El Bobby Fischer adolescente, un chaval que aprendía ruso en casa para poder leer los manuales de ajedrez soviéticos. Parte II.

«En el colegio, Bobby estaba siempre callado, poco interesado en las clases. De vez en cuando, sacaba su pequeño tablero de bolsillo y se ponía a jugar. Invariablemente, era descubierto por el profesor, que le decía: «Fischer, no puedo obligarte a escuchar la lección ni puedo impedir que juegues al ajedrez, pero hazlo por mí, por favor, deja el tablero». Bobby, cortésmente, dejaba el tablero a un lado y se quedaba sentado, en un pétreo silencio. Y todos sabíamos, incluido el profesor, que seguía jugando al ajedrez en su cabeza»

Su mundo era el ajedrez. El pequeño Bobby se sentía preparado para hacer del ajedrez su vida y centrar en ello todos sus esfuerzos de cara al futuro. Si antes de los doce años no había sido un niño prodigio como tal, al menos no uno especialmente brillante, entre los trece y los quince años experimentó un proceso de explosión ajedrecística completamente inaudito en un adolescente de su edad. 

Después de que su espectacular partida contra el maestro Donald Byrne hubiese recorrido las publicaciones especializadas de todo el mundo, haciendo que su talento en ebullición fuese reconocido con entusiasmo por varios los más importantes maestros, incluidos varios de la Unión Soviética, el todavía escolar pensaba que era momento de dar el salto definitivo a la competición adulta. No sólo como invitado especial en algún que otro torneo, sino como participante de pleno derecho. Y no se trataba únicamente de un impetuoso deseo del siempre competitivo Bobby, sino que su ascenso en los rankings empezaba a respaldar aquella decisión. No quería seguir jugando ajedrez juvenil porque, de hecho, su juego ya no era juvenil.

1957 fue el año en que se produjo ese salto. Aunque empezó el año, eso sí, participando por segunda vez en el Campeonato Junior de los EEUU, donde, como todo el mundo ya esperaba, volvió a arrasar sin contemplaciones. La organización del campeonato, por cierto, cometió el desliz de ofrecer exactamente el mismo premio que el año anterior: una máquina de escribir. 

Detalle que, como Pablo Morán recordaba divertido en uno de sus libros, «no hizo muy feliz a Bobby», que ahora poseía dos mecanográficas exactamente iguales. Aquella sería la última ocasión en que Fischer se dejaría ver en una competición juvenil. Se le habían quedado pequeñas.

Tras aquel segundo título junior, empezó a centrarse de manera exclusiva en torneos para mayores. 

Volvió al US Open, donde el año anterior había obtenido un aceptable resultado, aunque esta vez superó las expectativas y quedó clasificado en primer lugar. Era su primera victoria en un torneo para adultos. 

Ya por entonces había empezado a recibir invitaciones del extranjero pero las declinó todas —excepto un breve desplazamiento a Cuba para disputar un torneo de exhibición— porque quería inscribirse por primera vez en el Campeonato de los Estados Unidos, donde se enfrentaría a los doce mejores jugadores del país, algo a lo que ya tenía derecho gracias a su veloz ascenso en el escalafón. No había finalizado el colegio y ya competía por la corona nacional de la disciplina.

Durante años, el campeonato estadounidense había estado dominado por un pequeño puñado de nombres, las auténticas fuerzas vivas del ajedrez estadounidense: Larry Evans, Arthur Bisguier, Arnold Denker y muy en especial el veterano Gran Maestro Samuel Reshevsky, principal dominador de los escaques americanos, uno de los escasísimos jugadores occidentales que había podido provocar cierta inquietud a los todopoderosos soviéticos. 

Todos aquellos grandes nombres iban a estar presentes en el Campeonato estadounidense de 1957 y Bobby, que incluso entre los juveniles había sido el más pequeño, estaría rodeado de jugadores consagrados que, en algún caso, tenían incluso reputación mundial. 

Sin embargo, como se pondría de manifiesto muchas veces en el futuro, el nivel de la competencia era algo que lo preocupaba más bien poco. El enfrentarse a la clase dominante nunca fue algo que lo intimidase, ni siquiera a tan temprana edad. Ya se había demostrado a sí mismo que podía vencer a ajedrecistas consagrados. Llevaba desde los ocho años derribando murallas para intentar ser cada vez mejor y aquellos prestigiosos nombres no eran sino nuevas murallas que intentar derribar. Asi pues, lejos de acudir a su primera gran competición acomplejado o acobardado, el chaval flacucho de Brooklyn se presentó repleto de confianza en sí mismo.

Las previsiones en torno a su papel anticipaban una actuación “discreta”, en paralelo con la que había obtenido en el torneo Rosenwald del año anterior, el único evento de su trayectoria que había sido, más o menos, comparable en magnitud. 

Uno de sus inminentes rivales era Arthur Bisguier, que había ganado el título nacional un par de años antes para volver a perderlo frente a Reshevsky. Pues bien, siendo generoso, vaticinó lo siguiente: «Bobby debería finalizar ligeramente por encima de la mitad de la tabla. Es, muy posiblemente, el más dotado de todos los jugadores del campeonato, pero aun así no tiene suficiente experiencia en torneos de esta consistencia y fuerza». Una previsión tan razonable que probablemente todo el mundo hubiese estado de acuerdo de antemano.

Todo el mundo… excepto una persona: el propio Bobby Fischer. Llegó, vio y venció. Sin perder una sola partida (+8=5-0) y reduciendo a escombros el establishment ajedrecístico norteamericano, se proclamó campeón absoluto de los Estados Unidos. 

Fue, ni que decir tiene, el jugador más joven de la Historia en conseguir semejante hazaña. Ya era, oficialmente, el mejor ajedrecista del país. Con ello, además, se ganaba una plaza para participar en su primera gran competición internacional, el Torneo Interzonal, donde los mejores jugadores profesionales de los cinco continentes peleaban por una oportunidad para disputar el campeonato mundial. Bobby Fischer había pegado una patada en la puerta de la élite, dispuesto a colarse entre los mejores.

Tenía catorce años.

Todos sabíamos que estaba jugando partidas en su cabeza

«Aunque Bobby era muy intenso y se lo tomaba todo muy en serio, cuando algo le parecía gracioso tenía una fantástica risa. Era como si intentase retenerla, pero de repente soltaba esa gran y explosiva carcajada, como si fuese una vía de escape. Siempre nos llevamos bien. Podía ser muy divertido, pero el tema de conversación era casi siempre el ajedrez […] Fischer era un buen chico, aunque muy ingenuo en cualquier cosa que no fuese el ajedrez. Todo era ajedrez para él, cada momento del día» (Ron Gross, amigo de la infancia)

La condición económica de su familia era muy precaria, pero la mediación de la gente del mundillo ajedrecístico de Nueva York permitió que Bobby pudiese acudir a una importante escuela privada de su ciudad. 

Lo pusieron en contacto con el colegio Erasmus Hall y le instaron a solicitar una plaza, convencidos de que la obtendría en cuanto la institución supiese de su talento. Para decidir la posible admisión de Fischer, la dirección del centro lo sometió a pruebas que medían su capacidad intelectual. Obtuvo una puntuación superior a la obtenida por Albert Einstein y claro, tuvieron a bien admitirlo como alumno con una beca que le eximía de pagar los altos costes de matrícula. 

El hecho de que después se airease públicamente la puntuación de cociente intelectual que obtuvo en su infancia, un dato citado por la prensa casi cada vez que se hablaba de él, siempre pareció incomodar a Fischer. 

El público se tomase aquella puntuación como una especie de número inmutable tallado en piedra, cosa que no es, ya que el C.I. es más bien  una indicación aproximada e incompleta de las capacidades intelectuales generales de un individuo frente al resto. Además, ya en su edad adulta, Fischer nunca se prestó a repetir ese tipo de pruebas y afirmó no saber cuál era su cociente intelectual. Tampoco se necesitaba medirlo; todo el mundo tuvo siempre claro que su capacidad era inmensa y nunca nadie dudó de que era un genio.

Aun con su prodigiosa inteligencia, las clases en el selecto colegio Erasmus Hall no le aprovecharon demasiado. Bien es cierto que no era un alumno conflictivo. A despecho de la imagen de enfant terrible que con justicia se ganó en años posteriores, como escolar era más bien un niño callado, bien educado y de aire ausente. Pero no era un buen estudiante. Le costaba mucho prestar atención. Se pasaba horas y horas con la mente perdida en el ajedrez. Y, cuando no estaba pensando en ajedrez, estaba haciendo dibujos de monstruos o «garabatos elaborados», incluso escribiendo letras de canciones.

Sus profesores lo recordarían, pues, como un mal alumno y como un niño retraído, poco sociable, que solía dar un brinco de alegría cuando sonaba el timbre que señalaba el final de las clases. Tenía intereses no demasiado inusuales para cualquier niño de los años cincuenta: le gustaban la astronomía, los dinosaurios y, como ya vimos, ver partidos de béisbol y escuchar música rock. 

Eso sí, no mostraba demasiada facilidad para relacionarse. Además de su particular carácter y de su anómala inteligencia —frecuentemente citada como causa de una baja adaptación, que puede ser—, hay que tener en cuenta otro detalle que por lo general se omite: Fischer era un niño pobre en un colegio privado donde la mayoría de los alumnos provenía de familias acomodadas, cuando no sencillamente ricas. A esas edades, ese detalle es algo que bien puede marcar las diferencias. Es raro que en las biografías de Fischer se le preste poca atención a eso, pero proceder de un extracto social tan distinto al de sus compañeros no pudo ayudar a que se integrase.

Bobby solamente obtenía buenos resultados en aquellas asignaturas, pocas, que captaban su interés, o en aquellas para las que tenía una facilidad especial. Por ejemplo, se le daban muy bien las clases de español. En ellas no tenía que esforzarse ni atender, ya que heredó, al menos en parte, la facilidad para los idiomas de su madre, Regina Fischer, que hablaba con soltura varios idiomas. Por lo demás, su desempeño académico dejaba mucho que desear y sus notas eran malas.

Los pocos retazos que nos llegan del retrato del Bobby Fischer en su etapa escolar proceden, en ocasiones, de fuentes tan curiosas como inesperadas. 

Por ejemplo, una de sus compañeras de clase se llamaba Barbara Streisand. La misma que, como él, se convertiría años después en una de las personas más famosas del mundo. 

En el futuro, Streisand confesó que había sido amiga de Bobby en el colegio y que había experimentado hacia él un típico enamoramiento adolescente. La cantante y actriz dijo que Bobby había sido, como ella misma, un inadaptado dentro del aula. Contaba que solían almorzar juntos todos los días y que recordaba a Bobby de dos maneras: bien riendo a carcajadas mientras leía la revista humorística Mad o, con mayor frecuencia, completamente callado y con la mirada perdida en el infinito: “Fischer estaba siempre solo y era muy peculiar, pero a mí me parecía muy sexy”.

Según parece, el amor platónico de Barbara Streisand no fue correspondido y se quedó en una simple amistad. Después de que la actriz contase la anécdota a los medios, se produjo una inevitable ola de curiosidad sobre la insólita coincidencia escolar entre dos de las personas más famosas del planeta. 

La prensa, de hecho, preguntó al Fischer adulto sobre su amistad adolescente con Barbara (por entonces ella ya escribía su nombre como «Barbra») y él respondió con evasivas, algo característico cuando tenía que afrontar las cuestiones más personales:

Reportero: Bobby, «¿es verdad que cuando estabas en la secundaria, Barbara Streisand era una de tus compañeras de clase?»

Fischer: «¡Eso he oído! Recuerdo una chica de aspecto tímido. Quizá era ella, no lo sé»

Reportero: «Ella era tu mejor amiga, de acuerdo a las informaciones»

Fischer: «No, no lo creo, no, no. No, en absoluto»

No hay que descartar que Fischer sí recordase bien a Barbara Streisand, en especial si habían tenido una relación cercana, porque el ajedrecista nunca se caracterizó por su mala memoria, al contrario. 

