Los nadadores. Parte 2/2

Desde hace media hora una guepardo llamada Etta permanece a la sombra del árbol con sus cuatro cachorros de corta edad, observando una manada de gacelas de Thomson que ha aparecido en un promontorio cercano. 

Etta se levanta y empieza a deslizarse hacia el rebaño con una estudiada indiferencia que no engaña a nadie, y menos aún a las gacelas, que miran con nerviosismo en su dirección.

Los leopardos del Okavango

LOS LEOPARDOS DEL OKAVANGO

De repente uno de los guías grita: las gacelas han empezado a dispersarse y a correr, mientras Etta se lanza en una de sus carreras explosivas. El esbelto felino, demasiado veloz para seguirlo con la vista, es una figura borrosa entre las hierbas altas. El espectáculo acaba en unos segundos, con una nube de polvo y una tenaza mortal en el cuello de una infortunada gacela joven. 

Mientras Etta arrastra la presa hacia sus cachorros, los pequeños salen de entre los matorrales, ansiosos por sumarse al festín. Apenas unos segundos más tarde llegan las furgonetas, cuyos conductores compiten por conseguir el mejor ángulo para que sus clientes hagan fotos.

Bellos y exóticos, veloces como coches deportivos y famosos por su docilidad

Los guepardos ocupan un lugar destacado en la imaginación humana. 

Bellos y exóticos, veloces como coches deportivos y famosos por su docilidad, estos habitantes de la sabana salvaje son estrellas mediáticas, apreciadas por cineastas y publicistas de todo el mundo. 

Toda esa presencia en la cultura popular po­­dría crear la falsa impresión de que el guepardo está tan seguro en la naturaleza como en el imaginario colectivo. 

Pero no es así. De hecho, es el más vulnerable de los grandes felinos. Hay pocos ejemplares en el mundo, y cada vez quedan me­­nos.

Hace unos siglos el área de distribución de los guepardos se extendía desde el subcontinente indio hasta el mar Rojo y ocupaba casi toda África

Sin embargo, pese a lo veloces que son corriendo, no pudieron eludir el avance de la actividad humana. Actualmente el guepardo asiático, la elegante subespecie que adornó en etapas anteriores las cortes reales de la India, Persia y Arabia, está casi extinguido. 

En África su número se desplomó en más de un 90 % a lo largo del siglo XX, a medida que los agricultores, ganaderos y pastores los expulsaban de su hábitat, los cazadores deportivos los mataban por diversión y los furtivos roban sus crías para venderlas en el lucrativo comercio de las mascotas exóticas. En total, hoy sobreviven menos de 10.000 guepardos en el medio natural.

Nacidos para correr

NACIDOS PARA CORRER 

Las grandes reservas de caza africanas, su situación es difícil. Esquivos y de constitución delicada, estos grandes felinos, los únicos que no pueden rugir, son desplazados por los leones, mucho más fuertes y numerosos. Consideremos por ejemplo el Parque Nacional del Serengeti, en Tanzania, y la adyacente Reserva Nacional Masai Mara, en Kenya. 

Los dos par­­ques acogen en total más de 3.000 leones, una población estimada de 1.000 leopardos y solo 300 guepardos. Y pese a su categoría de estrellas, los leones también los superan en el terreno tu­­rístico. «Por lo general la gente solo busca guepardos en su segundo safari –dice el guía Eliyahu Eliyahu–. En el primero todos quieren ver leones. 

El problema es que donde la población de leones es grande, no suele haber muchos guepardos.»

Los guepardos no solo constituyen una especie dentro del selecto grupo de los grandes felinos, sino que además pertenecen a un género distinto del que son los únicos miembros, Acinonyx, nom­­bre que hace referencia a la curiosa garra semi retráctil de estos animales, un rasgo que no comparten con ningún otro félido. 

A diferencia de los leones y los leopardos, cuyas garras retráctiles son instrumentos para desgarrar la carne y trepar a los árboles, los guepardos tienen unas garras semejantes a los clavos de las zapatillas de correr y desempeñan una función similar: mejorar el agarre y facilitar la aceleración.

Los guepardos siguen estando muy de moda en Arabia Saudí y los países del Golfo, donde un cachorro puede costar más de 8.000 euros. 

Los jóvenes pudientes se compran un guepardo para que combine con su coche deportivo –dice Mordecai Ogada, biólogo keniata que estudia la relación entre guepardos y humanos y el tráfico de especies protegidas–. En estos tiempos es un típico comportamiento de nuevo rico.» 

