Capturando a los Carver.

VIDAS

Alrededor de una supuesta visita del célebre Raymond Carver a Argentina, y su mujer de entonces, la también poeta Tess Gallagher, se tejió un malentendido que dura hasta hoy. Hablamos con Gallagher y algunos de los protagonistas.

El 24 de marzo de 1986, Raymond Carver publicó su poema «Cutlery» en el New Yorker.  

En el poema, el escritor consigue traer con su caña hacia la superficie un inmenso salmón. El salmón emerge enorme y plateado bajo la luz de la luna, tironea y se sale del anzuelo y vuelve al río. Carver queda perturbado con esa imagen que probablemente ilustre al mismo tiempo el misterio de la poesía y el trabajo del poeta: pasar esperando y esperando hasta que la belleza aflore. “Cutlery” (traducido como Cubertería, o Cubiertos) tenía además elementos que tocaban a los argentinos: hablaba de un río ancho que podíamos identificar fácilmente como el Paraná, mencionaba a la ciudad de Rosario y contaba de una comida en el Jockey Club. 

La fecha de publicación del poema -un 24 de marzo-, una mala traducción de la palabra officers, la falta de documentación respecto a la llegada de Carver a la Argentina, algunas ficciones escritas a raíz de esa visita y el rumor de que Carver habría dado una charla literaria en el Jockey Club en 1980 elevaron el viaje a la categoría de mito urbano. Para colmo, “Cutlery” no aparece en ninguno de los libros de poesía que llegaron a la Argentina en castellano, a través de la colección de Visor. 

No es el único poema en que Carver nombra a la Argentina: En el libro Ultramar (Ultramarine), en el último poema, “The gift”, Carver escribe: “Pero por alguna razón, antes de dormirme, me acordé de aquella vez en el aeropuerto de Buenos Aires, la tarde en que nos íbamos. ¡Qué tranquilo y desierto estaba todo!”. Y más adelante, en el mismo poema: “me di vuelta para mirar una vez más las luces de Buenos Aires”. También escribió “En la pampa esta noche”, en la que habla de gauchos y hay un verso donde señala que “Juan Perón duerme en España con el General Franco”.

Jorge Lanata, en su libro Polaroids, aparentemente influido por el relato del periodista rosarino Gary Vila Ortiz, escribió el cuento “Un pez en el aire”. Pero en esa ficción, Carver llega en soledad a Rosario a dar una charla de escritura creativa en el Jockey Club para gente de alta alcurnia y militares de la ciudad. El cuento probablemente haya sido leído en clave de no ficción. Al final del relato, en el que Carver termina componiendo el poema a orillas del Paraná, se cita “Cutlery” y se encuentra la traducción de la palabra officers como oficiales. Ese error luego lo repararía una traducción realizada por Mirta Rosemberg y Daniel Samoilovich: los que compartían la comida con Carver y su mujer Tess Gallagher en Rosario no eran militares argentinos, sino los directivos del club. 

No fue la única ficción que sumó malentendidos: en una novela de Víctor Cagnin, Carver cena y conversa animadamente con Gary Vila Ortiz y el propio Lanata. Esa escena también fue concebida como ficción, pero muchos lectores la asimilaron como la más pura realidad y terminó empastando la verdadera historia de la visita del escritor americano a la Argentina, a Buenos Aires y también a Rosario. 

El relato sin duda más creíble sobre la llegada de Carver lo dio la escritora Beatriz Vignoli, quien asegura que la charla sobre escritura creativa en Rosario existió, pero no fue de Carver solo: fue en compañía de su pareja, Tess Gallagher. 

El relato de Vignoli abunda en precisiones: la charla no fue en una cena en el Jockey Club, sino en el Instituto Nacional del Profesorado, hoy Olga Cossetini, que funcionaba en el edificio del Normal Nacional de Enseñanza Superior, y ocurrió en 1984. Según Vignoli, el encuentro fue organizado ARICANA (Asociación Rosarina de Intercambio Cultural Argentino Norteamericano). Vignoli, quien tenía diecinueve años y cursaba el primer año del traductorado, confesó que a ella en verdad la cautivó Gallagher, poeta y cuentista, quien recitó en inglés poesía de Alejandra Pizarnick. Pero cuando Carver leyó, Vignoli cuenta que, literalmente, se durmió. A Carver lo describe maravillosamente en un texto que ya es un clásico de la literatura rosarina, “Yo dormí con Carver”:  

“Vi a un hombre que se sentó ante el micrófono y saludó con una voz gris, plana, neutra, opaca. El hombre era como la voz. Todo cuadrado, todo gris. Los ojos grises. Unos anteojos verdosos, grandotes, de miope, enormes, cuadrados. Una grisez sólida, eso era Carver”.

El traductor Emilio Ganem, presidente entonces del centro de estudiantes del traductorado, agrega más datos: “levantamos la clase para ir al salón de actos donde ellos iban a leer y a dar una charla. Fue algo inesperado, no fue algo organizado. 

Para mí la trajo Fanny Sloer de Godfrid, que era una profesora de literatura muy relacionada, con muchos contactos. Ella nos pidió ayuda para que la charla tuviera más convocatoria. Y sí; como ya contó Beatriz Vignoli, la charla de Carver fue bastante aburrida.” 

En esa charla en la que se durmió Vignoli, Carver, en un inglés monótono, habría leído, según la reconstrucción del periodista Miguel Roig, “Intimacy”, el cuento que se publicaría luego en Tres rosas amarillas. En ese relato, el escritor, ya consagrado en los Estados Unidos y curado de su alcoholismo, visita durante una gira a su ex mujer, Mariann Burk. El cuento es una furiosa catarsis de su ex, acaso sea una reescritura de “Princesa”, de Anton Chejov, y es también un cuestionamiento a la utilización de la intimidad como material narrativo, aunque en el conmovedor final ella lo termina autorizando a que escriba lo que quiera.

Justamente esa fama exponencial que en pocos años logró Carver después de la publicación de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (“Will you please please be quiet, please”) en 1976 es la que lo traería junto a Gallagher a tierras argentinas. La vida de Carver pega un giro de ciento ochenta grados al año siguiente, en 1977, cuando ingresa a Alcohólicos Anónimos. En 1977 conoce en un encuentro de escritores en Texas a su futura pareja. Al año siguiente recibe la beca Guggenheim. 

En 1981 publica su segundo volumen De qué hablamos cuando hablamos de amor (“What we talk when we talk about love”), que lo consagra casi como una estrella pop. Instalados en Siracusa, Carver y Gallagher comienzan a enseñar escritura creativa en la universidad, a publicar regularmente en “New Yorker”, y a viajar y dar charlas por el mundo. En 1982, “Cathedral” es considerado uno de los diez mejores cuentos de los Estados Unidos, y al año siguiente Carver es premiado con el Harold and Mildred Strauss Living Award –recibe suficiente dinero como para poder escribir sin preocupaciones- y el libro Cathedral es candidato al National Book. 

En ese contexto –Carver y Gallagher tienen que poner delante de su casa un cartel con la leyenda “Escritores trabajando”, por la cantidad de visitas que reciben a diario-, deciden realizar un viaje al exterior para darse un respiro, y salen a dar charlas sobre escritura creativa con el auspicio de la US Information Agency. En el verano norteamericano de 1984 viajan a San Pablo, y luego a Buenos Aires y a Rosario. Para Vignoli, la encargada de coordinar el intercambio pudo haber sido la profesora de inglés rosarina Fanny Fuhks. Quisimos contactar a Fanny junto a mi amigo, el escritor rosarino Raúl Astorga, pero Fanny murió el año pasado. 

Al paso del tiempo, la ausencia de material periodístico, las malas traducciones y la digestión de obras de ficción como de no ficción hay que sumarle las imprecisiones del mismo poema de Carver, “Cutlery”. En él, el escritor escribe “el ancho río que devuelve la luz de las abiertas ventanas del comedor del Jockey Club”. 

Hoy resulta imposible ver el Paraná desde la terraza del Jockey. En 2011, el director de cine Gustavo Postiglione le dedicó unos minutos a la visita de Carver a Rosario en su documental “La ciudad y las palabras”. Postiglione subió a la terraza del edificio y demostró que desde ahí no se ve el Paraná. 

Pero eso fue casi treinta años después del poema de Carver. ¿En 1984, si es que Carver estuvo allí, con menos edificios, lo pudo haber visto? Otros poetas rosarinos, como Martín Prieto, en ese mismo documental, sugieren que en verdad Carver juntó en su poema imágenes de su paso por Rosario con nombres emblemáticos; compuso, fusionó. No se preocupó por la veracidad geográfica del recuerdo; fue detrás de la epifanía. Al borde del Paraná fue evocando otro río, otro pez, la misma espera, la misma falta. En el documental de Postiglione, desde la voz en off se daba a entender que el relato de Vignoli no era del todo fiable. Gran problema que sufren los memoriosos: la memoria de elefante y la mitomanía suelen ser orillas de un mismo río. 

Periodista cultural, Astorga sostiene que existiría una foto de Gary Vila Ortiz junto a Carver, que quizás cenaron juntos en el restaurante “La misión del marinero” y que hasta hubo una entrevista. En 1984, Carver era ya una estrella nacional en Estados Unidos, y un ilustre desconocido en Argentina. Sus títulos llegarían traducidos dos años más tarde, por Anagrama, en 1986. Por eso no existen rastros de la charla en el profesorado, ni fotos de su paso por el Jockey. Gary Vila Ortiz, el periodista cultural rosarino, también murió. Le escribí a Reynaldo Sietecase y al escritor rosarino Patricio Pron. Los dos muy gentilmente me respondieron en Twitter. Sietecase escribió: “Alguna vez Gary Vila Ortiz me contó que estuvo con él, no sé si lo llegó a entrevistar o lo presentó”. Pron, desde España, twitteó: “La última vez que pregunté, nadie se acordaba de nada. (O sí: Beatriz Vignoli sí se acordaba, aunque tampoco de mucho)”. 

Entonces me acordé de Santiago Llach. En 2021, Gallagher había sido jurado del Mundial de Poesía que él mismo organiza. Lector fanático de Carver, Llach le escribió. El miércoles a las doce de la noche, llegó el mail de respuesta de Gallagher. 

“Hola Santiago, ¡Gracias por escribirme!  Ray y yo pasamos unos días hermosos en Argentina. Recuerdo en especial que caminamos por las calles nocturnas de Buenos Aires con Ray y fuimos a un show de flamenco una noche. Nuestra increíble anfitriona me llevó a un mercado de pescados un día para mostrarme todas las hermosas variedades que se pueden pescar en Argentina porque sabía que yo había pescado en el estrecho de Juan de Fuca cerca de donde nací desde los 5 años, y Ray y yo fuimos varias veces a Alaska a pescar salmón. Esta mujer maravillosa hasta nos cocinó uno de estos pescados. Recuerdo lo impactante de la arquitectura. Pude ver por qué  Buenos Aires tiene la reputación de ser la París de Sudamérica. No estoy segura de haber estado en Rosario, pero sé que Ray y yo escuchamos una historia sobre algo que sucedió en el Jockey club de ahí. ¡Necesito volver a leer ese poema! 

Cariños 

Tess»       

Curiosidades de la vida: teníamos el testimonio de la viuda de Carver, pero el misterio, lejos de aclararse, crecía. Llach marcó dos cuestiones: una, que el show de flamenco debió haber sido de tango. Y dos, que en Buenos Aires no hay negocios callejeros de venta de pescado. Esa es una marca típica de Rosario, de la zona de La Florida. ¿De quién hablaría Gallagher cuando se refería a la increíble anfitriona que tan bien los había tratado y hasta había cocinado para ellos? Gracias al testimonio de Ganem, contactamos a Fanny Sloer de Godfrid. Vignoli me pasó el Instagram de su nieta, la actriz Valentina Godfrid. Fanny, con ochenta y ocho años y una memoria extraordinaria, se encargó de despejar todas las dudas.

