5 poemas de Juan Gelman

Poeta argentino —también periodista, traductor y destacado activista político— que fue reconocido con importantes premios, entre ellos el Cervantes en 2007. Os ofrecemos 5 poemas de Juan Gelman.

Ausencia de amor

Cómo será pregunto.

Cómo será tocarte a mi costado.

Ando de loco por el aire

que ando que no ando.

Cómo será acostarme

en tu país de pechos tan lejano.

Ando de pobre cristo a tu recuerdo

clavado, reclavado.

Será ya como sea.

Tal vez me estalle el cuerpo todo lo que he esperado.

Me comerás entonces dulcemente

pedazo por pedazo.

Seré lo que debiera.

Tu pie. Tu mano.

Certezas

A ver cómo es.

Estaba quieta la inquietud por una vez.

La desazón en sazón y

¡cómo se parecía el mundo a Gerarda

envuelta en sensaciones de encaje!

Las palabras chocan contra la tarde

/y no la descomponen.

La furia no me deja solo conmigo.

Habrá que recortar la sombra militar.

¡Camaradas especialistas en esperar cansancios:

apaguen el amor dudoso

que baja humilde y despacito!

Hasta el revés del cosmos morirá!

El juego en que andamos

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta salud de saber que estamos muy enfermos,

esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta inocencia de no ser un inocente,

esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

este amor con que odio,

esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,

que me juego la muerte.

Fábricas del amor

Y construí tu rostro.

Con adivinaciones del amor, construía tu rostro

en los lejanos patios de la infancia.

Albañil con vergüenza,

yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,

para darte la voz,

para poner dulzura en tu saliva.

Cuántas veces temblé

apenas si cubierto por la luz del verano

mientras te describía por mi sangre.

Pura mía,

estás hecha de cuántas estaciones

y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.

Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.

Qué infinito de besos contra la soledad

hunde tus pasos en el polvo.

Yo te oficié, te recité por los caminos,

escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,

te hice un sitio en mi lecho,

te amé, estela invisible, noche a noche.

Así fue que cantaron los silencios.

Años y años trabajé para hacerte

antes de oír un solo sonido de tu alma.

La rueda

El arco o puente que va

de tu mano a la mía cuando

no se tocan, abre

una flor intermedia.

¿Qué toca, qué retoca, qué trastoca

ese vacío de las manos

solas en su fatiga?

Nace una flor, sí,

se agosta en mayo como una

equivocación de la lengua

que se equivoca , sí.

¿Por qué este horror?

En la página de nosotros mismos

tu cuerpo escribe.

Imagen de portada: Juan Gelman

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 27 de enero 2018.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Juan Gelman

5 poemas de Carlos Barral

Poeta de la generación de los 50. Su vida fue parte de su obra. Conocido por su labor editorial y también por su carrera política. A continuación podéis leer 5 poemas de Carlos Barral.

Ternura de tigre

La lengua sobre todo, afectuosa,

áspera y cortesana en el saludo.

Las zarpas de abrazar, con qué cuidado,

o de impetrar afecto, o daño, a quien lo doma.

La caricia con uñas, el pecho boca arriba

para mostrar el corazón cautivo.

La piel toda entregada, la voz ronca

retozando en su jaula de colmillos,

y los ojos enormes, de algas, sonriendo

a la muerte inmediata

a que fue sentenciado.

La cour carrée

Oh rápida, te amo.

Oh zorra apresurada al borde del vestido

y límite afilado de la bota injuriante,

rodilla de Artemisa fugaz entre la piedra,

os amo,

sombra huidiza en la escalera noble,

espalda entre trompetas por el puente.

Oh vagas, os envidio,

imágenes parejas en los grises

vahos de las cristaleras entornadas,

impacientes

-que llegan a las citas con retraso-

nervios de los que habitan (el descuido

seguro y arrogante de la puerta entreabierta

y el gesto ordenador de las cosas que miran).

Lo quiero casi todo:

la puerta del palacio con armas y figuras,

el nombre de los reyes y el latón de República.

Quiero tus ojos de extranjera ingenua

y la facilidad sin alma del copista.

Quiero esta luz de ahora. Es mi deseo

estar abierto, atento, hasta que parta.

Y quisiera que alguien me dijera

adiós,

contenida, riendo entre lágrimas.

Extranjero en las puertas, no estás solo,

mi apurada tristeza te acompaña.

Luna de agosto

Insistió en no acercarse demasiado,

temerosa de la intimidad caliente del esfuerzo,

pero los que pasaban

cerca con los varales y las pértigas

nos sonreían,

y sentía con orgullo su presencia

y que fuese mi prima (aún recuerdo

sus ojos en la linde

del círculo de luz, brillando

como unos ojos de animal nocturno).

Yo quería que viese

aquel vivo episodio de argonautas

que era mi propiedad, de mi experiencia:

Primero las antorchas,

la llama desigual de gasolina,

luego, súbitamente,

la luz del petromax, violenta,

haciendo restallar los colores, el brillo

de la escama pegada a las amuras,

y los hombres,

veinte tal vez, que intentan,

azuzándose a gritos,

mover el casco hacia la mar

que latía detrás como un espejo.

-Mira, ya arranca-.

Una espina de palos

que caen en el momento

preciso, y gime la madera y cantan

los garfios en cubierta.

Verde

esmeralda el agua

como menta al trasluz, y ellos

tensos como en un friso

segado por sus hojas, o trepando

desnudos mientras boga

suave olas adentro…

Luego, mientras la lancha se alejaba

se vieron cruzar cuerpos bajo el fanal,

músculos dilatados, armonía

física, y sentimos

que la brisa, como un objeto amable,

se apoderaba del lugar en que dejaron

una estela de huellas y carriles.

Miré a la altura de su voz. -¿Nos vamos?-

dijo, y la sombra azulada del cabello

la recortaba en una mueca triste.

Dulce.

Me conmovió que fuera

cosa de la naturaleza, como parte

de su incierto castillo de hermosura.

Pero ahora que la hermosura me parece

cosa de la naturaleza sin misterio,

pienso si no sería por contraste,

si estaría pensando en las medidas

de su gloria cercana, en los silencioa

de un atento aspirante al notariado

con zapatos lustrosos y un destino

decente…

Caminaba

despacio hacia la calle alborotada.

