Lanzan «Súper Tito», la nueva versión del auto eléctrico de 5 puertas: precio y características.

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Luego de la primera versión 3 puertas del Tito 100% eléctrico, arrancó la preventa de una nueva versión con la cual se podrán recorrer 300 kilómetros.

a empresa puntana Coradir, fabricante del auto eléctrico Tito, presentó una nueva versión del modelo que llegó al mercado en 2021, el cual suma a la carrocería de 3 puertas una alternativa de 5 puertas para lograr una mayor comodidad.

Con estos cambios, el Tito S5 tiene más espacio interior en las plazas traseras al ser más largo, ya que creció 15 cm frente al modelo pionero. El chasis es de acero y la carrocería de chapa autoportante.

El auto eléctrico Tito 5 puertas es más largo que el de 3 puertas

El precio del nuevo auto eléctrico Tito arranca en u$s22.000

Otra de las novedades del Tito S5 es que aumentó su autonomía, pasando de 100 o 300 kilómetros, con una carga eléctrica de ocho horas en estado totalmente descargada. La batería es de Litio de 8Kw de 2000 Ciclos para el modelo S5-100 y de Litio de 21KW con 300 kilómetros de autonomía para el modelo S5-300.

El nuevo Tito se lanza a la preventa con una producción de 50 unidades, a un precio de u$s22.000 sin aire ($2.810.500 al tipo de cambio actual), y u$s 23.250 con aire ($2.970.187 al tipo de cambio actual), el cual se puede reservar con 200 dólares.

Más opcionales para el auto eléctrico Tito

A estas cambios que se incorporaron al Tito, otro opcional que desde ahora pueden elegir los clientes es sumar el Aire Acondicionado, que es muy solicitado en la versión 3P, por ello desde el momento de la preventa se puso a disposición del público.

El auto eléctrico Tito de 5 puertas se lanza solo con 50 unidades

La electrónica y las baterías son diseño de la compañía, quien fabrica el auto en San Luis con partes importadas. El Tito 100% eléctrico está pensado para que sea de carga lenta y quien adquiera un vehículo eléctrico no tenga que hacer ningún tipo de modificación en su casa, es decir, lo puede cargar durante la noche mientras duerme, deja el coche enchufado y listo.

«Para ser un auto urbano esa autonomía sobra. El concepto mundial de este tipo de coches define como estándar una autonomía de solo 50 Km, pero como aquí en Argentina las ciudades tienden a ser más extendidas, entendimos que usar una autonomía básica de 100/300Km era más acertado a nuestra realidad. De esta manera todos los usuarios podrán moverse como de costumbre y no estar preocupado por la distancia que se desplacen diariamente con su carga nocturna. Está pensado para ser un auto que no salga de la ciudad«, explican en Coradir.

Otra característica del vehículo es que no requiere mantenimiento, solo de frenos, amortiguadores y neumáticos, por eso no solo es más barato en la recarga sino también en el uso día a día. La velocidad máxima es de 65 kilómetros por hora, dado que es un auto destinado al uso en la ciudad.

¿Cómo comprar el auto eléctrico Tito?

En caso de querer adquirir un auto Tito eléctrico por la web, basta con ingresar a la página oficial de la marca. En la misma se deben cumplir una serie de pasos para completar la adquisición que arrancan con la selección de los detalles del modelo.

En esta instancia, se elige el color y versión, que puede ser sin aire o con aire acondicionado. En el caso de las versiones 3 puertas los precios son de u$s16.500 a u$s17.750  (con AA). Luego de completar la solicitud, se debe realizar un pago de u$s200, mediante método digital o depósito bancario, que servirá como reserva.

El auto eléctrico Tito de 5 puertas sale desde 22.000 dólares

Dentro de los 30 días posteriores, luego de recibir la confirmación de la reserva, se debe confirmar la compra con el pago del 20% del valor de la unidad, descontando los u$s200 que pago inicialmente, y el saldo restante deberá ser cancelado previo a la entrega del vehículo. El precio final de la compra realizada corresponde al total de las especificaciones seleccionadas al momento de la compra.

Comprar un Tito en concesionario

Además de la compra digital, Tito ya tiene diferentes concesionarios en todo el país, mediante los cuales se puede hacer una adquisición de los productos de forma directa.

Los representantes de la marca están distribuidos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Misiones, Catamarca, San Luis, Santa Fe, Río Negro y Tierra del Fuego.

En ese caso se realiza la compra en cada sucursal de forma directa o bien contactandolos a los vendedores vía telefónica y después acercarse al lugar.

Imagen de portada: Gentileza de IProfesional

FUENTE RESPONSABLE: IProfesional. Por Guillermina Fossati. Argentina. Junio 2022

Argentina/Industria Automotriz/Autos Eléctricos.

Luciano Lamberti: «La literatura no da guita y por lo tanto es un espacio de libertad»

El autor de «La masacre de Kruger» reúne en «Gente que habla dormida» algunos relatos previos o inéditos en los que el terror genera una sensación de agobio y los personajes bordean la locura. 

El escritor cordobés Luciano Lamberti volvió a la escena de la literatura de terror con «Gente que habla dormida», un tomo de cuentos que reúne relatos previos y otros inéditos que construyen un mundo agobiante en el que los personajes sobreviven como pueden y cada tanto bordean la locura, bajo una prosa con gran sentido del humor.

«Todo lo que vos tenés como escritor son tus fortalezas y tus posibilidades. Yo tengo el sentido del humor, cierta ironía, y una imaginación medio loca», dice.

Lamberti es un cuentista minucioso, gracioso y libre. El humor y la acidez son sus principales herramientas y maneja este mismo registro en el encuentro personal. Utiliza una prosa ligera pero también efectiva para construir personajes que tienen conductas por momentos delirantes, bajo un trazo firme que dibuja la trayectoria de cada cuento.

En su literatura, el terror no es estático: va variando de elementos, de formas y de modos de afectar a sus personajes (y al lector). En algunos de sus cuentos es un horror que aparece como un golpe seco en la primera línea y te deja pasmado, no perdona; en otros, se eleva como una atmósfera que tiñe el relato muy suavemente, una incomodidad breve que funciona como velo.

Todos los cuentos que integran «Gente que habla dormida» (Penguin Random House) cumplen con una promesa tácita inicial: como si fueran una maldición, más tarde o más temprano, estallan. Aunque no fue planeado, dice el escritor, esta intensidad y frenesí negro es dosificado a través de algunos relatos realistas cortos, tipo viñetas, de amor, desamor y ternura que dan un respiro para seguir con la lectura. El flamante volumen reúne relatos previos como «El asesino de chanchos» y «El loro que podía adivinar el futuro» e incorpora inéditos como «Pequeños robos a la luz de la luna»,

En un bar del barrio porteño de Caballito, Lamberti pide que le elijan las mejores fotos para ilustrar la nota. «Alguna en que no parezca un monstruito, por favor», comenta entre risas pero con cierta verdad de fondo. Sus personajes son un poco monstruitos: intenta despegarse de ellos en la vida real. En la ficción, son su mejor creación.

– Télam: Hay algo en los cuentos de este tomo que sugieren «pueblo chico infierno grande» y personajes que parecieran no encontrarle un sentido a la vida. ¿Hay algo pensado bajo estas ideas?

– Luciano Lamberti: Sí… pero todos somos un poco prisioneros de nuestras identidades, ¿no? Y mucha de la literatura habla del pájaro en su jaula, de la persona que es prisionera de quien es. En la operación literaria se trata de que se le presente la oportunidad de escapar, o de que la prisión se vuelva más chiquita. O que no escape, porque es cómodo estar ahí. Respecto a lo de pueblo chico, lamentablemente siempre vuelvo a lo mismo: me encantaría escribir sobre Buenos Aires, me imagino que en algún momento lo haré. Sobre otra clase de experiencias, aunque me imagino que implica otra clase de historias. Flannery O’Connor decía que pensar a tus personajes geográficamente es cerca del 60% del trabajo, porque la ideología, la forma de ver al mundo, la forma de hablar y la forma de reaccionar frente a determinadas cosas tienen que ver con dónde nació. Esa es la gracia de estos personajes que tienen todas esas taras, son medios básicos, excepto por algunas cosas que hacen un poco raras. Y son medio conservadores. Me interesa mucho trabajar con personajes que están en la vereda opuesta de lo que yo pienso o en alguna cosa más indeterminada a nivel ideológico. No podría escribir sobre progresistas.

– T: ¿Por qué?

– LL: Porque lo que me es cercano es aburrido. (Carlos) Busqued decía que él no podía escribir desde Página 12, que tenía que escribir desde los nazis. No me interesa tanto la verdad como la belleza. Pienso, por ejemplo, en un personaje que vive con el marido que le pega, y de pronto se puede escapar porque una tía le regala plata. A mí en términos de verdad me encantaría que se escape, pero en términos de literatura me parece mucho más interesante que se cague, que sea cobarde, que pierda la plata. A veces uno siente que el personaje está demasiado de acuerdo con el autor, son demasiado amigos y hay un acuerdo tácito. Me parece más interesante explorar otras miradas sobre el mundo, más que la que tengo yo, o mis amigos, o la gente que sigo en Twitter.

– T: Hay cuentos más sensibles o de amor, como «Los ex hombres de mi vida» o «El cometa Haley», otros con un grado intermedio de extrañeza como «Pantalones de vestir», y otros oscuros como «La naturaleza del amor». ¿Cómo se construye el equilibrio entre todos esos registros tan diferentes?

– LL: No sé. Hay cosas que son para todo público y otras experiencias más fuertes, pero no fue algo deliberado. Sé que algunas cosas van a tener más potencia, o van a ser más impresionantes, y otras van a ser sencillamente cosas lindas. Me gusta escribir sobre el amor. Siempre me llamó la atención eso de tener un grado alto de intimidad con alguien, no verlo por un tiempo y después encontrarte a esa persona y no saber quién es. Eso implica que nosotros cambiamos realmente. «Los ex hombres de mi vida» es eso: las palabras que te quedan de las personas a las que amaste, como si te hubieran dejado un pedazo de ellos. Al final, ¿qué somos? Pedacitos de las personas con las que cogemos. O también de amigos. Muchos de esos son cuentos viejos, cortos, que escribí hace mucho. Había planeado hacer un libro con todos ellos juntos, y no funcionaba, porque eran todos breves, casi poemas. Entonces acá me sirvieron para ir cortando los largos.

– T: ¿Te sentís más cómodo en ese registro breve?

– LL: No. Las historias mismas te dan el ritmo del texto. Más largos, más cortos: es cuestión de seguirles el ritmo. El ritmo interno de lo que vas escribiendo es medio intuitivo, hasta que sale. Después corrijo mucho, lo reescribo si hace falta, pero la primera versión es súper de dejarse llevar.

Foto Alejandro Amdan

Foto: Alejandro Amdan.

– T: ¿Quiénes son tus referentes en este género, al que podríamos llamar «terror»?

– LL: Hay un montón de escritores argentinos que escriben género que son buenísimos. Desde Tomás Downey, Santiago Craig o Diego Muzzio, que acaba de sacar una novela que está buenísima que se llama «El ojo de Goliat». Él tiene además tres novelas cortas que se llaman «Las esferas invisibles» que son alucinantes, la historia de una peste que transcurre en Buenos Aires. Después diría que Julia Armfield, Alan Johnson y Karen Russell. Pero también leo un montón de realistas… para mí la literatura es una sola. No hay alta cultura, baja cultura. La gente que separa entre una película de Hollywood o una rusa: yo no soy así. No considero que haya un buen arte o mal arte como algo dado. De hecho me gustan mucho las comedias románticas, las amo. Me parece que tienen mucho más sentido que muchos libros de literatura contemporánea.

– T: ¿Entonces qué dirías de los géneros hoy?

– LL: Los géneros ya no existen como tal. Las personas ya se dieron cuenta que en literatura se puede hacer lo que uno quiera, siempre que esté bueno. Después de haber pasado por una época con más reglas, los escritores entendieron que les chupa un huevo. Se puede mezclar: diría que no buscando originalidad, sino más bien renovación. Yo pienso las cosas a veces desde un género y a veces desde, no sé, el extrañamiento. Un tipo que se pone una máscara y anda mirando personas es un cuento realista. La otra es el realismo ramplón, que a veces es un poco nivelar para abajo, pero también es un género.

– T: Hay algunos cuentos en los que hay referencias históricas y políticas: el peronismo, Eva Perón, la guerra. ¿Cómo entra ese registro en historias más flasheras?

– LL: Para hacer contraste con lo más delirante. Es como usar índices de realidad. Nombres de calles, marcas de cigarrillos, programas de tele o épocas históricas. Eso le da más sensación de conexión al lector con lo que está leyendo. Pero lo hago naturalmente, no es algo que medite mucho. No le tengo miedo a lo trivial. Si tengo que citar a Roberto Galán lo voy a hacer, no para ser bizarro, sino porque el cuento lo necesita.

– T: En una entrevista dijiste que te interesa profundizar en estímulos formales y temáticos. ¿Podrías profundizar esto?

– LL: No tengo idea. Básicamente cambiar para no aburrirme, no repetirme, no volver a los mismos cuentos una y otra vez. No aburrirme con algo que no me da guita. Si me diera guita lo pensaría. Siempre digo en joda que publico un libro por año para tener alumnos en los talleres. No se puede vivir de la escritura, lo cual tiene cosas buenas y cosas malas. Lo bueno es que te da la libertad de que siga siendo un juego, y lo malo es que no le dedicás todo el tiempo que le podrías dedicar. La literatura no me da guita y por lo tanto es un espacio de libertad. Hoy está medio de moda el terror, pero yo hace 10 años que estoy escribiendo esto. No me estoy subiendo a ningún tren, hago lo que me divierte y lo voy a seguir haciendo y si me copa hacer algo realista lo haré también. Esto es como seguir un conejo que se va y no sabés a dónde va a ir. No tengo nada planificado.

