La literatura como terapia: cómo sublimar el horror a través de la escritura.

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¿Sirve la literatura para confrontar a la muerte? ¿Se puede sublimar el dolor a través de la escritura? Esta serie de libros parece responder que sí.

En su ensayo La palabra que aparece (Anagrama, 2021), Enrique Díaz Álvarez escribe que «el poder que emana de testificar no radica en el sujeto, sino en la palabra misma. Es la palabra la que aparece, la que apabulla, la que se recuerda y persiste». Y añade: «El testimonio es una experiencia significativa que se da siempre a otro». Se trata de vestigios que dejan su huella en la página. De aquello que decía Agamben, pues quien declara y testimonia es además un superviviente, que puede reconstruir un hecho extraordinario desde su subjetividad radical. Hablamos entonces del poder de la restitución.

Ritos de duelo 

En Nudos de vida (Libros del Subsuelo, 2022) nos dice Julien Gracq que la verdad que dispensa el arte no se opone al error, sino «más bien al instinto, a lo lábil, a lo informe». El arte es así «garante de la naturaleza a la vez auténtica y perpetuamente transitiva de la realidad». De alguna forma, con ello, la literatura retorna a su estado estable a los elementos de la realidad. Dicho de otra manera: condensa, fusiona, combina y mezcla las alteraciones para hacerlas comprensibles (y para hacérselas también comprensibles a quien escribe).

«Amar de memoria es alucinación. Algo muy parecido a la escritura».Sara Torres en ‘Lo que hay’

Eso es exactamente lo que hace Sara Torres en Lo que hay (Reservoir Books, 2022), donde la escritora gijonesa da cuenta de un duelo doble (que mezcla amor y muerte): el de la madre difunta y el de la amante evadida. Se trata de una novela intensa y oscura, que busca en la ternura y, a través de una (re)definición del deseo femenino, la palabra melancólica. Torres busca insertar sus dudas en una conversación más grande, la que involucra a la literatura misma. Y, por ello, siente el relato como un fracaso narrativo. La narradora se enmaraña en el luto y no es capaz de acceder al tacto, ese otro lenguaje (también lírico). Sin embargo, en ella, en la narradora de la novela, aun sin un sentido del futuro, se mantiene la esperanza. Porque queda la herida, que cicatriza y restituye. La protagonista principal de la novela lo expresa así: «Amar de memoria es alucinación. Algo muy parecido a la escritura». Y se habría de precisar: pero no a la literatura, que es ya cuando ésta se hace pública (y se convierte en testimonio).

La literatura como terapia. | Imágenes vía Anagrama, Ediciones del subsuelo y Reservoir Books.

El sentido del tacto es central en Ritual de duelo (Consonni, 2022), de Isabel de Naverán. El libro es una crónica de la muerte de la madre de la escritora (por voluntad propia, esto es: nos habla de la eutanasia, del buen morir). Isabel de Naverán pretende con la escritura poner sentido al misterio en el que se sentía envuelta, esa impresión de que el aire se vuelve más denso, la real sensación de sentir una presencia ausente; la emoción alterada que proviene de una fuerza, que es un cuerpo que atrae y (re)dibuja a un grupo humano (el de los seres queridos). La escritora lo define así, en términos de «sensación de irradiación», el vigor y la energía con los que su madre (re)definió su mundo: «La irradiación de un estado de complicidad, cuidado y cariño, de comprensión, diría, en una esfera colectiva que implicaba estar juntos en una misma cosa y, a la vez, en la ola de un sentimiento complejo y variado, estar unos al lado de los otros».

A la escritora vasca la consciencia de la escritura de la muerte la aprovisiona con un conocimiento del ecosistema de los afectos. Cuenta de Naverán que le ayudaba «poner imágenes y palabras, aunque fueran metáforas». Al escribir este libro, la autora encuentra esos códigos y ese lenguaje que testimonia la fuerza de su madre por querer irse (siendo que sabía que también así iba a permanecer).  Da cuenta de una sincronía, de un magnetismo. Es su forma de buscar consuelo, deteniéndose en la belleza de la más pequeño y cercano, configurando «un minúsculo ecosistema de autocuidado a base de transformar una mirada, y de atender solamente a lo que brilla».

También sobre la muerte habla Jantipa o el morir (Temas de hoy, 2022), de Ernesto Castro, pero en este caso de la mala muerte, la de la eutanasia forzada, la del exterminio, vaya. El rito que aquí se cumple es el del diálogo filosófico: cuatro mujeres que fueron prisioneras en Auschwitz (Heda Margolius Kovály, Charlotte Delbo, Philomena Franz, Edith Stein) en 1942 y Jantipa (la mujer de Sócrates), la noche antes del gaseamiento de Edith Stein, se reúnen en la enfermería para tratar de salvar su vida, intercambiando su nombre en la lista, cambiándolo por el de otra persona. Y dialogan, entretanto. En una larga noche se produce un debate teológico monumental entre ellas. Son constantes los litigios filosóficos, fundamentalmente sobre la vida (si somos sus propietarios o sus meros usuarios), sobre la inmortalidad del alma y sobre la existencia de Dios.