Las luces del festejo

brincaban en su blusa

como una gruesa sarta de abalorios.

Pájaros para Yvonne

Tu cuerpo en qué alegría de revuelo,

que inmediación de trinos, ¡oh agitada

pasión de ti, de tórtola inspirada,

de azul y pluma en claro azul! (Uccello)

Pájaro. Sal. Escribe por el suelo

el gozo de tu jaula enamorada.

Sea risueña alcándara la espada

de gavilán blandida para el duelo.

Yo, tu fronda apartada. Permanente

árbol donde resuena tu destino,

leeré tu trayectoria. Se adivina

tan bien lo que se espera… Del camino

oblicuo, qué te importa, ¡oh diferente

mirlo de luz si vienes a la encina!

Y tú amor mío

Y tú amor mío, ¿agradeces conmigo

las generosas ocasiones que la mar

nos deparaba de estar juntos? ¿Tú te acuerdas,

casi en el tacto, como yo,

de la caricia intranquila entre dos maniobras,

del temblor de tus pechos

en la camisa abierta cara al viento?

Y de las tardes sosegadas,

cuando la vela débil como un moribundo

nos devolvía a casa muy despacio…

Éramos como huéspedes de la libertad,

tal vez demasiado hermosa.

El azul de la tarde,

las húmedas violetas que oscurecían el aire

se abrían

y volvían a cerrarse tras nosotros

como la puerta de una habitación

por la que no nos hubiéramos

atrevido a preguntar.

Y casi

nos bastaba un ligero contacto,

un distraído cogerte por los hombros

y sentir tu cabeza abandonada,

mientras alrededor se hacía triste

y allá en tierra, en la penumbra

parpadeaban las primeras luces.

 

Imagen de portada: Carlos Barral

FUENTE RESPONSABLE: ZENDALIBROS.COM 29 de diciembre 2017.

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5 poemas de Vicente Aleixandre

El Premio Nobel de literatura le consagró como uno de los grandes poetas del Siglo XX. A continuación puedes leer 5 poemas de Vicente Aleixandre.

Al cielo

El puro azul ennoblece

mi corazón. Sólo tú, ámbito altísimo

inaccesible a mis labios, das paz y calma plenas

al agitado corazón con que estos años vivo.

Reciente la historia de mi juventud, alegre todavía

y dolorosa ya, mi sangre se agita, recorre su cárcel

y, roja de oscura hermosura, asalta el muro

débil del pecho, pidiendo tu vista,

cielo feliz que en la mañana rutilas,

que asciendes entero y majestuoso presides

mi frente clara, donde mis ojos te besan.

Luego declinas, ¡oh sereno, oh puro don de la altura!,

cielo intocable que siempre me pides, sin cansancio, mis besos,

como de cada mortal, virginal, solicitas.

Sólo por ti mi frente pervive al sucio embate de la sangre.

Interiormente combatido de la presencia dolorida y feroz,

recuerdo impío de tanto amor y de tanta belleza,

una larga espada tendida como sangre recorre

mis venas, y sólo tú, cielo agreste, intocado,

das calma a este acero sin tregua que me yergue en el mundo.

Baja, baja dulce para mí y da paz a mi vida.

Hazte blando a mi frente como una mano tangible

y oiga yo como un trueno que sea dulce una voz

que, azul, sin celajes, clame largamente en mi cabellera.

Hundido en ti, besado del azul poderoso y materno,

mis labios sumidos en tu celeste luz apurada

sientan tu roce meridiano, y mis ojos

ebrios de tu estelar pensamiento te amen,

mientras así peinado suavemente por el soplo de los astros,

mis oídos escuchan al único amor que no muere.

Después del amor

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,

como el silencio que queda después del amor,

yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo

hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.

Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir

retraído.

Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace

un instante, en desorden, como lumbre cantaba.

El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su

forma continua,

para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de

la llama,

convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites

se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,

delicadamente desnudos,

se sabe que la amada persiste en su vida.

Momentánea destrucción el amor, combustión que

amenaza

al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,

sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas

la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la

vida,

la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad

nos llamaba.

He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,

opulento de su sangre serena, dorado reluce.

He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado

pie,

y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,

la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa

nacido,

y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro

amor, que allí lúcido vela.

En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla

caldea sin celo,

está la boca fina, rasgada, pura en las luces.

Oh temerosa llave del recinto del fuego.

Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,

mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.

Mano entregada

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia…

Tu delicada mano silente. A veces cierro

mis ojos y toco leve tu mano, leve toque

que comprueba su forma, que tienta

su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso

insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca

el amor. Oh carne dulce, que sí empapa del amor hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta,

invisiblemente entreabierta,

por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;

por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,

para rodar por ellas en tu escondida sangre,

como otra sangre que sonara oscura,

que dulcemente oscura te besara

por dentro, recorriendo despacio como sonido puro

ese cuerpo que resuena mío, mío poblado de mis

voces profundas

¡oh resonado cuerpo de mi amor!, ¡oh poseído cuerpo!,

¡oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole!

Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa

mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.

Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,

mientras tu carne entera llega un instante lúcido

en que total flamea, por virtud de ese lento contacto

de tu mano,

de tu porosa mano suavísima que gime,

tu delicada mano silente, por donde entro

despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,

hasta tus venas hondas totales donde bogo,

donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

Se querían

Se querían.

Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,

labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,

a esa amorosa gema del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melancólicamente,

giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos

laten bajo la tierra y los valles se estiran

como lomos arcaicos que se sienten repasados:

caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,

entre las duras piedras cerradas de la noche,

duras como los cuerpos helados por las horas,

duras como los besos de diente a diente sólo.

Se querían de día, playa que va creciendo,

ondas que por los pies acarician los muslos,

cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…

se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,

mar altísimo y joven, intimidad extensa,

soledad de lo vivo, horizontes remotos

ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,

como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,

dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,

ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,

metal, música, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

Triunfo del amor

Brilla la luna entre el viento de otoño,

en el cielo luciendo como un dolor largamente sufrido.