En lugares como la Unión de Emiratos Árabes, el guepardo se encuentra en una especie de limbo legal. «La importación es clandestina –dice Ogada–, pero una vez dentro, el comercio es abierto. Los guepardos introducidos de contrabando se pueden “blanquear” para que parezcan criados legalmente en cautividad. 

Es difícil averiguar el origen de los cachorros a menos que se les hagan análisis genéticos y se los identifique como miembros de una subespecie endémica de un área concreta.»

No es fácil determinar las consecuencias del tráfico para una población en declive, pero los datos indican que el comercio de crías nacidas en libertad es un negocio a gran escala. Internet está lleno de «criadores» que ofrecen cachorros en lugares como Dubai. 

El año pasado varios contrabandistas de guepardos fueron detenidos en Tanzania y Kenya, y hubo rumores de crías puestas a la venta en lugares tan distantes como Camerún. «Sospecho que el problema es mayor de lo que imaginamos –dice Sheneneh Teka, jefe de la Dirección de Desarrollo y Protección de la Fauna de Etiopía–. 

Hay mucho dinero de por medio, y al igual que los contrabandistas de drogas o de armas, los traficantes de fauna disponen de redes bien establecidas.»

El año pasado Etiopía implementó duras medidas contra el tráfico de fauna y puso en marcha un programa de formación para guardias fronterizos y funcionarios de aduanas. Como resultado de la nueva política, los agentes interceptaron un cargamento de crías de guepardo cuando los traficantes intentaban pasar la frontera de Somalia. «Mientras los guardias fronterizos examinaban la documentación del camión, oyeron unos ruidos como si alguien rascara en el interior de un bidón que supuestamente contenía gasolina –cuenta Teka–. Cuando lo abrieron, encontraron cinco cachorros de guepardo en muy mal estado.» Una de las crías murió. Los otros cuatro, después de varias semanas de atención veterinaria, fueron trasladados a un refugio de fauna.

«Nunca podrán volver a vivir en la naturaleza –lamenta Ogada–. Aunque pudiéramos enseñarles a cazar, los humanos no sabríamos enseñarles a reconocer y eludir a enemigos como los leones y las hienas.» Si bien algunos guepardos han sido reintroducidos con éxito en grandes reservas valladas de Sudáfrica, las extensas sabanas son mucho más peligrosas. Los cachorros huérfanos «no tendrían ninguna posibilidad en un lugar como el Serengeti», asegura Ogada.

Tampoco para una guepardo es fácil criar a los cachorros en el medio natural, donde la mortalidad de las crías puede llegar al 95 %. La ma­­yoría de los pequeños ni siquiera salen de la madriguera en la que nacieron. Caen víctimas de las incursiones de los leones o de las hienas, mueren por las inclemencias meteorológicas o son abandonados por una madre incapaz de cazar lo suficiente para mantenerlos. De hecho, muchas hembras no consiguen que ninguno de sus cachorros llegue a la madurez.

Unas pocas, sin embargo, logran vencer la adversidad y tienen un éxito sorprendente con las crías. Algunas incluso adoptan los cachorros de otras hembras. Esas supermadres, magníficas cazadoras y profundas conocedoras del entorno, logran cobrar una presa casi cada día y mantener a salvo a su prole en la vastedad de la sabana africana, en las mismas narices de hienas y leones. Una de ellas, una hembra de siete años llamada Eleanor, ha criado al menos al 10 % de los guepardos adultos del sur del Serengeti.

«No sé de ningún otro carnívoro que dependa tanto del éxito de tan pocas hembras», dice Sarah Durant, de la Sociedad Zoológica de Londres. Durant dirige el Proyecto de Investigación de Guepardos del Serengeti, uno de los estudios más prolongados que se han hecho en el mundo sobre un carnívoro. Desde hace 38 años, el proyecto lleva un registro de la vida y el linaje ma­­terno de varias generaciones de guepardos del Serengeti. Se trabaja duramente, soportando el calor y el polvo dando tumbos por la sabana a bordo de viejos Land Rover en busca del felino más esquivo de África. Gracias a la laboriosa investigación de Durant conocemos la vital importancia de las supermadres.

Los linajes maternos de los guepardos del Serengeti están ahora bien documentados, pero la paternidad es otra historia. La bióloga Helen O’Neill espera pacientemente en su Land Rover a escasa distancia del lugar donde tres guepardos hermanos (Moca, Latte y Espresso, conocidos colectivamente como los Coffee Boys) descansan a la sombra de un mirobálano de Egipto. 

O’Neill ha salido a hacer lo que denomina jocosamente la «patrulla de la caca», que consiste en recoger muestras de las heces de ejemplares concretos e identificables. 