El punto central, sin embargo, es el conflicto entre dos ideas (en apariencia) inconciliables: la de la mártir (Edith Stein, quien sería beatificada en 1987 y canonizada en 1998) y la de las personas que, en el campo, se organizan como resistencia para tratar de «luchar para sobrevivir y dar testimonio de lo sucedido en Auschwitz». Jantipa, hacia el final de esta novela filosófica, ha de aceptar que es el acto supererogatorio (un acto elogiable, pero no obligatorio) de Edith Stein (de nombre religioso Teresa Benedicta de la Cruz) el que mejor testimonio es de la verdad; el martirio, el único testimonio posible, nos dice. Y ello porque, recuerda, según la etimología, en griego mártir significa testigo.

La literatura como terapia. | Imágenes vía Consonni, Temas de hoy y Libros del asteroide.

Sobrevivir al horror cotidiano 

El mayor miedo de la protagonista de Sensación térmica (Libros del Asteroide, 2021), de la escritora y traductora mexicana Mayte López, es el miedo a sí misma. Porque toda la novela es un darse cuenta de todo eso que está a la vista e intentamos no ver. En este caso, está relacionado con resistir, resistirse a hacer lo que los hombres (padres, novios) obligan a las mujeres a hacer, y que se ha de hacer del modo correcto (el modo en el que ellos prefieren y gustan). Porque tiene consecuencias. La muerte, en este caso. De la mejor amiga de la protagonista, presa de una relación abusiva y tóxica por parte de un profesor de la universidad, en Nueva York. Pero también de la muerte en vida de la madre, sometida a los caprichos y violencias del padre. El miedo de la protagonista de la novela, Lucía, una mexicana estudiante de doctorado en Nueva York, es el de parecerse a su padre. De ser como él: tiránica, abusiva. Así, Sensación térmica nos habla de las brasas del odio, de los lazos del maltrato. Con una estructura de diálogo con su psicóloga, Mayte López nos habla aquí de nombrar lo innombrable. De aceptar esa herencia (inescapable) de la vejación, de la ofensa y el agravio para no repetirla más. Para que una se pueda dar la oportunidad de ser otra versión posible de sí misma.

Lo mismo ocurre con Un tal Cangrejo (Sexto Piso, 2022), de Guillermo Aguirre. Una novela violenta de adolescentes problemáticos, que utilizan la crueldad y el atropello para insertarse en la vida adulta. Se trata de una novela sobre la urgencia, sobre la premura que conduce al crimen. Un tal Cangrejo nos cuenta la historia de Grejo, entre sus 12 y sus 18 años, sus vivencias. Y las de su grupo de amigos. También es una novela sobre el aprendizaje de la inconsciencia. O dicho de otro modo: sobre cómo tomar las riendas de una vida echada a perder, por culpa del delito y la necesidad de inventarse emociones fuertes. Una de las opciones que da la novela es precisamente la escritura. De alguna forma, y al final del relato, Grejo se redime, gracias a una obra de ficción que escribe. Es allí donde vuelca «aquellos fantasmas terroríficos que andaban por su cabeza»; para poder seguir viviendo y ser ya otro.

No era a esto a lo que veníamos (Candaya, 2021), de la escritora zaragozana, afincada en Valencia, Maria Bastarós, es un conjunto de relatos que indaga en el pasado. Los textos, protagonizados mayormente por mujeres, nos hablan de la silente coacción del hábito. Y del deseo de huir de unas mujeres atrapadas en situaciones que desaprueban, que les provocan un sufrimiento callado. Se trata de una exploración de lo cotidiano, de sus zonas oscuras. Estos personajes se hallan atrapados por el contexto, que aquí actúa como una cárcel cuyos barrotes son los del amor y las relaciones de pareja. Personajes que se auto engañan, que no quieren nombrar su realidad. Son, al fin, relatos pesimistas, pues no parece haber solución para quienes los habitan, parecen condenados a no tener ninguna salida. La mayor virtud de estos cuentos es que, con todo, apenas son exordio. Y lo que con ello pareciera decirnos Bastarós es que estas causas son solo el preámbulo, que todo puede ir a peor (y así da la impresión de que sucederá). Pero también su contrario; por lo que quizá el nombrarlo dé una oportunidad a quien los lea para imaginar una suerte nueva, una suerte otra para estos personajes perdidos en sí mismos.

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La  literatura como terapia. | Imágenes vía Candaya, Anagrama y Sexto Piso.

El odio y la ansiedad

Dos testimonios autobiográficos recientes nos hablan, desde el ensayo, sobre los problemas mentales y sobre la rabia y el odio. Por su parte, el escritor Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, 1981), en Los enemigos (Anagrama, 2022), realiza un hondo ejercicio de honestidad para hablarlos de cómo sublimar el odio, sobre cómo aprovechar la enemistad. Con ejemplos reales de su propia vida, y con la sorna habitual que tiende a adulterar sus textos autobiográficos, Amat cataloga a los diferentes tipos de enemigos, enumera las más variopintas causas (y/o razones) para su odio y nos brinda así una suerte de manual de usuario. Este ejercicio de escritura le sirve a Amat para explicarse (y explicarnos) un hecho determinante en su vida: el día que, siendo un chaval, no devolvió los puñetazos. Y eso justifica y alienta el que, como nos dice al final del libro, «que viva mi vida, en una parte considerable, desde el rencor, el despecho y el deseo de venganza». 

