La importancia del no saber. Reflexiones en el día de la filosofía.

Por qué la UNESCO decidió en 2002 celebrar cada año el tercer jueves del mes de noviembre el día mundial de la filosofía? 

Parece que estaba convencida de que de ese modo la filosofía «ganaría reconocimiento», se «daría un fuerte impulso a la filosofía y, en particular, a la enseñanza de la filosofía en el mundo». 

¿Por qué en 2012 se concedió el premio príncipe de Asturias a Martha Nussbaum? Según el acta del jurado, «Martha C. Nussbaum, una de las voces más innovadoras e influyentes de la filosofía actual, sostiene una concepción universal de la dignidad humana y de los derechos de la mujer para superar los límites del relativismo cultural. 

Sus teorías se basan en el convencimiento de que quienes  entienden de distinta manera lo que es el bien pueden ponerse de acuerdo sobre principios éticos universales, aplicables allí donde se dé una situación de injusticia o discriminación. 

Martha C. Nussbaum defiende el papel de las humanidades en la educación como elemento imprescindible para la calidad de la democracia».

Y Emilio Lledó ¿por qué consiguió ese premio en 2015? 

En esta ocasión el jurado valoró que «Lledó concibe la Filosofía como meditación sobre el lenguaje y subraya la tendencia natural del ser humano hacia la comunicación. De este modo, hace suya la razón ilustrada a través de un diálogo que impulsa la convivencia en libertad y democracia».

Y al filósofo Amartya Sen este mismo año, ¿cómo es que le concedieron el premio princesa de Asturias? 

Leemos en el acta del jurado que «su enfoque de las capacidades de las personas se ha extendido al conjunto de las ciencias sociales. Toda su trayectoria intelectual ha contribuido de manera profunda y efectiva a promover la justicia, la libertad y la democracia. 

Su continuada y excelente labor ha influido de manera decisiva en los planes de desarrollo y en las políticas de las más relevantes instituciones mundiales».

Y entonces ¿por qué se elimina la asignatura de Ética del conjunto de materias obligatorias de la ESO, cuando se había llegado al acuerdo entre todos los partidos de que era tan necesaria, para introducir a cambio una materia de Educación en valores cívicos y éticos que puede ser impartida en cualquier curso de los cuatro que forman la ESO? 

El texto de la LOMLOE dice así: «En uno de los cursos de la etapa, todo el alumnado cursará la Educación en Valores cívicos y éticos, que prestará especial atención a la reflexión ética e incluirá contenidos referidos al conocimiento y respeto de los Derechos Humanos y de la Infancia, a los recogidos en la Constitución Española, a la educación para el desarrollo sostenible y la ciudadanía mundial, a la igualdad de mujeres y hombres y al valor del respeto a la diversidad, fomentando el espíritu crítico y la cultura de paz y no violencia». 

Más o menos se trataría de introducir en una hora lectiva semanal todos los objetivos generales de la ley y además llevarlos a una reflexión ética, como si el autor del texto hubiera diseñado una materia que fuera un resumen de todo el espíritu de la ley. 

Cualquier profesional de la enseñanza secundaria sabe que esto es inviable, no solo por la carencia de tiempo, sino porque el empeño en dictarle a la filosofía desde fuera cuáles tienen que ser los contenidos y los valores que enseñe es inútil. 

Por otra parte, ¿por qué desaparece una asignatura optativa llamada Filosofía, que gozaba de bastante aceptación entre el alumnado y que servía de introducción a la reflexión filosófica que habría de continuarse en el bachillerato?

Salta a la vista la incoherencia entre lo que se considera meritorio, loable, digno de reconocimiento en los foros internacionales y lo que creemos que hay que enseñar a nuestros alumnos. 

Y sin embargo lo más coherente sería que si algo nos parece bueno se lo diéramos a nuestros jóvenes. Pues de lo contrario nos encontraremos con el problema de cómo salvar esa distancia entre lo que una niña aprende en la enseñanza secundaria obligatoria, que termina en 4º de la ESO, y lo que esa misma niña creemos que debería apreciar cuando llegue a ser adulta. 

¿Por qué va a encontrar admirable algo que no entiende, que nunca se le ha enseñado, de lo que se le ha privado?

Los profesores de filosofía españoles sabemos que siempre que hay una ley nueva o una reforma tenemos que salir a la calle a defender nuestra materia. Estamos acostumbrados. 

Sea cual sea el gobierno que promueva esa ley o el motivo que se plantee, la filosofía queda de algún modo perjudicada. Y, sin embargo, año tras año aumenta lentamente el número de estudiantes que se decide por estos estudios en la universidad, o el número de personas que estudian filosofía como segunda carrera. Año tras año aumenta el número y la calidad de los trabajos que se presentan a la Olimpiada de Filosofía de Asturias y de España. 

¿Dónde queda entonces la pretendida adecuación entre la enseñanza y la demanda social?

En el último año de la enseñanza secundaria obligatoria las alumnas suelen tener 15 o 16 años, una edad perfecta para iniciarse en la reflexión filosófica. 

Y la forma más universal, más accesible y más necesaria para iniciarse en ella es la ética, la reflexión acerca de la acción, el bien y el mal, el deber, la felicidad, la justicia y otras ideas-problema que, sin abandonar su carácter problemático, han amueblado nuestra cultura desde sus comienzos. 

La filosofía y la ética enseñan a considerar todos estos conceptos como problemas, a aplicarles el escepticismo necesario para que una tenga que replantearse sus ideas, sus acciones, sus elecciones desde los fundamentos. Esto lo sabe cualquiera que ha leído en serio un libro de filosofía y es una experiencia que se repite cada vez que abrimos uno nuevo o que releemos uno que creíamos que ya habíamos entendido bien. 

También lo sabe quien se reúne con otras personas a discutir, como parece que hacía Sócrates en el ágora, y tiene que reconocer que aquello que creía saber en el fondo no lo sabe. 

La filosofía es un sano ejercicio de no saber absolutamente necesario para enfrentarse a cualquier tipo de conocimiento y de acción. 

¿Vamos a dejar que nuestra juventud termine su enseñanza obligatoria sin haberse dado este baño de incertidumbre? 

¿Sin que se entrene mínimamente en el examen de sí misma que según Sócrates hace a la vida digna de ser vivida? 

Es más: ¿con qué derecho vamos a permitir que solo aquellas que elijan los estudios universitarios tengan a su disposición una materia de filosofía que intente introducirlas en este laberinto? 

¿No supone esto un cierto elitismo, cuando los problemas de los que estamos hablando pertenecen a cada cual y también al conjunto de todos? 

¿Nos podemos permitir que los que opten por una vía profesional no se planteen las cuestiones éticas? ¿A qué nos conduciría todo esto?

Por otra parte, ¿es que solo algunas personas son dignas de la libertad de pensamiento? 

Porque la filosofía, más que crítica, consiste en ejercitar libremente el pensamiento, en librepensamiento. La filosofía consiste en cultivar la audacia de pensar por sí mismo, sin amos ni tutores. Esto hace que cualquiera que pretenda restarle importancia a la filosofía aparezca como sospechoso de querer erigirse en tutor utilizando precisamente la enseñanza como medio para entontecer a sus animales domésticos, como instrumento de control y encierro de la juventud, a la que, en lugar de a pensar por sí misma, hay que enseñarle a ocupar su puesto en la cadena, no ya productiva, sino de consumo-sumisión-emprendimiento.

Queda muy bonito hablar de filosofía en los ámbitos representativos mientras se la relega en las aulas o se la reserva solamente para algunos. 

Pero esta filosofía de titulares culturales es completamente inútil si no está apoyada por la humilde y callada tarea diaria de las aulas, en la que los sufridos profesores intentan sembrar en sus estudiantes el interés por los eternos problemas de la filosofía. 

La SAF, integrada en la Red Española de Filosofía, hace suyo el lema que estos días se está difundiendo por toda España: #ESO es Filosofía. 

