La reconstrucción facial devuelve a la vida a tres personas que vivieron en el Siglo XIV.

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En 1957, unos trabajadores se toparon con tres esqueletos en la cripta del priorato de Whithorn, en Escocia. Desde entonces, poco ha podido averiguarse sobre quiénes fueron y cómo vivieron estas personas. 

Ahora, más de 60 años después, los investigadores han empleado la ciencia forense para ponerles rostro mediante el uso de la reconstrucción facial en 3D y la animación digital, y, así, devolverles en cierto modo a la vida. Conocido como el Caso sin Resolver Whithorn, este proyecto forma parte de una iniciativa liderada por The Whithorn Trust, una organización benéfica escocesa, que administra Whithorn Priory, una de las primeras comunidades cristianas de Escocia.

Christopher Rynn, un antropólogo craneofacial forense, fue el encargado de llevar a cabo la reconstrucción de estos tres individuos utilizando una combinación de la más moderna tecnología y técnicas forenses. Los esqueletos pertenecen a una mujer joven, un sacerdote y el único individuo del que sí se conoce su identidad: el obispo Walter. Este personaje se convirtió en obispo de la comunidad en 1209, según han explicado expertos de los Museos Nacionales de Escocia.

Imagen de los restos del priorato de Whithorn donde fueron hallados los tres esqueletos.Foto:CC (Chris Andrews)

TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LA ARQUEOLOGÍA

El primer paso de Rynn fue crear un escaneo 3D de cada cráneo.»No quería que estos rostros parecieran una escultura digital, así que cuando se trataba de los músculos, los esculpí en cera y luego los escaneé en 3D de la misma manera que se escaneó el cráneo», ha explicado Rynn en la presentación del proyecto. «Hice que pareciera una persona agregando texturas fotográficas, que es un proceso de selección de fotografías de varias personas diferentes que se parecen al modelo 3D y luego las proyecté en el cráneo», continúa.

Reconstrucción digital de uno de los cráneos encontrados. Foto: Museos Nacionales de Escocia (Chris Rynn)

Los resultados de las reconstrucciones en 3D de los tres cráneos son muy realistas. Rynn usó inteligencia artificial para darles vida, hizo que se movieran, parpadearan e incluso sonrieran, dando la impresión de que estaban vivos. «Fue realmente interesante trabajar con todos estos cráneos porque uno de ellos, el del sacerdote, que tenía labio y paladar hendido; es el cráneo más asimétrico con el que he trabajado», ha afirmado Rynn. Por otra parte, según el investigador, «la joven es el cráneo más simétrico con el que he trabajado».

LA HISTORIA EN IMÁGENES 3D

Según Christopher Rynn, la simetría que presenta el cráneo femenino sugiere que la joven poseía una gran belleza: «Cuando la cara crece durante la infancia, durante la adolescencia, no crece simétricamente simultáneamente. Crece de izquierda a derecha; algo así como caminar». La joven, que tenía unos 20 años en el momento de su muerte, fue enterrada en un ataúd de piedra situado frente al altar mayor, junto a la tumba del obispo Walter, lo que hace pensar a los investigadores que tuvo un elevado estatus a pesar de su juventud.

Reconstrucción facial del obispo Walter. Foto: Museos Nacionales de Escocia (Chris Rynn)

Whithorn Trust presentó las animaciones el pasado 30 de septiembre durante el Festival del Libro de Wigtown como una forma de volver a visitar «el archivo arqueológico del área», en sus propias declaraciones. Junto a Rynn se encontraban la doctora Kirsty Dingwall, de Headland Archaeology, y el doctor Adrian Maldonado, de los Museos Nacionales de Escocia. «La oportunidad de ver e imaginar que podemos escuchar a estas tres personas de hace tantos siglos es una forma notable de ayudarnos a comprender nuestra historia y ascendencia», ha declarado Julia Muir-Watt, gerente de desarrollo de The Whithorn Trust. «Siempre es un desafío imaginar cómo era realmente la vida en la época medieval, y estas reconstrucciones son una manera brillante de relacionarse con quiénes eran realmente estas personas de nuestro pasado, conocer su vida cotidiana, sus esperanzas y sus creencias», concluye convencida.

Pincha el siguiente link si deseas ver el vídeo. Muchas gracias.

https://youtu.be/b18_fNl6N5M?t=1

 

Imagen de portada: Reconstrucción facial de la mujer cuyo esqueleto fue descubierto en el priorato de Whithorn y que vivió en el siglo XIV. Foto: University of Bradford (Chris Rynn)

FUENTE RESPONSABLE: Historia National Geographic. Por J.M.Sadurni. 5 de octubre 2022.

Arqueología/Edad Media/Actualidad

 

 

Los culpables de que la Edad Media sea vista como una época bárbara, inculta y decadente.

El historiador Eduardo Baura García desvela la creación del mito y las intenciones de sus principales impulsores, los humanistas italianos de los siglos XIV-XVI.

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La primera vez que pisó los vestigios de la Ciudad Eterna, en 1336, Francesco Petrarca quedó todavía más embriagado del mundo clásico. «En verdad Roma me pareció más grande, y sus ruinas también son mayores de lo que había imaginado. Ahora ya no me sorprende que el mundo entero haya sido conquistado por esta ciudad, sino que haya sido conquistado tan tarde», expuso a un amigo en una carta.

El poeta de Arezzo, pionero del humanismo y la literatura renacentista, había descubierto el legado de la Antigua Roma y los autores latinos durante la juventud, en sus años de formación en disciplinas como la gramática, la dialéctica y la retórica. Su devoción por el esplendor político, cultural y religioso de esta época fue in crescendo a lo largo de su vida, y contrastaba totalmente con el tiempo que al él le había tocado presenciar.

Petrarca fue un nostálgico de la Roma clásica y un feroz crítico de su presente, a su juicio, resultado de la inmundicia y de siglos de desperdicio que merecían ser olvidados y desechados. En uno de sus libros de epístolas dirigidas a autores de la Antigüedad, escribió: «Créeme, Cicerón, que si oyeras cómo nos van las cosas, se te caerían las lágrimas, sea cual sea la parte del cielo o del infierno que ocupes».

Dividió el poeta la historia en dos edades claramente diferenciadas: la de la Antigua Roma y la posterior, cuya frontera situó en el siglo IV, cuando el emperador Constantino decretó la conversión al cristianismo. Y también con el disfraz de pitoniso aventuró «una edad más dichosa». «Lo de en medio es basura», le dijo al religioso Francesco Nelli. En otra carta, señaló: «Si el amor a los míos no me lo impidiera, siempre hubiera deseado nacer en cualquier otra época, y olvidar esta».

Petrarca, el hombre medieval, hijo de las cosmovisiones de su momento a pesar de sus innovaciones, no solo fue el profeta del Renacimiento, sino también el creador de la imagen de la Edad Media término que no se acuñaría hasta un siglo más tarde— como un tiempo oscuro, bárbaro, inculto, decadente y atrasado. En este sentido, el gran medievalista francés Jacques Le Goff ha definido al poeta toscano como «el primer ‘entenebrecedor’ de la Edad Media».

Trazar los orígenes de ese mito del tenebroso Medievo, tan seductor para las ficciones cinematográficas como la reciente película de Ridely Scott El último duelo, es la empresa que se propone el historiador Eduardo Baura García en Un tiempo entre luces (La Ergástula). El autor señala a Petrarca como el principal responsable de una fake news que se vería consolidada y ampliada mediante las posteriores generaciones de humanistas italianos de los siglos XIV al XVI.

Operación propagandística

En su obra analiza las contribuciones de figuras como Giovanni Boccaccio, el autor del Decamerón y «el anunciador del Renacimiento italiano»; Flavio Biondo, el primero en fijar una cronología del milenio medieval —inaugurado, según su punto de vista, con el saqueo de Roma por el caudillo godo Alarico en 410 y concluido en 1442, cuando remató su crónica Historiarum—; o Giorgio Vasari, cuyas Vidas fue el primer volumen que sistematizó la visión tripartita del pasado mediante la fijación de unas fechas aproximadas de duración de la Antigüedad clásica, la Edad Media y el Renacimiento italiano.

La «profunda revolución historiográfica» que impulsó esta camada de humanistas estuvo basada en una exitosa operación propagandística, aunque con un riquísimo material en el que respaldarse —las creaciones e invenciones de los Rafael, Miguel Ángel o Leonardo da Vinci así lo acreditan—: la nueva época había sido capaz de superar la «oscura» Edad Media para adentrarse en una fresca, dorada y brillante en la que las artes y las letras habían «renacido».

«A los literatos y artistas del Renacimiento italiano les interesaba pintar con los trazos más oscuros posibles el Medievo, pues cuanto peor hubiera sido el periodo previo desde el punto de vista de la cultura, más alabanzas merecerían ellos por haber logrado su restauración», resume Baura García. Por lo tanto, concluye que desde su misma invención la Edad Media «nació ya injusta e interesadamente estigmatizada».

