El carro que siempre señala el sur, usado en la antigua China para orientarse sin magnetismo.

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}El primero conocido y documentado de forma fiable es el construido por el ingeniero Ma Jun, que vivió entre los años 200 y 265 d.C. durante la era de los Tres Reinos, en el reino de Wei. A él se le atribuye por tanto su invención, así como la del telar de seda.

Utilizaba un sistema de brújula direccional que no tenía función magnética, sino que funcionaba mediante el uso de engranajes diferenciales (que aplican la misma cantidad de par a las ruedas motrices que giran a diferentes velocidades), ya que la brújula de aguja magnética no se descubriría hasta más de siete siglos más tarde.

Al comienzo del viaje el puntero se orientaba manualmente hacia el sur, y luego cada vez que el carro giraba el sistema de engranajes se encargaba de mantenerlo correctamente orientado con respecto al cuerpo del carro, para contrarrestar el giro, y que siguiera apuntando en una dirección constante al sur. Así, el mecanismo realizaba una especie de navegación por estima direccional, aunque propenso a errores e incertidumbres acumulativas.

La figura apuntadora estaba conectada, probablemente mediante engranajes intermedios, a un eje que giraba a una velocidad proporcional a la diferencia entre las velocidades de rotación de las ruedas. Cuando el carro se movía en línea recta las dos ruedas giraban a igual velocidad y por tanto el puntero no se movía. Cuando el carro giraba las ruedas giraban a diferentes velocidades y el diferencial hacía girar el puntero, compensando el giro del carro.

Modelo de carro expuesto en Dubai | foto Nemravik en Wikimedia Commons

En los últimos períodos dinásticos medievales el carro que indicaba el sur de Ma Jun se combinó, en un solo dispositivo, con el odómetro que medía las distancias. Según las fuentes chinas parece que los carros se utilizaron, de forma intermitente, por los menos hasta el año 1300.

Algunos textos sugieren que la invención del dispositivo es mucho más antigua. El Libro de Song, una historia de la dinastía Liu Song (la primera de las Dinastías del Sur en China) escrita por Shen Yue entre los años 502 y 577 d.C. dice que el carro que indica el sur fue construido por primera vez por el duque Zhou (a principios del primer milenio a.C.) como medio para conducir a casa a ciertos enviados que habían llegado desde una gran distancia más allá de las fronteras. El país que había que atravesar era una llanura sin límites, en la que la gente perdía la orientación hacia el este y el oeste, por lo que (el duque) hizo construir este vehículo para que los embajadores pudieran distinguir el norte y el sur. Shen Yue, Libro de Song

Los engranajes del modelo expuesto en Taiwan | foto SSR2000 en Wikimedia Commons

Según este texto, Ma Jun se habría limitado a construir un nuevo ejemplar, ya que todos los anteriores se habían perdido, ante la incredulidad de algunos eruditos que afirmaban que tal artefacto nunca pudo haber existido:

En el Estado de Wei, (en el período de San Guo) Gaotong Long y Qin Lang eran famosos eruditos; disputaron sobre el carro que apuntaba al sur ante la corte, diciendo que no existía y que la historia era un sinsentido. Pero durante el periodo Qing Long (233-237) el emperador Ming Di encargó al erudito Ma Jun que construyera uno, y lo consiguió. Este se perdió de nuevo durante los problemas que acompañaron al establecimiento de la dinastía Jin

Shen Yue, Libro de Song

Modelo expuesto en Japón | foto Gnsin en Wikimedia Commons

No obstante parece que todos estos carros no funcionaban demasiado bien (probablemente solo en trayectos cortos), por lo que durante los viajes los engranajes debían ser ajustados en numerosas ocasiones. Hasta que a finales del siglo V d.C. un ingeniero llamado Zi Zu Chongzhi parece que consiguió fabricar uno, tan bueno, que aunque tomó numerosas curvas y cambió en múltiples ocasiones de dirección, nunca dejó de apuntar al sur.

Así, hacia el final del período del reinado Sheng-Ming (477-479), el emperador Shun Di, durante el mandato del príncipe de Qi, encargó a Zi Zu Chongzhi la fabricación de uno, y cuando estuvo terminado fue probado por Wang Seng-qian, gobernador militar de Tanyang, y Liu Hsiu, presidente de la Junta de Censores. El trabajo era excelente, y aunque el carro se torció y giró en cien direcciones, la mano nunca dejó de apuntar al sur. Bajo los Jin, además, también había habido un barco que apuntaba al sur.

Shen Yue, Libro de Song

Carro que señala el sur, expuesto en Pekín | foto Gary Todd en Flickr

En cualquier caso, la curvatura de la superficie de la Tierra habría hecho bastante imprecisos estos artefactos. Si lo trayectos fueran cortos las discrepancias serían pequeñas y sin importancia, pero en trayectos largos habrían funcionado como una brújula muy imperfecta.

Si realmente existieron carros que señalaban el sur y que funcionaban con engranajes diferenciales, se habrían adelantado muchos siglos al primer engranaje diferencial del que se tiene constancia, creado por Joseph Williamson para corregir la ecuación del tiempo de un reloj que mostraba la hora media local y la hora solar. No obstante, es posible que el mecanismo de Anticitera también usase engranajes diferenciales.

No se conserva ningún carro histórico de este tipo, pero se pueden ver réplicas más o menos fieles a los originales en el Museo de Historia de Pekín y el Museo del Palacio Nacional de Taipei (Taiwan). Además el Centro de Ciencias de Ontario en Toronto (Canadá) expone dos réplicas funcionales. Y hay ejemplos en otros lugares como Dubai y Japón.

Imagen de portada: Modelo conjetural, construido por George H. Lanchester, de un «carro que apunta al sur» chino, accionado por un engranaje diferencial (1950) | foto Science Museum Group.

FUENTE RESPONSABLE: LBV Magazine Cultural Independiente.Por Guillermo Caravajal. 28 de junio 2022. Información M. Santander , The Chinese South‐Seeking chariot: A simple mechanical device for visualizing curvature and parallel transport, American Journal of Physics 60, 782-787 (1992) doi.org/10.1119/1.17059 | South Pointing Chariots | Hong-Sen Yan, Reconstruction Designs of Lost Ancient Chinese Machinery | Hong-Sen Yan, Marco Ceccarelli, eds., International Symposium on History of Machines and Mechanisms | Wikipedia.

China/Antiguedad/Artefactos/Edad Media/Ingeniería/Mecánica / Orientación.

Pedro el cruel, el terror de la nobleza.

Frío y vengativo, Pedro I de Castilla persiguió con saña a quienes amenazaban su poder, pero su hermano bastardo, Enrique de Trastámara, lo mató con sus propias manos en Montiel.