Mediante el estudio del ADN de las muestras, los científicos de la Sociedad Zoológica de Londres esperan añadir los linajes paternos a los árboles filogenéticos del Serengeti. Los datos obtenidos hasta la fecha indican que las hembras son más promiscuas de lo que se sospechaba: en la mitad de las camadas hay cachorros de diferentes padres. 

«Pensamos que este tipo de apareamiento múltiple podría ofrecer ventajas genéticas en un entorno inestable –dice Durant–. Es como si las madres diversificaran las apuestas para asegurarse de que al menos una parte de su prole sobreviva.»

A un mundo de distancia de la soleada sabana del Serengeti, al final de una fría y despejada tarde de invierno, un solitario guepardo macho avanza cautelosamente por una cresta rocosa cubierta de nieve. Se detiene un momento para marcar olfativamente un tamarisco y enseguida sale del campo visual de la cámara de vídeo operada a distancia que lo ha estado grabando.

La cámara oculta es una de las 80 cámaras-trampa instaladas por el desierto de Kavir, una remota región de la montañosa meseta central de Irán, para captar imágenes de uno de los grandes felinos más raros y esquivos del mundo: el guepardo asiático. 

«Cuando conseguimos algo así, es como un sueño hecho realidad», dice el biólogo iraní Houman Jowkar refiriéndose a la secuencia de 27 segundos. Jowkar trabaja en el Proyecto de Conservación del Guepardo Asiático, creado en 2001 por el Departamento de Medio Ambiente de Irán para tratar de salvar la última población de esta subespecie amenazada. «Hay poquísimos ejemplares –insiste Jowkar–. Tenemos algunos guardabosques que han vivido y trabajado durante años en estas montañas y nunca han visto un guepardo vivo.»

Gracias al programa de cámaras-trampa, los científicos iraníes han podido determinar a grandes rasgos cuántos guepardos asiáticos quedan y dónde viven, dos datos fundamentales para desarrollar una estrategia de conservación. «Tenemos suerte de que estos preciosos animales tengan manchas –dice Jowkar–. Observando los dibujos de sus pelajes, únicos en cada ejemplar, podemos identificarlos y deducir su número y su distribución.»

Aún así, salvar al guepardo asiático no será tarea sencilla. Su retroceso comenzó en la época de gloria del Imperio mongol, cuando se puso de mo­­da cazar con guepardos. Se dice que uno de aquellos emperadores reunió más de 9.000 ejemplares durante sus 49 años de reinado. 

Esas cifras contrastan con las actuales. En diez años, con decenas de cámaras instaladas, los investigadores iraníes apenas han conseguido 192 imágenes fugaces. En ellas se pueden ver 76 ejemplares huesudos y enjutos, quizá los últimos miembros de la noble subespecie que vivió antaño en la mayor parte de Asia. 

Estos supervivientes llevan una existencia precaria. Acechan antílopes y ovejas salvajes en las abruptas laderas rocosas y deben competir con los lobos e incluso con los seres humanos, que también recurren a estas especies como fuente de alimento.

«Viven al borde del abismo, en el límite mismo de lo que es ecológicamente posible»

«Viven al borde del abismo, en el límite mismo de lo que es ecológicamente posible –dice Luke Hunter, presidente de Panthera, una organización conservacionista internacional dedicada a la protección de los grandes felinos, que colabora con el proyecto del guepardo iraní–. Pero lo curioso es que estos guepardos no se han visto desplazados a las montañas en época re­­ciente. 

Llevan aquí miles de años. La gente no se da cuenta de lo resistentes y adaptables que son.»

Pese a su vulnerabilidad, los guepardos se cuentan entre los supervivientes más aguerridos y astutos, capaces de soportar los despiadados inviernos de las estepas iraníes y el calor abrasador de los uadis del Sahara.

«No son solo veloces –dice el argelino Farid Belbachir, biólogo experto en fauna que ha instalado cámaras-trampa en el macizo de Ahaggar de Argelia para tratar de captar imágenes del guepardo del Sahara, subes­­pecie en peligro crítico–. 

Entienden el entorno. Han averiguado la forma de aprovechar las partes más estrechas de los uadis para atacar y dar a su presa menos oportunidades de escapar.»

De vuelta en el Parque Nacional del Serengeti, cae la tarde con el sabor caliente del polvo en el aire y las nubes de tormenta agrupándose en el horizonte. Durante una hora más o menos Etta se ha aproximado reptando a un macho grande de gacela, hasta situarse a unos 40 metros, sin que él note su presencia.

