La historia negra del Escarabajo: fue creado por orden de Adolf Hitler y su diseño resultó un plagio.

El cuarto auto más vendido en la historia nació a partir de la idea del líder nazi de dar un automóvil a cada alemán.

Cada 22 de junio, por iniciativa del Club VW de Brasil, se celebra el Día Internacional del Volkswagen Escarabajo. La fecha no es casual ni antojadiza: ese mismo día, pero en 1934, Adolfo Hitler (a través de la Asociación de la Industria Alemana del Automóvil) y Ferdinand Porsche firmaron el contrato para producir uno de los sueños del nazismo: “el auto del pueblo”. Así es como comienza la historia negra del Escarabajo…

DE VENDEDOR DE AUTOS A “MIEMBRO HONORARIO DE LAS SS”.

Jakob Werlin conoció a Adolfo Hitler en 1923. Trabajaba en un concesionario Benz vecino a la redacción del Völkischer Beobachter (el Observador Popular, en español), periódico oficial del Partido Nacionalista Alemán de los Trabajadores. Como buen vendedor, un contacto casual con el líder nazi le bastó para convertirse en el proveedor de automóviles del partido. Les vendió coches y limosinas. Forjó una pequeña fortuna y, luego de la fusión de Daimler y Benz, abrió su propia concesionaria de Mercedes en Munich.

Jakob Werlin (izquierda) se convirtió en confidente de Hitler y en su asesor en todo lo relacionado con automotores. Él fue quien llevó la inquietud de «el führer de Alemania» a Ferdinand Porsche.ullstein bild Dtl.

Ese mismo año, Hitler fue condenado a cinco años de cárcel por el “Beer Hall Putsch” (ó “el golpe de la cervecería”), un golpe de Estado fallido que terminó dándole la visibilidad que necesitaba para convertirse, una década más tarde, en “el führer de Alemania”. Durante su encierro en la prisión de Landsberg, que solo duró 9 meses, Hitler escribió Mi Lucha y leyó las memorias de Henry Ford, que le resultaron inspiradoras.

Estaba obsesionado con los autos. Le fascinaban las carreras, pero también confiaba en que el desarrollo de su país podría concretarse a través de la industria automotriz. Los autos, en todas partes del mundo, tenían precios inalcanzables para el pueblo. Hitler estaba convencido de que si lograba darle un auto a cada alemán nadie volvería a discutir jamás su liderazgo.

En 1932, acariciando el poder, Adolfo Hitler le pidió a su amigo Jakob Werlin que hable con los directivos de Daimler-Benz para que comenzasen a diseñar el auto que él le iba a ofrecer al pueblo. “El auto del pueblo”, que se traduce al alemán como “Volkswagen”. Como el Partido Nacionalista Alemán de los Trabajadores perdió las elecciones presidenciales, en Daimler-Benz desestimaron su propuesta.

El Mercedes Benz de Hitler

Sin embargo, menos de un año más tarde, el escenario cambió de forma radical: Hitler finalmente accedió al poder y, para estrechar relaciones con el régimen nazi, Daimler-Benz promovió a Werlin y lo convirtió en miembro del directorio.

Al mismo tiempo, Jakob Werlin se afilió al partido nazi y su amistad con el fhürer, al que solía acompañar al Salón del Automóvil de Berlín, le valió un meteórico ascenso a “miembro honorario” de la Schutzstaffel, las temibles SS.

En el Salón del Automóvil de Berlín, en 1933, Adolfo Hitler expuso sus proyectos relacionados con la movilidad. Dijo que las naciones ya no eran evaluadas por los kilómetros de vías de ferrocarril, sino por sus kilómetros de rutas pavimentadas. Y prometió que en el plazo de diez años cada alemán tendría su propio auto. Se comprometió, además, a bajar los impuestos para los vehículos, crear una red de autopistas modelo y hacer más fácil la obtención de licencias.

Ferdinand Porsche (1875-1951) tomó el pedido de Hitler y diseñó «el auto del pueblo». (Photo by Keystone/Hulton Archive/Getty Images) Keystone

Ese año, Jakob Werlin visitó a Ferdinand Porsche en su planta de Stuttgart. 

No se veían desde que trabajaban juntos en la Daimler Benz, cinco años antes. Le dijo que presentase una propuesta para “el auto del pueblo” que prometió Hitler. Justamente, Porsche tenía un diseño que había creado por encargo del fabricante alemán NSU, pero que habían desestimado porque tenían saturada su línea de producción. En base a aquellos planos, se puso a trabajar en el proyecto.

Finalmente, el 17 de enero de 1934, en una reunión de la que participaron Adolfo Hitler, Jakob Werlin y el ministro de transporte, Ferdinand Porsche presentó un documento titulado “Ideas para la construcción del auto del pueblo alemán”. Allí estableció las condiciones que creía imprescindibles para su producción. Decía, por ejemplo, que el auto del pueblo no podía ser un vehículo pequeño: debía tener cuatro asientos y la mejor suspensión posible. Además, tenía que ser fácil de manejar y debía alcanzar una velocidad máxima de 60 millas por hora (96,5 kilómetros por hora). Concluyó que, si verdaderamente quería ser “el auto del pueblo”, tenía que tener el precio más bajo del mercado y el costo de mantenimiento más barato.

La creación del «auto del pueblo», en 1939, también generó un novedoso plan de compra con estampillas.

A propósito del precio, Hitler y Porsche (que tenían mucho en común, ya que los dos eran austríacos y venían de pequeños pueblos similares) no lograban ponerse de acuerdo. El líder nazi insistía en que “el auto del pueblo” debía valer menos de 1000 marcos, que era el precio que tenía entonces una moto mediana. Porsche creía que era imposible llegar a ese valor. Sin embargo, firmaron contrato el 22 de junio de 1934.

Hitler puso el proyecto en manos de la Kraft durch Freude (que se traduce, literalmente, como “Fuerza a través de la alegría”), una organización política nazi que se dedicaba a estructurar y vigilar el tiempo libre de la población. Las siglas de esta organización serían utilizadas en el primer nombre del Escarabajo.

El 27 de mayo de 1938, Hitler puso la piedra fundamental de lo que sería la planta de producción del Volkswagen. Sería la planta más grande del mundo y a sus alrededores nacería la ciudad de Wolfsburgo.Anonym – Hulton Archive

El primer prototipo fue presentado en 1936 y sometido a pruebas muy exigentes. Hubo una segunda serie de prototipos antes de llegar al diseño definitivo. El 27 mayo de 1938, Hitler inauguró la fábrica del “auto del pueblo”, la planta de automóviles más grande del mundo, 180 kilómetros al oeste de Berlín. En su discurso dijo que alrededor de la fábrica, que iba a dar trabajo a 90 mil alemanes, nacería una “AutoStadt”, una ciudad industrial cuya vida giraría en torno a la producción de autos. Y le puso nombre: Stadt des KdF-Wagens bei Fallersleben, que en español se traduce como “Ciudad del coche KdF en Fallersleben”. En 1945 la cuidad adoptaría su nombre definitivo: Wolfsburgo.

