Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, por Andrés Bonatti y Javier Valdez. Final.

Explotación empresaria, con anuencia estatal

La opresión contra los pueblos indígenas del Norte tuvo características simi­lares a la sufrida por sus hermanos pampeanos. Luego de que los ejércitos ocuparon sus tierras, miles de hombres y mujeres tobas, wichis, pilagás, mo­covíes, vilelas, entre otros, fueron trasladados a las reducciones que el Estado había preparado para recibirlos. 

Una vez instalados allí, se los obligó a traba­jar en los ingenios. La desdicha para los indígenas comenzaba desde el mo­mento en que partían hacia las fincas, ubicadas a varios kilómetros de distan­cia, porque debían realizar todo ese trayecto a pie, bajo el impiadoso sol norteño, apenas alimentados con las míseras raciones que les entregaban sus nuevos patrones. De la marcha, que duraba días, a veces semanas, participa­ban tanto hombres como mujeres y niños. Gran cantidad de ellos fallecían en el camino, deteriorados por la rigurosidad del clima, la falta de agua y comida o por enfermedades como la viruela, el cólera y el paludismo.

Los que llegaban a destino debían construirse sus propias chozas, con ra­mas y hojas de caña, en las cercanías de la zona de zafra, porque en el con­trato de trabajo que firmaban no estaba incluida la vivienda. 

Quedaban, entonces, expuestos al frío y las precipitaciones, y no recibían ningún tipo de asistencia de médicos o enfermeros, salvo en los casos de las enfermeda­des más críticas. El índice de mortalidad era altísimo. De acuerdo con los testimonios recogidos en diferentes relevamientos, se estima que cerca de la mitad de los indígenas del Norte reducidos en los ingenios murieron en los campamentos.

La vida en los ingenios era muy rigurosa: la actividad duraba entre ocho y diez meses, por lo cual mucha gente vivía la mayor parte del año lejos de sus casas. Por lo general, el trabajo comenzaba a las tres o cuatro de la mañana. 

Los hombres tenían como principal tarea realizar los desmon­tes, cavar zanjas para abrir canales y plantar la caña. Las mujeres eran res­ponsables de los desbroces, de machetear las malezas y también de plantar caña. En algunos ingenios ocurría que si los indígenas no completaban la labor prevista por los patrones, se les descontaba una parte del salario o directamente no se les pagaba.

En el razonamiento de los empresarios azucareros primaba el interés comercial por sobre el bienestar de los trabajadores. La clave del progreso era producir cada vez más, al menor costo posible. La mano de obra indígena garantizaba justamente esa condición: brazos baratos, que eran exigidos al máximo de sus posibilidades. 

Los primeros ingenios se desarrollaron en la provincia de Jujuy, para luego extenderse a su vecina Salta y a Tucumán, siempre al amparo del Estado nacional y sus instituciones. San Isidro, Ledes­ma y La Esperanza fueron los más representativos de esa primera etapa; luego se sumarían otros, como El Tabacal, que incorporaron la misma lógica.

Es valioso el aporte de Juan Bialet-Massé, médico y abogado español residente en la Argentina a partir de 1873, que recibió como encargo del gobierno nacional la realización de un informe sobre el estado de las clases obreras argentinas, materializado en el libro Informe Bialet-Massé, editado en 1904. 

Su testimonio convalida la existencia de un sistema de explota­ción del indígena con apoyo estatal: “El indio es desconfiado. Tiene razón de serlo. Son tan raros los casos en que se le cumplen los contratos y las promesas, que solo tiene fe en el contrato escrito, y lo pide como una garantía. ‘Cons­te por el presente que el cacique se compromete a trabajar con su gente en este ingenio, durante la cosecha del presente año, reci­biendo adelantado mercaderías y dinero.’ Ingenio, fecha. Sello del ingenio. Firma social del ingenio. Debían al fin del trabajo, entregárselo diez caballos, cinco yeguas y mercaderías, si la tribu trabajaba toda la cosecha. 

Tres días antes de acabar, un capataz le da latigazos a dos indios. Gritan, se sublevan. El indio ha perdido lo que decía el contrato. Los infortunios para los indígenas y sus descendientes durarán muchísi­mos años. Los principales ingenios de las provincias del Norte, como El Tabacal o Ledesma, mantuvieron su sistema basado en la explotación del trabajador hasta bien entrado el siglo XX, hacia la década de los treinta, cuando se formaron los primeros sindicatos”.

Obrajes y otras industrias

La industria maderera en la Argentina se desarrolló en forma simultá­nea a las campañas militares, entre 1878 y 1879. El 18 de abril de 1879, el presidente Nicolás Avellaneda expidió el decreto número 1054, que prohibía el corte de madera sin permiso previo del gobierno nacional y autorizaba las actividades forestales únicamente entre mayo y septiembre. 

Como ocurrió en muchas otras oportunidades, las medi­das oficiales no se cumplieron ni tampoco el Estado se esforzó en ha­cerlas cumplir. En las regiones donde abundaban los bosques nativos, como las provincias de Chaco y Formosa, florecieron decenas de obra­jes administrados por patrones inescrupulosos que propiciaban una tala indiscriminada gracias a la mano de obra accesible y barata que representaban los indígenas.

El ritmo de trabajo en esta industria era riguroso y muchas veces inhu­mano, rodeado de peligros e incomodidades. Una vez seleccionados, los indígenas eran separados en grupos, según la tarea que debían ejecutar, siempre al mando de un capataz. 

Por un lado estaban los picadores, que eran quienes tenían a su cargo la tarea primaria de tumbar los árboles provistos de hachas. No era una faena sencilla: los ejemplares buscados eran los más voluminosos, requeridos principalmente para la fabricación de vi­gas y para la extracción de tanino curtiente, esta última una actividad que estaba en pleno auge. 

Por su parte, los labradores tenían bajo su responsa­bilidad el trozado y labrado de la madera. Finalmente estaban los carreros, quienes debían cargar los árboles cortados hasta los carros que, arrastrados por dos yuntas de bueyes, trasladarían la madera hacia la zona de acopio. Los hombres trabajaban de lunes a sábados, de sol a sol, con una única interrupción al mediodía para un magro almuerzo habitualmente com­puesto por maíz cocido con charque.

El esquema que empresarios y Estado, en forma conjunta, habían diseñado en los obrajes del Norte argentino disponía de cada uno de los aspectos de la vida de los indígenas. Todo estaba calculado, hasta la muerte. Por la exigencia del trabajo, las malas condiciones climáticas y las epidemias de enfermedades, la expectativa de vida de los trabajadores forestales no supe­raba los cuarenta años.

El escritor chaqueño Juan Ramón Lestani, que tuvo una destacada par­ticipación política en la provincia unos años después de la Conquista, legó un estremecedor testimonio sobre la vida de los indígenas en los obrajes: “Si alguna vez se ha hablado de las condiciones miserables del traba­jo humano, hay que poner en primera plana lo que ocurre en los obrajes del Chaco. La inhumanidad del trato es indescriptible: tra­bajadores como bestias ambulan por las selvas en medio de los constantes peligros naturales, viviendo al abrigo de los árboles, sin vestimenta casi, alimentándose algunas veces con carne que se pro­veen en la Administración de la empresa, donde se faenan todos los bueyes flacos desahuciados para el trabajo, pues cuando se trata de carne gorda, tiene mejor mercado en la población más cercana”.

El vale y la proveeduría eran dos de los instrumentos más habituales de explotación a los indígenas conchabados en los obrajes chaqueños. En ge­neral los salarios se les pagaban en vales o notas de crédito, canjeables en la proveeduría del propio predio. Terminado el mes, podían trocar por dinero los vales sobrantes. Solía ocurrir que quienes manejaban la provisión de mercaderías les aumentaban el costo de los productos de primera necesi­dad, hasta casi duplicarse, o los engañaban por medio de la adulteración del peso de las mercancías ofrecidas. Unos pocos se rebelaron y lograron escapar hacia el monte en busca de una mejor vida, que jamás encontraría. La mayoría, en cambio, se resignaba al destino desgraciado que les había tocado en suerte.

The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, más co­nocida en nuestro país como La Forestal, creada hacia fines del siglo XIX, fue un símbolo de la explotación en los obrajes. 

La compañía, de capitales ingleses y alemanes, le compró a la provincia de Santa Fe más de 2 millones de hectáreas a un precio muy bajo para instalar allí una fábrica de tanino. La historia de La Forestal tiene ribetes increíbles. 

El gobierno de Santa Fe, con el aval de la nación, no sólo le vendió a esta empresa extranjera más de un 20 % del territorio de la provincia a un valor irrisorio, sino que además le permitió construir una especie de Estado dentro del Estado. 

La Forestal llegó a tener seis ciudades, un puerto, 140.000 kilómetros de ferrocarril, policía, moneda y bandera propias, y más de cuarenta mil obreros, entre ellos muchos indígenas, que trabajaban a destajo y recibían apenas 2,50 pesos por cada tonelada de leña, en vales que, por supuesto, sólo podían canjear en las proveedurías de la propia empresa.

El esquema represivo que funcionó en los obrajes y los ingenios tam­bién se replicó en otras ramas de la actividad manufacturera del país, como por ejemplo en algodonales, yerbatales, naranjales, cultivos de maní, talle­res y otros. 

Salarios vergonzosos, alimentación escasa, maltrato físico, abu­sos en los precios de los productos ofrecidos y contratos abusivos fueron los instrumentos comunes del atropello que se evidenciaron en cada una de las industrias que recibieron a los indígenas despojados de sus territorios por Roca y sus generales. 

En los yerbatales de la provincia de Misiones se los obligaba a firmar compromisos leoninos, llamados “condiciones del obra­je”, que incluían cláusulas absolutamente arbitrarias, como por ejemplo la que determinaba que si los trabajadores de la yerba mate se enfermaban no sólo perdían automáticamente la paga del día, sino que también debían abonar al patrón 50 centavos por cada jornada de ausencia en las planta­ciones. 

Si la enfermedad era grave, el contrato preveía que el trabajador doliente únicamente podía viajar a atenderse a las ciudades de Posadas o de Villa Encarnación si conseguía que alguien se hiciera cargo de su cuenta, que en general era deudora porque debía dinero a la proveeduría. En el caso de que nadie pudiera tomar su lugar, no se le permitía viajar, y su sa­lud quedaba librada al designio del destino.

