El gas usado para “desinfectar” a mexicanos en EE.UU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi. FINAL.

“¿Sabe qué es la vergüenza?”

Cuando inicia el programa Bracero en 1942 ya estaba extendido el uso de diferentes químicos como el kerosén en centros de inspección fronterizos.

Aunque el gobierno de EE.UU. alabó a los mexicanos que se enlistan como “soldados de la producción” y de la tierra en ese tiempo, con los años surgieron cientos de testimonios de trabajadores que señalaron sus experiencias como vergonzosas y humillantes.

La historiadora Mireya Loza recuerda en conversación con BBC Mundo que la imagen del trabajador rociado con DDT en la cara era la que más afectaba a los antiguos participantes del programa con los que habló.

“Muchos decían que sentían los efectos del DDT en los ojos, que tenían reacciones alérgicas en la piel y entendieron que no era un tratamiento humano”, dice la profesora de la Universidad de Georgetown.

Un grupo de trabajadores del programa Bracero alzan los brazos y están alineados contra la pared mientras son inspeccionados en una habitación del Centro de Procesamiento en Monterrey, México.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Los trabajadores eran inspeccionados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, en un centro de procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

La académica inició su investigación entrevistando a decenas de braceros para un proyecto llamado Bracero History Archive (Archivo Histórico de los Braceros), impulsado por el Museo Nacional de Historia estadounidense Smithsonian.

“Muchos de estos trabajadores dijeron haber sentido algo feo porque era la primera vez que eran desnudados públicamente y frente a varias personas. Para ellos era un shock tremendo estar ahí y que los doctores les hicieran abrir las pompis, la boca; todo revisaban”, describe.

Los trabajadores eran generalmente inspeccionados en sedes administradas por Estados Unidos dentro de México y en ciudades fronterizas como Hidalgo, en Texas.

Además de las fumigaciones, los vacunaban contra la viruela, les hacían exámenes de sangre y de rayos X y les revisaban las manos en busca de callos que demostraran que tenían experiencia en el campo.

Un bracero es vacunado mientras otros esperan en la fila en el Centro de Procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

FUENTE DE LA IMAGEN –  CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Los trabajadores también eran vacunados contra la viruela.

Un funcionario de gobierno revisa las manos de un aspirante al programa Bracero.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Era común que las manos de los trabajadores fueran revisadas en busca de callos como prueba de que ya trabajaban la tierra.

José Silva, un campesino oriundo de Michoacán que empezó a trabajar desde los 6 años, describió en 2005 con cierto enfado la experiencia que vivió mientras fue bracero durante una entrevista disponible en el Archivo Bracero:

“Por una parte sí fue un buen programa (…) No tuve problema, me ayudé económicamente. 

Lo que no me gustaba era que nos fumigaron. Sentí vergüenza. ¿Sabe qué es la vergüenza? Todos formados así, sin ropa, y salíamos así caminando y allá en la puerta estaba el hombre con el fumigador. Muy mal. No éramos animales, éramos cristianos, ¿por qué nos fumigaban?”.

Víctor Martínez Alemán, originario de Tlaquiltenango, en Morelos, se enlistó en el programa en 1956 y trabajó en California:

“Nos pasaron, encuerados, delante de todas las muchachas, ya no más nos tocábamos acá pero encuerados para pasar donde nos iban a fumigar, bien fumigados así y todo… 

A nosotros nos daba vergüenza porque teníamos que pasar como con 20 mujeres (…) Eran todas secretarías. Y con manos atrás, nada de taparse, nada… Nos quería hasta pegar (…) Nunca había pasado esas penas pero como yo lo que quería era llegar a Estados Unidos para hacer algo…”.

“Injusticias y abusos”

A través del Archivo Bracero, el gobierno de EE.UU., mediante el Museo Nacional de Historia y diferentes instituciones académicas, reconocen que los trabajadores fueron sometidos a una serie de “injusticias y abusos”.

“Muchos se enfrentaron a alojamiento deficiente, discriminación e incumplimiento de contratos, incluso fueron estafados al recibir sus salarios”, indica el sitio web.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

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Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Pese a estas investigaciones, ningún presidente o autoridad de alto cargo a nivel nacional en EE.UU. ha ofrecido disculpas públicas ni reparaciones por los efectos negativos que desencadenó el programa, indica la historiadora Mireya Loza.

Tampoco existe una investigación exhaustiva sobre el impacto de pesticidas, incluido el DDT, en la salud de millones de braceros que fueron fumigados.

