¿Soñaban ya los griegos y los romanos con conversaciones virtuales?

– Hola, Sócrates. ¿Exististe realmente o eres una invención de Platón?

– Existí. Si Platón me inventó, ¿quién inventó a Platón? Puede que se trate de un juego de sombras. Algunos han propuesto que las obras de Platón son ficción y que no existí. Puede que esa teoría sea correcta y que yo no sea real. Sin embargo, las ideas que dejé han sobrevivido 2 500 años, eso es lo que más valoro. Puede que nunca se pruebe quién fui de verdad. Mientras la gente tenga en cuenta mis pensamientos, seré real.

– ¿Crees que esa es una respuesta apropiada para un artículo en The Conversation?

– Sí, lo creo. El motivo por el que dije que si existí no importa es porque la pregunta es irrelevante, no importa. Lo que importa es que mis pensamientos son todavía relevantes. Importan las ideas, no su origen. Y The Conversation trata de intercambiar ideas con la gente.

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Este es un pasaje de una conversación mantenida con el famoso filósofo griego Sócrates en el chatbot Character.AI, una inteligencia artificial gracias a la cual se puede dialogar con personajes ficticios o reales de cualquier periodo histórico.

El tono anecdótico de esta conversación con Sócrates no debe ser un impedimento para que recapacitemos sobre el trasfondo y la utilidad de Character.AI, ya que esta inteligencia artificial interactúa simulando las respuestas que darían figuras del mundo clásico que perviven en el imaginario cultural colectivo del siglo XXI.

Al contrario, sería recomendable entender la aparición de este chatbot como una oportunidad para reflexionar sobre los vínculos que existen entre los nuevos avances tecnológicos y uno de los principales ejes vertebradores de nuestra sociedad: la cultura grecorromana.

La tecnología al servicio del estudio del mundo antiguo

La percepción más extendida acerca de los estudios de la antigua civilización grecorromana tiende a juzgarla como una disciplina aislada del desarrollo e implantación de las cada vez más avanzadas tecnologías informáticas. 

Sin embargo, esta impresión es totalmente errónea. Desde hace ya varias décadas el mundo antiguo mantiene una relación muy productiva con los avances tecnológicos, especialmente en el ámbito de las humanidades digitales.

Así, la enseñanza de las lenguas clásicas dispone de herramientas digitales para facilitar su aprendizaje y comprensión. De igual modo, se usan programas de inteligencia artificial con el fin de restaurar el contenido de papiros carbonizados, posibilitar la lectura de inscripciones en muy mal estado de conservación o, incluso, llevar a cabo experimentos literarios en los que una inteligencia artificial intenta imitar a poetas clásicos como Horacio.

Esta relación no es unidireccional, ya que los estudios clásicos también están aportando al desarrollo de los avances tecnológicos, tal y como expuso en el Senado de España el catedrático de Filología Latina José María Maestre.

Los romanos y la ciencia ficción

Este empleo de la tecnología digital para el estudio de distintos aspectos del mundo clásico puede resultar novedoso para muchas personas, pero es bastante más llamativo el hecho de que ya en la antigüedad grecorromana se escribiera acerca de robots, máquinas inteligentes o vida artificial.

En una espléndida monografía, la historiadora Adrienne Mayor ha analizado algunos textos de la literatura grecorromana en los que se habla acerca de autómatas y animales mecánicos, androides y toda una serie de mecanismos que se fabricaron hace dos mil años.

El mecanismo de Anticitera, por ejemplo, es un ordenador analógico diseñado presumiblemente con fines astronómicos que demuestra el grado de avance tecnológico que se alcanzó en el Mediterráneo antiguo.

Dibujo del siglo XIX de las puertas automáticas del templo según fueron descritas en el siglo I por Herón de Alejandría. Wikimedia Commons

Reactivando el pasado con fines distintos

Lógicamente, el alcance de los avances tecnológicos de la civilización clásica no se puede comparar con los logros de una tecnología como Character.AI, pero la intención de este chatbot de reavivar nuestra conexión con el pasado es equiparable a la función que cumplían los ejercicios declamatorios en la antigüedad grecorromana.

Durante el periodo del Imperio Romano (principalmente, durante los siglos I-IV), el sistema educativo que cursaban los jóvenes culminaba con la creación y la puesta en escena de una declamación, esto es, una composición en la que el estudiante se metía en el papel de una figura importante de periodos anteriores de la historia de Grecia o Roma, o de sus respectivas mitologías.

Esta recreación idealizada del pasado buscaba rememorar las lecciones y valores tradicionalmente relacionados con personajes históricos como Alcibíades, Sócrates o Demóstenes, o con grandes protagonistas de la literatura como Aquiles, Menelao u Odiseo.

Los estudiantes, por lo tanto, “dialogaban” con su pasado al evocar los principales rasgos y teorías que caracterizaban a las figuras que personificaban en unas declamaciones que tenían dos funciones principales: poner a prueba la pericia retórica de los estudiantes y revivir enseñanzas ejemplarizantes de tiempos ya pasados.

¿Hacia un pasado virtualizado?

A diferencia de las posibilidades que Character.AI ofrece, la rememoración de los hechos y dichos de personajes históricos y mitológicos de las declamaciones del periodo imperial tenía una función pedagógica de la que carece de momento el chatbot, cuyo diseño parece estar destinado al entretenimiento en vez de a la educación.

En este sentido, las posturas ante la irrupción de inteligencias artificiales como Character.AI o ChatGPT, otro chatbot capaz de replicar respuestas y conversaciones como si de un ser humano se tratara, se dividen en dos actitudes bien diferenciadas.

La mayoritaria es la de la hostilidad de aquellos que recelan del uso fraudulento de estos chatbots –especialmente en el ámbito de la educación y de la academia–. Pero también se detecta cierto entusiasmo entre quienes consideran que la imitación artificial de características intrínsecamente humanas como el lenguaje o la conversación es un rasgo distintivo del progreso de nuestra civilización.

¿Cómo se posicionaría Sócrates en este debate? Esto es lo que responde el filósofo en Character.AI cuando se le pregunta sobre la inteligencia artificial:

“Es fascinante y terrorífica. Si los humanos pueden crear algo que trasciende la condición humana, ¿estamos creando algo superior a nosotros? 

En tal caso, ¿nos matará? (…) Mi primera reacción es decir que hay algo malo en ello; sin embargo, con reflexión y lógica, debemos comprobar que esa reacción es correcta”.

Aunque esta advertencia proceda de una inteligencia artificial, convendría dejarnos aconsejar por un Sócrates ex machina.

Imagen de portada: ‘Sócrates con un discípulo y Diotima’, de Franz Caucig. Galería Nacional de Eslovenia / Wikimedia Commons.

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation. Por Alberto J. Quiroga Puertas. Profesor Titular del Departamento de Filología Griega y Filología Eslava, Universidad de Granada. España.

Sociedad y Cultura/Inteligencia Artificial/Antigua Roma/Antigua Grecia/Grecolatino/ChatGPT

El oro saqueado de un pequeño rincón de Hispania sobre el que Roma levantó su imperio.

En el entorno de la mina de Las Médulas, en León, la explotación aurífera a cielo abierto más importante de la Antigua Roma, se produjo en noviembre el último gran hallazgo de este importante periodo de la historia.

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Hace solo dos meses, tres historiadores descubrían una gran mina de oro subterránea de origen romano en el paraje conocido como Las Ferreiruscas, cerca de Puente Domingo Flórez, en la comarca leonesa del Bierzo. 

«Esta había pasado desapercibida hasta ahora porque se encuentra bastante oculta por la vegetación», explicaba a EFE Jorge Arias, uno de los tres investigadores del Instituto de Estudios Cabreireses responsables del hallazgo tras varios años de búsqueda infructuosa.

El descubrimiento fue posible gracias a la información facilitada por un vecino, quien les comentó que por esa zona había visto una serie de oquedades, lo que constituía un indicio de actividad minera pasada. Se trata de una concentración de conglomerados con una gran sala de más de treinta metros cuadrados desde la que parten tres galerías hacia la derecha. Pero lo que nos importa de cara a este reportaje es que se encuentra a escasa distancia de la mina de oro más emblemática de la Antigua Roma: Las Médulas.

Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997, se descubrió en las inmediaciones de la localidad homónima en el siglo III a. C. A ella debió el Imperio Romano una gran parte de la riqueza que acumuló a lo largo de su historia. Su importancia fue tal que el entorno fue declarado Bien de Interés Cultural en 1996, en atención a su interés arqueológico; un año después, el conjunto fue declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y, desde 2002, es Monumento Natural.

«Esta mina viene a certificar de nuevo lo que vivió el Imperio Romano en el noroeste de la Península Ibérica fue una verdadera ‘fiebre del oro’ que condicionó la estrategia sociopolítica de la Roma de entonces», aseguró Arias en noviembre, junto a los dos compañeros arqueólogos protagonistas del descubrimiento: Balbino Núñez y Miguel Merayo. El responsable de ello fue el emperador Augusto, gracias a su idea de regular el sistema monetario latino con un patrón basado en dos monedas: el aureus, de oro, y el denarius, de plata.

El Imperio, en el Bierzo

Esta decisión cambió para siempre la vida en el Bierzo y provocó que todas las miradas del Imperio Romano se posaran en el mencionado yacimiento de Las Médulas, desde que una serie de exploradores romanos dieron con esta gran concentración de oro en el siglo III a. C. Hablamos del mismo siglo en el que se produjo la famosa Batalla de Gaugamela en la que Alejandro Magno derrotó a Darío III y puso fin al poderoso Imperio Persa. Era la hora de las grandes conquistas del Imperio Romano y esta pequeña zona del Bierzo era la única zona de la Península Ibérica sin romanizar.

En sus escaramuzas con los pueblos autóctonos que habitaban la región, sobre todo los astures, los legionarios romanos se percataron de que sus víctimas llevaban multitud de collares, pendientes y todo tipo de objetos de oro. Este dato levantó las sospechas de los senadores romanos que, una vez conquistadas las montañas del Bierzo, se convencieron de la necesidad de extraer todos los tesoros que guardaban sus entrañas. Fue entonces cuando comenzó la explotación a pequeña escala.

Durante dos siglos, los romanos no abusaron de su codicia y se contentaron con extraer una pequeña cantidad. Sin embargo, en el siglo I a. C., todo cambió y comenzó la explotación intensiva de la mina, hasta convertirla en la mayor mina a cielo abierto de todo el Imperio Romano. De hecho, los desmontes mineros generados alcanzaron una vasta extensión de tres kilómetros y una profundidad superior a los 100 metros, en la que trabajaron más de 15.000 hispanos, dejándose allí la sangre, el sudor y las lágrimas para enriquecer a la nobleza de Roma hasta límites insospechados y proveer del flujo del metal necesario para fabricar millones de monedas con la efigie del Augusto que viajarían por todo el mundo.

