Albert Pijuan retrata a los «hijos» del poder económico en su novela «La gran ola».

Es el primer libro del catalán traducido al castellano.

«Yo no soy de esa clase social pero la sufro, como todo el mundo», afirma el escritor, que pasó por la última Feria del Libro de Buenos Aires.

“Eran jóvenes y lo tenían todo, eran jóvenes y no creían en nada”. 

Así comienza la novela La gran ola, del escritor Albert Pijuan, un tsunami literario que se publicó originalmente en 2020 en catalán y ha cosechado tres premios: Ciudad de Tarragona de Novela, el Finestres de Narrativa y el Premio de la Crítica de narrativa en catalán. Tres primos de 18 años, hijos de los tres hermanos fundadores de los hoteles Serrahima, disfrutan de la apertura de un nuevo emprendimiento turístico en Sri Lanka: fiestas, descontrol, lujo asiático, prepotencia, colonialismo e impunidad. 

Es la historia de una élite impúdica, narrada en tres tiempos (2004, 2017 y 2024) con un ritmo vertiginoso y adictivo. El autor y traductor catalán, que se presentó en la 46° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires junto con Camila Sosa Villada, advierte que ser dueños es la forma de estar en el mundo de la clase social que aparece en esta novela publicada por Sexto Piso, con traducción al castellano de Rubén Martín Giráldez.

Pijuan (Calafell, 1985) trabajó como camarero durante quince años y le tocó atender a esos “hijos” del poder económico que tan bien retrata en La gran ola. “Yo no soy de esa clase social pero la sufro, como todo el mundo. Hay dos elementos que están presentes: la herencia, no tanto recibir negocios, dinero, propiedades, sino recibir esa cultura. En la primera parte de la novela vemos cómo los padres les intentan inculcar la idea ‘vosotros sois dueños’, ‘sois categoría dueño’, que es una forma de estar en el mundo. El mundo está a su disposición: personas, objetos, lugares”, explica el escritor catalán en la entrevista con Página/12

“Pero hay otra cosa más: si te lo crees, la gente que te rodea se lo cree; es una cuestión de auto seguridad y de proyección de imagen. Entra aquí un rico y lo ves porque proyecta esa imagen, y esa mística de la seguridad ayuda a perpetuar a esta clase”.

-¿Cómo hiciste para sostener el ritmo narrativo de la novela?

-Me costó mucho. El primer día que empecé a escribir apareció esta forma sin puntos, con muy pocos puntos. Aquí se confirma el tópico de que tienes que aprender a escribir cada novela de nuevo, casi nada te prepara para la siguiente novela. Logré mantener el ritmo y el estilo a partir de la musicalidad; tarareaba cosas sin letras, inventadas. Ese tarareo va a ser acción, después viene pensamiento, después frases muy picadas y pensaba más en la forma de la frase y no en el contenido. Luego iba rellenando el contenido de acuerdo a lo que funcionara auditivamente, porque es una novela que se tiene que sostener por el oído.

-En un momento se critica los viajes all inclusive. ¿Por qué la gente “paga para salir de un régimen autoritario disfrazado de democracia liberal para entregarse a un totalitarismo postfascista”, como cuestiona uno de los personajes?

-La rutina del all inclusive es muy exigente; la organización del tiempo te viene dada. En ese contexto que se supone que es de placer se da un placer organizado milimétricamente. En nuestras vidas ordinarias también estamos organizados milimétricamente, pero replicamos este patrón de todo programado en las vacaciones porque se produce el miedo al vacío. Las vacaciones no pueden ser “voy a ver qué pasa”: cada hora del día tiene que estar marcada, incluso el momento de bailar.

-En la novela aparece también la idea de fingir, de estar pasándola bien, que daría la impresión de que es transversal a las clases, ¿no?

-No puedo escapar de la idea de simulacro de Ballard; la sociedad es un simulacro y las vacaciones son para escapar del simulacro de la vida ordinaria y entrar al simulacro de un paraíso. Cada parte de la novela aborda distintas facetas del turismo: la primera es la colonialista, la segunda es la del simulacro cartón piedra y la tercera es el simulacro new age. 

Pero donde puse más énfasis en el simulacro es en la segunda parte: todo son imitaciones, dobles con mucha fachada de cara a quedar bien. Y es raro porque también cuando viajamos se dice que vamos a buscar la autenticidad.

“Es tan auténtico”, dicen, porque hay una señora haciendo el pan en la calle y esa señora está contratada por el hotel. Es la idea de buscar la autenticidad que ya no encontramos en nuestras vidas ordinarias y esto lo tiene que suplir las vacaciones. El simulacro es transversal a las clases, es el modo de vida actual; no podemos escapar al simulacro. El turismo es la idea de simulacro por antonomasia.

-Hay algo en el ritmo de la novela, en el trabajo con las voces, que recuerda a Manuel Puig. ¿Te interesa Puig como escritor?

-El beso de la mujer araña me marcó muchísimo, y me parece importante en esta novela que entra por el oído y no por la vista. Me imaginaba que La gran ola era recitada; hay muchas cosas que están muy pensadas para ser leídas y puede que esté ahí Manuel Puig, porque cuando doy talleres la novela de Puig la comentamos a menudo. La pongo de ejemplo porque es una novela de suspenso, espías y traición hecha con diálogos. 

Otra novela que también está presente es Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, que la traduje al catalán en 2017. Es sobre un tipo que en la primera Guerra Mundial le explota una bomba y queda en una cama sin brazos, sin piernas, sin ojos, sin boca, sin nariz, o sea es un trozo de carne. La novela es el pensamiento de él y está escrita sin comas, muy apoyada en lo auditivo.

-¿Quiénes son tus influencias en la literatura catalana?

-Mercè Rodoreda. Y acá entramos en temas de sociolingüística, pero se ha tardado muchas décadas en establecer un catalán literario natural. 

La primera que lo consiguió en ficción fue Rodoreda. Pero a nivel de imaginario, siempre he bebido más de la literatura en lengua inglesa, de la que soy traductor al catalán. Ahora estoy releyendo Pastoralia de George Saunders, un autor que me encanta y que también trabaja el simulacro de los parques temáticos. Y hablando de autores extranjeros, ahora mismo todos estamos enamorados de (Samanta) Schweblin y (Mariana) Enriquez; son las dos que más impacto están teniendo.

-¿Cómo es la relación entre la literatura catalana y española?

-Hay una relación problemática, pero el catalán está mejor porque los que escriben en gallego o en euskera la tienen mucho peor. Lo complicado, lo que no se entiende de ningún modo, es que cueste tanto dar el salto en la traducción interna. 

La gran ola es el primer libro que me tradujeron al castellano después de nueve libros publicados; gano tres premios y por eso decidieron traducirme, pero no hay sensibilidad por lo que pasa en las lenguas periféricas. Sin la traducción al castellano es muy difícil vender derechos al extranjero. Hay que pasar por ese peaje que es muy complicado porque no hay interés.

Imagen de portada:Albert Pijuan logró tres premios con su novela La gran ola.. Imagen: Verónica Bellomo

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Por Silvina Friera. 26 de junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Entrevista/Albert Pijuan -Cataluña. España-

“La palabra víctima es una palabra de la cultura de masas”. Entrevista a Adan Kovacsics. Parte 2/2

AH: En Kertész no había impostura, él de verdad quería volver a algo que es esencial, la condición marginal del escritor, aunque el Nobel también lo hubiera ayudado a legitimarse.

AK: Él deseaba la repercusión, eso le abrió las puertas al recibimiento en Francia, en Alemania, lo halagaba, él era muy abierto, lo llamaban por teléfono a toda hora, ¿te podemos hacer una entrevista? ¡Venga la entrevista! Pero se sentía mal porque mientras hacia las entrevistas, no escribía.  

AH: Kertész decía: “El escritor hoy no llega al lenguaje, no encuentra hoy la formulación grandiosa de las grandes cosas”. Eso me interpela porque desata la pregunta sobre las condiciones en las que escribe el escritor contemporáneo. Kertész ya percibía la decadencia de hoy.

AK: Él percibía que se ha perdido la grandeza. Se ha perdido la búsqueda de las grandes preguntas del ser humano, eso que era lo que ocupaba siempre a la literatura, ahora se ha vuelto más pequeño, más particular. Eso es algo que Kertész veía, falta le grand style, del que hablaba Nietzsche, l’harmonie entre les forces. Kertész lo anhelaba, el vio eso en los 90. Por eso es importante su decisión, en la que yo insisto mucho y a veces no se me entiende, una decisión por la literatura, y no por la escritura memorialista. Por el arte, porque él estaba convencido de que solo allí se podía grabar y registrar lo ocurrido en los campos.

AH: Pero esa no concesión en aquella época en Hungría fue una lucha.

AK: Era casi imposible lo que él pretendía, solo se podía “contar” lo ocurrido.

AH: Él dijo: “Mientras Hungría no quiera saber, no quiera asumir, y haga su autojustificación victimista, mientras no haya una conciencia húngara de las deportaciones, yo, autor del Holocausto, no puedo ser húngaro”. Esa posición política marca una ética. Hoy supuestamente las literaturas son políticas, hoy en plena politización de la escritura, la paradoja que veo es que no determinan una posición ética.

AK: Es que la politización de las literaturas hoy es precisamente lo limitante, porque se sitúan dentro de un espectro, de un rango. Kertész no se situaba dentro de ningún partido político, su eje está en la decisión por el arte y nunca dejar atrás la búsqueda del lenguaje de la experiencia, no dejarse avasallar por un lenguaje artificial, no dejarse avasallar por el lenguaje de la cultura de masas que habla del Holocausto, por ejemplo, aunque él use esa palabra, pero ese nombre sacro no refleja en absoluto lo que realmente ocurrió y él es consciente de ello.

ASE: Cuando decís que tomó el camino del arte es un poco proustiano, ¿él tenía elección? Era eso o liquidarse, volverse loco. Kertész opta por una ética invivible.

AK: Otros también se decidieron por la literatura, en el caso de Celan, de Jean Améry. Justo los suicidados. Kertész le dio muchas vueltas al suicidio.

ASE: En Liquidación dice: “El estado siempre financió la literatura para liquidarla”. Al final es lo que hizo el Estado con la sucesión de su obra.

AK: Eso es algo que me duele mucho, me duele no haber sido yo más decisivo en ese momento. Haber dicho: esto no es lo que se habló, era crear una especie de comité, de grupo que se ocupara del legado. Pero intervino una fundación en los últimos días de la vida de Magda [Ambrus, su viuda], le hicieron firmar un contrato y cedió todos los derechos a esa fundación. Ya no queda ningún hilo que una el legado de Kertész, conocedores de su obra, cercanos a él, con la institución.   

AH: Hay algo como un trauma ético, un destino trágico finalmente, en que su obra esté en manos del oficialismo, del gobierno, del nacionalismo, todo lo que él y su escritura han combatido.

AK: Pero en sus últimos años de vida, al final, él se dejó llevar, y no hizo nada para evitarlo. Como cuando recibió el premio a la máxima condecoración de Hungría, no recuerdo su nombre, y ahí hubo bastante sufrimiento, hubo gente que se distanció de él, como su amigo el pianista András Schiff, que le escribió una carta en la que rechazaba que aceptara ese premio y cortaba la relación. 

AH: Yo no sé si llamar a Kertész un autor anti contemporáneo por su lucha contra la victimización, esta lucha contra la tergiversación. Él había dicho algo como: “Si los personajes que escribimos son solo víctimas, son totalitarios porque se les sustrae la voluntad”.

AK: Él rechazaba la palabra víctima, la consideraba una palabra de la cultura de masas, que no reflejan con precisión lo que realmente ocurrió.

AH: Una distancia enorme con la utilización de la palabra víctima hoy en la literatura.

AK: Hay que leer mil veces el final de Sin destino y de Kaddish, ahí está la radicalidad mayor, analiza y refleja y ayuda a la persona que se quiere ver a sí misma con radicalidad, sin concesiones. Yo creo que es un tipo de escritor que ve el final cuando escribe: si realmente hay composición, sabes a dónde vas. En Kaddish todo el in crescendo, desde el NO, como el comienzo de la Heroica, No, No, todo hay que mirarlo desde el punto de vista musical, y luego los dos clímax, dije a mi mujer, dije a mi mujer, No, todo eso es musical.

AH: Céline decía que el oficio del escritor se paga con la muerte. Es casi una labor carcelaria. Hay algo hoy en esta Europa que vivimos sin épica, de decadencia, sin grandiosidad, como un clima pre totalitario.

AK: Ese clima es el de Fiasco. Lo que va a pasar ya está allí.

ASE: Al final siempre es una relación con el tiempo. Proust, por ejemplo, elije la literatura antes que la vida, o la vida en la literatura. Kafka también tenía una visión profética respecto del tiempo, como se puede leer en una carta que le escribe a Milena de 1922. El ser humano, escribe, siente lo “fantasmagórico” en la humanidad y los seres humanos; para luchar contra esa especie de vampirismo, lo espectral, se mandan cartas. Pero el mensaje ya no llega al destinatario, llega vacío, no llega, la caída está consumada y el mundo está poblado de fantasmas que “beben los besos escritos hasta la última gota”. “Los fantasmas no morirán de hambre pero nosotros pereceremos”. Kafka ya había vislumbrado esa alineación del tiempo que estamos viviendo con la comunicación rápida, esa relación infectada que tenemos con el tiempo. En Sin Destino, Imre Kertész descompone minuto a minuto, quizás porque él también sentía que su tiempo estaba contado. Cada minuto era vivido como un indulto.  

