EL MISTERIO DE LA MOMIA DE RAMSÉS I, EL ÚNICO FARAÓN QUE SURCÓ EL MAR HASTA AMÉRICA.

Después de milenios de ser faraón, la momia Ramsés I terminó en un pequeño museo de Ontario, en Canadá. Así fue como regresó a Egipto.

Tuvieron que pasar 130 años antes de que las autoridades egipcias se dieran cuenta de que una momia exhibida en un museo pequeño de Ontario, al centro de Canadá, pertenecía realmente al faraón Ramsés I. Como parte del acervo permanente de la institución, permaneció mal clasificada por más de un siglo —hasta 2001.

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La confusión nació de un simple error de clasificación, que se convirtió en motivo de conmoción internacional con la llegada del nuevo milenio.

Sin estar destinado a ser faraón

Fotografía: Eurasia Press / Photononstop / Photononstop via AFP

Sin saberlo, un explorador italiano del siglo XIX empezó un conflicto internacional. Después de una larga trayectoria como investigador en Egipto, se adentró en las profundidades del Valle de los Reyes. En las cercanías del actual poblado de Deir el-Medina, fue el espacio destinado para sepultar a la élite política del Imperio por dinastías completas.

Giovanni Battista Belzoni tenía la convicción de que encontraría más evidencia sobre las formas de vida e idiosincrasia del Antiguo Egipto.

A sabiendas de que muchas de las tumbas habían sido saqueadas casi por completo, el investigador quiso recuperar en 1817 cualquier vestigio que le proporcionara información sobre la cultura antigua.

Por esta razón, documenta la historiadora Carme Mayans para National Geographic Historia, la encontró prácticamente vacía:

«[…] el enorme sarcófago de granito rojo que presidía la cámara funeraria no contenía los restos del soberano para quien fue excavada la tumba, que resultó ser Ramsés I, el fundador de la dinastía XIX».

A pesar de haber nacido en el seno de un linaje de militares de élite, originalmente Ramsés I no estaba destinado a ser faraón. Aún así, forjó una carrera política que le permitió convertirse en visir de Egipto, una especie de consejero de la realeza en el imperio.

Por sus relaciones con los faraones y cercanía con la nobleza, Ramsés I heredó el puesto del monarca en curso, ya que no había logrado tener hijos varones. Sin embargo, su reinado no fue my largo. Por el contrario, ostentó el puesto durante sólo 16 meses.

Una peregrinación forzada

momia Ramsés I

Fotografía: Richard Maschmeyer / Robert Harding Premium / robertharding via AFP

Como el reinado de Ramsés I no fue muy largo, apenas hubo tiempo para diseñarle un sarcófago digno de un faraón. A comparación de otros dirigentes políticos en Egipto, su tumba podría pasar desapercibida por pequeña y poco adornada. Aunque se asume que, en su momento, recibió una ceremonia digna de su rango político, queda poca evidencia al respecto.

Entre que el espacio fue saqueado, y que quedó una sepultura discreta, los arqueólogos contemporáneos deducen que los restos encontrados ahí le pertenecen por el contexto que les rodea. En primer lugar, la sepultura de su hijo, Seti, se encontró muy cerca de los suya. Y lo que es más: el recinto funerario de su predecesor tiene los mismos trazos decorativos que el sarcófago de Ramsés I, lo que sugiere que incluso fue fabricada por los mismos artesanos, explica Mayans.

Belzoni encontró éstas y otras tumbas similares, pertenecientes a otros dirigentes políticos del Antiguo Egipto. Sin embargo, no encontró ninguna momia al interior de ellas. Ni siquiera la de Ramsés I, a pesar de tener un sarcófago discreto. Esto es así porque, para evitar los saqueos de estos espacios mortuorios, las autoridades en Egipto decidieron mover los restos de sus antiguos gobernantes a lugares ‘más seguros’.

En una especie de peregrinación forzada, los restos de los faraones fueron transportados de sitio en sitio. Décadas más tarde, el Servicio de Antigüedades de Egipto intentó recuperar estos y otros tesoros perdidos de aquella época dorada. Aunque algunas momias fueron recuperadas, no fue el caso de Ramsés I.

