Leyenda Negra, decadencia y atraso: el mito de la excepcionalidad de España

La mayor parte de la historiografía admite la relevancia de este concepto para entender la evolución de la España moderna y contemporánea.

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Se suele considerar la publicación de la «Brevísima relación de la destrucción de las Indias» (1552) de Fray Bartolomé de las Casas como el pistoletazo de salida de una llamada Leyenda Negra que lastra la presencia española en la historia moderna y contemporánea. 

En su epicentro está la conquista de América, pero también otros fenómenos históricos de nuestro país en su época de máxima expansión y poderío, como el apoyo decidido al Papado en las controversias religiosas de la reforma y la Contrarreforma, el papel de la Inquisición en estas luchas y, en suma, la configuración de España como una monarquía católica minimizando, o mejor dicho tratando de cancelar, su tradición árabe y hebrea en favor de una visión cristiana, gótica e hispanorromana.

Esta Leyenda Negra es ciertamente una manera de hablar que ha cundido en los historiadores contemporáneos desde comienzos del siglo XX. Aunque la expresión se encuentra anteriormente, la primera vez que es desarrollada con amplitud es por Julián Juderías en su libro «La Leyenda Negra» (1914)

Hoy día la mayor parte de la historiografía admite la existencia, o al menos la relevancia, de este concepto para entender la evolución de la España moderna y contemporánea. 

Más allá del debate histórico, el sesgo antiespañol de muchos libros y publicaciones alertó incluso a las autoridades educativas de Estados Unidos a mediados de los cuarenta. Desde entonces la discusión ha sido intensa, con aportaciones como las de Wayne Powell, Fernández Álvarez o Julián Marías: últimamente, hay que mencionar la controversia literaria entre Elvira Roca Barea y José Luis Villacañas y los estudios de María José Villaverde, que expone un compendio ponderado de la cuestión.

Comoquiera que sea, no hay que simplificar las cosas. Sin hablar de una supuesta conjura internacional liderada por las potencias protestantes contra España, ciertamente hubo motivaciones políticas a partir del XVII que convierten a la monarquía católica en blanco de todos los dardos en cuanto a la pugna de poder en Europa y América. 

Pero hay que recordar que, un siglo antes, España era un modelo de éxito, admirado e imitado. Lo malo es que de la mímesis a la envidia hay un paso bastante rápido y de esta al odio y al prejuicio, también. Lo importante de este motivo historiográfico y literario de la Leyenda Negra es sin duda su importancia para definir la España contemporánea. 

Es también literatura porque ha influido no solo en obras históricas, sino también en dramas, novelas y óperas: piénsese en las ficciones escritas en torno a Felipe II, como las que hay sobre el infante Don Carlos, de Schiller a Verdi. 

En el mundo neerlandés, germánico o anglosajón, los arquetipos del conquistador español codicioso, los sanguinarios tercios o los malvados inquisidores son una constante en diversas ficciones, especialmente en momentos de conflicto abierto: en ese sentido, la modernidad mediática se abre con la campaña antiespañola durante la guerra de Cuba en los periódicos y en la primera película de este tipo realizada en Hollywood, «Desgarrando la bandera española» (1897).

En suma, a partir de todo ese conglomerado, se conforma un cierto mito negativo en torno a la excepcionalidad de España, el carácter sombrío de sus autoridades políticas y eclesiásticas, y una especie de losa de oscurantismo y atraso secular que pesa sobre nuestro país y que le impide ser una de las potencias culturales europeas. 

Dejando aparte todos los problemas sociopolíticos y económicos que encuentran sus raíces ya en el XVII, lo más relevante de esta especie de «leitmotiv» de nuestra mitología nacional es la manera en la que va a marcar toda la historia contemporánea de la península.

El tópico del retraso de nuestra cultura y desarrollo hunde sus raíces precisamente en esta supuesta leyenda, que carga las tintas de diversas maneras –algunas lindantes con el racismo– contra la proverbial indolencia, crueldad y vicio de los españoles

Más allá de la leyenda hay que considerar que España no es una excepción y que todos los países europeos –y más los que se han lanzado a aventuras coloniales tan importantes–, han experimentado una fuerte propaganda opuesta. Otra es la cuestión también del supuesto retraso y si es susceptible de verse en otras naciones comparables por su trayectoria y peso cultural. Y la manera en que estos tópicos de la «negritud» hispana han sido asumidos, críticamente y en el contexto del regeneracionismo, por parte de la intelectualidad española, dando interesantes frutos en el pensamiento y la literatura. Pero esto es materia para otras reflexiones.

