EL MAPA SECRETO DE LOS BABUINOS SAGRADOS.

EGIPTO Y LOS REINOS MÍTICOS.

Los faraones adoraban a estos animales como a un dios. Ahora, los arqueólogos analizan sus momias en busca de respuestas. Creen que su interior puede desvelar la secreta ubicación de uno de los lugares más misteriosos del antiguo Egipto: el legendario reino de Punt.

Encarnación del dios de la sabiduría y consejeros del dios Sol. Así consideraban los antiguos egipcios a los babuinos. Y, en consecuencia, los adoraban. 

Estos primates no fueron solo momificados, sino que eran considerados auténticos dioses. De hecho, aparecen en pinturas, relieves, estatuas, joyas…; y son un motivo recurrente a lo largo de tres mil años de historia egipcia.

El babuino no fue el único animal reverenciado por los egipcios. También adoraron al chacal o el halcón, pero la elección de los babuinos sorprende. Primero, porque la mayoría de las personas que viven cerca de estos animales los considera unas alimañas peligrosas –de hecho, en el arte y la artesanía del África subsahariana, que es donde habitan, no aparecen representados–. Y, en segundo lugar, es el único animal del panteón de los faraones que no es nativo de Egipto.

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Los amigos de los faraones. Los babuinos eran unas apreciadas mascotas de compañía y símbolo de elevada posición social. Tutankamón lucía un collar adornado con babuinos y las paredes de su sepulcro (en la foto) están decoradas con doce de estos primates.GETTY IMAGES

Los arqueólogos llevan tiempo intentando descubrir el porqué de la adoración al babuino y, en concreto, a la especie Papio hamadryas. La Universidad de Boulder (Colorado, EE.UU.) ha hecho varios descubrimientos interesantes. Lo ha contado el biólogo evolucionista del equipo, Nathaniel J. Dominy. «Nuestro trabajo apunta a que la deificación de esta especie tiene una explicación biológica. Pero, además, nuestras averiguaciones sobre la procedencia de los babuinos sagrados arrojan luz sobre otro enigma: la probable ubicación del legendario reino de Punt».

Los microbios tienen la culpa.

Para estos investigadores, la respuesta a por qué los babuinos fascinaban a los egipcios tiene que ver, aunque ellos no lo supiesen, con los microbios. Pero vayamos por partes.

Los babuinos se dividen en seis especies. Los investigadores saben que los antiguos egipcios importaron dos tipos de babuino: el oliváceo y el hamadryas. Sin embargo, tan solo reverenciaban a este segundo. ¿Por qué? 

Pues bien, la razón es que pasan más tiempo al sol.

Una de las claves de los babuinos hamadryas está en su microbioma. Para hacer la digestión, necesitan pasar tiempo al sol y lo celebran con aullidos. Los egipcios vieron en ello un saludo al dios Ra.

Los antiguos textos funerarios de las pirámides describen al babuino como «hijo primogénito y más querido por Ra», el dios Sol. 

En 1979, la egiptóloga Elizabeth Thomas aventuró que los egipcios vieron a los primates inmóviles frente al sol naciente para entrar en calor por la mañana e interpretaron su comportamiento como una bienvenida al sol. La teoría se vio reforzada después por el egiptólogo Herman te Velde, quien la amplió haciendo hincapié en los gritos que emitían los babuinos, una algarabía que pudo ser interpretada como una señal religiosa.

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Los babuinos sagrados. Las primeras momias de babuinos fueron halladas en 1906 por Theodore M. Davis, abogado y financiero estadounidense, en el Valle de los Reyes (Egipto). La aparición de estos animales en tumbas reales y lo esmerado de su momificación –con grandes cantidades de lino de la mejor calidad– dejan claro su valor sagrado.GETTY IMAGES

Lo cierto es que muchos animales ‘lagartean’ bajo el sol. Es su forma de entrar en calor tras el sueño de la noche sin malgastar energías. 

Pero ahora se ha descubierto que los babuinos también se dan baños de sol con otro objetivo: mejorar la digestión. ¿El motivo? 

El ascenso de la temperatura corporal espolea la actividad microbiana, lo que mejora la absorción de nutrientes por parte del intestino. Eso explicaría por qué algunas especies de primates ‘lagartean’ más que otras; sus baños solares dependen de su dieta. 

Los babuinos hamadryas viven en zonas áridas del Cuerno de África y Arabia y comen más tallos y hojas que los oliváceos, lo que redunda en una dieta más rica en fibras y un diferente proceso digestivo.

De hecho, según los estudios de la Universidad de Boulder, poseen un microbioma diferente. El babuino hamadryas tiene más microbios del tipo celulósico y para procesar tanta fibra tiene que pasar más tiempo al sol. 

Y lo celebra de forma más efusiva. «Es decir, los hamadryas tenían unos comportamientos matinales que cuadraban con las convicciones religiosas de los egipcios. De ahí su predilección por esta especie», explica Dominy.

