años, muchas habían sido llamadas por nombres que no les pertenecían”.

Cuando el nuevo equipo psiquiátrico intentó encontrar alguna pista de la biografía de aquellas mujeres se dieron de bruces con unos expedientes desiertos, formados por “dos hojas de escuetas anotaciones”. 

Ni rastro de los 20 o 30 (¡30!) años que muchas permanecieron confinadas en el Manicomio de Jesús, presas de un “régimen carcelario” que imponía una “disciplina férrea” y un “encierro sin expectativas”, “aisladas en una colectividad muda para la comunicación, chillona para las protestas y embotada por tratamientos abusivos”. “Años vacíos” en los que su única opción fue intentar “sobrevivir en la exclusión”.

Dormían hacinadas en habitaciones de 80 camas distribuidas en tres filas, casi pegadas las unas a las otras. Sin armarios ni mesillas. Sin un espacio personal. Comían sin cubiertos en una larga mesa, en una sala que hacía las veces de comedor y espacio en el que coser. Pasaban su ‘tiempo libre’ (si es que se le puede llamar así) en un rincón del patio o rezando, compartiendo “con desconocidas su soledad colectivizada”.

Las lobotomías “se aplicaban habitualmente —más como castigo que por presunto efecto terapéutico— a las personas que se mostraban más rebeldes, y dejaban lesiones irreversibles en el cerebro, en el comportamiento y en sus vidas.

Atrapadas en una “pasividad obligada”, fueron sometidas a una continua violencia psíquica que las atiborraba a base de medicación farmacológica. 

Se sucedieron los tratamientos físicos, eléctricos y quirúrgicos: inyecciones de insulina, trementina o cardiazol; tandas de electroshocks; argollas; lobotomías que “se aplicaban habitualmente —más como castigo que por presunto efecto terapéutico— a las personas que se mostraban más rebeldes, y que dejaban lesiones irreversibles en el cerebro, en el comportamiento y, en definitiva, en la vida de muchas de sus compañeras internadas”. 

Celdas de castigo, o ‘jaulas’, cubiertas de paja y excrementos de internas. “Tratos humillantes y vejatorios, degradación y miseria”.

Algunos de los profesionales con los que se encontraron el nuevo Hospital Psiquiátrico de Bétera se creían, escribe Huertas, “capaces de cambiar la estructura social opresora, el régimen tardofranquista, el paradigma patriarcal y mísero capitalista, la vida cotidiana, las relaciones, el consumo, los horarios, el espacio y el tiempo”.

Comenzaron por cambiar las abusivas prácticas psiquiátricas. Devolvieron a las mujeres internadas su autonomía personal: decoraron a su gusto sus propias habitaciones, se les facilitaron útiles de aseo y pudieron elegir su ropa (interior y exterior). 

Preparaban ellas mismas la comida, entraban y salían del hospital, asistían a reuniones, asambleas, charlas y talleres. Hablaban y hablaban y hablaban. Habían pasado muchos años sin hacerlo. Para Huertas, lo “transformador y movilizador” de aquel proceso fue reconocer la capacidad de las internas: “Nos dedicamos a convivir con ellas, escucharlas, acompañarlas y conocernos unas a otras, en lugar de ‘tratarlas’”.

“A tratarlas como personas, que es lo que eran y son ellas”, proclama la autora. El equipo médico se empeñó, en definitiva, por “convivir” con las internas recién llegadas al Hospital Psiquiátrico de Bétera. “Hablábamos de nuestros problemas y de los suyos, de cómo podían participar. Ellas eran las protagonistas en realidad y nosotras estábamos allí para apoyarlas, ver qué era lo que querían e intentar que cada una de ellas siguiera el camino que escogiera”, explica.

El silencio impuesto a la fuerza a base de “tratamientos biológicos, físicos o químicos” era empleado para conseguir que “en los manicomios, además de ser privadas de su libertad, perdieran la palabra”

Huertas reconoce que no fue sencillo conseguir que expresaran su voluntad, pues “al principio aquellas mujeres no podían ni hablar, estaban en unas condiciones que no tenían palabra”. 

