A quién se dirigen los poetas y filósofos, por el filósofo italiano Giorgio Agamben.

La necesidad de plasmar las tribulaciones del alma dio origen a la poesía y la escasez de respuestas ante la grandiosidad de lo que nos rodea originó la filosofía. Ambas disciplinas han acompañado a la humanidad desde prácticamente sus primeros pasos.

En la incesante búsqueda de respuestas, el filósofo italiano Giorgio Agamben se plantea la siguiente cuestión: ¿a quién dirigen los poetas y filósofos sus textos y reflexiones? 

Hace unos años una revista de lengua inglesa pidió que la respondiera en sus páginas, pero nunca fue publicada. A continuación os mostramos el escrito inédito, finalmente publicado el 23 de agosto de 2022, junto con una breve introducción, en su columna Una voce en la web de la editorial italiana Quodlibet:

En todas las épocas, poetas, filósofos y profetas han lamentado y denunciado sin reservas los vicios y carencias de su tiempo. Quienes así se lamentaban y acusaban se dirigían, sin embargo, a sus semejantes y hablaban en nombre de algo común o al menos compartible.

Se ha dicho, en este sentido, que poetas y filósofos siempre han hablado en nombre de un pueblo ausente. Ausente en el sentido de faltante, de algo que se sentía que faltaba y que, por lo tanto, de alguna manera seguía presente. Incluso en esta modalidad negativa y puramente ideal, sus palabras seguían presuponiendo un destinatario.

Hoy, quizás por primera vez, poetas y filósofos hablan —si es que lo hacen— sin ningún destinatario posible en mente. 

La tradicional extrañeza del filósofo hacia el mundo en el que vive ha cambiado su significado, ya no es sólo aislamiento o persecución por fuerzas hostiles o enemigas. La palabra debe ahora hacer frente a una ausencia de destinatario que no es episódica, sino, por así decirlo, constitutiva. 

Es sin destinatario, es decir, sin destino. Esto también puede expresarse diciendo, como se hace en muchos sectores, que la humanidad —o al menos la parte de ella que es más rica y poderosa— ha llegado al final de su historia y que, por tanto, la idea misma de transmitir y legar algo ya no tiene sentido.

Sin embargo, cuando Averroes, en la Andalucía del siglo XII, afirmaba que la finalidad del pensamiento no es comunicarse con los demás, sino unirse con el intelecto único, daba por sentado que la especie humana es eterna. Somos la primera generación en la modernidad para la que esta certeza se ha puesto en tela de juicio, para la que de hecho parece probable que el género humano —al menos lo que entendemos por este nombre— podría dejar de existir.

 

Ilustración de Loui Jover.

 

Sin embargo, si —como estoy haciendo en este mismo momento— seguimos escribiendo, no podemos dejar de preguntarnos qué puede ser una palabra que en ningún caso será compartida y escuchada, no podemos escapar a esta prueba extrema de nuestra condición de escribientes en una condición de absoluta impertinencia. 

Ciertamente, el poeta siempre ha estado solo con su lengua, pero esta lengua era por definición compartida, algo que ya no nos parece tan evidente. En cualquier caso, es el propio sentido de lo que hacemos el que se está transformando, quizás ya se ha transmutado integralmente. Pero esto significa que tenemos que repensar de nuevo nuestro mandato en la palabra, en una palabra que ya no tiene destinatario, que ya no sabe a quién se dirige. 

La palabra se asemeja aquí a una carta que ha sido rechazada por el remitente porque el destinatario es desconocido. Y no podemos rechazarla, debemos tenerla en nuestras manos, porque quizás nosotros mismos seamos ese destinatario desconocido.

¿A quién se dirige la poesía?

Sólo es posible responder a esta pregunta si se entiende que el destinatario de un poema no es una persona real, sino una exigencia.

La exigencia no coincide con ninguna de las categorías modales con las que estamos familiarizados: lo que es objeto de una exigencia no es ni necesario ni contingente, ni posible ni imposible.

Más bien se dirá que una cosa exige otra, cuando, si la primera es, la otra también será, sin que la primera la implique lógicamente ni la obligue a existir en el plano de los hechos. Es, simplemente, más allá de toda necesidad y de toda posibilidad. Como una promesa que sólo puede ser cumplida por quien la recibe.

 

 Ilustración de Loui Jover.

 

Benjamin escribió que la vida del príncipe Myškin exige permanecer inolvidable, aunque todo el mundo la haya olvidado. Del mismo modo, un poema exige ser leído, aunque nadie lo lea.

 

Esto también puede expresarse diciendo que, en la medida en que exige ser leída, la poesía debe permanecer ilegible, que no hay realmente un lector de la poesía.

 

Esto es quizás lo que tenía en mente César Vallejo cuando, para definir la intención última y casi la dedicatoria de toda su poesía, no encontró otras palabras que por el analfabeto a quien escribo. Consideremos la formulación aparentemente redundante: «por el analfabeto a quien escribo». Por no quiere decir aquí tanto «a» como «en lugar de», como Primo Levi decía de dar testimonio por —es decir, «en lugar de»— aquellos que en la jerga de Auschwitz se llamaban los «musulmanes», es decir, aquellos que bajo ninguna circunstancia habrían podido dar testimonio. 

El verdadero destinatario de la poesía es aquel que no puede leerla. Pero esto también significa que el libro, que está destinado a quien no puede leerlo —el analfabeto— fue escrito con una mano que, en cierto modo, no sabe escribir, con una mano analfabeta. La poesía devuelve toda escritura a lo ilegible de donde proviene y hacia dónde sigue su camino.

Imagen de portada: El filósofo italiano Giorgio Agamben.

FUENTE RESPONSABLE: Cultura Inquieta. Por Carlota Solarat. 

Sociedad y Cultura/Poesía/Filosofía/Reflexiones.

Quién es María Asunción Aramburuzabala, la mujer más rica de México.

María Asunción Aramburuzabala es una de las pocas mujeres que participan en el Consejo Mexicano de Negocios.

La mujer más rica de México asegura que nunca tuvo vocación de ser empresaria, sino que una promesa realizada a su padre antes de morir le obligó a formarse en un mundo de negocios que le era casi completamente desconocido.

Hoy, sin embargo, María Asunción Aramburuzabala puede presumir a sus 59 años de una fortuna de US$6.180 millones, lo que según Forbes la sitúa en el quinto puesto de su lista de millonarios de México y como la tercera mujer más rica de América Latina (solo por detrás de la chilena Iris Fontbana y la brasileña Lucia Maggi).

Heredera de la empresa líder de cerveza en México y fabricante de la mundialmente conocida Corona, Grupo Modelo, Aramburuzabala supo multiplicar después esa fortuna familiar gracias a inversiones en el campo inmobiliario, tecnológico, bancario o de telecomunicaciones, entre otros.

«Esa diversificación en sus diferentes negocios y el seguir buscando nuevas áreas en las que invertir su capital han hecho que su fortuna se haya mantenido más constante en los últimos años, porque ha sabido adaptarse para innovar en sus inversiones», opina Roberto Arteaga, editor adjunto de Forbes México.

‘Mariasun’, como la conocen sus personas cercanas, fue también la primera mujer en ingresar en el consejo de administración de la Bolsa Mexicana de Valores y tiene en su currículum el haber participado en los consejos de algunas de las empresas más influyentes de México.

Poco aficionada a prodigarse en medios de comunicación -BBC Mundo solicitó una entrevista con la empresaria pero no obtuvo respuesta-, Aramburuzabala participó el año pasado en el podcast Cracks donde habló sobre sus claves para el éxito, de los orígenes humildes de su familia, de cómo aprendió a moverse en un mundo dominado por hombres y de sus planes de futuro.

«Destacaría de ella su enfoque y determinación. Aunque en la entrevista es muy sencilla, amable y abierta, no puedes dejar de percibir su gran fuerza. Debe ser muy retador ser su oponente en cualquier situación», recuerda de aquella conversación Oso Trava, emprendedor, asesor en desarrollo de negocios y conductor del podcast.

El imperio familiar de la cerveza

El origen cervecero de la fortuna de Aramburuzabala comienza en el pequeño municipio vasco de Eskoriatza, en el norte de España. En una familia numerosa y muy humilde nació su abuelo Félix, quien se dedicaba a transportar piedras en carretas de bueyes para ser usadas en construcciones.

María Asunción Aramburuzabala

Foto: Getty

Lista de millonarios de México 2022

  • Carlos Slim:
  • US$81.240 millones
  • Germán Larrea:US$30.850 millones
  • Ricardo Salinas:US$12.450 millones
  • Familia Baillères:US$6.650 millones
  • M.A. Aramburuzabala:US$6.180 millones

Fuente: Forbes

Como tantos otros, a inicios del siglo pasado decidió viajar a América en busca de oportunidades. En México comenzó en el negocio de la levadura y, tras conocer al entonces presidente de Grupo Modelo, se acabó convirtiendo en su socio y en uno de los principales impulsores de la compañía.

De su familia y esos orígenes humildes, Aramburuzabala asegura que aprendió «la honestidad, la disciplina y el trabajar largas jornadas de trabajo».

Tras la muerte de su abuelo, fue el padre de María Asunción, Pablo Aramburuzabala, quien heredó su parte de la empresa. Cuando este fallece víctima de un cáncer terminal, es a ella a quien le toca tomar las riendas con solo 32 años por petición expresa de su padre.

Cerveza Corona

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Aramburuzabala fue una de las herederas del grupo fabricante de la cerveza Corona.

«(Él) estaba ya muy, muy grave, y esa promesa que yo le hice de cuidar a la familia… fue algo que a mí me determinó. Es algo que cargo todavía con ello (aunque) lo haría sin esa promesa (…). He sido como el guardián y el hombre de la familia», reconoció en su entrevista del año pasado.

Recuerda sus inicios como una etapa muy difícil. Tras casarse con el empresario Paulo Patricio Zapata a la edad de 19 años, Aramburuzabala estudió la carrera de contaduría pública y tuvo a sus dos hijos.

