Imago Mundi. Libros para tiempos de barbarie y civilización – Parte 1/2

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Arte y Letras

La Universidad de Sevilla organiza la exposición Imago Mundi, dedicada al libro como representación del mundo, en la que dialogan incunables, obras maestras del pasado y artistas del presente. En esta exposición podremos contemplar desde el Astronomicum caesareum de Petrus Apianus a una de las veintidos Biblias de Gutenberg que aún se conservan en la actualidad. 

imago

Cardenal Petrus de Alliaco Tractatus de ymagine mundi, et al.

Lovaina, 1480-1482 Catedral de Sevilla. Biblioteca Capitular Colombina

La imagen y la palabra han ido conformando a lo largo de la historia la visión del mundo, siempre en continuo proceso de construcción simbólica y real, mutable unas veces, sólida otras, tanto como la propia conformación de los relatos de viajes o de los mapas cartográficos que fueron ensanchando los límites de lo real y arrinconando los relatos fantásticos y mitológicos de lo diferente y de las tierras allende los mares, de lo no conocido y cambiante. El orden y la simetría del mundo se encerraba en cada página, en cuarenta renglones, cada renglón en ochenta letras de color negro que uniformaban cada libro de la biblioteca infinita soñada de Borges.

Son libros que poseen una narrativa y una armonía interna que se mantiene por sí misma, a la que cada tiempo, cada civilización vuelve una y otra vez. Por este motivo, estas obras dialogan con un conjunto de libros de artistas contemporáneos y fruto de esa conexión surgen reflexiones sobre cómo se ha observado, leído y representado el mundo a lo largo de la historia.

La creación de archivos y bibliotecas ha permitido salvaguardar el germen y el desarrollo de la civilización frente a la estrategia y amenaza de la desinformación. El esfuerzo por mantener viva la herencia de la cultura clásica, la elaboración costosa de manuscritos e incunables y, posteriormente, las ediciones impresas que difundieron universalmente los saberes, conformaron el conocimiento y la imagen del mundo.

Esta muestra reflexiona sobre el libro como fuente de conocimiento y cómo ha ido moldeando la vida, la representación y la transformación del territorio y de la ciudad. Los libros y los documentos fueron los depositarios del conocimiento y permitieron consolidar paso a paso los cimientos de la civilización como se refleja en las bibliotecas públicas o privadas que se fueron abriendo en las principales ciudades. La incorporación de xilografías, grabados, fotografías… a los libros permitió moldear el mundo, darlo a conocer masivamente y transformarlo merced a este conocimiento en una civilización cada vez más subyugada por la cultura de la mirada. Pero a su vez, la destrucción de esos contenedores del saber que son las bibliotecas y la quema o expurgos de los libros se convierten en epítomes de la barbarie, de la erradicación del individuo, de la comunidad y de su obra.

Los libros han permitido a sus lectores viajar con ellos a través de sus páginas y han ensanchado también el horizonte al divulgar a través de los descubrimientos nuevos continentes o al ilustrar el conocimiento del cielo y el firmamento. Libros que se convierten en maletas para viajar en tiempos de incertidumbre.

De acuerdo con estos propósitos, la exposición se articula en cuatro niveles:

La ciudad y los libros. Fragmentos del individuo

La palabra revelada

El control de la memoria. El naufragio del papel

El viaje de los libros

Útiles de escritura y soportes de papel

Se exponen un conjunto de instrumentos y soportes de la escritura, desde los metales y pétreos, como los mandamientos de la antigua ley judía, hasta los cerámicos, el pergamino y el papel, a la vez que se reúnen además aquellos utensilios que permitieron la escritura manuscrita desde estilos hasta cáñamos y tinteros que conformaron con el tiempo los libros como los conocemos.

Los estudios monásticos permitieron salvaguardar el conocimiento mediante la copia manuscrita. Esos estudios se recrean en grabados como el de Cicerón o en aquellas representaciones como la de san Jerónimo que nos lo muestran trabajando en el estudio, pues la única forma de escritura de los libros era a mano. Producir un libro de varios ejemplares se realizaba con el arduo trabajo de escribirlos al dictado. El resultado en el medievo eran obras únicas, muy caras y de muy limitada difusión como las que se copiaron en los monasterios que permitió que llegase el conocimiento de la cultura clásica, aunque estuviesen al alcance de una minoritaria élite alfabetizada. Poetas y filósofos fueron retratados y sus esculturas aparecían en las bibliotecas donde se concentraba la cultura grecorromana.