27 de mayo de 1938. Luego de colocar la piedra fundamental de la planta «Volkswagen», Adolf Hitler se retira del lugar en un Escarabajo junto al diseñador Ferdinand Porsche. (Photo by Topical Press Agency/Hulton Archive/Getty Images). Topical Press Agency – Hulton Archive.

Finalmente, en el Salón del Automóvil de Berlín de 1939, Hitler presentó “el auto del pueblo” que había prometido. Si bien se produjo como el nombre “Tipo 1″ y se presentó como “kdf-wagen”, todos lo llamaron “Volkswagen”.

Apenas comenzó la producción, la automotriz checa Tatra (el tercer fabricante más antiguo, detrás de Mercedes Benz y Peugeot) acusó a Ferdinand Porsche de haberle robado el diseño. Su director, el ingeniero Hans Ledwinka, sostenía que “el auto del pueblo” alemán era una copia de su Tatra T97, lanzado en 1936, con motor trasero de 4 cilindros opuestos y, la gran novedad, refrigerado por aire. Además, tenía una carrocería aerodinámica redondeada idéntica a la presentada por Porsche. 

El litigio entró en pausa cuando Hitler invadió República Checa y los nazis tomaron el control de la planta de Ledwinka para producir allí armas de guerra.

Tatra T97, el auto checoslovaco que «inspiró» al Escarabajo

Sin embargo, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Tatra y Volkswagen volvieron a verse las caras en la Justicia. Pero en 1961 las partes alcanzaron un acuerdo “extra judicial” en el que la automotriz alemana indemnizó a la constructora checa con varios millones de marcos.

La planta monumental inaugurada por el “führer de Alemania” sólo produjo 600 unidades, que fueron absorbidas en su mayoría por los líderes del partido nazi. 

El precio de venta del “auto del pueblo”, de acuerdo con lo estipulado por Hitler, fue de 990 marcos alemanes. En 1939, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el Ministerio de Industria resolvió reformular todas las fábricas del país para la construcción de armas de guerra. 

La Volkswagenwerk pasó a depender de la Fuerza Aérea. Su línea de producción fue modificada para producir dos vehículos aptos para el combate: el Kübelwagen (una jeep ligero construido sobre el chasis del Escarabajo) y el Schwimmwagen (un anfibio).

Apenas comenzó la Segunda Guerra Mundial, la planta del Volkswagen fue reconvertida para producir vehículos de guerra como el Kübelwagen.

 

La mayoría de los obreros partieron al frente de batalla y fueron reemplazados por personas “no aptas para el combate”: prisioneros políticos, refugiados y presos. Tras la finalización de la guerra, Ferdinand Porsche fue encerrado en un castillo medieval francés acusado de utilizar mano de obra esclava en la fabricación de vehículos de guerra.

El sueño de Hitler de inundar el país de automóviles jamás se concretó. Por el contrario, en 1943 el tránsito de autos en Alemania era tan limitado que permitieron la circulación de bicicletas por las autopistas.

El 27 de diciembre de 1945, en la rebautizada Wolfsburgo, que había quedado dentro de la zona de ocupación británica, por orden del mayor inglés Ivan Hirst, se reanudó la producción en serie del auto Volkswagen Tipo 1. Ése es el día que la compañía reconoce como “fundacional” para el Beetle. Para fines de año se habían producido 55 vehículos.

Hermann Goering (al volante) fue uno de los jerarcas que se quedaron con la primera producción de «Tipo 1». Detrás suyo viajan Robert Ley («jefe sindical» nazi, quien se suicidó en su celda antes de afrontar su juicios en Núremberg, ahorcándose con una toalla que ató al tanque de agua del inodoro) y Ferdinand Porsche.Library of Congress – Corbis Historical.

El “auto del pueblo” fue el cuarto auto más vendido en la historia. Se produjeron 21.529.464 unidades. Solo fue superado por Toyota Corolla, Ford F Series y VW Golf. El último Escarabajo se fabricó en la planta de Puebla, México, en 2003, y se expone en la central de Wolfsburgo.

Jakob Werlin murió a los 79 años. Sobre el final de la guerra, estuvo detenido en un campo norteamericano. Se comprobó luego que usó sus influencias para proteger a la esposa judía de Wilhelm Haspel, jefe de Daimler-Benz entre 1942 a 1952. Sus hijos aún manejan un concesionario de Mercedes Benz.

Durante su encierro en Francia, Ferdinand Porsche fue forzado a trabajar en diseños para Renault. De su genio saldría el modelo 4CV. Liberado, cobró regalías por cada Tipo 1 vendido hasta su muerte, en enero de 1951. Posteriormente y de manera póstuma, en 1999, fue reconocido como el Ingeniero Automovilístico del Siglo XX.

Imagen de portada: Adolf Hitler observa una maqueta del «auto del pueblo» y se ríe al descubrir al motor en la parte trasera. Quien levanta la tapa del baúl es el diseñador Ferdinand Porsche. Heinrich Hoffmann – Hulton Archive

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. LifeStyle

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Los colonos de Sosúa, los judíos acogidos por República Dominicana durante la Segunda Guerra Mundial.

«Nosotros como niños éramos totalmente libres, no había peligro de nada».

Joachim Benjamin recuerda cómo en Sosúa los adultos pasaban todo el día trabajando la tierra y en su tiempo libre, por las tardes, se reunían a comer pastel o, de ser un típico día soleado, visitaban las hermosas playas del Atlántico.

Hasta 1940 ni él ni sus vecinos, todos judíos europeos, habían oído hablar de aquel municipio del norte de República Dominicana que acababa de volverse su nuevo hogar.

Llegaron allí como refugiados, con la Segunda Guerra Mundial ya comenzada, huyendo de la persecución del gobierno nazi.

Y empezaron su nueva vida en una comunidad abandonada en lo que había sido una próspera plantación de bananos que tuvieron que levantar con sus propias manos.

El plan de Trujillo

Ese destino se decidió dos años antes y a miles de kilómetros, en Évian-les-Bains.

En aquella ciudad balneario francesa se reunieron del 6 al 15 de julio de 1938, convocados por el entonces presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt, delegaciones de 32 países y representantes de una serie de organizaciones privadas.

El objetivo de la Conferencia de Evian, tal como se le llamaría a la cumbre, era abordar el tema de los refugiados judíos que huían del nazismo.

Adolf Hitler

FUENTE DE LA IMAGEN -GETTY IMAGES. Con la llegada al poder del Hitler en Alemania comenzó la persecución de judíos.

