Los libros que son demasiado «peligrosos» para ser leídos.

La leyenda de los libros sibilinos (unos textos mitológicos y proféticos de la antigua Roma) nos cuenta que en una ciudad, una mujer ofreció vender al pueblo 12 libros que contenían todo el conocimiento y sabiduría del mundo, a un precio muy alto.

Rehusaron hacerlo, considerando la propuesta ridícula, así que ella quemó la mitad de los libros en el acto y volvió a ofrecer los seis restantes al doble del precio. Los ciudadanos se burlaron de ella, aunque un poco nerviosos.

La mujer quemó tres más, puso el resto a la venta, pero dobló el precio otra vez. Nuevamente la rechazaron con renuencia -eran épocas difíciles y la vida parecía estar volviéndose más dura.

Finalmente, quedó un solo libro, que los ciudadanos pagaron al precio extraordinario que exigía la mujer y los dejó a que solos manejaran como pudieran una doceava parte de todo el conocimiento y sabiduría del mundo.

Los libros están cargados de conocimiento. Son los polinizadores de nuestras mentes, difundiendo ideas que se reproducen por sí mismas a través del tiempo y el espacio. Solemos olvidarnos de cómo los rasgos en una página o en una pantalla hacen posible la comunicación entre cerebros apartados en los extremos de la Tierra o en cada margen del siglo.

Los libros son, como dijo Stephen King, «una magia portátil única» -y el aspecto portátil es tan importante como la magia. Un libro puede llevarse, mantenerse oculto, como tu propio almacén de conocimiento. (El diario personal de mi hijo tiene un candado -inútil pero simbólicamente importante-).

El poder de las palabras contenidas en un libro es tan enorme que ha sido una costumbre de larga data borrar algunas: como las maldiciones en las novelas del siglo XIX; o las palabras demasiado peligrosas para escribir, como el nombre de Dios en algunos textos religiosos.

El poder de los libros

Los libros son conocimiento y el conocimiento es poder, lo que los convierte en una amenaza para las autoridades -gobiernos y líderes de facto por igual- que quieren tener un monopolio sobre el conocimiento y controlar el pensamiento de sus ciudadanos. Y la manera más eficiente de ejercer ese poder sobre los libros es proscribirlos.

La prohibición de libros tiene una larga e innoble historia, aunque no está muerta: sigue siendo una industria vigente. En septiembre, se cumplió el 40 aniversario de la Semana de los Libros Prohibidos, un evento anual (promovido por la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos y Amnistía Internacional) que «celebra la libertad para leer». Se lanzó en 1982 en respuesta al aumento de la oposición a ciertos libros en escuelas, bibliotecas y librerías.

De alguna manera debo admirar la energía y vigilancia de aquellos que quieren prohibir libros hoy en día: solía ser más fácil entonces. Hace siglos, cuando la mayoría de la población no podía leer y no había fácil acceso a los libros, su conocimiento podía restringirse en la fuente.

Por ejemplo, la Iglesia Católica durante mucho tiempo disuadió al pueblo de poseer su propia copia de la Biblia, y aprobó únicamente su traducción al latín para que muy poca gente del común la pudiera leer. Aparentemente eso fue para evitar que los laicos malinterpretaran la palabra de Dios, pero también garantizó que no pudieran cuestionar la autoridad de los líderes eclesiásticos.

Una copia ilustrada de la Biblia en latín

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La iglesia Católica solo permitía copias de la Biblia en Latín para limitar el número de personas que la pudiera leer y mantener un monopolio sobre su interpretación.

Aun cuando las tasas de alfabetización aumentaron, como cuando Reino Unido introdujo leyes educativas a finales del siglo XIX, los libros siguieron siendo caros, particularmente aquellas obras de literatura elevada cuyas palabras e ideas eran las más duraderas (y potencialmente más peligrosas). No fue sino hasta los 1930, con las editoriales Albatross Books y Penguin Books, que el nuevo público masivo pudo satisfacer su apetito por libros de calidad a precios módicos.

Pero simultáneamente, la prohibición de libros estaba a punto de cobrar nueva vida, al igual que potenciales censores intentaban desesperadamente estar al día con la proliferación de nuevos ejemplares que estimulaban nuevas y alborotadas ideas en los lectores. Lo que sorprende de la expansión de la prohibición de libros en el siglo XX es lo generalizada que era la gana de mantener esa mentira de «protección».

«Corrompiendo mentes»

En la actualidad, el gobierno de China, por ejemplo, continúa emitiendo edictos contra los libros escolares que «no están en línea con los valores socialistas básicos [del país]; que tengan valores, visiones del mundo y de la vida desviadas» -un lenguaje clásicamente flexible que puede ser aplicado a cualquier libro con el que las autoridades no están de acuerdo por cualquier razón. (Aunque «los estudiantes realmente ni los miran», observó una profesora en 2020 cuando eliminaba de los estantes de la biblioteca escolar las novelas «Rebelión en la granja» y «1984», de George Orwell).

En Rusia, la estrategia de prohibición de libros ha sido una aventura notablemente pública, dado el número de grandes autores que ese país ha exportado -a propósito o no- al resto del mundo. Durante la era soviética, el gobierno intentó ejercer el máximo control sobre los hábitos de lectura de sus ciudadanos, como sobre el resto de sus vidas.

En 1958, Boris Pasternak recibió el Premio Nobel de Literatura por su novela «El doctor Zhivago», que había sido publicada en Italia el año anterior, pero no en su país. El galardón enfureció tanto a las autoridades soviéticas (los medios oficiales catalogaron la obra de «artísticamente escuálida y maliciosa») que fue forzado a rechazar el premio.

El gobierno odió el libro tanto por lo que no contenía -dejó de elogiar la Revolución rusa- como lo que sí: contenía alusiones religiosas y celebraba el valor del individuo. (La CIA, al percibir el «gran valor propagandístico» de «El Doctor Zhivago», organizó para que se imprimiera en Rusia).

Boris Pasternak con su esposa e hijo en 1924

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Boris Pasternak, aquí con su esposa e hijo, fue forzado por las autoridades soviéticas a rechazar el Premio Nobel de Literatura.

La prohibición de libros en la Unión Soviética llevó al desarrollo de la escritura samizdat -o de publicación propia- a la cual le debemos la continua existencia de, por ejemplo, la poesía de Osip Mandelstam. El escritor disiente Vladimir Bukovsky resumió samizdat de esta manera: «Lo escribo yo, lo edito yo, lo censuro yo, lo publico yo, lo distribuyo yo, y por eso pago condena de cárcel yo».

Pero aquellos en Occidente se jactan en vano si creen que eso no ocurre allí. Cuando se prohíben libros, o se intenta vetarlos, el argumento es el mismo allí que en otras partes: o sea, para proteger a las personas comunes y corrientes, que supuestamente no tienen inteligencia suficiente para juzgar por sí mismas, de estar expuestas a ideas corrompedoras.

En Reino Unido, la prohibición de libros muchas veces ha sido una herramienta contra lo que se percibe como obscenidad sexual. Típicamente, es un intento de usar la fuerza bruta de la ley para detener el cambio social: una táctica que siempre fracasa, pero que, sin embargo, es irresistible para las autoridades cortoplacistas.

Las reputaciones de muchos autores han sufrido por los roces con las leyes de obscenidad británicas. James Joyce fue perceptivo cuando dijo, mientras escribía «Ulises», que «a pesar de la policía, me gustaría poner todo en mi novela» -su obra fue prohibida en Reino Unido desde 1922 hasta 1936, aunque el funcionario legal responsable del veto solo había leído 42 de las 732 páginas del libro. El «todo» que Joyce puso en «Ulises» incluía masturbación, maldición, sexo y visitas al retrete.

Ejemplar del libro "Ulises" de James Joyce

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. «Ulises» de James Joyce -que este año cumple un siglo de su publicación- fue prohibido en Reino Unido entre 1922 y 1936.

DH Lawrence fue un caso especial: su obra, que frecuentemente contiene actos sexuales que Lawrence estimaba con reverencia espiritual, había sido objeto de una campaña de la Fiscalía británica durante años: quemaron su libro «El arcoíris», interceptaron su correo para incautar sus poemas «Pensamientos», y allanaron una exposición de su arte.

La vendetta continuó más allá de la tumba, cuando Penguin publicó «El amante de Lady Chatterley» en 1960 y que dio lugar a un proceso legal. El juicio fue famoso: el editor reclutó a decenas de escritores y académicos para atestiguar sobre las cualidades literarias del libro (aunque la escritora inglesa de libros infantiles Enid Blyton rehusó participar), y el juez ejemplificó la desconfianza del Estado en los lectores corrientes cuando previno al jurado contra depender de expertos literarios: «¿Es así como las chicas que trabajan en las fábricas van a leer este libro?».

(El punto final de este caso, en el que el jurado falló unánimemente a favor de Penguin, es una deliciosa ironía. Hace tres años, y seis décadas después de intentar prohibir el libro, el gobierno británico evitó que la copia del juez de «El amante de Lady Chatterley» se vendiera a un extranjero, para que «se pueda encontrar un comprador y mantener en Reino Unido esta importante parte de la historia de nuestra nación»).

Hombres leyendo "El amante de Lady Chatterley"

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. En Reino Unido, la prohibición de libros es ha usado como una herramienta contra la percibida obscenidad sexual, como el famoso juicio que se le hizo a la novela «El amante de Lady Chatterley», de DH Lawrence.