Pese a su vulnerabilidad, los guepardos se cuentan entre los supervivientes más aguerridos y astutos

«Es muy pronto para saber si Etta llegará a ser una supermadre –dice Durant–. Esta es solo su primera camada. Pero el hecho de que haya sido capaz de sacar a cuatro cachorros del cubil y de que aún los esté criando es muy alentador.»

Etta da un par de pasos más hacia su presa, rápidos y furtivos, y luego se agazapa y espera, como un corredor en los tacos de salida, atento al pistoletazo inicial. Transcurre un minuto de tensión, y luego otro. 

De pronto, y sin razón aparente, Etta se levanta y se marcha. Algo le habrá parecido mal. Quizás el olor a hiena en la brisa, o tal vez la proximidad de los leones. Sea lo que fuere, una madre de cuatro cachorros, sola en el Serengeti, no puede correr riesgos por una gacela, por muy grande que sea. Reúne a sus crías y se aleja con ellas, entre la neblina violácea.

Imagen de portada: Gentileza de Buddhilini de Soyza / Wildlife Photographer of the Year / Natural History Museum

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC Septiembre 2021

Animales/Depredación/Caza furtiva/Guepardos/Extinción/Sociedad

Los nadadores. Parte 1/2

Cuando la coalición de guepardos machos de Tano Bora saltó al furioso río Talek en Masái Mara, Kenia, Buddhilini de Soyza, autor de esta instantánea, temió por su vida. 

La lluvia incesante, posiblemente relacionada con el cambio climático, había causado en enero de 2020 las peores inundaciones que los ancianos locales recordaban en la región. Los guepardos son, aunque no entusiastas, buenos nadadores, y con la perspectiva de más presas al otro lado del río, estaban determinados a cambiar de orilla.

El fotógrafo los siguió durante horas desde el lado opuesto mientras buscaban un punto de paso. Los guepardos machos son en su mayoría solitarios, pero a veces se quedan con sus hermanos o se unen a otros machos sin parentesco.

El Tano Bora -palabras Masai que significan cinco magníficos- es una coalición inusualmente grande la cual se cree conformada por dos parejas de hermanos y un macho que se unió posteriormente. 

«En un par de ocasiones el guepardo líder vadeó el río para regresar», cuenta De Souza. Los tramos más tranquilos, aquellos con tal vez con un mayor riesgo de encontrar cocodrilos al acecho, fueron rechazados. «De repente, el líder saltó», continúa. 

«Tres de ellos le siguieron inmediatamente, hasta que finalmente se sumó el quinto». De Souza los vio ser arrastrados por los torrentes, con sus rostros haciendo muecas. Contra sus expectativas y para su alivio, los cinco lograron la gesta. Emergieron a la orilla contraria a unos 100 metros río abajo y se dirigieron directamente a cazar.

Si deseas conocer mas sobre esta entrada; cliquea por favor en donde se encuentra escrito en «negrita». Muchas gracias.

Esta fotografía forma parte de una preselección de fotos elogiadas en el prestigioso certamen de fotografía de naturaleza Wildlife Photographer of the Year, organizado por el Museo de Historia Natural de Londres, y cuyos ganadores se darán a conocer el próximo 12 de octubre de 2021.

Guepardos al límite

Son los grandes felinos más vulnerables del mundo, pero luchan como ninguno por la supervivencia.

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Acinonyx jubatus venaticus

Una cámara oculta capta una imagen fugaz de un guepardo asiático, Acinonyx jubatus venaticus. Solo quedan unas pocas decenas de estos animales en un rincón apartado de Irán. La población mundial de guepardos ha retrocedido bruscamente de unos 100.000 ejemplares en 1900 a menos de 10.000 en la actualidad. 

www.lanting.com Foto: Frans Lanting

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Obstáculos y más obstáculos

Una cría casi adulta de guepardo se abre paso entre un laberinto de furgonetas de safari en la reserva Nacional masai mara de Kenya. El turismo, los leones y la ganadería en expansión son otros tantos obstáculos para que estos felinos crezcan en la sabana africana. La tasa de mortalidad entre las crías puede llegar al 95 %.

www.lanting.com  – Foto: Frans Lanting

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Koshki

Rescatado de manos de un furtivo cuando era un cachorro, Koshki, de cinco años, creció en una reserva del nordeste de Irán. Es uno de los dos únicos guepardos asiáticos que viven en cautividad. La gruesa cresta de pelo del lomo, necesaria para soportar el crudo invierno de las estepas del centro de Irán, distingue a esta subespecie del guepardo africano.

www.lanting.com – Foto: Frans Lanting

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«Supermadres»