Víctima del tráfico de cadáveres

momia de Ramsés I

Fotografía de la momia de Ramsés I tomada en el Museo de Luxor en el Museo de Luxor, Egipto. / Wikimedia Commons

Nadie, ni siquiera el Servicio de Antigüedades de Egipto, conocía con exactitud el paradero de la momia de Ramsés I. Un halo de misterio rodeó al caso del faraón perdido durante décadas. Resultó ser que, milenios después de su muerte, había sido víctima del tráfico ilegal de cadáveres.

Los restos del faraón de la Dinastía XIX fueron usurpados por los Abd el Rasul, una familia de saqueadores de tumbas egipcias que hizo un negocio multimillonario con ellas. Toda la ‘mercancía’ se vendía en el mercado negro de Luxor, en Egipto, para el mejor postor:

«En 1871, los Abd el Rasul, a través del tratante turco Mustafá Ana Ayat, vendieron una momia muy bien conservada al doctor James Douglas, que a su vez la vendió al Museo Niagara Falls, en Ontario», documenta Mayans.

A partir de entonces, la momia de Ramsés I estuvo exhibida en Canadá, a cientos de kilómetros de su recinto de descanso perpetuo original en Egipto.

En la actualidad, el museo canadiense reconoce este acontecimiento como parte de su acervo histórico.«Ramses I había sido traído por un intrépido grupo de canadienses que visitaron el Nilo en la década de 1860», confirman medios locales.

En quiebra

momia de Ramsés I

Wikimedia Commons

En 1991, el museo de Ontario quebró. Sólo entonces, se hizo un recuento de los elementos que tenían en su acervo. A partir de una tomografía que se le hizo a la momia de Ramsés I, se confirmó que, efectivamente, el cadáver le pertenecía al faraón egipcio. Más que nada, porque el cuerpo había sido tratado con ‘elaboradas técnicas de momificación’, según determinó el Departamento de Radiología del Hospital Emory, en Canadá.

Fue entonces que Egipto pidió la repatriación inmediata de los restos del faraón de la Dinastía XIX. Algunos egiptólogos mostraron sus reservas ante los restos, porque les parecía increíble que el cadáver de una figura histórica de esa envergadura sencillamente hubiera sido dejado a su suerte durante más de 100 años.

Sin embargo, a partir de los restos mortales de Ramsés I, lo más probable es que los resultados venidos de Canadá sean fidedignos. En 2003, el faraón perdido del otro lado del mar volvió a su tierra natal con toda la pompa y lujo que le hubiera correspondido en su momento de mayor esplendor. Hoy, descansa en una sala especial dedicada para él, el Museo de Luxor.

Imagen de portada:VISTA LATERAL DE LA MOMIA DE RAMSÉS I / FOTOGRAFÍA: MANUEL COHEN / MANUEL COHEN / MANUEL COHEN VIA AFP.

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic. Publicado por amp_author_box(); Mayo 2022

Antiguo Egipto/Faraones/Historia Antigua/Momias/Ramsés I

 

 

Los secretos de la magnífica estatua sedente del faraón kefrén

Esta espléndida obra de arte de 4.500 años, que representa al faraón Kefrén, hijo de Keops, en la cúspide de su poder, está considerada una obra maestra de la estatuaria egipcia. Aunque fue hecha para no ser vista, hoy en día su belleza sigue fascinando a los viajeros que la visitan en El Cairo.