Manteniendo las ideas vivas

Mientras tanto, en EE.UU., es un tipo de tributo al duradero poder de los libros que su prohibición continue siendo tan popular en un mundo donde cada nueva ola de tecnología, desde la TV hasta los videojuegos y redes sociales, atrae a los temores de contenido «inapropiado». Las escuelas son un hervidero particular para los intentos de censura, en parte porque guiar la maleable mente infantil parece ser una manera eficiente de eliminar los peligros percibidos; pero también porque (contrario a las librerías) las juntas escolares tienen cierto grado de influencia de la comunidad.

En 1982, el año en que se lanzó la Semana de los Libros Prohibidos, un caso de intento de censura escolar (del Distrito Escolar Island Trees, en el estado de Nueva York) llegó hasta la Corte Suprema. Aquí, la junta escolar arguyó que «es nuestro deber moral proteger a los niños en nuestras escuelas de este peligro moral tan decididamente como de los peligros físicos y médicos».

El peligro al que se referían eran libros considerados «antiamericanos, anticristianos, antisemitas y simplemente asquerosos». (La acusación de antisemitismo fue dirigida contra la gran novela del novelista judío Bernard Malamud «El reparador»). El tribunal concluyó, sin embargo, en línea con la Primera Enmienda, que «las juntas escolares locales no pueden retirar libros de las bibliotecas escolares simplemente porque no les gusta las ideas contenidas en esos libros».

Bernard Malamud (1914 - 1986)

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La novela «El reparador» del estadounidense Bernard Malamud (1914-1986) fue tildada de antisemita por juntas escolares de su país, quizás sin percatarse de que el propio autor era judío.

Eso no los ha frenado. El principal tema candente en los intentos de censura y prohibición de libros en las escuelas y bibliotecas de EE.UU. es el sexo. «Estados Unidos parece estar muy obsesionado con el sexo», como lo dijo James LaRue en 2017, entonces director de la Oficina de Libertad Intelectual de la Asociación de Bibliotecas de ese país.

Tradicionalmente, el sexo significaba obscenidad, lo que llevó al juez estadounidense Potter Stewart a intentar famosamente de definir con exactitud la «pornografía explícita» en un juicio en 1964: «Lo sabré cuando lo vea». Pero hoy en día «sexo» en el veto a libros probablemente tiene más que ver con sexualidad e identidad de género: los tres libros más objetados en 2021 en EE.UU. fueron debido a su contenido LGBTQI+.

Lo que pone en tela de juicio que la prohibición de libros se hace para proteger a los jóvenes en lugar de como un intento de purga ideológica, y demuestra una falta de imaginación por parte de los censores, que consideran que la descripción (de por ejemplo personas transgénero) causa el fenómeno en lugar de a la inversa.

Esto está conectado a la creencia de que las cosas que nos disgustan pueden ignorarse sin riesgo siempre y cuando no las veamos en la página: un frecuente integrante de los 10 primeros en la lista de Libros Prohibidos es el clásico moderno de Toni Morrison «Ojos azules», por su descripción de abuso sexual de menores.

Toni Morrison

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. El tema de abuso sexual infantil en la novela de Toni Morrison «Ojos azules» la ha hecho una de las preferidas de los censores.

Por otra parte, la censura en EE.UU. tiene una larga trayectoria. Una de sus primeras víctimas famosas fue la novela antiesclavista de 1852 de Harriet Beecher Stowe «La cabaña de tío Tom». En 1857, un hombre negro de Ohio, Sam Green, fue «enjuiciado, condenado y sentenciado a 10 años de cárcel en la penitenciaría» por «tener en su posesión ‘La cabaña del tío Tom'». En un notable giro histórico, el libro es ahora mucho más criticado desde el lado más progresivo del espectro político, por su representación estereotípica de personajes negros.

Entre más se destaque un libro, mayor atención atraerá de los censores. «El guardián en el centeno», de JD Salinger, ha sido frecuentemente objetado: un maestro fue despedido en 1960 y el libro fue retirado de las escuelas en Wyoming, Dakota del Norte y California en 1980. El argumento para vetar la novela de Salinger típicamente es el lenguaje profano y vulgar, aunque hoy en día la primera frase del libro -«toda esa boludez de David Copperfield»- suena inocente.

Copias del libro "El guardián en el centeno", de JD Salinger en un estante

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. «El guardián en el centeno» (The Catcher in the Rye) fue objetado por un lenguaje que hoy en día es considerado ingenuo.

La prohibición de libros es una amplia doctrina que incluye libros que normalmente no son compatibles. Abarca de todo, desde la ficción popular (Peter Benchley, Sidney Sheldon, Jodi Picoult) hasta los clásicos establecidos (Kurt Vonnegut, Harper Lee, Kate Chopin). Tiene más objetivos que el blanco en una competencia de tiro con arco, desde el culto a lo oculto (la serie de Harry Potter) hasta el ateísmo («El curioso incidente del perro a medianoche»).

Hay esperanza, por supuesto. La publicidad de la Semana de los Libros Prohibidos mantiene a estos libros y al asunto de la censura en el ojo público. Y está lo que se conoce como el Efecto Streisand: el intento de prohibir libros crea mayor interés público en ellos.

En EE.UU., algunos almacenes de la cadena Barnes and Nobles tienen mesas de libros prohibidos y su sitio internet tiene una categoría separada para ellos. En Reino Unido, una feria especial del libro en la Galería Saatchi (en Londres) en septiembre, expuso y vendió ediciones escasas de libros prohibidos, desde una muy rara copia autografiada de «El guardián en centeno» (US$264.000) hasta la obra fundamental de Copérnico «Sobre los giros de los cuerpos celestes» que enfureció a la Iglesia en 1543 al sugerir que la Tierra no era el centro del Sistema Solar (vendida en más de US$2 millones).

Pero es la eterna vigilancia, no solo de la Asociación de Bibliotecas de EE.UU. pero de todos los lectores en todas partes, el precio que hay que pagar para mantener nuestras ideas con vida. Como nos cuenta la historia de los libros sibilinos, los libros se pueden quemar, su conocimiento se puede perder y nada es eterno.

Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival de Arequipa, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad peruana del 3 al 6 de noviembre de 2022.

Imagen de portada: GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: John Self; BBC Culture. 6 de noviembre 2022.

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«Pasamos de no notar las estatuas en absoluto hasta que alguien las derriba y entonces nos obsesionan».

«Y derribaréis sus altares, y quebraréis sus imágenes, y sus bosques consumiréis con fuego: y destruiréis las esculturas de sus dioses, y extirparéis el nombre de ellas de aquel lugar».

Este pasaje de la Biblia (Deuteronomio 12:3) aparece en las primeras líneas de Fallen Idols (Ídolos caídos), el libro de la historiadora y guionista británica Alex von Tunzelmann, para recordarnos que la humanidad lleva años derribando lo que antes levantó.

Sin embargo, hay un año que interesa a Von Tunzelmann por sobre todos los demás: 2020, el año en que decenas de estatuas fueron atacadas, mutiladas y derribadas en el mundo, y que la llevó a investigar esta compleja relación entre los seres humanos y sus monumentos.

Aunque la autora reconoce que el asesinato de George Floyd en Estados Unidos el 25 de mayo fue el gran disparador de esta ola iconoclasta, encabezada en ese país por el movimiento Black Lives Matter, también le concede influencia a la pandemia y el confinamiento:

«Se sintió como una experiencia colectiva, porque estábamos en nuestras casas, mirando caer las estatuas por las redes sociales. Creo que el motivo político detrás de esas protestas era muy real, no lo subestimo en absoluto, pero pienso que psicológicamente -por la pandemia- la gente explotó».

ANDREW WHITEHURST

Alex von Tunzelmann ha hecho guiones televisivos para programas como el largometraje sobre Churchill en 2017 y la serie sobre la familia Medici.

BBC Mundo conversó con la historiadora, que participa en el HAY Festival de Arequipa, sobre la relación de las sociedades con su pasado, el desacuerdo entre el pensamiento histórico y los gustos personales, y por qué la mayoría de las estatuas que nos rodean son de hombres blancos.

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Tú muestras en el libro que nuestra relación con las estatuas es un poco ambigua, porque -por un lado- no solemos en la cotidianeidad interesarnos por los monumentos que nos rodean, y -por el otro- esos monumentos se vuelven el foco de protestas y surgen medidas extremas para protegerlos.

Es una relación extraña, pasamos de no notar las estatuas en absoluto hasta que alguien las derriba y entonces nos obsesionan.

Gary Younge, un escritor británico, dijo que las estatuas son una buena forma de olvidar a alguien. Solo las levantas en una esquina o en un pueblo y luego empiezas a ignorarlas.

Pero en EE.UU. y en Reino Unido propusieron en los últimos años hasta 10 años en prisión para cualquiera que las dañe, por más mínimo que sea el daño, que es más de lo que te darían en general por abuso sexual.

Por eso hablo en el libro de «medidas draconianas» para cuidarlas.

Otra curiosidad para el lector es darse cuenta de que la mayoría de las estatuas que nos rodean se levantaron en el mismo período -desde la mitad del siglo XIX a la mitad del siglo XX- y que en su mayoría son hombres y blancos.

Otro escritor británico llamado Thomas Carlyle entendió a mediados del siglo XIX que la Historia era simplemente la biografía de grandes hombres.

Carlyle sólo habló de hombres, no mencionó mujeres, y en sus escritos solo incluyó a un hombre que no era blanco: el profeta Mahoma.

Y su teoría es que las acciones de estos hombres blancos impulsaron la Historia, que nada más provocó esos cambios.