La ruta de los babuinos

Los hábitos alimentarios de los babuinos también están contribuyendo a dilucidar otro gran misterio del Egipto antiguo: la ubicación del reino de Punt, un país exótico de riquezas sin igual. Un reino lejano donde, según se cuenta en los escritos de la época, los egipcios adquirían sus objetos de lujo: oro, incienso, marfil… y babuinos. Las expediciones marítimas desde el puerto de Mersa Gawasis hacia Punt, descrito como «la tierra de Dios», están documentadas, pero Punt sigue sin haber sido ubicado en un mapa con certeza; no se han encontrado restos arqueológicos.

Los dientes de las momias pueden revelar la procedencia de estos animales: el remoto y riquísimo mercado de lujo del reino de Punt.

Resolver este misterio es relevante porque la ruta marítima a ese mercado de lujo que era Punt está considerada como el embrión de la Ruta de las Especias, la red comercial que facilitó el desarrollo de técnicas de navegación e influyó de forma decisiva en la geopolítica mundial a lo largo de milenios.

A falta de restos arqueológicos, los babuinos hamadryas procedentes de Punt, pensaron los investigadores, podrían facilitar pistas decisivas para la ubicación del legendario reino. Para ello analizaron en detalle dos momias que se encuentran en el Museo Británico.

Los movimientos en vida de los babuinos momificados se pueden reconstruir examinando los compuestos químicos de sus tejidos. Los científicos se centraron en uno en particular, el estroncio, que se encuentra en el lecho rocoso y que es específico de una ubicación geográfica concreta. A medida que este material se va erosionando, el suelo y el agua lo absorben y entra en la cadena alimentaria. El estroncio presente en los dientes de un individuo puede revelar su lugar de nacimiento, mientras que el hallado en huesos y cabello –cambiantes a lo largo de la vida– indica dónde estuvo viviendo.

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Un largo viaje. Para conseguir los babuinos, los egipcios tenían que recorrer más de mil kilómetros en sus embarcaciones sin timón, lo que demuestra que tenían un extraordinario talento para la navegación. Llegaban a lo que hoy es Etiopía y Somalia, donde se llevaban a cabo intercambios comerciales de gran importancia, que contribuyeron a trazar el mapa geopolítico del mundo.GETTY IMAGES

Comparando el estroncio presente en las dos momias con el de los babuinos que viven en diferentes regiones africanas (examinaron los tejidos de 155 babuinos de 77 ubicaciones distintas) concluyeron que los momificados nacieron en la región situada al sur del mar Rojo, las actuales Etiopía, Eritrea, Yibuti y Somalia. 

Y confirma la asombrosa capacidad de navegación de los egipcios dos mil años antes de Cristo. Que los babuinos fueran importados desde el otro extremo del mar Rojo implica que eran capaces de recorrer más de 1300 kilómetros de ida y vuelta en barcos descubiertos sin quilla ni timón.

«La travesía era peligrosísima y seguramente no es casual que una de las narraciones más famosas de la literatura egipcia sea la Historia del marinero náufrago, que relata lo sucedido a un marino a quien las olas empujan a una mágica isla en el mar Rojo», cuenta Dominy, quien especula con el asombro que causaría en esos pueblos remotos que los egipcios pagasen por sus babuinos, unos animales que para ellos eran y siguen siendo una plaga.

Imagen de portada: GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: ABC XXI Semanal. Por Judy Clarke. Diciembre 2021

Arqueología/Antropología/Reinos míticos/Antiguo Egipto/Sociedad y  Cultura 

La historia de Ötzi: el ‘hombre de hielo’ de los 61 tatuajes asesinado hace 5,300 años.

Ötzi murió asesinado hace 5 mil años, cuando una flecha le perforó el pulmón izquierdo en circunstancias misteriosas.

Ötzi murió en el 3255 a.C., cuando tenía aproximadamente 46 años y atravesaba los Alpes, entre lo que hoy es Austria e Italia. Era un hombre de cabello castaño y largo, que medía 1.59 metros de altura y pesaba alrededor de 50 kilogramos.

Su cuerpo permaneció congelado durante casi 5,300 años, periodo en el que se momificó naturalmente debido a las bajas temperaturas extremas de los Alpes de Ötzal. Así se mantuvo hasta septiembre de 1991, cuando un par de alpinistas alemanes encontró sus restos durante una excursión.

Su alto grado de conservación les llevó a pensar que se trataba del cadáver de un alpinista que había muerto recientemente; sin embargo, científicos de la Universidad de Innsbruck, en Austria, se percataron que estaban frente a un hallazgo histórico al descubrir en la datación que fue asesinado hace más de 5 mil años.

Ötzi

Foto: Getty Images

Los restos de una flecha que le perforó el pulmón izquierdo, además de un traumatismo craneal y algunas costillas rotas revelan que los últimos minutos en la vida de Ötzi debieron ser agónicos: el ‘hombre de hielo’ sufrió un ataque a unos 3,200 metros de altura sobre el nivel del mar, del que no salió bien librado.