– T: ¿Cómo se logra esa combinación de ambientes densos, pesados, con ese registro algo ácido y con grandes momentos de humor?

– LL: Me sale. No hago ningún esfuerzo. Es más, quisiera a veces tener menos humor, porque se los toman en joda. Con «El loro» me pasa mucho: hay gente con poca sutileza que lo entiende como un cuento de humor, cuando es un loro que golpea a una prostituta, entre otras cosas. Todo lo que vos tenés como escritor son tus fortalezas y tus posibilidades, en el sentido de que podés escribir algunas historias y otras no. Y tenés algunos encantos. Yo tengo el sentido del humor, cierta ironía, y una imaginación medio loca. Esas son mis herramientas.

Imagen de portada: Luciano Lamberti reúne relatos de terror. Foto: Alejandro Amdan.

FUENTE RESPONSABLE: Télam Digital. Por Josefina Marcuzzi. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Literatura/Novelas/Narrativa/Nuestros escritores.

Cortázar, entre pasajes, París y Buenos Aires.

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La aventura del escritor y de su encuentro con la ciudad tiende sus líneas tras su nacimiento en 1914, con el tronar de la Primera Guerra Mundial y su guerra de trincheras. Entonces, Cortázar nació en Bruselas, hijo de un funcionario en la embajada argentina en Bélgica. Un nacimiento, como dirá, “producto del turismo y la diplomacia”.  

Rápido, aquel error se corrigió. Así regresó a la Argentina, a los 4 años; vivió sus primeros veranos en Banfield. Por complicaciones de salud, hizo reposo obligado. En su postración, lo acompañó la lectura de grandes escritores, y del diccionario Pequeño Larousse. Así empezó su amor por las letras.  

Se arrojó de cabeza, entonces, en la literatura francesa y la cultura universal; egresó como maestro del Mariano Acosta; estudió un año de filosofía; leyó con fruición a Jean Cocteau y John Keats; fue docente en Chivilcoy y Mendoza; y cuando era secretario de la Cámara del Libro, en 1946, Jorge Luis Borges publicó en la revista Los Anales de Buenos Aires su icónico cuento “Casa tomada”; y en 1948 obtuvo el título de traductor público de inglés y francés. Un estudio de tres años que cursó solo en nueve meses; esfuerzo que le provocara alteraciones nerviosas que luego reflejó en “Circe”.    

En un comienzo, Cortázar percibió la ciudad de Buenos Aires en un barrio de relucientes paredes blancas. El barrio Parque Guillermo Rawson; otro de los emprendimientos de la Comisión Nacional de Casas Baratas, nacida por iniciativa del diputado Juan Félix Cafferata, en 1915.  

El nuevo barrio contiguo al vasto Parque de Agronomía se construyó entre 1928 a 1933, en un trazado triangular, entre las calles Espinosa (hoy Julio Cortázar), Tinogasta y Zamudio.  

Allí, entre tilos, pasajes, hiedras, en la calle Artigas 3246, frente a la Plazoleta Carlos de la Púa, Julio Cortázar vivió entre 1934 y 1951, con su madre y su hermana. El escritor luego marchará a la ciudad de la torre Eiffel en la que transcurre, por ejemplo, “Las Babas del diablo”, en Las armas secretas (1959).  

Hoy, vemos que las casillas de una rayuela se estampan en el asfalto ante la plazoleta central; y, cerca, un bar en una esquina con el nombre de la máxima novela del escritor; y una placa lo recuerda en el edificio donde residió. En Bestiario (1951), el cuento “Ómnibus” traza una directa alusión al entorno barrial: “Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombras que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía…”.  

Luego, en una próxima Avenida San Martín y Nogoyá, Clara sube al colectivo 168, que, entre el murmullo de sus ruedas, recorre parte de la ciudad. 

Y en la habitación de sus comienzos, rodeado por barrio y tilos, aún se conserva su biblioteca inicial, sus primeros libros, del tiempo que concibió el ensayo sobre la teoría del túnel, en el que manifiesta su adhesión al surrealismo, y que postula una literatura que une lo cercano y lo desconocido, esta y la otra orilla. Entonces, su estética cobra forma con lo “neofantástico”: un solo elemento fuera de la ley racional que tuerce el cuello de lo convencional, como en el mencionado relato “Casa tomada”, en Bestiario.     

Primeros desplazamientos del escritor que construirá pasajes, túneles, rayuelas, escaleras hacia otros cielos, que autocrítica luego su primer esteticismo para asumir un compromiso político con el dolor de la Latinoamérica flagelada por las dictaduras. El escritor que primero imaginó la ciudad bajo la niebla, que es también la de sus creaturas que se burlaban de las buenas costumbres.  

Entre cronopios, y la ciudad bajo la niebla.  

En 1950, un joven Cortázar escribió la novela El examen. Antes, en 1938 había publicado el libro de sonetos Presencia; su primer libro de cuentos La otra orilla, en 1945, y la novela Divertimentos, en 1949.  

En El examen, la imaginación transfigura la ciudad del tango y el Obelisco. Inicio de su escritura novelística, que luego discurrirá experimental, existencial, filosófica, crítica de la cultura lógico-aristotélica y “antinovela” en Rayuela (1963). El examen solo se publicó de forma póstuma, en 1986.  

Unos amigos recorren un Buenos Aires arropado en niebla, hongos y multitudes inmersas en rituales públicos en Plaza de Mayo. Los personajes comparten inquietudes literarias, artísticas, políticas, históricas; anticipos de los aprestos existenciales y metafísicos futuros del Club de la Serpiente, en Rayuela, y del Diario de Andrés Fava.  

Y en Historia de cronopios y famas (1962), su personaje arquetípico de lo lúdico y creador es el cronopio. Los cronopios son lo contrario de los rutinarios famas. Los cronopios pueden entender las instrucciones para subir una escalera; o transfigurar la ciudad de Buenos Aires. La ciudad como ámbito de la “tristeza del cronopio”, que se sentaba en la pérdida Richmond de Florida, donde “moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales”.  

Un torito de Mataderos    

El Luna Park fue corazón de la pasión boxística. Allí, brilló Justo Suárez, primer ídolo argentino, boxeador oriundo del barrio de Mataderos, en la ciudad de Buenos Aires.  

Por la fuerza de sus puños, Suárez llegó a Estados Unidos. Y a la cumbre siempre le sobreviene la caída. En el caso del Torito, la declinación de fracasos, retiro, olvido, muerte, en 1938. Derrumbe del boxeador que inspirará a Cortázar el proverbial relato “Torito”, en Final de juego (1956), en el que imagina el decir de un púgil barrial: “Qué le vas a hacer, ñato… Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos”.   

La fascinación por un buen uppercut o un gancho de izquierda, hizo que uno de los primeros trabajos del escritor para sobrevivir en la ciudad luz, fuera relatar peleas para una cadena mexicana. Sus comentarios no ganaron el aplauso de los aficionados, pero sí un rápido despido.    

La galería entre dos mundos  

La galería Güemes adquiere en la literatura cortazariana un lugar prominente. El pasaje entre las calles Florida 165 y San Martín 170, que no deja de sorprendernos, en un edificio destacado, el primero construido en hormigón armado; inaugurado en 1915, en homenaje al general Martín Miguel de Güemes, héroe de la independencia y de la guerra gaucha.    

En su origen, el edificio fue el primer rascacielos de la ciudad, con 80 metros. Su arquitecto, Francisco Gianotti, elegido por un concurso, en 1912, le dio forma a la Galería Güemes con su torreta con mirador en acero y revestida en cobre; con su estilo de art nouveau tardío, con tendencia manierista y elementos bizantinos; bellas y llamativas esculturas de bronces bruñidos, dos cúpulas de claraboya, luminarias modernistas, y profusas figuras ornamentales. Centro de actividades comerciales y financieras, con oficinas, locales, e incluso viviendas; una de las cuales albergó al escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry, que mantenía a resguardo a un cachorro de foca en su bañera.  

En su teatro del subsuelo cantó Gardel, pero su aura artística mayor proviene de su reinvención literaria por Cortázar a través de su cuento “El otro cielo”, en Todos los fuegos el fuego (1966). Y descubrimos una visible placa en el pasaje que recuerda aquel relato.  

En su imaginación, el escritor unió el pasaje de Buenos Aires con la Galería Vivienne parisina.  

El protagonista de la ficción, un anónimo operador de bolsa, tiene en principio una correcta vida burguesa, con su casamiento con Irma a la vista, y éxito social asegurado. Sin embargo, siente el llamado de lo diferente, acaso por una íntima insatisfacción que lo roe como los gusanos a la tierra.     

El pasaje comunica el Buenos Aires de la década del 40’ con los suburbios parisinos, luego de la guerra franco- prusiana en 1871. La inversión del tiempo convencional acontece al atravesar el pasaje. Entonces: “…casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre. Así, por ejemplo, el Pasaje Güemes…”.  

Del otro lado, el narrador coincide con mujeres de la profesión más antigua, como Josiane, perturbadas por el acecho de Laurent, el sudamericano, un asesino, cuya “fuerza le permitía estrangular a sus víctimas con una sola mano”. Para su caracterización, Cortázar apeló a una biografía de Isidoro Ducasse, el famoso conde de Lautréamont, autor de Los cantos de Maldoror, nacido de franceses en Montevideo, en 1846.  

Al final, el pasaje se cierra como tránsito a otro tiempo, otro cielo. Se desvanece el túnel-ciudad entre tiempos paralelos. El narrador asume la decepcionante rutina: “Y entre una cosa y otra me quedo en casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para diciembre…”; y se pregunta si “…me quedaré en casa tomando mate y mirando a Irma y las plantas del patio”.  

El pasaje de la galería se cierra a lo otro, pero no el puente de la música…  

Entre el jazz y Caballito    

La música expande al ser humano. En el caso de Cortázar, el jazz, ante todo, y también la música clásica, abrió su oído a intensidades, placeres y nuevas emociones. Julio siempre se pensó como un “músico frustrado”. El destino le privó del don de componer o ejecutar un instrumento. En la escritura encontró la satisfacción compensatoria de su incapacidad musical. Por eso, trocará la trompeta por la máquina de escribir.  

Su primer personaje de densa entidad existencial es Johnny Carter, en “El perseguidor”, en Las armas secretas (1959). Figura inspirada en el saxofonista Charlie Parker, y su don genial para el ritmo y la improvisación (de ahí su célebre “Esto lo estoy tocando mañana”). Carter, aparentemente siempre fustigado por el dolor y la recaída en la marihuana. Pero tras esa fachada engañosa se agazapa “el perseguidor” que, por la música, es cazador de amplitudes metafísicas, y vencedor de los tiempos carcelarios.  

Antes de reemplazar el deseo del jazz por la escritura, antes de su partida a Europa, en una casa del barrio de Caballito, en Buenos Aires, con la presencia de Jorge López Ruiz, músico argentino, gran intérprete de jazz, Cortázar intentó arrancarle sonidos armoniosos a una trompeta. Por esos intentos supo que no sería un émulo de Charlie Parker.  

Sin embargo, el jazz deviene modelo de escritura para Cortázar. En algunas de sus declaraciones sobre el arte musical nacido entre los afro descendientes norteamericanos, Cortázar dirá que el músico de jazz crea tensión con el swing, con el ritmo. Y bajo ese ejemplo, aseguró: “mutatis mutandis, eso es lo que yo he tratado de hacer en mis cuentos y novelas”.  

Y en su literatura se hará eco también de una alta audición musical en el Teatro Colón que lo conducirá a la creación de una de sus ficciones más fascinantes, pero no incluida por lo general, en el corpus de sus cuentos canonizados por la crítica.  

El Colón y una extraña sala de conciertos.  

En 1942, después de tres décadas, Arturo Toscanini dirigió nuevamente la Orquesta Estable del Teatro Colón. Fueron siete conciertos memorables. Solo se conserva una grabación de la Novena de Beethoven en la cinta en acetato de su retransmisión radiofónica de la Radio Municipal de Buenos Aires. La interpretación fue de una energía rayana en lo salvaje. Una gran ovación brotó entre el público, en el que, como podrán sospechar, estaba el joven Cortázar. En ese entonces era profesor de literatura de la Escuela Normal de Chivilcoy.  

Su recuerdo del director italiano en el gran templo operístico de la ciudad de Buenos Aires, es ratificado por una de sus cartas: “Yo, que viajo, ahora tan frecuentemente a Buenos Aires, escucho música hasta donde me es ello posible. No podré olvidar jamás la Novena Sinfonía dirigida por Arturo Toscanini”.  

La conjunción de Buenos Aires, Teatro Colón, Toscanini, Beethoven, devendrá luego en efecto literario: la escritura de “Las ménades”, en Final del juego (1956). Y en otra carta, una misiva de 1973 a Antonio Planells, consignó que de los conciertos que presenciaba en Buenos Aires casi diariamente, emergió el cuento por una percepción: el histérico entusiasmo del público le resultaba amenazante. Esa sensación tuvo su apogeo cuando Toscanini dirigió sus conciertos en el Colón. Entonces, en una ocasión “llegué a sentir algo muy parecido al miedo…. me sentía como aislado en una especie de jungla de alaridos de la que procuraba alejarme lo antes posible”.  