Esto, que fue muy controvertido incluso en su tiempo y que hoy no sería respaldado por muchos historiadores, tuvo un impacto cultural muy grande.

La gente se interesó mucho por estas biografías y por las estatuas, porque las estatuas reducen la Historia a la figura de una persona… generalmente un hombre.

Exhibición sobre las protestas de 2020 en Bristol

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Las protestas de 2020 dispararon el interés de la escritora británica por las estatuas.

Entonces, a mediados del siglo XIX, en capitales europeas como Londres y París, pero también en ciudades estadounidenses y otras urbes, producto de la colonia había una decena de estatuas por ciudad. Pero para la Primera Guerra Mundial todas tenían 200, 300 estatuas.

Y a partir de entonces tenemos dictaduras en muchas partes del mundo y los dictadores -en general- levantan estatuas. Entonces se reproducen las mismas ideas: hombres y blancos.

Son los prejuicios de las personas de esa época con los que estamos lidiando hoy en día: sexismo, racismo, colonialismo.

Meses atrás visité el Museo Británico y en el hall habían colocado estatuas de mujeres, bajo un cartel que decía que en Londres hay más monumentos dedicados a animales que a mujeres.Pero en tu libro dices que levantar monumentos con figuras históricas femeninas es un «cambio cosmético».

Creo que esa es una reacción de mucha gente. Ves que hay pocas estatuas de mujeres, entonces piensas que necesitas más estatuas de mujeres. Ves que hay muchas estatuas de hombres blancos, entonces levantas estatuas de gente de color, de indígenas…

Cuando en el libro hablo de estatuas que provienen de esta teoría del «gran hombre» en la Historia, considero que de forma inherente esa teoría es muy patriarcal. Es la idea de que solo las grandes figuras mueven al mundo.

Entonces crear estatuas de mujeres no es lo suficientemente radical para mí, porque lo que hace es reforzar la idea de que la Historia está regida por estos personajes importantes.

Logras un pequeño cambio, ahora tienes mujeres en lugar de hombres, pero no cambias la forma en que ves la Historia.

Si tienes un enfoque feminista, o un enfoque contrario al racismo, o buscas una suerte de liberación, tienes que desafiar la Historia que se basa en seres singulares, tienes que pensar en una Historia colectiva, en cómo cambia toda una sociedad.

Y las estatuas no van a representar eso.

Portada del libro de Fallen Idols

FUENTE DE LA IMAGEN – EDITORIAL HEADLINE

Por ejemplo, una mejor forma de representación con la que ya contamos son los monumentos posteriores a la guerra, que representan a todo un grupo de personas que fueron a combatir. O sea que tenemos formas de honrar a mucha gente, no a uno solo.

Creo que un enfoque más progresivo sería olvidarse de las estatuas, esa es una obsesión victoriana.

¿Cómo es nuestra relación con la Historia actualmente? Porque recuerdo al historiador británico Eric Hobsbawn diciendo a comienzos de siglo que estábamos cada vez más aislados del pasado, viviendo una suerte de presente continuo…

Pienso que es interesante la idea de que vivimos en un presente continuo, pero también es cierto que es mucho más fácil hoy acceder a la Historia.

Si uno ve una estatua, y no sabe quién es el que está inmortalizado en ella, puede simplemente googlearlo.

Encontrarás muy rápido un montón de material, mientras que en el pasado dependía de si había una biblioteca en donde vivías y tenías que aprender a encontrar el libro adecuado.

Y ese pasado, más accesible, permite que la gente se pregunte «¿por qué no me enseñaron esto en la escuela?». Esa es una buena pregunta, porque lo que seleccionamos para ser enseñado en la escuela representa cómo pensamos sobre nosotros mismos como sociedad.

Esa interrogante es un buen punto de partida, porque lo que hacemos en Historia es pensamiento crítico: pensamos de forma crítica lo que se nos ha dicho.

Y luego te preguntas quién decidió que eso fuera lo que se iba a enseñar, qué razones había detrás de esa selección. Y las estatuas son una forma muy visible de esto.

Si, por ejemplo, estás investigando la trata de esclavos, y descubres que en tu barrio hay un monumento a un dueño de esclavos sobre el que nunca te enseñaron, es posible que te sientas muy ofendido.

Pero también dices en tu libro que el problema con las estatuas es que a veces confundimos nuestros gustos personales con nuestro entendimiento de la Historia.

Sí, y es muy difícil porque todos tenemos gustos personales. Y la Historia se ha vuelto un lugar de enorme controversia.

Como decía, para muchos de nosotros la Historia es una asignatura que nos enseñan cuando somos niños, y es muy perturbador si ahora nos dicen que la Historia no es como nos la enseñaron. Emocionalmente es muy duro.

Pero si uno aprende la disciplina histórica, uno se da cuenta de que no tiene que ver con tus juicios de valor. Uno no dice «Cristóbal Colón fue bueno o malo». Esa escala de buenos y malos no sirve.

Lo que te debes preguntar es qué lo motivó, qué tipo de sociedad creó al llegar al Caribe, cuáles fueron sus prioridades. Y aunque aún puedes tener una discusión sobre estos interrogantes, va más allá de tu opinión.

Protesta frente a la estatua de Cecil Rhodes en Oxford

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Muchas protestas fueron encabezadas por estudiantes universitarios, como esta en Oxford contra la estatua de Cecil Rhodes.

En el caso de los monumentos, la gente trata de establecer reglas, incluso para saber qué estatuas dejar y cuáles derribar, pero es muy difícil, porque cada caso es diferente.

No hay respuestas fáciles. No sólo en el ámbito político, que es el que hemos discutido, sino también desde lo estético, desde lo artístico. Hay estatuas muy hermosas y hay estatuas muy feas.

Y a veces no se trata de dejarlas en un pedestal o derribarlas, sino de cambiarlas de una forma interesante.

En el memorial soviético en Bulgaria alguien pintó una estatua con el uniforme de Superman. En Paraguay alguien desarmó una estatua de Alfredo Stroessner y colocó las piezas entre dos bloques de concreto.

Creo que eso es muy creativo porque cambia completamente el significado de la estatua. Y termina siendo más artístico.

Tú has manifestado que la Historia no se borra por destruir una estatua, por el contrario, se hace Historia al plantearnos ciertas preguntas sobre el pasado.

Tirar una estatua no cambia nada, no es suficiente por sí solo.

Una estatua es un símbolo, y atacar una estatua también es un símbolo. Y los símbolos son muy importantes.

Pero si tú miras el final de la Unión Soviética verás que muchas estatuas cayeron y de forma muy dramática, como la estatua de Felix Dzerzhinsky en Moscú, que era el jefe de la inteligencia soviética.

Y si miras a Rusia ahora te puedes preguntar si el país ha retrocedido a ese estado de represión, ya que hay gente que quiere volver a poner la estatua de Dzerzhinsky.

La cabeza de Stalin cortada de su estatua

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La cabeza de Stalin cortada de su estatua yace en una calle de Budapest.

Puede ser un disparador muy importante de una revolución o de un cambio en la sociedad, puede ser una catarsis emocional, un gran momento, pero no cambiará nada.

En Budapest, en 1956, derribaron una gran estatua de Stalin. Fue un momento increíble, pero la revolución fue rápidamente derrotada. La gente de Hungría fue puesta nuevamente bajo el control de la Unión Soviética.

Al menos los soviéticos fueron lo suficientemente inteligentes de no volver a colocar la estatua de Stalin. En su lugar pusieron una más pequeña de Lenin.

Y, para ser justa, yo creo que el movimiento Black Live Matter lo entiende. Trata de analizar los caminos para alcanzar esta justicia social, más allá de los gestos simbólicos.

Quizás el mejor ejemplo de lo que dices es el capítulo de tu libro dedicado al derrumbe de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Firdos de Bagdad en abril de 2003.

Cuentas que, debido a todo lo que ocurrió después en Irak, el ciudadano que inició aquel derrumbe años atrás declaró que quisiera volver a poner la estatua de Saddam en su lugar…

Sí, y esto nos muestra que con las estatuas existe, a veces, un elemento propio de la magia, porque en muchas culturas la gente les reza, las lava, les deja ofrendas.

Es diferente a la relación que tenemos con las pinturas y con otras formas de arte.

Y ves este pensamiento mágico en este ciudadano iraquí, que cree que si vuelve a poner la estatua en su lugar las cosas volverán a ser como antes. Pero no es así, claro.

Y en el caso de Lenin, esta suerte de poder mágico se extendió a su cuerpo, porque al embalsamarlo, él se convirtió en estatua.

Eso es muy extraño.

Lo mismo ocurrió con Ho Chi Min (el líder vietnamita). En Stalin, también, pero por un tiempo.

Es muy curioso para mí que estas sociedades comunistas, que son básicamente ateas, conserven cuerpos como reliquias.

El cuerpo de Lenin embalsamado en Moscú

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES.El cuerpo de Lenin embalsamado en Moscú.

Eso es muy cristiano. Las reliquias son muy propias del cristianismo ortodoxo.

Y lo otro curioso con Lenin es que él no quería estatuas, su viuda no quería estatuas, pero Stalin decidió lo contrario y terminamos con un montón de estatus de Lenin.

En tu lista de aquellos que levantaron estatuas de sí mismos y cuyas estatuas fueron derribadas, hay un latinoamericano: Rafael Trujillo. ¿Qué te atrajo de su historia, que tú misma reconoces no es muy conocida en el mundo anglosajón?