Una joven madre a la que los investigadores llaman Etta recorre con la vista el Serengeti, atenta a cualquier posible señal de peligro, mientras sus cuatro cachorros de 12 semanas juegan a luchar. Un estudio de larga duración ha descubierto que la mayoría de los cachorros de este lugar son criados por un reducido número de guepardos «supermadres». 

www.lanting.com – Foto: Frans Lanting

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Malas perspectivas

Un guepardo macho adopta una postura vigilante en lo alto de una higuera de la Reserva Nacional Masai Mara, en Kenya. Sus perspectivas son poco alentadoras. tímido y huidizo por naturaleza, y necesitado de vastos espacios para vivir y cazar, el corredor más veloz del planeta ve amenazada su supervivencia.

www.lanting.com – Foto: Frans Lanting

La expectación se palpa en la multitud. Los dedos se crispan sobre los prismáticos. Las cámaras enfocan, listas para disparar. 

Nada menos que 11 furgonetas de safari, atestadas de turistas y erizadas de teleobjetivos, se concentran cerca de una acacia solitaria en el Parque Nacional del Serengeti, en Tanzania. 

Imagen de portada: Gentileza de Buddhilini de Soyza / Wildlife Photographer of the Year / Natural History Museum

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC Septiembre 2021

Animales/Guepardos/Caza furtiva/Alto riesgo de Extinción/Sociedad

La caza furtiva está forzando la evolución de elefantes sin colmillos.

Después de que la guerra civil terminará con el 90 % de elefantes de Mozambique, cada vez más hembras nacen sin la capacidad de desarrollar colmillos.

Dos años después de su independencia, el clima de inestabilidad política y las presiones exteriores dieron forma a una guerra civil en Mozambique. El conflicto se alargó de 1977 hasta 1992, provocando que en la búsqueda de financiamiento, ambos bandos encontrarán en el marfil de los colmillos de los elefantes un activo valioso para mantener las hostilidades a flote.

El resultado fue una disminución drástica (más del 90 %) de la población de elefantes en Mozambique y demostró el poder de la actividad humana para guiar la selección artificial y realzar o suprimir ciertas características, incluso en animales salvajes.

Un nuevo estudio publicado en Science a mediados de octubre de 2021 sugiere que la caza furtiva durante el conflicto armado provocó una presión evolutiva tan intensa, que ha comenzado a suprimir un rasgo distintivo de los elefantes africanos: sus colmillos.

Elefantes sin colmillos: el efecto de la caza durante la guerra civil

elefantes sin colmillos

 Foto: Getty Images

Según el estudio, antes de la guerra civil el 18.5 % de elefantes hembra de Mozambique nacían sin la capacidad de desarrollar colmillos debido a una alteración genética que entonces era considerada poco común. Se trata de una condición únicamente observada en elefantes hembra. Según los autores del estudio, la mutación del cromosoma X que provoca la ausencia de colmillos es fatal para los machos (que mueren en el útero) y resulta dominante en las hembras.

Sin embargo, en la década de los 90 el número de elefantes hembra que heredó tal condición aumentó hasta el 33 % de la población del Parque.

Durante la guerra civil, la población de elefantes disminuyó radicalmente: de los más de 2,500 ejemplares que habitaban Mozambique, el estudio calcula que sólo quedaban cerca de 200 a inicios del siglo XXI.

En este lapso, los cazadores pusieron en marcha un mecanismo insospechado de selección artificial: después de cazar a cerca del 90 % de elefantes de Mozambique (los que poseían colmillos), la mayor parte de ejemplares restantes llevaban consigo la mutación que evita la aparición de colmillos.

elefantes sin colmillos

Foto: Getty Images

Como el grupo de elefantes hembras sin colmillos no resultó atractivo para la caza, la probabilidad de reproducirse y transmitir la alteración genética que suprime los colmillos aumentó radicalmente, en contraposición con aquellos que sí poseían, pero fueron cazados.

En resumen, la matanza selectiva de elefantes con colmillos ha dado lugar al nacimiento de cada vez más crías sin colmillos, una señal de “presión selectiva reciente”, explican los autores del estudio.

Y aunque a primera vista el dominio de esta mutación podría resultar positivo para evitar la caza,  el equipo a cargo del estudio descubrió que los elefantes sin colmillos llevan una alimentación distinta a los que carecen de esta mutación y se alimentan de otra clase de plantas. 

Tratándose de una especie clave para su ecosistema, estos cambios podrían alterar el resto de la cadena alimenticia. Además, la mutación resulta letal para los machos que mueren en el útero, de modo que la población podría reducirse cada vez más, aún cuando la cacería dejó de practicarse en Mozambique tras el final de la guerra.

Imagen de portada: Gentileza de GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC Por Alejandro J. López

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