Por su parte, Eloy Fernández Porta, en Los brotes negros (Anagrama, 2022), bucea en la cárcel de sus emociones, nos hace partícipes de su pasión perdida y cuenta sin melodrama (y con mucho dolor) algunos de sus picos de ansiedad vividos en los últimos tiempos. Ha confesado públicamente Eloy Fernández Porta el hecho de que siquiera algunos de sus mejores amigos sabían de estos delirios, sobre cómo la escritura íntima sobre su ansiedad fue la única manera de confrontarla. Así, Los brotes negros es un diálogo afectivo con algunos fantasmas del pasado, sobre todo con su exnovia. Escribe Fernández Porta: «A veces los fantasmas se me hacen más vívidos que las personas de carne y hueso».

Para Fernández Porta la escritura es algo que no puede controlar; habla de ella como dolencia, en tanto que «mal mal diagnosticado». Pero también como algo benéfico, una escritura gimnástica. La escritura automática como método psicoanalítico. Una escritura que va y viene por el tiempo. Una escritura con la que intenta socavar la mitomanía de las enfermedades mentales, la frustración y ese miedo del que hablaba Hermann Broch a sentir la «impotencia imaginaria».

Imagen de portada: Lauren Mancke|Unsplash

FUENTE RESPONSABLE: The Objetive. Por José S. de Montfort. Junio 2022

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Siglo XX: la épica del escritor

En el siglo XX los escritores fueron referentes de una sabiduría basada en el poder de la letra. Hoy, su importancia ha disminuido. El culto al genio ha desaparecido.

Cuando yo estudiaba Letras en los años ochenta, Mario Vargas Llosa visitó Caracas y ofreció una charla en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela. El auditorio estaba a reventar de gente, especialmente de estudiantes. 

Años antes, Julio Cortázar había llenado el Aula Magna de la misma casa de estudios, con un aforo de unas tres mil personas. Los escritores eran una suerte de estrellas de rock: convocaban multitudes, se entrevistaban con presidentes, hablaban para la televisión y eran escuchados hasta por la gente que no los había leído. 

En los años cuarenta, Rómulo Gallegos se convirtió en el primer jefe de Estado venezolano elegido por votación universal, directa y secreta; su fama de escritor constituyó la mejor carta de presentación. El ciclo novelesco de Gallegos resultaba inaccesible para un gran número de venezolanos analfabetas, pero igual se sabía quién era el autor de Doña Bárbara.

Gabriel García Márquez se tuteaba con dictadores como Fidel Castro y era el ídolo del primer mandatario estadounidense Bill Clinton, por no hablar de sus entrevistas a presidentes como Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez. Gabriela Mistral y Pablo Neruda, premios Nobel, contaban con un público popular que recitaba sus versos de memoria. Los funerales de Víctor Hugo en Francia y de Amado Nervo en México convocaron multitudes. Octavio Paz y Carlos Fuentes fueron referencias internacionales, con todos los amores y odios que ello despertaba; también los franceses Jean Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir.

Que Boris Pasternak no recibiera la autorización de la Rusia soviética para recibir el premio Nobel causó consternación. Pasternak, al igual que Anna Ajmátova, vivieron el acoso del poder, inconforme con su obra. Los seguidores de la poeta memorizaban sus poemas aprendidos de copias manuscritas porque se le prohibió publicar. 

La importancia concedida a los escritores durante la dictadura de Stalin, quien los definió con la infeliz metáfora de ingenieros del alma, significó paralelamente la ruina personal de muchas voces y su prestigio internacional. No es casualidad que León Trotsky, nada más y nada menos que jefe del ejército rojo en los años veinte del siglo pasado, les concediera un rol preferente en la construcción del socialismo y escribiera sobre el tema. 

Los afanes de control de las dictaduras de distinto signo señalaban, paradójicamente, su respeto a los efectos de la literatura como práctica cultural. Como bien señala Mercedes Monmany en Sin tiempo para el adiós, el ascenso de Hitler empujó al exilio a lo mejor de la literatura alemana de esa época, con nombres como Thomas Mann o Stefan Zweig; sus textos caerían en el mismo saco en el que cayeron las esculturas y pinturas presentadas en la exposición de arte degenerado, organizada por los propios nazis. Leerlos a escondidas significaba un acto de resistencia.

Instituciones educativas, gobiernos, editoriales, medios de comunicación y público se daban la mano al concederle a la imaginación literaria una comprensión superior del mundo; el arte y la literatura formarían las sensibilidades de los hombres y mujeres de las naciones emergentes y consolidadas, de los países revolucionarios y de las elites intelectuales. Los escritores se convirtieron en faro y guía de la nación y la juventud, maestros de una sabiduría basada en el poder de la letra, depositaria del destino de la cultura. 

Con la crisis de la esperanza infinita que significó el siglo XX en el mundo y con el auge de los medios de comunicación, la importancia de la literatura y de los escritores disminuyó. Por ejemplo, la revolución bolivariana jamás se interesó en los escritores. Los medios de comunicación, en especial la televisión, copaban su atención, a diferencia de su régimen homólogo cubano, siempre atento a lo dicho y escrito por sus narradores y poetas. 

Solo los países más absurdamente autoritarios siguen pendientes de estos temas, al estilo del chino o del nicaragüense, capaz de prohibir la última novela de Sergio Ramírez.

Sería muy fácil afirmar que esta pérdida de relevancia cultural se conecta con el cuestionamiento del rol del intelectual en la esfera pública. Tiene relación, pero va más lejos: el culto al genio ha desaparecido. 