El silencio impuesto a la fuerza a base de “tratamientos biológicos, físicos o químicos” era empleado con la eficacia de la más útil de las herramientas para conseguir que “en los manicomios, además de ser privadas de su libertad, perdieran la palabra”. “Las tenían calladas porque la palabra es subversiva y expresa lo que se siente y desea”, sostiene Huertas.

“Es curioso, porque la palabra es aquello que se nos ha negado a las mujeres a lo largo de toda la historia. Nos han definido desde el mundo masculino y nunca se nos ha escuchado”, reflexiona, y se indigna: “Se nos oye, pero no se nos escucha; y además se nos califica de repetitivas, habladoras, quejosas y, por supuesto, de locas, histéricas, neurasténicas”.

Por rebelarse contra aquel mutismo forzoso e iniciar un proceso de escucha de las internas, María Huertas y sus compañeras fueron objeto de numerosas murmuraciones por parte del resto de personal del hospital, que las acusó de “dar excesiva libertad a ‘las locas’”, por no medicarlas ni someterlas a una estrecha vigilancia, “como era su obligación”. 

Aunque Huertas fue (y sigue siendo) muy crítica con la “ideología y formación más tradicional” de aquellos médicos, no tarda en poner el foco sobre la psiquiatría actual, pues asegura que antaño “no se contaba con el arsenal farmacológico del que se dispone hoy y, por tanto, las multinacionales de medicamentos tenían poco interés en la psiquiatría”.

“En estos momentos, se están realizando contenciones y se están dando electroshocks en todos los hospitales, justificándolo bajo el argumento de que la sofisticación actual ha conseguido eliminar a la brutalidad de los tratamientos de décadas atrás”, alerta Huertas.

“En estos momentos, se están realizando contenciones y se están dando electroshocks en todos los hospitales, justificándolo bajo el argumento de que la sofisticación actual ha conseguido eliminar a la brutalidad de los tratamientos de décadas atrás”, alerta Huertas, que se cabrea al afirmar que “las camisas químicas que impone la farmacoterapia son tremendas”. 

“Se piensa que la medicación es la solución a todo y únicamente se intentan tratar los síntomas, pero no se escucha lo verdaderamente importante: qué es lo que le pasa a esa persona, cuál es su manera de pensar, cuál es su contexto, cuáles son sus proyectos vitales, qué cargas familiares tiene, qué le está pasando con su pareja, sus hijos o sus vecinos”, censura.

Junto al “medicar por medicar” de la psiquiatría actual, alarma de un marcado “sesgo de género tanto en salud mental como en atención primaria, donde se tratan gran cantidad de problemas de salud mental de las mujeres”. 

Los “patrones absolutamente distintos a nivel fisiológico y emocional” de las mujeres son ignorados y, consiguientemente, “se las psicologiza y medicaliza inmediatamente, en lugar de escucharlas o pedirles pruebas diagnósticas, algo que sí que ocurre en el caso de los hombres”.

Huertas sitúa estas prácticas en torno a “una serie de estereotipos sobre las mujeres que perjudican su salud física y mental” y que se remontan, como mínimo, “a principios del siglo pasado, cuando se publicaron libros y libros dedicados a demostrar que los cerebros de las mujeres son similares a los de un niño, un delincuente o un hombre loco, y, en definitiva, inferiores a los de los hombres”: “Siempre se ha atribuido a las mujeres una mente más frágil, únicamente preparada para la costura y las labores que tienen que ver con la crianza de los hijos. 

Y todas sus enfermedades mentales se han atribuido a su supuesta inferioridad; desde la filosofía, la ciencia y la religión se ha considerado que tienen (tenemos) una mente enfermiza porque tienen un aparato reproductivo que, curiosamente, permite que la humanidad subsista”.

Opuestas a estos planteamientos, María Huertas y su equipo hicieron caso omiso del ruido reprobatorio procedente de aquel sector para el que resultaban sumamente incómodas. Cuando los efectos enajenantes de la medicación empezaron a diluirse, descubrieron que muchas de las mujeres internadas no padecían ninguna enfermedad mental. 