Hallado con los pies cruzados y el brazo izquierdo extendido en una posición inusual, la hipótesis más aceptada es que Ötzi se encontraba descansando después de una comida copiosa cuando fue atacado por sorpresa. 

La punta de flecha se alojó en su omóplato izquierdo, provocando un daño irreversible a sus arterias y pulmones. 

La siguiente pista es la acumulación de sangre en el cráneo, que delata un traumatismo. Aunque no es posible conocer con certeza la naturaleza del impacto, es probable que el flechazo provocara su caída o bien, que una vez disminuido, su enemigo se acercara para asestarle un golpe final.

Hoy sabemos que su estado de salud era delicado, pero acorde a su edad y la época: Ötzi era intolerante a la lactosa, sufría de caries dentales y presentaba una artritis avanzada que debió haberle provocado dolores intensos.

Ötzi

Foto: Getty Images

Además, el tracto intestinal de Ötzi revela que llevaba una dieta similar a la contemporánea de nuestra especie: con una combinación entre plantas, proteínas de origen animal, carbohidratos y lípidos, es posible asegurar que su alimentación era omnívora y se adecuaba a la vida de alta montaña que llevaba.

Entre su indumentaria llevaba un gorro elaborado con piel de oso, mientras que su pantalón era de piel de cabra. En sus pies, zapatos de cuero y paja, que le permitían caminar sobre la nieve sin alcanzar el grado de congelación. 

Estaba armado con un cuchillo y un hacha de cobre, pero no fue suficiente para defenderse.

El rasgo más notorio de Ötzi son los 61 tatuajes que lleva en todo su cuerpo: un conjunto de líneas paralelas a lo largo de rodillas, tobillos, la espalda baja y otras zonas relacionadas con dolores musculares en la edad avanzada.

La hipótesis más aceptada al respecto es que cada tatuaje representó una especie de tratamiento para el dolor similar a la acupuntura china, que pudo estar acompañado de rituales de sanación que se apegaban a las creencias religiosas de él y su grupo.

Como ningún otro hallazgo, el de Ötzi ha permitido conocer más a fondo sobre los humanos que se extendían por el continente hace 5 milenios. A 30 años de su descubrimiento, la momia más antigua de Europa seguirá aportando información clave para entender cabalmente cómo era la vida de nuestra especie en la Edad de Cobre.

Imagen de portada: Gentileza de National Geographic

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC. Por Alejandro López. Octubre 2021.

Evolución/Homo sapiens/Ciencia/Antropología

La verdadera razón por la que los humanos somos la especie dominante. Parte 2/2

En épocas medievales, sólo los reyes y nobles gozaban del estilo de vida abundante del que cada vez más de nosotros tiene hoy día.

Los que trabajaban largas horas en los campos naturalmente querían almacenar sus granos. Y luego estaban los que tenían las armas de metal que se llevan su tajada de esos graneros a manera de impuestos.

De hecho, durante miles de años, el estándar de vida de la gran mayoría de la gente en la Tierra no mejoró significativamente, a pesar de la abundancia producida por la agricultura.

«Las sociedades cazadoras recolectoras fueron las sociedades afluentes originales», dice Claire Walton, arqueóloga residente de la Antigua Granja Buster, un museo arqueológico al aire libre en Hampshire, Inglaterra. 

«Gastaban unas 20 horas a la semana en lo que se podría llamar puro trabajo».

En comparación, un granjero romano o sajón de la Edad de Hierro, Neolítica, tendría que gastar el doble de eso, opina.

Sólo los reyes y los nobles vivían ese estilo de comodidad del que cada vez más de nosotros gozamos hoy en día.

Se necesitaría un cambio contundente en el uso de energía para lograr eso, un cambio impulsado por combustibles fósiles.

Llegado el siglo XVIII, nuestras sociedades cada vez más pobladas empezaron a estrellarse contra los límites de la energía que los rayos de sol podían producir a diario.

El cohete, la locomotora diseñada y construida por George and Robert Stephenson

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

El cohete, como se llamó la locomotora diseñada y construida por George and Robert Stephenson.

La catástrofe malthusiana se cernía sobre nosotros. ¿Cómo podríamos cultivar comida lo suficientemente rápido para alimentar todas esas bocas o, en efecto, tener suficiente madera para construir nuestras casas y barcos, y producir el carboncillo para fundir todas nuestras herramientas de metal?

Así que empezamos a recurrir en cambio a una piedra negra que podríamos excavar y quemar en cantidades casi ilimitadas.

El carbón contiene la energía solar atrapada durante millones de años de los bosques fosilizados.

En el siglo XX, esa materia negra sería reemplazada por unos yacimientos geológicos aún más ricos en energía fotosintética: petróleo y gas natural.

Y con estos, todo tipo de actividades nuevas fueron posibles.

Los combustibles fósiles no sólo eran abundantes. También proporcionaban mayores fuentes de energía, liberándonos de nuestra dependencia de los animales.

Primero llegaron los motores de vapor, que convertían el calor del carbón en movimiento. Luego el motor de combustión interna. Después, la turbina de propulsión.