No obstante, esa profunda modificación a la hora de abordar la historia, abandonando la explicación secular del pasado en base a criterios teológicos por una nueva comprensión de carácter terrenal, produjo una llamativa contradicción. «Nos encontramos —escribe el historiador— ante la paradoja de que unos autores cristianos, profundamente devotos algunos de ellos, no solo abandonaron la tesis medieval de que la época inaugurada con la venida de Cristo había supuesto el culmen de la historia, sino que pasaron a afirmar precisamente lo contrario, esto es, que la Edad Media, la era cristiana por excelencia, había sido la peor época de la historia».

El propio Petrarca, profundo cristiano, había estrenado este posicionamiento con sus reproches a Constantino: «Pero tú, hombre venerable, ¿qué estabas haciendo? ¿Dónde estabas? Si te deleitabas con la munificencia, deberías haber preservado tus propios bienes; debiste dejar intacta a tus sucesores la herencia del imperio que tú, como guardián, aceptaste». Para el poeta, Italia había sido una tierra colmada de bondades y virtudes antes de la conversión, cuando reinaba el paganismo. Lo que vino después no fue más que infortunio.

Imagen de portada: Ilustración del funeral de Ricardo II de Inglaterra en las ‘Chroniques’ de Jean Froissart (h. 1480)

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por David Barreira. 6 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Edad Media/Antigua Roma/Renacimiento/Libros

 

 

Los primeros dragones a los que se “enfrento” la humanidad no aparecieron en la Edad Media.

Los dragones han acompañado a la humanidad desde mucho antes de la Edad Media. Estos son algunos de los mejores ejemplos de las bestias míticas en la Antigüedad.

A veces, como reptiles alados. Algunas más como serpientes descomunales, enroscadas alrededor de tesoros invaluables. Otras, como animales gigantescos con corazas inquebrantables, que escupían fuego por las fauces. Los dragones han acompañado a la humanidad durante milenios, como centinelas de capitales imperiales o bestias escondidas en los mares todavía desconocidos.

Aunque la palabra ‘dragón’ apareció por primera vez en inglés hacia el siglo XIII, bien entrada la Edad Media, el origen de estas bestias mitológicas data de milenios antes de las historias de caballería. De hecho, los orígenes de los dragones se pueden rastrear hasta los primeros asientos de la civilización humana, hace al menos 5 mil años. Esto es lo que sabemos al respecto.

Aquellos que ‘miran fijamente’

Vista lateral de un Lamassu / Getty Images

La etimología de ‘dragón’ viene del griego antiguo δράκων, explica Heritage Daily. Se traduce literalmente como víbora. Originalmente, este término se derivó del verbo δέρκομαι, que quiere decir «mirar fijamente«. Visto así, sólo por su raíz etimológica, los dragones son serpientes que clavan la mirada.

Los primeros indicios de estas criaturas mitológicas se remontan a Mesopotamia. Para entrar a Babilonia, la antigua capital imperial, los visitantes deberían de pasar por la mirada de los Lamassu: bestias aladas con cuerpo de león y cabeza de hombres barbados. La Puerta de Ishtar tenía grabados a estos centinelas míticos en oro, con la intención de purificar a quienes pasaran a través de su umbral.

Desde aquí se puede rastrear, según The Metropolitan Museum en Nueva York, los orígenes de estas criaturas de protección:

«[Los Lamassu eran] enormes estatuas de piedra representando bestias aladas emplazadas en las jambas de las puertas del palacio para proteger al rey contra los maleficios y para impresionar a todos los que allí entraran», explica la institución en su portal oficial.

Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 / Wikimedia Commons

Paralelamente, los egipcios adoraban a Apophis (o Apep): una serpiente gigante que le había declarado la guerra al dios del Sol, Ra. Cada noche, su misión era perseguir al astro principal en el cielo para asesinarlo al atardecer, explica World History Encyclopedia. Así se explicaban los egipcios el nacimiento de un nuevo día.

Aunque, en principio, Apophis y los Lamassu cumplían funciones religiosas, políticas y sociales muy distintas, la relación iconográfica con los dragones es clara. Además, ambas figuras coincidían en representar seres sobrenaturales, contra los cuales los mortales realmente no tenían oportunidad alguna. En un desafío, una mirada era suficiente para exterminar a quien se les pusiera enfrente.

Mucho antes del medioevo

Relieve del dios hindú Indra, montando su elefante de tres cabezas Airavata a través de las olas con genios bailando en el mar, en el tímpano en el templo de Banteay Srei, Angkor, Camboya / Getty Images

La tradición de representar serpientes como seres elevados —a veces de luz; otras, de sombra— se extendió a Occidente y Oriente por igual. De hecho, se extiende desde mucho tiempo antes del Medioevo. Para los griegos ya existían figuras de serpientes con forma de mujer, que escupían veneno y podían acabar con los mortales. Hércules mismo luchó contra la Hidra: el mítico dragón de cabezas múltiples.

En Oriente, este tipo de encuentros míticos también se repiten. Uno de los pasajes del Rig Veda —uno de los libros sagrados del Hinduismo— narra la batalla milenaria entre la gran serpiente Vritra, demonio de las sequías, contra Indra, el dios del agua y el rayo.

Las culturas mesoamericanas también veneraron a figuras parecidas a la idea europea de los dragones. Kukulkán y Quetzalcóatl, las figuras de la serpiente alada para los mexicas y mayas, son la más alta expresión de estas representaciones sagradas. Ambos acompañaron la creación del Universo, y no eran considerados necesariamente como antagonistas de la luz.

Incluso en monedas romanas se han visto inscripciones de víboras que se comen a sí mismas, como un símbolo del ciclo perpetuo de la vida. En contraste, China utilizó las figuras de las serpientes que escupen fuego como símbolo de protección y buena fortuna para la realeza. Las representaciones tienden a estar inscritas en oro sobre fondos rojos, el color dedicado a la familia imperial de la dinastía Yinglong.

En el imaginario occidental

La leyenda de San Jorge y el dragón, por Paolo Uccello (siglo XV). / Wikimedia Commons.

Las historias de caballerías heredaron la costumbre antigua de luchar contra dragones. Enmarcadas en la tradición judeocristiana, estos encuentros generalmente representaban la batalla del Bien contra el Mal, en el que el caballero salía siempre victorioso. Hasta el día de hoy, sin embargo, no existe evidencia concluyente que sustente la existencia de estas criaturas —en ninguno de los territorios en los que aparecen a nivel literario.

Se ha teorizado que, más allá de cristalizar los valores de cada cultura, la inspiración de los dragones surgió de otros lagartos grandes. Cocodrilos, caimanes y serpientes seguramente figuran entre ellos. Muchas de las descripciones, además, eran exageradas a propósito, con la única finalidad de infundir miedo en poblaciones específicas.

Incluso, se ha pensado que los pobladores antiguos de cada región seguramente se encontraron con restos fósiles de animales prehistóricos descomunales, que nunca habían visto en sus vidas. Desde la mirada de aquellas poblaciones, la explicación más lógica era pensar que los dinosaurios eran efectivamente dragones escupe-fuego.

Hoy sabemos que estos restos pertenecen a especies que dominaron el planeta en otra etapa de su historia natural. Sin embargo, el imaginario colectivo que civilizaciones pasadas entretejieron dejó a su paso algunas de las mejores batallas mitológicas en la literatura universal.

Imagen de portada: Ilustración gentileza de National Geographic

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic en Español. 29 de agosto 2022.

Animales mitológicos/Dragones/Edad Media/Europa/Leyendas

Así recaudaban impuestos en la Edad Media para financiar obras públicas.

  • La sisa era una tasa a descontar al comprar ciertos productos
  • Era tan eficaz que se convirtió en una medida permanente
  • Sirvió para mejorar infraestructuras y dotar de servicios a las ciudades

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En tiempos del Imperio romano, de las obras públicas se encargaban los ‘publicani’, y estaban financiadas por las arcas del Estado. La República lograba grandes botines de guerra cuando conquistaba nuevos territorios, además de obtener ingresos adicionales a través del ‘stipendium’, un tributo que debían pagar las ciudades vencidas.

Pero tras celebrar el triunfo, debían pensar en gobernar y administrar las nuevas posesiones, además de tratar de satisfacer mínimamente las necesidades de los habitantes de los territorios ahora sometidos.

Los tentáculos administrativos de Roma no eran tan largos como para poder cubrir todas estas obligaciones. Ahí aparecen los ‘publicani’, empresarios privados o sociedades, a los que se recurría para construir la obra pública civil, como acueductos o calzadas; religiosa, como los templos; o las de carácter propagandístico y cultural, como las estatuas, los monumentos, los anfiteatros o los circos. Además, también se encargaban del correspondiente mantenimiento.