Este día mundial de la filosofía nos pilla en plena defensa de la filosofía. Exigimos, simplemente un poco de coherencia. No hay cultura sin educación. 

El amor al saber, a la ciencia, a la justicia, que exigimos en todo el mundo y de los que no podemos prescindir no se improvisan ni se pueden adquirir de otra manera que en la lenta tarea de lectura, argumentación, discusión y confrontación de ideas en los que los profesores de filosofía entrenan a sus alumnos. Tenemos que defender la filosofía; sencillamente, no podemos permitirnos prescindir de ella.

Soledad G. Ferrer es presidenta de la Sociedad Asturiana de Filosofía.

Imagen de portada: Gentileza de Clase de Filosofía en un IES Sandra Alonso

FUENTE RESPONSABLE: La Voz de Asturias. Por Soledad G. Ferrer. Noviembre 2021

Filosofía/Su razón de ser/Premio Principe de Asturias/

Unesco /Derechos Humanos

«Cuando uno comprende mejor el núcleo de su vida puede revertirlo en actuaciones concretas».

El filósofo Josep María Esquirol es, según su propia filosofía, un resistente, alguien que propone un pensamiento a contrapelo, opuesto a la dirección que a muchos nos parece que toma el mundo.

En una época en que la tecnología y la ciencia prometen llevar al humano más allá de sí mismo, Esquirol (1963, Sant Joan de Mediona, Barcelona, España) apuesta por explotar primero todo el humano que tenemos dentro, frenar ciertas aspiraciones transhumanistas, mirarnos al interior y acentuar rasgos de nuestra condición para fortalecernos.

Esquirol practica lo que él acuña filosofía de la proximidad.

Su propuesta está recogida en volúmenes como «La resistencia íntima: Ensayo de una filosofía de la proximidad» (Acantilado, 2015) y su más reciente «Humano, más humano: Una antropología de la herida infinita» (Acantilado, 2021).

Como parte de nuestra cobertura del Hay Festival de Arequipa 2021, BBC Mundo conversó con Esquirol sobre su propuesta filosófica.

¿En qué consiste la filosofía de la proximidad y cómo se diferencia de otras filosofías?

Procuro no utilizar demasiadas etiquetas ni conceptos simplistas que aparentemente sitúan las cosas, pero en realidad no te dejan pensar demasiado bien.

Intento buscar un adjetivo que describa mi manera de hacer filosofía, el tipo de camino y pensamiento que procuro andar.

Me pareció que la palabra proximidad era adecuada.

Primero porque intento hacer una filosofía en donde la abstracción nunca se desconecte de lo concreto.

Es lo que en la filosofía contemporánea se ha llamado el mundo de la vida, de las experiencias fundamentales.

Y en cierto modo, la palabra proximidad recoge eso.

Quiero siempre que los verbos sean más radicales que los sustantivos. Y aunque hable de proximidad, en realidad lo que cuenta es el verbo que está detrás.

¿Y cuál es el verbo que está detrás? El hecho de aproximarse. A las cosas, a las situaciones, y sobre todo, a los demás.

Convertir al otro en el prójimo, acercarse a él.

Josep María Esquirol en su escritorio.

FUENTE DE LA IMAGEN – JORDI ESTEBAN

Además de defender una «filosofía sin lujos», Esquirol también apuesta por profundizar más en lo humano que llevamos dentro ante ciertas tendencias transhumanistas.

¿Tiene que ver esto con el hecho de que defiendas una filosofía sin lujos?

Cuando hablo de filosofía sin lujos, me refiero básicamente a que el pensamiento filosófico es una propuesta que explica, dice cosas y defiende cosas.

Sin embargo, no pretende explicarlo todo, no es una teoría omniabarcadora u omnie explicativa. No pretende dar un sentido global y reconoce sus límites.

Por eso hablo de filosofías sin lujos, modesta.

¿Y hay alguna forma de aplicar esto en nuestro beneficio?

En eso soy prudente y procuro no elaborar recetas fáciles que podrían resultar un poco forzadas.

Al final en cada ámbito profesional o de la vida lo que cuenta es la experiencia de cada cual.

Lo que pretendo entonces es acentuar algunos rasgos de nuestra condición humana para poder fortalecer y alimentar la vida de las personas.

Pero no creo que sea propio de la filosofía estar dando recetas de pasos a seguir.

Solo intento profundizar en comprender y ayudar a que los demás participen de esta comprensión.

Cuando uno comprende mejor el núcleo de su vida puede revertirlo en actuaciones concretas.

Esquirol firmando un libro.

FUENTE DE LA IMAGEN – JORDI ESTEBAN

El último libro de Esquirol se titula «Humano, más humano: Una antropología de la herida infinita».

Como parte de esta filosofía, rechazas de cierto modo algunas corrientes que piden ir más allá de lo humano porque te parece que no hemos terminado de explotar lo humano en sí. ¿Podrías explicarlo?

Hay aspectos cotidianos de la vida de las personas que no por ser cotidianos son superficiales. Todo lo contrario, tienen mucha profundidad.

En mi filosofía intento recuperar la fuerza y riqueza de la vida cotidiana frente a ciertos planteamientos teñidos de un romanticismo superficial, que exalta lo extraordinario y las aventuras más especiales.

Una especie de caricatura de romanticismo que no creo que le hace bien a las personas. En este sentido quiero recuperar la hondura de lo cotidiano.

Vivimos bajo una serie de discursos ideológicos que nos piden superarnos como humanos.

Se habla de todo lo que conseguiremos con las innovaciones tecnológicas y demás, pero opino que estas ideas transhumanistas nos desvían de lo más fundamental, que es profundizar todavía más en lo mejor que tenemos como humanos.

Tenemos todavía mucho terreno por recorrer.

Hay algo muy valioso de lo humano que tiene que ver con la sensibilidad, la fraternidad, que sin ninguna duda, desde el punto de vista social y colectivo, no hemos profundizado lo que deberíamos.

¿En qué momento crees que el humano ha empezado a menospreciar la cotidianidad?

Es difícil hacer este tipo de diagnósticos culturales e históricos.

Me parece que, sin que esto sea muy riguroso, hay dos elementos que han intervenido en la huida de lo sencillo, que por cierto no tiene por qué ser banal, porque lo sencillo también puede ser muy profundo.

Uno de ellos, como decía antes, es una herencia romántica algo deteriorada, un romanticismo de segunda categoría que ha derivado en la superficialidad.

El otro elemento tiene que ver con el pensamiento contemporáneo y el existencialismo.

No me refiero al existencialismo de autores como Sartre, sino de una cierta herencia también bastante superficial y pobre, que a veces ha tomado la forma de un lenguaje de autoayuda y que insiste en que la vida es decisión, un proyecto, una expansión.

Este tipo de lenguaje también ha ayudado a dejar de lado esta sencillez de la vida cotidiana en favor de proyectos extraordinarios y decisiones extraordinarias que han constituido nuestras vidas.

Josep María Esquirol.

FUENTE DE LA IMAGEN – JORDI ESTEBAN

¿Es por eso que te parece más importante construir más mundo en lugar de más futuro?

Obviamente no hay ningún problema en hablar de futuro ni en preparar cosas para el día de mañana.

Pero sí que es cierto es que hay un tipo de discurso de prepararse para el futuro que tiene un carácter un poco fatalista.

Cuando la gente dice que hemos de prepararnos para el futuro, estamos entendiendo el futuro como algo que viene y respecto a lo cual tú tienes que prepararte.

En este sentido me pareció mucho más plástico que en lugar de construir el futuro, deberíamos hacer que el mundo sea todavía más mundo, más habitable, más bello, más justo.

¿Confías en que profundizar más en lo humano y construir más mundo sean posibles con tanto estímulo externo, tanta distracción, con la velocidad que a veces parece que se mueve el mundo?

Soy consciente de que este planteamiento va a contracorriente. Sé que el contexto del mundo occidental tiene en este momento otra orientación y respira otra cosa.

Pero hay que resistir.

Que algo sea a contracorriente, a contrapelo, no significa que no tenga sentido o valor.