Imagen de portada: Fray Bartolomé de las Casas es una pieza clave en la historia de la Leyenda Negra. La Razón

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por David Hernández de la Fuente. Actualización el 6 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/España/Historia/América/Pueblos originarios.

Literatura y revolución.

A lo largo del siglo XX, a los escritores e intelectuales se les exigía tomar posición frente al estalinismo, la Revolución cubana y otros experimentos totalitarios. Muchos lo pagaron con la vida o el exilio.

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Jean Paul Sartre en Qué es la literatura conmina a los escritores en la primera mitad del siglo XX a dar el gran paso final: escribir una literatura proletaria. Irónico y demoledor con sus adversarios, Sartre afirma que ya habían conseguido la libertad de expresión; la deshonestidad intelectual del filósofo y escritor francés clamó a los cielos. La persecución de intelectuales, artistas y escritores en el campo socialista dejaba bien claro que la libertad de expresión no se trataba de una conquista inamovible de las vituperadas democracias liberales burguesas. 

El propio Sartre, dejada atrás su masoquista relación con el estalinismo, apoyaría desde su prestigio internacional la salida del futuro Nobel de Literatura, Josef Brodsky, de la Unión Soviética, por dar un solo ejemplo.

La modernidad exigía al hombre o mujer de letras una honestidad estética improbable entre los escritores consentidos por la nomenclatura del socialismo real del este de Europa, de China o de Cuba. 

Tal honestidad produjo una literatura espléndida en su altura estética y miras morales. Imposible comparar una novelita moralista y panfletaria como Así se templó el acero, de Nicolai Ovstrovsky, de gran éxito en la Unión Soviética, con la grandeza de Archipiélago Gulag, de Alexander Solyenitzin, monumento a la escritura como fortaleza última de la verdad; tampoco con una de las grandes novelas del siglo XX, Vida y destino, de Vassili Grossman. 

La broma, del checo Milán Kundera, y la increíble Una tumba para Boris Davidovich, del serbio Danilo Kiš, por no hablar del albano Ismail Kadaré con El Palacio de Cristal, conforman un contra-canon revolucionario que cuenta con páginas brillantes.

En La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría, el cubano-mexicano Rafael Rojas describe el impacto de la Revolución cubana en los escritores latinoamericanos de los años sesenta. La toma de posición frente a este proceso político constituía la piedra de toque de las definiciones exigidas a los escritores como intelectuales, gente comprometida con su tiempo. 

La plana mayor de los narradores y poetas de la época, desde Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Octavio Paz, pasando por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, José Donoso y Julio Cortázar, hasta llegar a los grandes nombres de la isla –Severo Sarduy, José Lezama Lima, Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Alejo Carpentier– se vieron compelidos a pronunciarse. 

Recuerdo perfectamente que, en los años ochenta, los estudiantes de Letras se dividían por los debates de los escritores alrededor de la Revolución cubana. La izquierda quería a Borges de su lado, pero lo odiaba porque nunca lo logró; menos todavía perdonaba el cambio de bando de Mario Vargas Llosa, a raíz de la vergonzosa historia de rapacidad política revolucionaria alrededor del poeta Heberto Padilla.

Vale la pena detenerse en un texto en el que colaboró un escritor ya mencionado en esta serie de artículos, Mario Vargas Llosa. Se trata de Literatura en la revolución y revolución en la literatura, una fascinante polémica entre el peruano, el colombiano Óscar Collazos y Cortázar. El título del texto no pudo ser más preciso: la literatura proletaria había pasado a mejor vida con las tristes historias que habían sepultado al período estalinista dentro del sector más sensible de las letras continentales. 

Para Cortázar, el pueblo revolucionario merecía la mejor literatura posible, una literatura hecha ella misma del ethos de la revolución, una literatura modernísima que, al interrogarse a sí misma por el destino y hacer del lenguaje, elevase al proletariado a su mejor nivel; escribir una literatura facilona y conservadora, al estilo de la soviética, es una manera de rebajar al hombre nuevo. 

Vargas Llosa defendió la irrenunciabilidad del escritor a sus demonios; pasara lo que pasara en política, el escritor debía ser fiel a sí mismo. El muy joven Collazos terció en la polémica con una apasionada defensa de la fidelidad a la revolución, instancia éticamente superior que supeditaba a sus fines la capacidad crítica del escritor. Nadie, por mejor escritor que fuese y más honesto intelectualmente, podría señalar a la revolución. 

