Arqueólogos encuentran «información» reveladora en un casco de hace 2400 años.

El elemento de combate revela cuestiones sobre la organización militar y el arte de la guerra en la península itálica. Había sido hallado hace casi 100 años.

Un casco etrusco de 2.400 años de antigüedad había sido encontrado en 1928, en la necrópolis de la Osteria di Vulci. Sin embargo, casi 90 años después, los arqueólogos notaron una inscripción en su interior que «hablaba» sobre la organización militar de este pueblo prerromano.

El descubrimiento, adelantado por el Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia y que se ilustrará en la revista Archeologia Viva, refiere a un epígrafe que se encuentra grabado en el protector de la nuca, y está formado por siete letras -HARN STE-, probablemente un gentilicio que indica un lugar de origen -del objeto o del dueño- y que debe leerse como una única palabra.

Se trata, de hecho, de una inscripción “muy rara” que “ofrece informaciones fundamentales para la reconstrucción de la organización militar y de la evolución del arte de la guerra” en la península itálica antes de la hegemonía de Roma.

El yelmo perteneció a un guerrero etrusco, un pueblo que dominaba parte importante de la actual Toscana, y ha sido datado en la mitad del siglo IV AC. Entonces el centro de Italia se caracterizaba por los cruentos conflictos entre tribus locales, que competían por el predominio de la península o por simple supervivencia, amenazada por el avance de los celtas. Roma, fundada según la tradición en el 735 AC junto al río Tíber, estaba aún lejos del poder y la expansión que lograría en época imperial.

El casco narra aquellos años de sangre y hierro por el dominio del territorio. Por ejemplo es posible presuponer que el hecho de que la inscripción esté en su interior indique a su propietario, una costumbre, la de marcar posesiones, muy actual. Esto “reforzaba el sentimiento de pertenencia de un objeto de vital importancia” para el guerrero, sostiene el museo.

Pero también ofrece información sobre el sistema de fraguas en las que los etruscos fabricaban sus armas y es “posible” que el yelmo no fuera elaborado en Vulci, donde se encontró, sino en algún punto próximo a la actual ciudad de Perugia (centro).

El historiador del siglo I a.C Tito Livio reveló la existencia de un campamento etrusco llamado “Aharnam” que congregó a las tropas en la víspera de la tercera batalla de la guerra samnita en 295 a.C, entre Roma y una liga de etruscos, galos, umbros y otras tribus. El topónimo “Aharnam” suena muy parecido a la actual localidad de Civitela d’Arna, cercana a Perugia, por lo que el gentilicio del yelmo, Harn Ste, leído como una única palabra, “pudo haberse formado a partir del nombre de esa ciudad” o de sus aledaños.

Y es que en otras lápidas u objetos etruscos se han encontrado otros gentilicios que comparten raíz, como “Havrna”, “Havrenies” o “Harenies”.

No obstante el museo subraya que “no es posible establecer con certeza si el nombre conservado coincida con el de su último propietario”, ya que estas piezas muchas veces pasaban de mano en mano como trofeo de guerra.

Imagen de portada: Gentileza de Ámbito

FUENTE RESPONSABLE: Ámbito

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El-Qurn, la montaña sagrada egipcia con forma de pirámide al pie de la cual está el Valle de los Reyes.

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¿Por qué los faraones de las XVIII, XIX y XX dinastías decidieron ser enterrados en hipogeos en el Valle de los Reyes, en lugar de en pirámides como sus predecesores? ¿Por qué eligieron el lugar hoy conocido como Valle de los Reyes?

Algunos egiptólogos tienen una hipótesis al respecto: la presencia de una montaña sagrada con forma de pirámide natural, El-Qurn (el cuerno), a la que los egipcios llamaban Ta Dehent (el pico). Tiene 420 metros de altitud y se alza en la cordillera frente a la antigua Tebas (hoy Luxor), en la orilla oeste del Nilo.

La forma piramidal sólo se aprecia cuando se lo contempla desde la entrada del Valle de los Reyes, y cerca del punto más alto hay una formación rocosa en forma de placa que sobresale unos metros de la ladera de la colina. Vista desde el ángulo correcto se asemeja a la cabeza de una cobra, y quizá por ello la zona estaba asociada con el culto a la diosa Hathor y con la diosa cobra Meretseger.

El Valle de los Reyes y el-Qurn hacia 1857, foto de Francis Frith | foto Metropolitan Museum of Art en Wikimedia Commons

El-Qurn está en una situación privilegiada, entre el Valle de los Reyes al norte, el Valle de las Reinas al sur, el Valle de los Nobles al oeste y el complejo de templos de Deir el-Bahari. Es posible que su apariencia piramidal fuera lo que decidió a Tutmosis I, el tercer faraón de la XVIII dinastía (que reinó entre 1504 y 1492 a.C. aproximadamente), a elegir su entorno para la fundación de la necrópolis real tebana, donde fue enterrado junto con muchos de sus sucesores.

En la propia tumba de Tutmosis I, decorada con escenas del Libro del Amduat egipcio, se representa la caverna oval del dios Socar bajo una pirámide, imitando la posición física de la tumba (con su cámara oval) bajo el pico de el-Qurn.

Curiosamente, aunque esta tumba de Tutmosis I ha sido identificada como KV38 y en ella se encontró un sarcófago de cuarcita amarilla con su nombre, parece que el cuerpo fue trasladado por Tutmosis III a la tumba KV20 de Hatshepsut (hija de Tutmosis I), que también contiene un sarcófago con el nombre de Tutmosis I.

Vista desde la cima de el-Qurn | foto Vyacheslav Argenberg en Wikimedia Commons

Kent R. Weeks cree que la forma piramidal de el-Qurn puede haber recordado a los egipcios el emblema del dios del sol Ra y les impulsó a establecer el cementerio de los gobernantes en este valle. Así, el pico habría sido interpretado como una especie de pirámide natural colectiva, marcando el simbolismo solar que durante muchos siglos había jugado un papel fundamental en el rol religioso de las necrópolis reales.

A favor de esta interpretación está el hecho de que los lugares de enterramiento de los reyes se encuentran en el lado norte, y los de las reinas en el lado sur, exactamente igual que en las pirámides. Además otros faraones posteriores también utilizarían hitos simbólicos similares. Por ejemplo, Akenatón hizo construir su nueva capital con su propia necrópolis, sobre una formación rocosa que se asemejaba al antiguo signo jeroglífico para horizonte.

el-Qurn visto desde el Valle de los Reyes en 2009 | foto Rémih en Wikimedia Commons

Por el contrario algunos investigadores como John Coleman Darnell y Colleen Manassa Darnell opinan que la visión de el-Qurn como una pirámide natural es una comparación moderna, para la que no se puede aducir ninguna evidencia antigua.

El-Qurn se puede ascender a pie desde dos direcciones, comenzando la escalada en el Valle de los Reyes o cerca de Deir el-Medina. El trayecto hasta la cima dura aproximadamente una hora y media. Normalmente se suele elegir la ruta desde Deir el-Medina, pues tres cuartos del recorrido discurren sobre escaleras de hormigón, aunque la ascensión final es más complicada. Es el camino que seguían los obreros que construyeron las tumbas del Valle de los Reyes. No obstante, parece que hoy el acceso está restringido.

Imagen de portada: Valle de los Reyes, Egipto.

Fuentes: Richard H. Wilkinson, Kent R. Weeks, The Oxford Handbook of the Valley of the Kings | Nigel Strudwick, Helen Strudwick, Thebes in Egypt: A Guide to the Tombs and Temples of Ancient Luxor | Kent R. Weeks, Nigel Hetherington, Dina Bakhoum, The Valley of the Kings: A Site Management Handbook | John Coleman Darnell, Colleen Manassa Darnell, The Ancient Egyptian Netherworld Books | Willeke Wendrich , Egyptian Archaeology | Wikipedia

Antiguedad/Antiguo Egipto/Egiptología/Pirámides/Picos.

 

 

Por qué decimos «talón de Aquiles» para denotar debilidad (y cuán acertado es anatómicamente).

Todos tenemos un talón de Aquiles, literal y figuradamente.

De hecho, en el primer caso, tenemos dos, que también se llaman tendones de Aquiles.

Son unas bandas resistentes de tejido fibroso que conectan los músculos de la pantorrilla con el hueso del talón. Cuando los músculos de la pantorrilla se flexionan, el tendón de Aquiles tira del talón y ese es el movimiento que nos permite estar de puntillas al caminar, correr o saltar.

Y son los tendones más grandes y fuertes del cuerpo, lo cual es curioso pues usamos la expresión «talón de Aquiles» para aludir al punto débil de una persona o cosa.

Pero eso, como tanto más, se lo debemos a la maravillosa imaginación de los Antiguos Griegos.

Profecía amenazadora

Hay varias versiones de la historia de Aquiles, el más grande de todos los héroes griegos de la guerra de Troya, pero en todas las profecías marcan su vida, incluso antes de nacer.

Tetis, su madre, era una ninfa o diosa del mar de quien se habían enamorado Zeus, el rey de los dioses, y Poseidón, el dios del mar, quienes estaban haciendo hasta lo imposible para conquistarla.

Una versión cuenta que Tetis rechazó a los dos dioses y Zeus se enfureció tanto que decretó que jamás se casaría con uno.

Otra dice que Temis -la del ‘buen consejo’, la encarnación del orden divino, las leyes y las costumbres- y Prometeo -el Titán amigo de los mortales- sabían que era vital para la orden olímpica que ninguno de los dos se casara con Tetis.

¿La razón? Estaba escrito «que la diosa del mar tendría un hijo principesco, más fuerte que su padre, que empuñaría otra arma en su mano más poderosa que el rayo o el tridente irresistible».

En otras palabras, que el hijo que tuviera la ninfa llegaría a ser más magnífico que su padre, algo que no le alegraría a ninguno de los dos dioses del Olimpo.

Tetis y Zeus pintados por el artista ucraniano Anton Losenko (1737-1773)

GETTY IMAGES – Tetis y Zeus pintados por el artista ucraniano Anton Losenko (1737-1773).

Alertaron a los dioses justo a tiempo: Zeus estaba a punto de acostarse con Tetis cuando se enteró.

Y quedó tan preocupado que se aseguró de que Tetis se casara con un hombre mortal para que su hijo no pudiera nunca desafiar el poder divino.

El elegido fue Peleo, rey de los guerreros de renombre conocidos como mirmidones, quien, desde el punto de vista de los dioses, tenía varios puntos a su favor: era el hombre más piadoso del planeta; era lo suficientemente digno como para tener una esposa divina y, más importante aún, era un mortal, así que no podía engendrar un hijo inmortal.

Por magnífico que llegara a ser la criatura, su grandeza tendría fin.

Invulnerabilidad imperfecta

La única divinidad a la que no le alegró la decisión fue Tetis, quien no se resignaba a aceptar que algún día a su hijo sería tan cruelmente arrebatado por la despiadada Muerte, algo que a ella, por ser una diosa, no le ocurriría.

Así que hizo todo lo posible para evitarse el dolor más grande que puede sentir una madre, aquel de sobrevivir a su hijo.

Algunas narraciones cuentan que la diosa del mar intentó inmortalizar a Aquiles a través de un largo ritual de purificación que consistía en quemar poco a poco su mortalidad en el fuego todas las noches y ungir su cuerpo con ambrosía. Cuando estaba a punto de completar la tarea, Peleo la sorprendió y le horrorizó tanto verla poner a su hijo en el fuego que no quiso escuchar las explicaciones de su esposa.

Otra versión más amable señala que Tetis se llevó a Aquiles al río Estix, que marcaba el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Tetis sumerge a Aquiles en el río Estix, una estatua en mármol del escultor británico neoclásico Thomas Banks, (1735-1805). Con agradecimiento al Museo V&A por permitir la fotografía.

FUENTE DE LA IMAGEN – JONATHAN CARDY

Tetis sumerge a Aquiles en el río Estix, una estatua en mármol del escultor británico Thomas Banks, (1735-1805). Con agradecimiento al Museo V & A por permitir la fotografía.

Para hacerlo invencible, invulnerable e inmortal, la diosa sumergió a su bebé en las aguas del río, cuyo nombre styx significa «estremecimiento» y expresa repugnancia por la muerte.

La única parte del cuerpo de Aquiles que permaneció vulnerable fue su talón, pues fue de ahí que Tetis lo sostuvo al bañarlo en las mágicas aguas.

Más profecías

Esa no fue la única precaución que tomaron los padres de Aquiles para evitar su muerte.