No sé que va a ocurrir en el futuro y nadie lo sabe.

Por eso deposito confianza en las cosas que tienen sentido, en profundizar la cotidianidad, en mi caso, en lo que respecta a mi valor como docente y escritor.

¿Eso supone para ti ser un buen resistente?

El buen resistente es una persona que sabe apreciar lo que vale la pena y que se esfuerza por ello aunque la civilización y la sociedad del momento no lo potencie.

El resistente siempre se mueve en un tipo de marginalidad que puede terminar siendo muy fecunda.

El resistente, precisamente, confía en ser fecundo a pesar de esa marginalidad.

Este artículo es parte del Hay Festival Arequipa digital, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza del 1 al 7 de noviembre de 2021.

Imagen de portada: Gentileza de Jordi Esteban

FUENTE RESPONSABLE: HayFestivalArequipa@BBCMundo por José Carlos Cueto. Noviembre 2021.

Filosofía/Sociedad/Futuro/Comprensión de lo humano en la cotidianeidad.

 

Aristóteles y la novela histórica

PERSPECTIVAS

En un célebre pasaje de la Poética (1451 b) Aristóteles afirma que la poesía “es más filosófica y elevada que la historia” (philophôteron kaì spoudaióteron), pues ésta dice “lo que ha sucedido”, y aquélla “lo que podría suceder”. 

Así pues, la poesía dice “lo general” (tà kathólou), y la historia “lo particular” (tà kath’hékaston). Previsivo, el filósofo poco antes nos advierte de que no es cuestión de formas: “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa, pues sería posible verificar las obras de Herodoto y no serían menos historia en verso que en prosa”. 

Seguramente Aristóteles está pensando en los primeros textos científicos de los filósofos naturalistas jonios, o de Parménides y Heráclito, que fueron escritos en verso, algunos de ellos en hexámetros dactílicos, el mismo metro de los poemas homéricos. 

El quid del asunto radica, más bien, en la actitud ante el asunto que se va a tratar, o a cantar: ¿ocurrió realmente? Y, si nos ponemos ontológicos, en nuestra relación con la realidad, si hemos de creer que lo que se narra realmente tuvo lugar. 

Para ello es fundamental el criterio de verdad. La historia tiene que ser verdadera. La poesía solo verosímil.

A lo largo de los siglos, desde la famosa traducción de Averroes en el siglo XII y después la de Alamán al latín en el XIII, la tradición exegética ha vuelto una y otra vez sobre este pasaje para ensalzar la superioridad de la poesía, la universalidad de sus miras, lo inagotable de sus horizontes, marcando de paso una brecha insalvable entre dos géneros. 

Modernamente otros han visto en esta diferenciación el origen de otro divorcio irreparable: entre la llamada literatura de ficción y la de no-ficción. Sin embargo, las travesuras de la imaginación, la terrible phantasía de la que Descartes no quería ni oír hablar, pueden resultar imprevisibles incluso para el mayor taxónomo de todos los tiempos.

Al parecer ya en el siglo XVII algunos narradores franceses como Madeleine de Scudéry y La Calprenède, precursores de la moderna novela, habían tenido la idea de ambientar en el pasado sus historias. 

Esto por no hablar del celebérrimo The Castle of Otranto de Horace Walpole, tenida por ser la primera novela gótica de terror, ambientada –cómo no- en la Italia medieval aunque escrita en la Inglaterra en el siglo XVIII. 

También en la Francia del XVIII autores como el Ábate Prévost escribían novelas como Les Aventures de Pomponius, chevalier romain, publicada en 1724. Pero incluso antes, si estimamos algunas novelas de caballería como la Estoria de Alexandre el Grand, que se remonta a los tiempos de Alfonso el Sabio. 

La idea, hay que decirlo, no era original. En la vieja Atenas de Esquilo, Los Persas, que pasa por ser la única tragedia basada en hechos históricos que se conserva, cuenta la dolorosa llegada de los emisarios de Jerjes a Susa, una de las capitales del imperio, para informar de la amarga derrota de la armada persa en Salamina. 

La tragedia fue estrenada en la primavera del 472 a.C., ocho años después de la batalla, ciento cincuenta antes de que Aristóteles escribiera la Poética.

Todos estos eran relatos ambientados en tiempos pasados, a veces incluso remotos, cuya intención era básicamente moralizante. Lo importante eran los protagonistas y su peripecia, su ejemplo de virtud y castidad, no el momento histórico. 

Para Georg Lukács, autor del influyente tratado La novela histórica (Berlín, 1955), quizás el primero en abordar el problema desde la sociología literaria, lo que caracteriza a la moderna novela histórica es, precisamente, el que su autor refleje en ella “su conciencia histórica”. No se trata de hacer un recuento cronológico, sino, como dice Carlos García Gual (Apología de la novela histórica, Barcelona, 2002), que el autor dé a los hechos “un marcado sentido histórico”.

Para Lukács, y es posición aceptada por la crítica, la novela histórica en tanto que género tiene fecha de nacimiento. Se trata de Waverley, de Walter Scott, novela publicada en Edimburgo en 1814. 

En ella, por primera vez, son los hechos históricos los que marcan y definen la peripecia y no al revés. La historia deja de ser un simple telón de fondo y se convierte en el complejo conjunto de las causas que determinan el argumento, el intrincado juego de coordenadas en que se instaura la errática vida de los personajes. 

La novela se enmarca en medio de la revolución jacobita que sacude a Escocia en 1745, un fallido intento por devolver el trono británico a la Casa de Estuardo. Eduard Waverley es un caballero inglés de ascendencia escocesa. Como oficial británico es enviado a Escocia poco antes de que estalle la rebelión. Allí se dedica a visitar a sus parientes, quienes lo acogen hospitalariamente. 

Al comenzar las hostilidades Eduard tiene el corazón dividido: debe luchar con las armas británicas pero ama a su familia y a sus raíces escocesas. No solo por eso se debate su corazón: su novia formal es la inglesa Rose Bradwardine, rubia y abnegada, la típica heroína pasiva; pero en Escocia se enamora perdidamente de la bellísima Flora MacIvor, morena y apasionada, ardiente y patriota highlander. El pusilánime Eduard cambiará de bando dos veces. Al final vencen los ingleses, pero Eduard es perdonado y se casa con Rose.

Los protagonistas de Scott son todo menos heroicos. Incapaces de sobreponerse a los hechos, son arrastrados por ellos sin apenas tener consciencia de lo que ocurre. Correctos y mediocres, son las fuerzas históricas las que deciden su destino. 

En este sentido, encarnan, como Charles, el marido de Madame Bovary, al perfecto héroe mediocre, tanto tiempo después de Aristófanes. A juicio de Lukács, el valor de Scott radica en haber plasmado la naturaleza humana en su dimensión estética. 

Su mérito indiscutible, “el dominio poético de la historia”. Influido e influyente autor del Romanticismo, creador él mismo del mito romántico de Escocia, escribió otras novelas populares como Ivanhoe o The Bride of Lammermoor. A estas alturas no habrá que decir que Scott, a quien la historia de la literatura considera el inventor de la novela histórica, gozó de una inmensa popularidad en su tiempo, con numerosos lectores en Inglaterra, Europa y Australia. 

Pero el suyo no fue un hallazgo original: se inspiró en las novelas de una anónima escritora alemana, Benedikte Naubert, quien llegó a escribir más de cincuenta narraciones históricas protagonizadas por personajes secundarios, no por héroes. Naubert, quien firmaba sus novelas con pseudónimo, eligió vivir en el más estricto anonimato y hoy es una perfecta desconocida, incluso en Alemania. Así funciona la historia de la literatura.

Tampoco habrá que recordar que la novela histórica goza hoy de una estupenda salud. Consentida de los medios y de los grandes grupos, infaltable en librerías de aeropuertos, habitualmente encabezando las listas de best sellers, este género, cultivado por autores como Eco, Vargas Llosa, García Márquez o Pérez-Reverte, disfruta cada vez más de la preferencia de unos lectores que gozan al imaginar a seres normales y corrientes viviendo y amando en un pasado remoto y tal vez ideal o idealizado. 