A partir de cifras proporcionadas por el propio Poder Ejecutivo de aquellos años se calcula que, entre 1879 y 1883, cerca de veinte mil indí­genas tomados prisioneros en Pampa y Patagonia fueron trasladados hacia cárceles como Martín García, Valcheta y Chichinales, o las provincias del Norte y de Cuyo, para trabajar en las diferentes industrias y en el servicio doméstico. En el Chaco, las cifras del destierro son aún mucho mayores, porque allí la población indígena era mucho más numerosa que la que había en la Pampa. En Chaco, la deportación de los nativos hacia las cár­celes y las reducciones duró hasta comienzos del siglo XX.

Si bien adolecen de algunas deficiencias metodológicas, porque era muy difícil en aquella época acceder y registrar la totalidad de las comuni­dades que vivían tierra adentro, los resultados de los dos primeros censos realizados en el país son un parámetro válido para constatar el exterminio físico y cultural que sufrieron los pueblos originarios de la Argentina con la Conquista del Desierto. En el de 1869, presidencia de Domingo Sar­miento, la población indígena calculada fue de 93.138 personas. En el censo de 1895, bajo el mandato de José Uriburu, la cantidad de habitantes indígenas había disminuido a treinta mil. En el medio, habían pasado veintisiete años y una guerra desigual e infame.

Imagen de Portada: Gentileza de El Historiador

FUENTE RESPONSABLE: Fuente: www.elhistoriador.com.ar

El Historiador – Editor Felipe Pigna*Historiador

/Investigador/Divulgador

La Conquista del Desierto/Una guerra infame/El Genocidio de los Pueblos Orignarios/La explotación laboral/Pensamiento critíco/Sociedad/

 

Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, por Andrés Bonatti y Javier Valdez. I Parte.

EL GENOCIO DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS DE LA ARGENTINA

Los primitivos dueños de la tierra venían resistiendo la conquista del hombre blanco desde la llegada de Solís, en 1516. Don Pedro de Mendoza debió abandonar Buenos Aires en 1536 por la hostilidad de los pampas. Sólo a partir de la creación del virreinato y la consecuente presencia de un poder político y militar fuerte, fue posible establecer una línea de fronteras con el “indio” medianamente alejada de los centros urbanos.

Esta línea de fronteras fue extendida a lo largo del siglo XIX, desde la instalación del primer gobierno patrio hasta la ofensiva final que desde 1878 llevó a cabo el ministro de Guerra, Julio Argentino Roca, en su tristemente célebre “Conquista del Desierto”, un eufemismo para hablar de la brutal matanza de numerosas comunidades indígenas y la apropiación de los territorios que ocupaban.

En el libro Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, Andrés Bonatti y Javier Valdez analizan esta guerra desigual contra los pueblos originarios desde múltiples dimensiones, abordando la mentalidad predominante entre los miembros de la Generación del ’80, quienes, en su afán de progreso material, llevaron adelante un etnocidio en nombre de la civilización.

Los autores analizan en los distintos capítulos del libro la resistencia de los últimos caciques tanto en la región pampeana, como en el Chaco y en la Patagonia. Así podemos ver las luchas de emblemáticos líderes indígenas como Catriel, Calfucurá, Namuncurá, Baigorrita, Pincén, Purrán, Reuquecurá y Sayhueque.

La investigación también se ocupa del destino del botín, millones de hectáreas apropiadas por el Estado nacional, muchas de ellas vendidas a precios irrisorios entre las familias de la elite cercanas al poder, y de los miles de indígenas que lograron sobrevivir, encerrados en prisiones en diversos puntos del país o separados de sus familias y enviados lejos de sus tierras a trabajar como mano de obra barata en obrajes, yerbatales, ingenios, etc.

A continuación transcribimos un capítulo del libro dedicado a este último aspecto poco transitado por la historiografía argentina, es decir, la incorporación al modelo capitalista de mano de obra indígena en condiciones de explotación vergonzosa. Así los autores dan cuenta de las condiciones en las que los habitantes originarios que sobrevivieron a la denominada “Campaña del Desierto” fueron obligados a trabajar en las diversas industrias. Por ejemplo, el esquema que empresarios y Estado, en forma conjunta, habían diseñado en los obrajes del Norte argentino disponía de cada uno de los aspectos de la vida de los indígenas. Todo estaba calculado, hasta la muerte. Por la exigencia del trabajo, las malas condiciones climáticas y las epidemias de enfermedades, la expectativa de vida de los trabajadores forestales no superaba los cuarenta años”.

Fuente: Andrés Bonatti y Javier Valdez, Una guerra infame. La verdadera historia de la Conquista del Desierto, Buenos Aires, Edhasa, 2015, págs. 139-150.

“El indígena es un elemento inapreciable para ciertas industrias, porque está aclimatado y supone la mano de obra barata, en condiciones de difícil competencia.”

Mensaje del presidente de la nación, Roque Sáenz Peña, D.S.C.S., 7 de junio de 1912

El confinamiento sufrido por los derrotados en las campañas militares de Julio A. Roca es uno de los aspectos menos explorados por la historiografía argentina. 

En general, cuando se habla de la Conquista del Desierto, se alude principalmente a la ocupación militar, es decir, a las expediciones que a partir de 1879 ocuparon por la fuerza los territorios habitados por decenas de comunidades originarias, pero no se profundiza sobre lo que ocurrió inmediatamente después con los indígenas que sobrevivieron y fueron trasladados a los diferentes sitios que el Estado argentino tenía re­servados para ellos. 

Cárceles que funcionaban como verdaderos campos de concentración, ingenios, obrajes, yerbatales, algodonales y otras industrias que basaban su productividad en la explotación de mano de obra indígena, casas de familia que fomentan el servilismo y cuarteles donde imperaba la crueldad… 

Todos estos fueron los destinos principales de los miles de perdedores de esta desigual contienda. El gobierno no era partidario de crear reservas donde afincar a los vencidos, como habían hecho los Estados Uni­dos tras su guerra contra los pueblos nativos, porque temía que pudieran reorganizarse y se produjeran sublevaciones. 

Eduardo Pico, militar que participó de las campañas y luego fue gobernador del territorio nacional de La Pampa Central (actual provincia de La Pampa), escribió en sus memo­rias una síntesis de la idea imperante entre los funcionarios de la época: “Conceder tierras para tal fin (en referencia a las reservas indígenas) sería retrogradar a la época en que el cacicazgo sustraía a la población indígena al contacto con la gente civilizada”. 

“Las tribus no pueden, ni deben existir, dentro del orden nacional”. Lo que se hizo, entonces, fue diseminarlos por pequeños grupos, en establecimientos rurales de las provincias del interior o en reducciones, creados para este fin específico, donde vivían totalmente alejados de la autoridad de sus caciques. 

Destruyeron sus economías, se los obligó a trabajar en un marco de tipo capitalista, y se les impusieron cos­tumbres cristianas y el abandono de las propias, como por ejemplo su len­gua natural, que era considerada un instrumento inútil. Se los apresaba e incluso se los separaba de sus familias: padres de hijos, hermanos de hermanas, esposos de esposas. 

Se los aislaba, tal vez para siempre. El religioso José Birot, que cumplía actividades en el presidio de la isla Martín García, señaló en una carta que “el indio siente muchísimo cuando separan la familia, porque en la pampa todos los sentimientos del corazón están centrados en la vida de la familia. Cada vez que los han se­parado, ha habido quejas amargas”.

Los innumerables testimonios recogidos durante aquellos años, tanto entre los vencedores como entre los vencidos, evidencian una realidad in­contrastable: luego de la expugnación militar, el Estado argentino concretó un proceso de conquista cultural sobre las comunidades sometidas, cuyo objetivo primordial fue hacer desaparecer su modo de vida, sus creencias, sus raíces y sus tradiciones. 

En el pensamiento de las autoridades, los vesti­gios de las sociedades indígenas ancestrales debían incorporarse, en forma voluntaria o por la fuerza, a la dinámica y a las costumbres de la vida civi­lizada. Desde el punto de vista teórico, lo que hizo el Estado argentino con los pueblos originarios fue un etnocidio: no sólo aniquiló los cuerpos de toda una sociedad, sino que también mató su espíritu.

Ingenios de la muerte

Durante los años de la Conquista del Desierto la industria azucarera atra­vesaba momentos de gran prosperidad y, como consecuencia de ello, la incorporación de mano de obra barata para la zafra era una necesidad cada vez más acuciante. 

Los ingenios del Norte argentino se convirtieron en un destino frecuente para los indígenas tomados prisioneros en las campañas militares. Miles de mapuches, tobas, pilagás, mocovíes, entre muchas otras etnias, desembarcaron en estas fincas para trabajar como zafreros, en con­diciones de explotación vergonzosas, a merced del abuso de los empresa­rios y la complicidad estatal. 

El propio Julio A. Roca, tucumano de naci­miento y de estrecha relación con los más poderosos productores azucareros del Norte del país, impulsó el envío de ranqueles a establecimientos rurales de Tucumán, porque creía oportuno sustituir en esa actividad a los mata­cos, a los que consideraba “indios holgazanes y estúpidos”. 

En noviembre de 1878, en carta dirigida al gobernador de la provincia, Domingo Martí­nez Muñecas, Roca pidió que se tomarán las medidas necesarias para reci­bir indígenas y “distribuirlos especialmente en los ingenios, con buen tra­tamiento y mejor salario posible, colocándolos bajo la intervención del defensor de pobres y menores, a fin de evitar la explotación por parte de los patrones”. 

Los hechos posteriores demostraron que las palabras del jefe militar eran, como mínimo, falaces. Los contingentes de pampas y ranque­les que arribaron a Tucumán en enero de 1879 sufrieron desde el primer día el abuso y la explotación. 

El contrato que les obligaban a firmar preveía un salario anual paupérrimo del que, además, sólo recibirían una pequeña parte una vez por mes para satisfacer sus necesidades más inmediatas. El resto era conservado por el patrón con el objetivo de “evitar que los indios gasten sus jornales en borracheras y otros vicios”. Estas prácticas eran, se­gún el gobernador, “medidas excepcionales debido a que los indios no comprenden la justicia, ni el derecho al trabajo y propiedad e ignoraban el valor real de los objetos y la moneda”. 