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Durante décadas, y antes de su sustitución por el monumental edificio del Nuevo Museo Egipcio que se alza junto a las pirámides de Giza, el viejo museo egipcio de la plaza Tahrir, en El Cairo, ha sido el museo de antigüedades faraónicas más importante del mundo, un lugar mágico donde podían contemplarse algunas de las obras de arte más increíbles del antiguo Egipto. Estatuas de piedra, sarcófagos, ajuares funerarios, tesoros como el de Tanis o el de Tutankhamón… 

Una visita a este lugar era un maravilloso viaje en el tiempo, pasear por sus salas era establecer un poderoso vínculo con una civilización desaparecida hace mucho, mucho tiempo, pero que a pesar de ello nos ha dejado innumerables vestigios de su existencia. En una de sus salas, en la planta baja, dedicada al Reino Antiguo (2543-2120 a.C.), se ubicaba, tal vez, una de las obras de arte más bellas y fascinantes que ha dado el arte egipcio. Estamos hablando de la estatua sedente del faraón Kefrén, tallada en un único bloque de diorita.

Vista completa de la estatua sedente de Kefrén. Se aprecia el detalle del trono, decorado con la unión del loto y el papiro. Foto: Cordon Press

UN DESCUBRIMIENTO SORPRENDENTE

La estatua, que con su media sonrisa parece contemplar desde el abismo de los milenios al asombrado visitante que la ve por primera vez, fue descubierta en 1860 por el francés Auguste Mariette, por entonces jefe del Servicio de Antigüedades de Egipto, durante unas excavaciones en Giza.

El egiptólogo se hallaba excavando el complejo funerario de Kefrén, concretamente el templo del valle del monarca (que él mismo había descubierto en 1852), un recinto donde tuvieron lugar las ceremonias de purificación de la momia del soberano antes de que esta fuera llevada hasta el templo alto, situado junto a la pirámide, a través de una larga calzada ceremonial.

Templo del valle de Kefrén en Giza, donde en 1860 Mariette halló la estatua enterrada en una fosa.Foto: iStock

La estatua de Kefrén fue descubierta en 1860 por el francés Auguste Mariette, por entonces jefe del Servicio de Antigüedades de Egipto, durante unas excavaciones en el templo del valle del monarca, en Giza.

El templo del valle de Kefrén está a 500 metros de su pirámide y se sitúa cerca de la Gran Esfinge. El edificio es de planta cuadrada y sus muros (que no muestran ningún tipo de decoración) están recubiertos de losas de granito rojo y el pavimento es de caliza blanca. En él, los antiguos egipcios dispusieron un ambicioso programa iconográfico compuesto por un conjunto de 23 estatuas que representaban a Kefrén. 

Todas ellas tenían un significado religioso. Debían servir como receptáculo del ka o fuerza vital del faraón difunto. Mucho después, algunas de estas estatuas fueron enterradas en un pozo que se cubrió con losas de piedra, y fue allí donde, siglos después, las descubrió Mariette. El egiptólogo escribió en su diario: «Se trata de siete estatuas que representan al rey Kefrén. Cinco de ellas se encuentran mutiladas, pero las otras dos están completas. Una de ellas presenta un estado de conservación tal que podría pensarse que salió ayer mismo de manos del escultor».

EL PODER DEL FARAÓN EN PIEDRA

Esta obra de arte, realizada para ser vista frontalmente, mide 1,68 metros de alto, 57 centímetros de ancho y 96 centímetros de largo. Representa a Kefrén, faraón de la dinastía IV y artífice de la segunda pirámide más grande de Giza (la mayor es la construida por su padre Keops), un monumento que aún conserva en su cúspide parte del revestimiento original de piedra caliza. La estatua muestra a Kefrén como un hombre joven con un físico perfecto, atlético, vestido solamente con un faldellín, tocado con el pañuelo nemes ceremonial y con la barba postiza característica de su cargo (que está rota). Su rostro esboza una tenue sonrisa y su mirada se pierde en el infinito.

Vista frontal de la estatua de Kefrén, descubierta por Mariette en el templo del valle del faraón.Foto: Cordon Press

La estatua muestra a Kefrén como un hombre joven con un físico perfecto, atlético, vestido solamente con un faldellín, tocado con el pañuelo nemes ceremonial y con la barba postiza característica de su cargo.