La exaltación de la inteligencia y el talento, propia del ideario romántico decimonónico, que atravesó el siglo veinte en manifestaciones tan distintas como la ciencia, el arte, la literatura y el pensamiento, ya solo se manifiesta en la adoración de las figuras deportivas. El cuerpo es el depositario del talento comprobable, parece decirnos esta época. 

En otras áreas la legitimación es mucho más relativa, con la excepción de la ciencia, cuya dificultad la deja fuera del alcance de la mayoría. Todos somos artistas, escritores y pensadores: las redes sociales, los blogs y la “fan fiction” desarrollada a partir de obras como las del ciclo de Harry Potter (J.K. Rowling) así lo indica. 

Cualquier youtuber que escriba un libro tiene mucho más lectores que un escritor o escritora de lo que convencionalmente se considera literatura.

La pulcritud ideológica de izquierda y de derecha exige a los escritores de fama mundial ser comedidos y cuidadosos en sus opiniones. 

Gente que jamás ha leído a Vargas Llosa lo condena por sus ideas políticas, lo cual me recuerda a algunos comunistas risibles que no leían a Jorge Luis Borges, considerado un hombre de derecha. No importa su genio, porque el genio es visto con desconfianza y la mediocridad es virtud. 

Por supuesto, sigue existiendo un público literario exigente y con lecturas, respaldado por editoriales interesadas en este tipo de arte verbal; se trata de un circuito minoritario amparado por revistas y suplementos culturales a los que se les van recortando las páginas. 

Como decía Borges en su ensayo “Los clásicos”, los grandes nombres de la literatura del pasado pueden devenir en páginas muertas. Ya está pasando: ¿acaso James Joyce o Proust, exaltados por su audacia verbal, son leídos en las escuelas de Letras y los postgrados de literatura? Crear un nuevo mundo con la palabra es ahora prerrogativa, como dije en el primer artículo de esta serie “La literatura no es lo que era”, de los escritores arraigados en los mitos del pasado, estilo George R. R. Martin (Canción de hielo y fuego).

No hay nostalgia ni crítica en mi comentario, solo constatación. Se trata del fin de una épica del artista y del escritor, propia de una época histórica que creyó en el poder de la innovación simbólica tanto como creyó en el poder de la política para reconstruir un mundo a la medida de los deseos de los hombres y mujeres comunes.

Imagen de portada:Gabriel Sozzi, CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Edición México. Por Gisela Kozak Rovero.Escritora y profesora universitaria venezolana. Su último libro es Casa Ciudad (cuentos). Reside en la Ciudad de México. Junio 2022

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Imago Mundi. Libros para tiempos de barbarie y civilización – Parte 1/2

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Arte y Letras

La Universidad de Sevilla organiza la exposición Imago Mundi, dedicada al libro como representación del mundo, en la que dialogan incunables, obras maestras del pasado y artistas del presente. En esta exposición podremos contemplar desde el Astronomicum caesareum de Petrus Apianus a una de las veintidos Biblias de Gutenberg que aún se conservan en la actualidad. 

imago

Cardenal Petrus de Alliaco Tractatus de ymagine mundi, et al.

Lovaina, 1480-1482 Catedral de Sevilla. Biblioteca Capitular Colombina

La imagen y la palabra han ido conformando a lo largo de la historia la visión del mundo, siempre en continuo proceso de construcción simbólica y real, mutable unas veces, sólida otras, tanto como la propia conformación de los relatos de viajes o de los mapas cartográficos que fueron ensanchando los límites de lo real y arrinconando los relatos fantásticos y mitológicos de lo diferente y de las tierras allende los mares, de lo no conocido y cambiante. El orden y la simetría del mundo se encerraba en cada página, en cuarenta renglones, cada renglón en ochenta letras de color negro que uniformaban cada libro de la biblioteca infinita soñada de Borges.

Son libros que poseen una narrativa y una armonía interna que se mantiene por sí misma, a la que cada tiempo, cada civilización vuelve una y otra vez. Por este motivo, estas obras dialogan con un conjunto de libros de artistas contemporáneos y fruto de esa conexión surgen reflexiones sobre cómo se ha observado, leído y representado el mundo a lo largo de la historia.

La creación de archivos y bibliotecas ha permitido salvaguardar el germen y el desarrollo de la civilización frente a la estrategia y amenaza de la desinformación. El esfuerzo por mantener viva la herencia de la cultura clásica, la elaboración costosa de manuscritos e incunables y, posteriormente, las ediciones impresas que difundieron universalmente los saberes, conformaron el conocimiento y la imagen del mundo.

Esta muestra reflexiona sobre el libro como fuente de conocimiento y cómo ha ido moldeando la vida, la representación y la transformación del territorio y de la ciudad. Los libros y los documentos fueron los depositarios del conocimiento y permitieron consolidar paso a paso los cimientos de la civilización como se refleja en las bibliotecas públicas o privadas que se fueron abriendo en las principales ciudades. La incorporación de xilografías, grabados, fotografías… a los libros permitió moldear el mundo, darlo a conocer masivamente y transformarlo merced a este conocimiento en una civilización cada vez más subyugada por la cultura de la mirada. Pero a su vez, la destrucción de esos contenedores del saber que son las bibliotecas y la quema o expurgos de los libros se convierten en epítomes de la barbarie, de la erradicación del individuo, de la comunidad y de su obra.