Se aseguraron de que lo educara nada menos que Quirón, «el más sabio y justo de todos los centauros», mentor de muchos de los grandes héroes de la mitología, como Jasón y Peleo, los argonautas, y Asclepio, el dios de la medicina y la curación.

Bajo su cuidado, Aquiles se alimentaba con una dieta que incluía entrañas de leones y cerdos salvajes, y médula de lobos, para fortalecerlo mientras que aprendía de cacería, así como de música y actividades intelectuales.

Además, según contaron algunos mitógrafos, cuando Peleo recibió un oráculo de que su hijo moriría luchando en Troya, lo escondió en la corte de Licomedes en Esciro, disfrazado de niña entre las numerosas hijas del rey, para evitar que se uniera a la batalla.

Aquiles y las hijas de Licomedes, pintado por Antonio Molinari circa 1680.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Aquiles y las hijas de Licomedes, pintado por Antonio Molinari circa 1680.

Sin embargo, el destino estaba escrito y otra profecía se ocupó de que se cumpliera.

Cuando el adivino Calcas le dijo a los griegos que no podrían ganar la guerra para rescatar a la secuestrada Helena de las manos del príncipe Paris de Troya sin la ayuda de Aquiles, lo buscaron y lo encontraron.

Como dictó el destino

Lo que siguió fue épico, como nos ha venido contando Homero desde el siglo VIII a.C.

Los 51 días del último año de la guerra que nos narra «La Ilíada» empiezan con una colérica disputa entre Agamenón «el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles» y termina con el funeral de Héctor, el hijo mayor del rey Príamo y el héroe más célebre de Troya, a quien Aquiles había matado en un duelo y arrastrado por días amarrado de su carroza.

Pero si bien nos cuenta mucho sobre el heroísmo, la fuerza y ​​la camaradería de Aquiles, además su furia, Homero no menciona su muerte, aunque Héctor la predice con su último aliento y la «Odisea» habla de su funeral.

Y el gran escritor griego en ningún momento menciona su talón (entre otras, tampoco habla del caballo de Troya).

El relato de la muerte del gran héroe quedó en manos de otros poetas, quienes narraron, por ejemplo, que se enfrentó luego al rey etíope Memnón, quien había acudido a apoyar a los troyanos, y lo mató en la batalla.

Contaron además, que se enamoró de la reina de las Amazonas, Pentesilea, cuando sus miradas se cruzaron en el momento en el que su lanza la atravesó… demasiado tarde.

Estatua de Aquiles herido por una flecha en el talón, la única parte vulnerable de su cuerpo.

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Estatua de Aquiles herido por una flecha en el talón, la única parte vulnerable de su cuerpo.

Y varios dijeron que Aquiles murió cuando una flecha, disparada por el príncipe troyano Paris, cuya fuga con la bella (y casada) Helena había desatado la guerra con los griegos, lo alcanzó.

En la que es quizás la historia más famosa de su fin, el héroe murió en el campo de batalla contra los troyanos.

En otra versión, estaba escalando las murallas de Troya y a punto de saquear la ciudad cuando ocurrió.

Otros relatos cuentan que Aquiles se había enamorado tanto de Polixena, la hija de Príamo, que aceptó desertar al bando troyano si el rey los dejaba casar. Así fue, pero cuando Aquiles fue al templo para ratificar el compromiso a los ojos de los dioses, París, escondido, le disparó.

Sin embargo la mayoría de las fuentes aseguran que fue el dios Apolo -quien apoyaba a los troyanos- el que guió la flecha hacia su punto vulnerable: el talón.

Sólo así logran vencer al guerrero que aparece en la primera línea de la «Ilíada», cuya ira pone en movimento toda la historia, ese semidiós, asesino, saqueador, malhumorado, temperamental, despiadado y cruel pero también aquel que es siempre el más rápido, más agudo, más grande, más brillante, más importante y más hermoso que otros hombres.

Pero aunque su madre, siendo inmortal, probablemente siga llorando su muerte, Aquiles lleva vivo en la memoria colectiva unos 28 siglos…

Imagen de portada:  GETTY IMAGES – Aquiles, el personaje central y guerrero más grande de la Ilíada de Homero.

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Por Dalia Ventura. Diciembre 2021.

Sociedad y Cultura/Salud/Grecia

“Borges no se merece el talento que tiene”: audacias y provocaciones de Victoria Ocampo.

Un libro de Ivonne Bordelois propone perfiles poco conocidos de la creadora de Sur, en un intento por desarmar prejuicios sobre esa figura central de la cultura argentina.

Ivonne Bordelois, la autora de la colección de poemas El alegre apocalipsis y los ensayos La palabra amenazada, Etimología de las pasiones y El país que nos habla, acaba de publicar Victoria. Paredón y después, un libro biográfico que se ocupa de reivindicar como escritora a la autora de las diez series de Testimonios y de los seis tomos de Autobiografía, entre otras obras.

Victoria nació cuarenta y cuatro años antes de Ivonne. La biógrafa y la biografiada, a pesar de la diferencia de edad, de sus personalidades tan disímiles como sus circunstancias, y de la formación –Ocampo era una autodidacta; Bordelois es una lingüista doctorada en el MIT bajo la guía de Noam Chomsky y fue docente universitaria en Holanda– tienen varios puntos en común. En primer lugar, tuvieron un contacto muy temprano con la naturaleza. Victoria, en las estancias de su familia y en el jardín de Villa Ocampo; Ivonne, en el campo familiar de los Bordelois en la provincia de Buenos Aires. La lectura las llevaría a deslumbrarse con los cuentos, las novelas y los ensayos de Virginia Woolf; sobre todo con Un cuarto propio y Tres Guineas: eran feministas.

«Se omitían ‘detalles’ no menores: V. O. estuvo de parte de los republicanos durante la Guerra Civil Española, siempre apoyó a los aliados y rescató a varios intelectuales y artistas de la Europa ocupada»

Bordelois, muy joven, conoció a Victoria, a la que admiraba, pero que la cohibía. Fue colaboradora de la revista Sur y amiga de Enrique Pezzoni y José Bianco. Luego, su larga permanencia en Estados Unidos, París y Holanda, la mantuvo alejada de la vida cotidiana de Buenos Aires y de la publicación dirigida por Ocampo.

Victoria Ocampo, en 1950, al llegar a Estados Unidos para dar conferencias

Victoria Ocampo, en 1950, al llegar a Estados Unidos para dar conferencias- Bettmann

El tiempo y la distancia le han permitido a Ivonne brindar un perfil muy rico y equilibrado de su biografiada. Reprocha con razón a los críticos de Ocampo el ensañamiento con que la atacaron y atacan por no haber tomado “opciones ideológicas inviables en sus circunstancias”. Nada podía hacer ella contra el hecho de haber nacido del lado de los privilegios. Se le atribuían posiciones ideológicas a las que era ajena por el hecho de lucir vestidos de alta costura de Chanel y sombreros de Reboux y de haber sido amante a fines de la década de 1920 de un trágico y muy buen escritor, Pierre Drieu la Rochelle, más tarde, colaboracionista del nazismo. Se omitían “detalles” no menores: V. O. estuvo de parte de los republicanos durante la Guerra Civil Española, siempre apoyó a los aliados y rescató a varios intelectuales y artistas de la Europa ocupada.

Se ha hablado mucho del carácter mandón de Ocampo y de su generosidad; pero pocas, de su ternura, que era conmovedora. Bordelois cita una expresión que Beatriz Sarlo le aplicó a Ocampo: “capataza cultural rioplatense”. Casi una injuria kirchnerista avant la lettre.

Ivonne Bordelois

Ivonne Bordelois

Son pocos los escritores y críticos que admiten lo bien que escribía Victoria, la fluidez de su estilo, la llaneza criolla de su español rioplatense, al que salpicaba de palabras y expresiones francesas, inglesas o del habla coloquial porteña y campera. Con un aforismo demolía a un genio o una celebridad. De Charles de Gaulle dijo: “El poder corrompe hasta el lucero del alba”. De la condesa de Noailles: “Era una mezcla de cisne y de serpiente”. De Borges: “No se merece el talento que tiene”. Victoria estaba muy lejos de la admiradora perpetua.

En este punto, la autora y la biografiada tienen otro punto en común. Las justas, temibles y exquisitas reseñas de Bordelois le valieron el apodo de “Ángel exterminador” en Sur, según Enrique Pezzoni. Cultivó su sinceridad cruelmente literaria en el Suplemento Cultura de este diario, cuando yo era editor. Mi retiro apartó de mí ese cáliz hechicero. Del mismo modo, V. O. se encarnizaba sobre las traducciones de Shakespeare de las más encumbradas plumas.

«Con respecto a la caligrafía de Mistral, dice: ‘Es una letra muy acostada, como alfalfa bajo un vendaval’.»

Bordelois consagra la segunda parte de su libro a una galería antológica de retratos escritos por V. O. Describe el conjunto como “un verdadero festín.” En esa Vía Láctea de celebridades, mis preferidos son los perfiles de Gabriela Mistral, Jean Cocteau, y Julián Martínez, el gran amor de Victoria. Hay frases, símiles y metáforas seleccionadas por Ivonne que se valen de los tres reinos de la naturaleza, de los cinco sentidos, y de una puntería verbal infalible. Con respecto a la caligrafía de Mistral, dice: “Es una letra muy acostada, como alfalfa bajo un vendaval.” ¡Diosa!, como dirían los jóvenes de hoy. De Anna de Noailles: “Su abundancia acaba por empobrecerla”.

Quien retrata muy bien a V. O. es el escritor estadounidense Waldo Frank. Bordelois utiliza la mirada de este para su biografiada: “Es alta y singularmente hermosa, parece una amazona; una amazona que oculta a los ojos del vulgo su naturaleza infantil, de muchacha”. “Cuando la conocí Victoria tenía alrededor de cuarenta años, era una mujer alta, morocha, de belleza clásica, una mujer poderosa; una mujer rica y, en su vida privada, una mujer desdichada”.

La tercera parte del libro se ocupa del encuentro decisivo entre Virginia Woolf y Victoria, y de la amistad epistolar que le sigue. Desde que se conoció el Diario de Virginia Woolf y cartas de esta dirigidas a parientes y amigas en las que se refiere a V. O., se habló y se escribió de modo burlón e irónico acerca del papel de millonaria exótica, enferma de literatura, que desempeñó la argentina frente a la exquisita, atormentada y sarcástica Virginia, a la que Victoria admiraba profundamente. Sin embargo, como muestra Bordelois con citas del epistolario de V. O., esta tuvo plena conciencia de los malentendidos que se produjeron entre ellas y del desdén imperialista con el cual, por momentos, Virginia la veía como un ser tan exótico como la Argentina, que Woolf se imaginaba poblada de mariposas.

Irene Chikiar Bauer, en su tesis de doctorado (a la que Ivonne se refiere como fuente) y en el prólogo de El ensayo personal, su antología de Victoria Ocampo, analiza con mucho detalle la confrontación entre la escritora inglesa y la “sudamericana”. Victoria aprovechó el interés “europeo” de Virginia por el exotismo que representaba la culta, sensible y arrolladora nueva amiga para acercarse a la autora de Orlando, que le dio un rumbo definitivo a la vida y la obra de Ocampo. El impulso o el mandato que Virginia le dio a V. O para que escribiera “autorizó” a esta para encarar seriamente su vocación literaria, como enfatizan tanto Bordelois como Chikiar Bauer.

Virginia Woolf y Victoria Ocampo

Virginia Woolf y Victoria Ocampo- Archivo

En el episodio Woolf-Ocampo, Ivonne ve en acción el histrionismo de la argentina, que había renunciado por su familia a su vocación escénica. Fue Sylvia Molloy, en “El teatro de la lectura: cuerpo y libro en Victoria Ocampo”, la primera en ver la actriz tras la escritora y mecenas. Esas cualidades histriónicas le sirvieron a Ocampo para manipular a Virginia, convertirse en su amiga y obligarla a dejarse fotografiar por Gisèle Freund.

A pesar de las diferencias en tiempo, espacio, clase y circunstancias culturales, Virginia, Victoria e Ivonne están unidas por su condición de mujeres en una sociedad machista que las relega a un segundo plano. Las tres llegaron a comprender que, en la familia y en el mundo del trabajo, eran las proletarias del hombre en términos marxistas. Victoria y Virginia pagaban sus beneficios con sumisión y decoro. El caso de Ivonne fue distinto. Eso le permitió escribir sobre las otras dos con distancia.