En “Las ménades”, un narrador homodiegético (el narrador que forma parte de la historia que está relatando); el propio Cortázar disimulado, intenta separarse de la multitud enfervorecida por una interpretación de la Quinta Sinfonía, no de la Novena Sinfonía de Beethoven, en este caso.  

La función culta muta en caos por la irrupción de una misteriosa mujer vestida de rojo, rodeada por “un infierno de entusiasmo”. Esta espectadora recuerda a una ménade, las mujeres seguidoras del dios griego Dioniso, divinidad del éxtasis y la vehemencia. La insólita agitadora, canaliza la excitación de la sala, y avanza con sus seguidores “…pisoteando los instrumentos, haciendo volar los atriles, aplaudiendo y vociferando al mismo tiempo, en un estrépito tan monstruoso que ya empieza a asemejarse al silencio”.  

Una sala de teatro en la ciudad que abre a lo inesperado, como también puede hacerlo una escuela…  

En una escuela en la noche, en Balvanera.  

En Balvanera, en Urquiza 2777, se encuentra la Escuela Normal Superior en Lenguas Vivas Mariano Acosta, fundada en 1874, y declarada “Monumento Histórico Nacional”, en 1999. Establecimiento educativo con itinerario prestigioso. Entre sus alumnos egresados destacan, entre otros, el que fue presidente de la Nación Argentina Marcelo T. de Alvear; Enrique Santos Discépolo, el músico y dramaturgo, y el lúcido “filósofo popular” del tango “Cambalache”; Leopoldo Marechal, el autor de la épica Adán Buenosayres. Y Julio Cortázar.  

Con un promedio distinguido, luego de cuatro años de estudios, Julio egresó como Maestro Normal Nacional, en 1932, un título que daba la facultad de ejercer la docencia en cualquier lugar del país; y luego recibiría el de Profesor de Letras, en 1935. Siete años de clases, aulas y pasillos de “su escuela”.  

Por sus 14 años, Cortázar viajaba en colectivo desde Banfield hasta el Mariano Acosta. A la memoria de don Jacinto Cúcaro, su maestro de pedagogía en la escuela, le dedicó el antes mencionado relato Torito, porque “allá por el año 30’, nos contaba las peleas de Suárez”.  

Cortázar tuvo una intensa participación en las actividades estudiantiles. Dirigió la revista Addenda, del centro de estudiantes. En la publicación había lugar para temáticas diversas, desde la literatura a la pedagogía, y otras. En 1935, la escuela celebró su aniversario 61. Entonces pronunció un discurso, recogido en una investigación por María Luz Ayuso y Pablo Pineau, en Julio Cortázar en el “Mariano Acosta”. Marcas biográficas de su formación. (2018). Aquí se consigna el poema “Bruma” publicado en la aludida revista  Addenda, quizá su primera pieza poética, en la que el escritor confiesa que “busca lo remoto con férvidas ansias…”; y en esa búsqueda invoca como faros a Verlaine, Debussy, Baudelaire, Manet, Byron… De esa persecución de algo absoluto y “firmes horizontes”, acaso “brote el gran misterio”.  

En 1983, con 69 años regresó a su escuela, también a su barrio. Poco después se alejó, para siempre, de este mundo turbulento en París, en 1984,  

Su paso por el Mariano Acosta fructificó en su cuento “La escuela de noche”, publicado en el volumen Deshoras (1982). Ficción en la que el narrador, con un compañero de estudios, acometen una visita prohibida a la escuela en la noche, atraídos por descubrir algo inquietante, inesperado. Porque lo familiar de las aulas “no nos había quitado del todo eso que la escuela tenía de territorio diferente, a pesar de la costumbre, de los compañeros, las matemáticas”. Por la visita nocturna, la ciudad escuela descubre reversos, pliegues intrigantes, ajenos a la claridad del día.  

En el bar London y unos premios  

En Florida y la Avenida de Mayo, en 1954, se inauguró el bar “London City”, lugar que aún luego de cierres y remodelaciones conserva su atmósfera de otras décadas. Cortázar lo eligió como su bar, como su lugar de circulación entre mesas, mozos, café y melancolías.  

Para quien llegué allí por primera vez, se sorprenderá con una escultura del escritor, en una mesa homenaje, en el sector fumador (acaso para no privarle de su vicio de nicotinas cotidianas). La vidriera con la figura que evoca al escritor da a la Avenida de Mayo, cerca de la salida de subte A y la calle Florida. En la pared del fondo del establecimiento, cuelgan diversas fotográficas en blanco y negro, como su foto arquetípica obtenida por Sara Facio en 1967, en París. Y al pie de las vidrieras, descubrimos que se acomodan distintos libros del escritor, cuya aura aún impregna el lugar.  

En el bar-confitería, Cortázar escribió su novela Los Premios (1960). En ella, un grupo de personajes, premiados por un sorteo, se embarcan en el crucero Malcolm. Lo placentero convive con la intriga por la prohibición de ir a popa. Misterio no resuelto, mientras su personaje central, Persio, enfrascado en sus nueve farragosos soliloquios se lamenta de las frases hechas y de los lugares comunes. Su voz es lo poético frente a lo prosaico. Soliloquios que Cortázar observó que podrían ser leídos con independencia de la propia novela.  

Los beneficiados por el sorteo son convocados en «el London” para su cercano embarque. Entonces, uno de los personajes, López, profesor de castellano, percibe desde el bar la agitación citadina: “Afuera la Avenida de Mayo insistía en el desorden de siempre. Voceaban la quinta edición, un altoparlante encarecía alguna cosa. Había la luz rabiosa del verano a las cinco y media (…) y una mezcla de olor a nafta, a asfalto caliente, a agua de colonia y aserrín mojado”.  

En el bar, un cambio de lugar podía desatar la “iracundia en el personal de servicio”. Es sitio de sillas incómodas; y en el que había que entrar “como un calzador” cuando se quería combatir la sed con “un Indian Tonic”.  

Y López también, al final de la novela, después de la navegación en el Malcolm, exhorta a otros personajes a reunirse, nuevamente, en el café London.  

Por la alquimia literaria, una mesa de un bar de la ciudad se convierte en mar abierto, un barco, unos personajes tocados por el azar, una voz poética, un misterio nunca develado a bordo.   

La ciudad puente  

La relación cortazariana con la capital argentina fluye en simultaneidad a su vínculo con París. Lo urbano en sus letras y vida se funda en lo parisino y lo porteño paralelos. En la ciudad luz, de las manos a veces de Aurora Fernández, su primera esposa y albacea, y luego de Carol Dunlop, frecuentó Pont des Arts, en el que comenzó el periplo de Rayuela; la librería La Hune en el Boulevard Saint-Germain, en la que buscaba siempre algún hallazgo; el Old Navy Café, en el que como en el bar London, escribía largamente entre cuadernos y ensoñaciones; o la Residencia de Charles Baudelaire, la que fue la morada del notorio poeta de Las flores del mal.  

Un accidente en moto en París lo condujo a “La noche boca arriba”, en Final de juego. En Buenos Aires, el Luna Park, el Teatro Colón, el café London, la galería Güemes, el Mariano Acosta, detonaron visiones, corrientes de palabras modeladas por el ritmo y la imaginación.  

Pero la ciudad deriva en zona de resonancias del escritor que tanteó la otra orilla, lo que quiebra un límite. Por eso, París se transfigura con las preocupaciones existenciales de Horacio Olivera, o las transformaciones perceptivas de Johnny Carter en el metro parisino; y Buenos Aires, en la audacia creativa del autor de Prosa del observatorio, deviene ciudad pasaje; túnel y espacios abiertos en el muro de lo opaco y rutinario, hacia un otro lado cargado con otros modos de ser. La ciudad cortazariana, la ciudad puente, no lo fijada en la pared y su sombra.  

Imagen de portada: En un comienzo, Cortázar percibió la ciudad de Buenos Aires en un barrio de relucientes paredes blancas. El barrio Parque Guillermo Rawson. | LAURA NAVARRO

FUENTE RESPONSABLE: Perfil. Argentina. Por Esteban Ierardo. (*) Esteban Ierardo es filósofo, docente, escritor, su último libro La sociedad de la excitación. Del hiperconsumo al arte y la serenidad, Ediciones Continente; creador de canal cultural “Esteban Ierardo Linceo YouTube”. En estos momentos dicta cursos sobre filosofía, arte, cine, anunciados en página de Fundación Centro Psicoanalítico Argentino (www.fcpa.com.ar), y cursos y actividades anunciados en su FB. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Argentina/Nuestros escritores/Julio Cortázar

    

Día del Padre: un homenaje a San Martín que cambió su fecha por celebración en EEUU.

En 1966 el presidente Lyndon Johnson firmó una resolución que estableció como fecha conmemorativa el tercer domingo de junio, y Argentina decidió adoptar el mismo día para homenajear a los padres.

El Día del Padre se celebra en Argentina el tercer domingo de junio desde la década del 60 cuando el país adoptó esa fecha por una efeméride estadounidense, que desplazó la conmemoración que se hacía años antes el 24 de agosto en honor al general José de San Martín, considerado el «Padre de la Patria».

La primera celebración fue el 24 de agosto de 1958, ya que ese día pero de 1816 San Martín se convirtió en padre de Mercedes Tomasa de San Martín y Escalada, su única hija, junto a su esposa María de los Remedios Escalada, lo que dio origen al festejo.

Pero ya en la década del 60 se desplazó la jornada al tercer domingo de junio cuando Argentina se sumó a una celebración estadounidense.

El origen de los festejos en Estados Unidos se remonta a junio de 1909, cuando Sonora Smart Dodd impulsó un homenaje a su padre, William Smart, un granjero y veterano de la guerra civil cuya esposa – Ellen Victory Cheek-Billingsley- murió durante el parto de su sexto hijo, por lo que se vio obligado a criarlos solo.

En 1924, el presidente estadounidense Calvin Coolidge reconoció la celebración del Día del Padre y recomendó que todos los estados hicieran lo mismo.

Pero fue en 1966 cuando el presidente Lyndon Johnson firmó una resolución que estableció como fecha conmemorativa el tercer domingo de junio, y Argentina decidió adoptar el mismo día para homenajear a los padres.

La fecha también se celebra en países de la región, como Chile, Colombia, México, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico y Venezuela, además de Canadá, y naciones de Europa y Asia.

Este año el Día del Padre cae dentro de un fin de semana extra largo que comenzó el viernes 17 de junio por el aniversario del paso a la inmortalidad de Martín Miguel de Güemes y culmina el lunes con la conmemoración del Día de la Bandera, fecha que coincide con la muerte de Manuel Belgrano.

Imagen de portada: Archivo. La conmemoración se hacía el 24 de agosto en honor al general José de San Martín, considerado el «Padre de la Patria».

FUENTE RESPONSABLE: TÉLAM Digital. Argentina. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Efemérides/José de San Martín/EE.UU./Conmemoración.

La porción macabra

Autora de una obra potente, excéntrica, seductora y nocturna, los libros de Mariana Enriquez son una suerte de talismanes que abren portales a universos perturbadores. En esta entrevista exclusiva, la escritora del momento reflexiona sobre sus comienzos como lectora, sus influencias, los premios y qué implica ser admirada por referentes de la literatura y de la música.

David Bowie y Courtney Love”, contesta sin pensar ni respirar cuando se le pregunta a la Enriquez a quién le hubiera gustado entrevistar. Al escritor Richard Ford y el cantante de Suede, Brett Anderson, las entrevistas que más disfrutó. Porque la gran escritora del momento (desarrollaremos) es periodista y subeditora de Radar, pero eso ya lo saben. Que no para de ganar premios y tiene reconocimiento mundial, también. Lo que quizá no sepan es que en su casa tiene un altar con todo lo que adora: una imaginería espeluznante, abyecta, paradójicamente abyecta, o que las paredes amenazan con arrojar los miles de libros que se apegan siniestramente. Y entre todo eso, ella, con su palidez y los labios rojos. Mariana Enriquez es nuestra embajadora literaria, la que renovó el terror argentino. Lo que no es poco.

—Empecemos con algo muy poco común: hay artistas de los que sos fan y ahora son tus fans. No es habitual. Lo que pasa con Suede o Patti Smith.

—Me parece muy extraño. Mat Osman, bajista de Suede, confía en enviarme sus escritos para que los lea y le comente. Tenemos una relación literaria, no personal, pero también algo así como: “Si querés venir a un show, avisame”. Para mí es muy increíble. Sigo teniendo la misma actitud. Me refiero a que no porque a ellos yo les guste me siento un par. Me gusta más lo que hacen ellos que lo que yo hago (risas). Me pone contenta y no lo puedo creer pero sigo en la misma posición. Creo que hay una confusión importante entre fan y groupie. No estoy entregada. Los escucho y me movilizan creativamente. Claro que si toca Suede les voy a pedir una entrada pero no espero que me manden al VIP, no me creo el subí un escalón. Voy a estar gritando como todos. Más allá de que objetivamente otra persona pueda decirme: “Pero sí subiste un escalón”, no lo siento así. Me encanta que les guste lo que hago pero no me cambia la cabeza. También puede que haya algo arrogante en eso, que para mí no es necesariamente algo malo. Lo digo en el sentido de que si conocieron lo que yo hago… ¡Y sí! Lo que hago está bueno (más risas).

—Claro, lo que hacés está bien y gusta.

—Me pasa eso. No lo digo desde la falsa humildad de: “Ay, no lo puedo creer”. Qué sé yo. Algunos libros míos están muy bien. Está bien que les guste.

Acaba de ganar en Francia, con su libro Nuestra parte de noche, el Grand Prix de L’Imaginaire, en la categoría Novela Extranjera, donde competía con Kazuo Ishiguro.