Luego de que se produjera una con­troversia en el ingenio, el gobierno provincial encomendó a dos agentes, de nombres Barrenechea y Del Corro, una investigación para determinar po­sibles abusos de los patrones.

El resultado de la pesquisa que presentaron los dos funcionarios es un testimonio muy valioso que revela pormenores sobre el funcionamiento del sistema de explotación contra el indígena: “Con sentimiento tenemos que comunicar a S.S. que, según los informes recibidos y las averiguaciones practicadas, no se ha cum­plido en todas las partes el contrato celebrado. Así que llegamos al lugar designado, fueron conducidos a nuestra presencia tres in­dias, vestidas con el traje que usan en sus toldos. Preguntadas dónde estaban sus compañeras, contestaron que dos estaban enfermas, recién convalecientes de la viruela, agre­gando que dos de los indios que han quedado, de los que no han fugado, habían salido en ese momento a bañarse. A las tres indias que se hallaban presentes, les hicimos las preguntas necesarias por medio de nuestro intérprete, a fin de saber cómo eran tratadas. A la primera pregunta prorrumpieron en largo y continuado llanto, y llorando contestaron todas las demás. Dijeron que su patrón era bueno pero no así su capataz. Que éste las castigaba, mostrándonos una de ellas, la más anciana, las cicatrices de heridas producidas por el látigo en el brazo y la cara. Que sólo le daban de comer una vez al día y su comida con­sistía en maíz con carne, y los más de los días, en maíz solamente. Que muchas de sus compañeras enfermas de viruela murieron porque no podían comer esa comida. Que esto y por los castigos recibidos habían sido la causa de la fuga de los demás indios. El Sr. Colombres (dueño del ingenio) a su vez afirmó que no era cierto lo que decían las indias, que les daba de comer. Que sólo eran castigados, como los demás peones, cuando no cum­plían con su deber. Que es verdad que han muerto 13 hombres y mujeres, pero todos de viruela, a excepción de una mujer anciana que murió de vejez’. Las indias dijeron que no, que habían muerto por los castigos reiterados”.

No existen datos precisos sobre la cantidad de prisioneros mapuches trasla­dados. De acuerdo con un informe presentado por Roca ante el Congreso nacional al finalizar la campaña militar de 1879, unos seiscientos mapuches fueron enviados al norte del país para trabajar en la zafra de Tucumán. Algu­nos investigadores, sin embargo, afirman que fueron muchísimos más.

Lo que sí se sabe con más certeza es que, en su gran mayoría, murieron como consecuencia de las enfermedades y del rigor que implicaba el traba­jo en la cosecha, o escaparon rumbo al desierto, para terminar luego como empleados del servicio doméstico o directamente para convertirse en mar­ginados de la sociedad.

Muchos años después, el diario La Razón publicó: “Para 1885, casi nin­gún indígena llegado desde la pampa quedaba en los campos tucumanos. Fueron, como queda visto, entregados a la voluntad caprichosa del amo, hasta que aniquiladas sus fuerzas, sucumbieron embrutecidos por el alco­hol, debilitados por el hambre y quebrados por los castigos. Los más in­defensos, aquellos que hasta la muerte liberadora les estaba vedada, que­daron desperdigados, prestando servicio doméstico”. 

Imagen de portada: Gentileza de El Historiador Fuente: www.elhistoriador.com.ar

FUENTE RESPONSABLE: Felipe Pigna Editor Investigador/Historiador

Clérigos timadores, robos mortales y bofetadas: los peligros de viajar en la Edad Media.

GUERRA, DIPLOMACIA Y PEREGRINOS

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Un ensayo colectivo analiza las razones de los desplazamientos de hombres y mujeres de esta época histórica a pesar de los hándicaps y recursos limitados de los que disponían. 

Uno de los episodios más legendarios del Camino de Santiago ocurrió en Santo Domingo de la Calzada. El hijo adolescente de un matrimonio alemán que peregrinaba a la tumba del apóstol cayó en gracia a la hija del posadero de la localidad riojana, donde se alojaron una noche. 

Cuando todos se fueron a dormir, la joven trató de camelarse al muchacho, pero fue rechazada. En respuesta al no, metió una copa de oro en la bolsa del chico y a la mañana siguiente le acusó de ladrón delante de todos.

El castigo que se le propició al bisoño peregrino fue la horca. Sus padres, desconsolados, completaron el periplo hasta Compostela y, meses más tarde, al regresar por el mismo camino, contemplaron que su hijo seguía colgado en el mismo lugar a las afueras del pueblo. Pero milagrosamente, respiraba, estaba vivo. Fueron a comunicárselo al regidor y a pedirle que le permitieran apear a su hijo.

El juez, al escuchar semejante incongruencia, disparó una gran carcajada y les dijo: “Vuestro hijo está tan vivo como este gallo y esta gallina que tengo delante”, asados, que le habían servido para comer rellenos de manzanas e hijos, y que de repente se incorporaron y empezaron a cantar de forma alegre. De ahí viene al famoso dicho de “en Santo Domingo de la Calzada cantó la gallina después de asada”.

El milagro calceatense, no obstante, esconde una realidad histórica: las falsas incriminaciones por hurto, acaecidas en albergues o establecimientos de hospedaje, que tuvieron que sufrir los peregrinos durante la Edad Media

Había, tal y como explica Pablo Martín Prieto, profesor de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid, malhechores que vivían de explotar el Camino, ganándose la confianza de los huéspedes solitarios, a los que luego robaban —e incluso mataban— tras la aparición de unos cómplices armados. También falsos confesores que prometían misas a cambio de dinero y unos requisitos que, sospechosamente, solo ellos les podían garantizar.

Los peligros y amenazas reales o imaginarias que abordaban a las mujeres y hombres medievales cuando abandonan la seguridad de sus hogares, desde el posadero timador hasta el pasaje de los ríos, es uno de los temas más fascinantes que analiza el libro Viajes y viajeros en la Edad Media (La Ergástula), una obra colectiva coordinada por María del Pilar Carceller Cerviño, doctora en Historia Medieval por la UCM, que reúne los aportes realizados en un congreso académico sobre en las vivencias, motivaciones, medios y otras casuísticas relacionadas con los desplazamientos en la citada época.

Luis IX navega a la cruzada. Una ilustración de Gillaume de Saint-Pathus.

Luis IX navega a la cruzada. Una ilustración de Gillaume de Saint-Pathus. Wikimedia Commons

Esta obra evidencia que desplazarse en el periodo medieval no era algo baladí y que podía responder a cuestiones bélicas, diplomáticas, políticas e incluso “turísticas”, ejemplificadas todas ellas a través de los casos de la migración goda a la Península Ibérica, de verdaderas aventuras embajadores y emisarios, del recorrido del corazón del rey escocés Roberto I Bruce hasta la frontera granadina o el recorrido de Jerónimo Münzer por la antigua capital del reino nazarí.

Pero también se movían las ideas gracias a copistas, libreros y lectores. En su capítulo, José Luis Gonzalo Sánchez-Molero, profesor titular de Filología en la UCM, explica que en el siglo XIII se popularizaron los libros de bolsillo, de cinto, como la Breviaria secundum usum Raomanae Curiae, en donde se recopilaban los manuscritos necesarios para el cumplimiento del oficio canónico; y se empezaron a desarrollar los primeros mecanismos de escritura itinerante.

Mujeres viajeras

La religiosidad jugó un gran protagonismo para instigar a la gente a emprender largos desplazamientos. Las cruzadas o las peregrinaciones a Tierra Santa dan buena muestra de ello. Pero además de la enorme distancia que había que recorrer, se sumaban otros peligros, especialmente después de la pérdida del reino de Jerusalén. El florentino Giorgio Gucci, que viajó hasta la ciudad en 1384, describió el tratamiento habitual que aguardaba a los peregrinos cristianos: injurias y blasfemias, bofetadas y golpes con cañas y con el puño, zancadillas a ellos mismos y otros ataques a sus monturas, tirones de la capucha, lanzamiento de piedras, de polvo y de agua desde las ventanas, etcétera.

No obstante, también existió un fenómeno llamativo: una suerte de prevención moral contra las peregrinaciones. A muchos que deseaban emprender el camino hacia algún lugar santo (o enrolarse en una cruzada), se les daba el consejo de permanecer en sus casas, atendiendo a sus deberes y ocupaciones. Eso hizo el arzobispo de Tours cuando, hacia 1123, disuadió al conde Fulco de Anjou de viajar a Santiago de Compostela, argumentando que su deber residía en “gobernar su pueblo, hacer justicia, proteger a los pobres y a la Iglesia, más que andar dando vueltas al mundo”. Una corriente crítica que hacía hincapié en el peligro viajero para el alma.

Portada de 'Viajes y viajeros en la Edad Media'.

Portada de ‘Viajes y viajeros en la Edad Media’. La Ergástula

“Había, además, una preocupación específica a cuenta de las mujeres peregrinas, que traslucía un prejuicio sobre su condición, como si, estando en cierta medida bajo sospecha, debieran demostrar que su peregrinación no encubría algún intento de darse al adulterio o a la fornicación”, explica el historiador Pablo Martín Prieto en su texto. El predicador san Vicente Ferrer lo resumió en una frase lapidaria: “Moltes anaren […] que tornaren putanes”. La explicitud hace innecesaria la traducción.

Este ensayo colectivo también pretende rescatar a las mujeres medievales viajeras, que las hubo, y por distintos motivos, a pesar de las limitaciones que la época impuso a su sexo. El capítulo que firma María del Pilar Carceller recoge un ejemplo de motivaciones políticas: los movimientos que realizaron a lo largo de gran parte de la geografía peninsular Catalina de Lancaster y Constanza de Castilla —está incluso tuvo que exiliarse una temporada a Inglaterra— para el reclamar, por derecho propio, el trono castellano que les pertenecía.

Imagen de portada: Gentileza de El Español

FUENTE RESPONSABLE: El Español – Por David Barreiro

Edad Media/Guerra/Peregrinos/Cruzadas/Peligros en viajes.

La historia no contada de la obra maestra de Van Gogh que nadie se tomó en serio.