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Pedro I de Castilla murió en 1369, en uno de los episodios más dramáticos de la historia de la España medieval: asesinado en la tienda de un campamento militar por su propio hermano, Enrique, que se alzó así con el trono de Castilla al término de una cruenta guerra civil. Pero Enrique de Trastámara no sólo acabó con la vida de su rival; también lo condenó ante la historia. Para justificar la muerte violenta del rey, se dijo que don Pedro había sido un tirano y se ordenó escribir una crónica en la que aparece como un personaje vengativo, avaricioso y hasta paranoico. Así nació la imagen de Pedro «el Cruel». Quienes, por el contrario, piensan que el autor de la crónica mintió o manipuló la verdad, que don Pedro defendió a los débiles y castigó a los nobles y que fue un buen monarca traicionado por los suyos, se refieren a este soberano como «el Justiciero».

Foto: Oronoz / Album

Pedro I subió al trono en 1350, con tan sólo 15 años, después de que su padre Alfonso XI muriese en el cerco de Algeciras debido a la Peste Negra. 

Al principio mostró poco interés por la política y prefería salir al campo para cazar con sus halcones. Permitió así que un aristócrata de origen portugués, Juan Alfonso de Alburquerque, se hiciera con el control del reino. Alburquerque combatió y ejecutó a gran parte de sus enemigos, utilizando al rey como una marioneta que firmaba las sentencias.

Con todo, la principal amenaza para don Pedro eran sus hermanos bastardos, los hijos de Alfonso XI y su amante Leonor de Guzmán, siete en total; el primogénito era Enrique, conde de Trastámara y un año mayor que don Pedro.

En vida de su padre habían gozado de grandes privilegios en la corte, pero tras la muerte de aquél cambió su situación. Leonor de Guzmán, víctima de los celos de la reina viuda, María de Portugal, fue apresada y asesinada.

Enrique de Trastámara se convirtió en enemigo abierto del monarca, y desde sus posesiones en Asturias encabezaba rebeliones constantes.

En el verano de 1352, don Pedro hubo de marchar al norte para combatir un levantamiento de su hermano, pero en el camino se enamoró de una doncella llamada María de Padilla, a la que hizo su amante.

LAS BODAS DE VALLADOLID

Alburquerque había prometido al rey con una sobrina del rey de Francia, Blanca de Borbón, que llegó a Castilla en febrero de 1353, poco antes de que naciese la primera de las hijas de don Pedro y María de Padilla. El matrimonio se celebró en Valladolid, pero pasados algunos días don Pedro salió de la villa para reunirse con su amante. Nunca más volvió a ver a doña Blanca.

Fue el Castillo de Sigüenza en el que fue encerrada Blanca de Borbón, esposa de Pedro I, quien la haría asesinar más tarde en Andalucía.

Foto: Miguel Raurich / Album

La principal amenaza para don Pedro eran sus hermanos bastardos, los hijos de Alfonso XI y su amante Leonor de Guzmán.

En los meses anteriores al enlace, el monarca había comenzado a cambiar de actitud respecto a su madre, a Alburquerque y, en general, a todos aquellos que lo habían controlado. 

Sus nuevos amigos y consejeros eran los parientes de María de Padilla; especialmente el tío de ésta, Juan Fernández de Henestrosa. Los nobles, furiosos por sentirse apartados del rey, se rebelaron y exigieron al monarca que se alejase de sus nuevos privados y que regresase con su esposa para dar a Castilla un heredero legítimo.

Tratando de acallar estas protestas, el rey se casó con una noble llamada Juana de Castro, después de que algunos clérigos anularan su anterior matrimonio; pero también la abandonó al día siguiente de la boda, al descubrir las intrigas de los hermanos de su nueva esposa. 

Alburquerque, por su parte, se alió con los hermanos bastardos del monarca, pero murió pronto, se dijo que envenenado; durante su agonía hizo prometer a sus aliados que su cadáver les acompañaría hasta haber reducido a don Pedro. 

Tras varios meses de tensiones y enfrentamientos, el rey fue retenido en Toro, acusado de no saber gobernar, y el ataúd de Alburquerque fue sepultado. El monarca empleó su astucia para dividir a sus captores y consiguió escapar, pero la afrenta se le quedó grabada en la memoria.

En 1356, el rey se encontraba en Sanlúcar de Barrameda cuando apareció ante sus ojos un barco aragonés que se dirigía a Francia y que atacó a unos navíos de Piacenza atracados allí. Don Pedro persiguió al barco pero, viendo que no podía atraparlo, regresó e hizo apresar a todos los comerciantes catalanes residentes en Sevilla y confiscar sus bienes. Como el rey Pedro IV de Aragón se negó a disculparse por el ataque, le declaró la guerra.

GUERRAS Y REVUELTAS

El conflicto con el Reino de Aragón, que se prolongó diez años, se mezcló con las disputas internas en el reino de Castilla. Enrique de Trastámara huyó a Francia y, convertido en mercenario, se unió al rey aragonés; en cambio, sus hermanos y la mayor parte de los nobles lucharon del lado de don Pedro. Algunos le fueron fieles hasta el fin; pero otros muchos le traicionaron y eso llevó al rey a ordenar numerosos castigos y escarmientos. Ejecutar a los traidores era una práctica común en la época medieval; lo que se recriminó a don Pedro fue el carácter frío e implacable de sus castigos.

Algunos le fueron fieles hasta el fin; pero otros muchos le traicionaron.

En 1358 Fadrique, uno de los medio hermanos del rey, acudió al Alcázar de Sevilla para presentarle sus respetos cuando los ballesteros lo desarmaron y lo asesinaron, golpeándolo con una maza. Minutos más tarde, y dando muestras de una terrible sangre fría, el monarca se puso a comer en la misma sala en la que aún yacía el cadáver. A continuación, el rey envió a sus esbirros a Bilbao en busca de su primo don Juan, el infante de Aragón, que fue abatido a golpes de maza; su cuerpo fue arrojado por una ventana.

Salón de embajadores, perteneciente al palacio mudéjar que Pedro I hizo construir en los Reales Alcázares de Sevilla.

Foto: Massimo Borchi / Cordon Press

La lista de víctimas de la ira regia en los años siguientes es muy larga. Blanca de Borbón fue apresada y ejecutada; Gutier Fernández de Toledo,uno de los hombres de confianza del rey, le escribió una dramática carta antes de ser ejecutado; Samuel Leví, tesorero real judío, fue torturado para que confesase dónde había escondido lo que en teoría había robado a la Corona… El rey Bermejo, que había usurpado el trono nazarí de Granada, se presentó ante don Pedro en Sevilla cargado de joyas para ganarse su favor, pero éste, tras aceptar el presente, hizo que lo atasen a una mula y lo arrastrasen hasta matarle.

LA ENCERRONA DE MONTIEL

En este clima de sospechas y terror, Enrique de Trastámara creyó que había llegado su oportunidad. Acompañado por mercenarios franceses, entró en Castilla, se autoproclamó rey y se ganó el apoyo de muchos nobles castellanos que estaban descontentos con el gobierno de don Pedro. De esta forma, obligó a huir al soberano, que marchó por mar hasta las posesiones del rey de Inglaterra en Gascuña, al sur de Francia.

En un clima de sospechas y terror, Enrique de Trastámara creyó que había llegado su oportunidad.

La batalla de Nájera, de 1367, en una miniatura del siglo XIV. Enrique de Trastámara y los franceses luchan contra Pedro el Cruel y tropas inglesas.