AK: Claro, exacto, lo más sencillo que te puedo decir de su obra es cómo vivir con la experiencia de Auschwitz a cuestas. Así de sencillo, y eso es “no vivir”. Él a veces, eso también lo dice en El espectador, y también en Kaddish, está agradecido por haber tenido esa experiencia tan grande que lo distingue, lo diferencia de otras personas

AH: Esa incongruencia es su singularidad.

ASE: ¿Y esa es la felicidad de la que habla al final de Sin destino?

AK: Bueno yo creo que ese es un tipo de felicidad. Ocurre que tú estás un año en ese lugar, en algún momento sientes felicidad, por algo, y eso hay que decirlo.

ASE: Sí pero Jean Améry, por ejemplo, en ese texto impresionante que es En las fronteras del espíritu, cuenta el sentimiento de euforia que vivió el día en que tuvo la ocasión o la “suerte” de poder comer sémola en Auschwitz. De repente sintió como una euforia muy intensa, pero rápidamente se empezó a dar cuenta de lo sospechoso, lo dudoso que tenía ese sentimiento de felicidad que al final se degradó.

AH: Jean Améry fue más lejos que Kertész. Desconfía incluso de ese minuto.

AK: Bueno en Améry está este otro factor, la pérdida de confianza en el mundo. Escribió un texto sobre la tortura. Allí dice que una vez que fue torturado pierde la confianza en el mundo, mientras que en Kertész esa confianza no estaba y estaba a la vez. A Kertész siempre lo vi como una persona de dos caras, pero no en el sentido abstracto como Dr. Jekyll y Mr Hyde, no, ¡yo lo veía! Estábamos aquí sentados, él se reía, y de pronto le veía la cara y se le había ensombrecido, pero se le había ensombrecido de verdad, porque tenía esa otra cara. Había confianza, alegría y vitalidad en él, y luego al mismo tiempo esa otra cara que era pura sombra.

AH: A mí lo que me impresiona es la frase que leíste hoy, que leímos en el tren. Bueno, obviamente que la tradujiste vos, Adán: “de Sócrates a Heidegger […], la cultura europea no vale nada sin la sombra del Holocausto, porque es esta sombra que mantiene con vida. ¿Qué? La Ley.” Ley con mayúscula. ¿Qué Ley?

AK: La ley ética.Quiere decir que, desde la experiencia del Holocausto y de su rescate en la literatura, en el ensayo, etc., en la conciencia de los pueblos donde hay un consenso en torno a que aquello fue un crimen, ese hecho constituye un eje para la Ley, para la ética, el Bien y el Mal, distinguir lo que es bueno de lo que es malo. Eso en los años 90 él lo veía así. Yo creo que al final ya no lo veía tanto. Yo noté que fue cambiando, porque veía que la tendencia del mundo iba a peor. Él tuvo esperanza y al final quizás ya no.

AH: Te uso de profeta ahora, o de oráculo. Yo lo que observo de Europa, soy judía, hace 15 años que vivo en Francia, pero también he ido a Varsovia, a Bucarest, es que esa consciencia de la que él habla, que se logró y se “reparó” entre comillas tardíamente en Francia, está disminuyendo, se está desmoronando, deshaciendo, si es que no cayó del todo. Y no solo por atentados antisemitas, decapitaciones o ataques, sino porque queda patente en el discurso, es sombrío.

AK: Yo creo que él intuía que esto podía pasar.

AH: Pero ¿cómo se puede escribir, no? Porque él decía que escribe con esa consciencia.

AS: Tenía cierto humor.

AK: Bueno, ya saben que él escribía comedias musicales, eso es impresionante. Pero él no quería saber nada con eso, cuando se lo mencioné alguna vez no quería saber nada. Pero eso es extraordinario, porque uno dice Sin destino, o Fiasco, pero están las comedias… porque incluso, yo tengo apuntado alguna cosa, algo escribiré al respecto. Es decir, cuando él empieza a pensar en Sin destino, uno de los primeros títulos es “Vacaciones en el campo de concentración”. Que algo de eso hay en Sin destino. Y para mí, ese es el título de una comedia musical. Ese título le vino porque él estaba escribiendo comedias musicales.

ASE: La escritora y sobreviviente húngara Edith Bruck trabajó en teatros y cabarets, como actriz y bailarina. Se las tuvo que arreglar como pudo con sus traumas.

AH: Sus traumas en el cabaret.

AK: Él llegó a decir que eso lo salvó del suicidio, el hecho de vivir en una dictadura. Bajo la dictadura comunista, las heridas de guerra o los traumas de los sobrevivientes no eran tomados en cuenta, los campos de exterminio no eran nombrados como tal, eran “campos donde se liquidó a antifascistas”, la versión oficial era esa, no se hablaba de la deportación de judíos. Todo ese mundo en el que él se formó y se constituyó como escritor lo salvó del suicidio. Y por eso los que estaban en Occidente, con Jean Améry, Primo Levi, Paul Celan, Zweig, Marai, etc., se suicidaron.

AH: Eso es cierto, se suicidaron casi todos. Él estaba ahí con el veneno, pero no lo hacía, no pasaba al acto. Y también Ingeborg Bachmann, es otra cosa.

AK: Ella no se suicidó. Yo lo que sé, de fuente bastante cercana porque soy muy amigo de una amiga de ella, que por cierto fue quien me dio a conocer a la obra de Kertész, Christine Koschel, que luego fue la que se encargó del legado de Ingeborg Bachmann, dice que la muerte de ella fue un accidente. Ella estaba muy medicamentada, porque tomaba todo tipo de sustancias, y eso fue lo que precipitó la muerte. Prendió un cigarrillo y se quedó dormida, se incendió la cama.

(PAUSA)

AH: No sé por qué nunca aprendí piano, ¿vos aprendiste?

AK: Aprendí piano, pero después lo dejé, curiosamente cuando me fui a Viena. Qué paradoja, lo aprendí en Chile, pero cuando llegué a Viena estaba muy agobiado por todo el cambio, tener que aprender alemán, y entonces lo dejé. Y después tuve un tiempo en el que quería volver, iba a la Academia de música, pero al final preferí la lengua y la literatura.

AH: Para sortear la gran censura estalinista, los escritores cruzaban la frontera con los manuscritos, se aprendían de memoria las obras. Pero otra cosa eran los pianistas, que tenían que sortear la censura, pero tocando. Estaba el terror también cuando tocaban, la mano suspendida sobre las notas, justo antes de empezar el concierto, imagino en las butacas del fondo a los agentes secretos.

AK: Pero por ejemplo Grigory Sokolov, de alguna manera, se formó en ese mundo. Yo escuché a Mravinsky con la Filarmónica de Leningrado cuando todavía se llamaba la Filarmónica de Leningrado, y Mravinsky era una cosa extraordinaria, una sonoridad, una seriedad. Eso también Kertész lo dice, lo que se ha perdido es la seriedad. Es algo que me llama siempre la atención, se ha terminado la seriedad… lo que no quiere decir que no haya humor, pero es otra cosa diferente.

ASE: Porque va en contra del divertimiento. Leyendo un ensayo del húngaro Lázló Földenyi, que tradujiste por cierto, sobre la relación entre arquitectura y totalitarismo, arquitectura y muerte, pensé en Jean Améry. En En las fronteras del espíritu decía que lo vivido era una experiencia estética también. En Auschwitz uno ya no contaba con una experiencia estética de la muerte. Percibía realmente hasta qué punto la estética es importante en las representaciones que acompañan cada etapa de la vida, y ahí era una experiencia brutal que arrasaba con todo lo que uno podía conocer antes, como un gran teatro. Y lo dice Kertész en Sin Destino: esos veinte minutos desde la bajada del tren, cuando todavía llegan con todo su bagaje cultural, se bajan del tren, pasan la selección y en veinte minutos ya tienen el traje puesto y ya forman parte de ese teatro. Los espacios de la muerte viviente: Kafka, De Chirico y los demás, el ensayo que tradujiste del húngaro Lázló Földenyi, habla de una relación con la arquitectura y esa pretensión que tienen las civilizaciones en querer crear ciudades ideales, y advierte que en ese ideal o en ese plano arquitectónico hay un componente mortífero. Hoy pasamos bastante tiempo con la cara hundida en el celular viviendo una experiencia estética donde la vida también se diluye. Cuando decíamos dentro del arte que hay una posibilidad de salvarse o de vivir o de ser, bueno es una forma de resistencia, en realidad.

AK: Es una forma de resistencia, así es. Y hasta qué punto quedas inerme si te sales de esa resistencia y quedas totalmente expuesto, vendido, cuando te sales de allí. Y a todos nos pasa, porque de pronto nos salimos, porque no estamos eternamente resguardados por el arte o por esa dedicación y en ese momento quedamos expuestos. Hay que ser conscientes.

ASE: Pero en la música es distinto, cuando uno va a un concierto está totalmente tomado. Por ejemplo Wagner, que vos decís que no lo soportabas, pero Imre Kertész sí lo soportaba.

AK: A Imre le gustaba, era muy wagneriano, iba a la ópera y sí le gustaba. En Wagner no sé lo que le gustaba, aunque me explicara trescientas veces, nunca llegué a entenderlo. Yo creo que era esa grandeza, esa opulencia, era cosa para mí ampulosa, pero al mismo tiempo era la conversión de todo en arte. La concepción de Kertész del arte tiene un poco de la concepción del siglo XIX.

ASE: Es El mundo de ayer del que habla Stefan Zweig.

AK: Sí, viene un poco de allí. Pero transformado por la experiencia de Auschwitz. Ya no podía ser lo mismo, eso es así. Todo lo que escribimos ya no puede ser lo mismo desde entonces.

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres Edición España.

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres Edición España. Por Ariana Harwicz y Adriana Saens Espinosa. Entrevista. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Entrevista/Traducciones/Adan Kovacsics/Franz Kafka/Imre Kertész 

“La palabra víctima es una palabra de la cultura de masas”. Entrevista a Adan Kovacsics. Parte 1/2

Adan Kovacsiscs es un referente en el ámbito de la traducción. Nacido en Chile y de ascendencia húngara, ha vertido al español la obra de Imre Kertész, Karl Kraus, y László Krasznahorkai, entre otros. Por esta labor recibió en 2009 la distinción Pro Cultura Hungarica del gobierno de Hungría, y en 2010 el Premio Nacional a la Obra de un Traductor del Ministerio de Cultura español. En esta plática, recorre la distancia entre el alemán de Kafka y un concierto de la Filarmónica de Leningrado.

Hannah Arendt cuenta en un ensayo sobre Walter Benjamin que nada lo atraía en Estados Unidos. Solía decir que lo único que lo esperaba allá era que lo arrastraran de un lado a otro, exhibiéndolo como el “último europeo”.

Benjamin se suicidó en el pequeño municipio de Portbou, Comarca del Alto Ampurdán, no tan lejos de Vilanova i la Gertru. Ir a Vilanova, ciudad costera que nunca antes habíamos oído nombrar, no era solamente ir a conocer al escritor y traductor Adan Kovacsics, era ir al encuentro de Imre Kertész, de Kafka, de Klemperer, de Ingeborg Bachmann, por solo citar algunos de los escritores que como fantasmas imaginábamos reunidos bajo el sol y las palmeras de esa pequeña ciudad. También era convocar a Kovacsics como testigo y paseur del legado literario y filosófico de una Europa en destrucción.

El tren avanzaba desde Barcelona hacia Vilanova mientras conjeturábamos cómo sería el paisaje en el que se reescribe, se traduce, todo el horror acumulado en el siglo XX. Al bajar en la pequeña estación vimos un señor muy alto de sombrero negro, pañuelo atado al cuello, y tuvimos la impresión de ver al último europeo de pie en esa ciudad balnearia. Caminamos juntos mirando edificios para obreros construidos hace medio siglo, ventanas cerradas, túneles. Aquella ciudad balnearia apacible, con esa brisa de mar y niños jugando, era el paisaje elegido para traducir, para escribir las fosas comunes, los hornos crematorios, la desgracia de las torturas en las oficinas de la Gestapo y la Stasi. Ese paisaje era donde se producía la fuerza de la lengua. “El lenguaje es más que la sangre”, escribe Franz Rosenzweig, una frase que Klemperer retoma en el epígrafe de su diario.

Nos detuvimos en un hotel blanco con piedras celestes de estilo griego donde dejamos valijas con libros, las habitaciones de hoteles son tentadoras para el encierro de la escritura. Nos sentamos los tres, muy cerca del mar, a tomar café con leche rodeados de familias. Había algo anacrónico en la elección de Adán Kovacsics, traductor monumental y de una discreción absoluta, artista retirado del centro, aislado en la ciudad menos pensada para traducir las obras más desgarradoras de los siglos XIX y XX. En el camino de regreso lo imaginamos escuchando los últimos movimientos de Beethoven mientras afuera nadie, ni una sola persona allí recuerda la Hungría de 1942 o los suicidios con cianuro. Ahora que han vuelto los fantasmas de la guerra, la presencia de un solo hombre convirtió para nosotras Vilanova en un oasis.