“LOS COMEDORES DE PATATAS”

Los radiantes girasoles hicieron mundialmente famoso a Vincent van Gogh. Hasta hoy. Pero su primera gran obra fue muy diferente: oscura, los personajes toscos y casi grotescos. Un fracaso con consecuencias.

Cinco personas están sentadas en una estrecha cocina cenando. Los rostros son toscos y distorsionados. Narices bulbosas, manos huesudas y nudosas. Todo es oscuro, sombrío. “Los comedores de patatas” es una de las primeras obras maestras de Vincent van Gogh (1853-1890). No obstante, el pintor holandés se hizo mundialmente famoso con Los girasoles y sus paisajes del sur de Francia inundados de luz. 

Por primera vez, el Museo Van Gogh de Ámsterdam dedica una exposición exclusivamente a esta especial obra temprana del pintor. A partir del pasado viernes se expondrán unos 50 cuadros, bocetos, dibujos y cartas. Su objetivo es contar la historia del cuadro. Una “historia de ambición y perseverancia”, como dijo este jueves (08.10.2021) la directora del museo, Emily Gordenker.

“El cuadro nunca se vendió ni se expuso en vida de Van Gogh”. Sin embargo, hoy en día es mundialmente famoso y se considera una obra clave en el desarrollo del pintor, agregó.  

Uno de los cuadros “más pensados” de Van Gogh

Vincent van Gogh pintó “De aardappel eters” en 1885 durante un periodo tormentoso que pasó con sus padres en Nuenen, en el sureste de los Países Bajos. Había realizado numerosos estudios y bocetos para ello. Es uno de los cuadros “más pensados” de Van Gogh, dijo Bregje Gerritse, conservadora del museo.  

“Él no buscaba la perfección técnica con su cuadro (…). Para él, el cuadro era un éxito, y aunque no usó el término ‘obra maestra’, la consideró similar a Los girasoles, su Dormitorio en Arlés o La Berceuse”, explica Gerritse.

El propio pintor lo describió, no obstante, como un “examen de maestro” y, según Gerritse, quería hacer su gran salto al éxito con él. Pero el cuadro fracasó. Van Gogh fue muy criticado, sobre todo por los colores tan sombríos y la representación distorsionada de las personas. 

Por primera vez, el Museo Van Gogh de Ámsterdam se centra exclusivamente en una exposición en la historia de la primera obra maestra del pintor holandés: Los comedores de patatas. Alrededor de 50 pinturas, bocetos, dibujos y cartas se expondrán a partir del 08.10.2021.

Por primera vez, el Museo Van Gogh de Ámsterdam se centra exclusivamente en una exposición en la historia de la primera obra maestra del pintor holandés: “Los comedores de patatas”. Alrededor de 50 pinturas, bocetos, dibujos y cartas se expondrán a partir del 08.10.2021.

Van Gogh: “Este es mi mejor trabajo”

“En 1887, escribió a su hermana Guillermina: ‘Este es mi mejor trabajo’. Eso es muy interesante porque por ese entonces él ya había ido a París, había cambiado sus métodos de trabajo y su estilo, más hacia los colores brillantes, pero aún tenía en mente el cuadro oscuro de Nuenen”, dice la conservadora.

Van Gogh había pintado a cinco personas de una familia de campesinos, cenando a la luz de una lámpara de aceite. Frente a ellos, en la tosca mesa de madera, hay un cuenco de patatas humeantes. Una mujer está sirviendo café. El museo ha hecho recrear una maqueta a tamaño natural de esta escena.  

Representación de la dura vida campesina

Van Gogh quería representar la dura realidad de la vida campesina, una vida que él mismo admiraba. Mostró deliberadamente a los personajes con rostros toscos y manos de trabajo huesudas, dijo Gerritse. 

“Van Gogh quería mostrar a los campesinos en toda su crudeza”. Los colores eran terrosos, oscuros como la tierra, escribió. El color de los rostros era el de “una patata bien desempolvada, sin pelar, por supuesto”.  

Empolvada sobre la repisa de la chimenea de Theo

Pero el cuadro no supuso el ansiado salto en el mercado del arte de París. A su hermano, el comerciante de arte Theo, no le gustó: la colocó sobre la chimenea, ni se molestó en ofrecer a la venta, a pesar de que Van Gogh la quería de tarjeta de presentación. 

Por otra parte, su amigo, el pintor Anthon van Rappard, también la juzgó con dureza, diciendo que era fea y tosca. “¡Venga ya! Creo que el arte es demasiado relevante como para tratarlo con tanta arrogancia”, le dijo Van Rappard, en una crítica que marcó el final de su amistad.

Sin embargo, Van Gogh siguió adelante con ella y durante toda su vida la consideró una de sus mejores obras, y sin duda una de las más importantes.

El mensaje era más importante que la anatomía correcta y la perfección técnica, había explicado. El arte no tenía que ser bello, decía, sino honesto. “Quiero pintar lo que siento y sentir lo que pinto”. Al final de su vida, incluso se planteó pintar una nueva versión de “Los comedores de patatas”.

Imagen de portada: Gentileza de Colección del Museo Van Gogh, Ámsterdam.

FUENTE RESPONSABLE: DW Made for minds.FEW (dpa, EFE)

Van Gogh/Los comedores de patatas/´Pintura/Historia

/Obra maestra/Theo

Un lugar emblemático de Buenos Aires del ayer …

La Martona.

Fue fundada hacia 1890 por Vicente L. Casares. 

Llegó a ser una de las empresas lácteas más grandes del mundo, y reunió a dos grandes de la literatura en un irónico opúsculo sobre la leche cuajada.

Vicente Lorenzo Casares nació en Buenos Aires en el seno de una familia radicada en 1806, dedicada a actividades comerciales y navieras. 

En 1866, a sus 18 años, en terrenos que pertenecían a sus abuelos, fundó la Estancia San Martín, en Cañuelas. En 1871 realizó la primera exportación de trigo a Europa, cosechado de campos cercados a la actual estación Vicente Casares, del Ferrocarril del Sud. Para desarrollar la primera industria lechera local, emprendió negocios que no prosperaron. 

Decidió entonces visitar Estados Unidos y Europa, donde adquirió experiencia y conocimientos.

Vicente L. Casares, fundador de La Martona

Vicente L. Casares, fundador de La Martona

Archivo General de la Nación AR_AGN_DF_CC_0330_CC_418746

Así, en 1889, fundó La Martona, con una audaz propuesta: organizar una empresa integrada, que atendiera las diversas etapas que involucran a la leche: la agropecuaria, la industrial y la comercial. Casares fue el prototipo del hombre de su época. No sólo fue protagonista en el quehacer productivo, sino también en política, donde desempeñó altos cargos en diversas instituciones.

En la dilatada historia de La Martona, hay dos etapas muy definidas. La pionera, plena de audacia, creatividad y trabajo, y la otra, de consolidación y crecimiento, ya de la mano de su hijo, Vicente Rufino, que tomó las riendas al morir su padre, en 1910.

Sector de leche maternizada en la planta de Cañuelas

Sector de leche maternizada en la planta de Cañuelas.

Harry Grant Olds. Colección César Gotta.

Vicente Rufino le imprimió grandes cambios, que modernizan y agilizan la estructura de la empresa. Unida desde 1885 por el Ferrocarril del Sud a la ciudad de Buenos Aires, la leche llegaba fresca en sólo dos horas, lo que aseguraba óptimas condiciones de salubridad. 

Mediante un exclusivo sistema de comercialización, creó lecherías o “bares lácteos” en locales con estética art nouveau, con cuidados mostradores de mármol, paredes revestidas en blancos azulejos y personal que atendía estrictas normas de higiene. Allí se despachaban todos los productos de la marca, y se impuso la costumbre de tomar leche fría como bebida refrescante. Tuvo numerosos puntos de venta, unidos a una eficiente red de distribución, y la moderna publicidad con un logo inconfundible, que recordaba la antigua marca de ganado el gato con la leyenda “San Martín en Cañuelas”.

Vicente R. Casares, hijo del fundador y continuador de su obra.

Vicente R. Casares, hijo del fundador y continuador de su obra.

Archivo General de la Nación. ID: AR-AGN-AGAS01-Ddf-rg-422-75249

Un pleito por una letra

En 1905, Caras y Caretas comentó el éxito que tuvo La Martona contra un competidor que quería copiarlo y utilizaba, aparentemente, la misma estética, con el mero cambio de una vocal (La Martina). 

La nota argüía que “cualquiera distingue la i de la o”, pero parece hacerlo adrede para asegurar que: “Nadie va a confundir un despacho de La Martona, tan conocidos de todo el mundo por su aspecto atrayente y su limpieza exagerada, ni sus carritos modelo que tan familiares son a la vista de todo el público con otros de otra empresa por más letreros parecidos que les pongan, porque nada se hace con imitar rótulos, cuando no se imita lo inimitable que son estos locales ejemplares y sus productos superiores.”

Las lecherías se ubicaban, por motivos comerciales, estratégicamente y en esquinas.

Las lecherías se ubicaban, por motivos comerciales, estratégicamente y en esquinas.Harry G. Olds. Colección César Gotta.

Según una publicación del Ministerio de Fomento de 1913, La Martona se adelantó a todas las capitales europeas en cuanto al “tratamiento higiénico” de la leche, excepto a Copenhague.

Por su parte, un informe de Manuel Bernárdez, periodista de El Diario, decía que, al comenzar el siglo XX, se consumían diariamente en la ciudad de Buenos Aires unos 200.000 litros de leche, pero “la venta de leche higiénica que se puede beber sin peligro no excede de 40.000 litros”. 

Aseguraba que solo tres empresas –La Martona, La Marina y Granja Blanca– vendían leche higiénica. Y que el resto de las leches que se comercializaban diariamente en Buenos Aires (y representaban cuatro quintos del consumo), eran “sencillamente inaceptables para la alimentación, como lo ha demostrado en un estudio decisivo lleno de autoridad y elocuencia profesional la comisión de médicos nombrada por la intendencia municipal e integrada por los doctores Piñero, Podestá, Aráoz Alfaro y Even”.

Vicente L. Casares, un "prócer" de la leche con mucha actuación pública.