Los libros han permitido a sus lectores viajar con ellos a través de sus páginas y han ensanchado también el horizonte al divulgar a través de los descubrimientos nuevos continentes o al ilustrar el conocimiento del cielo y el firmamento. Libros que se convierten en maletas para viajar en tiempos de incertidumbre.

De acuerdo con estos propósitos, la exposición se articula en cuatro niveles:

La ciudad y los libros. Fragmentos del individuo

La palabra revelada

El control de la memoria. El naufragio del papel

El viaje de los libros

Útiles de escritura y soportes de papel

Se exponen un conjunto de instrumentos y soportes de la escritura, desde los metales y pétreos, como los mandamientos de la antigua ley judía, hasta los cerámicos, el pergamino y el papel, a la vez que se reúnen además aquellos utensilios que permitieron la escritura manuscrita desde estilos hasta cáñamos y tinteros que conformaron con el tiempo los libros como los conocemos.

Los estudios monásticos permitieron salvaguardar el conocimiento mediante la copia manuscrita. Esos estudios se recrean en grabados como el de Cicerón o en aquellas representaciones como la de san Jerónimo que nos lo muestran trabajando en el estudio, pues la única forma de escritura de los libros era a mano. Producir un libro de varios ejemplares se realizaba con el arduo trabajo de escribirlos al dictado. El resultado en el medievo eran obras únicas, muy caras y de muy limitada difusión como las que se copiaron en los monasterios que permitió que llegase el conocimiento de la cultura clásica, aunque estuviesen al alcance de una minoritaria élite alfabetizada. Poetas y filósofos fueron retratados y sus esculturas aparecían en las bibliotecas donde se concentraba la cultura grecorromana.

Torre de Babel

La Torre de Babel representa al mismo tiempo la capacidad técnica imprevisible del ser humano y el recordatorio de que no se debe pretender ser más que los dioses. Es una metáfora pionera de la construcción en un ignoto lugar donde surgió la palabra arquitectura, acontecimiento que viene a narrar el origen común del lugar y la palabra. Partiendo del mito bíblico de la Torre de Babel, expuesto en la pintura en la que Dios castiga la osadía de la humanidad con la confusión de las lenguas; Luis Mayo ha codificado desde la matriz común de la tradición iconográfica, una moderna Babel, en proceso de construcción, inspirándose en la tabla de Brueghel el Viejo.

Babel simboliza el gran mito bíblico sobre la narración del lenguaje y de la arquitectura, cuyos ecos iconográficos, semánticos, políticos y sus significados esotéricos y masones han reactualizado un tema que ha evolucionado a lo largo de los siglos en la cultura visual occidental como un hogar inicial del conocimiento y de la arquitectura, una utopía humana en proceso de elaboración acorde al proceso de cambio que vivimos, a la metamorfosis y arquetipos de la cultura vigente en tiempos efímeros y cambiantes, en las versiones de Pérez Villalta o de Curro González, más cercanas al tratado que le dedicó Athanasius Kircher. Un símbolo de la ciudad de un mundo que se ha hecho inacabable.

Imago mundi

El libro escrito por Pierre d’Ailly (1350-1420), prelado y teólogo francés, compendiaba el estado de la cosmografía, geografía y astronomía en la primera mitad del siglo XV. Es una edición incunable, conservada en la Biblioteca Colombina, que fue impresa en Lovaina por Johannes de Westfalia entre 1477 y 1483. El ejemplar contiene manuscrita las tablas de los equinoccios y horas de salida y puesta de sol. Comienza, además, con una advertencia relativa a las ocho figuras, esferas celestes y terrestres, que aparecen en las cuatro hojas, coloreadas, que siguen a estas tablas. Existen otras figuras, también con vistosos colores, que ilustran el texto, como la consistente en dos círculos destinada a calcular el día en que se debe celebrar la Pascua.

El libro era propiedad de Cristóbal Colón, dejado junto a otros impresos y el volumen manuscrito Libro de las Profecías, a su hijo Hernando Colón. Fue consultado por el Almirante y su hermano Bartolomé, que incorporaron notas manuscritas, que se aprecian en los márgenes con llamadas, noticias u observaciones propias del apostillado para aclarar y corregir ideas del libro. Así, por ejemplo, Colón señala su extrañeza por la duración del viaje de las naves romanas a la isla de Taprobana o en otra identifica Sophora como la isla Española. Bartolomé de las Casas consultó este ejemplar para componer noticias relativas a las vidas de los hermanos Colón.

San Isidoro

El retrato que hace Murillo de san Isidoro determina la relación con la Iglesia de Sevilla, de la que fue arzobispo durante más de tres décadas. Isidoro de Sevilla llevó a cabo una intensa actividad literaria, de la que son fruto numerosas obras de carácter teológico, escriturístico, litúrgico, monástico, histórico y cultural. Las Etimologías constituyen la primera enciclopedia conocida, siendo concluida en torno al 634. Se trata de su obra más estudiada, de todas las que escribió el gran polígrafo hispalense y constituye uno de los pilares fundamentales del medievo. El libro que se expone es una edición del siglo XVI, destacando por su rigor científico, su extraordinaria erudición y su enorme dominio del saber antiguo. Las Etimologías transmitieron al medievo una buena parte del conocimiento del caudal enciclopédico de la cultura clásica.

En sus veinte libros divididos en 448 capítulos se tratan todos los ámbitos del conocimiento y de la vida cotidiana: Astronomía, Geometría, Geografía, Derecho, Arte, Teología, Historia, Literatura, Ciencias Naturales, desde los saberes clásicos a aspectos cotidianos como la agricultura, los adornos, los vestidos o el calzado de la época.

