Así eran los ángeles, según la Biblia.

Y no, no tienen nada que ver con la imagen que tenemos de ellos. ¿Qué pasó?

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“Eres un angelito”, “Es mi ángel de la guardia”…expresiones como estas son habituales y van acompañadas de una imagen, en el pensamiento colectivo, que describe a los ángeles como figuras humanas, perfectas en sus atributos, con alas, siempre jóvenes y que no tienen sexo ni género. Pero la realidad es muy distinta.

Tanto la Biblia como los estudiosos, desde Maimónides hasta la actualidad, reconocen que hay cuatro tipos distintos de ángeles. Cada uno con su jerarquía, su función y su descripción física: querubines, serafines, malaj y ofanim.

Querubines

Es el de menor rango entre los cuatro. Y está muy lejos de aquella imagen de Cupido que tenemos: un bebé sonrosado e inocente. Más bien se parece a ciertas deidades mesopotámicas como el Grifo hitita, el Lamassu de Babilonia o la esfinge de los egipcios. La Biblia describe a los querubines como mitad humanos, mitad animales cuya tarea era proteger el jardín del Edén.

Malaj

En el Libro de Ezequiel, se habla de ellos como criaturas con cuatro caras: la de un león, un buey, un águila y la última, una humana. Tenían patas rectas, cuatro alas y cascos de toro en lugar de pies que brillan como el oro. Un par de alas las usaban para cubrir su cuerpo y las otras para volar.

El término Ángel proviene de la palabra griega Angelos, que, a su vez, se originó en la palabra hebrea para mensajero, Mal ’akh. Los Malaj eran los mensajeros de Dios y son los que más se parecerían en a los humanos en apariencia física. De ahí que se “apropiaran” de la identificación que hacemos de ellos a la hora de describirlos, dejando de lado los demás miembros del grupo de ángeles que reconoce la Biblia. Eso sí, en este libro sagrado no se habla de que tuvieran alas en ningún momento. Fue recién a finales del siglo IV cuando pintores y escultores los dotaron de alas para reflejar su naturaleza etérea. Y así quedó hasta la fecha.

Commons

Serafines

Con ellos comienza la diferencia realmente. Si los Malaj eran casi humanos y los querubines eran raros, los serafines y los ofanim ya se llevan la palma.

Uno de los primeros en describir a los serafines fue el profeta Isaías: seis alas, dos de las cuales son para volar, mientras que usan el resto para cubrirse la cabeza y los pies respectivamente. Su tarea, que defienden con mucho celo, es hacer la obra de Dios. Pero la palabra serafín aparece en otras oportunidades en la Biblia también, cuando se habla de serpientes venenosas del desierto. Por lo tanto sí, los serafines, con sus seis alas y su celo, tienen una apariencia que da un poco de miedo.

Ofanim

Finalmente llegamos a estos seres divinos, también conocidos como “las ruedas”. No solo se trata de los que están en el rango más alto y cercano a Dios, también son los más raros. El relato de Ezequiel en la Biblia los describe como seres hechos de ruedas de oro entrelazadas con el exterior de cada una de ellas cubierto con múltiples ojos. Se desplazan por el cielo flotando y su propósito es proteger el trono de Dios. La creencia es que eran las ruedas reales del Carro Celestial del Señor ( o Merkabah).»Las cuatro ruedas tenían llantas y tenían radios, y sus llantas estaban llenas de ojos alrededor».

Imagen de portada: Ilustración de Malaj

FUENTE RESPONSABLE: MUY Historia. Por Juan Scaliter. 21 de junio 2021.

Sociedad y Cultura/Arte/Catolicismo/Cristianismo.

Lepanto, la batalla naval más famosa de la historia.

Hace 451 años, cristianos y musulmanes peleaban por el dominio comercial del Mediterráneo. Dios y Alá se enfrentaron en la batalla de Lepanto.

El 7 de octubre de 1571 se jugó el destino de Europa en una remota isla griega. Ese día chocaron dos concepciones existenciales, dos de formas de ver la vida: la cristiana y la musulmana, aunque ambas peleaban por el dominio comercial del Mediterráneo. Como en toda guerra, el dinero es quien manda.

Ali Pachá, el hijo de una esclava rusa, dirigía la imponente flota otomana, mientras que don Juan de Austria, el hijo bastardo de Carlos V, dirigía la flota de la Santa Liga. Su hermano, Felipe II de España, y el Papa Pio V, le habían encomendado la tarea de evitar el avance del islam sobre tierras cristianas. Dios y Alá se enfrentaron en la batalla de Lepanto.

La flota de la Santa Liga contaba con 253 barcos y 90.000 hombres, la mayoría eran españoles. Los otomanos tenían 300 naves y más de cien mil soldados. Pero la victoria no la lograron las naves ni los guerreros, tampoco los reyes, príncipes ni el Papá, sino los galeotes…pues sí, los esclavos, los miles de remeros que empujaron las naves a fuerza de músculo y sudor.