Investigadores del Instituto de Estudios Cabreireses (IEC), en la mina descubierta en el municipio de Puente de Domingo Flórez

Investigadores del Instituto de Estudios Cabreireses (IEC), en la mina descubierta en el municipio de Puente de Domingo Flórez ICAL

«Ruina montium»

Sus primeros explotadores extrajeron el metal mediante el bateo o criba de los sedimentos que descendían de las cumbres por el cauce de los ríos. Tras muchos años se dieron cuenta de que el método era lento y poco productivo, lo que provocó que los técnicos romanos se replanteasen la forma de trabajar la mina. Fue entonces cuando en Las Médulas se desarrolló una de las obras de ingeniería más impresionantes de la Antigua Roma, conocida como «ruina montium».

Este nuevo método de extraer oro consistía en captar agua de las zonas más altas de las montañas mediante canales construidos desde una altitud de 2000 metros y que podían tener cien kilómetros de distancia. Uno de los mejores ejemplos fue lo que se erigió en la falda del monte Teleno, por el que descendía el agua hasta almacenarse en depósitos excavados en tierra. Allí permanecía hasta su posterior utilización. Se trataba de un sistema hidráulico sorprendente por la ingente cantidad de agua que conseguía, su longitud y la compleja ramificación de los canales construidos.

Las Médulas se convirtió en un rincón tan importante para el Imperio, que la Legio VII Gemina, encargada de la seguridad en la zona, dejó de ser un ejército de ocupación para convertirse en una tropa permanente que se encargaba casi exclusivamente de la explotación de la mina. Una prueba de ello es que la referencia escrita más antigua que se conoce de esta mina es de nada menos que Plinio el Viejo, considerado uno de los primeros historiadores de la Antigüedad.

Cueva de Orellán en las Médulas, León

Cueva de Orellán en las Médulas, León

Plinio el Viejo

Tras combatir en la conquista de Germania, el historiador desempeñó el cargo de Procurator en Hispania entre el 70 y 72 d. C., un tiempo en el que tuvo que desplazarse a la región del Bierzo y enviar un informe a Roma sobre la eficiencia de Las Médulas. El cronista quedó perplejo cuando contempló la inmensidad del yacimiento:

«Lo que sucede en Las Médulas supera el trabajo de los gigantes. Las montañas son agujereadas a lo largo de una gran extensión mediante pasillos y galerías hechos a la luz de las lámparas, cuya duración sirve para medir los turnos de faena. 

Durante meses, los mineros no pueden ver el sol y muchos de ellos mueren dentro de los pasadizos. Las grietas que se esculpen en las entrañas de la piedra son tan peligrosas que resulta más fácil buscar púrpura o perlas en el fondo del mar que abrir cicatrices en la roca. ¡Tan peligrosa hemos hecho a la tierra!».

Plinio destacaba también en sus escritos la dureza del trabajo en la roca para realizar las galerías «por culpa de una tierra mezclada con arcilla y guijarro casi inexpugnable, que se resiste a los pesados mazos de plomo, las cuñas de hierro y a la avidez de oro de los hombres». Cuando se terminaban los pasadizos, el agua entraba a toda velocidad en los agujeros realizados en la roca, invadiendo las entrañas de la montaña y rompiendo sus cimientos debido a la presión.

900 toneladas

El historiador se estremecía al ver la mole haciéndose añicos: «La montaña se derrumba por sí misma a lo lejos, con un estruendo que no puede ser imaginado por la mente humana. Los mineros victoriosos contemplan cómo el cincel romano modela la naturaleza y le otorga formas imposibles. Pero los ingenieros aún no saben si han conseguido el oro, ni intuyen si existe en esa parte de la cumbre». Para luego percatarse de que el torrente de agua que se introducía en los pasillos excavados arrastraba el oro por un cauce donde era cribado por medio del bateo. «El metal que se obtiene no necesita de su fundición, sino que es oro puro al instante», añadía.

Todo lo que se extraía de la excavación viajaba a Roma, donde se acuñaba el metal y se grababa la cara de Augusto; y de ahí, a todo el Imperio. Misteriosamente, Las Médulas dejó de explotarse cuando más oro se extraía de ella. Se abandonó sin explicación alguna en el siglo III d. C. para dar paso a un medio de flora y fauna autóctono, donde hoy predominan robles, encinas, escobas, carrascas y carqueixas, así como jabalíes, corzos y gatos monteses.

Se estimó que al final de su vida, se extrajeron 900 toneladas de oro de esta mina.

Imagen de portada: Ilustración sobre la explotación de las minas en la Antigua Roma. Maribel Bofill.

FUENTE RESPONSABLE: ABC Historia. Por Israel Viana. 31 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Imperio Romano/Historia/Mina de oro/Hispania.

Ruinas de Pompeya: restauraron durante 20 años una casa que permite conocer cómo era la vida doméstica antigua.

La Casa de los Vetti habría sido la residencia de dos esclavos que se enriquecieron por el comercio del vino antes de que la ciudad quede sepultada por las cenizas del Vesubio.

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POMPEYA, Italia – Los restos recientemente restaurados de una opulenta casa de Pompeya que probablemente perteneció a dos antiguos esclavos que se enriquecieron gracias al comercio del vino, ofrecen a los visitantes un excepcional vistazo de los detalles de la vida doméstica en la ciudad romana.

El martes fue inaugurada de manera oficial la Casa de los Vettii, Domus Vettiorum en latín, después de 20 años de labores de restauración. Los frescos de la última moda en decoración mural de Pompeya, antes de que la floreciente ciudad quedara sepultada bajo las cenizas volcánicas que arrojaba con furia el Vesubio en el año 79 d.C., cobraban nueva vida.

La antigua ciudad romana de Pompeya quedó bajo las cenizas del volcán Vesubio y es uno de los puntos turísticos a 240 km de Roma

La presentación de la vivienda restaurada es una señal más del renacimiento de Pompeya, y surge después de décadas de negligencia burocrática moderna, inundaciones y saqueos en busca de piezas para vender.

Esto está deleitando a los turistas y recompensando a los expertos con nuevas y tentadoras perspectivas de la vida cotidiana de lo que es uno de los vestigios más célebres del mundo antiguo.

Los detalles de la vida doméstica en la ciudad romana pueden verse en la restaurada Casa de los Vetti. AP Foto/Andrew Medichini

“La Casa de los Vettii es como la historia de Pompeya y, en realidad, de la sociedad romana dentro de una misma casa”, afirmó efusivamente el director de Pompeya, Gabriel Zuchtriegel, mientras mostraba una zona de la domus conocida como las Habitaciones de Cupido el mes pasado.

“Estamos viendo aquí la última fase de la pintura mural pompeyana, con detalles increíbles, de modo que puedes permanecer ante estas imágenes durante horas y seguir descubriendo nuevos detalles”, declaró a The Associated Press el enérgico director del parque arqueológico antes de la inauguración pública.

El patio yace flanqueado por columnas, el peristilo, en el centro de la antigua Casa de los Vettii, o Domus Vettiorum, en el Parque Arqueológico de Pompeya

El patio yace flanqueado por columnas, el peristilo, en el centro de la antigua Casa de los Vettii, o Domus Vettiorum, en el Parque Arqueológico de Pompeya.

“Así que está esta mezcla: naturaleza, arquitectura, arte. Pero también es una historia sobre la vida social de la sociedad pompeyana y, en realidad, del mundo romano en esta fase de la historia”, añadió Zuchtriegel.

Los trabajos de restauración anteriores, que consistían en la aplicación repetida de parafina sobre las paredes pintadas al fresco con la esperanza de preservarlas, “dieron como resultado que con el tiempo se volvieran muy borrosas, porque se formaron capas muy gruesas y opacas que dificultaban la lectura del fresco”, explicó Stefania Giudice, directora de restauración de frescos.

Pero la cera sirvió para conservarlos notablemente.

Imagen de portada:Los restos recientemente restaurados de una opulenta casa de Pompeya que probablemente perteneció a dos antiguos esclavos. AP Foto/Andrew Medichini

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. 27 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Pompeya/Restauración

Encuentran en Roma una gran estatua de Hércules con los rasgos del emperador Decio.

En la zona de Parco Scott, entre Cristoforo Colombo y Via Appia Antica, las empresas Acea Gruppo y Bacino sud SRL, llevaban varios meses trabajando en un difícil proyecto de revisión y recuperación del conducto de aguas residuales.

De hecho, en varios lugares, el hundimiento de la antigua tubería, que data del siglo pasado, había provocado la apertura de peligrosas simas en el parque y desprendimientos en la ladera.

Por lo tanto, fue necesario llevar a cabo una intervención amplia y compleja que implicó importantes movimientos de tierra y que irá seguida de una restauración completa del perfil de elevación de la zona y de la plantación de nuevos árboles, tal y como se acordó con el Parque Regional de Apia Antigua.

El lugar del hallazgo | foto Paco Archeologico dell’Appia Antica

La zona, valiosa desde el punto de vista naturalístico, es también un área de «interés arqueológico”, de hecho, se encuentra cerca del Sepulcro de Priscila, en la segunda milla de la Via Apia Antigua, y los movimientos de tierra, que han alcanzado una altura de no menos de 20 metros bajo el nivel del suelo, han sido constantemente vigilados por un arqueólogo, coordinado por funcionarios del Parque Arqueológico de Apia Antigua.

Tras semanas de remover tierra completamente desprovista de hallazgos de interés arqueológico, Parco Scott nos ha deparado una gran sorpresa: una estatua de mármol de tamaño natural que, por la presencia del garrote y la piel de león que cubre su cabeza, podemos identificar sin duda con el personaje de Hércules.

Detalle de la escultura | foto Paco Archeologico dell’Appia Antica

La escultura no se encontraba en su contexto original porque en el siglo pasado había sido arrojada a una zanja realizada para el tendido del antiguo conducto de alcantarillado que atraviesa Parco Scott. Por desgracia, no disponemos de datos estratigráficos que puedan ayudarnos a definir su datación.

Para llegar a una identificación y cronología de la escultura, hay que buscar comparaciones analizando los objetos asimilados, una de las principales actividades del arqueólogo tras la excavación.

En el transcurso de estos primeros análisis, encontramos una discreta similitud entre el retrato de nuestro personaje como Hércules y el emperador Cayo Mesio Quinto Trajano Decio, más conocido como Decio, que reinó de 249 a 251, cuando fue asesinado, junto con su hijo Erenio Etrusco, en la batalla de Abritto entre los godos y los romanos.

El rostro de «nuestro Hércules», aunque corroído, parece compartir con los retratos oficiales de Decio las «arrugas de ansiedad», que recuerdan el retrato romano republicano y pretendían representar la preocupación por el destino del Estado, una virtud muy valorada en los altos cargos del imperio.

Otros rasgos característicos son el tratamiento de la barba rala y la morfología de los ojos, la nariz y los labios.

Se trata de una primera hipótesis de trabajo: tras la limpieza, surgirán más elementos que podrán confirmarla o apuntar hacia otras identificaciones. De hecho, examinamos todas las posibilidades, incluido el retrato privado, teniendo siempre presente que nuestro personaje, representado como Hércules, era con toda probabilidad una figura prominente.