Tras el faraón, un halcón, representación del dios Horus, divinidad con la cual se identificaba el monarca en vida, extiende sus alas alrededor de la cabeza de Kefrén, brindándole su protección. Los brazos del rey están pegados al cuerpo y posa su mano izquierda extendida sobre su rodilla. La mano derecha, también sobre la rodilla, está cerrada en un puño y parece sujetar un rollo de papiro, símbolo de su poder. Por su parte, el trono sobre el que está sentado Kefrén está rematado por patas en forma de garras de león y sus laterales están decorados con el símbolo del sema tauy, las plantas del loto y el papiro entrelazadas, que representan la unión del Alto y del Bajo Egipto.

Pirámide de Kefrén en Giza. Conserva parte del revestimiento de piedra caliza en su parte superior.Foto: iStock

UN NUEVO HOGAR

Pero no muchos saben que esa maravillosa obra de arte estuvo a punto de no quedarse en Egipto. Debido a la falta de fondos, la campaña de excavaciones emprendida por Mariette entre los años 1853 y 1854 sufrió un importante parón y Francia no pudo hacerse con la pieza. «Unos cientos de francos más y la estatua estaría hoy en el Louvre», escribió Mariette en su diario.

Detalle del dios halcón Horus abrazando la cabeza del faraón. Museo Egipcio, El Cairo.Foto: Cordon Press

En septiembre de 2017, la estatua de Kefrén fue cuidadosamente embalada para ser trasladada a su nueva ubicación, el Gran Museo Egipcio que se alza junto a las pirámides de Giza.

La estatua de Kefrén recaló primero en el Museo de Bulaq, antecedente del Museo Egipcio de El Cairo, para después ser trasladada al museo que se habilitó en la plaza Tahrir, donde se ha exhibido hasta ahora. En septiembre de 2017, la estatua de Kefrén, que hasta entonces había sido la estrella de una de las salas de la planta baja del museo, fue cuidadosamente embalada, junto a otras piezas de gran tamaño, como ella, e introducida en una caja con sensores. 

Con sumo cuidado fue colocada en una furgoneta especialmente preparada con dispositivos especiales para evitar las vibraciones propias del transporte, y fue trasladada a su nuevo hogar, el GEM, cerca de su pirámide, donde fue descargada, junto a sus compañeras, y conducida al interior de su nuevo emplazamiento mediante vehículos montacargas, en una operación delicada y no exenta de peligros. 

Allí, una de las piezas más bellas y tal vez más emblemáticas de la cultura faraónica disfrutará de un lugar de honor y muy pronto, cuando el Gran Museo Egipcio abra sus puertas, volverá a ser admirada por millones de visitantes.

Imagen de portada: Vista lateral de la estatua sedente del faraón Kefrén. Museo Egipcio, El Cairo.Foto: Cordon Press

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC. Por Carme Mayans Redactora.

Antiguo Egipto/Faraones/Curiosidades

La maldición de los faraones: por qué cada vez que sucede algo en Egipto los culpan.

NO PERTURBES SU DESCANSO…

Las extrañas muertes tras el descubrimiento de la tumba de Tutankamón y el sensacionalismo de la época provocaron una leyenda que todavía hoy pervive.

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Entre marzo y abril del 2021 en Egipto sucedieron muchas cosas: por un lado, se produjo un desfile histórico de 22 momias de faraones (entre ellas, la del famosísimo y pelirrojo Ramsés II) que fueron llevadas hasta la que es desde entonces su nueva morada: el Museo Nacional de la Civilización Egipcia (NMEC). Por otro lado, el país experimentó el bloqueo del canal de Suez, se derrumbó un edificio en El Cairo provocando la muerte de al menos 25 personas y también se produjo un accidente de tren en Suhag. 

A primera vista, no tendría por qué haber ninguna relación entre los terribles accidentes acaecidos en el país y los desfiles de las momias, pero muchas personas quisieron ver una extraña y funesta simbiosis. De hecho, incluso en redes sociales se especuló sobre la llamada ‘Maldición de los faraones’ o ‘maldición del faraón’, alegando que no dejar descansar a estos reyes antiguos es lo que habría desatado su furia y provocado la desgracia. Se trata de una creencia antigua y común, pero, ¿de dónde proviene? 