Una vez que el Senado aprobaba el gasto, y con las ofertas presentadas en papiro o en pergamino, los censores estudiaban las ofertas, y adjudicaban la obra al proyecto con mejor relación calidad/precio. Pese a la normativa, ser generoso con los políticos, o estar dentro de su círculo de amistades, hacía que las posibilidades de hacerse con el contrato aumentasen.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de cargos públicos en Roma eran de periodicidad anual, y no estaban remunerados. Eso hacía que solo las familias pudientes pudieran permitirse ser candidatos, ya que debían financiar las campañas electorales, e incluso los gastos durante su mandato. Y no era barato, porque para ganarse al pueblo costeaban obras públicas o financiaban espectáculos.

Los impuestos en la Edad Media

Con la caída de Roma, y la desintegración de sus estructuras centralizadas, el poder se dispersó. Primero entre los pueblos germánicos, y después entre los señores feudales. El modelo productivo esclavista se vio sustituido por uno basado en la relación de servidumbre. Eran los nombres los que debían dotar a su reino de las estructuras necesarias: puentes, molinos, fortificaciones, norias… Pero en este caso, la inversión se repercutía vía impuestos en sus vasallos.

Hay numerosos ejemplos, como la alfarda, que era el pago por aprovechar el agua de las acequias; el herbaje, que se pagaba por aprovechar los pastos; el montazgo, que era un impuesto sobre los ganados; el diezmo, que correspondía a una décima parte de las cosechas y que recaudaba la iglesia para mantener el clero… Se pagaba por el depósito de mercancías, por su comercio, por usar molinos y hornos comunitarios, por trabajar la tierra, por entrar en las ciudades, por cruzar puentes…

Todos estos impuestos medievales eran indirectos, se aplicaban independientemente de la capacidad económica del pagador, y gravaban la producción, el comercio o el consumo. Repercutían casi en exclusiva en el pueblo, y beneficiaban a la Corona, la nobleza y el clero.

La sisa, el impuesto a descontar en el momento de compra de ciertos productos.

Otro tema de la sisa, un impuesto que consistía en descontar en el momento de la compra una cantidad de ciertos productos, normalmente un octavo. La diferencia entre el precio pagado y lo que realmente se recibía, la sisa, era el gravamen que iba al fisco.

Aunque en un principio la sisa estaba destinado a cubrir necesidades financieras extraordinarias y puntuales, era tan eficaz que terminó por convertirse en permanente. La Corona podía recaudarlo directamente, o delegar en las instituciones locales, lo que permitía al rey conseguir el dinero por adelantado, que salía de las arcas municipales.

Viendo que era un impuesto seguro, los municipios también quisieron sacar tajada de la sisa, y comenzaron a recaudarlo directamente, en beneficio de sus propias arcas, y no para la Corona. Siempre con la autorización Real, claro, y explicando a qué iban a dedicar la recaudación.

¿Y a qué productos se les aplicaba este impuesto? Pues dependía de cada municipio, pero generalmente a bienes de primera necesidad como el pan, la carne, el aceite, el vino… por lo que era uno de los impuestos más impopulares.

Mejora de las infraestructuras en España

Opinión muy distinta tenían de la sisa los que la recaudaban, porque estuvo en vigor desde del siglo XIII hasta 1845 y, la verdad, sirvió para mejorar las infraestructuras, para la dotación de servidos y para hacer frente a desastres naturales. Algunos ejemplos en España fueron la sisa del vino en Avilés para reparar lo destruido por el fuego; la de San Sebastián sobre las «cosas de comer» para reparar las torres y puentes; la del vino de Burgos para financiar inversiones en el abastecimiento de agua; la del pescado de Sevilla para fortificar Cádiz; la del vino de la Plaza para construir la plaza Mayor de Madrid…

También las hubo para gastos más superfluos, como la sisa del cuarto de palacio de Madrid sobre la carne para construir un habitación en el Palacio para doña Margarita de Austria, la del cacao y el chocolate para «otros» gastos de la monarquía o la del hierro y los metales para «las fiestas y regocijos del casamiento y recibimiento de la reina doña María Luisa de Borbón»; e incluso para fines bélicos como la del tocino y el vino para la guerra de Flandes o la del azúcar para la guerra de Portugal.

Al menos en los grandes núcleos, el recurso más habitual para financiar los gastos de infraestructuras desde la Baja Edad Media hasta la mitad del XIX fueron las sisas.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

FUENTE RESPONSABLE: elEconomista.es España. Por Lorena Torio y Javier Calvo. 29 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Edad Medía/Impuestos/Economía

Por qué la Edad Media tiene tan mala fama?

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“La gente tiene derecho a vivir como quiera, ya no estamos en la Edad Media”. Estas declaraciones, pronunciadas no hace mucho por un primer ministro europeo, demuestran que lo medieval se utiliza a menudo como sinónimo de incultura, barbarie y atraso.

Esa visión despectiva de la Edad Media se puede observar en otros muchos ámbitos. Por ejemplo, desde hace años las películas y series ambientadas en esta época reflejan una sociedad violenta, injusta y supersticiosa. Y esa visión se refuerza mediante una estética cada vez más oscura –al parecer, el sol no salía mucho en la Edad Media–. En ese sentido, El último duelo, la última gran producción de Hollywood ambientada en esta época, representa un ejemplo paradigmático de estos tópicos.

El Último Duelo | Tráiler Oficial | Subtitulado

Todos estaremos de acuerdo en que meter mil años de historia en el mismo saco se antoja bastante ridículo. ¿Se imaginan que en el futuro se englobe dentro de una época el tiempo entre 1500 y 2500, y que se aplique el mismo calificativo a todos esos siglos?

Además, basta entrar en una catedral gótica para comprobar que la Edad Media tuvo bastante poco de bárbara y de oscura. Quizá por ello, han sido muchos los medievalistas que se han esforzado en mostrar que esa visión despectiva del Medievo es difícilmente defendible. Sin embargo, poco se sabe sobre el origen de esa concepción. ¿Por qué lo medieval tiene tan mala fama?

El valle de la Edad Media

Lo primero que habría que preguntarse es por qué metemos mil años de historia dentro de una misma época, y por qué la conocemos como Edad Media. Fue el suizo Cristóbal Cellarius quien a finales del siglo XVIII publicó un libro que consagró la división de la historia en tres edades: antigua, media y moderna, a la que posteriormente se añadiría la contemporánea.

Lejos de ser adjetivos neutros, estas denominaciones denotan ya una genuina visión de la historia. Al ser definido como Edad Media, el período entre los siglos V y XV pasaba a la historia como una época cuya importancia se reducía a estar entre medias –de ahí el nombre– de otras dos edades más importantes.

Esta visión de la historia podría representarse gráficamente como un paisaje dominado por dos imponentes montañas: la Edad Antigua y la Edad Moderna, separadas entre sí por el valle de la Edad Media. Ahora bien: ¿cuándo comenzó esta visión tan despectiva del milenio medieval? ¿Puede señalarse un momento en particular, o incluso a una persona concreta como responsable de esta concepción histórica?

El creador de la fake news de una Edad Media oscura.

El contexto histórico donde nació la idea de una Edad Media oscura no es otro que el Renacimiento italiano, concretamente el siglo XIV, y el primer autor que la plasmó en sus escritos fue el célebre Francesco Petrarca. Las circunstancias de esta invención historiográfica son ricas y complejas, y en este libro de reciente aparición profundizo en ellas.

De manera sintética, podemos decir que el motivo del desprecio de Francesco Petrarca hacia la Edad Media proviene de su anhelo hacia la Roma antigua. Como gran conocedor de los clásicos latinos, Petrarca no podía evitar comparar la ruinosa situación de la Italia de su tiempo con la gloriosa época romana. Era tal el desafecto que el poeta toscano sentía por su propio tiempo que, en su carta A la posteridad, señaló: “Si el amor a los míos no me lo impidiera, siempre hubiera deseado nacer en cualquier otra época, y olvidar esta”.

En el imaginario colectivo, la Edad Media fue un eterno valle de lágrimas. Aquí, la Crucifixión, parte del panel central del altar de la iglesia franciscana de Múnich, por Jan Polack, 1492. Bayerisches Nationalmuseum, Múnich.

Para Petrarca, con la decadencia del Imperio romano había comenzado una época caracterizada por las tinieblas y la corrupción en todos los niveles: político, religioso y, sobre todo, cultural. Según esta visión, durante la Edad Media la Iglesia se corrompió y las letras y las artes entraron en una época oscura que, para Petrarca, aún perduraba.

En sus Epistolae metricae, el gran poeta toscano lo resumió así: “Hubo una edad más afortunada y probablemente volverá a haber otra de nuevo; en el medio, en nuestro tiempo, ves la confluencia de las desdichas y de la ignominia”. Esta frase sintetiza a la perfección la concepción historiográfica que aún persiste hoy día: una Edad Antigua dorada, una Edad Media oscura y una Edad Moderna que habría de suponer la recuperación de la cultura, es decir, su renacimiento.

La tierra prometida: el Renacimiento

Volvemos a la importancia de las palabras: algo no puede renacer si antes no estaba muerto. El mismo término de Renacimiento, que igual que el de Edad Media sería acuñado un poco después, lleva implícita la afirmación de que durante el Medievo la cultura estuvo muerta.