Pero cuando fallece su padre, lo cierto es que la hoy empresaria se dedicaba a las labores del hogar y resume con una sola frase su situación en aquel momento: «Yo fui de la cocina a la oficina (…). No fue que yo tuviera vocación de ser empresaria, sino que fue más bien enfrentar la necesidad».

Años de aprendizaje

Asegura que, en ese momento, empresarios y banqueros cercanos intentaron aprovecharse de la familia y sacar beneficio de su inexperiencia en el sector. Pero su madre y su única hermana confiaron en ella para ponerse al frente de los negocios.

«Les dije: ‘Tengo que aprender, pero sí les digo que yo no me voy a aprovechar de ustedes’. No es que me escogieran porque fuera muy buena, la verdad que tampoco había mejor… o sea, era yo la opción», admitió quien pasó a ocupar el cargo de vicepresidenta de Grupo Modelo.

Después conocería a Carlos Slim, el hombre más rico de México, y de quien dice que sí recibió ayuda y recomendaciones. «Él tiene todo para aprender porque es una persona inteligentísima (…). Es una persona que no se le va nada, que está en todo, que conoce todas sus inversiones… Es impresionante el control que tiene», destacó.

Carlos Slim

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Aramburuzabala asegura que Carlos Slim fue uno de los primeros grandes empresarios en prestarle apoyo.

Aramburuzabala, quien se define a sí misma como «una mujer de carácter» e «increíblemente dura» consigo misma, se impuso para tomar entonces su lugar en los negocios y fundó la firma de inversiones Tresalia, en alusión a «tres aliadas» (su madre, su hermana y ella) para diversificar sus operaciones.

Consciente de su falta de criterio para saber dónde invertir en aquel entonces, optó por rodearse de abogados y asesores en quienes no delegaba al 100%. «Yo iba (con ellos) y me sentaba en todas y cada una de las reuniones que había. Y pues así aprendí», reveló.

Según Arteaga, de Forbes México, el gran acierto de Aramburuzabala es «saber escuchar» y contar con expertos a quien «poder cuestionar al máximo» para entender el futuro de los negocios. «Su gran crédito no solo fue administrar una fortuna heredada, sino mantenerse por sus constantes inversiones», le dice a BBC Mundo.

Pero en 2013, Grupo Modelo fue vendida a la multinacional belgo-brasileña AB InBev. Y aunque la mayoría de directivos decidió desvincularse por completo de la compañía, ella optó por permanecer como accionista.

«Soy una gente medio sentimental en el sentido de que las raíces me pueden (…). Es mi DNA y yo creo que es algo que nunca voy a dejar», dijo, a la vez que se definió como «chelera (cervecera) y tequilera».

Una mujer en un entorno machista

Sobre el camino recorrido hasta convertirse una de las pocas mujeres en ocupar tan alto cargo, Aramburuzabala reconoce que no fue nada fácil desembarcar en la directiva del negocio familiar.

«No hay ningún negocio más machista que la cerveza. Y mi papá va y tiene dos mujeres (hijas)», recordó. Su madre, en cambio, las animó siempre a que creyeran en sus posibilidades. «Despierten. Aquí ustedes se tienen que preparar, porque aquí no hay hombres en la familia y ustedes van a tener que enfrentar su terreno», les decía a ella y su hermana.

Y aunque en sus inicios como empresaria reconoce que la participación de las mujeres en los negocios era casi «nula», hoy ve satisfecha cómo participan más en la vida política y en puestos de poder en las empresas.

María Asunción Aramburuzabala

FUENTE DE LA IMAGEN – YOUTUBE / OSO TRAVA

Aramburuzabala fue entrevistada el año pasado en el podcast Cracks que recibe a empresarios y personalidades para conocer sus claves para el éxito.

«Nosotras mismas nos decimos muchas veces que no se va a poder. Tenemos que romper ese paradigma de aquí no puede haber mujeres (…). Tenemos que aventarnos (lanzarnos) y hacerlo», opinó, a la vez que apostó por más diversidad en las juntas directivas. «Se traen otras visiones y la conversación se enriquece».

Rosalía Lara, editora de Inteligencia de la revista Expansión en cuya lista de ‘Las 100 mujeres más poderosas de los negocios’ aparece Aramburuzabala en el segundo puesto, destaca cómo en México sigue siendo común que los hombres sean quienes hereden los negocios y las mujeres se centren en temas filantrópicos.

«Ese no fue el caso de Aramburuzabala, que fue más allá al participar como consejera en otras compañías, lo que no es para menos. México ocupa el último lugar de América Latina en el número de mujeres en los consejos de administración de las empresas que cotizan en Bolsa con apenas un 7,7%, según un estudio realizado por Proyecto sobre Organización, Desarrollo, Educación e Investigación (PODER)», le dice a BBC Mundo.

De su relación con AMLO a los Pandora Papers

En los últimos tiempos, diversos medios publicaron la intención de Aramburuzabala de dejar México tras aumentar sus inversiones inmobiliarias en EE.UU. y Europa mientras vendía operaciones que tenía en su país, como hizo el año pasado con el gigante tecnológico Kio Networks dedicado a los centros de datos.

Detrás de esa decisión, aseguran algunos analistas, estaría -además del impacto de la pandemia- su mala relación con el actual gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador, al contrario de la que mantenía con presidentes anteriores.

«Ella ha sabido aprovechar sus relaciones políticas. Recordemos que en 2005 se casó con el entonces embajador de EE.UU. en México (Tony Garza, su segundo marido). 

Fueron años muy fructíferos para ella en los sexenios de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, cuando sus negocios fueron beneficiarios de muchas licitaciones públicas, sobre todo en tecnologías de la información», afirma Darío Celis, analista económico y financiero.

AMLO junto a empresarios

FUENTE DE LA IMAGEN – GOBIERNO DE MÉXICO

AMLO ha tenido desencuentros públicos (y, en ocasiones, posteriores acercamientos) con empresarios e inversores en México por el supuesto trato de favor que recibían en gobiernos pasados.

Pero muchos de esos contratos, asegura el experto en entrevista con BBC Mundo, no se renovaron cuando López Obrador llegó al poder y Aramburuzabala empezó a sentir «un clima adverso» para sus negocios.

Pero Aramburuzabala niega que esto sea cierto. «Este rumor de que yo me iba de México, que porque el gobierno me trataba mal… (…). Hay que inventar una historia de horror, la verdad es que no hay nada de malo», respondió.

«Es difícil a veces que la gente entienda que vendas tu negocio, porque si lo haces es porque algo pasó y te fue mal. No, ese es nuestro negocio: invertir, crecerlo y después venderlo para tener un profit (beneficio). Y otra vez empiezas un nuevo ciclo», justificó sobre su venta de inversiones en México.

Evolución de la fortuna de María Asunción Aramburuzabala en la última década. .  .

«A mí me lo desmintió algunas veces», responde Celis. «La pregunta es ¿por qué emprende sus nuevos negocios fuera de México? Kio era un gran negocio que no tenía por qué vender. El problema es que ella consideró que México no es un lugar propicio para invertir en este momento con este gobierno, así que decidió hacerlo en el extranjero e irse por un rato», opina.

No es el único tema polémico que le ha salpicado en los últimos años. El año pasado, la investigación sobre los Pandora Papers incluyó su nombre entre la lista de empresarios y políticos que supuestamente movieron fortunas a paraísos fiscales. Aramburuzabala no se pronunció en público sobre esto.

En 2019, la firma de bienes raíces que dirige, Abilia, le ocasionó otro gran quebradero de cabeza. Aquel año despidió a buena parte de los directivos de la inmobiliaria tras descubrir que habían cometido un supuesto enorme fraude financiero en la empresa. Esta situación le afectó tanto que Aramburuzabala reconoció que tuvo que retirarse durante año y medio debido al estrés.

Reinventarse en el futuro

Cuando piensa en cuál ha sido su inversión favorita, Aramburuzabala señala a las escuelas Aliat. «Cuando educas a una persona, le cambias la vida. Es algo super llenador y es algo que ningún otro negocio te da: factor humano», dijo.

De hecho, asegura que si realizó algunas de sus inversiones es porque sentía que eran necesarias para el crecimiento y desarrollo de los mexicanos. «Yo veía las acciones en la Bolsa Mexicana de Valores y decía: ‘¿Cómo es posible que México no tenga una empresa de tecnología pura, que no haya una de educación?'».

María Asunción Aramburuzabala

FUENTE DE LA IMAGEN – AFP

Separada de su segundo marido desde 2010 y amante de la fotografía, los animales y el buceo, alguna de sus prioridades profesionales pasa por el campo de las Fintech (empresas que usan la tecnología para brindar servicios financieros) y, aunque de momento no participa en el área de criptomonedas, cree que se tiene que «poner mucho más las pilas» al respecto.

Entre sus objetivos está el preparar la transición de sus negocios a la siguiente etapa de liderazgo -en los que su hijo Pablo ya está implicado- y el reinventarse. «A mí siempre me ha gustado lo que hago, pero me gustaría pensar en algo distinto», dijo.

«¿A lo mejor volver a estudiar? No sé, algo de agricultor o algo así… No tiene que ser de negocio, te puedes reinventar en tantas cosas…».

Imagen de portada: María Asunción Aramburuzabala. Por Cuartoscuro.com

FUENTE RESPONSABLE: Marcos González Díaz; Corresponsal de BBC News Mundo en México. 27 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/México/Negocios/Empresas/Mujeres.

 

 

 

 

 

Días de vino y rosas

Es posible que lo primero en lo que piensen al leer el título de este texto sea en la película homónima que dirigió Blake Edwards estrenada en 1963 y protagonizada por un serio y ebrio Jack Lemmon y por Lee Remick. 

Sin embargo, ¿recuerdan la secuencia exacta en que se cita el poema que hace referencia al rótulo del film y sobre el cual Edwards se inspiró para crear semejante obra? En caso de no recordarlo, no hay problema. Permítanme refrescarles la memoria. La pareja formada por Joe Clay (Lemmon) y Kirsten Arnesen (Remick), que previamente ha cenado en un restaurante, deambula de madrugada por las calles de la ciudad. 