En marzo se derrumbó un edificio en El Cairo con 25 personas y también se produjo un accidente de tren en Suhag.

«La muerte golpeará con su miedo a aquel que ose turbar el reposo del faraón». Cuando en la década de los años 20 del pasado siglo el egiptólogo Howard Carter, junto con Lord Carnavon y su hija, abrieron la tumba del joven faraón Tutankamón, de la dinastía XVIII, probablemente ya sospechaban que el descubrimiento que estaban llevando a cabo era de gran magnitud. «Veo cosas maravillosas», se cuenta que dijo Carter al hacer el agujero y observar el oro y las riquezas, así como la estancia perfectamente conservada.

Irónicamente, lo más importante de la vida del faraón Tutankamón fue su muerte. El joven, que murió con 19 años y según el análisis tuvo en vida una salud muy frágil, a consecuencia probablemente de la endogamia, había sufrido malaria y tenía que caminar con un bastón porque tenía un pie cavo. 

Según los estudios, era hijo de Akenatón, el faraón hereje que llevó a cabo una reforma religiosa convirtiendo Egipto en un país monoteísta que rendía culto único a Atón, dios del sol. 

Lo más importante de la vida del faraón Tutankamón fue su muerte. Su padre Akenatón, culpable de que su tumba esté bien.

No solo eso, sino que también decidió trasladar la capital de Tebas, provocando una crisis económica fruto de todos los cambios. 

Los que vinieron después de él le condenaron al peor castigo que podía sufrir un faraón: la ‘damnatio memoriae’ o condena de la memoria. El esfuerzo por conseguir que se olvidará todo rastro sobre él o sus familiares fue, paradójicamente, lo que llevó a que la tumba de Tutankamón se encontrase en perfecto estado. 

Y aquí comienza la maldición. Tras la apertura de la tumba comenzaron a morir personas que habían participado en el descubrimiento. En marzo de 1923 (cuatro meses después de abrir la tumba), un mosquito picó a Lord Carnavon (que ya de por sí tenía una salud frágil) y después se cortó la picadura mientras se afeitaba, lo que le causó una septicemia. Murió, por neumonía, el 5 de abril. La leyenda cuenta que cuando falleció se produjo un apagón en el Cairo que dejó a oscuras la ciudad momentáneamente. 

Tras la apertura de la tumba comenzaron a morir personas que habían participado en el descubrimiento. 

Después de esta se sucedieron otras muertes: Aubrey Herbert, medio hermano de Lord Carnavon que también estuvo presente en la apertura de la cámara real, murió inexplicablemente al volver a Londres (también había tenido desde su juventud una salud frágil, y en los últimos años de su vida estaba prácticamente ciego). Arthur Mace, el hombre que dio el último golpe al muro para entrar en la cámara real, murió en El Cairo al poco tiempo y sin explicación médica. Sir Douglas Reid, que radiografió la momia de Tutankamón, enfermó y volvió a Suiza donde murió dos meses después. La imaginación de los periodistas de la época hizo el resto, al igual que la película rodada en los años 80 llamada ‘La maldición de Tutankamón’.

Abu Simbel. (iStock)

Abu Simbel. (iStock)

Lo cierto es que toda la historia de la supuesta maldición volvió a resurgir con fuerza en las décadas de los 60 y 70, cuando varias piezas del Museo Egipcio de El Cairo se trasladaron a otras exposiciones temporales en museos europeos. Al parecer, los directores de algunos de los museos murieron poco tiempo después, o eso es lo que los periódicos ingleses extendieron, hablando también de algunos accidentes que sufrieron los tripulantes del avión que llevó las piezas a Londres. 

Una de las teorías más plausibles es que las muertes pudieran estar relacionadas con una infección causada por hongos.

En realidad algunas figuras como Conan Doyle fueron las que se encargaron de forjar la leyenda. Recordemos, al fin y al cabo, que tanto el escritor como su mujer eran fervientes espiritistas desde que su hijo había muerto en la Primera Guerra Mundial, y tenían cierta tendencia a creer en asuntos paranormales. 