Recuperaron la capacidad de razonar y emocionarse; la palabra negada; la oportunidad de (re)iniciar su proyecto vital alejadas de la exclusión. Descubrieron que habían sufrido una injusticia que se había prolongado durante décadas y que, de no haber sido por el cierre del Manicomio de Jesús, las habría “condenado de por vida”

“Casi la mitad de las mujeres volvieron a sus familias. Se montaron dos pisos de compañeras: uno en el 75 y otro en el 81. Algunas fueron a residencias de su pueblo, y otras, muy mayores, a familias de acogida en Bétera con personas que conocían y que las integraron como la abuelita de la casa”, recompone Huertas en Nueve nombres.

No estaban enfermas. En su mayoría, habían sido víctimas de la violencia machista de sus maridos, de violaciones, del desprecio de una sociedad (y un régimen) que las señaló por ser madres solteras, del poder de la Iglesia católica, de la pobreza. 

No estaban enfermas, habían sido “alienadas, presas en una férrea estructura de sinrazón que las calificaba de irrazonables a ellas; maltratadas y sometidas a un régimen de violencia que las acusaba de peligrosas”.

“Ningún hombre podría estar dentro de un manicomio por tener un hijo soltero, salir demasiado de casa, pintarse o ser demasiado sociable”, contrapone Huertas.

En este sentido, la enfermedad —el pecado— de gran parte de las mujeres internas en el Manicomio de Jesús había consistido en la “transgresión de los patrones de género que se les habían impuesto”. 

“Eran víctimas de la familia; de la estructura patriarcal que lo engloba absolutamente todo (la Iglesia, el ejército, el Estado, lo social, lo filosófico) y que se refleja en la familia y el interior de las casas como espacio de convivencia primordial”.

Nueve nombres es la confirmación de que aquellas mujeres consiguieron recuperar sus nombres, esos que “les habían perdido en el manicomio, algunos equivocados, otros sustituidos por el apellido. 

Y pasaron a llamarse como a ellas les gustaba, con los diminutivos que utilizaban su madre o su abuela”. Ana, Amparo, María Jesús, Felipa, Dolores, Aurora, Blanquita, Margarita, María. 

Memoria de nueve historias que son, en realidad, decenas y decenas de mujeres.

Imagen de portada: Archivo. Muchas de las mujeres internas en el psiquiátrico no estaban enfermas, habían transgredido los patrones de género que se les habían impuesto.

FUENTE RESPONSABLE: País Valencia. El Salto.España. Por María Palau. 5 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/España/Literatura/”Nueve nombres”/ Historia/Psiquiatría/Manicomio de Jesús (València)/ Mujeres/ Violencia/Abusos sexuales/ Lobotomías/ Aberraciones/ Denuncias/Centros de poder/Pensamiento crítico.

¿Qué es el enigmático ‘Ojo del Sáhara’ visible desde el espacio?

GEOLOGÍA

Desentrañan el origen de la impresionante estructura circular que se abre en pleno desierto, al sureste de Canarias.

El Ojo del Sáhara, también conocido como la Estructura Richat, es una gran formación geológica circular en pleno desierto, ya en Mauritania, pero no muy lejos de las islas Canarias. Tiene nada menos que 50 kilómetros de diámetro y se cree que se formó por la erosión y el levantamiento del terreno, que dio lugar a una especie de cúpula posteriormente erosionada.

Aunque a primera vista parece un cráter de impacto (es decir, causado por el choque de un meteorito contra el suelo), es más bien un ejemplo de una estructura geológica llamada anticlinal simétrico, un tipo de pliegue en las capas de roca que quedó al descubierto por procesos geológicos y erosión.

Se trata de una de las formaciones geológicas más increíbles del planeta. En este enlace de Google Earth puede contemplarse en toda su magnitud.

Imagen de la formación del Sahara SHUTTERSTOCK/NASA

Desde luego es un paraje espectacular para ser contemplado sobre el terreno y también a vista de pájaro, pero también ha sido estudiado concienzudamente por los geólogos para comprender con exactitud cómo se originó este fenómeno.

El Ojo del Sáhara se halla situado en un área bastante remota y apartada de este desierto, poco frecuentada por los científicos. Es por eso que esta formación no recibió mucha atención hasta que algunos astronautas, que la observaron desde el espacio (donde se aprecia mejor su configuración) llamaron la atención sobre su existencia, a partir de lo cual se convirtió en una de las curiosidades naturales más famosas del planeta.