El cohete Saturno V: una máquina industrial extrema con millones de caballos de fuerza.

«Un caballo sólo te puede dar un caballo de fuerza», explica Paul Warde, un historiador ambiental de la Universidad de Cambridge.

«Ahora contamos con máquinas industriales que pueden darnos decenas de miles de caballos de fuerza y en su mayor expresión el cohete Saturno V: 160 millones de caballos de fuerza que puede lanzarte afuera de la superficie de la Tierra».

Los combustibles fósiles impulsan mucho más que nuestros vehículos.

Aproximadamente El 5% del suministro de gas natural mundial se usa para crear fertilizantes basados en amoníaco, por ejemplo, sin los cuales la mitad de la población mundial sufriría hambruna.

Convertir el hierro en acero consume 13% de la producción global de carbón.

Más o menos 8% de las emisiones de CO2 del mundo se generan del concreto.

Pero la quema de combustibles fósiles ha tenido un efecto increíble en nuestro estándar de vida.

Desde la Revolución Industrial nos hemos vuelto más altos, más saludables, nuestra expectativa de vida ha aumentado enormemente y, en el mundo desarrollado, estamos en promedio entre 30 y 40 veces mejor que antes.

Paneles de energía solar en Turquía

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La humanidad podría regresar a depender del Sol para suplir nuestras necesidades energéticas.

Y todo eso es gracias a la revolución energética impulsada por combustibles fósiles, argumenta Vaclav Smil, de la Universidad de Manitoba, Canadá, un destacado experto en el papel de la energía en nuestras sociedades.

«Sin los combustibles fósiles, no hay transporte masivo rápido, no hay vuelos, no hay excedente de producción de alimentos para el consumidor, no hay teléfonos celulares hechos en China, transportados a Southampton en un buque gigante con 20.000 contenedores. Todo eso se debe a los combustibles fósiles», afirma.

Vivimos en una sociedad de combustibles fósiles, asegura Smil.

Pero, mientras nos han distanciado cada vez más del yugo agrario, y creado nuestra economía global y altos estándares de vida, el catastrófico cambio climático que están creando ahora amenaza con descarrilar esa sociedad.

Así como hace dos siglos alcanzamos los límites de lo que podía lograr la agricultura, ahora el calentamiento global nos está imponiendo un límite a lo que el carbón, el petróleo y el gas pueden hacer con seguridad.

Ha creado el mayor reto jamás enfrentado por la sociedad humana -el tener que regresar a depender de la entrada diaria de energía del Sol para suplir nuestras enormes demandas de energía de una población de 8.000 millones de personas que sigue creciendo.

Justin Rowlatt es productor de «A Pyrotechnic History of Humanity» (Una historia pirotécnica de la humanidad) que se transmitió por Radio 4 de la BBC.

Imagen de portada: Gentileza de GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Por Justin Rowlatt & Laurence Knight – Marzo 2021

Economía/Sociedad y cultura/Seguridad Alimenticia/Historia/Evolución/Antropología/Cambio Climático/Arqueología/Industria petrolera/Biología/Agricultura/Ciencia/Energía.

La verdadera razón por la que los humanos somos la especie dominante. Parte 1/2

La excepcional relación de la humanidad con la energía empezó hace cientos de miles de años, con el descubrimiento del fuego.

Desde los primeros humanos que frotaron dos palos para hacer fuego, hasta los combustibles fósiles que impulsaron la revolución industrial, la energía ha jugado un papel central en nuestro desarrollo como especie. Pero la manera en que la consumen nuestras sociedades también ha creado el mayor reto para la humanidad. Uno que requerirá todo nuestro ingenio para resolver.

La energía es la clave del dominio mundial de la humanidad.

No solo se trata del combustible que impulsa los aviones y nos permite atravesar continentes enteros en pocas horas, o las bombas que construimos que pueden aplastar ciudades enteras, sino las enormes cantidades de energía que consumimos todos los días.

Considera esto: un ser humano en reposo requiere la misma cantidad de energía que una bombilla incandescente tradicional para sostener su metabolismo -unos 90 vatios (julios por segundo)-.

Pero lo que un humano promedio en un país desarrollado usa se acerca a 100 veces esa cantidad, si se suma la energía necesaria para movernos, construir y calentar nuestras casas, cultivar nuestro alimento y todas las otras cosas a las que se dedica nuestra especie.

El estadounidense promedio, por ejemplo, consume unos 10.000 vatios.

Esa diferencia explica mucho sobre nosotros, nuestra biología, nuestra civilización y el increíblemente próspero estilo de vida que llevamos, comparado, naturalmente, con los otros animales.

Cráneos de antiguos homínidos

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Los cerebros de los humanos modernos (el de arriba y el de abajo a la derecha) son más grandes que los de nuestros antiguos antepasados. 

¿Influyó el control del fuego en el crecimiento del cerebro?

Porque, virtualmente contrario a todas los demás seres de la Tierra, nosotros los humanos hacemos mucho más con la energía que impulsa nuestro metabolismo.