Y el jefe militar dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina se destacó como el único líder mundial dispuesto a darles asilo.

Lo que parecía un gesto humanitario, sin embargo, escondía otras motivaciones, coinciden los historiadores.

Trujillo había mandado a matar a decenas de miles de haitianos durante un conflicto de seis días en octubre de 1937, lo que se conoció como la «Masacre del Perejil» o «El Corte», mientras que los haitianos la recuerdan como Kout Kout-a («el apuñalamiento»).

Independientemente del nombre, fue un experimento del mismo tipo de limpieza étnica que estaba ocurriendo en Europa, y Trujillo necesitaba una buena estrategia de relaciones públicas.

A ello apunta Allen Wells en su libro «Sion Tropical: el general Trujillo, Franklin Roosevelt y los judíos de Sosúa», publicado en 2014 por la Academia Dominicana de la Historia.

Además, Trujillo, obsesionado con la blancura, vio el éxodo de los judíos de Europa del Este, en los tiempos del ascenso de Adolf Hitler al poder y el cierre de fronteras, como una oportunidad para promover su agenda racial: los judíos europeos podrían procrearse con las mujeres dominicanas, quienes darían a luz a bebés de piel más clara.

Asimismo, Juan Daniel Balcácer, presidente de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias de República Dominicana, le dice a BBC Mundo que también fue un intento de Trujillo de demostrarle a Estados Unidos que él era un aliado incondicional.

Rafael Trujillo

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Rafael Leónidas Trujillo Molina estaba obsesionado con la blancura.

«Y tal actitud de colaboración con los Estados Unidos, cuando muchos países simplemente eludieron comprometerse aceptando migrantes judíos en sus respectivos territorios, le garantizaba —al menos él y sus asesores estaban convencidos de ello— un mayor apoyo económico, militar y político por parte de los estadounidenses», añade Balcácer.

En una carta de septiembre de 1942, el «generalísimo» escribió que sus lazos de amistad con Estados Unidos eran entonces más sólidos que al inicio de su gobierno en 1930. «Y han sido más fructíferos desde que me relaciono con su excelencia el presidente Franklin D. Roosevelt y el secretario de Estado Cordel Hull».

Así, Trujillo se comprometió a acoger a 100.000 judíos, tal como señala el historiador Herbert Stern en su libro de este año «Hechos y documentos sobre la presencia judía en República Dominicana».

Comunidad agraria

No fue hasta 1940, con la Segunda Guerra Mundial ya en marcha, que el gobierno dominicano firmó el acuerdo con la Asociación de Asentamientos de República Dominicana (DORSA, por sus siglas en inglés), un programa del Comité Judío Americano de Distribución Conjunta.

Y el 10 de mayo llegó el primer barco.

Colonia judía

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Una pareja de refugiados judíos en Sosúa.

Los 47 refugiados que desembarcaron fueron recibidos por representantes de la DORSA en Ciudad Trujillo, actual Santo Domingo, y llevados a su nuevo destino: Sosúa.

Desde principios del siglo XX hasta 1916 la United Fruit Company había tenido allí una plantación de plátano, que prosperó e hizo florecer a la región.

Pero la caída de las exportaciones trajo el cierre de las operaciones bananeras. Y atrás quedaron, no solo los campos, también unas 20 casas y varios barrancones al igual que instalaciones de un pequeño hotel.

Aquella propiedad de unos 105 kilómetros cuadrados la compró Trujillo en 1938 y se la donó a la DORSA, para que los judíos pudieran asentarse allí y la convirtieran en un boyante rancho ganadero y una vibrante comunidad.

De ella formó parte Herta Wellisch, hija de un matrimonio de origen checoslovaco que vivía en Austria.

Llegó el 29 de septiembre de 1940, junto a otras 20 jóvenes de entre 16 y 19 años, procedente de Inglaterra, donde se había refugiado tras el estallido de la guerra. En Londres, buscando trabajo en agencias judías, le contaron de la posibilidad de irse a República Dominicana.

«Yo no sabía absolutamente nada sobre este país, pero firmé de inmediato», le contó a su nieta, Juli Wellisch, quien luego incluiría el relato en su libro de 2016 «Sosúa: páginas contra el olvido».

Tenía 18 años cuando llegó, tras haber hecho escala en Glasgow, Escocia, y en Nueva York.

Un año después arribaron sus padres, Emil y Selma Wellisch, y su hermano Kurt. «Cuando por fin pudimos abrazar a nuestras familias, todos llorábamos pues pensábamos que ese día no iba a llegar nunca».

Refugiados judíos

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE YULI WELLISCH. Los hermanos Kurt y Herta Wellisch a inicios de la década de 1940 en Sosúa.

Como el objetivo era convertir aquella propiedad de Sosúa en un próspero rancho, muchos de los refugiados tuvieron que dejar atrás sus oficios y aprender de agricultura. Fue el caso de Emil Wellisch, quien había sido contable de la empresa de ferrocarriles de Viena.

Los colonos fueron instruidos por expertos en el cultivo de frutos subtropicales y recibieron 33 hectáreas de terreno y al menos 10 vacas. Una más si tenían esposa, y dos extra por cada hijo.

Además la DORSA les prestaba US$10.000 dólares que, una vez empezaban a cobrar por su trabajo como agricultores y ganaderos, debían devolver.

A pesar del acceso a los recursos, para muchos vivir en lo que parecía un paraíso caribeño no fue fácil.

El español, un idioma que no dominaban, fue el reto inicial. Luego empezaron a llegar las enfermedades.

A inicios de 1940 hubo un brote de malaria en la costa norte de República Dominicana que afectó de inmediato a los refugiados, por lo que la DORSA construyó un hospital a las afueras de Sosúa para tratar a los enfermos.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

Al poco tiempo los judíos crearon una sinagoga, restaurantes y una biblioteca para compartir.

La falta de tuberías y la inexistencia de electricidad tampoco facilitó las cosas, pues los nuevos habitantes tenían que cargar cubos de agua, cocinar con leña y limpiar precariamente.

Pero fueron haciendo mejoras poco a poco y al tiempo ya habían vuelto el asentamiento un lugar más agradable, con la apertura de una pequeña biblioteca, un comedor y una sinagoga en la que reunirse.

De Shanghái a Sosúa

Joachim Benjamin, quien ahora tiene 80 años, recuerda para BBC Mundo sus primeros días en el Caribe.

Mi padre, Erich Benjamin, estaba en el campo de concentración de Buchenwald, en Alemania. Pero mi mamá, Erna Geppert, pudo conseguir documentos y ambos se mudaron a Shanghái en 1939.

Alemania Nazi

FUENTE DE LA IMAGEN -CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

Erich Benjamin, en 1939, al salir del campo de concentración de Buchenwald, en Alemania.