¿Cómo se formó el Ojo del Sáhara?

Es probable que la estructura se haya formado a través de un proceso llamado «plegamiento», creando lo que se llama un anticlinal simétrico. El plegamiento ocurre cuando las fuerzas tectónicas que actúan desde cualquier lado aprietan la roca sedimentaria: si la roca está fría y quebradiza, puede fracturarse, pero si está lo suficientemente caliente, se convertirá en un pliegue. Los pliegues que se forman hacia arriba se denominan anticlinales, mientras que los pliegues hacia abajo se denominan sinclinales.

Ubicación de la formación, al sureste de Canarias

Ubicación de la formación, al sureste de Canarias GOOGLE

Sin embargo, en un artículo de 2014 publicado en el Journal of African Earth Sciences, los investigadores propusieron una explicación de formación completamente diferente para el Ojo del Sáhara. 

Los autores creen que la presencia de roca volcánica es una evidencia de que la roca fundida fue empujada hacia la superficie, causando su forma de cúpula, antes de erosionarse para formar los anillos que vemos hoy. El artículo proponía que la separación del supercontinente Pangea podría haber influido en estas formaciones volcánicas y cambios tectónicos.

La estructura, vista en perspectiva

La estructura, vista en perspectiva NASA

La estructura está formada por una mezcla de roca sedimentaria e ígnea. La erosión a lo largo de la superficie de la estructura revela riolita de grano fino y rocas gabro cristalinas gruesas que han sufrido alteración hidrotermal. Los tipos de rocas que se encuentran en los anillos se erosionan a diferentes velocidades, creando diferentes patrones de colores en la superficie. Grandes fragmentos de roca sedimentaria en ángulo agudo, llamados mega brechas, se suman a las coloridas irregularidades arremolinadas que componen la formación.

El Ojo del Sahara fue seleccionado como uno de los primeros 100 sitios del patrimonio geológico identificado por la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS).

Imagen de portada: El enigmático Ojo del Sáhara, visto desde el espacio NASA

FUENTE RESPONSABLE: Información. España. Por Joan Lluís Ferrer. 4 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Geología/NASA/España/Patrimonio geológico

La Dama de Brassempouy, una de las primeras representaciones del rostro humano, es una obra única en el arte paleolítico.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor donde se encuentre escrito con “azul”. Muchas gracias.

Un pequeño pueblo del extremo suroeste de Francia se convirtió a finales del siglo XIX en uno de los principales focos de la arqueología prehistórica europea. Dos yacimientos paleolíticos fueron descubiertos y explorados muy cerca de la localidad, las cuevas conocidas como Galería de las Hienas y la Gruta del Papa, situadas apenas a 100 metros la una de la otra. Serían los primeros yacimientos paleolíticos explorados de Francia.

La Gruta del Papa se exploró por primera vez en 1881, pero no sería hasta 13 años más tarde que se harían cargo de los trabajos los arqueólogos Joseph de Laporterie y Édouard Piette.

En los estratos atribuidos al período solutrense tardío Piette encontró que los niveles inferiores contenían una gran cantidad de objetos de marfil, por lo que denominó a ese período como Eburniense, que significa pálido o blanco como el marfil.

Figurillas de marfil encontradas en Brassempouy, expuestas en el Museo Nacional de Arqueología | foto Lionel Allorge en Wikimedia Commons

Hasta ocho figurillas o fragmentos de ellas realizados en marfil encontró Piette, todas ellas con aspecto de estar inacabadas y de haber sido talladas al mismo tiempo.

Entre ellas sobresale la que se bautizó como Dama de Brassempouy o Dama de la Capucha, una de las primeras representaciones conocidas del rostro humano junto con la Venus XV hallada en Dolní Věstonice.

La Dama de Brassempouy o Dama de la Capucha | foto Cangadoba en Wikimedia Commons

Ambas fueron hechas durante el período Gravetiense del Paleolítico Superior, hace aproximadamente 25.000 años. La Dama de Brassempouy pronto se convirtió en un icono para los estudiosos y aficionados a la prehistoria.