También sabemos, con todo, que Fischer detestaba ser objeto de cotilleos, así que no resulta extraño que negase con tanto énfasis que la cantante hubiese sido su amiga en el colegio, aunque lo hubiese sido en la realidad. Era una manera como cualquier otra de detener las elucubraciones de la prensa, que Fischer detestaba con ahínco.

Sea como fuere, Fischer permaneció en la escuela hasta los dieciséis años, es decir, hasta la edad legal en que estaba obligado a asistir a clases. 

Después, dejando atrás un expediente muy mediocre, las abandonó. La única formación que le interesaba era la relacionada con el ajedrez —ahí sí se aplicaba con férrea determinación— y afirmaba sin tapujos que «el colegio es inservible, allí no te enseñan nada». Nada relacionado con el ajedrez, claro. 

En su casa, en cambio, era capaz de pasarse horas estudiando teoría ajedrecística, aplicando una energía y disciplina de la que había carecido por completo en los estudios formales. 

Incluso aprendió ruso para poder entender los mejores libros sobre ajedrez del momento, los manuales soviéticos; ayudó el que Regina Fischer, que había estudiado en Rusia y simpatizaba con los comunistas, escuchase habitualmente Radio Moscú en el domicilio familiar. 

Aun así, Bobby no desarrollaba la misma fluidez en los idiomas que su madre. Para él, los idiomas eran un mero instrumento orientado, cómo no, al tablero; dejó de esforzarse por aprender ruso en cuanto sabía lo suficiente como para poder estudiar los manuales. Sabemos que su madre hablaba un perfecto ruso, pero los ajedrecistas soviéticos todavía recuerdan que, aunque Fischer leía y entendía bien el ruso, lo hablaba de forma titubeante e insegura.

Aquella fijación fanática por la práctica y el estudio del juego —unida, por supuesto, a sus extraordinarias condiciones naturales— fue lo que, con los años, permitió a Bobby Fischer romper la hegemonía soviética en solitario, revolucionando el ajedrez como nunca se había visto. 

Aunque, durante sus primeros años, tuvo mentores y entrenadores, como Carmine Nigro o Jack Collins (con quien tuvo además estrecha relación personal, siendo lo único remotamente parecido a una figura paternal), fue ante todo un autodidacta. 

Para él, los entrenadores eran una ayuda más, como los manuales o los torneos de práctica, pero en la realidad Fischer se entrenaba a sí mismo. A cualquier otra persona le resultaba imposible intentar imponerle un programa de aprendizaje. Era él quien se imponía su propio programa, según su propio criterio, y este criterio consistía en no separarse nunca de su tablero.

Bobby viaja a la Unión Soviética

«Cuando empecé, los rusos eran mis héroes» (Bobby Fischer)

«Esperaba encontrar a un jovenzuelo vestido de forma estrafalaria, haciendo comentarios groseros todo el tiempo, pero fue un enorme placer encontrarme a una persona tan distinta» (Alexander Kotov)

A los quince años, Bobby estaba clasificado para el Torneo Interzonal que iba a celebrarse en Portoroz, Yugoslavia. Es decir, iba a formar parte de la más alta competición ajedrecística del planeta. Pero existía un serio problema: no disponía de dinero para efectuar el viaje. 

El ajedrez norteamericano, a diferencia del soviético, no era profesional. Incluso alguien tan relevante como Samuel Reshevsky necesitaba un empleo fijo y trabajaba como contable. Bobby, un escolar de familia humilde, no podía financiarse la aventura internacional. Es más, los soviéticos, atraídos por su figura, le habían ofrecido visitar Moscú acompañado de su hermana Joan (quien por entonces contaba diecinueve años) antes del Interzonal, pero seguramente desconocían que Bobby no tenía con qué pagar unos billetes de avión a Europa. 

Sin embargo, pese a ese inconveniente, él mostraba su determinación: «Iré, aunque tenga que hacerlo nadando».

Regina Fischer, tras entender que nunca conseguiría separar a su hijo del ajedrez, había dado un giro de ciento ochenta grados y ahora se dedicaba a respaldar con entusiasmo su incipiente carrera. Por ejemplo, acompañándolo a los torneos, algo que incomodaba bastante al joven jugador. 

Regina organizó una colecta y pronto recaudó el dinero necesario para el viaje, dado que su retoño ya se estaba empezando a hacer célebre como una especie de nuevo Einstein americano. 

Bobby entró en cólera cuando se enteró. Era la primera muestra de una de las características típicas de su personalidad: jamás aceptaba lo que considerase un acto de caridad. 

El dinero recaudado por la campaña le parecía el vergonzoso producto de las súplicas de su madre. El orgullo le impedía aceptarlo, lo cual, podemos aventurar, estaba íntimamente relacionado con la manera en que había vivido las malas condiciones económicas de su infancia y quizá también con su experiencia en el Erasmus Hall, rodeado de alumnos provenientes de hogares acomodados. 

Tal fue su disgusto al saber sobre la colecta, que hizo que su madre devolviese todo lo recaudado. Prefería no acudir a Portoroz y no jugar el Interzonal antes que usar el dinero que su madre había mendigado sin su conocimiento. Así pues, de nuevo estaba sin blanca.

Fue un programa de televisión lo que, curiosamente, le permitió viajar a Europa. El tímido Bobby fue invitado al concurso I’ve got a secret, donde un concursante tenía que adivinar quién era Fischer y por qué había sido invitado al programa (el motivo, obviamente, era su precoz título de campeón nacional). 

La filmación es una pieza de museo: vemos al joven Fischer siendo él mismo y no resulta difícil entender por qué despertaba simpatía entre los ajedrecistas adultos. Aparece algo avergonzado y fuera de lugar, pero propenso a sonreír. Todavía lo rodea un aura infantil. 

Los ajedrecistas que lo conocieron por entonces, de hecho, siguieron viéndolo como un niño durante bastantes años, y más sabiendo de su inmadurez emocional. En la filmación, Bobby sonríe abiertamente cuando alguien de entre el público lo jalea por ser del barrio de Brooklyn, y da las gracias, asombrado, cuando le entregan por sorpresa los billetes de avión para que su hermana y él viajen a Moscú, mientras el presentador dice «ha recibido una invitación para ir a Rusia y a Yugoslavia para enfrentarse a los mejores jugadores del mundo en una competición internacional… lo único que ha prevenido a este joven de aceptar esa invitación es la falta de dinero para el transporte, lo cual es comprensible. Creemos que sería una vergüenza que un americano haya de perder por no presentarse».

Lo dicho, una muestra de cómo fue visto Bobby en aquellos tiempos. Como lo que era: un chico de barrio cuyo talento le estaba llevando más lejos de lo que la economía de su familia podía afrontar. Bobby y Joan Fischer viajaron a Moscú. Aunque, años más adelante, Fischer terminaría encarnando al bando occidental en la Guerra Fría al convertirse en el principal adversario individual de todo el sistema soviético, su figura siempre fue vista con simpatías en la URSS. 

Muy en especial durante sus inicios. En una nación donde el ajedrez era tan popular y los campeones eran grandes ídolos, un prodigio como Bobby solamente podía despertar curiosidad e interés. El aprecio de los soviéticos hacia el ajedrez podía ser en parte producto de la propaganda, pero era un aprecio sincero. También fue sincero el aprecio que mostraron hacia Bobby. Además, sabían que Fischer había crecido admirando a los ajedrecistas soviéticos, aprendiendo de ellos, estudiando sus libros y repasando sus partidas. Deportivamente hablando, los rusos lo consideraban un hijo adoptivo. 

En Moscú fue recibido con los brazos abiertos, tratado como una verdadera celebridad y agasajado con multitud de oropeles que, todo sea dicho, lo aburrían sobremanera. 

El que le presentaran a artistas y estrellas del fútbol no lo divertía, y menos aún que pretendieran llevarlo a ver en acción al ballet Bolshoi, algo bastante alejado de sus gustos proletarios. 

Bobby quería jugar al ajedrez con los rusos y conocer a los grandes maestros de aquel país. Se sintió molesto porque no le presentaron al entonces campeón mundial Vasili Smyslov. Siendo Bobby el campeón de los Estados Unidos, no entendió por qué tenía que conocer a tanto futbolista y no al mejor ajedrecista soviético del momento. Pensó que aquello suponía una cierta falta de respeto profesional y, aunque todavía era un amateur y sabemos que muy susceptible, no le faltaba razón.

Bobby Fischer en Estocolmo, 1962

En cuanto pudo liberarse de aquellos irritantes compromisos sociales, Bobby se «encerró» en el club de ajedrez de Moscú para jugar partidas rápidas de la mañana a la noche contra jóvenes promesas rusas, mientras su hermana Joan disfrutaba más de la vertiente cultural de la visita, acudiendo a museos, al teatro y paseando por la ciudad. 

En aquellas jornadas moscovitas, Bobby arrasó sobre el tablero a la flor y nata de los jóvenes jugadores soviéticos. Era tal su superioridad que, aunque se trataba de partidas amistosas, la federación rusa terminó llamando a Tigran Petrosian, un temible jugador de veintinueve años —futuro campeón mundial— para que le parase los pies al quinceañero neoyorquino que estaba humillando a las nuevas generaciones del país. 

El poderoso Petrosian, claro, puso fin a la racha del inexperto Bobby. Aun así, Fischer se las arregló para conseguir ganarle algunas partidas, porque el ajedrez rápido o “blitz” fue una de sus grandes especialidades. Es más: aunque parezca increíble, muchos años después asombró a algunos de sus antiguos contrincantes soviéticos cuando demostró que ¡podía recordar al dedillo varias de aquellas partidas!

Es verdad que, en el futuro, Fischer protagonizaría avinagrados enfrentamientos con los jugadores soviéticos, aunque siempre en el ámbito deportivo. Llegó a acusarlos de manipular ciertas competiciones. 

Pero, en lo personal, nunca dejó de mantener buenas relaciones con varios de ellos y siempre fue considerado, no solo en la URSS sino en todo el mundillo ajedrecístico, como un heredero espiritual del ajedrez ruso.

El Torneo Interzonal: Fischer entra definitivamente en la Historia

Tras su paso por Moscú, Bobby se dirigió a Yugoslavia para disputar el Interzonal. Lo que Fischer iba a encontrar allí no tenía nada que ver con el nivel de la competición norteamericana. 

En EEUU había varios muy buenos jugadores, pero como hicimos notar con anterioridad, solamente Reshevsky había estado de verdad entre los ajedrecistas punteros del mundo hasta el punto de plantar cara a los soviéticos.

En Portoroz, salvo por la ausencia del campeón mundial Smyslov y su máximo rival, el tres veces campeón Mikhail Botvinnik (ambos se estaban jugando la corona en un match de revancha, porque el primero había destronado al segundo), estaría presente una buena representación de lo mejorcito del planeta. Empezando por un abrumador cuarteto soviético, encabezado por el nuevo fenómeno Mikhail Tal, que contaba veintidós años por entonces; Tal era el gran artista del tablero y un talento genial, quizá comparable al de Fischer, que en un par de años obtendría el título mundial. 

También en el equipo soviético estaban los pesos pesados Petrosian, Averbach y Bronstein. Otros jugadores punteros del momento eran el húngaro Benko o el yugoslavo Gligoric. Junto a ellos, un buen número de experimentados Maestros de los cinco continentes. 

El objetivo era quedar clasificado entre los seis primeros de la tabla para poder participar más adelante en el Torneo de Candidatos, donde se decidiría quién iba a disputar el título a quien ganase la revancha entre Smyslov y Botvinnik.