Foto: Art Archive

Pero el rey legítimo volvió a Castilla en 1367, con las tropas del Príncipe de Gales. Los ejércitos de los dos hermanos se enfrentaron en la batalla de Nájera. Los partidarios de don Pedro eran superiores en número y contaban con los arqueros ingleses, que en la Guerra de los Cien Años habían demostrado su poderío sobre la caballería pesada. El Trastámara sufrió una terrible derrota. Acabada la batalla, don Pedro recorrió el campo buscando entre los cadáveres el de su medio hermano, pero Enrique había logrado huir.

Pasados unos meses, Enrique regresó a Castilla; al cruzar la frontera, se arrodilló, tomó entre sus manos un puñado de tierra y juró que no volvería a salir. Retomó sus apoyos y contrató mercenarios a los que prometió pagar cuando se hiciese con el trono, con lo que pudo reanudar la lucha. Sobre esta guerra civil, cruel y sangrienta como pocas, nos han llegado testimonios escasos. Los ingleses que habían acudido en ayuda de don Pedro, cansados de esperar las compensaciones prometidas, acabaron abandonando el reino, mientras que los mercenarios franceses, ante la perspectiva de un cuantioso botín, siguieron luchando. Los combates se sucedieron hasta que en marzo de 1369 Enrique de Trastámara consiguió cercar al rey en la fortaleza de Montiel.

Para conseguir el apoyo del Príncipe Negro y sus mercenarios ingleses, don Pedro debió entregarle las joyas que llevaba consigo como garantía. Una de ellas, un rubí que el monarca había recibido del rey Bermejo de Granada, adorna hoy la corona real de Inglaterra.Foto: Art Archive

Sabedor de que, militarmente, su suerte estaba echada, don Pedro entró en contacto con Bertrand du Guesclin, caballero francés que se encontraba en el campamento de Enrique de Trastámara, para que le facilitara la huida. La noche del 22 de marzo el rey se aventuró en la posada del francés, acompañado por un puñado de hombres de confianza. Pero a poco de llegar apareció don Enrique, completamente armado.

Llevaban años sin verse, y se dice que en los primeros momentos el Trastámara no le reconoció. Uno de sus aliados le dijo, señalando a don Pedro: «Catad que ese es vuestro enemigo». Enrique siguió dudando hasta que el propio rey le gritó: «Yo só, yo só». Los dos hermanos se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo. Don Pedro recibió una herida de daga en la cara, y ambos contendientes cayeron al suelo. Se cuenta que don Pedro era más fuerte y, por ello, a pesar de no llevar armadura, consiguió reducir a Enrique.

Pero entonces Bertrand du Guesclin le cogió las piernas y lo volteó diciendo «Ni quito ni pongo rey, sino ayudo a mi señor». Aprovechando esta repentina ventaja, el conde dio una puñalada mortal en el cuerpo de su enemigo y, tras ello, le cortó la cabeza. Así murió don Pedro, como había vivido: entre la sangre y la violencia.

Foto: AKG / ALBUM

Imagen de portada: Foto (Album)

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic Historia. Por Covadonga Valdaliso; Doctora en Historia.

Edad Media/Reino de Castilla/Reino de Aragón/España

Cuando los vikingos llegaron a España y a la Península Ibérica.

Los temibles guerreros de la Edad Media.

La actividad vikinga en la península Ibérica fue escasa en comparación con otros lugares de Europa, pero igualmente intensa. Por lo general se trató de incursiones esporádicas, pero bastaron para tener efectos importantes sobre el devenir de los reinos hispanos.

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Los vikingos fueron uno de los pueblos más temidos de la Edad Media. Grandes navegantes, desde sus bases en el norte de Europa realizaron incursiones por gran parte de Europa septentrional. Raramente se aventuraban más al sur de la costa francesa, pero en ocasiones atacaron también la península Ibérica y se adentraron en el Mediterráneo.

Por norma general, estos ataques tenían como único objetivo el saqueo para conseguir botín, mujeres y esclavos; y pocas veces daban lugar a asentamientos permanentes. La península sufrió cuatro oleadas de ataques vikingos en los siglos IX, X y XI.

LOS PRIMEROS ATAQUES

La primera campaña vikinga en territorio hispano tuvo lugar en el año 844 y cogió por sorpresa tanto a los reinos cristianos del norte como a los emires omeyas de Córdoba. La flota normanda partió de sus bases en Francia y atacó varias ciudades portuarias en el reino de Asturias -que englobaba todo el litoral norte de la península- antes de proseguir hacia el sur por la costa occidental hacia al-Ándalus, saqueando a su paso Lisboa y Cádiz hasta llegar a Algeciras. Llegados a ese punto, la flota dio media vuelta y remontó el Guadalquivir en dirección a Córdoba, la capital, con el objetivo de obtener un gran botín que cerrase la campaña militar.

Normandos en Inglaterra

Algunos vikingos se establecieron en el noroeste de Francia, en una región que tomaría su nombre de ellos: Normandía, la tierra de los hombres del norte. Allí adoptaron una vida sedentaria, se convirtieron al cristianismo y dieron a luz un próspero mestizaje cultural y lingüístico, pero la llama guerrera de sus antepasados nunca se extinguió del todo.Imagen: Alinari/Cordon Press

A finales de septiembre llegaron a Sevilla, donde lanzaron un feroz ataque y tomaron la ciudad en siete días. Según las fuentes andalusíes, todos los hombres adultos fueron pasados por la espada y las mujeres y los niños fueron capturados como esclavos. El emir Abderramán II reunió un gran ejército y tendió una trampa a los atacantes, usando algunas tropas como señuelo para hacerles salir de su campamento; la maniobra funcionó y el grueso de las tropas vikingas fue aniquilado. La experiencia disuadió a los hombres del norte de intentar otro ataque en tierras andalusíes durante los quince años siguientes.

LOS VIKINGOS EN EL MEDITERRÁNEO

El segundo gran ataque se produjo en el año 859, bajo el mando de uno de los líderes vikingos más temidos o admirados -según el bando- de la historia: Björn Ragnarsson, apodado Costado de Hierro porque siempre lograba salir airoso del combate sin apenas recibir heridas. En un principio, esta vez la flota limitó sus ataques a la costa -tal vez recordando la derrota sufrida en Sevilla- y recorrió todo el litoral de la península hasta llegar a las islas Baleares. Sin embargo, la poca resistencia que encontraron les animó a remontar el Ebro hasta Pamplona, donde capturaron al rey García Íñiguez y obtuvieron un gran rescate a cambio de su liberación.

En el año 859, una flota vikinga penetró por primera vez en el Mediterráneo y llegó hasta Italia, Grecia, Constantinopla y Egipto.

Era la primera fuerza vikinga que penetraba en el Mediterráneo y tomó por sorpresa a muchos. Llegaron hasta la costa de Italia -según algunas fuentes, hasta las proximidades de Florencia- dejando una estela de saqueos a su paso. A partir de ese momento la historia se confunde con la leyenda: los cronistas bizantinos hablan de ataques en Grecia y Constantinopla, los árabes los mencionan en Egipto, pero resulta difícil reconstruir la expedición completa ya que podría ser que la flota, que contaba entre 70 y 100 naves, se hubiera dividido en diversas flotillas.