“Efectivamente, a pedido de la sección cultural de la Embajada de EE.UU y en mi carácter de profesora de Literatura Norteamericana en el Instituto Nacional del Profesorado y de la UNR, el 8 de junio de 1984 organicé la visita de Raymond y Tess a Rosario adonde Carver dio una conferencia sobre Hemingway. Hubo un almuerzo en el Jockey Club, una visita a los pescadores, porque Carver era un fanático de la pesca, y una conferencia sobre Hemingway en el Instituto del Profesorado, además de un city tour. Fue una visita muy breve, fue organizada muy a último momento por la Embajada y no conocíamos suficientemente la obra de Carver. Recién después de su visita lo leímos y estudiamos. A Carver, lo que más le impactó fue la visita a los pescadores en la costanera de La Florida. Mi amigo Gary Vila Ortiz no participó del almuerzo en el Jockey Club, y es probable que hayamos cenado en La Misión del Marinero cerca de mi casa, pero no podría asegurarlo. Carver murió a los pocos años, y yo publiqué una nota en el diario La Capital el 30 de octubre de 1988. Después de su fallecimiento, Tess me mandó de regalo el último libro de poemas de Carver “A new path to the waterfall”, con una tarjeta muy linda”.

En ella, se lee “Querida Funny: quería que tuvieras el último libro de Ray. Me acuerdo muy bien de tu amabilidad, de ti y de tu marido. Espero que este presente sea bien compartido allí en Rosario. Con cariño, Tess”.

(Este artículo fue posible gracias a la colaboración desinteresada de Raúl Astorga, Santiago Llach, Beatriz Vignoli, María Soledad Suares y Valentina Godfrid.)

Imagen de portada: Raymond Carver

FUENTE RESPONSABLE: BA La Agenda Revista. Por Rodrigo Manigot*Es músico y guionista. Es cantante y compositor de Ella es tan Cargosa. En Twitter es @elrulomanigot 

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria

En el espejo.

A su prematura muerte en el verano de 2015, Rafael Chirbes (nació en Valencia, en Tabernes de Valldigna, en 1949) dejó una copiosa e importante obra inédita, trabajos concluidos de un escritor muy dubitativo desde sus inicios o páginas de una escritura siempre en marcha y sometida a constantes revisiones. Quizás en el futuro conozcamos nuevos textos que se agreguen a los ya dados a conocer. Por el momento, se ha publicado, en el mismo 2015 de su fallecimiento, una valiosa novela, dura historia que enlaza una amarga relación homosexual y un despiadado conflicto de clase, París-Austerlitz. Y un lustro después comenzó a ver la luz en forma de libro una caudalosa escritura dietarística de la que ya había hecho algún adelanto suelto en prensa.

Una primera entrega de los Diarios apareció hace un año y recoge el contenido de diversos cuadernos o agendas que abarcan desde 1984, antes de que Chirbes tuviera obra narrativa publicada, y hasta 2005. Era grande la calidad de esta prosa memorialística —pues algo tiene también el tomo de memorias y de autobiografía— y muy notable su interés. Pero, habiéndose anunciado una segunda entrega, preferí dejar este comentario hasta disponer del ciclópeo conjunto. La entrega pendiente acaba de aparecer bajo el subtítulo común a ambos volúmenes, A ratos perdidos, y contiene los varios cuadernos correspondientes a 2005 y 2006.

La progresiva importancia que Chirbes dio a esta dedicación la muestra que ocupan un número parecido de páginas los cuatro lustros del primer volumen que los dos años del segundo, si bien hay que relativizar esta apreciación porque los propios diarios informan de los cambios y supresiones que el dietarista hizo en las agendas manuscritas al pasarlas al ordenador. Por otra parte, el largo tiempo de escritura deja su huella. En el tomo uno abunda una cierta agresividad y furor, mientras que en el segundo, sin abandonar las opiniones contundentes, predomina la reflexión, se explaya en el sentimiento de decadencia acrecentado por la vejez (aunque no llegue a los sesenta años en los últimos apuntes) y en el de fracaso por la ruina de sus convicciones políticas. Eso sí, desde un comienzo el autor se mantiene firme en priorizar el mundo interior en detrimento de las observaciones de lo de fuera (“están excluidas mis relaciones con el exterior, adónde voy, con quién y de qué hablo; las noticias de las que me entero. Nada de eso tiene su sitio aquí”). El propio Chirbes explica, recurriendo a una fórmula que había divulgado su querida Martín Gaite que los Diarios cumplen “el papel de interlocutor, o al menos de espejo”.

Esa mirada ceñida a la privacidad mental no implica, sin embargo, un limitador solipsismo. Los diarios prestan atención a un número bastante amplio de asuntos, desde lo más secreto del sentir hasta lo colectivo. Al terreno de lo íntimo pertenecen la dicha lacerante vivencia de la vejez, que constituye quizás la gran veta del tomo segundo con confesión de arranques suicidas, las pulsiones eróticas, el alcoholismo —en una tarde de copas con un amigo, computa “quince o veinte: vermuts (3), vinos (3 o 4), cazallas (4 o 5), gin-tonics (5 o 6)”— o la salud (pormenorizado y algo hipocondríaco repertorio de dolencias: vértigos, insomnio, problemas de visión, fuertes dolores varios…). En todo ello se expresa con desnuda y auténtica sinceridad. Sin rodeos habla de una homosexualidad dolorosa y frustrante a veces; otras, como una celebración de los placeres del cuerpo. Sus dolencias dejan ver un ser torturado, que alcanza la dimensión de alguien tremendamente desvalido y atemorizado cuando se añade el sentimiento de senectud, impactante por lo precoz. En cualquier caso, esta clase de sentimientos nos llegan como confesiones verdaderas, no como artificio retórico.

A medio camino de lo privado y lo exterior están las observaciones referidas a su trabajo profesional. Fue Chirbes redactor de la prestigiosa y selecta revista “del vino y la gastronomía” Sobremesa, y en ella hacía ante todo reportajes viajeros, de modo que en los diarios ocupan un espacio destacado sus impresiones de ciudades, de París, un punto de referencia inexcusable en su biografía, de otros lugares como Berlín, Roma, Nueva York, Estambul, Nápoles, Budapest, Múnich, la Bretaña francesa, la Toscana… Su mirada, limpia de costumbrismo, es penetrante y nada convencional, y no duda en expresar su disgusto y malestar ante sitios que solo le producen impresión de caos y fealdad como Aviñón, invadida por la turbamulta turística que acude a su famoso festival de teatro.

Esa mirada inquisitiva tiene en ocasiones una gran densidad, lo cual sucede en la consideración de la comida con alcance cultural. Denuncia con rotundidad la decadencia gastronómica francesa, el olvido de la vieja y sabrosa cocina popular, la pérdida de una relevante tradición y su reemplazo por sucedáneos, prisas y falta de amor. El contrapeso está en el encandilamiento con la huerta valenciana y sus productos, al alcance de su mano en Beniarbeig, en la Marina Alta, donde se instaló desde el año 2000. Los entusiasmos paisajistas que le despierta este pequeño pueblo alicantino los enturbia, sin embargo, la depredación y especulación urbanísticas de las que habla indignado con frecuencia y que suponen la base anecdótica de la novela que le proporcionó notoriedad pública, Crematorio.

También una vertiente hacia el exterior implican otros aspectos relacionados con su trabajo de escritor. Por una parte tenemos los comentarios acerca de la sociedad literaria, no muchos, porque nunca participó a fondo en ella, pero sí muy incisivos. Deja apuntes destructivos. Sobre el oportunismo de algún crítico (Ignacio Echevarría) y sobre la falsedad de algún editor (demoledora la denuncia del progresista Constantino Bértolo, que desatiende con displicencia reclamaciones sobre derechos de autor no pagados). Por otra parte, hallamos innumerables comentarios de lecturas, clásicas y actuales, cuajados de juicios penetrantes. La auténtica exégesis de La Celestina tiene vuelo especulativo y académico. Más sintéticos otros pareceres, nunca se priva de valoraciones libres y contundentes, incluso de gentes cercanas a él como Belén Gopegui, considerada con frecuencia como una heredera de su escritura. No más condescendiente se muestra con Goytisolo o Colinas. Y escrupuloso con Muñoz Molina o Marsé. Sus disidencias las contrapesa con firmes adhesiones, a Miguel Sánchez-Ostiz, por ejemplo, en quien ve un escritor de su familia, por así decirlo.

Sobre estos aspectos prevalecen en interés las consideraciones acerca la literatura, en general y de la suya en particular. Una idea bien clara y firme de la utilidad del arte determina la poética chirbesana. Está frente, y con hostilidad franca, al formalismo y al culturalismo endogámico. Arremete con vehemencia contra la brillantez, denuncia los “bestiarios literarios”, deplora la herencia de Borges, maldice la “hiperliteraturización de la vida” de cierta literatura. Y les pone nombres, para renegar de ellos, a quienes caer en estos hábitos: Vila-Matas, Bolaño, Piglia…

No se trata de rechazos gratuitos y caprichosos. Son del todo coherentes con la poética de Chirbes. La literatura, dice, sirve para dotar de sentido a una época y para vivir un tiempo ido; para “capturar el aire de nuestro tiempo”; para reflexionar. La literatura es conocimiento y no mito. Y sus libros “persiguen dar voz a los excluidos de la narración de la historia”. Por eso prefiere, frente a esos ejercicios culturalistas, “el historicismo o el sociologismo”. Pero no apuesta por alcanzar esa desiderata de forma simplista, pues reclama la exigencia formal. La mejor prueba de que predica con el ejemplo se halla en el demorado comentario de los retos afrontados en las novelas suyas publicadas, y de las incertidumbres técnicas y estilísticas que siempre le han agobiado.

Estas dudas ocupan buena parte del segundo volumen, referidas a la novela que por aquel tiempo se traía entre manos, Crematorio, aunque no la menciona con este título. Con extremo detallismo nos permite viajar al taller del escritor, conocer su angustia e impotencia y saber un estado de ánimo depresivo, al borde mismo de tirar la toalla y renunciar no solo a culminar el libro sino a seguir escribiendo. No se trata, sin embargo, de ninguna jeremiada sino de una emocionante confesión de inutilidad. El fracaso creativo, que, como sabemos, no lo fue, y, por ende, vital, alcanza cotas máximas de doloroso sentimiento.

El otro gran aspecto de los diarios concierne a la postura de Chirbes en la sociedad y a la valoración de la historia reciente de España. No hará falta señalar, por sabida, la postura del escritor valenciano respecto de la Transición. Él, militante comunista, vio frustradas sus expectativas ideológicas en aquel pacto que permitió una salida a la dictadura. Fue, en su sentir, un fracaso generacional absoluto, una derrota sin paliativos. Lo resumió en una entrevista con una evaluación demoledora: a «los que lucharon contra Franco no hay que buscarlos en altos cargos en la democracia, sino desgraciadamente en Alcohólicos Anónimos». Lo mismo leemos en los diarios: cuando encuentra a gente de su promoción solo halla “caricaturas” de lo que fueron.

Algunas de sus novelas asumieron mostrar esa verdad en forma de alegoría, pero en los diarios no recurre a procedimientos metafóricos. Aquí expresa con contundencia y enfado la denuncia de la socialdemocracia triunfante desde el triunfo del PSOE en 1982. Los socialistas, viene a decir, han estafado a la sociedad española. Labor que no han desarrollado solo ellos, sino gracias a variados apoyos que, además, han dado una visión falseada de la historia. La libertad e independencia con que Chirbes enjuicia la política se refleja en una denuncia reiterada: El PSOE “enreda” a todos los partidos contra el PP y plantea “con la excusa de luchar contra la reacción, y en nombre del progresismo, fórmulas que rozan el golpe de Estado”. Su independencia de criterio le lleva también a pronunciarse sin guardar la corrección política en asuntos muy sensibles. Abundan en las fallas de su tierra, desenmascara, los ninots con curas y monjas, pero no figuras con turbante.