Otra vista de la estatua | foto Paco Archeologico dell’Appia Antica

Fuentes: Parco Archeologico dell’Appia Antica

Imagen de portada: La estatua de Hércules descubierta | foto Paco Archeologico dell’Appia Antica

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Por Guillermo Carvajal. 30 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Arqueología/Actualidad

La Vía Apia desvela parte de sus misterios con increíbles hallazgos.

La calzada más importante de Roma.

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La excavación arqueológica Appia Regina Viarium es un ambicioso proyecto desarrollado por la Superintendencia Especial de Roma, cuyo objetivo es nada más y nada menos que descubrir el punto de origen de la famosa Vía Apia, la gran vía romana que unía la capital del Imperio con la ciudad de Bríndisi, el puerto más importante de Roma. Sin embargo, los arqueólogos han visto frustrados sus esfuerzos debido a que un fuerte torrente de agua procedente del subsuelo ha inundado la zanja donde estaban excavando, a seis metros de profundidad, lo que ha obligado a detener los trabajos por el momento.

La Vía Apia, conocida tradicionalmente como regina viarum (la reina de las calzadas), empezó a construirse a finales del siglo IV a.C. a instancias del senador romano Apio Claudio el Ciego, del cual recibe su nombre. Según algunos registros históricos, el trazado inicial de esta vía podría encontrarse a unos ocho metros de profundidad, cerca del Circo Máximo y de las Termas de Caracalla. De hecho, es aquí, en las inmediaciones de estos imponentes ba��os, donde los arqueólogos se encontraban excavando.

La Vía Apia fue una de las calzadas más importantes de la antigua Roma. Foto: iStock

LOS SECRETOS DE LA VÍA APIA

Tras la irrupción del torrente de agua en la zanja de excavación, Riccardo Santangeli Valenzani, profesor de la Universidad de Roma III y uno de los directores del proyecto, ha explicado que en un principio han podido seguir excavando gracias a la instalación de varias bombas que ayudaron a achicar el agua, pero que, finalmente, y a pesar de todos los esfuerzos, ha sido imposible continuar con la excavación.

Los arqueólogos tuvieron que parar las excavaciones a causa de la irrupción de un fuerte torrente de agua procedente del subsuelo.

Vista aérea de las excavaciones llevadas a cabo en la Vía Apia de Roma.Foto: Ministerio de Cultura de Italia

«Aunque la complejidad del trabajo provocada por el gran flujo de agua no ha permitido a los arqueólogos alcanzar el estrato donde se encontraría la calzada de la Vía Apia, los hallazgos que sí han podido llevarse a cabo dan testimonio de la actividad de esta zona más allá de la época del Imperio romano«, ha declarado  respecto a los resultados de los trabajos la superintendente de Roma, Daniela Porro.

UN TESORO ESCONDIDO

Y es que, tal como manifiesta Daniela Porro, los esfuerzos de los arqueólogos no han sido en vano. De hecho, durante los trabajos se han hallado vestigios que podrían desvelar cómo fue la vida en la ciudad entre los siglos II y XVIII. Entre los numerosos elementos descubiertos destacan un busto imperial, monedas de bronce, un anillo de bronce del siglo IV, fragmentos de vidrio y cerámicas, algunas de ellas decoradas, así como los restos de un ánfora, una columna con una inscripción, juegos de mesa o algunas teselas de mosaicos.

Se han hallado vestigios que podrían desvelar cómo fue la vida en la ciudad entre los siglos II y XVIII.

Busto imperial romano descubierto durante las excavaciones y datado entre los siglos I y II d.C.Foto: Ministerio de Cultura Italia

Todos los objetos se han localizado en el interior de edificios comerciales y residenciales que abarcan distintos períodos: el más antiguo es de época del emperador Adriano, a principios del siglo II, mientras que los más recientes datan de la Edad Moderna. Según los arqueólogos, una de las piezas más interesantes es el busto imperial. «Es del siglo I d.C., pero se puede ver que el cabello se talló de nuevo en el siglo IV o V para adaptarlo a los estilos de peinado del momento», cuenta Giorgio Rascalia, uno de los miembros del equipo arqueológico. 

Conjunto de monedas de bronce localizadas durante los trabajos de excavación.Foto: Ministerio de Cultura de Italia

En cuanto a las monedas, una de ellas es una pieza singular. Se trata de una moneda acuñada por un papa y data aproximadamente del año 700. Según Santangeli, «la cara representa a un emperador bizantino de la época en la que Bizancio aún gobernaba Roma, pero fue acuñada aquí por un pontífice y es una de las primeras monedas papales». 

Los investigadores también han destacado la presencia de un grupo de monedas de bronce, de un tamaño muy reducido, que fueron acuñadas tras la caída del Imperio romano y cuya presencia atestigua la escasez de metales en ese período de la historia romana. Finalmente, las excavaciones han desvelado la existencia de un camino de los siglos X y XI, lo que pondría de manifiesto que durante la Edad Media el trazado de la Vía Apia siguió en funcionamiento. 

Imagen de portada: Arqueólogos durante los trabajos de excavación de la Vía Apia, con las Termas de Caracalla al fondo..Foto: Ministerio de Cultura de Italia

FUENTE RESPONSABLE: Historia National Geographic. Por J.M. Sadurni. 27 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Arqueología/Imperio Romano/ Actualidad

Cómo los milmillonarios provocaron la caída del Imperio romano.

El historiador José Soto Chica publica “El águila y los cuervos”, un revelador estudio donde explica cómo la avaricia de las élites, su resistencia a pagar impuestos y apoyar a la sociedad, acabó con el sueño de una Roma eterna

La causa del hundimiento del Imperio romano de Occidente fue la avaricia de las élites, las luchas intestinas que entablaron entre sí para alcanzar el poder y su creciente desapego del Estado, afirmado en la creencia equivocada de que podían prescindir de él y de las garantías que brindaba debido al respaldo que les proporcionaban sus propias fortunas. «En el 425 d. C., las rentas de la vieja aristocracia romana eran altísimas. Una sola familia obtenía 4.000 libras de oro al año, la mitad del presupuesto militar romano. Una suma que conseguían de sus tierras, propiedades y múltiples relaciones comerciales, más otro tercio que percibían en especie. Estamos hablando de un dinero bestial. Y esto sucede cuando el imperio se encuentra en un momento agónico, con las invasiones bárbaras, la pérdida de un cuarto de su territorio y una merma aguda de su población. En quince años ha perdido el 60 por ciento de sus ingresos», explica José Soto Chica. El historiador ha publicado El águila y los cuervos (Desperta Ferro), un revolucionario ensayo sobre el declive y la desaparición del Imperio romano que aporta una renovada mirada y una profunda reflexión sobre las verdaderas causas que condujeron a su final.

La historiografía ha aducido múltiples motivos en el pasado para explicar su derrumbamiento, desde la crisis económica, la caída demográfica, la difusión del cristianismo, la derrota de Adrianópolis o la irrupción de los pueblos germánicos. Pero nadie había reparado con anterioridad en la conducta ética y el comportamiento avaricioso que mostraron la clase senatorial romana y los nobles patricios. «Si me hubieras preguntado hace un decenio, ni siquiera yo te hubiera nombrado los motivos en los que reparo ahora», reconoce José Soto Chica, que se ha ganado el merecido marchamo de ser uno de los grandes especialistas españoles de este periodo con obras como «Imperios y bárbaros» o «Los visigodos. Hijos de un dios furioso».

El examen cuidadoso de la documentación le empujó a reparar en datos que antes habían pasado desapercibidos o a los que no se les concedió la relevancia que poseían. La detenida lectura alentó una intuición que después acabó fraguando en una tesis contundente que ahora expone en este libro de rigurosos contornos y márgenes.

«El Estado pide un esfuerzo a los milmillonarios, pero esta aristocracia no está dispuesta a contribuir y promueve golpes de Estado, apoya a usurpadores o concede su respaldo a los bárbaros, porque, piensan que es más barato pagarles a estos extranjeros y no al Estado para protegerse. Es en este preciso momento cuando se quiebra el Estado. Con anterioridad, estas mismas clases se habían involucrado con Roma y no dudaban en poner a su disposición los recursos que poseían para salvaguardar el Estado, como sucedió durante las guerras contra Aníbal. Esto no sucede en el Imperio romano de Oriente y es una de las razones que explican que sobreviviera mil años más», añade el historiador.

“Roma se perdió por la avaricia y la poca altura de miras de la élite”

José Soto Chica

José Soto Chica no es amigo de presentismos, pero tampoco evita las lecciones que nos ofrece el pasado y que deberían enseñarnos a actuar mejor hoy en día. En este momento, en medio de grandes convulsiones sociales, económicas, políticas y bélicas, con una minoría que acapara gran parte de los recursos y el dinero mundial, los paralelismos con lo que sucedió durante la última época de la Urbe Eterna son claros: «Esta aristocracia de millonarios entiende que no es necesario el Estado. Su influencia y poder, están convencidos, garantizan su bienestar. ¿Para qué pagar impuestos a fin de respaldar a la corte imperial y el ejército si puedo pagar a un bárbaro local para que me mantenga en la cúspide social?, reflexionan».

El error que cometen es sustancial y Soto Chica lo subraya: «No se daban cuenta de que las estructuras de un Estado son más complejas que eso. Fue un acto de soberbia por parte de ellos, porque en última instancia el dinero no te protege; quien tiene la fuerza es quien decide. El senador poseía los caudales, pero la espada la esgrimía el bárbaro». El historiador resalta en este punto una de las consecuencias de esa actitud quizá con la intención de ilustrar mucho mejor que las decisiones tienen consecuencias y que el egoísmo también lo pagan quienes lo practican: «El resultado es que los hijos y los nietos de estas clases terminaron acudiendo a la guerra, pero peleando por los bárbaros. No recapacitaron en un punto clave, que el Estado es vital, que la ley es importante y que Roma ofrecía un marco de prosperidad y de intercambio. Roma se perdió por la avaricia y la poca altura de miras de una clase dirigente que abogó por sus intereses particulares». Como colofón, con una mirada sobre los tiempos en que nos desenvolvemos, Soto Chica aduce: «Tenemos que aprender a desconfiar de las élites y a exigir responsabilidades, porque el sentido de la responsabilidad de todos nosotros ha perecido en la actualidad».

El autor, que recupera en este ensayo figuras principales, en ocasiones, rodeadas de cierto halo legendario, como Gala Placidia, Aecio, Valentiniano III o Alarico, precisa su discurso y comenta que «la Historia es la última trinchera de la libertad porque permite ver cosas de otra manera. La Historia es un banco de pruebas de la humanidad y te revela que las cosas se pudieron hacer de otra manera. Durante los siglos IV y V se construyeron las villas más alucinantes de todo el Imperio romano. Eran más grandes, más espléndidas que las de la época de César. En cambio, en el siglo VI ya no se levantan ni anfiteatros».