Yo nací en Shanghái en 1941 y mi hermana, Jeanette, un año después.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, mi padre, quien era ebanista, vio en un periódico que República Dominicana estaba buscando a judíos para darles refugio.

Él dijo que no sabía para dónde iba, pero aseguró «para allá voy».

Yo estaba muy pequeño y casi no recuerdo bien, pero fue un viaje largo: de dos meses.

Nos pasó a buscar un barco militar estadounidense que llevaba pasajeros desde Shanghái hasta San Francisco (Estados Unidos), un viaje que tomó 10 días.

Refugiados judíos

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

Erna Geppert, madre de Joachim, en la carta de identificación de Shanghái.

Desde San Francisco fuimos en tren a Miami y tardamos una semana. Y de allí volamos a Ciudad Trujillo, como se llamaba entonces la capital dominicana.

Al vuelo de cuatro horas le siguieron ocho por carretera hasta Sosúa.

Llegamos al país en marzo de 1947.

Para ese tiempo la colonia judía ya estaba establecida y aunque en un principio quisimos hacer negocios, mi papá se dedicó a la ganadería, a la producción de leche y carne.

Vivimos primero en una comunidad un poco alejada del centro,a unos 9 kilómetros del batey —como se conocía al conjunto de edificaciones que dejó la United Fruit Company—. Pero dos años después nos mudamos más cerca.

A mi papá le entregaron una finca con 10 vacas, y aunque no había trabajado en una, se hizo finquero. No tenía título universitario pero como a él le gustaba leer aprendió todo sobre fincas.

Mi padre también aprendió español, no perfecto, pero se manejaba bien. También sabía inglés, porque llegó a trabajar para Inglaterra.

Para mi mamá la adaptación fue más difícil. No consiguió dominar el español a pesar de vivir allá por 40 años.

También es posible que la guerra la hubiera dejado traumatizada, pero la verdad es que nunca se adaptó al ambiente.

Mi juventud fue maravillosa, porque no había ningún peligro. Sosúa era un pueblo aislado y nosotros, como niños, éramos totalmente libres.

Íbamos a la escuela de 8:00 de la mañana hasta el mediodía y el resto del tiempo era de nosotros y nadie se preocupaba porque no había ningún riesgo.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

Joachim y su hermana, Jeanette, en Sosúa (1947)

En el asentamiento prácticamente todo el mundo hablaba alemán, pero en la escuela Cristóbal Colón se impartía todo en español.

Éramos 60 alumnos, la mayoría judíos. Y solo daban clases hasta el octavo grado, porque era una escuela primaria.

En el pueblo había dos restaurantes, y la gente se reunía en la tarde a comer bizcocho o a jugar boliche.

Y aunque no había conciertos en vivo, teníamos un tocadiscos y dos veces al mes nos juntábamos a escuchar ópera y un hombre nos explicaba de qué iba.

Familia judía en Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

La familia Benjamin en la década de 1950. De izquierda a derecha (Joachim, Erich, Erna y Jeanette)

Ya Sosúa no es una comunidad judía

Aunque Trujillo se comprometió a dar asilo a 100.000 judíos europeos, por problemas para su traslado, las tensiones políticas y cierta incertidumbre acerca de su ubicación terminaron asentándose 757.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

A pesar de las adversidades, los colonos de Sosúa eran felices.

«Solo la desventurada circunstancia de que no existan medios de transporte no ha permitido que esta cifra haya sido cubierta hasta ahora», se justificó el mandatario militar en una carta en 1942.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 muchos judíos buscaron oportunidades en Estados Unidos, también algunos de Sosúa, especialmente aquellos que querían estudiar.

Fue el caso de Herta y, por un tiempo, el de Joachim.

Para 1947 en Sosúa solo quedaban 386 refugiados. Y cuando murió Trujillo, en 1961, había 155.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

Fotografía de uno de los «batey» de Sosúa.

38 años después de haberse establecido el asentamiento había más enterrados en el cementerio judío que sobrevivientes. De acuerdo con los reportes de la época, eran en total 23 familias.

Pero seguía siendo una comunidad muy unida y conformaron una cooperativa.

La comunidad judía en República Dominicana hoy.

Playa de Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

Con el pasar de las décadas la industria hotelera de Sosúa se desarrolló y, poco a poco, se fueron perdiendo las costumbres judías.

Sosúa, de 276 kilómetros cuadrados, es uno de los ocho municipios de la provincia Puerto Plata, en el norte de República Dominicana.

Allí siguen de pie hoy, más de 80 años después de la llegada de los primeros refugiados, algunas de las empresas lácteas y cárnicas que estos fundaron.

El incremento del turismo en la zona y el mestizaje han hecho que, con los años, hayan ido desapareciendo las costumbres judías que estuvieron en su día muy arraigadas.

Gracias a su abuela, Juli Wellisch aprendió alemán y sabe más del judaísmo que del catolicismo, religión mayoritaria en el país caribeño.

«Aunque los ortodoxos no me consideran judía», dice Juli, haciendo referencia al mestizaje de sus padres.

Pareja

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JULI WELLISCH

Los padres de Juli Wellisch, Kurt Wellisch y Tatica Miller de Wellisch.

La única sinagoga del pueblo no ofrece servicios regulares por la falta de un rabino.

Pero se siguen celebrando las principales festividades judías, como el Yom Kipur o el Día de la Expiación, el Janucá o la Fiesta de las Luces, y el Rosh Hashaná o Año Nuevo judío.

La pequeña escuela donde estudiaron cientos de niños, incluida también Juli, sigue funcionando bajo el nombre de Luis Hess, en honor a un maestro que trabajó en ese centro durante 34 años.

También existe un museo que alberga fotografías y artículos sobre la comunidad judía de Sosúa, pero está cerrado temporalmente.

«En 75 años nunca experimenté antisemitismo. Los dominicanos no son prejuiciados contra judíos. Muy al contrario siempre fuimos tratados bien», comenta Joachim.

Imagen de portada: ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Después de trabajar, los refugiados se reunían en el restaurante del pueblo.

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Por Carolina Pichardo. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Alemania nazi/Holocausto/República Dominicana

CÓMO MANIPULÓ HITLER LA CELEBRACIÓN CRISTIANA.

La cena de Navidad más tétrica

Las imágenes de las celebraciones navideñas de Hitler con sus hombres mientras sus ejércitos masacraban Europa forman parte de uno de los archivos históricos más tétricos. 

Durante doce años Alemania celebró una ‘Navidad nazi’ que conmemoraba el solsticio de invierno en lugar del nacimiento de Jesús, un niño judío. El 21 de junio cenaban en familia junto con  abetos con esvásticas en lugar de estrellas y  cantaban villancicos con letras nacionalistas.

