Homenaje a Esdras Parra: la poetisa que se convirtió en relámpago y piedra.

La Poeteca publicó dos poemarios póstumos de la poeta, ensayista y escritora, reunidos en el libro Lo que trae el relámpago. Dos de sus amigos en vida, Jacqueline Goldberg y José Napoléon Oropeza, conversaron con El Diario sobre el legado e importancia de la obra de Parra. 

La poetisa Esdras Parra creía que la vida era un verbo. Acciones que nacían de las decisiones tomadas, y que se manifestaban a través del lenguaje. Por eso la poesía le parecía una manera de vivir. Una forma de proyectar todo su ser mediante palabras. 

De las decisiones que marcaron su verbo en esta realidad, siempre hubo algo de mito y de misterio, casi como una leyenda urbana. Se sabe que era oriunda de Santa Cruz de Mora, Mérida, y aunque su biografía asegura que fue el 13 de julio de 1939, la verdad es que nació 10 años antes, en 1929. Lo sabe la poeta Jacqueline Goldberg, coordinadora editorial de la Fundación La Poeteca, quien tiene entre sus posesiones la cédula de identidad de Parra.

Las acciones de Parra estuvieron siempre marcadas por el cambio. Prueba de ello fue su paso de la narrativa a dedicarse casi exclusivamente a la poesía, o sus largos periodos viviendo en Europa. También el hecho de que hasta ese momento había sido un hombre, y a su regreso de Londres a Caracas en 1982, sorprendió al medio cultural venezolano al llegar convertido en mujer. 

Su verbo final lo conjugó en tiempo pasado el 18 de noviembre de 2004, cuando falleció tras luchar contra el cáncer de garganta. Sobre esto, Goldberg comentó a El Diario que la enfermedad resultó simbólica para alguien que siempre vivió de la palabra.

Regreso al papel

La vida de Esdras Parra estaba incompleta. El último libro que logró publicar fue Aún no (2004), que salió pocos meses antes de su partida, pero todavía quedaban fragmentos de su obra sin desvelar. Más específicamente, dos poemarios que quedaron a la espera de ver la luz.

Aquí es donde entra en escena La Poeteca. La editorial publicó en agosto de 2012 Lo que trae el relámpago, el conjunto de esos dos poemarios póstumos de la autora: Cada noche su camino y El extremado amor.  Forma parte de la Colección Memorial, dedicada a difundir trabajos inéditos de poetas fallecidos. Es la tercera incorporación después de Los daños colaterales, de Harry Almela (1957-2017); y Gramática del alucinado, de Hesnor Rivera (1928-2000).

Goldberg resalta que es el primer trabajo de La Poeteca en circular en papel desde que comenzó la pandemia por covid-19. Sus cinco libros anteriores, publicados entre 2020 y 2021, habían salido solo en formato digital. El trabajo de Lo que trae el relámpago inició en enero de este año, luego de que la fundación obtuviera la autorización de los familiares de Parra. Posteriormente vino junto a Maribel Espinoza el proceso de corrección de los textos, intentando respetar lo más posible el estilo de la difunta escritora.

“Tuvimos que estudiar los libros anteriores de Esdras. Ver, por ejemplo, que ella jamás ponía una coma al final de un verso, sino dentro de ellos, y siempre un punto final al terminar el poema. Nos puso a pensar cómo, si ella estuviera, le haríamos corregir ciertas cosas que eran gazapos”, señala.

Un largo camino

La existencia de Lo que trae el relámpago no habría sido posible sin el escritor y poeta José Napoleón Oropeza. Más que una amistad, un lazo de hermandad de 48 años con Esdras Parra lo llevó a ser el guardián de su legado. Durante su convalecencia, la poeta le entregó sus manuscritos y dibujos, en caso de que algún día pudieran ser publicados. “Me los entregó como seis meses antes de morir. Los tuve también en copias conservadas porque a ella le daba por romperlos diciendo que no servían”, cuenta Oropeza, en entrevista para El Diario.