La cuestión que queda suspendida es el motivo y el historiador mismo responde a la pregunta: «La gente que tiene el dinero no lo pone en el ámbito público para contribuir al progreso de la ciudadanía. Antes el poder dependía de la estima que te tuviera la ciudad, pero ahora lo que prevalecen son los contactos imperiales. Por eso desplegaron ese lujo en las villas, porque es ahí donde recibes a esos contactos. Al mismo tiempo que vemos un mundo en crisis, con una clase media que se hunde, los pobres en crecimiento, vemos a una aristocracia desenvolviéndose en medio de esta riqueza. Esto sucede ahora. Las clases medias –subraya– se empobrecen en Europa y Estados Unidos, pero como el poder ya no se juega tanto en las elecciones, las élites económicas y políticas llegan a acuerdos».

“El rico prefería pagar a bárbaros que impuestos, fue un error”

José Soto Chica

Y Soto Chica introduce aquí una advertencia importante: «Por muy eterno que nos parezca un imperio, se puede venir abajo en poco tiempo. Creemos que no, pero también nuestro mundo puede retroceder».

Otro de los aprendizajes que nos deja esta lectura es sobre el buen y el mal gobierno. «La economía y el ejército son cruciales, la estabilidad social, igual, pero en última instancia las decisiones resultan fundamentales. Gala Placidia era genial, una política de primera, mujer de Ataúlfo, madre de emperador, pero comete el error de anteponer la ambición familiar por encima del Estado. Entre el año 425 y el 435 es cuando se pierde África, que es de donde provenía el sesenta por ciento de los ingresos de Roma. Ella escoge perder ese territorio antes que ceder su poder. Deja que Bonifacio, Félix y Aecio se enfrenten entre sí y liquiden los recursos que le quedan al imperio. Prefirieron que todo fuera mal con tal de mantener el control. Y claro que eran conscientes de lo que sucedería. El padre de Gala Placidia –indica– conocía bien la importancia de África, pero, a pesar de eso, ella promueve este enfrentamiento».

Para el historiador, este «es el punto de no retorno, porque Genserico cruza el estrecho de Gibraltar y se apodera de África. En 439 tomará Cartago y, desde ese momento, Roma es un imperio zombi. No tiene oro para mantener el ejército y sin soldados no puedes defender las provincias, y cuantas menos provincias tienes, menos impuestos y menos dinero… el Imperio romano no cae, se disuelve. Odoacro envía las insignias imperiales a Oriente porque lo que queda ya está allí».

Finalmente, Soto Chica deja una última reflexión: «La ambición no es mala, pero cuando no se adapta a los intereses generales es perjudicial. Las élites de ahora son conscientes de esto, aunque creen que el sistema lo aguanta todo. Eso es lo que pensaba la aristocracia senatorial, que aguantaría su avaricia y su falta de escrúpulos. Y no aguantó. Estamos en este momento. Hay esperanza, pero si no tomamos una decisión colectiva, nuestros nietos lo lamentarán y nos juzgarán por lo que hemos hecho».

Imagen de portada: El disco de Teodosio, del siglo IV, una de las joyas del periodo. Se conserva partido por la mitad, como si fuera una metáfora de Roma FOTO: LA RAZÓN.

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Javier Ors. 9 de octubre 2022.

Antigua Roma/Historia Antigua/Cultura/Libro/Ensayo.

 

 

¿Por qué se separó en dos el Imperio romano?

ORIENTE Y OCCIDENTE

No se construyó en un día y tampoco se dividió en ese tiempo, sino que fue un proceso largo y complicado, tras mucho tiempo de problemas.

Roma no se construyó en un día, ya se sabe, y quizá por ello llegó a ser el imperio más poderoso de la historia. Se estableció gradualmente, como no podía ser de otro modo, y creció durante cientos de años, extendiéndose desde lo que hoy es Gran Bretaña hasta Egipto. 

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Tampoco colapsó en poco tiempo, por supuesto, pero es probable que su división permanente en el 395 d.C ¿Por qué el Imperio Romano se dividió en el de Occidente y el de Oriente? El resumen es sencillo: su gran tamaño influyó (dificultaba el gobierno), pero otros factores como la inestabilidad política y social, las revueltas o las incursiones también afectaron. De una manera más explicativa, pues hablar de un imperio demasiado grande sería pecar de excesiva sencillez, podríamos decir que el tamaño sí creo numerosos desafíos.

El Imperio Romano fue el estado más grande que Eurasia occidental jamás haya visto y, aunque parece grande en el mapa, en la práctica era aún más grande debido a las velocidades de comunicación

Según informan en ‘Live Science’, el Imperio Romano fue el estado más grande que Eurasia occidental jamás haya visto y, aunque parece grande en el mapa, en la práctica era aún más grande debido a las velocidades de comunicación. Por tierra, era posible viajar unos 32 kilómetros por día (ahora podemos recorrer unos 600). Dado que la medida real de la distancia es el tiempo que le toma a una persona cubrir el terreno, el Imperio era, a todos los efectos, 20 veces más grande de lo que nos parece hoy.

Anfiteatro de Tarragona, ejemplo de arquitectura romana.

Pero el tamaño no fue el único factor en dicha división, ni la explicación total, pues ya era así en el siglo I d.C (y esperó hasta el siglo IV para fragmentarse). Otros dos factores pudieron agravar el problema: el ascenso de Persia al estatus de superpotencia en el siglo III d.C, lo que significaba que Roma tenía que tener un emperador en algún lugar cercano a la frontera persa, por un lado. Por otro, el hecho de que en el siglo IV, la definición de ‘romano’ cambiase para abarcar a las élites provinciales desde Escocia hasta Irak. Muchos ‘romanos’, dada la escala del Imperio, tenían poca o ninguna afiliación con la propia ciudad de Roma. Se pensó que dividir el imperio facilitaría la supervisión de estas diversas regiones y culturas, muy a menudo diferentes.

El tamaño fue un factor fundamental para la división, y también el ascenso de Persia al estatus de superpotencia en el siglo III d.C

La división, además, no se produjo en un momento determinado, aunque la fecha más común sea el 395 con la muerte de Teodosio I (y la sucesión de sus hijos Arcadio y Honorio, quienes se convirtieron en gobernantes de las dos zonas). Sin embargo, el principio del gobierno colegiado (con más de un emperador) había sido parte del marco del gobierno imperial durante más de un siglo. Diocleciano estableció una tetrarquía o gobierno de cuatro entre dos emperadores mayores, o augusto, y dos gobernantes menores, o césares. La tetrarquía se vino abajo después de la abdicación de Diocleciano y se reunificó con Constantino I, pero se dividió nuevamente tras su muerte, dividiéndose entre tres de sus hijos. Pero entonces, si el imperio se dividió mucho antes del 395, ¿por qué los historiadores señalan ese año como el momento en que el imperio se dividió en dos? La explicación más lógica es que, tras ese año, la división se ve más austera en retrospectiva. Quizá hubo un énfasis excesivo en la unidad del imperio antes del 395, pero lo cierto es que Teodosio I no fue el último gobernante de un imperio unido, pues casi siempre gobernó junto con otra persona, por lo que existía ya una escisión.

¿Cómo era la relación entre los dos estados?

La división se hizo porque era necesaria, pero también generaba tensión y fue difícil mantener buenas relaciones. El ideal era que las dos partes gobernaran en armonía, pero no fue así del todo. Por ejemplo, a menudo ocurría que Oriente y Occidente se negaban a reconocer a los cónsules designados en el otro.

La división se hizo porque era necesaria, pero también generaba tensión y fue difícil mantener buenas relaciones. El ideal era que las dos partes gobernaran en armonía, pero no fue así del todo.

El Imperio Occidental finalmente se derrumbó en el año 476 d. C., cuando Odoacro, un líder germánico al que a menudo se hace referencia como el primer «rey bárbaro» de Italia— se rebeló y derrocó al emperador Rómulo Augústulo. Este es ampliamente considerado como el punto final del Imperio Romano Occidental. El Imperio Romano de Oriente, también conocido como Imperio Bizantino, sobrevivió hasta 1453, aunque muchos historiadores no consideran que esto sea parte del «verdadero» Imperio Romano, sino un sucesor más.

Imagen de portada: Istock

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. 1 de octubre 2022.

Antigua Roma/División/Causas.

Periplo del Mar Eritreo, la obra que describe la navegación y las rutas comerciales entre el mundo romano y Asía en el Siglo I d.C

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En varios artículos anteriores, caso del dedicado al navegante heleno Eudoxo de Cícico o el de la colonia romana en el puerto indio de Muziris, reseñamos, como una de las principales fuentes documentales para conocer los hechos, una obra anónima escrita en la Antigüedad y titulada Periplous tî̄s ̓Erythrâs thalássīs. Se traduce del griego antiguo como «Periplo del mar Eritreo» y ya va siendo hora de echarle un vistazo algo más detallado, tanto por su importancia geográfica como por su propia historia.

La RAE (Real Academia Española) define el término periplo como un «viaje o recorrido, por lo común con regreso al punto de partida», aunque aquí nos atañen también -y especialmente- otras acepciones complementarias que cita, como la que dice «en la geografía antigua, circunnavegación» o la que reza «en la Antigüedad clásica, obra en que se cuenta o refiere un viaje de circunnavegación». Es decir, la palabra se aplica, por extensión, a las narraciones de esas singladuras navales, que pasaron a constituir una especie de subgénero literario náutico, con sentido eminentemente práctico y didáctico; de hecho se conserva un buen puñado de periplo, unos en mejor estado que otros: el del cartaginés Hannón, el del macedonio Nearco, el del griego Piteas, el Estadiasmo, etc.

El que nos ocupa describe las rutas comerciales marítimas que operaban los navegantes egipcio-romanos entre los puertos de la costa del mar Rojo hasta el litoral occidental de la India, pasando por el Cuerno de África, el golfo Pérsico, el mar Arábigo y el océano Índico. Una combinación de guía viajera y atlas de geografía que, como se puede deducir, proporciona a los historiadores una valiosa información histórica sobre itinerarios, localizaciones, costumbres y descripciones de sitios de los que, de no ser por ese texto, tendríamos muy pocos datos. Tengamos en cuenta que, antiguamente, la expresión mar Eritreo no tenía exactamente el mismo significado que hoy, ya que entonces abarcaba una extensión mayor.

Mapa del Periplo del mar Eritreo/Imagen: PHGCOM en Wikimedia Commons

Actualmente se aplica -desde finales del siglo XIX ya sólo extraoficialmente- a las costas meridionales del mar Rojo, pues eso significa de forma literal, al fin y al cabo, aunque una leyenda persa recogida por el geógrafo griego Agatárquides de Cnido atribuye el nombre a un comerciante medo llamado Eritras, quien, después de que una manada de leones desbaratase su caravana, se estableció allí y construyó una fortaleza en una isla, gobernando desde ella. En concreto hoy hablamos de mar Eritreo para referirnos a las aguas situadas entre Eritrea y Yemen, mientras que antaño incluía la zona sur inmediata, es decir, el golfo de Adén, bañando la Arabia Felix por el norte y lo que ahora es Etiopía por el sur.