Como decía el camarada Fidel Castro, dentro de revolución todo, fuera de la revolución nada. A medio siglo de la polémica Cortázar-Collazos-Vargas Llosa, sorprende el apasionado alegato juvenil por el silencio, del que Collazos iba a abjurar posteriormente. Es justo decir que el joven Collazos se hacía eco de una actitud que marcó la relación entre literatura y socialismo, representada nada más y nada menos que por el ya mencionado Jean Paul Sartre: todo sea por el luminoso futuro de la clase obrera.

La antes joven y amada Revolución cubana ya cuenta con sesenta años: Jesús Díaz (fallecido), Zoé Valdés, Wendy Guerra, Ena Lucía Portella, Iván de la Nuez, Amir Valle, Leonardo Padura, Odette Alonso, entre tantos otros, han dado fe dentro y fuera de la isla de lo que ha sido su larga y desgraciada historia. 

La Revolución sandinista y la bolivariana han tenido una relación sumamente tensa con los escritores opositores, aunque en Venezuela se prefirió echar abajo al mundo editorial que tomarse la molestia de perseguirlo. Gioconda Belli y Sergio Ramírez, antes comprometidos con el sandinismo en su primera etapa en los años ochenta, se han vuelto sus críticos acérrimos; en el caso de mi país, la migración y la publicación nacional de muy corto alcance han sido las opciones.

China y Corea del Norte conservan la vetusta tradición comunista de los escritores en querella con el poder. Mao Zedong escribió poesía, pero durante la Revolución cultural, en los años sesenta, buscó extirpar de raíz los valores burgueses representados en la estética y en las ideas occidentales. 

Su cruzada para llevar a China a la edad de piedra cesó con su muerte y con la pérdida de influencia de su esposa y sus secuaces; no así los afanes de la censura. En el siglo XXI, escritores como Liou Xiaobo, Liao Yiwu y el Nobel de Literatura Gao Xingjian han enfrentado las consecuencias de su escritura no complaciente; otro premio Nobel de Literatura, Mo Yan, reconoció, cuando se encendieron las polémicas alrededor de su galardón, la existencia de la censura en China, menor que en los tiempos de Mao pero todavía en pie.

Corea del Norte sigue igual que siempre, tal como lo testimonia La acusación. Cuentos prohibidos de Corea del Norte, texto que salió clandestinamente de Corea del Norte hace unos años y cuyo autor lo firmó con el seudónimo de Bandi.

El riesgo asumido por este narrador nos retrotrae a los tiempos heroicos de la literatura, los tiempos en que tantos escritores alrededor del planeta arriesgaron sus vidas por sus ideales; la diferencia es que no es lo mismo soñar con el futuro que revisar el cadáver de un pasado considerado la redención de la humanidad. Con todo, siguen contándose por millones y millones quienes creen que en el poder omnímodo del Estado reside la magia contra todas las opresiones: vengo de un país que se lo creyó hace un cuarto de siglo y está en la ruina. Nadie aprende por cabeza ajena.

Imagen de portada: Foto: Bert Verhoeff / Anefo, CC0, via Wikimedia Commons.

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres.Edición España. Por Gisela Kozac Rovero. 28 de junio 2022.

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Cómo la genética está reconstruyendo la fascinante travesía de los primeros humanos a América.

América. El último continente poblado por el ser humano. Una parte del planeta Tierra desconocida por el Homo sapiens durante miles de años.

Hasta que un cambio climático —entre otras muchas cosas— permitió que el inquieto primate plantara sus pies en ella.

Pero, ¿cómo se pobló América?

“Es una pregunta vital que todavía no hemos resuelto y nos la seguimos haciendo porque late en nuestra curiosidad humana”, le dice a BBC Mundo Lawrence C. Brody, director de la División de Genómica y Sociedad del Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano (NHGRI), en Estados Unidos.

“Los humanos anatómicamente modernos salieron de África hace al menos unos 100.000 años y empezaron a expandirse. Y en algún momento después de 40.000 años, el humano desarrolló la tecnología necesaria para empezar a explorar más hacia el norte”, le cuenta a BBC Mundo Víctor Moreno, investigador postdoctoral del Centro de Geogenética de la Universidad de Copenhague.