Bobby, según la lógica, había llegado ya todo lo lejos que cabía esperar a su edad. Era increíble que hubiese dominado el ajedrez norteamericano a los catorce años y sin experiencia en la alta competición, pero situarse entre los seis primeros clasificados del Interzonal era una hazaña impensable. Suponía convertirse en uno de los ocho mejores jugadores del planeta a los quince años. No era cuestión de talento, sino de bagaje, de conocer cómo funcionaba un evento tan grande. 

Y, sobre todo, de ser capaz de desenvolverse: dominar la presión, los nervios y demás. Además, era la primera vez que jugaba un torneo internacional importante fuera de su país y siendo, cómo no, el foco de atención (¡un quinceañero en el Interzonal, rodeado de los mejores Grandes Maestros!). 

Todo aquello, por fuerza, tenía que venirsele encima. Además, nadie consideraba que su ajedrez, aunque brillante, estuviese lo bastante maduro como para hacer frente a los desafíos de este nuevo nivel de competición. Nadie creía en las posibilidades de Bobby. Excepto, una vez más, él mismo.

No debemos pensar que sus esperanzas eran producto de una falta de realismo. Como explicaría Kasparov más adelante, Bobby podía tener muchas ideas equivocadas sobre el mundo y sobre la vida, pero ante un tablero de ajedrez, y desde muy joven, poseía una abrumadora clarividencia.

Él mismo era consciente de la dificultad de la tarea que tenía por delante, pero hizo sus cálculos. Si conseguía vencer a algunos de los jugadores menos fuertes —a fin de cuentas, ya había batido a algunos Maestros norteamericanos— y si también conseguía empates contra algunos de los más peligrosos, podría reunir suficiente puntuación como para aspirar a clasificarse. 

Pero, ¿quién más podía creer en aquel plan? Por mucho talento que tuviese Fischer, y era evidente que lo tenía, los mejores jugadores del mundo, y muy en especial los rusos, debían infligirle unas cuantas derrotas. Pues bien: Fischer volvió a dejar a todos boquiabiertos. 

Para asombro del mundo del ajedrez en pleno, obtuvo un resultado de +6-2=12, perdiendo únicamente dos partidas. 

Es más: ¡consiguió obtener tablas frente a los cuatro Grandes Maestros soviéticos presentes! 

En la clasificación final, quedó empatado en el 5º-6º puesto con el islandés Olaffson, uno de los dos únicos jugadores que lograron batirle en aquel Interzonal, quedando por detrás de los súper pesos pesados Tal, Gligoric, Benko y Petrosian, pero por delante de todo el resto del elenco. 

Jugadores, periodistas y espectadores estaban atónitos, Como dijo el soviético Averbach: “en la batalla sobre el tablero, este joven —casi un niño— se mostró como un luchador con todas las de la ley, demostrando una asombrosa compostura, un cálculo preciso y unos recursos diabólicos”. Y, aunque parezca mentira, Bobby no quedó contento con aquel quinto puesto. Pensó que podía haber obtenido un resultado mejor.

Solamente él pensaba que su posición era decepcionante. Con aquel quinto lugar, por improbable que hubiera parecido antes de empezar el torneo, el joven norteamericano quedaba clasificado para el Torneo de Candidatos. 

Así, Bobby Fischer se convertía en uno de los diez mejores jugadores del mundo y obtenía de manera automática el título de Gran Maestro. Tenía quince años, seis meses y un día; el Gran Maestro más joven que el mundo había visto hasta entonces (hoy los hay incluso más jóvenes, pero el título se concede con mucha mayor facilidad que entonces y cabe decir que ninguno ha tenido que repetir semejantes hazañas para obtenerlo).

Así, a los quince años y medio, terminaba la infancia ajedrecística de Fischer y comenzaba una carrera profesional repleta de imprevistos, desplantes, abandonos, polémicas, revuelos mediáticos y políticos, además de un nuevo estilo de ajedrez que maravilló a propios y extraños y, sobre todo, un aura de leyenda que, para bien o para mal, lo convirtió en uno de los personajes más emblemáticos del siglo XX. 

Bobby Fischer es más que ajedrez, es Historia. Y su historia no es cualquier historia. Aún queda mucho que contar sobre él, y lo haremos. Hablaremos de su paso (y sus ausencias) por los Torneos de Candidatos; de sus idas, venidas, desapariciones y desplantes; del modo en que tuvo al mundo en vilo hasta 1972, el año de su coronación, y más allá.

“Bobby es el mejor jugador de ajedrez que este país ha producido nunca. Su memoria para los movimientos, su brillantez para soñar combinaciones, y su fiera determinación por ganar, son asombrosas. No sólo predigo su triunfo sobre Botvinnik, sino que iré más allá y afirmo que será, probablemente, el más grande jugador de ajedrez que jamás haya existido” (Jack Collins, entrenador de Fischer durante su adolescencia)

“Mi hermana me compró un tablero de ajedrez en la tienda de caramelos y me enseñó a mover las piezas” (Robert James Fischer).

Continuará…

Imagen de portada: Bobby Fischer

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down. Por E.J. Rodriguez. 12 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Ajedrez/Historia/Albert Einstein/Arnold Denker/ Bárbara Streisand/Jack Collins/Pablo Morán/Tigran Petrosian/ Vasili Smyslov/En memoria

¿Qué pensaba Albert Einstein sobre los extraterrestres?

EL FÍSICO ‘UFOLOGIZADO’

En 1952 envió una misiva a un amigo personal con su opinión sobre los platillos volantes que por aquella época empezaron a entrar de lleno en la cultura de Estados Unidos.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor adonde se encuentre escrito en color “azul”. Muchas gracias. 

«Quiero conocer qué piensa Dios; el resto no son más que detalles».

Esta es una de las muchas frases famosas que se le atribuyen al genio Albert Einstein, inventor de la teoría de la relatividad especial. Sus pretensiones no eran nada humildes, no: quería desentrañar las grandes preguntas que atañen al cosmos, nuestro lugar en el universo y los mecanismos que rigen la física cuántica. 

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano se ha preguntado si realmente estamos solos en el universo, lo cual encaja bastante bien con los planteamientos teológicos que han hecho las distintas civilizaciones a lo largo de la historia y que han desembocado en distintos tipos de religiones. 

Al fin y al cabo, el lugar que ocupa Dios en el mundo, al menos en las creencias cristianas, vienen a ser los cielos, por lo que en cierto modo estas ansias de Einstein entroncan con las grandes preguntas sobre el espacio: ¿Somos realmente la única forma de vida consciente e inteligente en todo el universo? ¿Nuestra existencia se debe al azar o algún tipo de fuerza cósmica desconocida?

Hay mucha rumorología sobre el supuesto interés de Albert Einstein por hallar vida extraterrestre. 

Él se obsesionó con los mecanismos que rigen nuestro mundo, como la gravedad y su relación con el espacio y el tiempo, no tanto por las hipotéticas formas de vida que pueda haber más allá. Sin embargo, sí que se conoce una carta dirigida a un buen amigo suyo que le pidió que expresara su opinión.

Era el comienzo de la década de los años 50 en Estados Unidos, el interés popular por la ufología estaba despegando, sobre todo a raíz de varios casos extraños reportados con rotativos de gran tirada que abrían sus páginas con titulares que ahora mismo se pueden encontrar en las revistas especializadas sobre casos ovni. La propia revista LIFE abrió su edición de abril de 1952 con un titular bastante directo: «¿Tenemos visitantes espaciales?». 

«Esas personas han visto algo. Qué es, eso no lo sé, y tampoco tengo curiosidad»

Evidentemente, eran otros tiempos, y si algo definía a la perfección la personalidad del físico era la curiosidad, como él reconoció en varias ocasiones. 

Por tanto, y como buen científico, no le asustaba ningún tipo de pregunta, sino más bien al contrario. Para cuando empezó a ponerse de moda la ufología en Estados Unidos, le estimulaba tanto el tema que no dudó en trasladar su opinión a un buen amigo suyo, el reverendo Louis Gardner. «¿Crees que los platillos vienen del espacio, de Marte o de Venus?», preguntó. «¿O crees que los ovnis son algún tipo de experimento de tecnología militar creados por la Fuerza Aérea o bien los amigos de Estados Unidos?».

La curiosidad de Einstein

En ese momento de su carrera, Einstein era uno de los científicos más afamados del mundo, habiendo publicado ya su teoría de la relatividad general y obtenido el Premio Nobel de Física. 

Era toda una personalidad pública, apoyando la causa antirracista e instando a Roosevelt a proseguir en la carrera nuclear con el Proyecto Manhattan, algo de lo que más tarde se arrepentiría a sabiendas de sus consecuencias. 

Ello no fue óbice para que respondiera, concretamente el 23 de julio de 1952: «Esas personas han visto algo. Qué es, eso no lo sé, y tampoco tengo curiosidad. Atentamente, Albert Einstein». Una misiva con la que Gardner posaría orgulloso, años más tarde.

La respuesta fue, por tanto, algo decepcionante, ya que «curiosidad» era la virtud de la que más presumía el cerebrito. Lo curioso es que ese mismo mes la Fuerza Área recibió un récord de más de 500 informes sobre objetos voladores no identificados, como informa un artículo de Mental Floss que se hace eco de la historia. 

No es que se pensara que hubiera una causa extraterrestre detrás de estos sucesos, en aquellos momentos las versiones oficiales apuntaban a meteoritos o al clima. Cinco años atrás, hay otra historia no demostrada que asocia a Einstein con supuestos visitantes de otros planetas.

«Einstein no se inmutó en absoluto al ver la evidencia real (del platillo).

Platillos volantes en la noche americana

No registré en mis notas los comentarios iniciales que hizo, pero dijo algo así como que no le sorprendió que vinieran a la Tierra, y que le daba esperanzas para que pudiéramos aprender más sobre el universo. El contacto, dijo, debería ser beneficioso para ambos mundos». 

Estas son las declaraciones de Shirley Wright, asistenta personal de Einstein, quien supuestamente acompañó al físico a la base militar de Roswell, en Nuevo México, la cual tiene un largo historial ufológico.

Era 1947, pero no fue hasta 1993 cuando Wright decidió sacar la historia a la luz. «Tenía forma de disco cóncavo, su tamaño equivalía a una cuarta parte del hangar donde estábamos», aseguró. 

«El cuerpo de la nave era de un material muy reflectante, pero cuando te acercabas a él, era bastante opaco». Cuando el físico y su asistenta se acercaron, más pudieron descubrir en su interior cinco cadáveres de metro y medio «vestidos con trajes ajustados» que, según oyó, «no tenían ombligos ni genitales». 

Después, supuestamente les llevaron a otra estancia donde había un ser moribundo, gimoteando de dolor. Como es evidente, esta historia resuena a pura invención. Aunque no deja de resultar intrigante que la que quizás fuera la mente más brillante de todos los tiempos pudiera tener acceso a los extraterrestres y le prohibieran hablar de ello. 

De ahí que respondiera de esa forma tan seca a su amigo, el reverendo Gardner, cinco años más tarde. Lo que sí que es cierto es que a pesar de tener una inteligencia infinitamente superior a la media, nunca pudo vislumbrar los pensamientos de Dios, ni mucho menos resolver el gran puzle que resulta una vida consciente como la nuestra en mitad de un silencioso cosmos o, en último término, evitar a la muerte.

Imagen de portada: El genio entre los genios.

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Alma, Corazón y Vida. Por E. Zamorano. 22 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Ufología/Albert Einstein/Universo/Avistamientos.

Quién es el niño genio que tiene un coeficiente intelectual superior al de Stephen Hawking y Albert Einstein.

Con sólo 11 años superó a las personas más inteligentes de la historia.

Luego de realizar un famoso test que mide el IQ de las personas, un niño británico llamado  Yusuf Shah, de 11 años, logró superar las marcas de Albert Einstein y Stephen Hawking.