Pero no será, no, el poeta quien diga

los móviles ocultos, indescifrable signo

de un cielo líquido de ardiente fuego que anegara

las almas,

si las almas supieran su destino en la tierra.

La luna como una mano,

reparte con la injusticia que la belleza usa,

sus dones sobre el mundo.

Miro unos rostros pálidos.

Miro rostros amados.

No seré yo quien bese ese dolor que en cada rostro asoma.

Sólo la luna puede cerrar, besando,

unos párpados dulces fatigados de vida.

Unos labios lucientes, labios de luna pálida,

labios hermanos para los tristes hombres,

son un signo de amor en la vida vacía,

son el cóncavo espacio donde el hombre respira

mientras vuela en la tierra ciegamente girando.

El signo del amor, a veces en los rostros queridos

es sólo la blancura brillante,

la rasgada blancura de unos dientes riendo.

Entonces sí que arriba palidece la luna,

los luceros se extinguen

y hay un eco lejano, resplandor en oriente,

vago clamor de soles por irrumpir pugnando.

¡Qué dicha alegre entonces cuando la risa fulge!

Cuando un cuerpo adorado;

erguido en su desnudo, brilla como la piedra,

como la dura piedra que los besos encienden.

Mirad la boca. Arriba relámpagos diurnos

cruzan un rostro bello, un cielo en que los ojos

no son sombra, pestañas, rumorosos engaños,

sino brisa de un aire que recorre mi cuerpo

como un eco de juncos espigados cantando

contra las aguas vivas, azuladas de besos.

El puro corazón adorado, la verdad de la vida,

la certeza presente de un amor irradiante,

su luz sobre los ríos, su desnudo mojado,

todo vive, pervive, sobrevive y asciende

como un ascua luciente de deseo en los cielos.

Es sólo ya el desnudo. Es la risa en los dientes.

Es la luz o su gema fulgurante: los labios.

Es el agua que besa unos pies adorados,

como un misterio oculto a la noche vencida.

¡Ah maravilla lúcida de estrechar en los brazos

un desnudo fragante, ceñido de los bosques!

¡Ah soledad del mundo bajo los pies girando,

ciegamente buscando su destino de besos!

Yo sé quien ama y vive, quien muere y gira y vuela.

Sé que lunas se extinguen, renacen, viven, lloran.

Sé que dos cuerpos aman, dos almas se confunden.

Imagen de portada: Vicente Aleixandre

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 5 de diciembre 2017.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Vicente Aleixandre

Las 10 mejores películas de Audrey Hepburn.

Casi tres décadas después de su fallecimiento, el vigor de la figura de Audrey Hepburn (1929-1993) se mantiene erguido incluso con una fuerza superior a la que exhibió durante los años 50 y 60, las dos décadas de su esplendor interpretativo. Concebida entonces como una diva-de-Hollywood, su legado se comprende hoy también desde el prisma de su actividad política e intelectual, además del subrayado evidente de haber sido una de las intérpretes de cabecera de cineastas como William Wyler o Stanley Donen.

Las 10 mejores películas de Audrey Hepburn

1. La calumnia (The Children’s Hour, William Wyler, 1961)

2. My Fair Lady (George Cukor, 1964)

3. Charada (Charade, Stanley Donen, 1963)

4. Vacaciones en Roma (Roman Holiday, William Wyler, 1953)

5. Sabrina (Billy Wilder, 1954)

6. Dos en la carretera (Two for the Road, Stanley Donen, 1967)

7. Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, Blake Edwards, 1961)

8. Una cara con ángel (Funny Face, Stanley Donen, 1957)

9. Historia de una monja (The Nun’s Story, Fred Zinnemann, 1959)

10. Sola en la oscuridad (Wait Until Dark, Terence Young, 1967)

Imagen de portada: Audrey Hepburn

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Audrey Soprano. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 24 de octubre de 2020.

Sociedad y Cultura/Cinematografía/En memoria/Audrey Hepburn

 

 

Romy Schneider: el triste destino de Sissi.

Javier Memba reanuda con Romy Schneider, una de las grandes actrices europeas del siglo XX, la mítica serie «Malditos, heterodoxos y alucinados» que en 2002 repasó en El Mundo las vidas de 75 escritores, poniendo ahora el foco en el mundo del cine.

Tan sólo ese estigma, que tan a menudo obra sobre los talentos tempranos, podía llevar a pensar que Romy Schneider —una de las grandes musas del cine europeo del siglo XX— acabaría siendo perseguida por la fatalidad hasta la muerte. 

Final que, amén de tan prematuro como los primeros aplausos que escuchó, bien pudo haber sido el último jalón de la senda de la autodestrucción, por la que la actriz encaminó su vida. Muy probablemente, puso rumbo al abismo en 1963, cuando la dejó Alain Delon tras un romance de cinco años. 

Dos décadas después, el 29 de mayo de 1982, fue encontrada muerta en su apartamento parisino. Oficialmente, se dijo que el óbito se produjo a consecuencia de un infarto agudo de miocardio. Pero como no se le practicó la autopsia, cuantos admiraron a Romy en Lo importante es amar (Andrzej Zulawski, 1975), La muerte en directo (Bertrand Tavernier, 1980) o Fantasma de amor (Dino Risi, 1981), las tres cintas, del último tramo de su filmografía, más representativas de la experiencia personal de la actriz, dieron por sentado que la antigua intérprete de Sissi había decidido poner fin a sus días mediante una mezcla letal de barbitúricos y alcohol.

Hija de los actores Wolf Albach-Retty y Magda Schneider —protagonista del gran Max Ophüls en Amoríos (1933)—, la futura actriz que habría de dar vida a la que, para el común de las espectadoras de los años 50, fue la princesita más gentil de la Casa Habsburgo-Lorena nació en la Viena que vitoreaba la anexión de Austria por la Alemania nazi. 

Fue el 23 de septiembre de 1938. Sólo tenía quince años cuando la joven Romy debutó en el cine incorporando a la hija del personaje interpretado por su progenitora en Lilas blancas (Hans Deppe, 1953). No mucho después, Ernst Marischka, para quien protagonizaría la trilogía de Sissi —Sissi (1955), Sissi emperatriz (1956) y El destino de Sissi (1957)—, le confió su primera princesa en Los jóvenes años de una reina. En aquella ocasión, recreó a la reina Victoria del Reino Unido.