—¿Qué se siente ganarle a Ishiguro? Un Nobel que te leyó, le gustaste y hasta te recomendó.

—Los jurados quizá creyeron que mi libro estaba mejor que Klara y el sol. También quizá creyeron que darle un premio a un señor que es un Premio Nobel es un poco redundante. O tendrían ganas de darle el premio a una mujer que escribió una novela super larga, que es fantástica y es latinoamericana y que le cuesta el cuádruple que a un señor inglés. No soy ingenua en cuanto a ese tipo de factores. La gente se sorprende y me pregunta: “¿Cómo no flasheas?”. No es que no flashee, es que no soy ingenua en cuanto a las cuestiones que hay alrededor del reconocimiento, más en esta época.

—Justamente, ¿ves algo forzado el reconocimiento?

—En algunos casos sí y en otros no, depende. Hay algo que tiene que ver con la época. En el buen sentido, lógicamente, hoy hay un montón más de mujeres en el mercado. Tienen más visibilidad por diferentes cuestiones que pueden ser la calidad de los libros, causas políticas, nuestra personalidad, etc. Un montón de factores por los cuales están siendo reconocidas. Hay una especie de autoconciencia de la gente que está en lugares de poder donde dicen: “Tengo que poner diversidad”. Ahí la línea entre ambas cosas todavía es tenue y borrosa porque estamos en plena transición. Creo que cuando las cuestiones se acomoden un poco más y haya tantas mujeres como hombres, nadie se va a estar preguntando este tipo de cosas. No creo que Nuestra parte… haya ganado el Grand Prix de L’Imaginaire porque sea una mujer latinoamericana que escribió una novela larga. Creo que es porque está buena y les gustó. Pero también les viene superbien dárselo a una mujer latinoamericana. Es una mezcla de factores que me juegan a favor a mí y a ellos. Pero no creo que vaya en detrimento de la novela. Simplemente es un análisis un poco más frío de toda la cuestión.

—No le quita valor literario.

—No le quita valor. Trato de no caer en algo que odio y llamo “el genio masculino”. Empecé a escribir en los 90 y la mayoría de los que escribían eran hombres. Eran todos “maestros”. Hay una idea de escritor como ser superior, sobre todo cimentada a partir del genio masculino, como si lo fuesen (genios) solo por serlo (hombres). No tengo esa relación con la gente. Para mí son influencias. No tengo esa sensación de “maestro”.

—Estuvimos más de dos años con barbijo como si la Tierra nos pretendiera callados, la aturdimos; vos sacás la novela, empieza la pandemia y terminás siendo la escritora más vendida en Argentina, más traducida, más laureada. ¿Tu interior se disparó en ese contexto? ¿Sos consciente?

—No me di cuenta, sinceramente. Estoy siendo más consciente ahora que se puede salir. Estuve bastante encerrada porque me enfermé, nada muy grave, pero me operaron y eso exigía cierta falta de movimiento y especialmente no contagiarme covid. Fue un posoperatorio largo justo en el momento que socialmente todo se abrió, la gente empezó a salir, a juntarse, y yo no podía. Eso me deprimió bastante. Venía encerrada por la pandemia y luego esto; me sentía rara… preciso mucho estímulo. No sé si el contacto con gente, pero sí salir, viajar, caminar. Estímulo mental a otro nivel, no forzado. Puedo tirarme horas a leer porque me gusta o tengo ganas, no porque no pueda hacer otra cosa. Todo se volvió muy oscuro y entré en algo aún más oscuro. No me dejó escribir y tampoco le veía sentido a escribir. Ahora ya lo hago normalmente. Lo que sí me pasa en las firmas de ejemplares es que mucha gente me dice: “Tu libro me salvó la pandemia”. Muchos. No dos o tres, muchos. El libro salió en diciembre de 2019 y el encierro comenzó en marzo, puede que eligieran un libro largo como el mío para empezar en ese momento. Pero me parece muy oscuro, en medio de tanto miedo, agarrar algo de miedo. Más allá de la muerte, porque la pandemia no era la peste negra, pero sí había una gran fobia del miedo al miedo. El miedo de que se convirtiera en algo como eso. Entonces me pareció muy triggering que quisieran agarrar mi novela en un momento así. Soy lectora de terror y tengo otra relación con eso pero hay muchos que no son lectores del género y la leyeron.

—La novela es perturbadora, un timing raro…

—Hay gente que no tolera lo perturbador en tiempos normales pero sí leer algo perturbador en tiempos perturbadores. Mientras yo no podía hacer nada, la gente accionaba. No sé cómo hubiera sido mi hoy creativo si no hubiera existido ese estímulo respecto de la novela. No me da miedo la página en blanco pero me gusta que me lean. No soy como esos escritores que ven la literatura como algo elegante y para pocos, porque eso es pensar que la gente no puede leer cosas elegantes. 

—Muy esnob. Aún existe. 

—Claro que existe. Pero mirá Silvina Ocampo. Ella quería que la leyeran. Hay cartas hermosas con Bioy en las que le dice: “Quiero que me lean en los kioscos”. Quería que la vendieran en colecciones populares, ¡con esos cuentos! (Risas). Esa inconsciencia y a la vez esa confianza en la gente, de que podían apreciar esa locura, porque todo el mundo está un poco loco, a mí me parece encantadora.

—Te ves más así. 

—Nací en una casa donde había un montón de libros pero ningún escritor. Escribí una novela sin conocer escritores. Sin hacer taller, sin hablar con un escritor. Creo que la única conferencia que vi en mi vida fue de Ernesto Sabato y después nunca más. No me interesaban los escritores como personas que hablaban. Los leía. Creo que nunca leí nada sobre técnica de escritura creativa. No dependo de eso. Por eso confío en la gente. Escribí una novela sin eso, solo con la biblioteca de mis papás. Tenía unos 12 años y leí El americano impasible, de Graham Greene. Me encantó. Después lo leí de grande y me gustó más porque entendí mejor las emociones. Leí a Rimbaud a los 15 porque vi a Patti Smith con una remera que tenía una foto de él y busqué Una temporada en el infierno que, no sé si lo entendí mucho, pero me pareció que tenía un uso del lenguaje maravilloso, tan lindo y sugerente y tan bestial al mismo tiempo, rabioso, que me quedé con la sensación de escuchar una canción punk. Había algo en esa rabia que me representaba. Lo encontré en Rimbaud, en The Clash. Era lo mismo. Me obsesioné con Rimbaud, su vida, compré la biografía que escribió Enid Starkie, compré los pocos textos que hay, junté las siete u ocho fotos que existen y me hice un altarcito, incluso aprendí un poco de francés para leerlo. Hice eso sola, sin profesor, nada. Entonces, ¿por qué no voy a pensar que cualquier persona puede leer a Rimbaud? Es disparatado de mi parte porque yo lo hice ¿Y yo quién soy? No digo que no haya cosas más sensibles o cierta formación para leer determinadas cosas, porque hay libros de Pascal Quignard que me pasan por arriba de la cabeza. Siendo adolescente leí a Neil Gaiman y en The Sandman tenía un capítulo que habla de Orfeo y me puse a leer mitología, los misterios órficos, me compré Los sonetos a Orfeo, de Rilke. ¡De Gaiman a Rilke! Hay muchos caminos para llegar a la literatura y creer que hay uno solo me parece preocupante.

—Hasta ignorante.

—Y, sí. Eso es no entender lo que moviliza a la gente. Tampoco me parece gravísimo que la gente no tenga interés por la literatura y se interese por otras cuestiones creativas. El prejuicio de: “Ay, no lee”. Bueno, tal vez pinte. Quizás hace música o es un gran fotógrafo o es un genio con las rosas, qué sé yo, o cocina increíble. Esa es mi actitud en la vida también. 

—¿Hubieras hecho otra cosa en lugar de escribir?

—Música. Lo intenté pero no me salió. Estudié guitarra en La Plata con uno que tocaba en una banda heavy. Luego tuve un novio que cantaba en una banda de rock muy stone, guapo él, muy glam, se pintaba los ojos, usaba mi ropa. Me motivaba para que tocara pero sinceramente no funcionaba. Me hubiese encantado. Tengo una idea de escenario muy rock y potente, pero lo mío evidentemente no va por ahí. 

—Hoy sos una estrella de rock en la literatura.

—Me parece que es una actitud que tiene que ver con un poco de “falta de respeto” a lo que escribís, en el mejor sentido: “Voy a poner esto y lo otro y no me importa cómo quede o lo que piensen los demás”. Aunque luego sí te importe y leas las reseñas y querés gustar porque esa inseguridad la tiene todo el mundo. Por suerte yo, en el momento creativo, no escribo con la policía en el hombro, todavía. Nadie está a salvo pero aún no me pasó. Ayer escuchaba a Springsteen: un disco raro, acústico, Devils & Dust, y hay una canción que creo que es sobre Irak o Afganistán, y dice: “Well I dreamed of you last night/In a field of blood and stone/The blood began to dry/The smell began to rise”. Terrorífico. El primer escritor que creo que usó a Springsteen como epígrafe fue Stephen King, en Cementerio de animales, con la canción Atlantic City, del disco Nebraska, que dice: “Everything dies, baby,/That’s a fact/But maybe everything that dies/Someday comes back”. Ahí lo entendí: hay una parte del imaginario de Springsteen muy macabro que lo aplica a otro tipo de emociones. En esa canción está hablando de que soñó con su compañero de batalla en un campo de sangre y que los dos mataron juntos. Lo interpreté y dije: “Ya está”: hay una parte de la novela que estoy escribiendo sobre un suburbio, unas piletas de sangre y escuchando esa canción de Springsteen, anoté esa frase en un papelito porque lo vi.

—Tus disparadores.

—Esos son mis disparadores. No el libro de este, no la charla de no sé qué, no algo que me pasó en la vida. Pasa por otro lado y de ahí sí puede venir cierta diferencia porque se nota de dónde sacás las cosas. No en cómo lo digas. Se ve cierta desconexión. Entonces no sé si es precisamente rockstar, como decís, pero sí puedo decir que estoy en otra sintonía. Hay gente que es diferente pero yo soy diferente de este modo. Porque las conexiones que hago son diferentes a las de otros. ¿Por qué? Por formación, gusto, así funciona mi cabeza. Eso, inevitablemente, cuando sale para afuera se ve como algo distinto. Particular.

—Te sabés excéntrica, ¿no? 

—Sí, claro, lo soy y creo que la gente lo recibe bien. Sé que lo que a mí me gusta no es algo que les interese a muchos. Me llama poderosamente la atención que eso pueda conectar tanto. Nuestra parte de noche, por ejemplo, tiene cosas super excéntricas del ocultismo, cierta lectura del tarot, o la cuestión cronenbergueana del cuerpo en donde están todos cortados, abiertos, operados. Pero más allá de lo excéntrico, está la relación padre/hijo, algo con lo que muchos se enganchan. Tiene tópicos sexuales. Es bastante queer el libro. Eso ya no es excéntrico, son cosas de la vida: la relación con los padres, la herencia y el poder. Son dos niveles, entonces, porque soy excéntrica pero no estoy desconectada de la realidad. Tengo mi mundo, muy particular, pero el mundo grande me interesa también. Veo TV, me interesa la política, la historia, las emociones de la gente. Hablo literariamente además de realmente, porque también tengo esas influencias. Y las mezclo. No entiendo por qué no puede haber una novela que muestre la relación padre/hijo y que hable sobre la vulnerabilidad masculina, el padre que tiene que estar en una posición de cuidado, la relación de un hijo con un padre enfermo, todas cosas que pueden ser cotidianas y que no entiendo por qué no pueden estar en un libro de ocultismo ¿Por qué no? Y como no entiendo por qué no, ahí están. (Risas).

—Habrá novela nueva: rock, fantasmas.

—No sé bien exactamente. Habrá salud mental. Muchos de los personajes van a tener problemas psicológicos, fantasmas seguro va a haber y también crisis económica. Para mí un fantasma es algo que está como en una especie de loop porque el fantasma aparece siempre en el mismo lugar y dice siempre lo mismo. La crisis económica de nuestro país para mí también es como un loop. Venís más o menos mal, parece que remontas y cae.

—¿Y el rock dónde está?

—En la banda que van a formar los loquitos. (Risas). 

—Seguís en Radar. Alguna vez dijiste que mantenías tu trabajo fijo porque sos hija de trabajadores.

—Es así. No puedo dejar un trabajo fijo, psicológicamente me cuesta. Me sentiría desamparada. Para mí todo tiene que ver con de dónde venís, y lo considero cada vez más importante por cómo afecta en la cabeza. No tengo casa ni auto. La casa que tiene mi mamá era la de su papá, porque mis padres no pudieron tener la suya propia. No tengo ahorros. Tampoco tengo un tío que me vaya a dejar dinero. Nunca estudié afuera ni me tomé un año sabático. Terminé la secundaria y me puse a laburar. Por más plata que gane, para llegar a un lugar de comodidad económica, haciendo solamente literatura, tengo que hacer mucho, en mayúsculas. Si te va relativamente bien con un libro, la gente te pregunta: “¿Por qué no dejás?”, y me pregunto: “¿Desde qué lugar lo dicen?”. Tal vez piensen en su situación personal. Es mi sueldo, así pago el alquiler. Podrán creer que hago plata con los libros pero me da pánico eso. Mirá si a los próximos libros les va mal y me gasto lo que tengo. Una persona que no tiene casa. Yo no puedo hacer eso. Por supuesto que me gustaría no trabajar, como a todo el mundo. ¿A quién le gusta trabajar? Me gustaría escribir literatura y nada más pero ahora no puedo. Quizá sea una traba psicológica más que una real, a esta altura. Pero está todo bien con mi traba psicológica, ya se me va a pasar. (Risas).