Intercambian impresiones, sensaciones, se van conociendo poco a poco y se gustan cada vez más. Sus pasos, guiados por la inercia del momento y el entendimiento, se detienen en lo que se intuye una bahía y ambos se apoyan en la barandilla mientras observan el agua bajo sus pies. A cierta distancia. Sus rostros, claroscuros, se iluminan y ensombrecen por el reflejo centelleante de las olas. 

Joe, absorto e hipnotizado por el suave olaje, afirma: “El tiempo no existe en el océano”. Y antes de tirar la botella de licor que acaba de apurar, dice: “Te encomiendo a lo profundo”. Ambos contemplan el viaje del frasco vacío, cómo choca contra el agua. Cómo flota. Cómo baila. Joe y Kirsten, codo con codo, apoyan sus respectivas barbillas sobre sus manos. 

Y entonces ella enuncia los versos que el poeta británico Ernest Dowson, tímido, melancólico, bohemio, simbolista y alcohólico adicto a la absenta, compuso en 1896 basándose en una de las citas de Horacio que dice: “La breve duración de la vida nos prohíbe albergar esperanzas largas”. 

E invocando al antiguo poeta latino, Dowson rememora viejos tormentos motivados por los espectros de amigos y amores del pasado. Soñados, tenidos, perdidos. Y llega a la conclusión, echando la vista atrás, de que: «No duran mucho, el llanto y la risa, / el amor y el deseo y el odio; / Creo que en nosotros no queda rastro de ellos / una vez cruzamos la puerta. / No duran mucho, los días de vino y rosas: / surgiendo de un sueño brumoso, / nuestro sendero aparece un instante; luego se cierra / dentro del sueño». 

Asociando ambas impresiones, la dificultad de albergar grandes ilusiones y el sueño brumoso, ligero y liviano que es la mera existencia, pienso una vez más en lo que Pandora logró guardar a tiempo y en lo que se nos ha recordado casi con excesiva insistencia: la esperanza es lo último que se pierde en esta vida. 

Incluso cuando creemos haberla perdido, la seguimos albergando. Aunque no nos engañemos, la afirmamos y la negamos continuamente. Quizá, por lo poco que nos dura.

La esperanza, como la vida, es en efecto efímera. Ambas, instantáneas que no sabemos en qué carpeta del desván de nuestra memoria guardar porque sabemos que, pase lo que pase, al final todo se desvanecerá. «De la vida me acuerdo, pero dónde está», se preguntaría Gil de Biedma. 

¿Dónde está la vida? ¿Dónde estamos nosotros, dónde nuestro rastro? A lo que Faulkner respondería meditando «porque dejamos tan poco rastro, ¿verdad que sí? Nacemos, probamos una cosa y, sin saber muy bien por qué somos los únicos que lo intentan, seguimos esforzándonos. 

El caso es que nacemos al mismo tiempo que otra mucha gente, todos enmarañados, todos queriendo e intentando mover los brazos y las piernas, pero sin conseguirlo porque los hilos que nos unen se han enredado, como si cinco o seis personas intentaran tejer una alfombra en el mismo bastidor, cada cual con el propósito de bordar su propio dibujo».

Llegados a este punto, resulta desalentador asumir que el mismo sueño, niebla o viento que nos trae, nos llevará de vuelta. Un viento del este, además, como aquel que tan bien le describió Sherlock a Watson. Que será frío y amargo, y que puede marchitarnos. 

Un viento que ya ha empezado a dejar rastro, que palpita y sacude los continentes. Y fíjense. Fíjense cómo serán de fuertes estos vientos del este, que hasta nos dejan huérfanos aquellos que más necesitamos; quienes más nos animaban y nos devolvían esa esperanza de la que todo el mundo habla.

Piensen en las recientes pérdidas. En Marías, Godard o la Reina Isabel II si quieren. Pero sobre todo piensen en las pérdidas que les han tocado de cerca. 

En esos desconocidos a ojos del mundo y sin embargo imprescindibles, báculos de su día a día que, por una razón u otra, se han desvanecido.

Qué ironía esta de la vida que, cuanto más nos muestra la fecha de caducidad, más nos disponemos a exprimirla. Pues no queremos aceptar la realidad y aun aceptándola, nos decimos que vamos a cambiar. ¡Claro que sí!

Sentimos de repente cómo se nos hincha y arde el pecho a causa del impulso titánico que nos anima a salir fuera y combatir. ¿Contra qué? Ni idea. ¿Quién lo sabe? El caso es volver a empezar. Empezar a vivir. Decir en su momento lo que no nos atrevimos a decir. Tomar la decisión correcta, esa que sabíamos era la acertada desde el principio y aun así, por miedo o inseguridad, escogimos la contraria.

No obstante, a partir de ahora esto no se dará nunca más. No, porque nos hemos liado la manta a la cabeza como Lawrence de Arabia y nos hemos puesto en la piel de Clare Bayes, el personaje de Marías que no se hacía al tiempo por mucho que se esforzase, y vivía, en consecuencia, intensamente con tal de eternizar o perpetuar su existencia. ¿Funcionará el experimento? 

Veremos. Tenemos tiempo de sobra para intentarlo, nos aseguramos. O nos engañamos. Pero ¿dónde están? ¿En qué consisten por tanto esos Días de vino y rosas? ¿O qué los convierten en lo que son?, me pregunto intentando hallar una respuesta.

Y al final me digo que esos días, hechos del tejido de nuestras propias fibras, ligadas a su vez a la alfombra vital que es ensoñación, prueba y teatro; obra de arte, al fin y al cabo, son aquellos en los que, sin saber cómo, vencimos a Cronos y encontramos el perfecto equilibrio —entiendo— entre Dionisio y Apolo

Días de júbilo, gozo y éxtasis; de nuevos descubrimientos, amantes y amigos, pero también de desdicha, zozobra y nostalgia, como tan bien nos muestra Edwards en su cinta o Dowson en su poesía. Convivimos por y para esos días; nos hacemos a ellos y ellos, a su vez, nos moldean y construyen a nosotros para que, en última instancia, tomemos una determinación: crear nuevos o tener presente los ya expirados.

Imagen de portada: Joe Clay (Lemmon) y Kirsten Arnesen (Remick) en Días de vino y rosas.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Beatriz Duarte. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 27 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Filosofía/Vida.

Dos libros argentinos, elegidos entre los 100 mejores de la literatura universal.

El Quijote es el libro más importante, de acuerdo a una consulta realizada a escritores y críticos.

Ficciones, de Jorge Luis Borges, y Facundo o civilización y barbarie, de Domingo Faustino Sarmiento, fueron elegidos en un ranking de los 100 mejores libros de la literatura universal que elaboró el medio español ABC, y del que participaron más de 50 críticos y escritores

De este modo, entre las obras fundamentales de las letras, en el puesto 33 quedó sin dudas el autor más universal de la literatura argentina, Jorge Luis Borges, seleccionado en este caso por su volumen de relatos Ficciones (1944), que reúne textos como El Sur, que el propio escritor definió como -«acaso»- uno de sus mejores cuentos.

Mientras que en el número 78, se ubicó el político y educador Domingo Faustino Sarmiento con los ensayos de Facundo o civilización y barbarie, obra que comenzó a publicarse en folletín en 1845 y se convirtió en un texto de enorme influencia en el imaginario político-cultural y el paradigma de época.

Estos son los únicos dos textos de autores argentinos que conforman la lista de los 100 libros de la literatura universal elaborada por el suplemento cultural del medio español

Además, las obras que encabezaron el ránking demuestran la fuerza y vigencia formadora de los textos clásicos: El Quijote, de Cervantes, en primer lugar, seguido por La Odisea y La Ilíada, de Homero; La divina comedia, de Alighieri; Hamlet, de Shakespeare, mientras que en sexto lugar se encuentra La Biblia.

 Solo tres libros de los últimos cien años ingresaron a los 25 primeros puestos: en ese pequeño espacio para obras del último siglo, en el número 24 -siendo el primer latinoamericano en asomar en esta lista, quedó el realismo mágico del colombiano Gabriel García Márquez con Cien años de soledad. El Premio Nobel de Literatura también se llevó otro lugar entre los 100 fundamentales, con El amor en los tiempos del cólera, en el puesto 53.

En cuanto a escritoras, la primera en aparecer en el puesto número 11 es Emily Bronte con Cumbres borrascosas, seguida por Emily Dickinson y sus Poemas; Natalia Ginzburg y Léxico familiar; Iris Murdoch y El mar, el mar; Santa Teresa de Jesús, por Las moradas, y Jane Austen, por Emma.

Otras obras que integran el centenar de obras fundamentales según la opinión de los convocados son: La invención de la soledad, de Paul Auster; El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago; Frankenstein, de Mary Shelley; Sóngoro cosongo, de Nicolás Guillén; Una habitación propia, de Virginia Woolf; Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca; La metamorfosis, de Franz Kafka, o Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Entre los escritores y críticos llamados a participar de la elección, se encontraban Fernando Aramburu, Rodrigo Fresán, Arturo Pérez-Reverte, Lorenzo Silva, Berta Vias Mahou, Enrique Vila-Matas y Manuel Vilas, entre otros. (con información de Télam).

Imagen de portada: Gentileza de La Nueva.

FUENTE RESPONSABLE: La Nueva. Bahía Blanca; Argentina. 26 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura Universal/Los cien mejores/Encuesta.

LA PLENITUD DEL VACÍO

Un acercamiento a las obras espirituales de Mark Rothko.

Marcus Rothkowitz, más conocido como Mark Rothko, fue uno de los artistas expresionistas y abstractos más importantes e influyentes de la historia del arte. Hoy se cumplen 119 años de su nacimiento, y nos pareció importante hacer un breve recorrido por su vida y obra a modo de homenaje a este gran artista. El gran Rothko.

Mark Rothko fue un pintor y grabador nacido en Letonia en el año 1903. Supo desarrollar su carrera artística en la ciudad de Nueva York en los años 40, dentro de la corriente del expresionismo abstracto, a la cual pertenecía también su entonces colega, y por momentos su rival, Jackson Pollock.