Sin embargo, en el momento de su creación no debió ser especialmente apreciada, ya que el modelo no tuvo continuidad como canon para los artistas del período Gravetiense y posteriores. En ese sentido fue una obra fallida, y al mismo tiempo única.

Aunque inmediatamente tras su descubrimiento se la consideró una representación femenina, en realidad no hay en la figura nada que nos pueda indicar el sexo. Se trata de una cabeza que mide apenas 3,65 centímetros de alto, por 2,2 de profundidad y 1,9 de ancho. Tiene talladas la frente, la nariz y las cejas, pero no la boca, que está ausente.

Reconstrucción hipotética de la Dama de Brassempouy realizada por Libor Balák (Academia Checa de las Ciencias, Instituto de Arqueología de Brno) | foto Libor Balák en Wikimedia Commons

Destaca una grieta vertical que va desde la frente hasta la barbilla en el lado derecho de la cara, y que es consecuencia de la estructura interna del marfil. La cabeza presenta una trama en forma de damero formado por dos series de incisiones poco profundas en ángulo recto. No se sabe si representa una peluca, una capucha (de ahí uno de los nombres atribuidos a la figurilla) o el pelo peinado en trenzas.

Lo que diferencia a la Dama de Brassempouy del resto de esculturas femeninas gravetienses contemporáneas, conocidas como Venus (las de Willendorf, Lespugue, Dolní Věstonice), es la definición del rostro, que en éstas suele ser muy esquemático. 

Los finos rasgos, la frente despejada y los pómulos altos, la delicada y rectilínea nariz, el mentón pequeño pero saliente y un cuello grácil, así como el tocado, reflejan el virtuosismo del escultor que la realizó, y demuestran que dominaba las técnicas de la incisión, la perforación, el raspado y el pulido.

La Dama de Brassempouy en diferente del resto de «Venus» paleolíticas | foto Zorey74 en Wikimedia Commons

Algunos quieren ver también en las estrías o escarificaciones presentes en el rostro, representaciones de tatuajes o, en menor medida, algún tipo de maquillaje.

Estudios realizados a la fractura del cuello sugieren que no es resultado de una rotura, lo que lleva a suponer que en realidad la cabeza nunca estuvo unida a un cuerpo. De hecho, ninguno de los otros fragmentos tallados en marfil encontrados junto a ella parecen tener las mismas dimensiones.

Todas las figurillas encontradas en la Gruta del Papa fueron donadas por Piette en 1902 al Museo Nacional de Arqueología de Saint-Germain-en-Laye, cerca de París, donde hoy pueden verse juntas en la sala que lleva el nombre de su descubridor.

Reproducciones gigantes en el Museo de Brassempouy | foto Julien 31 en Wikimedia Commons

En la localidad de Brassempouy el museo de la Maison de la Dame expone reproducciones y calcos de las figurillas, siendo especialmente famosas las versiones gigantes situadas en el patio.


Fuentes: White, R. The Women of Brassempouy: A Century of Research and Interpretation. J Archaeol Method Theory 13, 250–303 (2006). doi.org/10.1007/s10816-006-9023-z | Christine Desdemaines-Hugon, Stepping-Stones: A Journey through the Ice Age Caves of the Dordogne | La “Dame à la Capuche” (Musée d’Archéologie Nationale) | Wikipedia

Imagen de portada: La Venus o Dama de Brassempouy | foto Jean-Gilles Berizzi en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Guillermo Carvajal. 2 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Arqueología/Arte.

El día que Stalín traicionó a sus aliados.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor donde se encuentre escrito con “azul”. Muchas gracias.

El 4 de febrero de 1945, los que se perfilaban como los tres grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial – Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Yosif Stalin, puesto que Charles de Gaulle no fue invitado – se reunieron en la ciudad de Yalta, en Crimea, para decidir el rumbo del mundo tras la Segunda Guerra Mundial

La guerra aún no había terminado, pero vistas las diferencias profundas entre el dictador soviético y el resto de los Aliados, convenía dejarlo todo bien atado. Pero fueron demasiado optimistas: esta conferencia, que iba a marcar el final del conflicto más terrible que había vivido la humanidad, terminó siendo el inicio de lo que se conocería como la Guerra Fría.