Aunque aquellos papeles la convirtieron en una de las estrellas jóvenes más rutilantes de la pantalla europea, Romy Schneider, como todos los actores encasillados en un solo personaje, acabó cansándose de tanto miriñaque, tanto polisón y tanto vals. En cierto sentido arremetió contra todo ello con su creación de Manuela von Meinhardis en Corrupción en el internado (Géza von Radványi, 1958). Remake del clásico del cine lésbico Muchachas de uniforme (Leontine Sagan y Carl Froelich, 1931), sobre un internado para hijas de oficiales prusianos, en una de sus secuencias, Manuela besa en los labios a Elisabeth von Bernburg (Lili Palmer), la profesora de la que está enamorada.

También fue en el año 58 cuando conoció a Delon en el rodaje del remake de Amoríos dirigido por Pierre Gaspard-Huit. Debió de ser Delon quien le presentó a Luchino Visconti. Lo cierto es que para el realizador italiano Romy Schneider protagonizó su episodio de Boccaccio 70 (1962). También para él, con el correr de los años, interpretaría por última vez a Sissi. Fue en Ludwig (1973), el acercamiento de Visconti a Luis II de Baviera, el rey loco que prefería levantar castillos para las óperas de Wagner a los asuntos de estado. Siempre vestida de negro, la frescura de su belleza juvenil empezaba a volverse melancólica. 

La Sissi de entonces ya dejaba entrever la decadencia de una actriz cuyas dotes dramáticas habían seducido al Orson Welles de El proceso (1963) y al gran Claude Sautet. Su colaboración con este último arrancó en Las cosas de la vida (1969) y tendría su fruto en algunos de los mejores títulos de la actriz: Ella, yo y el otro (1972), Mado (1976) y Una vida de mujer (1978). Esta tercera precisamente le valió su segundo César a la mejor actriz.

El primero lo había obtenido tres años antes por su creación de Nadine Chevalier en Lo importante es amar. Era aquella una actriz alcoholizada y en decadencia —trasunto de la misma Romy— que se dedica al porno y mantiene un romance autodestructivo con Servais Mont (Fabio Testi), un fotógrafo que va a robarle unas fotos comprometidas.

De espaldas a la cámara siempre fue una depresiva que vio morir a su hijo Daniel, a los 14 años, atravesado accidentalmente por la verja de su casa mientras intentaba trepar por ella. Nunca llegó a levantarse de aquel golpe. Pese a todo el dinero que ganó, parece ser que cuando llegó su hora estaba arruinada. Fueron sus amigos quienes corrieron con los gastos del sepelio.

Imagen de portada: Romy Schneider

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Javier Memba. Editor: Arturo Pérez Reverte.  8 de mayo 2020.

Sociedad y Cultura/Cinematografía/En memoria/Romy Schneider

 

 

 

 

 

 

 

4 poemas de Pedro Salinas

Dedicó su vida a la docencia y a la traducción, y, por supuesto, a la poesía. Estos 4 poemas de Pedro Salinas nos sirven para recordar a una de las figuras claves de la Generación del 27 y la lírica española del Siglo XX.

Sin voz desnuda

Sin armas. Ni las dulces

sonrisas, ni las llamas

rápidas de la ira.

Sin armas. Ni las aguas

de la bondad sin fondo,

ni la perfidia, corvo pico.

Nada. Sin armas. Sola.

Ceñida en tu silencio.

«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»,

quiebran agudas puntas

de inútiles saetas

en tu silencio liso

sin derrota ni gloria.

¡Cuidado!, que te mata

fría, invencible, eterna

eso, lo que te guarda,

eso, lo que te salva,

el filo del silencio que tú aguzas.

 

Underwood girls

Quietas, dormidas están,

las treinta, redondas, blancas.

Entre todas

sostienen el mundo.

Míralas, aquí en su sueño,

como nubes,

redondas, blancas, y dentro

destinos de trueno y rayo,

destinos de lluvia lenta,

de nieve, de viento, signos.

Despiertalas,

con contactos saltarines

de dedos rápidos, leves,

como a músicas antiguas.

Ellas suenan otra música:

fantasías de metal

valses duros, al dictado.

Que se alcen desde siglos

todas iguales, distintas

como las olas del mar

y una gran alma secreta.

Que se crean que es la carta,

la fórmula, como siempre.

Tú alócate

bien los dedos, y las

raptas y las lanzas,

a las treinta, eternas ninfas

contra el gran mundo vacío,

blanco a blanco.

Por fin a la hazaña pura,

sin palabras, sin sentido,

ese, zeda, jota, i…

 

Luz de la noche

Estoy pensando, es de noche,

en el día que hará allí

donde esta noche es de día.

En las sombrillas alegres,

abiertas todas las flores,

contra ese sol, que es la luna

tenue que me alumbra a mí.

Aunque todo está tan quieto,

tan en silencio en lo oscuro,

aquí alrededor,

veo a las gentes veloces

prisa, trajes claros, risa

consumiendo sin parar,

a pleno goce, esa luz

de ellos, la que va a ser mía

en cuanto alguien diga allí

«ya es de noche».

La noche donde yo estoy

ahora,

donde tú estás junto a mí

tan dormida y tan sin sol

en esa

noche y luna del dormir,

que pienso en el otro lado

de tu sueño, donde hay luz

que yo no veo.

Donde es de día y paseas

te sonríes al dormir

con esa sonrisa abierta,

tan alegre, tan de flores,

que la noche y yo sentimos

que no puede ser de aquí.

Fe mía

No me fío de la rosa

de papel,

tantas veces que la hice

yo con mis manos.

Ni me fío de la otra

rosa verdadera,

hija del sol y sazón,

la prometida del viento.

De ti que nunca te hice,

de ti que nunca te hicieron,

de ti me fío, redondo

seguro azar.

Imagen de portada: Gentileza de Anthony Delanoix

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 7 de noviembre 2017.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Pedro Salinas

Anoche cuando dormía, antología poética de Antonio Machado.