El niño obtuvo como resultado una puntuación de coeficiente intelectual de 162 en la prueba Mensa, mientras que Hawking había obtenido una marca de 160. Po su parte, Einstein, quien no hizo la prueba oficialmente, rondaba la misma puntuación. “Todos en la escuela piensan que soy muy inteligente y siempre quise saber si pasaría esta prueba“, dijo el niño después de conocer los resultados.

Shah manifestó que quiere estudiar matemáticas en Cambridge u Oxford, y afirma que le encanta realizar cualquier actividad que estimule su cerebro.

Algunos de sus hobbies favoritos son los sudokus o resolver cubos de Rubik.

¿De qué se trata el test de Mensa?

Los tests de Mensa son pruebas estandarizadas de medición de inteligencia realizadas por Mensa, una empresa fundada en Oxford, Gran Bretaña, en 1946, con el objetivo de identificar y conectar a personas con un cociente de inteligencia muy alto. 

Ser miembro está al alcance de personas que hayan obtenido una puntuación dentro del 2% superior de la población general en un test de inteligencia debidamente administrado y supervisado. 

En la actualidad, existen aproximadamente 200 grupos formados por miembros que comparten los mismos intereses intelectuales. Los hay más o menos esperados: ciencia, aeronáutica, economía, y otros sorprendentes: poker, rock duro, buceo, espiritualidad. Se admiten socios a partir de los 14 años de edad.

Imagen de portada: Yusuf Shah

FUENTE RESPONSABLE: La Gaceta. 15 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Ciencia/Coeficiente Intelectual/Albert Einstein/ Stephen Hawking

 

 

 

El artículo científico que le rechazaron a Albert Einstein

En 1936, una de las revistas más prestigiosas de Física le rechazó al científico un artículo. ¿Por qué?

 

A finales de 1936, un enfurecido Einstein le mandó al editor de la prestigiosa revista The Physical Review, una carta que debió sonar como un trueno:

“Nosotros le hemos mandado nuestro manuscrito para que lo publicara y no lo hemos autorizado a que se lo muestre a especialistas antes de que esté impreso. No veo ninguna razón para considerar los comentarios –en todo caso erróneos– de su experto anónimo. En base a este incidente prefiero publicar el artículo en algún otro lado”.

¿Cuál es el contexto de este impasse? ¿De qué trataba el manuscrito aludido? ¿Qué consecuencias tuvo?

Era el tercer artículo que Einstein mandaba al Physical Review, desde que vivía en Princeton, en 1933, todos con su colaborador, Nathan Rosen. El primero trataba sobre lo que hoy se conoce como agujeros de gusano, y el segundo, de mecánica cuántica, planteaba la hoy llamada paradoja de Einstein-Podolski-Rosen. Ambos fueron publicados sin problemas.

Sin embargo, el tercero no. A comienzos de 1936, Einstein le había escrito a su amigo Max Born: “junto con un joven colaborador llegué al interesante resultado de que las ondas gravitacionales no existen…”. Ese era el tema del tercer artículo. Con el provocador título: “¿Existen las ondas gravitacionales?” Einstein presuntamente demostraba que no existían. Las ondas gravitacionales eran una predicción hecha por el propio Einstein usando una aproximación de las ecuaciones de la relatividad general, unas tres décadas antes. A pesar de que no había detecciones directas de ondas gravitacionales, los físicos no dudaban de su existencia real.

El editor del Physical Review estimó que la importancia del tema y la asombrosa conclusión, ameritaban mucha cautela, más aún, siendo el autor nada más y nada menos que Einstein; de modo que no se arriesgó a asumir la responsabilidad de la publicación y siguiendo el protocolo de revisión por pares, envió el manuscrito a un árbitro externo. El árbitro advirtió un error en el trabajo y el editor le mandó a Einstein el reporte negativo y pasó lo que pasó: la ira desatada de Einstein, la promesa de más nunca volver a publicar en Physical Review y el envío del trabajo a una revista menos prestigiosa, donde fue aceptada sin ninguna revisión.

Mientras tanto un colega de Einstein en Princeton, el conocido cosmólogo Howard Robertson se las arregló para discutir con el joven Leopold Infeld, el nuevo ayudante de Einstein y le hizo ver cuál era el error del trabajo: Einstein, el veterano de los sistemas de coordenadas había usado unas coordenadas inadecuadas. Una vez corregido el error, el resultado era una nueva solución de ondas gravitacionales.

Infeld corrió a darle las nuevas a Einstein, quien al día siguiente daba una charla sobre el tema. Cuentan que al final de la conferencia Einstein dijo… “si me preguntaran si las ondas gravitacionales existen, respondería que no sé, pero que el tema es muy interesante”

Einstein logró que la publicación en la nueva revista saliera con las correcciones, sin la conclusión de que las ondas gravitacionales no existían y con otro título “Acerca de las ondas gravitacionales”, mucho menos tremendista.

Einstein no estaba acostumbrado al proceso de revisión externa y de allí su rabieta. Mientras vivió en Alemania publicó fundamentalmente en Annalen der Physik, una revista que tenía un porcentaje bajísimo de rechazos de artículos. De toda su obra científica, el único trabajo que fue sometido a un arbitraje fue precisamente en el que salió aplazado, pero el árbitro salvó a Einstein de publicar un error y una falsa predicción.

El experto anónimo de la sutil ironía de la carta de Einstein era precisamente, Howard Robertson, el mismo que le había señalado el error a Infeld, pero ni él ni Einstein jamás lo supieron. Fue un secreto bien guardado hasta el año 2005 cuando las bitácoras del Physical Review fueron liberadas.

Las teorías de la física son complejas y a veces no es fácil desencriptar lo que ellas saben. Fue tan sólo en la década de los 60´s cuando una nueva generación de físicos con nuevas estrategias matemáticas, determinaron que la relatividad predecía de manera inequívoca la existencia de ondas gravitacionales y luego de más de medio siglo de progreso instrumental y tecnológico fueron finalmente detectadas por primera vez en septiembre del 2015.

Es cierto que la obra de Newton nunca fue sometida a arbitraje externo, ni el Origen de las especies, ni la teoría de la doble hélice del ADN, ni muchos otros grandes aportes a la ciencia. En nuestros tiempos, Internet ha abierto la posibilidad de repositorios donde los investigadores pueden alojar sus trabajos para la consideración de la comunidad. Grigory Perelman demostró recientemente la centenaria conjetura de Poincaré en una serie de artículos subidos a la nube, sin revisión por pares.

Sin duda que a Einstein le hubiera fascinado esta modalidad libre de arbitraje y, por cierto, Einstein cumplió cabalmente su promesa y más nunca volvió a publicar en el Physical Review.

Imagen de portada: Albert Einstein

FUENTE RESPONSABLE: El Espectador. Por Héctor Rago*Profesor de la Escuela de Física, Universidad Industrial de Santander

Ciencia/Física/Albert Einstein

 

 

 

Albert Einstein en Argentina, crónica de una visita agitada

Entre el 24 de marzo y el 24 de abril de 1925 Albert Einstein estuvo en Argentina. Tenía 46 años, permaneció en el país exactamente un mes y viajó acompañado de su esposa y prima, Elsa.

Foto: Pixabay

El físico y Premio Nobel dio doce conferencias en la Argentina, entre Buenos Aires, Rosario y La Plata, también visitó la ciudad de La Falda en Córdoba. Al arribar a Buenos Aires se alojó en la lujosa residencia que Bruno Wassermann, un comerciante judío alemán poseía en la esquina de Zabala y Villanueva, en el barrio de Belgrano.

La visita se debió a una invitación conjunta de la Universidad de Buenos Aires, que le había otorgado el título de Doctor Honoris Causa y la Sociedad Hebraica Argentina. Al arribar a Buenos Aires fue recibido por el rector de la UBA, el doctor Arce, por el secretario de esa universidad Mauricio Nirenstein y por representantes de la comunidad judía entre los que estaban Natan Gesang, de la Federación Sionista, y Samuel Levy, director de la revista Israel.

En ese entonces, ya era mundialmente reconocido por su Teoría de la Relatividad, formulada 20 años atrás, y por haber ganado el premio Nobel de Física en 1921. Su visita causó gran revuelo en Buenos Aires.

Albert Einstein marcó un antes y un después en la historia del conocimiento científico. Nacido en Ulm, Alemania, el 14 de marzo de 1879, falleció en Estados Unidos el 18 de abril de 1955.

Realizó, al menos, dos aportes imprescindibles a la ciencia contemporánea: la Teoría Especial de la Relatividad (1905), y la Teoría General de la Relatividad (1916) que cosechó en su época tantos seguidores como detractores. Con estas teorías estableció una discusión que lo acompañó hasta su muerte, a los 76 años.

El Premio Nobel de Física de 1921 tuvo una agenda cargada apenas pisó suelo porteño. La recepción principal la realizaron en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Luego Einstein tuvo otro recibimiento en la casa de la familia Wasserman, ubicada en el corazón del barrio de Belgrano.

Durante su visita a la Argentina dio doce conferencias, la mayoría dedicadas a explicar su novedosa teoría. Einstein jamás objetó las interrupciones y objeciones. Es más, pidió que ante la menor duda se lo interrumpiera. Más que conferencias, se transformaron en charlas de difusión de sus teorías en un ambiente de calidez e informalidad, como si fueran clases con sus propios discípulos. El público por cierto era muy variado. Estuvieron políticos, representantes del gobierno, decanos, intelectuales científicos y estudiantes.

El presidente de Argentina era Marcelo T. de Alvear, y el país vivía un buen momento.  Tanto es así que ese período es conocido por muchos como «La Belle Epoque» argentina.

Einstein llegó al puerto de Buenos Aires a bordo del barco Capitán Polonio, tras una escala en Río de Janeiro, donde dio una conferencia, y otra en Montevideo, donde habló ante una multitud de jóvenes en una plaza de la ciudad.

Una agenda nutrida

Con la comunidad judía compartió su entusiasmo y compromiso con la causa sionista y más específicamente con el apoyo a la recién nacida Universidad Hebrea de Jerusalén, visitó el Hospital Israelita, el Templo de la comunidad marroquí de la calle Piedras, orfanatos y escuelas.

La Federación Sionista de la Argentina, presidida en ese momento por Isaac Nissensohn, organizó un acto en el Teatro Coliseo, durante el cual el ilustre visitante se refirió a la inauguración de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

“El movimiento sionista restituye la dignidad al pueblo judío, que antes se sentía humillado y deprimido, y todos los judíos deben mostrarse agradecidos a su fundador, el doctor Herzl, y a su jefe actual, el doctor Weizman, ya que el pueblo judío no lucha por la reconstrucción de su nacionalidad con un espíritu agresivo, sino con el noble y humano anhelo de hacer resurgir su cultura peculiar, que será a su vez un importante aporte a la cultura universal. La Universidad que se ha inaugurado, constituye uno de los elementos fundamentales de esa obra cultural del sionismo, que debe ser apoyada por todos los judíos, ya que las obras de esa magnitud necesitan imprescindiblemente del esfuerzo colectivo”, declaró.

Como era de esperar, fue saturado por homenajes, banquetes, visitas, recorridos por la ciudad, entrevistas periodísticas –hasta tuvo su bautismo de vuelo en un Junker- además de las conferencias que brindó en francés a los asistentes ávidos de conocer más sobre la famosa teoría de la Relatividad.

Estuvo en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en las universidades de Buenos Aires, La Plata y Córdoba.

Fue agasajado por las autoridades de la UBA (Universidad de Buenos Aires) en el Jockey Club y recibido por el presidente de la República, Marcelo T. de Alvear.

En el salón de actos del Colegio Nacional de Buenos Aires brindó la mayoría de las conferencias y otras las dio en las universidades de La Plata y de Córdoba, siempre ante una multitud de estudiantes.