Destaca en estos diarios la sinceridad con que Chirbes se manifiesta. La cual se vuelca en un amplio abanico de interesantes asuntos. De especial valor serán para los aficionados a sus libros las explicaciones que da acerca de ellos. Los interesados por los mecanismos de la escritura y sus exigencias encontrarán testimonios valiosos de esa rara afición a ser escritor. Para quienes gustan conocer el espectáculo del alma, resultará apasionante esta indagación a calzón quitado en aspiraciones y derrotas de un ser humano atribulado. Y, en fin, un historiador dispone de un documento privado de primera importancia para, más allá del relato oficial, restablecer en su integridad los complejos tiempos que nos han tocado vivir. Los Diarios de Chirbes constituyen una de las piezas más notables de la llamada literatura del yo que hayan dado las letras españolas en cualquier tiempo.

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Autor: Rafael Chirbes, Títulos: Diarios, tomo 1, A ratos perdidos 1 y 2 (2021) / tomo 2, A ratos perdidos 3 y 4 (2022). Editorial: Anagrama. Prólogos: Marta Sanz y Fernando Valls.

Imagen: Cubierta de portada “Diarios” de Rafael Chirbes

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Compañía. Por Santos Sanz Villanueva. 8 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/No ficción/En memoria/Rafael Chirbes.

 

«Ya veremos qué hacer con los crepúsculos», la poesía completa de Luis Luchi.

Autor de casi veinte libros de poesía, perteneciente a una cultura literaria y popular marcada por el tango, el barrio y la bohemia, pero también la militancia y el exilio, Luis Luchi nació en 1921 y murió en Barcelona en 2000. 

Su primer libro, El obelisco y otros poemas, aparecido en 1959, ya condensaba sus grandes temas -la ciudad y su gente, sus movimientos- y sus tonos, sus razonamientos y humores, la ironía y el gusto por las paradojas. A cien años de su nacimiento, la Biblioteca Nacional emprendió la tarea de recopilar su obra completa -incluyendo textos inéditos y prácticamente perdidos- en dos volúmenes bajo el título general de Ya veremos qué hacer con los crepúsculos. 

Luis Luchi ha sido un poeta prolífico: autor de casi una veintena de libros, su vida transcurrió entre la sociabilidad del barrio y la del centro porteño, el tango, la bohemia, y el compromiso político, y luego el exilio, forzado por la dictadura, en 1977: partió a Barcelona, se instaló allí, y murió, en octubre de 2000, sin dejar de escribir y de militar contra las dictaduras latinoamericanas de entonces. 

Cabe mencionar que Luis Luchi es el seudónimo de Luis Yanischevsky  Lerer, hijo de inmigrantes judíos ucranianos, nacido en Villa Crespo. Su voz y sus libros, si bien no gozaron de amplia popularidad, nunca se perdieron, y estuvieron presentes, ayer y hoy. Se los encuentra, por ejemplo, en el documental Luis Luchi: el oficio de poeta (2003), de Julio Rivero, producido por la Universidad de Lomas de Zamora; en 2014, el canal de YouTube Solidaridad por Ayotzinapa publicó una lectura del poema de Luchi “El muerto que habla”, extraído de una antología temática de Jorge Boccanera publicada en México en 1981; y desde 2019 se encuentra, también en YouTube, el disco Antología por mí, un disco original de 1969, con audio remasterizado, con unas treinta piezas leídas por el mismo poeta. 

Además, se lo encuentra en otros dos libros: 200 años de poesía argentina, con selección y prólogo de Jorge Monteleone, y en el segundo tomo de la clásica trilogía Antología de la poesía argentina, de Raúl Gustavo Aguirre. 

Una rápida pesquisa en el fundamental sitio web Archivo Histórico de Revistas Argentinas (AHiRA) permite ver que sus primeros poemarios tuvieron fortuna crítica: fueron reseñados en Ficción. Revista-Libro Bimestral, y décadas luego fue un autor rescatado por Diario de Poesía, en 1994 (con una entrevista realizada por Jorge Fondebrider, Daniel García Helder y Daniel Freidemberg, junto a la publicación de 12 poemas de Luchi), y por la revista La Danza del Ratón, en el 2000 (con una ficha del poeta, un texto de Alberto Szpunberg sobre Luchi, y siete piezas de este). Ahora, junto al Festival Internacional de Poesía “Luis Luchi”, impulsado desde Parque Chas, en 2021, al conmemorarse el centenario del nacimiento del poeta, desde Ediciones Biblioteca Nacional se recupera toda la producción de este admirador de Maiakovski, Vallejo y Tuñón, publicando Ya veremos qué hacer con los crepúsculos, la poesía reunida de Luis Luchi, en dos tomos que abarcan toda su producción –junto a piezas inéditas– a lo largo de casi 800 páginas.

TODOS AL OBELISCO

Su primer libro publicado, El obelisco y otros poemas (1959), ya plantea gran parte de sus temas y enfoques: la urbe y su movimiento, su gente, y desde ahí reflexiones del poeta, su mirada, razonamientos y humores, con la ironía y la paradoja, abierta a múltiples sentidos. Como en “El obelisco gran reloj de sol”, donde se lee: “Un relámpago de luz / recuerda cada sesenta segundos / que llevás pegado en tus paredes / el gris que aguantaste todo el día, / volcando fantasmas de una calle a la otra / para confundirte”. Más adelante continúa el diálogo, canto, o la reflexión del poeta: “Si hay algo que no se te puede perdonar / es tu falta de gracia ciudadana, / pero podés estar tranquilo, ya nadie te va a sacar, / sos un inmigrante más / a quien se le hizo un lugarcito / y después de ese tiempo / se lo deja sentir / como a un órgano que funciona bien”. 

La misma pieza concluye: “hoy tu estar de reloj vigilante / tiene algo nuevo. / Tus paredes sirven, / en ellas se puede escribir / muera lo que queremos que muera / viva lo que tiene que vivir”. Ese mismo libro contiene una sección, “Los paisajes”, con poemas cuyos títulos ya son significativos: “Amanecer en el Río de la Plata”, “Arlt” y “Evaristo Carriego”, a quien le canta: “Para ser poeta se requiere ser flaco, / Evaristo era flaco. / Se puede no ser bueno, / sin embargo era bueno. / Cómo no iba a gustarle un vaso de vino, / quedarse los días en el café; / Carriego no fue a la universidad, / ¡qué bohemio era! / Solo sabía que hay que comer para no debilitarse, / No tuvo necesidad de suicidarse / la enfermedad no le dio tiempo a razonar”. Y en “Olvido”, del mismo libro, se lee: “Los rayos X disparaban sus indulgencias / o sus condenas a muerte. / Las maestras sin alumnos y con dignidad / buscaban otras profesiones. / Los presidentes se fotografiaban; / diez idealistas perdían su confianza, / diez nuevos nacían. / Unos acumulaban su excedente de alimento, / otros su excedente de hambre”.

Luchi militó en la Federación Juvenil Comunista –aunque su nombre no aparezca en el conocido libro de Isidoro Gilbert–, y en el Partido Comunista, luego yendo, cargando seguramente más de una desilusión, hacia el anarquismo y el marxismo. Muchos de estos temas pueden encontrarse en “El taller del pintor”, “El cansancio”, “Obrero de demolición”, y en “Por qué se trabaja”. También, hay tonos íntimos y líricos, como en las piezas “Momento poético 1” y “Momento poético 2”, momentos que, numerados, irán apareciendo a lo largo de las décadas en varios poemarios. Preguntado al respecto en Diario de Poesía, Luchi explicó que no eran parte de ninguna serie o plan, sino que surgían. Allí también consignó el sentido de dónde se lo suele ubicar, como parte de la llamada “generación del 60”, diferente y hasta opuesta a la “del 40”, junto a Juana Bignozzi y otros, en torno a lo que se conoció como poesía coloquial, conversacional, y de lo cotidiano, y cuáles podían ser los objetivos de crear en ese momento presente: “Era recuperar la vida. La vida de las cosas, de los hechos simples. Vos podés ver cómo Banchs describe una mesa y cómo la describían en los 60: estaban hablando de otra mesa, de la mesa de su casa o la del vecino, hablaban del mundo”. Y agrega: “En general, siempre busqué expresar en muy pocas palabras y con muy pocos elementos el máximo de cosas que uno puede decir, entonces trato de limitarme, de borrar todos los aditivos y dejar el mínimo posible. No siempre lo consigo”.

En su segundo poemario, El ocio creador (1962), Luchi sigue despuntando condición de porteño: “Che turco”, “El bandoneón” y “Noche de tango”, así como en “Apología del tango”, de Poemas de las calles transversales (1964), y en “Cantor envejecido”, “Tango triste y nostálgico” y “Tristezas del café de borrachos”, de Vida de poeta (1966), y sigue en numerosos libros, hasta las piezas “Bandoneón arrabalero”, “Mi Buenos Aires querido” y “Mano a mano”, de Espérenme que volveré, antología publicada en 2010. Y así como en su novela El libro de Daniel E. L Doctorow recordó aquel sonado caso de macartismo en Estados Unidos, Luchi le dedica una pieza, “Los esposos Rosenberg”, mientras que en “Plaza Federico Engels” menciona a Marat, Nicolás I y a Sacco y a Vanzetti. “No deje de saludar a su patrón” es otra pieza donde campea el humor irónico. Otra serie, al modo del flâneur, son las de los paseos por capitales: “Paseo por la capital de la esperanza”, y por la del hambre, la del dolor, la de la huelga final, la del pan, la del presidio, la del mal de chagas, y muchas más, concentran su visión en torno a los males de la condición humana. En La pasión sin Mateo (1976), Luchi alude al asesinato del Che en “Remitente”, y “Respeto por los símbolos” tiene como epígrafe una dedicatoria: A los muchachos de Trelew. Y en ¡Gracias Gutenberg! (1980), ya publicado en el exilio, el poema “1976” consta simple y dolorosamente de un sólo verso compuesto por los tres puntos suspensivos.

SURREALISMO DE CASUALIDAD

Luis Luchi nació Villa Crespo, pero desde los 5 años se mudó con su familia a Parque Chas, que sería una imaginaria “República Independiente”, un bastión de lucha. Cuando en 1938 triunfa el Frente Popular en Chile, Luchi viaja y se instala. Vivió un año, trabajando, militando en apoyo al Frente, y leyendo a Pablo de Rokha, a Neruda y a Huidobro. Otra vez en su país, fue obrero gráfico y tras una huelga declarada ilegal en la editorial Atlántida, se radica en Montevideo junto a su familia, para seguir trabajando en su oficio. Al retornar, será viajante vendedor de libros, recorriendo gran parte de la Argentina.

A comienzos de la década del sesenta integró el grupo de cuentistas “El Matadero”, de filiación boedista –en donde publicó su único texto en prosa–, y, a fines de la misma década, junto al poeta Roberto Santoro y otros artistas de disciplinas diversas, funda el grupo “Gente de Buenos Aires”, con un gran despliegue de amplia actividad en escuelas, barrios, clubes y sociedades de fomento –intentando ampliar la llegada el arte a distintos sectores sociales–, y editando, de modo artesanal, libros, carpetas y discos musicales.

Dijo a Diario de Poesía respecto a las particularidades de su obra y sobre algunas observaciones de la crítica: “Si lo que hago está cerca del surrealismo es por casualidad. En cambio la ironía, sí, es una constante. La ironía y el sarcasmo tienen que ver con una proposición. Provocar una sonrisa me parece maravilloso”.

Profundamente vital, la poesía de Luis Luchi condensa y conecta un “adentro” y un “afuera” desde la poesía, en un trabajo de búsqueda atenta, de sondeo interior, de observación y reflexión, y de despliegues significativos. Decía en la mencionada entrevista: “A mi criterio, ahí hay un trabajo de rastreo. Yo en los poemas estoy rastreando dentro de mí y en la gente, en las emociones que se me fueron acumulando, y en las que he visto acumularse en la gente. No me voy a poner a escribir un poema sobre la muerte o sobre alguna abstracción filosófica porque no es algo que yo sienta ni me he puesto a estudiar esos temas. Lo que conozco es la vida, y no la conozco bien. A veces mi poesía también toca en algún momento los otros problemas, las grandes dudas universales, pero no es ese el centro de mi interés. El centro de mi interés sigue siendo la vida”.