Bordelois destaca en la lectura que Victoria hace de las obras de Virginia las epifanías, los éxtasis de esta, ya sea por medio de la experiencia de sus personajes o de su propia vida. Esos momentos son los atisbos de la Realidad, del Todo. Virginia e Ivonne sufrían de crisis maníacas. Atravesaban períodos fulgurantes de euforia maníaca, seguidos por depresiones. De esos lapsos de manía, nacieron muchas de las mejores páginas de Virginia.

Ivonne llega lejos en su análisis de la “locura” de Virginia, porque padeció la misma afección y eso le permitió comprender que “la manía no puede reducirse a una patología”. En su fase positiva, según la autora, es la revelación de un contacto posible con la energía del universo. Ahora bien, Bordelois, como cuenta en su autobiografía Noticias de lo indecible, comenzó a manifestar su manía en los Estados Unidos, durante los años de su doctorado en el MIT con Noam Chomsky. En ese ámbito competitivo y machista, los hombres siempre llevaban la delantera; y el capitalismo salvaje, aun entre izquierdistas, se imponía. Esa violencia la descompensó. Para no pagar un alquiler muy alto, se mudó al gueto negro, donde era la única blanca. Sus vecinos se sintieron honrados de que ella se hubiera ido a vivir allí, la invitaban y la protegían. Allí, entre los marginados, respiraba.

Durante los períodos eufóricos, Ivonne desplegaba creatividad, lucidez y dotes deslumbrantes, pero también era capaz de desafiar a Chomsky preguntándole en qué se distingue un órgano (corporal) de una máquina, para escucharlo responder: “En nada, por supuesto”. Así descubrió que los norteamericanos no distinguen entre biología y técnica.

Extraño y luminoso trío el de estas mujeres, marginales dentro de su propio género, sin hijos, profundamente solas, aun rodeadas de amigos y admiradores, entregadas a compartir el mundo y sus mundos por medio de la escritura, sin soportar ataduras, salvo las de elección: la libertad y la palabra.

Victoria. Paredón y después, de Ivonne Bordelois (Edhasa/Ediciones del Zorzal)

Victoria. Paredón y después, de Ivonne Bordelois (Edhasa/Ediciones del Zorzal).

Imagen de portada: Gentileza de Patricia Ramirez

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Cultura. Por Hugo Beccacece

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Ivonne Bordelois

 

Iain McGilchrist: “No entendemos de dónde provienen la felicidad y la plenitud”

Graduado en letras, el psiquiatra escocés acaba de publicar un libro en el que aborda una filosofía de lo cotidiano para vivir mejor; “nuestra crisis espiritual es tan grande como la física”, dice, en alusión a la pandemia

La formación de Iain McGilchrist es peculiar. Su abordaje, también. Y encima vive en el extremo noroccidental de Escocia, en la isla de Skye, rodeado de whisky. Tan rodeado del “agua de la vida” que mora en la histórica y legendaria Talisker House. Los amantes del whisky sabrán de qué les hablo.

Graduado con honores en Letras de Oxford, McGilchrist viró hacia la medicina. Psiquiatra, dirigió hospitales y desarrolló investigaciones neurocientíficas, mientras escribía en sus ratos libres. Y un día, tres décadas después de empezar a darle forma, terminó El maestro y su emisario, en el que abordó cómo los dos hemisferios del cerebro afectan nuestras vidas, para bien y para mal. Su libro causó sensación.

Ahora, a los 68 años, McGilchrist lanza The Matter with Things, adentrándose en la filosofía de nuestras vidas cotidianas, buscando respuestas a las preguntas que nos agobian desde siempre (y más en estos tiempos). “Tenemos una crisis espiritual que es tan grande como la crisis física”, afirma, y no cree que el flagelo del Covid19 nos lleve a mejorar. “Tan pronto como la pandemia lo permita, muchos volverán a ser egoístas e infelices”, lamenta.

De rostro bonachón, tono amable y mente brillante, McGilchrist no aspira a ver cambios sustanciales, ni a nivel global, ni personal: Pero tampoco es ese el objetivo, aclara. “No se nos pide que solucionemos todos los problemas; solo que nos comportemos de una manera verdaderamente humana”.

Y en ese “verdaderamente” está la clave, que plantea con una pregunta: “¿Qué me permitirá decir, cuando todo termine, ‘bueno, hice mi mejor esfuerzo’?”.

–¿Por qué este libro, The Matter with Things, y por qué ahora?

–Desde mi adolescencia sentí que había algo muy mal en la forma en que generalmente hemos estado pensando en el mundo moderno de Occidente. Comencé a sentirlo de manera intuitiva y solo más tarde descubrí que había muchos filósofos que estarían de acuerdo conmigo, porque no supe sobre ellos en la escuela. El mundo no es algo meramente material y mecanicista, algo que está ahí fuera, ajeno a nosotros. Pero solemos ver las cosas de ese modo. Lo mismo ocurre con las obras de arte o con la naturaleza, que tomamos como algo que nos rodea, cuando en realidad somos en relación con ella. Sin embargo, me tomó treinta años de estudios e investigaciones del cerebro poder articular mis ideas.

–¿A qué conclusiones arribó?

–Encontré que hay muchas diferencias entre los dos hemisferios del cerebro que no se han investigado. Son dos formas completas de percibir el mundo: uno se enfoca en lo que podemos tomar y usar, y eso es lo que priorizamos; el otro ve el panorama completo y lo que sucede en otros lugares. Ahora, usted podrá preguntarse por qué es esto relevante. La respuesta es porque nos ayuda a comprender mejor qué es un ser humano, qué es el mundo y cuál es nuestra relación adecuada con el universo. Debemos comprender que todo está interconectado. No somos solo un cerebro que funcionaría mejor si no tuviera que lidiar con un cuerpo. ¡Al contrario! Somos un cuerpo y la mente está ahí para comprender y ayudar a ese cuerpo, mirando de otro modo la forma en que abordamos las respuestas a las cosas. Sin embargo, hemos conspirado para despreciar nuestras reflexiones no instruidas sobre las intuiciones de la vida, los juicios que formamos por experiencia.

«Deberíamos cultivar hábitos de reflexión, de meditación, de sumergirnos en las grandes obras de la música y la poesía»

–¿Cómo es eso?

–Todo tipo de personas inteligentes han aportado pruebas de que podemos estar equivocados, demostrando aquí o allá que nuestra intuición está equivocada. Eso es muy divertido, sí, como lo son los libros que aportan giros inesperados. O como las ilusiones ópticas. Sin embargo, tras observar una ilusión óptica, nunca escuché a alguien decir: “Bueno, de ahora en adelante, voy a cerrar los ojos y vivir mi vida a ciegas porque no puedo confiar en ellos”. No. Nuestras intuiciones son absolutamente vitales y nos alertan que destruir el mundo, violarlo y saquearlo es malo. Sin embargo, el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro ve el mundo de otro modo: “Sé todas las respuestas. Entiendo cómo funciona”. En otras palabras, lo que los griegos llamaban “arrogancia”. Creer que lo sabemos todo, cuando las investigaciones psicológicas demuestran que las personas que saben muy poco piensan que lo saben todo y las personas que saben mucho piensan que no saben nada. Pero así vivimos, en un mundo que cree que “sabemos cómo hacernos inmortales. Podemos tener todo lo que queremos”.

–¿A qué se debe eso?

–Se debe a que no entendemos de dónde proviene la felicidad, de dónde proviene la plenitud. Asumo que debemos vivir en una conexión amorosa con el mundo, sin buscar manipularlo y hacer dinero con él.

–¿La pandemia global ha reforzado o, por el contrario, modificado de alguna manera sus puntos de vista, sus ideas o su proceso de escritura?

–Puedo decir que no, aunque pensé al principio de la pandemia que podría salir algo bueno de todo esto, que la gente vería que hay valor en una sociedad que no está impulsada por maníacos consumiendo todo el tiempo y que la gente comenzaría a calmarse, a moverse más despacio, pensando más detenidamente, leyendo más y contribuyendo menos a la destrucción del mundo.

–¿Y ahora?

–Ahora no sé si es algo que hayamos aprendido. Creo que tan pronto como se pueda, muchos volverán a ser egoístas e infelices. Basta con ver lo que ocurre en Gran Bretaña, donde se alienta a despreciar una cultura que tardó mil o dos mil años en crecer, haciendo afirmaciones locas como que no existe el cuerpo de una mujer o de un hombre. Leemos cosas estúpidas, todos los días, en el periódico. Resultaría divertido si no fuera tan triste, como muestran las investigaciones desarrolladas durante décadas. Cuanto más nos hemos enriquecido, menos satisfechos estamos. Y, por el contrario, las personas de países menos occidentalizados son más felices y saludables, con sociedades en las que uno tiene el deber de participar. Porque la sociedad nos hace lo que somos y nosotros, a cambio, ayudamos a mejorar esa sociedad.

«No hay nada de lo que podamos estar más seguros que de la existencia del tiempo. Nada tendría sentido sin su existencia. No habría nada. Por tanto, el tiempo no es nuestro enemigo»

–¿Puede ahondar en esa idea?

–Debemos dejar de hacer las cosas que resultan tan destructivas para nosotros, para nuestras comunidades y para el mundo. Se lo digo de otro modo: cuando la gente acude a mí como psiquiatra, no me corresponde a mí darle las supuestas respuestas, porque sería un error. Lo único que puedo decir es: “Me dices que estás haciendo esto y aquello y que no está funcionando. Bueno, dejemos de hacerlo, y pensemos y escuchemos un poco, y veamos si hay algo a lo que podamos responder”. Es casi una idea espiritual. Si siempre estamos recibiendo información y estímulos, y tratamos de hacer cien cosas a la vez, en realidad es muy probable que hagamos las cien cosas mal. Necesitamos, por tanto, crear un espacio en el que podamos concentrarnos.

–¿Qué lecciones aprendió a lo largo de este proceso de escritura de diez años?

–Escribir mi primer libro me tomó 25 años porque mientras estudiaba y escribía tenía un trabajo muy demandante y a tiempo completo, además de que me resultó muy difícil en ese primer libro expresar ciertas cosas porque nuestro lenguaje no nos equipa con lo que necesitaba decir. ¡Tuve que intentar explicarle a la gente por qué a veces es mejor no hacer que hacer! ¡A veces es mejor no saber sobre algunas de las cosas que son más valiosas, como el amor, el arte, el sexo, la poesía o la música! Son cosas que no se pueden expresar con palabras. Así que pasé mucho tiempo meditando al respecto hasta que llegué a la conclusión de que no podía escribir ese libro. De hecho, fui a terapia por ese primer libro [risas]. Pero al final, en el proceso de tener que explicar cosas que son difíciles de expresar, comencé a entenderlo mejor. Al escribir este nuevo libro, partí de tres lugares para comprender la respuesta a la pregunta sobre quiénes somos. La neurología, la filosofía y la física. La buena noticia es que a medida que avanzaba, los tres ejes se unieron. Fue maravilloso.

«Me considero un pesimista esperanzado, porque hubo muchas ocasiones en la historia en las que debimos haber pensado que era el final de todo. Pero no fue así»

–Deme un ejemplo.

–La cuestión del tiempo. Mucha gente piensa que si llegas a cierto nivel de percepción espiritual, compruebas que el tiempo realmente no existe. Pero estoy convencido de lo contrario. No hay nada de lo que podamos estar más seguros que de la existencia del tiempo. Nada tendría sentido sin su existencia. No habría nada. Por tanto, el tiempo no es nuestro enemigo. Es lo que hace posible todo lo que valoramos. Y no sería mejor si todo siguiera en un eterno presente. Eso nos lleva a otra idea: no podemos desesperarnos por cómo se encuentra el mundo. Por supuesto que resultará muy difícil corregir sus problemas, pero me considero un pesimista esperanzado, porque hubo muchas ocasiones en la historia en las que debimos haber pensado que era el final de todo. Pero no fue así. Continuamos. Y tampoco se nos pide que solucionemos todos los problemas. Solo que nos comportemos de una manera verdaderamente humana, realizándose, comprendiendo que todas las cosas importantes de la vida, como el amor o el arte, no se pueden medir y son casi infinitas, aunque puedan parecer muy pequeñas a nuestros ojos. Intentemos pensar en la vida como un regalo. En mi caso, no sé cuánto tiempo me queda, pero he tenido muchas cosas buenas en mi vida. Y si mañana sigo vivo, es el regalo de otro día.