También en Venezuela se han escrito preciosas novelas históricas, comenzando por prácticamente el conjunto de la obra de Francisco Herrera Luque, verdadero clásico del género, hasta llegar a Miguel Otero Silva, Denzil Romero y Arturo Uslar Pietri (en mi opinión, La luna de Fausto y La visita en el tiempo son las dos mejores novelas históricas venezolanas escritas en el siglo XX). 

Todos ellos, hay que decirlo, se atrevieron a escribir desafiando las rígidas categorías dictadas por el filósofo de Estagira en su Poética.

Imagen de portada: Gentileza de Ilustración de la edición de 1892-1894 de la novela «Waverley» de Walter Scott. Colección privada, New York

FUENTE RESPONSABLE: Prodavinci. Por Mariano Nava Contreras

Aristosteles/Filosofia/Poesía/Historia/Veracidad/Sociedad/Cultura

El último viaje de René Descartes.

Descartes fue primero viajero y después filósofo. Al terminar sus estudios dejó de lado el “incierto mundo de los libros” para irse a viajar y leer “el libro del mundo”. El autor de la novela Invierno sueco investigó el perfil viajero de ese camino filosófico.

Matías Wiszniewer, escritor y filósofo

Matías Wiszniewer es comunicólogo por la Universidad de Buenos Aires, donde hizo un posgrado en Historia de la Filosofía Antigua, Medieval y Moderna. Por más de una década trabajó en un minucioso reportaje sobre la vida de Descartes y viajó tras los pasos de quien sería el personaje central de su novela histórica Invierno sueco, el último viaje de René Descartes (Letra Viva). 

Descubrió que la faceta viajera del gran filósofo francés no era la de un noble entregado a la buena vida: viajaba en barco y a caballo miles de kilómetros y participó de guerras, pero su verdadero motor fue la pregunta por la verdad, el encontrar algo de lo que pudiese estar absolutamente seguro.

–El Descartes viajero es la faceta menos conocida del filósofo angular del pensamiento moderno. Su novela histórica se centra en esa parte de su vida. Sus viajes tuvieron un papel central en el camino que tomó su pensamiento. ¿Hasta qué punto fue así?

–Luego de estudiar en La Flèche –el colegio más importante de Europa– en el Valle del Loire, a sus 22 años tomó una decisión radical, un giro en el pensamiento y en su vida: concluyó que los libros que había leído en la academia no le garantizaban alcanzar una verdad de la que pudiese estar totalmente seguro. Se dio cuenta de que los principales filósofos y autores que había estudiado tenían contradicciones profundas entre sí. Eso lo confundía, al no poder determinar quién tenía razón. Se autoanaliza y sintió a la manera socrática, que mientras más erudito era, más ignorante se volvía. Y su salida fue, de alguna manera, bíblica: decidió irse, emigrar. Obtuvo el título de abogado y partió dudando de todos los saberes establecidos, en busca de una verdad indubitable: “decidí abandonar el mundo de las letras para dirigirme al Libro del Mundo, no buscando otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo”.

–Me lo imagino buscando coincidencias entre culturas acerca de algo que pudiese ser cierto con seguridad. Pero comprobó que cada cultura es singular y que una misma cosa puede verse muy distinta según la perspectiva. ¿Cuáles fueron sus viajes?

–En los viajes tampoco encontró una certeza. Se enroló en el ejército protestante de Mauricio –caudillo holandés– y en el católico de Maximiliano de Baviera. Descartes era católico, así que el hecho de haber estado también en un ejército protestante sugiere que lo que le interesaba era viajar y conocer el mundo. El primer gran viaje fue entre 1618 y 1622: salió de Francia rumbo a Países Bajos, Dinamarca, Polonia, Silesia y Sacro Imperio (Bohemia, Moravia, Austria, Alemania, Hungría). Según mi tesis, antes de regresar a Francia recorrió el Imperio Otomano (Buda, Ragusa, Atenas, Antioquía y Damasco). Estudié sus principales biografías y entre 1620 y 1622 se desconoce dónde estuvo: algunos creen que podría haber estado en Medio Oriente. En 1622 regresó a Francia, viajó dos años por Italia y partió al exilio definitivo a Holanda, en 1629. Y en 1649 fue su último viaje, el que estructura mi novela: la navegación de Holanda a Suecia pasando por Alemania, Dinamarca y Polonia. No eran habituales este tipo de viajes: viajaban mercaderes, religiosos, diplomáticos o militares, así que Descartes fue un personaje casi único. A su familia le pareció una locura que un hombre con la vida resuelta dejará todo para recorrer el mundo en busca de “la verdad”. Partió sin saber bien adónde iba ni cuándo volvería. Desde entonces, nunca más tuvo casa fija. Lacan observó que Descartes “no era ni un profesor ni un dialéctico”, sino “un vagabundo”. Y que en ese vagabundeo encontró su camino hacia la ciencia.

–También el príncipe Siddhartha –luego Gautama Buda– abandonó las mieles del palacio y se volvió errante, no sé si buscando la verdad, pero sí algo que lo iluminara. Fue otro de esos extraños viajeros a contracorriente, como su contemporáneo Heródoto que viajó con la pretensión –nada menos– de “impedir que se borre la memoria de la historia de la humanidad”, según dice en el prólogo de su Historia. Los tres viajaban por razones que a nadie se le hubiera cruzado por la cabeza.

–Buda no nació sabiendo que había que iluminarse bajo un árbol. Se escapó del palacio para ver el mundo real que le ocultaban. Se fue con los jainistas –ascetas extremos– y con otras escuelas, pero nada lo convencía. Terminó eligiendo un “punto medio” entre la “autoindulgencia” y el “ascetismo extremo”. Y en su acto de meditación, en ese sentarse a la sombra de un árbol, se “iluminó”. Descartes también tuvo su “iluminación”: sus famosos sueños en la colina alemana de Neuburg mientras esperaba para enrolarse en el ejército católico. Así, arrojado al barro del mundo, encontró un fundamento. Y no fue en un claustro académico sino en la praxis, que es donde yo creo que se da la verdadera filosofía: en los actos de soñar y de viajar, en el sentido más profundo del viaje.

–Un proceso similar siguió Heródoto 2000 años antes, al investigar. Descubrió que había muchos pueblos y él no tenía forma de saber quién de todos los que le relataban hechos decía lo que realmente había sucedido en esas batallas y conquistas. No podía determinar cuál era la verdad de la historia.

–Luego de haber viajado, Descartes hizo una vuelta de tuerca y dijo: “voy a buscar la verdad en mí mismo”. Y este acto de indagar lo universal en su interior, nos remite a Buda. ¿Qué quiere decir “iluminarse”? Es entender algo del orden de lo verdadero. Fue en este giro hacia sí que Descartes creó su filosofía. No es casualidad que su obra clave fuese Meditaciones metafísicas. 

A Buda también las meditaciones lo llevaron a la iluminación. Otro antecedente de Descartes fue Lutero. En el marco de una asamblea frente al emperador Carlos V y delegados de la Santa Sede, le exigieron retractarse de sus críticas al Papa. Pero el fundador del protestantismo respondió: “no me puedo retractar porque mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios y no puedo ir contra mi conciencia”. ¿Qué es esto sino la afirmación, en sí mismo, de una verdad universal? Buda, Lutero y Descartes hicieron ese proceso.

 Lacan escribió que “sin el acto del Cogito no podría haber psicoanálisis”: sin la subjetividad moderna cartesiana, Freud no hubiese podido alumbrar su doctrina.

–Descartes vivió un momento histórico en que estaban en pugna las dos grandes verdades europeas. Había coincidencia en que la verdad la revelaba la Biblia, pero protestantes y católicos se exterminaron por ver quién tenía la interpretación correcta de ese libro, quién tenía la verdad sobre la verdad mayor. En medio de semejante grieta, apareció Descartes. Pero la saltó por arriba.