Las incursiones vikingas motivaron la construcción de murallas en numerosas ciudades, de las que hoy se conservan pocas. Santiago de Compostela (en la foto, su catedral) fue una de las que más ataques sufrió. Foto: Xuxo Lobato / Getty Images

En el 861 las naves vikingas, de regreso a sus bases en la costa francesa, intentaron cruzar de nuevo el estrecho de Gibraltar. Pero esta vez les esperaba una gran flota andalusí dispuesta a acabar con ellos: dos tercios de los barcos vikingos fueron hundidos, pero Björn Ragnarsson consiguió abrirse paso con el resto y volver a su base en la desembocadura del Loira, llevando a cabo otros tantos saqueos en el camino de vuelta.

SAQUEADORES, COMERCIANTES Y PRÍNCIPES

Durante casi un siglo la península Ibérica no vivió otro ataque vikingo a gran escala, pero en la segunda mitad del siglo X los hombres del norte regresaron. Esta vez los ataques se concentraron en el Mar Cantábrico y en especial la costa gallega, que sufrió grandes y continuos ataques. En uno de estos, el año 968, los vikingos llegaron a establecer una base permanente cerca de Santiago de Compostela y durante tres años se dedicaron a saquear las poblaciones y la campiña. También en aquella ocasión intentaron atacar al-Ándalus, pero fueron repelidos.

En el año 925 Asturias y León se habían unido en un único reino y los ataques vikingos aceleraron el proceso de unificación territorial y militar.

Esta tercera oleada de ataques tuvo un efecto importante sobre el destino de los reinos cristianos: en el año 925 Asturias y León se habían unido en un único reino y los ataques vikingos aceleraron el proceso de unificación territorial y militar para poder hacer frente a los temibles hombres del norte. Ya durante las primeras incursiones normandas en la península, el rey leonés Ramiro I había prestado ayuda a su homólogo astur y fue gracias a ello que los atacantes no habían logrado establecer bases permanentes. En esta ocasión, la disputa por el poder entre Ramiro III y su primo Bermudo II -que gobernaba de facto Galicia y parte de Portugal- facilitó las cosas a los invasores.

El pueblo costero de Cudillero (Asturias) dice tener raíces vikingas, fruto de la unión pacífica -o eso dicen- de los normandos con los pobladores astures. Prueba de ello sería su particular dialecto rico en palabras de etimología nórdica.Foto: iStock

La naturaleza de la presencia vikinga en el reino astur-leonés durante este periodo es discutida y entra el terreno de la leyenda. Así, por ejemplo, los habitantes del pueblo asturiano de Cudillero dicen ser descendientes de aquellos hombres del norte que decidieron no volver con sus compatriotas a las costas francesas y adoptar un estilo de vida más pacífico. Aunque nos han llegado pocas pruebas materiales de asentamientos comerciales en la península, es sabido que los vikingos también eran grandes mercaderes.

Después de esta expedición, las tierras hispanas estuvieron a salvo de ataques vikingos durante unas cuantas décadas. Pero en la primera mitad del siglo XI llegó la cuarta y última oleada, de naturaleza muy diferente a las anteriores: en esta ocasión se establecieron en varios puntos de la costa mediterránea, como mínimo en Almería, Denia, Alicante y Baleares. La ocasión fue propiciada por la extrema debilidad del califato de Córdoba, que se había ido desintegrando dando lugar a los primeros reinos de taifas

Estos reinos, por sus dimensiones reducidas, no pudieron hacer frente a los ataques vikingos y los jefes normandos lograron hacerse con el poder en algunos de ellos.

Durante el siglo XI los normandos, descendientes de los vikingos que se habían establecido en Francia, extendieron su poder por el Mediterráneo. Palermo, la capital de Sicilia, es una de las ciudades que más refleja el mestizaje cultural durante la Edad Media.

Desde allí pudieron lanzarse a la conquista del Mediterráneo y extender su poder hasta Sicilia y la Italia meridional; pero al mismo tiempo, la unificación de las taifas en reinos de mayor dimensión y poder terminó expulsándolos de la península

Terminó así una conflictiva historia de dos siglos en la que los temibles hombres del norte habían moldeado, si bien indirectamente, el destino de los reinos hispanos.

Imagen de portada:La Ruta Vikinga de Catoira. Foto: ruta-vikinga.com

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic Historia. Por Abel G.M. Periodista especializado en el ámbito de la Historia y los viajes.

Vikingos/Edad Media/Historia de España.

 

Un perro descubre un tesoro de la edad media en la ciudad polaca de Walbrzych.

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El hallazgo canino constituye la mayor colección de monedas descubierta en Polonia desde principios del siglo XX, y se compone de más de cien piezas de plata de origen medieval estampadas con cruces, torres y los retratos de los nobles que las acuñaron.

Monedas antiguas Arqueología Edad Media

Paseando una tarde con su amo, Kajtuś husmeó algo extraño al lado del camino, y tras escarbar un poco descubrió, para sorpresa de ambos, un centenar de monedas de plata dentro de una vasija hecha pedazos.

Inmediatamente se pusieron en contacto con los especialistas de la Oficina para la Protección del Patrimonio de la Baja Silesia. Tras organizar un equipo de investigadores, este fue enviado al lugar para desenterrar el recipiente cerámico y su precioso contenido.

OCULTO DURANTE SIGLOS

El tesoro fue enterrado en algún momento de la primera mitad del siglo XIII para ocultarlo mientras su propietario huía, quizás durante la invasión mongola de Polonia del año 1240 o en uno de los numerosos conflictos entre señores feudales que caracterizaron la historia polaca a principios de siglo.

Un hombre sujeta una cruz y una flor de lis en el anverso de una de las monedas.Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Las monedas se encontraron dentro de esta olla hecha añicos. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Las monedas halladas son bracteatus, finas láminas de plata estampadas a golpe de martillo con una sola imagen en relieve cóncavo por una cara y convexo por la otra. Su programa iconográfico se compone de un conjunto de cruces, grifos, ángeles, sirenas y castillos.

MONEDAS EN TIEMPOS DE CRISIS

Este tipo de divisa abundaba durante la época, pues la falta de plata en el centro de Europa obligó a disminuir su peso para poder disponer de dinero suficiente con el que pagar los impuestos y comerciar. Por su delgadez estas monedas tendían a doblarse o romperse, por lo que no permanecían mucho tiempo en circulación y eran fundidas de nuevo cada cierto tiempo.

Dos cruces y la representación de una hoguera enmarcan un rostro masculino, quizás el del noble responsable de producir estas piezas.Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

El valor de cada moneda se determinaba por su peso, lo que explica los diferentes tamaños encontrados en la vasija. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Las imágenes religiosas abundan entre las piezas del tesoro. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Afortunadamente, este tesoro ha permanecido intacto dentro de la tierra y constituye un hallazgo excepcional de un tipo de moneda muy poco habitual en la arqueología medieval. De hecho, es la colección de bracteatus más numerosa descubierta en el país en casi cien años.