La cena de Navidad  de esta imagen poco conocida tuvo lugar en 1941, con la guerra en pleno apogeo. A pesar de haber iniciado el exterminio judío, de despreciar la fe y de promover la superioridad de la raza aria, el Führer decidió invitar a miembros de las SS y jerarcas nazis a esa cena navideña. La fotografía no se publicó hasta 1970, tras ser hallada en casa de Hugo Jaeger, el fotógrafo personal de Hitler, que la había ocultado con muchas otras al final de la guerra.

La imagen es chocante ¿Hitler celebrando la Navidad? Los nazis la aborrecían porque conmemoraba el nacimiento de Jesús, un niño judío. Quisieron abolirla, pero no era fácil en un país con mayoría protestante. Entonces, en lugar de abolirla, la nazificaron. La convirtieron en una celebración pagana y, por supuesto nazi. Es más, su potente máquina de propaganda aseguraba que la Navidad cristiana era una adaptación religiosa de una antigua celebración pagana germánica.

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Abetos sin estrellas.Los nazis conservaron el abeto como símbolo de su celebración ‘navideña’ porque era muy alemán y lo adornaron con esvásticas y bolas con el rostro de Hitler.

Para evitar alusiones a la Biblia –a la que la propaganda nazi llamaba ‘enemigo’ en enormes carteles– o a cualquier tipo de conexión judeocristiana, la propaganda nazi convirtió la Navidad en una celebración del solsticio de invierno.

«En 1938 se prohibió en las escuelas el canto de villancicos y las representaciones dramáticas navideñas y la misma palabra ‘Navidad’ fue oficialmente abolida durante la guerra para ser sustituida por Julfest», cuenta Richard Grunberger en Historia social del Tercer Reich (Ariel). Julfest hacía referencia a Yule, una celebración de los pueblos nórdicos, relacionada con la mitología germana y el paganismo nórdico.​​

La palabra ‘Navidad’ fue oficialmente abolida para ser sustituida por ‘Julfest’, una celebración pagana nórdica y germánica.

Para empezar, la fecha más importante no era el 25 de diciembre sino el 21, el día del solsticio de invierno. El abeto sí lo mantuvieron, porque era muy alemán. 

Pero nada de adornarlo con estrellas: de sus ramas colgaban bolas con esvásticas o con el rostro de Hitler. Y para coronarlo, de nuevo la consabida esvástica o una ‘rueda del sol’. Porque el sol sustituyó a Jesús como eje de la celebración. «El sol y el nacionalsocialismo renacían en diciembre», explica el autor de Historia social del tercer Reich.

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Odín a caballo reparte tanques. En vez de Santa Claus, el dios Odín –de aspecto muy parecido– viajaba a lomos de un corcel blanco repartiendo juguetes bélicos para los niños arios.

Fuera también Papá Noel o Santa Claus. En su lugar colocaron al dios Odín –de enorme parecido a Santa Claus con sus largas barbas blancas– una deidad nórdica con muchas facetas: dios de sabiduría, la guerra, la muerte, la magia, la poesía, la profecía, la victoria y la caza.

«Los nazis defendían que Odín era el auténtico origen de la figura de Santa Claus», cuenta Richard Grunberger.

En lugar de renos y trineo, el Odín nazi viajaba en un precioso corcel blanco y también llevaba regalos a los niños, juguetes de temática bélica: soldados con la cruz gamada en los uniformes; tanques y bombarderos sobre todo.

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Pesadilla de Navidad. Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda nazi, celebra con dos de sus hijas –tuvo seis, mostrados por el régimen como ejemplo de raza aria– la Navidad de 1937. Los seis pequeños fueron asesinados por sus padres en Berlín el 1 de mayo de 1945, el mismo día en que, ante la inminente derrota nazi, Goebbles y su mujer, Magda, se suicidaron.

Los villancicos conservaron sus melodías, pero cambiaron las letras. Por supuesto no nacía el niño Jesús sino que «llegaba el tiempo de la Alemania nazi», explica Grunberger. En ellos se cantaban loas a los intereses nacionales y a Hitler. También se inventaron otros ad hoc: se hizo muy popular la balada Hohe Nacht der klaren Sterne (‘Alta noche de estrellas claras’), compuesto por el escritor nazi Hans Baumann.

Y, según las instrucciones que se descubrieron en un folleto de 20 páginas en la ciudad de Dresde, debían entonarse canciones «germánicas» que ensalzaran la maternidad, las cosechas y la naturaleza. Incluía melodías que decían: «Una madre entra al mundo sola y está tan cansada como una piedra: pero un árbol crece alto, distante y pronto se convierte en su techo protector».

Y así, durante 12 años, de 1933 a 1945.

Imagen de portada: Gentileza de El Correo Semanal XL.El árbol de Hitler. Esta imagen estuvo muchos años oculta. La tomó el fotógrafo personal de Hitler, Hugo Jaeger, en 1941 en Múnich, con la guerra en su momento álgido.

FUENTE RESPONSABLE: El Correo Semanal XL. Por Fátima Uribarri.Diciembre 2021.

Sociedad y Cultura/Alemania nazi/Navidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SU VIDA CON EVA BRAUN. ASÍ ERA HITLER BAJO LAS SÁBANAS.

Se ha dicho siempre que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. ¿Y detrás de un demonio? Eva Braun, la mujer que acompañó al ‘Führer’ hasta sus últimos días, fue testigo de una intimidad a la que muy pocos se asomaron. Cuando se cumplen 110 años de su nacimiento, revisamos la historia de una mujer desconcertante.

Un blindado se abre paso bajo las bombas hacia el búnker de la Cancillería de Berlín. Regresa de cumplir una misión de vital importancia en las últimas horas del régimen nazi. 

El Crepúsculo de los dioses se representa en las calles de la capital y la tripulación del vehículo ha arriesgado la vida para ir a buscar a un hombre imprescindible. No es un general, tampoco es un embajador. Es un funcionario del registro civil que, hasta hace unos instantes, combatía a unas cuantas calles de distancia. 

Será el encargado de oficiar una boda. Los contrayentes, que aguardan protegidos por toneladas de hormigón, responden a los nombres de Adolf Hitler y Eva Braun. Es 30 de abril de 1945. Pocas horas después, los recién casados emprenden viaje gracias a dos pastillas de cianuro y una pistola humeante.

Los próximos al Führer creían que «era un asceta, muy por encima del sexo». Para desmentirlo, Eva comentó al ver una foto del premier británico en la residencia de Hitler: «Si él supiera la historia que tiene ese sofá…»

Los historiadores nunca le han prestado atención suficiente a esa mujer que vivió y murió al lado de Hitler. En los primeros años de posguerra se asentó la imagen de que era “una rubita tonta”, en palabras de la historiadora Heike Görtemaker, autora de la primera biografía académica sobre Eva Braun. Era «la novia del monstruo», añade en una entrevista del semanario Stern. Se han escrito miles de libros sobre la figura de Hitler, pero la mayoría se limita a su vertiente política porque no se le concebía otra.