Guardó los textos por 17 años en búsqueda de una editorial interesada. Aunque en un momento Bid & Co. se ofreció a publicar una antología completa de la poeta, incluidos sus inéditos, asegura que nunca lograron llegar a un acuerdo con la familia. Luego de que La Poeteca lograra el permiso, Oropeza se dedicó durante tres meses, cada amanecer, a transcribir y limpiar los dos poemarios.

De acuerdo con la descripción del libro, Cada noche su camino, el primer poemario, fue escrito entre 1996 y 1997; mientras El extremado amor, el cual quedó en borrador sin lograr su versión definitiva, fue hecho entre 2002 y 2003. Oropeza difiere de esto. Afirma que en su estancia en Londres, a finales de los años setenta, tuvo la oportunidad de convivir con Parra e intercambiar los textos en los que cada uno trabajaba. Allí pudo leer los primeros borradores de ambas obras.

“Cuando Esdras regresó y estuvo 27 o 28 años en su apartamento de Los Palos Grandes viviendo, comenzó a reescribir El extremado amor, que no es otra cosa que la carta de despedida a todos los sitios y a todo lo que pudo haber sido su búsqueda constante, recurrente, como son los temas del amor, la soledad, el silencio”, explica.

José Napoleón Oropeza

Nació en Barinas, el 13 de octubre de 1950. Es egresado en Educación de la Universidad de Carabobo (UC), con un doctorado del King ‘s College de Inglaterra. Actualmente vive en Valencia, Carabobo, donde ejerce como profesor e individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua.

Oropeza es una de las piedras angulares de la literatura venezolana contemporánea, con una extensa obra que abarca novelas, cuentos, poesía y ensayos. Entre sus libros se encuentran: Parte de la noche (1972), La muerte se mueve con la tierra encima (1972), El bosque de los elegidos (1982) y Las puertas ocultas (2011).

Como gestor cultural, fue desde 1967 miembro del Ateneo de Valencia, del que fue vicepresidente, secretario general y presidente. Durante su gestión se impulsó no sólo la recuperación del edificio patrimonial, sino también su proyección como uno de los espacios culturales más importantes en la región central del país.

Un relámpago resplandeciente

Cada noche su camino está dedicado a José Napoleón Oropeza, “hermano en la cotidianidad y en la poesía”. Ambos se conocieron en 1971, cuando el novelista ganó el concurso de cuentos de El Nacional, y se hicieron amigos en 1975, después de ganar el Premio de Novela Guillermo Meneses. En ese momento Parra era directora literaria de Monte Ávila Editores. 

Sobre la poesía de Parra, su amigo la califica como culta, “que exige el conocimiento de lo que es degustar un buen poema”. La autora solía abordar en su obra la ambigüedad en sus diferentes aristas: la sexual, la espiritual, o la de la naturaleza. También acostumbraba emplear símbolos recurrentes dentro de sus poemas, los cuales servían de arquetipos para lo que deseaba expresar. Un ejemplo era la piedra, uno de sus favoritos y que plasmaba la quietud, una analogía de las mismas palabras que trazaban el camino. Otros también eran la noche, el frío, el viento y la casa.

Otro de sus arquetipos recurrentes era el relámpago. “Tal vez sea el símbolo más constante, porque define no solamente buena parte del concepto del poema de Esdras, sino que es la luz que repentinamente ilumina y al mismo tiempo, enceguece y desaparece. Cuando nosotros leemos la poesía de Esdras, estamos precisamente atravesados por esa luz que nos ilumina de pronto con una cantidad de imágenes que va tejiendo en una especie de diálogo como entre luz y noche. Es una sensación de temblor”, reseña Oropeza.

Fue por ese motivo que, junto a La Poeteca, eligieron Lo que trae el relámpago como título del libro. 