Somos criaturas de fuego.

La excepcional relación de la humanidad con la energía empezó hace cientos de miles de años, con el descubrimiento del fuego.

El fuego hizo mucho más que mantenernos calientes, protegernos de nuestros depredadores y darnos una nueva herramienta para la caza.

Una serie de antropólogos cree que el fuego realmente modificó nuestra biología.

«Cualquier cosa que permite a un organismo adquirir energía de forma más eficiente va a tener efectos enormes en la trayectoria evolutiva de ese organismo», explica la profesora Rachel Carmody de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts.

Ella cree que el desarrollo clave fue la cocina. La cocina transforma la energía disponible de la comida, arguye.

Los carbohidratos, proteínas y lípidos que aportan nutrientes a nuestros cuerpos se desenvuelven y son liberados cuando se calientan.

Eso facilita que nuestras enzimas digestivas trabajen más eficientemente, extrayendo más calorías más rápidamente que si consumiéramos la comida cruda.

Interprétalo como una manera de «predigestión» de la comida.

Un bombillo incandescente

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Un ser humano en reposo requiere la misma cantidad de energía que una bombilla incandescente para sostener su metabolismo.

La profesora Carmody y sus colegas creen que esa energía adicional garantiza la evolución de nuestros pequeños intestinos gruesos y relativamente grandes cerebros -hambrientos de energía- que nos distinguen de nuestros más cercanos parientes primates.

Y, a medida que nuestros cerebros fueron creciendo, se creó un círculo de retroalimentación positiva.

Cuando se añaden neuronas al cerebro mamífero, la inteligencia aumenta exponencialmente, indica Suzana Herculano-Houzel, neurocientífica basada en la Universidad de Vanderbilt, en Nashville, Tennessee.

Con cerebros más inteligentes, nos volvimos mejores para la caza y el forrajeo.

También encontramos mejores maneras de tener acceso a las calorías en la comida -al machacarla con una roca, molerla en harina, o simplemente dejar que se pudra- y, por supuesto, asarla sobre el fuego.

Al hacerlo, aumentamos aún más el suministro de energía para nuestros cuerpos.

Esto nos permitió evolucionar cerebros más inteligentes y el resultado de este círculo virtuoso impulsó nuestros cerebros al primer puesto de la clase.

Una pintura rupestre en España que se interpreta como una persona escalando un peñasco con cuerdas para recolectar miel de una colmena de abejas. Es posible que esté usando el humo de una tea para ahuyentar las abejas.

A lo largo de cientos de miles de años, el clima cambió constantemente, con capas de hielo que se extendían y luego se retiraban por todo el hemisferio norte.

La última Edad de Hielo terminó hace unos 12.000 años. Las temperaturas globales subieron rápidamente y luego se estabilizaron, y la humanidad se embarcó en su siguiente transformación energética.

Fue una revolución que vería al mundo alcanzar niveles sin precedentes de cambio tecnológico.

«En 2.000 años, por todo el mundo, en China, en Oriente Próximo, en Sudamérica, en Mesoamérica, hubo pueblos domesticando cultivos», dice el doctor Robert Bettinger, de la Universidad de California, Davis.

La plantación de cultivos fue prácticamente imposible durante la Edad de Hielo, opina, pero el nuevo clima cálido, junto con un gran aumento de dióxido de carbono (CO2), fue muy propicio para la vida vegetal.

El mono que cocinaba se convirtió también en un mono que cultivaba.

Mural de un cultivador en la tumba de Sennedjem, un artesano que vivió en antiguo Egipto

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Mural de un cultivador en la tumba de Sennedjem, un artesano que vivió en el antiguo Egipto.

Se requirió una gran inversión de energía humana en la forma de trabajo arduo y duro. A cambio, nuestros antepasados cosecharon un suministro de comida más abundante y fiable.

Piensa un instante sobre lo que hay que hacer para cultivar.

Los campos actúan como una especie de panel solar, pero en lugar de producir electricidad, convierten los rayos del sol en paquetes de energía química digerible.

Principalmente estaban los cultivos de cereales -granos domesticados como el trigo, el maíz y el arroz- que actuaban como una especie de moneda [o bien] de energía almacenada.

Ese bien se puede guardar en un silo para consumirlo cuando venga bien en los meses de invierno. O se puede llevar hasta el mercado para intercambiar por otros. O reinvertirlo plantando la siguiente cosecha.

O para engordar animales, que pueden convertir esa energía en carne, lácteos o fuerza de tiro.

Mohenjo Daro en Pakistán

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Después de la llegada de la agricultura, los humanos empezaron a experimentar con la convivencia en grandes y complejos asentamientos, como Mohenjo Daro en Pakistán.

Con el paso de los siglos, los animales y plantas domesticados en diferentes sitios del mundo se fusionarán en una especie de paquete agrícola, señala Melinda Zeder, una arqueóloga que estudia el desarrollo de la labranza pastoral en el Instituto Smithsonian.