***

ARIANA SAENZ ESPINOZA (ASE): Juan José del Solar vivía acá.

ADAN KOVACSICS (AK): En Sitges, era un gran traductor.

ASE: Es un refugio para los traductores que toman como “misión”, traducir todo ese legado espiritual occidental, ¿no?

AK: Yo traduzco a Canetti porque Juan José Del Solar empezó a traducir Canetti, yo traduzco a Kafka, porque él empezó a traducir a Kafka, después murió.Del Solar y yo decíamos que traducir a Kafka es como tocar Mozart al piano, porque si metes la pata, se nota mucho, mucho más que si estás tocando Liszt. A Liszt lo podés esconder, tapar, pero en Kafka cada palabra está rodeada de pureza.Aunque Kafka escribiera apuntes, cartas, relatos o novelas, todo lo que escribía salía de una misma fuente, absolutamente literaria y pura. Yo traduje todas las cartas de la primera parte, de 1900 a 1914, incluyendo gran parte de las cartas a Felice Bauer.

ASE: Había una especie de vampirismo en esa correspondencia con Felice, ¿no?

AK: El otro proceso de Canetti habla de eso, del vampirismo, de la necesidad de Kafka de hacerle escribir a ella. La había visto una sola vez en la casa de Max Brod y luego se estableció esa relación epistolar, lo que él necesitaba, lo que lo alimentaba era la correspondencia, las cartas, verla no le importaba un pepino. Con Milena fue diferente, era otra relación, había otro nivel intelectual, la torturaba menos. Fue más breve con Milena, más intenso, y en las cartas de su última amante, Dora Diamant, al parecer desaparecieron todas, fue todo hermoso con ella, lo acompañó hasta la muerte.

ASE: Uno de los traductores franceses de Kafka, Robert Kahn, fallecido en el 2020, dos o tres meses después de que se publicara la primera edición completa de los diarios de Kafka en su traducción, dijo que la traducción de Marthe Robert es muy hermosa pero que lo tradujo como si Kafka fuera francés, ignorando esa frase: Soy el invitado de la lengua alemana”. Kahn quiso que se oyera en su traducción esa especie de..

AK: De distancia, ¿no? Eso que es lo extranjero, lo extraño en Kafka se manifiesta en esa llegada a un punto casi de neutralidad con el lenguaje. No hay casi ninguna contaminación local, sí hay elementos praguenses. Felice Bauer se reía de él porque esas fórmulas del alemán que él tenía eran de Praga, no del alemán del Reich, digamos. Pero habría que ver cómo hablaba Kafka, no hay grabaciones, por supuesto no podemos saberlo.

ARIANA HARWICZ (AH): Eso es algo que siempre me intrigó, cómo traducir a un autor sin saber cómo habla y al revés, cuánto puede ayudar escucharlo hablar, pensar.  

AK: Una vez llamé por teléfono a un germanista praguense, le dije: oye, tengo que dar una conferencia, dime cómo hablaba Kafka, y entonces me dijo, tú escucha en internet a un escritor praguense que escribe en alemán, Johannes Urzidil, bueno, Kafka hablaba así. El alemán de Praga era un alemán muy especial porque era un grupo social muy cerrado, homogéneo, formado por burócratas del Imperio, comerciantes judíos, adláteres, universitarios, profesores y poca cosa más, era esa clase rodeada de checos. Era un alemán al mismo tiempo muy refinado pero sin mucha contaminación social, local, rural. En Kafka encuentras un lenguaje muy puro, muy neutro, y eso es lo extranjero en él.

AH: Me interesa mucho eso que decís porque hace un tiempo estaban tan de moda esas literaturas del auge de lo cosmopolita, del auge del internacionalismo, de la diversidad lingüística como operación principal de esas obras, en esa mezcla de jergas y técnicas. Hay escritores que legítimamente arman su lengua en esa operación, como Copi, pero muchos otros son productos de una demanda, de un interés político, del mercado, o lo hacen como una demostración, como pura destreza. En cambio, la tesis kafkiana no se trata de esa forma de extranjerismo.

AK: Claro, es todo lo contrario, su asimilación al alemán se manifiesta como algo pulcro, puro. En los apuntes de Canetti se ve con claridad de quiénes se nutría Kafka desde el punto de vista literario, lingüístico: de Kleist, por ejemplo, Grillparzer o Flaubert, de Robert Walser.

ASE: ¿Pero esa forma de pureza tenía un impulso místico, una visión del lenguaje elevada?

AK: Yo lo que he notado en él es que ningún lector alemán, sea de donde sea, del norte de Italia al norte de Alemania, se sentirá extraño en el lenguaje de Kafka. Lo que sentirán como extraño es otra cosa, es su frialdad, su violencia contenida, pero no es un tema con el lenguaje.

AH: “No es un tema con el lenguaje”. Cuando traducís a Kafka ya tomás en cuenta esa relación única que tiene Kafka con el alemán.

AK: Hay que traducir con mucha precisión, ahí no hay subterfugios posibles, eso de afrancesarlo por ejemplo,no te lo permite Kafka. Así como otros autores…

AH: Kertész por ejemplo.

AK: El húngaro de Kertész no lo permite tampoco. En Hungría lo ven como un autor alemán, muchos me lo han dicho, porque para ellos Kertész escribe un húngaro-alemán, y eso en él es muy consciente. Él no se nutría de autores húngaros, leía a Thomas Mann, a Camus, a Canetti, a Thomas Bernhard, que en un período es esencial para él. Textos como Kaddish por el hijo no nacido o La bandera inglesa, no se entienden sin el padrinazgo de Thomas Bernhard. Él lo dijo muchas veces, que le debe su repercusión al alemán.

AH: No al Kertész traductor, si no a sus traducciones al alemán.

AK: No hay un gran volumen de sus traducciones. Tradujo a Canetti, a Freud, a Joseph Roth, a Wittgenstein… Él trasciende como escritor, sus traducciones fueron publicadas destacando su importancia como escritor.

AH: El traductor como sombra del autor, en una misma persona.

ASE: ¿Quién leía a Wittgenstein en esos años en Hungría?

AK: La intelectualidad húngara era muy despierta, muy deseosa de conocer, imagínate un país que tiene una lengua tan rara, cómo está pendiente de cualquier cosa. ¡Conocían a Joyce antes que los irlandeses!

AH: Nosotras queríamos hablar de música.Rilke decía algo como que la música es el lenguaje por el que todas las lenguas acaban. Cuando traducís a Klemperer, Ingeborg Bachmann, a Kraus, a Zweig, ¿tomás en cuenta la relación musical?

AK: Depende a quién, cuando traduzco a Kertész sí. Para él la música es muy importante. Él no escribía, él componía sus obras, el tema de la composición es esencial en su obra literaria. Cuando él no llegaba a componer, se sentía muy frustrado. En La última posada él quería escribir una novela sobre la vejez al modo de los últimos cuartetos de Beethoven o al modo de los últimos cuadros de Turner, ¿y qué salió de todo eso? La última posada, que es un libro de la descomposición, pero no llegó a configurar su deseo.  

AH: ¿Por qué crees que no pudo lograrlo, por qué no llegó?

AK: Por su enfermedad, por la dispersión a raíz del Premio Nobel. Él lo llamaba “una catástrofe de la felicidad”, Glückskatastrophe, deseaba volver a ese punto de anonimato que le permitió escribir Sin destino, Kaddish. Me decía: yo quiero volver a traducir, pero no porque quisiera volver a traducir. Lo que él quería era volver a ese punto en el que era un autor desconocido, volver a tener toda la libertad del mundo.

Continuará

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres Edición España.

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres Edición España. Por Ariana Harwicz y Adriana Saens Espinosa. Entrevista. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Entrevista/Traducciones/Adan Kovacsics/Franz Kafka/Imre Kertész 

Siri Hustvedt: «Me hice fuerte y ya no me interesa ser complaciente ni adaptarme a nada».

En diálogo con Télam, la novelista e intelectual estadounidense confiesa que le llevó décadas librarse de la misoginia y la condescendencia, advierte que los hombres todavía evitan considerar la paternidad desde lo identitario a pesar de los cambios evidentes en la crianza, y enaltece a los lectores que en la rutina intimista con el libro fabrican un antídoto contra un mal de época, “el peligro de que resuene una única voz”.

Con una mirada caleidoscópica que combina el arte, la literatura y la política, pero también la neurociencia y el psicoanálisis, la novelista e intelectual estadounidense Siri Hustvedt (Minnesota, 1955) confiesa que le llevó décadas librarse de la misoginia y la condescendencia, advierte que los hombres todavía evitan considerar la paternidad desde lo identitario a pesar de los cambios evidentes en la crianza, y enaltece a los lectores que en la rutina intimista con el libro fabrican un antídoto contra un mal de época, “el peligro de que resuene una única voz”.

A los 67 años y por teléfono desde España, a donde viajó para acompañar a su marido desde hace cuarenta años, el escritor Paul Auster quien fue distinguido con el título de doctor honoris causa de la Universidad Autónoma de Madrid, la ganadora del premio Princesa de Asturias 2019 dialogó con Télam sobre la relación con su madre, sus años de formación en los que tanto le costó encontrar un mentor y las marcas que la pandemia de coronavirus imprimió en las biografías, algunos de los temas que aborda en su nuevo libro de ensayos, “Madres, padres y demás” (Seix Barral), que su “familia real” con la “familia literaria”.

– Télam: Está en España por unos días. ¿Cómo se siente al retomar la rutina después de la pandemia? ¿Extrañaba las presentaciones y las ferias internacionales?

– Siri Hustvedt: En realidad, creo que la pandemia aún no se terminó y no sé bien a dónde vamos, es difícil predecirlo. Estuve en Dinamarca por dos días para cumplir con un compromiso que había agendado en 2020 y del que tuve que bajarme por la irrupción de la pandemia. Y no vi ni un barbijo, en todo el viaje. En Nueva York, todavía algunos lo usan: tenemos otra variante de Omicron. En España lo usan en algunos lados y en otros no. A simple vista, las cosas parecen algo más normalizadas y sí, es muy placentero haber vuelto a vivir en una ciudad como Nueva York y poder viajar a Europa. Espero que no haya más cuarentenas pero no creo que podamos predecir exactamente a dónde vamos. Entonces, mi sensación es ambivalente: estoy encantada de estar acá y, a la vez, tengo esta incertidumbre sobre el futuro.

«La maternidad se ha ahogado y se ahoga en barbaridades sentimentales con tantas reglas punitivas sobre cómo actuar y qué sentir que sigue siendo una camisa de fuerza cultural incluso hoy”

En “Madres, padres y demás”, la autora de novelas como «Todo cuanto amé» o «El verano sin hombres” indaga en lo autobiográfico sin el gesto facilista de pensar que en el relato del yo se cifra la clave de una época. “Quedé embarazada después de defender mi doctorado en Literatura Inglesa en Columbia. Mi experiencia con mi hija es personal, no pretendo representar la maternidad universal. Ese es el quid de la cuestión. La maternidad se ha ahogado y se ahoga en barbaridades sentimentales con tantas reglas punitivas sobre cómo actuar y qué sentir que sigue siendo una camisa de fuerza cultural incluso hoy”, define la autora en lo que considera “una metáfora muy meditada” porque “la crianza sacrificada es el arma moral que golpea a las madres por dentro en forma de vergüenza o culpa”.

– T.: Dedica uno de los ensayos de su último libro a recuperar la historia de vida de su madre y allí cuenta que cuando era adolescente estuvo nueve días presa durante la ocupación nazi de Noruega. La forma en la que ella rehizo su vida después de eso y cómo lo contaba le ha parecido una de las primeras muestras de una resiliencia que puso a pruebas muchas veces en 97 años. ¿Cómo marcó esa resiliencia su propia vida?

– S.H.: De chica me parecía una gran cosa poder contar que mi madre había estado presa porque la pintaba como muy valiente ante los nazis. Pero en realidad, ella siempre enfatizaba que habían sido solo nueve días y lo consideraba como una vieja aventura de los dieciocho. Sabía que había personas secuestradas que después eran llevadas a campos de concentración. En Noruega había pocos judíos, fueron impiadosos con ellos, los masacraron. Por otra parte, mi madre conocía a una familia asesinada y también a noruegos que habían estado en la clandestinidad y que habían sido llevado a campos de trabajo forzoso. Entonces, creo que en realidad nunca tomó esos nuevos días más que como una experiencia significante para su corta vida, pero los hizo sin victimizarse porque había víctimas reales y muy cerca.

– T.: “No hagas nada que realmente no quieras hacer”, solía decirle ella y, desde su infancia, esa frase resonó en su vida como un mantra. Como escritora, pero también en un sentido más amplio, como mujer ¿Qué cosas no quiere hacer Siri Hustvedt hoy?

– S.H.: Descubrí que no quiero hacer sentir bien a las personas ni adaptarme cuando siento que hay algo mal. Con la edad me hice fuerte y ya no me interesa ser complaciente ni adaptarme a nada. He logrado mejorar en eso de hacerme escuchar, de sacar afuera mi voz. Si noto condescendencia, misoginia o crueldad hacia mí o hacia alguien a quien quiero simplemente respondo. Me di cuenta de que eso es clave.