Lo primero que intenté es que mi lista fuera global y en América Latina había muchas opciones muy interesantes.

Creo que, fuera de Corea del Norte, Trujillo debe haber hecho más estatuas de sí mismo que nadie en el mundo.

Hay muchas de Lenin, como decíamos, pero por metro cuadrado, considerando la superficie de República Dominicana, Trujillo es único.

Rafael Trujillo

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Rafael Trujillo, el único latinoamericano en la lista de ídolos caídos en el libro de Von Tunzelmann.

Y él tuvo un enfoque muy distinto hacia sus monumentos porque estaba obsesionado con su capacidad sexual, con su machismo; algo muy distinto a Stalin que se presentaba a sí mismo en las estatuas como una figura paternal.

Pensé que eso lo hacía muy diferente a las otras historias.

Quiero terminar esta entrevista con el ejemplo que pones en el libro de que una vez alguien escribió «pez racista» en la estatua de la Sirenita en Copenhague, Dinamarca. ¿Nos tomamos muy en serio a los monumentos?

Estuve en Dinamarca hace poco dando una charla sobre estatuas y me contaron que después de esa pintada hubo un debate en los medios de comunicación sobre si un pez puede ser o no racista.

Y era como para decirles que se lo estaban tomando demasiado en serio. Que era una broma. Bastante divertida, por cierto.

Pero esa estatua es vandalizada todo el tiempo y tienen una partida presupuestaria muy alta solo destinada a lavarla. Han tenido incluso que ponerle la cabeza de nuevo en su lugar, una vez le mutilaron un brazo.

Como es un símbolo del país, si uno quiere llamar la atención va por uno de estos objetivos.

Pero es muy dulce que terminen teniendo un debate nacional sobre si un pez puede ser racista cuando está claro que alguien solo quiso reírse y pensó que era una broma.

Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Arequipa, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad peruana del 3 al 6 de noviembre. Sigue aquí toda la cobertura.

Imagen de portada: GETTY IMAGES. Estatua derribada de Saddam Hussein en Bagdad en abril de 2003.

FUENTE RESPONSABLE: Matías Zibell. HayFestivalArequipa@BBCMundo. 6 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Historia/Hay Festival.

 

Piedad Bonnett: “Si me pusieran a elegir, prefiero una vejez llena de amigas, de gente feliz, riéndose, sin la carga de un marido poco empático».

Una vieja cocina va a ser remodelada en casa de Emilia. No porque ella quiera, es una idea de su marido, que tomó la decisión sin consultarle. Él planea una cocina moderna y ella, antes que entrar en una batalla, acepta resignada la demolición.

Así comienza «Qué hacer con esos pedazos», la nueva novela de la colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, 1951), en la que examina los trozos de vida propios y ajenos que arman la existencia: personas, decisiones, violencias, quiebres, culpas, pérdidas, éxitos, escondites, silencios, anhelos, dolores.

Piedad Bonnett sabe de todo eso.

Su extensa obra poética ha sido ampliamente reconocida, así como sus ensayos, novelas y textos autobiográficos, como «Lo que no tiene nombre», en el que narra con delicadeza, honestidad y amor profundo el suicidio a los 28 años de su hijo Daniel, quien padecía esquizofrenia.

La autora, que participará en el HAY Festival de Arequipa, cuenta que en este nuevo libro, quiso hablar de «un maltrato que me ha interesado siempre, el mini maltrato que las mujeres aceptamos con una pasividad aterradora, sin armas para enfrentarlo. Porque si un hombre te pega o te grita puta tienes cómo reaccionar».

Así van apareciendo los fragmentos de Emilia, una escritora que ronda los 60 y que nos revela, mientras la cocina se cae a pedazos, a un marido ensimismado, un exnovio violador, un padre que castiga, una hermana controladora y una hija distante.

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¿Qué se hace con esos pedazos?

Periódicamente uno hace evaluaciones de la vida, del pasado, de la transformación de ese pasado en el presente; piensas en cuántos amigos has perdido, cuántos distanciamientos hubo en la familia.

Durante la pandemia estaba muy afectada por la situación de mis padres que son muy viejitos y podían contagiarse; pensé en la soledad de la vejez, en lo que no sabía de mi propio padre ni de mi madre; y en mi propio envejecimiento, porque envejecimos mucho, pero además estoy en una edad donde se da una curva hacia abajo y lo irremediable de eso.

Se me fue imponiendo el tema de la familia, que me ha interesado profundamente: el padre, la madre, los hijos, porque también haces un balance de la relación con tus hijos, un tema del que no se habla, porque muchas madres que tienen relaciones malas con sus hijos, lo ocultan o se lo niegan, no quieren aceptarlo.

Como la relación áspera de Emilia con su hija Pilar, como si cada una habitara mundos muy diferentes…

Los hijos juzgamos extremadamente duro a los padres y no entendemos quiénes fueron, sino cuando estamos muy viejos. Eso puede llevarnos a ser crueles, o indiferentes y a ni siquiera indagar por sus vidas.

También es un gran tabú; las madres minimizan las indiferencias, incomprensiones y hasta las agresiones que pueden recibir de sus hijos.

Pero las agresiones también vienen de los padres. A Emilia su padre la castigaba y ella piensa que «los lazos familiares también son grilletes». ¿Lo compartes?

Mucha gente no se atreve a ponerle cara a esos problemas y los elude, porque son los más irresolubles. Hundes el dedo en alguna parte y empiezan a aparecer.

El vínculo familiar viene acompañado de un imperativo social y casi divino: con tu madre no te peleas, con tu padre, con tus hermanos y tus hijos no te peleas.

Con los amigos puede que te quede un dolor, pero no esa culpa tremenda. Por lo menos en América Latina, y lo veo en Colombia, hay una idealización de las relaciones familiares. Lo que sí es distinto es la relación con el padre, hay muchas novelas acusatorias del padre.

¿De qué se los acusa?

Los padres hacen mucho daño por la masculinidad mal manejada. Mi padre me castigaba de pequeña; no fue demasiado ni maltrato, pero se aceptaba un papá que te daba unos correazos o un coscorrón y eso me afectó profundamente.

Empecé a odiar la autoridad masculina, a odiar a Dios que me exigía tantas cosas. Hacia todo tipo de autoritarismo. Hacia las monjas también.

Portada de "Qué hacer con esos pedazos"

FUENTE DE LA IMAGEN – GENTILEZA PILAR BONNETT. No es solo lo masculino, sino un orden que te subyuga, te aprisiona.

Luego entendí algo que me salvó: que mi padre era una persona con miedo de la vida, porque quedó huérfano chiquito. A los 14 años se fue a vivir a un hotel en estado de desamparo, porque su papá se casó con otra señora.

Él tenía miedo de no ejercer la función de padre y mi madre le endilgaba toda la responsabilidad: ya viene su papá.

Desempeñaba un papel que la sociedad le impuso, que incluía lo que le habían hecho: darle unos golpes, unas nalgadas, un grito o un puño sobre la mesa, cosas que para mí eran aterrorizantes. Cuando entendí, empecé a perdonar, pero eso queda ahí, como una cicatriz.

El marido de Emilia, un hombre poco empático, parece estar en un segundo plano, pues ella se refugia en su escritura. Y se pregunta: ¿qué es querer cuando se lleva tanto tiempo juntos?

Quise hablar del cuarto propio de Virginia Woolf, que para ella es el trabajo y literalmente un cuartito del apartamento que la refugia. También de un momento en los matrimonios… Porque a los 35 te vas, pero si tienes 60, dices, para qué me voy a ir. Hay mucho miedo a la soledad en la vejez.

El marido es un personaje que perturba, pero yo puedo concentrarme y no ver, como si tuvieras un zancudito que va silbando todo el tiempo, y tú misma lo espantas, pero no te decides.

A un matrimonio de 30 años, los unen muchas cosas, solidaridades, conocimientos; si no hay una violencia verdadera, o una infidelidad, resulta difícil tirar las cosas por la borda, quería mostrar esa complejidad.

Es típico que cuando alguien tiene un matrimonio aburrido, la amiga viene y te dice, bah sepárate, pero no es así.

En las mujeres latinoamericanas existe además el miedo de que los hombres aman a las que tienen 30, no a las que tienen 65. Está la idea de que nadie te va a volver a elegir ni te va a volver a querer. Vas a tener una vejez con amigas pero no con hombres.

Últimamente me ha interesado también la época de la jubilación: el señor que salía todos los días y llegaba a las 6 de la tarde, solo te dejaba ver unos aspectos de su vida, pero cuando lo tienes ahí y va envejeciendo, va claudicando, te anuncia un futuro tremendo.

¿Son necesarios los hombres o basta una vejez con amigas?

Si me pusieran a elegir yo prefiero una vejez llena de amigas, de gente feliz, riéndose, sin la carga de un marido como ése.

Más allá de las violencias cotidianas que describes, hubo otras mayores, como las del novio de juventud del que estaba embarazada. Una noche ella se negó a tener sexo, pero «él la montó bruscamente, le abrió las piernas con una de sus rodillas, y la penetró sin ningún preámbulo». ¿Cómo se ponen los límites ante los que abusan?

Me interesó el episodio con ese novio para mostrar que ella no es una estúpida, porque toma una decisión y aborta. Lo deja y empieza un matrimonio rehaciendo una vida. Pero después está la muerte de su hijo y hay unos silencios, por las cosas que no se han dicho.