Los esclavos y los criminales convictos hicieron la diferencia, porque iban encadenados y si la nave se hundía, ellos, irremediablemente, perdían la vida de la forma más atroz: ahogados, quemados, atados a su destino de infortunio. En la Santa Liga eran más de 20.000 los galeotes y antes de la batalla se les prometió la libertad y el indulto si vencían a los turcos. ¿Qué más podían pedir? Se los liberó de las cadenas y cuando llegó el momento, muchos se sumaron a la batalla peleando a mano desnuda.

En cambio, los otomanos nada le prometieron a sus esclavos, quienes, en su mayoría eran cristianos que, muy probablemente, se pasarían al bando contrario de no estar encadenados. Fue así que cuando esas 500 naves se enmarañan en un choque frontal, los cristianos contaron con más puños para enfrentar al enemigo.

El primer cañonazo sonó al mediodía y en cuatro horas la victoria era de los europeos. No solo fue la batalla naval más famosa de la historia, también fue la más sangrienta: 40.000 muertos y, por lo menos, 70.000 heridos.

Juan de Austria volvió con gloria a abrazarse con su medio hermano y fue bendecido por el Sumo Pontífice. Su imagen fue sinónimo de valentía dirigiendo el abordaje de las naves infieles invocando a España y a Santiago. Otros, los más, volvieron sin ojos, sin piernas, inválidos condenados a una vida de limosnas o mancos como aquel llamado a escribir lo que vio y vivió esa jornada.

Para Miguel de Cervantes y Saavedra, Lepanto fue “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros” y, hasta ahora, ha tenido razón.

Imagen de portada: La batalla de Lepanto no solo fue la batalla naval más famosa de la historia, también fue la más sangrienta: 40.000 muertos y, por lo menos, 70.000 heridos. Gentileza: Abc.es

FUENTE RESPONSABLE: Ámbito. Por Omar López Mato. 9 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Historia/Cristianismo/Musulmanes/Guerra.

 

Cómo los últimos 7 filósofos de la Academia de Atenas huyeron a Persia en 529 d.C.

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En el año 458 d.C. Constantinopla llevaba ya unos 63 años siendo la capital del Imperio Romano de Oriente. Gobernaba el emperador León I, que había subido al trono el año anterior convirtiéndose en el primero en ser coronado por el Patriarca cristiano de la ciudad. También nacía en la ciudad de Damasco (actual Siria) un niño del que no sabemos su verdadero nombre.

Lo conocemos como Damascio, el nombre por el que pasó a la historia y que denota su lugar de origen. Tampoco sabemos mucho de sus primeros años de vida, salvo que muy pronto se interesó por las letras y siendo muy joven fue enviado a Alejandría, que en aquel momento era el principal centro cultural del Mediterráneo. Allí estuvo doce años instruyéndose en el arte de la retórica con Horapolo.

Luego estudió filosofía con Amonio y Heliodoro, los hijos de los filósofos neoplatónicos Hermias y Edesia (a quien más tarde Damascio describiría en sus escritos como la mejor y más bella de las mujeres de Alejandría, aunque la había conocido ya anciana), que le iniciaron en el neoplatonismo que había profesado más de medio siglo antes Hipatia. Como es sabido, ésta murió a manos de un grupo de cristianos exaltados, en el contexto de las tensiones religiosas y el declive del paganismo. Sin embargo, la escuela filosófica de Alejandría sobrevivió.

Recinto arqueológico de la Academia de Platón / foto Tomisti en Wikimedia Commons.

No obstante, el principal centro neoplatónico seguía siendo Atenas. La escuela fundada por Platón en los jardines de Academo (de ahí que se la denominase Academia), aproximadamente a 1 kilómetro al noroeste de Atenas saliendo por la puerta Dípilon (doble) de la muralla y en el camino hacia Eleusis, había sido destruida en el año 86 a.C. por el general romano Sila. Pero casi cinco siglos más tarde, en el año 410 d.C. un grupo de filósofos con Plutarco de Atenas a la cabeza volvieron a ponerla en marcha, aunque en un lugar diferente.

A Atenas se dirigió Damascio para estudiar con Isidoro de Alejandría, que en aquel momento era el director de la Academia. La escuela se encontraba dividida entre dos corrientes opuestas y, por ello, Isidoro no duró mucho tiempo en el cargo. Renunció en favor de su oponente Hegias y se marchó de regreso a Alejandría, donde acabaría sus días en 520 d.C.

A petición de Teodora de Emesa, que también era alumna de Isidoro, Damascio escribió la biografía de su maestro:

Isidoro, además de la sencillez, amaba especialmente la veracidad, y se esforzaba por ser sincero más allá de lo necesario, y no tenía ninguna pretensión en sí mismo.

Damascio, Vida de Isidoro 45

La academia de Platón en un mosaico de Pompeya | foto dominio público en Wikimedia Commons.