Imagen de portada: El tesoro se compone de más de cien bracteatus, unas delgadas monedas hechas con lámina de plata estampadas con la misma imagen por ambos lados. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC. Historia. Por Francesc Cervera.Abril 2022

Monedas antiguas/Arqueología/Edad Media/Actualidad

 

 

Si no existe un lugar para la felicidad, invéntalo.

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Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida inventando, en cualquier sitio, un lugar que no existía antes.

¿La felicidad tiene su lugar? 

Si nos fijamos en los tópicos más extendidos, no solamente tiene un lugar, sino una forma: la de una casita que alberga una felicidad íntima y secreta (una cabaña y un corazón), y representa algo humilde y modesto, así como el ideal más ambicioso (a veces, nos referimos a ese refugio anónimo diciendo «con esto me basta»). 

Es el más ambicioso porque se apoya en la convicción de que la receta de la felicidad está al alcance de nuestra mano si tenemos la sensatez de creer en nosotros mismos, de renunciar a ambiciones superficiales y de contentarnos con poco, que es lo esencial: el amor, la amistad, la sobriedad. Por muy limitado que parezca, se trata de un ideal inalcanzable para muchas personas. Las vicisitudes de la vida suelen hacer que el amor y la amistad se tambaleen. La sobriedad y el sedentarismo no nos protegen del aburrimiento ni de la soledad. 

El cartel de la felicidad suele ser generalmente una recomendación publicitaria de la que se adueña la sociedad mediática para vender sus folletines (La casita de la pradera) o sus productos financieros: ¿a cuántas personas mayores y felices vemos en la televisión disfrutando, con su florido jardín y sus educados nietos, de los beneficios de un seguro de vida o un funeral pagado con antelación?

Las imágenes del sedentarismo feliz se conciben tradicionalmente para alejar el miedo a la soledad y la muerte. 

En un libro de ilustraciones de temática religiosa de mi infancia, se oponían dos tipos de muertos: el justo, tranquilo, con la barba blanca cuidada y rodeado de representantes de su gran familia emocionados, pensativos y sonrientes; y el pecador, que se retorcía en la agonía del sufrimiento y de la visión de las llamas que lo esperaban, mal afeitado y solo en una chabola improvisada. 

Las imágenes de aquel libro, que ya entonces era arcaico, me aterrorizaban, tengo que admitirlo, y con ello perdían de vista su objetivo, pero al menos tenían el mérito de revelar lo esencial: el pánico que la Iglesia católica y el mercado capitalista, en sus respectivos y variables estilos según la época, escondieron con empeño bajo montones de imágenes instructivas y soporíferas que niegan la realidad. 

Sin embargo, actualmente, deberíamos añadir que las advertencias infernales no son necesarias y que se trata, como mucho, aquí o allá, de escenificar y mostrar en imágenes publicitarias la tranquila felicidad a la que deberíamos aspirar.

Entonces, surgen dos vías. Podemos analizar los procesos por los que hoy en día nos venden una felicidad prefabricada de distintas formas: vacaciones, viajes, cuidados del cuerpo, eterna juventud, futuro asegurado (en los dos sentidos del término), parejas sexuales o compañeros de vida (también hay mercado para esto). 

Para explorar este ámbito, deberíamos no solo observar las distintas producciones publicitarias, sino también los programas políticos, la difusión de la información y las convulsiones religiosas en el mundo global. Es un plan importante e interesante, pero ignora la pregunta central: ¿qué es la felicidad?

La condición humana’. (Ático de los libros)

Podemos plantearnos directamente la cuestión de la felicidad con cierta pretensión, claro, pero también con inocencia y honestidad. ¿Quién tiene derecho a opinar sobre la felicidad de los demás? ¿Basta con desmontar los mecanismos de alienación para responder a la pregunta de la felicidad? La gente encuentra placer en eventos cuya dimensión financiera es evidente y esencial (como las apuestas o el espectáculo deportivo), y no es necesariamente por inconsciencia. En el origen de la ilusión se encuentra el deseo (Freud lo sugería): el deseo indestructible. 

¿Quién juzgará la legitimidad del deseo? «¿Y si nos gusta estar alienados?», podrán responder los nuevos adeptos a las restricciones voluntarias. Para profundizar en la cuestión de la felicidad, volvamos a la del espacio. Desde que propuse la diferencia entre lugar y no lugar, una interpretación apresurada ha hecho del lugar la quintaesencia de la perfección social y del no lugar, la negación de la identidad individual y colectiva. Sin embargo, las cosas son menos extremas y más complejas. 

Recordemos la definición de lugar: un espacio en el que podemos descifrar las relaciones sociales (que, literalmente, se inscriben en él), los símbolos que unen los individuos y la historia que les es común. En un no lugar, esta lectura no es posible. Esto no significa que el lugar sea por definición un espacio de felicidad. Solo los individuos pueden juzgar la felicidad. Y la perfección de la realidad social es, evidentemente, un límite de la acción individual. Por ejemplo, en las sociedades africanas en las que rige la estructura del linaje, cualquier individuo se encuentra bajo la mirada de su entorno, y su comportamiento está sujeto a interpretaciones. Las sospechas y acusaciones de brujería tienen su origen en esta intimidad mutua y en esta vigilancia recíproca. Ocurre lo mismo en nuestros pueblos y sabemos que, para muchos campesinos del siglo pasado, la migración a la ciudad era un paso hacia la libertad. 

La libertad absoluta y la ausencia de relación son tan impensables como una vida reducida a una serie de relaciones impuestas.

Por otro lado, la individualidad absoluta es impensable. No hay identidad sin alteridad, ni individuo sin relación. El sentido social está del lado de la relación. 

La libertad está del lado del individuo. Pero la libertad absoluta y la ausencia de relación son tan impensables como una vida reducida a una serie de relaciones impuestas y una existencia despojada de su carácter individual.

Son dos clases de alienación simétricas e inversas. Históricamente, los regímenes autoritarios impusieron las relaciones, mientras que la lucha por la democracia se ha identificado siempre con la defensa del individuo. Con todo, un mínimo de sentido social es necesario en la existencia individual. Tradicionalmente, la individualidad se afianza en el cruce de tres parámetros antropológicos: la filiación, la alianza y la generación. 

En general, la antropología pone de relieve una dimensión relacionada con la individualidad. En algunas sociedades del este de Costa de Marfil, las reglas de filiación, alianza y constitución de las clases de edad estaban tan estrechamente unidas que la noción de libertad individual carecía de sentido. 

Pero las definiciones de filiación y de alianza pueden adaptarse más o menos y la noción de generación muchísimo más, puesto que la libertad de elección de las relaciones de amistad y de compañerismo podrían llegar incluso a desplazar las categorías generacionales. La modernidad se caracteriza por una liberación creciente del individuo en relación con las determinaciones colectivas estructurales.