Formación

Mas allá de destacarse en áreas artísticas como la mandolina, el piano y la escritura, sorprendentemente Rothko ingresó becado en 1921 a la universidad de Yale para estudiar Derecho e Ingeniería. Sin embargo, su beca fue cancelada al año de cursar sus estudios, lo que lo obligó a trabajar como ayudante de lavandería y también como mensajero para costearse los estudios.

En Yale recibió todo tipo de ataques antisemitas, lo que llevó al artista a abandonar la Universidad dos años más tarde, aunque 46 años después, lo llamaron para entregarle un título honorario.

Habiendo abandonado Yale, en 1925 Rothko inicia con 22 años y de manera autodidacta su carrera como artista visual. En un principio abordaba estéticas surrealistas influenciado por Adolph Gottlieb, pero ya para 1947 se podría decir que encontró su camino propio, en el que mediante composiciones rectangulares en obras de gran formato y buscando un sentido religioso para su pintura, su intención era ofrecer al espectador una experiencia mística y transcendental.

Estar frente a una de sus flamantes obras de este período, es en sí una experiencia única. Es un misterio cómo composiciones de dos rectángulos con bordes difuminados por veladuras pueden transmitir una sensación de plenitud y de abismo al mismo tiempo a quienes las contemplan. Transmiten vacío y plenitud. Te disuelve el ego y te vuelve uno con el universo, algo que puede ser muy fuerte de experimentar.

Pero no sólo la sensibilidad, el talento y su entrega espiritual hacen de sus obras un arte sumamente movilizante. Rothko había desarrollado algunas técnicas que acompañaban este propósito, como mezclar pigmentos con cola de conejo para que a la hora de volcar la mezcla en los lienzos gigantes no se vean las vetas del pincel, lo que aporta ese toque sumamente sutil, etéreo y mágico que definen sus pinturas.

Su carrera artística

Siguiendo por el camino de la pintura, Rothko se mudó a Nueva York e integró por primera vez la Liga de estudiantes de Arte de Nueva York, donde conoció a Adolph Gottlieb, y formaron junto a otros artistas un grupo que seguía las enseñanzas del maestro Milton Avery, de quien Mark aprendería un vasto conocimiento de la forma y el color, elementos que son de suma importancia en su corpus de obra.

Para este entonces su familia no lo acompañaba más, al no comprender su elección de ser artista en un momento en que Estados Unidos atravesaba la crisis económica de la Gran Depresión. Pero esta situación no frenó a Rotkho, quien con un objetivo muy claro de la función de experiencia espiritual que quería para sus pinturas, realizó una exposición individual de 15 pinturas al óleo que llamaron la atención de críticos de arte por la riqueza y sensibilidad del color.

Capilla Rothko

En 1971 se funda la Capilla Rotkho, un espacio en Houston, Texas, abierto a todas las creencias y religiones que ofrece un santuario espiritual y un espacio de meditación con luz cenital donde uno se puede conectar con las catorce pinturas de gran formato del artista, dispuestas en un espacio octogonal, y donde trabajó a su lado el reconocido arquitecto Philip Johnson. Es tan fuerte lo que ocurre a nivel energético al presenciar sus obras dentro de la capilla, que el compositor Peter Gabriel nombró a una de sus canciones «Catorce pinturas negras» luego de visitarla, así como monjes tibetanos tántricos ejecutaron cantos armónicos en 1986. Aunque en la otra cara de la moneda, un vandalista pintó unos años más tarde con una brocha negra sobre una obra gigante de la serie del artista llamada «Seagram» en la Tate Modern de Londres. Allí la muestra se encontraba en un espacio completamente condicionado como lugar de meditación y capilla para poder contemplar sus obras de arte desde bancos dispuestos a cierta distancia. Nunca falta aquél espectador que está sentado con lágrimas en los ojos atravesado por tanta sensibilidad, viviendo su propia experiencia.

La Capilla de Rothko recibió importantes premios debido al diálogo que se genera entre arte y espiritualidad: El Premio a la Paz de la Comunidad de Houston en 1998, el Premio James L. Tucker de los Ministerios Interconfesionales en el 2004, y reconocimientos del Centro de Paz y Justicia de Houston en el 2008, entre otros.

Desenlace

El 25 de febrero de 1970 tras una ingesta de barbitúricos con alcohol, Rothko se quita la vida trágicamente inmerso en una profunda depresión. Para este entonces sus obras habían comenzado a volverse más oscuras en cuanto a las tonalidades que utilizaba. Hay quienes sostienen que su suicidio formó parte en cierto modo de su praxis artística, culminando el oscuro desenlace de sus obras.

Otros analizan que le fue muy difícil dejar de recibir llamados para nuevos encargos, mientras que su colega Jackson Pollock no paraba de crecer al haber sido apadrinado por Peggy Guggenheim.

Lamentablemente, Rothko no vivió para disfrutarlo, pero actualmente sus obras se subastan en un promedio de 80 millones de dólares y es uno de los artistas abstractos más respetados e influyentes en la historia del arte.

Lo espiritual en su arte

Rothko fue siempre fiel a su premisa: el arte debe transmitir una experiencia espiritual al espectador. En 1958 recibió la comisión para pintar los murales «Seagram» en el restaurante Four Seasons de Manhattan. Al llegar y ver que se perdía la experiencia espiritual por la disposición de las mesas donde se cenaría, devolvió el dinero y pidió que le regresen las pinturas. Dinero que necesitaba, pero no a cualquier costo.

No se pueden describir con palabras las obras de Rothko. Y cualquier imagen o fotografía de las mismas, no le hace justicia a aquello que te generan.

Lo espiritual es intangible, es una fuerza que te atraviesa, te sana, te interpela, te hace reflexionar sobre la existencia humana, y sobre todo te genera una emoción y un sentimiento en el cuerpo y en el alma. No hay nada intelectual allí. Definir su arte con palabras resulta imposible, porque se trata de una experiencia espiritual que hay que vivirla.

Feliz aniversario de nacimiento al trascendental Mark Rothko, y sólo palabras de agradecimiento por ofrecernos honestamente, como lo hacen los grandes, su alma descarnada en esos inmensos lienzos con composiciones simples y a la vez complejas, que nos tocan el espíritu.

Imagen de portada: ROTHKO FRENTE A UNO DE SUS LIENZOS.

FUENTE RESPONSABLE: Época. Pcia. de Corrientes. Argentina. Por Sonsoles Romero Noya. 25 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Arte abstracto/Impresionismo/Pintura/Grabado/En memoria.

 

 

 

 

 

Cioran: Reír en las fauces del abismo.

El pensador rumano no fue un pesimista al modo en que lo fueron Arthur Schopenhauer, Philipp Mainländer y otros. Más bien, sus ojos nos invitan a mirar a los del abismo, frente a frente, y a aceptar que la vida no tiene más razón que su propio desenvolvimiento y que nos entregamos a ella con pasión, sin esperas vacuas.

En uno de sus textos menos leídos y más desconocidos, Ventana a la nada, el pensador rumano Emil Cioran (1911-1995) escribió un inolvidable y contundente aforismo que resume, con espléndida claridad, el núcleo de sus convicciones: «Todo lo que en nosotros es grande tiende a vencer el dolor. Pero solo en la medida en que no lo conseguimos –en que continuamos el combate– somos verdaderamente grandes». 

Cioran cifraba así nuestra existencia en una suerte de heroísmo trágico que consiste en dar un gran sí a la vida… a pesar de todo y de todos. A pesar de la aflicción y del desconsuelo, a pesar del sufrimiento y de cualquier circunstancia onerosa: siempre en y desde el seno del abismo del sinsentido.

La obra de Cioran ha sido catalogada de pesimista e irreverente, e incluso ha sido tildado en numerosas ocasiones –erróneamente– de un defensor acérrimo del suicidio. Sin embargo, si leemos con atención cada uno de sus enriquecedores libros, encontramos a un autor comprometido, ante todo, con el análisis y vivencia de los más insoslayables e indescifrables enigmas humanos: la finitud y la muerte, la trascendencia y la espiritualidad, la tristeza y la desesperanza o el tormento de la conciencia y la angustia frente a lo pasado y ante lo porvenir, sensaciones y sentimientos que contrarrestó mediante el poder salvífico de la música y del paseo o a través de la potencia balsámica de la ironía y el humor. 

Todo ello para intentar ahondar en lo que él mismo denominó «el fondo originario de la vida».

Cioran no fue un pesimista al modo en que lo fueron Arthur Schopenhauer, Philipp Mainländer, Eduard von Hartmann, Julius Bahnsen o, acercándonos más a nuestros días, Albert Caraco o el antinatalista David Benatar. 

El propio Cioran confesó en numerosas entrevistas que no se consideraba un pensador pesimista, sino más bien un pensador del sinsentido, de lo irreal, de lo que no tiene fundamento ni justificación. La vida carece de base ontológico-metafísica sobre la que erigirse; la vida es su puro desarrollo experiencial y cada uno de nosotros, individuos sujetos a todo tipo de avatares, debemos experimentarla en extrema (y a veces dolorosa) soledad. 

«¡Cuánta soledad es necesaria para tener un espíritu! ¡Cuánta muerte en vida y cuántos fuegos íntimos!», apuntó.

«Si leemos con inteligencia a Cioran, aparece como un extravagante optimista: ¿cómo, si no, atravesado desde muy joven por dolientes infiernos podría haber sobrevivido?»

 

En su primer libro publicado, En las cumbres de la desesperación (1934), Cioran nos invita a practicar un curioso modo de vida: la «pasión del absurdo».

A pesar de los sinsabores, múltiples y variados, con los que la existencia nos pone a prueba, siempre queda una razón para seguir adelante. Y esa razón es… la sinrazón: precisamente, que «no existen argumentos para vivir». Cioran nos entrega desnudos a la vida, sin caparazón metafísico ni convicciones trascendentes, y asegura que únicamente es posible continuar si abrazamos el absurdo, «amando la inutilidad absoluta», porque «a quien en la vida lo ha perdido todo, solo le queda la pasión del absurdo».