—¿Ves material para Premio Nobel en la literatura contemporánea?

—Es bastante difícil hablar de tus contemporáneos en esos términos porque no te das mucha cuenta, pero para mí sí hay escritores importantísimos. Cormac McCarthy es uno, a la altura de Faulkner y Faulkner ganó un Nobel. Joy Williams, otra. En literatura latinoamericana, Castellanos Moya. Me gustan escritores de todas las épocas aunque es difícil hablar de contemporáneos porque se desdibuja. Pero considero que sí, hay escritores importantísimos.

—¿Qué opinás del género de autoficción, tan prolífico hoy?

—Creo que depende de lo que tengas para decir y cómo lo escribas. Hay grandes libros de autoficción: Knausgård es brillante, Annie Ernaux, genial, y es otra gran escritora que la veo Nobel. En español, María Gainza me parece super interesante y al menos su primer libro juega bastante con eso. Para el caso, hay mucha literatura de ficción que es horrible, porque la literatura, llamémosla superficial o sin búsqueda, con pocos niveles, la podés encontrar en cualquier género. Lo que tiene de distinto la autoficción es que le agregás un problema adicional que es el narcisismo. No es que no sea narcisista alguien que escriba ficción, pero la autoficción lo evidencia más. 

—Rodrigo Fresán me decía que para escribir buena autoficción debés tener una vida muy interesante o ser Proust.

—Estoy totalmente de acuerdo. Toda literatura es un poco autobiográfica. En mis libros, ¿por qué hay ocultismo y rock? Porque son mis obsesiones. Pero la literatura en primera persona, hablando de un recorte puntual de la experiencia, a veces se presta a confusión con el periodismo narrativo, la crónica. Creo que hubo cierta ansiedad de las editoriales por encontrar este tipo de literatura, que tiene mucho que ver con el contexto en el que vivimos, en donde la palabra y la opinión tienen más valor. Vivimos en primera persona. 

—Y las redes sociales influyen.

—Las redes no están aparte de la vida: son la vida, y en esa parte de tu vida vivís en primera persona dando tu opinión a nadie como si fuera algo importante. Es el espíritu de época, y ante el lenguaje de la época lo que podés hacer es rendirte a él –no en el sentido de que te agobie, sino que sea una estética que te apela– o reaccionar en contra y que no te importe. De todos modos, la autoficción tiene una tradición muy importante en la literatura. Pasa que ahora a mucha gente le sirvió para jerarquizar ciertas experiencias despreciadas. La pequeña experiencia. La de ser trabajador manual, cuidador, la experiencia del abandono, cosas de todos los días y no se consideraban lo suficientemente jerarquizadas como para entrar en el “templo” de la literatura. La literatura del yo, desde Montaigne hasta Proust, siempre tuvo jerarquía y muchos escritores escribieron sobre la experiencia propia, entonces por qué hoy se lo considera como algo nuevo, tal vez por lo que decía del espíritu de época, y también porque a veces es difícil pensar la literatura en continuidades, la época condiciona mucho la literatura. Tienen otras características y los traumas que se cuentan son otros. Hay cierta literatura del yo que me influyó muchísimo, que es toda la que tiene que ver con el sida y que leí durante mi adolescencia: Hervé Guibert, Thom Gunn, Edmund White, Larry Kramer, Kathy Acker, David Wojnarowicz, todos artistas y escritores que escribieron durante la época del sida. Siempre me interesó el cuerpo, el cuerpo enfermo, lo queer, la cuestión política, porque fue una enfermedad muy política, y todo eso lo leí narrado en primera persona. Guibert tiene un libro excelente que se llama Al amigo que no me salvó la vida. Se refiere al amigo que no se cuidó o no le avisó que tenía sida. Es durísimo, porque por un lado es como una cartografía, con todo el detalle de los resultados de los análisis, muy técnico, y por otro es una narración muy rabiosa, de saber que está muriendo y que, además, está muriendo joven. En Bajar es lo peor saqué al sida voluntariamente. Un libro en donde hay un montón de sexo, se pican… estaban dadas las condiciones para el contagio. Esa fue la primera decisión literaria que tomé. Me dije: “En este libro la muerte va a estar sobrevolando la novela pero no va a estar encarnada en algo que tenga que ver con lo real”. Es una novela de terror, con presencias que representan el deseo, el dolor, la muerte, que no es que fuera el VIH justamente, pero sí esa presencia siniestra de la amenaza de la muerte. Están todo el tiempo al borde la muerte, por acciones propias, y quería que en la novela sobrevolara eso sin nombrarlo, porque sentía que si lo nombraba se iba a convertir en otro libro que no era lo que yo quería contar. Vivíamos con miedo en esa época y eso sí se refleja, ese miedo está en el libro y los personajes tienen terrores irracionales, éramos adolescentes y estábamos aprendiendo acerca del placer, acerca del cuerpo, y eso venía mezclado con el miedo al sida. Aunque yo tenía más miedo a quedar embarazada. Hay cosas que condicionan tu subjetividad, y la mía creía que los que se morían de sida eran los chicos y las chicas por abortos. Tenía miedo de enfermarme, por supuesto, pero le tenía terror al embarazo, porque sabía perfectamente que no quería tener un hijo, iba a terminar en un aborto, y el aborto era el raspaje, salir infectada, enferma, con hemorragias… Me daba terror.

—Tal vez “nos vino bien la pandemia” para lograr que los que tienen talento hayan salido con mucho brío.

—No pienso mucho en la literatura de lo que pasa alrededor. Hay libros que me gustan o escritores, pero la Literatura, así en mayúsculas, no la pienso. Sinceramente, eso de decir: “A ver qué está pasando en la literatura” llega un punto en que no sé de qué estamos hablando (risas). Te cuento algo que no he dicho nunca: tengo un problema con los números. Una psicóloga me dijo que se llamaba discalculia. Es un problema cognitivo porque no sé sumar, pero va más allá: no puedo recordar números. Algo así me pasa con la literatura. Puedo ver qué pasa, pero giro la cabeza y ya estoy en lo mío, en los escritores que me interesan. Esa cuestión de “pensar la literatura” a mí no me pasa. 

Afortunadamente.

Imagen de portada: Gentileza de Perfil. Reconocida como una de las mayores exponentes del género de terror, Mariana Enriquez es dueña de una prosa exquisita que cosecha lectores en todo el mundo.

FUENTE RESPONSABLE: Perfil. Por Lala Toutonian. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Argentina/Nuestros escritores.

El cantor de la Argentina.

La primera tarea que debe asumir un historiador frente a una figura como la de Gardel es desbrozar la selva de mitos que han crecido en torno a su figura. Investigando su extraordinaria vida, me fui encontrando con versiones absurdas pero mantenidas como verdades reveladas. Muchas lanzadas con la audacia y la impunidad de quienes lo hacían con la “tranquilidad” de que se trataba de alguien perteneciente a los sectores populares, por lo que esas calumnias no tendrían mayores consecuencias. Distinto hubiera sido blasfemar contra un hijo del poder.

Lo otro que me sorprendió fue que gran parte del interés demostrado frente a una figura tan gigantesca era la obsesión con el lugar de nacimiento y las circunstancias de su muerte, quedando en un segundo plano lo más relevante: su carrera, su valor artístico, el ser humano.

Frente a la contundente y seria documentación existente, cada vez menos gente se anima a discutir que nació en Toulouse el 11 de diciembre de 1890 con el nombre de Charles Romuald Gardes. Su madre era una humilde planchadora, Marie-Berthe, que fue abandonada por su pareja, Paul Jean Laserre, apenas quedó embarazada.

No era sencillo ser madre soltera en una ciudad de provincia. El señalamiento y el hostigamiento eran moneda corriente. Con todo lo que tenía en la vida, su pequeño Charles, decidió partir lo más lejos posible, hacia la gran capital del sur.

Llegó a Buenos Aires el 11 de marzo de 1893 y el vista de aduana nunca podría haber sospechado que le estaba dando entrada a quien se convertiría en el símbolo máximo de la París del Plata. La madre y el niño se instalaron en un conventillo de la calle Uruguay. Berthe comenzó a ejercer su oficio, muy requerido por entonces, y Carlitos transcurría sus días entre casas de vecinos y la calle, que lo atraía desde muy pequeño. 

A los seis años ya ayudaba a su madre a repartir las camisas planchadas en los teatros de Corrientes y en las redacciones de revistas que engalanaban la angosta calle cultural por excelencia. 

Pero a Carlitos también le encantaba correr hasta el Mercado de Abasto para hacer algunas changas, ganarse la amistad de los puesteros y escuchar las variadas melodías europeas que entonaban y que se mezclaban con las de las provincias que traían los carreros junto al azúcar tucumano, el vino mendocino o la yerba de Misiones. 

Ya se iba haciendo conocido como el francesito cantor dueño de una voz única y una gracia muy particular. Berthe más de una vez lo tuvo que ir a buscar a la comisaría detenido por vagancia. Cuentan que en una de esas ocasiones un comisario le dijo: “¿Y? ¿Ahora qué me vas a decir, pibe?”. “Decirle nada, pero si quiere le canto.” Y se largó con alguna milonga y toda la comisaría estalló en un aplauso, desde los presos hasta el comisario quedaron encantados con aquel morochito “atrevido”.

Así fue creciendo, dándole disgustos y alegrías a la vieja a la que amaba con todo su corazón; eran dos contra el mundo, un mundo que no los miraba bien y que, sin quererlo, los hacía fuertes. Carlitos hizo de todo para ayudar a su madre a parar la olla: fue mandadero, empleado gráfico, aprendiz de orfebre, pero lo de él era cantar. Se había destacado en el coro del colegio junto a su compañero Ceferino Namuncurá.

SE PRODUJO LA MAGIA

De adolescente, le encantaba recorrer boliches y escuchar a los payadores, que ya eran urbanos e iban anticipando la temática del tango. Y, si lo dejaban, cantaba. Para algunos era el Zorzalito; para otros, el Morocho del Abasto, pero la fama crecía.

Fue una noche mágica de 1911 cuando conoció al Oriental, José Razzano. La química fue instantánea y el Pepe le propuso conformar un dúo. Carlitos respondió con una de sus humoradas: “Y si la gente no se da cuenta y no nos llevan presos… dale”. Y así comenzó una larga amistad cruzada por giras, discos y miles de historias.

El repertorio del dúo era exclusivamente folklórico: cifras, milongas, cielitos, zambas y estilos. El tango no estaba muy bien visto ni había demasiados letristas destacados que conformaran la exigencia de Gardel. Pero algo cambió en 1917. Hacía un año que la gente votaba libremente, en Rusia una revolución ponía a temblar a los poderosos y el pueblo necesitó hablar, decir, hacerse oír. Y el tango también. Llegó a manos de Gardel un hermoso tango de Castriota y Contursi, “Percanta que me amuraste”. Gardel prefirió llamarlo “Mi noche triste”, y lo estrenó, como decía él, paradójicamente la noche más feliz de su vida. Desde entonces el tango y Gardel fueron hermanos y crecieron juntos. También en aquel año, con sus 120 kilos a cuestas, fue convocado por el director Defilippis Novoa para hacer una película, Flor de durazno, que lógicamente era muda, y Carlitos no se sentía cómodo porque no era actor y no podía cantar.

Con Razzano grabó discos y realizó innumerables giras. En una de ellas, pasando por Mercedes, decidió cambiar su apellido Gardes por Gardel, que le sonaba más musical.

En 1923 viajaron a España como integrantes de una compañía teatral para realizar el número musical final que se conocía como “fin de fiesta”. A la obra no le fue tan bien, pero sí a los “cantaores argentinos”, como decía la prensa madrileña. Fueron contratados aparte con gran éxito.

En 1925, debido a problemas de garganta de Razzano y algunas desinteligencias económicas que decepcionaron mucho a Gardel, el dúo se disuelve y Carlitos se convierte en uno de los solistas más requeridos en todos los escenarios.

En 1928 debutó en París con toda “la crème de la crème” en la platea. El suceso fue total. Llegó a actuar a beneficio en la Ópera de París y todos querían conocerlo. Volvió a su querido Toulouse, del que casi no tenía recuerdos, pero aprovechó para conocer a sus familiares y darle el gusto a la “viejita”, que volvía ahora victoriosa y con legítimo orgullo.

En 1929 había visto asombrado el éxito de El cantor de jazz, de Al Jolson, la primera película con banda de sonido incluida. Carlitos quiso llevar el invento a Buenos Aires, y allí, en 1930, grabó los primeros videoclips de la historia bajo la dirección de Eduardo Morera y con la participación de grandes figuras, como Enrique Santos Discépolo y Francisco Canaro, entre otros.

LA DÉCADA INFAME Y OTRA VEZ LA MAGIA.

Pocos días después del golpe, Gardel se presentó a cantar y un grupo de jóvenes pertenecientes al llamado Klan radical lo silbaron y lo trataron de golpista y conservador. La bronca pudo más que sus convicciones políticas y grabó un olvidable “Viva la patria” en honor al golpe de Estado de 1930. Gardel no era un hombre comprometido políticamente, tenía amigos socialistas y hay quien habla de un carnet de afiliación al partido de Juan B. Justo. Los veía en el Café de los Angelitos, cercano a la Casa del Pueblo. También tenía amigos radicales y vínculos con caudillos conservadores, como Alberto Barceló, el “dueño” de Avellaneda. Pero sí tenía un profundo compromiso social, siempre cercano a los más necesitados, a los que dedicaba un lugar especial en su repertorio con canciones como “Pan”, del Negro Celedonio Flores, del que decía que era su tango preferido, “Acquaforte”, “Al pie de la Santa Cruz” o “Pordioseros”. Siempre cuando terminaba una función, en el lugar del mundo en donde estuviese, les dedicaba a la salida un mini recital a aquellos que no habían podido pagar la entrada.

