La tragedia en los Alpes, el efecto más extremo del camino hacia la extinción de los glaciares.

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Los glaciares del mundo mueren inexorablemente. El recalentamiento del planeta los funde y, en su desaparición, se vuelven más inestables, quebradizos y mortales. El fallecimiento de, al menos, siete personas al derrumbarse el glaciar de La Marmolada, en Italia ha evidenciado los efectos de la crisis climática sobre la Tierra.

Ante un episodio como el de las Dolomitas, “se te viene a la cabeza que algo está pasando con los glaciares y ese algo está relacionado con los incrementos de temperatura, pero también con la evolución de la nieve en invierno, que es lo que alimenta los glaciares”, cuenta el investigador del Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC (IPE) Jesús Revuelto.

Con más temperatura el hielo del glaciar se hace más frágil: se funde más por dentro, hay más agua líquida que presiona y puede hacer que se rompa.

Jesús Revuelto, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología-Csic

Estas oleadas y avalanchas atestiguan la inestabilidad de los glaciares: “Su retroceso ha hecho decrecer la estabilidad de las laderas montañosas”, explica el informe científico específico sobre criosfera y cambio climático de la ONU.

“Los glaciares son dinámicos, se mueven, y cuando aumenta la temperatura pueden volverse más peligrosos”, abunda Revuelto. El hielo “no es un bloque compacto. Tiene canalizaciones, recorridos, huecos… y con más temperatura se hace más frágil: se funde más por dentro, hay más agua líquida que presiona el hielo y puede hacer que se rompa”.

Así que, a medida que se derriten, es más factible que se produzcan avalanchas de millones metros cúbicos de hielo y piedras que se derrumban a más de 100 kilómetros por hora, como ha ocurrido en La Marmolada. El Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático –IPCC– ha constatado que “el declive de los glaciares (además de la nieve y el permafrost) ha alterado la frecuencia, magnitud y localización de casi todos los peligros naturales”.

Porque, lo que demuestran las observaciones científicas consolidadas es que “hay un incremento térmico marcado y es debido en gran medida a las actividades humanas. Y, al mismo tiempo, existe una pérdida de glaciar”, afirma el investigador del IPE. “Año tras año, vemos que ningún glaciar gana. Los cursos malos pierden mucho. En los más favorables, se quedan como están”.

El IPE ha probado que, entre 2011 y 2020, los glaciares de los Pirineos perdieron un quinto de su superficie y un promedio de seis metros de espesor de hielo. “El mismo ritmo de pérdida constatado en la década de 1980”. Tres pequeños glaciares se habían convertido en helero, es decir, ya no tienen movimiento. Estos ríos de hielo perpetuo son los más meridionales de Europa y “su supervivencia está amenazada por el cambio climático”.

“Los glaciares se rigen por la nieve que cae y se acumula en invierno. Se compacta y se hace hielo que, por la gravedad, empuja las capas de más abajo. Así se desplaza y se funde”, relata Revuelto. “El cambio climático ha roto ese equilibrio. La parte frontal cada vez se retrasa a más altura, es más rápido el retroceso del frontal que la creación en la parte alta”.

Todas las montañas del planeta se han visto afectadas por este efecto evidente del calentamiento global. “Todos los glaciares han retrocedido desde la segunda mitad del siglo XIX y con tasas elevadas desde la década de 1990”, avisaba el informe científico de la ONU. “Esta pérdida de masa no tiene precedentes en, al menos, 2.000 años y va a continuar durante décadas incluso si se consigue estabilizar la temperatura del planeta”, remataba.

Imagen parte de un vídeo de los Servicios Italianos de Rescate en Marmolada EFE/EPA/SOCCORSO ALPINO/ HANDOUT

En España, el hábitat de glaciares permanentes se circunscribe “a las acumulaciones en los macizos más altos del Pirineo central aragonés”, según la descripción oficial. Esos macizos son Infiernos, Monte Perdido, Posets y Maladeta, recuenta su ficha. El diagnóstico gubernamental de 2006 decía: “Desde la década de los años 80 del pasado siglo han experimentado un marcado retroceso en superficie y volumen”.

Más gente en la montaña, más peligros.

Así que, a la alteración de la frecuencia de los peligros que causa el deshielo glaciar, se le ha unido la multiplicación de la presencia de humanos en estos espacios. “La exposición a estos peligros se ha incrementado por el crecimiento de la población, el turismo y el desarrollo económico”, apuntaba el IPCC.