En ella no deja en muy buen lugar a Hegias, acusándole de priorizar cuestiones religiosas sobre las filosóficas:

queriendo ser, por encima de todo, santo, … cambió por celo, muchas cosas largamente establecidas

Damascio, Vida de Isidoro 351

En cualquier caso Damascio sucedió a Hegias al frente de la escuela en el año 515 d.C. Lo que Damascio no sabía en aquel momento era que él iba a ser el último filósofo en dirigir la Academia. Porque 14 años más tarde, en 529 d.C., el emperador Justiniano prohibió toda actividad pagana (incluida la filosófica) en Atenas, poniendo fin a la escuela de la Academia neoplatónica. Algunos investigadores, como Polymnia Athanassiadi, opinan que las medidas tomas por Justianiano tienen una relación directa con la renovación y el florecimiento experimentados por la escuela bajo Damascio.

Ruinas de Ctesifonte en 1932 / foto dominio público en Wikimedia Commons

En aquel momento quedaban en la Academia solo un puñado de filósofos, que decidieron abandonar la ciudad y exiliarse en la corte del rey persa Cosroes I en la ciudad de Ctesifonte, donde esperaban encontrar la protección y el apoyo que no tenían en el Imperio romano de oriente, dada la fama de gobernante justo y tolerante de Cosroes. Llevando consigo preciosos pergaminos de literatura y filosofía, y en menor grado de ciencia emprendieron el camino el propio Damascio y sus discípulos Isidoro de Gaza, Simplicio, Hermias el Fenicio, Prisciano Lido, Eulamio de Frigia y Diógenes el Fenicio. No consta en ninguna fuente que Teodora les acompañase.

Este momento, que supone la desaparición final y definitiva de la escuela neoplatónica y de la Academia de Atenas, simboliza para muchos historiadores el fin de la Antigüedad pagana y el triunfo final del cristianismo.

Representación artística de Cosroes bajo el arco de su palacio en Ctesifon | foto Bakhtafarid en Wikimedia Commons

Pero tras unos tres años en Ctesifonte los filósofos se dieron cuenta de que el reino de Cosroes no tenía mucho que ver con su ideal platónico. Por suerte para ellos en el año 532 Justiniano y Cosroes firmaron un tratado de paz, y el propio rey persa hizo incluir en él una cláusula referente a los filósofos exiliados. Por esa cláusula Justiniano estaba obligado a volver a acogerlos en Atenas o en la ciudad que ellos quisieran, y a respetar sus opiniones e ideas viviendo libremente el resto de sus días.

Estos hombres, al volver a su país, deben poder vivir allí sin miedo y libremente durante el resto de su vida, sin que se les obligue a pensar nada que pueda estar en contradicción con sus opiniones o a cambiar las creencias de sus antepasados

Agathias, Historias 2.31.4

Esta cláusula constituye uno de los primeros documentos conocidos en favor de la libertad religiosa, pues implicaba no solo que los filósofos pudieran seguir desarrollando y comunicando públicamente sus ideas, sino también que podían seguir siendo paganos.

Ruinas de Carrhae | foto Gerry Lynch en Wikimedia Commons.

Sin embargo los filósofos nunca regresaron, o por lo menos no finalizaron el camino hasta Atenas o Constantinopla. Se cree que se quedaron en algún punto intermedio entre ambos imperios, o que simplemente se disgregaron y cada uno tomó su camino. Una hipótesis, sostenida entre otros por Tardieu y Athanassiadi, dice que pudieron asentarse en Carrhae (el actual yacimiento arqueológico de Harrán al sudeste de Turquía), una ciudad que en aquel momento se encontraba justo en la frontera entre el imperio sasánida y el bizantino.

Lo que sí se sabe es que Damascio volvió a su Siria natal, donde falleció después del año 538 d.C. Pero el resto pudo mantener viva la escuela en Carrhae, por lo menos hasta que tomó el relevo la Academia de Gundishapur, el principal centro de enseñanza de la Persia sasánida hasta el siglo VIII. Es posible que a través de ella el neoplatonismo resurgiese en Bagdad en el año 832 con la fundación de la Casa de la Sabiduría, el famoso centro de traducciones y biblioteca del califato abasí.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

FUENTE RESPONSABLE: labrujulaverde.com. Por Guillermo Carvajal. Febrero 2022.

Fuentes: Gerald Bechtle , Review of Rainer Thiel, ‘Simplikios und das Ende der neuplatonischen Schule in Athen’ | Suda On Line | D’Ancona, C. (2002). Review of Damascius. The Philosophical History, by P. Athanassiadi. Mnemosyne, 55(2), 251–257. jstor.org/stable/4433329 | Polymnia Athanassiadi. (1993). Persecution and Response in Late Paganism: The Evidence of Damascius. The Journal of Hellenic Studies, 113, 1–29. doi.org/10.2307/632395 | Damascius (Encyclopædia Britannica) | Damascio, Problems and Solutions Concerning First Principles | Edward J. Watts, City and School in Late Antique Athens and Alexandria | Wikipedia.