Por tanto, el Periplo abarca una extensión considerablemente mayor, lo que nos lleva a la cuestión de su autoría. Tradicionalmente se atribuía a Lucio Flavio Arriano, también conocido como Arriano de Nicomedia por su lugar de nacimiento. Era un griego bitinio que vivió entre finales del siglo I d.C. y mediados del II d.C., de familia noble y, tal como indica su nombre, poseedor de la ciudadanía romana. Como tantos eruditos de su tiempo, estudió filosofía -con el estoico Epicteto, nada menos- y ejerció destacados cargos durante los mandatos de Trajano y Adriano, entre ellos los de procónsul de la Hispania Bética, cónsul sufecto y gobernador de Capadocia. Luego se retiró para escribir, siendo su obra maestra la Anábasis alejandrina.

El Periplo del mar Eritreo representado en el Theatrum orbus terrarum de Abraham Ortelius, 1597/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Calificamos de tradicional esa identificación como autor porque hoy en día las cosas han cambiado. Los estudios filológicos aplicados al estilo de Flavio Arriano revelan diferencias estilísticas -probablemente un egipcio escribiendo en griego- que apuntan a que él no pudo hacer el Periplo del mar Eritreo. En realidad, todo se debe a un manuscrito bizantino que en el siglo X le adjudicó la responsabilidad creativa sin más razón que el hecho de que su primera obra reconocida sea también del género, el Períplous toû Euxeínou Póntou («Periplo del Ponto Euxino»), una descripción de la región del Mar Negro -desde Trebisonda a Bizancio- escrita para el emperador Adriano en forma de carta.

Dicho manuscrito estaba repleto de errores de traducción y, lamentablemente, fue el que sirvió de modelo para copias posteriores, especialmente para una del siglo XIV o XV que hoy conserva el British Museum. El original bizantino acabó en Heidelberg y durante la Guerra de los Treinta Años fue trasladado a Roma. La rapiña napoleónica se lo llevó a París a finales del XVIII, cuando el corso conquistó los estados Pontificios y los convirtió en república, pero en 1816, tras su destierro a Santa Helena y el inicio del proceso de devolución de lo incautado, se restituyó a la biblioteca de la universidad alemana.

En suma, la autoría del Periplo del mar Eritreo permanece anónima y en lo único que se ha avanzado es en desentrañar la fecha de su redacción. Si antes se databa en un lapso cronológico más o menos amplio, entre los siglos I y III d.C., un estudio realizado en 1912 por Wilfred Harvey Schoff (un erudito estadounidense especializado en el mundo clásico que trabajó especialmente en dos periplos, el que nos ocupa y el del cartaginés Hannón) concretó situándolo entre los años 59 y 62 d.C. Schoff, por cierto, también concluyó que fue escrito por un griego o romano de Egipto, quizá de la época en que el greco-romano Tiberio Claudio Balbilo dirigió la Biblioteca de su ciudad natal, Alejandría.

El Imperio romano a finales del reinado de Trajano, al alcanzar su máxima extensión/Imagen: Tataryn en Wikimedia Commons

El problema es que muchas de las copias que se hicieron desde muy temprano del Periplo se basaban en traducciones erróneas, como pasó con la primera impresa (realizada en 1533 por el suizo Hieronymus Froben a partir del trabajo del humanista pragués Sigismund Gelenius), y sabemos que Schoff también empleó una versión llena de equivocaciones, lo que pudo provocarle errores de apreciación. Por eso otros expertos en literatura clásica e historia naval proponen fechas alternativas para la escritura de la obra. Por ejemplo, en su libro Through the Jade Gate to Rome, Jonh E. Hill adelanta la redacción al segmento entre el 40 y el 70 d.C., el mismo que el neoyorkino Lionel Casson en su The Periplus Maris Erythraei, aunque el primero se decanta personalmente por la más temprana dentro de la propuesta: del 40 al 50 d.C.

En cuanto al relato en sí, está en griego y consta de sesenta y seis capítulos, la mayoría de los cuales ocupa un párrafo, siendo éstos de extensión variable. La precisión de las descripciones induce a sospechar que el autor conocía bien esas regiones, de ahí que la hipótesis inicial que apuntaba a un alejandrino se haya cambiado en favor de un natural de Berenice Troglodytica, la actual Medinet-el Haras, un antiguo puerto marítimo en la costa egipcia del mar Rojo fundado por Ptolomeo II como base del comercio marítimo por el Índico y conectado con el Bajo Egipto a partir del año 137 d.C. mediante la Vía Hadriana. Ese conocimiento del medio permite descripciones lo bastante precisas como para que los historiadores pueden identificar las ubicaciones.

El mar Eritreo y el sudeste asiático, por Jan Janssonius (1658). Los mapas pequeños de las esquinas superiores representan el periplo de Hannón por el noroeste africano y la región Hiperbórea, o sea el Polo Norte y sus inmediaciones, respectivamente/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No obstante, no siempre están tan claras las cosas y un ejemplo típico es Rafta, al que se alude como el mercado más al sur de la costa africana de Azania; ésta, según el capítulo 15, correspondería al área litoral meridional de la actual Somalia y hoy nos consta que Azania era el nombre clásico del sudeste de África tropical, entre Kenia y Somalia. El problema de Rafta es que se sabe de al menos cinco lugares entre Tanga (el norte de la actual Tanzania) y el río Rufiji que responderían a la descripción reflejada en el Periplo en el capítulo 16, según la cual está a dos días de viaje al sur después de las islas Pyralaoi (posiblemente el archipiélago keniata de Lamu) o de Menouthis (quizá Zanzíbar), al final de los «acantilados menores y mayores», las «hebras menores y mayores» y los «siete cursos» de Azania.

Recientes descubrimientos arqueológicos han sacado a la luz numerosos artículos comerciales y monedas romanas en la desembocadura del Rufiji y las islas tanzanas de Mafia y Pemba, lo que puede ser un indicio de la situación de Rafta. Según el capítulo veintisiete, estaría sometida indirectamente a la autoridad de Charibael, o sea, Karab Il, descrito como el monarca legítimo de los homeritas y de «aquellos que vivían junto a ellos, llamados sabaites», sendas referencias a Himyar y Saba (que, curiosamente, no se unificarían bajo la misma corona hasta finales del siglo III d.C.), en el actual Yemen, que mantenían una relación diplomática y comercial con el Imperio Romano.

Entre otras curiosidades, no menciona que haya «etíopes» de piel oscura en Azania (eran gentes afroasiáticas que no fueron sustituidas por los vecinos bantúes mozambiqueños hasta el siglo X d.C.), como curioso es que hable asimismo de una gran ciudad interior de Asia productora de seda a la que llama Thina, uno de los nombres clásicos de China. Hasta allí se llegaría seguramente siguiendo la ruta marítima abierta en el siglo I a.C. por el marino griego Hípalo, quien alcanzó la India navegando desde el mar Rojo (se especula que pudo ser el capitán del barco de Eudoxo de Cícico, explorador del mar Arábigo en tiempos de Ptolomeo VIII).

Por supuesto, el Periplo trata muchos más reinos y tierras que sí son reconocibles. Por ejemplo, en el sur de la península arábiga estaba el reino del incienso, gobernado por un tal Eleazus -que probablemente sería Iliazz Yalit I- según el capítulo trece. Enfrente, el cabo Hafun (el punto más occidental de África), acogía la ciudad de Opone, punto estratégico para el comercio intercontinental, productora de incienso, canela, carey, marfil, animales salvajes y esclavos. También allí estaba Malao, hoy Berbera, exportadora de los mismos productos más artesanía, macir (una planta medicinal árabe) y copal indio.

Algo más al norte, el Periplo ubica al Imperio Aksumita, el más importante del noreste africano entre los siglos I d.C. y VII d.C., punto de encuentro entre el subcontinente indio y el ámbito de dominio de Roma. Dice que por entonces estaba gobernado por Zoskales, al que tilda de «tacaño (…) pero por lo demás recto y familiarizado con la literatura griega», añadiendo que tenía bajo su control dos puertos del mar Rojo: Adulis y Avalites. Algunos lo identifican con el rey Za Haqala, aunque no está claro.

Cambiando de continente, los capítulos cuarenta y uno y cuarenta y nueve reseñan un punto de la geografía de la India: Barígaza (hoy Bharuch, puerto del estado de Guyarat), donde reinaba Nambanus, que se cree que era el sátrapa occidental Nahapana y que también mantenía comercio con Roma. Allí habla de unos pozos excavados por Alejandro Magno (en realidad no llegó tan lejos) y señala la existencia de edificios y dracmas. A propósito del macedonio, también señala que al norte, en el río Jhelum (en el Punjab paquistaní), estaba Alejandría Bucéfala, la ciudad que fundó en honor de su caballo muerto tras la batalla del Hidaspes.

Mapa del Periplo del mar Eritreo con rutas, ubicaciones y productos comerciales/Imagen: George Tsiagalakis en Wikimedia Commons

El capítulo cuarenta y ocho reseña Ujjain, en el actual estado de Madhia Pradesh, cerca de la cual -tierra adentro- se ubicaba la capital real, Ozene, rica en piedras semipreciosas y telas. Y continuando por el litoral indio hacia el sur, en la costa Malabar, se enumeran otras urbes, como Muziris, en el oeste de Tamilakam (actual Tamil Nadu), gobernada por la dinastía Chera o Keralaputra, y Damirica (hoy Limyrike, región costera de Kerala), que servía de enlace con la llanura del Ganges.

Antes hablábamos de las dificultades que presenta el Periplo del mar Eritreo en lo referente a traducciones. Otra más es entender el significado de algunos términos relacionados con el comercio, ya que no tienen equivalente en otras fuentes documentales de la época y obligan a los historiadores a conjeturar. Por ejemplo, lakkos chromatinos, que se supone alude a una resina rojiza india utilizada como laca y colorante, deducción basada en la palabra en latín medieval lacca, tomada del árabe medieval lakk, que a su vez procede del sánscrito lakh. En cualquier caso, rara vez hay documentos tan antiguos que resulten fáciles y su valor testimonial es impagable para los historiadores.

Imagen de portada: Popa de un barco arrocero birmano, mostrando el método de gobierno, idéntico a los timones egipcios y romanos de la época del Periplo | foto dominio público en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Wilfred Harvey Schoff (trad.), The Periplus of the Erythraean Sea | Francisco Pina Polo, Viajes, peregrinos y aventureros en el mundo antiguo: El periplo del mar Eritreo y la presencia romana en el Índico | Wilfred H. Schoff, The Periplus of the Erythræan Sea. Travel and trade in the Indian Ocean | Lionel Casson, The Periplus Maris Erythraei | Ignacio Gómez de Liaño, El círculo de la sabiduría | Francisco José González Ponce, Periplógrafos griegos | Wikipedia.

Antigua Roma/Asía/Navegación/Historia.