«He logrado mejorar en eso de hacerme escuchar, de sacar afuera mi voz. Si noto condescendencia, misoginia o crueldad hacia mí o hacia alguien a quien quiero simplemente respondo. Me di cuenta de que eso es clave»

– T.: Escribió sobre frases que la marcaron a lo largo de su vida y que resuenan en el tiempo. Los llama “tatuajes cerebrales”. Como aquella vez que un profesor le dijo “Hay frases tan buenas que me hubiera gustado escribirlas a mí” o cuando un periodista después de leer su primera novela aseguró que “Paul Auster la escribió”. ¿Cuál es su último “tatuaje cerebral”?

– S.H.: No me hice ninguno últimamente, creo que lo superé. Pero como hablábamos antes, la pandemia nos cambió y tal vez “Estamos en cuarentena”, sea el último, una suerte de marca. Durante aquellos días de aislamiento más cerrado, recuerdo haber escuchado a una mujer negra, que era música y que vivía de gira con su banda, decir que el encierro la había protegido de todas las amenazas y cuestiones que enfrenta una mujer negra que está de gira. Y es cierto, yo lo he experimentado en otro nivel. Cuando estás en casa, encerrada, escribiendo junto a tu marido y viendo solo a tus familiares más cercanos, estás lejos de todas esas cosas que en el día a día enfrentamos.

– T.: El domingo es el día del padre y entonces asistimos a todo tipo de comentarios y frases hechas o estereotipadas sobre la figura paterna. ¿Cómo cambió la paternidad en estos años?

– S.H.: Ahora que soy grande veo todo muy diferente. Crecí en los sesenta en Minnesota y por entonces era impensado ver un padre empujando un cochecito, hubiera sido muy femenino, desmasculinizante. Eso cambió dramáticamente: llevan los cochecitos, van a las plazas, los cuidan y se ocupan de ellos. Pero lo que no ha cambiado es lo siguiente: es muy raro que un hombre heterosexual se identifique, en primera instancia como padre. En cambio, muchas mujeres se etiquetan como madres aún cuando tienen una carrera profesional. ¿Qué quiere decir esto? Que para la gran mayoría de los hombres ser padre es una actividad secundaria, que el trabajo identitario es el otro.

– T.: Escribió un ensayo sobre el desencuentro que tuvo durante años con sus mentores y con la idea misma de mentoría. ¿Fue mentora de otros? ¿Le resultó más fácil asumir ese rol?

– S.H.: Escribí sobre los libros de personas a las que admiro y conocí a muchos escritores jóvenes, pero creo que nunca me puse en la posición de mentora porque no encajo en ese molde con exactitud. Por ejemplo, fui profesora de residentes de psiquiatría pero no era psiquiatra entonces no asumía ese rol. También conocí a muchas mujeres jóvenes que me veían como a una escritora que admiraban y me he sentido muy halagada, pero aún así creo que no tomé el rol de mentora.

«La lectura nos salva del peligro de que resuene una única voz»

– T: Al abordar el rol que la lectura jugó en su vida, da una definición que en esta época podría ser considerada polémica: “No somos lo que comemos, somos lo que leemos”. ¿De qué está hecha usted?

– S.H.: Esa frasecita es graciosa pero es real. Lo que leemos se acumula y lo que comemos, no. ¡Sale del cuerpo en forma de deshecho! A veces no recordamos exactamente las frases, las palabras o las tramas de los libros, pero hay un efecto en la acumulación de las lecturas. Y creo que, en función de eso, es terriblemente importante leer distintos tipos de libros, géneros y autores para que nos inunden esas voces, habilitar una discusión en nuestro interior. Una de las grandes ventajas de leer es que uno incorpora en su psiquis muchas perspectivas para poder seguir leyendo y escribiendo con ellas. La lectura nos salva del peligro de que resuene una única voz.

«ASISTIMOS A UN RETROCESO Y LOS DERECHOS DE LAS MUJERES ESTÁN AMENAZADOS»

Durante años y a los fines de la asociación rápida, a Siri Hustvedt se la llamaba «la mujer de Paul Auster», pero el peso propio de su obra y una época evidentemente más permeable a reparar en el trabajo literario e intelectual de las mujeres la convirtieron en “la Virginia Woolf del Siglo XXI”.

Más allá de las conceptualizaciones, Auster y Hustvedt llevan cuarenta años escribiendo y pensando. Él es poeta, guionista de cine, traductor del francés, ensayista y dejó una huella literaria con una familia de novelas de más de quince títulos que se tradujeron a cuarenta idiomas, como «La trilogía de Nueva York», «Leviatán», «El palacio de la Luna» y «El país de las últimas cosas». Ella, además de ser la autora de novelas como «Todo cuanto amé» o «El verano sin hombres”, escribe ensayos como «Vivir, pensar, mirar», dedicado a temas que la apasionan y que investiga en profundidad: la psiquiatría, el psicoanálisis y el arte.

“Yo leo absolutamente todo lo que hace y ella lee todo lo que escribo», contó Auster sobre cómo llevan aquello de compartir la vida y la profesión y, al final de su último y voluminoso libro, «La llama inmortal de Stephen Crane», incorporó una dedicatoria para Hustvedt: «Durante cuarenta años, fue la primera y más importante lectora que he tenido». Ella lo considera “el editor en casa”.

En 2020, decidieron dejar cierta comodidad que les daba la burbuja literaria para unirse a “Writers against Trump”, un colectivo de intelectuales que organiza debates y acciones en contra de la reelección del republicano y militaron activamente en la campaña que llevó a Joe Biden a la presidencia. Bajo el título de “Writers for democratic action” ese mismo grupo de escritores organiza ahora debates sobre la situación en Ucrania, el control de armas necesario para frenar las matanzas en los colegios y el avance de los grupos antiabortistas.

T.: En los ensayos de “Madres, padres y demás” reflexiona sobre la maternidad, la crianza, el feminismo y la misoginia. El derecho al aborto está siendo cuestionado hoy en Estados Unidos. ¿Qué cree que está pasando? ¿Es un retroceso?

S.H.: Sí, asistimos a un retroceso y los derechos de las mujeres están amenazados. La supremacía blanca, masculina y autoritaria ganó mucho espacio en mi país, en los diferentes estamentos del gobierno y también en la cultura política. La creciente diversidad en los Estados Unidos y la aparición de una generación de mujeres negras en posiciones de poder representa un enorme desafío para esos sectores autoritarios de mi país que buscan un retroceso en materia de derechos. Además, están muy bien organizados. Los movimientos antiaborto llevan décadas trabajando, aún cuando la mayoría de los norteamericanos quiere dejar Roe vs. Wade -la sentencia judicial de 1973, por el cual la Corte Suprema dictaminó que la Constitución de Estados Unidos protege la libertad de una mujer embarazada para elegir abortar sin excesivas restricciones- de forma muy similar a como la conocemos.

Imagen de portada:  Spencer Ostrander

FUENTE RESPONSABLE: Télam Digital. Argentina. Por Ana Clara Pérez Cotten. Junio 2022. 

Sociedad y Cultura/Literatura/Ensayo/Maternidad/Paternidad/ Siri Hustvedt/Entrevista

Can Xue, la china favorita al Nobel: «Los europeos tienen muchos conceptos falsos sobre mi país».

ENTREVISTA

La escritora llega a nuestro país con la novela ‘La frontera’ y el libro de relatos ‘Hojas rojas’. Es una de las autoras más importantes del panorama literario mundial.

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Desde hace años, Can Xue -pseudónimo de Deng Xiaohua (Changsha, Hunan, China, 1953)- siempre aparece como favorita en la quiniela de los Nobel de Literatura. 

Y aunque esta lista cada vez tiene menos sentido -nadie acertó el del tanzano Abdulrazak Gurnah, por ejemplo-, lo cierto es que esta escritora tiene notables valedores en todo el mundo. 

Desde Susan Sontag, la primera en señalar que sería una gran merecedora del galardón, hasta sus múltiples lectores a lo largo de todo el planeta, puesto que ya está traducida a centenares de idiomas. 

En los últimos meses ha llegado al español, primero con la novela, ‘La frontera’ (Ediciones Hermida), y hace solo unas semanas con el libro de relatos ‘Hojas rojas’ (Aristas Martínez), excelentemente traducido por Belén Cuadra Mora. Una gran oportunidad para leer a la que quizá es la próxima premio Nobel. Porque es verdad que es una enorme escritora. “Cada día que pasa me agosto. Mis hojas viejas se arrastran y he perdido el interés en echarlas nuevas. Mi corteza seca, resquebrajada, se ha vuelto rojiza. Anteayer amarillearon en mi copa otras cinco hojas (…) He dejado de ser indispensable”. 

Así comienza el relato ‘Confesiones de un sauce’, que sumerge al lector en el sufrimiento de un árbol que observa cómo día tras día su jardinero le deja de regar. Una tortura insoportable que Can Xue transmite con un vocabulario lleno de texturas. Estas breves líneas son un buen resumen de su literatura: evocativas imágenes de la naturaleza, del mundo tal y como es, con su belleza, su rudeza y dolor. A veces resulta un mundo inquietante, oscuro.

'Hojas rojas', de Can Xue ‘Hojas rojas’, de Can Xue

“Mi escritura es para fusionarse con la naturaleza. Siempre he creído que la naturaleza me eligió a mí para defenderla”, contesta a El Confidencial a través de un cuestionario. Siempre hay algo de espiritualidad en sus textos. De alguna manera huye del realismo, un estilo en el que no se siente cómoda.

“El realismo es rígido en muchos aspectos. No es la forma en la que puede expresar libremente lo que quiero expresar”, asegura. De ahí que se haya sentido atraída por escritores como Borges, Kafka, Dante, Calvino, Tolstoi, Gogol y otros. También Lu Xun y Cao Xuequin, de su país, mucho menos conocidos por aquí. “Y me gusta mucho Cervantes”, añade.

Azote del régimen de Mao

Es posible que este alejamiento del realismo y su interés por lo doloroso (por lo infernal) tenga que ver con la vida que llevó hasta que llegó a la edad adulta.

Le tocó el zarpazo del régimen de Mao. Cuando solo tenía cinco años su padre, que trabajaba en el periódico ‘New Hunan Daily’, fue denunciado por derechista y enviado a un campo de trabajo. Toda la familia fue desalojada de la vivienda y Can Xue vivió con su abuela, ya que su madre y dos de sus hermanos fueron enviados a un campo de reeducación. Durante mucho tiempo vivió en condiciones de pobreza, en habitaciones insalubres. Eso lo cuenta ella en sus memorias «A Summer Day in the Beautiful South».

 «Mi escritura es para fusionarse con la naturaleza. Siempre he creído que la naturaleza me eligió a mí para defenderla» 

Acabó trabajando en una fábrica como metalúrgica, pero el pinchazo de la literatura ya lo tenía desde niña. Estaba la miseria, pero también los libros. “Sí, me encanta la literatura desde que era una niña, pero no tuve oportunidad de mostrar mi talento hasta los treinta años”, afirma. Al tener su primer hijo abandonó la fábrica y montó una sastrería con su marido. 

En 1983 fue cuando escribió su primer libro de relatos. Y le fue bien. Lo firmó como Can Xue, que apela a esa nieve sucia que queda cuando casi toda se derrite. Otra vez esa parte de la vida más estomagante. Aunque también hace referencia a la nieve más pura que queda encima de la montaña. 

Según señalaba un reportaje ‘The New Yorker’, el pseudónimo era una forma de criticar a la industria editorial china, puesto que «no brinda apoyo a la originalidad, que a veces incluso se suprime”. Por otra parte le permitía no desvelar quién era ni su género. Hoy se recuerda cómo incluso muchos se molestaron cuando descubrieron que era una mujer. La escritora no ha querido contestar si su infancia y adolescencia le han llevado a practicar ese tipo de literatura. Tampoco por qué su mundo literario es tan crudo, sin alharacas. Ha preferido centrarse en cómo escribe y para quién.

Can Xue

Y, desde luego, no piensa mucho en sus lectores. De hecho, ni siquiera piensa mucho en lo que escribe. “Mi forma de escribir es la escritura automática por lo que no puedo pensar en ellos. Aunque cuando termino un libro realmente me preocupa cómo van a reaccionar”, sostiene. 

Su forma de trabajo es sencilla: se sienta “todos los días durante una hora a las siete de la tarde” y sale el texto a borbotones. Lo que salga. Largo o corto. 

Ahora nos han llegado relatos y novelas, pero afirma sentirse bien con todos los géneros literarios. “Disfruto escribiendo relatos tanto como escribiendo novelas. He escrito diez novelas largas. Una de ellas es particularmente larga y yo diría que es mi mejor obra. Cinco de ellas se han traducido al inglés y otros idiomas. Mis relatos son cuentos poéticos con implicaciones filosóficas”, describe. En ‘Hojas rojas’ son ocho relatos. 

En el último ‘Conviviendo con humanos’ se transforma en una urraca. “Soy una urraca macho de mediana edad y vivo aquí, en la ciudad”. Se plantea interesante cómo se le ocurrió, así sin más, esta primera frase. No quiere, no obstante, que su obra se vea como surrealista (ellos también intentaron lo de la escritura automática). “No creo que mi obra pueda clasificarse como surrealista. La llamaría esencialmente literatura. El surrealismo insiste en representar el mundo espiritual mientras que mi escritura se centra más en mostrar la belleza física, la belleza de la vida real. Creo que es porque soy china, pero estoy influida por la cultura occidental. La carne que retrato es tan sublime como el espíritu, pero más diversa”, asegura. 