El historiador británico Ian Kershaw afirma en su monumental Hitler que: «‘Privado’ y ‘público’ se confundían completamente y se hacían inseparables.

Todo el ser de Hitler vino a quedar embebido dentro del papel que interpretaba a la perfección: el papel de ‘Führer’». 

Sin embargo ha surgido el interés por la otra vertiente del dictador, la de ser humano diabólico y no la de diablo con forma humana. Y es aquí donde la figura de Eva Braun se hace imprescindible. Es cierto que «su vida sólo es relevante porque la vivió con Hitler. El interés está en la cuestión de si es posible construir una nueva perspectiva sobre Hitler a través de ella», opina Görtemaker. Y a este fin ha dedicado su libro Eva Braun: Leben mit Hitler.

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Secreto de estado. Eva Braun fumaba, bebía y le gustaba bailar y flirtear; también el lujo y la moda: prefería los zapatos italianos y encargaba las pieles en París. Emulaba a las estrellas de cine. Era todo lo que Hitler decía despreciar. Eva, sin embargo, nunca aparecía en actos oficiales y, al principio, Hitler la veía a escondidas. Luego se convirtió en la reina del Berghof.

Para ello ha dejado a un lado todas esas anécdotas triviales, pero que tanto se han difundido, como los celos que Eva sentía por Blondie, el pastor alemán de Hitler, y las patadas a escondidas con las que se desahogaba, sus discusiones por la incomestible dieta vegetariana que el dictador quería imponer, incluso sobre los intentos del personal de limpieza de encontrar entre las sábanas las pruebas de unas relaciones sexuales que sólo eran «presuntas». 

En su lugar, la historiadora berlinesa se ha fijado en todos los detalles que puedan iluminar la personalidad de Eva Braun y los vericuetos de su relación con Hitler.

La correspondencia privada entre ambos fue destruida por orden del dictador, por eso ha tenido que recurrir a cartas a sus amigos y familiares, a anotaciones en viejos diarios, a comentarios casuales extraídos de declaraciones de personas pertenecientes al reducido círculo íntimo de Hitler, a fotografías y grabaciones. 

Los documentos son pocos, pero la mirada es distinta. Hasta ahora se partía de la sentencia del británico Trevor-Roper, autor de un estudio sobre el dictador publicado en 1947: Eva Braun “no es interesante”… un resumen demasiado categórico para 16 años de relación.

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De armas tomar. La autora de Eva Braun: La vida con Hitler, la historiadora Heike Gortemaker, refuta la idea de ‘pasividad’ de la compañera sentimental de Hitler. Según Gortemaker, Eva Braun decidió estar al lado del Führer y luchó para conseguirlo.

Ambos se conocieron en 1929 en el laboratorio fotográfico de Heinrich Hoffmann, a tiro de piedra de la sede del Partido Nazi. 

Hitler se pasaba por allí a menudo para visitar a su camarada del partido y fotógrafo personal. La nueva ayudante –llevaba un par de semanas en el puesto— atrajo su atención al instante. 

Era mucho más joven que él, sólo tenía 17 años. Atractiva, alegre, ingenua en apariencia. «¿Me permite invitarla a la ópera, señorita Eva?», así, con el tono cortés y meloso que Hitler siempre empleaba con las mujeres, empezó la relación. A sus 40 años, el futuro genocida era todavía un político ascendente.

Ella era la segunda hija de una modista y un maestro de escuela. El interés de Hitler quedó patente cuando hizo investigar el árbol genealógico de Eva en busca de posibles antepasados judíos. Esa historia tenía futuro, pero no sería una relación fácil.

Eva se intentó suicidar dos veces. La primera, en 1932, con una pistola, para llamar la atención de Hitler. La segunda, en 1935, con somníferos. Los motivos: se sentía sola y abandonada

Prueba de ello son los dos intentos de suicidio de Eva Braun. El primero, en 1932, con la pistola de su padre y, según comentaron sus conocidos, con la intención de llamar la atención de un Hitler embarcado en la carrera que lo llevaría al poder. 

Distante, absorbido por la política, hizo un hueco en su extenuante gira electoral, en la que pronunciaba tres o cuatro discursos diarios, y se acercó al hospital con un gran ramo de flores. «Doctor, dígame la verdad», preguntó angustiado por la posibilidad de que muriera. La chica viviría. Hitler, aliviado, volvió a su campaña. 

El segundo intento de suicidio tuvo lugar en 1935, esta vez con somníferos. Los motivos fueron los mismos: se sentía sola y abandonada, Hitler viajaba de un lugar a otro, pasaban pocos días juntos, no prestaba atención a sus quejas. «Si no tengo respuesta antes de las 10 de la noche, me tomaré mis 25 pastillas». Hitler, ya señor de Alemania, captó el mensaje.

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Pareja de hecho. Hitler y Eva convivían pero él creía que ser soltero favorecía su estrategia política. Ella era una gran aficionada a la fotografía. Retrató al Führer en numerosas ocasiones en Berghof, la sede de la corte nazi en los Alpes.

A pesar de la mayor atención que ahora le dedicaba Hitler, su papel seguía siendo discreto, sólo sabía de su existencia el reducidísimo círculo de confianza que se reunía en el Berghof, la residencia de Hitler en los Alpes y sede, hasta que la guerra empezó a torcerse, de lo más parecido a una corte nazi. 

Y allí se trasladó Eva para ejercer de señora de la casa. Era un escenario de lujo, con mármol de Carrara y piedra de Bohemia, y a la vez pequeñoburgués: ambiente tranquilo y casi familiar, pocas figuras destacadas. Según sus integrantes, estaba prohibido hablar de política si había mujeres presentes. Moda, cría de perros y coches, ésos eran los temas. 

Y las largas peroratas de Hitler a la luz de las velas hasta que Eva se acercaba a él entre los bostezos disimulados de los presentes y le decía “ya es tarde”. Él asentía y subía a su dormitorio, en el primer piso. Unos minutos después lo hacía ella. Sus habitaciones, al fondo de un largo pasillo cubierto con una gruesa alfombra de terciopelo, estaban comunicadas por una puerta.

«Muchas mujeres me adoran porque no estoy casado», decía Hitler, que prefería a Eva en la sombra para que el entusiasmo de las féminas cuando pronunciaba sus discursos arrastrase a los hombres a seguirle.

Para Heike Görtemaker, no cabe duda de que compartieron una relación sexual durante años. Discreta, escondida, pero incuestionable. 