>Poemas de Luis Luchi

Momento poético 2

Aletean tus manos capturadas,

las he tomado trémulas y les doy mi calor,

Se aquietan y se abren

reconociendo las grietas

en la serenidad que las encadena.

Y allí estoy mojándolas con mi emoción.

Les ruego que reposen

ningún mal les puede acontecer,

mas no puede haber mal,

mi poca bondad

se ha refugiado en la captura.

Después que sigan el vuelo interrumpido

el momento es mío.

Serenata

Vuela canto que estoy tan lejos,

aprende a ser horizontal como horizonte.

Transporta sobre trigos y ciudades

la estela que corta el aire mi impaciencia.

Penetra por el ojo de la cerradura

golpea los vidrios de su ventana,

explícale cómo puede ser

que yo esté tirado

sobre maderas extrañas

con los ojos abiertos.

Recuérdale que mis pensamientos

son iguales a tus armonías.

Que si a veces hablo

de mesas que tienen una pata rota

con el mismo canto

aunque tenga el esmalte saltado

he protegido todo lo bueno

que aún conservo.

Vuela canto, no descanses en las nubes;

si nada hay que te apure

deseo que llegues cuanto antes.

Vuela canto, eso es todo.

Puedes entrar sin anunciarte;

es la primera puerta,

un escalón y un picaporte.

Vuela, lo demás ya lo entenderán.

 

No deje de saludar a su patrón

Sí,

aunque no le conteste,

salúdelo.

No piense en el alquiler,

en el precio del jabón.

Salúdelo, no tiene la culpa.

Quiere a la patria y a sus hijos

y algo le gusta la libertad.

Salúdelo,

él no ignora

que usted tiene

cuarenta años

y ya está destrozado,

que cuando se enferma

el farmacéutico no le fía.

Salúdelo porque lo siente.

Pero están los Bancos, las deudas,

los capitales invertidos.

Salúdelo.

No son cosas fáciles de comprender,

si estuviera en sus manos

cambiaría ese infierno

por su serena miseria sin problemas.

Salúdelo,

si al fin todos somos iguales,

en su juventud tuvo ideales

y muchas veces soñó

con la fraternidad universal.

Salúdelo,

todo fue por las circunstancias

y hay días que dice

que esto no marcha bien.

Salúdelo,

también tiene sentimientos

y su silencio lo hiere.

Sáquese el sombrero

y salúdelo.

 

Los ríos dulces y los ríos salados

En tierras de lágrimas

brotan los ríos salados,

en valles verdes con ilusión

los dulces reposan bello amanecer.

El mar los atrae,

hijos del hambre.

El cielo los riega,

flor de las riberas.

Los salados adustos

lamentan presentimientos de llanura,

llevan la sed.

Los dulces sombríos

arrullan el fango,

devoran raíces.

Los salados nunca se detienen.

 

Los ríos dulces nunca se detienen.

Imagen de portada: Luis Luchi

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Demian Paredes. 6 de noviembre 2022.

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Muere Kim Jung Gi, ilustrador surcoreano y genio del trazo, a los 47 años.

A Kim Jung Gi se le ha parado el corazón, ese que bombeaba talento y prodigio a partes iguales. El dibujante tenía 47 años. 

Nacido en Corea del Sur, Kim Jung Gi ingresó en la Academia de Bellas Artes con 19 años y produjo varias tiras cómicas en su país de nacimiento. Según el portal especializado en dibujo Comics Blog, el dibujante era «capaz de dibujar enormes frescos con sus propias manos a una velocidad vertiginosa. Especialmente dibujos en vivo, bajo la mirada de una audiencia asombrada». De hecho, tiene en su poder un récord Guiness: el del dibujo más largo en cuanto a volumen del mundo. 

kim jung gi us dibujante comic ilustracion fallecimiento muerte 47 anos 5

El artista surcoreano ha destacado por su habilidad para dibujar impresionantes escenas y por su gran capacidad de mostrar mundos imposibles a través de sus trazos vivos y certeros. Un trazo que pasa a la inmortalidad.

Su muerte se ha hecho pública a través de redes sociales con una publicación que decía: “Es con una gran tristeza y pesar que les informamos del repentino fallecimiento de Kim Jung Gi. Después de terminar su última agenda en Europa, Jung Gi se dirigió al aeropuerto para volar a Nueva York, donde experimentó dolores en el pecho y fue trasladado a un hospital cercano para una cirugía, pero lamentablemente falleció. Después de haber hecho tanto por nosotros, ahora puede dejar sus pinceles. Gracias, Jung Gi”.

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La Galería Daniel Maghen de París, que se encontraba exhibiendo su obra, especificó más detalles sobre los trágicos eventos, confirmando que el fallecimiento tuvo lugar el lunes por la noche en la capital francesa a raíz de un paro cardíaco.

«Su repentina desaparición contrasta con la inmensa felicidad que nos proporcionaba. Nos quedamos sin palabras», expresaron desde el equipo, señalando que, a petición de la familia, la exposición dedicada a Jung Gi permanecerá abierta hasta el 8 de octubre.

Jung Gi era uno de los invitados a la New York Comic. Con él iba a estar presente en el Artists Alley de la gigantesca convención. No imaginamos mejor lugar para hacerle un homenaje al genio del trazo que nos llevaba a otras vidas, a otros mundos.

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Pincha en el siguiente link para ver el vídeo. Muchas gracias.

Record breaking feat in Penang by Kim Jung Gi

 

Imagen de portada: Kim Jung Gi

FUENTE RESPONSABLE: Cultura Inquieta. Por Silvia Garcia. 6 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Arte/Ilustración/En memoria/Kim Jung Gi

 

La novela como forma de pensamiento.

Más que una hermandad de sangre con la literatura latinoamericana, el escritor español Javier Marías consideró siempre que entre nuestras literaturas existía “una hermandad de las letras”. Cuando en 1995 recibió el Premio Rómulo Gallegos, el máximo reconocimiento que se otorga a un autor desde el mundo literario latinoamericano, me dijo, no obstante, que cuando escribía no tenía muy presente que llegaran a leerlo en países lejanos geográficamente a su tierra natal. Aquel premio le parecía, por tanto, una cosa que estaba fuera del alcance de un autor español, aunque no hubiera nada estipulado y hasta ese momento ningún autor de su tierra hubiera sido reconocido con ese galardón. “Yo no tenía la menor idea de que mi obra estuviera entre las candidatas finales; mi editor no me había dicho una sola palabra, de manera que la sorpresa fue múltiple, grande y muy agradable”, me expuso aquella tarde, cuando conversamos por primera vez en su departamento de la Plaza de la Villa de Madrid. Tenía entonces 43 años.

Marías me confesaba sentir la ilusión de pensar que gracias a ese galardón sus libros podrían conocerse más en países de su propia lengua, pues a pesar de que todos escribían en castellano, la nueva literatura española, en general, era todavía poco conocida en Latinoamérica.

En aquella entrevista hablamos sobre la totalidad de su obra literaria publicada hasta ese momento y que por entonces sumaba ya novelas como El hombre sentimental, Todas las almas, Corazón tan blanco, Mientras ellas duermen o Vidas escritas, y quise saber cuáles eran los puntos que consideraba más altos y cuáles los más bajos.

—Empecé hace 24 años, cuando tenía 19 y publiqué mi primera novela —resopló soltando una bocanada de humo de un cigarrillo que fumaba en una hirsuta boquilla de marfil, fumador empedernido que siempre fue—. Mi carrera literaria es prolongada y, como es lógico en cualquier persona que recorre algo desde los 19 hasta los 43 años, es un periodo de formación. Mi primera novela, Los dominios del lobo, algo juvenil y que resultaba hasta cierto punto original en el panorama de la literatura de aquellos momentos, fue un buen comienzo. Después hubo un punto bajo con mi cuarta novela, El siglo, un libro en el que había puesto mucho empeño y que en cambio tuvo muy poca repercusión y eco; apenas la crítica se ocupó de él y tuvo pocas ventas. Puedo decir que ese libro se ha recuperado, ya que se ha relanzado y, para mi sorpresa, lleva cuatro ediciones (en Anagrama), aunque jamás hubiera esperado que un libro denso y difícil, como es éste, hubiera sido recuperado con considerable éxito; pero en su momento lo viví como un desengaño. Después podemos mencionar mis tres últimas novelas: Todas las almas, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí (novela por la que acababa de obtener el Rómulo Gallegos), que han tenido un despegue paulatino y gradual pero considerable, tanto en la apreciación crítica como en las ventas y el eco entre los lectores. Esperemos que no me toque iniciar la curva descendente muy pronto.

En ese momento había algo que el editor Juan Cruz, director por ese entonces del sello Alfaguara, había llamado la literatura del «boomerang», una especie de regreso de aquella moda que en los años 60 vivió la literatura latinoamericana en Europa, la de Boom, pero que esta vez protagonizaba la literatura española fuera del Viejo Continente, un renovado ímpetu que, al parecer, estaba cobrando gran fuerza tanto en España como fuera de ella.

—¿Usted cree que la literatura española —pregunté al respecto— está ganando mucho en calidad?, ¿este premio es indicio del reconocimiento que va generando la narrativa que se hace en España?

—Sin duda alguna ha habido un cambio considerable en los 10 o 15 últimos años en la literatura española, y también en la percepción de esta literatura, no sólo en España, donde la verdad es que durante mucho tiempo los novelistas españoles no estaban muy bien considerados, pues los propios españoles leían poco a los autores de su país y había una especie de desconfianza o recelo. Esta situación se debía a muchas razones. Una de ellas que la lengua literaria estaba un poco anquilosada en los años 50, 60 e incluso 70. En cambio, ahora quizá hay una generación que ha contactado más con los lectores, que ha renovado la lengua literaria, que la ha convertido en un instrumento más útil para hablar de lo que nos pasa hoy en día, y eso no sólo está sucediendo en España o en América, donde se está haciendo bastante gradual, sino en otras lenguas del resto de Europa.

Junto al Rómulo Gallegos, Marías había recibido otra “curiosa” noticia, como él mismo la calificó, en la que una productora de televisión británica se interesaba por los derechos de su novela anterior, Corazón tan blanco, que se había publicado en Inglaterra dos meses antes. “No sé si eso se concrete en algo, pero ya es bastante que una cadena de TV británica se interese por la posibilidad de un libro español, algo que hace unos años nadie hubiera imaginado que pudiera suceder”, comentó. “Ahora nos puede parecer normal, nos hemos acostumbrado pronto, pero hace 10 o 15 años era algo casi insólito. Sí, hay una nueva generación de gente, entre los 40 y 50 años, que ya desde los años 80 ha renovado mucho el panorama novelístico del país y ha logrado que los lectores españoles se interesen por su literatura, y al parecer lo mismo ha sucedido en los países latinoamericanos y en los europeos”.

¿Tenía esto algo que ver con el hecho de los cambios impulsados por la transición democrática española de mediados de los años 70?, le pregunté.

—La verdad es que no creo que tenga que ver de manera directa e inmediata —respondió—. La prueba es que Franco murió en el año 75 y todo esto no se produce inmediatamente, sino casi diez años después. También hay que decir que en los años 60 y 70 hubo algunos libros muy importantes en España que, sin embargo, no suscitaron la atención fuera porque había una especie de denigración del régimen político español y, por tanto, de los que salían del país.