«Mi forma de escribir es la escritura automática lo que significa que no puedo escribir bajo presión. Siempre estoy relajada» 

Solo se atiene a contestar sobre su país cuando se le pregunta por la visión que tenemos desde fuera. No es que sepamos mucho. Tampoco es que China se muestre demasiado y , con la pandemia, cada vez menos. Al contrario de otros autores chinos que publican en Occidente, ella vive en China. Medio año en Pekín y en verano se va a Yunan, la provincia sureña frontera con Vietnam.“Los europeos tienen muchos conceptos erróneos sobre China, lo cual es inevitable”, manifiesta. Pero también sostiene que no es algo que le preocupe. “Mientras tanto nos conoceremos cada vez mejor y esa es la buena dirección. Por ejemplo, yo tengo la voluntad de abrirme y dejar que los europeos sepan más sobre mí”, añade. Finalmente le pregunto si le presiona que sea una de las favoritas al Nobel a la hora de escribir. Aquí sí que entra. “Mi forma de escribir es la escritura automática lo que significa que no puedo escribir bajo presión. Siempre estoy relajada y escribo casi cada día. Soy una escritora prolífica”. Se sienta en su mesa y lo que salga (que suele ser, al menos lo publicado, bastante bueno).

Imagen de portada: La escritora china Can Xue (CEDIDA POR LA EDITORIAL).

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Paula Corroto. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/China/Entrevista

 

Eva Baltasar: «Nos educan para complacer»

Desconocemos el nombre de la protagonista de Mamut (Literatura Random House, 2022), título que cierra la trilogía de Eva Baltasar (Barcelona, 1978) tras Permafrost (2018) y Boulder (2020), publicados por la misma editorial, pero sí sabemos que tiene veinticuatro años, que vive cerca de un zoológico y que se mantiene con empleos efímeros y alquilando habitaciones de su amplia vivienda. Una vida aparentemente similar a la de cualquier joven urbana excepto por los dos fuertes impulsos que la motivan: el deseo de gestar un hijo por su cuenta y riesgo, y el de escapar de la ciudad. Y con la persistente embestida de un auténtico mamut prehistórico logra sus objetivos. Baltasar narra el duro trasplante desde el asfalto a la tierra de esta voluntariosa mujer con su prosa exquisita traducida magníficamente por Nicole d’Amonville Alegría. En sólo un centenar de páginas describe con un lenguaje sobrio de gran belleza poética el tránsito de una vida de cómoda vacuidad o a otra de plenitud con las mínimas necesidades cubiertas, bajo la mirada de un pastor anónimo y de un perro que sí tiene nombre, Toc toc.

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—¿Qué sensación tienes al acabar un proyecto al que has dedicado seis años? 

—Muchísima paz y una gran satisfacción. Tengo la suerte de publicar en una editorial que respeta mis tiempos, y pude trabajar cada novela del tríptico a mi ritmo, tanto a nivel argumental como a nivel lingüístico.  Ahora ya estoy metida en otra novela.

—¿Cómo combinas lírica y prosa?

—No siento que abandone la poesía al escribir prosa. Y eso sin hacer prosa poética. Diría que trabajo el lenguaje de la misma forma, buscando el ritmo, la musicalidad, creando imágenes, etcétera. Vengo de escribir una poesía muy íntima y confesional, y el hecho de crear un personaje en una novela me parece algo muy sanador por el hecho de salir de la burbuja del yo.

—El sexo, la homosexualidad, distintos tipos de maternidad, la incomunicación… son algunos de los hilos que conectan los tres relatos. ¿Alguno más?

—La incomodidad de vivir en la sociedad que nos ha tocado, por un lado, y que constantemente estamos ayudando a co-crear, por el otro. La intemperie, la fragilidad del yo atrapado en las relaciones mercantilistas que lo copan casi todo. Y la soledad, la importancia de la soledad como requisito para el autoconocimiento y para alcanzar cierta paz.

—¿El gran éxito de Boulder, publicado en plena pandemia, te impuso presión a la hora de proseguir la trilogía?

—No. Escribo con absoluta libertad, para mí, sin pensar en el lector, y esto me libera de cualquier tipo de presión. Sé que si luego la novela gusta será fantástico y estaré muy agradecida, pero que si no gusta al menos tendré la paz de haber escrito lo que realmente quería escribir. Esto no me lo quita nadie.

—Creo que empezaste a escribir novela por sugerencia de tu terapeuta. ¿Te ha ayudado la prosa a poner orden en la mente?

—Me ha ayudado a conocerme mejor. A través de la escritura me descubro, encuentro palabras para lo que solo eran emociones, miedos, incomodidades. Más que ordenadora, resulta muy reveladora.

—Vivimos en cárceles de miedos, pseudoseguridad de pago y pega, y super medicación. ¿Nos estamos haciendo cada vez más débiles como especie?

—Diría que más bien nos estamos llevando a la extinción. Por fortuna para el resto de fauna y flora del planeta, a las que arrasamos sin contemplación.

—De las tres mujeres que protagonizan la trilogía la protagonista de Mamut parece la más fuerte, la que consigue plenamente sus objetivos.

—Sí, es la única que decide dar el paso y salir de la zona de malestar en la que vive. Hay un desnudamiento de la protagonista, conforme marcha de la ciudad y empieza a identificarse con los bosques. El desnudamiento material es evidente, ya que descubre que puede vivir prescindiendo de muchas cosas, porque al fin y al cabo solo necesita un techo, algo de comida y leña para calentarse. Pero sobre todo hay un despojamiento de etiquetas y una gran liberación: la de las miradas y juicios de los demás. Creo que en gran medida nos educan para complacer y dar respuesta a las expectativas que los demás tienen sobre nosotros, y eso impide a mucha gente vivir en coherencia con su ser más interno.

—La mujer de Mamut es una experta en gestionar la soledad. ¿Por qué crees que hay tanta gente que se siente sola en estos tiempos de intensa interacción virtual?

—Podría ser porque los encuentros virtuales no son reales y, en muchas ocasiones, carecen de sentido.

—Permafrost, Boulder y Mamut. Los tres títulos tienen resonancias atávicas, como si quisieras reivindicar la fuerza de las primitivas hembras de la especie antes de ser encorsetadas por la civilización.

—No me lo había planteado así. Pero soy una escritora muy inconsciente, o sea que tal vez haya algo de ello por ahí. Conscientemente, son tres palabras de un mundo geológico duro, arcaico y desgastado, que para mí simbolizan a tres mujeres muy consistentes, a pesar de sus contradicciones.

—En algunos pasajes Mamut recuerda a Intemperie, de Jesús Carrasco. Personajes anónimos y una especie de desnudez anecdótica con predominio del paisaje. ¿Por qué no bautizas a las protagonistas?

—Porque me identifico plenamente con ellas, al escribir, y bautizarlas supondría alejarlas de mí. Y porque, de nombrarlas, lo haría con los títulos que las designan.

—La figura del pastor llena de claroscuros tiene una gran potencia y fuerza simbólica.

—El pastor es la encarnación de su territorio. Representa ese territorio, su particular moralidad, frente a la moralidad llena de tentáculos e hipocresía de la ciudad.

—Esa hipocresía se plasma en la peculiar matanza de los gatos abandonados. Muchos lectores te reprocharán por esas páginas.

—De momento no ha ocurrido. Pero es cierto que la protagonista aplica una lógica urbana al tener que solucionar problemas en un lugar muy distinto. Eso es lo que hace que se den ese tipo de aberraciones.

—Aunque hablas mucho de ti misma no haces libros autobiográficos. ¿Cómo dosificas la ficción y la memoria?

—No lo dosifico de manera consciente. Hablo mucho de mí porque, sin estar contando mi vida, al meterme en la piel de las protagonistas intento ser muy coherente no sólo con ellas, sino también conmigo misma.

—¿Declarar abiertamente tu lesbianismo ha sido liberador o te ha ocasionado algún problema?

—Ni lo uno ni lo otro. Ha sido tan natural como expresar mi amor por la filosofía.

—¿Con tus libros aportas una nueva visión de la sexualidad y del cuerpo de la mujer?

—No lo sé. Ésa sería una lectura posible, pero yo no hago lecturas acerca de mis propios libros: hablo de ellos cuando debo hacerlo y miro de no juzgarlos o etiquetarlos. Entiendo que ésa sea una lectura, y me parece bien, pero me resulta algo ajena.

—El hecho de ser madre es una de las cosas que más ha evolucionado en los últimos tiempos. ¿Estudiar pedagogía te ayuda con tus hijas?

—No. Estudiar pedagogía me ha servido para encontrar algún trabajo que me sustentara y financiara mis días de escritura y para descubrir la filosofía. He conocido a grandes pedagogos y pedagogas a lo largo de mi vida, y la mayoría no eran licenciados en pedagogía.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Bel Carrasco. Editor: Arturo Pérez Reverte. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Mujer/Entrevista

Entrevista a Jorge Luis Borges: “Uno debe ser feliz no por uno mismo, sino por las personas que lo quieren”

«Cuando mi madre murió, sentí mucho remordimiento. Remordimiento de no haber sido feliz. No por mí. Uno debe ser feliz no por uno mismo, sino por las personas que lo quieren. ¿Qué me costaba simular la felicidad?», reflexionaba el escritor Jorge Luis Borges ante LA CAPITAL en una de sus visitas a la ciudad.

– ¿Más o menos cuánto va a durar esto?

– Diez minutos aproximadamente…

– ¿Y cuántas preguntas serán?

– Diez.

– ¿Diez? Bueno. Está bien.

Eran poco más de las once de la mañana del 7 de septiembre de 1984 y las preguntas, sorpresivamente, comenzó a hacerlas él. Jorge Luis Borges volvía a Mar del Plata para ofrecer esa noche una charla en el Teatro Auditorium y en la casa de Susana López Merino -extitular de Cultura de la Municipalidad-, se disponía a conceder un reportaje a LA CAPITAL.

Aquella mañana Borges tuvo “compasión” por el joven periodista y aceptó que aquellos diez minutos pactados para la charla se multiplicaran por cuatro para ir de un tema a otro sin ningún tipo de reparos. La charla se desarrolló de la siguiente manera.

– En primer lugar, sería bueno conocer su opinión sobre la situación que está viviendo el país.

– Creo que estamos convaleciendo de una larga enfermedad, luego de tantos años. Pero quizás logremos la salud. Tenemos que tener esperanzas y no ser impacientes. Es casi una resurrección lo que se necesita y sobre todo desde el punto de vista ético. Éticamente… Hay que enseñar esa ciencia olvidada en este país. Pero creo que cada uno de nosotros le debe algo a la patria. Ustedes los jóvenes pueden hacer algo. Yo solo puedo profesar ese acto de fe. No puedo hacer ninguna otra cosa ya que políticamente no cuento, no estoy afiliado a ningún partido, no conozco a los políticos…

– ¿Este resurgir democrático puede producir algún tiempo de cambio en la literatura argentina?

-No, no creo que tenga nada que ver una cosa con la otra. La literatura siempre es libre.

– Usted dijo recientemente que tenía la convicción de que el peronismo era un mal perdedor y que si era necesario, se iba a aliar con los militares para dar un golpe…

-Espero haberme equivocado, pero siempre existe ese temor. Sin embargo, los militares han logrado desacreditarse de un modo tan universal y los peronistas felizmente están tan peleados entre ellos… Han hecho una campaña tan torpe y esperemos que sigan siendo torpes. Torpes y chambones.

-¿Cuál cree que es el camino, la solución como para que Argentina definitivamente salga adelante?

-Soy el único argentino que no tiene una solución prevista. Es una situación muy difícil. Y creo que solo podemos ayudar mediante un acto de fe. Pero creo también que si somos hombres éticos o si tratamos de ser éticos, terminaremos ayudando a salvar a la patria y, por ende, al mundo. Pero no tengo ninguna solución. Si me ofrecieran la suma del poder público, como a mi pariente Rosas, yo renunciaría inmediatamente. No entiendo de política. Entiendo, quizás, algo de literatura, no estoy muy seguro tampoco…

“No me gusta lo que escribo”

– ¿Así que usted no entiende de literatura ?

– No, no estoy muy seguro. A mí personalmente no me gusta lo que escribo. Yo me he resignado a lo que yo escribo. Pero eso no quiere decir que yo lo apruebe. Cuando era joven, quería ser Lugones, como toda la gente de mi generación y ahora he renunciado a esa misión y me he resignado a ser Borges, algo menor desde luego, pero soy yo.

– Otro tema del cual mucho se ha hablado es de la censura en las manifestaciones artísticas. ¿Puede decirse que toda censura es repudiable?

– Bueno, hay un caso en el cual fue útil: cuando prohibieron un filme absurdo que se llama “La intrusa”. Pero fuera de ese caso particular que me benefició a mí y a Christiansen, me parece absurda. Además, cada uno debe juzgar lo que quiere ver o lo que no quiere ver. Ahora, en este caso particular de “La intrusa”, introdujeron elementos del todo ajenos a mí. Por ejemplo, la homosexualidad y el incesto. Además, ese filme está lleno de gente nada friolenta, continuamente están desnudos y no se sabe por qué.