La conjugación de identidad y alteridad es lo que da toda su existencia al individuo, y esto condiciona lo que llamaré su capacidad de felicidad. En realidad, al otro solo se lo percibe en el espacio y en el tiempo, ya sea en el recuerdo o en la prefiguración del futuro. Otro cliché de la felicidad, pero que responde a una intuición muy común: la foto, el retrato que inmortaliza un lugar, un momento y un rostro. Lo encontramos también en las grandes novelas del siglo XIX: orquestan la creencia del individuo y de la felicidad inventada en el siglo XVIII en Europa. Stendhal es el representante más notable de estos momentos de felicidad que pasan por la intuición del amor compartido. 

Surgen lugares potencialmente relacionados con estos instantes (terrazas, jardines o una celda de la cárcel) que se convierten en emblemas de toda la felicidad posible y se graban así en la imaginación del protagonista y del lector. 

Pero en Stendhal, la felicidad romántica no es la única forma de felicidad. También existe el movimiento, la emoción de la aventura o el contacto con la historia en ciertos lugares (como ocurre con Milán en La Cartuja de Parma). Pero es cierto que la acción, la historia, el desplazamiento e incluso la guerra son percibidos por los protagonistas del stendhalismo como una promesa de felicidad romántica. Es decir, los héroes en busca de la felicidad convierten a veces el espacio en un lugar (un lugar de encuentro, en el sentido amplio), y no a la inversa.

¿Qué ocurre con los espacios de circulación, de consumo y de comunicación contemporáneos? Desde el punto de vista de la felicidad, son ambivalentes.

La instantaneidad y la ubicuidad son dones mágicos que siguen siendo monopolio de los protagonistas de los cuentos de niños. Nos acercamos a ellos mediante la tecnología. Se suele decir que podemos pensar que la soledad de los individuos es menor debido a la existencia de estas herramientas todopoderosas. 

En realidad, en muchos aspectos, son espejismos. La televisión, por ejemplo, nos hace creer que conocemos a los grandes personajes del mundo simplemente por reconocerlos. Internet puede convencernos de que estamos en contacto con todo el planeta y de que tenemos el saber del mundo a nuestro alcance. 

Pero más allá de que la mayoría de la humanidad no tenga acceso a este medio de comunicación y que una parte de los que sí lo tienen lo usen de forma lúdica (puesto que el instrumento no tiene nada de pedagógico y solo enseña a los que ya saben), hay que aceptar que la naturaleza de una relación establecida a través de internet es problemática, incierta e indefinida; carente del elemento material del cara a cara o del cuerpo a cuerpo. 

Es posible que lo esencial esté en otra parte. Las relaciones que se establecen a través de internet suelen ser promesas de relación. Se parecen a los mensajes que se lanzaban como botellas a la mar en anuncios de periódicos (como en Libération en Francia). Intentan prolongar una impresión fugaz, una emoción instantánea: «Llevaba un vestido verde; se bajó en la Concordia», «Hablaba con una amiga y cruzamos las mirada cuando me bajé en Ópera».

Estos anuncios siempre me han resultado poéticos, pues juegan con el tiempo con instantes que no quieren transformarse en recuerdos, y creen en el encuentro, considerando el azar como un destino. La idea del posible encuentro prevalece sobre la evidencia del sentimiento: el envío del número de teléfono intenta hacer eco a la emoción fugaz, resucitar el instante que le precedió, desencadenar una réplica que autentificará la realidad del pequeño seísmo íntimo que se ha sentido en el metro. 

El anonimato de quien va a un aeropuerto, una estación o un supermercado puede encerrar esa clase de poesía ligada a la espera.

La promesa de una posible felicidad es lo esencial de ese impulso novelesco que incita a tantos individuos a salir a la carretera, tanto en el sentido propio como en el figurado. 

La reapertura del tiempo que se corresponde con este proceso es una prueba de la propia existencia. En las novelas de caballería de la Edad Media, el caballero errante salía en busca de aventura sin ningún objetivo concreto: el escenario vagamente descrito del bosque desierto en el que se adentra es, literalmente, un no lugar, pero también un espacio de espera. 

El caballero errante no sabe lo que está buscando, pero está buscándolo. Decíamos que, en el mundo actual, vemos cómo se multiplican los espacios de circulación, de consumo y de comunicación. Lo que comparten los que suelen frecuentarlos es un anonimato relativo y provisorio. Pero el caballero errante también era provisoriamente anónimo. 

Llegado el momento, tenía que revelar su nombre, «declarar su identidad» como el viajero en el control de seguridad, el cliente que paga con tarjeta o el internauta al que invitan a dar su dirección de correo electrónico. El anonimato relativo de quien va a un aeropuerto, una estación o un supermercado, o del que navega por la pantalla de su ordenador, puede encerrar esa clase de poesía que está ligada a la espera. Al final de la espera, o no hay nada o hay un encuentro. 

Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida.

La migración, con todo su sufrimiento, peligros y tragedias, se inscribe en la misma perspectiva. La esperanza, tan ilusoria como suele revelarse, pide la huida hacia delante. No se identifica con la felicidad, pero intenta huir de la desgracia. 

La felicidad asentada, la felicidad sedentaria, no es hospitalaria y suele rechazar a los recién llegados. Pero no se descarta que lo que moleste a esas personas bien instaladas acerca de la figura del inmigrante sea sobre todo la duda de que no pueden infundirles la naturaleza de su «felicidad» y las virtudes del sedentarismo. 

El agobio de los que proclaman sin parar que están «en sus casas» es que esta pretensión tiene cada vez menos sentido a partir del momento en que la globalización actual, a diferencia de las que la han precedido, se extiende por todo el planeta. 

El lugar de acogida con el que sueña el inmigrante es quizá tan ilusorio como el paraíso perdido que cree defender el sedentario nostálgico, pero es la culminación de un proyecto con el que se identifica. En ese sentido, los inmigrantes son los auténticos aventureros del mundo actual. Lo que suelen mostrarnos las imágenes de nuestra actualidad es el espectáculo de las desgracias debidas a la opresión, a la guerra, a la pobreza y al abandono.

Antes de pensar en la felicidad de la mayoría, hay que intentar apartarla de la desgracia. La felicidad no tiene una dimensión colectiva y lo más siniestro es la imprudente promesa que se hace a los pueblos para que construyan su felicidad. 

La felicidad individual es intensa y frágil: tiene que ver con la consciencia repentina de existir, así como con la necesidad y la presencia del otro o de los otros. El derecho a la felicidad es el primer derecho individual, y el deber de los políticos es hacerla posible, no realizarla ni, mucho menos, imponerla. Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida inventando, en cualquier sitio, un lugar que no existía antes.  

Imagen de Portada: Gentileza de Studler/Unsplash.

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Marc Augé. Abril 2022

*Marc Augé es el autor de ‘La condición humana’ (Ático de los libros, 2022)

Sociedad y Cultura/Edad Media/Felicidad/Sedentarismo

 

Por qué los niños en la Edad Media se representaban como adultos mayores.

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Quién no tiene algún que otro meme medieval guardado en el móvil. Quizás te hayas fijado en que en esas representaciones rara vez aparecen criaturas pequeñas.

Todas las épocas sociales están llenas de misterios y leyendas en las representaciones que se hacen de ellas más tarde. Sin duda, una de las más oscuras y presupuestas es la Edad Media. 