Fue el autor más joven de la conocida como Generación del 98. En Madrid y París convivió con escritores como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Ramón María del Valle-Inclán. Casi una década pasó entre el modernista Soledades y Campos de Castilla, su consagración como poeta. Colliure fue su última morada; su tumba se convirtió en el mayor símbolo del exilio republicano.

Anoche cuando dormía, antología poética de Antonio Machado

Zenda reproduce 5 poemas incluidos en Anoche cuando dormía, antología poética de Antonio Machado publicada en la colección «Poesía portátil» de Random House, de la cual ya hemos publicado versos de Alejandra Pizarnik, Rafael Alberti, Federico García Lorca e Idea Vilariño .

Anoche cuando dormía

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di, ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

de donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas

blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

Parábolas

I

Era un niño que soñaba

un caballo de cartón.

Abrió los ojos el niño

y el caballito no vio.

Con un caballito blanco

el niño volvió a soñar;

y por la crin lo cogía…

¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,

el niño se despertó.

Tenía el puño cerrado.

¡El caballito voló!

Quedóse el niño muy serio

pensando que no es verdad

un caballito soñado.

Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo

y el mozo tuvo un amor,

y a su amada le decía:

¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo

pensaba: Todo es soñar,

el caballito soñado

y el caballo de verdad.

Y cuando vino la muerte,

el viejo a su corazón

preguntaba: ¿Tú eres sueño?

¡Quién sabe si despertó!

Orillas del Duero

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.

Girando en torno a la torre y al caserón solitario,

ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,

de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.

El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,

casi azules, primavera

se ve brotar en los finos

chopos de la carretera

y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.

El campo parece, más que joven, adolescente.

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,

azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,

y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,

espuma de la montaña

ante la azul lejanía,

sol del día, claro día!

¡Hermosa tierra de España!

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

?ya conocéis mi torpe aliño indumentario?,

más recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

?quien habla solo espera hablar a Dios un día?;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

Yo voy soñando caminos

Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!…

¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero…

-la tarde cayendo está-.

«En el corazón tenía

«la espina de una pasión;

«logré arrancármela un día:

«ya no siento el corazón».

Y todo el campo un momento

se queda, mudo y sombrío,

meditando. Suena el viento

en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea

se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:

«Aguda espina dorada,

«quién te pudiera sentir

«en el corazón clavada».

—————————————

Autor: Antonio Machado. Título: Anoche cuando dormía. Editorial: Random House (Literatura portátil). Venta: Todostuslibros y Amazon

Imagen de portada: Antonio Machado

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 5 de diciembre 2020.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Antonio Machado

 

Casa de José Hierro del Real en Madrid, y otras…

Me acerco a una casa que conocí. Una casa visitada que con el tiempo, entre lo que vi y lo que recuerdo, se diluye. Se diluye la entrada y los contornos. El salón se reduce a un mueble secreter, a un ramo de flores silvestres en un jarrón de cristal, a un caballito de bronce que deja detrás de él a un niño en pantalones cortos en una foto en blanco y negro. 

El salón me habla también de Lines, su mujer, en una pintura que posa a la vez que José Hierro me mira. Sé del dormitorio apenas por el cabecero de hierro bruñido dorado, y por la colcha espesa con filigranas de algodón, porque se tumbó en la cama con un libro y se perdió en él mientras yo lo retrataba. No tengo muchas imágenes de la casa porque de aquel momento lo que se quedó, sobre todo, fue su rostro, su mirada, su bigote y su cabeza brillante

Recuerdo a la persona y no las paredes ni los suelos. Evoco a alguien sereno que posaba paciente. Receptivo a la cámara y amable con ella. De voz ronca y palabras contundentes. Como una contradicción, la casa se sugiere robusta, aunque intuyo para él, tal vez, un refugio pasajero. Al escritor le gusta lo de fuera, recorrer las calles, escribir en la mesa de un bar del barrio o visitar la pequeña librería donde deja sus libros dedicados para luego volver al hogar que convierte en poema.

A la casa de Hierro se accede por un amplio portal de dos escaleras cogiendo la de la izquierda, en el 5 dcha. Una construcción de 1960, racionalista, de hormigón de ocho plantas con cubierta plana. Un basamento de piedra que la hace contundente como él. 

Una fachada con balcones de dobles ventanas, de balcones cerrados que también la aislaba, cuando en ese momento sólo se oía la máquina portátil de oxígeno que llevaba entonces. Pues estando en medio de la ciudad, en el Distrito 3 de Retiro, en el barrio de Pacífico, bien se podía haber oído el griterío de un patio de colegio, no muy lejos bajo la sombra de un campanile desahuciado (*), o el zumbido de los motores de los coches. Pues el número 4 de la calle Fuenterrabía deja la esquina del edificio de cara a un cruce, de una calle que baja hasta la Avenida de Barcelona, al sureste de Madrid, y que sube hasta el Paseo Infanta Cristina.

Calle, Andrés Borrego, nº 16. La casa donde nació José Hierro.

Casa donde vivió José Hierro desde 1960 hasta 2002

Aquí se trasladó desde Santander, con Mª Ángeles Torres, su mujer, y sus tres hijos: Juan Ramón, Margarita y Marian. Joaquín, el pequeño, nacería ya en Madrid.

Era ésta la ciudad natal de José Hierro, pues había nacido el 3 de abril de 1922 en la calle Andrés Borrego 18, y había vivido en ella hasta los 2 años, hasta que la familia se desplaza a Santander.

José Hierro vivirá también en Valencia desde 1944 a 1946 y regresará a la capital cántabra en 1947, hasta el 52. A partir de entonces fijará definitivamente su residencia en Madrid.

Pero en medio hay un periplo de soledad compartida, de lucha, de paredes y de contiendas. Habitando lugares desconocidos, alimentándose de libros y de poesía.

Pues es en septiembre de 1939, unos meses después del último parte de la guerra civil española y cuando Alemania ha invadido Polonia, cuando el escritor ingresa en prisión acusado de ser miembro de una organización que ayuda a los presos políticos. Entre ellos está su padre, también encarcelado, porque aquel 18 de julio de 1936 intercepta un cable, como empleado de telégrafos, dirigido a la guarnición de Santander desde la Capitanía General de Burgos, que lleva órdenes de sublevación.