Torre de Babel

La Torre de Babel representa al mismo tiempo la capacidad técnica imprevisible del ser humano y el recordatorio de que no se debe pretender ser más que los dioses. Es una metáfora pionera de la construcción en un ignoto lugar donde surgió la palabra arquitectura, acontecimiento que viene a narrar el origen común del lugar y la palabra. Partiendo del mito bíblico de la Torre de Babel, expuesto en la pintura en la que Dios castiga la osadía de la humanidad con la confusión de las lenguas; Luis Mayo ha codificado desde la matriz común de la tradición iconográfica, una moderna Babel, en proceso de construcción, inspirándose en la tabla de Brueghel el Viejo.

Babel simboliza el gran mito bíblico sobre la narración del lenguaje y de la arquitectura, cuyos ecos iconográficos, semánticos, políticos y sus significados esotéricos y masones han reactualizado un tema que ha evolucionado a lo largo de los siglos en la cultura visual occidental como un hogar inicial del conocimiento y de la arquitectura, una utopía humana en proceso de elaboración acorde al proceso de cambio que vivimos, a la metamorfosis y arquetipos de la cultura vigente en tiempos efímeros y cambiantes, en las versiones de Pérez Villalta o de Curro González, más cercanas al tratado que le dedicó Athanasius Kircher. Un símbolo de la ciudad de un mundo que se ha hecho inacabable.

Imago mundi

El libro escrito por Pierre d’Ailly (1350-1420), prelado y teólogo francés, compendiaba el estado de la cosmografía, geografía y astronomía en la primera mitad del siglo XV. Es una edición incunable, conservada en la Biblioteca Colombina, que fue impresa en Lovaina por Johannes de Westfalia entre 1477 y 1483. El ejemplar contiene manuscrita las tablas de los equinoccios y horas de salida y puesta de sol. Comienza, además, con una advertencia relativa a las ocho figuras, esferas celestes y terrestres, que aparecen en las cuatro hojas, coloreadas, que siguen a estas tablas. Existen otras figuras, también con vistosos colores, que ilustran el texto, como la consistente en dos círculos destinada a calcular el día en que se debe celebrar la Pascua.

El libro era propiedad de Cristóbal Colón, dejado junto a otros impresos y el volumen manuscrito Libro de las Profecías, a su hijo Hernando Colón. Fue consultado por el Almirante y su hermano Bartolomé, que incorporaron notas manuscritas, que se aprecian en los márgenes con llamadas, noticias u observaciones propias del apostillado para aclarar y corregir ideas del libro. Así, por ejemplo, Colón señala su extrañeza por la duración del viaje de las naves romanas a la isla de Taprobana o en otra identifica Sophora como la isla Española. Bartolomé de las Casas consultó este ejemplar para componer noticias relativas a las vidas de los hermanos Colón.

San Isidoro

El retrato que hace Murillo de san Isidoro determina la relación con la Iglesia de Sevilla, de la que fue arzobispo durante más de tres décadas. Isidoro de Sevilla llevó a cabo una intensa actividad literaria, de la que son fruto numerosas obras de carácter teológico, escriturístico, litúrgico, monástico, histórico y cultural. Las Etimologías constituyen la primera enciclopedia conocida, siendo concluida en torno al 634. Se trata de su obra más estudiada, de todas las que escribió el gran polígrafo hispalense y constituye uno de los pilares fundamentales del medievo. El libro que se expone es una edición del siglo XVI, destacando por su rigor científico, su extraordinaria erudición y su enorme dominio del saber antiguo. Las Etimologías transmitieron al medievo una buena parte del conocimiento del caudal enciclopédico de la cultura clásica.