Es, en parte, lo que ha ocurrido en La Marmolada. Y lo que ha pasado, a menor escala, en el glaciar del Aneto (en el Pirineo oscense) este fin de semana cuando la Guardia Civil ha tenido que realizar cuatro rescates de montañeros a pesar de haber emitido días antes una alerta por el mal estado del hielo: las altas temperaturas habían fundido la capa más superficial asomando otra mucho más dura que impedía la progresión segura.

El IPCC ha documentado que “en varias regiones, la pérdida de rutas seguras ha reducido las oportunidades de montañismo”.

El investigador Revuelta añade que “los glaciares siempre han tenido este tipo de dinámica [se funden y desprenden], pero hay momentos en los que coinciden los ingredientes que provocan estos episodios. En el caso de la Marmolada ha hecho mucho calor –Italia padece una ola de calor con registros inusualmente altos–, pero es que ”también la nieve está en cotas más altas porque las últimas nevadas fueron hace meses y se ha fundido más, con lo que el glaciar está desprotegido de la radiación solar“, completa Revuelta.  

Imagen de portada: Gentileza de elDiario.es

FUENTE RESPONSABLE: elDiario.es – España – Por Raúl Rejón. 4 de julio 2022.

Sociedad/Cambio climático/Medio Ambiente/Glaciares/

Deshielo/ Tragedia.

El ‘fin del mundo’ si el glaciar más grande de la Antártida se derrite.

Thwaites, el glaciar más grande de la Antártida podría derretirse en los próximos años ocasionando el ‘fin del mundo’, dicen expertos.

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El glaciar Thwaites es uno de los más grandes de la Antártida, con una extensión total de 192 mil kilómetros cuadrados. Su superficie es tan grande que se asemeja a Reino Unido o al estado de Florida. Es de suponerse que semejante estructura de hielo sea de gran importancia para el planeta, augurando incluso el fin del mundo si el glaciar llegara a derretirse por completo.

El Thwaites es una de las principales barreras de defensa con las que la Antártida cuenta para contener el cambio climático, así como contra el aumento del nivel del mar. El problema es que se está derritiendo y ha comenzado a resquebrajarse en secciones más pequeñas, así lo anuncian expertos de la Universidad de Gotemburgo, en Suecia.

glaciar Thwaites más grande de Antártida

Thwaites, el glaciar más grande de la Antártida

Descubrieron que se está generando un deshielo en la parte baja del glaciar gracias a sonares utilizados durante la investigación. Midieron la oxigenación, salinidad y fuerza de las corrientes que atraviesan por debajo de Thwaites.

“Los canales por los que el agua caliente accede y ataca a Thwaites no los conocíamos antes de la investigación. Utilizando los instrumentos sonares del barco, anidados con la cartografía oceánica de muy alta resolución del ‘Ran’ (Submarino de la investigación), pudimos descubrir que hay caminos distintos que el agua toma para entrar y salir de la cavidad de la plataforma de hielo, influenciados por la geometría del fondo oceánico”, explica Alastair Graham, investigador principal.

glaciar en la Antártida

Pero no es lo único preocupante, pues mediante imágenes satelitales también se detectaron grietas diagonales en el enorme cuerpo de hielo. Esto indica que en un futuro el glaciar más grande de la Antártida comenzará a resquebrajarse y se teme por su desaparición. Al ser un cuerpo muy grande de hielo, ayuda al planeta a mantener la temperatura global estable. Además, la gran superficie de hielo ha actuado hasta ahora como muro de contención contra el aumento del nivel del mar, si se derrite tal cantidad de agua, el nivel aumentaría peligrosamente.

“Si esta plataforma de hielo flotante se rompe, el glaciar Thwaites se acelerará y su contribución al aumento del nivel del mar llegará hasta el 25 %”, dice Graham.

Un aumento de hasta 3 metros en el mar 

En tal caso, gran parte del glaciar podría colapsar y resquebrajarse en distintos icebergs que flotarán sin rumbo para luego desaparecer. Este es el peor escenario y la máxima preocupación de los expertos que prevén que Thwaites, el glaciar más grande de la Antártida podría comenzar su colapso en un tiempo estimado de cinco años.

glaciar Thwaites Antártida

No obstante, este sería tan sólo el comienzo pues Thwaites actúa como una barrera y ralentiza el flujo de los glaciares vecinos. Es por esta razón que ha recibido el nombre de el glaciar del ‘Juicio Final’, pues su colapso es sinónimo de una catástrofe en la Antártida y el mundo que vería una elevación del nivel del mar de hasta tres metros.