Cuando estuvo en el Colegio Nacional de la ciudad de La Plata, en la provincia de Buenos Aires, una orquesta tocó al finalizar aquel acto. Sabiendo que le gustaba muchísimo tocar el violín, le ofrecieron el instrumento a Einstein, quien tocó un fragmento del Zapateado de Sarasate, una obra de bastantes dificultades técnicas. Cuando terminó el acto, el presidente de la Universidad de La Plata le ofreció a Einstein un cheque por mil pesos de ese entonces, pero al sabio le pareció una cantidad muy grande. Entonces, luego de una amable discusión, se pusieron de acuerdo con que se llevaba 500 y dejaba 500 para fomentar fines científicos, esta anécdota habla de la generosidad de Einstein.

Einstein en Llavallol

Lo que trascendió muy poco es que el genio del Siglo XX se tomó unos días de vacaciones en el país y se refugió en una cabaña ubicada en la localidad de Llavallol, en el sur del conurbano bonaerense, por entonces un caserío con calles de tierra y mucho verde, que también era propiedad de la familia Wasserman en la calle Moldes y Néstor de la Peña.

Los historiadores revelaron que el físico solía recostarse a leer y a tocar el violín en el pasto y que salía a caminar por las calles de tierra al atardecer. Siempre andaba con su traje gris y su enmarañada cabellera blanca, “algo distraído, sencillo, amable y con buen humor”.

No estuvo más de una semana descansando en este lugar, pero le alcanzó para recorrer la reserva de Santa Catalina, considerada una de las primeras colonias agrícolas que tuvo el país, formada por escoceses en 1825 y, tal vez, disfrutando de su anonimato, era posible verlo sobre el puente peatonal de madera, cercano a la estación del ferrocarril, contemplando el paisaje. Se lo recuerda como una persona afable, tranquila, siempre de buen humor. También se hizo del tiempo para visitar la catedral de Lomas de Zamora, la escuela aledaña y Adrogué.

Dijo sentirse tan relajado en Llavallol que estuvo trabajando en una idea sobre la conexión entre la gravitación y el electromagnetismo. Poco duró la paz ya que los actos y visitas continuaron, con viaje a Córdoba incluido, donde visitó el Hotel Eden, en La Falda, propiedad de los Eichhorn, quienes fueron aportantes claves a la campaña de Adolf Hitler al poder.

Sierras cordobesas

En un tren especial que el Ministerio de Instrucción Pública de la Nación puso a la disposición del huésped, llegó a la ciudad de La Falda acompañado por una destacada delegación de universitarios porteños y se alojó en el mítico Hotel Eden, de La Falda.

Mientras estuvo en La Falda, Einstein tuvo algo de tiempo para hacer turismo. Visitó con toda la comitiva las sierras y realizó una caminata por los alrededores del Dique San Roque.

Einstein periodista

Einstein colaboró con el tradicional diario argentino La Prensa, escribiendo algunos artículos. En uno de ellos, habló de temas políticos y propuso la creación de una «Paneuropa» a partir de la unión de países europeos, ochenta años antes de que se aprobara la constitución de la Unión Europea.

Pero lo que más preocupaba a Einstein era que la gente entendiera sus teorías.

En uno de los tres artículos publicados por el diario argentino escribió: «Quiero que, en la Argentina, en cuya capital reconozco un gran centro de cultura, se conozcan los fundamentos de mi teoría, tal como la entiendo y no bajo el aspecto en que me la presentan admiradores entusiastas que, en el calor de la polémica, la desfiguran muchas veces».

Finalmente, el 24 de abril se despidió luego de un acto donde fue nombrado como socio honorario de la Asociación Hebraica.

¡Sin dudas fue una visita inolvidable!

Fuente: Grupo de Facebook Personalidades judías de todos los tiempos. Compilado por Raúl Voskoboinik.

Imagen de portada: Albert Einstein

FUENTE RESPONSABLE: Aurora. Israel. 16 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Argentina; Buenos Aires/Albert Einstein

 

El Dios de Spinoza, ¿el Dios de Einstein?

El filósofo judío tenía muy claro que, de existir una divinidad, esta respondía a la armonía de las leyes universales que dibujaban la naturaleza. Una forma de pensamiento que reflejaba el racionalismo emergente del siglo de XVII y que inspiraría a uno de los grandes científicos que cambiarían el rumbo de nuestra historia.

Baruch Spinoza, uno de los grandes filósofos modernos, no solo fue un pensador, sino un valiente defensor de los incipientes valores de la Ilustración y el racionalismo emergente que dominó el siglo XVII. Es decir, lo que vendría a llamarse la Revolución Científica. Lo cierto es que, como otros tantos filósofos de tiempos pretéritos, se jugó la vida en varias ocasiones.

Aunque naciese en Ámsterdam, una vez expulsado de la comunidad judía a la que pertenecía (por defender sus principios filosóficos), fue a parar a la Haya, lo que no impidió que fuese vilipendiado por parte de aquella parte del pueblo holandés que defendía los valores de la Casa de Orange. Estos últimos representaban creencias políticas más propias de antiguos regímenes, que se hallaban entrelazadas con otras religiosas y contrarias al racionalismo emergente (asociadas, a su vez, al parlamentarismo y los valores democráticos liberales).

Spinoza, una figura intelectual eminente en vida, se relacionó con grandes luminarias de la época como Huygens, Leibnitz, Robert Boyle y muchos otros que, en una época en la que la ciencia no se había especializado aún, ejercían tanto de filósofos como de científicos. El filósofo judío representaba una nueva forma de entender la realidad del mundo moderno por lo que era, en el sentido más amplio del tema, un progresista. También un metafísico que prescindía en sus elucubraciones de los datos de la experiencia.

Pero hay más. Spinoza, a su vez, era un reconocido defensor del panteísmo, una palabra que proviene del griego πᾶν (pan), «todo», y θεός (theos), «Dios». De este modo, Dios se identificaría con el todo como manifestación visible. De esta forma, el filósofo holandés que nos atañe equipararía a Dios con el universo, con la naturaleza que englobaría la totalidad de la realidad. Dividió a su vez la naturaleza en natura naturans –el dios o la naturaleza creadora que produce la realidad– y la natura naturata –o naturaleza creada, manifiesta: el producto o fruto material–.

La naturaleza sería, así, un Dios que se crea a sí mismo. Empleando una terminología más metafísica aún, para él, «la natura naturans es la sustancia infinita, es decir, lo que es en sí y se concibe por sí: Deus sive natura o principio creador; la natura naturata es todo lo que se sigue de la naturaleza de Dios, es decir, todos los modos de los atributos de Dios». Como podemos comprobar, demostrar experimentalmente tales aseveraciones es imposible, al menos a día de hoy, por lo que su filosofía es claramente metafísica, casi una teología. 

Por su proclividad natural a reflexionar de lo divino y lo humano, a lanzar conjeturas e hipótesis en todas direcciones, la filosofía sienta las bases de muchas ideas que luego serán defendidas por figuras representativas del pensamiento y la ciencia; figuras que contribuirán a mejor probar y afianzar tales creencias. Y, dada su posición histórica y filosófica en la tradición occidental, no es de extrañar que su modelo panteísta del universo fuese del agrado del mayor científico del siglo XX: Albert Einstein. Si Feuerbach fue el filósofo favorito de Freud, Einstein afirmaría que el dios esbozado por el filósofo judío sería el único en el que él creería.

¿Por qué?

Como tantos otros científicos relevantes en la historia de Occidente, Einstein no creía en un dios antropomorfo, personal o individual, como ocurría también en el caso de Spinoza. De hecho, el panteísmo de ambos es una manera de rechazar las creencias antropomorfas propias de colectivos infantilizados que proyectan en el ámbito de lo divino sus anhelos y construyen una realidad paralela en el plano de lo sagrado. Se trataría, como señaló también Feuerbach, de un constructivismo religioso: elaboramos nuestra representación de lo divino a partir de los fenómenos de la naturaleza. Un dios humanizado, con grandes barbas y pasiones humanas, no tendría ningún sentido tanto para Spinoza como para Einstein.

Ya Jenófanes en el siglo IV a. C dijo: «Chatos, negros: así ven los etíopes a sus dioses. De ojos azules y rubios: así ven a sus dioses los tracios. Pero si los bueyes y los caballos y leones tuvieran manos, manos como las personas, para dibujar, para pintar, para crear una obra de arte, entonces los caballos pintarían a los dioses semejantes a los caballos, los bueyes semejantes a bueyes, y a partir de sus figuras crearían las formas de los cuerpos divinos según su propia imagen: cada uno según la suya».

Es por ello que un dios real (racional) jamás podría atenerse a un paradigma antropomorfo, y es por eso que tanto Spinoza como Einstein, dos referentes racionalistas –aunque creyentes–, adoptaron el modelo panteísta como más aceptable en términos de pensamiento. 

Esto se traduce en el hecho de que un dios pasional y caprichoso, inestable, no representa aquella realidad con la que se topa el científico, a la busca de leyes estables e inmutables que habrían sido las mismas desde origen de los tiempos como fruto de esa natura naturans. Sería, así, un ente despersonalizado, creador y contenedor de todo lo real, ese concepto de naturaleza que tanto el tiempo de Spinoza como el de Einstein (o el nuestro) defienden.

Imagen de portada: Ilustración de Albert Einstein

FUENTE RESPONSABLE: Ethic. España. Por Iñaki Domínguez. 8 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Ciencia/Religión/Einstein/Modelo panteísta/El Dios de Spinoza.

Max Born, el físico cuántico que alertó al mundo sobre “la causa de todos los males”.

«Una de las grandes tristezas de mi vida es que no conocí a mi abuelo», le dijo Olivia Newton-John a i24News.

«Cuando era una adolescente, mi mamá me decía: ‘Tienes que ir a conocer a tu abuelo porque se está volviendo anciano’ y yo contestaba: ‘Estoy ocupada’, y me arrepiento de eso», añadió la estrella británico-australiana que protagonizó «Grease».

Ese abuelo que no conoció era el físico y matemático Max Born, uno de los científicos más importantes del siglo XX.

Si no logras precisar qué hizo, es quizás porque, a pesar de sus muchos logros, gran parte del trabajo de Born fue muy complejo.

Pero si su nombre en todo caso te suena familiar, tal vez sea porque está muy presente en la física, y además porque fue un gran amigo de Albert Einstein.

De esa amistad nos quedó como legado una fascinante colección de cartas que abarcan cuatro décadas y dos guerras mundiales.

«Mi madre (Irene) las tradujo (del alemán al inglés)», resaltó la cantante y actriz.

Olivia Newton-John con John Travolta en "Grease".

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

La cantante y actriz Olivia Newton-John es una de las nietas de Born, así como la música y académica Georgina Born y el actor Max Born (Fellini «Satiricón»).

En su extensa correspondencia, discutieron desde la teoría cuántica y el papel de los científicos en un mundo tumultuoso hasta sus familias y la música que interpretarían juntos cuando se encontraran.

De hecho, fue en una de esas cartas -fechada 4 de diciembre de 1926- en las que Einstein escribió una de las frases más famosas de la historia de la ciencia:

«La mecánica cuántica es ciertamente imponente. Pero una voz interior me dice que aún no es real. La teoría dice mucho, pero en realidad no nos acerca al secreto del ‘viejo’. Yo, en todo caso, estoy convencido de que dios no está jugando a los dados».

Einstein se rehusaba a aceptar la visión probabilística que favorecía esa teoría que describe cómo se comporta la materia que forma el pequeño universo de las partículas atómicas y subatómicas.

La incertidumbre que postulaba esa rama de la física -pensaba- en realidad revelaba la incapacidad de encontrar las variables con las que construir una teoría completa.

Su amigo Born, no obstante, era uno de los impulsores clave de la probabilística.

Para él, dios sí jugaba a los dados.