Por fortuna para la literatura, Marías no emparejaba su desarrollo con el de la política, aunque lo saludable y lo más recomendable era, subrayó, que los escritores pudieran escribir en plena libertad. “Creo que, sin embargo, cuando hay talento, ese talento sortea las dificultades e incluso la censura, y aflora. Evidentemente, la situación hoy en día es mucho más propicia gracias a que vivimos en una democracia y no en una repugnante dictadura. Pero no veo una relación inmediata ni directa. Los muchos problemas sociales que enfrenta la España actual se están dejando pudrir y eso es malo. Pero, por otra parte, hay un clima de enfrentamiento larvado entre medios de comunicación y fuerzas políticas que se está llevando a extremos exagerados. Al fin y al cabo, por muchas cosas muy lamentables que estén sucediendo y, quizá la más grave, la posibilidad de un terrorismo de Estado con consentimiento del gobierno, aún así, cuando algunas voces intentan decir que la situación es tan mala como en el franquismo, creo que es disparatado e incluso peligroso afirmarlo. Al fin y al cabo hay una democracia, existe la posibilidad de que ese gobierno sea expulsado en las próximas elecciones y no tiene por qué haber nada más, no tiene por qué ser tan crispada la situación”.

—En cuanto al estilo literario —quise saber—, ¿hacia dónde apunta, qué juegos y qué arreglos siente que merece su obra?

—Ahí es un poco difícil afirmar algo por ser una obra un tanto dilatada. Yo empecé a escribir de forma ligera, con frases muy cortas, casi sin adjetivación, como un guión de cine a veces. Después, progresivamente, mi prosa se fue complicando hasta llegar a El siglo, en donde hay una prosa densa, barroca, recargada en exceso, de frases larguísimas. Y en los últimos libros, digamos que sin haber renunciado a lo que yo quiero hacer, posiblemente sean libros cuya prosa es más aérea de lo que era, más ágil y eficaz, aunque también predomina, todavía a menudo, la frase larga, pero quizá no tan larga ni tan densa ni tan recargada como aquella de El siglo.

***

Volví a encontrarme con Marías un año después, en 1996. En aquella ocasión, el escritor me volvía a recibir amablemente en su piso madrileño y sentados en el estudio, junto a la máquina de escribir que lo acompañaría toda su vida, entre cigarrillo y cigarrillo me dijo que su afición por los fantasmas era, ante todo, una afición literaria. No es que él creyera en eso ni nada por el estilo, sino simplemente que ese “alguien” literario e imaginario, él lo sentía muy atractivo para usarlo como narrador. Por eso, explicaba, en el cuento que daba título a su más reciente libro, el volumen de cuentos Cuando fui mortal, el narrador era un fantasma.

«Esta figura literaria», expuso, «ha dado verdaderas obras maestras en el género del cuento. Y si uno se para a pensar un poco es también una figura muy atractiva porque sería alguien, cualquiera que fuera su esencia, que ya no está y podría por tanto ser indiferente a todo lo que ocurra en el mundo que dejó. Sin embargo, no es indiferente, todavía no se ha desprendido del todo, todavía le afecta y le importa lo que sigue pasando allí donde él estuvo. Y procura intervenir, beneficiar a la gente a la que quiso o vengarse de aquellos que le hicieron perjuicios. Es alguien que es conmovedor como figura, alguien que estaría más allá de cualquier cosa terrenal o padecimiento”.

Sin embargo, a Marías no le gustaba hablar de las fantasmas o demonios de un escritor, de sus obsesiones, ya que era una expresión que encontraba gastada y a la que cualquiera recurría llamando “demonio” o “fantasma” a un trazo determinado de la obra de un escritor.

—¿Cuál es la dinámica que siguen los cuentos de este nuevo libro? —inquirí.

—Hay muchos tipos de cuentos. Y hay un tipo de cuento, digamos arábigo, que a mí no me convence demasiado porque depende mucho de la última frase, de un giro final que a veces es logrado o no, pero que en cualquier caso todo el peso del cuento está en eso, y a veces uno va leyendo un cuento con poco interés y solamente al final hay una vuelta de tuerca. Yo prefiero que el cuento me interese e intrigue desde el principio y no esperar una pirueta final. Y puesto que a mí no me gustan este tipo de cuentos no los hago mucho. Lo que sí hay en mis cuentos son situaciones que quedan un poco suspendidas, anunciadas y no desarrolladas. En los cuentos me parece importante decir muy bien lo que se cuenta y lo que no. En una novela a veces uno puede intentar contar todo o mucho, porque la novela permite pausas, treguas y tiempos muertos, e incluso no sólo los permite sino que son aconsejables. En un cuento no. En un cuento hay que decir lo que uno cuenta y lo que uno calla, y que lo que uno cuenta tenga los suficientes ecos para que el cuento resuene después de haberlo terminado de leer. Por eso hay algunos de mis cuentos en los que se producen situaciones que están narradas y otras que quedan fuera del cuento pero que se pueden vislumbrar o imaginar.

Absolutamente todos los textos de Javier Marías muestran un aplicado trabajo formal, un especial sentido del lenguaje. ¿Cómo trabajaba sus textos, en qué detalles se fijaba más?

—Tengo una sintaxis en castellano bastante rara, la fuerzo mucho —me expuso en aquella segunda entrevista en su casa de Madrid—. Me importa mucho el ritmo de la prosa, la musicalidad que uno tiene y mi intención es que se perciba. Esto lo hago también en la puntuación. Yo diría que hay en mis textos una flexibilidad en el lenguaje y quizá eso es así por haber hecho yo bastantes traducciones.

—¿Y en teoría cómo entiende la novela? —inquirí.

—No tengo una teoría y ni siquiera sé lo que voy a hacer, a diferencia de algunos escritores que saben qué van a hacer. Improviso y sólo escribo cuando tengo ganas de hacerlo. Lo que sí puedo decir es que la novela no se puede seguir viendo ni tratando como en el siglo XIX, pero no ya sólo por razones meramente internas de evolución del género, sino porque la novela en el siglo XIX era casi lo único de lo que la gente disponía si quería ficción. En cambio, hoy en día, hay una saturación de ficción. Entonces sucede que la novela que meramente cuenta historias a mí personalmente me sabe a poco. Y como lector lo que me gusta son novelas que me inviten a pensar, a detenerme, a reconocer cosas. Me gusta un tipo de novela en la cual haya lo que hoy en día casi nadie recuerda que existe y que es el pensamiento literario, algo que no está sólo en los ensayos y que más bien se encuentra en la ficción.

¿Era Marías un escritor, como siempre se sugirió, muy influenciado por la literatura inglesa?

“Creo que esas son etiquetas que se le ponen a uno porque la gente es muy perezosa”, me dijo en una de nuestras conversaciones, a las que no era fácil que accediera, pues se trataba de un autor discreto en extremo, muy concentrado en su propia obra y que poco a poco se fue alejando de las maratónicas sesiones de entrevistas de promoción cuando publicaba un nuevo libro. “En España es también una forma de atacar, porque hay escritores muy patrióticos que no comprenden aún que la literatura es algo supranacional, que uno no tiene por qué estar muy apegado a la estricta tradición de su país. Aparte de que a lo largo de la historia ha habido siempre una interrelación entre las diferentes culturas. El propio Cervantes, a quien se pone casi siempre como paradigma del escritor español, en realidad es un escritor bastante extranjerizante, pasado por Italia, un español que no es el típico español que no se movió de su país y que no estaba encerrado en una tradición, sino que conocía la literatura de su época y había vivido fuera».

Traductor incansable, de una máxima curiosidad y afán por tratarse de tú a tú con los originales que admiraba, como la monumental traducción que hizo del Tristram Shandy, de Lawrence Stern, Marías sostenía que toda obra se podía traducir “por lo menos en lenguas no totalmente divergentes o distantes, como el japonés del castellano”. “Lo que pasa”, argumentaba, “es que no siempre hay un traductor dispuesto a a tomarse el trabajo o el talento necesario, porque para traducir hace falta el mismo talento que para escribir. Hay que buscar sinónimos, palabras en la acepción más oscura; a veces es un trabajo que exige una cantidad de tiempo que las personas muchas veces no pueden dedicarle. Pero en teoría es posible, aunque a veces se pierden cosas y se ganan otras, se produce un curioso sistema de compensaciones”.

***

En mayo de 1998, después de semanas de misterio en torno a las características de su siguiente novela, Marías confesaba al fin que en Negra espalda del tiempo, título de esa nueva obra, el narrador era él mismo y que todo lo que ahí contaba era verídico.

“Relatar lo ocurrido es inconcebible y vano, o bien es sólo posible como invención”, decía. “Este libro», me explicó tiempo después, “no es del todo autobiográfico, ni en él hay nada muy personal ni ninguna revelación especial. Se trata más bien de una falsa novela en la que el narrador no es inventado, sino que soy yo mismo, con mi nombre propio, y los hechos que se narran en ella son absolutamente reales. En algunos momentos, al ser uno mismo quien cuenta o al utilizar a un personaje que es el narrador, he visto que se da una cierta tendencia por parte de muchos lectores a establecer una identificación excesiva entre esos narradores y el propio autor. Tal vez esto se deba a que al haber en mis libros reflexión y digresión y no sólo la pura acción narrada, los lectores piensen que eso lo he tenido que pensar como autor. Y es cierto, pero eso no quiere decir que el autor lo piense de veras o lo suscriba, sino que el autor lo ha pensado para que a su vez lo piense y lo diga ese narrador, de la misma manera que un autor ha tenido que pensar lo que un personaje dice en un diálogo. Pero en este caso no es así, en este caso realmente todo lo que se dice, todo lo que se cuenta o las reflexiones que hay, sí son mías. En este sentido yo he podido tener un poco más de pudor o conciencia de qué digo o qué no digo, qué afirmo o no. Pero en tanto que personaje, a mí me es indiferente que caiga bien o que caiga mal, que parezca un desalmado o que parezca gélido. En este caso, no es que importe demasiado que parezca una cosa u otra, pero digamos que uno tiene un poquito más de sentido de la responsabilidad si es uno mismo quien está contando y quien está afirmando y quien está recordando y diciendo. También ha habido momentos en que he pensado que tal vez algunos lectores de mis otros libros vayan a decir que este no soy yo, y que mi voz, siendo yo mismo el narrador de la novela, resulta menos creíble que la de mis otras novelas”.

De cualquier forma, lo cierto es que cuando publicó esa novela, Marías era ya un autor que había vendido más de dos millones de ejemplares del resto de sus obras en todo el mundo y ahora se permitía ser él mismo el protagonista de una de sus narraciones. “Así como en Mañana en la batalla piensa en mí el narrador era un escritor a sueldo; en Corazón tan blanco un intérprete traductor y en Todas las almas un profesor que estaba de paso en la Ciudad de Oxford, en Negra espalda del tiempo, resumió, el narrador era al fin un escritor, Javier Marías, quien se permitía que hubiera partes que sucedían, por ejemplo, en México, donde no había estado nunca personalmente.

En ese sentido, el autor señaló que sus novelas no dependían mucho del elemento de invención. “Mis libros no son de intriga ni de acción ni en los cuales la historia sea lo que más cuente. Creo que las llamadas musas de la inspiración visitan a los escritores, si es que los visitan, no tanto para inspirarles una historia buena, sino para ayudarles a contar la historia que cuentan, sea la que sea y tenga el origen que tenga”.

Marías aseguraba siempre que al terminar una novela se quedaba impregnado de ella durante bastante tiempo. “Para mí la novela no termina en el momento en que pongo punto final. Hay escritores a los que quizá les pasa eso, pero a mí no. Para mí, escribir una novela, como a veces lo es también leerla, supone instalarse en un clima determinado, instalarse incluso en un estado de ánimo determinado. A mí no me resulta tan fácil salir de ese clima en el que me he instalado. Digamos que a mí mismo el libro que he escrito me sigue resonando, me sigue envolviendo durante más tiempo”.

En último término, Marías insistía en que era «alguien que escribe”. Y aún más: “alguien que también podría dejar de escribir en cualquier momento”. “Cada vez que he terminado una novela”, me aclaró la última vez que nos vimos, hace ahora cinco años, “no he tenido en modo alguno la seguridad de que fuera a haber otra, y menos de cuándo iba a haber esa siguiente. Era de presumir que quizás sí, porque lo cierto es que entre unas cosas y otras es una actividad que me viene acompañando desde el año 71; es decir, hace muchos años ya en que publiqué mi primera novela. Entonces es previsible que sí, pero yo no tengo esa certeza así como no tengo un proyecto general; no tengo una seguridad de que vaya a seguir escribiendo ni tengo libros planeados”.