Según datos del New York Times, desde 1980 y hasta el 2017, cerca de 600 mil millones de toneladas de hielo han terminado por derretirse en la Antártida. Una cifra preocupante que al parecer irá en aumento en los próximos años.

Imagen de portada: Gentileza de El Confidencial

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Enero 2022

Cambio climático/Glaciares/Deshielos/Colapsos ambientales

Que es y que riesgos implica el «Glaciar del Juicio Final», que está en la Antártida.

Las grietas y fisuras avivan los temores de una ruptura que podría llevar a un aumento de mas de medio metro en el nivel global del mar.

Hace veinte años, un área de hielo que se pensaba pesaba casi 500 mil millones de toneladas se separó dramáticamente del continente antártico y se rompió en miles de icebergs en el mar de Weddell.

Se sabía que la plataforma de hielo Larsen B de 3250 km2 se estaba derritiendo rápidamente, pero nadie había predicho que tomaría solo un mes para que el gigante de 200 metros de espesor se desintegre por completo.

Esta semana, los científicos del hielo reunidos en Nueva Orleans advirtieron que algo aún más alarmante se estaba gestando en la capa de hielo de la Antártida occidental, una vasta cuenca de hielo en la península antártica.

Años de investigación por equipos de investigadores británicos y estadounidenses demostraron que se habían abierto grandes grietas y fisuras tanto en la parte superior como debajo del glaciar Thwaites, uno de los más grandes del mundo, y se temía que partes de él también pudieran fracturarse. y colapsar posiblemente dentro de cinco años o menos.

Thwaites hace que Larsen B parezca un cubito. Es aproximadamente 100 veces más grande, aproximadamente del tamaño de Gran Bretaña, y contiene suficiente agua por sí sola para elevar el nivel del mar en todo el mundo en más de medio metro. Contribuye con alrededor del 4% del aumento anual del nivel del mar en todo el mundo y ha sido llamado el glaciar más importante del mundo, incluso el glaciar del “día del juicio final”. Los estudios satelitales muestran que se está derritiendo mucho más rápido que en la década de 1990.

Thwaites es preocupante, pero hay muchos otros grandes glaciares en la Antártida que también retroceden, adelgazan y se derriten a medida que el Océano Austral se calienta. Muchos están siendo retenidos porque Thwaites actúa como un corcho, bloqueando su salida al mar. Si Thwaites se derrumbara, los científicos creen que los demás se acelerarían, lo que provocaría el colapso de toda la capa de hielo y un catastrófico aumento global del nivel del mar de varios metros.

Si pueden colapsar y con qué rapidez son algunas de las preguntas más importantes de la época. Los niveles del mar están aumentando rápidamente: la tasa anual de aumento se duplicó con creces de 1,4 mm a 3,6 mm entre 2006 y 2015 , y se aceleró. Unos pocos milímetros al año no suenan mucho, pero la pérdida de incluso una pequeña parte de Thwaites no solo ayudaría a acelerar esto aún más, sino que probablemente aumentaría la severidad de las marejadas ciclónicas.

Si todos los glaciares de la Antártida Occidental colapsaran alguna vez, no hay ciudad costera en el mundo que, con el tiempo, no se vea inundada con un costo ruinoso para la vida y la economía.

Imagen de portada: Gentileza de Continental. Argentina.

FUENTE RESPONSABLE: Continental. Actualidad.

Ciencia/Sociedad/Cambio Climático/Glaciares/

 

Descongelando a Ötzi, el hombre de hielo.

Vive la autopsia al hombre congelado desde hace 5.300 años a través de las fotografías de Robert Clark.

1 / 22  – El hombre de hielo

El brazo del hombre del hielo se descongela sobre una lámina de papel de aluminio esterilizado.

Foto: Robert Clark

2 / 22 – Modelo de Ötzi a tamaño natural

A partir de escáneres 3D del esqueleto y otros datos anatómicos del Hombre del Hielo, Adrie y Alfons Kennis crearon un modelo a tamaño natural. Los científicos pensaban que sus ojos eran azules; ahora el ADN indica que eran marrones.- Foto: Robert Clark

3 / 22

El calzado

Llevaba calzado de cuero y paja (arriba), unido con fibras de corteza.