–Sí, supo que del laberinto se sale por arriba. Hoy se habla del fin de los grandes relatos, pero esos eran tiempos de Cisma de la Cristiandad, que fue algo tremendo: se resquebrajaba el edificio de la Iglesia y amenazaba con caérsele encima a todo el mundo. Llegó a haber tres Papas. Eso implicaba un gran vacío de sentido. Lutero planteó que la Iglesia no le daba respuestas, que el Papa era un delincuente y dijo “yo creo en mi conciencia”. No se puede entender a Descartes sin esa actitud anterior de Lutero. Si ya no hay un Papa infalible que me diga qué es verdadero o falso, solo queda confiar en mi conciencia. Eso generó la crisis escéptica del siglo XVI: los escépticos decían “no se puede saber nada”. Pero Descartes no aceptó esa resignación: la desafió y la llevó a fondo para poder salir de ella. Por eso Hegel lo consideró un héroe de la filosofía. En las Meditaciones, Descartes se sintió “tan turbado como si hubiera caído en un remolino de agua y no pudiera hacer pie ni nadar hasta la superficie…”, para después dar con el famoso fundamento indubitable “yo soy, yo existo”. Planteó que ya no se podía decir que no había verdad alguna. A partir de esa piedra basal, comenzó a construirse el edificio del pensamiento moderno. ¡Este sí que fue un viaje en el mejor de los sentidos! Porque él no sabía que iba a llegar hasta ahí cuando salió de Francia. Por eso creo que el viaje es la esencia del camino de Descartes para llegar a su filosofía. No fue un filósofo que viajaba: fue un hombre que viajaba porque no encontraba un fundamento. Y lo encontró al soñarlo durante el viaje. Ser filósofo fue lo último que le pasó, después de haber viajado y soñado.

–Primero hizo su largo viaje hacia el afuera, pero lo que buscaba terminó estando en lo más profundo de su ser. Había estado mirando donde no era. La meta estaba tan cerca, que no la veía. El viaje terminó cuando decidió sumergirse en sí.

–¡Sí! ¡Sí! ¡Exactamente! Su viaje exterior finalizó en las profundidades de sí mismo. Y para culminar se tuvo que establecer y dejar de viajar. En 1629 se instaló en Holanda y se dedicó a escribir. Terminó casi escondido para que nadie lo desconcentrara. Se aisló a meditar.

–¿Qué pudo averiguar usted acerca de cómo viajaba Descartes? Su errancia incluyó participar en guerras.

–Me llevó mucha investigación deducir cómo viajaba. Leí novelas de la época, ensayos y estudios históricos. Tuve que aprender a qué velocidad se viajaba por barco y a caballo, sus dos medios de locomoción. Descartes era un caballero de la baja nobleza, un hombre de caballo y espada con algo de Quijote. Para escenificar en la novela su último viaje, recorrí museos de navegación en Lisboa, Madrid, Ámsterdam, Rotterdam y Estocolmo. En Batavia –Holanda– hay construido un barco de 1629, de la Compañía de Indias Orientales, muy parecido al de ese último viaje. Lo estudié por dentro, recorrí los camarotes, cada cubierta y las salas. Descartes fue un viajero osado. Fue a una Alemania que era el ojo del huracán, más o menos como que había aparecido en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial. En plena Guerra de los 30 años se incorporó al ejército católico y estuvo en la gran batalla de Montaña Blanca, en 1620 cerca de Praga, donde el Sacro Imperio aplastó a los rebeldes Bohemios. Parece que el soldado Descartes actuó como asistente de artillería, haciendo cálculos de trayectos de balas de cañón. Pero lo que quería era conocer el mundo, contactar con las nuevas ideas que circulaban por Alemania. Y estuvo en Praga, que no era cualquier ciudad: veinte años antes había tenido su edad de oro con el emperador Rodolfo II, católico pero amigo de los protestantes. Se decía que estaba loco, pero era más un transgresor: convocó a sabios, místicos y alquimistas de toda Europa como Kepler y Giordano Bruno. Los grandes movimientos culturales e innovadores de la época estuvieron en esa Praga que después pisó Descartes.

–A juzgar por su novela, no la tuvo muy difícil para su época. No se lo ve muy falto de recursos ni con mucha necesidad de trabajar.

–No era pobre, está claro. Podría haber aceptado un cargo en algún Parlamento y vivir muy bien. Sin embargo, renunció a todo eso y consideró que le bastaría con un caballo y poder ir alquilando –o recibir prestadas– habitaciones con escritorio. Y tuvo un criado, algo básico para alguien de su clase. Antes de irse de Francia vendió lo que pudo, negoció con el padre e hizo inversiones en el Banco de Ámsterdam, que le permitieron solventar esas necesidades austeras.

–¿Dónde transcurrió Descartes su madurez y la escritura de su obra?

–En Holanda transcurrieron sus veinte años de vida adulta como escritor. Estuvo en Ámsterdam y luego en varias localidades hasta terminar en la pequeña Egmond, la cual visité. Alquilé una bicicleta y anduve tres días recorriendo esa comarca que aún está en medio de la nada, así que imaginemos hace 400 años lo que sería. Allí estuvo Descartes en sus últimos años, hasta que tomó el barco a Suecia, viaje central de Invierno sueco. La posada de Egmond que regentó una pareja suya con quien tuvo una hija aún existe, increíblemente. Yo estuve ahí una noche comiéndome un salmón.

–¿Descartes dejó registro de sus viajes?

–Hay varias fuentes, incluyendo el Discurso del Método donde habla de ellos y muchas de sus 586 cartas.

–Usted hizo cinco viajes reportando para la novela. Cuénteme algunas escenas de esa reconstrucción de la vida del personaje.

–Tomé un barco desde Ámsterdam a Estocolmo para sentir el aroma y ver el color del mar en agosto, la época del “último viaje”. Eso me permitió en la novela imaginar un alba con Descartes contemplando desde cubierta el castillo danés de Hamlet, tal como lo vi. En la ciudad francesa de Chatellerault entré a una de las casas donde estuvo: allí contacté a un funcionario municipal que, al llegar a la mansión, sacó un manojo de llaves y estuvo largo rato probando cuál era, hasta que pudo abrir la puerta: dentro había gatos escuálidos, palomas que salieron volando y telarañas colgando. Pero pude ver cómo eran los ambientes, el hogar a leña, y escenificar episodios de aquella cotidianidad perdida. A Estocolmo fui en enero –el mes más frío– y me levanté a las 4 de la mañana para caminar en soledad sobre el hielo, el mismo trayecto que hizo Descartes varias veces en los últimos días de su vida, cuando iba a visitar a la reina Cristina durante el “invierno sueco” de 1650. Hoy ese es el casco antiguo de la ciudad: casi no ha cambiado. Partí desde la que había sido la embajada francesa hasta el Palacio Real que se levantaba imponente en las sombras junto al mar. El filósofo murió en esa embajada el 11 de febrero de 1650.

–¿Cuál fue su acercamiento más intenso al personaje?

–Mi idea era ver su cráneo en el Museo del Hombre de París. Llevaba meses planificando este viaje, pero el museo estaba cerrado por refacciones y la colección completa había ido a parar a los sótanos del Museo de Ciencias Naturales. Mi ayudante en Francia se las ingenió para conseguir una entrevista con el encargado de custodiar esos depósitos, quien nos recibió en ese sótano, abrió una enorme caja fuerte, sacó un cajón y extrajo el cráneo para colocarlo sobre una mesa. Así estuve cara a cara con mi admirado Descartes y leí las inscripciones manuscritas en su frente, hechas por las muchas manos por las que pasó. El del cráneo fue otro gran viaje, narrado por Russell Shorto en Los huesos de Descartes. Cuando el esqueleto llegó de Estocolmo a París por pedido de Luis XIV, alguien se había robado el cráneo. El resto del cuerpo está hoy en la iglesia Saint Germain Des Prés, mientras que el cráneo atravesó múltiples transacciones hasta terminar en el Museo del Hombre. Luego de mostrarme el cráneo, el amable anfitrión puso sobre la mesa dos más: uno del Hombre de Cromañón y otro del Neandertal.