– ¿Cuáles fueron las personas que forjaron el Borges de hoy? ¿De dónde toma ese ímpetu, esa fuerza para escribir?

– Yo no sé si tengo fuerza para escribir. Yo corrijo mucho. Cada texto mío, por casual que parezca, presupone muchos borradores. Ahora, borradores mentales ya que he perdido la vista. Pero estoy continuamente planeando y revisando y limando borradores mentales.

“Cuando era joven quería ser Lugones, como toda la gente de mi generación, y ahora he renunciado a esa misión y me he resignado a ser Borges, algo menor desde luego, pero soy yo”, aseguraba en aquel reportaje realizado en 1984.

– Usted escribió alguna vez que toda obra intelectual es finalmente inútil…

– Sí, pero no me queda otro destino que mi destino de escritor, aunque no me gusta lo que escribo. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer sino seguir escribiendo? Trato, desde luego, de olvidar el pasado, de mirar hacia el porvenir, de pensar en mis próximos libros… Por lo pronto, me he comprometido a escribir cien prólogos, tarea que me obliga a seguir viviendo algunos años más. Aunque he abusado ya de la longevidad. Hace pocos días cumplí 85 años y me avergoncé, desde luego. Mi madre cumplió 99 años y, cuando cumplió 95, me dijo “caramba, se me fue la mano”. ¡Estaba tan avergonzada! Sin embargo, murió a los 99 años con el temor de llegar a los 100, pero felizmente para ella no llegó, porque murió unos meses antes.

– ¿Por qué está usted avergonzado?

– Porque me parece que es abusar del tiempo.

En el poema “Remordimiento”, usted dice: “he cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”…

-Bueno, pero ese poema yo lo escribí a la semana de la muerte de mi madre. Yo pensé que me hubiera sido más fácil ser más bueno con ella. De modo que convendría que pensáramos en interlocutores mortales y que conviene ser buenos con ellos. Pero siempre nos olvidamos de eso. Cuando mi madre murió, sentí mucho remordimiento. Remordimiento de no haber sido feliz. No por mí. Uno debe ser feliz no por uno mismo, sino por las personas que lo quieren. ¿Qué me costaba simular la felicidad? No, más bien yo la abrumaba con quejas y malhumores…

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-Y en cuanto a la felicidad, ¿qué balance puede hacer de su vida?

-Increíblemente, me siento más feliz ahora que cuando era joven. Cuando era joven, yo trataba de ser desdichado. Quería ser el príncipe Hamlet o Byron o algún personaje de novela rusa del siglo XIX y, en cambio, ahora no. Ahora sé que no es necesario buscar la desdicha, ya que la desdicha lo encuentra a uno. Pero uno puede lograr la serenidad que es quizás más importante que la felicidad. He cumplido 85 años, soy ciego, pero me siento fácilmente sereno. Cuando era joven no, me sentía muy inquieto. Pero es natural, porque un joven no sabe quién es, no conoce sus límites, cree que puede elegir su destino y ahora el destino ya me ha elegido. Mi destino es ser un hombre de letras. Un hombre de letras mediocre, pero un hombre de letras. ¿Y por qué no aceptar ese destino que no es menos rico que otros? Yo sigo proyectando y escribiendo y, eventualmente, publicando.

“Te vendo la memoria de Shakespeare”

– Abusando de su amabilidad y a propósito de las críticas que ha usted realizado al Martín Fierro en varios artículos, me gustaría saber… (interrumpe)

– No, yo no he criticado al Martín Fierro, he criticado el hecho que se lo lea como una epopeya, que se crea que el Martín Fierro es un ejemplo. Hernández quiso mostrar cómo la leva, el Ejército, convertían a los paisanos y, en el caso de Martín Fierro, en desertores que se pasan al enemigo, en asesinos, en borrachos… Lugones en el año 1915 dijo que el Martín Fierro era una epopeya, que el personaje era ejemplar y quizás muchos males de nuestra historia procedan de esa curiosa interpretación de Lugones. Creo que si hubiéramos elegido el Facundo como nuestro libro, quizás nuestra historia hubiese sido otra. Otra y, sin dudas, mejor.

– ¿Por qué le gustan tanto las novelas policiales?

– Me parece que la idea de un enigma que se resuelve intelectualmente es una idea interesante. Además, creo que un género que fue inventado por Poe y que fue cultivado por Dickens, por Chesterton y por tantos otros no tiene por qué ser censurado.

– ¿Y dónde nace ese amor por el mundo violento de este tipo de obras?

– Y quizás por el hecho de que mi vida sea todo lo contrario. Sin embargo, no sé: he sido contemporáneo de dos guerras atroces y, actualmente, la violencia se multiplica. Antes, había un asesinato por año o cada dos años. Ahora, todos los días hay crímenes atroces, de modo que la violencia está creciendo. Desde luego, me desagrada.

– ¿Se puede contar en qué está trabajando en estos momentos?

– Muchos trabajos. En primer término, un libro, “Atlas”, que publicará Editorial Sudamericana. Ese libro será de collage, de fotografías tomadas por María Kodama y textos míos escritos en diversas partes del mundo. Habrá textos de Japón, de Egipto, de Inglaterra, de Colombia, de Texas, de Francia, de Sevilla… Y ese libro será un atlas deliberadamente heterogéneo. Y, además de eso, tengo en preparación un libro de cuentos fantásticos titulado “La memoria de Shakespeare” y el tema me fue dado por un sueño, que soñé hace muchos años en Michigan, Estados Unidos. Un sueño muy intrincado del cual saqué, pude salvar una frase. La frase era “te vendo la memoria de Shakespeare” y, luego, resolví que aquello de vender no estaba bien, ya que no soy comerciante, así que puse “te otorgo”. No, porque era demasiado pomposo… “Te daré la memoria de Shakespeare” es la historia de un profesor alemán devoto de Shakespeare, como tantos alemanes, y a quien mediante una operación mágica le dan la memoria personal de Shakespeare, la memoria que él tuvo pocos días antes de su muerte en el año 1616. Y ese fue el punto de partida del cuento.

– ¿Ya lo terminó?

– Ya está escrito. No voy a contárselo, porque espero que usted compre un ejemplar del libro. Además, sería muy aburrido contar el cuento. Quizás lo defraude. Bueno, luego hay un libro de poemas también. Creo que serán publicados por Escalenas Editorial, en Madrid.

“Estoy listo para recibir la muerte”

– ¿Le teme a la muerte?

– No. A veces me siento un poco desdichado y pienso: “¿pero por qué me siento desdichado”? No puede estar muy lejos la máxima aventura de la vida: la muerte. Y eso espero, que la muerte me borre totalmente, pero si me equivoco y no me borra, bueno, emprenderé otra vida que no tiene porqué ser menos interesante que ésta, menos grata que ésta. Yo estoy listo para recibir la muerte, la anulación de la muerte, pero también una plenitud de la muerte, una continuación de esa aventura que, en suma, es una aventura feliz.

– ¿Cómo es un día en su vida?

– Por la mañana, suele venir gente a verme. Luego, suelo almorzar en casa y, a la tarde, trabajo, generalmente con María Kodama. Me acuesto temprano. Espero estar a las diez y media durmiendo y, como no puedo leer -por razones obvias- y no puedo escribir tampoco -ya que se me enciman las letras, por lo que no puedo leer lo que escribo-, estoy todo el día planeando cuentos, sonetos, poemas en verso libre, ensayos, lo que fuere. De modo que pueblo mi soledad con proyectos literarios. A mi edad, la muerte puede esperarme en cada esquina. Pero me he comprometido a escribir increíblemente cien prólogos, por lo que tengo que seguir viviendo algún tiempo para cumplir con ese compromiso. Por ejemplo, hoy tengo que vivir hasta esta noche en que voy a hablar ante ustedes, de modo que este día de vida me está asegurado.

“A veces me siento un poco desdichado y pienso: ¿pero por qué me siento desdichado? No puede estar muy lejos la máxima aventura de la vida: la muerte”, confiaba en la entrevista con LA CAPITAL. Falleció dos años después, el 14 de junio de 1986.

– Pero qué mejor que tener esos compromisos…

– ¿Qué otra cosa? Pensar en el pasado es enfermizo y, entonces, prefiero pensar en el porvenir, aunque en mi caso el porvenir, bah, en el caso de todos, el porvenir es dudoso. Es mejor vivir hacia adelante. Uno de los defectos de este país es que tenemos una de las más breves historias del mundo. Nuestra historia cuenta apenas dos siglos y, sin embargo, cada día es un aniversario. Uno no puede caminar porque hay tantas estatuas (risas). Está lleno de estatuas ecuestres, cada día es un aniversario y estamos continuamente recordando un pasado brevísimo y un pasado doloroso con las dos dictaduras, la de Rosas y la otra de cuyo nombre no quiero acordarme, y lo que ocurrió después y quizás lo que esté ocurriendo ahora todavía. Pero, en fin, tenemos que tratar de convalecer de nuestro pasado.

– Es un pasado oscuro, ¿no?

– Creo que sí. Recuerdo una frase que dice que “la historia es una serie de crónicas policiales”. Y es verdad.

– Cuando entré a esta casa para la entrevista, alguien me sugirió que no le preguntara nada sobre la juventud. ¿Por qué?

– Porque es demasiado abstracto. Soy incapaz del pensamiento abstracto. Me ha gustado mucho leer libros de filosofía pero no sé si he pensado algo por cuenta propia. Creo que no. He imaginado, he soñado, pero pensar, razonar, es algo muy difícil para mí.

***

Cuando aquella mañana del 7 de setiembre de 1984, recién arribado a la redacción, un prosecretario me dijo que en una hora debía entrevistar a Jorge Luis Borges -que había ofrecido una conferencia esa noche- me temblaron las piernas. Era conocido el cambiante humor del genial escritor, quien -no tengo dudas- percibió todos mis temores y, mágicamente, se prestó a una entrevista increíble, en aquellos primeros meses de la nueva etapa democrática.

Imagen de portada: Entrevista realizada el 7 de setiembre de 1984 y seleccionada para el Suplemento 117° aniversario de LA CAPITAL. Mar del Plata. Provincia de Buenos Aires. Argentina.

FUENTE RESPONSABLE: La Capital. Por Marcelo Pasetti. Mar del Plata. Pcia. de Buenos Aires. Argentina.

Sociedad y Cultura/Literatura/Nuestros escritores/Entrevista

 

 

 

Entre Newton y Einstein: un científico argentino fue elegido miembro de la destacada Royal Society.

Fernando Alday fue nombrado «fellow» de la distinguida sociedad científica británica por sus aportes a la teoría de las cuerdas. «Es como un Oscar a la trayectoria en el campo de la ciencia», cuenta.

El nombre de Fernando Alday quedará en los libros de historia junto con los grandes de la ciencia. Así lo dispuso la distinguida sociedad científica británica The Royal Society al elegirlo como miembro por sus destacadas contribuciones matemáticas en torno a la teoría de las cuerdas. 

La centenaria sociedad científica británica a la que pertenecieron gigantes como Isaac Newton, Albert Einstein o Stephen Hawking, ahora también cuenta entre sus filas con el científico argentino nacido en Arrecifes, al norte de la provincia de Buenos Aires.

«Es como un premio Oscar a la trayectoria en el campo de la ciencia», cuenta Fernando a PERFIL, aclamado por haber desarrollado herramientas matemáticas para comprender cuestiones fundamentales en la Teoría Cuántica de Campos y la Gravedad Cuántica. 

Hijo de una docente de primaria y un comerciante, la historia del catedrático de la universidad de Oxford obsesionado con las matemáticas no tiene desperdicio. Un chico curioso que soñaba con el universo y los astros obtuvo uno de los máximos reconocimientos del mundo científico a sus 44 años. 

El Oscar de los científicos

La Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural (en inglés, Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, o simplemente la Royal Society) es la sociedad científica más antigua del Reino Unido y una de las más antiguas de Europa, fundada a mediados del 1600, cuyo fin es promover la excelencia en las ciencias para el beneficio de la humanidad. 

Cada año la distinguida entidad nombra 60 nuevos fellows (miembro) entre científicos de todas las disciplinas, propuestos por un comité selecto. «Es como un premio Oscar a la trayectoria. Me hace sentir súper orgulloso, al principio no caía», cuenta Fernando Alday, uno de los cuatro argentinos que cuentan con este reconocimiento, entre ellos el Premio Nobel de  Medicina Bernardo Houssay.

«Este año también fueron reconocidos el presidente del laboratorio AstraZeneca y el director general de la Organización Mundial de la Salud por su rol durante la pandemia. Después hay gente que hizo cosas en mecánica cuántica, matemáticas, ingeniería. Estar entre ellos representa un grandísimo honor», agrega.

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Fernando Alday vive en Oxford, Inglaterra, desde 2010.

El premio viene de la mano de dos contribuciones relacionadas a la teoría de las cuerdas. A pesar de vivir hace 20 años en el exterior, con un acento argentino intacto el experto explica que sus aportes involucran «dualidades», relacionadas a las amplitudes de dispersión con superficies mínimas (como burbujas de jabón) en el espacio anti-de-Sitter, una teoría conocida como Alday-Balmaceda.