Hay varias teorías, pero la corriente actual mayoritaria sostiene que hubo una sola migración primero hacia Asia, luego Australasia y más tarde Europa.

América todavía quedaba muy lejos y sobre todo muy aislada.

Infográfico del mapa mundo y las fechas en que el homo sapiens salió de África para esparcirse por el mundo

Los estudios de ADN han sido clave para situar en el mapa estas migraciones ancestrales.

“Nuestro ADN contiene un archivo enorme de la historia de nuestros ancestros. Un genoma puede representar la historia de mucha gente diferente de toda una población”, le dice a BBC Mundo la antropóloga y genetista estadounidense Jennifer Raff, especializada en el poblamiento inicial del continente americano.

Para aprender sobre el árbol genealógico de nuestros ancestros, los científicos secuencian el ADN humano y de animales que todavía puede hallarse en restos de fósiles y esqueletos de cientos de miles de años, por eso se le llama “ADN antiguo”.

ADN antiguo

Las tecnologías modernas de secuenciación han permitido acceder a fragmentos de ADN sin tener que secuenciar todo un genoma.

“Los antropólogos obtienen conclusiones generales a partir de muestras muy, muy pequeñas de ADN antiguo, como dientes o fragmentos de huesos y, más recientemente, arcilla y arena. Los algoritmos nos ayudan a interpretar los datos y a saber si ese ADN está contaminado”, le dice a BBC Mundo el genetista humano Lawrence C. Brody.

Infográfico sobre dónde se puede encontrar ADN antiguo

Eso les ha dado algunas respuestas sobre el poblamiento de América.

“Por ejemplo, descubrimos que varias poblaciones ancestrales contribuyeron a la ascendencia de los pueblos indígenas americanos, y no solo una como se creía anteriormente”, cuenta Raff.

“Gracias a eso ahora sabemos que el escenario del poblamiento de América fue mucho más complejo de lo que se creía, pero también mucho más interesante”.

Para adentrarnos en este fascinante viaje hay que empezar situando la brújula del tiempo aproximadamente unos 25.000 años atrás.

La última edad de hielo

Nos encontramos en el período del Último Máximo Glacial (LGM, por sus siglas en inglés), la última edad del hielo conocida en la historia de la Tierra.

“El mapa del mundo era muy distinto al actual. La mayor parte de Norteamérica estaba cubierta por una gruesa capa de hielo que hacía la región inhabitable”, dice Acuña-Alonzo, antropólogo genetista del ENAH, la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México.

“Eran unas condiciones bastante difíciles. Muchos lugares estaban inaccesibles y cubiertos de hielo. Hacía muchísimo frío, los humanos tenían que cazar y recolectar… ¡y no sabían cuándo podría aparecer el próximo mamut!”, añade el investigador Víctor Moreno.

GIF animado de cómo se creó un corredor de hielo entre el 19.000 y el 12.500 a.C.

Mientras avanzaba el período glacial, el nivel de los mares del mundo fue disminuyendo, a medida que el agua se iba almacenando en las capas de hielo que cubrían los continentes.

“Toda el agua estaba secuestrada en los glaciares”, explica Moreno.

Por eso había dos grandes glaciares que cubrían casi todo Canadá y que hacían prácticamente imposible ir hacia el sur.

Pero al final de ese período glacial, hace unos 12.000 años, las capas de hielo comenzaron a derretirse y aparecieron algunos refugios glaciares.

“En esos lugares, las condiciones no eran tan terribles y seguían siendo productivos en términos de recursos para que los humanos pudieran alimentarse”, dice Moreno.

Uno de esos refugios fue Beringia: un puente de tierra que emergió del mar helado por el que las primeras poblaciones de humanos entraron en América, según creen la mayoría de investigadores.

Se extendía desde lo que hoy conocemos como Alaska hasta Eurasia y era un territorio seco, poblado de vegetación y fauna.

Mapa de cómo era el puente de Beringia

Actualmente está sumergido bajo el agua —por eso no es posible hallar restos arqueológicos— pero hay consenso en que los ancestros de los indígenas americanos partieron desde Siberia en dirección a Alaska por aquel tramo de tierra y quedaron aislados en Beringia durante algún tiempo.

“Al bajar las condiciones terribles del Último Máximo Glacial, se abrieron ciertas rutas – a través de la costa y por el interior – que habrían permitido la entrada en América desde la zona de Beringia”, dice Víctor Moreno.