–¿Por qué debería leer este libro algún lector argentino o latinoamericano?

–La forma en que plantea su pregunta sugiere que no es suficiente que sean humanos [risas]. Habiendo dicho eso, sé que están sufriendo ciertas cosas muy específicas. Afrontan dictaduras bastante desagradables, ya sea de nombre o de hecho, se están destruyendo las selvas tropicales y ciertas formas de vida de los indígenas nunca podrán recuperarse, perdiendo una enorme sabiduría y belleza porque cierta gente quiere ganar dinero y expoliar sus recursos. Tenemos que detener eso. Pero también es cierto que en su hemisferio hay tradiciones espirituales vivas, la gente parece más cercana al equilibrio entre cabeza y corazón, al menos mejor que nosotros, los británicos. En cualquier caso, unos y otros tenemos una crisis espiritual tan grande como la crisis física. Tenemos que abordar la mente y el cuerpo juntos, usándolos sabiamente, como lo hicieron los griegos y los romanos y los mejores filósofos del Renacimiento.

–¿Cuáles son las preguntas que deberíamos habernos hecho hace mucho tiempo? ¿Cuáles son las preguntas que deberíamos hacernos ahora?

–Las de siempre: ¿qué es un ser humano? ¿Qué es este cosmos, este mundo en el que vivimos? Son, sin duda, las cuestiones más importantes. ¿Somos tan inteligentes como para pensar que no hay nada divino aquí? Creo que es un gran error haber perdido el aspecto divino del cosmos porque, al final del día, las civilizaciones florecen cuando las tradiciones, los rituales, los conjuntos de valores, están ahí. En cuanto al aquí y ahora, debemos preguntarnos a dónde pertenecemos. ¿Cuáles son las cosas que me llaman más urgentemente? ¿Cuáles son las cosas que realmente quiero? ¿Qué me permitirá decir, cuando todo termine, “bueno, hice mi mejor esfuerzo”? Esa no es una pregunta que mucha gente se haga. Prefieren preguntarse cómo pueden ganar más dinero o cómo pueden encontrar otra mujer u otro hombre. En mi caso, una de las personas que me han inspirado fue Alexandr Solzhenitsyn. Cuando era adolescente lo escuché pronunciar su discurso de aceptación del Premio Nobel, y nunca me había emocionado tanto con algo hasta entonces. Era un hombre religioso y yo no lo soy, pero sé al menos que es una tontería rechazar la creencia sin más. Tenemos que escuchar y mirar con nuevos ojos y nuevos oídos. Deberíamos cultivar hábitos de reflexión, de meditación, de sumergirnos en grandes obras de música, de poesía. Ahí es cuando surgirán las respuestas. Como dijo el gran psicólogo William James: “Nuestro conocimiento es una gota, nuestra ignorancia es un océano”. Abrámonos.

–¿Hay alguna pregunta que no le hice y que le gustaría abordar?

–Muchas [Risas]. Mire, sé que mi libro es vergonzosamente ambicioso. He tratado de armar una filosofía, en el sentido griego de amor a la sabiduría. Y no digo que sea sabio, sino que amo la idea de la sabiduría. En lugar de tratar de parecer inteligente e intercambiar duelos lógicos con otros pensadores, intenté pensar en las cosas profundas.

-La última: ¿qué libros o películas o música sugiere para distraerse o, acaso, aprovechar el tiempo?

– Si no conoce las primeras películas de Andrei Tarkovski, míralas. Son, en mi opinión, las películas más profundas que jamás se hayan hecho. Merecen la calificación de “shakespeare anas”; en particular, Andrei Rubliov y Solaris. En cuanto a los libros, lo más gratificante es la poesía. Y la música es una fuente indescriptible de alegría para mí, quizás más grande que cualquier otra cosa en el mundo. Me encanta la música de cámara de Mozart y de Beethoven, pero también la música coral, sobre todo del Renacimiento; en particular la de Cristóbal de Morales, que es increíblemente nutritiva. Desafío a cualquiera a que lo escuche y no sienta que su alma se nutre.

Ian McGilchrist acaba de publicar The Matter with Things- Erlend Berge/www.erlendberge.no

UN HOMBRE QUE INTEGRA LOS SABERES

PERFIL: Iain McGilchrist

▪ Nacido en 1953, Iain McGilchrist estudió Literatura Inglesa en la Universidad de Oxford, donde completó su licenciatura y maestría con honores e impartió clases como profesor. Luego decidió dar un giro a su vida y estudiar medicina

▪ Psiquiatra, investigador clínico en neurología en las universidades de Oxford y John Hopkins, dirigió varios hospitales y se convirtió en investigador del Real Colegio de Psiquiatras y de la Real Sociedad de las Artes, ambas del Reino Unido

▪ Es miembro del Royal College of Psychiatrists de Gran Bretaña y miembro del All Souls College, Oxford.

▪ Escribió, entre otros libros, The Master and His Emissary y The Matter with Things: Our Brains, Our Delusions and the Unmaking of the World, recién publicado.

Imagen de portada: Ian McGilchrist-Erlend Berge/www.erlendberge.no

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Por Hugo Alconada Mon. Diciembre 2021

El viaje de Nietzsche a la superficie de la tierra.

Entre mis decimonónicos están Stendhal, Baudelaire, Flaubert, Maupassant, Poe, Melville, Stevenson, Leopardi, Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche.

Por favor profundiza esta entrada; cliqueando donde se encuentre escrito en “negrita”. Muchas gracias.

 Julio Verne también, aunque de un modo específico, porque se ha mantenido a resguardo de mis lecturas. He sido un no lector de Julio Verne, en cuya vida Julio Verne ha tenido presencia. En realidad, asistí a sus historias: en las películas, en las series de televisión y, sobre todo, en aquellos maravillosos álbumes en tebeo de Joyas Literarias Juveniles. 

Savater me provocó una emoción verniana de segunda mano en su monólogo de Phileas Fogg de Criaturas del aire: ahí se presentaba esa cosa estirada, la puntualidad, como una trepidante aventura. Y Eric Rohmer, en El rayo verde, me dejó enternecido con la ciencia que se dirige al corazón. 

Recuerdo también unas vacaciones en que mi amada de entonces iba leyendo 20 000 leguas de viaje submarino, y me leyó en voz alta algún fragmento, que era como mirar por la escotilla.

Pero pienso en Verne —y en el siglo XIX— y quien me viene es Nietzsche. 

Fue este quien cumplió en mí la función de hacerme imaginar nuevos mundos.

En concreto, este en el que estamos. Sus martillazos filosóficos espantaban las sombras y las brumas, y dejaba la tierra despejada para el sol: como está siempre el espacio que hay por encima de las nubes. 

La gran metáfora de Nietzsche es la del mediodía: la del momento en que el sol está justo en lo alto. Mediodía que es a la vez el crepúsculo de los ídolos, de las ilusiones: el «instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad». 

Nietzsche corta las sujeciones de esa especie de toldo que envuelve la tierra y que ha solido llamarse «mundo verdadero». El cepo metafísico que ha constreñido, y falseado, la realidad. Pero tras su operación es esta, en su esplendor, la que queda: «Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?… ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!». 

En este sentido, Nietzsche es un genuino personaje de Verne, cuyo viaje es a la superficie de la Tierra. Aplicando a la superficie el brillante dicho de Valéry: «Lo más profundo es la piel». Que es como el reverso de este aforismo de Nietzsche: «Todo lo que es profundo ama la máscara».

Nietzsche es también un viajero del tiempo. Su intempestividad, su inactualidad, le ha permitido mantenerse fresco durante todo el siglo XX. 

Y fresco sigue en estos principios del XXI. Desde el otro punto de vista, era un viajero de nuestra época (y de la que la seguirá) en la suya: una cabeza del futuro viviendo en el siglo XIX. Pero las críticas a su siglo también alcanzan a los nuestros. 

Es un viajero incómodo, un viajero en colisión. Aunque sus explosiones son más bien implosiones. Los retratos hablan de su extremada cortesía. Siempre fue más fino de como lo han querido mostrar quienes hacen una lectura ceporra de su obra. 

Es curioso, por ejemplo, que lo tachen de belicista, cuando en la única guerra en la que participó, la franco-prusiana de 1870, lo hizo de enfermero (y deploró las pretensiones de que el triunfo de su país sobre Francia era también cultural). 

Y lo tachan de machista, cuando la única mujer de la que se enamoró fue justo la más libre de su época. En cuanto a su supuesto prenazismo, basta leer el desprecio de Nietzsche por los antisemitas y los nacionalistas; por el gregarismo de los wagnerianos en Bayreuth. 

Nietzsche es el gran antigregario que escribió: «El valor de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar». 

Pero su soledad fue ambulante. Le gustaba tener pensamientos caminados.

Su filosofía es también un efecto de los lugares que escogió para moverse: los Alpes y el Mediterráneo; Suiza e Italia; Sils-Maria y Génova. 

De entre todas sus ideas —la del eterno retorno, la de la muerte de Dios, la de la transvaloración de todos los valores, la de la voluntad de poder, la del superhombre—, aquella en la que yo pondría el acento sería justo la que habla del transcurso: la de la inocencia del devenir. 

En esta corriente habría que encontrar las aguas bautismales de las otras: para limpiarlas, no de la culpa —que, por definición, no tienen—, sino de la pomposidad; del riesgo de la pomposidad. Esa pomposidad en la que se han enroscado nietzscheanos como Heidegger. El acento hay que ponerlo en la inocencia del devenir y en la fuerza creadora. En ideas como: «Muchas pequeñas muertes debe haber en vuestra vida, creadores; así sois defensores de todo lo perecedero». O: «El hombre superior no quiere la felicidad: ¡quiere obras!». O: «Los dolores de la parturienta santifican el dolor en general; todo devenir y crecer, todo lo que garantiza el porvenir, va unido al dolor».

Nietzsche: el más dulce de los filósofos. Y digo bien: dulce. 

Pero una dulzura diáfana y cortante, ya casi sin sabor. La desnuda dulzura que deja en el paladar la degustación hasta el fondo de lo amargo. Esa pureza diáfana del límite: la dulzura de lo sorprendente que resulta su habitabilidad; la dulzura del descubrimiento de ese regalo. La aceptación del sufrimiento por exuberancia vital. 

No se trata, claro está, de provocarlo; ni de ser insensible a él (como en las tergiversaciones nazis, tan ramplonas, tan nihilistas, tan cristianas, del pensamiento nietzscheano). Al contrario: se trata de sentirlo hondamente y, con piedad pagana, reintegrarlo en la vida completa. Ese sufrimiento que nos expulsa de la existencia; y aun así nos quedamos. El triunfo del asentimiento, de la afirmación. No el desapego (budista o cristiano), sino el apego radical; el apego a lo que fluye: el apego que fluye.

Solo así haremos un viaje digno de Julio Verne: el viaje adonde estamos.

Imagen de portada: Nietzsche en 1885. Cordon Press.

FUENTE RESPONSABLE: JOT DOWN Literatura Filosofía. Por José Antonio Montano.

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Gabriel García Márquez: Viendo llover el BOOM en México.

Gabriel García Márquez llegó a México en 1961 decidido a triunfar en el cine como guionista, pero el éxito de Cien años de soledad en 1967 le mostró su destino. Con autorización de la editorial El Equilibrista, reproducimos este fragmento de Gabriel García Márquez. Vida, magia y obra de un escritor global, del historiador Álvaro Santana Acuña, libro revelador que, a partir del archivo personal del Nobel, reconstruye la vida y obra del narrador, con documentos e imágenes raros e inéditos.

El gran Boom de la novela latinoamericana

vino cuando logramos conquistar nuestros

propios lectores en nuestros propios países.

García Márquez.

Con las maletas llenas de ilusiones y su hijo de dos años, Gabo y Mercedes entraron en un país desconocido donde eran de nuevo inmigrantes. La capital, Ciudad de México, era su nueva casa y también la de casi cinco millones de personas. Esta metrópolis milenaria vivía una rápida modernización económica que además hizo florecer su industria cultural. El cine en especial disfrutaba desde hacía veinte años de su “Época de oro”, con películas famosas protagonizadas por Pedro Infante, María Félix, Jorge Negrete, Dolores del Río y Cantinflas, entre otros rostros inolvidables que viajaron por las pantallas de América Latina y España.