Los 29 asistentes a la famosa conferencia sobre electrones y fotones de los Institutos Internacionales Solvay de Física y Química de Bruselas en 1927. 17 eran actuales o futuros ganadores del Premio Nobel, entre ellos, Marie Curie, Albert Einstein y Max Born,.

FUENTE DE LA IMAGEN – SCIENCE PHOTO LIBRARY. Los 29 asistentes a la famosa conferencia sobre electrones y fotones de los Institutos Internacionales Solvay de Física y Química de Bruselas en 1927. 17 eran actuales o futuros ganadores del Premio Nobel, entre ellos, Marie Curie, Albert Einstein y Max Born,.

Convencido, siguió explorando el mundo infinitamente pequeño que esa revolucionaria y recién nacida ciencia buscaba comprender.

Así, sentó muchas de las bases de la física nuclear moderna.

A pesar de ello, e injustamente, subrayan los expertos, quedó opacado por luminarias como Werner Heisenberg, Paul Dirac, Erwin Schrodinger, Wolfgang Pauli y Niels Bohr.

Tanto así que la Fundación Nobel tardó en otorgarle el premio hasta 1954, 28 años después de que completó el trabajo por el que se lo concedieron.

Hay incluso quienes reclaman que aunque la razón por la finalmente lo reconocieron fue justa -una nueva forma de describir los fenómenos atómicos-, eso no era suficiente, pues consideran que Born debía compartir el título de padre de la mecánica cuántica con Niels Bohr.

Un puente

La vida de Born lo tornó en un puente entre tres siglos.

Nació en el seno de una familia judía en Breslau, reino de Prusia en ese entonces y hoy Breslavia en Polonia, en 1882, así que se formó en las tradiciones clásicas de la ciencia del siglo XIX.

A pesar de que, como tantos otros científicos judíos, tuvo que huir de los nazis, lo que lo privó de su doctorado y hasta su ciudadanía, en su hogar de adopción, Reino Unido, contribuyó al desarrollo de la ciencia del siglo XX.

Pero lo que preocupaba su mente eran las consecuencias de la ciencia moderna para el siglo XXI.

conversando con el rey Gustav Adolf VI., de Suecia en la ceremonia del Premio Nobel 1954.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Born conversando con el rey Gustav Adolf VI., de Suecia en la ceremonia del Premio Nobel 1954.

Pensaba que ningún científico podía permanecer moralmente neutral frente a las consecuencias de su trabajo, sin importar cuán marfilada fuera su torre, por lo que le horrorizaban la gran cantidad de aplicaciones militares de la ciencia que había ayudado a desarrollar.

«La ciencia en nuestra época», escribió, «tiene funciones sociales, económicas y políticas, y por muy alejado que esté el propio trabajo de la aplicación técnica, es un eslabón en la cadena de acciones y decisiones que determinan el destino de la raza humana».

Ese destino, dijo, se encamina hacia una pesadilla porque «el intelecto distingue entre lo posible y lo imposible; la razón distingue entre lo sensato y lo insensato. Hasta lo posible puede carecer de sentido».

Que el científico que postuló que sólo se podía determinar la probabilidad de la posición de un electrón en el átomo en momento dado -arrojando las leyes de Newton por la borda y abriendo la puerta a la física atómica- se preocupara por esas cuestiones, no era extraño.

Born había seguido durante toda su vida un consejo que le dio su padre cuando joven: nunca te especialices.

Así que jamás dejó de estudiar música, arte, filosofía y literatura.

Todo eso alimentaba su pensamiento ético.

Born con su esposa Hedwig

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Born con su esposa Hedwig, quien también se escribía con Einstein.

En uno de sus ensayos finales, escribió sobre lo que consideraba la única esperanza para la supervivencia de la humanidad.»Nuestra esperanza», dijo, «se basa en la unión de dos poderes espirituales: la conciencia moral de la inaceptabilidad de una guerra degenerada en el asesinato en masa de los indefensos y el conocimiento racional de la incompatibilidad de la guerra tecnológica con la supervivencia de los raza humana.»Si el hombre quería sobrevivir, debía renunciar a la agresión.

La incertitud necesaria

En 1944 Einstein le escribió en otra carta a Born:

«Nos hemos convertido en antípodas en relación a nuestras expectativas científicas. Tú crees en un Dios que juega a los dados, y yo, en la ley y el orden absolutos en un mundo que existe objetivamente, y el cual, de forma insensatamente especulativa, estoy tratando de comprender […].

«Ni siquiera el gran éxito inicial de la teoría cuántica me hace creer en un juego de dados fundamental, aunque soy consciente de que nuestros jóvenes colegas interpretan esto como un síntoma de vejez.

«Sin duda llegará el día en que veremos de quién fue la actitud instintiva correcta».

Pocos meses antes de que Einstein muriera, Born escribió: «Nos entendemos en asuntos personales. Nuestra diferencia de opinión sobre la mecánica cuántica es muy insignificante en comparación».

Max Born

Además de dejar su huella en varios campos de la física, desde la relatividad hasta la física química, la óptica y la elasticidad, Born fue maestro de 9 físicos ganadores del Nobel, durante la «edad de oro de la física».

Al final, parece que Einstein fue el equivocado.

Ese juego de dados que conlleva una incertidumbre constante sigue pareciendo necesaria para comprender el mundo infinitamente pequeño.

Y, para Born, la incertidumbre era también clave para la vida en el mundo infinitamente más grande que el que exploró.

«Creo que ideas como certeza absoluta, exactitud absoluta, verdad final, etc. son productos de la imaginación que no deberían ser admisibles en ningún campo de la ciencia», declaró.

«Por otro lado, cualquier afirmación de probabilidad es correcta o incorrecta desde el punto de vista de la teoría en la que se basa.

«Este relajamiento del pensamiento me parece la mayor bendición que nos ha dado la ciencia moderna.

«Porque la creencia de que sólo hay una verdad, y que uno mismo está en posesión de la misma, es la raíz de todos los males del mundo».

Imagen de portada: GETTY IMAGES. Max Born 1882-1970

FUENTE RESPONSABLE: Redacción BBC News Mundo. 7 de agosto 2022

Alemania nazi/Albert Einstein/Física/Ciencia/Max Born

 

Marcel Grossmann, el talentoso matemático a quien Einstein le pedía los apuntes y le ayudó a conseguir empleo (y con su teoría).

Albert Einstein no economizaba elogios para uno de sus amigos más cercanos.

«Sus apuntes podrían haberse impreso y publicado», le dijo a la esposa de Marcel Grossmann sobre la época en que eran compañeros de clase en Suiza.

«Cuando llegaba el momento de prepararme para mis exámenes, él siempre me prestaba aquellos cuadernos de apuntes, que eran mi salvación. Ni siquiera imagino lo que habría hecho sin aquellos libros».

Esas palabras del genio de la física las reproduce Walter Isaacson en su extraordinaria biografía «Einstein, su vida y universo».

El matemático también vería con admiración a su amigo: «Este Einstein un día será un gran hombre», les dijo a sus padres.

A veces, después de clases, iban a una cafetería a conversar.

Se trató de una amistad que fue más allá de la vida estudiantil.

Isaacson describe a Grossmann como «el ángel guardián» de Einstein.

«Como estudiantes, nosotros, Albert Einstein y yo, a menudo analizábamos psicológicamente a conocidos comunes así como a nosotros mismos.

Durante una de esas conversaciones, una vez hizo la observación precisa: tu principal debilidad es que no puedes decir ‘no'», escribió Grossmann.

En el Politécnico

Grossmann nació en Budapest en 1878. Su familia era de Suiza, a donde se fue, junto a sus padres, cuando tenía 15 años.

Marcel Grossmann

FUENTE DE LA IMAGEN – ETH-BIBLIOTHEK ZÜRICH, BILDARCHIV. Asistió al Politécnico de Zúrich, hoy conocido como ETH, donde conoció a Einstein, que estudiaba para convertirse en maestro de física y matemáticas.

«Hay gente que dice que Einstein faltaba a clases. No estoy seguro de eso, tengo mis dudas, creo que Einstein era buen estudiante, asistía a las clases, pero sí sabemos que para prepararse para los exámenes, usó los apuntes de Grossmann», le dice a BBC Mundo Tilman Sauer, profesor de Historia de las matemáticas y las ciencias naturales en la Universidad de Mainz, en Alemania.

Y es que las anotaciones de su compañero eran de lujo. Cuando volvía a casa, Grossmann pasaba sus anotaciones en limpio y las trabajaba meticulosamente.

«En sus exámenes parciales de octubre de 1898 (Einstein) había terminado el primero de su clase, con una media de 5,7 sobre un máximo de 6. El segundo, con un 5,6 era su amigo y encargado de tomar apuntes de matemáticas Marcel Grossmann», cuenta Isaacson.

«Me conmovió»

Aunque ahora parezca increíble, Einstein tuvo dificultades para encontrar un empleo académico.

Mileva Maric y Einstein

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES-. Mileva Maric, la primera esposa de Einstein, también fue compañera de Grossmann en el ETH.

«De hecho, habrían de pasar nada menos que nueve años desde su graduación en el Politécnico de Zúrich, en 1900 -y cuatro años tras el milagroso año en el que no solo puso la física patas arriba, sino que logró finalmente que se le aceptara una tesis doctoral-, antes de que le ofrecieran un puesto como profesor universitario», señala el autor.

En el otoño de 1900, tuvo unos ocho empleos esporádicos como maestro particular y envió varias cartas a profesores de universidades europeas para que fuese considerado para un puesto.

«Quería ser asistente de algún profesor», señala Sauer, quien fue editor colaborador de los Collected Papers of Albert Einstein.

Cuando Einstein ya empezaba a desesperarse, «Grossmann le escribió diciéndole que era probable que hubiera una plaza de funcionario en la Oficina Suiza de Patentes, situada en Berna. El padre de Grossmann conocía al director y estaba dispuesto a recomendar a Einstein», indica Isaacson.

«¡Querido Marcel! Cuando encontré tu carta ayer, me conmovió profundamente tu devoción y compasión que no te permitieron olvidar a tu viejo desafortunado amigo (…)», le respondió en una misiva.

Einstein consiguió ese empleo en 1902 y fue allí, en la ahora famosa Oficina de Patentes, que en 1905, el genio desconocido de 26 años publicó su teoría de la relatividad especial.

Precisamente, en ese puesto escribió cinco estudios científicos que revolucionaron la física de inicios del siglo XX.

Ayudarlo a obtener ese empleo, sería descrito por Einstein como «lo más grande que Marcel Grossmann hizo por mí como amigo».

De hecho, ese año, el físico le dedicó su tesis doctoral.

En 1909, conquistaría una plaza como profesor asociado en la Universidad de Zúrich y, en 1911, se iría como profesor a la Universidad de Praga.

Grossmann, el profesor

Desde el principio, Grossmann pisó fuerte en el mundo académico. Poco después de graduarse como docente especializado en matemáticas, consiguió una posición como asistente de un profesor en el mismo ETH.

Albert Einstein

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Se convertiría en un experto en geometría no euclidiana y en geometría proyectiva y publicaría varios estudios sobre ese campo.

Su devoción como maestro y pedagogo lo caracterizaría a lo largo de su carrera, como lo cuenta el libro Marcel Grossmann: For the Love of Mathematics, que escribió su nieta Claudia Graf-Grossmann.

«Nunca se permite dar clases durante horas y horas sin asegurarse de que sus alumnos entiendan lo que intenta enseñarles, como hicieron sus profesores cuando estaba en la escuela secundaria en Budapest.

Por sus propias experiencias escolares, sabe que el placer de aprender y el éxito resultante son incomparablemente mayores cuando el material se enseña de una manera apasionante y fácilmente comprensible».

En 1905, se mudó a Basilea, donde enseñó y publicó dos libros de textos sobre geometría, de los que aprenderían varias generaciones de estudiantes.  

En 1907, fue nombrado profesor de geometría descriptiva en el ETH.