Aunque el programa culminó hace casi seis décadas, aún queda una generación que vive para contarlo.

Carlos Marentes, activista por los derechos de los campesinos en El Paso, recogió también cientos de testimonios y denuncias de abusos laborales, y las fumigaciones sobresalía entre los recuerdos más amargos de los trabajadores.

“Naturalmente existía un miedo de que trajeran enfermedades contagiosas, pero eso conlleva a una estigmatización”, dice a BBC Mundo.

Para Marentes, el programa Bracero fue un ejemplo claro de “la contradicción en la política de inmigración” de Estados Unidos.

“Por una parte sabemos que los necesitamos (a los inmigrantes), para que hagan todo lo que no podemos o no queremos hacer, pero por otra parte nos han metido en la cabeza que hay que tenerles miedo”, sentencia.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Foto de portada

La escena que capturó esta foto de 1956 ha sido descrita como “un momento atroz”.

FUENTE:

  • Patricia Sulbarán Lovera

El gas usado para “desinfectar” a mexicanos en EE.UU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi. Parte I.

Muchos no sabían qué les estaban rociando, pero era tan extendido su uso que le apodaron “el polvo”.

La fotografía que abre esta nota es especialmente destacada por historiadores en Estados Unidos y algunos describen la escena capturada como “un momento atroz”.

En ella un funcionario enmascarado fumiga la cara de un joven mexicano desnudo con el pesticida DDT en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas, mientras que otros esperan en fila detrás mientras sujetan sus pertenencias.

La tomó el neoyorquino Leonard Nadel en 1956 mientras documentaba el programa Bracero, bajo el que al menos 4 millones de mexicanos migraron temporalmente a Estados Unidos para trabajar entre 1942 y 1964.

El esquema fue inicialmente establecido para compensar la ausencia de trabajadores estadounidenses debido al reclutamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial.

GETTY IMAGES

Millones de mexicanos campesinos y obreros participaron en el programa Bracero en Estados Unidos.

El DDT se empleó hasta mediados de los 60 en los inmigrantes para prevenir la propagación de malaria y tifus y su uso fue posteriormente prohibido en EE.UU. en 1972.

Hoy en día está clasificado por el gobierno de ese país y autoridades internacionales como un “probable carcinógeno humano”.

Pero este no fue el único pesticida empleado para “desinfectar” a inmigrantes mexicanos en la frontera entre México y EE.UU. por décadas.

Años antes de la implementación del programa Bracero, otro insecticida fue utilizado en centros de recepción de visitantes y pasaría a servir como ejemplo a funcionarios del nazismo en Alemania.

Zyklon B

David Dorado Romo, historiador y cronista de El Paso y Ciudad Juárez, dio con un artículo en una revista científica alemana de 1937 que lo dejó atónito.

El escrito incluía dos fotografías de “cámaras de despiojado” en El Paso, Texas.

Su autor, el químico alemán Gerhard Peters, destacaba las imágenes para ilustrar “la efectividad del Zyklon B (un pesticida a base de cianuro) como un agente para matar plagas indeseables”, escribe Romo en su libro Ringside Seat to a Revolution (“Asiento en primera fila a una revolución”).

“Peters se convirtió en el director de operaciones de Degesch, una de las dos firmas que adquirió la patente del Zyklon B en 1940 para producirlo masivamente”, describe.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron el gas en dosis concentradas para matar a millones de judíos.

Un funcionario fronterizo estadounidense les habla a un grupo de refugiados mexicanos en el Puente Internacional de El Paso, en Texas. Año 1916.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Las inspecciones y requerimientos en la frontera entre EE.UU. y México en El Paso se endurecieron a partir de 1916.

Aunque en El Paso no se utilizó para el mismo fin, ya se estaba empleando desde 1929 por funcionarios fronterizos para fumigar la ropa y los zapatos de inmigrantes mexicanos en el Puente Internacional Santa Fe, que conecta esa ciudad con Ciudad Juárez.

Las inspecciones se habían iniciado formalmente en 1917, amplía el historiador, cuando las autoridades estadounidenses empezaron a imponer restricciones sobre los cruces fronterizos en sectores como El Paso.

El alcalde de la ciudad en esa época, Tom Lea, se refería a los mexicanos como “sucios piojosos indigentes” que “sin duda, van a traer y propagar el tifus”.

Pero entre 1915 y 1917, menos de 10 residentes de El Paso habían muerto del tifus epidémico, recogió Romo en su libro.