Robert Clark

4 / 22

Acción bacteriana

Después de trasladar el Hombre del Hielo a un laboratorio, los investigadores subieron la temperatura a 18 ºC para descongelarlo sobre una lámina de papel de aluminio esterilizado. El cuerpo fue colocado en el interior de una caja hecha a medida para dar cabida a los pies, que estaban entrecruzados, y al brazo izquierdo, extendido en una posición inusual. Los ocho decilitros de agua derretida, recogida durante la descongelación a lo largo de toda una noche, está siendo analizada para certificar si algunas bacterias adaptadas al frío contribuyeron a la descomposición de la momia.

Robert Clark

5 / 22

Autopsia en frío

Tras una autopsia en el Museo de Arqueología del Sur del Tirol en Bolzano, Italia, que duró nueve horas, el Hombre del Hielo descongelado fue sometido de nuevo a una temperatura de -6 ºC. Posteriormente será depositado sobre la gran lámina de vidrio en la que yace expuesto al público.

Robert Clark

6 / 22

Alpes de Ötztal

La flecha señala el lugar donde unos montañistas descubrieron en 1991 el cuerpo momificado, asomando del hielo de un glaciar en una hondonada rocosa a 3.200 metros de altitud. Alrededor había varios objetos calcolíticos. El lugar, en la vertiente italiana de los Alpes de Ötztal, dio pie al apodo del Hombre del Hielo: Ötzi.

Robert Clark

7 / 22

Museo de Arqueología del Sur del Tirol de Bolzano

En su rígido y gélido reposo, el Hombre del Hielo se aloja en una cámara similar a un iglú, en el Museo de Arqueología del Sur del Tirol de Bolzano, Italia. A seis grados bajo cero y 98,5 % de humedad relativa, reproduce el entorno glacial donde fue hallado y que lo preservó durante más de cinco milenios.

Foto: Robert Clark

8 / 22

A la vista de todos

Tras una autopsia en el Museo de Arqueología del Sur del Tirol en Bolzano, Italia, que duró nueve horas, el Hombre del Hielo descongelado fue sometido de nuevo a una temperatura de -6 ºC. Posteriormente será depositado sobre la gran lámina de vidrio en la que yace expuesto al público.

Foto: Robert Clark

9 / 22

Las causas de la muerte

Eduard Egarter Vigl (señalando) y sus colegas exploran con un endoscopio la punta de la flecha alojada en el hombro del Hombre del Hielo. La flecha le seccionó una arteria y le causó una hemorragia mortal.

Robert Clark

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Complicaciones médicas

Los neurocirujanos extrajeron trozos de un coágulo, que hacen pensar en un traumatismo encefálico antes de morir.

Foto: Robert Clark

11 / 22

Un buen trabajo forense

Escrutado y diseccionado durante nueve horas seguidas, los científicos lograron reunir abundantes pistas biológicas sobre la vida y la muerte del Hombre del Hielo.

Fofo: Robert Clark

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Tatuajes curativos

La cruz tatuada cerca de la rodilla pudo ser un remedio popular contra la artritis.

Fofo: Robert Clark

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Un buen comensal

Al ver los restos de su última comida en el estómago (en tubos de ensayo), uno de los médicos exclamó: «¡Tenía buen apetito!».

Foto: Robert Clark

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Momificado por segunda vez

Minutos antes de colocar el Hombre del Hielo de nuevo en su lugar de exhibición, el patólogo Eduard Egarter Vigl rocía la momia con una fina capa vaporizada de agua esterilizada, que se congela al entrar en contacto con el cuerpo y forma una brillante película que lo protege de la contaminación y reduce la deshidratación.

Foto: Robert Clark

15 / 22

Primeros auxilios

Dos trozos de hongo yesquero del abedul ensartados en tiras de cuero, tal vez utilizados para detener hemorragias y prevenir infecciones, formaban parte de su botiquín.

Todos los objetos fueron fotografiados en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, Bolzano.

Foto: Robert Clark

16 / 22

Defensa y supervivencia

La daga del Hombre del Hielo tenía una hoja de pedernal y una funda.

Todos los objetos fueron fotografiados en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, Bolzano.

Foto: Robert Clark

17 / 22

Muestras de respeto

El hacha con hoja de cobre, poco habitual entonces, sugiere un estatus social elevado.