Filosofía/Sociedad y Cultura/Cristianismo/Persecución/Historia

¿Vivimos en una simulación mental colectiva? El retorno del panpsiquismo.

EL NUEVO IDEALISMO

Hacemos un recorrido por esta corriente filosófica y por cómo algunas de las mejores mentes científicas del presente están abrazando la idea de la realidad como un producto mental y no como algo propiamente físico.

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En el año 1205, un muchacho llamado Giovanni di Pietro Bernardone desertaba de su ejército al no querer combatir contra las tropas germanas. Mientras viajaba a la región italiana de la Apulia para luchar en nombre del Papa, oyó el eco de una voz mientras dormía que le encomendaba regresar a su ciudad natal. 

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En una reunión con amigos, cuando le preguntaron si pensaba casarse, Giovanni les respondió: «La mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual». No se refería a ningún ente físico, sino a un valor que tiempo después ha sido uno de los pilares del cristianismo: la pobreza. 

Desde su regreso, el joven comenzó a sentir un fuerte desapego hacia la propiedad de bienes, pues a pesar de ser hijo de un rico comerciante, no buscaba oro ni riquezas. Sin embargo, sentía un fuerte arraigo hacia los animales, los cuales, al igual que él, vivían al raso y sin posesiones materiales. 

De hecho, les consideraba como «hermanos pequeños». Este joven, posteriormente conocido como San Francisco de Asís, es hoy considerado el gran patrono de los veterinarios y, por extensión, de los movimientos ecologistas, por su pasión por la naturaleza y las criaturas que forman parte de ella. Como cualquier santo divinizado por la cultura cristiana, decían de él que obró muchos milagros, pero de entre todas esas cualidades mágicas que se le atribuyeron destacaba una: la capacidad de hablar con los animales. Rezaba con las aves y apaciguaba a los lobos para que no atacaran los rebaños. Los relatos que le confieren esta habilidad para hablar con seres sin conciencia no son casualidad, pues forman parte de una corriente filosófica que ha recorrido siglos, desde Platón y Aristóteles hasta los más actuales pensadores de hoy en día.

'San Francisco de Asís predicando a las aves'. (Cuadro de Antonio Carnicero, 1788, en el Museo del Prado de Madrid)

‘San Francisco de Asís predicando a las aves’. (Cuadro de Antonio Carnicero, 1788, en el Museo del Prado de Madrid)

Se trata del panpsiquismo, un término derivado de las palabras griegas «pan» («todo») y «psique» («alma» o «mente»), y que sostiene la teoría de que la conciencia, al fin y al cabo el fenómeno más misterioso de la naturaleza, no es exclusiva de los humanos: impregna todo el universo y es un rasgo fundamental de la realidad. 

Tanto seres animados como inanimados pueden poseer cualidades propiamente conscientes y desarrollar una percepción subjetiva del mundo que les rodea. 

Algunos de sus defensores más notables fueron filósofos del Renacimiento como Giordano Bruno, quien creía que todo lo que existía tenía una esencia o principio vital. En el siglo XVII, Baruch Spinoza pensaba que la realidad estaba conformada por una única sustancia eterna, que en este caso podía ser Dios o el propio concepto de Naturaleza, de tal forma que todos en conjunto conformaríamos un todo consciente. 

También está la propuesta de Gottfried Liebniz, quien centró su pensamiento en las «mónadas», pequeñas unidades de materia infinitas e indivisibles, que formaban estructuras conscientes. 

«La conciencia impregna todo el universo y es una característica fundamental del mismo. Pero eso no significa que todo sea ‘consciente’.

A mediados del siglo XX, el panpsiquismo es rechazado por filósofos como Karl Popper o Ludwig Wittgenstein. De ahí que pronto aflorara la impresión en las universidades de filosofía de que se trataba de una doctrina errónea, sometiendo a duro juicio a todos sus defensores. 

Sin embargo, tal y como describe el periodista y escritor Joe Zadeh en un reciente artículo publicado en la revista Noema Magazine’, actualmente está reviviendo con nuevos planteamientos para llegar a una comprensión definitiva de lo que significa la consciencia en pleno siglo XXI.

Las tesis de Goff y Koch

Uno de los pensadores actuales citado por Zadeh es el filósofo británico Philip Goff, el cual lleva años investigando sobre las hipótesis que confieren a la consciencia un rasgo universal y omnipresente en el mundo físico. «Según el panpsiquismo, la conciencia impregna todo el universo y es una característica fundamental del mismo. Pero eso no significa que todo sea ‘consciente’, sino que los bloques de construcción esenciales del universo, posiblemente los quarks y electrones, tienen formas de experiencia increíblemente simples a la par que complejas. Eso no significa que una silla sea consciente, sino que las diminutas partículas elementales de las que está hecha tienen algún tipo de experiencia muy rudimentaria», explica. 