Casa de la calle Fuenterrabía nº 4

José Hierro recorrerá las cárceles de Santander, Segovia, Toledo, o las “checas” de Madrid, como la oscura y hacinada de Comendadoras.

Aunque es condenado a doce años y un día de reclusión, finalmente saldrá de la cárcel de Alcalá de Henares en enero de 1944. Entonces la vida de Hierro se despliega con esa madurez que le otorgan los cinco años de encarcelamiento y que se reflejan en su producción poética, desde su participación en la fundación de la revista Proel y la publicación de su primer libro describiendo el país en ruinas en Tierra sin nosotros hasta su libro cumbre, Cuadernos de Nueva York (1998), que nos da la perspectiva para analizar toda su obra y que será clave para su reconocimiento, otorgándosele el premio Cervantes ese mismo año, tras haber recibido, años atrás, el premio Príncipe de Asturias, o el Nacional de las letras, entre otros. 

Se desarrolla su poesía desde sus primeras tertulias literarias, su trabajo en Radio Nacional de España, o en el CSIC, etc, hasta lo que podía haber sido un solemne y poético discurso, tal vez, que no pudo ser, ya que murió antes de su ingreso en la RAE (**).

Dicen de este poeta, perteneciente a la primera generación de la posguerra, a la llamada poesía desarraigada, existencial, que sus composiciones de poemas largos y versos libres alumbran un compromiso con el hombre, con el tiempo que se nos escapa y con el pensamiento de lo vivido y el recuerdo. Dicen y especifican, y vierten una extensa literatura sobre la obra y el poeta y sobre el poeta y sus versos. Tienden ejes y etiquetan para clasificar lo inclasificable y lo indómito, que es lo que encierra precisamente todo ese mundo invisible, sugerente, imaginario que se despliega entre un verso y el siguiente. Eso, y mucho más, es la poesía.

Dicen también que José Hierro era lento y minucioso, que podía pasar años hasta perfeccionar un poema y unos versos. Y cierto es que tenía tiempos extensos de silencio de una producción lenta que amasaba. Y que en la práctica abarca desde el Libro de las alucinaciones (1964) hasta Agenda ( 1991) y desde éste hasta Cuadernos de Nueva York (en 1998).

Retrato de José Hierro

El poema «La casa», que se incluye en Agenda, es un ejemplo de estos periodos de “sequía”. Es uno de los tres poemas que José enseña a su yerno, marido de su hija Margarita. Los únicos que ha escrito desde la publicación del Libro de las alucinaciones y que ese día tiene guardados en una carpetilla. Es el 31 de julio de 1975, están en Santander.

Hierro lee éste, y otros dos poemas: uno el de Brahms y Clara Schumann, y un tercero que aunque está sin concluir, tiene que dejar a un lado, ya que se emociona a mitad de la lectura.

José se va a dormir, pero el marido de Margarita se pone a copiar el poema «La casa» y se lo guarda. Un año después Hierro extravía la carpeta. Llama por teléfono a su yerno. El poema está a salvo, la copia se conserva. El poeta lo corrige y lo restaura, y es justo el que se publica y se dará a conocer.

Sé ahora que «La casa» no es una sola, son muchas. Ni siquiera es un espacio físico. «La casa», como todos los buenos cobijos, es un estado de ánimo, una burbuja abierta por donde no sólo corre el aire y la luz a través de las ventanas. Es una forma de ser, y como dice Tacha, es una metáfora de la familia, la suya.

Portal de la casa de José Hierro

Traslado aquí el poema «La casa», y las anotaciones, tal y como me lo envía Tacha, es decir, Mª Ángeles Romero, su nieta. En colores según las casas a las que hace referencia:

En verde, Nayagua, la casa de Chinchón, en Los Cohonares.

Fue su refugio. Lo levantó con sus propias manos. Aquí plantó una viña de la que cada año sacaba una cosecha que bebía con los amigos, poetas, pintores, músicos y gente de toda clase y condición. Aquel lugar fue donde amasó durante sus años de silencio los poemas que luego verían la luz en Agenda y Cuaderno de Nueva York.

En azul, el Minifundio. Estaba en Santander, la casa que estaba varada en una playa.

Una pequeña casita de apenas 40 metros cuadrados situada en lo alto del acantilado en la Playa de Portio (Liencres) en Cantabria. Allí es donde le hubiese gustado vivir, pero la abuela ya tenía a sus tres primeros hijos (Juan Ramón, Margarita y Marian) y carecía la casa de electricidad y agua potable.

Era el lugar de los fines de semana y pasaban muchos días de verano. Al final, muy a pesar de su deseo de mantenerla, la vendieron antes de irse a vivir a Madrid (azules más hondos), a la calle Fuenterrabía nº 4 (en morado), su casa hasta su muerte.

Esta casa no es la que era.

En esta casa había antes

lagartijas, jarras, erizos,

pintores, nubes, madreselvas,

olas plegadas, amapolas,

humo de hogueras…

Esta casa

no es la que era. Fue una caja

de guitarra. Nunca se habló

de fibromas, de porvenires,

de pasados, de lejanías.

Nunca pulsó nadie el bordón

del grave acento: «nos queremos,

te quiero, me quieres, nos quieren…»

No podíamos ser solemnes,

pues qué hubieran pensado entonces

el gato, con su traje verde,

el galápago, el ratón blanco,

el girasol acromegálico…

Esta casa no es la que era.

Ha empezado a andar, paso a paso.

Va abandonandonos sin prisa.

Si hubiera ardido en pompa, todos,

correríamos a salvarnos.

Pero así, nos da tiempo a todo:

a recoger cosas que ahora

advertimos que no existían;

a decirnos adiós, corteses;

a recorrer, indiferentes,

las paredes que tosen, donde

proyectó su sombra la adelfa,

sombra y ceniza de los días.

Esta casa estuvo primero

varada en una playa. Luego,

puso proa a azules más hondos.

Cantaba la tripulación.

Nada podían contra ella

las horas y los vendavales.

Pero ahora se disuelve, como

un terrón de azúcar en agua.

Qué pensará el gato feudal

al saber que no tiene alma;

y los ajos, qué pensarán

el domingo los ajos, qué

pensarán el barril de orujo,

el tomillo, el cantueso, cuando

se miren al espejo y vean

su cara cubierta de arrugas.