***

En 2007, después de publicar Fiebre y lanza y Baile y sueño, Marías ponía punto final a la que, según afirmó él mismo, era su obra narrativa más ambiciosa y en la que había empleado ocho años de intenso trabajo: la novela Tu rostro mañana, cuyo tercer volumen, subtitulado Veneno y sombra y adiós, acababa de aparecer en España.

Se trataba, decía Marías en entrevista, de una obra que aspiraba a hablar de muchos asuntos, algunos de ellos inherentes a cualquier persona, asuntos universales en la medida en que a todo mundo le afectan. “Cosas”, dijo, “como la memoria y el olvido, el paso del tiempo y la vejez, el amor y el desamor, la violencia y el miedo, la traición y la confianza, la posibilidad de contar o de callarse, el tiempo de paz y el tiempo de guerra, el maltrato con las mujeres, la delación, el temor a añadir al mundo historias atroces o bien dejar que ya que han sucedido sólo hayan sucedido pero no se incorporen al relato del mundo”.

Al final, el escritor madrileño creía que este libro tendría que juzgarse en la totalidad de sus mil 600 páginas, aunque inicialmente hubiera tenido que juzgarse por separado en cada uno de sus tres volúmenes.

—¿Había escrito esta obra con algún afán de juzgar ciertos hechos?, pregunté en aquella ocasión.

—La novela no debe juzgar. En cierto sentido es lo contrario de un juicio. En los juicios normalmente lo que interesan son los hechos y no lo que los provocaron ni por qué se produjeron ni qué vino antes o después. Mientras que en una novela se permite ver cómo se ha llegado a tal o cual cosa. Evidentemente en esta novela hay conflictos morales, no cabe ninguna duda; pero una novela de tesis es para mí insoportable y muy poco literaria. Uno intenta mostrar las cosas o al menos que el lector vea.

—¿Tuvo usted en perspectiva desde el comienzo el propósito de escribir una novela tan vasta?

—No. Es más, creo que los autores cuando ha pasado tiempo desde la escritura de una novela nunca tenemos mucha perspectiva ni objetividad. En este caso la ambición literaria no es previa al comienzo de la novela. Y sin ir más lejos y sin que me compare, es sabido que El Quijote iba a ser una novela corta, que iba a llegar a lo que hoy en día es el sexto capítulo. Pero supongo que Cervantes vio que aquello tenía otras posibilidades, los personajes le gustaron y lo fue ampliando al punto de que diez años después de salir la primera parte publicó la segunda, que con seguridad mientras escribía la primera no tenía prevista. Es decir, que a veces la ambición nace de la propia obra y va creciendo a medida que uno la escribe, que es lo que me sucedió a mí.

Quise saber cuál era el perfume de esta novela en su conjunto, qué le gustaría a Marías que quedara en la memoria del lector, y afirmó que podía ser “una atmósfera, unos fogonazos que impresionan al lector cuando lee unos pasajes, a veces una idea o una reflexión, porque mis libros no son estrictamente narrativos y están trufados de reflexiones. Yo quisiera que al lector le quedase la sensación de haber atravesado un libro que le ha hecho ver y comprender más de lo que normalmente ve y comprende. Pero quizá es mucho pedir”.

***

Fueron varias las veces que puede conversar con Javier Marías y en ellas traté de abordar diversos temas, entre ellos su trabajo como articulista, que a menudo provocaba polémicas, cosa que le desagradaba. “Lo que pasa”, explicaba, “es que me parece absurdo escribir en prensa para no decir lo que más o menos pienso. Y a veces supongo que choco con cosas aparentemente bien vistas. Pero yo siempre busco argumentar y no me callo: si algo me parece mal o imbécil, pues lo digo”.

También alguna vez me habló de lo que le ponía de mal humor de la sociedad y la política actual. “De la política pocas ponen de buen humor”, lamentaba, pero enseguida aclaraba que a los políticos les tenía “un respeto teórico muy considerable porque creo que son necesarios”. Dicho esto, agregaba, “la clase política a menudo es grotesca, inane, innecesariamente sañuda, que no ayudan a la convivencia y exacerban los ánimos y a menudo crean más problemas de los que resuelven. En la sociedad hay de todo, pero en términos generales hay una soterrada corrupción moral generalizada y se hace la vista gorda con muchas cosas. Y eso es preocupante”.

En 2011 Marías publicó Los enamoramientos (2011), donde reflexionaba sobre el amor pero también sobre la impunidad, algo que siempre le había preocupado bastante, especialmente en una sociedad como la nuestra, “donde casi nadie se escandaliza ni sorprende por casi nada; una sociedad”, dijo entonces, “que tiende cada vez más a ser tolerante con la impunidad y muestra una tendencia a no hacer nada, ni condenar nada a título personal”.

Más tarde, en octubre de de 2012, cuando presentó el volumen de cuentos titulado Mala índole, obra que reunía cuentos de sus dos únicos libros de relatos, Mientras ellas duermen (1990) y Cuando fui mortal (1996), y algunas piezas publicadas de forma dispersa en revistas y diarios ya prácticamente inencontrables, Marías llevaba 40 años escribiendo cuentos, un género, decía, que se diferencia de la prosa novelística porque puede llegar a ser perfecto, algo que lo novela no logra a pesar de internarse en caminos más intrincados. “A lo largo de algunas décadas escribiendo prosa, me he dado cuenta que un autor no acaba de estar satisfecho de sus novelas porque tienen cosas latosas pero necesarias; las novelas no pueden tener un tono de intensidad todo el tiempo como lo pueden tener los cuentos, porque sería insoportable; en las novelas tiene que haber tiempos muertos, escenas de transición, pausas, algo que en la novela es necesario, pero el cuento puede omitir toda esa carga y ser perfecto”, me expuso el autor.

Pocos días después de la presentación de ese volumen de cuentos, Marías —distinguido con premios como el Fastenrath, el Prix Femina Étranger o el American Award— fue elegido Premio Nacional de Narrativa de España por su novela Los enamoramientos, que el autor rechazó en vista, declaró, de que desde hace varios años tenía por norma no aceptar premios ni invitaciones de instituciones estatales españolas. “He querido mantener la independencia y no participar en las polémicas que acarrean tanto las invitaciones de instituciones como el Instituto Cervantes, el Ministerio de Cultura, etc., como los premios estatales, incluido el Premio Cervantes”, afirmó entonces, y aludió que confiaba en que no se tomara su postura “como un feo o un agravio, o como un desagradecimiento. Todo escritor agradece el aprecio por su obra, y así lo hago yo también ahora. Y en verdad lamento no poder aceptar lo que en otras épocas habría sido tan sólo motivo de alegría”, resumió.

La última vez que lo vi, cuando presentó la que es su penúltima novela, Berta Isla (2017) —a la que seguiría Tomás Nevinson, publicada aún en tiempos de pandemia, en marzo de 2021—, Marías, quien criticaba nuestras sociedades cada vez más puritanas e hipócritas en las que observaba una deliberada destrucción de los sistemas educativos, resumió algo en lo que insistía a menudo y que da cuenta del enorme respeto que siempre tuvo por su oficio: “En la actualidad todo el mundo considera que puede escribir un libro, pero crear una novela es un trabajo muy difícil y muy lento. Terminar una es algo milagroso”.

Imagen de portada: Javier Marías (Foto: Bernardo Pérez)

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por C. Rubio Rosell. Editor Arturo Pérez-Reverte. 4 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/En memoria/Javier Marías

 

 

Jesús Quintero, el hombre que amaba a los nadies.

El español fue dueño de un estilo único

Prefería la radio, pero la televisión lo hizo aún más popular. Disfrutaba tanto entrevistar a famosos como desconocidos. Sus ciclos «El loco de la colina» y «El perro verde» lo convirtieron en un referente.

La voz del andaluz de los rizos sublevados llegaba hasta la última fila del teatro Lope de Vega De Sevilla. Entonces actuaba y todavía no era apodado El loco de la colina, como uno de sus programas más emblemáticos. Su rebeldía era de clase; quería mirar y oír a los olvidados, los marginales, los anónimos, los oprimidos, esos nadies que suelen ser tan ignorados como invisibilizados. Fue el “niño pobre” que se convirtió en un periodista y presentador reconocido. La nube de humo de su cigarrillo le daba una pizca de mayor intimidad y misterio a esas entrevistas que parecían una clase magistral de periodismo y psicoanálisis por el modo en que trabajaba con los silencios, con lo no dicho. El periodista español Jesús Quintero murió este lunes a los 82 años en la residencia geriátrica Nuestra Señora de los Remedios. Fuentes próximas a su familia confirmaron que el mítico comunicador almorzó por última vez, luego se fue a descansar y ya no se despertó.

No hubo milagros en la vida de Manuel de Jesús Rodríguez Quintero. Nació el 19 de agosto de 1940 en San Juan del Puerto, en la provincia de Huelva. Su padre era electricista y su madre, campesina. Ella solía decirle a su hijo que era “más raro que un perro verde y un ratón colorado”. No sabía, la madre, que le estaba sirviendo en bandeja el nombre futuro de dos programas. Como quien gambetea un destino prefigurado –continuar el oficio de su padre o trabajar como obrero-, al joven le picó el deseo de la actuación. Pero al terminar una función en el teatro Lope de Vega de Sevilla, un hombre de la radio, el periodista Rafael Santiesteban, muy impresionado por la voz de ese actor en ciernes, se acercó para decirle que podía hacer radio. 

Comenzó su carrera radiofónica en los años 60 en Radio Nacional de España, animando las tardes con el programa Estudio 15-18. El programa le resultaba insuficiente; quería algo más. Entonces le propuso a los directivos El hombre de la roulotte, que consistía en recorrer el país en una furgoneta llena de libros y sartenes entrevistando a los “nadies”, gente sin fama pero con historia, personajes anónimos con una vida interesante.

Creía en la palabra (y el silencio) como medio de comunicación. Prefería la radio porque es “más verdad que la televisión”. Él clasificaba los silencios: el de dos personas que no tenían (ni tienen) nada qué decir y aquellas que saben que el silencio puede ser sorpresa y acercamiento. El loco de la colina nació como un programa radial nocturno en Radio Nacional de España (1980 a 1982) y posteriormente pasó a la Cadena Ser (1986); el programa fue emitido también en Uruguay y Argentina. 

El ritmo era pausado; ese animal de radio, de mirada profunda y silencios que podían provocar irritación, incomodidad y hasta perplejidad era una especie de gran oreja que sabía escuchar los problemas de los desesperados y solitarios. Detrás de esa voz que se escuchaba hasta en el último cuarto de pensión estaban los guiones de Raúl del Pozo y Javier Salvago. Si el periodista, locutor y presentador no era dueño ciento por ciento de sus palabras, sí lo era de ese estilo que implicaba que se mantenía un rato sin decir nada. En silencio. Un silencio que podía aumentar la fascinación o provocar la objeción sin medias tintas.

El loco de la colina batió récords de audiencia con cerca de un millón de oyentes. Hasta la revista Gente se ocupó del fenómeno y habló con el periodista que declaró entonces que el programa era “su terapia ocupacional nocturna”, que “se aferraba al micrófono como un náufrago”, como “alguien que miraba las estrellas sin olvidar lo que pasaba a los demás en la tierra”. Jesús quería que el entrevistado le contara sus cosas. “No voy a acosarlo, ni chuparlo, ni vencerlo. Nunca uso la estocada. Si ha de morir se matará solo y con sus propias palabras. No me creo nada esa moda del reportaje agresivo”, explicaba y aclaraba: “Si te pones contra el entrevistado, lo pierdes. Si llegas arrogante, también. Si llegas muy humilde, te derrota. Hay que decirle sin palabras ‘Tú eres quien eres… pero yo no soy un tonto’”.