Como señalábamos antes, los medios sensacionalistas o la novelista británica Marie Corelli tampoco ayudaron mucho. Con el paso del tiempo, una de las teorías que más fuerza tienen es que las muertes pudieran estar relacionadas con una infección causada por hongos, que habían sobrevivido durante años en la tumba del joven faraón, lo que según la hipótesis habría aumentado su virulencia. 

De cualquier manera, hay que tener en cuenta que aunque se registraron unas 25 muertes a lo largo del tiempo, un estudio mostró que de las 58 personas que estuvieron presentes cuando se abrió la tumba, solo ocho murieron en los siguientes 12 años. 

De hecho, Howard Carter, probablemente la figura más importante de la excavación, fue la excepción a la regla y murió en 1939 con 64 años. Él mismo se encargaba siempre de negar la supuesta maldición cuando se hablaba de ella: «Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de esas estúpidas ideas», indicando que esas creencias no eran más que viejos cuentos de fantasmas reconvertidos, y que los faraones jamás maldecían a aquellos que los visitaban o se ocupaban de ellos, sino que los bendecían. 

«Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de esas estúpidas ideas» decía Carter.

Sea como fuere, la creencia en la maldición de los faraones sigue presente incluso en tiempos tan incrédulos como los actuales, pues los faraones egipcios siguen causando fascinación y cierto temor en los seres humanos, quizá por todos los misterios con los que se amortajaron. La copa con la que Tutankamón fue enterrado tiene una inscripción que coincide con el epitafio de Howard Carter: «Pueda tu espíritu vivir /durante millones de años/ tú que amas Tebas/ sentado con la cara al viento del norte/ los ojos llenos de felicidad». Buscaba (y encontró) lo que todos ansiamos, al fin y al cabo: la eternidad.

Imagen de portada: Gentileza de iStock

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. Por Ada Nuño. Agosto 2021.

Antiguo Egipto/Sociedad y Cultura/Faraones/Leyendas/Curiosidades

Los relieves del templo de la faraona Hatshepsut desvelan cómo se hacía el arte del Antiguo Egipto.

Una investigación arqueológica apunta que la capilla de la reina de la Dinastía XVIII fue un taller de aprendizaje en el que trabajaron a la vez maestros y discípulos.

Una investigación arqueológica apunta que la capilla de la reina de la Dinastía XVIII fue un taller de aprendizaje en el que trabajaron a la vez maestros y discípulos.

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El templo de la faraona Hatshepsut, ubicado en el complejo funerario de Deir el-Bahari, en la antigua ciudad de Tebas, cerca del Valle de los Reyes, es uno de los monumentos más icónicos del Antiguo Egipto. La sala de mayores dimensiones del sitio, la capilla homónima de la reina de la Dinastía XVIII que gobernó entre los años 1473 y 1458 a.C, está decorada con dos series de relieves que describen una procesión de ofrendas y que representan el culto a su memoria. 

Cada una de las paredes mide casi trece metros y contiene un centenar de figuras masculinas que portan diversos objetos en dirección a la imagen de la difunta.

Estas representaciones de la llamada capilla de Hatshepsut no son únicas o excepcionalmente valiosas en comparación con otros vestigios del Antiguo Egipto. La escultura, la pintura y los relieves de la civilización de los faraones son abundantes. Sin embargo, el conocimiento sobre los creadores de las obras de arte es muchísimo menor. De hecho, algunos investigadores apuntan que el artista es «el gran desconocido de la egiptología». Algunos de estos enigmas se han podido resolver gracias al estudio de los muros del templo funerario de la faraona, que ha arrojado luz sobre el mecanismo de trabajo de los antiguos artesanos.

En un artículo publicado este miércoles en la revista Antiquity, Anastasiia Stupko-Lubczynska, del Centro Polaco de Arqueología Mediterránea de la Universidad de Varsovia, detalla por primera vez las distintas fases de las intervenciones de los artistas egipcios, un proceso que arrancaba con la preparación inicial de la superficie de la pared y concluía con los toques finales que firmaba el maestro. El análisis que ha realizado su equipo de las dos escenas de relieves ha logrado identificar, entre otras cosas, qué partes de las imágenes fueron talladas por los aprendices y cuáles por sus jefes. Es decir, el templo se convirtió en un determinado momento en una suerte de escuela artística.