–Los cromañones fueron los primeros humanos modernos –lo que somos ahora– y el neandertal habría sido nuestra evolución anterior, acaso la primera que comenzó a pensar con cierta complejidad y capacidad de abstracción. Ahí estaban sus cráneos alineados con el del padre de la filosofía moderna occidental. ¡Vaya peso histórico sobre esa mesa! ¡Y vaya privilegio el suyo!

–Fue impresionante ver esos tres cráneos alineados frente a mí, como corporizando el enigma del pensamiento humano casi desde nuestro origen, hasta que un lejano descendiente encontró un fundamento que permitió barajar y dar de nuevo.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 Entrevista por Julián Varsavsky

Filosofía/Descartes

 

Para tod@s ustedes; amig@s virtuales amantes de las letras…

3 lecciones zen sobre el miedo.

Las lecciones zen sobre el miedo son también lecciones sobre el ego. Dicen los maestros de esa disciplina filosófica que si el ego tuviera motor, el miedo sería su combustible. Para ellos, en realidad no se puede hacer un gran inventario de miedos, sino que estos se reducen a solamente tres. Y los tres tienen que ver con lo que llamamos “yo”.

Si deseas conocer más; cliquea por favor donde está escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Desde esta perspectiva, todos los miedos que experimentamos los seres humanos tienen dos raíces bien definidas: el apego y la ignorancia. El apego nos hace vulnerables, porque implica fijar nuestra mente, nuestras emociones y nuestro deseo en algo externo. Por supuesto, esto entraña una primera forma de temor: el de perder aquello a lo que estamos apegados.

La ignorancia, por su parte, nos sumerge en un estado de incertidumbre y duda que facilita la aparición del miedo. El no reconocer el riesgo o el peligro de manera precisa y el no entender cuál es el camino para enfrentarlo, conduce a que nos sintamos invadidos de inseguridad y temor. Las lecciones zen sobre el miedo nos dicen que hay tres temores que surgen de esas dos raíces básicas. Son los siguientes.

“La fuente de todo nuestro temor proviene de nuestras propias mentes descontroladas o delirios”.

-Buda-

1. Conservar la vida, una de las lecciones zen sobre el miedo

La primera de las lecciones zen sobre el miedo nos indica que el temor más básico del ser humano es a perder la vida. Identificamos la pérdida de la vida, básicamente como la pérdida del cuerpo. Somos seres físicos y esa es nuestra realidad más elemental. Habitamos nuestro cuerpo y el miedo a perderlo es el miedo a dejar de ser.

Este miedo equivale al miedo a la muerte. Sin embargo, la muerte no es solamente la finalización total de nuestras funciones orgánicas. También hay, por así decirlo, otras escalas de pérdida del cuerpo en el camino hacia la muerte. Por ejemplo, se pueden perder capacidades, o la juventud, o el funcionamiento normal del organismo o la autoimagen.

Las lecciones zen sobre el miedo nos indican que el temor a perder la vida se puede hacer desaparecer a través del mismo cuerpo. Ese miedo es físico y si se destierra del cuerpo, sale también de la mente. Lo que se debe hacer es atender a las sensaciones corporales del miedo. Luego respirar abdominalmente, tranquilizar el latido del corazón y relajar los músculos.

Mujer con miedo

2. Perder el yo

El miedo a la pérdida del yo es también lo que podría llamarse miedo al cambio. Llegamos a creer que somos lo que acostumbramos ser. Las actividades que realizamos habitualmente, los espacios que ocupamos día a día, las personas que vemos cotidianamente.

Nos acostumbramos tanto a vernos de esta manera, que sentimos un fuerte temor si el contexto cambia y quedamos expuestos a la novedad. Es entonces cuando emerge el miedo a perder el yo, a no saber qué hacer ni cómo actuar. Es una especie de miedo a diluirnos, a no ser.

Las lecciones zen sobre el miedo insisten en que este miedo también puede erradicarse mediante ejercicios de respiración abdominal. Desde esa perspectiva, el abdomen es la fuente del valor. Dicen ellos que de allí es de donde emerge “el rugido de la vida”, es decir, nuestra tranquilidad y nuestro coraje. Aconsejan hacer una respiración más profunda (abdominal) cuando se sienta este tipo de temor.

hombre con círculo en la mente simbolizando las lecciones zen sobre el miedo

3. Miedo al sufrimiento

En general, se le llama sufrimiento a todo aquello que origine un extremo desgaste del sistema nervioso, produciendo una sensación displacentera y agobiante. Tiene que ver con carencias, limitaciones y frustraciones o deseos insatisfechos. Puede ser muy intenso y, en esos casos, llega a invadirnos y a paralizar otros aspectos de nuestro ser.

El camino para vencer el temor a sufrir, según las lecciones zen sobre el miedo, es el de trabajar por nuestro crecimiento espiritual. Cuando nos ubicamos en una perspectiva en la que todo lo que nos sucede es una oportunidad para evolucionar, desaparece poco a poco el miedo a sufrir. Se trata de ver el dolor físico o emocional como algo pasajero que nos ayuda a ser mejores.

Los maestros zen nos indican que el sufrimiento es un fenómeno que está en la mente. Es cada persona quien le otorga un significado positivo o negativo a las experiencias que vive. Por lo tanto, de cada quien depende cuánto está dispuesto a sufrir. De acuerdo con ello, el miedo al sufrimiento crece o disminuye.

Estas lecciones zen sobre el miedo nos recuerdan que somos nosotros mismo quienes alimentamos los temores, o trabajamos por bloquearlos. El mayor alimento de los miedos es la imaginación sin información. También la resistencia a los cambios y a los ciclos naturales de la vida. Finalmente, hay situaciones ineludibles y por mucho miedo que les tengamos, o por mucho que las eludamos, siempre nos alcanzarán.

Imagen de la portada: La Mente es Maravillosa

FUENTE RESPONSABLE: La Mente es Maravillosa

Cultura/Filosofía/Psicología

 

Malvinas, Deleuze y otros temas: la literatura para infancias se anima cada vez más a lo complejo.

Los autores Federico Lorenz, Matías Moscardi y Pablo Bernasconi reflexionaron sobre la producción editorial para niños en Argentina y cómo sus libros abordan temas sobre el lenguaje filosófico, la ficción, y el desafío de «conectar con el asombro».

Lejos del paradigma que limita temáticas a las edades, cada vez más la producción editorial orientada a infancias confía en la apropiación libre de sus lectores y alienta la creación de libros que abordan temas complejos, que trabajan sobre la experiencia de lo real o la verdad, generan preguntas sin cerrar las respuestas y se apartan de los prejuicios, como las novedades de Federico Lorenz sobre Malvinas, Matías Moscardi sobre Deleuze y Pablo Bernasconi, que acerca ideas como motores para mover el mundo.

La infancia no siempre ha sido como la entendemos ahora, porque la forma de definir a niños, niñas y adolescentes está en perpetua transformación. Y así como la idea de tiempo se problematiza, también los libros: mientras en el siglo pasado la literatura infantil pregonaba su potencial didáctico, las relecturas críticas convergieron en obras sin tabúes, imaginativas, como espacios creativos y de libertad. El entrañable autor italiano Gianni Rodari destacaba «el valor de liberación que puede tener la palabra». Y aclaraba: «no para que todos sean artistas sino para que nadie sea esclavo».

El poeta y ensayista Matías Moscardi es el autor detrás de «¡El gran Deleuze! Para pequeñas máquinas infantes» (Beatriz Viterbo), un libro «donde el concepto filosófico hace alianza con el juego». No fue pensado para un lector determinado sino que crea su propio lector, que está convocado en el título: las máquinas infantiles. Una máquina infante no tiene edad ni sexo determinado: se define por sus conexiones, sus multiplicidades, sus rizomas, sus devenires», dice a Télam.