De las citas de Petrarca se extrae claramente que él se vio a sí mismo dentro de la Edad Media. Como un nuevo Moisés, el poeta toscano previó el advenimiento de la tierra prometida del Renacimiento, pero fueron sus sucesores dentro del humanismo italiano quienes proclamaron la llegada del nuevo tiempo dorado.

Los primeros en hablar de un resurgir dentro del campo de las letras y las artes fueron grandes humanistas del siglo XIV. Entre ellos destaca el célebre Giovanni Boccaccio, el discípulo predilecto de Petrarca. Posteriormente, durante el Quattrocento y el Cinquecento, numerosos autores del campo de las artes y las letras proclamaron el renacimiento de la cultura, que había resurgido de sus medievales cenizas para constituir una nueva época dorada.

El mito se extiende hasta nuestros días

En la Edad Media también jugaban al béisbol. El juego de la Pelota, ilustración de las Cantigas de Santa Maria. Wikimedia Commons

Esta visión historiográfica se propagó rápidamente por Europa. Primero fue la Reforma luterana la que acogió esta idea, sobre todo por la crítica a la Iglesia medieval que dicha visión contenía, y la difundió de manera viral gracias a la imprenta.

Posteriormente, la Ilustración francesa retomó esta concepción histórica. Para autores como Voltaire, la Edad Media representaba todos los errores seculares de los que abjuraron, y de los que pretendían salvar a la humanidad, como el oscurantismo religioso y el predominio del dogma sobre la razón.

Desde entonces, la única etapa en la que se reivindicó la época medieval fue el Romanticismo, si bien de una manera idílica. Los representantes de este movimiento recrearon un tiempo lleno de misterio, maravillas y folclore. Los cuadros de Caspar David Friedrich o las novelas de Sir Walter Scott representan muy bien esa Edad Media de castillos, hazañas y duelos entre caballeros por el amor de una dama.

Obviamente, ninguna de las dos visiones, la renacentista y la romántica, hacen justicia a lo que fueron los siglos llamados medievales. La Edad Media, como todas las épocas históricas –como la nuestra misma–, fue un tiempo con luces y sombras. Un tiempo, en definitiva, que, si nos acercamos a él sin prejuicios ni presentismos adanistas, aún tiene muchas enseñanzas que ofrecernos.

Imagen de portada: Ciudad medieval sobre un río, de Karl Friedrich Schinkel (1815). Staatliche Museen zu Berlin, Nationalgalerie / Andres Kilger, CC BY-NC-SA

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation. Por Eduardo Baura García. Doctor en Humanidades. 26 de julio 2022

Sociedad y Cultura/Historia/Renacimiento/Edad Media

El carro que siempre señala el sur, usado en la antigua China para orientarse sin magnetismo.

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}El primero conocido y documentado de forma fiable es el construido por el ingeniero Ma Jun, que vivió entre los años 200 y 265 d.C. durante la era de los Tres Reinos, en el reino de Wei. A él se le atribuye por tanto su invención, así como la del telar de seda.

Utilizaba un sistema de brújula direccional que no tenía función magnética, sino que funcionaba mediante el uso de engranajes diferenciales (que aplican la misma cantidad de par a las ruedas motrices que giran a diferentes velocidades), ya que la brújula de aguja magnética no se descubriría hasta más de siete siglos más tarde.

Al comienzo del viaje el puntero se orientaba manualmente hacia el sur, y luego cada vez que el carro giraba el sistema de engranajes se encargaba de mantenerlo correctamente orientado con respecto al cuerpo del carro, para contrarrestar el giro, y que siguiera apuntando en una dirección constante al sur. Así, el mecanismo realizaba una especie de navegación por estima direccional, aunque propenso a errores e incertidumbres acumulativas.

La figura apuntadora estaba conectada, probablemente mediante engranajes intermedios, a un eje que giraba a una velocidad proporcional a la diferencia entre las velocidades de rotación de las ruedas. Cuando el carro se movía en línea recta las dos ruedas giraban a igual velocidad y por tanto el puntero no se movía. Cuando el carro giraba las ruedas giraban a diferentes velocidades y el diferencial hacía girar el puntero, compensando el giro del carro.

Modelo de carro expuesto en Dubai | foto Nemravik en Wikimedia Commons

En los últimos períodos dinásticos medievales el carro que indicaba el sur de Ma Jun se combinó, en un solo dispositivo, con el odómetro que medía las distancias. Según las fuentes chinas parece que los carros se utilizaron, de forma intermitente, por los menos hasta el año 1300.

Algunos textos sugieren que la invención del dispositivo es mucho más antigua. El Libro de Song, una historia de la dinastía Liu Song (la primera de las Dinastías del Sur en China) escrita por Shen Yue entre los años 502 y 577 d.C. dice que el carro que indica el sur fue construido por primera vez por el duque Zhou (a principios del primer milenio a.C.) como medio para conducir a casa a ciertos enviados que habían llegado desde una gran distancia más allá de las fronteras. El país que había que atravesar era una llanura sin límites, en la que la gente perdía la orientación hacia el este y el oeste, por lo que (el duque) hizo construir este vehículo para que los embajadores pudieran distinguir el norte y el sur. Shen Yue, Libro de Song

Los engranajes del modelo expuesto en Taiwan | foto SSR2000 en Wikimedia Commons

Según este texto, Ma Jun se habría limitado a construir un nuevo ejemplar, ya que todos los anteriores se habían perdido, ante la incredulidad de algunos eruditos que afirmaban que tal artefacto nunca pudo haber existido:

En el Estado de Wei, (en el período de San Guo) Gaotong Long y Qin Lang eran famosos eruditos; disputaron sobre el carro que apuntaba al sur ante la corte, diciendo que no existía y que la historia era un sinsentido. Pero durante el periodo Qing Long (233-237) el emperador Ming Di encargó al erudito Ma Jun que construyera uno, y lo consiguió. Este se perdió de nuevo durante los problemas que acompañaron al establecimiento de la dinastía Jin

Shen Yue, Libro de Song

Modelo expuesto en Japón | foto Gnsin en Wikimedia Commons

No obstante parece que todos estos carros no funcionaban demasiado bien (probablemente solo en trayectos cortos), por lo que durante los viajes los engranajes debían ser ajustados en numerosas ocasiones. Hasta que a finales del siglo V d.C. un ingeniero llamado Zi Zu Chongzhi parece que consiguió fabricar uno, tan bueno, que aunque tomó numerosas curvas y cambió en múltiples ocasiones de dirección, nunca dejó de apuntar al sur.

Así, hacia el final del período del reinado Sheng-Ming (477-479), el emperador Shun Di, durante el mandato del príncipe de Qi, encargó a Zi Zu Chongzhi la fabricación de uno, y cuando estuvo terminado fue probado por Wang Seng-qian, gobernador militar de Tanyang, y Liu Hsiu, presidente de la Junta de Censores. El trabajo era excelente, y aunque el carro se torció y giró en cien direcciones, la mano nunca dejó de apuntar al sur. Bajo los Jin, además, también había habido un barco que apuntaba al sur.

Shen Yue, Libro de Song

Carro que señala el sur, expuesto en Pekín | foto Gary Todd en Flickr

En cualquier caso, la curvatura de la superficie de la Tierra habría hecho bastante imprecisos estos artefactos. Si lo trayectos fueran cortos las discrepancias serían pequeñas y sin importancia, pero en trayectos largos habrían funcionado como una brújula muy imperfecta.

Si realmente existieron carros que señalaban el sur y que funcionaban con engranajes diferenciales, se habrían adelantado muchos siglos al primer engranaje diferencial del que se tiene constancia, creado por Joseph Williamson para corregir la ecuación del tiempo de un reloj que mostraba la hora media local y la hora solar. No obstante, es posible que el mecanismo de Anticitera también usase engranajes diferenciales.

No se conserva ningún carro histórico de este tipo, pero se pueden ver réplicas más o menos fieles a los originales en el Museo de Historia de Pekín y el Museo del Palacio Nacional de Taipei (Taiwan). Además el Centro de Ciencias de Ontario en Toronto (Canadá) expone dos réplicas funcionales. Y hay ejemplos en otros lugares como Dubai y Japón.

Imagen de portada: Modelo conjetural, construido por George H. Lanchester, de un «carro que apunta al sur» chino, accionado por un engranaje diferencial (1950) | foto Science Museum Group.

FUENTE RESPONSABLE: LBV Magazine Cultural Independiente.Por Guillermo Caravajal. 28 de junio 2022. Información M. Santander , The Chinese South‐Seeking chariot: A simple mechanical device for visualizing curvature and parallel transport, American Journal of Physics 60, 782-787 (1992) doi.org/10.1119/1.17059 | South Pointing Chariots | Hong-Sen Yan, Reconstruction Designs of Lost Ancient Chinese Machinery | Hong-Sen Yan, Marco Ceccarelli, eds., International Symposium on History of Machines and Mechanisms | Wikipedia.