García Márquez desembarcó en Ciudad de México buscando El Dorado del cine mexicano. Lo que no sabía es que la ciudad iba a transformarse pronto, al igual que Buenos Aires y Barcelona, en una de las capitales de la “Nueva Novela Latinoamericana”. Este movimiento literario alcanzó un éxito internacional tan repentino y vertiginoso que se empezó a hablar de un Boom de la literatura latinoamericana. Al principio, García Márquez fue tan sólo un testigo accidental del Boom, pero en pocos años se convertiría en uno de sus escritores más conocidos gracias al éxito de Cien años de soledad. Sin embargo, a fines de junio de 1961, cuando llegó con su familia a Ciudad de México, él no podía imaginarse que una novela suya alcanzara la fama.

Los recién llegados fueron recibidos por el amigo incondicional y poeta colombiano Álvaro Mutis, que residía en la capital desde 1956. Fue Mutis quien iba presentando a su amigo a importantes artistas mexicanos. A Gabo no le tomó mucho tiempo demostrar su talento literario e impresionar a sus nuevos colegas y lectores. A los pocos días de llegar, se enteró de que su admirado Ernest Hemingway acababa de morir y decidió homenajearlo escribiendo el artículo “Un hombre ha muerto de muerte natural”, que apareció en el conocido suplemento México en la cultura. El título de su homenaje resultó ser una paradoja porque, en aquel momento, no se dijo que Hemingway se había pegado un tiro con su escopeta favorita. La buena acogida que tuvo su artículo le permitió ir conociendo a “la crema de la intelectualidad”, como Gabo le dijo a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza. Pero, como le escribió a otro amigo, Álvaro Cepeda Samudio, no había emigrado a Ciudad de México para escribir sólo literatura, ni mucho menos hacer periodismo, sino que soñaba con trabajar en la poderosa industria del cine mexicano. Aunque le empezaron a pasar cosas que revolvieron sus planes.

Al ir descubriendo su nuevo país, Gabo se encontró con una cultura ancestral que le regalaba inspiración para sus historias. En una carta a Plinio de agosto de 1961, le comentó que durante una visita en un pueblo de Michoacán había visto “a los indios tejiendo ángeles de paja, a los cuales les ponen zapatos y vestidos de la región”. Allí mismo, explicó, se le había ocurrido la idea para escribir “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, un cuento en el que las gentes de una aldea visitan maravillados a un ser alado de avanzada edad. Gabo añadió en su carta, “tengo las baterías cargadas para lanzarme a mi viejo proyecto del libro de cuentos fantásticos” que ocurren en un pueblo pobre donde las alfombras vuelan.

Gracias a estos descubrimientos, Gabo empezó a sentir que los sucesos de la vida cotidiana mexicana que presenciaba, donde lo mágico y lo real se mezclaban de maneras que jamás había visto, le estaban animando a retomar el proyecto del que nacieron muchas ideas, historias y personajes para su novela Cien años de soledad y el libro de cuentos La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Gabo no era el único que había sentido la llamada inspiradora del realismo mágico mexicano. Le ocurrió a Juan Rulfo, el autor de Pedro Páramo, a quien Gabo conoció en esos años y que tanto le influyó en sus obras futuras. Algo similar le pasó al fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo y al director hispano-mexicano Luis Buñuel, con quien García Márquez iba a realizar proyectos cinematográficos.

Al principio Gabo no lo tuvo fácil para entrar en el mundo del cine mexicano y menos siendo un inmigrante sin papeles. Primero, tenía que encontrar un empleador que patrocinase su visado de trabajo. Esa oportunidad le llegó gracias al productor Gustavo Alatriste. Aunque él no quería a Gabo para el cine sino para dirigir dos revistas que acababa de comprar, Sucesos para Todos y La Familia. Gabo sería el responsable de modernizar y aumentar las ventas de ambas. Su sueño de hacer cine hubo de esperar.

Sucesos para Todos, con una tirada semanal superior a los cincuenta mil ejemplares, destacaba entre las revistas más vendidas de México. En aquellos tiempos, aún era caro tener una radio o un televisor en casa, mientras que el ejemplar de una revista lo leían varias personas. Por eso, Sucesos para Todos estaba también entre las más leídas del país. Diseñada para llegar a la mayor cantidad de público posible, la revista ofrecía imágenes llamativas y textos curiosos de lectura fácil sobre noticias de actualidad. Además Gabo le añadió contenidos sobre arte y literatura, publicando durante varios meses una selección de historias de Las mil y una noches, el clásico de la literatura árabe que tanto influyó sobre Cien años de soledad.

La otra revista que Gabo dirigía, La Familia, estaba pensada para las amas de casa de clase media. En sus páginas, él puso la sección “Literatura Sentimental”, que aparecía entre recetas de cocina, patrones de punto para coser y anuncios de milagrosos electrodomésticos. Bajo su dirección, esta revista creció también y hasta publicó fuera de México una edición internacional destinada al mercado latinoamericano.

García Márquez decía que su trabajo era fácil, le dejaba tiempo para escribir y ganaba un buen sueldo. Tras años de penalidades y privaciones, ahora estaba viviendo una vida burguesa y de comodidades. Además, su familia creció en 1962 con la llegada del segundo hijo: Gonzalo. Pero el Gabo creador no estaba contento. Su puesto le parecía la clase más baja de periodismo que había hecho. Por esa razón pidió que no apareciese su nombre en ninguna de las revistas, a pesar de que supervisaba todo, desde la creación de contenidos hasta la revisión de los ejemplares recién salidos de la imprenta. Sin embargo, su actividad en esas revistas acabó siendo una experiencia profesional importantísima, porque, al estar obligado a subir las ventas, tuvo que entender los gustos culturales de sus lectores: las clases medias urbanas de México y América Latina. Estos lectores iban a convertirse en los principales compradores de las novelas del Boom latinoamericano en esos años. Lo que Gabo aprendió en Sucesos para Todos y La Familia le sirvió para llegarle a este público lector que devoró Cien años de soledad.

Gabriel García Márquez en un cameo de En este pueblo no hay ladrones, acompañado del actor Julián Pastor.  Editorial El Equilibrista.

Gracias a su buena labor con las revistas, García Márquez se ganó la confianza del jefe Alatriste, quien ya pensaba en él para proyectos mayores. Su jefe era un exitoso productor de cine. Él había financiado dos películas de Buñuel, Viridiana y El ángel exterminador, que recibieron varios premios en el Festival de Cine de Cannes en 1961 y 1962, y que también se ganaron el entusiasmo de los críticos y el favor del público. En 1963, Alatriste le dijo a Gabo que dejase la dirección de las revistas y le ofreció el trabajo de sus sueños: escribir a tiempo completo guiones de cine. Gabo rebosaba de felicidad. Al fin, tras años de sacrificio, había cumplido su deseo de ser “escritor profesional”, como le dijo a un amigo. A otro le comentó, “Todo va muy bien. Vivo exclusivamente de mi sueño dorado: escribo para el cine”. Fue entonces cuando empezó a colaborar en los guiones con una persona que resultó clave en su carrera: el escritor mexicano Carlos Fuentes.

Gabo y Fuentes se habían conocido años antes, cuando el mexicano le invitó a participar en las actividades de “La Mafia”. Con este nombre cariñoso se hacía llamar un grupo de artistas residentes en Ciudad de México. Además de Fuentes, el líder, a “La Mafia” pertenecían los escritores José Emilio Pacheco, Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Emilio García Riera, Elena Garro, los directores Buñuel, Arturo Ripstein y Alberto Isaac, la actriz Rita Macedo y el crítico literario Emmanuel Carballo. El grupo solía celebrar fiestas para agasajar a visitantes extranjeros, como el actor estadounidense John Gavin, la artista británica Leonora Carrington y el escritor cubano Alejo Carpentier.

Unirse a “La Mafia” marcó un antes y después en la vida profesional de Gabo, quien pudo conversar a menudo con personas influyentes del mundo de la cultura. Él les habló de sus novelas pasadas, presentes y futuras, mientras que sus colegas le dijeron algo que presentían: era el momento de las artes latinoamericanas, en especial de la literatura.

Varios de los colegas “mafiosos” ayudaron a García Márquez con su amistad, su dinero y sus ideas durante la escritura de Cien años de soledad. Fuentes estuvo entre ellos. Su amistad se forjó gracias a largas horas dialogando sobre literatura mientras adaptaban al cine El gallo de oro de Rulfo y también un guion original de Gabo titulado El charro, que iba a ser como una película del Viejo Oeste ambientada en México. Además, gracias al cine, Gabo hizo dos amistades para toda la vida, el director Jomí García Ascot y la actriz María Luisa Elío, creadores de una película que le marcó, En el balcón vacío, sobre una mujer adulta que recuerda con nostalgia un triste episodio de su infancia.

El viento del cine soplaba tan a su favor que García Márquez se veía incluso trabajando en Hollywood, como le dijo a un amigo. Pero de repente el viento cambió de dirección y le paró en seco. Alatriste le informó de que no le iba a pagar más por sus guiones porque tenía problemas para financiar sus películas. Sólo se comprometió con Gabo a mantenerle el visado de trabajo. Volver a la dirección de las revistas tampoco era posible, así que tenía que buscarse otro empleo. Lo mejor que encontró, un García Márquez triste y desorientado que soñaba con Hollywood, fue un puesto de ocho de la mañana a cinco de la tarde en una agencia de publicidad. No era un mal trabajo, aunque Gabo creía que le alejaba de su meta de ser escritor profesional. En realidad, él no era (ni iba a ser) el único escritor latinoamericano que encontró un salvavidas temporal en la publicidad. Por ejemplo, Rulfo y Carpentier sobrevivieron también con encargos publicitarios.

Como le ocurrió con las revistas, García Márquez no estaba orgulloso de ser publicista, pero a la larga, ese nuevo trabajo le iba a recompensar con beneficios creativos inesperados. Gracias a la publicidad, aprendió estrategias de marketing novedosas, que luego usó para promocionar sus obras literarias y así llegar a públicos más grandes. Al igual que en las revistas, nunca firmó con su nombre el trabajo como publicista, con lo que es difícil seguirle el rastro. Uno de sus textos publicitarios, encargado por una compañía química, se llama 5000 años de Celanese Mexicana. En sus páginas, la mezcla de técnicas publicitarias y literarias se vuelve una sola cosa. Y tanto el título como el estilo narrativo de este texto sin su firma se parecen al título y la prosa de Cien años de soledad.

El poeta Jomí García Ascot junto a Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, circa 1967, fotografiados por María Luisa Elío, esposa de García Ascot. Editorial El Equilibrista .

El Gabo publicista no renunciaba a hacer cine y, para lograrlo, contactó al famoso productor mexicano Manuel Barbachano. Desde entonces y durante más de un año, Gabo fue publicista de día y guionista freelance por las tardes y noches después del trabajo. Su esfuerzo obtuvo recompensa. En 1965, se estrenó En este pueblo no hay ladrones, que era la adaptación cinematográfica de un cuento suyo sobre un robo en un pueblo del que acusan falsamente a un hombre. En la película actúa el propio García Márquez, que es el cobrador en la entrada de la sala de cine. También participan varios de sus amigos de “La Mafia”: Buñuel hace de cura dando un sermón y Carrington está entre quienes le escuchan, Rulfo y Carlos Monsiváis juegan al dominó, Luis Vicens es el propietario de un salón, García Riera es experto en billar…

En esa época, Gabo además estaba desarrollando, con ayuda de un guionista de Buñuel, Luis Alcoriza, una idea suya para una película: Presagio. En ella se cuenta la historia de un pueblo recóndito donde una partera tiene la premonición de que algo terrible va a suceder. Y el guion de El charro, el gran proyecto cinematográfico de Gabo, se transformó en Tiempo de morir. En la película, el protagonista, Juan Sáyago, regresa tras dieciocho años en la cárcel a su pueblo, donde los hijos del hombre que mató lo esperan para vengarse y asesinarlo. Esta película fue además el primer proyecto de Gabo con el director mexicano Arturo Ripstein, quien años más tarde filmó una adaptación de El coronel no tiene quien le escriba.

Tiempo de morir se rodó en junio de 1965, cuando el sueño del cine volvía a cobrar fuerza para García Márquez. Una foto tomada en Acapulco ese verano lo muestra rodeado de un grupo selecto de gentes del cine. Le acompañaban críticos, directores, actores, productores y guionistas, como Isaac, Buñuel, Alcoriza y Ripstein. Gabo lo tenía claro. Su futuro estaba en el cine. La literatura era el pasado. Como le confesó a un amigo, “imagínate que ahora estoy cobrando diez mil pesos por revisar un guion. Y pensar que he perdido tanto tiempo de mi vida escribiendo cuentos y reportajes. Además, todo en literatura parece estar ya escrito”. Y entonces Gabo sentenció, “la literatura es fabulosa para disfrutar como lector… no como escritor”.