Los cultivos alimentaron a los animales. Los animales trabajaron la tierra. Su estiércol alimentó a los cultivos. Y, dice la doctora Zeder, como paquete, aportaron una fuente de comida mucho más fiable y abundante.

Más comida significó más población, que podía expandirse a nuevos territorios y desarrollar nuevas tecnologías que producían aún más comida.

Fue otro ciclo virtuoso, pero esta vez impulsado por la energía solar captada a través de la agricultura.

El excedente de energía creado significó que podíamos sostener poblaciones más grandes y, lo que es más, no todos tenían que dedicarse al cultivo.

Las personas podían especializarse en la fabricación de herramientas, de casas, fundiendo metales o, si vamos al caso, diciéndole a otros qué era lo que debían hacer.

La civilización iba en desarrollo y con ella también hubo cambios fundamentales en las relaciones entre personas.

Las comunidades cazadoras recolectoras tienden a compartir sus recursos equitativamente. En comunidades agrícolas, en contraste, se pueden desarrollar profundas desigualdades.

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FUENTE RESPONSABLE: BBC News Por Justin Rowlatt & Laurence Knight – Marzo 2021

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Descubren cuál fue el primer animal con colmillos y las pistas de cómo evolucionaron hasta hoy.

Mucho antes de la aparición de los dinosaurios, una extraña criatura  prehistórica desarrolló colmillos por primera vez.

Un equipo de paleontólogos de la Universidad de Harvard, el Field Museum, la Universidad de Washington y la Universidad Estatal de Idaho rastreó la historia evolutiva de los primeros colmillos y para su sorpresa, descubrió que estos dientes especiales que jamás dejan de crecer fueron desarrollados incluso antes de la aparición de los dinosaurios:

Para delimitar el tema de estudio, el equipo primero redefinió qué es un colmillo, un término que calificaron de «increíblemente ambiguo» debido a su amplio uso. Desde su perspectiva, un colmillo debe cumplir con tres requisitos: debe seguir creciendo durante toda la vida, tiene que sobresalir del resto de la dentición y hacerlo más allá de la boca y sobre todo, el material de la superficie debe estar compuesto de dentina.

colmillos evolución

Foto: Getty Images

De ahí que los colmillos sean un rasgo único de los mamíferos, nunca reportado en reptiles, aves, peces o alguna otra especie.

Rastreando el origen de los colmillos

Decenas de millones de años antes de los elefantes, las morsas o los jabalíes, un ancestro de los mamíferos llamado dicinodonte desarrolló los colmillos más antiguos jamás conocidos. 

Con un cuerpo similar al de un cerdo con patas y pico propias de un reptil, estos animales habitaron la tierra entre 270 a 201 millones de años previo a los dinosaurios y durante un tiempo fueron los herbívoros más comunes en el planeta.

La principal característica de los dicinodontes es el par de colmillos que asoman sobre su mandíbula superior

Con un pico similar al de las tortugas y un tamaño que varía desde una rata hasta un elefante, fueron descubiertos hace 176 años; sin embargo, un nuevo estudio encontró que además de tratarse de los primeros colmillos, esta característica apareció a partir de una evolución convergente, es decir, distintas especies desarrollaron colmillos con estructuras similares de forma independiente, un rasgo que se repite al analizar la historia evolutiva de los dicinodontes.

El hecho de que los colmillos hayan evolucionado en distintas ocasiones abre un sinfín de nuevas interrogantes para los científicos sobre las condiciones anatómicas necesarias para su aparición. 

colmillo evolución

Foto: Ken Angielczyk

En el caso de los dicinodontes, una adaptación que dio origen a un ligamento flexible y una baja variación en el reemplazo de piezas dentales pudo haber propiciado el surgimiento de los primeros colmillos:

“LOS COLMILLOS DE LOS DICINODONTES PUEDEN DECIRNOS MUCHO SOBRE LA EVOLUCIÓN DE LOS COLMILLOS DE LOS MAMÍFEROS EN GENERAL. ESTE ESTUDIO MUESTRA QUE SE NECESITAN TASAS REDUCIDAS DE SUSTITUCIÓN DE DIENTES Y UN LIGAMENTO FLEXIBLE QUE FIJE EL DIENTE A LA MANDÍBULA PARA QUE LOS VERDADEROS COLMILLOS EVOLUCIONEN. ESTO NOS PERMITE COMPRENDER MEJOR LOS COLMILLOS QUE ENCONTRAMOS HOY EN LOS MAMÍFEROS”, EXPLICA KENNETH ANGIELCZYK, COAUTOR DEL ESTUDIO.

Imagen de portada: Gentileza de GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC Por Alejandro López

Animales prehistóricos/Evolución/Antropología

 

 

¿Seguiríamos viéndonos a nosotros mismos como ‘humanos’ si otras especies de homínidos como los neandertales no se hubieran extinguido? Final.