Qué pensarán cuando se sepan

olvidados de quienes fueron

la prueba de su juventud,

el signo de su eternidad,

el pararrayos de la muerte.

Esta casa no es la que era.

Compasivamente, en la noche,

sigue acunándonos. 

Campanile y Panteón de hombres ilustres

Real Fábrica de Tapices

————————

Mi agradecimiento a Mª Ángeles Romero, nieta de José Hierro e hija de Margarita, la segunda hija del poeta.

Agradecimientos a la Fundación Centro de Poesía José Hierro

*“El campanile” hace referencia a la torre de 70 m, construida en 1902, y que formaba parte del proyecto de la reconstrucción de la Basílica de Atocha, y el Panteón de Hombres Ilustres. El proyecto se queda a medias, y la torre se queda aislada del Panteón y de la Iglesia, en medio del patio del colegio, Virgen de Atocha. Estos edificios, y la Real Fábrica de Tapices, están situados en barrio de Pacífico. Al lado de la Calle Fuenterrabía.

**José Hierro es elegido miembro electo de la RAE el 8 de abril de 1999 para ocupar el sillón de la letra G. No pudo tomar posesión, ya que murió el 21 de diciembre de 2002 antes de leer su discurso de ingreso..

Imagen de portada: José Hierro

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Victoria Iglesias.

Sociedad y Cultura/Literatura/Casas de escritores/En memoria/José Hierro.

5 poemas de Mari Luz Escribano

Toda una carrera de poesía, toda una vida de lucha, se apagó la semana pasada. Hoy la recuerdo con sus versos, reproduzco 5 poemas de Mari Luz Escribano.

Canción del silencio

En las horas pisadas por las sombras

en un gesto final de despedida,

cuando es tarde y tardíamente escucho

esta niebla o canción que me regresa,

todos los muebles tienen

una poblada soledad de incierta

nostalgia telefónica.

Y los libros me miran

con sus ojos de octubre

y el cigarrillo clama

urgido desde el piano

con volutas que pasan

transitan, me construyen

la palabra de amor en que trabajo.

Sobre la mesa, intacta,

la violeta de un nombre

que desprende una página.

Yo ya sé que es domingo

y que la brisa tiene una luz convocada

que me recuerda el mar.

Pero deja que guarde entre mis manos

limosnas de silencio:

siempre dejan sus huellas

espacios de rocío en la mirada.

***

Los ojos de mi padre

Los ojos de mi padre,

los ojos de mi padre,

mirándome en la patria cereal de los trigos,

en un tiempo de cunas

mecidas por el viento de la guerra,

mirando cómo crezco

en los abecedarios

y conquisto sonidos primitivos

balbuceos, palabras necesarias,

porque él me empuja y vuelve,

desde su corazón y sus espigas,

su corazón de tierra y manantiales,

patria de tierra y gritos apagados.

Mi padre es un silencio

que mira como crezco.

Sus manos me conforman,

me miran la estatura,

la dimensión del cuerpo,

averiguan gozosas

que me elevo en trigal.

Las manos de mi padre

tocan mi cuerpo y cantan,

y yo sé que me acunan

con nanas de caballos,

con la salmodia triste del judío,

del converso que habita por su sangre.

Pero paseo con mi padre.

Abandono en sus manos

mis manos tan pequeñas,

y al calor de su sangre

mis pulsaciones tienen

una ambición de tiempos.

En las luces inquietas de la tarde,

al borde de la noche,

vamos pisando hierbas, territorios,

ríos como torrentes, manantiales,

horizontes donde la niebla habita,

paisajes metalúrgicos y bosques,

ciudades, vientos, cordilleras,

blancas constelaciones.

Camino con mi padre.

Me nombra a las palomas,

pájaros migratorios,

aguanieves que rozan las praderas,

alcaudones de viento,

golondrinas, gorriones, avefrías.

Y todo pasa y llega de su mano,

y a mi infancia regresa

el calor confortable de su sangre

Cuando llegan los días de septiembre,

láminas del otoño,

las madrugadas frías y estrelladas

detienen sus palabras.

Pero es sólo un instante

de sangre y de fusiles

porque mi padre vuelve del silencio

y pasea conmigo

el callado silencio de las calles,

y los campos sembrados

y las constelaciones,

y su voz de madera me acompaña, me mira cómo crezco.

Todo el mundo conoce

que heredé de mi padre una bandera.

***

Gabo

Cruzan los teletipos los océanos azules;

ha muerto Gabo dicen, como si fuera un cuento,

allá en Colombia habita el buitre que cantaba

esa mala noticia que nos deja. tan huérfanos.

El eco lo repite: ha muerto Gabo,

y un profundo dolor deja en los ojos lágrimas.

Macondo está de luto, con sus callejas lóbregas

y sus hombres alzados sobre el polvo del tiempo.

Cien años de soledad son pocos

los que nos deja el hombre

que levantó una patria con nombre de Macondo,

habitada por hombres y por mujeres tristes

tan solos en un mundo ajeno a la aventura.

Sólo queda en Colombia un rincón ignorado,

Macondo se llamaba y Macondo se llama,

algún aventurero buscará con presteza,

aquellos peces de oro de Aureliano Buendía.

***

Escribiré una carta para cinco

Cuando surja la luz de primavera,

y las rosas dibujen sonrisas de colores,

escribiré una carta para cinco muchachos,

contándoles lo mucho que gané con la vida.

Escribiré desde una nube blanca,

con una tinta azul que no la borre el tiempo,

porque no volveré a pisar las arcillas,

ni la dura tristeza del asfalto.

Contaré que mi vida

fue una historia muy larga,

con mapas y lecciones

en un palacio antiguo,

el fragor de los trenes

hacia el país del trigo,

la lluvia sobre el mar

y las arenas suaves.

El Cantábrico allí,

tan lejos de Granada.

Después vinieron ellos,

esos cinco muchachos,

y los días pasaron

con nanas y con besos,

con los ojos dormidos

en cuna almidonada.

Mi corazón estuvo

siempre en guardia con ellos

Y ahora que ya han crecido

y conocen los mundos de las hierbas

los nombres de los pájaros,

la música del mundo,

los placeres del libro,

creo que ya he cumplido

mi misión en la tierra.