De izquierda a derecha: Esdras Parra, Cecilia Ortiz, Martha Kornblith y Sonia Chocrón. Foto: Cortesía Twitter Sonia Chocrón

Para Oropeza, El extremado amor es un paisaje que se convierte en un ser viviente. Más que un elemento humanizado, es un ente que siente y hace sentir al lector. Afirma que es un paisaje que ama, duele, y se diluye para morir. “La vida de Esdras se puede resumir en tres grandes símbolos que atraviesan toda su creación: el relámpago, el resplandor, y la piedra que todo lo resume”, añade.

Un fragmento de ese, su último poemario, reza: “Acuden a mi mente los cuatro puntos cardinales/ iluminados por la luna/ mis ojos, por la orilla del polvo, se llenan de/soledades/ mientras en el aire brilla repentina otra alegría/ en el aire oscuro”.

—¿Cree que en este mismo poemario hay también una suerte de presagio de que Esdras era consciente de su propia muerte?

—Esdras se preparó para su muerte. Al final quería redondear su obra, y no solamente su obra poética. Su libro Aún no era como una preparación expresa para el acto de morir, para el tránsito definitivo de pasar al otro plano, y al mismo tiempo de pedirle al universo un tiempo más para redondear su obra, porque ella consideraba que estaba incompleta.

Tachaduras constantes

En el principio de su carrera literaria, Esdras Parra se había concentrado principalmente en la narrativa y el ensayo. De ahí vienen sus muchos textos sobre cine y literatura, además de sus dos primeros libros: El insurgente (1967) y Juego limpio (1968). De este último proviene su cuento Por el norte el mar de las antillas, que se publicó también de forma independiente ese año, y que para Oropeza constituye una pieza magistral de la literatura venezolana.

Parra dejó además una novela titulada Al margen, la cual apenas quedó en un esbozo. A su regreso definitivo a Caracas en 1982, y tras un largo silencio editorial, se volcó de lleno al lado de la poesía con Este suelo secreto (1995), que ganó la II Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, y Antigüedad del frío (2000).

Su círculo cercano ya tenía conocimiento de la calidad de su poesía desde los años setenta, pero no fue sino décadas después que se atrevió a mostrar públicamente su obra. Oropeza asevera que eso se debió a que la escritora era terriblemente insegura. Vivía leyendo y releyendo sus textos, sacándolos o volviéndose a escribir. “Era una mujer que desconfiaba mucho de su literatura”, opina.

Otra faceta por la que Esdras Parra era conocida por sus dibujos. Varios quedaron en manos de su familia tras morir, pero al igual que sus poemas, la gran mayoría formó parte de su herencia a Oropeza. Él los describe como de un estilo entre expresionista y figurativo, con escenas cotidianas como oficinistas o alguna calle perdida de Europa.

José Napoleón Oropeza. Foto: Cortesía

Si hay un elemento que definitivamente diría que lo describe es la manía de Esdras de tachar. Eso está simbolizado en las tachaduras de los dibujos. Dibujaba la figura y la borraba. Tú ves la figura y ves al mismo tiempo sus borrones. Son deliciosos esos dibujos. Pero es un símbolo de todo lo que Esdras hacía con su literatura también”, destaca.

Aunque algunos de sus dibujos en su momento fueron publicados en revistas, actualmente queda poco registro de ellos. Son tan inéditos como sus últimos poemarios. Cuando fue presidente del Ateneo de Valencia, entre 1991 y 2007, Oropeza intentó hacer una exposición con esta obra artística; sin embargo, la iniciativa fue frustrada tras la toma realizada ese año por empleados afectos al oficialismo, y que derivó en su renuncia.

Al respecto, Goldberg aclara que por problemas al momento de escanear las ilustraciones no se pudieron incorporar en la edición del libro. No obstante, asegura estar dispuesta a abrir las puertas de La Poeteca para una exhibición cuando las condiciones sanitarias lo permitan. 

Sobre la trayectoria de Esdras Parra

Además de escritora, dibujante y poeta, Parra fue egresada en Filosofía de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Durante muchos años trabajó como traductora para varias editoriales españolas y francesas, lo que la llevó entre 1960 y 1971 a viajar intermitentemente por Europa, especialmente Francia, España e Italia. Luego, entre 1978 y 1982, estuvo en Londres, ciudad donde realizó su operación de reasignación de sexo.