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Andrea Palladio – I quattro libri dell’architettura – Venecia, 1570. Universidad de Sevilla – sección 1

Imagen de portada: Gentileza de Jot Down

FUENTE RESPONSABLE: JOT DOWN – Arte y Letras. IMAGO MUNDI.  Por Luis Méndez

Literatura/Libros y Arte/Escritores/Sociedad y Cultura

La Maldad según Dostoievski.

¿Por qué nos hacemos daño los unos a los otros?

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Para Dostoievski, la maldad era un secreto inconfesable. Decía en Memorias del subsuelo que hay secretos que confesamos a unas pocas personas, otros que no confesamos a nadie y nos atormentan en la clandestinidad, y aquellos que, como la maldad, pueblan las profundidades más recónditas y escondidas del alma.

La humillación y el orgullo

Fotografía de Dostoievski en 1876. Wikimedia Commons / Н. Досса

En gran medida, la maldad y el odio proceden de la ofensa y la humillación, de un orgullo herido. Al escribir sobre Dostoievski, el escritor André Gide apreciaba que “la humildad abre las puertas del paraíso; la humillación las del infierno ”.

El orgullo implica el ansia de superioridad y es el núcleo moral del narcisismo, del que brotan la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno y el menosprecio. La herida en el orgullo desencadena frustraciones y resentimientos que roen la conciencia.

Sufrir vejaciones y ver arrebatada la dignidad pueden ser la antesala para el surgimiento de ignominias y ruindades. Una sociedad que humilla multiplica las maldades entre los humillados. El odio engendra odio y la miseria material puede conducir a la miseria moral, como leemos en Humillados y ofendidos .

Fotografía de Giovanni Papini, 1921. Wikimedia Commons

En El diablo , Giovanni Papini observaba que “quien está más alto también está más sujeto a la soberbia”. Y si Lucifer fue castigado por su orgullo, “sepultado y confinado en las ilimitadas oscuras de la soledad y del odio”, ¿qué pensar del deseo ilimitado de estar cada vez más arriba ?, ¿de fundamentar nuestras vidas en el éxito, la parásita ambición y la envidia, y temer el fracaso más que nada?

El desprecio

En Crimen y castigo , la altivez y el endiosamiento hacían que Raskolnikof no tuviese reparos a la hora de asesinar a una anciana por considerarla un obstáculo en su camino.

Para la maldad, los demás no son sino instrumentos que se oponen a sus fines, cosas que hay que sacrificar para alcanzar el éxito. Se les desprecia porque no se les reconoce como seres humanos, sino como objetos de los que servirnos. Y quien desprecia se siente superior, experimenta un placer voluptuoso al ejercer dominio.

Fotografía de Hannah Arendt en 1933.

Incluso la maldad y el desprecio absoluto de los demás pueden banalizarse y hacerse cotidianos. La maldad puede convertirse en una rutina a cumplir, como explicaba la filósofa Hannah Arendt a propósito del paroxismo del mal que fue el nazismo.

Y ese desprecio desmedido también era lo que, en el cuento Vlas , hacía que dos campesinos pugnaran por la hazaña de cometer la fechoría más vil. Lo que los impulsaba era “la necesidad de llegar al límite, de ansiar sensaciones fuertes que conduzcan al abismo”.

El aburrimiento y la libertad

Si no tuviésemos libertad para decidir cómo somos, no existiría la maldad, tampoco la virtud. En los personajes de Dostoievski se libra la cruenta lucha interior que nace de la capacidad de elegir nuestro destino.

Y en ocasiones se elige la infamia, aunque sea para salir de la rutina. Tal vez sea esa necesidad de romper con la monotonía lo que nos lleve a la lucha con los demás. Tal vez así se justifique esa tendencia nuestra al rechazo del reposo y la tranquilidad. Tal vez porque gran parte de las maldades nacen del aburrimiento, porque prefiramos la ocasión de hacer el mal a la de no hacer nada. Y tal vez por eso decía Blaise Pascal:

“Todo el mal humano proviene de una sola causa, la incapacidad del hombre para quedarse quieto en una habitación”.

Elegimos lo abyecto seducidos por la fascinación de la transgresión, de lo que contraviene la norma y la ley. Leemos en Los hermanos Karamazov :

“No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso”.

En este sentido, los personajes de Dostoievski se emparentan con la filosofía existencialista de Jean Paul Sartre :

“Estamos condenados a ser libres”.

Amor y odio

Los personajes de Dostoievski nunca son planos ni superficiales. Atisbamos en ellos la profunda y paradójica dualidad del ser humano, su compleja contradicción, porque confluyen en una sola persona dos caracteres opuestos e indisolubles: el bien y el mal.

Así es como, en Los demonios , el personaje de Stavroguin señala que siente igual satisfacción al desear hacer una buena acción que al desear el mal. Los extremos se tocan y la belleza acaba por fundirse con lo grotesco.

Ilustración de El Doctor Jekyll y Mr. Hyde , de Robert Louis Stevenson, por Charles Raymond Macauley (1871 – 1934). Wikimedia Commons

En Dostoievski, la virtud y la maldad son simultáneas. Así lo leíamos en Doctor Jekyll y Mr. Hyde , de Robert Louis Stevenson: en una sola persona hallamos la contradicción del cielo y el infierno, la luz y la sombra de los claroscuros de Rembrandt.