Es la muerte de un bebé, una muerte súbita. Pero tú viviste la experiencia de perder a tu hijo Daniel y en el libro se dice que «la muerte no es algo natural, con lo que podamos pactar», ¿cómo lo ligas a esta historia?

La muerte de un hijo fractura una vida para siempre, aunque que no es lo mismo un hijo de 28 que un bebé.

Esa experiencia me la robé de una amiga a quien le pasó exactamente eso.

Pero fíjate que luego está el episodio de las cositas que ella conserva del bebé y que el marido tira al piso con unos manotazos, porque odia que esa herida siga viva en ella.

Él lo ha querido clausurar, porque es un hombre con una sensibilidad limitada. En cambio, ella es una persona… Yo sé que hay lectoras a las que les da rabia Emilia.

¿Ah sí? ¿Por qué?

Ella es de mi generación, mujeres que creímos que habíamos roto con todo porque nos tocó la píldora, el divorcio, fuimos a la universidad, criamos hijos mientras trabajamos.

Sin embargo, la educación que nos dieron hizo que quedáramos con unos males atávicos. Unos aferramientos.

Tengo amigas que son personas importantísimas y que dicen: me voy porque ya va a llegar mi marido.

Los cambios en las mentalidades se dan muy lento, la literatura tiene el deber de develar esas mentiras que nos decimos.

Por eso me gustó mucho el libro «Apegos feroces» de Vivian Gorkick, porque es el apego, esa palabra tan tremenda.

Pilar Bonnett

FUENTE DE LA IMAGEN – GENTILEZA PILAR BONNETT

«Cuántos años le tomó dejar de sentirse esclava de la culpa. Culpa por odiar a la madre, que la mandaba callar con los ojos en las visitas familiares; al padre, que la cercaba con sus prohibiciones y la humillaba con sus castigos; a la pacata de su hermana, que la juzgaba…» ¿cómo es el proceso de liberarse de la culpa?

Es muy difícil desarraigarse, porque nos dieron esa educación religiosa que tiene todos los énfasis en la culpa.

Pero yo soy una mujer que casi no tiene culpas. Con la muerte de Daniel casi no las tengo. Quizás la que más prevalece es la de no alcanzar a ir a ver a mis papás las veces que debería.

¿Te salió de forma natural o hiciste un trabajo?

He hecho un trabajo, naturalmente no llegas a desprenderte de las culpas.

Pero también hay un epígrafe en la novela, de Susan Sontag, que dice mírate a ti misma en las relaciones con los demás, y pregúntate ¿será que yo también contribuyo?

Hay gente que no es capaz de hacerse esa pregunta. Somos ciegos de nosotros mismos, nos cuesta entender hasta qué punto somos culpables.

Emilia parece una persona sin culpas, no tiene culpas con el niño, aunque a veces dice que tal vez lo dejó en la posición que no tocaba, no lo tapó, no lo llevó al médico, en fin. Pero es una reflexión externa, no está atormentada.

«El cuerpo no responde, la maquina se está apagando… esto no dura mucho» le dice su padre a Emilia y ella piensa «¿Qué responder a eso, qué banalidades, qué falsos consuelos?» ¿Cómo es mirar de frente a la vejez?

La vejez tiene dos etapas: cuando entras y empiezas a ver tus propios cambios y a hacer tus renuncias, pero todavía la vida está llena de opciones. 

Esa primera vejez, entre los 60 y 75, es un momento de gran productividad para los intelectuales.

Hay más comprensión, más bondad, hay liberación del tiempo, de tareas.

Pero la que he vivido con mis padres, la segunda vejez, es dolorosa, porque implica algo horrible que es la parálisis a la espera de la muerte.

Son días idénticos, no pasa nada, no hay sentido del futuro. Por eso tantos ancianos tienen la idea del suicidio. Las cifras son altas en la juventud y en la vejez.

«El que envejece se vuelve feo» piensa ella y «lo feo es aquello que se odia». «Cómo no sentir cierto asco cuando ve las estrías del bajo vientre, las rodillas rollizas, la flacidez que ya hace estragos»… ¿Cómo se lleva el deterioro físico?

Unas personas lo llevan mejor que otras.

Algunas se dedican a una guerra contra el tiempo. Son mujeres que viven en función de no envejecer y que dan esa batalla a diario. Y hay otras, entre las que me incluyo, que vamos registrando los cambios y buscando compensación, pero los cambios duelen.

Cuando ya no puedes subir y bajar escaleras al mismo ritmo, cuando estás de turismo y te cuesta llegar a la cumbre donde verás algo hermoso. Son renuncias duras.

Hace un tiempo leí sobre una escritora argentina que se suicidó porque no soportaba verse físicamente. Uno tiene que ir acumulando sabiduría para no llegar a esos momentos de desesperación y desconsuelo.

¿Cómo compensas los cambios físicos?

Oigo mucha música, leo libros, voy a una playa y no al Himalaya. Como mucho, es lo que hacen los viejos, comer, tomo buen vino.

Lo ideal sería que todo pudiera encajar, pero no encaja nunca del todo. Hay algo que falta.

¿A qué te refieres?

A la añoranza del sexo, por ejemplo. La renuncia a la sexualidad, la renuncia ¡al amor!. Ni siquiera pienses en la sexualidad, piensa en el amor, esa cosa agitada que existe hasta los 50 y algo o incluso en los 60 hay mujeres que se enamoran. Los hombres se enamoran hasta que tienen 80.

¿Y por qué las mujeres no?

Hablaba con Chantal Maillard, una escritora belga que vive en Málaga, y me decía que los hombres tienen una carga que no tenemos, que es la líbido. Las mujeres la perdemos más rápido; esa pulsión brutal que los lleva a ver pornografía todo el tiempo, o a convertirse en unos viejos horrorosos que tratan de tocar a las muchachas. Esas cosas patéticas no las tenemos.

Uno no es una vieja tratando de ponerle la mano en la nalga a un joven de 20, ¿no?

¿Perdemos la líbido por nuestra naturaleza o porque la hemos tenido que reprimir y controlar culturalmente?

También hemos estado educadas para reprimir y eso nos va reformateando el cerebro.

Es sobre lo que voy a escribir ahora, la relación con mi cuerpo, que es una relación generacional, social. Como que te hacían creer que eras puta si te besabas con un niño cuando tenías 14 años.

Ver la vida como un todo que se despedaza, ¿es ilusorio?

Es una manera metafórica de decir algo: mi vida está hecha pedazos, dice la gente, o mi vida se destrozó. Pero hay muchos otros tejidos que están ahí. Lo que pasa es que de pronto en los balances hay una percepción de lo trágico.

Cuando todo se despedaza, ¿qué ocurre?

Dos cosas posibles, o que te hundas, mi vida es un fracaso, y eso te derrumbe; o que renazcas como Emilia, que tiene el ímpetu de un segundo nacimiento.

¿Cuál sería tu propio balance?

A mí me salvó la literatura, ese es mi balance. Me enseñó a madurar y me ha servido de agarre cuando murió Daniel.

Por supuesto que mi vida también tiene agujeros, como un queso gruyere, porque siempre estás descontenta con algo tuyo o de la realidad y por eso sientes la pulsión de seguir escribiendo.

La literatura es un gran apoyo, en mi caso, también el haber sido maestra y transmitir a otros el ver el arte como un camino de trascendencia. Esas dos cosas. Y el amor de los pocos que lo han querido a uno.

Ahora tengo tres nietas y por eso no quiero morirme todavía, quiero que ellas tengan una idea de la abuela, de quién era yo, qué fui y que no me les desvanezca.

Imagen de portada: Piedad Bonnett (Por Andres Bo)

FUENTE RESPONSABLE: Diana Massis. HayFestivalArequipa@BBCMundo. 7 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Hay Festival/Mujeres

 

«Obra maestra», la increíble historia de la desaparición en España de una escultura de 38 toneladas que aún hoy nadie puede explicar.

Es una historia real, pero increíble, un misterio sin respuesta que gira en torno a una escultura compuesta por cuatro bloques de acero, que pesaba nada menos que 38 toneladas… y pese a ello desapareció.

Sucedió en España en los años 90 del siglo pasado.

«Equal Parallel / Guernica-Bengasi» había sido creada por el influyente escultor estadounidense Richard Serra, y como su nombre lo indica, tejía un paralelismo entre dos eventos históricos, el bombardeo de la localidad vasca de Guernica en 1937 por aviones alemanes y el ataque contra la ciudad libia de Bengasi en 1986 por la Fuerza Área de Estados Unidos.

Era una obra enorme, que fue exhibida por primera vez el mismo 1986 en la inauguración del Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, que al año siguiente adquirió la pieza en más de 215 mil euros.

Sin embargo, no la hizo parte de su muestra permanente.

La escultura estuvo cuatro años en bodega y volvió a ser expuesta al público en 1990, luego de lo cual fue alojada en la nave industrial de una empresa ubicada en la localidad de Arganda del Rey, que posteriormente quebró.

Es lo último que se sabe.

En ese depósito se perdió el rastro de la escultura, hasta que el diario español ABC destapó el escándalo de la desaparición en 2006.

Hasta hoy nadie sabe qué pasó. La causa de la investigación se cerró en 2009 y sólo dejó hipótesis que nunca se probaron: desde que la robó un millonario hasta que fue fundida para reaprovechar el acero.

Fascinado por esta historia imposible, el escritor español Juan Tallón dedica su última novela, «Obra maestra», a reconstruirla o desmontarla, en lo que -en sus palabras- fue un auténtico ejercicio de paciencia.