También fue una destacada periodista de la fuente cultural, fundadora y jefa de redacción de la revista Imagen, además de coordinadora del suplemento Papel Literario de El Nacional. En este periódico se mantuvo hasta el final de sus días como articulista. Escribió muchos ensayos, sobre todo de cine y literatura, de los cuales varios siguen inéditos. De hecho, posee un libro sobre crítica del arte aún sin publicar, actualmente en posesión de José Napoleón Oropeza.

Sin miedo

En 1978, Esdras Parra le comentó a José Napoleón Oropeza que se radicaría en Londres una temporada. Todavía era un hombre en ese momento. El investigador también viajó para allá semanas después, al conseguir una beca en el King ‘s College. Al llegar al aeropuerto de Heathrow, la encontró ya como mujer, con un vestido amarillo de flores. La imagen no lo sorprendió. Primero, porque ya Esdras le había advertido en una carta sobre su cambio de género; y segundo, porque seguía siendo su mismo amigo de siempre. 

“Mira, José Napoleón Oropeza —solía decirle por su nombre completo cuando quería remarcar la seriedad de un asunto— yo te voy a decir una cosa. Cuando yo me muera, te van a llamar muchas personas para preguntarte de mi vida privada. Yo no tengo vida privada, mi vida está en los libros. El que quiera saber sobre Esdras Parra, que lea sus obras”, le dijo una vez a su hermano de letras, de acuerdo con su propio testimonio.

Su identidad de género fue algo que estuvo presente en ella desde siempre. Aunque Oropeza presume saber toda la biografía de Esdras Parra, desde sus primeros contactos clandestinos con la ropa de mujer en su infancia, se apega a la sentencia de su confidente. El que quiera conocer los dilemas de su vida, que los extraiga de las piedras en sus versos. Por eso también, con franca molestia, asegura que desea ya dar por terminada la polémica con la falsa historia sobre la transición de la poeta.

El autor del engaño fue el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, amigo de ambos y quien también vivía en Londres. Durante años, Cabrera dijo a periodistas e investigadores que Esdras había cambiado de sexo luego de caer profundamente enamorada de una mujer lesbiana, aunque esta nunca le correspondió. La anécdota, desmentida en una nota hecha por Rafael Osío Cabrices para el portal Cinco 8, no podría resultar más falsa. Aún así, logró permear en el medio literario hasta llegar al premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, quien sin conocer la otra versión, se inspiró de ella para su obra Al pie del Támesis. 

“Cabrera Infante mintió y yo lamento mucho que se haya muerto (en 2005), porque se lo pensaba decir. Yo a Vargas Llosa no lo culpo, porque no sé por qué inventó eso, pero te puedo decir que Guillermo y Esdras nunca se vieron”, zanja de manera definitiva para El Diario.

Cálida bienvenida

Para la época en que Parra tomó la decisión de cambiar de género, la sociedad, tanto venezolana como británica, todavía no estaba tan abierta a la transexualidad. Apenas 10 años habían pasado desde los disturbios de Stonewall, Estados Unidos, que dieron origen al Día del Orgullo Gay. Incluso ahora, en 2021, todavía hay sectores de la población que se resisten a aceptar cualquier imagen que represente al colectivo LGBTI. 

“Esdras jamás se escondió. Eso sí, tuvo como mujer la misma timidez que le conocieron quienes fueron sus amigos en otra época. Esdras siempre fue una persona tímida por naturaleza, pero no por miedo o por temor a mostrar quien era. Esdras está en su literatura”, afirma Oropeza.

Quienes la recuerdan lo hacen precisamente así: como una persona menuda, respetuosa con esa marcada cordialidad de los andinos. Totalmente silenciosa y enigmática. Esa sensación de recogimiento que se expresa en poemas como: “Esta voz/ mi voz/ abre un espacio al polvo/ que cae de la luna/ o al agua del océano/ cuando nace del desierto/ aquí yacerá tranquila/ la arena despedazada”.