Todos los objetos fueron fotografiados en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, Bolzano.

Foto: Robert Clark

18 / 22

Armas arrojadizas

Dos flechas servían para cazar y como defensa personal.

Todos los objetos fueron fotografiados en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, Bolzano.

Foto: Robert Clark

19 / 22

Una aciaga primavera

La hoja de arce se usó para envolver brasas; la clorofila que contiene indica que se recogió aún verde, probablemente a finales de la primavera.

Todos los objetos fueron fotografiados en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, Bolzano.

Foto: Robert Clark

20 / 22

Calzado milenario

Los zapatos, con paja en el interior para el frío, piel de ciervo en la parte superior y suela de piel de oso, son de los más antiguos que se conocen.

Todos los objetos fueron fotografiados en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, Bolzano.

Foto: Robert Clark

21 / 22

Misterios por resolver

La cuerda enrollada, posiblemente para un arco, continúa siendo un misterio.

Todos los objetos fueron fotografiados en el Museo de Arqueología del Tirol del Sur, Bolzano.

Foto: Robert Clark

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Adaptado a un entorno hostil

El modelo de los artistas Kennis refleja la dureza de la vida del Hombre del Hielo y las probables huellas que los estragos del tiempo dejaron en su cuerpo de cuarenta y tantos años. Pese a los esfuerzos, los científicos no pudieron penetrar la carne momificada lo bastante como para llegar a la última pista que podría resolver el misterio de su muerte: la punta de flecha que lo mató.

Foto: Robert Clark

Poco después de las seis de la tarde de un lluvioso día de noviembre de 2010, dos hombres vestidos con batas verdes de quirófano abrieron la puerta de la cámara del Museo de Arqueología del Tirol del Sur, en la ciudad italiana de Bolzano, donde reside el Hombre del Hielo. Colocaron el cuerpo congelado sobre un carro de acero inoxidable para transportar camillas. Uno de ellos era un joven científico llamado Marco Spadelli. Normalmente, su trabajo consiste en mantener a la famosa momia calcolítica en las mismas con­­diciones que la preservaron durante 5.300 años tras su muerte en una montaña cercana. Aquel día, sin embargo, Samadelli había subido la temperatura del pequeño laboratorio a 18 °C.

Con él estaba Eduard Egarter Vigl, un patólogo de la ciudad conocido informalmente como el «médico de cabecera» de la momia. Mientras Egarter Vigl manipulaba el cuerpo con una familiaridad asombrosa, un grupo de médicos y científicos se apiñaba a su alrededor en el reducido espacio, disponiéndose a hacer lo impensable: descongelar al Hombre del Hielo. Al día siguiente, en una sucesión de intervenciones quirúrgicas realizadas con la urgencia que se reserva a los humanos en situación crítica, efectuarían la primera autopsia completa del cuerpo descongelado, con la esperanza de arrojar nueva luz sobre el misterio de la identidad del Hombre del Hielo y los motivos de su muerte violenta.

Egarter Vigl y Samadelli trasladaron el cuerpo a una caja hecha a medida, forrada con papel de aluminio esterilizado. En condiciones de congelación, la piel de la momia, de color caramelo, tenía un brillo solemne que recordaba las imágenes medievales pintadas al temple. Con el brazo izquierdo agónicamente extendido y los pies superpuestos como los de un crucificado, presentaba una postura que no habría desentonado en un retablo del siglo XIV. En unos instantes, sobre su cuerpo empezaron a formarse perlas de agua que parecían gotas de sudor.

No era la primera vez que el Hombre del Hielo era sometido a un intenso escrutinio científico. Cuando los austríacos rescataron la momia en 1991, los científicos de Innsbruck le practicaron una extensa incisión en la zona baja del torso como parte de su investigación inicial, además de varios cortes en la espalda, la parte superior del cráneo y las piernas. Después se determinó que la hondonada de roca gris donde fue hallado el cuerpo estaba en el lado italiano de la fron­tera con Austria, por lo que fue trasladado, junto con todos los objetos que lo rodeaban, a Bolzano. Desde entonces, en esta ciudad se han llevado a cabo numerosas exploraciones menos invasivas de los restos de la momia: radiografías, tomografías computarizadas y un análisis del ADN mitocondrial. La revelación más sorprendente llegó en 2001, cuando el radiólogo Paul Gostner observó un detalle que había pasado inadvertido en las imágenes: una punta de flecha alojada en el omóplato izquierdo, lo que sugería que le habían disparado por la espalda. El trabajo posterior de Gostner y su equipo con aparatos de escáner más potentes reveló que la flecha había perforado una arteria importante de la cavidad torácica, lo que le causó una hemorragia que debió de ser casi inmediatamente mortal. El humano cuyos restos se han conservado intactos accidentalmente más antiguo fue víctima de un asesinato perpetrado con brutal eficacia.