Vicente L. Casares, un “prócer” de la leche con mucha actuación pública.PBT 1908.

Todo queda en familia

El nombre de La Martona llegó en honor de Marta Casares Lynch, nacida un año antes, en 1888. Ella fue la madre de Adolfo Bioy Casares, y por eso su tío le encargó al joven escritor, en 1935, que escribiera un opúsculo a favor de su predecesor del yogur, la exitosa “leche cuajada”. 

Para hacerlo, Bioy convocó a su amigo Jorge Luis Borges y, créase o no, La leche cuajada de La Martona es la primera colaboración conjunta de los grandes de las letras. 

Según afirman Marcela Croce y Gastón Gallo en Enciclopedia Borges “ya puede apreciarse cierta línea humorística que tendrá ulterior desarrollo en los textos de Bustos Domecq” (N de la R: el seudónimo que compartieron). 

En efecto, el texto en su versión completa tiene sutilezas donde se los reconoce cabalmente. Como cuando dice, al hablar de los beneficios de la cuajada: “Otro longevo memorable, George Bernard Shaw, piensa que el promedio vital debe ascender a 300 años y que si la humanidad no alcanza esa cifra, «nunca llegaremos a adultos y moriremos puerilmente a los 80 años, con un palo de golf en la mano».

Borges, Bioy y sus primeros trabajos juntos. No estaban firmados, pero Bioy se refirió a ellos en varias entrevistas posteriores recordándolos con humor

Borges, Bioy y sus primeros trabajos juntos. No estaban firmados, pero Bioy se refirió a ellos en varias entrevistas posteriores recordándoles con humor.

El mismo Bioy comenta el episodio del opúsculo publicitario en sus Memorias (Barcelona, Tusquets, 1994, p.76): “Un tío mío, Miguel Casares, vicepresidente de La Martona, me encargó que escribiera un folleto sobre las virtudes terapéuticas y saludables del yogur. Enseguida le pregunté a Borges si quería colaborar, y me contestó que sí. 

Pagaban mejor ese trabajo que cualquier colaboración que hacíamos en los diarios. Nos fuimos los dos a Pardo, Cuartel VII del Partido de Las Flores, en la provincia de Buenos Aires. 

Era invierno. Hacía mucho frío. Trabajamos ocho días. La casa –que era de mis antepasados– tenía sólo dos o tres cuartos habitables. Pero para mí era como volver al ‘paraíso perdido’ de mi niñez, en medio de los grandes jarrones con plantas, y el piano. 

Me acuerdo que tomábamos todo el tiempo cocoa bien cargada –que hacíamos con agua, no con leche– y que bebíamos muy caliente. De tan cargada que la hacíamos, la cuchara se nos quedaba parada. 

Entre la bibliografía que consultamos, había un libro que hablaba de una población búlgara donde la gente vivía hasta los 160 años. Entonces se nos ocurrió inventar el nombre de una familia –la familia Petkof– donde sus miembros vivieron muchos años. Creíamos que así –con nombre– todo sería más creíble. Fue nuestra perdición. Nadie nos creyó una sola línea. 

El invento nos había desacreditado mucho. Ahí comprendimos con Borges que en la Argentina está afianzada para siempre la superstición de la bibliografía. Quisimos entonces inventar otra cosa para nosotros. Un cuento, por ejemplo, donde el tema era un nazi que tenía un jardín de infantes para niños, con el único fin de ir eliminándolos de a poco. (…) Fue el primer cuento de H. Bustos Domecq. Después vinieron, sí, los otros.”

Emblemática lechería La Martona

Emblemática lechería La Martona

Archivo General de la Nación. ID: AR-AGN-AGAS01-Ddf-rg-564-12702

Sin embargo, según publica Daniel Martino, albacea y editor de los papeles privados de Bioy, en borges bioy casares se hicieron al menos dos ediciones del folleto, el primero con ilustración de Silvina Ocampo. 

Y hubo uno más, sobre el huevo. Según el mismo Bioy (Clarín, el 16 de diciembre de 1976), en su primera versión sostenía que “el consumo no afectaba el hígado, siempre y cuando no se superará una dosis diaria de 30 huevos”.

Con todo, el futuro de la dupla Bioy-Borges se proyectó mejor que la de La Martona que dejó de operar en manos de los descendientes de Casares en 1978. ¿Logrará la memoria emotiva que perduren en el recuerdo las lecherías?

Agradecimiento: Daniel Martino, Facundo Calabró, Daniel G. La Moglie

Imagen de portada: Gentileza de La Nación

FUENTE RESPONSABLE: La Nación por Soledad Gil/Gustavo Raik

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Qué es la teoría del cisne negro y cómo nos puede ayudar a prevenir grandes crisis en el futuro.

¿Qué tienen en común el surgimiento de internet, los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la crisis económica de 2008?

Fueron hechos extremadamente raros, sorpresivos y que causaron un impacto severo en la historia.

A este tipo de eventos se las suele llamar “cisnes negros”.

Algunos sostienen que la reciente pandemia de covid-19 también podría ser considerada uno de ellos, pero no todos están de acuerdo.

La “teoría del cisne negro” fue desarrollada por el profesor, escritor y exoperador de bolsa libanés-estadounidense Nassim Taleb en 2007.

Y tiene tres componentes, según explicó el propio Taleb en un artículo de The New York Times ese mismo año:

  • Primero es algo atípico, ya que se encuentra fuera del ámbito de las expectativas habituales, porque nada en el pasado puede apuntar de manera convincente a su posibilidad.
  • En segundo lugar, tiene un impacto extremo.
  • En tercer lugar, a pesar de su estatus atípico, la naturaleza humana nos hace inventar explicaciones para su ocurrencia después del hecho, haciéndolo explicable y predecible.

La tesis de Taleb está generalmente asociada a la economía, pero se aplica a cualquier área.

Y como las consecuencias suelen ser catastróficas, es importante asumir que la aparición de un evento “cisne negro” es posible, por lo que hay que tener un plan para hacerle frente.

En resumen, el “cisne negro” representa una metáfora de algo impredecible y muy extraño, pero no imposible.

¿Por qué se los llama así?

A finales del siglo XVII, barcos europeos se lanzaron a la aventura de explorar Australia.

En 1697, mientras navegaba por las aguas de un río desconocido del suroeste de Australia Occidental, el capitán holandés Willem de Vlamingh avistó varios cisnes negros, siendo posiblemente el primer europeo en observarlos.

Como consecuencia, Vlamingh bautizó el río como Zwaanenrivier (río de los Cisnes, en holandés) por el gran número de cisnes negros que había allí.

Se trató de un hecho inesperado, novedoso. Hasta ese momento la ciencia sólo había registrado cisnes blancos.

Muchos cisnes negros

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

La primera referencia que se conoce sobre el término “cisne negro” asociado al significado de rareza surge de una frase del poeta romano Décimo Junio Juvenal (60-128).

Desesperado por encontrar una esposa con todas las “cualidades adecuadas” de ese entonces, escribió en latín que esa mujer es rara avis in terris, nigroque simillima cygno (“un ave rara en estas tierras, como un cisne negro”), detalla el diccionario de Oxford.

Porque en esa época y hasta unos 1.600 años después, para los europeos los cisnes negros no existían.

Predecir los “cisnes negros”

Un grupo de científicos de la Universidad de Stanford, Estados Unidos, está trabajando para predecir lo impredecible.

Es decir, para anticiparse a los “cisnes negros”. No a las aves, sino a esos extraños acontecimientos que suceden en la historia.

Si bien su análisis primario se basó en tres entornos distintos de la naturaleza, el método computacional que crearon podría aplicarse a cualquier área, incluso a la economía y la política.

“Al analizar datos a largo plazo de tres ecosistemas, pudimos demostrar que las fluctuaciones que ocurren en diferentes especies biológicas son estadísticamente iguales en distintos ecosistemas”, aseguró Samuel Bray, asistente de investigación en el laboratorio de Bo Wang, profesor de bioingeniería en la Universidad de Stanford.

“Esto sugiere que existen ciertos procesos universales que podemos aprovechar para pronosticar este tipo de comportamiento extremo”, agregó Bray según publicó la universidad en su sitio web.

Torres Gemelas

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY

El atentado a las Torres Gemelas ocurrió el 11 de septiembre de 2001.

Para desarrollar el método de pronóstico, los investigadores buscaron sistemas biológicos que experimentaron eventos de “cisne negro” y cómo fueron los contextos en donde ocurrieron.

Se basan entonces en ecosistemas monitoreados de cerca durante muchos años.

Los ejemplos incluyen: un estudio de 8 años del plancton del mar Báltico con niveles de especies medidos dos veces por semana; mediciones de carbono neto de un bosque de la Universidad de Harvard que fueron recopiladas cada 30 minutos desde 1991; y mediciones de percebes (mariscos), algas y mejillones en la costa de Nueva Zelanda, tomadas mensualmente durante más de 20 años, detalla el estudio publicado en la revista científica Plos Computational Biology.

Los investigadores aplicaron a estas bases de datos la teoría física detrás de avalanchas y terremotos que, como los “cisnes negros”, muestran un comportamiento extremo, repentino y a corto plazo.

A partir de este análisis, los expertos desarrollaron un método para predecir eventos de “cisne negro” que fuera flexible entre especies y períodos de tiempo y también fuera capaz de trabajar con datos que son mucho menos detallados y más complejos.

Posteriormente pudieron pronosticar con precisión eventos extremos que ocurrieron en esos sistemas.

Un hombre con las manos rezando en la bolsa de Nueva York.

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En 2008 ocurrió una crisis financiera de dimensiones mundiales.

Hasta ahora, “los métodos se basaban en lo que hemos visto para predecir lo que podría suceder en el futuro y es por eso que no suelen identificar los eventos del ‘cisne negro'”, aseguró Wang.

Pero este nuevo mecanismo es diferente, afirmó el profesor de Stanford, “porque asume que solo estamos viendo una parte del mundo. Extrapola un poco de lo que nos falta y ayuda enormemente en términos de predicción”, añadió.

Entonces, ¿podrían detectarse “cisnes negros” en otras áreas como las finanzas o la economía?

“Hemos aplicado nuestro método a las fluctuaciones del mercado de valores y funcionó bastante bien”, le dijo a BBC Mundo Wang en un correo electrónico.