El autor trae a cuento la posición crítica de César Aira, para quien la literatura infantil está sobredeterminada por la industria editorial. Esto lleva a una separación tácita entre los dominios de la infancia y la vida adulta. Aira está ´en contra ́ de la literatura infantil porque, para él, ´no inventa a su lector, operación definitoria de la genuina literatura, sino que lo da por inventar y concluido, con rasgos determinados por la sospechosa raza de los psicopedagogos´ (…) Y concluye: ´la literatura está brotando siempre de su fuente primigenia, la infancia, y toda separación es nefasta´».

El poeta y ensayista Matías Moscardi es el autor detrás de «¡El gran Deleuze! Para pequeñas máquinas infantes».

Argentina es un gran semillero editorial de literatura infantil y juvenil con muchos sellos especializados en ficción, no ficción, ilustración. En los últimos años, cada vez más editoriales apuesta por desterrar el miedo y la pedagogía y producen textos sobre temas difíciles con un abordaje no necesariamente ficcional, que van desde la muerte, el tiempo o la nada, como indagan algunos libros de Iamiqué, editorial fundada en el año 2000 para mostrar que la ciencia no muerde.

¿Hay temas complejos? ¿Más difíciles que otros en los libros destinados a infancias y juventudes? «Claro que hay temas complejos, incluso muy complejos. Algunos son complejos de abordar y otros son complejos de explicar», asegura Carla Baredes, cofundadora de Iamiqué junto a Ileana Lotersztain. «En nuestro caso, seguramente por las mismas razones por las que elegimos ser científicas y divulgadoras, la complejidad suele operar como un desafío».

Su catálogo se compone de distintos autores porque en cada proyecto lo que prima es lo académico o la experiencia porque «no es lo mismo que escriba sobre pubertad alguien que trabaja con púberes que alguien que no lo hizo nunca. No es lo mismo que escriba sobre nada alguien que hace filosofía con niños que alguien que no», advierte Baredes. Cuando encuentran al ideal, le dicen lo siguiente: «Nuestros libros no sirven para preparar una clase ni para responder cuestionarios…para eso están los libros escolares o internet. Hacemos libros para que sean leídos con placer, por elección, en patas, tirados en un sillón».

«Hacemos libros para que sean leídos con placer, por elección, en patas, tirados en un sillón»

CARLA BAREDES

Federico Lorenz, docente, investigador y especialista en Malvinas y Atlántico Sur, acaba de publicar «Postales desde Malvinas» (Norma), un diario de viaje escrito desde la mirada de un niño escrito y en clave muy poética y curiosa sobre las islas, desde la geografía, su historia, sus disputas y sus habitantes. A diferencia de otros textos donde el autor ha trabajado esta temática, el desafío de este libro fue «resistir, a veces, al adulto que quería volver a su edad y su experiencia de vida mientras el viajero-niño escribía».

«No fue un desafío en cuanto a dificultades con el registro de escritura, sino más bien de autocontrol en el sentido de que es un tema que me apasiona, un lugar bellísimo, y a la vez atravesado por una cantidad de sensibilidades e historias, que, precisamente, no son las de los más chicos. El desafío fue volver a ubicarse en las formas del asombro que este tiene en la infancia; pensar qué cosas me llamaban la atención cuando visitaba un museo, un nuevo lugar, o escuchaba a un adulto», confía Lorenz.

Federico Lorenz, docente, investigador y especialista en Malvinas.

Foto: gentileza editorial Norma/Sebastian Freire.

Es que si de temas complejos se trata, Malvinas cabecea: «Tengo una mirada bastante escéptica sobre la forma en la que los adultos tramitamos muchas cosas, y si hay algo que me vuelve optimista es el contacto con los más chicos. Mostrarles Malvinas en todos sus dobleces es la manera de dejar abierta una puerta y no reducirse a transmitir mandatos. Quería que sintieran mi amor por un lugar, pero no que lo amaran vicariamente, y sin ningún tipo de dogma asociado; quería que conocieran una forma de acercarse al mundo, sin que sea la única, ni siquiera la mejor, sino la mía. Y eso es una forma de honrar el tema del libro, también, que son unas islas atravesadas por mil historias, la guerra sólo una de ellas aunque tan presente».

En su opinión, «los más chicos, con sus preguntas, con sus planteos, son el mejor antídoto contra los binarismos. Y creo que eso se logra si uno se expone, si el lector u oyente detecta honestidad intelectual, compromiso con lo que uno está contando. En ese sentido, para mí escribir nunca es un artificio, es una manera de vivir, de decir, ´este soy yo, aquí estoy´».

«Los más chicos, con sus preguntas, con sus planteos, son el mejor antídoto contra los binarismos»

FEDERICO LORENZ

El ilustrador y autor Pablo Bernasconi sacó este mes el libro álbum «Para mover el mundo» (Fondo de Cultura Económica), donde construye puentes entre conceptos complejos de traducir e imágenes, mientras a la par va siguiendo un acrónimo que le «sirve como guía a partir de una premisa de Arquímedes: ´Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo´. El cruce de sentidos es casi mecánico (como lo es la palanca) y eso se vuelve internamente muy potente», piensa.

Bernasconi cuenta que para este trabajo volvió a poner en práctica su «confianza sobre el vehículo metafórico como transmisor gentil de ideas. En este libro, que es prácticamente de imágenes, este punto está especialmente enfocado a situar en la imagen el peso semántico, y en la metáfora la percepción personal. Entonces, los niveles de comprensión se expanden y apoyan ante la arquitectura conceptual que supone un desafío así».

¿Cómo es volver dinámico un lenguaje que a priori se presenta difícil, como la filosofía? En el caso de Moscardi la pregunta engloba un prejuicio porque supone «la idea de que los conceptos que maneja la filosofía serían aprehensibles solo y exclusivamente en términos intelectuales. El prejuicio es que comprendemos la filosofía a través del intelecto. En el caso de Deleuze, el problema está planteado de un modo muy distinto porque él siempre se preocupó por mantener cierta dimensión práctica, vital, de la filosofía. Los conceptos deleuzianos piden a gritos ser experimentados. Son propositivos».

 Pablo Bernasconi sacó este mes el libro álbum "Para mover el mundo".

Pablo Bernasconi sacó este mes el libro álbum «Para mover el mundo».

En este punto, y como ocurre en el libro, «hasta la pregunta más tonta es una gran pregunta filosófica, porque si la tomamos en serio y la asumimos hasta sus últimas consecuencias, cualquier pregunta puede sacarle brillo a la filosofía en todo su esplendor. Diría incluso que la filosofía es eso: asumir cualquier pregunta hasta sus últimas consecuencias»

En el cruce de la literatura y la filosofía como hace Moscardi, en ese pacto que establece Lorenz con la mirada del niño sobre Malvinas o en el ejercicio visual y metafórico que ejecuta Bernasconi con conceptos abstractos para construir significados legibles ¿el acercamiento literario, visual, con la no ficción asume una complejidad mayor al trabajar con algo parecido a «la verdad»?

Para Lorenz, «Postales desde Malvinas» pone en suspenso la idea de verdad: no podemos amar lo que no conocemos, no podemos discutir sobre lo que no sabemos, y las formas de transmisión del tema han tenido muchísimo de eso. Darle densidad a un tema es trabajar para la verdad, en el sentido de que los lectores pueden construir su visión personal sobre un tema. Yo soy muy respetuoso de mis lectores, a los que siempre pienso como pienso a mis estudiantes, jamás subestimar la posibilidad de que ellos arribaran a conclusiones más acertadas que las mías».

«Entonces -continúa- la idea de ‘verdad’ es secundaria frente a la de experiencia, lo que pasa a ser verdadera es la apropiación de un tema, de una historia, o mejor, de muchas historias. No es un libro mandato, sino un libro invitación, eso es lo que siempre me propongo al escribir o enseñar: invitar a que todos se sientan capaces de construir su mirada sobre las cosas. Aquí lo verdadero es un profesor conmovido por su historia, atravesada indirectamente por la guerra, que lo llevó a descubrir que sabía poco y nada de un lugar sobre el que creemos saber todo. Desandar ese camino es algo que probablemente los más pequeños estén en mejores condiciones de hacer que nosotros».