En sus veinte libros divididos en 448 capítulos se tratan todos los ámbitos del conocimiento y de la vida cotidiana: Astronomía, Geometría, Geografía, Derecho, Arte, Teología, Historia, Literatura, Ciencias Naturales, desde los saberes clásicos a aspectos cotidianos como la agricultura, los adornos, los vestidos o el calzado de la época.

palladio copia

Andrea Palladio – I quattro libri dell’architettura – Venecia, 1570. Universidad de Sevilla – sección 1

Imagen de portada: Gentileza de Jot Down

FUENTE RESPONSABLE: JOT DOWN – Arte y Letras. IMAGO MUNDI.  Por Luis Méndez

Literatura/Libros y Arte/Escritores/Sociedad y Cultura

La Maldad según Dostoievski.

¿Por qué nos hacemos daño los unos a los otros?

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Para Dostoievski, la maldad era un secreto inconfesable. Decía en Memorias del subsuelo que hay secretos que confesamos a unas pocas personas, otros que no confesamos a nadie y nos atormentan en la clandestinidad, y aquellos que, como la maldad, pueblan las profundidades más recónditas y escondidas del alma.

La humillación y el orgullo

Fotografía de Dostoievski en 1876. Wikimedia Commons / Н. Досса

En gran medida, la maldad y el odio proceden de la ofensa y la humillación, de un orgullo herido. Al escribir sobre Dostoievski, el escritor André Gide apreciaba que “la humildad abre las puertas del paraíso; la humillación las del infierno ”.

El orgullo implica el ansia de superioridad y es el núcleo moral del narcisismo, del que brotan la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno y el menosprecio. La herida en el orgullo desencadena frustraciones y resentimientos que roen la conciencia.

Sufrir vejaciones y ver arrebatada la dignidad pueden ser la antesala para el surgimiento de ignominias y ruindades. Una sociedad que humilla multiplica las maldades entre los humillados. El odio engendra odio y la miseria material puede conducir a la miseria moral, como leemos en Humillados y ofendidos .

Fotografía de Giovanni Papini, 1921. Wikimedia Commons

En El diablo , Giovanni Papini observaba que “quien está más alto también está más sujeto a la soberbia”. Y si Lucifer fue castigado por su orgullo, “sepultado y confinado en las ilimitadas oscuras de la soledad y del odio”, ¿qué pensar del deseo ilimitado de estar cada vez más arriba ?, ¿de fundamentar nuestras vidas en el éxito, la parásita ambición y la envidia, y temer el fracaso más que nada?

El desprecio

En Crimen y castigo , la altivez y el endiosamiento hacían que Raskolnikof no tuviese reparos a la hora de asesinar a una anciana por considerarla un obstáculo en su camino.

Para la maldad, los demás no son sino instrumentos que se oponen a sus fines, cosas que hay que sacrificar para alcanzar el éxito. Se les desprecia porque no se les reconoce como seres humanos, sino como objetos de los que servirnos. Y quien desprecia se siente superior, experimenta un placer voluptuoso al ejercer dominio.

Fotografía de Hannah Arendt en 1933.

Incluso la maldad y el desprecio absoluto de los demás pueden banalizarse y hacerse cotidianos. La maldad puede convertirse en una rutina a cumplir, como explicaba la filósofa Hannah Arendt a propósito del paroxismo del mal que fue el nazismo.

Y ese desprecio desmedido también era lo que, en el cuento Vlas , hacía que dos campesinos pugnaran por la hazaña de cometer la fechoría más vil. Lo que los impulsaba era “la necesidad de llegar al límite, de ansiar sensaciones fuertes que conduzcan al abismo”.

El aburrimiento y la libertad

Si no tuviésemos libertad para decidir cómo somos, no existiría la maldad, tampoco la virtud. En los personajes de Dostoievski se libra la cruenta lucha interior que nace de la capacidad de elegir nuestro destino.

Y en ocasiones se elige la infamia, aunque sea para salir de la rutina. Tal vez sea esa necesidad de romper con la monotonía lo que nos lleve a la lucha con los demás. Tal vez así se justifique esa tendencia nuestra al rechazo del reposo y la tranquilidad. Tal vez porque gran parte de las maldades nacen del aburrimiento, porque prefiramos la ocasión de hacer el mal a la de no hacer nada. Y tal vez por eso decía Blaise Pascal:

“Todo el mal humano proviene de una sola causa, la incapacidad del hombre para quedarse quieto en una habitación”.