Escribiré una carta para cinco

cuando la primavera arribe

y me inunde la casa de amarillos.

***

Cuando me vaya

Dejaré un silencio en el recuerdo,

sonidos de una voz que fue muy joven,

y un aroma de sándalo y cipreses

para que no me olvides.

Y ahora, cuando el sol desaparece,

y hay promesa de una noche clara,

las estrellas se esconden

y están muertas de tanta nívea luz.

Dejaré abierta la ventana.

Un gorrión divulgará mi huida,

y un frescor de mañana

anunciará mi marcha,

con trémula voz para llamarte.

Cuando me vaya

perderé las praderas,

los bosques encendidos de noviembre,

el verde del jardín en primavera,

la tenue luz de los planetas,

la sonrisa de un niño,

el calor de un amigo,

lágrimas de dolor por los caminos

que transité tan alta,

la caricia de un perro

que dio fuego a mis manos.

Cuando me vaya

habré perdido tantas cosas,

que creceré en trigal

por no morirme.

Imagen de portada: Mari Luz Escribano

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 22 de julio 2019.

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5 poemas de Adrienne Rich

Adrienne Rich (Baltimore, 1929 – California, 2012) fue una de las poetas estadounidenses más influyentes del último siglo. Con una voz atrapante e inconfundible, logró introducir las discusiones sobre género, raza y clase en el discurso poético, y fue capaz de cuestionar los límites formales de la poesía al mismo tiempo que a la sociedad y a sí misma. En su obra se halla siempre la intención manifiesta de buscar la verdad; sus planteamientos acerca de la condición humana, el amor y la historia parten de la convicción de que solo a partir de la toma de conciencia es posible el cambio.

Con el objetivo de atravesar y reflejar la evolución de su poesía desde sus comienzos, próximos a la tradición, hasta que desarrolla un estilo más radical, tanto en la forma como en el contenido feminista y político, esta antología bilingüe presenta una selección de diez libros publicados entre 1951 y 1985, y también incluye un prólogo de la autora.

VII

De pronto ya no me parece

viable este mundo:

tú estás ahí fuera quemando las cosechas

con un nuevo sublimado

Esta mañana dejaste el lecho

que aún compartimos

y saliste a esparcir impotencia

por el mundo

Te odio.

Odio la máscara que llevas, tus ojos

que fingen una profundidad

que no poseen, que me arrastran

hasta el antro de tu cráneo

el paisaje de osamenta

odio tus palabras

me hacen pensar en falsos

bonos revolucionarios

crujiente imitación de pergaminos

en venta en los campos de batalla.

Anoche, en este cuarto, llorando

te pregunté: ¿Qué sientes tú?

¿Sientes algo?

Ahora, en la contorsión de tu cuerpo,

mientras defolias los campos que nos sustentaban

tengo tu respuesta.

III

Porque no somos jóvenes, las semanas han de bastar

por los años sin conocernos. Solo esta extraña curva

del tiempo me dice que no somos jóvenes.

¿Caminé por las calles en la mañana, a los veinte,

con mis miembros sobrecogidos por un más puro regocijo?

¿Me asomé desde una ventana en la ciudad

escuchando al futuro

como lo escucho aquí con nervios afinados para tu

llamada?

Y tú, te aproximas a mí con el mismo tempo.

Son eternos tus ojos, verde destello

de la hierba inocente del inicio del verano,

berro azul verde salvaje refrescado por la vertiente.

A los veinte, sí: pensábamos vivir para siempre.

A los cuarenta y cinco, quiero conocer hasta nuestros

límites.

Te acaricio sabiendo que no nacimos mañana,

y que de algún modo, cada una ayudará a la otra a vivir,

y en algún lugar, cada una debe ayudar a la otra a morir.

VIII

Me puedo recordar en Sunión hace años,

adolorida con un pie infectado, Filoctetes

con forma de mujer, cojeando por el largo sendero,

recostada sobre un promontorio junto al oscuro mar,

mirando hacia las rojas rocas donde una silenciosa onda

de blancor me reveló el romper de una ola,

imaginando la fuerza de aquella agua desde esa altura,

consciente de que el suicidio deliberado no era mi oficio,

pero en todo momento cuidando, midiendo esa herida.

Bueno, eso se acabó. La mujer que apreciaba

su sufrimiento ha muerto. Yo soy su descendiente.

Amo la piel cicatrizada que de ella heredé,

pero quiero continuar contigo desde aquí

luchando contra la tentación de hacer carrera del dolor.

XV

Si reposé contigo en aquella playa blanca, vacía,

agua verde pura entibiada por la corriente del Golfo,

y no pudimos permanecer recostadas en esa playa

porque el viento lanzaba arena fina contra nosotras

como si estuviera contra nosotras

si intentamos resistirlo y fracasamos—

si nos trasladamos a otro lugar

para dormir abrazadas

y las camas eran estrechas como catres de prisioneros,

y si estábamos cansadas y no dormimos juntas

y descubrimos esto, entonces esto es lo que hicimos—

¿fue nuestro el fracaso?

Si me aferro a las circunstancias podría sentirme

no responsable. Solo la que dice

que no eligió es la perdedora al final.

PODER

Vivir en los sedimentos de tierra de nuestra historia

Hoy un azadón reveló de un terrón de tierra desmoronada

una botella ámbar perfecta un remedio centenario

para la fiebre o la melancolía un tónico

para vivir en esta tierra en los inviernos de este clima

Hoy leía sobre Marie Curie:

debe haber sabido que enfermaba de irradiación

su cuerpo bombardeado durante años por el elemento

que ella había purificado

Al parecer negó hasta el final

la fuente de las cataratas en sus ojos

la piel quebrajada y supurante de la yema de sus dedos

hasta que no pudo asir una probeta o un lápiz

Murió como mujer famosa negando

sus heridas

negando que

sus heridas provenían de la misma fuente que su poder

—————————————

Autor: Adrienne Rich. Título: Antología poética. Editorial: Visor. Venta: Todostuslibros

Imagen: Portada de “Antología Poética 1951-1985”

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez Reverte. 24 de noviembre 2020

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