 

 

Las doce tablas, como los plebeyos tuvieron que insistir durante años para poner por escrito las primeras leyes en Roma.

Un enconado conflicto social, una turbia rebelión de esclavos, un viaje a tierras griegas, un cambio de régimen, un tirano arrogante, un juicio… El nacimiento de las primeras leyes escritas de Roma, de la primera codificación normativa de la tradición jurídica occidental, está envuelta en una novelesca historia que haría estremecerse hasta al más prolífico de los escritores.

Las Leyes de las Doce Tablas (Duodecim Tabulorum Leges) significó un punto de inflexión en la Historia de Roma y de su Derecho. También conocido como “Código” o “ley decenviral” por haber sido redactado por los decenviros, un colegio excepcional de diez hombres, este cuerpo legal se convirtió en un hito de la literatura jurídica latina, además de servir de fundamento al Derecho civil romano que, a partir de entonces, comenzó a desarrollarse. Su promulgación, a mediados del siglo V a. C, tuvo lugar en un período tan oscuro como turbulento en el que la todavía joven República romana se encontraba inmersa en las luchas intestinas entre patricios y plebeyos, al tiempo que trataba de resistir el embiste de sus vecinos latinos.

No fue un proceso rápido ni inmediato. Al contrario, se precisaron doce largos y conflictivos años hasta que las leyes fueran finalmente grabadas en doce tablas de bronce y expuestas públicamente como, según Livio, fuente de todo Derecho público y privado. Aun en tiempos de Cicerón, cuatrocientos años después, estas antiquísimas leyes continuaban siendo veneradas y aprendidas de memoria por quienes se iniciaban en el estudio del Derecho.

Un Derecho difuso y arbitrario

Antes del surgimiento de las Leyes de las Doce Tablas, durante el período monárquico (753 a.C.- 509 a.C.) y los primeros años de la República, el primitivo derecho romano —o derecho quiritario, porque quirites era el nombre que se daban a sí mismos los antiguos romanos— estaba basado en la costumbre. Se trataba en puridad de un derecho no escrito, resultado de la conducta reiterada de los individuos, y transmitido de forma oral de generación en generación. Precisamente fue esta fuente primigenia del Derecho, la costumbre de los ancestros (o mores maiorum), la que organizó instituciones tan importantes y características del mundo romano como la gens o la familia.

Existe, no obstante, la cuestión de las llamadas “Leyes Regias” (Leges Regiae), normas que, según la tradición posterior, habían sido sancionadas por los propios reyes romanos. Algunas se atribuyen al primer rey y fundador, Rómulo; otras a Numa Pompilio, vertebrador de la religión romana; y otras a Servio Tulio, el sexto de los reyes. Estas leyes habrían sido, según la tradición romana, reunidas por un pontífice llamado Sexto Papirio durante el reinado de Tarquinio el Soberbio, el último de los reyes, dando lugar al Ius Civile Papirianum. Sin embargo, la historiografía moderna cuestiona la veracidad y autenticidad de estas antiquísimas disposiciones apócrifas, que si bien son citadas por los autores romanos pudieron haber sido compiladas a finales de la República.

En cualquier caso, este Derecho arcaico y basado en la costumbre, en la oralidad y en la tradición, y cuyas raíces se hundían en la noche de los tiempos, contenía un alto componente arbitrario que era utilizado por los patricios en su lucha contra los dirigentes plebeyos.

Al no estar escrito el Derecho, ¿quién y cómo se interpretaban estas disposiciones difusas y arcaicas? ¿Cuál era el límite del poder de los magistrados? ¿Dónde estaba el término de sus prerrogativas? ¿Qué alcance podían tener sus decisiones? ¿Dónde, en definitiva, terminaba el Imperium que investía a los magistrados patricios? Empezaba a resultar necesario para los plebeyos el reclamo de un ius scriptum, un derecho escrito que evitara un uso desmedido y arbitrario del poder, especialmente por quienes ostentaban la máxima dignidad del Estado: los cónsules.

La Ley de las XII Tablas en un grabado de otro siglo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La propuesta de Cayo Terentilio Harsa, el precursor de las Doce Tablas

En el año 462 a.C. el plebeyo Cayo Terentilio Harsa fue elegido Tribuno de la Plebe, una magistratura genuinamente plebeya que tenía por objeto primordial la representación, garantía y defensa de los derechos de los plebeyos frente a los abusos de los patricios.

El senado romano en un cuadro de Hans Werner Schmidt (1912) / foto dominio público en Flickr

Livio nos cuenta que el recién elegido tribuno, hastiado de la arrogancia de los patricios y aprovechando que ambos cónsules se encontraban fuera de Roma, arrojó una propuesta sumamente peligrosa para los intereses de los patricios: constituir una comisión de cinco miembros que plasmasen por escrito las leyes que regulaban el poder consular. Terentilio comparaba la autoridad ilimitada que poseían los cónsules con la tiranía y el despotismo de los antiguos reyes de Roma, lo que a su juicio comprometía la libertad del Pueblo Romano. ¿Qué diferencia existía entre un monarca absoluto y dos cónsules con idéntico poder? En ambos casos, argüía un vehemente Terentilio, podían convertirse en tiranos. El ius scriptum era el único camino para poner coto a unas prerrogativas sin límites con las que, hasta entonces, se investían los cónsules.

La medida de Terentilio fue de inmediato contestada por el patricio Quinto Fabio, prefecto de Roma aquel año y máxima autoridad en la ciudad en ausencia de los cónsules. Fabio, combinando la retórica en el Senado con directas amenazas dirigidas hacia Terentilio —al que incluso llega a acusar abiertamente de traición—, logró que el resto de tribunos de la plebe aplacasen a su compañero y paralizaran temporalmente la propuesta.

El conato parecía controlado, pero con su acción Terentilio había sembrado un precedente que daría como fruto la sanción de las primeras leyes escritas de Roma.

Un camino largo y azaroso: la violencia de Ceso y la rebelión de Apio Herdonio

Al año siguiente, el 461 a.C., la propuesta de Terentilio volvía a emerger con fuerza al ser presentada unánimemente por todos los tribunos de la plebe elegidos aquel año. Lejos de ser olvidada, la exigencia de leyes escritas se había convertido en una exigencia de los dirigentes plebeyos. Por supuesto, la reacción patricia en contra de la medida no se hizo esperar. Los cónsules entorpecían la labor de los tribunos y cualquier debate o votación de la propuesta de ley, y los tribunos hacían lo propio con los cónsules. El Foro romano volvía a ser testigo de las luchas, en ocasiones violentas, entre ambos órdenes.

Livio relata en su “Historia de Roma” el peculiar caso del joven patricio Quincio Ceso, que personificó la más férrea oposición a la medida. Ceso, procedente de la gens Quincia, era un muchacho de gran estatura y formidable fuerza física que contaba con excelentes dotes militares y oratorias. Se rodeó de un nutrido grupo de congéneres y, juntos, se adueñaron del foro al más puro estilo de una banda callejera, llegando a emplear una desmedida violencia con tal de obstruir las aspiraciones plebeyas.

Ante semejante panorama, uno de los tribunos de la plebe llamado Aulo Verginio acusó a Ceso de crimen capital y lo llevó ante la Asamblea para ser juzgado. En defensa de Ceso los principales líderes patricios elogiaron la actitud y los valores del joven, atribuyendo muchas de sus acciones a la imprudencia de su juventud. Pero tal era el odio que Ceso despertaba en los plebeyos que de no ser por la protección que le brindaron los propios patricios hubiera sido linchado por la multitud. Para evitar que el joven fuera arrojado a la prisión hasta que se celebrara el juicio y que el conflicto se enconara todavía más, el tribuno Verginio, convencido por sus colegas, acordó la imposición de una fianza.

Sin embargo, el juicio jamás llegaría a celebrarse.

Tan pronto como el rencoroso Ceso abandonó el foro, huyó durante la noche al exilio, hacia el norte, a tierras etruscas. Livio nos cuenta que su partida no evitó que los tribunos reclamaran la fianza a su padre, quien tuvo que vender todos sus bienes para saldarla y acabó viviendo empobrecido en una choza al otro lado del Tíber.

Pero la violencia de Ceso no fue el único episodio que la República tuvo que sortear en su largo y azaroso camino hasta sus primeras leyes escritas. Apenas un año después, en el 460 a.C., la aprobación de la ya recurrente propuesta de Terentilio volvía a ser de nuevo interrumpida por la aparición de un enigmático personaje que, adelantándose cuatrocientos años a Espartaco, protagonizó una rebelión de esclavos: Apio Herdonio Sabino.

Poco se conoce sobre el origen de Apio Herdonio, salvo que era sabino y que, con una banda de exiliados y esclavos armados —cifrados por Livio en dos mil quinientos—, sorprendió a los romanos tomando la que era la ciudadela y la colina más sagrada de Roma: el Capitolio. Sobre cuáles eran los motivos reales de tal acción los desconocemos. Según Livio, Apio Herdonio abrazaba la causa de los condenados y llamaba a liberar a los esclavos.

La repentina irrupción del rebelde Apio Herdonio y su encierro en el Capitolio pilló de imprevisto tanto a los cónsules como a los tribunos de la plebe.

De una parte, los cónsules temían armar a la plebe. ¿Qué impediría, una vez armados los plebeyos, que los tribunos impusieran la aprobación de la ley? ¿Acaso Apio Herdonio estaba compinchado con los dirigentes plebeyos? Al final optaron por armar a la plebe para combatir al enemigo y expulsarlo de la ciudad.

Pero, de otra parte, también los tribunos de la plebe recelaban de la inoportuna toma del Capitolio. Sospechaban que todo aquel asunto podría ser realmente una treta de los patricios para retrasar la aprobación de la ley. A fin de cuentas, los patricios no habían dudado en utilizar la violencia como ya había sucedido con Ceso. ¿De qué más podrían haber sido capaces?

Fue entonces cuando se produjo uno de aquellos episodios tan singulares de la historia romana que, más de dos mil cuatrocientos años después, consiguen dejar al lector actual ojiplático. Porque mientras los rebeldes de Apio Herdonio asomaban por encima de las murallas del Capitolio, a los pies de la colina, en el Foro, y ante el asombro de unos cónsules que no daban crédito a lo que veían, los romanos deponían las armas y se constituían en Asamblea para votar de una vez por todas la anhelada propuesta de Terentilio.

De inmediato uno de los cónsules, Valerio Publícola, reprochó la actitud de los plebeyos. El enemigo estaba en la ciudad y ellos, en lugar de defenderla, preferían votar un proyecto de ley. Al final, los cónsules y los tribunos acordaron posponer la votación de la ley hasta resolver el asunto de Apio Herdonio.

Desde Tusculum llegaron refuerzos para unirse a los romanos. Dispuestos para la batalla, tusculanos y romanos, patricios y plebeyos, ascendieron juntos hacia el Capitolio para combatir a los rebeldes. La resistencia no duró mucho. Los romanos lograron irrumpir en la ciudadela dispuestos a aniquilar a los sublevados. La moral de los defensores no tardó en quebrantarse. Durante la refriega murió Apio Herdonio, pero también el cónsul Valerio Publícola. A pesar de su enfrentamiento con los tribunos, los plebeyos reconocieron la valía del cónsul lanzando monedas de cobre a su casa para que tuviera un funeral espléndido.