«Cuando las personas escuchan la palabra ‘consciencia’ creen que se refiere a sentir emociones pero en realidad hablamos de un nivel mucho más básico: la experiencia» La idea de que los objetos inanimados puedan tener conciencia, a pesar de que esto sea percibido como algo fantasioso desde un punto de vista estrictamente materialista y racional, no queda muy lejos, sobre todo si hacemos un esfuerzo por volver a nuestro mundo de la infancia. ¿Quién no ha hablado nunca con sus juguetes cuando es niño? 

De eso se dio cuenta el psicólogo suizo Jean Piaget en 1929, quien concluyó que los niños de entre dos y cuatro años tienden a atribuir conciencia a todo lo que les rodea. Por ello es frecuente que aparezcan amigos imaginarios en estas épocas. Antes de la socialización que se da en las etapas de madurez y crecimiento, el cerebro del niño, pese a su inocencia e ingenuidad como fruto de su inexperiencia, parece que está predispuesto a conferir propiedades mágicas a todo lo que hay a su alrededor. Por supuesto, la conciencia tiene diferentes grados y forma estructuras muy diferentes. 

Hay investigaciones sobre biología animal y vegetal que confirman que los árboles pueden comunicarse entre sí para convivir y sobrevivir mediante redes subterráneas de hongos que les mantienen conectados. Otros estudios también refrendan que las plantas tienen memoria táctil cada vez que las tocas. Pero no por ello un árbol va a hablar o expresar una emoción ni tampoco una adelfa va a cobrar vida de repente para salir corriendo en cuanto sienta el riesgo de ser podada. No están vivos como nosotros ni sienten o piensan el mundo igual que los humanos, pero esto no quiere decir que puedan asimilar pequeños detalles basados en su experiencia.

Esta es una de las posturas que defiende Christof Koch, un neurocientífico que lleva varios años investigando en torno a estas cualidades de la conciencia. «Mucha gente piensa que cualquier teoría que corrobore que los microbios son conscientes es una locura», asegura a Zadeh. «Cuando las personas escuchan la palabra ‘consciencia’ creen que se refiere a sentir emociones, placer o dolor, pero en realidad hablamos de un nivel mucho más básico de conciencia: la experiencia. 

Obviamente, un paramecio«, refiriéndose a los protozoos que suelen vivir en estanques o charcas, «carece de psicología, pues no escucha a las abejas o no se preocupa por qué hará el fin de semana». Sin embargo, «siente que es algo para ser un paramecio, y una vez que la membrana de su célula se disuelve, desintegrándose hasta que muere, ya no se siente de ninguna forma».

El universo como simulación mental colectiva

Hemos visto cómo, según estas teorías, la consciencia puede estar hasta en los organismos más pequeños y las formas de vida más minúsculas o precarias. Pero, ¿qué ocurre si las aplicamos a niveles macro, es decir, al propio universo? 

El término «panpsiquismo» apareció de manera frecuente en un ‘paper’ sobre física cuántica escrito por tres investigadores del Quantum Gravity Research de Los Angeles y publicado en la revista ‘Entropy’. 

En él, los autores abandonan la creencia de que el universo existe por sí mismo, rechazando los postulados materialistas que ven la realidad como algo externo y a lo que solo podemos acceder mediante los sentidos o la experiencia. 

En su lugar, abrazan la hipótesis de ver al universo como «una extraña simulación en loop». «Los últimos estudios en mecánica cuántica, como observar el espacio-tiempo en un holograma, sugieren que esta no es algo elemental» 

Esta conclusión bebe de las hipótesis de simulación del influyente filósofo Nick Bostrom, que enmarcan la realidad como si esta fuera una especie de ilusión diseñada por seres incognoscibles, en lugar de ser fruto del avance histórico y tecnológico humano. Es decir, en vez de pensar que somos productos de una evolución natural y que gracias a ella hemos alcanzado unas mejores condiciones de vida a partir del uso de la razón, Bostrom argumenta que todo lo que vemos y sentimos responde a un programa computacional muy avanzado. Según él, somos productos de una simulación creada por seres post-humanos para conocer más sobre sus ancestros.

¿Somos un sueño dentro de un sueño de alguien que sueña y está a punto de despertar? (Cartel promocional de 'Origen', de Christopher Nolan)

¿Somos un sueño dentro de un sueño de alguien que sueña y está a punto de despertar? (Cartel promocional de ‘Origen’, de Christopher Nolan)

Esta no deja de ser una idea muy explotada por las grandes películas de ciencia ficción de nuestra era, desde Origen hasta Abre los ojos‘. 

Además, conecta con la corriente del panpsiquismo, puesto que todas esas estrellas y planetas que vemos en una noche de cielos despejados no son meros trozos de materia que están muy lejos, sino que forman parte de una red global simulada que se actualiza constantemente, a partir de algoritmos subyacentes y una regla denominada como «el principio de lenguaje eficiente».

«Mientras que muchos científicos apoyan al materialismo, nosotros consideramos que la mecánica cuántica puede proporcionar pistas de que nuestra realidad es una construcción mental», asevera David Chester, uno de los principales autores del estudio. «Los últimos estudios en mecánica cuántica, como observar el espacio-tiempo mediante un holograma, sugieren que este no es algo elemental ni fundamental. 