Las sombras eclipsan el lado luminoso. Una neurosis depresiva hipocondríaca puso en pausa, en 1986, la carrera del andaluz de los rizos sublevados y los silencios que abrazan sin palabras. En ese período de retiro creó la emisora Radio Romántica, que posteriormente fue clausurada por carecer de licencia. Dos años después volvió al ruedo con El perro verde, que se estrenó en la TVE (Televisión Española) en 1988. El éxito continuó y lo llevó a viajar a México, Argentina –el programa se emitió por ATC en 1989- y Uruguay. En la televisión pública española también hizo Qué sabe nadie (1990) y en Antena 3 los ciclos Trece noches o La boca del lobo. En los 90 llegarían La noche americana, El lobo estepario –que hizo en Buenos Aires, en Radio Millenium en 1998-, Cuerda de presos y El vagamundo. En los 2000 presentó Ratones coloraos y La noche de Quintero, programa con el que volvió en 2007 a la TVE.

En El perro verde mezclaba famosos y desconocidos. ¿Cómo no recordar al perro blanco y lanudo que lo acompañaba en el estudio y se quedaba todo el tiempo echado en el piso? Jesús amaba a los “nadies”; eran sus entrevistados preferidos. Algunos recordarán al hombre que no contestaba ninguna de sus preguntas porque finalmente resultó ser mudo. O la conversación con los 11 mendigos, durante una cena. Entre sus entrevistas más recordadas se destacan las que hizo a Diego Maradona, Jorge Luis Borges, Eduardo Galeano, el subcomandante Marcos, Antonio Escohotado, Facundo Cabral, Felipe González, Baltasar Garzón, Pepe Mujica, Joaquín Sabina y Arturo Pérez-Reverte. En 1999, para el ciclo que tuvo en Azul TV, entrevistó al entonces presidente Carlos Saúl Menem, a quien le preguntó: “¿Nunca fue musulmán? ‘No -respondió Menem- siempre fui católico, apostólico, riojano… digo, romano”. Cuando entrevistó a Robledo Puch en la cárcel de Sierra Chica, el Chacal le dijo emocionado: “¡Ah!, ¿usted es El loco de la colina?”.

El mejor creador de atmósferas (radiales y televisivas) confesó que lo llamaban loco porque nunca había tenido un sentido práctico de la vida. “Me llaman loco porque aún creo en los grandes sueños, en las utopías… Y porque no renuncio a la felicidad. No comprendo a quienes están dispuestos a todo para alcanzar el poder, la riqueza o la fama. Antonio Banderas me dijo: ‘La fama es un rumor a seis metros’. Tenía razón”, recordó Jesús en una entrevista con El Español en febrero de 2020. Ser un buen comunicador no implica ser un buen administrador. Intentó tener una productora con la que ganó dinero, pero perdió más por malos negocios, además de llevar una vida bohemia. También gestionó el Teatro Quintero, donde programaba espectáculos de teatro y música. Para pagar sus deudas vendió su casa. “Me he arruinado tres o cuatro veces en mi vida. Si no trabajo, bajo los techos, bajo el nivel. Vivo con lo justo. Nunca seré yo un nuevo rico. Siempre seré un antiguo pobre”.

El andaluz de los rizos sublevados fue una especie de detective que buscaba que lo oculto quedara al descubierto. El hombre que murió mientras dormía fue el compañero de cientos de náufragos nocturnos embelesados con ese loco que respiraba palabras y exhalaba silencios.

Imagen de portada: Jesús Quintero-«Nunca uso la estocada. No me creo nada esa moda del reportaje agresivo”, dijo una vez.. Imagen: EFE

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Silvina Friera. 4 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/En memoria/Jesús Quintero.

 

LA PLENITUD DEL VACÍO

Un acercamiento a las obras espirituales de Mark Rothko.

Marcus Rothkowitz, más conocido como Mark Rothko, fue uno de los artistas expresionistas y abstractos más importantes e influyentes de la historia del arte. Hoy se cumplen 119 años de su nacimiento, y nos pareció importante hacer un breve recorrido por su vida y obra a modo de homenaje a este gran artista. El gran Rothko.

Mark Rothko fue un pintor y grabador nacido en Letonia en el año 1903. Supo desarrollar su carrera artística en la ciudad de Nueva York en los años 40, dentro de la corriente del expresionismo abstracto, a la cual pertenecía también su entonces colega, y por momentos su rival, Jackson Pollock.

Formación

Mas allá de destacarse en áreas artísticas como la mandolina, el piano y la escritura, sorprendentemente Rothko ingresó becado en 1921 a la universidad de Yale para estudiar Derecho e Ingeniería. Sin embargo, su beca fue cancelada al año de cursar sus estudios, lo que lo obligó a trabajar como ayudante de lavandería y también como mensajero para costearse los estudios.

En Yale recibió todo tipo de ataques antisemitas, lo que llevó al artista a abandonar la Universidad dos años más tarde, aunque 46 años después, lo llamaron para entregarle un título honorario.

Habiendo abandonado Yale, en 1925 Rothko inicia con 22 años y de manera autodidacta su carrera como artista visual. En un principio abordaba estéticas surrealistas influenciado por Adolph Gottlieb, pero ya para 1947 se podría decir que encontró su camino propio, en el que mediante composiciones rectangulares en obras de gran formato y buscando un sentido religioso para su pintura, su intención era ofrecer al espectador una experiencia mística y transcendental.

Estar frente a una de sus flamantes obras de este período, es en sí una experiencia única. Es un misterio cómo composiciones de dos rectángulos con bordes difuminados por veladuras pueden transmitir una sensación de plenitud y de abismo al mismo tiempo a quienes las contemplan. Transmiten vacío y plenitud. Te disuelve el ego y te vuelve uno con el universo, algo que puede ser muy fuerte de experimentar.

Pero no sólo la sensibilidad, el talento y su entrega espiritual hacen de sus obras un arte sumamente movilizante. Rothko había desarrollado algunas técnicas que acompañaban este propósito, como mezclar pigmentos con cola de conejo para que a la hora de volcar la mezcla en los lienzos gigantes no se vean las vetas del pincel, lo que aporta ese toque sumamente sutil, etéreo y mágico que definen sus pinturas.

Su carrera artística

Siguiendo por el camino de la pintura, Rothko se mudó a Nueva York e integró por primera vez la Liga de estudiantes de Arte de Nueva York, donde conoció a Adolph Gottlieb, y formaron junto a otros artistas un grupo que seguía las enseñanzas del maestro Milton Avery, de quien Mark aprendería un vasto conocimiento de la forma y el color, elementos que son de suma importancia en su corpus de obra.

Para este entonces su familia no lo acompañaba más, al no comprender su elección de ser artista en un momento en que Estados Unidos atravesaba la crisis económica de la Gran Depresión. Pero esta situación no frenó a Rotkho, quien con un objetivo muy claro de la función de experiencia espiritual que quería para sus pinturas, realizó una exposición individual de 15 pinturas al óleo que llamaron la atención de críticos de arte por la riqueza y sensibilidad del color.

Capilla Rothko

En 1971 se funda la Capilla Rotkho, un espacio en Houston, Texas, abierto a todas las creencias y religiones que ofrece un santuario espiritual y un espacio de meditación con luz cenital donde uno se puede conectar con las catorce pinturas de gran formato del artista, dispuestas en un espacio octogonal, y donde trabajó a su lado el reconocido arquitecto Philip Johnson. Es tan fuerte lo que ocurre a nivel energético al presenciar sus obras dentro de la capilla, que el compositor Peter Gabriel nombró a una de sus canciones «Catorce pinturas negras» luego de visitarla, así como monjes tibetanos tántricos ejecutaron cantos armónicos en 1986. Aunque en la otra cara de la moneda, un vandalista pintó unos años más tarde con una brocha negra sobre una obra gigante de la serie del artista llamada «Seagram» en la Tate Modern de Londres. Allí la muestra se encontraba en un espacio completamente condicionado como lugar de meditación y capilla para poder contemplar sus obras de arte desde bancos dispuestos a cierta distancia. Nunca falta aquél espectador que está sentado con lágrimas en los ojos atravesado por tanta sensibilidad, viviendo su propia experiencia.

La Capilla de Rothko recibió importantes premios debido al diálogo que se genera entre arte y espiritualidad: El Premio a la Paz de la Comunidad de Houston en 1998, el Premio James L. Tucker de los Ministerios Interconfesionales en el 2004, y reconocimientos del Centro de Paz y Justicia de Houston en el 2008, entre otros.

Desenlace

El 25 de febrero de 1970 tras una ingesta de barbitúricos con alcohol, Rothko se quita la vida trágicamente inmerso en una profunda depresión. Para este entonces sus obras habían comenzado a volverse más oscuras en cuanto a las tonalidades que utilizaba. Hay quienes sostienen que su suicidio formó parte en cierto modo de su praxis artística, culminando el oscuro desenlace de sus obras.

Otros analizan que le fue muy difícil dejar de recibir llamados para nuevos encargos, mientras que su colega Jackson Pollock no paraba de crecer al haber sido apadrinado por Peggy Guggenheim.

Lamentablemente, Rothko no vivió para disfrutarlo, pero actualmente sus obras se subastan en un promedio de 80 millones de dólares y es uno de los artistas abstractos más respetados e influyentes en la historia del arte.

Lo espiritual en su arte

Rothko fue siempre fiel a su premisa: el arte debe transmitir una experiencia espiritual al espectador. En 1958 recibió la comisión para pintar los murales «Seagram» en el restaurante Four Seasons de Manhattan. Al llegar y ver que se perdía la experiencia espiritual por la disposición de las mesas donde se cenaría, devolvió el dinero y pidió que le regresen las pinturas. Dinero que necesitaba, pero no a cualquier costo.

No se pueden describir con palabras las obras de Rothko. Y cualquier imagen o fotografía de las mismas, no le hace justicia a aquello que te generan.

Lo espiritual es intangible, es una fuerza que te atraviesa, te sana, te interpela, te hace reflexionar sobre la existencia humana, y sobre todo te genera una emoción y un sentimiento en el cuerpo y en el alma. No hay nada intelectual allí. Definir su arte con palabras resulta imposible, porque se trata de una experiencia espiritual que hay que vivirla.

Feliz aniversario de nacimiento al trascendental Mark Rothko, y sólo palabras de agradecimiento por ofrecernos honestamente, como lo hacen los grandes, su alma descarnada en esos inmensos lienzos con composiciones simples y a la vez complejas, que nos tocan el espíritu.

Imagen de portada: ROTHKO FRENTE A UNO DE SUS LIENZOS.

FUENTE RESPONSABLE: Época. Pcia. de Corrientes. Argentina. Por Sonsoles Romero Noya. 25 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Arte abstracto/Impresionismo/Pintura/Grabado/En memoria.

 

 

 

 

 

Julio Ramón Ribeyro: quién es el escritor que ayer tuvo un Doodle en siete países.

Google celebró el 93.º aniversario del nacimiento de Julio Ramón Ribeyro.

Julio Ramón Ribeyro es uno de los grandes cuentistas de todos los tiempos y tiene un Doodle de Google que celebra el día de su nacimiento, un 31 de agosto de 1929 en Lima, Perú.

Quién es Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro, quien hoy cumpliría 93 años, escribió «Los gallinazos sin plumas» en 1955. Una obra que se volvió famosa al capturar la dura realidad de la vida en los barrios marginales peruanos. Con sus cuentos, brindó una poderosa crítica social a través de la lente de la fantasía.

Ribeyro y sus tres hermanos tuvieron una infancia de clase media hasta que la prematura muerte de su padre dejó a la familia en la pobreza.

Julio Ramón Ribeyro pasó a estudiar artes y derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú antes de publicar su primer cuento, La vida gris, en la revista Correo Bolivariano en 1948. Unos años más tarde, el Instituto de Cultura Hispánica le otorgó una beca de periodismo en España. .