Los investigadores analizaron los índices bursátiles Nasdaq, Dow Jones Industrial Average y S & P 500.

“Si bien la tendencia principal en el mercado es el crecimiento exponencial a largo plazo, las fluctuaciones en torno a esa tendencia siguen las mismas trayectorias y escalas promedio que hemos visto en los sistemas ecológicos”, afirmó.

Pero “aunque las similitudes entre las variaciones bursátiles y ecológicas son interesantes, nuestro método de pronóstico es más útil en los casos en que los datos son escasos y las fluctuaciones a menudo van más allá de los registros históricos (que no es el caso del mercado de valores)”, señaló Wang.

Así que ahora, habrá que estar atentos a si el próximo “cisne negro” nos toma por sorpresa… o tal vez no.

Imagen de portada: Gentileza de BBC News Mundo

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo por Analía LLorente 

Economía/Historia/Ciencia/Tecnología/Inteligencia Artificial

El día que Evita conoció a Perón.

Fue el 17 de enero de 1944 en una reunión previa al festival que se llevó a cabo el siguiente 22 en el Luna Park, como erróneamente se sostiene.

El sábado 15 de enero de 1944 se produjo en San Juan un gran terremoto que provocó la muerte de miles de víctimas, con el agravante de la destrucción de prácticamente toda la ciudad.

Si deseas conocer aspectos de los protagonistas y hechos; cliquea por favor donde esta escrito con “negrita”.

El secretario de Trabajo y Previsión Juan Domingo Perón fue el funcionario que se puso al frente para ayudar al pueblo sanjuanino.

Si bien todavía no existía el peronismo, a Perón -ni lerdo ni perezoso- esa catástrofe natural le valió para poner en práctica el incipiente proto peronismo y realizar un ensayo concreto de justicia social. 

Al día siguiente, el domingo 16 de enero, ya había instruido distintos planes tendientes a poner en marcha acciones concretas, para recolectar contribuciones para los damnificados.

Uno de esos planes fue invitar a las fuerzas vivas de la sociedad para realizar en el Luna Park el día sábado 22 de enero, un gran “Festival de la Solidaridad”, para recaudar fondos.

Para ello Perón convocó una reunión el lunes 17 de enero de 1944 por la tarde, a la que concurrieron artistas, gremios y empresarios, para sumar voluntades en vistas a una colecta nacional de fondos. Fue en la calle Perú 160, donde funcionaba la Secretaría de Trabajo y Previsión, en el Hemiciclo, Sala de Representantes de la Legislatura porteña. El encuentro lo presidió Perón, escoltado entre otros, por Domingo Mercante y Raúl Alejandro Apold.

De esa jornada, se conserva la fotografía que vemos debajo que retrata ese episodio. Perón está de pie hablando, y en la primera fila aparecen sentados: Olinda Bozán, Pierina Dealessi, Eva Duarte, Francisco Álvarez, Oscar Valicelli, Nini Marshall, Leonardo Barujel y Enrique Muiño. En la misma imagen, de espaldas, está sentada Mirtha Legrand.

 

Eva Duarte y Juan Perón 20210118

Perón pronunció un discurso cargado de sentimiento patriótico, invitando a los actores a colaborar lo más posible en ese festival solidario. No era momento para pretextos, ni mucho menos para condiciones.

Lo principal y más importante, es que ese lunes 17 de enero de 1944 Perón y Evita se vieron las caras por primera vez, y no el día 22 de enero en el Luna Park, como erróneamente se sostiene.

La ubicación de Eva Duarte en la primera fila del Hemiciclo, no fue adrede, se debió a un plan estratégico. Ella quiso estar lo más visible posible, pues hacía tiempo que quería conocer personalmente a Perón. Por ese motivo, llevaba un vestido estampado, y en su cabeza un gran sombrero con vivos negros, con el objeto de lograr llamar la atención del coronel.

Un dato anecdótico, es que Evita había conocido con posterioridad al 4 de junio de 1943 a uno de los camaradas de Perón, el coronel Aníbal Francisco Imbert, por intermedio del que fue su secretario privado, un hombre sin filiación política alguna, amigo de su familia en Junín, Oscar Lorenzo Nicolini, precisamente cuando Imbert había sido designado interventor de Correos y Telecomunicaciones.

¿Qué pasó esa tarde del 17 de enero en el Hemiciclo? Cuando terminó de hablar Perón, Evita se adelantó y se puso directamente frente al coronel para dirigirle la palabra con firmeza y sin titubear. En ese primer diálogo, que más bien fue un monólogo, le ofreció desinteresadamente una mayor colaboración:

“Organizaremos espectáculos -le dijo Evita-, movilizaré a mis colegas. Mi compañía es una compañía de voluntarios que quiere ser movilizada en esta batalla benéfica”. Perón recordó años más tarde, ese primer diálogo con Evita Al decir: “Hablaba vivamente, tenía ideas claras y precisas, e insistía en que se le asignará una misión”. Evita le reiteró insistentemente: “Una misión cualquiera. Deseo hacer cualquier cosa por esa pobre gente que en ese momento es más desgraciada que yo”.

No hay duda, que ese alegato de oreja a Perón lo conmovió, pues se dio cuenta que Evita, con su forma de ser, de hablar, y su actitud combativa y hasta revolucionaria, la transformaba en una persona distinta. Era la mujer ideal para coadyuvar a construir y llevar adelante el movimiento político que Perón tenía proyectado y que ya había puesto en marcha.

Ese fue el primer encuentro y diálogo entre ambos, provocado por Evita, que gracias a su iniciativa logró capturar y despertar el interés del coronel por ella.

A los pocos días, en la noche lluviosa del 22 de enero de 1944 se realizó el Festival, con una nutrida concurrencia que pagó una entrada a precios populares. Hubo diversos números artísticos de folclore, tango, humorísticos y de toda índole.

Estuvieron presentes el presidente de la nación Pedro Pablo Ramírez, junto a los funcionarios nacionales Gustavo Martínez Zuviría, Juan Pistarini, César Ameghino, Domingo Mercante y el organizador del Festival, Juan Perón.

Con relación a cómo Evita pudo sentarse esa noche al lado de Perón, hay distintas versiones. Según Arturo Jauretche, dice haberle oído relatar a Homero Manzi detalles sobre la forma cómo Evita y su amiga Rita Molina pudieron ingresar al recinto con su intervención. Manzi las hizo pasar. Subieron una escalera del escenario y allí fueron ubicadas al lado de Perón que estaba con Imbert. Perón se puso a hablar con Eva, e Imbert con Molina.

Al final para cerrar el acto, Ramírez dio unas breves palabras, y luego Perón pronunció un encendido discurso sobre la solidaridad con los sanjuaninos, donde fue ovacionado. Saludó con su eterna sonrisa y las manos en alto, destacando la colaboración de los artistas en la colecta callejera, y agradeciendo la masiva concurrencia al acto benéfico en el Luna Park.

Al finalizar el festival, los artistas pensaron agasajar a Perón pero él llamó a Manzi y le dijo: “Dígales a los muchachos que me perdonen pero nos vamos a ir a comer con estas chicas. Que me disculpen, les ahorramos la copa”.

Luego de la cena que se extendió pasada la medianoche, Eva y Perón estuvieron solos. Fue en la madrugada del domingo 23 de enero de 1944, cuando se dirigieron al departamento que el coronel tenía en la calle Arenales 3291, casi esquina Coronel Díaz, en Barrio Norte.

Al poco tiempo Perón comenzó a frecuentar por las mañanas Radio Belgrano (donde Evita actuaba en los radioteatros). Para ese entonces ya estaba mudado al departamento de la calle Posadas 1567, 4to. piso “B”. Esa madrugada del 23 de enero fue el inicio de un romance que daría sus frutos.

“Vi en Eva -refirió Perón años más tarde- una mujer excepcional, una auténtica ‘pasionaria’ animada de una voluntad y de una fe que se podía parangonar con la de los primeros creyentes. Eva debía hacer algo más que ayudar a la gente de San Juan; debía trabajar por los desheredados argentinos. Decidí, por lo tanto, que Eva Duarte colaborase en la Secretaría conmigo y abandonase sus actividades teatrales”.

El destino juega un rol protagónico en la historia de los pueblos. Precisamente, es el que permitió que un terremoto y una mujer, formarán parte junto a otras tantas circunstancias y personas, de la puesta en escena de lo que luego sería el peronismo.

Imagen de portada: Gentileza de Editorial Perfil/CEDOC

FUENTE RESPONSABLE: Editorial Perfil por Ignacio Cloppet. Miembro de la Academia Argentina de la Historia.

Juan Domingo Perón/Eva Duarte/Historia/Argentina/Sociedad

Perón y Ava Gardner: la historia que nadie contó.

Si deseas conocer otros detalles; por favor cliquea donde está escrito en “negrita”. Muchas gracias.

La transgresora estrella de Hollywood no parecía ser consciente de quién era su vecino ni cómo ser políticamente correcta… con Perón ni con nadie. Una auténtica provocadora serial que no escatimó en coqueteos ni en insultos elevados de tono hacia el líder reconocido mundialmente.

Luego del golpe militar del 16 de septiembre de 1955, Perón tuvo que dejar su patria, e inició el derrotero del exilio que se iba a extender por 18 años.

El primer destino fue Paraguay, luego siguió a Panamá, pasó brevemente por Nicaragua, posteriormente fue a Venezuela y República Dominicana.

El 26 de enero de 1960 abandonó la Patria Grande Latinoamericana, y se dirigió junto a Isabel -que la había conocido en la Navidad de 1955 en el balneario “María Chiquita” cerca de Colón, Panamá- a la Península Ibérica, que sería el destino final y más prolongado de su exilio, antes de regresar a nuestro país en forma definitiva en 1973.

Llegó el 26 de enero a la España de Franco donde permaneció trece años. Durante el vuelo, el avión que lo trasladaba desde Ciudad Trujillo, recibió la instrucción que debía aterrizar en Sevilla y no en Madrid, pues se temía que lo iba a recibir una gran cantidad de simpatizantes.

Al día siguiente se dirigió a Torremolinos, donde pasó una temporada en el hotel El Pinar; de ahí se mudó a un chalet en un barrio residencial denominado “El Plantío”, en la carretera que conduce a La Coruña, a doce kilómetros de Madrid.