Por ello, es la construcción mental de esta realidad la que lo fabrica para entenderlo de manera eficiente, generando una red de entidades subconscientes que pueden interactuar y explorar la totalidad de las posibilidades».

¿Qué es el agua? Una paradoja

Es decir, el espacio-tiempo no es más que una abstracción humana para intentar aproximarnos a conocer la realidad o el universo, pero en ningún caso existe por sí mismo, sino que forma parte de una trampa que hemos auto asumido como verdadera. 

Como su propio nombre indica, usamos un lenguaje eficiente basado en la lógica, las matemáticas o la física, para explicar fenómenos que suceden en la naturaleza pero cuya esencia nunca hemos llegado a ver o a comprobar. Esta es, precisamente, la conclusión a la que llegó el filósofo Bertrand Russell: «Todo lo que nos da la física son ecuaciones ciertas que dan propiedades abstractas de sus cambios. Pero en cuanto a qué es lo que cambia o a qué camba, en cuanto a esto, la física guarda silencio». 

«La física solo nos habla de lo que hacen las cosas, no de qué es lo que son ni de su naturaleza subyacente, sino cómo se comporta».

Después de tantos años de historia y evolución esforzándonos por desentrañar el código físico y químico que rige el mundo y da pie a la existencia de una consciencia como la nuestra, en realidad todo responde a un lenguaje matemático que hemos diseñado para intentar comprenderlo de manera eficiente, pero que no ha conseguido revelarnos nada sobre lo que verdaderamente está ahí o de lo que estamos hechos. 

«La física solo nos habla de lo que hacen las cosas, no qué es lo que son», argumenta Goff, apoyando a Russell. «No nos habla de la naturaleza subyacente de las cosas que se comportan de esta manera». 

«¿Qué es el agua?», interviene por su parte Zadeh en una excelente paradoja que ejemplifica a la perfección las tesis de ambos filósofos. «Una sustancia química incolora, transparente e inodora que llena nuestros cuerpos, océanos, ríos y lagos. 

Pero, ¿de qué está compuesta? De sextillones y sextillones moléculas de agua. ¿De qué están hechas estas moléculas? Bueno, cada una de ellas contiene tres átomos: dos de hidrógeno y uno de oxígeno. ¿Y estos a su vez de qué están hechos? De partículas subatómicas, como neutrones y protones. ¿De qué está hecho un electrón? Un electrón tiene masa y carga energética. ¿Y qué son la masa y la energía? Son propiedades de un electrón. Entonces, ¿qué es un electrón?

El discurso de White

Recuperando la figura de San Francisco de Asís que expusimos al inicio, cabría volver a pensar en un mundo en el que no fuéramos los únicos seres cargados de un tipo de conciencia tan avanzada como la nuestra y pudiéramos comunicarnos con otras criaturas, incluso con los objetos. No solo a la hora de desarrollar empatía que se traduzca en un mayor espíritu animalista o ecologista, sino también a la hora de comprender mejor esa totalidad de las cosas que, según las teorías de Bostrom y compañía, se presenta como una simulación. 

«El cristianismo fue lo primero que separó al hombre de la naturaleza, estableciendo una relación de superioridad y explotación con ella».

Otra de las autoras que destaca Zadeh en su artículo es la historiadora medieval Lynn Townsend White. En la década de los 60, fue una de las responsables de impulsar la conciencia climática en su país, Estados Unidos. Para White, «la forma en la que vemos el mundo determina cómo lo tratamos». En un discurso 1966 ante la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), expresó: «Lo que la gente hace con su ecología depende de lo que piensen de sí mismos en relación con las cosas que los rodean». 

Una frase que podría ser muy básica o ‘kitch’ daba algo más a entender para ese mundo en el que no existía una amenaza climática tan grave como ahora.

Las soluciones para enfrentar la crisis climática, para White, están en las causas que la provocaron. Y esas mismas causas fueron fruto de la mentalidad de la época en la que el progreso científico y tecnológico arrancó, impulsado, en parte, por el cristianismo occidental. «Fue lo primero que separó al hombre de la naturaleza, estableciendo una relación de superioridad y explotación con todo lo que le rodeaba», asegura Zadeh. 

No en vano, las creencias paganas sobre las que se impuso giraban en torno a la idea de un mundo completamente animado.

Cómo hablar con plantas o animales

«Antes de cortar un árbol, excavar una montaña o poner una presa, era importante aplacar y mantener a raya el espíritu que emergía de esa situación en particular», escribió White. 

«Pero el cristianismo extrajo esos espíritus de la Tierra y los colocó en el cielo.

Al destruir el animismo pagano, el cristianismo hizo posible explotar la naturaleza con una absoluta indiferencia hacia los sentimientos de los espíritus en los objetos naturales, los cuales habían protegido al hombre de la naturaleza. Estos se evaporaron y las viejas inhibiciones de explotar la naturaleza se desmoronaron». De ahí que describiera al cristianismo como la religión más antropocéntrica que había habitado la Tierra. 