Un autor pesimista nunca hablaría en estos términos. De hecho, si leemos con inteligencia a Cioran, aparece como un extravagante optimista. 

¿Cómo, si no, atravesado desde muy joven por los dolientes infiernos del insomnio y la melancolía, por la conflictiva relación con su madre, por el desprecio de la academia, por su conciencia de inutilidad, por las envidias y los rencores…, cómo, si no, podría haber sobrevivido? Cioran apeló a nuestra fuerza heroica, a la que llamó «el método de la agonía».

Nunca defendió el suicidio, pero sí «la visión salvífica de la muerte». El autor rumano se refería, con clarividente y socarrona ironía, a este hecho: «Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera; sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado». 

O también: «El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié a todo por él, incluso a la muerte». La vida se gana en su plena y portentosa asunción, en su inquebrantable afirmación. El pensamiento de Cioran nos transmite una lucidez que no atemoriza, sino que sosiega y nos hace reposar en la certeza de que, en la vida, nada se resuelve: ¿necesitamos alguna otra certidumbre?

Toleramos la vida porque la muerte siempre es una posibilidad, una visión que nos conduce a una «transfiguración cósmica, esencial». Cuando quedamos perplejos ante las contrariedades de la existencia, caemos en la cuenta, desfondados, de que la propia vida es el material con el que se forja una «fuerza demoníaca» (en tanto que irresistible) que nos impulsa a mantenernos con vida. 

«Vivir sin el sentimiento de la muerte es vivir la dulce inconsciencia del hombre ordinario, que se comporta como si la muerte no constituyera una presencia eterna e inquietante», defendió en su primer libro. Y es que «desembarazarse de la vida es privarse de la satisfacción de reírse de ella».

Cioran mira a los ojos al abismo, frente a frente, y lo acepta, le da carta de normalidad en su cotidianidad. Ser conscientes del sinsentido significa «estar más allá de la posibilidad de las lágrimas y de los lamentos, más allá de cualquier categoría o forma». 

Cioran se burla de quien pretende explicarlo todo mediante fórmulas categoriales o teóricas que intentan clasificar la existencia como si se tratara de un problema algebraico. La vida no se deja encerrar en fórmulas. Se trata, por tanto, de desarrollar un sano «heroísmo de resistencia», no de conquista. No consiste en una resignación estoica ante lo inevitable, sino en el reconocimiento de la falta de fundamento o de razón última de la existencia. Y a pesar de este «pesado pensamiento», seguir sin miramientos.

Cuando se ha entendido que la vida no tiene más razón que su propio desenvolvimiento, su propio transcurrir, nos entregamos a ella con pasión, sin esperas vacuas o melifluas creencias. 

El auténtico heroísmo consiste en atreverse a vivir sin esperanza, sin promesas de eternidad o plenitud, con la conciencia de que todo está perdido y que, justamente por ello, merece la pena reafirmarse, con humor, en el seno mismo del sinsentido. 

«Cuando se aprende a beber en las fuentes del Vacío, se deja de temer el futuro», anotó Cioran en Silogismos de la amargura. En una entrevista, ya en sus últimos años, le preguntaron por qué seguía viviendo si la existencia, para él, carecía de sentido. Contestó, calmado y con amabilidad, que, aunque durante toda su vida se sintió muy solo, nunca se le ocurriría abandonar a «los humanos, mis compañeros de pesadilla».

En este punto, el pensamiento de Cioran se convierte en un humanismo que nos hermana en el sufrimiento, en el centro mismo del dolor existencial. 

Todos nuestros miedos individuales están ligados a través de la cadena infinita de generaciones que, igual que nosotros, también han padecido y han temido a la muerte y a los estragos de la vida. Por eso, aunque vivamos en soledad nuestros padecimientos, aunque algunos de nuestros dolores sean incomunicables, siempre nos cabe la posibilidad de entender el dolor del otro.

Cuando comprendemos que soledad y sufrimiento son el destino del ser humano, comienza a instituirse una comunidad que trata de «vencer la nada de lo temporal».

Pocas líneas tan hermosas se han escrito en la historia del pensamiento occidental como estas que leemos en el Breviario pasional de Cioran. Son para enmarcar y leer, a modo de letanía, cada mañana: «En su inmensidad, espantado huye el hombre de sí mismo, en busca de vecinos que compartan su espanto. Cada individuo es un compañero de desconsuelo». Porque, anota el autor rumano, nos estrechamos la mano para caminar juntos «por complicidad entre dos soledades».

Frente a los melosos mensajes con los que nos intenta manipular emocionalmente la actual tiranía del éxito y la felicidad («alcanzarás lo que te propongas», «cree y lo conseguirás», Cioran aseguró que lo que realmente nos mantiene vivos y proyectados al futuro son nuestros huecos y carencias, nuestra falta de fondo, nuestra conciencia de seres abismales, de seres incompletos en pugna con lo absurdo. 

Y «a pesar de todo, continuamos amando; y ese a pesar de todo cubre un infinito», señaló Cioran en los Silogismos de la amargura.

Qué bello pensamiento para, a pesar de todo y de todos, continuar. Perseverar. Con heroísmo agónico, sabedores de nuestra derrota… porque no hay nada que ganar ni que conquistar, salvo quizá la conciencia de nuestra derrota y, entonces, mirándonos a los ojos, decirnos, como también dijo Cioran: «Sosegarme en tu lágrima y tú en la mía».

Imagen de portada: Emil Cioran (Ilustración)

FUENTE RESPONSABLE: Ethic. Por Carlos Javier González Serrano. 26 de septiembre 2022

Sociedad y Cultura/Filosofía/Vida/Muerte.

 

 

 

 

Y sombra y adiós

La ventana de Marías

Tuvo que ocurrir a mediados del mes de junio de 2006, porque fue por esas fechas cuando me avecindé durante cerca de dos semanas en Madrid por un asunto que no viene al caso. El verano anterior había publicado mi primera novela, que pasó bastante inadvertida y de la que conservaba unos cuantos ejemplares que no había llegado a regalar a nadie. Aún no habían irrumpido en nuestras vidas las redes sociales —o no con la fuerza que cobrarían poco tiempo después— y no era fácil contactar con personas desconocidas por las que se sentía respeto o admiración. 

Quiero decir que alguien como yo, que vivía en la periferia de la periferia, no tenía manera de entablar una cierta relación con escritores o periodistas a los que seguía en la distancia si no era por vías muy rudimentarias que no ofrecían la menor garantía de éxito. De ahí que, cuando hice la maleta para instalarme esa quincena en Madrid, metiera algunas copias de mi libro de la que sólo una tenía un destinatario concreto. Sabía que Javier Marías era cliente de la librería Méndez, en la calle Mayor, y conocía el establecimiento porque yo mismo lo había frecuentado durante otro breve periodo en el que había residido en la capital. 

Gracias a los buenos oficios de su responsable, Antonio, había dado entonces con un par de ediciones raras de Juan Benet, y era raro que al cabo del mes no me pasara entre dos y tres veces a curiosear por sus estantes. Así que una mañana me acerqué hasta allí con mi librito bajo el brazo y, tras presentarme debidamente —ya me habían olvidado, como era lógico, llevaba cuatro años sin aparecer y supongo que mi aspecto había cambiado lo suficiente como para no identificar a quien era entonces con el que había sido un tiempo antes—, espeté el breve discurso que había ido ensayando por el camino: que unos meses atrás había salido a la luz mi primera novela, que estaba interesado en hacérsela llegar al señor Javier Marías y que había pensado que podía dejarla allí, en la librería, para que se la diesen en mano cuando hiciese acto de presencia.

Antonio, con su amabilidad acostumbrada, me respondió que por supuesto, que no había el menor problema, que él se encargaba. Improvisé allí mismo, en las páginas de respeto del ejemplar que llevaba bajo el brazo, una dedicatoria que ya no recuerdo y añadí, sin demasiadas esperanzas de que fuera a servir para algo, mi dirección de correo electrónico y mis señas postales. Luego me fui y pocos días después, finalizadas las obligaciones que me habían convertido en madrileño accidental, regresé a Gijón. Pocas fechas más tarde, el 30 de junio, leía en El País que la Real Academia Española incorporaba a Javier Marías a sus filas. 

Lo recuerdo porque conservo el recorte y porque, poco después de que mis ojos se encontraran con la noticia, llamó al telefonillo el cartero. Me traía un paquete procedente de la capital que contenía un ejemplar de Ehrengard, el relato largo de Isak Dinesen que Marías había traducido y recuperado en la editorial Reino de Redonda, creada por él mismo. También él me había dejado en las páginas de respeto una dedicatoria manuscrita: «Para Miguel Barrero, con el permiso de la Baronesa, este cuento que, a diferencia de los míos, sí puede no ser mortal», decía, y al releerla ahora pienso que tal vez yo en la mía le había explicado que el volumen de relatos Cuando fui mortal fue el primer libro suyo que cayó en mis manos. 

Añadía: «Gracias por tu libro, que leeré cuando acabe mi novela eterna. Y saludos.» No creo que llegara a hacer lo primero —y menos mal—, pero por suerte sí hizo lo segundo para que la literatura española encontrara en Tu rostro mañana una de sus obras mayores. Recordaba el otro día esta historia con mi amigo Lorenzo Rodríguez Garrido y él me contaba que se sentía reconocido al leer en las redes hasta qué punto se había extendido una costumbre que él y yo creíamos propia de unos pocos chalados y que ha resultado ser patrimonio de más gente. 

Me refiero al hábito de alzar la vista cada vez que se pasea por la Plaza de la Villa para echar un ojo a las ventanas del tercer piso del inmueble que hace esquina con la calle Mayor, por ver si en una de ésas daba la casualidad de que se asomaba Marías a tomar el aire, o al menos se lo divisaba paseando por la casa, al otro lado de los cristales. Lorenzo me cuenta que una vez incluso llegó a aventurarse en el portal, burlando la vigilancia del portero, para fisgar en los buzones. Yo no conseguí distinguirlo nunca, pero en los atardeceres tempranos sí llegué a ver las luces encendidas y, al fondo, la estantería altísima que casi tocaba el techo y que me imaginaba llena de volúmenes envidiables. 