Al poco tiempo, en el verano europeo del año 1960, decidió trasladarse al centro de Madrid, a un departamento ubicado en la calle (hoy avenida) Doctor José Arce N° 11, muy cerca de la Plaza República Argentina, en un barrio exclusivo llamado “El Viso”, de casas y chalets de gran tamaño.

Una apostilla, es que esa calle lleva el nombre del embajador argentino que designó Perón ante la ONU, quien recibió precisas instrucciones del general para defender la soberanía española. 

El 12 de diciembre de 1946 la Asamblea General de la ONU adoptó la Resolución 39, mediante la cual se excluía al gobierno español de organismos internacionales y conferencias de las Naciones Unidas. Asimismo, la resolución recomendó la retirada inmediata de los embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados ante el gobierno de España. Arce hizo una vigorosa oposición a esa resolución y Argentina no rompió relaciones con España. La mayoría de los embajadores abandonaron Madrid, menos el argentino Raúl de Labougle. Gracias a la valiente intervención de Arce, que tuvo un papel central en la derogación de las sanciones internacionales de posguerra contra España, el gobierno español bautizó con su nombre una calle en honor al ex embajador. Arce, para entonces, residía en Argentina. Falleció en 1968.

Precisamente en esa calle se van a vivir Perón e Isabel, lo que denota una causalidad. Se instalan en la segunda planta, en un elegante semipiso, que aún conserva el jardín con sus pinos y pared de piedra gris típica de los pueblos de la sierra madrileña. En la tercera planta, vivía la famosa actriz norteamericana Ava Lavinia Gardner (1922-1990), en un dúplex con ático, propiedad del torero Luis Miguel Dominguín, uno de sus amantes.

El 8 de noviembre de 2018, Movistar+ estrenó en España la serie de TV “Arde Madrid” de 8 episodios en blanco y negro, sobre la vida de la actriz norteamericana en la España franquista

Es una puesta en escena de la Dolce Vita madrileña. También muestra con cierto sarcasmo, la tortuosa convivencia que tuvo con algunos vecinos, entre ellos con Juan Domingo Perón y María Estela Martínez de Perón durante los años ’60. Muchos de los hechos son falsos, se ridiculiza la imagen y la persona de Perón, y no tiene un rigor histórico apropiado. 

Sin embargo, en cuanto a la realidad de los hechos, es oportuno aclarar algunos sucesos de esa época que merecen ser revisados.

El casamiento privado de Isabelita y Perón

En 1961, Perón de 66 años y María Estela Martínez Cartas de 30, se casaron en Madrid. Existen distintas versiones sobre la fecha y el lugar donde se realizó la boda.

La primera, es que fue el miércoles 15 de noviembre de 1961 en la Iglesia de la Merced. Así constaría en el Archivo de dicha parroquia, junto al expediente instruido en el Arzobispado de Madrid-Alcalá.

La segunda, que trascendió después y fue la que más se difundió, es que habría sido el 5 de enero de 1961 en la Iglesia de la Virgen de la Paloma, que es el nombre popular que recibe la parroquia de San Pedro Real, un templo situado cerca de la Puerta de Toledo, en la calle de la Paloma N° 21.

La tercera, que sería la verídica, conforme a la investigación realizada por Diego Ceferino Mazzieri publicada en su reciente libro: “María Estela Martínez, por siempre de Perón”, es que se casaron en privado en el domicilio particular del Dr. Francisco José Flórez Tascón (1926-2014), un médico endocrinólogo que fue de cabecera de Perón, sito en la madrileña calle de Cea Bermúdez N°53-55, el día 15 de noviembre de 1961. El acta de la unión fue confeccionada por el notario público don Blas Piñar y López, que por entonces ocupaba el cargo de director del Instituto de Cultura Hispánica.

El cura que bendijo la ceremonia fue el sacerdote español Luis Moré Serra, de la Orden de los Clérigos Regulares, conocidos como Teatinos (un cura que Perón había conocido en 1946 en Buenos Aires, que fue un espontáneo defensor de los conflictos que tuvo con la Iglesia en 1955), y también fue de la partida, el mercedario fray Elías Gómez y Domínguez. Los testigos de la boda fueron el doctor Flórez Tascón y su esposa María Dolores “Lola” Sixto Sanz.

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Fotografía tomada el día 15 de noviembre de 1961, después de la celebración de la boda en el domicilio del Dr. Flórez Tascón. En la misma aparecen, de izquierda a derecha: Fr. Elías Gómez y Domínguez, María Dolores Sixto Sanz de Flórez Tascón, Isabelita, el sacerdote Luis Moré Serra y Perón. Crédito: Diego Mazzieri.

El enlace habría sido registrado en el Libro de Matrimonios de la Basílica Hispanoamericana Nuestra Señora de la Merced, situada en calle Edgard Neville N°23 (ex General Moscardó N° 55).

A los pocos días, el 8 de diciembre de 1961, Perón e Isabel participaron de una misa en la misma Iglesia de la Merced, donde recibieron una nueva bendición de su matrimonio de manos del religioso mercedario Elías Gómez y Domínguez.

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Fotografía de Perón e Isabel del día 8 de diciembre de 1961, en la Misa de bendición de su matrimonio presidida por Fr. Elías Gómez y Domínguez, en la Iglesia de la Merced. Crédito: Diego Mazzieri.

Lo cierto es que Pilar Franco Bahamonde (hermana del jefe de Estado y muy amiga de Isabelita) conoció los detalles de las versiones: la auténtica y las que se hicieron trascender al periodismo, con omisiones de fechas y nombres cambiados, con el fin de proteger a los religiosos, funcionarios y amigos, quienes gracias a su intervención la boda pudo celebrarse, sorteando algunos impedimentos legales.

La actriz Ava Gardner entra en escena… arde Madrid.

La diva Ava Gardner había llegado por primera vez a la Costa Brava en 1950 para filmar “Pandora y el holandés errante”. Tan cómoda se sintió en España, que luego regresó y se quedó en Madrid por 13 años (desde 1955 a 1968), atraída sobre todo por las juergas, los amantes y el alcohol.

Hollywood la bautizó como “El animal más bello del mundo”; no había hombre que se le resistiera. A ella le fascinaba la figura del “macho español”, del matador, y la de los toreros. Tuvo tres maridos. Murió de neumonía a los 67 años en Londres.

Frank Sinatra (su tercer marido) y Luis Miguel Dominguín, fueron algunos de los protagonistas de sus amoríos y fiestas etílicas en Madrid. Noches interminables en lugares como Chicote, Zambra, La Mallorquina, El Corral de la Morería, Los Gabrieles, Torres Bermejas o Riscal que dieron lugar a la exagerada frase: “No hay en Madrid un bar en el que no haya bebido Hemingway ni hombre que no se haya acostado con Ava Gardner”.

Más allá de la leyenda, lo cierto es que fue una persona muy desinhibida, bebedora incansable (petaca en mano) y una mujer icónica sexual, que generó durante años muchísimas anécdotas. Una de ellas, sucedió en el lujoso hotel Ritz, donde la expulsaron después de que ella respondiera con una portentosa meada en la alfombra, a la negativa del recepcionista a dejarla entrar borracha.

Se caracterizó por hacer una “vida disipada” y mantener reuniones con comunistas. Era una provocadora serial. Se la consideraba una beoda y una mesalina. Las drogas no le gustaban, ni tampoco que se drogaran delante de ella.

El régimen franquista sin quererlo la benefició, por la censura en los medios, donde esos escándalos no se publicaban, se mantenían ocultos. La verdad es que desconfiaban de ella, por lo que fue espiada por una de sus sirvientas, que pertenecía a la rama femenina de la Falange.

En ese largo tiempo que permaneció en España, la actriz tuvo tres domicilios. Uno en las afueras y los otros dos en la capital. El último fue en la tercera planta de la calle Arce N° 11. Y es exactamente en esta última de las residencias donde le tocó ser vecina del general Juan Domingo Perón y su flamante esposa. Gardner quedó impactada y muy sorprendida cuando conoció a Perón. Hay quienes dicen que lo pretendió y lo sedujo, sin éxito.

Al principio, la relación fue cordial, Perón e Isabel la convidaba con empanadas criollas, la trataban con mucha amabilidad. Esa aparente cordialidad de los primeros días no tardó en deteriorarse, primero cuando Perón no le dio corte, y luego cuando comenzaron las legendarias fiestas nocturnas de Gardner.

Lo cierto del caso, es que la relación vecinal no fue buena, se fue degradando, se puso tensa y más bien hubo entre ellos problemas de mala vecindad.

 “¡Perón, Perón, maricón!”

Cada madrugada, el paso de Ava Gardner por la escalera del edificio de Arce N° 11, era como un volcán en erupción, donde no dejaba indiferente a ninguno de sus vecinos.

Si bien Madrid bajo el régimen de Franco era una ciudad pacífica, sin mucha vida nocturna, ello no significó para la norteamericana un obstáculo, todo lo contrario. Dormía la ciudad, y la bella actriz continuaba la juerga en su apartamento, con sus memorables fiestas donde llegaron a participar famosos toreros, militares estadounidenses, cantaores de flamenco, productores de cine, y algunos artistas como Carmen Sevilla, Lola Flores, Sophia Loren y Charlton Heston. Todas esas reuniones estuvieron caracterizadas por el desenfreno y siempre con la sensación de ser apoteósicas.

Los problemas con Perón no se hicieron esperar. Como bien lo señaló la escritora Alejandra Herranz Araujo (una platense que hace años reside en Madrid) en una breve nota titulada: “Unos Singulares Vecinos de Alquiler”, tenían horarios y costumbres opuestas, “ante el ritmo diurno del uno y la vida nocturna de la otra”. Esa situación produjo algunos chispazos.

La costumbre de Perón era acostarse antes de la medianoche, y se levantaba a las 6 de la mañana. En cambio Gardner mantenía una intensa vida nocturna, volvía a su departamento a eso de las 2 o 3 de la mañana, siempre acompañada por amigos festivos. Prácticamente sucedía muy a menudo. Música, bullicios, gente ruidosa, un gran descontrol. La situación era inmanejable.