Los años que discurrieron entre el siglo V y el XV se han entendido como un período dantesco, absurdo y sombrío del que nos separa la evolución moderna. En realidad, esta concepción no es actual, sino heredada de la etapa que le siguió, la llamada Modernidad. 

Fue entonces cuando se estableció que lo que había ocurrido antes había sido un pasaje parecido al purgatorio, algo que sepultar bajo nuevos conceptos. Los historiadores no dejan de descubrir nuevos detalles que desmontan esta idea. Sin embargo, muchas siguen ahí, en las imágenes que se imponen a los textos. 

¿Cuántas veces te has encontrado una pintura o ilustración medieval en la que todo resulta tan extraño que solo puedes mirarla fijamente entre la incredulidad y la fascinación? Quién no tiene algún que otro meme medieval guardado en el móvil, algún que otro sticker de gente haciendo «cosas medievales». 

Quizás te hayas fijado en que en esas representaciones rara vez aparecen criaturas pequeñas, niños y niñas haciendo cosas de niños y niñas, aunque sean cosas medievales. 

Esas raras veces son más raras en sí mismas: encontramos al niño Jesús, una y otra vez, pero sabemos que es él porque aparece en brazos de la virgen. 

Ningún rastro de niñez en el niño con la Virgen de Duccio di Buoninsegna (1283-1284) del Museo Dell’Opera Metropolitana en Siena. Nada tampoco en la Madonna col Bambino de Cimabue. Cuerpos musculados, arrugas y calva, como si aquel niño ya hubiera nacido para jubilarse.

Virgen de Duccio di Buoninsegna (1283-1284). (Wikipedia)

Virgen de Duccio di Buoninsegna (1283-1284). (Wikipedia)

Que los niños en la Edad Media parezcan pequeños abuelitos tiene una explicación, o varias. Seguirás echándote unas risas cuando te topes con uno en un museo, pero entenderás un poco más a aquella gente y sus cosas: sí, los niños eran niños hace más de cinco siglos, pero de una forma diferente a la actual.

¿No existía la infancia?

En 1987, el historiador francés Philippe Ariès explicaba que en la época medieval existía poca afectividad de las personas adultas hacia los niños y las niñas. Que no consideraban sus capacidades. 

Según Ariès, los niños eran mirados como adultos pequeños a los que había que tratar como tal, y solo cuando lograban cierta autonomía, al menos en la parte de su autocuidado, comenzaban a ser considerados como miembros al uso de la familia.

 «En el marco comunitario de la familia de la Edad Media, los niños no eran percibidos como una categoría específica, diferente, y pasaban de un período relativamente breve de estricta dependencia física, a ser socializados directamente en el mundo adulto a través del contacto con la comunidad. 

Existían niños, pero no infancia y, paradójicamente, los niños gozaban de mayor libertad que tras la invención o descubrimiento de esta», sostiene el historiador.

Foto: Wikipedia.

Foto: Wikipedia.

En el S. XVII, el Abad Bérulle escribía: «No hay peor estado, más vil y abyecto, después del de la muerte, que la infancia». 

Esto podría explicar muchas cosas, la idea del niño como ser perverso y corrupto que debe ser socializad y moldeado mediante la disciplina y el castigo para alcanzar cuanto antes la adultez llevaría a una concepción social generalizada, plasmada por los pintores y monjes copistas. Sin embargo, pese a lo que muestren ilustraciones y cuadros, biológicamente los bebés medievales no podían aparentar sesenta años más, por mucho que el contexto se esforzara en ello.

La imagen de Cristo: «un bebé real no hace milagros»

Precisamente en los monjes copistas se encuentra la clave, que lleva a otra teoría: todo tiene que ver con la visión católica. 

“El Nuevo Testamento no describe claramente cómo era Jesús cuando era un bebé. Por lo tanto, durante la era medieval, la iglesia asumió que Cristo nació como un hombre perfectamente formado. En otras palabras, consideraron que Cristo era un ‘mini hombre’ que no cambió mucho en términos de apariencias faciales a lo largo de su vida. 

Esta suposición llevó a los pintores de la época a aceptar las señales de la iglesia y pintar a Cristo en forma adulta”, apunta Jade Bhakdibhumi en el portal deSymposium Review’.

“Mientras los fieles oraban debajo de una pintura de María y su hijo bebé, los fieles querían el consuelo de sus oraciones en manos de alguien que pudiera ayudarlos. Un bebé real no puede hacer nada, por eso había que representar a Jesús como alguien especial a esa edad”, sostiene Averett al respecto en una entrevista para el portal de Vox. 

De esta idea proviene el término homúnculo que a menudo se utiliza para hablar de las representaciones del niño Jesús en obras de arte. De origen latino, significa literalmente “pequeño hombre”. Según indica en ‘The Collector‘, «el homúnculo tomó un giro diferente en el siglo XVI cuando los eruditos creían que existían humanoides superpequeños. Incluso después de ser desacreditado, tomó vida propia en la cultura popular en el siglo XIX, con el Frankenstein de Mary Shelley».

Foto: Wikimedia.

Foto: Wikimedia.

De la Edad Media al Renacimiento

Así, numerosos historiadores especializados en el medievalismo, como Averett, advierten sobre conformar en la actualidad una visión retorcida en torno a la infancia en el pasado: «Los padres de la Edad Media no amaban a sus hijos de manera diferente a como lo hacían los padres del Renacimiento, pero durante el Renacimiento se estaba produciendo una transformación de la idea de los niños, de pequeños adultos a criaturas excepcionalmente inocentes». 

De hecho, el arte demuestra cómo efectivamente la representación del niño Jesús cambia a partir del siglo XIV, apareciendo más infantil y «angelical» desde entonces. 

Durante la era medieval, se consideraba que la edad adulta comenzaba a partir de los siete años, entendida esta como la edad de la «razón». Sin embargo, a lo largo del Renacimiento el proceso de moralización de la sociedad se manifestó con relación a la infancia en «la creación de un régimen especial para los niños dentro del cual debían ser preparados para la entrada en la vida adulta», señala Ariès. 

No obstante, de este período nacen nuevas dicotomías: «La infancia es recluida en el mundo privado, en las instituciones específicas para niños, la escuela y la familia, lugares donde los niños gozaron de una libertad bastante menor que la que habían disfrutado antes de su descubrimiento, y se les asignaron roles específicos diferentes del resto de las personas».

Foto: Wikipedia.

Foto: Wikipedia.

Además, es importante recordar que la sociedad medieval era principalmente agraria, como subrayan desde el portal de ‘Greelane’: «Desde el punto de vista económico, nada era más valioso para una familia campesina que los hijos para ayudar con el arado y las hijas para ayudar con el hogar. 

Tener hijos era, esencialmente, una de las principales razones para casarse». Entre la nobleza medieval, se entendía que los niños perpetuarían el apellido y aumentarían las propiedades de la familia mediante el avance en el servicio a sus señores feudales y mediante matrimonios ventajosos. Algunas de estas uniones se planearon mientras los futuros novios aún estaban en la cuna. 