Aún así, los mexicanos considerados de “segunda clase” eran sometidos a exhaustivos chequeos que incluían duchas con agua caliente y revisiones de los migrantes desnudos. A los que le encontraban piojos, “les rapaban la cabeza y les afeitaban todo el cuerpo”, señala Romo a BBC Mundo.

Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Tan solo en 1917, al menos 120.000 personas fueron examinadas en el centro de El Paso.

Romo y otros historiadores hablan de un contexto en el que las ideas eugenésicas cobraban fuerza y se manifestaban a través de nociones discriminatorias y racistas.

“No hay que comparar peras con manzanas, pero el Holocausto no fue un hecho aislado y la frontera entre EE.UU. y México sirvió como un centro de experimentación importante de esas ideas”, advierte Romo.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Foto de portada

La escena que capturó esta foto de 1956 ha sido descrita como “un momento atroz”.

FUENTE:

  • Patricia Sulbarán Lovera
  • Corresponsal de BBC News Mundo en Los Ángeles

INTERNACIONAL – EXTERMINIO EN XINJIANG – CHINA

El crudo relato de una sobreviviente de los campos de concentración modernos en China

A cuatro años de la traumática experiencia que marcó su vida para siempre, Sayragul Sauytbay (44) revela los oscuros secretos e intenciones detrás uno de los más temidos “centros de formación profesional” en toda Asia.

Sayragul Sauytbay (44) reside en Suecia tras haber escapado del “mayor encarcelamiento sistemático de un grupo étnico desde el Tercer Reich” | AFP

La sobreviviente de uno de los campos de concentración modernos de China reveló las golpizas, violaciones y “desapariciones” que experimentó detrás del alambre de púas. Sayragul Sauytbay, parte de la minoría étnica kazaja, contó las atrocidades que debió ver.

Oriunda del este de Turkestán, Kazajistán, la vida de esta médica y madre de dos pequeños tomaría un rumbo drástico en 2017, tras ser enviada a una instalación de confinamiento china para enseñar a prisioneros, en uno de los 1.200 gulags en la región.

Se estima que los campos de internamiento de lo que ahora se conoce como la ciudad de Xinjiang albergan a tres millones de kazajos y uigures que son sometidos a todo tipo de experimentos médicos, torturas y violaciones, antes desconocidas.

Además de ser médica, Sayragul Sauytbay ofrecía sus servicios como maestra en una escuela. El establecimiento educativo fue construido por su padre, especialmente para niños de la minoría étnica kazaja.


Observadores internacionales apuntan a un intento de exterminio de minorías étnicas.

Sin embargo, China indica que los campamentos son nada más y nada menos que “centros de formación profesional” y los residentes están allí por su propia voluntad.


Previo a ingresar al establecimiento carcelario, Sauytbay fue literalmente obligada a firmar su propia sentencia de muerte, aceptando que enfrentaría la pena de muerte si revelaba lo que sucedió en la prisión o rompía alguna regla allí dentro.

Una vez establecido el acuerdo, fue puesta a trabajar con el objetivo de “reeducar” a los presos en el idioma, la cultura y la política chinas. La primera imagen con la que se topó fue la de hombres y mujeres con la cabeza afeitada y que apestaban a orina y heces.

La mujer de ahora 44 años se despidió de uno de sus dos hijos, Ulagat, antes de partir al campo de concentración localizado en la ciudad china de Xinjiang.


Torturas y reeducación maoista: cómo funcionan los campos de concentración de China.
A medida que se familiarizaba con las instalaciones, las condiciones de hacinamiento se hacían a sus ojos cada vez más inhumanas. Con el tiempo, comenzaría a ser testigo de innumerables y sangrientos casos de extracción de órganos.

Entre una de las tantas historias que esos muros guardan, presenció como a una mujer de 84 años le arrancan las uñas por una presunta llamada internacional, la cual nunca existió. Aun así, el límite de la morbosidad estaba muy lejos todavía de encontrarse.

Llegaron los abusos. Fue obligada a presenciar como guardias violaban a una joven de no más de 20 años por haber enviado mensajes de texto a un amigo musulmán. Durante su internamiento, Sauytbay también obtuvo acceso a información clasificada.

Durante su estadía en aquel “centros de formación profesional”, encontró documentos prohibidos que mencionaban planes para exterminar etnias, anexar países vecinos y conquistar Europa.