Los enemigos del Hombre del Hielo tuvieron un altercado con él en el valle

Otros científicos aportaron más detalles biográficos. Por el análisis de las trazas de elementos químicos en los huesos y dientes, se supo que Ötzi (apodo con el que se le conoce) creció al nordeste de Bolzano, posiblemente en el valle del río Isarco, y vivió de adulto en el valle de Venosta. El polen hallado en su cuerpo reveló que sus últimas horas transcurrieron en primavera, y que su último viaje fue a lo largo de un sendero que ascendía por el valle del Senales hacia un paso alpino situado al oeste del glaciar Similaun. El examen de una mano reveló una lesión parcialmente curada, atribuible a una herida causada en una lucha anterior. El análisis del ADN de los restos de comida hallados en los intestinos (aparentemente el estómago estaba vacío) indicó que antes de morir había comido carne roja y un tipo de trigo. Combinando todos los datos, los científicos formularon la teoría de que los enemigos del Hombre del Hielo tuvieron un altercado con él en el valle, al sur del paso, lo siguieron y lo alcanzaron en la montaña, donde el cuerpo fue descubierto más de 5.000 años después.

Era una buena historia, que coincidía con los datos disponibles, hasta que Gostner examinó con mayor detenimiento los intestinos de Ötzi. Ya jubilado, el radiólogo siguió estudiando las tomografías en su casa, como un hobby, y en 2009 llegó al convencimiento de que los científicos habían confundido el colon vacío de la momia con su estómago, que se había desplazado hacia arriba, dentro de la caja torácica, y que según él parecía estar lleno. Si Gostner estaba en lo cierto, el Hombre del Hielo había ingerido una comida copiosa, y presumiblemente con tranquilidad, minutos antes de su muerte, algo que no haría una persona perseguida por enemigos armados.

«Gostner vino a visitarnos y nos dijo que él creía que el estómago estaba lleno –explica Albert Zink, director del Instituto para las Momias y el Hombre del Hielo del EURAC, en Bolzano, quien supervisó la autopsia el pasado mes de noviembre–. Pensamos, de acuerdo; debemos abrirlo y conseguir una muestra del estómago.» Tras pensarlo mejor, Zink y sus colegas idearon un plan más ambicioso: un estudio completo, de pies a cabeza, con siete equipos independientes de cirujanos, patólogos, microbiólogos y técnicos, sin practicar nuevas incisiones a la momia. Accederán al interior del cuerpo a través de las «ventanas austríacas», como llaman a los cortes excesivamente entusiastas realizados por los pri­meros investigadores. «Lo haremos una vez –dijo Zink–, y nunca más por muchos, muchos años.»

«Esto es el cerebro», anunció el neurocirujano Andreas Schwarz, mientras maniobraba un neuroendoscopio en la cabeza del Hombre del Hielo. Como los otros científicos en la sala, Schwarz llevaba unas gafas 3D, y a medida que despla­zaba lentamente el instrumento hacia las profundidades del cráneo, en un monitor se iban formando borrosas imágenes tridimensionales. Era poco más de la una de la tarde, y la momia ya había sido sometida a seis horas de manipulación, ex­­ploración, medición y toma de muestras. Los equipos quirúrgicos habían extraído fragmentos de los músculos y pulmones. Habían practicado un orificio en la pelvis para coger tejido óseo y analizar el ADN. Habían explorado el tórax, intentando aproximarse a la punta de flecha y el tejido circundante. Incluso habían conseguido muestras de vello púbico. La piel había perdido su brillo y presentaba un aspecto mate y correoso.

Los neurocirujanos estaban explorando el interior del cerebro para comprobar si una sombra misteriosa en la parte posterior del cráneo que habían observado en un TAC anterior podría ser un hematoma interno, señal de un golpe en la cabeza. Pero el endoscopio se topaba constantemente con cristales de hielo que empañaron la lente de la cámara. Al cabo de una hora, el equipo dio por concluido el trabajo, sin tener la seguridad de haber conseguido una muestra útil.