China/Antiguedad/Artefactos/Edad Media/Ingeniería/Mecánica / Orientación.

Pedro el cruel, el terror de la nobleza.

Frío y vengativo, Pedro I de Castilla persiguió con saña a quienes amenazaban su poder, pero su hermano bastardo, Enrique de Trastámara, lo mató con sus propias manos en Montiel.

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Pedro I de Castilla murió en 1369, en uno de los episodios más dramáticos de la historia de la España medieval: asesinado en la tienda de un campamento militar por su propio hermano, Enrique, que se alzó así con el trono de Castilla al término de una cruenta guerra civil. Pero Enrique de Trastámara no sólo acabó con la vida de su rival; también lo condenó ante la historia. Para justificar la muerte violenta del rey, se dijo que don Pedro había sido un tirano y se ordenó escribir una crónica en la que aparece como un personaje vengativo, avaricioso y hasta paranoico. Así nació la imagen de Pedro «el Cruel». Quienes, por el contrario, piensan que el autor de la crónica mintió o manipuló la verdad, que don Pedro defendió a los débiles y castigó a los nobles y que fue un buen monarca traicionado por los suyos, se refieren a este soberano como «el Justiciero».

Foto: Oronoz / Album

Pedro I subió al trono en 1350, con tan sólo 15 años, después de que su padre Alfonso XI muriese en el cerco de Algeciras debido a la Peste Negra. 

Al principio mostró poco interés por la política y prefería salir al campo para cazar con sus halcones. Permitió así que un aristócrata de origen portugués, Juan Alfonso de Alburquerque, se hiciera con el control del reino. Alburquerque combatió y ejecutó a gran parte de sus enemigos, utilizando al rey como una marioneta que firmaba las sentencias.

Con todo, la principal amenaza para don Pedro eran sus hermanos bastardos, los hijos de Alfonso XI y su amante Leonor de Guzmán, siete en total; el primogénito era Enrique, conde de Trastámara y un año mayor que don Pedro.

En vida de su padre habían gozado de grandes privilegios en la corte, pero tras la muerte de aquél cambió su situación. Leonor de Guzmán, víctima de los celos de la reina viuda, María de Portugal, fue apresada y asesinada.

Enrique de Trastámara se convirtió en enemigo abierto del monarca, y desde sus posesiones en Asturias encabezaba rebeliones constantes.

En el verano de 1352, don Pedro hubo de marchar al norte para combatir un levantamiento de su hermano, pero en el camino se enamoró de una doncella llamada María de Padilla, a la que hizo su amante.

LAS BODAS DE VALLADOLID

Alburquerque había prometido al rey con una sobrina del rey de Francia, Blanca de Borbón, que llegó a Castilla en febrero de 1353, poco antes de que naciese la primera de las hijas de don Pedro y María de Padilla. El matrimonio se celebró en Valladolid, pero pasados algunos días don Pedro salió de la villa para reunirse con su amante. Nunca más volvió a ver a doña Blanca.

Fue el Castillo de Sigüenza en el que fue encerrada Blanca de Borbón, esposa de Pedro I, quien la haría asesinar más tarde en Andalucía.

Foto: Miguel Raurich / Album

La principal amenaza para don Pedro eran sus hermanos bastardos, los hijos de Alfonso XI y su amante Leonor de Guzmán.

En los meses anteriores al enlace, el monarca había comenzado a cambiar de actitud respecto a su madre, a Alburquerque y, en general, a todos aquellos que lo habían controlado. 

Sus nuevos amigos y consejeros eran los parientes de María de Padilla; especialmente el tío de ésta, Juan Fernández de Henestrosa. Los nobles, furiosos por sentirse apartados del rey, se rebelaron y exigieron al monarca que se alejase de sus nuevos privados y que regresase con su esposa para dar a Castilla un heredero legítimo.

Tratando de acallar estas protestas, el rey se casó con una noble llamada Juana de Castro, después de que algunos clérigos anularan su anterior matrimonio; pero también la abandonó al día siguiente de la boda, al descubrir las intrigas de los hermanos de su nueva esposa. 

Alburquerque, por su parte, se alió con los hermanos bastardos del monarca, pero murió pronto, se dijo que envenenado; durante su agonía hizo prometer a sus aliados que su cadáver les acompañaría hasta haber reducido a don Pedro. 

Tras varios meses de tensiones y enfrentamientos, el rey fue retenido en Toro, acusado de no saber gobernar, y el ataúd de Alburquerque fue sepultado. El monarca empleó su astucia para dividir a sus captores y consiguió escapar, pero la afrenta se le quedó grabada en la memoria.

En 1356, el rey se encontraba en Sanlúcar de Barrameda cuando apareció ante sus ojos un barco aragonés que se dirigía a Francia y que atacó a unos navíos de Piacenza atracados allí. Don Pedro persiguió al barco pero, viendo que no podía atraparlo, regresó e hizo apresar a todos los comerciantes catalanes residentes en Sevilla y confiscar sus bienes. Como el rey Pedro IV de Aragón se negó a disculparse por el ataque, le declaró la guerra.

GUERRAS Y REVUELTAS

El conflicto con el Reino de Aragón, que se prolongó diez años, se mezcló con las disputas internas en el reino de Castilla. Enrique de Trastámara huyó a Francia y, convertido en mercenario, se unió al rey aragonés; en cambio, sus hermanos y la mayor parte de los nobles lucharon del lado de don Pedro. Algunos le fueron fieles hasta el fin; pero otros muchos le traicionaron y eso llevó al rey a ordenar numerosos castigos y escarmientos. Ejecutar a los traidores era una práctica común en la época medieval; lo que se recriminó a don Pedro fue el carácter frío e implacable de sus castigos.

Algunos le fueron fieles hasta el fin; pero otros muchos le traicionaron.

En 1358 Fadrique, uno de los medio hermanos del rey, acudió al Alcázar de Sevilla para presentarle sus respetos cuando los ballesteros lo desarmaron y lo asesinaron, golpeándolo con una maza. Minutos más tarde, y dando muestras de una terrible sangre fría, el monarca se puso a comer en la misma sala en la que aún yacía el cadáver. A continuación, el rey envió a sus esbirros a Bilbao en busca de su primo don Juan, el infante de Aragón, que fue abatido a golpes de maza; su cuerpo fue arrojado por una ventana.

Salón de embajadores, perteneciente al palacio mudéjar que Pedro I hizo construir en los Reales Alcázares de Sevilla.

Foto: Massimo Borchi / Cordon Press

La lista de víctimas de la ira regia en los años siguientes es muy larga. Blanca de Borbón fue apresada y ejecutada; Gutier Fernández de Toledo,uno de los hombres de confianza del rey, le escribió una dramática carta antes de ser ejecutado; Samuel Leví, tesorero real judío, fue torturado para que confesase dónde había escondido lo que en teoría había robado a la Corona… El rey Bermejo, que había usurpado el trono nazarí de Granada, se presentó ante don Pedro en Sevilla cargado de joyas para ganarse su favor, pero éste, tras aceptar el presente, hizo que lo atasen a una mula y lo arrastrasen hasta matarle.

LA ENCERRONA DE MONTIEL

En este clima de sospechas y terror, Enrique de Trastámara creyó que había llegado su oportunidad. Acompañado por mercenarios franceses, entró en Castilla, se autoproclamó rey y se ganó el apoyo de muchos nobles castellanos que estaban descontentos con el gobierno de don Pedro. De esta forma, obligó a huir al soberano, que marchó por mar hasta las posesiones del rey de Inglaterra en Gascuña, al sur de Francia.

En un clima de sospechas y terror, Enrique de Trastámara creyó que había llegado su oportunidad.

La batalla de Nájera, de 1367, en una miniatura del siglo XIV. Enrique de Trastámara y los franceses luchan contra Pedro el Cruel y tropas inglesas.

Foto: Art Archive

Pero el rey legítimo volvió a Castilla en 1367, con las tropas del Príncipe de Gales. Los ejércitos de los dos hermanos se enfrentaron en la batalla de Nájera. Los partidarios de don Pedro eran superiores en número y contaban con los arqueros ingleses, que en la Guerra de los Cien Años habían demostrado su poderío sobre la caballería pesada. El Trastámara sufrió una terrible derrota. Acabada la batalla, don Pedro recorrió el campo buscando entre los cadáveres el de su medio hermano, pero Enrique había logrado huir.

Pasados unos meses, Enrique regresó a Castilla; al cruzar la frontera, se arrodilló, tomó entre sus manos un puñado de tierra y juró que no volvería a salir. Retomó sus apoyos y contrató mercenarios a los que prometió pagar cuando se hiciese con el trono, con lo que pudo reanudar la lucha. Sobre esta guerra civil, cruel y sangrienta como pocas, nos han llegado testimonios escasos. Los ingleses que habían acudido en ayuda de don Pedro, cansados de esperar las compensaciones prometidas, acabaron abandonando el reino, mientras que los mercenarios franceses, ante la perspectiva de un cuantioso botín, siguieron luchando. Los combates se sucedieron hasta que en marzo de 1369 Enrique de Trastámara consiguió cercar al rey en la fortaleza de Montiel.