Pero cuando parecía que la carrera de García Márquez iba a estar en el cine y que la literatura lo perdería para siempre pasó un hecho extraordinario: se desató la tormenta del Boom latinoamericano. Alrededor de 1962 había empezado una fina lluvia de novelas escritas por autores de varias generaciones: la de Carpentier y Miguel Ángel Asturias, la de Mario Benedetti y Ernesto Sábato y la de José Donoso y Fuentes. Libros casi ignorados durante años, como Ficciones de Jorge Luis Borges y Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, se convirtieron en superventas del momento. Asimismo triunfaban los libros nuevos, como La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, Rayuela de Julio Cortázar y El astillero de Juan Carlos Onetti.

A su alrededor, Gabo escuchaba con asombro las noticias sobre el éxito comercial de sus amigos escritores. Pronto, la lluvia del Boom empezó a mojarle. Los editores buscaban publicar literatura de América Latina y, por primera vez en su carrera, a Gabo se le acumulaban las oportunidades para reimprimir sus obras anteriores, tan poco exitosas hasta entonces. En 1961, tras casi cuatro años de espera, la editorial colombiana Aguirre publicó la primera edición de El coronel no tiene quien le escriba. En 1962, la Universidad Veracruzana de México lanzó Los funerales de la Mamá Grande, su primer libro de cuentos. Ese mismo año, su novela La mala hora ganó el Premio ESSO a la mejor novela colombiana, recibiendo la suma de tres mil dólares y la publicación de la obra en España. En 1963, la editorial mexicana Era imprimió una nueva edición de El coronel no tiene quien le escriba. Ese año Gabo firmó el contrato para sacar esta novela con René Julliard, una pequeña pero prestigiosa editorial francesa que publicaba escritores vanguardistas como Louis Aragon, Italo Calvino y Vladimir Nabokov. Ese fue su primer libro traducido.

El matrimonio García Barcha bailando en Puerto Colombia, 1971. Armando Matiz/ Tomada del libro Gabo periodista, de Gabriel García Márquez (FNPI, 2012). Agradecemos a editorial El Equilibrista.

Pero publicar más no significaba ser más conocido. Antes de Cien años de soledad, las obras de García Márquez sólo eran bien recibidas por pequeños círculos de escritores, críticos y lectores en México y Colombia. Sus libros los habían sacado editoriales locales que le ofrecían contratos plagados de condiciones abusivas. Las tiradas eran pequeñas y rara vez pasaban de los dos mil ejemplares. Además, la distribución era lenta y local. Por ejemplo, tuvieron que pasar dos años para que copias de la edición mexicana de El coronel no tiene quien le escriba se pusieran a la venta en las librerías de Uruguay. A menudo el método más rápido para que sus libros cruzasen fronteras era que el propio Gabo los regalase a amigos.

La mejor noticia posible para vender muchas copias era recibir un premio y crear un escándalo. Esto le pasó a La mala hora tras ganar el Premio ESSO. La novela se imprimió en Madrid, donde un corrector de estilo modificó sin permiso el español colombiano de García Márquez para que los lectores la leyesen como si estuviera escrita en español de España. El escritor se quejó con contundencia y la polémica llegó hasta los medios de comunicación españoles. El periódico ABC informó que la editorial admitió el error y ofreció al autor retirar la edición e imprimir una nueva con el texto original. Por su parte, la oficina de censura del gobierno español dijo que no tuvo nada ver con la manipulación del texto.

Al final, García Márquez hizo una declaración pública con un tono pacificador, diciendo que confiaba en que “en el futuro todos los escritores latinoamericanos seremos tratados como mayores de edad por los editores españoles”. Gabo se quejaba con razón porque entonces era una práctica común que los manuscritos de los autores latinoamericanos fuesen sometidos a la censura lingüística. Le sucedió a Carpentier, Fuentes, Vargas Llosa, Donoso, Cortázar, Guillermo Cabrera Infante y otros escritores menos y más conocidos del Boom. Pero casi todos estaban dispuestos a correr ese riesgo, porque publicar su libro en España —el centro de la industria del libro en español— era un gran paso adelante para muchos latinoamericanos que aspiraban a ser escritores profesionales.

En 1964, la llovizna del Boom se había transformado en un diluvio de obras nuevas y nuevos nombres que recibían el apoyo firme de grandes editoriales como Knopf en Estados Unidos, Gallimard en Francia, Feltrinelli en Italia y Seix Barral en España. Los críticos también saludaban las novelas latinoamericanas desde las páginas de Le Monde en Francia, The Times Literary Supplement en el Reino Unido y Life Magazine en Estados Unidos. Pero sobre todo fueron las editoriales y la crítica latinoamericanas las que más acercaron al público a los escritores latinoamericanos, que ahora aparecían en la portada de revistas y periódicos como las grandes estrellas del momento y, en las páginas interiores, se elogiaban sus obras como lo mejor que se había publicado en la región. Así lo hicieron las revistas Mito en Colombia, Primera Plana en Argentina, La Cultura en México, Marcha en Uruguay, Papel Literario en Venezuela, Casa de las Américas en Cuba, Amaru en Perú, Ercilla en Chile y, sobre todo, Mundo Nuevo en París. Incluso se rumoreaba que Borges iba a ganar el Premio Nobel de Literatura en cualquier momento, mientras él, cada vez más ciego, se paseaba por el mundo recogiendo premios, dando entrevistas, abarrotando salas con sus conferencias y vendiendo miles de ejemplares de sus libros. Algo había cambiado: los lectores latinoamericanos estaban descubriendo a sus propios autores.

García Márquez, maravillado, supo de la realidad triunfante de la literatura latinoamericana gracias a las conversaciones con sus amigos de “La Mafia”, en especial con Fuentes. En 1964, él publicó un ensayo destinado a hacer historia: “La nueva novela latinoamericana”. Con ese nombre, fue el primero en bautizar a este movimiento literario y celebró que las novelas de Carpentier, Cortázar y Vargas Llosa estaban cambiando el rumbo de la literatura de la región. El mismo Fuentes sabía de lo que estaba escribiendo, porque ya era un escritor famoso cuyos libros se vendían en una docena de países. Pronto, su ensayo se convirtió en un manifiesto artístico, leído, compartido y apoyado por otros autores y críticos como el uruguayo Ángel Rama que ese mismo año publicó otro artículo premonitorio, “Diez problemas para el novelista latinoamericano”, en el que celebraba el fulgurante Boom de la novela latinoamericana.

Al ver el éxito más cercano, García Márquez comenzó a sentirse pletórico. En una carta de 1964, le dijo a Plinio que era el momento de la Nueva Novela Latinoamericana y que al fin los escritores latinoamericanos “ahora tenemos agallas”. Es cierto que él aún tenía dudas sobre su futuro como escritor, pero eso cambió en México en el verano de 1965. Cuando estaba filmando Tiempo de Morir, se presentó en el set de rodaje el joven escritor y crítico chileno Luis Harss. Le dijo que venía a entrevistarlo para un libro de conversaciones con diez escritores latinoamericanos, Carpentier, Asturias, Borges, Onetti, Cortázar, Rulfo, Fuentes, Vargas Llosa y João Guimarães Rosa. García Márquez era otro de sus elegidos. Pero a diferencia de los otros nueve, él era el menos conocido y publicado en ese momento. Semanas después de la entrevista, las dos editoriales que iban a sacar el libro de Harss, Sudamericana en Argentina y Harper & Row en los Estados Unidos, estaban negociando con Gabo para publicar su próxima novela, Cien años de soledad. El libro de Harss se lanzó casi a la vez en inglés con el título Into the Mainstream y en español con el de Los nuestros. El libro fue un superventas instantáneo en Argentina. En este y otros países miles de lectores latinoamericanos descubrieron en las páginas de Los nuestros que la literatura de América Latina estaba en pleno Boom.

Días después de la reunión con Harss, García Márquez recibió la visita de otra persona que iba tener una fuerza decisiva en su carrera y en el éxito del Boom: la agente literaria catalana Carmen Balcells. Desde 1962, ella estaba negociando la venta de los derechos de traducción de los cuentos y las novelas de Gabo. En el verano de 1965, Balcells viajó a Ciudad de México para conseguir nuevos contratos, clientes y editoriales. A García Márquez le ofreció firmar un contrato mucho más ambicioso para representarlo en todos los idiomas y en el mundo entero. Con ese documento en la mano, no había marcha atrás: García Márquez era por fin un escritor profesional.

También, en un día brillante de ese verano profético de casualidades y certidumbres, Gabo contó que iba conduciendo desde Ciudad de México a Acapulco para disfrutar de unas vacaciones con Mercedes, Rodrigo y Gonzalo, cuando de repente se les atravesó una vaca en medio de la carretera. En ese preciso instante, tras parar el coche, a Gabo se le ocurrió la primera frase de una novela que había querido contar durante quince años. Entonces no lo dudó. Según él, decidió dar marcha atrás y volver de inmediato a su casa, donde se sentó ante su máquina de escribir y comenzó a teclear Cien años de soledad.

Fuente de imagen: Portada del libro Gabriel García Márquez. Vida, magia y obra de un escritor global/ Crédito: El Equilibrista y Fundación para las Letras Mexicanas.

FUENTE RESPONSABLE: Confabulario. El Universal de México. Cultura. Por Álvaro Santana Acuña.

Sociedad y Cultura/Literatura/Premio Nobel/México/Gabriel García Márquez

Cinco extraordinarios descubrimientos sobre los dinosaurios que nos dejó el 2021.

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En lo que respecta a descubrimientos sobre dinosaurios, el 2021 no decepcionó. Como cada año, los investigadores han descrito nuevas especies, precisado sus apariencias y especificado sus hábitats. No obstante, de todo un sinfín de hallazgos, hay algunos que destacan.

Sputnik ha recopilado cinco descubrimientos que no revolucionaron nuestro conocimiento, pero si nos han hecho reconsiderar lo que pensábamos sobre estas criaturas.

1. El primer ano de dinosaurio encontrado y descrito en perfectas condiciones.

Durante el último siglo, los paleontólogos han encontrado todo tipo de fósiles de dinosaurios —desde huesos y dientes hasta impresiones de su piel y plumaje— pero nunca un ano… hasta el 2021. Aparentemente era utilizada por el Psittacosaurus para defecar, orinar, reproducirse y poner huevos, lo que la diferencia de los órganos similares de otros animales.

Más que eso, «la preservación de los patrones de color y el sombreado permitió una reconstrucción detallada de la apariencia física de este individuo», detalla el resumen del estudio publicado en enero del 2021 en Current Biology.

2. Algunos dinosaurios eran extremadamente rápidos, pero no el T. rex.

Los carnívoros terópodos corrían a velocidades de casi 45 km/h, según el análisis de dos huellas de dinosaurios encontradas en el norte de España, reveló un estudio publicado en diciembre en la revista Scientific Reports. Las marcas fueron dejadas por dos individuos diferentes que corrían sobre el lecho de un lago blando durante el Cretácico temprano. El descubrimiento revela que estas bestias eran tan veloces como el humano más rápido, Usain Bolt, que alcanzó brevemente los 44,3 km/h en una carrera en 2009.

No obstante, este no era el caso del Tyrannosaurus rex, el carnívoro quizá más famoso de todos. Según otro estudio, publicado en abril en la revista Royal Society Open Science, el dinosaurio rey caminaba a la par con el ser humano, a 5 km/h.

3. El Supersaurus era más largo de lo que se creía.

El dinosaurio más largo conocido es el llamado Supersaurus, que excedió los 39 metros y posiblemente incluso alcanzó los 42 metros de longitud, según una investigación inédita presentada este año en la conferencia anual de la Sociedad de Paleontología de Vertebrados.

Siempre se supo que el saurópodo, descubierto en 1972, era largo, con estimaciones anteriores de hasta 34 metros. Pero ahora, huesos recién excavados y analizados revelan cuán verdaderamente largo era este dinosaurio.

4. Los tiranosaurios se peleaban pero no se mataban.

Como era de esperar, los temibles tiranosaurios se peleaban entre ellos, mordiéndose la cara por comida, territorio o apareamiento. Sin embargo, un minucioso análisis publicado en septiembre en la revista Paleobiology revela que no buscaban matarse.