Los intentos iniciales de explorar el estómago también fueron frustrantes. Peter Malfertheiner, de la Universidad Otto-von-Guericke de Magdeburgo, trató de llegar al estómago introduciendo un endoscopio por la garganta, pero cinco milenios de atrofia y momificación bloquearon la vía. Egarter Vigl optó por una estrategia menos delicada. A través de la «ventana austríaca» más grande, en la parte baja del torso, metió una mano enguantada en las entrañas del Hombre del Hielo y extrajo dos trozos grandes de comida sin digerir. Después, con una cuchara de cocina, retiró varias decenas de gramos más del contenido del estómago.

Al final de la jornada, el congelador del laboratorio rebosaba con 149 muestras biológicas. En cuanto la autopsia hubo concluido, Samadelli bajó la temperatura del laboratorio por debajo del punto de congelación. A la mañana siguiente, Egarter Vigl y él volvieron a depositar la mo­­mia en su tecnológico iglú y cerraron la puerta.

La autopsia les había llevado nueve horas. El análisis del material obtenido les llevaría años. Las primeras revelaciones se dieron a conocer en junio, cuando Zink y su equipo presentaron algunos de los primeros hallazgos. Gracias al ADN del fragmento del hueso pélvico, el Hombre del Hielo se ha unido al reducido grupo de seres hu­­manos, en el que figuran los eminentes biólogos James D. Watson y J. Craig Venter, cuyos genomas han sido secuenciados con exquisito detalle.

Los resultados genéticos aportan a la vez in­­formación e intriga. Por sus genes, sabemos que el Hombre del Hielo tenía el pelo castaño y los ojos marrones, y que probablemente tenía intolerancia a la lactosa, por lo que no podía digerir la leche, lo que no deja de ser irónico si tenemos en cuenta las teorías de que era un pastor. Como cabía esperar, está más emparentado con la po­­blación actual del sur de Europa que con la del norte de África u Oriente Medio, y tiene un parentesco estrecho con las poblaciones modernas, geográficamente aisladas, de Cerdeña, Sicilia y la península Ibérica. Asimismo, el ADN reveló variantes genéticas que indican un riesgo elevado de arteriosclerosis. Uno de los hallazgos más sorprendentes es la huella genética de la bacteria Borrelia burgdorferi en el ADN del Hombre del Hielo, lo que lo convierte en el caso más antiguo conocido de persona parasitada por la garrapata que transmite la enfermedad de Lyme.

Los resultados de la autopsia también han reescrito la historia de los últimos momentos del Hombre del Hielo. Los neurólogos han determinado que hubo una acumulación de sangre en la parte posterior del encéfalo, lo que hace pensar en algún tipo de traumatismo, ya sea por­que cayera de cara en el suelo al recibir el flechazo, especula Zink, o por un golpe de gracia asestado por su atacante. Los análisis del ADN de la última comida aún no han terminado, pero una cosa se sabe con certeza: fue una comida pe­­sada. Los análisis iniciales indican la presencia de una carne grasa, semejante a la panceta, correspondiente al íbice de los Alpes, un tipo de cabra salvaje. Si la última comida de Ötzi fue muy pesada, como señala Zink, eso contradice la idea de que estuviera huyendo atemorizado. Al contrario, parece que estaba descansando en un lugar resguardado del viento, digiriendo con calma su comida y sin imaginar el peligro que corría.

Y por supuesto tampoco podía imaginar la intensa atención de que sería objeto en el futuro. Puede que el Hombre del Hielo sea la persona más estudiada, expuesta y manipulada que haya vivido sobre la faz de la Tierra. «Ayer, durante la autopsia –dice Zink en tono suave, casi sorprendido–, hubo momentos en que sentí pena por él. Estaba tan… expuesto. Todos sus secretos quedaban a la vista, para la exploración –hizo una pausa y añadió–: Sólo la punta de flecha permanece en su interior, como si nos dijera: “Éste es mi último secreto”.»

FUENTE: NATIONAL GEOGRAPHIC ESPAÑA 

-GENETICA-ARQUEOLOGIA-ANTROPOLOGIA-PALEONTOLOGÍA-GLACIA-RES – FOTOGRAFÍAS: Robert Clark