En una estancia en el Berghof, Reinhard Spitzy, ayudante del ministro de Exteriores y nazi ferviente, se sorprendió al ver la relación de Hitler con Eva, pensaba que el Führer «era un asceta, muy por encima del sexo y el placer», comentó. Para desmentir esa imagen, la propia Eva dijo: «Si él supiera la historia que tiene ese sofá…», cuando vio una fotografía del premier británico Neville Chamberlain en el salón de la residencia de Hitler en Múnich, durante su visita de 1938.

Discreción total. Secretismo. Eva no existía para los alemanes. Vivía a la sombra del Führer, esa creación teatral de Adolf Hitler que le reclamaba todas sus energías y que era el único papel que le encajaba. 

Y que tenía sus exigencias: «Muchas mujeres me adoran porque no estoy casado». Y las mujeres eran su principal apoyo: «Son las primeras en reaccionar a mis discursos; luego siguen los niños y, por último, los padres».

Las mujeres jugaron un papel secundario en la vida de Hitler y del régimen nazi, ésa es la imagen tradicional. Todos los gerifaltes eran hombres. Pero en la masa que lo sustentaba las mujeres eran fundamentales. 

Había, desde luego, nazis fanáticas, como Magda Goebbels, esposa del ministro de Propaganda, o Hanna Reitsch, famosa aviadora que le pidió a Hitler permiso para lanzar una flota de kamikazes contra los rusos que llegaban al Oder, o Gertrud Scholtz-Klink, líder de la rama femenina del Partido Nazi, dispuesta a organizar a sus afiliadas en batallones de choque.

¿Y Eva? ¿Se puede establecer paralelismos entre el papel de Eva y el de las alemanas de a pie? Heike Görtemaker está convencida de que Eva era mucho más que el ‘descanso del guerrero’, de que «compartía sin ambages la visión del mundo y las ideas políticas de Hitler».

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Vida doméstica.Eva Braun pasó 16 años de su vida con Hitler. Una convivencia que incluía comidas como la de la imagen. El dirigente alemán era vegetariano, aunque no está claro si por convicción ecológica o por sus severos problemas de estómago e intestinales. Ella estuvo con él hasta el final. Cuando murió, Eva tenía 33 años.

Hay pruebas documentales de que estaba presente durante la discusión de cuestiones políticas delicadas. Es difícil creer que Hitler no las comentara con ella o que no hiciera de ella el receptor de sus habituales monólogos, muchos furiosamente antisemitas. 

Eva pasó la mitad de su vida rodeada de los nazis más fanáticos. Imposible sobrevivir en ese ambiente si se lo aborrece. ¿De dónde nace entonces esa visión apolítica de las mujeres en general y de Eva en particular? 

Las afirmaciones de los líderes nazis tras la guerra y la interpretación que de ellas hicieron los historiadores, sobre todo anglosajones, tienen la culpa. En declaraciones al diario The Observer, Heike Görtemaker comenta: «Albert Speer (ministro de Armamento) dijo que, ‘para todos los historiadores, Eva Braun va a suponer una decepción’ y sostuvo que las mujeres no desempeñaron un papel significativo en el Partido Nazi. Se refería a todas las mujeres, desde las esposas hasta las secretarias. 

Speer estaba tratando de proteger a su mujer. Existía un fuerte movimiento para proteger a las mujeres en general y así se aceptó universalmente que las mujeres desempeñaron un papel discreto en la política del Tercer Reich». Durante los procesos de desnazificación, los padres de Eva Braun sostuvieron que su hija era una especie de ama de llaves de Hitler. Así protegieron su memoria.

Sin embargo, esta ama de llaves se mantuvo durante 2.280 días al lado de Hitler. En la última parte de la guerra se trasladó a Berlín y, aunque su habitación estaba en la parte antigua de la Cancillería, seguía viendo al dictador regularmente. 

Cuando los bombardeos se agravaron, se encerró con él en el búnker. Hizo oídos sordos a los ruegos de Hitler, no escaparía a Baviera, moriría con él.

 «Sólo la señorita Braun y mi perro me son fieles y están a mi lado», se dice que comentó Hitler en los últimos días. La fidelidad puede que fuese la virtud que más valoraba en Eva. 

Y al final ella tuvo la recompensa que siempre había ansiado: el hombre que estaba “casado con Alemania” le propuso matrimonio bajo las bombas. El siguiente paso de este pacto con el diablo fue el suicidio: primero, ella; instantes después, él. 

Casi 65 años más tarde, el rostro de Eva Braun llena las portadas de la prensa alemana, pero es una Eva nueva, diferente. Está por ver si se la seguirá considerando la «rubita tonta», pues en el fondo resulta preferible imaginar a un único demonio, a un Hitler de maldad monolítica, sin fisuras ni andamiajes.

VIRGEN HASTA LOS 40- EL FÜHRER NO ‘CUMPLÍA’ Foto: Cordon Press

Albert Speer, el arquitecto en jefe de Hitler, contó en sus memorias una versión menos romántica de su relación con Eva Braun. 

En 1943, según Speer, Eva se presentó llorosa ante él y le confesó: «El Führer me ha dicho que me busque a otro. ¡Pues reconoce que ya no es capaz de cumplir como un hombre!». 

Eva, con 31 años, estaba en su plenitud sexual, y recurrió a su médico particular, el doctor Morell, pero éste no consiguió reconstituir la líbido del Führer. 

Interrogado por los estadounidenses una vez acabada la guerra, Morell aseguró que la vida sexual de Hitler había sido normal. La autopsia efectuada por los soviéticos puso de manifiesto que Hitler efectivamente sólo tenía un testículo, lo que acaso explicara su tardanza a la hora de perder la virginidad (a los 40 años de edad) y su obsesión por que nunca lo vieran desnudo. A pesar de su juventud, Eva supo llevar bien la situación e insuflar confianza a su amante.

Imagen de portada: Gentileza de El Correo Semanal XL

FUENTE RESPONSABLE: El Correo Semanal XL. Por Rodrigo Padilla. Febrero 2022.

Sociedad y Cultura/Alemania nazi/Adolf Hitler/Eva Braun

Las controversiales posturas de Max Planck, uno de los grandes científicos del siglo XX.

El físico alemán, premio Nobel en 1918, fue una de las principales figuras de la ciencia el siglo pasado. Pero su vida estuvo marcada por posturas muy polémicas frente al régimen nazi.

 

Adolf Hitler conocía la voz de Max Planck. Sin duda, le resonó clara cuando leyó la carta que en octubre de 1944 le dirigió el premio Nobel: “Como agradecimiento del pueblo alemán por mi obra de toda una vida, que se ha convertido en una riqueza intelectual imperecedera de Alemania, imploro por la vida de mi hijo…”. 