Aún así, Esdras Parra nunca se consideró a sí misma en vida como un símbolo LGBTI. Oropeza se ríe con la pregunta, no por desdén hacia el movimiento, sino porque la propia autora lo negaba de la misma manera. “No puedo ni conmigo, ¿cómo voy a liderar a los otros?”, era la respuesta que él considera que habría dicho.

Cuando volvió a Caracas, encontró un recibimiento que quizás le habría sido inusual en la ciudad en el siglo XXI. Oropeza admite que, en efecto, hubo cierto estupor entre sus amigos al ver su cambio, pero luego se acostumbraron. Algunos incluso llegaron a manifestar admiración y afecto por quien ya conocían más de espíritu que de cuerpo, como los poetas Juan Liscano y Juan Sánchez Peláez. “Incluso el viejito Juan (Sánchez Peláez) me dijo que estaba asombrado de cómo un hombre tan feo se había convertido en una mujer tan bella”, recuerda Oropeza entre risas.

“Como siempre he sido”

Foto: Cortesía

Lo que trae el relámpago cuenta con tres epílogos. Uno es una entrevista a Parra realizada por El Nacional en 2001, el otro es una reseña de Oropeza de El extremado amor y Cada noche su camino. El tercero, y primero dentro de los textos, es un fragmento del libro ¿Por qué escriben los escritores? (2005), de Petruska Simme. Allí quedó recogido una particular impresión de Esdras Parra sobre lo que significa para ella el oficio: “Para mí la escritura de poemas o cuentos, la literatura, como el arte en general, es un enigma, un grandioso enigma, que creo cae dentro del misterio que es el ser humano”.

Del mismo modo, José Napoleón Oropeza, en su larga carrera como poeta, novelista y cuentista, narra que hay tres episodios en su vida que lo definieron por la ruta de las letras. El maestro de primaria en Barinas que desarrolló sus dotes de redacción y los clásicos en latín que leyó en el seminario fueron los primeros. El tercero fueron años en Londres con Esdras, intercambiando opiniones sobre sus obras o viendo cine clásico en el Electric Cinema. 

Con la voz conmovida, el escritor evoca su recuerdo más atesorado con Esdras. Ocurrió el día que él regresó a Caracas, en el aeropuerto de Gatwick. En su despedida, la poeta pronunció unas palabras que resumieron sus más de 40 años de fraternidad. Todavía las recuerda perfectamente:

José Napoleón, nacimos como escritores en el momento justo. En el momento en el que haríamos que todo se sacudiera en nuestro país que tanto amamos, que amamos, y que haremos temblar completamente cuando yo regrese como soy. Como siempre he sido: una mujer”.

La última despedida

José Napoleón Oropeza visitó Caracas en 2004. Esdras ya estaba en los últimos meses de su enfermedad. Una noticia que cayó de sorpresa a muchos de sus amigos, pues no se lo contó a nadie hasta el final. Se vieron frente a la casa de Esdras, en Los Palos Grandes, y almorzaron en un local que ya no recuerda si era un restaurante pequeño o una panadería.

Más tarde, al momento de irse, Esdras levantó su mano derecha e hizo un gesto de adiós.

Oropeza volvió a la capital el 17 de noviembre, esta vez a una pequeña clínica en la avenida Casanova. Al ser anunciado en la habitación por la enfermera, Esdras abrió los ojos. Ya en ese nivel solía estar inconsciente en su cama. De lo que sí estaba lúcida, era del saberse ya con pocas horas en este plano existencial. 

Al ver a su colega, Esdras levantó su mano derecha e hizo un gesto de adiós. Oropeza rompió a llorar y ella también. La enfermera, conmovida, preguntó: “¿Ustedes son hermanos?”. En ese momento, también con la voz quebrada, pero ya al teléfono, y en 2021, José Napoleón Oropeza volvió a responder: “sí”.

Imagen de portada: Vasco Szinetar

FUENTE: El Diario/Cultura/Homenaje/Esdras Parra/Poesía