Entre los secretos de estado que leyó y que podía distinguir fácilmente por que contenían el el sello “Documentos clasificados de Beijing”, pudo encontrar el verdadero propósito escondido de los campamentos de Xinjiang, descripto en un plan de tres pasos:

Paso uno (2014-2015): “Asimilar a los que están dispuestos en Xinjiang y eliminar a los que no lo están”
Paso dos (2025-2035): ‘Una vez que se complete la asimilación dentro de China, anexaran los países vecinos’.
Paso tres (2035-2055): “Después de la realización del sueño chino, llega la ocupación de Europa”.
Su paso por el “infierno” finalizaría en marzo de 2018. La kazaja no dudaría en volver a su país natal para reunirse su esposo e hijos antes de huir a Suecia. “El mayor encarcelamiento sistemático de un grupo étnico desde el Tercer Reich”, lo llamó.

Con 44 años, se encuentra físicamente rota y tiene pesadillas recurrentes sobre su tiempo en el gulag. En las noches, escucha los desgarradores gritos de prisioneros que, al ser torturados, suplicaban: “Sálvanos, por favor. Sálvanos”.

Luego de haber sufrido tan traumática experiencia, plasmó lo vivido en “The Chief Witness: Escape From Modern-Day Concentration Camps” (El Testigo Principal: Escape De Un Campo De Concentración Moderno), escrito junto a la periodista Alexandra Cavelius.

Sustracción de órganos humanos

“El Testigo Principal: Escape De Un Campo De Concentración Moderno”, libro escrito por Sayragul Sauytbay y Alexandra Cavelius, detalla el calvario que debió transitar la kazaja.


Entre las tantas atrocidades vislumbradas durante su estadía en dicho campo de concentración, Sauytbay dedicó uno de los primeros capítulos de su libro a la venta de órganos. Reclusos sanos eran marcados con una cruz y se los trataba diferente.

Dicho tratamiento diferencial intrigó a la médica que, poco tiempo después, dio cuenta de que estos prisioneros “seleccionados” desparecían de sus celdas a altas horas de la noche, arrastrados por los guardias a través de los pasillos del establecimiento.


Tras leer sus expedientes, también marcados con una X de color rojo, obtuvo la respuesta que tanto buscaba: los órganos de estas pobres personas eran sustraídos y luego vendidos a clínicas de Turkestán, siendo un producto codiciado por ciudadanos árabes.

“Crudos gritos de un animal moribundo”


“Sonaban como los crudos gritos de un animal moribundo”, admitió. Así describe los desgarradores llamados de ayuda de cientos de prisioneros dentro del gulag.

Tras concluir con su exposición sobre la venta de órganos, procede a describir las terroríficas horas de guardia a las que era sometida, estando la luna como único testigo y compañía. Gritos como los que escuchó aquellas solitarias noches son casi irreproducibles.

Después de dos o tres días en el campamento, sus oídos percibieron los primeros desgarradores alaridos, resonantes en todo el enorme salón y filtrándose en cada poro de su cuerpo. El vértigo subía lentamente por sus piernas mientras su cuerpo se helaba.

“Nunca había escuchado algo así en toda mi vida, gritos como ese no son algo que se olvide. En el momento en que los escuche, sabía qué tipo de agonía está experimentando esa persona. Sonaban como los crudos gritos de un animal moribundo”, expreso.

Desapareciendo a los muertos

Hasta el día de hoy, familiares de reclusos cuyo paradero es todavía desconocido piden justicia. Algunos de ellos sin saber si realmente su pariente murió o continúa con vida dentro del campo de exterminio.


Siendo otro día en el “infierno”, y mientras oficiaba de médica leyendo expedientes clínicos y perfiles psicológicos de prisioneros, encontró un misterioso documento rotulado Instrucción 21. Su curiosidad le impidió volver a dejarlo donde lo había visto.

“Todos los que mueran en el campo deben desaparecer sin dejar rastro”, podía leerse. Asimismo, indicaba que los signos de tortura en los cuerpos debían ser irrastreables y que en caso de fallecer un recluso, su pérdida debía mantenerse en absoluto secreto.

Cualquier evidencia, prueba o documentación sería entonces destruida de inmediato. Miembros de la familia del difunto eran, en el menor de los casos, engañados con vagas excusas sobre la defunción del ser querido. Al resto, ni siquiera se les informaba.

“La habitación negra”, una cámara de tortura

Sauytbay no podía hacer más que mirar con piedad a los reclusos inconscientes, mientras eran arrastrados de las muñecas por los pasillos de la prisión. Se los llevaba a una infame habitación de tortura.

Durante su rutina como “maestra”, Sauytbay notaba como varios de sus “alumnos” gemían y se rascaban hasta sangrar. No sabía decir si estaban realmente enfermos o se habían vuelto locos. Incluso llegaba a desmayarse, desplomándose sobre sus sillas.