Se trata de la oposición entre una inclinación a la unión y el ansia de destrucción. Es lo que Sigmund Freud llamaba Eros y Thanatos : pulsión de vida y de muerte.

Antes que nada, Dostoievski buscaba la plenitud, la vida infinita. Por ello mismo le resultaba insoportable dejar de lado su dimensión perversa y envilecida. Habría sido algo así como despojarlo de una de sus partes fundamentales. Sus personajes se arrojan al precipicio moral, a la crueldad y al libertinaje de la maldad. Y así lo advertía el escritor Stefan Zweig :

“Vivir correctamente significa para él vivir intensamente y vivirlo todo, lo bueno y lo malo a la vez, y en sus formas más intensas y embriagadoras”.

Fotografía de Franz Kafka. Wikimedia Commons

Dostoievski exploró esos abismos de la perversidad en toda su crudeza. 

Revelaba la verdad secreta de la maldad, ese lado que nadie quiere mirar cara a cara. Su lectura no resulta fácil ni cómoda, exige el compromiso afectivo del lector. 

Puede ser que lo que nos descubra no sea en efecto de nuestro agrado, que incluso nos repugne. Pero, como observaba Kafka, “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Y, sin duda, Dostoievski provoca una turbación interior en quienes se atrevan a leerlo.

Un sueño

Fotografía de Dostoievski en su lecho de muerte. Iván Kramskoi / Wikimedia Commons.

Leemos en su novela El idiota que hemos nacido para hacernos sufrir los unos a los otros. No obstante, en El sueño de un hombre ridículo , quizás el más bello de sus cuentos, un hombre al borde del suicidio sueña un mundo de armonía desprovisto de inhumanas bajezas. 

Y aunque sea una ilusión utópica, un paraíso inalcanzable dada nuestra naturaleza, ese “hombre ridículo” al que no le importaba nada ni nadie acaba por decir:

“No quiero ni puedo creer que el mal sea una condición normal en las personas”.

Imagen de Portada: Fiódor Dostoyevski retratado por Vasili Perov en 1872. Wikimedia Commons.

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation – Director Beth Daley

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Con una charla sobre la autoficción y la memoria, el Filba puso en marcha su rutilante agenda.

En el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, la primera charla contó con la participación de la escritora argentina María Negroni y el guatemalteco Eduardo Halfon.

En la primera de todas las charlas que hasta el domingo tienen lugar en el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba), la escritora argentina María Negroni y su par guatemalteco Eduardo Halfon postularon este miércoles por la noche a la literatura como un juego de equívocos, del malentendido, donde lo importante es lo no dicho, al tiempo que coincidieron acerca de cómo la memoria de un evento es algo cambiante, falible, un evento en sí mismo.

Durante una hora, la autora de una veintena de poemarios, entre los que se encuentran «Archivo Dickinson», «Arte y fuga», «Islandia» y «Pequeños reinos», y el escritor guatemalteco, autor de las novelas «Duelo», «Monasterio», «El boxeador polaco», entre otras, hicieron un recorrido de sus experiencias de escritura en torno a la memoria, a la iluminación de los agujeros psíquicos, a la grandeza del lenguaje y el malentendido en la ficción, además de sumergirse en las experiencias que impone la distancia, la soledad o el silencio.

Otros de los temas que abordaron ambos autores en esta entretenida y amena charla alrededor de la escritura autobiográfica que contó con la moderación de la periodista Hinde Pomerianec, fueron la ansiedad y la neurosis en los escritores. Sin abandonar cuestiones como la lectura y las profesiones extraliterarias de ambos: Halfon es ingeniero y Negroni, abogada.

El primer disparador que propuso Pomeraniec fue la autobiografía. La moderadora preguntó a los invitados cuál fue el primer encuentro de ambos escritores con este «género». Negroni, autora de «El corazón del daño», aseguró que al vivir hay algo que va quemándose e hizo referencia a una imagen de Juan Gelman: «La poesía es la ceniza del pucho». Por lo tanto, explicó, que todo lo escrito tiene una relación directa con lo vivido. En cuanto al hecho particular de poner un evento concreto de su vida por escrito, recordó sus diarios de adolescente, muy común «entre las chicas» de cierta edad.

Halfon destacó su tardío interés por la literatura y la creación de canciones cursis en la adolescencia que lo avergüenzan, pero que fue su primera aproximación a escribir su vida. Su novela «Saturno», el primer intento literario, que funciona como una carta donde narra distintos suicidios de escritores y el rol del padre en ese hecho, tiene un narrador «muy parecido» a él gritándole con enojo a un padre «muy parecido» a su padre, a quien le reclama su ausencia. Y evocó que la primera reseña que le hicieron los medios en Guatemala tuvo como título «Hay que salvar a Halfon». «Me encantó ver que una lectura fuera tan comprometida, tan entregada, por eso en la segunda novela le subo el volumen al juego y le pongo mi nombre al narrador. Y seguimos jugando», acotó el novelista.