Mientras que la otra, conocida como la correspondencia AGT, relaciona las funciones de correlación en una teoría bidimensional con el espectro de las teorías de calibre de cuatro dimensiones. «Fue bastante loco a nivel matemático porque los matemáticos en un campo calculaban una cosa y los de otro campo otra, y no se mezclaban, y nos dimos cuenta de que estaban calculando lo mismo. Hubo un poco de suerte ligado a que uno se tiene que hacer la pregunta correcta que lleve a algo interesante», agrega.

Con la humildad como estandarte, Alday reconoce a las personas que se toparon en su camino, que fueron clave en el desarrollo de las dos ideas que lo catapultaron al máximo reconocimiento del mundo científico. «Aprendí mucho de la gente que había a mi alrededor, debatiendo empecé a desarrollar ideas en conjunto con otras personas. Tuve la suerte de que éstas funcionaran y fueran aplicadas por otras personas del ámbito teórico como físicos y matemáticos».

De Arrecifes al mundo

Fernando Alday es el primero de tres hermanos. Nació en San Rafael, Mendoza, el 17 de octubre de 1977.

Fernando Alday nació en San Rafael, Mendoza, en el seno de una familia de clase media que luego se mudó a Arrecifes, una ciudad al norte de la provincia de Buenos Aires. Recuerda que a los seis años, sus padres le regalaron un atlas donde veía el mapa de las estrellas, el sistema solar. «Siempre fui muy curioso. Las matemáticas me gustaban mucho y me la pasaba resolviendo acertijos y juegos de ingenio», recuerda.

Lo que comenzó como un hobby se convirtió en la mayor de sus pasiones y pronto se dio cuenta que ese era su destino manifiesto. «En la adolescencia empecé a leer libros de divulgación sobre las partículas fundamentales y las leyes del universo y dije: yo quiero dedicarme a esto. Y eso fue lo que hice».

Tras su paso por la Universidad de La Plata y el distinguido Instituto Balseiro de Bariloche, Alday siguió su carrera de posgrado en el exterior. Vivió en Trieste (Italia) donde hizo un doctorado, y después dos postdoctorados en Holanda y en Estados Unidos.

Su brillante trayectoria académica en torno a la teoría de las cuerdas llamó la atención de la Universidad de Oxford que lo convocó primero como profesor de Física Matemática en 2010, y diez años después elegido entre cien candidatos a la cátedra Rouse Ball, el quinto en obtener este cargo. Su antecesor fue el emérito Roger Penrose, quien obtuvo el Premio Nobel de Física en 2020 por demostrar matemáticamente la existencia de los agujeros negros.

«Siempre me sentí argentino»

Alday y su ídolo, Stephen Hawking

La pandemia de coronavirus impidió que Fernando Alday volviera a Argentina a visitar a sus familiares y amigos en Arrecifes. «Siempre me sentí muy argentino. Extraño a mi familia y amigos, el mate, los alfajores y las empanadas. Hice toda mi licenciatura en Argentina por la cual me siento en deuda también», cuenta.

Si bien no piensa en volver a la Argentina de manera definitiva, Fernando Alday reconoció que «hay muchas personas y academias valiosas» en el país.

«Hay un enorme potencial, gente muy buena. Por supuesto Juan Maldacena es el mejor ejemplo pero hay otros muy buenos allí y alrededor del mundo que sirven de embajadores de la ciencia argentina. Hacen un trabajo de primer nivel. Creo que es muy respetada sobre todo en mi campo de teoría de cuerdas», concluye.

Imagen de portada:Luis Fernando Alday nació en San Rafael, Mendoza, y creció en Arrecifes, provincia de Buenos Aires. | CEDOC PERFIL

FUENTE RESPONSABLE: Editorial Perfil. Argentina. Por Cecilia Degl´Innocenti; Politóloga. Licenciada en Relaciones Internacionales. Periodista. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Ciencia/Entrevista

 

Esmé Weijun Wang: “La psicosis no es creativa, no eres capaz ni de lavarte los dientes”.

La escritora estuvo ocho años sufriendo alucinaciones hasta que fue diagnosticada con un trastorno esquizoafectivo; creía que la perseguían demonios y locomotoras por el campus de Yale y pasó meses convencida de que estaba estaba muerta.

Si es de tu interés profundizar en esta entrada, cliquea por favor donde se encuentre escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Dice Esmé Weijun Wang que su rutina de maquillaje es regular. Que puede vestirse y acicalarse tanto si está en una fase psicótica como si no, aunque si se encuentra en etapa maniaca lo hará con especial celo y, si está deprimida, pasará de todo menos del pintalabios. Si no lleva carmín, mala señal. Es que ni siquiera ha podido llegar al espejo del baño. Esta secuencia tan nimia pero tan cargada de significado es una de las intimidades que la autora, nacida en Michigan (EE UU) hace 38 años de padres taiwaneses, cuenta en “Todas las esquizofrenias” (Sexto Piso), que acaba de ser publicado en castellano.

Diagnosticada con un trastorno esquizoafectivo de tipo bipolar en 2013, Esmé desnuda en este libro brillante y conmovedor una enfermedad mental de la que apenas se habla porque da más miedo que vergüenza. Y que acarrea un sufrimiento extremo: “Yo me he perdido, y hablo de estar perdida físicamente, en una habitación totalmente a oscuras. He ido por el campus de Yale esquivando demonios invisibles y he visto cómo una locomotora bien definida avanzaba hacia mí hasta que se desvanecía de pronto”. La enfermedad tiene una realidad propia e intransferible que sacrifica la que vivimos el resto de humanos matando de paso al paciente, “que desaparece para quienes le rodean, es como si estuviéramos muertos”.

La conversación con LA RAZÓN se produce a través de Zoom pero con la cámara apagada, afirma sentirse más cómoda así. Confiesa que, mientras hablamos, el corazón le va a mil por hora y la cabeza la siente “rara”. En los últimos tiempos, los síntomas del trastorno de estrés postraumático complejo que también padece han sido aún “más intensos” que los que le inflige la esquizofrenia.

-Asegura que su diagnóstico de trastorno esquizoafectivo de tipo bipolar le alivió porque ya podía sentirse loca de una forma muy concreta.

-Es muy importante sobre todo darte cuenta de que no eres la única, que no estás tan loca que tu trastorno aún ni se ha descubierto. Puedo decir, incluso, que me sentí aliviada cuando me dijeron que tenía esquizofrenia. Llevaba mucho tiempo con síntomas psicóticos, casi diez años, y sospechaba cuál podía ser el diagnóstico final. Así que cuando llegó el veredicto por fin pude poner en orden mi medicación.

-¿Por qué tardaron tanto en ponerle un nombre a su tormento?

-Mi asunción es que mi psiquiatra estuvo llamando a mis alucinaciones “distorsiones sensoriales” durante un tiempo para evitar diagnosticarme con un trastorno psicótico. Quizá para evitarme el estigma, dado que yo era una estudiante brillante con un gran futuro. También puede que tratara de protegerme de mí misma para que no me identificara con esa clase de pacientes. Es muy común que se tarde años en llegar a la esquizofrenia, lo normal es que pasar primero por otros diagnósticos, incluidas la depresión y la ansiedad.

-En el libro repasa su infancia. Con dos años ya leía, tenía una gran imaginación… ¿Recuerda el momento exacto en que se dio cuenta de que algo no iba bien?

-Era muy pequeña, tendría unos cuatro o cinco años. Estaba en la cama y, de pronto, me entró mucha sed. Me levanté para beber agua y pensé que después tendría que ir al cuarto de baño. Volví a la cama y al instante empecé a pensar lo mismo, así que lo repetí varias veces hasta que me senté en las escaleras y me puse a llorar. Mi madre vino a preguntarme lo que me ocurría y le dije que no sabía, que no podía parar de hacer lo mismo una y otra vez. Fue la primera vez que experimenté el estrés mental.

-Habla mucho de la familia. ¿Qué influencia le atribuye en su salud mental?

-Me gustaría explorar un poco más sobre mi tía abuela. Ha sido borrada de la familia de mi madre porque sufría una enfermedad mental grave en una época y en un lugar, Taiwán, donde el estigma era enorme. Bueno, sigue siéndolo en la cultura china. A mi madre le dio pánico cuando me fui a estudiar a Yale por si acababa igual que ella, algo que, en realidad, acabó ocurriendo. Recuerdo que me escribió una carta muy larga contándomelo todo. Mi tía abuela fue la primera en ir a la Universidad y allí le dio su primera gran crisis. Nunca se recuperó y fue relegada al desván de la casa familiar donde mi madre creció. La acabaron obligando a casarse con un tipo al que pagaron, pensaron que igual si tenía un hijo…

-Qué manía tienen algunos con que la maternidad lo cura todo, ¿no?

-Sí, exacto. Fue muy triste porque, efectivamente, tuvo un hijo al que, obviamente, no pudo cuidar. Acabó muriendo en un hospital psiquiátrico y el niño fue dado en adopción. Una vez que mi madre entendió mi enfermedad, se convirtió en la defensora de la salud mental en la familia.

-En el libro describe con mucho detalle cómo comienza un episodio de alucinaciones y cómo entra en esa realidad paralela. Cuenta, por ejemplo, que hubo temporadas en que pensó que estaba muerta o que sus familiares habían sido reemplazados por robots.

-Lo peor es no saber cuándo terminará, si me quedaré allí para siempre. Y nadie puede responder a esta pregunta. Es curioso, además, cómo los síntomas de este Trastorno de Estrés Postraumático complejo no difieren apenas de los que noto cuando estoy psicótica. La semana pasada, por ejemplo, estuve cinco días sin experimentar ninguna emoción. Estaba súper confusa pero, al mismo tiempo, no había nada que me hiciera daño.

-Se sentiría muy liberada.

-Totalmente. Cuando tengo episodios malos me pongo triste, o me enfado, así que no estuvo mal no sentir nada. Ni lo bueno ni lo malo. Mi marido y yo estuvimos en un concierto de un grupo que me encanta y era como si no fuera conmigo. Pensé que quizá era el principio de un nuevo estado para el resto de mi vida. Con la psicosis es igual. Lo peor es no saber cuándo termina.

-¿Es un mito que la inteligencia y la locura van muchas veces de la mano?

-No creo que sea cierto. Sin embargo, es interesante. Hace poco mantuve un encuentro con Joanne Greenberg, autora de “Nunca te prometí un jardín de rosas”, un libro de 1954 sobre una joven con esquizofrenia que al final se supo que era autobiográfico. Estuvimos charlando y me dijo que una de las cosas que más le cabreaba era esa idea extendida de que la psicosis te hace más creativa. Cuando tienes un brote no puedes funcionar a ningún nivel, ni siquiera al más básico. Ni ducharte, ni lavarte los dientes, ni mantener una conversación. Como para escribir algo brillante…

-Es como si te dijeran que la tortura te vuelve más creativa.

-Justo. Quizá cuando termina el tormento, con el paso del tiempo eres capaz de escribir algo bueno sobre la tortura y compartir tu experiencia.

-¿Se siente frustrada con la Psiquiatría?

-En mi opinión, es como si se fuera construyendo sobre la marcha. Un diagnóstico según el DSM es, simplemente, una constelación de síntomas que se dan a la vez en gente diferente y reciben un nombre. Hasta que es incluido en ese manual tarda un tiempo y tiene que cumplir una serie de requisitos. Por ejemplo, el trastorno de estrés postraumático complejo aún no lo está, y eso no significa que no haya muchísima gente que lo esté sufriendo por todo el mundo. Digamos que la Psiquiatría es producto de la invención humana y opera con las consiguientes limitaciones.

-¿Dónde encuentra usted más respuestas sobre lo que le ocurre?

-En realidad es una gran pregunta para cualquiera que tenga una enfermedad severa. Esa fue una de las razones por las que escribí este libro, para plantear multitud de preguntas que me hago a mí misma y encontrar alguna contestación. Y, si de paso ayudo a alguien, mejor que mejor.

-¿En qué confía? ¿Qué es lo que más le ha funcionado?

-Lo pruebo absolutamente todo. Cuando estás desesperado no le haces ascos a nada. A veces son tantas cosas que no sé al final qué es lo que ha puesto punto final a la psicosis. ¿Será el Haloperidol? ¿La nueva terapia? ¿Que estoy escribiendo más? Quizá todo ayuda a su manera, no tengo una única respuesta.

-Dice que se suele comparar a la depresión con la diabetes y a la esquizofrenia con el Alzheimer, como para dejar claro que de la última no se regresa.

-Sí, y no debería ser así. Este mes, por ejemplo, es el de la Salud Mental en EE UU, y toda la discusión pública gira en torno a la valentía de esta o aquella estrella de cine que se ha atrevido a hablar de que padece ansiedad o depresión. No digo que no sean condiciones serias, pero lo que nunca veo en los medios es una celebridad que salga y diga que tiene esquizofrenia. Eso seguramente terminaría con su carrera al instante.

-En España un conocido presentador acaba de hacer público su brote psicótico, algo inédito hasta la fecha.

-Eso es increíble. Y mucho más efectivo que cualquier testimonio de alguien que no sea conocido, tristemente.

-Habla mucho de la película “Una mente maravillosa”. ¿El cine ha sabido retratar esa realidad extraña?

-En general, no. Te diré que he visto una relativamente nueva en Netflix, “The horse girl”, que se aproxima bastante a lo que es la psicosis. Refleja bien la tristeza y la caída en esa situación espantosa.