Elegimos lo abyecto seducidos por la fascinación de la transgresión, de lo que contraviene la norma y la ley. Leemos en Los hermanos Karamazov :

“No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso”.

En este sentido, los personajes de Dostoievski se emparentan con la filosofía existencialista de Jean Paul Sartre :

“Estamos condenados a ser libres”.

Amor y odio

Los personajes de Dostoievski nunca son planos ni superficiales. Atisbamos en ellos la profunda y paradójica dualidad del ser humano, su compleja contradicción, porque confluyen en una sola persona dos caracteres opuestos e indisolubles: el bien y el mal.

Así es como, en Los demonios , el personaje de Stavroguin señala que siente igual satisfacción al desear hacer una buena acción que al desear el mal. Los extremos se tocan y la belleza acaba por fundirse con lo grotesco.

Ilustración de El Doctor Jekyll y Mr. Hyde , de Robert Louis Stevenson, por Charles Raymond Macauley (1871 – 1934). Wikimedia Commons

En Dostoievski, la virtud y la maldad son simultáneas. Así lo leíamos en Doctor Jekyll y Mr. Hyde , de Robert Louis Stevenson: en una sola persona hallamos la contradicción del cielo y el infierno, la luz y la sombra de los claroscuros de Rembrandt.

Se trata de la oposición entre una inclinación a la unión y el ansia de destrucción. Es lo que Sigmund Freud llamaba Eros y Thanatos : pulsión de vida y de muerte.

Antes que nada, Dostoievski buscaba la plenitud, la vida infinita. Por ello mismo le resultaba insoportable dejar de lado su dimensión perversa y envilecida. Habría sido algo así como despojarlo de una de sus partes fundamentales. Sus personajes se arrojan al precipicio moral, a la crueldad y al libertinaje de la maldad. Y así lo advertía el escritor Stefan Zweig :

“Vivir correctamente significa para él vivir intensamente y vivirlo todo, lo bueno y lo malo a la vez, y en sus formas más intensas y embriagadoras”.

Fotografía de Franz Kafka. Wikimedia Commons

Dostoievski exploró esos abismos de la perversidad en toda su crudeza. 

Revelaba la verdad secreta de la maldad, ese lado que nadie quiere mirar cara a cara. Su lectura no resulta fácil ni cómoda, exige el compromiso afectivo del lector. 

Puede ser que lo que nos descubra no sea en efecto de nuestro agrado, que incluso nos repugne. Pero, como observaba Kafka, “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Y, sin duda, Dostoievski provoca una turbación interior en quienes se atrevan a leerlo.

Un sueño

Fotografía de Dostoievski en su lecho de muerte. Iván Kramskoi / Wikimedia Commons.

Leemos en su novela El idiota que hemos nacido para hacernos sufrir los unos a los otros. No obstante, en El sueño de un hombre ridículo , quizás el más bello de sus cuentos, un hombre al borde del suicidio sueña un mundo de armonía desprovisto de inhumanas bajezas. 

Y aunque sea una ilusión utópica, un paraíso inalcanzable dada nuestra naturaleza, ese “hombre ridículo” al que no le importaba nada ni nadie acaba por decir:

“No quiero ni puedo creer que el mal sea una condición normal en las personas”.

Imagen de Portada: Fiódor Dostoyevski retratado por Vasili Perov en 1872. Wikimedia Commons.

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation – Director Beth Daley

Rusia/Literatura/Hannah Arendt/Narcisismo/Escritores/Sociedad/Cultura

Con una charla sobre la autoficción y la memoria, el Filba puso en marcha su rutilante agenda.

En el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, la primera charla contó con la participación de la escritora argentina María Negroni y el guatemalteco Eduardo Halfon.