La última vez que practiqué el rito fue el pasado mes de julio, cuando pasé por allí con mi querido Javier Serena, otro miembro sagaz del club de lectores de Marías, y bromeamos con la posibilidad de llamar al telefonillo, o de entrar por las bravas y tocar en su misma puerta, a ver qué pasaba. 

Me acuerdo de los dos, de Lorenzo y de Javier, cuando me entero de que Marías se ha ido de viaje al revés del tiempo, de que ya no ganará el Nobel que todos dimos por hecho que obtendría, de que ya no podremos discrepar de sus columnas ni embelesarnos con nuevas prosas, y hay un frío raro que recorre la columna vertebral y se atrinchera en un recoveco del ánimo al que no sé poner nombre. Era tan bueno que cualquier adjetivo que se le pueda colgar suena manido. Alguien comenta en broma que esa ventana de Marías que muchos espiábamos desde la Plaza de la Villa era una especie de lucecita del Pardo para sus lectores, y da pena constatar que no se encenderá más, o no del mismo modo, y que poco a poco iremos perdiendo ese vicio de elevar la mirada para intuir lo que pudiera haber tras sus cristales porque ya no habrá allí nada que nos interese especialmente. 

En eso consiste vivir, en cierto modo: en ver cómo las cosas que a uno le atañían dejan poco a poco de estar y cómo queda tan sólo su sombra, y cómo ésta resulta ser el preludio del adiós.

Ruido

Como siempre que caigo por Madrid en estos últimos tiempos, me sorprendo en más de un momento acongojado por el ruido. Lo que en mi juventud identificaba con el fragor de la gran urbe y las promesas de felicidad que anidaban en unas calles en las que podía pasar de todo a cualquier hora se ha convertido, ahora que sobrepaso los cuarenta, en un molesto telón de fondo que dificulta la conversación y directamente imposibilita los paseos demorados. 

Mientras caminamos desde Sevilla a Recoletos, comento con Ana que no recuerdo, en los últimos veinte años, una sola vez en la que no se estuviera ejecutando ninguna obra en las manzanas que separan la Puerta del Sol de la Plaza de Colón. Con todo, no sé si por la edad, el ruido parecía más soportable entonces que ahora, cuando ya se ha extendido a todos los rincones y resulta casi imposible dar con una esquina a la que no llegue el runrún de los motores, el rugido estridente de máquinas diversas, el eco de voces que gritan más que hablan y el rastro de una agitación sobreactuada que parece contaminarlo todo. 

Hay, no obstante, otro ruido aún peor porque no llega a los oídos, pero termina por interferir en el diálogo que cualquier ciudad mantiene con quienes la habitan o están en ella de paso y que tiene que ver con el crecimiento indiscriminado del turismo. Me ocurre desde hace tiempo en Barcelona —donde siempre tengo la impresión de que el centro urbano se ha convertido en una gran franquicia diseñada para el único disfrute de los huéspedes extranjeros—, me ocurrió hace unos años en Toledo —donde vi cómo el casco antiguo languidecía en cuanto marcaban los relojes la hora a la que salían de vuelta los autobuses que habían traído desde Madrid a unos cuantos grupos de viajeros, cientos o miles— y me ocurre ahora en esta ciudad que se había mantenido razonablemente a salvo pero ha terminado por caer, ella también, en el error de asimilarse a cualquier otra capital del mundo. 

Es la gran paradoja de nuestro tiempo: todos viajamos con el supuesto afán de conocer otras realidades, pero todos buscamos o pretendemos encontrar en nuestros destinos lo mismo que dejamos en nuestros lugares de origen. No pontifico ni me excluyo de la tendencia. Hace unos meses, en Montreal, una complicación aeroportuaria me dejó sin equipaje y recurrí a una conocida cadena española de ropa para hacerme con unas provisiones mínimas, pero lo que en mi caso fue algo puntual parece generalizarse, a tenor de las marcas que se repiten con insistencia a lo largo y ancho del mundo. 

Aquí y allá se ven los mismos establecimientos comerciales, las mismas marcas de comida rápida, —y si no son exactamente los mismos, sí están cortados por el mismo patrón— las mismas propuestas para llenar las horas de ocio, como si la globalización conllevara una renuncia a la identidad, una homogeneización de lo diverso a mayor gloria de las grandes corporaciones y en detrimento de las particularidades locales. 

Como si en silencio y sin resistencia hubiéramos renunciado a nuestras señas para asumir una personalidad impostada e impuesta, que más que enriquecer nos empobrece y convierte la diversidad en un recuerdo lejano que termina por resquebrajar, en ese afán por demolerlo todo, el estruendo constante de las máquinas excavadoras.

Una amable desconocida

Es famosa, por recurrente y exacta, la mención que en Un tranvía llamado Deseo hacía Tennessee Williams a la amabilidad de los desconocidos. Cualquiera puede corroborar que, en determinados momentos de su vida, se cruzó con una persona de la que no sabía hasta entonces y de la que poco o nada supo después y cuya presencia, sin embargo, sirvió para infundir ánimo o consuelo, o abrigo y esperanza, en una circunstancia concreta. 

A finales de marzo de 2020 o ya en abril, cuando el confinamiento hacía estragos en mi ánimo y no sabía cómo sustraerme de algunas complicaciones laborales que se derivaban de la situación diabólica en que nos había sumido la pandemia, me encontré en YouTube con unos vídeos en los que Pancho Varona impartía unas clases básicas de guitarra y me dio por seguirlas. 

No tardé en tropezarme con el engorro de las cejillas —cualquiera que haya tenido un contacto mínimo con el instrumento sabe de lo que hablo— y algún impulso me llevó a compartir mi frustración en las redes y a recibir la respuesta alentadora de Alicia Lázaro, que me conminó a perseverar y me dio por privado alguna recomendación para que me resultase más llevadero el trance. No puedo asegurar que sus palabras me sirvieran en el aspecto técnico, aunque comencé a dominar el asunto poco después de que me llegaran sus mensajes, pero sí supusieron un empuje para sortear aquel bache, otro más de los muchos que en aquellos días me encontraba en el camino. 

Tampoco fue ella siempre una estricta desconocida, porque un año después llegamos a vernos y a cruzar unas pocas palabras, no las suficientes como para que ella me pudiera considerar más que un mero accidente en el transcurso de sus días. 

En cualquier caso, intercambiamos frases durante un tiempo y alguna que otra vez se interesó por el devenir que tomaban mis veleidades guitarristas sin que le fuera nada en ello, y eso me hizo sentir hacia ella un afecto que ha perdurado, por más que llevara tiempo sin recibir noticias suyas, y que desemboca en una tristeza inesperada ahora que me llega la noticia de su muerte, injusta por temprana, y con ella la certeza de que ya no volveré a recibir los mensajes joviales y animosos que me enviaba de cuando en cuando; de que queda abolida, aunque no olvidada, la amabilidad de esa desconocida parcial que me hizo sonreír cuando alrededor casi todo era negrura.

Imagen: Y sombra y adiós

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Miguel Barrero. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 20 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Javier Marías.

 

Creedence Clearwater Revival, la improbable respuesta americana a los Beatles.

Una directo inédito de 1970 en el Royal Albert Hall rescata el impresionante sonido de una de las mejores bandas de todos los tiempos.

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En los albores de los años 70, Creedence Clearwater Revival era la banda más grande del mundo. Después de muchos intentos, desde Monkees a Byrds, América había encontrado por fin su respuesta a unos Beatles que ya estaban en retirada. Y lo hizo de la manera más improbable: lejos de la sofisticación del cuarteto de Liverpool, lo que proponía el grupo californiano era el regreso al rock and roll de raíces con una sucesión imparable de éxitos que todavía perduran. 

 

Justo el rabioso y vibrante sonido que ahora se rescata en “Travelin’ Band: Creedence Clearwater Revival at the Royal Albert Hall”, una grabación en directo inédita de 1970 que se complementa con un documental narrado por Jeff Bridge que viene a reivindicar el valor de una banda histórica. Es un sonido pantanoso, nervioso, clásico. Un documento que rescata toda la ferocidad de la banda formada por John Fogerty, su hermano Tom, Doug Clifford y Stu Cook en su mejor momento y un año antes de que todo saltase por los aires y acabara con el más triste y ruin de los divorcios. En realidad, apenas fueron cinco años… ¡Pero qué cinco años!

 

Porque CCR fue una máquina de facturar éxitos y formaron parte inequívoca y reverencial de la banda sonora de una época llena de excitación, revolución, napalm y decepción. 

 

Fueron un fenómeno genuinamente estadounidense y entre 1968 y 1972 dominaron la radio y las listas de éxitos con una prolífica racha de sencillos gloriosos: “Suzie Q”, “Proud Mary”, “Bad Moon Rising”, “Green River”, “Fortunate Son”, “Up around the bend”, “Fortunate Son”, “Have you ever seen the rain”, “Lodi”… Solo en 1969 obtuvieron tres discos de platino y lanzaron tres álbumes aclamados (“Bayou Country”, “Green River” y “Willy And The Poor Boys”), además de tocar en Woodstock y en la mayoría de los festivales más importantes. A fines del 69, había consenso en que CCR era la banda más grande de Estados Unidos. Al menos, en términos comerciales. Y eso podía equivaler a ser la banda más grande del mundo a mediados de 1970, ya que los Beatles, su única competencia real en términos de ventas, ya no existía.

Creedence Clearwater Revival – Fortunate Son (Official Music Video)

La CCR conectó con todo un país. Para los viejos entusiastas del rock and roll, eran un maná frente a la psicodelia, los supergrupos, las jam-bands y los cantautores. Para sus contemporáneos, eran un orgullo patrio y en sus canciones se veía reflejada toda su vida: Vietnam, la carretera, la amistad, el amor, el desamor, el trueno, los cañones soleados… Y todo, con un sonido primitivo pero actualizado. 