Dos cuestiones centraron la conferencia

la gestión de Alemania tras la guerra – repartiendo el país, desnazificada y juzgando a los dirigentes nazis – y el estatus de Polonia. 

En el primer punto, los Aliados occidentales consiguieron un trato más benévolo que el que pedía Stalin, recordando que había sido precisamente la dureza del Tratado de Versalles una de las causas fundamentales del ascenso del nazismo. 

La cuestión polaca era el verdadero problema, ya que la Unión Soviética apoyaba a un gobierno comunista y los demás países a un gobierno polaco en el exilio. Finalmente se acordó un gobierno provisional de unidad que debía celebrar elecciones libres.

El conflicto llegó cuando Stalin no cumplió lo acordado, y no solo en Polonia sino también en Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria: en ninguno de estos países se celebraron las elecciones prometidas, sino que se impusieron gobiernos comunistas y entraron en la órbita soviética. 

Los países occidentales, que ya desconfiaban de Stalin, lo consideraron una traición y no volvieron a creer nunca más en él: en palabras de Churchill, un telón de acero cayó sobre Europa oriental.

Imagen de portada: Foto: Departamento de Defensa de los EEUU / CC

FUENTE RESPONSABLE: Historia National Geographic. Por Abel G.M. 31 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Historia/Segunda Guerra Mundial/Stalín.

¿Dónde se encuentra la biblioteca más antigua de Europa?

Fue fundada en 1254 por voluntad de Alfonso X El Sabio en una ciudad española.

El sabio refranero popular español dice que el saber no ocupa lugar. Y uno de los principales centros de aprendizaje en España son las bibliotecas, que a lo largo de la historia fueron un lugar de encuentro para muchos sabios y sus aprendices, con el fin de ampliar sus conocimientos.

En sus orígenes tuvieron una naturaleza más propia de lo que hoy se considera un archivo que de una biblioteca. Nacieron en los templos de las ciudades mesopotámicas, donde tuvieron en principio una función conservadora, de registro de hechos ligados a la actividad religiosa, política, económica y administrativa, al servicio de una casta de escribas y sacerdotes. Los documentos se escribían en escritura cuneiforme en tablillas de barro, un soporte basto y pesado, pero que ha garantizado su conservación.

Con el paso del tiempo las bibliotecas se convirtieron más en lugares dónde guardar y consultar libros, para pasar a ser las centros de acogida colecciones bibliográficas y audiovisuales que se ponen al servicio de los usuarios.

Las bibliotecas se pueden clasificar atendiendo a varios criterios (usuarios, acceso, ámbito geográfico, etc.):

Bibliotecas Nacionales: Representan la cabecera del sistema de los estados. Están financiadas con fondos públicos y cumplen una doble finalidad: proporcionar material bibliográfico de investigación para cualquier disciplina, y conservar y difundir el patrimonio cultural (referente a información registrada a lo largo del tiempo) de cada país.

Sala de lectura principal de la Biblioteca Nacional de España

Sala de lectura principal de la Biblioteca Nacional de España FOTO: LA RAZÓN (CUSTOM CREDIT)

Bibliotecas universitarias: Son las bibliotecas de las facultades, escuelas y demás unidades académicas de las universidades y centros de enseñanza superior. Difieren de las bibliotecas de investigación. Están al servicio de sus estudiantes y tienen que apoyar los programas educativos y de investigación de las instituciones en que se encuentran integradas, de las que obtienen, por regla general, su financiación.

Imagen de jóvenes universitarios estudiando en una biblioteca

Bibliotecas escolares: Complementan los programas de las instituciones a las que pertenecen, aunque también disponen de libros no académicos para fomentar el hábito de la lectura. Muchas cuentan con distintos medios audiovisuales y electrónicos. Su financiación procede de los centros escolares en las que están integradas. La biblioteca escolar ofrece servicios de aprendizaje, libros y otros recursos, a todos los miembros de la comunidad escolar para que desarrollen el pensamiento crítico y utilicen de manera eficaz la información en cualquier soporte y formato.