En la primera de todas las charlas que hasta el domingo tienen lugar en el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba), la escritora argentina María Negroni y su par guatemalteco Eduardo Halfon postularon este miércoles por la noche a la literatura como un juego de equívocos, del malentendido, donde lo importante es lo no dicho, al tiempo que coincidieron acerca de cómo la memoria de un evento es algo cambiante, falible, un evento en sí mismo.

Durante una hora, la autora de una veintena de poemarios, entre los que se encuentran «Archivo Dickinson», «Arte y fuga», «Islandia» y «Pequeños reinos», y el escritor guatemalteco, autor de las novelas «Duelo», «Monasterio», «El boxeador polaco», entre otras, hicieron un recorrido de sus experiencias de escritura en torno a la memoria, a la iluminación de los agujeros psíquicos, a la grandeza del lenguaje y el malentendido en la ficción, además de sumergirse en las experiencias que impone la distancia, la soledad o el silencio.

Otros de los temas que abordaron ambos autores en esta entretenida y amena charla alrededor de la escritura autobiográfica que contó con la moderación de la periodista Hinde Pomerianec, fueron la ansiedad y la neurosis en los escritores. Sin abandonar cuestiones como la lectura y las profesiones extraliterarias de ambos: Halfon es ingeniero y Negroni, abogada.

El primer disparador que propuso Pomeraniec fue la autobiografía. La moderadora preguntó a los invitados cuál fue el primer encuentro de ambos escritores con este «género». Negroni, autora de «El corazón del daño», aseguró que al vivir hay algo que va quemándose e hizo referencia a una imagen de Juan Gelman: «La poesía es la ceniza del pucho». Por lo tanto, explicó, que todo lo escrito tiene una relación directa con lo vivido. En cuanto al hecho particular de poner un evento concreto de su vida por escrito, recordó sus diarios de adolescente, muy común «entre las chicas» de cierta edad.

Halfon destacó su tardío interés por la literatura y la creación de canciones cursis en la adolescencia que lo avergüenzan, pero que fue su primera aproximación a escribir su vida. Su novela «Saturno», el primer intento literario, que funciona como una carta donde narra distintos suicidios de escritores y el rol del padre en ese hecho, tiene un narrador «muy parecido» a él gritándole con enojo a un padre «muy parecido» a su padre, a quien le reclama su ausencia. Y evocó que la primera reseña que le hicieron los medios en Guatemala tuvo como título «Hay que salvar a Halfon». «Me encantó ver que una lectura fuera tan comprometida, tan entregada, por eso en la segunda novela le subo el volumen al juego y le pongo mi nombre al narrador. Y seguimos jugando», acotó el novelista.

«La memoria como una forma de la invención» fue la siguiente propuesta de Pomeraniec a partir de una propuesta de Negroni. La escritora, también doctora en literatura latinoamericana, explicó que cuando pensó en esa idea estuvo inspirada en el título del libro de Silvina Ocampo: «Invenciones del recuerdo». «No se evoca ni siquiera las ruinas del pasado, sino que a partir de recuerdos un poco tramposos se construye una especie de fábula de nuestra existencia» asegura la autora de «Exilium». Para Negroni esos recuerdos iluminan los agujeros psíquicos, que son «momentos críticos» para mostrar lo que se escapa al escribir. «Los lectores no advierten que cuando el escritor se pone a escribir la enunciación toma el lugar de la realidad. Lo importante es que la enunciación sea real».

María Negroni. Foto: Ale López

María Negroni. Foto: Ale López

La autora de la novela «La anunciación» apuntó que lo importante en un libro es «lo sugerido y no lo dicho» y que toda la literatura es «un juego de equívocos, porque el lenguaje es mucho más grande que nosotros». Nos sobrepasa.» Y concluyó la idea señalando la distancia entre las intenciones del escritor y lo que ocurre en el libro: «es un malentendido», reflexionó.

Para Halfon el equívoco (intencional o no intencional) es fundamental. Sobre la cocina de su escritura, el escritor guatemalteco, contó que el relato lo conduce hacia otro lugar. En paralelo señaló cómo «la memoria es algo falible, cambiante y selectivo» y caracterizó: «es un evento es un evento en sí mismo». Negroni, por su parte, indicó que se puede decir que «el lenguaje es una madre sustituta», porque cuando pronunciamos la palabra empezamos a perder lo nombrado.