Además de «Para mover el mundo», Bernasconi tiene otros libros de esos que se asumen difíciles en sus temáticas, como «Mentiras y moretones» donde trabaja con los golpes y los dolores y problemáticas recurrentes de la vida moderna como el inconformismo o la ansiedad. Para él, «cada libro que se plantea desde un lugar de no ficción tiene un complemento testimonial. Pero eso no significa que deba atenerse a la descripción detallada de una experiencia propia para volverlo materia literaria», aclara.

«Tanto en ‘Mentiras y Moretones’, en donde cada cuento está basado en situaciones que me tocaron vivir durante dos años bastante duros, como en ´Para mover el mundo´, donde la concepción radical de pensamientos y convicciones que tengo sobre cierto funcionamiento ideal de nuestra sociedad, el secreto está en expandir y potenciar éste sentido a través de la metáfora, de las analogías, de las paradojas, que nos permiten perspectivas mucho más tangenciales y a la vez directas y memorables», resume Bernasconi.

Imagen de portada: Gentileza de Agencia Télam

FUENTE RESPONSABLE. Agencia Télam por Milena Heinrich

Literatura Infantil/Cuentos/Islas Malvinas/Filosofía

La verdad deshonesta

La foto de portada es la tapa del libro «Austerlitz», de WG. G. Sebald.

Nadie estaría de acuerdo en que algo engañoso pueda ser verdadero, aunque más no sea, inversamente, porque la verdad nunca engaña. 

Sin embargo, esta constatación vuelve el caso de la obra arte un poco menos evidente. 

El problema es antiguo, y vuelve cada tanto. Esta vez la excusa del regreso es la publicación de Speak, Silence: In Search of WG Sebald, la biografía que Carole Angier escribió del escritor alemán.

Sebald encontró –tal vez sin quererlo, tal vez porque no hay ya otra manera de escribir para quien no sea ni cándido ni craso–, una indistinción por la que lo que era novela no lo era y lo que era ensayo o crónica, tampoco. 

La imputación que la investigación de Angier hace pensar sobre él presenta como una de las pruebas el uso de las fotografías.

Son por lo general, como señaló la crítica Lucasta Miller en un artículo en The Spectator, imágenes un poco oníricas, que vienen de otro mundo, el del pasado.

En Austerlitz había un chico.

Nos enteramos ahora que quien está en la foto no es el chico judío refugiado que pensábamos sino, siempre según Angier, un chico inglés cualquiera de preguerra cuya imagen Sebald tomó de una postal comprada.

A Miller este descubrimiento parece decepcionarla, sobre todo porque el propio autor habría hablado en entrevistas del chico judío de la foto. Se alegan también otras minucias como el uso de citas bibliográficas inexistentes en ensayos académicos sobre Friedrich Hölderlin, y quién sabe cuántas cosas más.

Queda como relente la impresión de que el lector ha sido estafado porque se rompió el hechizo de la verdad. 

Sin embargo, habría que preguntarse: ¿se rompió realmente? Habría que preguntarse además: ¿pueden entonces las obras de arte (los libros de Sebald lo son) ser deshonestas sin dejar de ser verdaderas? Eso dependerá de dónde concluya cada uno que está la verdad en el arte. 

Podría ser que estuviera aquí y allá, pero será siempre la misma verdad, porque no hay más que una.

Por ejemplo, ante una pintura histórica el observador no se pregunta si lo representado es cierto o si el modelo que el pintor usó para el prócer fue su vecino de puerta o si Lucrecia era en realidad un rostro que había visto en el burdel. 

El pintor no es un profesor de historia y esa pregunta implicaría darle a la comprensión empírica un valor esencial cuando es accidental, meramente informativo.

Pero esto no es, creo, porque el arte “mienta”, sino porque dice otra verdad, la única, la que importa. En Homero, poesía, filosofía, historia nos resultan ya indistinguibles.

La literatura no pertenece al mundo que no es literatura. El mundo que no es literatura está contenido en la literatura, sin ser por eso literatura. Pero el mundo no queda negado ni abolido. El mundo, entendido de esta manera, es invención del arte.

Lo que es poéticamente posible es absolutamente real. La literatura necesita del mundo para existir, del mismo modo que lo ideal precisa de lo real para manifestarse. 

El mundo es la literatura representada, y no al revés, como prescribiría el realismo, presa del engaño persuasivo de la realidad. La realidad suele engañarnos; la obra de arte, cuando lo es en serio, nunca. 

Por eso pudo decir famosamente Aristóteles en su Poética que la poesía era más filosófica que la historia y tenía un carácter más elevado que ella, dado que la poesía contaba lo general y la historia, lo particular. 

Aunque parezca insólito, no son pocos los artistas (ni hablemos de quienes escriben) que trafican lo particular de la historia. Sebald no se contaba entre esos. 

Finalmente, aun antes de que los libros de Sebald sean olvidados (vivimos entre cosas perecederas) se olvidará la minucia documental, y ya no importará si ese chico era el refugiado o el inglés de paseo, porque ese chico será todos los chicos y un único chico.

FUENTE: LA NACIÓN – Por Pablo Gianera

 

Más que interesante – Final

Nicolás Mavrakis es el autor del flamante libro “Byung-Chul Han y lo político” (Prometeo).

Ahí es donde me parece que él hila muy bien una sensación general de los usuarios de internet: pensemos la totalidad del mundo civilizado, que experimenta ese malestar, agotamiento y sin embargo son sensaciones que entran en contradicción evidente con este mundo digital del ‘Me gusta’ permanente»

Fue en el año 2015 -hace tan solo seis años- cuando conocimos de manera masiva, traducida en Argentina, la mayor parte de la obra de este pensador especialista en Martín Heidegger y promocionado entonces como “la gran revelación de la filosofía occidental”.

Allí se produjo un desembarco que entonces incluyó los títulos “La sociedad del cansancio” (2012), “La sociedad de la transparencia” (2013), “La agonía del Eros” y «En el enjambre y Psicopolítica” (2014), todos éxitos de ventas en Europa.

“Hay algo clave en todos los libros de Han que es esta actitud pesimista, que hay que entender como el típico gesto del Romanticismo.

El de aquel que denuncia un malestar del presente, nuestro presente tecnológico diríamos hoy, en contraste con un tiempo pasado que se supone habrá sido bueno, tiempo en que los rituales se cumplían, o con un tiempo futuro por venir en el que los rituales volverán a cumplirse”, señala Mavrakis.

La percepción del autor de «No alimenten al troll» y «En guerra con la piel» se acentúa especialmente en el caso de “La desaparición de los rituales”, donde Han no solo esboza una genealogía de la desaparición de los ceremonias y ritos, sino que se anima a citar “El Principito” y aventura diversas alternativas para liberar a la sociedad de su narcisismo colectivo gracias a, claro está, aquello que da por desaparecido en el título del mencionado libro.

«¿Por qué Han es un crítico romántico? -se interroga Mavrakis-. Porque en definitiva no importa tanto aquel pasado perdido o futuro por venir, sino lo que le interesa a él (romántico en sentido que refiere a futuros o pasados idealizados, abstractos, irrealizables o irrealizados) es la denuncia por ese malestar en el presente».

«Esa es la actitud romántica de Han: mostrar la disconformidad con lo que hay en la actualidad, y se contrasta con lo que pudo haber o lo que habrá, un espacio indefinido, aquello que alguna vez fuimos o aquello que alguna vez volveremos a ser, es decir, lo que no existe.

Solo sirve para mostrar el malestar ante lo que se nos impone en determinada época, en este caso, la vida digital masificada, una vida que pasa a través de las redes sociales, algo que se intensificó mucho más después de la pandemia de Covid”, deduce el escritor.

FUENTE: Por Mercedes Ezquiaga