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Hay tantas cosas sobre los neandertales que no sabemos y nunca lo sabremos. Pero si eran tan parecidos a nosotros en sus esqueletos y su comportamiento, es razonable suponer que pueden haber sido como nosotros en otras formas que no dejan un registro: que cantaron y bailaron, que temieron a los espíritus y adoraron a los dioses, que se maravillaban de las estrellas, contaban historias, se reían con amigos y amaban a sus hijos. En la medida en que los neandertales eran como nosotros, debían haber sido capaces de actos de gran bondad y empatía, pero también de crueldad, violencia y engaño.

neandertal

Se sabe mucho menos sobre otras especies, como los denisovanos, el Homo rhodesiensis y los sapiens extintos, pero es razonable suponer por sus grandes cerebros y cráneos de aspecto humano que también se parecían mucho a nosotros.

Amor y guerra

Admito que esto suena especulativo, pero por un detalle. El ADN de los neandertales, denisovanos y otros homínidos se encuentra en nosotros. Los conocimos y tuvimos hijos juntos. Eso dice mucho sobre lo humanos que eran.

No es imposible que el Homo sapiens se llevará cautivas a las mujeres neandertales, o viceversa. Pero para que los genes neandertales ingresaran a nuestras poblaciones, no solo teníamos que aparearnos, sino también criar hijos con éxito, que crecieron para criar a sus propios hijos. Eso es más probable que suceda si estos emparejamientos son el resultado de matrimonios mixtos voluntarios. La mezcla de genes también requirió que sus descendientes híbridos fueran aceptados en sus grupos, para ser tratados como completamente humanos.

Estos argumentos son válidos no solo para los neandertales, diría yo, sino para otras especies con las que nos cruzamos, incluidos los denisovanos y los homínidos desconocidos en África. Lo que no quiere decir que los encuentros entre nuestra especie fueran sin prejuicios o totalmente pacíficos. Probablemente fuimos responsables de la extinción de estas especies. Pero debe haber habido ocasiones en las que miramos más allá de nuestras diferencias para encontrar una humanidad compartida.

Finalmente, es revelador que si bien reemplazamos a estos otros homínidos, esto llevó tiempo. La extinción de neandertales, denisovanos y otras especies llevó cientos de miles de años. Si los neandertales y los denisovanos fueran realmente estúpidos, brutos gruñones, carentes de lenguaje o pensamientos complejos, es imposible que hubieran podido mantener a raya a los humanos modernos tanto tiempo como lo hicieron.

El borde humano

¿Por qué, si eran tan parecidos a nosotros, los reemplazamos? No está claro, lo que sugiere que la diferencia fue algo que no deja marcas claras en fósiles o herramientas de piedra. Quizás una chispa de creatividad, una forma de hablar, un don para las herramientas, habilidades sociales, nos dio una ventaja. Cualquiera que sea la diferencia, fue sutil, o no nos habría tomado tanto tiempo ganar.

Si bien no sabemos exactamente cuáles fueron estas diferencias, nuestra forma distintiva de cráneo puede ofrecer una pista. Los neandertales tenían cráneos alargados, con enormes crestas en las cejas.

Un cráneo humano (izquierda) junto a uno de neandertal.

Los seres humanos tienen un cráneo bulboso, con forma de balón de fútbol, y carecen de arcos en las cejas. Curiosamente, la peculiar cabeza lisa y redonda del Homo sapiens adulto se ve en los neandertales jóvenes , e incluso en los monos bebés . Del mismo modo, los cráneos juvenilizados de animales salvajes se encuentran en los domesticados, como los perros domésticos: el cráneo de un perro adulto se asemeja al cráneo de un cachorro de lobo. Estas similitudes no son sólo superficiales. Los perros se comportan como lobos jóvenes: [menos agresivos] y más juguetones.

Mi sospecha, sobre todo una corazonada, es que la ventaja del Homo sapiens podría no ser necesariamente una inteligencia bruta, sino diferencias de actitud. Como los perros, podemos retener comportamientos juveniles, cosas como alegría, apertura para conocer gente nueva, menor agresividad, más creatividad y curiosidad. Esto, a su vez, podría habernos ayudado a hacer nuestras sociedades más grandes, más complejas, colaborativas, abiertas e innovadoras, que luego superaron a las de ellos.

¿Pero, qué es esto?

Hasta ahora, he esquivado una pregunta importante, posiblemente la más importante. Está muy bien discutir cómo evolucionó nuestra humanidad, pero ¿qué es la humanidad? ¿Cómo estudiarlo y reconocerlo sin definirlo?

La gente tiende a asumir que hay algo que nos diferencia fundamentalmente de otros animales. La mayoría de la gente, por ejemplo, tiende a pensar que está bien vender, cocinar o comer una vaca, pero no hacer lo mismo con el carnicero. Esto sería, bueno, inhumano. Como sociedad, toleramos exhibir chimpancés y gorilas en jaulas, pero nos sentiríamos incómodos haciéndonos esto entre nosotros. Del mismo modo, podemos ir a una tienda y comprar un cachorro o un gatito, pero no un bebé.