¿Quién era este hombre que postrado por el dolor suplica con palabras precisas por la vida de su hijo? ¿Cómo entender a un hombre que estuvo en el centro de una revolución científica que habría de cambiar al mundo y que en medio de la vorágine de una guerra atroz, ni huyó de la locura ni se enfrentó con el delirante poder que la propiciaba? (

Max Planck fue fundamentalmente un caballero prusiano de mediados del siglo XIX. Nacionalista, conservador, culto, de familia con tradición académica. Tenía 42 años en 1900, cuando estremeció a la física al proponer que la energía de la radiación no era continua y catapultó así la física cuántica.

 

Coqueteó con ser pianista, pero estudió física desoyendo el consejo de un profesor quien le advirtió que la física como empresa intelectual estaba finalizada. Obtuvo su doctorado a los 21 años con una tesis acerca de la noción de entropía. En 1900, estaba casado con Marie Merke, y tenían cuatro hijos, dos varones y dos gemelas.

 

Planck era editor de la revista más importante de la ciencia alemana, Annals of Physics. En 1905 y leyó los trabajos que Albert Einstein publicó ese año milagroso y entendió que la relatividad cambiaría nuestra visión del mundo.

 

Tuvieron una amistad basada en la fascinación por las leyes universales. Planck afirmaba que “la búsqueda de estas leyes es lo más sublime que podemos perseguir en la vida”. Esta frase hubiera podido ser de Einstein. La música también los unía, fueron frecuentes las veladas musicales en la casa de los Planck.

 

Pero un inmenso abismo ideológico los separaba: Einstein era un hombre del siglo XX, de ideas liberales, antimilitarista, irreverente, sin apego a nacionalidades, universal, anti establishment, pacifista y muy importante para los años que vendrían: judío.

 

En 1909 murió Marie y dos años después Planck se casó con Marga, sobrina de Marie. Ese mismo año nació su último hijo.

 

En nacionalismo flotaba en el ambiente, banderas, himnos, y marchas militares eran la antesala de la I Guerra Mundial. Un grupo de intelectuales que incluía a Planck, firmaron “El manifiesto de los 93″, una publicación abominable justificando la guerra.

 

Alemania despidió a sus hombres que van al frente de batalla y un patriótico Max Planck orgulloso, vio partir a su hijo mayor, Karl. Fue la última vez que lo vio con vida. Fallecería en los campos de Francia en 1916.

 

La tragedia continuaría ensañandose con Planck. En los dos años siguientes murieron ambas gemelas, mientras daban a luz sus hijas, que sobrevivieron.

En 1918 Planck recibió el Nobel en física. El período entre guerras era singularmente convulso en una Alemania que miraba con asombro el vertiginoso ascenso del nazismo de manos de un delirante Hitler. En ciencia, la fobia judía apuntaba a la figura emblemática de Einstein, una celebridad a partir de 1919, el mismo año en que Alemania era humillada en el Pacto de Versalles tras la derrota.

 

Dos premios Nobel, Johannes Stark y Phillipe Lenard, se erigían en guardianes de la ciencia aria para evitar su contaminación con la “cochina ciencia judía”.

 

En 1933 Hitler fue elegido canciller y se entrevistó cara a cara con Planck, sin duda la gran figura de la ciencia alemana. Planck intentó conseguir un trato especial para los científicos judíos y sólo encontró a un enloquecido Hitler que vociferó la insensata frase: “Si el despido de los científicos judíos significa la aniquilación de la ciencia alemana contemporánea, entonces prescindiremos de la ciencia”. Planck entendió que nada se podía hacer.

 

Se le pidió que firmara un manifiesto contra Einstein tras su expulsión de la Academia Prusiana de Ciencias, y Planck lo firmó. La amistad de los dos grandes científicos quedó fracturada definitivamente.

 

Max Planck pensaba que era su deber quedarse en Alemania. Einstein había comentado: “Planck está enraizado en su tierra con cada fibra de su ser”.

 

Los judíos fueron despedidos de todos los cargos públicos y universidades, y la orden de comenzar todo acto con el saludo nazi de “Heil Hitler” no tardó en aparecer. Planck la acató en sus charlas sobre ciencia, a menudo con la bandera nacionalsocialista y la esvástica en el fondo. 

 

Recomendaba a sus colegas no mencionar a científicos judíos y en particular a Einstein, sin embargo, en una conferencia en el club de la Oficina Exterior nazi, con asistencia de jerarcas del gobierno, exclamó: “Einstein es un líder y un guía en el campo del pensamiento que mira más allá de las razas y las fronteras”

 

Su apoyo a los judíos le ganó la calificación de “judío blanco” por los adalides de la ciencia aria.

 

“Hemos hecho cosas terribles, nos aguardan tiempos terribles”, le había confesado a su protegida judía, la física nuclear Lise Meitner. No imaginaba cuánto.

 

En el año 1944 la aviación inglesa bombardeó con furia a Berlín; las bombas pulverizaron su casa, destruyendo su biblioteca, sus archivos y la correspondencia invaluable de varias décadas. Y, a finales de ese mismo año, Erwin Planck, su hijo, fue sentenciado a muerte tras ser involucrado en un atentado fallido contra Hitler.

 

Un anciano de 87 imploró el perdón para su hijo. La figura emblema de la ciencia alemana ruega al poder un acto de conmiseración. Pero el poder y la ciencia no se la llevaban bien. Hitler ignoró la carta. Himmler, el jefe de las SS, promete que será indultado pero cinco días después y faltando pocas semanas para la caída del tercer Reich, Erwin Planck muere en la horca nazi.

 

El dolor de Planck no conocio límites. La guerra lo alcanzó huyendo sin rumbo con su esposa, durmiendo en bosques y establos cuando fue rescatado por un grupo del ejército norteamericano, antes de que el ejército soviético lo capturase.

 

¿De qué tamaño fue el dilema moral que un hombre decente como Planck tiene que haberse planteado? ¿Jugó al delicado filo de un equilibrio acomodaticio o pensó que ser presidente de la Academia Prusiana de Ciencias y del Instituto Káiser Guillermo le permitía contener el delirio nazi? ¿Por qué no se opuso frontalmente a un régimen que era moralmente inaceptable?

Cierto que dar conferencias sobre relatividad o sobre la libertad como condición de la ciencia era una forma sutil de protesta, pero ¿dónde se pone la frontera?

Fueron tiempos convulsos y es difícil juzgar a la distancia. Tan sólo una comprensiva indulgencia nos permitirá entender al hombre digno que fue.

Max Planck sobrevivió dos años más, falleció el 4 de octubre de 1947 a los 87 años.

Imagen de portada: Escultura de Max Planck.Foto: Pixabay

FUENTE RESPONSABLE: El Espectador. Por Héctor Rago* Abril 2022

*Astrofísico – Profesor de la Universidad Industrial de Santander / Realizador de Astronomía Al Aire

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