Para conseguir el apoyo del Príncipe Negro y sus mercenarios ingleses, don Pedro debió entregarle las joyas que llevaba consigo como garantía. Una de ellas, un rubí que el monarca había recibido del rey Bermejo de Granada, adorna hoy la corona real de Inglaterra.Foto: Art Archive

Sabedor de que, militarmente, su suerte estaba echada, don Pedro entró en contacto con Bertrand du Guesclin, caballero francés que se encontraba en el campamento de Enrique de Trastámara, para que le facilitara la huida. La noche del 22 de marzo el rey se aventuró en la posada del francés, acompañado por un puñado de hombres de confianza. Pero a poco de llegar apareció don Enrique, completamente armado.

Llevaban años sin verse, y se dice que en los primeros momentos el Trastámara no le reconoció. Uno de sus aliados le dijo, señalando a don Pedro: «Catad que ese es vuestro enemigo». Enrique siguió dudando hasta que el propio rey le gritó: «Yo só, yo só». Los dos hermanos se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo. Don Pedro recibió una herida de daga en la cara, y ambos contendientes cayeron al suelo. Se cuenta que don Pedro era más fuerte y, por ello, a pesar de no llevar armadura, consiguió reducir a Enrique.

Pero entonces Bertrand du Guesclin le cogió las piernas y lo volteó diciendo «Ni quito ni pongo rey, sino ayudo a mi señor». Aprovechando esta repentina ventaja, el conde dio una puñalada mortal en el cuerpo de su enemigo y, tras ello, le cortó la cabeza. Así murió don Pedro, como había vivido: entre la sangre y la violencia.

Foto: AKG / ALBUM

Imagen de portada: Foto (Album)

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic Historia. Por Covadonga Valdaliso; Doctora en Historia.

Edad Media/Reino de Castilla/Reino de Aragón/España

Cuando los vikingos llegaron a España y a la Península Ibérica.

Los temibles guerreros de la Edad Media.

La actividad vikinga en la península Ibérica fue escasa en comparación con otros lugares de Europa, pero igualmente intensa. Por lo general se trató de incursiones esporádicas, pero bastaron para tener efectos importantes sobre el devenir de los reinos hispanos.

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Los vikingos fueron uno de los pueblos más temidos de la Edad Media. Grandes navegantes, desde sus bases en el norte de Europa realizaron incursiones por gran parte de Europa septentrional. Raramente se aventuraban más al sur de la costa francesa, pero en ocasiones atacaron también la península Ibérica y se adentraron en el Mediterráneo.

Por norma general, estos ataques tenían como único objetivo el saqueo para conseguir botín, mujeres y esclavos; y pocas veces daban lugar a asentamientos permanentes. La península sufrió cuatro oleadas de ataques vikingos en los siglos IX, X y XI.

LOS PRIMEROS ATAQUES

La primera campaña vikinga en territorio hispano tuvo lugar en el año 844 y cogió por sorpresa tanto a los reinos cristianos del norte como a los emires omeyas de Córdoba. La flota normanda partió de sus bases en Francia y atacó varias ciudades portuarias en el reino de Asturias -que englobaba todo el litoral norte de la península- antes de proseguir hacia el sur por la costa occidental hacia al-Ándalus, saqueando a su paso Lisboa y Cádiz hasta llegar a Algeciras. Llegados a ese punto, la flota dio media vuelta y remontó el Guadalquivir en dirección a Córdoba, la capital, con el objetivo de obtener un gran botín que cerrase la campaña militar.

Normandos en Inglaterra

Algunos vikingos se establecieron en el noroeste de Francia, en una región que tomaría su nombre de ellos: Normandía, la tierra de los hombres del norte. Allí adoptaron una vida sedentaria, se convirtieron al cristianismo y dieron a luz un próspero mestizaje cultural y lingüístico, pero la llama guerrera de sus antepasados nunca se extinguió del todo.Imagen: Alinari/Cordon Press

A finales de septiembre llegaron a Sevilla, donde lanzaron un feroz ataque y tomaron la ciudad en siete días. Según las fuentes andalusíes, todos los hombres adultos fueron pasados por la espada y las mujeres y los niños fueron capturados como esclavos. El emir Abderramán II reunió un gran ejército y tendió una trampa a los atacantes, usando algunas tropas como señuelo para hacerles salir de su campamento; la maniobra funcionó y el grueso de las tropas vikingas fue aniquilado. La experiencia disuadió a los hombres del norte de intentar otro ataque en tierras andalusíes durante los quince años siguientes.

LOS VIKINGOS EN EL MEDITERRÁNEO

El segundo gran ataque se produjo en el año 859, bajo el mando de uno de los líderes vikingos más temidos o admirados -según el bando- de la historia: Björn Ragnarsson, apodado Costado de Hierro porque siempre lograba salir airoso del combate sin apenas recibir heridas. En un principio, esta vez la flota limitó sus ataques a la costa -tal vez recordando la derrota sufrida en Sevilla- y recorrió todo el litoral de la península hasta llegar a las islas Baleares. Sin embargo, la poca resistencia que encontraron les animó a remontar el Ebro hasta Pamplona, donde capturaron al rey García Íñiguez y obtuvieron un gran rescate a cambio de su liberación.

En el año 859, una flota vikinga penetró por primera vez en el Mediterráneo y llegó hasta Italia, Grecia, Constantinopla y Egipto.

Era la primera fuerza vikinga que penetraba en el Mediterráneo y tomó por sorpresa a muchos. Llegaron hasta la costa de Italia -según algunas fuentes, hasta las proximidades de Florencia- dejando una estela de saqueos a su paso. A partir de ese momento la historia se confunde con la leyenda: los cronistas bizantinos hablan de ataques en Grecia y Constantinopla, los árabes los mencionan en Egipto, pero resulta difícil reconstruir la expedición completa ya que podría ser que la flota, que contaba entre 70 y 100 naves, se hubiera dividido en diversas flotillas.

Las incursiones vikingas motivaron la construcción de murallas en numerosas ciudades, de las que hoy se conservan pocas. Santiago de Compostela (en la foto, su catedral) fue una de las que más ataques sufrió. Foto: Xuxo Lobato / Getty Images

En el 861 las naves vikingas, de regreso a sus bases en la costa francesa, intentaron cruzar de nuevo el estrecho de Gibraltar. Pero esta vez les esperaba una gran flota andalusí dispuesta a acabar con ellos: dos tercios de los barcos vikingos fueron hundidos, pero Björn Ragnarsson consiguió abrirse paso con el resto y volver a su base en la desembocadura del Loira, llevando a cabo otros tantos saqueos en el camino de vuelta.

SAQUEADORES, COMERCIANTES Y PRÍNCIPES

Durante casi un siglo la península Ibérica no vivió otro ataque vikingo a gran escala, pero en la segunda mitad del siglo X los hombres del norte regresaron. Esta vez los ataques se concentraron en el Mar Cantábrico y en especial la costa gallega, que sufrió grandes y continuos ataques. En uno de estos, el año 968, los vikingos llegaron a establecer una base permanente cerca de Santiago de Compostela y durante tres años se dedicaron a saquear las poblaciones y la campiña. También en aquella ocasión intentaron atacar al-Ándalus, pero fueron repelidos.

En el año 925 Asturias y León se habían unido en un único reino y los ataques vikingos aceleraron el proceso de unificación territorial y militar.

Esta tercera oleada de ataques tuvo un efecto importante sobre el destino de los reinos cristianos: en el año 925 Asturias y León se habían unido en un único reino y los ataques vikingos aceleraron el proceso de unificación territorial y militar para poder hacer frente a los temibles hombres del norte. Ya durante las primeras incursiones normandas en la península, el rey leonés Ramiro I había prestado ayuda a su homólogo astur y fue gracias a ello que los atacantes no habían logrado establecer bases permanentes. En esta ocasión, la disputa por el poder entre Ramiro III y su primo Bermudo II -que gobernaba de facto Galicia y parte de Portugal- facilitó las cosas a los invasores.

El pueblo costero de Cudillero (Asturias) dice tener raíces vikingas, fruto de la unión pacífica -o eso dicen- de los normandos con los pobladores astures. Prueba de ello sería su particular dialecto rico en palabras de etimología nórdica.Foto: iStock

La naturaleza de la presencia vikinga en el reino astur-leonés durante este periodo es discutida y entra el terreno de la leyenda. Así, por ejemplo, los habitantes del pueblo asturiano de Cudillero dicen ser descendientes de aquellos hombres del norte que decidieron no volver con sus compatriotas a las costas francesas y adoptar un estilo de vida más pacífico. Aunque nos han llegado pocas pruebas materiales de asentamientos comerciales en la península, es sabido que los vikingos también eran grandes mercaderes.