Las reglas son diferentes para nosotros y para ellos. Incluso los activistas acérrimos por los derechos de los animales defienden los derechos de los animales para los animales, no los derechos humanos. Nadie propone dar a los simios el derecho a votar o presentarse a cargos públicos. Inherentemente nos vemos a nosotros mismos ocupando un plano moral y espiritual diferente. Podríamos enterrar a nuestra mascota muerta, pero no esperaríamos que el fantasma del perro nos persiga o que encuentre al gato esperando en el cielo.

Y, sin embargo, es difícil encontrar pruebas de este tipo de diferencia fundamental.

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La palabra humanidad implica cuidar y tener compasión por los demás, pero podría decirse que esa es una cualidad de mamíferos, no humana. Una madre gata cuida a sus gatitos y un perro ama a su amo, quizás más que cualquier humano. Las orcas y los elefantes forman lazos familiares de por vida. Las orcas lloran por sus crías muertas y se ha visto a los elefantes visitando los restos de sus compañeros muertos. Las vidas y las relaciones emocionales no son exclusivas de nosotros.

Quizás sea la conciencia lo que nos distingue. Pero los perros y gatos ciertamente parecen conscientes de nosotros: nos reconocen como individuos, como nosotros los reconocemos a ellos. Nos entienden lo suficientemente bien como para saber cómo hacer que les demos comida, o dejarlos salir, o incluso cuando hemos tenido un mal día y necesitamos compañía. Si eso no es conciencia, ¿qué es?

Podríamos señalar que nuestros grandes cerebros nos distinguen, pero ¿eso nos hace humanos? Los delfines mulares tienen cerebros algo más grandes que nosotros. Los cerebros de los elefantes son tres veces más grandes que los nuestros; orcas, cuatro veces; y cachalotes, cinco veces. El tamaño del cerebro también varía en los humanos. Albert Einstein tenía un cerebro relativamente pequeño, más pequeño que el neandertal, el denisovano o el Homo rhodesiensis promedio, ¿era menos humano? Algo que no sea el tamaño del cerebro debe hacernos humanos, o tal vez haya más cosas en la mente de otros animales, incluidos los homínidos extintos, de lo que pensamos.

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Podríamos definir a la humanidad en términos de capacidades cognitivas superiores: arte, matemáticas, música, lenguaje. Esto crea un problema curioso porque los humanos varían en qué tan bien hacemos todas estas cosas. Soy menos inclinado a las matemáticas que Stephen Hawking, menos literario que Jane Austen, menos inventivo que Steve Jobs, menos musical que Taylor Swift, menos articulado que Martin Luther King. En estos aspectos, ¿soy menos humano que ellos?

Si ni siquiera podemos definirlo, ¿cómo podemos realmente decir dónde comienza y dónde termina, o que somos únicos? ¿Por qué insistimos en tratar a otras especies como inherentemente inferiores, si no estamos exactamente seguros de qué nos hace ser nosotros?

Tampoco somos necesariamente el punto final lógico de la evolución humana. Éramos una de las muchas especies de homínidos, y sí, ganamos. Pero es posible imaginar otro curso evolutivo, una secuencia diferente de mutaciones y eventos históricos que lleven a los arqueólogos neandertales a estudiar nuestros extraños cráneos con forma de burbujas, preguntándose qué tan humanos éramos.

La naturaleza de la evolución significa que los seres vivos no encajan en categorías ordenadas. Las especies cambian gradualmente de una a otra, y cada individuo de una especie es ligeramente diferente, lo que hace posible el cambio evolutivo. Pero eso dificulta definir la humanidad.

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Los dos somos diferentes a otros animales debido a la selección natural, pero nos gustamos por nuestra ascendencia compartida; lo mismo, pero diferente. Y los humanos somos a la vez similares y diferentes, unidos por un ancestro común con otros Homo sapiens, diferentes debido a la evolución y la combinación única de genes que heredamos de nuestras familias o incluso de otras especies, como los neandertales y los denisovanos.

Es difícil clasificar los seres vivos en categorías estrictas, porque la evolución cambia constantemente las cosas, creando diversas especies y diversidad dentro de las especies.

Y qué diversidad es.

Es cierto que, de alguna manera, nuestra especie no es tan diversa. El Homo sapiens muestra menos diversidad genética que la cepa bacteriana promedio; nuestros cuerpos muestran menos variación en la forma que las esponjas, las rosas o los robles. Pero en nuestro comportamiento, la humanidad es tremendamente diversa. Somos cazadores, agricultores, matemáticos, soldados, exploradores, carpinteros, criminales, artistas. Hay tantas formas diferentes de ser humano, tantos aspectos diferentes de la condición humana, y cada uno de nosotros tiene que definir y descubrir qué significa ser humano. Irónicamente, esta incapacidad para definir a la humanidad es una de nuestras características más humanas.

* Nicholas R. Longrich, profesor titular de Paleontología y Biología Evolutiva, Universidad de Bath

Imagen de portada: Gentileza de The Conversation

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation por Nicholas R. Longrich

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