Gustaba a varias generaciones por igual. Fogerty era un genio. Sus composiciones eran prodigiosas. Atacaba todo desde la simpleza, pero en realidad conocía dónde radicaba el éxito de una canción, ya fuera de raíces soul, country, rock-a-billy o blues. Todo lo hacía desde la convicción y la franqueza. Su guitarra no abrumaba, pero con dos notas sabía obtener tanto un riff como un solo. Los estribillos eran impresionantes y tarareables. Y qué voz. 

El resto lo ponía una sección de ritmo que avanzaba lenta e imparable como un tren de mercancías. “Creedence hizo música para todos los Tom Sawyers y Huck Finns asaltados y para el mundo que nunca sería capaz de aceptarlos en su forma más simple”, diría Bruce Springsteen.

En 1959, Fogerty y dos compañeros de escuela, Stu Cook, el hijo de un abogado acomodado, y Doug Clifford, un compañero de clase de Cook con una batería, formaron The Blue Velvets, un trío instrumental. Los tres niños tenían 14 años. El hermano de John, Tom, se uniría a The Blue Velvets de forma permanente en 1963. Los cuatro pasaron los siguientes años publicando sencillos sin éxito y de gira por el centro y el norte de California, tocando en pequeños pueblos y bases militares. Las cuentas salen: se tiraron más de ocho años como grupo hasta que publicaron su primer álbum bajo el nombre de Creedence Clearwater Revival.

El debut

Su álbum debut de 1968, “Creedence Clearwater Revival”, se vendió modestamente al principio. Su tema destacado era “Suzie Q”, una versión de ocho minutos de un éxito de 1957 del olvidado rockero de Luisiana Dale Hawkins. Ese verano, el día en que recibió sus documentos de baja del ejército, Fogerty escribió una canción sobre un hombre que se sacude las presiones de la ciudad y encuentra la armonía en el río. Lo llamó “Proud Mary” y fue el comienzo de una larga serie incontrolable de éxitos. 

A John Fogerty le había costado tanto llegar a ese lugar que creó un círculo insoportable a la larga. Pensaba que si alguna vez salía de la lista de éxitos, la banda quedaría en el olvido. No quería volver al anonimato después de tantos años durmiendo al raso después de conciertos sin público. Se autoimpuso una presión extenuante, y más conociendo que ninguno de sus compañeros de banda poseía habilidades compositivas. No solo sacaba dos discos por año, sino que cada sencillo era un cañón y a ningún álbum completo le sobraba nada. Y a eso había que añadirle las giras y los festivales.

Otra cosa ocurría: CCR no tenía el prestigio de otros muchos colegas con méritos menores. Ya entonces se asociaba vender muchos discos con una comercialidad mal entendida. Además, Fogerty poseía muy poco carisma y la banda era vista como un grupo de “paletos” en muchos sectores. Y otro detalle no menor: eran músicos “normales”. No tiraban televisores por la ventana del hotel, no participaban en orgías y no consumían drogas. No tenían manager ni empresa de relaciones públicas ni séquito. Eran el equivalente de una pequeña empresa familiar. Había poco que “vender” más allá de su música.

Creedence Clearwater Revival – Lookin’ Out My Back Door (Official Video)

Con el tiempo, el agotamiento comenzaría a llegar. John Fogerty se iría haciendo un maniático absoluto del control y comenzaría a asfixiar a sus compañeros de banda, que por otra parte no hacían demasiado por descargarle de responsabilidad creativa ni organizativa. 

Habiendo capturado el corazón de América, la banda encontró la manera de activar su propia dinamita con efectos tóxicos para unas amistades de largos años que derivarían en el divorcio más enconado y prolongado que el rock and roll jamás haya conocido. Fogerty enloqueció y se volvió un paranoico. Controlaba las finanzas y firmaba contratos sin tener reales conocimientos. Sus compañeros de banda tampoco hicieron demasiado por evitarlo y todo se fue por la alcantarilla. Siguieron, hasta hoy, décadas de rencor y paranoia.

Pero queda su memorable música, esa que hoy los amantes del genuino rock and roll continúan disfrutando como en el primer día. Porque la CCR consiguió apelar a la esencia de la música para dar satisfacción a una América que, por fin, había encontrado (aunque tarde) el antídoto contra los Beatles. La banda californiana eliminó las piedras del fardo con música esencial y decenas de canciones (sí, decenas) que hoy permanecen como himnos de la música contemporánea. Para siempre. Justo lo que se encarga de mostrar ahora su directo en el Royal Albert Hall.

El peor final posible

Pocos divorcios han sido tan sonados, duraderos y rencorosos en la historia de la música como el de la Creedence. Por varias razones, Fogerty se negó a tocar la música del grupo durante casi 15 años después de su ruptura en 1972. Cedió en algunas ocasiones entre 1986 y 1987, pero luego se produjo otro silencio lúgubre e implacable antes de su resurgimiento en 1997 con “Blue Moon Swamp”.

La depresión posterior a la Creedence de Fogerty en los años 80 no tuvo nada que ver con la música. Atrapado en disputas contractuales sobre derechos de autor y publicaciones, fue perdiendo gradualmente el gusto por las canciones que amaban al resto del mundo. Mientras, sus excompañeros fundarían la Creedence Cleawater Revisited para tocar precisamente (y con mercenarios a la voz y la guitarra) las canciones que su compositor no cantaba. “Tocamos Creedence mejor que Fogerty”, dice con poco cariño el batería Doug Clifford. 

Fueron muchos años de litigio, insultos y heridas que siguen abiertas. Se odian, por mucho que Fogerty haya ido matizando sus palabras en los últimos años. Pero la puerta a la reconciliación parece cerrada para siempre.

Imagen de portada: Empezando desde la izquierda, los miembros de la Creedence Clearwater Revival: Stu Cook, Tom Fogerty, John Fogerty y Doug Clifford FOTO: HENRY DILTZ EFE.

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Alberto Bravo. 24 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Música

 

 

La magia de la escritura en un mundo distraído

Virginia Woolf afirmó haber escrito su novela Las olas en un estado mental próximo al trance. En realidad, era así como concebía la actividad de escribir, como la suspensión temporal de las rutinas de la vida diaria. Al escribir, dejamos de lado gran parte de ese mundo cotidiano que nos ocupa y preocupa y nos concentramos en aquello que nos proponemos consignar en la página.

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Sin embargo, Woolf añoraba las relaciones humanas de las que se apartaba al escribir un libro, y en una carta a la compositora Ethel Smyth le preguntaba: “¿No te ocurre que cuando escribes el mundo desaparece, salvo esa parte concreta que te sirve para escribir que, de hecho, se vuelve indecentemente nítida?”.

Escribir es una experiencia en cierto modo mágica: el mundo de alrededor desaparece y otro mundo interior germina y nace por arte de magia, a voluntad del escritor-demiurgo. La escritura reviste un aura de misterio y quizás esconda un enigma, es siempre simbólica porque dice más de lo que parece y puede constituirse como una promesa en cierto modo farmacológica. Consagrarse a escribir un diario, por ejemplo, viene a ser algo semejante a la confesión de secretos. Al volcar las confidencias y ese universo íntimo en la página, se siente alivio, como si el escritor llevase una pesadísima carga que castiga a cada instante y, para no reventar, escribe.

La escritura responde a la urgencia de sacar fuera lo que sentimos, pensamos o imaginamos. Ray Bradbury sostenía que era una especie de terapia, una forma de supervivencia como cualquier otro arte. Si dejaba de escribir un solo día, se inquietaba, comenzaba a temblar y veía incluso señales de locura inminente: “Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya”.

Escribir no es solo una operación funcional, aunque la escritura se inventase como aide-mémoire para recordar lo que la memoria hacía caer en el abismo del olvido, como los libros de contabilidad o la banalidad de la lista de la compra. Podría ser que, como observó George Orwell en ¿Por qué escribo? (2021), algún demonio interior nos impulse a escribir, según el mismo instinto que lleva a un bebé a gimotear para atraer la atención.

La escritura puede dar respuesta a la necesidad de autoafirmarse con la propia caligrafía, que es única y prueba de identidad y existencia. Es lo que conduce a grafiteros a estampar su nombre en los muros de las ciudades: el anhelo de hacerse visible y ser reconocido como un ser humano irrepetible. Una carta manuscrita también dice por su forma mucho más que el mero contenido de lo que se ha escrito.

Sin embargo, por mucho que podamos personalizar el tipo de letra o que los procesadores de textos simulen la caligrafía, la escritura manuscrita es la única capaz de revelar no solo los trazos psicológicos de una persona, sino su estado de ánimo en el momento de escribir esas líneas. Los caracteres tipográficos que leen ustedes ahora estandarizan la escritura, como bien observó Elisabeth Eisenstein (2010) a propósito de la invención de la imprenta en el siglo XV. Escribir a mano hace que lo escrito sea más vivo y diverso.

Ana Galvañ / Telos

La escritura frente al habla

Escribir es una forma de comunicación muy diferente de la palabra hablada, propia de la oralidad. Marca el tránsito de una cultura dialógica basada en la copresencia a otra en la que alguien escribe en un lugar y tiempo, y el que lee lo hace en otros lugares y tiempos. Sugería Rousseau en el Ensayo sobre el origen de las lenguas (2006) que mientras el habla es una lengua natural y más espontánea, la escritura pertenece al campo de la razón y la reflexión.

El habla no puede ser más que interpersonal y participativa. Al contrario, la escritura como habla almacenada implica distanciación: separa al escritor del lector, y al propio escritor de su propio texto. No es lo mismo enfrentarse a una página en blanco que mirar a los ojos a alguien, y esta grieta proporciona a quien escribe una cierta libertad. Decía el escritor Haruki Murakami que escribir es como enclaustrarse. A veces literalmente, pero “en el fondo, cualquier sitio donde uno se ponga a escribir se transforma de inmediato en una habitación cerrada, en un estudio móvil”.

Lo que se pierde en fluidez y vivacidad se gana en la demora indispensable para detenerse a analizar y a pensar. Mientras hablamos, lo que comunicamos es fugaz y evanescente, pero al escribir, nos tomamos el tiempo necesario para repensar con tiento cada palabra, hacer y rehacer, escribir y reescribir. Cuando escribimos, las palabras son reversibles y susceptibles de infinitas correcciones.