En 1931 volvió a París para filmar para la Paramount Luces de Buenos Aires, Espérame, Melodía de arrabal y La casa es seria, esta última duramente censurada en varios países. Otro encuentro mágico se produciría en París. Esta vez con el enorme poeta Alfredo Le Pera. Nacía una gran amistad y una dupla imbatible para la historia del tango.

Regresó al país y disfrutó el éxito de sus películas, que llegaban a todos los rincones de la Argentina, España y Latinoamérica. En 1933, su último año en su Buenos Aires querido, grabó muchos discos y conoció al gran Federico García Lorca, a quien le propuso ponerle música al maravilloso Romancero gitano. El destino trágico no los dejó concretar el proyecto.

Se fue para siempre de la Reina del Plata el 7 de noviembre en el Conte Biancamano rumbo a España. Volvió a Francia con gran éxito. En Niza conoció a Charles Chaplin, que quedó fascinado con la voz y la personalidad de Gardel. Partió desde allí hacia Nueva York, donde lo esperaban un suculento contrato con la cadena radial NBC y nuevos compromisos con la Paramount para filmar sus películas Cuesta abajo, El tango en Broadway, Cazadores de estrellas, El día que me quieras y Tango Bar, todas con guion de Alfredo Le Pera y con las actuaciones de Mona Maris, Rosita Moreno, Manuel Peluffo, Enrique de Rosas, Tito Lusiardo, Jaime Devesa, Vicente Padula, Suzanne Dulier y la rubia de Nueva York, Sydelle Slewette, entre otras figuras. Para estas películas compuso junto a Le Pera maravillas como “Volver”, “El día que me quieras”, “Por una cabeza” o “Soledad”, seguramente una de sus creaciones más bellas y complejas.

Estando en Nueva York se vinculó con la colonia argentina. Allí estaba una familia marplatense que tenía fama de muy buena anfitriona, los Piazzolla. En una cena conoció al pequeño Astor, que ya trataba bien al bandoneón, aunque Carlitos decía que lo hacía “como un gallego”. La amistad entre el pequeño y Carlitos fue creciendo y Gardel le propuso acompañarlo con su bandoneón en la gira que estaba por iniciar por América latina. El sindicato y la familia se opusieron, y Astor pudo decir muchos años más tarde en una sentida carta de homenaje a su querido Charlie: “Menos mal que no te acompañé, porque ahora, en vez de estar tocando el bandoneón, estaría tocando el arpa”.

EL FINAL TRÁGICO Y EL RECONOCIMIENTO POPULAR

Pudo volver a París en 1934, y a Toulouse, para ver a su querida viejita. De regreso a Nueva York, completó sus emisiones radiales para la NBC y organizó su viaje latinoamericano, que comenzó a fines de marzo de 1935 por San Juan, capital de Puerto Rico, donde lo recibieron en el muelle más de cinco mil personas. Continuó por Aruba, Curazao y Venezuela, siempre con teatros repletos y multitudes que lo aguardaban. Lo de Colombia fue apoteótico desde un principio, cuando el avión que lo traía casi no puede aterrizar en Bogotá porque la pista estaba invadida por la gente.

El 24 de junio amaneció nublado. Ni Gardel ni sus guitarristas querían volar. El viaje entre Bogotá y la primera escala rumbo a Cali, Medellín, fue muy accidentado. Le Pera no pudo más y dijo: “Ahora lo único que falta es que nos hagamos mierda todos”. El ambiente no era el mejor en la mesa del bar del aeródromo de Medellín: Barbieri extrañaba a su mujer, Gardel había perdido su mágica sonrisa y Aguilar tampoco estaba muy contento de subirse al avión, que había cambiado de piloto. Tendrían el honor de ser llevados por el dueño de la compañía SACO, Sámper Mendoza, una gloria de la aviación colombiana, pero que no tenía mucha experiencia en pilotear aviones grandes como el que acababa de comprar en Estados Unidos. 

La carga del avión era un tanto excesiva y estaba muy mal distribuida. La pista no estaba en buen estado y tuvo que tomar por un camino lateral que no le daba buena visibilidad. Cuando se encontró con el avión alemán de frente, ya era demasiado tarde: impactó de lleno contra el aparato que, como el suyo, tenía los tanques de combustible llenos. El desastre fue total. Gardel y Le Pera, que ocupaban los primeros asientos, murieron instantáneamente. Solo se salvaron el comisario de a bordo, el guitarrista Aguilar y el profesor de inglés, el catalán Plaja. Ellos contaron que no hubo ninguna conspiración, ni tiroteo, ni atentado, solo una tragedia producto de una serie de sucesos desafortunados, a los que se sumó un inesperado viento de cola que complicó todo.

La muerte de Gardel fue tapa de todos los diarios del mundo. Y el gobierno liberal-conservador del general Agustín P. Justo trató de aprovecharla para sacar de las primeras planas el asesinato en plena sesión del Senado del legislador Enzo Bordabehere, compañero de bancada de Lisandro de la Torre, valiente denunciante de los negociados del gobierno con los frigoríficos ingleses y estadounidenses. La campaña la llevó adelante Natalio Botana desde las páginas de su diario Crítica.

Tras muchas dilaciones, un velatorio en el Barrio Latino de Nueva York, un homenaje en Río de Janeiro y otro velorio en Montevideo, el cuerpo de Gardel llegó finalmente a su Buenos Aires querido el 6 de febrero de 1936. Fue velado en el Luna Park, por el que pasaron miles de personas. La frase que más se escuchaba era “Gracias, Carlitos”, los más humildes no olvidaban las alegrías que aquel morochito del Abasto les había brindado.

No todos recibían con un corazón limpio, como el pueblo porteño acongojado y solo consolado por el regreso de su mejor cantor, la llegada de los restos de Gardel. Entre quienes incluso se llegaron a mofar de las muestras de cariño no podían faltar algunos representantes de la recalcitrantemente retrógrada derecha católica de entonces.

El periódico “nacionalista” Bandera Argentina sostuvo en su edición del 5 de febrero de 1936 que el velorio de Carlitos había sido una sucesión de “frases cursis, elogios desmesurados, discursos histéricos, innoble música de prostíbulo mezclada con diálogos de una desesperante chabacanería (…) Los litros de lágrimas que durante el día de ayer vertieron los admiradores y las admiradoras de Carlos Gardel, el Zorzal de Toulouse (Francia), convirtieron lo que debió ser un simple entierro en un candombe”. El pasquín terminaba diciendo que el pueblo que había asistido al sepelio y acompañó los restos de su ídolo a la Chacarita “no es la población sana, decente y argentina”.

Otra publicación del mismo pelaje, Crisol, compartía el desagrado por ver a las masas en la calle llorando a un “tanguero” y proclamaba: “El tango no es nuestro, porque lo criollo es viril y es gentil como un malambo, una zamba, un gato” (8 de febrero de 1936).

Y en la edición del día siguiente, Crisol explicitaba aún más su posición racista y anti popular: “Nada se pareció tanto al entierro de Gardel como el entierro del señor Irigoyen (sic): la misma hez social presa de idéntica epilepsia vociferante y arrebatada; la misma sensibilidad inferior y antiestética, la misma propensión a lo soez y abyecto, la misma mentalidad grosera y primitiva”.

Dentro de la derecha clasista, quien más se destacó en su derrame de bilis fue el portavoz de la jerarquía católica, monseñor Gustavo Franceschi, un personaje que en su larga trayectoria se destacó por su oposición a todo lo que fuese popular. A modo de necrológica de Gardel, escribió en su revista Criterio: “Como cantante, divulgó con preferencia las peores canciones, las de letra más humillante, las que menos ennoblecen; y, no satisfecho con la obra que realizó entre nosotros en ese perjudicial sentido, las difundió en el extranjero como el mejor producto de arte argentino. ¡Y luego sus películas, a alguna de las cuales ya nos hemos referido anteriormente! A través de las cintas de Gardel, la idiosincrasia nacional se concreta en delincuentes, orilleros y mujerzuelas”.

Dos años después, el cuerpo de Gardel fue depositado en su panteón en la Chacarita donde, desde el 7 de julio de 1943, lo acompaña su querida viejita, doña Berta. De Franceschi ya nadie se acuerda. Para todos nosotros, Carlitos sigue por aquí y, qué duda cabe, cada día canta mejor.

Imagen de portada: Gentileza de Caras y Caretas

FUENTE RESPONSABLE: Caras y Caretas. Argentina. Por Felipe Pigna; Historiador. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Tango/Historia/Carlos Gardel

 

Anticipo: así es el auto eléctrico argentino CR-2 que se venderá a un precio más bajo que el modelo Tito.

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El pequeño auto eléctrico Tito, fabricado en la provincia de San Luis y con ventas que superaron las expectativas, tendrá en pocos meses más un nuevo competidor de origen nacional.

Se trata de CR-2, un auto eléctrico biplaza desarrollado por Hamebolt, el área de movilidad y robótica de Faniot, la primera fábrica argentina de NanoSensores que opera en Misiones y hace dos años empezó a trabajar para crear dispositivos eléctricos para la movilidad sustentable.

El primero de los desarrollos se lanzó en 2021 y fue el Wakure, un vehículo eléctrico para uso utilitario o recreacional. El segundo gran proyecto de la compañía es el biplaza CR-2, un modelo 100% argentino, desde el diseño conceptual hasta la tecnología y computadora de abordo.

Lanzamiento WAKURE – Wake Utilitario y Recreacional Eléctrico #HAMELBOT

Hasta el momento, se presentaron tres prototipos y están en proceso de homologación con el INTI, donde se firmó un convenio para el trabajo en conjunto. Se espera que en pocas semanas más se lance la preventa

Características del auto eléctrico CR-2

El nuevo vehículo eléctrico está listo, y solo faltan cuestiones legales para que salga a la venta. Según explicó a iProfesional Martín Bueno, CEO de Hamel Bot/Faniot, el modelo está fabricado en fibra de vidrio y otras partes en fibra de carbono. «Cuando entren en producción, se reemplazarán por moldes existentes en fibra con alto impacto, termoformado para algunas partes y de aluminio para el sistema estructural», explicó el directivo.

El nuevo Hamebolt CR-2 está en proceso de homologación.El nuevo auto Hamebolt CR-2 está en proceso de homologación.

En cuanto al espacio, está pensado para 2 pasajeros y puede cargar adicionalmente 80 Kilos. Sus prestaciones contemplan una velocidad máxima de 60 km/h y una autonomía de 150 km.  Cuenta con un motor AC trifásico de inducción de 60kW (80hp) potencia máxima y 190 Nm. La batería es de ion Litio de 96 V.

Por el momento se fabricará una sola versión pensada para el uso urbano, es decir, que pueda circular en la vía pública y que no sea solo para predios privados, como sucede con muchos de estos modelos.

Está equipado con un sistema de seguridad que cuenta con una computadora de abordo que, además de registrar todo los acontecimientos del vehículo, como por ejemplo cuándo hacer un service, también controla aspectos importantes de la seguridad a bordo.

Precio del auto eléctrico CR-2: más barato que Tito

El gran competidor del nuevo auto eléctrico misionero es el Tito puntano, que ya está a la venta. Y estas son las diferencias más importantes que están a la vista.

En primer lugar el precio. Si bien el nuevo modelo producido en Misiones no está en los concesionarios todavía, se estima que en las próximas semanas se hará una preventa, y el valor aproximado en pesos será de $1,5 millones, anticiparon los fabricantes.

El Tito sale u$s16.500 sin aire y u$s 17.750 con aire (al tipo de cambio oficial). Es decir, desde 2.050.000 pesos.

Tito, el rival del nuevo auto eléctrico de misiones.

En cuanto a la construcción, el CR-2 estará fabricado en su etapa final con fibra de carbono y aluminio, mientras que Tito está confeccionado 100% con chapa.

Otro dato es la autonomía. Para quienes quieran adquirir el nuevo Tito, un auto con capacidad para cuatro integrantes, deberán saber que la autonomía es de 100 kilómetros (el CR-2 es de 150). Tito tiene una potencia de 4.5KW y la velocidad máxima de 65 km/h. La batería es de litio de 8 kwh y 2000 ciclos de carga.

Qué tecnología ofrecerá el auto eléctrico CR-2

Uno de los aspectos que caracterizan al nuevo modelo es la tecnología, según sus desarrolladores. Además de aplicarla a la seguridad, la usan por ejemplo en el sistema de encendido. El auto eléctrico no tiene llave ni botón de start & stop, sino que se abre desde el celular a través de una aplicación.

En cuanto a la batería, tiene cargador propio incorporado y se enchufa directo a un toma corriente de 220V. Aclararon que no venden algún wallbox para que se instale en el hogar para recargar porque no lo necesita.

«Este modelo es diferente a todo lo que se vende en el país porque está diseñado 100% en Argentina, hemos visto que muchos están trayendo o comprando el diseño en China y ensamblando en argentina. Nuestro caso es diferente, ya que se planteó desde cero y se creó un concepto único, con tecnología MaaS (Mobility as a services)», comentó Bueno.

MaaS es una tendencia que contempla un  alejamiento de las formas de transporte de propiedad personal y la orientación hacia las soluciones de movilidad como una forma de servicio consumible, una tendencia que se está dando en todo el mundo.