La distancia para Halfon, radicado desde hace años en París, es natural: siempre estuvo lejos de Guatemala. Por esto la reconstrucción siempre la hace desde afuera y de lejos. Sin embargo para Negroni, quien vivió en Nueva York, la distancia es un privilegio enorme. No depende de un lugar geográfico, sino de la distancia interna, no pertenecen a grupos: «es una distancia productiva y funcional para la escritura». La distancia, la soledad y el silencio son las mejores situaciones, señaló la poeta. Mientras que con humor y entusiasmo, su compañero de charla señaló que él es «feligrés de la iglesia de Negroni».

Halfon explicó que él vivió ocho años en Nebraska, «el paraíso del silencio, la soledad y la tranquilidad», y es donde más ha escrito en su vida. Sus vecinos pensaban que era un veterinario, porque rescataba gatos con diabetes, y no un escritor. El autor de «Canción» sostuvo que él también huye de la vida cultural, «salvo de Filba», aclaró jocosamente.

A partir de la confusión de los vecinos del escritor, Pomeraniec planteó la idea literaria del disfraz que aparece como una marca en ambos autores.

En las instancias finales de la charla, la moderadora, preguntó por la «ansiedad humana» en los autores. Negroni planteó que todos los escritores están ansiosos porque si no hay ansiedad, no hay escritura. Además la identificó como la contracara de la fobia. «Para lograr estar centrada, en diálogo silencioso con mi interior… debo escapar al bombardeo de noticias, de la información permanente que es una máquina de producir ansiedad», aseguró la poeta.

Para Halfon la ansiedad es su mejor amiga: «Al ser judío, la neurosis y la ansiedad te la dan cuando naces» dijo risueñamente el novelista. El autor de «Biblioteca bizarra» aseguró que durante la escritura no se calma su ansiedad, pero mientras escribe «la ansiedad es reemplazada por la ansiedad del relato». Abandona los fantasmas que le hablan y lo persiguen y no se callan». Y consideró a la escritura «como un sofá que lo deja descansar (un poco)».

Pomeraniec los interpela acerca de cómo encontraban «un tiempo muerto» en una época en la que no existe, en apariencia, esa disponibilidad. Un tiempo para ocupar, por ejemplo, en la lectura. Negroni retomó las palabras del escritor y aseguró que festeja cuando puede «ocupar el sofá de la escritura y de la lectura». Para ella ese tiempo nunca está disponible, «hay que generar esos espacios».

Por último la moderadora preguntó en qué lugar se encuentran el «ingeniero» Halfon y la «abogada» Negroni. Ambos escritores con un título universitario alejado, de alguna manera, del imaginario de la literatura. El guatemalteco respondió que el ingeniero está siempre, desde niño queriendo imponer orden en todo, menos cuando escribe el primer borrador de una historia. En ese momento es cuando se calla el ingeniero. Aclaró que no tuvo que estudiar ingeniería para saber que es «muy ingeniero», de chico ya cronometraba todo. «Luego del primer manuscrito viene el ingeniero a poner orden, a trabajar el lenguaje y la estructura», aclaró.

Negroni, ante esta misma pregunta, narró la historia del mandato familiar de ser hija mayor y tener un padre abogado. Al haber sido una chica dócil siguió ese mandato y trabajó con su padre en el momento difícil de la última dictadura. «La abogacía fue una gran decepción porque yo pensé que el derecho tiene que ver con la justicia, pero no es así, el derecho tiene que ver con la mediación», explicó.

La escritora cerró la idea sosteniendo que el mundo de la literatura le permite moverse con más libertad. Ambos autores tienen una obra de textos cortos, con un trabajo minucioso del lenguaje. Historias y tramas que escapan a lo ordinario y, sin embargo, pueden ser disfrutadas por todos los lectores. En la charla quedó expuesto parte del mecanismo que las produce.

Imagen de portada: prensa Adribian

FUENTE RESPONSABLE:: TELAM- CULTURA Por Carlos Daniel Aletto

Festival Internacional de Literatura Ciudad de  Buenos Aires

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