Pero aún hay dudas sobre la ruta que siguieron para ingresar en América, sobre cuántos grupos (o qué grupos) lo hicieron y cuándo tuvo lugar.

¿Cuándo llegaron a América?

Hay dos teorías sobre cuándo llegaron a América los primeros seres humanos.

Las dos principales corrientes son la teoría del poblamiento temprano (los que dicen que ocurrió hace unos 30.000 o 25.000 años) y la teoría del poblamiento tardío (quienes consideran que fue hace unos 12.000 o 14.000 años).

Durante mucho tiempo, se pensó que el poblamiento fue tardío. A esa hipótesis también se le conoce como “teoría clásica sobre el poblamiento de América” o “modelo clovis”.

Los clovis, considerados a mediados del siglo XX la cultura indígena más antigua de América, utilizaban una técnica muy cuidadosa de tallado de piedras para cazar la fauna gigante que existía en la Edad de Hielo con unas herramientas que hoy conocemos como “puntas clovis”.

Fotografía de una 'punta clovis'

Fuente: Getty

Durante décadas, se encontraron estas “puntas clovis” en yacimientos arqueológicos de hace unos 13.000 años esparcidos por diversas partes de Norteamérica, por eso se pensó que los clovis fueron los primeros pobladores de América.

Pero en años recientes varios estudios genéticos han rebatido esa idea.

Aunque no existe consenso, hoy son más los científicos y arqueólogos que sostienen que la ocupación de América ocurrió mucho antes de lo que se pensaba.

“La mayoría de los científicos y arqueólogos hoy día respalda la teoría del poblamiento temprano, y no la del tardío, pero los investigadores no se ponen de acuerdo sobre una fecha concreta o sobre qué sitios arqueológicos son los ‘auténticos’”, le dice a BBC Mundo Jennifer Raff.

El análisis genético de poblaciones contemporáneas y antiguas fue clave para que la teoría del poblamiento temprano ganara peso.

No obstante, muchos investigadores —principalmente arqueólogos— siguen defendiendo la teoría del poblamiento tardío.

“Algunos arqueólogos son escépticos respecto a los sitios tempranos, principalmente porque no aceptan los métodos de fechamiento, las asociaciones con actividad humana y la estratigrafía (el análisis de estratos arqueológicos) que se ha reportado”, explica Acuña-Alonzo.

“Es cierto que demostrar la antigüedad de la presencia humana es bastante complicado o difícil, así que sólo sitios muy bien excavados y documentados servirán para ir cambiando esas posturas”, añade el investigador.

También sigue debatiendo cómo entraron al continente los primeros seres humanos una vez abandonaron Beringia, pero los científicos barajan principalmente dos posibilidades: una ruta marítima o una ruta terrestre.

Teoría de la vía marítima

Mapa de Norteamérica con flecha que desciende por la costa del Pacífico

La opción de una ruta marítima está ligada a la teoría del poblamiento temprano y ha sido respaldada por estudios arqueológicos, lingüísticos y genéticos relativamente recientes.

Según esta teoría predominante, los primeros humanos habrían ingresado a América bordeando la costa del Pacífico, ya que en esa época tan fría “el nivel del mar era más bajo y las costas mucho más amplias. No habrían podido atravesar grandes distancias ni corrientes marítimas que no les favorecieran”, explica Acuña-Alonzo.

No sabemos la fecha concreta, puede ser hace unos 17.000 años o ¡incluso 20.000 o 30.000 años!

Teoría del paso terrestre

Mapa de Norteamérica con flecha que señala el corredor libre de hielo

De nuevo, no hay consenso, aunque son menos los científicos que dicen que la ruta fue por tierra hace unos 13.000 años, coincidiendo con la teoría del poblamiento tardío.

“Los investigadores que defienden ese modelo creen que los primeros humanos que llegaron a América lo hicieron mucho después del Último Máximo Glacial, viajando por un corredor libre de hielo que se abrió paso en las Montañas Rocosas de Canadá a medida que se retiraron los glaciares”, explica Raff.

Según esta teoría los humanos habrían atravesado ese “pasillo” entre los glaciares por el interior de Norteamérica, para después esparcirse por Sudamérica.

Pero el estudio de genomas antiguos y contemporáneos, el descubrimiento de sitios anteriores a los clovis y algunos estudios ambientales cuestionan esa teoría; por eso son más los científicos que defienden que el paso fuera por mar.

Las huellas pertenecen a niños y adolescentes que vivieron hace al menos 21.000 años.