Esquema de las cicatrices faciales de tiranosaurio que muestran la densidad y orientación de los golpes. © Foto : Museo de Paleontología Royal Tyrrell

Esta comprensión del comportamiento de los dinosaurios fue posible gracias al estudio de 202 cráneos y mandíbulas de T. rex. Según se encontró, la profundidad y la localización de las huellas dejadas indican que no buscaban infringirse heridas mortales. Solo la mitad de los tiranosaurios tenían estas cicatrices, por lo que probablemente se trate de peleas entre machos por las hembras.

5. Un extraño anquilosaurio tenía una cola en forma de garrote de guerra azteca.

Hasta ahora los anquilosaurios se conocían por vivir en el hemisferio norte con sus impresionantes colas armadas con picos y garrotes. Pero ahora, el recién descrito Stegouros elengassen, encontrado en Chile, muestra que estos reptiles evolucionaron de manera muy diferente en el hemisferio sur: desarrollaron su propio tipo de cola armada que parece un macuahuitl, la reconocible espada azteca.

El anquilosaurio recién descubierto murió hace más de 70 millones de años junto a un río, posiblemente en arenas movedizas, lo que explicaría por qué el espécimen estaba tan bien conservado.

Imagen de portada: Gentileza de Pixabay

FUENTE RESPONSABLE: SPUTNIK Mundo. Diciembre 2021

Ciencia/Paleontología/Dinosaurios/Acontecimientos que dejaron huella en 2021

Vilató, la exposición de su centenario que te descubrirá al otro genio de los Picasso.

El sobrino de Picasso era un artista multidisciplinar de fama internacional al que ahora se le rinde merecido tributo.

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Hay apellidos que tienen la sombra muy alargada. Este es el caso de Picasso. 

Sin embargo, para entenderlos en su totalidad hay que conocer todo su entorno, sus raíces y comprender cómo eran las relaciones con sus familiares. 

Por eso tiene un especial valor la retrospectiva ‘Vilató, 100 obras para un centenario’, con la que se quiere poner en valor la figura de Javier Vilató, hijo de Lola Ruiz Picasso, hermana del mítico pintor de ‘Las señoritas de Aviñón’, y del neuropsiquiatra Juan Vilató. 

Una figura de fama internacional que ahora hay que seguir reivindicando. Nacido el 11 de noviembre de 1921 y fallecido el 10 de marzo de 2000, tuvo una notable carrera como artista multidisciplinar, y precisamente desde el 11 de noviembre y hasta el próximo 20 de marzo se pueden disfrutar de 70 obras en la Casa Natal de su tío, y otras 30 repartidas simultáneamente entre el Centre Pompidou Málaga (Málaga), Museo del Grabado Español Contemporáneo (Marbella), Museu Picasso (Barcelona) y Sala de Exposiciones del Ayuntamiento de Almoradí (Almoradí, Alicante), donde Vilató tenía una casa.

Vilató, sentado en su taller del 5, rue Lecuirot (París, h. 1960). (V. Rossell. Archivos J. Vilató, París/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021)

Vilató tiene un nombre propio que se ganó a pulso y un rol fundamental en la vida de su tío. Ahora es su hijo Xavier, que ha comisariado esta muestra, quien puso en valor esta circunstancia cuando presentó la exposición, al asegurar que entre ambos «un intercambio como artistas y como familiares, que hizo un cóctel muy potente». 

Asimismo, Françoise Gilot, que fue pareja del pintor malagueño, manifestaba que Vilató era «la persona más cercana» al artífice de ‘Guernica’, «que no tenía familia en Francia», según declaraciones recogidas por la agencia EFE.

 «Picasso no volvió a España, pero tenía a alguien que le hablaba de su madre y de cosas cotidianas como lo que le hacían de comer», destacaba Xavier, quien además subrayaba que «se crio mirando los cuadros de su tío, las tablitas que están ahora en el Museo de Picasso de Barcelona las tenían en su casa y sus libros de cuentos de pequeño era todo el Museo de Barcelona».

La influencia sobre Vilató de Picasso fue enorme en todos los sentidos: «Su tío le llevó al taller para que aprendiera a hacer grabados. Era un interlocutor muy válido que le hizo descubrir muchas cosas y hasta el final estuvieron muy juntos». 

Y nadie mejor que el comisario de la exposición de su padre para sintetizar lo que se puede disfrutar en ella y lo que los visitantes van a poder descubrir: «A un chaval que empieza a los 11 años, llega a París en 1939, cambia totalmente su manera de pintar. Está en contacto con su tío y después regresa a España y a una obra figurativa».

Vilató visita la Casa Natal de Picasso. (Gloria Ruedas Chaves/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021)

Vilató visita la Casa Natal de Picasso. (Gloria Ruedas Chaves/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021)

Aunque Vilató nació en Barcelona, «fue un gran artista, que se sentía muy andaluz, y encontró aquí el alma que había perdido, con su abuela, porque se creció con ella. Y muchas cosas que sabía venían de sus genes andaluces». 

Fue su abuela, María Picasso y López, esencial en la trayectoria de Vilató, pues se trataba de «una persona muy especial, una mujer que leía dos periódicos al día, algo que no era habitual y que era quien tenía el mando de todo en la casa», relató Xavier. «Mi padre decía que quien le enseñó a pensar un cuadro era la abuela. Creo que su inicio como pintor está ahí y sus primeros cuadros eran retratos de ella».

Vilató, en su taller (París, 1978). (V. Rossell. Archivos J. Vilató, París/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021).

Vilató, en su taller (París, 1978). (V. Rossell. Archivos J. Vilató, París/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021).

Es muy simbólica la Casa Natal en el legado de Picasso, no en vano cuando Xavier la visitó por primera vez con su padre, era «casi lo único que había en Málaga», puesto que no se había abierto el Museo Picasso y otras iniciativas que se habían intentado habían fracasado: «Hay una Málaga antes y después del retorno de Picasso. En ese momento, el único sitio que mantenía la llama muy viva de Picasso era la Casa Natal, que también era la casa del abuelito Pepe -José Ruiz Blasco, padre de Picasso-, mi bisabuelo».

El cuadro que pintó con su tío es una de las la joyas de la corona de la exposición. (Museo Casa Natal Picasso)El cuadro que pintó con su tío es una de las la joyas de la corona de la exposición. (Museo Casa Natal Picasso)

Sin duda, la biografía de Vilató fue apasionante y marcada por los avatares de la historia. 

La visita de su tío, Pablo Picasso, a Barcelona, en el verano de 1933, acompañado por Olga Khokhlova, fue crucial para que su pasión por la pintura creciera exponencialmente. 

La derrota republicana en la Guerra Civil le llevó junto a su hermano, Josep Fin, a los campos de concentración franceses. Ambos serían rescatados por su tío, que fue quien también les abrió las puertas de los círculos artísticos parisinos. 

A su regreso a Barcelona durante la Segunda Guerra Mundial, siguieron con su actividad, sobre todo el grabado. En París vivieron momentos irrepetibles, especialmente de libertad y creatividad. 

Allí conocieron a Rafael Alberti, a la mexicana Frida Kahlo, al cubano Wilfredo Lam… Su tío les llevó al taller de grabado de Roger Lacourtière, donde aprendieron la técnica del aguafuerte… Y también disfrutaron del esplendor de la Costa Azul, donde trabaron contacto con Lee Miller, Roland Penrose o Dora Maar. 

Sin embargo, fue el estallido de la contienda lo que acabó convirtiendo el sueño en pesadilla, ya que tuvieron que regresar a España, donde acabaron pasando unos meses en prisión y tuvieron que cumplir años de servicio militar. Sin embargo, estas vicisitudes no frenaron su carrera ni hicieron que desistieran en su empeño.

Vilató en su taller (París, 1972). (V. Rossell. Archivos J. Vilató, París/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021).

Vilató en su taller (París, 1972). (V. Rossell. Archivos J. Vilató, París/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021).

La relación con Picasso se hizo más intensa a finales de los 40, cuando Vilató volvió a París. Además, llegaron a pintar un cuadro juntos, algo muy poco común en la trayectoria del malagueño más universal. Se trata de ‘Naturaleza muerta’, está fechado en 1947 y aparece firmado como Javier Vilató y su tío.

 Fue a partir de 1946, una vez instalado en París, cuando su carrera empezó a tener una proyección internacional. No solo tenía talento, es que se manejaba con maestría en todo tipo de técnicas y alternó la pintura con el grabado, la ilustración de libros (brilló sobre la obra de Federico García Lorca) y revistas, la cerámica, la escultura, los murales. Su obra está en colecciones privadas y museos internacionales de enorme prestigio.

Xavier Vilató ha comisariado la exposición de su padre con mucho esmero. (Museo Casa Natal de Picasso)Xavier Vilató ha comisariado la exposición de su padre con mucho esmero. (Museo Casa Natal de Picasso)

Quizás lo que mejor exprese el presente y el futuro de su obra sean las palabras de su propio hijo: «Hace más de veinte años que murió mi padre y cada día veo su obra más presente, más clara, más asequible. Cada pieza del puzle de su trabajo se va colocando tranquilamente en su sitio. Hoy, que se rinden todos estos homenajes a su obra y a su persona, tengo el sentimiento profundo de que cien años para un pintor es como volverse adulto. Al cumplir su primer siglo me atrevería a decir que, sin duda, Vilató tiene un gran porvenir».

La exposición está teniendo un enorme éxito. (Museo Casa Natal de Picasso)

La exposición está teniendo un enorme éxito. (Museo Casa Natal de Picasso).

Imagen de portada: Roger Lacourière, Vilató, Paul Picasso, Pablo Picasso y André Castel (Arles, 1952). (Archivos J. Vilató, París/© Javier Vilató, Vegap, Madrid, 2021).

FUENTE RESPONSABLE: VANITATIS. Life & Style. Por Nasrin Zhiyan (Co-fundadora de Massumeh)

Sociedad y Cultura/España/Arte/Pintura/Homenaje/Javier Vilató

 

La felicidad

María Teresa Andruetto es una de las escritoras argentinas más reconocidas en el mundo. Recibió el premio Hans Christian Andersen en 2012 y ahora está nominada al Astrid Lindgren.

EL CUENTO POR SU AUTOR

Un hombre, una mujer. Otoño en las sierras. Un día dorado, perfecto. Ese fue el comienzo. Antes y después, durante el paseo, la evidencia del paso del tiempo, la certeza de lo efímero. Y eso de que buscamos la felicidad sin saber a dónde está, como los borrachos de la frase de Voltaire. Y entonces, en la memoria, aquella película que vi de muy joven donde una mujer se retiraba a su modo de un asunto de tres. Tal vez el recuerdo es tan nítido porque esa mujer tenía mi nombre. Es probable que haya sido eso lo que tiñó de cierta melancolía a mi cuento.  

LA FELICIDAD

Buscamos la felicidad sin saber dónde está,

como los borrachos buscan su casa,

sabiendo que tienen una.

Voltaire

 

La felicidad se llamaba aquella película de Agnés Varda de la que todo el mundo hablaba y que ella vio una tarde de septiembre del setenta y tres.

Todavía recuerda con nitidez uno de los cuadros, esa mujer rubia como un ángel de estampita, sentada contra un árbol, con la cabeza del joven marido en la falda. 

La mujer rubia y el marido habían salido de picnic en aquella película, el sencillo paseo de dos que se aman, como la salida que ella misma está preparando ahora con su marido para este día en las sierras, treinta años más tarde. El peceto que acomodó en la conservadora hirvió anoche con un puñado de aromáticas de su pequeña huerta, mientras miraban un documental. Le costó quedarse sentada en el sofá, se levantó varias veces a ver cómo hervía el peceto y largaba ese olor intenso a laurel, después a hacer una llamada a su hijo que acababa de llegar de San Pablo y más tarde a chequear los mensajes que tal vez hubieran quedado en el contestador. 

Ya no tenía paciencia para ver entera una película, había empezado a sucederle en estos últimos años, pocas veces algo la atrapaba lo suficiente como para instalarse una hora en el sofá o en una butaca. Sin embargo alguna vez ella había tenido ganas de sentarse una hora en el cine, pendiente de la historia del carpintero y su mujer y le había dado buenos resultados.

Era un cine de la avenida Colón, al que iban los estudiantes. En mitad de la película, un desconocido sentado butaca de por medio, había estirado hacia ella su cabeza, ahora blanca de canas, y le había preguntado si quería maníes, y ella había tomado un puñado de maníes con cáscara, se lo había puesto en la falda y había seguido mirando la película como si quien se lo había ofrecido hubiera sido su hermano o un amigo de toda la vida. 