La escritura se constituye en el horizonte del aislamiento de quien en su soledad se reencuentra con sus pensamientos y memorias, los descubre y los transcribe. 

Es una forma de congelar el fluir del tiempo y diluirse en un paréntesis a ese mundo que reclama atenciones en cada momento. Aunque no siempre es así, y hay escritores a quienes, como a James Joyce, les gustaba oír la algarabía de alrededor mientras trabajaban, “el ruido de la vida”. Y, al contrario, Proust precisaba ese silencio abrumador que a Joyce le parecía una tumba en vida.

No es cierto que se haya dejado de escribir, como no es cierto que se haya dejado de leer. Se escribe continuamente, a cada minuto y en cada lugar, con una rapidez inusitada. Pero las formas de escribir cambian al abrigo de los nuevos ritmos temporales y los modos de ser. Escribir se funcionaliza al extremo y se desacraliza. Pierde su carácter mágico como interludio a la vida cotidiana y se convierte en un acto reflejo y banal cada vez que actualizamos nuestras redes sociales, comentamos en social media o enviamos miles y miles de mensajes de texto en la aplicación de moda. Se escribe tan rápido como se vive.

Aunque no se pueda atribuir una causa directa de la aceleración a innovaciones digitales, tales como el smartphone y la hiperconexión, el mundo digital distorsiona de raíz las circunstancias de la escritura. Un caso concreto es significativo, como lo fue el hecho de que Nicholas Carr (2017) admitiese que para finalizar la escritura de su libro Superficiales tuvo que aislarse del mundo en red.

La distracción constante y la tendencia a la multitarea son obstáculos a la forma podríamos decir mágica de la escritura, en el sentido que le daba Virginia Woolf. Y no porque el mundo desaparezca para dejar que quien escribe se concentre en un solo aspecto que aparece con total nitidez. Más bien por lo contrario: porque se distrae a quien escribe, obligándole a compartir la atención con miles de reclamos constantes que exigen una rápida respuesta. El smartphone satura nuestros sentidos hasta el punto de no contar con el tiempo requerido para una escritura pausada y reflexionada.

Para Jean Baudrillard (2006), la escritura reclama una mirada distanciada, como quien otea desde una ventana, y es contraria a la actualización permanente en tiempo real. Pero la consigna parece ser escribir hasta la extenuación, según los formatos vulgarizados que convierten la magia de la escritura en una sucesión de frases telegráficas. Quizás el hecho de que ciertos algoritmos se permitan recomendarnos respuestas prefijadas a correos electrónicos sea la ilustración más nítida del progresivo empobrecimiento de la escritura.

La aceleración hace que se vuelva más infrecuente el cuidado con el que todo escritor, con mayor o menor destreza, busca elegir las mejores palabras. Escribir es un oficio artesanal, nos decía Giovanni Papini (1964). No entiende de prisas ni de fórmulas tan eficaces como vacías, y ha de ser el fruto de una pericia que se adquiere con años y años de aprendizaje y esfuerzo. En su lugar, se escriben clichés, frases repletas de ofensas a la ortografía, tópicos y composiciones toscas que son el resultado lógico de la premura.

Lejos queda la delicadeza de amar cada palabra y cada oración, de elegir como le gustaba a Flaubert le mot juste, la palabra justa. Como sugería Robert Louis Stevenson, se trata de escribir conforme al arduo entusiasmo del verdadero quehacer literario, el de trenzar una malla que exprese en una bella forma lo que deseamos comunicar para que sea “el tambor que despierta pasiones”.

Imagen de portada: Ana Galvan / Telos 

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation. 26 de septiembre 2022.

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Stephen King: 8 curiosidades que no conocías del Maestro del terror.

El célebre autor nacido en Portland, Estados Unidos, es uno de los más reconocidos a nivel mundial. Su obra entera ha vendido miles de copias en el mundo entero, y ha sido llevada al cine y a la televisión en gran cantidad de oportunidades.

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Tanto en la literatura como en el cine es imposible no pensar en el género de terror y que no surja el nombre de Stephen King. Con más de 60 libros publicados, King es uno de los autores más reconocidos de la actualidad y que ha influenciado fuertemente la cultura popular con sus obras de terror y suspenso. No por nada se ha ganador el apodo del Maestro del terror.

Nacido un 21 de septiembre de 1947 en Portland, Estados Unidos, el escritor ha deleitado a generaciones con títulos que han llegado a convertirse en clásicos del séptimo arte como Carrie, El resplandor, It, y Misery, por mencionar algunos.

Lo que muchos no saben es que la vida de Stephen King es casi tan fascinante como las historias que él mismo ha creado. En el día de su cumpleaños número 75, repasaremos algunas curiosidades y datos de la vida del escritor que tal vez no conocías.

EL PROLÍFICO AUTOR CUMPLE 75 AÑOS DE EDAD

1. Es el escritor con mayor cantidad de adaptaciones en la pantalla

Algo muy común que suele surgir entre los aficionados del cine y la televisión es enterarse que hay películas y series de televisión que están basadas en libros de Stephen King. Aún aquellos que no hayan leído o estén familiarizados con la obra del autor habrán visto una película o serie basada en la misma.

El libro de los récords Guinness ha listado 34 películas basadas en sus historias, sin contar las que han surgido en el último tiempo. La adaptación de 2017 de IT, dirigida por el argentino Andy Muschietti, es una de las más exitosas de todas las adaptaciones del autor, logrando una recaudación en taquilla de más de 320 millones de dólares.

2. Detesta la adaptación de El resplandor de Stanley Kubrick

JACK NICHOLSON INTERPRETÓ A JACK TORRANCE EN LA PELÍCULA 

A pesar de ser una de las adaptaciones más aclamadas de toda la obra del autor, King no es para nada fan de la película.

«El personaje de Jack Torrance no tiene historia en esa película. Absolutamente ningúna trama. Cuando vemos a Jack Nicholson por primera vez, está en la oficina del Sr. Ullman, el gerente del hotel, y ya sabes, entonces, está loco como un loco. Todo lo que hace es volverse más loco. En el libro, es un tipo que lucha con su cordura y finalmente la pierde. Para mí, eso es una tragedia. En la película, no hay tragedia porque no hay un cambio real», dijo Stephen en una entrevista refiriéndose a la película.

3. El libro de un reconocido autor lo inspiró a escribir literatura de terror

Cuando era joven se encontraba en el ático hurgando entre las cosas de su padre cuando encontró una vieja copia The Lurking Fear (El miedo que acecha) de H.P. Lovecraft, otro de los grandes autores de terror y ciencia ficción de comienzos de siglo XX.

«Sabía que había encontrado mi hogar cuando leí ese libro», confesó King en una entrevista con Barnes & Noble, autor al que ha homenajeado en numerosas oportunidades a lo largo de su obra con referencias de todo tipo.

4. Prohibió uno de sus propios libros

En 1965, Stephen King escribió una de sus primeras novelas titulada Rage (Rabia). La misma fue publicada en 1977 bajo el pseudónimo de Richard Bachman. La historia gira en torno a un estudiante problemático que secuestra a los estudiantes de su escuela a punta de pistola. 

A finales de los 80, el libro se vio asociado a una serie de tiroteos que tuvieron lugar en escuelas de Estados Unidos, por lo que el autor hizo que lo quitaran de las imprentas.

Aunque King ha declarado que posee armas, en muchas ocasiones se ha manifestado a favor del control de las mismas. En 2013 publicó un ensayo de más de 25 páginas titulado «Armas». «Se necesitó más de una novela para que los tiradores hicieran lo que hicieron… Mi libro no los rompió ni los convirtió en asesinos; encontraron algo en mi libro que les habló porque ya estaban rotos. Sin embargo, vi a Rage como un posible acelerador, por lo que lo saqué de la venta», reflexionó.

5. Formó parte de una banda con otros famosos escritores

Stephen ha declarado ser un gran fanático de la música y es que entre 1992 hasta el 2012 formó parte de la banda The Rock Bottom Remainders. El conjunto musical estaba conformado por Matt Groening, Amy Tan, Mitch Albom, Dave Barry, Ridley Pearson y Barbara Kingsolver. Además es dueño de una estación de radio junto a su esposa Tabitha.

6. Cuenta con una impresionante colección de libros

Además de ser un gran escritor, Stephen King es un ávido lector. En su biblioteca personal alberga más de 17 mil libros, y asegura haber leído la mayoría de ellos. «Si no tienes tiempo para leer, no tienes el tiempo (o las herramientas) para escribir. Así de simple», escribió en sus memorias.

7. Sus mayores miedos

Aunque es el artífice de algunos de nuestros mayores de miedos, el propio maestro del terror tiene algunas situaciones que le generan temor. Una de las cosas que le ponen los pelos de punta a King es el número 13. «Cuando escribo, nunca dejo de trabajar si el número de página es 13 o un múltiplo de 13; sigo escribiendo hasta llegar a un número seguro», escribió en una oportunidad.

Otra de las cosas que aterroriza a Stephen es volar en avión. Cuando le toca emprender giras para promocionar sus libros lo hace en motocicleta o por algún otro medio de transporte. «Viajo en avión cuando tengo que hacerlo, viajo en automóvil cuando puedo», confesó en una entrevista con The New York Times. «La diferencia es que si tu auto se descompone, te detienes en el carril de averías. Si estás a 40,000 pies y tu avión tiene problemas, mueres. Me siento más en control cuando conduzco que cuando vuelo. Esperas que el piloto no tenga una embolia cerebral y muera en los controles».

A STEPHEN SOLO LE GUSTA VOLAR CON SU IMAGINACIÓN 

8. Uno de los autores más ricos del mundo

Stephen King es uno de los autores más exitosos del mundo entero. En 2022 se estima que su fortuna llega a los 500 millones de dólares. Sus libros han vendido más de 350 millones de copias a nivel mundial, además, como ya se mencionó al comienzo, muchas han sido llevadas a la pantalla.

Imagen de portada: Stephen King

FUENTE RESPONSABLE: Qué ver. Por Magela Muzio. 21 de septiembre 2022.

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