«Lo más importante es la tecnología MASS que usa este modelo de Hamel Bot CR2-, y al mismo tiempo el sistema de inteligencia artificial que comanda el sistema, para el control de todas las operaciones de seguridad del mismo», agregó el CEO acompañado de Agustín Maceda y Luis Medida, los ingenieros Mecánico y Electromecánico líderes del proyecto Hamelbot Cr2.

Auto Urbano Biplaza C-R2

Otros rivales del auto eléctrico Tito y del CR-2

Hay otros dos rivales que hoy enfrentan a Tito de forma directa. Son el Volt fabricado en Córdoba y el Sero Electric, fabricado en la provincia de Buenos Aires.

El Volt tiene diferentes versiones. El Z1 Start es el modelo «de entrada» y cuenta con una batería de 4 kWh, con una autonomía de 60 km; mientras que el Z1 Power Long Range recorre una distancia de 80 km sin recargar. En ambos casos, ofrecen una velocidad máxima de 40 km/h y se recargan en dos horas y media.

Por su parte, el W1 Start cuenta con una batería de 10 kWh, con 150 km de autonomía; mientras la del W1 Power Long Rage es de 20 kWh. En ambos casos, su velocidad máxima es de 80 km/h.

En cuanto al Volt e1, el modelo «utilitario», integra una batería de 20 kWh y 150 km de autonomía, al igual que el Power Long Rage. Ofrecen una velocidad máxima de 105 km/h y la recarga demora 10 horas. En todos los casos, se enchufa al tomacorriente hogareño.

En Sero Electric, ofrecen diferentes versiones con una autonomía que oscila entre los 40 y 100 km dependiendo del pack de baterías elegido, que puede ser de plomo o larga duración. La velocidad máxima es de 50 Km/h para vía pública, con la posibilidad de establecer un valor menor para predios privados. La capacidad de transporte es de dos personas. En total, soporta hasta 270 kg.

Imagen de portada: Gentileza de IProfesional.Fue desarrollado por la empresa misionera Hamelbolt, especializada en movilidad sustentable. Está casi listo para salir a la calle. Precio y detalles

FUENTE RESPONSABLE: IProfesional. Por Guillermina Fosatti. Mayo 2022.

Sociedad/Automóviles eléctricos/Argentina/Económia/Negocios

 

 

Juano Villafañe presenta dos obras basadas en sus textos: «La conversación infinita” y «Confesiones de un escritor»

Sus cincuenta años con la cultura y el repaso de una vida asombrosamente marcada por el arte y los artistas

«Tuve una formación renacentista», dice el director artístico del Centro Cultural de la Cooperación, y la referencia se verifica en su obra. Sus padres, Javier Villafañe y Elba Fábregas, le legaron «un mundo mágico», vivencias en la mítica carreta La Andariega, una infancia viajera y una casa que era en sí misma un gran teatro lleno de escenografías, cuadros, libros, títeres. Dice que ha cumplido muchos sueños, pero son más los que le quedan por cumplir. 

Juano Villafañe hizo cuentas y concluyó que está cumpliendo 50 años en la cultura. El se ríe cuando se le dice que el medio siglo suena a bronce, pero asombra el repaso por la cantidad de cosas que hizo, la rica herencia familiar, por los y las artistas fundamentales de todas las disciplinas que conoció desde niño y con los que trabajó. De Pablo Neruda a Manuel Mujica Lainez, de María Elena Walsh a Juan Gelman, de Alfredo Zitarrosa a Batato Barea, de Miguel Angel Asturias a Violeta Parra o Antonio Berni, pasando por artistas plásticos, poetas, músicos, actores y actrices de toda Latinoamérica, aparecen en su currículum, en sus anécdotas y en sus recuerdos de infancia. Fue la poesía el territorio en el que centró su hacer, pero siempre conectado con todas las disciplinas. 

Los nombres de sus padres, Javier Villafañe y Elba Fábregas, la figura de la mítica carreta La Andariega, con la que revolucionaron el teatro de títeres y recorrieron Latinoamérica y el mundo (también él, que llegó en plena gira, y por eso le tocó nacer en Quito), aparecen también ligados a su historia y su presente. Que continúa con gran intensidad artística y el estreno de dos obras de teatro basadas en poemas suyos, La conversación infinita y Confesiones de un escritor, en homenaje a Haroldo Conti, entre una asombrosa cantidad de iniciativas de las que habla con entusiasmo en la charla con Página/12

–¿Qué marca el punto de partida?

–El año 1972 que fue para mí una referencia fundamental. Por un lado inauguraba un teatro que mi madre, Elba Fábregas, había creado en la casa familiar. Era un teatro para cuatro espectadores donde mi madre hacía sus funciones y luego invitaba a cenar a sus invitados. Por ese teatro recuerdo que pasaron Alejandra Boero, Kive Staiff, Roberto Santoro, Manuel Mujica Lainez, Ariel Bufano y tantos artistas y vecinos del barrio. No se cobraba entrada, el teatro se llamaba “Siembra” y estaba registrado como una cooperativa. “Siembra” estuvo alguna vez instalado en la calle Sarmiento y había sido creado por Enrique Agilda, uno de los fundadores del teatro independiente y pareja de mi madre. Allí realicé mis primeros recitales y presentaciones junto a los compañeros escritores del Taller Literario “Mario Jorge De Lellis”. También formé el Centro de Estudiantes del ENET 9 “Ingeniero Huergo”, en esa escuela me recibí de técnico y también participé de la construcción de la Coordinadora Nacional de Escuelas Industriales en defensa de las carreras técnicas en el país. 

–Una mezcla infrecuente, la poesía y la técnica…

–Siempre me pareció maravilloso que mi vida cultural estuviera asociada al mundo de la poesía, a crear imágenes y metáforas, al trabajo técnico industrial, y a la vez poder estar en la acción político cultural. Yo estoy convencido que una tarea integral de los diversos oficios no limita, sino que multiplica. Me enorgullece haber podido multiplicarme en los trabajos técnicos y poéticos, en esos vértigos a veces imposibles que implica construir imágenes y vivir solidariamente con los poetas de mi generación tratando de cambiar el mundo. Y haber aprendido especialmente que con la poesía no cambiamos el mundo, pero que la poesía se parece mucho al mundo transformado

–¿Aun en este mundo tan transformado por lo digital, por ejemplo?

–Hoy las imágenes ya no solo tienen un valor de uso o de placer, también tienen valor de cambio, las metáforas valen y ese valor es un triunfo del mundo del trabajo de lo intangible sobre el mundo tangible. Lo que falta, reconociendo la importancia que tienen las redes y lo digital, es tratar de poner en valor el trabajo intelectual, reconocer como corresponde el derecho de autor. Hoy las grandes empresas digitales viven y le ponen valor a las palabras, las imágenes también se venden como nunca. Estamos ante la necesidad de pensar en la soberanía digital y el comercio electrónico. Hacer poesía, trabajar en actividades técnicas, comprometerme con el trabajo político cultural, fueron las cosas que más me enorgullecen en de toda esta vida cultural compartida.

–Fue uno de los creadores de un hito cultural de Buenos Aires, «Liber-Arte Bodega Cultural». ¿Cómo lo recuerda?

–Lo inauguramos en 1987. Fue una experiencia extraordinaria donde logramos reunir en el mismo espacio a las generaciones de los años 60, 70, 80 y de los 90. Habíamos formado una cooperativa, su presidente era David Viñas y los vicepresidentes José Luis Mangeri y Ernesto Goldar. Integraban esa cooperativa y aportaban Osvaldo Bayer, León Rozitchner, Horacio González, Eliseo Subiela, Ana Padovani, Ricardo Piglia, Ricardo Capellano, entre muchas y muchos artistas e intelectuales. Teníamos un video club, La Fábrica de los Sueños, que era la videoteca más importante de la Argentina. Por Liber-Arte pasaron músicos como Alfredo Zitarrosa, Javier Martínez, Luis Salinas, León Gieco, Andrés Ciro Martínez. Actores y actrices como Lorenzo Quinteros, Alejandro Udarpilleta, Batato Barea, Adelaida Mangani. Por Liber-Arte pasó todo el under de los años 80. Realizaron sus primeras actuaciones Diego Capussoto, José María Muscari, Valeria Bertuccelli, Campi. Ahí se hicieron los primeros encuentros poéticos latinoamericanos de post-dictadura. Fue un centro cultural que tenía una gran librería, salas de exposiciones, dos salas de teatro y un bar. Lo dirigí con mucha entrega y con una gran participación del público y los artistas. El actor y director Adrián Blanco fue mi gran colaborador. Me enorgullece haberlo mantenido en épocas muy difíciles económicas y políticas que desembocaron, como todos recordamos, en la crisis del 2001.

Imagen: Verónica Bellomo.

–Inevitablemente, su obra aparece ligada a las de sus padres y a todos los caminos que abrieron. ¿Cómo fue su infancia?

–Yo nací y viví, como digo siempre, dentro de un teatro. Tuve una formación renacentista, estudié música diez años, historia del arte, dibujo y pintura, hice títeres y escribí desde niño. Mi casa era un gran teatro lleno de escenografías, cuadros, libros, títeres de todo el mundo. Les agradezco a mis padres haberme dado ese mundo mágico y a la vez enseñarme que lo poético no es solo un estado existencial bello, sino que la poesía está en la aventura de vivir y que la vida es el arte y el arte es la vida. Y que el acto poético por excelencia es la transformación del mundo. Todo esto me enseñaron mis padres.

–Nació en Quito en un viaje que sus padres hacían con La Andariega, recorrió con ellos el continente, vivió en distintos países, en Chile en Isla Negra, con Pablo Neruda… ¿Cómo fue esa infancia viajera e inundada de arte? 

–La guardo como un tesoro, desde una memoria de niño, de la cual mis padres siempre se asombraron por la forma que recordaba casi todo de lo que fue, por ejemplo, mi estadía en Isla Negra. Pablo Neruda me llevaba a pasear por el mar y tenía una casa llena de elementos marinos. Recuerdo que me bautizó con vino para que fuera un poeta y tengo su libro Las uvas y el viento dedicado a mis padres y a mí, escrito con la tinta verde con que él firmaba. También en mi infancia conocí a Violeta Parra, a Eduardo Falú, a Horacio Guarany, Poroto Botana, en una mítica casa de Olivos que pertenecía a Mario Pepe Quintana, un gran amigo, donde pasé parte de mi niñez cuando mis padres estaban de gira por Europa. Yo siempre siento que toda mi infancia fue el gran legado que me dejaron mis padres dentro de un mundo de poetas y artistas. 

–¿Y tuvo alguna «contra» vivir esa infancia «diferente»? 

–Sinceramente, no. Tuve una infancia mágica en la provincia de Buenos Aires donde compartía mi vida con los hijos de los trabajadores. Viví la resistencia peronista y mi mundo artístico con todos los niños de mi barrio. A mis padres los querían mucho, eran muy populares. Cada vez que hacían títeres en el parque de casa, se llenaba de niños que entraban por debajo de los cercos para ver la función, porque sabían que podían entrar a la casa por todos los rincones que tenía. Mi hermano Emilio y yo éramos para el vecindario «los hijos de los artistas», y todos respetaban esa gran casa que era a la vez un gran teatro en medio de los montes y los arroyos.

–Recuerdo el hermoso libro Los Villafañe, escrito en familia. Su padre marcó el teatro con sus títeres, pero también su madre fue una figura cultural fuerte. 

–Los Villafañe fue un libro homenaje compartido. Mi madre y mi padre escribían poesía y decidí hacer un libro donde estuviéramos los tres. Hoy el libro quizás debería llamarse Los Fábregas Villafañe. Mi madre fue realmente una gran artista. Si bien no era una militante feminista, como se dice ahora, junto a otras mujeres amigas de la época como María Elena Walsh y Leda Valladares defendieron los derechos de las mujeres. No estaba bien visto que una mujer fuera titiritera y anduviera libre por los caminos del mundo. Mi madre usaba el pelo muy largo y pantalones, tampoco estaba bien visto que una mujer diera clases como docente vestida de esa forma. La recuerdo siempre viviendo de manera irreverente en un mundo dominado por los hombres y los protocolos patriarcales. La tarea dentro del teatro fue uno de sus actividades centrales, también escribía y era artista plástica. Pero fue pionera en la modernización del espectáculo de títeres, tanto para adultos como para niños, retiró al títere del retablo y lo colocó en el espacio escénico de otra forma, valorizó la función dramática de los objetos, estableció rupturas importantes en el juego teatral y a su vez mantuvo la lógica de los juglares en todos los espacios. Hasta en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, allí fue muy rupturista. 

–¿Qué hizo?

–Llegaba al teatro con una gran valija de viaje y se colocaba en la cola de los espectadores que iban a ver su espectáculo, ingresaba con todo el público y en vez de sentarse en una butaca, subía con su valija al escenario para hacer su función, se maquillaba y se vestía frente a un espejo que ya estaba montado sobre el escenario. Era muy impactante para el público esa actitud en aquellos años, esa intimidad que debía quedar en los camarines y que se mostraba como parte del teatro sobre el propio escenario en que iba a realizar su espectáculo. En esos días era difícil aceptar esta forma tan rupturista de las buenas costumbres, estoy hablando de los años 60 y principios de los 70. Guardo siempre el recuerdo de una madre tierna, activa y luchadora.

–Sobre su padre circulan muchas anécdotas. ¿Hay alguna que lo pinte de cuerpo entero? 