Proceso de documentación de los relieves de la capilla de Hatshepsut.

Proceso de documentación de los relieves de la capilla de Hatshepsut. A. Hallmann

«Al estudiar las huellas grabadas en la piedra por los cinceles antiguos ha sido posible ‘captar’ varios fenómenos intangibles que normalmente no dejan ninguna evidencia», explica la arqueóloga. Durante más de una década, los investigadores de la institución polaca han reproducido a escala 1:1 y sobre láminas de film de plástico las escenas y las figuras de las paredes, para luego escanearlas y procesarlas como modelados geográficos. Gracias a los datos recabados también han podido confirmar que dos grupos de artesanos esculpieron cada una de las paredes: representaron de forma distinta las jarras o las gavillas de maíz.

Como si se tratase de un taller renacentista, los investigadores aseguran que a los discípulos egipcios se les encargó la elaboración de piernas, brazos y torsos de las figuras, mientras que los rostros fueron obra del cincel del maestro. También en este último —o en plural si fueron varios— recayó la tarea de corregir los errores de los bisoños escultores. Sí realizaron alternativamente las cabelleras de los oferentes. De hecho, se ha identificado alguna peluca tallada en parte por el jefe de la intervención, con un trazo más delicado y preciso, y rematada por el artista joven, con símbolos más toscos y menos refinados.

A la izquierda, una cabellera realizada por un aprendiz. A la derecha, por un maestro.

A la izquierda, una cabellera realizada por un aprendiz. A la derecha, por un maestro. M. Jawornicki

«En general, se cree que en el Antiguo Egipto los artistas se formaban fuera de los proyectos arquitectónicos en curso, pero mi investigación en la capilla de Hatshepsut demuestra que la enseñanza también se llevó a cabo mientras se ejecutaban los relieves», destaca Stupko-Lubczynska. Las paredes investigadas muestran un trabajo conjunto y la búsqueda del perfeccionamiento artístico: uno de los aprendices, por ejemplo, realizó una línea entera de cabelleras; mientras que otro, y nunca se sabrá el motivo, no llegó a completar la que había iniciado su maestro.

El proceso de elaboración de los relieves en el Antiguo Egipto no era en absoluto desconocido. Investigaciones previas ya habían señalado un total de siete fases: alisado de la pared, división en secciones y en cuadrículas con pintura roja, trazado de bocetos, corrección de los posibles errores de estos dibujos preeliminares, inscripción de los textos (jeroglíficos), realización de las esculturas y encalado y coloreado de los relieves. Sin embargo, el nuevo estudio ofrece «una mirada inusual» al proceso de creación del arte egipcio y a las condiciones en las que trabajaban los artesanos.

Piernas realizadas por los aprendices. Las flechas indican correcciones. M. Jawornicki

«La investigación demuestra el potencial de recurrir a una visión holística de una estructura bien conocida y su decoración, y ofrece nueva información  sobre las técnicas de producción y organización del trabajo gracias al uso de un enfoque experiencial contextualizado con textos, iconografía y fuentes analógicas», concluye la investigadora. «Cuando se aplica a las obras de un taller, como los relieves de la capilla de Hatshepsut, este enfoque puede utilizarse para reconstruir la ergonomía del sitio, distinguir el trabajo de personas individuales e incluso iluminar fenómenos tan intangibles como la relación entre maestro y aprendiz».

Imagen de portada: Gentileza de M. Jawornicki. Una sección de los relieves, que parecen homogéneos a pesar de haber sido realizados por varios escultores. 

FUENTE RESPONSABLE: El Español. Por David Barreira. Noviembre 2021

Antiguo Egipto/Arqueología/Arte/Faraones/Pintura/Historia/Sociedad y Cultura

Una sección de los relieves, que parecen homogéneos a pesar de haber sido realizados por varios escultores.