BBC Mundo habló con él en el marco del Hay Festival Querétaro, que se realiza esta semana en esa ciudad mexicana.

Has contado que tardaste mucho en escribir el libro y que uno de los problemas fue justamente la espectacularidad del hecho, que de alguna manera conspiraba contra el relato del mismo.

Sí, esa fue una de las dificultades: ¿cómo gestionas un misterio tan abrumador que se expone al lector en las primeras páginas?

Desaparece algo absolutamente pesado y monumental, y es tan asombroso que cuesta asimilarlo con un pensamiento lógico, porque no dejó rastro.

Desde el año 2006, cuando trasciende que la obra no aparece por ninguna parte, nadie -ni la policía, ni el juzgado- fue capaz de determinar quién la hizo desaparecer, pero tampoco cómo desapareció y ni siquiera cuándo, porque pudo haber sucedido en una franja muy amplia de años.

Juan Tallón (foto de Pablo Araujo)

Tallón escribió otros libros mientras continuaba la investigación para su historia de la escultura desaparecida.

Entonces, si tú pones al principio del libro esa carta boca arriba -esto que es imposible de desaparecer ha desaparecido- cómo haces para sostener esta historia por 100, 200, 300 páginas.

¿Cómo hago para que el misterio no decaiga? Porque en el momento en que el misterio decaiga, la novela se viene abajo.

También fue complejo elegir qué voz sostendría el relato. Llevaba años recopilando información llegada desde muy distintos ángulos. Una tercera persona que lo gobernara todo me parecía inviable. Y aumentable mi bloqueo, mi incapacidad.

Al final son 73 voces las que cuentan la historia, y una es la tuya, que entre otras cosas habla de la dificultad de acceder a la causa judicial.

Yo me generé a mí mismo esa dificultad: la obsesión por encontrar la causa judicial para ver las diligencias que hizo la policía, los testimonios que recopiló, las líneas de investigación que se siguieron.

Porque sin eso tenía que inventar demasiado, so peligro de crear una historia poco convincente.

Entonces empecé una persecución obstinada y enfermiza, de un hombre loco, buscando algo que la administración de Justicia me negaba.

No podía entender que no me dejaran leer una causa que no había dejado imputados ni víctimas más allá del museo, y que había sido archivada en 2009.

Estuve paralizado una década y me dediqué a escribir novelas que sí podía escribir.

Hasta que hubo un momento en que vi cómo podía ser narrada esta historia y cómo podía gestionar la carga insoportable del misterio. Y empecé a escribirla.

Richard Serra

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Richard Serra, el autor de la obra, es considerado uno de los escultores más importantes del siglo XX.

En ese proceso, mi último recurso fue atendido. Así que me dirigí al juzgado de Arganda del Rey para leer la causa judicial de 175 páginas.

¿Y qué encontraste?

Te confesaré que no cambió el curso del libro, aunque sí me permitió ajustar a los hechos ciertos puntos de la narración y darles más credibilidad.

La novela no es una crónica escrita bajo los cánones del periodismo, pero sí aspira a serlo.

Yo quería ser lo más riguroso posible donde era posible ser riguroso. Donde no era, pues sería un escritor fantasioso.

La documentación también me permitió crear algún narrador nuevo que contase más cosas sobre la vida de la escultura, porque la novela es eso, la vida de una escultura que -aunque no puede hablar- es un personaje vivo.

Y tienen que hablar por ella los que la vieron, los que la buscaron, los que la perdieron, los que la custodiaron, los que la trasladaron…

Entonces, hice lo que vengo haciendo hace mucho tiempo, que es jugar a ampliar los límites de los géneros, derribándolos, y mezclándolos.

Equal Parallel / Guernica-Bengasi, de Richard Serra

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Las hipótesis detrás de la desaparición van desde el robo de la obra de arte hasta su fundición para reutilizar el acero.

Incluyo en mis historias a personajes reales, conocidos, y también invento testimonios, pero generando la sospecha de si será o no cierto lo que se dice, hasta alcanzar ese punto en que al lector ya no le importe si lo que está diciendo ese personaje es real o es inventado.

Si bien la escultura es la protagonista de la historia, hay otro personaje interesante que es la democracia española y su inexperiencia en aquellos años, que es lo que, en cierta forma, permite esta desaparición. ¿En qué contexto histórico se desvanece la obra?

En esa época, España viene de una larga dictadura que se acabó en el 75. Entonces, tenemos que aprender a ser un Estado democrático, que se abre al mundo y que permite que el mundo se abra a nosotros.

En la década del 80, no existe en el país la promoción del arte contemporáneo, y el Reina Sofía es el primer gran paso en ese camino: vamos a convertir a España en un lugar donde se pueda conocer lo que están haciendo los artistas internacionales, vamos a generar un espacio de referencia.

Pero esa ambición artística, muy exitosa, no está acompañada -digamos- de la ambición organizativa. En el ámbito organizativo, hay voluntarismo, amateurismo y falta de profesionalismo.

Y así se siembra el campo para que empiecen a producirse anomalías y que un día se produzca la desaparición más increíble.

Museo Nacional Reina Sofía

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La historia del Museo Nacional Reina Sofía está vinculada íntimamente con la joven democracia española que buscaba abrir España al mundo.

La empresa que llevó la escultura a Arganda del Rey era una de las punteras en el ámbito del traslado, la custodia y la exposición de obras de arte, no sólo en España sino en Europa.

Era tan importante que se encargó del traslado en el año 1936 (inicio de la Guerra Civil Española) de las obras de los grandes maestros del Museo del Prado, primero a Valencia y después a Suiza; y en 1939 las trajo de vuelta a España con las bombas de la Segunda Guerra Mundial cayéndoles a sus espaldas.

Pero el museo nunca más se acuerda de la pieza de Serra, que eventualmente se convertiría en uno de los escultores más relevantes del arte contemporáneo.

Es esa desidia de la administración hacia lo administrado. No hay una responsabilidad de lo nuestro, porque este es un museo nacional y todo lo que el museo tiene es patrimonio nacional, es de todos.

Esa responsabilidad no existe. Como tampoco existe el asumir la responsabilidad cuando algo falla.

Desapareció la escultura, trascendió al público, y ¿qué pasó? No pasó nada. Nadie asumió responsabilidades.

Hay una frase en el libro que dice «si esta obra no aparece este país se va a la mierda». Pero, por el contrario, se encontró una solución que es casi tan absurda como el problema: pedirle al autor que hiciera una copia para, esta vez sí, exponerla de forma permanente.

Pero fíjate, que siendo absurdo, rocambolesco, también puedes decir que es audaz.

Y que es perfectamente compatible con el arte contemporáneo, donde a menudo lo importante no es la obra como la ves, sino el latido de su idea. La fuerza está en la idea, no en la ejecución.

Entonces, si destruyes o desaparece la primera pieza, lo que no desaparece es la idea, que cobra fuerza otra vez en la réplica, que es exactamente igual y está dotada de su latido.

Y viene el artista y dice: «Yo declaro que la segunda obra, exactamente igual a la primera desaparecida, es original», y entonces lo es, porque está revestida de las características que la vuelven obra de arte.

Está la idea y está la palabra del artista, que es como el mago: «Yo te declaro real y original, aunque seas la segunda».

¿Es absurdo?, lo es, ¿es una idea disparatada?, lo es, pero es audaz y provocadora.

Juan Tallón (foto de Laura Ortega)

Tallón reconoce que de alguna manera le entristecería la revelación del misterio detrás de la desaparición de la escultura (foto de Laura Ortega).

Además, hay algo que tiene esa escultura, que tienen muy pocas obras de arte, que es la leyenda.

No se puede aspirar a más.

Porque esta escultura expuesta en el Reina Sofía es una escultura desaparecida, y es una escultura exhibida.

Y detrás tiene el fantasma de la primera, que mientras no aparezca, tendrá un relato increíble que nada puede manchar.

Imagínate que la escultura aparece. La leyenda muere. Porque las leyendas no tienen fin, no tienen nada que la cuestione.

Pero si de pronto sabemos qué pasó con la escultura, podríamos sentir la satisfacción de los finales que cierran, pero yo creo que acabaríamos sintiéndonos un poco tristes porque lo que ha desaparecido -y eso sí que no se puede recuperar- es el misterio.

Le dedicaste gran parte del libro al armado de la escultura, al fundido de las piezas, al transporte de la obra…

Es que Richard Serra es un tipo de artista que está muy lejos de lo que podemos entender como un artista solitario que trabaja aislado del mundo.

No, él no puede trabajar así, no puede ser el artista que es si no tiene 800 personas colaborando con él.

Él tiene una idea, que en el momento que quiere latir y convertirse en pieza artística necesita sumar cada vez más gente al proceso: informáticos, ingenieros, gente muy calificada que piense que su idea es plausible desde el punto de vista de la física.

Es un co artista de su obra.

Obra Equal, de Richard Serra, expuesta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Obra Equal, de Richard Serra, expuesta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Y después necesitas una mano de obra menos calificada porque tus obras son tan enormes, tan extraordinariamente grandes y pesadas, que tienen que ser trasladadas primero por transporte marítimo -porque él trabaja con una acería en Alemania- y luego por tierra, cuando llegas al país donde va a ser exhibida la pieza.

Y a eso le sigue quizás lo más difícil: introducir la obra de arte dentro del museo.

Fíjate que el Museo Reina Sofía, en el año 86, tuvo que derribar el Museo Reina Sofía para introducir en su interior la pieza de Richard Serra. Y cuando se hace la réplica, y se vuelve a introducir, hay que volver a derribarlo.