«El universo empezó a ser visto no como algo orgánico y animado, sino como una máquina sin mente, como un reloj, cuyos engranajes están gobernados por leyes científicas» 

Evidentemente, el cristianismo no fue el responsable de que ahora tengamos una crisis ecológica, pero «sentó las bases para una relación abusiva del hombre con la naturaleza», recalca Zadeh. «Esta ideología religiosa infundió la Revolución Científica y marcó el comienzo de la era de la tecnología, el capitalismo y el colonialismo. El universo empezó a ser visto no como algo orgánico y animado, sino como una máquina sin mente, como un reloj, cuyos engranajes están gobernados por leyes científicas. La imprevisibilidad natural se transformó en algo estable, predecible, cognoscible, y por tanto, controlable».

Precisamente, esta es la mentalidad que impera ahora en los gurús tecnológicos y los multimillonarios filantrópicos. De hecho, en otros artículos ya hemos hablado de otras doctrinas filosóficas como el ‘largoplacismo radical’, en la cual se pretenden destinar muchos millones de euros para salvar a la Tierra de un apocalipsis tecnológico o climático, pensando a muy largo plazo y obviando cualquier otro problema humanitario que necesite una solución urgente, como por ejemplo las hambrunas de los países subdesarrollados. 

White, a pesar de criticar tanto la moral cristiana que impulsó el avance tecnológico y científico en detrimento del animismo pagano, se consideraba creyente en Dios. Y más aún, enarboló esa figura de San Francisco de Asís como el santo que más hizo por recuperar o, al menos no olvidar, que los seres que no gozan de las mismas cualidades que nosotros, en cualquier momento y de forma imprevisible, puedan alzar la voz.

Imagen de portada: Interior de la biblioteca del Trinity College en Dublín. (Unsplash/@gianmarco).

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. Por Enrique Zamorano. Febrero 2022.

Sociedad y Cultura/Animales/Cristianismo/Aves

 

Historia de las plañideras: vida y obra de las mujeres que cobraban por llorar.

DE EGIPTO A LAS RÍAS BAIXAS

Hasta mediados del siglo pasado, las plañideras eran habituales también en España, especialmente en los pueblos. Ofreciendo sus lágrimas a cambio de dinero, acudían al funeral de alguien que no conocían, pero cuya vida habían estudiado previamente.

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“El sistema lagrimal se desarrolló por primera vez cuando los peces se convirtieron en anfibios terrestres. Dejamos el agua y empezamos a llorar por el hogar que habíamos abandonado” dice Heather Christle en ‘El libro de las lágrimas’. 

Llorar, ese acto que responde a emociones de todo tipo. Llorar por miedo, por alegría, por tristeza, desde que llegamos al mundo. Aunque para Christle, “quizá no podemos conocer las verdaderas razones de nuestro llanto. Quizá no lloramos por, sino cerca o alrededor”. Respuesta, pregunta, a veces el llanto no es nada de eso, es una forma. El llanto es una capacidad. Sin embargo, no es una capacidad reconocida, sino relegada a las mujeres, empleada para satisfacer la forma del sistema patriarcal hasta nuestros días.

Recientemente, en Madrid, han abierto una llorería. Pero mucho antes de la capitalización del llanto sin desestigmatizarlo, mucho antes de que empresas cobraran a quienes necesitan llorar, fueron las mujeres las que cobraron por hacerlo.

Fuente: MNAC

Destinadas por fuerza a la fragilidad vinculada a la lágrima, en algún momento de la Historia decidieron hacer de ello una forma de sustento. Plañideras, lloronas, ‘choronas’, ‘vocetrices’, lastimeras o rezanderas. Se habla de ellas con la distancia del pasado, de lo antiguo, pero su existencia y su presencia histórica durante siglos apelan a la actualidad.

Seres psicopompos.

Las plañideras no lloraban por llorar, no cobraban por cualquier cosa, sino por lamentar la muerte de alguien cuya alma, a través de aquellos sollozos de mujeres, alcanzaría el descanso eterno. Según apunta la historiadora Ana Valtierra, tal y como recogen Ángeles Boix Ballester y Encarna Lorenzo Hernández, su origen podría estar en Egipto, en algunas mujeres que siguieron el ejemplo mitológico de Isis, la gran diosa madre. Cuenta la historia que Isis lloró desconsoladamente cuando murió su esposo Osiris, asesinado por su hermano Seth, mientras buscaba sus trozos por todo el país e intentaba devolverlo a la vida. Mito o realidad, las plañideras ya aparecen representadas en restos arqueológicos, desde cerámicas hasta pinturas de entonces.