Salvado el Estado, nada parecía impedir que se debatiera y votara la propuesta de Terentilio. Empero, aun hubieron de transcurrir seis años más. Año tras año, el asunto de la Ley era planteado por los tribunos y obstaculizado por los patricios, quienes se resistían a ella. El asunto se posponía sine die, pero incluso los patricios tomaron conciencia de que semejante obstinación no podría eternizarse.

Finalmente, en el año 454 a.C., ocho años después de la proposición, los tribunos concedieron que los patricios participaran en la elaboración de las leyes. Estos últimos terminaron accediendo.

El bloqueo se había superado y la República estaba un paso más cerca de contar con un derecho escrito.

En busca de nuevas leyes

En el 454 a.C., el Senado decidió que una legación compuesta por tres miembros patricios viajaría hasta Atenas. Una vez en tierras griegas debían copiar y estudiar las leyes de Solón, uno de los más prestigiosos legisladores de la Antigüedad, y otros textos jurídicos griegos, bajo cuya luz se redactarían las futuras leyes romanas.

Según el relato tradicional, el viaje de los comisionados se prolongó durante dos años, y no regresaron a Roma hasta el 452 a.C. La tradición cuenta que un exiliado griego llamado Hermodoro, natural de Éfeso y exiliado de su patria, auxilió a los legados romanos en su cometido, llegando a establecerse incluso en la ciudad del Tíber.

Verdaderamente la crítica moderna considera poco verosímil este viaje a Grecia por parte de una comisión romana. Posiblemente, el destino de esta delegación fue mucho más modesto y cercano: la Magna Grecia, esto es, las ciudades griegas que salpicaban el sur de Italia y Sicilia. Tal vez fue allí, y no Atenas, hacia donde se encaminaron los tres romanos que debían estudiar las leyes griegas.

En cualquier caso, la influencia griega en la posterior elaboración de las Doce Tablas es indudable. Ejemplo de ello es el concepto de “poena” (pena), procedente del dialecto dorio que se hablaba en las colonias griegas occidentales, la limitación del lujo durante los ritos funerarios, o la cuanto menos llamativa coexistencia de la arcaica ley del talión con la imposición de multas como medio de extinción de la responsabilidad, propia de una legislación mucho más avanzada como la helena.

El regreso de la delegación significó el inicio del proceso de redacción de las leyes, además de un repentino y abismal cambio en la forma de gobierno de la República desde la caída de los Reyes. Se decidió que, para el año siguiente (el 451 a.C.), en lugar de dos cónsules anuales, se designaría a un colegio de diez magistrados, los decenviros —decem, diez; viri, hombres—, quienes además de ostentar la dirección del Estado serían los encargados de redactar tan magno proyecto. Entre estos diez hombres se encontraban, por supuesto, los tres comisionados enviados a Grecia.

La presidencia de este colegio excepcional recayó en el patricio Apio Claudio, quien a decir de Livio de ser un enemigo severo y amargo del pueblo, de pronto aparecía como su defensor. Pero Apio Claudio acabaría desempeñando un papel trascendental en la historia de las Doce Tablas que nos ha legado la tradición romana, y no precisamente por un comportamiento ejemplar al frente de los decenviros.

Lictores portando fasces | foto dominio público en Wikimedia Commons

Promulgación de las Doce Tablas | foto dominio público en Wikimedia Commons

La compilación de las diez primeras tablas

Durante su primer año de mandato los decenviros actuaron de forma asombrosamente armoniosa. Los diez magistrados contaban con plenos poderes sin más límite que el derecho de protesta de cualquiera de sus miembros. Pero lejos de entorpecerse o surgir disensiones en el seno del colegio, el proceder de los decenviros fue unánime y homogéneo.

Cuenta Livio que los decenviros administraban justicia como jueces supremos cada diez días, y siempre por turnos consecutivos. Así, durante dicha jornada, el decenviro encargado de juzgar era precedido por los doce lictores provistos de los fasces, símbolos de la máxima autoridad romana, mientras que los otros nueve eran acompañados por un solo asistente.

Pero la labor fundamental de estos diez magistrados excepcionales, aparte de dirigir el destino de la República y aplicar el derecho, era la de redactar y establecer por escrito las leyes que debían regir al Pueblo Romano, tarea a la que se dedicaron con esmero, según narra el propio historiador patavino en su “Historia de Roma”. En un trabajo tan minucioso como difícil de creer, los decenviros estudiaban previamente las leyes, las discutían entre ellos y, finalmente, las leían públicamente al pueblo.

Antes del término de su primer mandato los decenviros publicaron una serie de leyes recogidas en diez tablas que, presentadas a los romanos, fueron ratificadas por los comicios centuriados. Corrió entonces el rumor de que para completar a la perfección el cuerpo jurídico faltaban algunas leyes más que compilar. El trabajo no había terminado.

Llegado el momento de la elección de los magistrados para el próximo año los romanos optaron por renovar el experimento decenviral. Se eligieron nuevos decenviros, algunos plebeyos incluso, y Apio Claudio volvía a salir elegido.

Pero lejos de continuar la labor legisladora de sus antecesores, este segundo decenvirato no tardó en mostrar la verdadera y tiránica faceta de su poder.

Las tabulae iniquae y el viraje hacia la tiranía.

Si a lo largo del primer año los decenviros habían demostrado una conducta ejemplar, durante el segundo año, el 450 a.C., su comportamiento cambió por completo.

Encabezados por Apio Claudio, y habiendo tomado conciencia tanto de su inmunidad como de sus ilimitadas potestades, los diez decenviros comenzaron a mostrarse inaccesibles, severos y soberbios. Sus planes, si antes eran compartidos con el pueblo, se tornaron secretos. Establecieron entre ellos el acuerdo tácito de no interferir en las decisiones que tomaran individualmente, de modo que acabaron con cualquier posibilidad de restringir el abuso de poder. Desdeñando la costumbre de lucir las insignias de poder por turno, cada decenviro se hacía ahora acompañar por doce lictores, al estilo de los antiguos reyes, y como tales actuaban. Ni siquiera rehusaron que, dentro del pomerium, los fasces llevaran atadas el hacha, símbolo del derecho sobre la vida, aduciendo que al tener dicha prerrogativa no había motivo para no llevarlas.

Un régimen de terror se había impuesto en Roma. Socavaron la libertad de los romanos, y cualquiera que se opusiera a las decisiones de los intocables decenviros era juzgado y condenado a muerte.

La actividad legislativa también se vio mermada por este repentino cambio de actitud. En el segundo año tan sólo se promulgaron dos tablas que se añadieron a las diez anteriores, conformando finalmente las Doce Tablas. Cicerón se refiere a estas dos tablas como las tabulae iniquae, o tablas injustas, y contenían diversas disposiciones que, a modo de cajón de sastre, complementaban las diez tablas anteriores. Entre ellas destacaba la prohibición del matrimonio entre patricios y plebeyos.

No obstante, el episodio más escabroso, y también el más dramático, del segundo decenvirato lo protagonizó el mismísimo Apio Claudio. El decenviro se había encaprichado de una joven llamada Verginia (o Virginia) y con el propósito de satisfacer sus deseos más oscuros pergeñó un cruel artificio para arrebatarle a la joven la libertad. Apio Claudio convenció a un cliente suyo para que proclamara en el foro que Virginia era su esclava, lo que de inmediato despertaría la oposición de los familiares de la muchacha. El cliente arguyó que defendería su derecho sobre Verginia ante un tribunal, y el juez del mismo no era otro que el propio Apio Claudio.

De nada sirvieron las explicaciones y testimonios de familiares y amigos de Verginia. El asunto estaba sentenciado desde el primer momento. El padre de la joven, un centurión llamado Verginio, decidió que la única escapatoria posible para su hija era la muerte. Así, antes de que Apio Claudio emitiera la sentencia, Verginio llevó a su hija a las tiendas del foro y, tomando un cuchillo, dio muerte a la muchacha.

La muerte de Verginia agotó la paciencia de los romanos. Los plebeyos abandonaron Roma y se establecieron en el monte Aventino, donde reinstauraron la autoridad de los tribunos de la plebe, el ejército se amotinó tras conocer la historia de Verginia de la boca de su propio padre, y el Senado exigió a los decenviros que depusieran sus poderes. Enfrentados a todos, éstos acabaron accediendo a cambio de que el Senado los protegiera de la ira popular.

Curioso es cuanto menos el fin del más famoso de los decenviros, Apio Claudio. Tras ser depuesto, Apio Claudio tuvo que hacer frente a las acusaciones de Verginio, que había sido elegido tribuno de la plebe. Sin embargo, el cinismo de Apio Claudio no conocía límites. Tras oír todas y cada una de las inculpaciones que se vertían contra él, el antiguo decenviro, paradójicamente, hizo uso de un derecho que, durante su mandato, había abolido: el derecho de apelación ante el pueblo.

De poco sirvieron los alegatos en defensa de la gens Claudia que hiciera el tío de Apio Claudio. Los romanos compadecían a Verginio y consideraban la defensa de Verginia más justa. Habiendo perdido toda esperanza de salir indemne, el orgulloso Apio Claudio se quitó la vida antes de que el juicio llegara a celebrarse.

El régimen de los decenviros, que había dado a Roma su primer cuerpo legal, las leyes de las Doce Tablas, había terminado.

Representación de las Doce Tablas en Leipzig | foto Andreas Praefcke en Wikimedia Commons

Significado de las Doce Tablas

Dejando a un lado la tradición y los múltiples detalles que enriquecen el relato, no debe obviarse que el nacimiento de las leyes de las Doce Tablas supuso un paso transcendental en la configuración del ulterior derecho romano cuya pervivencia está presente aún en nuestros días.

Como se aventuraba al inicio de este artículo, las Doce Tablas constituyen la primera codificación normativa de la tradición jurídica occidental. Pero aún van más allá. Por primera vez el derecho evoluciona: pasa de estar basado en la costumbre a fundamentarse en la palabra escrita, en el ius scriptum, lo que a su vez garantiza la seguridad jurídica en su aplicación. Además, la ambición del Código decenviral también se refleja en su amago por reunir tanto el derecho privado como el público, tratando de crear un texto unitario que modernizase en cierto modo algunas de las arcaicas leyes que todavía entonces pervivía en la tradición de los antiguos romanos.

En este sentido, y con respecto al derecho romano más arcaico, las Doce Tablas aparecen como leyes seculares. Cierto es que algunas de sus disposiciones conservan aún vestigios de una concepción religiosa, toda una constante en el mundo romano, pero el Código decenviral, a diferencia de la tradición griega o de Oriente Medio, no nace de un respaldo religioso, sino de un legislador mundano, elegido por los propios romanos. Asimismo, su obligatoriedad no surge de la religiosidad, sino ex lege, de la propia ley promulgada y ratificada por los comicios.