«La memoria como una forma de la invención» fue la siguiente propuesta de Pomeraniec a partir de una propuesta de Negroni. La escritora, también doctora en literatura latinoamericana, explicó que cuando pensó en esa idea estuvo inspirada en el título del libro de Silvina Ocampo: «Invenciones del recuerdo». «No se evoca ni siquiera las ruinas del pasado, sino que a partir de recuerdos un poco tramposos se construye una especie de fábula de nuestra existencia» asegura la autora de «Exilium». Para Negroni esos recuerdos iluminan los agujeros psíquicos, que son «momentos críticos» para mostrar lo que se escapa al escribir. «Los lectores no advierten que cuando el escritor se pone a escribir la enunciación toma el lugar de la realidad. Lo importante es que la enunciación sea real».

María Negroni. Foto: Ale López

María Negroni. Foto: Ale López

La autora de la novela «La anunciación» apuntó que lo importante en un libro es «lo sugerido y no lo dicho» y que toda la literatura es «un juego de equívocos, porque el lenguaje es mucho más grande que nosotros». Nos sobrepasa.» Y concluyó la idea señalando la distancia entre las intenciones del escritor y lo que ocurre en el libro: «es un malentendido», reflexionó.

Para Halfon el equívoco (intencional o no intencional) es fundamental. Sobre la cocina de su escritura, el escritor guatemalteco, contó que el relato lo conduce hacia otro lugar. En paralelo señaló cómo «la memoria es algo falible, cambiante y selectivo» y caracterizó: «es un evento es un evento en sí mismo». Negroni, por su parte, indicó que se puede decir que «el lenguaje es una madre sustituta», porque cuando pronunciamos la palabra empezamos a perder lo nombrado.

La distancia para Halfon, radicado desde hace años en París, es natural: siempre estuvo lejos de Guatemala. Por esto la reconstrucción siempre la hace desde afuera y de lejos. Sin embargo para Negroni, quien vivió en Nueva York, la distancia es un privilegio enorme. No depende de un lugar geográfico, sino de la distancia interna, no pertenecen a grupos: «es una distancia productiva y funcional para la escritura». La distancia, la soledad y el silencio son las mejores situaciones, señaló la poeta. Mientras que con humor y entusiasmo, su compañero de charla señaló que él es «feligrés de la iglesia de Negroni».

Halfon explicó que él vivió ocho años en Nebraska, «el paraíso del silencio, la soledad y la tranquilidad», y es donde más ha escrito en su vida. Sus vecinos pensaban que era un veterinario, porque rescataba gatos con diabetes, y no un escritor. El autor de «Canción» sostuvo que él también huye de la vida cultural, «salvo de Filba», aclaró jocosamente.

A partir de la confusión de los vecinos del escritor, Pomeraniec planteó la idea literaria del disfraz que aparece como una marca en ambos autores.

En las instancias finales de la charla, la moderadora, preguntó por la «ansiedad humana» en los autores. Negroni planteó que todos los escritores están ansiosos porque si no hay ansiedad, no hay escritura. Además la identificó como la contracara de la fobia. «Para lograr estar centrada, en diálogo silencioso con mi interior… debo escapar al bombardeo de noticias, de la información permanente que es una máquina de producir ansiedad», aseguró la poeta.

Para Halfon la ansiedad es su mejor amiga: «Al ser judío, la neurosis y la ansiedad te la dan cuando naces» dijo risueñamente el novelista. El autor de «Biblioteca bizarra» aseguró que durante la escritura no se calma su ansiedad, pero mientras escribe «la ansiedad es reemplazada por la ansiedad del relato». Abandona los fantasmas que le hablan y lo persiguen y no se callan». Y consideró a la escritura «como un sofá que lo deja descansar (un poco)».

Pomeraniec los interpela acerca de cómo encontraban «un tiempo muerto» en una época en la que no existe, en apariencia, esa disponibilidad. Un tiempo para ocupar, por ejemplo, en la lectura. Negroni retomó las palabras del escritor y aseguró que festeja cuando puede «ocupar el sofá de la escritura y de la lectura». Para ella ese tiempo nunca está disponible, «hay que generar esos espacios».

Por último la moderadora preguntó en qué lugar se encuentran el «ingeniero» Halfon y la «abogada» Negroni. Ambos escritores con un título universitario alejado, de alguna manera, del imaginario de la literatura. El guatemalteco respondió que el ingeniero está siempre, desde niño queriendo imponer orden en todo, menos cuando escribe el primer borrador de una historia. En ese momento es cuando se calla el ingeniero. Aclaró que no tuvo que estudiar ingeniería para saber que es «muy ingeniero», de chico ya cronometraba todo. «Luego del primer manuscrito viene el ingeniero a poner orden, a trabajar el lenguaje y la estructura», aclaró.

Negroni, ante esta misma pregunta, narró la historia del mandato familiar de ser hija mayor y tener un padre abogado. Al haber sido una chica dócil siguió ese mandato y trabajó con su padre en el momento difícil de la última dictadura. «La abogacía fue una gran decepción porque yo pensé que el derecho tiene que ver con la justicia, pero no es así, el derecho tiene que ver con la mediación», explicó.

La escritora cerró la idea sosteniendo que el mundo de la literatura le permite moverse con más libertad. Ambos autores tienen una obra de textos cortos, con un trabajo minucioso del lenguaje. Historias y tramas que escapan a lo ordinario y, sin embargo, pueden ser disfrutadas por todos los lectores. En la charla quedó expuesto parte del mecanismo que las produce.

Imagen de portada: prensa Adribian

FUENTE RESPONSABLE:: TELAM- CULTURA Por Carlos Daniel Aletto

Festival Internacional de Literatura Ciudad de  Buenos Aires

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