… y encontré un blog escrito hace mucho tiempo por ti en donde le declarabas tu amor a las ferreterías, a los talleres eléctricos, y decías que cambiarías toda tu formación filosófica y tus conocimientos del lenguaje por saber cómo arreglar una motosierra.

La pregunta final es si parte de tu libro está inspirado en este placer por el armar piezas y arreglar cosas…

Y el placer por desmontarlas…

Cuando yo era pequeño, mi padre tenía una moto, una Derbi Diablo, y cuando estaba aparcada yo me sentaba ante ella y mirar aquel motor me fascinaba.

Y lo que más me provocaba era la idea de desmontar piecita a piecita aquello que hacía mover algo que estaba tan inanimado.

Quizás, ahora se me ocurre, lo que hago en «Obra maestra» no es sino desmontar un complejísimo entramado que explica que pasase algo tan asombroso.

Vamos a colocar el misterio, ante el lector, en piecesitas.

Esto es algo que estoy improvisando ahora, que la novela es una respuesta al sueño de la infancia de desmontar las cosas complejas para tratar de entenderlas.

Y no aspirar después a volver a montarlas, sino que el desmontaje sea el verdadero misterio.

No cómo funcionan las cosas sino hasta qué medida se pueden llegar a desmontar las cosas, en la búsqueda del entendimiento de las mismas.

Sigue toda nuestra cobertura del Hay Querétaro en este vínculo.

Imagen de portada: Juan Tallón entre los bloques de la escultura de Richard Serra (foto de Laura Ortega).

FUENTE RESPONSABLE: Matías Zibell. HayFestivalQuerétaro@BBCMundo. 4 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Arte/Hay Festival.

El legado que los vascos dejaron en América (además de los apellidos).

Amerikara noa ere nere borondatez / hemen baino hobeto izateko ustez… («Me voy a América por mi propia voluntad / con la esperanza de vivir mejor que aquí»…)

Así comienza una popular canción en euskera —el idioma de los vascos— que describe el largo viaje que millones de ellos hicieron para migrar a países de América en diferentes etapas de los últimos cinco siglos en busca de nuevas oportunidades.

Esta migración fue común desde muchos países a lo largo de la historia. Pero quizá lo más llamativo es que los vascos, que se reparten entre la Comunidad Autónoma del País Vasco (o Euskadi) y Navarra —en el norte de España— e Iparralde —en el suroeste de Francia—, dejaran una huella tan notable en América siendo una población que hoy apenas ronda los tres millones de personas.

«Obviamente, no puedes comparar un grupo tan pequeño con los millones de italianos que migraron allí y la impronta que dejaron… pero, cualitativamente hablando, los vascos sí que dejaron un importante legado», valora Óscar Álvarez Gila, coordinador del postgrado sobre Diáspora Vasca de la Universidad del País Vasco.

Pero ¿cuántos vascos llegaron a migrar?

«No lo sabemos y nunca lo sabremos», responde tajante a BBC Mundo. «En las estadísticas no existía la categoría ‘vasco’ para catalogarlos [eran registrados como españoles o franceses], y muchos de quienes migraban en el siglo XIX lo hacían de manera ilegal cruzando la frontera con Francia y tomando un barco».

Sin embargo, basado en estudios, testimonios y la presencia actual de descendientes, el experto cita como destinos preferidos de aquellos vascos migrantes Chile, Cuba, el oeste de Estados Unidos y México; aunque superados ampliamente por Uruguay y sobre todo Argentina, donde se dice que en torno al 10% de su población actual tiene algún antepasado vasco.

A excepción de quienes salieron exiliados por razones políticas tras la Guerra Civil española en 1939, la mayoría de vascos que viajaron a América en diferentes corrientes durante los últimos siglos lo hicieron en busca de oportunidades de trabajo a países con economías en expansión y con políticas de acogida para migrantes muy favorables durante décadas.

Era lo que entonces se llamaba salir a «hacer las Américas».

Mapa corrientes migratorias vascos América

«En alguno de esos países se pagaba mejor que en el País Vasco, así que viajaban para mejorar su vida y hacer capital con la idea de regresar convertidos en alguien, y muchas veces con la idea de ayudar a fundaciones, a escuelas… Así se convertían en figuras reconocidas. De ahí viene el concepto de ‘indiano'», le dice a BBC Mundo Josu Ruiz de Gordejuela, historiador y autor de varios libros sobre vasconavarros en México.

En BBC Mundo recopilamos junto a expertos una pequeña parte de todo ese legado que la diáspora vasca llevó hasta América y que permaneció (o se adaptó) hasta la actualidad.

Apellidos

Quizá, aunque ni siquiera lo sepas, en tu familia hay raíces vascas si tu apellido es Iturbide (que significa «camino de la fuente» en euskera), Elizondo («junto a la iglesia»), Ezeiza (de izei como «abeto»), Bolívar (bolu e ibar, «la vega del molino») y un largo etcétera. Según expertos, los vascos generaron unos 70.000 apellidos de los que hoy conservan unos 35.000.

Su presencia en América es tan amplia como, a veces, difícil de investigar. Primero, porque no todos son apellidos claramente identificables al no tener siempre una grafía en euskera; y segundo, porque muchos apellidos de origen vasco se extendieron después por otros territorios cercanos.

«El caso más emblemático es García, generado en el reino de Pamplona y que significa ‘joven’, pero que después fue llevado al resto de reinos de España. Por eso, tener hoy un apellido vasco como García no significa que tú lo seas. Es lo que llamamos ‘apellidos vascos generalizados'», le dice a BBC Mundo Jorge Beramendi, historiador y miembro de la Fundación Vasco Argentina Juan de Garay.

Manifestante con tapabocas con la bandera vasca

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Esta agrupación hizo un minucioso trabajo de investigación examinando guías telefónicas argentinas, padrones electorales y diccionarios para llevar a cabo la mayor recopilación de apellidos vascos en el país —unos 25.000— y que pueden consultarse en la web feriadellibrovasco.com

Otra dificultad para identificarlos es que muchos de estos apellidos fueron registrados al llegar a América de manera distinta por la similitud entre algunos sonidos (como «s» y «z»; «b» y «v», «c» y «k»…), por diferencias en las reglas ortográficas del euskera con los idiomas principales de los países donde se migraba, así como por la posterior estandarización del idioma en Euskadi y adopción de nuevos dígrafos como la «tx», pronunciada como la «ch» en español o «tch» en francés.

Todo esto dio lugar a que hoy existan múltiples variantes de un apellido, como ocurre con Etxeberria («casa nueva», en euskera) y Echeverría, Echebarria, Etcheverry, etc. También con Otxoa y Ochoa (que significa «lobo», aunque escrito como otsoa), Jauregi y Jáuregui («palacio»), Intxaurrondo e Inchaurrondo («nogal»), Berasategi y Berazategui, Apodaka y Apodaca…

Nombres geográficos (y el legado de personajes históricos).

Debido al gran número de vascos que participaron en las primeras expediciones que llegaron a América desde España, es habitual encontrar su huella en multitud de los nombres que elegían para bautizar zonas o ciudades que encontraban a su paso.

Es lo que hizo Francisco de Ibarra cuando nombró parte del norte de México como Nueva Vizcaya, en honor a la provincia vasca en la que nació. Si bien el nombre y sus límites no se conservan, sí continúa existiendo su capital Durango —en homenaje a otra ciudad vizcaína—, que hoy preside el estado mexicano del mismo nombre.

Escudos Durango y Vizcaya

FUENTE DE LA IMAGEN – WIKIPEDIA. El escudo del Durango mexicano (izquierda) es muy similar al que la Vizcaya vasca tenía hasta finales del siglo XX.

Ibarra, en Ecuador, fue fundada por orden del vasco Miguel de Ibarra y Mallea, y comparte nombre con otra Ibarra en el País Vasco. Otros nombres se perdieron como el de Nuevo Bilbao en Chile, que en el siglo XIX pasó a llamarse Constitución pero que aún conserva en su escudo el de la ciudad vasca sede del Museo Guggenheim.

Y aunque no le dejó un nombre vasco, solo un dato sirve para comprender la enorme influencia de aquel pueblo en Argentina: la segunda fundación de Buenos Aires en 1580 —bautizada entonces como Ciudad de Trinidad— corrió a cargo del vasco Juan de Garay.

Los mexicanos también encuentran vascos clave en su historia si pasean por el Ángel de la Independencia, donde reposan los restos del general navarro Francisco Xavier Mina que luchó junto a los insurgentes frente a España. Otros héroes nacionales como Juan Aldama, Ignacio Allende o Mariano Abasolo también provenían de familias vascas aunque ya nacieron en Nueva España.

Es el mismo caso que el de Agustín de Iturbide, hijo de vasco y primer emperador de México que, según historiadores, se definía sin embargo como «vasco de cuatro costados». Él fue quien adoptó la bandera tricolor del primer gobierno mexicano con el verde, blanco y rojo vigentes en la actualidad, así como el águila sobre el nopal en el escudo.

Iturbide

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Agustín de Iturbide se definía como «vasco de cuatro costados».

Pero el más destacado de los herederos de vascos en la independencia de América fue sin lugar a dudas Simón Bolívar, descendiente de quinta generación de un vizcaíno vecino del municipio de Ziortza-Bolibar que migró a Venezuela a finales del siglo XVI. En su juventud, el propio Libertador viajó a Euskadi para reencontrarse con sus raíces antes de convertirse en la figura clave de la independencia de varias naciones americanas.