–Cuando estuve viviendo en Venezuela con mis hermanos en la casa de Mérida, a mi padre se le confirmó un proyecto artístico para hacer en España una gira con títeres por los caminos por donde anduvo Don Quijote de La Mancha, con una carreta tirada por caballos, fue a fines de los ’70. Cuando el Rey de España se enteró de que un titiritero había recorrido con una carreta tirada por caballos los caminos de La Mancha, lo invitó al palacio para que le contara la experiencia que había sido tan impactante para el Rey. El Rey le dijo que era la primera vez que un titiritero entraba al palacio para una audiencia oficial. Tras extenderle la mano para saludarle mi padre le aclaró: «yo he manejado muchos reyes en mi vida, pero ésta es la primera vez que toco un rey de verdad». 

–¿Cómo fue la experiencia de llevar sus poemas al teatro? ¿Qué siente, o qué ve, al verlos y escucharlos en escena?

–En La conversación infinita, que dirige, actúa y escribió Gustavo Pardi, la conversación está muy vinculada a mi vida familiar y a mi estética. En mi casa de infancia se armaban grandes coloquios con grandes conversadores, amigos de mis padres, como lo eran Enrique Molina, Hamlet Lima Quintana, Olga Orozco, Miguel Angel Asturias, Antonio Berni o Ariel Bufano. Para mí era impactante escuchar esas grandes y extendidas conversaciones. Por otra parte acuerdo con la idea de que la poesía es una conversación infinita. Gustavo Pardi tuvo la virtud de componer con mis escritos un gran poema dramático sobre el amor dándole lugar de alguna forma a mis propias tradiciones. Además toda la obra teatral es un decir, un coloquio poético constante. Gustavo Pardi y el elenco me sorprendieron mucho, la música creada y la iluminación, otros grandes hallazgos. 

–¿Qué es «Aula de Poesía»?

–Es un espacio que coordino con Jorge Dubatti, y emula de alguna forma a la Escuela de Espectadores que creó el propio Dubatti. Con el Aula de Poesía reunimos fundamentalmente al lector de poesía, a los poetas, a los ensayistas. Permite la devolución del lector y la reflexión sobre la lectura. Es un espacio en donde converge todo el circuito poético dándole mucha visibilidad al lector que, como sabemos, es el que completa la obra poética.

— Está a cargo de la dirección artística del Centro Cultural de la Cooperación. ¿Qué lo enorgullece de este espacio?

–Estoy desde su fundación y agradezco especialmente haber podido integrarme a este espacio creado por Floreal Gorini. El Centro Cultural de la Cooperación es una construcción social cooperativa, un centro de las artes, las letras y las ciencias sociales, donde todos los que participamos en la gestión somos creadores de imágenes, metáforas, bienes culturales, pensamiento, investigaciones.Es un lugar que permite debatir desde las prácticas, teorizar desde las prácticas, investigar desde los propios procesos artísticos. Por otra parte la producción cooperativa es una tarea estimulante porque asocia y a la vez multiplica los hechos artísticos, teóricos y políticos. Este año cumplimos justamente 20 años y estamos trabajando para los nuevos festejos durante todo el año.

–Sorprende la cantidad de proyectos emprendidos en estos 50 años. ¿Le queda algún sueño por cumplir?

–Cuando acabo de cumplir algunos sueños, trato de inventar nuevos sueños para cumplir con esa tarea constante que tiene la actividad artística. Diría el poeta Edgar Bayley: “nunca termina, es infinita esta riqueza abandonada”. Salgo de la obra La conversación infinita” y trabajo por el estreno de mi obra Confesiones de un escritor, en homenaje a Haroldo Conti, dirigida por Manuel Santos Iñurrieta, también en un disco que Débora Infante está preparando con poemas de mi libro El corte argentino. Voy también por la edición de las obras completas de Leonor García Hernando, que está preparando Javier Cófreces en Ediciones en Danza. Y todo lo que implica hacer la actividad artística en el CCC, participar en la Sociedad Argentina de Escritores, estar presente en el debate intelectual y en lo político cultural… Trato de que me queden siempre sueños por cumplir y a la vez cumplir con aquellos que me acompañaron en la vida artística, que fueron fundamentales para llegar a cumplir 50 años en la cultura en esta etapa de mi vida.

Imagen de portada:Juano Villafañe presenta dos obras basadas en sus textos: «La conversación infinita” y «Confesiones de un escritor».. Imagen: Verónica Bellomo

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Por Karina Micheletto. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Teatro/Argentina.

 

Historia y mito

A 50 años de la muerte de Tanguito

Apenas sabía tocar con la guitarra algunos acordes, pero aún con esa economía de recursos generó un puñado de bellas canciones, al tiempo que se arrastraba hacia un destino trágico. 

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Tinta a mares ha corrido sobre Tanguito, pero no tanto se sabe sobre sus misterios. Ni siquiera hay consenso sobre la forma en qué murió, hace hoy cincuenta años. La versión oficial marca que aquel viernes 19 de mayo de 1972, huyó espantado de la Unidad 13 destinada a enfermos mentales del Borda, y murió arrollado por un tren del San Martín, mientras intentaba retornar a su casa de Caseros. 

Sin embargo, como suele ocurrir con los tipos que se transforman en mitos, no falta quien tiende versiones paralelas. En este caso, no niegan lugar ni día, pero sí la forma: ¿lo hizo impulsado por sí mismo? ¿por accidente? ¿o arrojado por “la ley”?

Inverosímil, pero no tanto. Esbozar la vida de José Alberto Iglesias, al menos el tramo que va desde que empezó a vivir directamente en la calle, radica precisamente en hablar del vínculo cotidiano entre él, y esa ley. 

Entre su autodestructiva forma de vida, que se destruía día a día anfetas y jeringas mediante, y el terror azul que, en esas épocas, lo era más que la media.

Hay un momento en la vida de este trovador enigmático, que solo sabía tocar tres acordes en Mi pero que aún con esa economía de recursos había generado canciones de las más bellas de los orígenes del rock argentino (“Amor de primavera” –con letra de Hernán Pujó, “Natural” o “La princesa dorada”, entre ellas) en el que se da un punto de inflexión. Un momento de no retorno. Un estallido interno sin vuelta atrás.

Amor de Primavera

Cierto que iba dejando rastros, pequeños gestos de desesperación, huellas de futuro. Uno de los más sabidos, claro, fue la frase que Litto Nebbia le escuchó en el baño de La Perla mientras orinaba. “Estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda”, repetía Tango justamente sentado en un inodoro. Verso que el fundador de Los Gatos tomaría para darle forma de canción, y transformarlo en el primer gran himno del rock argentino: “La Balsa”.

El después de la exitosa edición del simple de Los Gatos en 1967 –doscientas mil copias vendidas— también puede ser leído como un mojón desesperado. Ramses VII, porque en condición de tal cobró las regalías, se deliró literalmente el dinero

En vez de destinarlo, como todo músico medio que se está haciendo, a comprar instrumentos, equiparse o apuntalar materialmente una banda, se lo gastó todo en comida y bebida para sus amigos. O viajes en taxi de esos que le hacía pagar a otros cuando los tomaba para viajar de Caseros a Capital.

Las canciones que reaparecieron en mayo de 2009, pero que Tanguito había grabado, aún lúcido, en la sala chica de los estudios TNT, el 20 de octubre de 1967, también ofrecen pistas sobre ese devenir trágico. 

La mirada que algunas de ellas tienen sobre la vida es aciaga. Turbia. 

Desesperada como la de Discépolo, pero en clave de folk-rock. Sopesa con las bellas “Sutilmente a Susana”, en la que le reclama a su pareja que lo deje ser, o “Amor de primavera”, sobre la que uno de sus amigos de entonces, el “Flaco” Spinetta, haría justicia décadas después en Exactas, pero se intensifica en “Lo inhumano”, por caso: “Desayunamos muertos / y nos hemos acostumbrado / a hacer muy bien la digestión”, canta con sensibilidad oscura, doblando la apuesta que Javier Martínez había propuesto –para el mismo disco– en “El hombre restante”.

“Vociferando”, otro tema que Tanguito firma como Ramsés VII para diferenciarse de su tocayo del Club del Clan, no le va en saga a la impronta: “En la era del siglo XX que hoy nos toca vivir / parecía resurgir de la época de piedra / como un presente que engendra guerra, dolor y sufrir”.

Pistas. Guías de un alma sensible que volaba por los márgenes, haciendo a un lado superficialidades y blanduras. Con un plus, además, que le haría quedar en medio de esas turbulencias que Moris, el “Flaco” o el mismo Javier Martínez, atravesarían con más sentido de la realidad. Con capacidad de acción y reacción sobre ella.

Cuando Tanguito pasa de vestirse con sacos de lamé en el Bar Liceo, a hacerlo con medias negras de mujer en la cabeza y dormir con otros de su estirpe en plazas públicas, lo que está operando en su mundo interno misterioso, ansioso y desesperado, es la incapacidad –santa en su inocencia para algunos— de no soportar la crueldad del mundo que lo rodea. 

Cuando pasa de cantar temas inocuos como “Mi pancha” o “Maquillada” para Los Dukes, a hacerse traducir por Moris temas de Bob Dylan y John Lennon, o cantar con voz tremola, desnuda ante el universo, gemas como “Natural” es porque está buscando armas para combatir el bajón, el dolor, algo que al final claramente no lograría, ni siquiera sumergido en sus rasgueos en séptima.

Y así es entonces como pasa de ser un cantautor sensible, con mucho de mundo interno para sacar fuera, a internarse en un raro bajo fondo de locura, aislamiento y persecución. 

De mantener atrapadas a eventuales audiencias en Plaza Francia o La Cueva, a no poder terminar un show, o ser literalmente escupido y agredido en un Happening en Bariloche, cuando salió a escena en pijama, extendió una frazada sobre el piso, y se puso a dormir

De grabar un disco de bueno a muy bueno como el del 67` –sobre todo por tratarse de un hallazgo cuando casi nada había– a registrar, bastante destruido ya, aquel en que Martínez lo induce a tocar “La Balsa” mediante la famosa frase “En el baño de la Perla de Once compusiste La Balsa”, sesión en la que –viene al caso— Iglesias se niega a cantar “La princesa dorada”.

Y de, finalmente, alejarse de sus amigos músicos que intentaban sublimar dolores a través de la vía artística, a un mundo de paranoia, seres vampirescos, drogas y soledad que lo meten en un limbo entre el penal de Devoto y el Borda, donde le aniquilan restos de sensibilidad electroshocks mediante, y cero contención terapéutica.

Imagen de portada: Tanguito, un espíritu sensible que vivía en los márgenes. 

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Rock Nacional/Homenaje/”Tanguito”

 

¿Cuántas veces podés contagiarte de coronavirus? Todo lo que hay que saber sobre el «escape de inmunidad».

La ministra de Salud de la Nación confirmó que Argentina entró en la cuarta ola del coronavirus y vuelve la preocupación, ¿qué hay que saber sobre la variante ómicron?

A dos años desde que comenzó la pandemia por coronavirus, en marzo de 2020, el virus continúa mutando y generando nuevas olas de contagio.

Si bien el plan de vacunación sigue vigente en Argentina y el personal de salud comenzó a recibir la cuarta dosis, los casos positivos incrementan día a día.

En los últimos siete días se contabilizaron 5.460.915 nuevos contagios, un 43% más que los 3.835.315 de la semana previa, de acuerdo a los datos actualizados del sitio Worldometers.

Carla Vizzotti, ministra de Salud de la Nación, confirmó públicamente que entramos en una nueva ola debido a la variante ómicron.

«Estamos empezando en Argentina una cuarta ola de Covid-19 que nos encuentra en una situación totalmente distinta. Tenemos un panorama en relación a la vacunación que nos permite seguir adelante en una nueva etapa de esta pandemia», explicó la funcionaria en la nueva edición presencial del Consejo Federal de Salud (Cofesa).

NUEVA OLA DE CONTAGIOS: QUÉ HAY QUE SABER SOBRE LA VARIANTE ÓMICRON

Desde que se descubrió la variante ómicron en Sudáfrica, el 25 de noviembre por la doctora Angelique Coetzee, presidenta de la Asociación Médica de ese país, los contagios aumentaron rápidamente.

Esto, según los investigadores, se debe a que dicha cepa tiene mayor capacidad de contagiar que otras (como la Delta) y los primeros síntomas aparecen al instante.

COVID: las vacunas de Pfizer, Moderna y AstraZeneca y su relación con ciertos efectos secundarios.

Los estudios revelaron que por más de que los pacientes cuenten con una vacunación completa los mismos seguirán dando positivo a medida de que las variantes BA.2, BA.4 y BA.5 se extiendan por el mundo.

«Consideramos que las personas que tenían pruebas positivas secuenciales con al menos 90 días de diferencia tenían sospechas de reinfecciones«, analizó la doctora Juliet Pulliam, de la Universidad de Stellenbosch (Sudáfrica), en un trabajo publicado en la revista Science.

En conclusión, la cepa en cuestión no deja que el organismo logre una inmunidad para evitar la reinfección, lo que se denomina «escape de inmunidad» para los médicos.

Por otro lado, es importante recordar que los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) adelantaron a principios de 2022 que la cepa ómicron se difunde con mayor facilidad que las otras variantes.

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VARIANTE ÓMICRON: LA PARTE «BUENA» EN MEDIO DE UNA REINFECCIÓN.

Pese a que los contagiados de coronavirus son cada vez más, se detectó que las personas que se reinfectan con nuevas versiones de Ómicron no enfermarán gravemente. Al menos por el momento, el virus no ha encontrado una forma de eludir por completo el sistema inmunológico.

De todos modos, Pulliam advirtió: «El virus va a seguir evolucionando. Y probablemente habrá muchas personas que contraigan muchas, muchas reinfecciones a lo largo de sus vidas», concluyó.

Imagen de portada: Gentileza de El Cronista. Argentina

FUENTE RESPONSABLE: El Cronista. Argentina. Mayo 2022.

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