Estas huellas pertenecen a niños y adolescentes que vivieron hace al menos 21.000 años. Fuente: Universidad de Bournemouth

Uno de los descubrimientos más recientes fue el hallazgo en septiembre de 2021 de huellas humanas en un lago de Nuevo México que datan de hace más de 20.000 años.

Esas huellas sugieren que los primeros humanos llegaron a América en el apogeo de la Última Edad de Hielo y que pudo haber grandes migraciones sobre las que todavía no sabemos mucho.

El mestizaje

Apenas sabemos qué aspecto tenían los primeros seres humanos que llegaron a América.

Para tratar de averiguar quiénes eran, recurrimos de nuevo a la genética.

Gracias a ella sabemos que los ancestros de los primeros americanos se separaron de sus “primos asiáticos” cuando entraron en Beringia, y que se movilizaron y mezclaron entre sí mucho más de lo que se daba por sentado, sobre todo durante los últimos 10.000 años.

Los genetistas creen que hubo un mestizaje entre dos poblaciones humanas ancestrales: los antiguos norsiberianos y los antiguos asiáticos del este, según cuenta Acuña-Alonzo.

Infografía que muestra el mestizaje producido en Beringia

Raff dice que uno de esos grupos habitó lo que hoy es el Sudeste Asiático. Se cree que ese grupo contribuyó mayoritariamente a la ancestría de los primeros seres humanos que poblaron el continente americano —concretamente, en un 60%, apunta Víctor Moreno.

La otra rama ancestral emergió hace unos 39.000 años en lo que hoy es el nordeste de Siberia.

Esos dos grupos convergieron hace unos 25.000 y 20.000 años.

No sabemos exactamente cómo pasó, pero ocurrió durante una migración desde Siberia”

“Tenemos muy poca idea. Muy probablemente ocurrió en algún lugar de Siberia, pero ¿qué tan cerca de Beringia ocurrió? ¿Qué tan al norte o qué tan al sur? Eso es algo que está debatido porque el soporte genético, arqueológico y antropológico es escaso”, dice Víctor Moreno.

Lo que sí explica la genética es lo que pasó después: hubo una serie de eventos demográficos complejos y la población, de nuevo, se dividió en dos.

Una rama, los antiguos beringianos (por su posible conexión con Beringia) no tuvo descendientes conocidos. La otra, los americanos nativos ancestrales, sí.

Los científicos han llegado a estas conclusiones tras hallar una afinidad genética muy grande entre grupos ancestrales de Siberia y poblaciones del este de Eurasia.

Investigador analizando huellas de hace más de 20.000 años halladas a orillas de un lago en Nuevo México.

Investigador analiza huellas de hace más de 20.000 años halladas a orillas de un lago en Nuevo México. Fuente: Universidad de Bournemouth

“Sabemos, por ejemplo, que los indígenas americanos están relacionados genéticamente con poblaciones del noreste de Asia por una serie de genes que permitieron a sus ancestros guardar energía en condiciones climáticas muy difíciles”, añade el genetista.

A pesar de estos descubrimientos, todavía están tratando de precisar cuántos pueblos antiguos y actuales en América tienen conexión con el linaje genético de aquellos americanos nativos ancestrales.

“Tenemos que aceptar que hay muchas aristas de esa pregunta para las que aún no tenemos respuesta”, dice Raff.

De hecho, el último descubrimiento en Nuevo México deja otra gran incógnita en el aire: la posibilidad de que las primeras poblaciones se hubieran extinguido sin dejar descendientes, siendo “reemplazadas” por otros colonos cuando se formó el corredor de hielo.

Pero todavía no se sabe si fue así ni cómo habría sucedido.

“No nos queda otro remedio que abrazar la incertidumbre. Pero a la vez es emocionante saber que cada vez estamos más cerca de recomponer ese primer viaje a América”.

Mientras tanto, los científicos esperan que la herencia genética nos dé más respuestas sobre ​​la última gran expansión del Homo sapiens en el planeta.

 

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Ciencia. Por Lucía Blasco. Enero 2022

Créditos

Investigación y reportaje: Lucía Blasco

Edición: Carol Olona

Diseño e infografías: Cecilia Tombesi

Mapa base utilizado: Ron Blakey, NAU – NSF

Programación: Zoë Thomas, Adam Allen y Marcos Gurgel

Con la colaboración de Sally Morales

Proyecto liderado por Carol Olona