Después de esta expedición, las tierras hispanas estuvieron a salvo de ataques vikingos durante unas cuantas décadas. Pero en la primera mitad del siglo XI llegó la cuarta y última oleada, de naturaleza muy diferente a las anteriores: en esta ocasión se establecieron en varios puntos de la costa mediterránea, como mínimo en Almería, Denia, Alicante y Baleares. La ocasión fue propiciada por la extrema debilidad del califato de Córdoba, que se había ido desintegrando dando lugar a los primeros reinos de taifas

Estos reinos, por sus dimensiones reducidas, no pudieron hacer frente a los ataques vikingos y los jefes normandos lograron hacerse con el poder en algunos de ellos.

Durante el siglo XI los normandos, descendientes de los vikingos que se habían establecido en Francia, extendieron su poder por el Mediterráneo. Palermo, la capital de Sicilia, es una de las ciudades que más refleja el mestizaje cultural durante la Edad Media.

Desde allí pudieron lanzarse a la conquista del Mediterráneo y extender su poder hasta Sicilia y la Italia meridional; pero al mismo tiempo, la unificación de las taifas en reinos de mayor dimensión y poder terminó expulsándolos de la península

Terminó así una conflictiva historia de dos siglos en la que los temibles hombres del norte habían moldeado, si bien indirectamente, el destino de los reinos hispanos.

Imagen de portada:La Ruta Vikinga de Catoira. Foto: ruta-vikinga.com

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic Historia. Por Abel G.M. Periodista especializado en el ámbito de la Historia y los viajes.

Vikingos/Edad Media/Historia de España.

 

Un perro descubre un tesoro de la edad media en la ciudad polaca de Walbrzych.

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El hallazgo canino constituye la mayor colección de monedas descubierta en Polonia desde principios del siglo XX, y se compone de más de cien piezas de plata de origen medieval estampadas con cruces, torres y los retratos de los nobles que las acuñaron.

Monedas antiguas Arqueología Edad Media

Paseando una tarde con su amo, Kajtuś husmeó algo extraño al lado del camino, y tras escarbar un poco descubrió, para sorpresa de ambos, un centenar de monedas de plata dentro de una vasija hecha pedazos.

Inmediatamente se pusieron en contacto con los especialistas de la Oficina para la Protección del Patrimonio de la Baja Silesia. Tras organizar un equipo de investigadores, este fue enviado al lugar para desenterrar el recipiente cerámico y su precioso contenido.

OCULTO DURANTE SIGLOS

El tesoro fue enterrado en algún momento de la primera mitad del siglo XIII para ocultarlo mientras su propietario huía, quizás durante la invasión mongola de Polonia del año 1240 o en uno de los numerosos conflictos entre señores feudales que caracterizaron la historia polaca a principios de siglo.

Un hombre sujeta una cruz y una flor de lis en el anverso de una de las monedas.Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Las monedas se encontraron dentro de esta olla hecha añicos. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Las monedas halladas son bracteatus, finas láminas de plata estampadas a golpe de martillo con una sola imagen en relieve cóncavo por una cara y convexo por la otra. Su programa iconográfico se compone de un conjunto de cruces, grifos, ángeles, sirenas y castillos.

MONEDAS EN TIEMPOS DE CRISIS

Este tipo de divisa abundaba durante la época, pues la falta de plata en el centro de Europa obligó a disminuir su peso para poder disponer de dinero suficiente con el que pagar los impuestos y comerciar. Por su delgadez estas monedas tendían a doblarse o romperse, por lo que no permanecían mucho tiempo en circulación y eran fundidas de nuevo cada cierto tiempo.

Dos cruces y la representación de una hoguera enmarcan un rostro masculino, quizás el del noble responsable de producir estas piezas.Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

El valor de cada moneda se determinaba por su peso, lo que explica los diferentes tamaños encontrados en la vasija. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Las imágenes religiosas abundan entre las piezas del tesoro. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

Afortunadamente, este tesoro ha permanecido intacto dentro de la tierra y constituye un hallazgo excepcional de un tipo de moneda muy poco habitual en la arqueología medieval. De hecho, es la colección de bracteatus más numerosa descubierta en el país en casi cien años.

Imagen de portada: El tesoro se compone de más de cien bracteatus, unas delgadas monedas hechas con lámina de plata estampadas con la misma imagen por ambos lados. Foto: Lower Silesia Heritage Protection Office

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC. Historia. Por Francesc Cervera.Abril 2022

Monedas antiguas/Arqueología/Edad Media/Actualidad

 

 

Si no existe un lugar para la felicidad, invéntalo.

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Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida inventando, en cualquier sitio, un lugar que no existía antes.

¿La felicidad tiene su lugar? 

Si nos fijamos en los tópicos más extendidos, no solamente tiene un lugar, sino una forma: la de una casita que alberga una felicidad íntima y secreta (una cabaña y un corazón), y representa algo humilde y modesto, así como el ideal más ambicioso (a veces, nos referimos a ese refugio anónimo diciendo «con esto me basta»). 

Es el más ambicioso porque se apoya en la convicción de que la receta de la felicidad está al alcance de nuestra mano si tenemos la sensatez de creer en nosotros mismos, de renunciar a ambiciones superficiales y de contentarnos con poco, que es lo esencial: el amor, la amistad, la sobriedad. Por muy limitado que parezca, se trata de un ideal inalcanzable para muchas personas. Las vicisitudes de la vida suelen hacer que el amor y la amistad se tambaleen. La sobriedad y el sedentarismo no nos protegen del aburrimiento ni de la soledad. 

El cartel de la felicidad suele ser generalmente una recomendación publicitaria de la que se adueña la sociedad mediática para vender sus folletines (La casita de la pradera) o sus productos financieros: ¿a cuántas personas mayores y felices vemos en la televisión disfrutando, con su florido jardín y sus educados nietos, de los beneficios de un seguro de vida o un funeral pagado con antelación?

Las imágenes del sedentarismo feliz se conciben tradicionalmente para alejar el miedo a la soledad y la muerte. 

En un libro de ilustraciones de temática religiosa de mi infancia, se oponían dos tipos de muertos: el justo, tranquilo, con la barba blanca cuidada y rodeado de representantes de su gran familia emocionados, pensativos y sonrientes; y el pecador, que se retorcía en la agonía del sufrimiento y de la visión de las llamas que lo esperaban, mal afeitado y solo en una chabola improvisada. 

Las imágenes de aquel libro, que ya entonces era arcaico, me aterrorizaban, tengo que admitirlo, y con ello perdían de vista su objetivo, pero al menos tenían el mérito de revelar lo esencial: el pánico que la Iglesia católica y el mercado capitalista, en sus respectivos y variables estilos según la época, escondieron con empeño bajo montones de imágenes instructivas y soporíferas que niegan la realidad. 

Sin embargo, actualmente, deberíamos añadir que las advertencias infernales no son necesarias y que se trata, como mucho, aquí o allá, de escenificar y mostrar en imágenes publicitarias la tranquila felicidad a la que deberíamos aspirar.

Entonces, surgen dos vías. Podemos analizar los procesos por los que hoy en día nos venden una felicidad prefabricada de distintas formas: vacaciones, viajes, cuidados del cuerpo, eterna juventud, futuro asegurado (en los dos sentidos del término), parejas sexuales o compañeros de vida (también hay mercado para esto). 

Para explorar este ámbito, deberíamos no solo observar las distintas producciones publicitarias, sino también los programas políticos, la difusión de la información y las convulsiones religiosas en el mundo global. Es un plan importante e interesante, pero ignora la pregunta central: ¿qué es la felicidad?

La condición humana’. (Ático de los libros)

Podemos plantearnos directamente la cuestión de la felicidad con cierta pretensión, claro, pero también con inocencia y honestidad. ¿Quién tiene derecho a opinar sobre la felicidad de los demás? ¿Basta con desmontar los mecanismos de alienación para responder a la pregunta de la felicidad? La gente encuentra placer en eventos cuya dimensión financiera es evidente y esencial (como las apuestas o el espectáculo deportivo), y no es necesariamente por inconsciencia. En el origen de la ilusión se encuentra el deseo (Freud lo sugería): el deseo indestructible. 

¿Quién juzgará la legitimidad del deseo? «¿Y si nos gusta estar alienados?», podrán responder los nuevos adeptos a las restricciones voluntarias. Para profundizar en la cuestión de la felicidad, volvamos a la del espacio. Desde que propuse la diferencia entre lugar y no lugar, una interpretación apresurada ha hecho del lugar la quintaesencia de la perfección social y del no lugar, la negación de la identidad individual y colectiva. Sin embargo, las cosas son menos extremas y más complejas. 