Mujeres llorando en un mural de la tumba de Ramose. Fuente: iStock

“Las plañideras actuaban como seres psicopompos, acompañando al difunto en el tránsito hacia el otro mundo, y repetían el gesto mágico de la diosa con el fin de procurar su renacimiento en el Más Allá”, sostiene la investigadora Sofía Lili Reyes. Es decir, las plañideras, acudían a los rituales funerarios en representación de las diosas, “eran como actrices trágicas que dramatizaban el dolor con gestos extremos: lágrimas, sollozos, golpes el pecho, rasgándose las vestiduras, arañándose el rostro, arrancándose mechones de cabello o manchándose el cuerpo y la cabeza de barro”. Según apunta Reyes, se ha encontrado en momias que los embalsamadores colocaron entre sus vendas pequeñas plaquitas que representaban a Isis y Neftis, una forma de ofrenda como amuleto para facilitar el paso a la nueva vida. Pero fue en la Antigüedad donde las plañideras se expandieron y expandieron sus llantos. Del latín, plangere, significa sollozar.

Giotto di Bondone (1304-1306)

Así por ejemplo, en la Ilíada, Homero describe a Hécabe, madre de Héctor, arrancándose los cabellos ante la muerte de su hijo, o el llanto de las Ninfas por el padre de Andrómaca y el de las Nereidas en el funeral de Aquiles. Más adelante, en el Antiguo Testamento, el profeta Jeremías llama a las “lamentatrices” a llorar por la nación hebrea cuando Judá e Israel son tomados por el emperador caldeo Nabucodonosor II y las reincidencias de su pueblo en el paganismo: “Atended, llamad a las lamentatrices, que vengan; buscad a las más hábiles en su oficio” (Jeremías, 9:17).

Un llanto asignado a las mujeres.

Con el Cristianismo, esta figura toma fuerza con prototipos e imágenes como la de María Magdalena o incluso la propia Virgen María, a través de la cual se sigue representando (y en parte recordando) un llanto asignado a las mujeres. Desde Giotto a Van der Weyden, las mujeres llorando en la pintura religiosa llegan hasta Courbet en el siglo XIX.

‘Magdalena penitente’ (Tiziano). Fuente: Wikipedia»

A sus pies comenzó a regarlos con sus lágrimas; los enjuagaba con sus cabellos, los besaba y los ungía de bálsamos… Perdonados le son sus pecados, porque ha amado mucho» dice la Biblia sobre María Magdalena, conformando el modelo de pecadora y penitente en su encuentro con Jesús. El Cristianismo imperante en Europa, sin embargo, no aceptaba aquellos coros de llantos cada vez más habituales, y durante siglos trató de prohibirlos para evitar, precisamente, que las mujeres se reapropiaran del propio estigma o simplemente para que no tuvieran aquel rol tan marcado en la sociedad. “En España, las constituciones sinodales de Sevilla prohibían a la viuda e hijas del difunto la asistencia al entierro para evitar que llorasen” apunta Verónica Zárate al respecto. No obstante, no lo consiguieron.

Las choronas de las Rías Baixas.

Hasta mediados del siglo pasado, las plañideras eran habituales también en España, especialmente en los pueblos. Ofreciendo sus lágrimas a cambio de dinero, acudían al funeral de alguien que no conocían, pero cuya vida habían estudiado previamente. Y allí, alrededor del féretro, daban forma al dolor y alzaban las voces para que con ellas se elevara el alma de la persona. De aquello existe una memoria popular entre dichos y poesía. Si vives en las Rías Baixas seguro que, alguna vez, alguien te ha enviado a chorar o llorar a Cangas. Esta especie de antecesor de la llorería tiene sus raíces en la popularidad que alcanzaron las llamadas choronas en la zona. 

Dice Federico García Lorca en su poema ‘Muerto de amor’: 

«Tristes mujeres del valle

bajaban su sangre de hombre,

tranquila de flor cortada

y amarga de muslo joven.

Viejas mujeres del río

lloraban al pie del monte,

un minuto intransitable

de cabelleras y nombres».

‘Un entierro en Ornans’ (Gustave Courbet, 1849-1850). Fuente: Wikipedia

Las viejas (y jovenes) mujeres que lloran están por todas partes. El antropólogo estadounidense Melville Herskovits recuerda a los Dahomey en África Occidental. En esta comunidad, cuando alguien va a morir, todas las mujeres de la familia se reúnen para lanzar sus lamentaciones y, en este caso, les siguen hombres y niños. Los Dahomey utilizan el término “Avidochio”, que significa entregar las lágrimas al muerto. En países de América Latina aún pueden verse a algunas mujeres de negro, con un pequeño libro en las manos, llorando por alguien a quien no conocen. Como apunta Reyes: “Simbólicamente, con las plañideras se puede medir la angustia y dolor o la miseria de una sociedad, ellas descubren y reviven verdades originadas por la cosmovisión y sentimientos como el amor y cohesión del grupo”.

Imagen de portada: Fotografía de Cristina García Rodero (vía Espacios para el Arte/Flickr).

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón, Vida. Por Carmen Macías. Octubre 2021.

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