Ahora, mientras acomoda dos peras, dos manzanas, el peceto y los tomates en el fondo de la conservadora, ve por la ventana de la cocina que Humberto pone leña a reparo, bajo la galería. Después entra, dice que pronto empezará el frío, se saca las botas, se refriega los pies; le duele un poco la cintura. Se acerca y pregunta cómo va todo. Todo va bien, según ella, porque él la abraza ahora, y porque dice: todavía puedo, y ríen. El siempre hace bromas sobre los años y los achaques de los años.

Ella había ido a ver la película después de un examen de Literatura Francesa. Él estudiaba cine y apenas salieron del Moderno, la invitó a comer a un bodegón en el que hacían un picante de panza excepcional. 

Fue ahí, comiendo ese picante y tomando el vino de la casa cuando le explicó que Agnés Varda investigaba el color de una manera que a algunos les parecía decadente pero que él, y más tarde ella, cuando aprendió lo que él podía enseñarle, adoraba. La directora de la película era belga; cierta vez, muchos años más tarde, cuando Pablo estaba en segundo grado y Laura empezaba el Jardín de Infantes, habían hecho un viaje los dos, el viaje de sus vidas, y habían pasado por Brujas y Bruselas, tratando de coser lo roto después que Humberto se enredó con Emilia. 

Tiende a pensar que aquella historia con Emilia fue un entusiasmo pasajero, en un momento en el que ella se ocupaba demasiado de los hijos, pero de todas maneras no dejó de significar cierta pérdida de confianza, por el modo en que terminaron las cosas, y le costó años recuperar esa confianza, si es que puede decir que la ha recuperado. Incluso ahora, cuando ya es poco probable que él se decida a engañarla, no puede dejar de preguntarle muchas veces, demasiadas, si la quiere, porque a veces piensa, de un modo tonto lo piensa, que quizás él pudo haber elegido una vida mejor para sí y que se quedó con ella sólo por resguardar lo que tenían, lo que habían construido entre los dos.

Ya sobre el camino, ella empieza el mate, amargo como siempre le ha gustado a Humberto, como ahora le gusta también a ella. Sabe que la felicidad es algo que sólo se logra en unión con otro, que no es posible ser feliz sin esa alianza y entonces, si es así como ella cree, debe reconocer que, pese a todas las cosas que les han pasado, se podría decir sin faltar a la verdad que son felices, porque la alianza que han construido, aunque tuvo sus fisuras, se ha amalgamado bastante bien. No es buena esta yerba, dice él. En la película, los cuatro actores que representaban a la familia del carpintero enamorado, el protagonista, su mujer y sus dos hijos eran, en el mundo que está fuera del cine, también una familia, la familia Drouot. Rieron juntos por primera vez, cuando volcando un vino oscuro, desconocido, desde la boca del pingüino blanco al vaso de vidrio azul, en aquel bodegón mendocino, él le preguntó cómo se llamaba y ella dijo Teresa, rieron porque ése era también el nombre de la protagonista de La Felicidad.

El no mide sus fuerzas, ni siquiera ahora que tiene más de cincuenta; los años han pasado raudos desde aquella tarde, han pasado para los dos, pero él sigue siendo de algún modo aquel joven que jugaba básquet y trabajaba en el centro de estudiantes, una combinación que a ella le pareció enseguida irresistible. 

El seguía siendo, y era de agradecer, aquel muchacho que había conocido en el Moderno, el que vivía con dos amigos en un cuchitril frente a la cancha de Belgrano, estaba a punto de recibirse y quería hacer cine en los barrios. Seguía siendo y no aquel muchacho que no pudo terminar la carrera porque un día llegaron los militares al cuchitril donde vivía, preguntaron quién era Humberto Rosales y lo metieron ocho meses adentro; meses que parecen, ahora, en estas vidas que llevan más de cinco décadas, nada. Ocho meses y él salió y fue otro, porque el mundo era otro, silencioso era el mundo, y la Escuela de Cine había cerrado y ya no le importaba a nadie el cine en los barrios, ni importaba la nouvelle vague, ni parecía aceptable que, como en aquella película francesa, un marido tuviera una amante. 

Entonces ellos se abrazaron con desesperación, se cobijaron en una casa en las afueras de la ciudad, él consiguió un trabajo como viajante de comercio, al poco tiempo nació Pablo, fue corriendo la vida de todos los días y cada cosa sucedió como tenía que suceder.

Han pasado el Embalse, el embudo y las nueve curvas y toman ahora el camino a San Miguel de los Ríos. La felicidad es una prescindencia de necesidades, algo que por eso mismo sólo se puede alcanzar en la madurez, esta madurez que ha llegado para ellos plena y sin privaciones. 

Como la película de sus vidas, aquella que habían visto los dos en aquel cine fue pasando, arrastrados los espectadores, ella y el muchacho de entonces que la invitaba con maníes, por esa mujer rubia que comprendía que estaba de más en el mundo. Aceptar las cosas como son parecía lo más difícil, el paso a la felicidad, comprender a Humberto, sentir que pese a todo era otra vez suyo porque Emilia había decidido dejarlo, o quizá lo había decidido él.

Primero le gustó pensar en esta posibilidad, él había dejado a la otra por ella, pero después, con lo que pasó, por muchos años quiso que Emilia lo hubiera dejado a Humberto. Ahora, entre lo que deseaba antes y lo que empezó a desear después del accidente de Emilia, ya no puede precisar de qué modo le trasmitió Humberto la ruptura, sólo recuerda que tuvo que luchar para retenerlo. A veces es necesario que alguien muera, para que otros vivan como quieren, le había dicho una amiga, y eso es lo que había terminado por hacer Emilia después del affaire con Humberto, morir en un accidente doméstico.

Absurdo, a decir de su hermana que vivía con ella, porque había resbalado en la cocina, de un modo tonto, imprevisible, y se había desnucado sin un quejido siquiera. Así había hecho también la protagonista de aquella película francesa, había decidido irse, dejarle lugar a la amante, dejar libre el camino para dos, en un triángulo muy al gusto de la época.

Es increíble cómo se pone el bosque en otoño; la hojarasca amarilla y la luz que se filtra en la mañana de abril, pueden hasta hacer olvidar que hace unos meses hubo ahí un incendio. Sabe que esta felicidad que ha alcanzado es consecuencia de haber obrado como obró, de haber ciertamente tolerado algunas cosas, pequeñas corrosiones atravesadas como si de una aventura se tratara. Así es como ella, ellos, a caballo de la rutina, con algunos topetazos y relinchos se trasladaron desde aquella tarde en un cine hasta esta salida al campo. Él también ha de haber tolerado ciertas cosas, pero está segura de que ha recibido de su parte una dedicación sin restricciones. Ella no tuvo amantes, eso es algo que nunca le atrajo, siempre deseó una vida sencilla, sin complicaciones. En el puesto que está poco antes del ripio se han detenido a comprar un pan casero y un queso de cabra. Parece una tontería, pero en ese pan y ese queso está casi todo el bienestar que ahora persigue; ha encontrado cierta felicidad a medida que fue disminuyendo el deseo, las miserables ambiciones y apetencias, a medida que permanece atenta no más que a su casa, a su patio de flores y a su huerta. Este queso no es de cabra, es de vaca, dice él. Ella se distrae un momento, lo suficiente como para que él le ponga la mano sobre la rodilla y le pregunte en qué está pensando. En que ya nada es como antes, dice ella.

Han tomado un desvío y se internan ahora por un camino de ripio que parte en dos un bosque de pinos. No ha pasado mucho rato desde que pararon a comprar el queso y el pan, cuando se cruza por el camino un zorro. Todavía se ven zorros por aquí, dice ella y él aprovecha para hacerle notar que algunas cosas siguen siendo como antes. Pone su mano sobre la de él, algunas cosas siguen siendo como eran. 

Puede dar una rápida mirada hacia el costado y darse cuenta de que hay seres que sufren más que otros, ella tiene ciertos bienes y sabe que sin esos bienes no sentiría esta felicidad que ahora siente. Sabe también que lo que siente por este hombre que la acompaña, este hombre con el que ha tenido hijos, con el que ha andado un camino, con el que todavía, pese a los cuerpos que se gastan, hace el amor, excede esos bienes que poseen y se derrama hacia algo interior que va más allá de los objetos que compraron y de la familia que han construido. 

La felicidad es un estado, sí, como la angustia, depende en última instancia de la relación de cada uno consigo y es alcanzable, ahora lo sabe, de eso está segura, sólo en la madurez. Ella ha llegado a este punto como si se hubiera jubilado de algo, de los dolores de la vida o de sus pequeñas corrosiones. Como si se hubiera relajado, ahora que los hijos están finalmente bien, ahora que él ya no se irá de su lado ni ella tendrá que morir para dejarle el lugar a nadie, ahora que ha pasado la necesidad de retenerlo y entonces puede permitirse, por qué no, una cierta beatitud. Han tomado un camino estrecho, un recoveco de bosque, y después un sendero que desemboca en el arroyo, casi a la altura del puente colgante, y deciden bajar. Lo cierto es que hace tiempo que ella ha decidido aceptar la vida tal como es, ha resuelto ser feliz. Quizás por eso, consecuencia de eso, están ahora los dos en un buen momento, tienen otra vez tiempo para ellos, están transitando cierta felicidad.

Ella acomoda el mantel a cuadros, él baja la conservadora azul, ella improvisa la mesa del almuerzo, los vasos de acero inoxidable, los platos de madera, los cubiertos. El corta el peceto, corta el queso como si fuera de cabra, descorcha una botella de Malbec. La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar, alguna cosa que esperar y ella tiene qué hacer, tiene a quien amar, no sabe bien qué puede esperar pero seguramente algo aparecerá. Desde donde está, sentada en el suelo, junto al arroyo, sentada como cuando era joven, mira el plátano bajo el que han improvisado el picnic, ve su sombra sobre el río y recuerda aquel cuento de Mansfield en el que dos mujeres miran, en la noche, en el patio de una casa, un peral que parece que va a rozar el borde de la luna. Dos mujeres atrapadas en un círculo preguntándose qué deben hacer con esa felicidad que les oprime el pecho. Has estado distraída toda la mañana, dice él, casi no has dicho una palabra. Ella sonríe, no le pasa nada, no te preocupes, sólo le oprime un poco el pecho esa felicidad de ver los árboles estirarse hasta rozar el cielo. Él la mira. Ella sabe que él la mira como cuando quiere hacerle el amor. No la toma sin preguntarle nada, como solía hacer hasta hace algunos años, sino que da un rodeo. Ella también lo mira, acerca su mano a la cara de él, dice: después, en casa.

Salen a caminar, las zapatillas haciendo crujir las hojas. La luz filtrándose entre las ramas que caen hacia el río, la luz manchando el río. ¡Qué otoño!, dice ella. Caminan de la mano los dos como la tarde en que se conocieron, caminan hacia el puente colgante como caminaban entonces hasta el bodegón mendocino, comprendiendo que en el futuro de aquel ayer estaba esta tarde, este remanso para dos. No alcanzo a ver en qué momento me volví vieja, dice ella. Pero él no escucha, la detiene, le dice que la quiere como siempre. Después caminan por el bosque, sin hablar casi, seguidos por la música que hacen las hojas, hasta que avanza la tarde y piensan en volver. Quiero una foto de esta tarde, dice ella. El desenfunda la máquina, le pide que se acerque al arroyo. Sobre aquella piedra, dice ella y avanza sobre el río, haciendo equilibrio entre las piedras más pequeñas, hasta llegar a la piedra grande. ¿Aquí está bien?, pregunta. Ahí, ahí, dice él, justo cuando ella trastabilla y cae de un modo absurdo, un resbalón imprevisible sobre la piedra. Cae sin un quejido siquiera, sobre las piedras pequeñas, sobre el agua.

*María Teresa Andruetto escribe desde su casa en Unquillo, Córdoba, donde vive hace 21 años. Desde allí, despliega una obra literaria donde el habla vuela con cadencia poética en forma de poemas, cuentos y novelas. Es una de las escritoras argentinas más reconocidas del mundo, recibió el premio Hans Christian Andersen en 2012 y ahora está nominada al Astrid Lindgren, una distinción sueca también destinada a la literatura infantil, una definición que saca del encasillamiento, al entender que el arte es un espacio de libertad, donde las voces encuentran su propio ritmo y se hacen escuchar en su diversidad.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12

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