También en el ámbito cultural encontramos influencias vascas. Sor Juana Inés de la Cruz, una de las más importantes figuras literarias de Nueva España, era hija de un guipuzcoano e incluso intercaló en algunas de sus obras referencias al País Vasco y varios versos en euskera.

Frontones

Antes de que el fútbol y el béisbol se convirtieran en deportes de masas en muchos países americanos, la pelota vasca ya atraía a multitudes a los frontones donde se practica desde hace siglos en sus diferentes modalidades.

Este deporte traído por los migrantes —y el negocio de las apuestas que lo acompañaba— levantaba auténtico furor en el continente, hasta donde viajaban algunos de los mejores pelotaris (jugadores de pelota) vascos para protagonizar giras multitudinarias.

Si en México o EE.UU. el deporte rey en el frontón era el jai-alai o cesta punta —jugada con una cesta de mimbre—, en Argentina la modalidad que continúa arrasando es la paleta y en trinquetes de canchas cerradas (con paredes en ambos laterales, al contrario que la mayoría de frontones de Euskadi que solo tienen pared izquierda).

Fronton

FUENTE DE LA IMAGEN -GETTY IMAGES. Los frontones vascos se popularizaron en varios países para acoger distintas modalidades de juego de pelota.

«En Argentina, el juego de pelota es todo un juego nacional en alguna de sus modalidades. En prácticamente todos los pueblos hay frontones donde siempre se jugó y se sigue practicando mucho. Es un legado muy tangible de los vascos en nuestro día a día», le dice a BBC Mundo Pablo Ubierna, historiador vascoargentino.

Solo en Ciudad de México llegaron a construirse al menos cinco grandes frontones, algunos de ellos inaugurados por el presidente de la época, Porfirio Díaz. Incluso el revolucionario Pancho Villa era tan aficionado que mandó construir un frontón en la hacienda en la que se acabó retirando en el norte del país.

Pero la llegada de más deportes, la legalización de las apuestas en otros ámbitos y cambios en las leyes de casinos hizo que los frontones perdieran su esplendor en muchos lugares. El año pasado, por ejemplo, EE.UU. echó el cierre al último del país en Dania Beach, Florida. En 2017, el Frontón México reabrió en la capital tras 20 años de inactividad en un intento por reflotar la tradición.

Villa

FUENTE DE LA IMAGEN – INAH. Pancho Villa, de blanco en el centro, era gran fanático de la pelota vasca.

Gastronomía

La gastronomía vasca, reconocida internacionalmente y con un gran número de estrellas Michelin por metro cuadrado en Euskadi, dejó también su impronta en América.

En el oeste de EE.UU., por ejemplo, se popularizaron los hoteles donde los pastores vascos pasaban los meses de invierno, comiendo todos juntos en largas mesas corridas y, generalmente, con un único plato en el menú que se ponía en el centro de las mesas para compartir.

Una vez que la migración de pastores fue desapareciendo y esos establecimientos se fueron abriendo al público general, este peculiar estilo de organización de los locales se mantuvo hasta nuestros días en lo que se llama «estilo casero» o «estilo familiar» de disfrutar de los restaurantes vascos en EE.UU.

En su oferta actual pueden encontrarse productos tan típicos como las alubias hasta otros que no son especialmente populares en el País Vasco. Es el caso del picón punch, un cóctel muy representativo de la migración vasca en EE.UU. a base de licor de hierbas, agua de soda y granadina que, sin embargo, es un absoluto desconocido en Euskadi.

Bacalao

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. El bacalao a la vizcaína sigue presente en la cocina mexicana aunque con una receta diferente de la tradicional vasca.

La cocina vasca también vivió variaciones en México, donde uno de sus platillos clásicos de Navidad es algo tan tradicional en Euskadi como el bacalao a la vizcaína.

Sin embargo, la receta original que llegó al virreinato de lomos de pescado con una salsa de pimiento, tomate y cebolla se mezcló después con otros ingredientes como chiles güeros, almendras, aceitunas o papas para adecuarlo a los gustos mexicanos, quienes lo consumen desmigado.

En países como Chile preparan algunos platos acompañados de una «salsa vasca», aunque en Euskadi no exista tal concepto.

Y en Argentina, amantes declarados de la carne, muchos consideran los restaurantes vascos como únicamente especializados en pescado… aunque de sus cocinas también salen deliciosos pintxos (pequeñas tapas atravesadas por un palillo) y chuletones de buey o vaca.

Pintxos vascos

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. También viajó a América parte de la gastronomía vasca, que tiene en los ‘pintxos’ uno de sus máximos exponentes.

Empresas y actividades económicas

La población migrante vasca realizó diversas actividades económicas en América desde su llegada, aunque en algunos países son recordados por algunas dedicaciones específicas que llevaron a cabo como la de pastores en EE.UU., panaderos en México, lecheros u otras actividades agrícolas en Argentina (donde fueron clave para consolidar aspectos como el uso de la boina en la indumentaria de los trabajadores del campo)…

Es en este concepto de «los vascos lecheros» de Argentina en el que se enmarca el éxito de la empresa láctea La Vascongada, fundada en 1908 por el vascofrancés Pedro Uthurralt. Hasta su quiebra a finales del siglo XX, varias generaciones de argentinos y uruguayos disfrutaron de uno de sus productos más carismáticos: la leche chocolatada Vascolet.

Ya en la actualidad, quizá muchas personas no saben que una de las marcas de cerveza más representativas de México en el resto del mundo tiene ADN vasco. Sí, el grupo fabricante de Corona (o Coronita, en España) fue creado por Braulio Iriarte, un navarro de Elizondo que migró a México siendo muy joven.

Iriarte pasó de trabajar como panadero a tener sus propias tiendas, crear la primera empresa en el país de fabricación de levadura para pan y ser artífice de una de las empresas cerveceras más populares en el mundo.

Gaucho

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Expertos reconocen influencia de parte de la vestimenta tradicional vasca en la de los gauchos argentinos.

Hoy en día, María Asunción Aramburuzabala -una de las herederas del emporio y con abuelo vasco- es la mujer más rica de México, según Forbes. Pero hay más casos de éxito en el país azteca.

Ángel Urraza, un joven vizcaíno llegado poco antes de la Revolución mexicana, prosperó hasta fundar Euzkadi, una compañía de llantas tan emblemáticas para el país que incluso en la película Goldfinger de James Bond se les hace referencia durante una escena ambientada en México.

Centros vascos

En arquitectura, hay numerosas construcciones herencia de la diáspora vasca.

El imponente edificio del colegio de las Vizcaínas en Ciudad de México fue el primer centro educativo laico para mujeres de toda América y el único que ha funcionado de manera ininterrumpida en el país desde que fuera fundado por vascos en 1767.

Pero si hay un lugar que simboliza la presencia de los vascos en el extranjero son las llamadas euskal etxeak o centros vascos, de los que el gobierno vasco tiene contabilizados cerca de 200 en el mundo. De ellos, casi la mitad están en Argentina.

Urkullu en el Laurak Bat

FUENTE DE LA IMAGEN – LAURAK BAT. El ‘lehendakari’ (presidente vasco), Iñigo Urkullu, visitó en 2018 el centro vasco Laurak Bat de Buenos Aires.

Estos centros nacieron inicialmente como lugar de acogida y ayuda mutua entre los vascos que cruzaban el océano hace décadas.

En la actualidad, tratan de mantener viva la identidad social y cultural vasca impartiendo clases de euskera, charlas, conciertos, clases de baile o partidos de pelota, entre muchas otras actividades.

«Pero somos una colectividad que no se ha quedado anclada en lo folclórico sino que está muy comprometida también con las causas políticas», le dice a BBC Mundo Arantxa Anitua, expresidenta del Laurak Bat de Buenos Aires, el centro vasco en activo más antiguo del mundo tras su fundación en 1877.

«Nos sentimos vascos, no franceses o españoles; la sociedad argentina lo entiende perfectamente y tiene una imagen muy valorada de nosotros. Pero aunque somos muy vascos, también somos profundamente argentinos», dice con pasión la actual presidenta de la Federación de Entidades Vasco Argentinas.

Si en Boise —capital del estado de Idaho y considerada epicentro de la diáspora vasca en EE.UU.—, decenas de miles de personas se congregan cada cinco años en un gran festival de cultura vasca organizado en torno a su basque block (barrio vasco) y museo vasco, en la capital argentina es cada año cuando miles toman la Avenida de Mayo para participar en el gran evento «Buenos Aires celebra al País Vasco».

Buenos Aires celebra al Pais Vasco

FUENTE DE LA IMAGEN – BUENOS AIRES CELEBRA AL PAÍS VASCO. Miles de personas participan en el festival anual de Buenos Aires para celebrar al País Vasco.

«Una vez me llamaron de la escuela de mi hijo para preguntarme si yo no era abogada, porque él había dicho que yo trabajaba ‘de vasca’, por eso de que es algo que menciono a todas horas», bromea Anitua.

Para ella, frente a otras nacionalidades presentes en Argentina que «se van diluyendo», el fuerte compromiso de sus componentes hace que la colectividad vasca en el país tenga el relevo generacional asegurado.

Este artículo es parte del Hay Festival Querétaro, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza del 1 al 4 de septiembre de 2022.

Imagen de portada: Buenos Aires; Argentina. Día de las colectividades.

FUENTE RESPONSABLE: Marcos González Díaz; HayFestivalQuerétaro@BBC Mundo. 29 de agosto 2022.

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