Luego de escribir Los gallinazos sin plumas, estudió brevemente literatura francesa en la Universidad de la Sorbona antes de abandonar los estudios para trabajar como portero de hotel y trabajador de una fábrica para mantener su escritura.

El Doodle de Google recuerda también que, en 1958, Ribeyro regresó a Perú para convertirse en profesor de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga. Dos años más tarde terminó su primera novela Crónica de San Gabriel. El libro, que explora la vida en una comunidad rural peruana aislada, ganó inmediatamente un premio nacional.

Tras la publicación de su libro, Ribeyro regresó a París, donde trabajó como periodista, traductor y editor en la Agence France Presse durante los siguientes 10 años.

En 1970, Ribeyro se convirtió en asesor cultural peruano y luego en embajador ante la UNESCO. A pesar de su apretada agenda como diplomático, Ribeyro siguió escribiendo. Al final de su carrera, había publicado ocho volúmenes de cuentos y varias novelas, ensayos y obras de teatro. Su obra ha sido traducida a múltiples idiomas.

También, en 1994, Julio Ramón Ribeyro ganó el prestigioso Premio Juan Rulfo de Literatura.

Cliquea en el siguiente link si deseas ver el vídeo. Muchas gracias.

Homenaje a Julio Ramón Ribeyro

Bajo este marco, la poderosa escritura de Julio Ramón Ribeyro continúa cambiando la percepción que tiene la gente del mundo.

Premios y reconocimientos de Julio Ramón Ribeyro

  • Premio Nacional de Novela (1960)
  • Premio de Novela del diario Expreso (1963)
  • Premio Nacional de Literatura (1983)
  • Premio Nacional de Cultura (1993)
  • Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1994)

Cliquea en el siguiente link si deseas ver el vídeo. Muchas gracias.

Entrevista a Julio Ramon Ribeyro

Imagen de portada: Julio Ramón Ribeyro (Doodle de Google)

FUENTE RESPONSABLE: Agrofit News.

Sociedad y Cultura/Literatura/En memoria/Julio Ramón Ribeyro

 

Amedeo Modigliani, uno de los grandes pintores del siglo XX.

Nació en una influyente familia judía sefardí en Livorno, Italia. Cuando era niño, a menudo se enfermaba y su madre lo educaba en casa y su pasatiempo favorito era pintar.

Después de casi morir de tifus y luego de tuberculosis, su madre lo llevó de gira por Italia, con una importante recorrida por Florencia para ver sus grandes obras de arte. 

Luego lo inscribió en lecciones con el maestro pintor Guglielmo Micheli. Modigliani pasó varios años en la escuela de Micheli y demostró ser un artista creativo y original. Micheli lo apodó “superhombre”, no solo por su habilidad artística sino porque a Modigliani le gustaba estudiar y citar las obras filosóficas de Nietzsche.

Después de un tiempo de aprendizaje del arte en Venecia, Modigliani se instaló en París en 1906 y vivió en la comuna de Montmartre para artistas pobres. ¡Estaba completamente dedicado a su arte, produciendo hasta cien obras por día!

Desafortunadamente, “Modi” (como se le conocía ahora) descendió al consumo excesivo de drogas y alcohol, en parte para lidiar con sus dolores y enfermedades crónicas.

En 1909, se dedicó a la escultura. (En 2010, su talla Tete se convirtió en la tercera escultura más cara jamás vendida, superando los 70 millones de dólares en una subasta).

Volvió a pintar en 1914. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Modi se alistó en el ejército, pero pronto lo echaron debido a la mala salud. 

Ese mismo año, tuvo una relación con la reconocida pintora británica Nina Hamnett. La había conocido en un café y se presentó simplemente como “Modigliani, pintor y judío”.

Tuvo varias otras relaciones de alto perfil, incluso con la poeta rusa Anna Akhmatova y la escritora inglesa Beatrice Hastings. Finalmente se asentó y se casó. Modi era famoso por ser poco convencional e inclasificable como artista, y por sus numerosos y ricos retratos.

Su pintura de desnudo Nu couché se vendió por más de $170 millones en 2015, entre las pinturas más caras jamás vendidas, mientras que Nu couché (sur le côté gauche) estableció un récord de Sotheby’s en 2018, vendiéndose por $157 millones.

Como resultado de sus enfermedades y adicciones, Modi murió a la temprana edad de 35 años. Al día siguiente, su afligida esposa, embarazada de su segundo hijo, saltó por una ventana y se suicidó.

Muchos creen que si Modi hubiera vivido más tiempo se habría convertido indiscutiblemente en el mejor pintor de todos los tiempos. Se cree que hoy en día hay más falsificaciones de las obras de Modigliani que de cualquier otro artista. Ya se han hecho dos películas sobre él, y actualmente Johnny Depp y Al Pacino están trabajando en una nueva película biográfica sobre su vida.

Imagen de portada: Amedeo Modigliani en su estudio en 1915. Foto de Paul Guillaume –Wikipedia – Dominio Público.

FUENTE RESPONSABLE: Aurora. Israel. 30 de agosto 2022. Grupo de Facebook Personalidades judías de todos los tiempos. Compilado por Raúl Voskoboinik.

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La última llamada de Cesare Pavese.

Acababa de recibir en julio el premio Strega, el más prestigioso de las letras italianas, por ‘El bello verano’, pero se sentía agotado. Decidió quitarse la vida a finales de agosto.

Cuando el conserje del hotel Roma de Turín llega hasta la puerta de la habitación 346 se detiene y mira al director. Están inquietos: desde el día anterior, el huésped extraño con nariz prominente sobre las facciones marcadas y mirada evasiva bajo las gafas no ha salido. Nadie ha llegado preguntando por él y no ha hecho una sola llamada a recepción. Director y conserje saben que semejante acumulación de silencio puede ser la antesala del desastre: por eso se han decidido a subir. Se miran entre sí, mientras el director da un paso al frente y propina tres golpes en la puerta.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea donde se encuentra escrito en “azul”.

Como nadie responde, el conserje introduce la llave maestra en la cerradura. Entran y son recibidos por la relativa oscuridad del cuarto: el aire está cargado y las cortinas, completamente corridas, filtran la luz ya caliente de la mañana sobre el cuerpo de Cesare Pavese, tumbado en la cama y pulcramente vestido, como preparado para salir a la calle. Sin embargo, sus pies están descalzos: mientras comienzan a zarandearlo, buscan los zapatos con los ojos y los encuentran primorosamente colocados junto a la mesilla. Pero el cuerpo está rígido.

El suicidio de Cesare Pavese la madrugada del 27 de agosto de 1950 se ha convertido ya en un lugar común de la literatura del sacrificio. Deberemos entrar de lleno en esos ojos, que es abordar un mundo y su literatura. Tenemos que mirar lo que hay debajo, o hacerlo como Pavese en sus poemas: interpretando la soledad del mito en su disociación del mundo real.

Escribo en sus poemas, pero no olvido que para Pavese –que había nacido en Santo Stefano Belbo en 1908 y que ahora, cuando el conserje coge el teléfono Siemens negro fijado en la pared para llamar a una ambulancia, aún no ha cumplido los 42 años– siempre concibió su transición a la narrativa como una continuidad en los asuntos que manejó y en los planos de existencia, entre la plenamente corporal y otra simbólica, desde la poesía. Su coloquialismo y la metáfora como relato se marcan por igual en su libro de poemas Trabajar cansa (1936) o en su trilogía formada por El bello verano (1949, que ha merecido el premio Strega), El diablo sobre las colinas (1948) y Mujeres solas (1948).

Aquella noche Pavese llamó a cuatro mujeres. La última fue una joven bailarina de cabaret. Ninguna le contestó.

Podríamos hablar de sus ecos internos, el trasfondo amargo de verbena veraniega que apenas sostiene el sentido de su representación, con personajes jóvenes condenados a reconocerse como meras comparsas en la escena, entre una promesa de dulzura y el acecho vital de lo salvaje, y relacionarlo con poemas iniciales en los que la vida se revela como fascinación de tierra y sangre, de entrega sensual a las pasiones en fiestas saturnales con el macho cabrío abriendo el vientre a las vírgenes en la hierba bajo el sopor de agosto.

Sin embargo, nada de eso está en esa habitación la noche anterior, cuando Pavese se queda solo y decide hacer cuatro llamadas telefónicas. Se sabe que llamó a cuatro mujeres y que la última fue una joven bailarina de cabaret. Ninguna le descolgó el teléfono, pero podemos imaginar que esa última noche, mientras va abriendo los tubos de somníferos, sólo hay un rostro dentro de sus ojos: el de la actriz norteamericana Constance Dowling, con quien ha tenido un breve romance, que lo ha abandonado. Porque hay una constancia de abandono entre las mujeres y Pavese: quince años antes, en 1935, se había enamorado de Battistina Pizardo, “la mujer de voz ronca”, que se aprovecha de Pavese para hacerle recibir en su casa la correspondencia de Altiero Spinalli, miembro del Partido Comunista Italiano.

El favor es muy arriesgado, con las escuadras de Mussolini arrasando cualquier atisbo de resistencia antifascista: no olvidemos que en 1935, Pavese, que se ha licenciado con una tesis doctoral sobre Walt Whitman, ya trabaja en la editorial Einaudi, vigilada por la policía.El joven experto en literatura norteamericana, que ya ha traducido al italiano Moby Dick y también otras obras de William Faulkner y John Dos Passos, es detenido y encarcelado, primero en Roma y luego en Brancaleone; pero no delata a nadie.

Lo liberará el asma, pero antes ha enviado al editor Carocci ocho poemas más para Trabajar cansa, en los que ya plantea los términos de su renovación poética. Gabrielle D’Annunzio, Giovani Pascoli, Giacomo Leopardi con Baudelaire al fondo, el propio Walt Whitman y Edgar Lee Masters acompañan su reflexión sobre un simbolismo como relato en marcha desde lo cotidiano, tocando sus costuras de extrañeza y asombro en lo real. En la prisión de Brancaleone ha comenzado su diario El oficio de vivir –que no se publicará hasta 1952, dos años después de su muerte–, en el que une indagación poética y pasión existencial abocada al castigo, sobre un erotismo descarnado que apenas lo sostiene en el vacío de su propia dureza.

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

–esta muerte que nos acompaña

de la mañana a la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un vicio absurdo–. Tus ojos

serán una vana palabra,

un grito acallado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando sola sobre ti misma te inclinas

en el espejo. Oh querida esperanza,

también ese día sabremos nosotros

que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como abandonar un vicio,

como contemplar en el espejo

el resurgir de un rostro muerto,

como escuchar unos labios cerrados.

Mudos, descenderemos en el remolino.

Cuando sale de la cárcel se encuentra a Battistina Pizzardo casada con su verdadero amor: el militante comunista Altiero Spinnali, por cuyas cartas Pavese había pasado su propia temporada en el infierno. Es su segundo gran golpe vital: el primero, la más expansivo, porque seguramente marcó toda su vida, es la muerte de su padre, por un tumor en el cerebro, cuando Cesare tiene solamente seis años.

Llegaría la Segunda Guerra Mundial, su miedo y más desastres, vendría la muerte y tendría los ojos de Constance Dowling, que había sido la amante de Elia Kazan y tenía una belleza turbadora y felina. Vendría la muerte desde que escribió en su diario, el 10 de abril de 1936: “Sé que estoy condenado, ya para siempre, a pensar en el suicidio ante cualquier inconveniencia o dolor”. Diez años después de su suicidio, escribiría su amigo Italo Calvino: “Se habla demasiado de Pavese a la luz de su gesto extremo, y demasiado poco a la luz de la batalla vencida día tras día contra el propio impulso autodestructivo”.

Actualmente, en este otro verano tórrido de 2022 que también nos parece abocado a un final, puede visitarse la habitación 346 del hotel Roma. Sigue albergando una sola cama, y el teléfono Siemens negro de la pared aún tiene línea. 

Imagen de portada: Cesare Pavese. Foto Archivo Gilardi

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por Joaquín Pérez Azaústre. 27 de agosto 2022.

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