-Da la impresión por sus textos de que cada esquizofrenia es única. ¿Existe una comunidad de pacientes en la que encontrar consuelo?

-Creo que en cualquiera de estos diagnósticos graves puedes encontrar alguna similitud, aunque la experiencia es única. Igual que ocurre con otras muchas identidades. Seremos capaces de hablar de algunas cosas comunes, pero los humanos son enteramente diferentes.

-¿Cree que la pandemia ha derribado algún estigma sobre salud mental o es solo una ilusión?

-Lo cierto es que no. Quizá la gente con enfermedades crónicas, que pasan la mayor parte de su tiempo en casa, sí ha podido sentirse más comprendida cuando el confinamiento se ha hecho universal. En mi caso, me sentí muy bien al principio porque mi organismo y mi cerebro está acostumbrado a hacer frente a situaciones extremas.

Portada del libro de Esmé Weijun

Portada del libro de Esmé Weijun 

Imagen de portada: La escritora Esmé Weijun Wang FOTO: LA RAZÓN LA RAZÓN.

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Macarena Gutierrez. Mayo 2022

Sociedad/Psiquiatría/Psicología/Salud Mental/Entrevista

César Aira, sin ademanes de grandeza.

César Aira, más de un centenar de títulos y en la categoría de escritor de culto.

Los ojos con aire cansado tras las gafas de pasta, la camisa a cuadros, vaqueros pardos, zapatillas deportivas negras. Ninguno de los turistas que se cruzan en el hotel Barceló Cartuja con César Aira sospechan que el señor corriente que deambula con las manos a la espalda pueda ser un gran escritor. Ninguna pose, ningún ademán de grandeza. 

Sin embargo, ese hombre de movimientos lentos es autor de una de las obras más vastas e interesantes de las letras contemporáneas: más de un centenar de títulos que no han logrado sacarlo de la categoría de escritor de culto, pero que han hecho recaer sobre él el premio Formentor 2021.

Hace tiempo le preguntaron si ambicionaba algún premio literario, y respondió: “Uno que esté muy bien dotado”. El Formentor, con sus 50.000 euros, sin duda lo está. Un galardón que se ha revelado como muy argentino, al haberlo obtenido con anterioridad Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, Alberto Manguel y el argentino de adopción WiItold Gombrowicz. “Este va a ser el último premio, ya me lo prometí”, dice. “No es que me disguste, pero ya está.

Le dejo el lugar a algún joven que lo pueda disfrutar más que yo”.

Aira (Coronel Pringles, 1949) da muestras ante la prensa de su capacidad para brindar buenos titulares, casi siempre inspirados por su resistencia a asumir lugar común alguno. Y la charla con Librújula no iba a ser una excepción.  “Como las preguntas a menudo se repiten, voy afinando las respuestas. Quizá la última entrevista sea perfecta”, comenta con su característico humor.

Un crítico español, Carles Pujol, dijo: “O se lee, o se escribe”. ¿Usted encuentra siempre tiempo para ambas cosas?

Todos los escritores somos lectores naturales, y de hecho la mayoría nos hicimos escritores por ser lectores. Uno empieza leyendo, y en cierto momento se dice: “Yo también quiero hacerlo”. 

Por suerte, con los años no he perdido el gusto de la lectura, los dos grandes gustos de mi vida son leer y escribir. Son dos actividades muy parecidas, pero muy distintas también. Pero escribo poco al día, si no, me saturo. Una o dos páginas y ya estoy satisfecho, ya cumplí. Escribo lento, voy pensándolo mucho, y corrijo sobre la marcha. Lo mío es como un dibujo lento que voy haciendo…

Ha sido usted un gran lector en autobuses. Ahora, en cambio, en el transporte público la gente solo lee en los móviles. ¿Habrá que escribir para ellos?

Un señor me dijo: “Escribí un cuento en el teléfono, y se lo mandé directamente a no se quién”.

“¡Cómo! —pensé yo—, ¿escribir en el teléfono?”.

Se lo comenté a un amigo y me dijo: “¡Pero de qué época eres, todo el mundo escribe ahora en el teléfono!”. Lo hacen así, con los pulgares… No, yo eso no puedo hacerlo. En cuanto al transporte público, he sido un gran lector en ellos, sí, pero ahora ya no subo a los autobuses. Sí, he leído… demasiado [sonríe].

La escritura es el oficio solitario por excelencia, y la lectura también se hace casi siempre en soledad. ¿Se le puede acusar de ser poco sociable?

No, no me considero insociable. Le doy mucha importancia en mi vida a la amistad, más que a todos los demás contactos humanos, incluidos los familiares. Me gustan mucho esos diarios de Bioy Casares, que son un monumento a la amistad con Borges. Toda mi vida, toda mi carrera literaria, surgió de la amistad. Me hice escritor de chico con mi amigo Arturo Carrera, el poeta, y ahí empezó todo. Nos dividimos los campos, yo le dejé la poesía, él me dejó el relato… Todo es una historia de amistad.

¿Sus comienzos, fueron fáciles?

Tuve padres comprensivos, buena posición económica,nunca tuve que trabajar… Fue una vida fácil que me permitió vivir fuera de la realidad. Creo que la verdadera literatura la escribe un joven. La experiencia de la vida es lo que va enturbiando. Pero no se puede renunciar a la vida… Para mí, el escritor de los escritores, el único verdaderamente grande, fue Lautreamont. Se murió con 24 años y escribió este libro maravilloso, Maldoror. Es un escolar, que no sabe nada de la vida, pero sabe… sabe… eso.

Si alguien encuentra sus libros difíciles, ¿qué podemos responderle?

No, no soy un escritor difícil, de hecho, mucha literatura más popular es más difícil que lo que yo hago. Sí asumo con gusto el calificativo de raro, e incluso me gustaría ser rarísimo. A mí me gusta contar una historia de principio a fin, no me gustan esas cosas de Vargas Llosa de pasar de un tiempo a otro… Necesito esa claridad expositiva para poder llevar mis invenciones más lejos. Es decir, si se me ocurren historias muy raras, tengo que escribirlas muy claro. Porque si al barroquismo de la invención se suma el barroquismo de la ejecución, como aprendí de Salvador Dalí, podría llevar a una mezcla poco comestible, creo.

Por otro lado, se le da mucha importancia al tamaño. ¿Y si la gran novela latinoamericana tuviera solo cien páginas?

Eso fue todo un camino. Cuando empecé a publicar, traté de hacer libros que tuvieran cierta cantidad de páginas, como quieren las editoriales. Hasta que aparecieron unas muchachas de la ciudad de Rosario, y yo sentí que esas chicas podían ser mi laboratorio literario, con ellas podía hacer algo nuevo, distinto. “¿Ustedes publicarían una novela mía que tuviera 40 páginas?”, les dije. “Sí, sí, por supuesto”. Aquella fue la editorial Beatriz Viterbo, la primera independiente que se lanzó en Argentina. Hoy hay doscientas y pico. Con ellas, y luego con otras, pude hacer todos mis experimentos, publicar novelas de nueve páginas… ¡Lo hice! [ríe]. Ahí tuve toda la libertad que tenía, y a su vez mantuve con editoriales españolas, con la amistad de Claudio López, la línea de novelas que se parecen a las novelas de siempre.

Hace poco hablaba con unos escritores sobre el humor, tan presente en su obra. Se preguntaban cuándo se habían reído a carcajadas con un libro por última vez. ¿Lo recuerda usted?

Sí, hace tiempo leí una novela de Terry Southern titulada Candy, un poco pornográfica, con la que se hizo una película muy mala, pero sí, yo me ahogué de la risa. Hace muchísimos años de eso, y todavía lo recuerdo. Pero lo bueno que tiene la lectura es que te provoque una sonrisa de satisfacción, la plenitud intelectual que se puede sentir cuando uno encuentra algo bien hecho.

El fin de los grandes escritores

El encuentro con Aira tiene lugar después del anuncio del premio Nobel al tanzano Abdulrazak Gurnah. La noticia le sirve al argentino para recordar un comentario que suele hacerse en su país, según el cual el Nobel de Literatura ha acabado siendo como un segundo Nobel de la Paz: como si se premiaran más las buenas intenciones que los buenos libros. “Es curioso cómo se han perdido los grandes escritores”, reflexiona Aira. 

“Hace treinta o cuarenta años todavía había gente como Faulkner, Hemingway, Günter Grass, Kawabata… Ahora no hay ninguno, por eso el premio Nobel se lo dan a una señora desconocida de no sé qué país”.

Volvamos, si le parece, sobre el joven Aira. Siempre se cita como influencia de sus años de formación el cómic, tan denostado por muchos. ¿Qué huella dejaron los tebeos en su escritura?

El cómic tuvo muchísima importancia para mí. Mi imaginación es predominantemente visual, yo no trabajo con el sonido de las palabras, sino con las imágenes. Nunca he tenido ese gusto sensual por las palabras que tienen los poetas. Cuando se me ocurre un argumento, lo que me viene son imágenes que van apareciendo. Y el comic es eso, la imaginación puesta en el papel. Mi favorito, por supuesto, era Supermán. Una vez, yendo por la calle, un señor que pasaba en frente cruzó y me dijo: “¿Usted es Aira? Mire, yo no he leído nada de usted, pero lo respeto mucho [risas] por lo que usted dijo de Supermán”.

¿Y qué dijo?

Lo extraordinario de estos cómics de Supermán era que este señor, que provenía del planeta Krypton, tenía poderes prácticamente totales. Podía destruir un planeta de un puñetazo, podía ver hasta la galaxia más lejana…

Podía todo. ¿Cómo crear un conflicto a alguien así? Un ladrón se escapa y él lo puede atrapar inmediatamente. Para crearle un conflicto, había que buscar algo que fuera bastante difícil, y eso hizo que esos cómics fueran bastante intelectuales. 

Yo pasé de Supermán a Borges casi sin transición. Luego se daban juegos intelectuales como la aparición de Mister Mxyzptlk, que es un duendecillo malísimo que habita la Quinta Dimensión, y tenía poderes contra los que Supermán no podía hacer nada. El único modo de hacerle volver a la Quinta Dimensión era hacerle pronunciar su nombre, pero al revés. Era muy difícil, pero Supermán se las arreglaba para hacerlo.

También ha ejercido como traductor, entre otros, de Stephen King. ¿Ha aprendido algo del maestro del terror?

No, de Stephen King no… Yo diría más bien de la novela policial, que en Argentina posee una gran tradición entroncada con Borges. Los lectores argentinos crecimos leyendo la colección El Séptimo Círculo. Es un género muy honesto, hay una honestidad con el lector, no se hacen trampas… O se hacen las trampas que hay que hacer para darle emoción a la lectura.

2022 es el Año Pizarnik, a quien usted trató de cerca. ¿Alguna recomendación?

No sé… A mí las pizarnikianas me odian, supongo que por envidia, porque fui amigo de ella, porque ella me quería. Porque escribí un librito sobre su poesía y después una antología que es un texto biográfico, y me lo criticaron mucho. La pobre Alejandra creó ese personaje de la pequeña náufraga, y todo lo que se escribe sobre ella es tomando esas metáforas. Yo sé cómo trabajaba, es una poeta culta, casi erudita, pero no escribía con esa angustia, la angustia fue una invención literaria. Ella se creó ese personaje y a veces se burlaba de él.

Es usted el quinto argentino que gana el Formentor. ¿Considera a su país esa potencia literaria que fue durante el siglo pasado?

No lo sé, está el hecho de que tenemos a Borges. Borges puso una vara muy alta, es una presencia muy viva entre nosotros. Prácticamente no hay un día que pase que entre nosotros, los amigos, la familia, no se mencione a Borges. “Como diría Borges…” Así todo el tiempo. Bioy dijo que cuando murió Borges fue como si se apagara una luz, y así fue. También pienso que fue así cuando murió Manuel Puig, que fue el último escritor que fui leyendo libro a libro, mientras iban saliendo. Hay algo que he notado, los argentinos no sabemos prácticamente nada de los países que nos rodean, no sabemos quién es el presidente de Colombia, por ejemplo. Y en otros países a los que viajo compruebo cómo saben de la Argentina. En el fermento de la cultura argentina hay algo…

Se niega a escribir sobre Eva Perón ni sobre los desaparecidos de la dictadura militar, porque se han convertido, ha dicho, en “una industria”. Pero, si la literatura no se ocupa de esos temas, ¿quién hablará de ellos?

Los periodistas o… En fin… La literatura es literatura.

Sin embargo, la literatura ilumina siempre aspectos de la realidad que el periodismo no alcanza…

No crea… Para mí la literatura es un juego irresponsable que no tiene nada que ver con las cuestiones serias. Los políticos, los historiadores, los académicos pueden ocuparse de ellas, pero déjenos la libertad de jugar como niños con las palabras.

¿Tiene tiempo para el fútbol, tan amado en su país?

Precisamente en Colombia una vez me invitaron unas señoras muy coquetas, nos sentamos a la mesa y me dijeron: “Bueno, vamos a ver, ¿qué está pasando con Riquelme? [risas] ¿Está deprimido?”. Y yo no tengo ni idea de fútbol. El defecto nuestro es que nos cerramos en nosotros mismos. Pero quizás también hay algo en lo argentino que merece la pena.

Imagen de portada:Caty CLADERA

FUENTE RESPONSABLE: Librújula. Por Alejandro Luque. Mayo 2022

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