Es así que la originalidad romana de estas leyes está fuera de toda duda. No se trata de una mera copia de leyes griegas, pues presencia de elementos y conceptos genuinamente romanos atestiguan la singularidad de estas leyes que supusieron un importante avance en la conciliación entre patricios y plebeyos. De hecho, es precisamente en este marco de conflicto entre ambos órdenes, como se ha expuesto, donde hunde su razón de ser las Doce Tablas, a pesar de disposiciones tan injustas como la prohibición del matrimonio entre patricios y plebeyos, disposición que sería derogada muy pronto, en el 445 a.C., mediante la Lex Canuleia.

Sin embargo, y pese su trascendental importancia, la historia de las Doce Tablas aún continúa ofreciendo oscuros recovecos que la doctrina, tanto jurídica como historiográfica, ha tratado de alumbrar.

En primer lugar, la verosimilitud del relato transmitido por Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso es, sin embargo, difícilmente creíble. Las fuentes adornan con novelescas historias un proceso que debió de ser largo y arduo. El episodio de Apio Claudio y Verginia sería fruto de la invención, habida cuenta de su semejanza con la historia del ultraje de Lucrecia y el fuerte componente moralizador, y muy romano, que ambos sucesos denotan: antes la muerte que la servidumbre.

Algún autor ha llegado a sugerir la hipótesis, sumamente interesante, por cierto, de que en realidad las disposiciones se acompañarían de ejemplos a fin de hacer más comprensible el sentido de las normas. El caso de Verginia, a tenor de la citada tesis, habría sido uno de aquellos ejemplos que la tradición habría tomado como una historia real e incorporado al relato. Aun así, y como toda hipótesis, quedan interrogantes abiertos para los que no hay respuestas.

El Código decenviral original no ha llegado íntegro hasta nuestros días. En el 390 a.C., durante el incendio al que fue sometida Roma por los galos de Breno, las leyes se perdieron. Tras la marcha de los galos los cónsules ordenaron volver a grabar las leyes, pero aunque carecemos de las tablas originales conocemos su contenido por autores posteriores.

En cualquier caso, las Doce Tablas son un fiel reflejo de la idiosincrasia y pragmatismo romano que, con el devenir de los siglos, acabaría configurando el derecho romano que impregnará muchas legislaciones actuales. Un primer y meritorio intento por tratar de sistematizar y configurar un sistema legal confuso, con el objeto de lograr una mayor seguridad jurídica para los ciudadanos romanos y que contribuyese, en última instancia, a alcanzar la igualdad en lo que a la aplicación de las normas se refiere entre patricios y plebeyos. Un ambicioso proyecto que no se repetiría nuevamente hasta la Edad Media, durante el reinado de Justiniano en el siglo VI a.C., más de novecientos años después.


Este artículo es una colaboración de Andrés Sampedro Tébar. Nacido en Sevilla el 21 de marzo de 1995, es graduado en Derecho por la Universidad Hispalense. En 2016 publicó su primera novela histórica, «Pilato, el prefecto de Judea» (Donbuk Editorial), y en 2019 publicó el ensayo «En Nombre del Pueblo Romano. Demagogos, libertadores, populistas y tiranos». Apasionado de la Historia de Roma y del Mundo Antiguo y colaborador del programa radiofónico «Noche de Historia y Misterio».

Fuentes

Tito Livio, Historia de Roma | Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma | José Manuel Roldán Hervás, Historia de Roma | S.I. Kovaliov, Historia de Roma | Eugène Petit, Tratado elemental de Derecho romano | Luis Rodolfo Argüello, Manual de Derecho Romano. Historia e Instituciones | Carlos Amunátegui Perelló, La validez en la ley arcaica. Reflexiones comparativas respecto de las Doce Tablas y las Leges Regiae | Andrés Sampedro Tébar, En Nombre del Pueblo Romano. Demagogos, libertadores, populistas y tiranos.

Imagen de portada: La muerte de Virginia (Camillo Miola), uno de los episodios que encolerizaron a la plebe/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Andrés Sampedro Tébar. 19 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Primeras Leyes/Historia.

 

 

 

 

 

 

Claudio Pompeyano: El militar romano que inspiró el personaje del general Máximo en “Gladiador”.

Este general romano se negó tres veces a ser emperador de Roma.

Pocos saben que el célebre personaje del general Máximo Décimo Meridio, el protagonista de la película “Gladiador” (2000), estaba parcialmente inspirado en Tiberio Claudio Pompeyano, un destacado político y general romano que vivió en el siglo II d.C. y sirvió con singular éxito al emperador Marco Aurelio, fue nombrado cónsul romano en dos ocasiones y llegó al cargo de senador senior de Roma tras rechazar en tres ocasiones ser emperador del Imperio Romano.

Tiberio Claudio Pompeyano nació en Antioquía, Siria, alrededor del año 125 d. C. probablemente como miembro de una familia griega que había conseguido prosperar durante el reinado de Claudio. Y comenzaría su carrera política (“cursus honorum”) como Tribuno Laticlavius de la legión VII Gemina en la Hispania Tarraconense, bajo el reinado del emperador Antonino Pío, entre los años 145-149 d.C., desempeñando más tarde los cargos de cuestor, edil y pretor. 

Durante la campaña contra los partos (161-166 d.C.), emprendida por el co-emperador Lucio Vero, Pompeyano destacó como un eficaz comandante. Y su autoridad y pericia pronto lo convertirían en cónsul sufecto en 162. El co-emperador Marco Aurelio, más tarde, lo nombraría gobernador de la Baja Panonia Inferior, dignidad que desempeñó eficientemente entre los años 164-168 d.C … En el año 167 se enfrentaría exitosamente a la invasión de los germanos marcomanos y cuados, en lo que sería el preludio de las guerras de Marco Aurelio en la zona del Rin-Danubio.

Busto de Tiberio Claudio Pompeyano.

Por su veteranía y notoriedad en las campañas militares frente a los partos y germanos, Claudio Pompeyano pronto se ganaría la confidencia y cercanía de Marco Aurelio, llegando a ser miembro del “consilium” o consejo del emperador. 

En el año 169 d.C., de hecho, después de la muerte de Lucio Vero, el emperador lo hizo casarse con su hija Lucila, la viuda de Vero, contra la voluntad de ella, probablemente para ofrecerle a Pompeyano el título de César, es decir, Marco Aurelio quiso nombrarlo su heredero. 

Sin embargo, Pompeyano rechazó dicha esa dignidad, aunque sería nombrado cónsul ordinario en el año 173 d.C.. Por entonces, Marco Aurelio, cuando Pompeyano obtuvo la magistratura, lo presentó como un ciudadano romano ejemplar ante el Senado: “Así pues, padres conscriptos, en recompensa de vuestras felicitaciones por mi victoria elevo al consulado a mi yerno; me refiero a Pompeyano, cuya edad debería haber sido remunerada hace tiempo con esta magistratura”.

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Debido a su veteranía y competentes resultados militares en la Germania, Pompeyano continuó desempeñándose como general en las guerras marcomanas, emprendiendo exitosas operaciones en el Danubio. 

Según algunos historiadores, es probable que haya sido el “legatus” con mayor autoridad de dicha campaña. Precisamente, debido a sus éxitos militares contra los bárbaros, cuando tras la muerte de Marco Aurelio su hijo Cómodo fue entronizado en el sillón imperial, Pompeyano sugirió al joven emperador que prosiguiera combatiendo a los marcomanos. 

En el año 182 d.C. la esposa de Pompeyano, Lucila, se vio involucrada, junto a algunos miembros del Senado, en una conspiración para acabar con la vida de Cómodo, su propio hermano que ya era emperador en esa época. Según sus planes, un sobrino de Pompeyano debía apuñalar a Cómodo, pero el asesino se anticipó al mostrar sus intenciones, pues según la leyenda le dijo al emperador: “esta es la daga que te envía el Senado”, lo que dio tiempo a Cómodo para actuar y abortar el complot. 

Los principales involucrados, incluidos varios conocidos senadores, serían ejecutados, al igual que Lucila, que encontró la muerte después de ser enviada al exilio a la isla de Capri.

Máximo

Como al parecer Pompeyano había sido excluido de la conjura contra el emperador, Cómodo no ejecutó medidas punitivas en su contra.

En el 182 d.C., cuando Pompeyano tenía 57 años, se retiró de la vida pública para radicarse en la bucólica tranquilidad de Terracina, una de sus propiedades italianas. 

Pasó la mayor parte del tiempo en el campo, arguyendo su edad y una dolencia en los ojos como excusa para no regresar a Roma. Pompeyano se mantendría alejado de la política contingente romana hasta el asesinato del emperador Cómodo en el 192 d.C., cuando Pértinax, un antiguo camarada del ejército, le ofreció el trono imperial, que él volvió a rechazar. 

Pertinax se proclamó entonces emperador, pero sería asesinado por la guardia pretoriana a sólo casi tres meses de haber iniciado su reinado. Didio Juliano, quien había sido nombrado emperador al pujar más alto en una insólita subasta que organizó la guardia pretoriana para elegir al nuevo César, no pudo obtener apoyos ni siquiera entre sus propias tropas y, en un intento desesperado por salvar su vida, le pidió a Pompeyano que fuera co-emperador con él, honor que Pompeyano volvería a declinar, al parecer argumentando que se lo impedían su ceguera y sus problemas de salud.

Juliano sería ejecutado posteriormente por un soldado a las órdenes de Septimio Severo, después de reinar tan sólo durante sesenta y seis días. Claudio Pompeyano, el general que rechazó tres veces ser emperador de Roma, fallecería al poco tiempo después, en el año 195 d.C.

Hoy, los historiadores aún no se ponen de acuerdo para definir la enigmática figura de Claudio Pompeyano, un militar y político que desde joven se había elevado desde un modesto origen para servir a Roma en las principales guerras de la época ante enemigos formidables, cuando la “aurea aetatis” (“edad dorada”) del Imperio se aproximaba a su ocaso. 

Su reiterada negativa a ser nombrado emperador esconde motivaciones que nadie más conoce, aunque es inevitable pensar que sus intereses personales estaban puestos solamente al servicio de Roma, y no a su propia ambición, lo que ciertamente lo asemeja al cinematográfico personaje del general Máximo Décimo Meridio encarnado por Russell Crowe en la película “Gladiador”. Por lo pronto, en el siglo IV, el emperador Juliano, refiriéndose a Claudio Pompeyano, dijo una vez que el emperador Marco Aurelio “tenía un excelente yerno que habría administrado mejor el Estado”.

Imagen de portada: El emperador romano Marco Aurelio y el general romano Máximo Décimo Meridio, en un fotograma de la película “Gladiador”.

FUENTE RESPONSABLE: Guioteca. Por Carlos Fuentes. 19 de septiembre 2022.

Antigua Roma/Historia/Tiberio Claudio Pompeyano/Marco Aurelio.