Bibliotecas especializadas: Están diseñadas para responder a unas necesidades profesionales concretas. Por ello, suelen depender de empresas, sociedades, organizaciones e instituciones específicas, que proporcionan a sus empleados y clientes estos servicios durante su trabajo. La formación del personal de una biblioteca especializada incluye conocimientos tanto de la materia que cubren sus fondos como de biblioteconomía.

Biblioteca documentacion

Biblioteca documentación FOTO: LA RAZÓN LA RAZÓN

Bibliotecas públicas: Pretenden responder a la amplia gama de necesidades que pueden demandar sus usuarios. Además de obras literarias clásicas, sus fondos pueden estar integrados por textos que proporcionan información sobre servicios sociales, obras de referencia, discos, películas y libros recreativos. Muchas de ellas patrocinan y organizan actos culturales complementarios, tales como conferencias, debates, representaciones teatrales, conciertos musicales, proyecciones cinematográficas y exposiciones artísticas. En este sentido, deben ser mencionados los servicios infantiles, sección característica de las bibliotecas públicas que promueve sesiones literarias, procura la existencia de una pequeña biblioteca infantil y, en ocasiones, hasta dispone de dependencias con juguetes.

Biblioteca Pública de Castilla y León en Valladolid FOTO: MIR_ICAL ICAL

Algunas de las nuevas fórmulas de bibliotecas infantiles son el bibliobús y las bebetecas. El bibliobús es una biblioteca móvil que se desplaza periódicamente por diferentes barrios de la ciudad, ofreciendo los servicios bibliotecarios a niños, jóvenes y adultos. Su objetivo es facilitar el acceso a la información, la cultura y el tiempo libre a todos los ciudadanos, sobre todo aquellos que por vivir en núcleos pequeños o dispersos carecen de una biblioteca estable.

Uno de los dos bibliobuses que recorre la provincia de Soria.
DIPUT. DE SORIA.
27/01/2023

Uno de los dos bibliobuses que recorre la provincia de Soria. DIPUT. DE SORIA. 27/01/2023 FOTO: DIPUT. DE SORIA.  DIPUT. DE SORIA.

Las bebetecas se definen como un servicio de atención especial para la pequeña infancia (de 0 a 6 años) que incluye, además de un espacio y un fondo de libros escogidos para satisfacer las necesidades de los más pequeños y de sus padres, el préstamo de estos libros, charlas periódicas sobre su uso y sobre los cuentos, asesoramiento y una atención constante por parte de los profesionales de la biblioteca hacia los usuarios.

Pincha el siguente link para ver el vídeo. Muchas gracias.

Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca | Realidad Virtual 360º

Paralelamente, puede considerarse también como fecha de nacimiento de la Biblioteca Universitaria el año 1254, puesto que la Carta Magna de Alfonso X ya recogía la creación del cargo de Estacionario o propietario de una “Estación” de libros, retribuido por la Universidad y encargado de mantener ejemplares actualizados para la consulta. No obstante, es preciso esperar al siglo XV para que abunden las noticias acerca de la Biblioteca, que no alcanzó su primer esplendor hasta la segunda mitad del siglo XV y durante todo el siglo XVI.

La portada de acceso a la biblioteca, de estilo gótico, está situada en el claustro alto del edificio de las Escuelas Mayores, y fue labrada en piedra por los mismos artistas que esculpieron la portada de la Catedral Nueva de Salamanca, y la reja reja de hierro colocada junto a dicha portada y destinada a cerrar el acceso a la biblioteca data de 1526.

La gran sala que ocupa la biblioteca sufrió una profunda transformación en 1749, aunque otros autores afirman que fue edificada en dicho año por el arquitecto José Isidro siguiendo las trazas de Andrés García Quintana, y está cubierta por una bóveda de lunetos y poligonal en sus extremos.

Pues estos centros fueron una realidad en España a partir de 1254, cuando el Rey Alfonso X el Sabio fundó la Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca, que de esta forma se convirtió en la primera de Europa y de nuestro país. 

Un año más tarde, en 1255, el Papa Alejandro IV concedió validez universal a los títulos impartidos por la nueva Universidad y le permitió el uso de un sello propio.

Imagen de portada: Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca FOTO: DAVID ARRANZ

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Raúl Mata. Actualización 6 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Salamanca/España/Biblioteca General Histórica