«Con Grossmann ahora en una posición importante en la facultad de ETH, no es de sorprender que hubiese estado envuelto en traer de regreso a Einstein a Zúrich», escribió Sauer en el ensayo: Marcel Grossmann and his contribution to the general theory of relativity.

En 1912, Einstein fue nombrado profesor de Física teórica en esa institución.

Se reunió con Grossmann y le habló de sus ideas para generalizar su teoría de la relatividad especial.

Einstein le dijo: «Me tienes que ayudar o me volveré loco».

La guía

En un artículo sobre el matemático, John Joseph O’Connor y Edmund Frederick Robertson, profesores de la Universidad de St. Andrews, cuentan que en 1912, Einstein luchaba por «extender su teoría de la relatividad especial para incluir la gravitación».

Bernard Riemann

FUENTE DE LA IMAGEN – SCIENCE PHOTO LIBRARY. Bernard Riemann fue un prodigio alemán del siglo XIX.

Y encontró en su amigo una gran guía.

«La necesidad de ir más allá de la descripción euclidiana del espacio-tiempo fue primero articulada por Grossman, quien persuadió a Einstein de que ese era el lenguaje correcto para lo que se convertiría en la relatividad general», le señaló a BBC Mundo, en 2020, David McMullan, profesor de Física Teórica de la Universidad Plymouth.

Grossmann le sugirió el trabajo del alemán Bernhard Riemann y el cálculo tensorial que desarrollaban los italianos Gregorio Ricci-Curbastro y Tullio Levi-Civita.

Él mismo era un experto en cálculo tensorial y sus explicaciones terminaron convenciendo a Einstein.

Y es que -recuerda Isaacson- en los dos cursos de geometría que tomaron en el ETH, Einstein sacó 4,25 de 6, mientras que Grossman obtuvo 6.

«Estoy trabajando exclusivamente en el problema de la gravitación y creo que puedo superar todas las dificultades con la ayuda de un amigo matemático aquí», le escribió Einstein, en 1912, al físico teórico Arnold Sommerfeld.

«Pero una cosa es cierta: nunca antes en mi vida había trabajado tanto y he adquirido un respeto enorme por las matemáticas, cuyos aspectos más sutiles consideré hasta ahora, en mi ingenuidad, como un mero lujo.

«Comparado con este problema, la teoría original de la relatividad es un juego de niños».

Las geometrías no euclidianas

«En la segunda mitad del siglo XIX, se empezaron a desarrollar las geometrías no euclidianas y el concepto de geometría de Riemann, y eso era lo que Einstein necesitaba para establecer la teoría generalizada», le dice a BBC Mundo Manuel de León, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y académico de la Real Academia de Ciencias de España.

Pero había un detalle: «no estaba familiarizado con ellas».

Carl Frederick Gauss

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Uno de los matemáticos más grandes de la historia: Carl Frederick Gauss.

«La labor de Grossmann fue fundamental para despejarle el camino a Einstein y explicarle todo eso que estaba naciendo en el ámbito de las matemáticas».

A Einstein le urgía que sus ideas sobre física pudieran ser «materializadas con un modelo matemático y ese modelo lo daban las geometrías no euclidianas».

Con ese término se denominan las geometrías, como la hiperbólica y la esférica, que difieren de la geometría de Euclides en el axioma, sobre la existencia de una paralela externa a una recta.

Es así como, cuando comenzó a elaborar su teoría de la relatividad general, Einstein se dio cuenta de que tenía que utilizar la geometría diferencial, que habían desarrollado a partir del siglo XIX grandes matemáticos como Gauss, Bolyai, Lobachevskai, Riemann, Ricci, Lévi-Civita, Christoffel, y muchos otros.

«La idea esencial de Einstein es: la masa crea curvatura a su alrededor, pero ¿cómo la crea? ¿Cuál es el modelo matemático que es capaz de expresar esa curvatura si tengo la masa? Para eso necesitaba la geometría diferencial», indica el profesor.

«Lo maravilloso de Einstein es que fue capaz de poner todas esas cosas juntas y con su intuición física, encontrar la ecuación de campo», señala.

Pero antes de llegar a eso, el genio trabajó arduamente.

Juntos

En 1913, los dos amigos publicaron un artículo en el que «unieron las matemáticas sofisticadas que Grossmann sabía y la física de Einstein», indica Sauer.

Un detalle de la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein, quien donó el manuscrito original a la Universidad Hebrea de Jerusalén.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Un detalle de la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein, quien donó el manuscrito original a la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Ese artículo es considerado un paso importante en el camino hacia la teoría general de la relatividad.

«Juntos trataron de darle sentido a las matemáticas en el contexto de lo que Einstein necesitaba para su teoría».

Sin embargo, no lograron encontrar las ecuaciones correctas del campo gravitatorio.

En 1914, publicaron otro artículo conjunto. Pero ese mismo año, su colaboración terminó. Einstein había aceptado una plaza como profesor en Berlín.

Allí, siguió trabajando en el problema de la gravitación.

A finales de 1915, llegó a la formulación definitiva de su teoría, la publicó y revolucionó la historia de la ciencia y la forma en que entendemos el universo.

«Einstein enfatizó que su teoría general de la relatividad se construyó sobre el trabajo de Gauss y Riemann, gigantes del mundo matemático.

Pero también se construyó sobre el trabajo de figuras destacadas de la física, como Maxwell y Lorentz, y sobre el trabajo de investigadores menos conocidos, en particular Grossmann, Besso, Freundlich, Kottler, Nordström y Fokker», escribieron Michel Janssen y Jürgen Renn en el artículo History: Einstein was no lone genius, de la revista Nature.

En su artículo Sauer, cuenta que meses después de publicar la teoría, Einstein escribió:

«Quiero reconocer con agradecimiento a mi amigo, el matemático Grossmann, cuya ayuda no sólo me ahorró el esfuerzo de estudiar la literatura matemática pertinente, sino que también me ayudó en mi búsqueda de las ecuaciones de gravitación de campo».

«Toda la vida»

En los años 20, la salud de Grossmann se empezó a deteriorar debido a la esclerosis múltiple.

Murió en 1936, en Suiza.

Albert Einstein

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. En 1955, Einstein recordó a Grossmann con gratitud en un texto autobiográfico.

En una carta para expresar sus condolencias, Einstein le escribió a la esposa de su amigo sus recuerdos:

«Él, un estudiante modelo, yo, desordenado y soñador».

Elogió que su amigo siempre estuviera en buenos términos con los profesores y que lo entendiera todo fácilmente, mientras él era distante, no muy popular.

«Pero éramos buenos amigos y nuestras conversaciones delante de un café helado en el Metropole cada pocas semanas están entre mis recuerdos más felices».

Cuando se graduaron, «me quedé solo de repente, enfrentando la vida sin poder hacer nada. Pero estuvo a mi lado y a través de él (y su padre) llegué a (Friedrich) Haller en la Oficina de Patentes unos años más tarde».

Estar allí fue como una especie de «salvavidas, sin el cual no podría haber muerto, pero ciertamente me habría marchitado intelectualmente».

Evocó «el trabajo científico conjunto y febril sobre el formalismo de la teoría general de la relatividad».

«No se completó, ya que me mudé a Berlín, donde continué trabajando por mi cuenta».

Y lamentó el impacto de la enfermedad en su amigo.

«Pero una cosa es hermosa. Fuimos amigos y seguimos siendo amigos toda la vida».

Imagen de portada: GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: Margarita Rodriguez, BBC News Mundo. 24 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Física/Albert Einstein/Ciencia/Suiza

 

 

 

 

 

Las controversiales posturas de Max Planck, uno de los grandes científicos del siglo XX.

El físico alemán, premio Nobel en 1918, fue una de las principales figuras de la ciencia el siglo pasado. Pero su vida estuvo marcada por posturas muy polémicas frente al régimen nazi.

 

Adolf Hitler conocía la voz de Max Planck. Sin duda, le resonó clara cuando leyó la carta que en octubre de 1944 le dirigió el premio Nobel: “Como agradecimiento del pueblo alemán por mi obra de toda una vida, que se ha convertido en una riqueza intelectual imperecedera de Alemania, imploro por la vida de mi hijo…”. 

¿Quién era este hombre que postrado por el dolor suplica con palabras precisas por la vida de su hijo? ¿Cómo entender a un hombre que estuvo en el centro de una revolución científica que habría de cambiar al mundo y que en medio de la vorágine de una guerra atroz, ni huyó de la locura ni se enfrentó con el delirante poder que la propiciaba? (

Max Planck fue fundamentalmente un caballero prusiano de mediados del siglo XIX. Nacionalista, conservador, culto, de familia con tradición académica. Tenía 42 años en 1900, cuando estremeció a la física al proponer que la energía de la radiación no era continua y catapultó así la física cuántica.

 

Coqueteó con ser pianista, pero estudió física desoyendo el consejo de un profesor quien le advirtió que la física como empresa intelectual estaba finalizada. Obtuvo su doctorado a los 21 años con una tesis acerca de la noción de entropía. En 1900, estaba casado con Marie Merke, y tenían cuatro hijos, dos varones y dos gemelas.

 

Planck era editor de la revista más importante de la ciencia alemana, Annals of Physics. En 1905 y leyó los trabajos que Albert Einstein publicó ese año milagroso y entendió que la relatividad cambiaría nuestra visión del mundo.

 

Tuvieron una amistad basada en la fascinación por las leyes universales. Planck afirmaba que “la búsqueda de estas leyes es lo más sublime que podemos perseguir en la vida”. Esta frase hubiera podido ser de Einstein. La música también los unía, fueron frecuentes las veladas musicales en la casa de los Planck.

 

Pero un inmenso abismo ideológico los separaba: Einstein era un hombre del siglo XX, de ideas liberales, antimilitarista, irreverente, sin apego a nacionalidades, universal, anti establishment, pacifista y muy importante para los años que vendrían: judío.

 

En 1909 murió Marie y dos años después Planck se casó con Marga, sobrina de Marie. Ese mismo año nació su último hijo.

 

En nacionalismo flotaba en el ambiente, banderas, himnos, y marchas militares eran la antesala de la I Guerra Mundial. Un grupo de intelectuales que incluía a Planck, firmaron “El manifiesto de los 93″, una publicación abominable justificando la guerra.

 

Alemania despidió a sus hombres que van al frente de batalla y un patriótico Max Planck orgulloso, vio partir a su hijo mayor, Karl. Fue la última vez que lo vio con vida. Fallecería en los campos de Francia en 1916.

 

La tragedia continuaría ensañandose con Planck. En los dos años siguientes murieron ambas gemelas, mientras daban a luz sus hijas, que sobrevivieron.

En 1918 Planck recibió el Nobel en física. El período entre guerras era singularmente convulso en una Alemania que miraba con asombro el vertiginoso ascenso del nazismo de manos de un delirante Hitler. En ciencia, la fobia judía apuntaba a la figura emblemática de Einstein, una celebridad a partir de 1919, el mismo año en que Alemania era humillada en el Pacto de Versalles tras la derrota.

 

Dos premios Nobel, Johannes Stark y Phillipe Lenard, se erigían en guardianes de la ciencia aria para evitar su contaminación con la “cochina ciencia judía”.

 

En 1933 Hitler fue elegido canciller y se entrevistó cara a cara con Planck, sin duda la gran figura de la ciencia alemana. Planck intentó conseguir un trato especial para los científicos judíos y sólo encontró a un enloquecido Hitler que vociferó la insensata frase: “Si el despido de los científicos judíos significa la aniquilación de la ciencia alemana contemporánea, entonces prescindiremos de la ciencia”. Planck entendió que nada se podía hacer.

 

Se le pidió que firmara un manifiesto contra Einstein tras su expulsión de la Academia Prusiana de Ciencias, y Planck lo firmó. La amistad de los dos grandes científicos quedó fracturada definitivamente.