Así pues, pueden hacernos gracia estos pequeños ancianos de la Edad Media, pero no quiere decir que la sociedad de entonces fuera menos consciente de que los niños eran el futuro, de una forma no tan distinta a la sociedad actual.

Foto: Wikipedia.

Imagen de portada: Gentileza de Wikimedia

FUENTE RESPONSABLE: Alma, corazón y vida. Por Carmen Macías. Noviembre 2021.

Edad Media/Infancia/Religión/Sociedad/Cultura

Clérigos timadores, robos mortales y bofetadas: los peligros de viajar en la Edad Media.

GUERRA, DIPLOMACIA Y PEREGRINOS

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Un ensayo colectivo analiza las razones de los desplazamientos de hombres y mujeres de esta época histórica a pesar de los hándicaps y recursos limitados de los que disponían. 

Uno de los episodios más legendarios del Camino de Santiago ocurrió en Santo Domingo de la Calzada. El hijo adolescente de un matrimonio alemán que peregrinaba a la tumba del apóstol cayó en gracia a la hija del posadero de la localidad riojana, donde se alojaron una noche. 

Cuando todos se fueron a dormir, la joven trató de camelarse al muchacho, pero fue rechazada. En respuesta al no, metió una copa de oro en la bolsa del chico y a la mañana siguiente le acusó de ladrón delante de todos.

El castigo que se le propició al bisoño peregrino fue la horca. Sus padres, desconsolados, completaron el periplo hasta Compostela y, meses más tarde, al regresar por el mismo camino, contemplaron que su hijo seguía colgado en el mismo lugar a las afueras del pueblo. Pero milagrosamente, respiraba, estaba vivo. Fueron a comunicárselo al regidor y a pedirle que le permitieran apear a su hijo.

El juez, al escuchar semejante incongruencia, disparó una gran carcajada y les dijo: «Vuestro hijo está tan vivo como este gallo y esta gallina que tengo delante», asados, que le habían servido para comer rellenos de manzanas e hijos, y que de repente se incorporaron y empezaron a cantar de forma alegre. De ahí viene al famoso dicho de «en Santo Domingo de la Calzada cantó la gallina después de asada».

El milagro calceatense, no obstante, esconde una realidad histórica: las falsas incriminaciones por hurto, acaecidas en albergues o establecimientos de hospedaje, que tuvieron que sufrir los peregrinos durante la Edad Media

Había, tal y como explica Pablo Martín Prieto, profesor de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid, malhechores que vivían de explotar el Camino, ganándose la confianza de los huéspedes solitarios, a los que luego robaban —e incluso mataban— tras la aparición de unos cómplices armados. También falsos confesores que prometían misas a cambio de dinero y unos requisitos que, sospechosamente, solo ellos les podían garantizar.

Los peligros y amenazas reales o imaginarias que abordaban a las mujeres y hombres medievales cuando abandonan la seguridad de sus hogares, desde el posadero timador hasta el pasaje de los ríos, es uno de los temas más fascinantes que analiza el libro Viajes y viajeros en la Edad Media (La Ergástula), una obra colectiva coordinada por María del Pilar Carceller Cerviño, doctora en Historia Medieval por la UCM, que reúne los aportes realizados en un congreso académico sobre en las vivencias, motivaciones, medios y otras casuísticas relacionadas con los desplazamientos en la citada época.

Luis IX navega a la cruzada. Una ilustración de Gillaume de Saint-Pathus.

Luis IX navega a la cruzada. Una ilustración de Gillaume de Saint-Pathus. Wikimedia Commons

Esta obra evidencia que desplazarse en el periodo medieval no era algo baladí y que podía responder a cuestiones bélicas, diplomáticas, políticas e incluso «turísticas», ejemplificadas todas ellas a través de los casos de la migración goda a la Península Ibérica, de verdaderas aventuras embajadores y emisarios, del recorrido del corazón del rey escocés Roberto I Bruce hasta la frontera granadina o el recorrido de Jerónimo Münzer por la antigua capital del reino nazarí.

Pero también se movían las ideas gracias a copistas, libreros y lectores. En su capítulo, José Luis Gonzalo Sánchez-Molero, profesor titular de Filología en la UCM, explica que en el siglo XIII se popularizaron los libros de bolsillo, de cinto, como la Breviaria secundum usum Raomanae Curiae, en donde se recopilaban los manuscritos necesarios para el cumplimiento del oficio canónico; y se empezaron a desarrollar los primeros mecanismos de escritura itinerante.

Mujeres viajeras

La religiosidad jugó un gran protagonismo para instigar a la gente a emprender largos desplazamientos. Las cruzadas o las peregrinaciones a Tierra Santa dan buena muestra de ello. Pero además de la enorme distancia que había que recorrer, se sumaban otros peligros, especialmente después de la pérdida del reino de Jerusalén. El florentino Giorgio Gucci, que viajó hasta la ciudad en 1384, describió el tratamiento habitual que aguardaba a los peregrinos cristianos: injurias y blasfemias, bofetadas y golpes con cañas y con el puño, zancadillas a ellos mismos y otros ataques a sus monturas, tirones de la capucha, lanzamiento de piedras, de polvo y de agua desde las ventanas, etcétera.

No obstante, también existió un fenómeno llamativo: una suerte de prevención moral contra las peregrinaciones. A muchos que deseaban emprender el camino hacia algún lugar santo (o enrolarse en una cruzada), se les daba el consejo de permanecer en sus casas, atendiendo a sus deberes y ocupaciones. Eso hizo el arzobispo de Tours cuando, hacia 1123, disuadió al conde Fulco de Anjou de viajar a Santiago de Compostela, argumentando que su deber residía en «gobernar su pueblo, hacer justicia, proteger a los pobres y a la Iglesia, más que andar dando vueltas al mundo». Una corriente crítica que hacía hincapié en el peligro viajero para el alma.

Portada de 'Viajes y viajeros en la Edad Media'.

Portada de ‘Viajes y viajeros en la Edad Media’. La Ergástula

«Había, además, una preocupación específica a cuenta de las mujeres peregrinas, que traslucía un prejuicio sobre su condición, como si, estando en cierta medida bajo sospecha, debieran demostrar que su peregrinación no encubría algún intento de darse al adulterio o a la fornicación», explica el historiador Pablo Martín Prieto en su texto. El predicador san Vicente Ferrer lo resumió en una frase lapidaria: «Moltes anaren […] que tornaren putanes». La explicitud hace innecesaria la traducción.

Este ensayo colectivo también pretende rescatar a las mujeres medievales viajeras, que las hubo, y por distintos motivos, a pesar de las limitaciones que la época impuso a su sexo. El capítulo que firma María del Pilar Carceller recoge un ejemplo de motivaciones políticas: los movimientos que realizaron a lo largo de gran parte de la geografía peninsular Catalina de Lancaster y Constanza de Castilla —está incluso tuvo que exiliarse una temporada a Inglaterra— para el reclamar, por derecho propio, el trono castellano que les pertenecía.

Imagen de portada: Gentileza de El Español

FUENTE RESPONSABLE: El Español – Por David Barreiro

Edad Media/Guerra/Peregrinos/Cruzadas/Peligros en viajes.