Recordemos la definición de lugar: un espacio en el que podemos descifrar las relaciones sociales (que, literalmente, se inscriben en él), los símbolos que unen los individuos y la historia que les es común. En un no lugar, esta lectura no es posible. Esto no significa que el lugar sea por definición un espacio de felicidad. Solo los individuos pueden juzgar la felicidad. Y la perfección de la realidad social es, evidentemente, un límite de la acción individual. Por ejemplo, en las sociedades africanas en las que rige la estructura del linaje, cualquier individuo se encuentra bajo la mirada de su entorno, y su comportamiento está sujeto a interpretaciones. Las sospechas y acusaciones de brujería tienen su origen en esta intimidad mutua y en esta vigilancia recíproca. Ocurre lo mismo en nuestros pueblos y sabemos que, para muchos campesinos del siglo pasado, la migración a la ciudad era un paso hacia la libertad. 

La libertad absoluta y la ausencia de relación son tan impensables como una vida reducida a una serie de relaciones impuestas.

Por otro lado, la individualidad absoluta es impensable. No hay identidad sin alteridad, ni individuo sin relación. El sentido social está del lado de la relación. 

La libertad está del lado del individuo. Pero la libertad absoluta y la ausencia de relación son tan impensables como una vida reducida a una serie de relaciones impuestas y una existencia despojada de su carácter individual.

Son dos clases de alienación simétricas e inversas. Históricamente, los regímenes autoritarios impusieron las relaciones, mientras que la lucha por la democracia se ha identificado siempre con la defensa del individuo. Con todo, un mínimo de sentido social es necesario en la existencia individual. Tradicionalmente, la individualidad se afianza en el cruce de tres parámetros antropológicos: la filiación, la alianza y la generación. 

En general, la antropología pone de relieve una dimensión relacionada con la individualidad. En algunas sociedades del este de Costa de Marfil, las reglas de filiación, alianza y constitución de las clases de edad estaban tan estrechamente unidas que la noción de libertad individual carecía de sentido. 

Pero las definiciones de filiación y de alianza pueden adaptarse más o menos y la noción de generación muchísimo más, puesto que la libertad de elección de las relaciones de amistad y de compañerismo podrían llegar incluso a desplazar las categorías generacionales. La modernidad se caracteriza por una liberación creciente del individuo en relación con las determinaciones colectivas estructurales.

La conjugación de identidad y alteridad es lo que da toda su existencia al individuo, y esto condiciona lo que llamaré su capacidad de felicidad. En realidad, al otro solo se lo percibe en el espacio y en el tiempo, ya sea en el recuerdo o en la prefiguración del futuro. Otro cliché de la felicidad, pero que responde a una intuición muy común: la foto, el retrato que inmortaliza un lugar, un momento y un rostro. Lo encontramos también en las grandes novelas del siglo XIX: orquestan la creencia del individuo y de la felicidad inventada en el siglo XVIII en Europa. Stendhal es el representante más notable de estos momentos de felicidad que pasan por la intuición del amor compartido. 

Surgen lugares potencialmente relacionados con estos instantes (terrazas, jardines o una celda de la cárcel) que se convierten en emblemas de toda la felicidad posible y se graban así en la imaginación del protagonista y del lector. 

Pero en Stendhal, la felicidad romántica no es la única forma de felicidad. También existe el movimiento, la emoción de la aventura o el contacto con la historia en ciertos lugares (como ocurre con Milán en La Cartuja de Parma). Pero es cierto que la acción, la historia, el desplazamiento e incluso la guerra son percibidos por los protagonistas del stendhalismo como una promesa de felicidad romántica. Es decir, los héroes en busca de la felicidad convierten a veces el espacio en un lugar (un lugar de encuentro, en el sentido amplio), y no a la inversa.

¿Qué ocurre con los espacios de circulación, de consumo y de comunicación contemporáneos? Desde el punto de vista de la felicidad, son ambivalentes.

La instantaneidad y la ubicuidad son dones mágicos que siguen siendo monopolio de los protagonistas de los cuentos de niños. Nos acercamos a ellos mediante la tecnología. Se suele decir que podemos pensar que la soledad de los individuos es menor debido a la existencia de estas herramientas todopoderosas. 

En realidad, en muchos aspectos, son espejismos. La televisión, por ejemplo, nos hace creer que conocemos a los grandes personajes del mundo simplemente por reconocerlos. Internet puede convencernos de que estamos en contacto con todo el planeta y de que tenemos el saber del mundo a nuestro alcance. 

Pero más allá de que la mayoría de la humanidad no tenga acceso a este medio de comunicación y que una parte de los que sí lo tienen lo usen de forma lúdica (puesto que el instrumento no tiene nada de pedagógico y solo enseña a los que ya saben), hay que aceptar que la naturaleza de una relación establecida a través de internet es problemática, incierta e indefinida; carente del elemento material del cara a cara o del cuerpo a cuerpo. 

Es posible que lo esencial esté en otra parte. Las relaciones que se establecen a través de internet suelen ser promesas de relación. Se parecen a los mensajes que se lanzaban como botellas a la mar en anuncios de periódicos (como en Libération en Francia). Intentan prolongar una impresión fugaz, una emoción instantánea: «Llevaba un vestido verde; se bajó en la Concordia», «Hablaba con una amiga y cruzamos las mirada cuando me bajé en Ópera».

Estos anuncios siempre me han resultado poéticos, pues juegan con el tiempo con instantes que no quieren transformarse en recuerdos, y creen en el encuentro, considerando el azar como un destino. La idea del posible encuentro prevalece sobre la evidencia del sentimiento: el envío del número de teléfono intenta hacer eco a la emoción fugaz, resucitar el instante que le precedió, desencadenar una réplica que autentificará la realidad del pequeño seísmo íntimo que se ha sentido en el metro. 

El anonimato de quien va a un aeropuerto, una estación o un supermercado puede encerrar esa clase de poesía ligada a la espera.

La promesa de una posible felicidad es lo esencial de ese impulso novelesco que incita a tantos individuos a salir a la carretera, tanto en el sentido propio como en el figurado. 

La reapertura del tiempo que se corresponde con este proceso es una prueba de la propia existencia. En las novelas de caballería de la Edad Media, el caballero errante salía en busca de aventura sin ningún objetivo concreto: el escenario vagamente descrito del bosque desierto en el que se adentra es, literalmente, un no lugar, pero también un espacio de espera. 

El caballero errante no sabe lo que está buscando, pero está buscándolo. Decíamos que, en el mundo actual, vemos cómo se multiplican los espacios de circulación, de consumo y de comunicación. Lo que comparten los que suelen frecuentarlos es un anonimato relativo y provisorio. Pero el caballero errante también era provisoriamente anónimo. 

Llegado el momento, tenía que revelar su nombre, «declarar su identidad» como el viajero en el control de seguridad, el cliente que paga con tarjeta o el internauta al que invitan a dar su dirección de correo electrónico. El anonimato relativo de quien va a un aeropuerto, una estación o un supermercado, o del que navega por la pantalla de su ordenador, puede encerrar esa clase de poesía que está ligada a la espera. Al final de la espera, o no hay nada o hay un encuentro. 

Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida.

La migración, con todo su sufrimiento, peligros y tragedias, se inscribe en la misma perspectiva. La esperanza, tan ilusoria como suele revelarse, pide la huida hacia delante. No se identifica con la felicidad, pero intenta huir de la desgracia. 

La felicidad asentada, la felicidad sedentaria, no es hospitalaria y suele rechazar a los recién llegados. Pero no se descarta que lo que moleste a esas personas bien instaladas acerca de la figura del inmigrante sea sobre todo la duda de que no pueden infundirles la naturaleza de su «felicidad» y las virtudes del sedentarismo. 

El agobio de los que proclaman sin parar que están «en sus casas» es que esta pretensión tiene cada vez menos sentido a partir del momento en que la globalización actual, a diferencia de las que la han precedido, se extiende por todo el planeta. 

El lugar de acogida con el que sueña el inmigrante es quizá tan ilusorio como el paraíso perdido que cree defender el sedentario nostálgico, pero es la culminación de un proyecto con el que se identifica. En ese sentido, los inmigrantes son los auténticos aventureros del mundo actual. Lo que suelen mostrarnos las imágenes de nuestra actualidad es el espectáculo de las desgracias debidas a la opresión, a la guerra, a la pobreza y al abandono.

Antes de pensar en la felicidad de la mayoría, hay que intentar apartarla de la desgracia. La felicidad no tiene una dimensión colectiva y lo más siniestro es la imprudente promesa que se hace a los pueblos para que construyan su felicidad. 

La felicidad individual es intensa y frágil: tiene que ver con la consciencia repentina de existir, así como con la necesidad y la presencia del otro o de los otros. El derecho a la felicidad es el primer derecho individual, y el deber de los políticos es hacerla posible, no realizarla ni, mucho menos, imponerla. Los encuentros, la amistad y el amor crean la posibilidad, más o menos indefinida, de una felicidad que dé sentido a la vida inventando, en cualquier sitio, un lugar que no existía antes.  

Imagen de Portada: Gentileza de Studler/Unsplash.

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Marc Augé. Abril 2022

*Marc Augé es el autor de ‘La condición humana’ (Ático de los libros, 2022)

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