 

Max Planck pensaba que era su deber quedarse en Alemania. Einstein había comentado: “Planck está enraizado en su tierra con cada fibra de su ser”.

 

Los judíos fueron despedidos de todos los cargos públicos y universidades, y la orden de comenzar todo acto con el saludo nazi de “Heil Hitler” no tardó en aparecer. Planck la acató en sus charlas sobre ciencia, a menudo con la bandera nacionalsocialista y la esvástica en el fondo. 

 

Recomendaba a sus colegas no mencionar a científicos judíos y en particular a Einstein, sin embargo, en una conferencia en el club de la Oficina Exterior nazi, con asistencia de jerarcas del gobierno, exclamó: “Einstein es un líder y un guía en el campo del pensamiento que mira más allá de las razas y las fronteras”

 

Su apoyo a los judíos le ganó la calificación de “judío blanco” por los adalides de la ciencia aria.

 

“Hemos hecho cosas terribles, nos aguardan tiempos terribles”, le había confesado a su protegida judía, la física nuclear Lise Meitner. No imaginaba cuánto.

 

En el año 1944 la aviación inglesa bombardeó con furia a Berlín; las bombas pulverizaron su casa, destruyendo su biblioteca, sus archivos y la correspondencia invaluable de varias décadas. Y, a finales de ese mismo año, Erwin Planck, su hijo, fue sentenciado a muerte tras ser involucrado en un atentado fallido contra Hitler.

 

Un anciano de 87 imploró el perdón para su hijo. La figura emblema de la ciencia alemana ruega al poder un acto de conmiseración. Pero el poder y la ciencia no se la llevaban bien. Hitler ignoró la carta. Himmler, el jefe de las SS, promete que será indultado pero cinco días después y faltando pocas semanas para la caída del tercer Reich, Erwin Planck muere en la horca nazi.

 

El dolor de Planck no conocio límites. La guerra lo alcanzó huyendo sin rumbo con su esposa, durmiendo en bosques y establos cuando fue rescatado por un grupo del ejército norteamericano, antes de que el ejército soviético lo capturase.

 

¿De qué tamaño fue el dilema moral que un hombre decente como Planck tiene que haberse planteado? ¿Jugó al delicado filo de un equilibrio acomodaticio o pensó que ser presidente de la Academia Prusiana de Ciencias y del Instituto Káiser Guillermo le permitía contener el delirio nazi? ¿Por qué no se opuso frontalmente a un régimen que era moralmente inaceptable?

Cierto que dar conferencias sobre relatividad o sobre la libertad como condición de la ciencia era una forma sutil de protesta, pero ¿dónde se pone la frontera?

Fueron tiempos convulsos y es difícil juzgar a la distancia. Tan sólo una comprensiva indulgencia nos permitirá entender al hombre digno que fue.

Max Planck sobrevivió dos años más, falleció el 4 de octubre de 1947 a los 87 años.

Imagen de portada: Escultura de Max Planck.Foto: Pixabay

FUENTE RESPONSABLE: El Espectador. Por Héctor Rago* Abril 2022

*Astrofísico – Profesor de la Universidad Industrial de Santander / Realizador de Astronomía Al Aire

Ciencia/Fisica/Alemania nazi/Albert Einstein

Las andanzas de Albert Einstein por una Buenos Aires que aún no tenía Obelisco.

El autor de la Teoría de la Relatividad pasó dos meses en la Argentina en 1925, cuatro años después de haber ganado el Premio Nobel de Física.

En el templado otoño de 1925, el físico más popular de todos los tiempos, Albert Einstein, sintió durante una prolongada visita a la Argentina el verdadero peso de la fama, que le pareció excesivo, pero se fue de aquí con la certeza de que había colaborado, y no se equivocaba, con el futuro de la investigación científica argentina.

   En los dos meses que duró aquella estadía con base en la Capital Federal, el responsable de la Teoría de la Relatividad brindó doce conferencias en instituciones educativas públicas, a las que terminó agradeciéndoles por haberle permitido el encuentro con un público en general profano, pero lleno de ganas de comprender ideas científicas complejas.

   Aquella ciudad de Buenos Aires que se auto percibía como el ombligo del granero del mundo aún no había construido el Obelisco su señal de identificación en el cruce de “la avenida más ancha del mundo” con “la calle que nunca duerme”, pero estaba orgullosa de haber inaugurado en 1913 el primer subterráneo de Latinoamérica, la actual Línea A.

Cliquea por favor; en el link siguiente. Gracias.

Albert Einstein en Buenos Aires – Por la ciudad

El físico arribó a la Argentina cuatro años después de haber obtenido el Premio Nobel, pero como consecuencia de una relación de amistad forjada en 1922 en el Instituto Politécnico de Zürich con el francés Jorge Duclot, que lo invitó a conocer el Sur de América cuando ya ejercía como profesor en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires.

Para la historia de la ciencia en la Argentina aquella visita resultó fundamental, porque inspiró a muchos futuros colegas, entre ellos a Bernardo A. Houssay, que años más tarde sería Premio Nobel de Medicina, e instaló a las universidades públicas del país en el centro de la difusión en Latinoamérica de una teoría que aun suscitaba controversias en el mundo.

   Los cinco argentinos que ganaron el Nobel fueron estudiantes de la UBA y entre ellos hay tres vinculados a la investigación científica, aquello en que Einstein fue el gran ejemplo: Houssay fue galardonado con el de Medicina en 1947, siendo el primer latinoamericano laureado en Ciencias, Luis Federico Leloir obtuvo en 1970 el de Química y César Milstein cosechó el suyo en Medicina en 1984.

La Teoría de la Relatividad, que discutía con la famosa pero añeja Teoría de la Gravedad, postulada dos siglos antes por Isaac Newton, sostenía desde 1905, entre otras cosas, que el movimiento es relativo al observador, mientras la velocidad de la luz siempre es constante.

El segundo de sus grandes aportes, la Teoría de la Relatividad General, publicada en 1915, afirmaba que el espacio se curvaba por la fuerza gravitatoria de la Tierra, pero que por el brillo solar eso resultaba invisible a los ojos humanos, salvo en ocasiones especialisimas.

Cuatro años más tarde esa ocasión llegó: durante un eclipse, el astrofísico inglés Arthur Stanley Eddington pudo fotografiar la luz de las estrellas en torno al sol, comprobando la curvatura de la luz, desde un laboratorio montado en la Isla Príncipe, frente a Guinea Ecuatorial, en África, en la prueba empírica de que Einstein tenía razón.

 A partir de 1919, entonces aquel hombre de mirada pícara e inteligencia suprema, nacido en Alemania en el seno de una familia judía, pero luego nacionalizado suizo, austríaco y estadounidense, se convirtió en una estrella de rock, antes de que el rock existiera, y tuvo que acostumbrarse a convivir con el interés periodístico por su día a día.

   Eso aumentó cuando en 1921 le concedieron el Premio Nobel de Física, aunque no por su Teoría de la Relatividad, que todavía era discutida en los círculos académicos pero le había dado una insólita popularidad en un mundo mucho menos conectado que el actual, que él mismo abonaba con su estilo desacartonado –su foto más famosa lo muestra sacándole la lengua a la cámara- y hasta la desprolijidad de su cabellera.

   Su triunfo como científico era también una victoria política frente a los influyentes sectores conservadores de las sociedades europeas, que habían tildado su teoría de poco seria, en rigor porque estaban molestos con las ideas socialistas a la que Einstein adhería después de haber estudiado muchos años los textos de Baruch Spinoza, David Hume, Immanuel Kant y Karl Marx, entre otros.

   El choque entre las ideas científicas y sus detractores, que tenía una larga historia a partir del modo en que la Iglesia Católica se comportó siglos antes con Galileo Galilei por haber demostrado que la Tierra giraba en derredor del Sol, no era menor en aquel momento europeo, ya que iba construyéndose un panorama general que redundaría en el acceso posterior al poder de líderes de ultra derecha, como Hitler, Mussolini y Franco, entre otros.

   El supuesto básico de la teoría de la relatividad, que siempre molestó a los fundamentalistas y a los dogmas religiosos, es que la localización de los sucesos físicos, tanto en el tiempo como en el espacio, es relativa al estado de movimiento del observador, lo que cambiaba muchos dogmas e incluso aportaba un punto de discusión interesante para la filosofía.

   La visita a la Argentina, a la que llegó en el barco Cap Polonio, se dio en el marco de una de sus extenuantes pero habituales giras previas a la Segunda Guerra Mundial, que en este caso incluía también muchas semanas en Uruguay y Brasil, cuyos detalles fue reportando al estilo de la época en cartas a su familia, además de las anotaciones que hacía en su diario personal.

   “En el momento en que les llegue esta pequeña nota, yo ya estaré en Montevideo o en Rio, desde donde saldré, el 12 de mayo, de regreso hacia Hamburgo», escribió por ejemplo a su esposa Elsa y a su hijastra Margot desde Buenos Aires, en una misiva fechada el 25 de marzo de 1925.

   Einstein, que era afable en público y llegó a plegarse a una fiesta de estudiantes para tocar el violín, instrumento cuya técnica dominaba como un profesional, reportaba en esas cartas que tenía la agenda demasiado llena de compromisos, por lo que se sentía un comediante obligado a representar un papel acorde con las expectativas que su genialidad despertaba,

   En los dos meses argentinos, tuvo actividades en Córdoba, Rosario y La Plata, pasó unos días de descanso en Llavallol, se reunió con el presidente Marcelo T. de Alvear y con el famoso escritor Leopoldo Lugones, con el que además cenó, tuvo encuentro con organizaciones judías e incluso sobrevoló Buenos Aires a bordo de un hidroavión Junker de una empresa alemana, cuando la aviación estaba en sus albores.

   Además de sus conferencias en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Hotel Savoy, recorrió escuelas públicas, visitó, hospitales y orfanatos, paseó por los Bosques de Palermo y el Mercado del Abasto, visitó Tigre, caminó por la peatonal Florida, publicó artículos en el diario La Prensa y se encantó con el ambiente del café Tortoni, el más antiguo de la ciudad.

   En aquellos días agotadores, las anotaciones en su diario personal, la mayoría de ellas con ideas que no prosperaron, incluyeron una “aproximación a una teoría sobre la relación entra la gravitación y la electricidad”, mientras en su país natal estaba instalándose el escenario persecutorio de las ideas que el cineasta Ingmar Bergman describió en la película El huevo de la serpiente.

   Unos años después de su visita a la Argentina, Einstein se iría de Alemania mientras el nazismo iba construyendo su llegada al poder, para dedicarse a la docencia en Princeton, Nueva Jersey, y avanzar en el intento de integrar en una misma teoría la fuerza gravitatoria y la electromagnética, antes de nacionalizarse como estadounidense en 1940.

   El científico vanguardista que ayudó a difundir la idea de que todo en el universo, y en la vida, es relativo, murió en Princeton a los 76 años, en 1955, de una hemorragia interna causada por la ruptura de un aneurisma en la aorta abdominal, luego de rechazar una cirugía de urgencia que le propuso el médico Rudolph Nissen, que ya lo había operado en 1948.

 “Quiero irme cuando quiero”, precisó aquel hombre que pidió que su cuerpo fuera incinerado sin velatorio, ante apenas 12 personas, y que sus cenizas fueran arrojadas al cercano río Delaware, intentando evitar las pompas del funeral de un famoso. “Considero de mal gusto prolongar artificialmente la vida”, había explicado antes. “He hecho mi trabajo, es hora de irme. Lo haré con elegancia”. (NA)

Imagen de portada: Gentileza de La Nueva. Bahía Blanca. Argentina

FUENTE RESPONSABLE: La Nueva. Bahía Blanca. Argentina. Abril 2022

Sociedad/Ciencia/Albert Einstein/Buenos Aires/

Teoría de la relatividad.