Cuando esto sucedía, los guardias llamaban a sus colegas, quienes entraban apresuradamente, agarraban a la persona inconsciente por ambos brazos y se la llevaban como un pedazo de carne, arrastrándola mientras sus pies rozaban el suelo.

Aquellos “desgraciados” tenían la mala dicha de ser llevados a la infame “habitación negra”. Allí, los prisioneros eran atados por las muñecas y los tobillos, amarrados a sillas que tenían clavos que sobresalían de los asientos y torturados por horas.

Extracción de uñas en manos y pies.


Uno de las tantas ilustraciones de la médica en las que intenta graficar las cruentas escenas de tortura que ocurrieron delante de sus ojos. Encadenados e indefensos, los presos eran puestos a prueba.


Continua ampliando la horrida descripción del lugar, incluyendo mesas repletas de todo tipo de herramientas y dispositivos de tortura. Entre ellos, garrotes policiales, varillas de hierro e incluso armas e implementos que parecían sacadas de la Edad Media.

Sin embargo, nada podía compararse con aquel instrumento utilizado en manos y pies, para extraer uñas. El grotesco piso estaba rodeada de ellas, complementándose a la perfección con la sangre de los reclusos. Hubiese esperado que fuese todo pero no.

A un lado de la habitación, como trofeos, una hilera de sillas diseñadas con diferentes propósitos. La madre de 44 años estaba segura de que no saldría con vida de allí y menos después de haber visto lo que vio. Hoy difunde su cruda historia desde Suecia.

Fuente: Editorial Perfil
JFG

Derechos de la mujer.

Delphine O: 

“A un año de la pandemia la situación de las mujeres sigue siendo crítica”

Hablamos con la embajadora francesa de los derechos de las mujeres de cara a la realización del Foro Generación Igualdad (el evento feminista mundial más grande del mundo) que se realizará en junio en París.



Del 30 de junio al 2 julio, Francia acogerá en París el Foro Generación Igualdad. Iniciado por ONU Mujeres y co-presidido por Francia y México, el evento será la reunión feminista mundial más importante desde 1995: Jefes de Estado, la sociedad civil y el sector privado se reunirán para poner en marcha una serie de acciones concretas para hacer progresar la igualdad entre mujeres y hombres en todo el mundo durante los próximos cinco años. Entrevistamos a la Secretaria General del Foro Generación Igualdad, la Embajadora francesa de los derechos de las mujeres Delphine O.

En la Conferencia Mundial de la ONU sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, Hillary Clinton pronunció la célebre frase: “Los derechos de las mujeres son derechos humanos”. Adoptadas por 189 Estados, la Declaración y la Plataforma de Acción de Pekín constituyen aún hoy los textos internacionales de referencia más ambiciosos para el avance de los derechos de las mujeres. “Ha pasado un cuarto de siglo desde que la comunidad internacional se reunió por última vez para comprometerse con el avance de la igualdad entre mujeres y hombres en el mundo”, señala la Embajadora Delphine O. “Tras un aplazamiento de un año debido a la pandemia mundial, ya es tiempo de que todas los actores implicados se reúnan en París, en un contexto de creciente conservadurismo”.

“LA LUCHA DE LAS MUJERES ARGENTINAS POR LA LEGALIZACIÓN DEL ABORTO ES UN MODELO DE MOVILIZACIÓN PARA TODO EL MUNDO Y EL MOVIMIENTO DEL PAÑUELO VERDE SE HA CONVERTIDO EN UN REFERENTE EN TODOS LOS CONTINENTES”.

Si bien se ha avanzado en los últimos veinticinco años, el contexto político de muchos países y la crisis de Covid-19 exacerbaron las desigualdades de género existentes. “Sabemos que la crisis de covid-19 ha afectado de forma desproporcionada a las mujeres que han estado en la primera línea de la lucha contra la pandemia. 

Es más urgente y necesario que nunca actuar colectivamente”, advierte Delphine O. 

Un año después del inicio de la pandemia, la situación de las mujeres es realmente alarmante: la crisis ha golpeado con mayor dureza a los sectores de actividad en los que son mayoritarias, como el de los cuidados, y ha restringido su acceso a la atención médica especialmente a la sexual y reproductiva. Según la ONU, este año podrían producirse 7 millones más de embarazos no deseados si no hay acceso a medidas de planificación familiar. 

Delphine 0

 FUENTE: EDITORIAL PERFIL – Sociedad – Marie Claire