Por ese motivo, Perón tuvo que llamar algunas veces al cuartel de la Guardia Civil para pedir su intervención. Franco si bien estaba al tanto de la conducta bochornosa de la actriz y de sus permanentes escándalos, no se sabe porque no actuó con el rigor de la ley.

Esas imposturas de la afamada artista no solo afectaban a Perón, sino a todo el vecindario. Otra de sus víctimas fue el notario Blas Piñar, Procurador de las Cortes Españolas, que también vivía en el mismo edificio, que llegó a denunciar penalmente.

A lo largo del tiempo, los gritos y las discusiones con Perón se hicieron habituales. Según cuentan algunos testigos, Ava Gardner estando alcoholizada lo insultaba en un castellano impecable llamándole “cabrón”, tal cual lo menciona en su autobiografía: “Gardner en su propia voz”. De vez en cuando se asomaba a la ventana y le gritaba al expresidente argentino: “¡Perón, Perón, maricón!”.

Otra de las escenas que se habrían producido, que demuestra la absoluta falta de respeto y de autocontrol de Gardner, es que cuando Perón o Piñar se presentaban en la puerta de su vecina para pedir cordura, que bajara la música y cesarán los jolgorios, la estrella de Hollywood los recibía desnuda y notablemente borracha, echándoles con insultos ofensivos y cerrándoles la puerta en la cara.

Perón no era un mojigato, más bien un hombre de mundo. No sólo había estado casado con Eva Duarte (que fue actriz), sino que además tuvo siempre muy buenas relaciones con afamados artistas y personajes destacados del mundo de la cultura.

La forma de comportarse de Ava Gardner, es común en algunas personas que no han recibido una buena educación (creció en el ambiente rústico del campo en Carolina del Norte, en el seno de una familia muy pobre de cultivadores de tabaco y algodón, junto con sus seis hermanos, de los cuales ella era la menor), y lo corriente es que cuando alcanzan la fama se creen el ombligo del mundo. Su belleza, sus éxitos, fueron dominados por el excesivo consumo de alcohol y por las permanentes imposturas, que la llevaron a provocar escándalos.

Parece ser que no fue consciente de quién era su vecino. Ella, una famosa estrella de cine. Él, un líder reconocido mundialmente, que llegó a ser tres veces presidente de la República, y fundador de un movimiento político que al día de hoy sigue manejando los hilos de la política nacional.

Por los tristes hechos ocurridos, esta diosa hetaira lo subestimó sin importarle en lo más mínimo qué representaba y quién era Perón.

La hostilidad entre ambos alcanzó un grado considerable, culminante, insoportable. Ni bien pudo, el general Perón en abril de 1964, compró una residencia en el barrio madrileño de Puerta de Hierro, con fondos que provinieron -entre otras fuentes- de aportes de la CGT, de dirigentes políticos y de amigos españoles. La residencia se llamó “Quinta 17 de Octubre”, que fue su morada definitiva antes de regresar al país.

Ignacio Cloppet. Miembro de la Academia Argentina de la Historia.

Imagen de portada: Gentileza de CEDOC/Perfil

FUENTE RESPONSABLE: Editorial Perfil por Ignacio Cloppet. Miembro de la Academia Argentina de Historia.

Perón/Ava Gardner/Historia/Sociedad/Vida/Escándalos.

De esclavo a rey 

El bizarro reino negro de Henri Christophe.

Si le interesa profundizar sobre este tema; por favor cliqueé donde esté escrito con “negrita”. Muchas gracias.

Resulta difícil entender que un ex esclavo se convierta en rey y, menos aún, que cree una nobleza a la que le conceda nombres curiosos como Duque de la mermelada o el barón de las mejillas rosadas. Esta es la increíble historia del reino de Haití.

Henri Christophe fue el primer rey del nuevo continente. Aunque había nacido esclavo, le fue concedida su libertad al llegar a la adolescencia.

Una vez libre, peleó en la guerra de independencia americana y se destacó durante la rebelión de 1791 contra las tropas francesas enviadas por Napoleón para recuperar la ex colonia. Diez años más tarde ya era general del ejército de Haití y en esa condición participó de un golpe de Estado contra el “emperador” Jean Jacques Dessalines, que había declarado la independencia de la isla.

Jacques ordenó el exterminio de los blancos en Haití y decidió sanear la economía de la isla imponiendo trabajos forzados a sus súbditos. Ante esta medida tan impopular, sus dos  generales más destacados, Alexandre Pétion y Henri Christophe, lo asesinaron.

Los dos nuevos líderes no quisieron compartir el poder y, por esta razón, dividieron la isla. Pétion, al sur, se declaró presidente, pero bajo esta apariencia democrática manifestó que esta “presidencia” era de por vida y hereditaria. Christophese quedó con la parte septentrional de la isla y de la que se declaró rey –el primero en el nuevo continente–. Evidentemente no quería emular a su predecesor con el pomposo título de emperador ni montar una pantomima democrática como su vecino.

Lo primero que hizo Christophe fue organizar las finanzas en un país destruido por guerras. Su primera ley fue declarar que todas las calabazas pertenecían al nuevo gobierno. Los aguerridos soldados que habían vencido al mejor ejército del mundo, se dedicaron a confiscar calabazas en todos los rincones de la isla.

Con esas 227.000 calabazas constituyó un tesoro nacional. Como este capital no era suficiente, compró toda la producción de café, pagándole a los productores con calabazas. Dueño de todo el café de la isla, se dispuso a vendérselo a los comerciantes europeos quienes pagaban con oro. En menos de un año, Haití ya tenía una moneda de metal en circulación, la misma que usó por décadas.

Organizada una próspera economía, el flamante monarca preparó los festejos de su coronación. Para otorgarle más lustre a su gobierno, decidió crear una nobleza. No hay verdaderos monarcas sin una corte de aduladores.

Crear una nobleza en un pueblo surgido de la esclavitud, no era una tarea simple. Cuatro príncipes, ocho duques, veintidós duques y treinta y siete barones fueron escogidos para acompañar al rey quien, mientras tanto, construía un palacio acorde a sus aspiraciones. Lo llamó Sans Souci.

El problema surgió cuando hubo que darle nombre a cada uno de los nuevos aristócratas. Muchos se hubiesen inclinado por llamarlos de acuerdo a la toponimia del lugar, pero eran todos nombres europeos que recordaban a sus antiguos opresores. Entonces el genio de Christophe, que ya se hacía llamar Henri I, decidió darle a sus nobles un nombre acorde a sus tareas o características físicas particulares.

Así surgió el Duque de la mermelada en el caso de un confitero y el conde de la limonada para un productor de cítricos, pero también nombró al duque de las mejillas rosadas y al barón de la nariz prominente, dadas sus características anatómicas.

Constituida la corte pudo abocarse a su unción como monarca, luciendo en la oportunidad una corona de oro y piedras preciosas que posó sobre su real testa en la nueva catedral que había ordenado construir .

Todo en el flamante reino evocaba al antiguo régimen francés: la cámara real era la reproducción de la de Luis XIV, la ropa era versallesca, los uniformes imponentes, pero las medidas de gobierno eran más sensibles que las europeas ya que Henri I se interesó por la educación (a pesar de ser analfabeto). Fundó una docena de colegios y la facultad de medicina que aún funciona.

También mandó a escribir el Código Henri, de casi 800 páginas, donde se regulan todos los aspectos de la vida del reino. Dispuso, entre otras cosas, las horas y días de trabajo, castigando la holgazanería, que el mismo Henri controlaba desde su palacio con un catalejo.

La economía creció y también las tensiones con sus vecinos del sur, especialmente después de la muerte del presidente eterno, Alexandre Pétion (que tiene una estatua en Buenos Aires, justo frente a la embajada de Haití). Periódicamente se trenzaban en combate, tareas de espionaje y demás menesteres que caracterizan la litigiosidad humana.

Henri construyó palacios a lo largo de la isla, no solo para su placer sino bajo el espíritu que, años más tarde, Lord Keynes le otorgaría a la obra pública. Henri  tenía claro que el ocio no creador era el origen de todos los males y, sobre todo, del espíritu conspirativo.

Para impresionar a un enviado a Inglaterra, Henri lo hizo buscar en una de sus carrozas tiradas por doce caballos negros, luciendo el escudo real, lo homenajeó con pantagruélicas comidas servidas en platos de oro macizo y, para no dejarle dudas del poder de Henri I, lo invitó a un desfile militar que impactó al británico.

Los soldados de Haití, además de lucir espléndidos uniformes tronchados de oro e impresionantes bicornes con plumas de avestruz, medían no menos de 1.80 metros. Por horas, desfilaron ante el anonadado visitante, quien calculó que 100.000 hombres de esas características conformaban al novel ejército que ya contaba con el antecedente de haber derrotado a los franceses (aunque las fiebres tropicales habían sido sus mejores aliadas).

Lo cierto es que Henri no tenía un ejército de gigantes vestidos de mariscales, sino que hizo desfilar a unos cientos en círculos por horas a fin de impresionar al inglés y sacarle de la cabeza toda idea invasora.

No todo era floreciente en la isla, las arbitrariedades de Henri estaban al orden del día, su poder parecía excesivo y las normas laborales demasiado rígidas. Por tales razones, no sorprende que haya habido disconformidad entre las mermeladas y limonadas…

Los rumores llegaron a oídos de Henri que se dispuso a cortar de cuajo la conspiración… y la cabeza de los conspiradores. Pero cuando estaba a punto de actuar, Henri sufrió un accidente vascular y quedó discapacitado.

Temiendo que la rebelión cobrase su cabeza, como había sucedido con los nobles franceses pocos años antes, Henri I optó por suicidarse.

No lo hizo con cualquier bala, sino con una de oro.

El de Henri Christophe fue el reino de este mundo que inspiró la novela homónima de Alejo Carpentier, un relato de realismo maravilloso donde el drama y la tragedia laten entre una corte de esclavos y las ambiciones desmedidas del primer rey del nuevo mundo.

Imagen de portada: Gentileza de Shutertock

FUENTE RESPONSABLE: Editorial Perfil – Por Omar López Mato – Historiador, autor del sitio Historia Hoy y director de Olmo Ediciones.

Historia/Esclavitud/Haití/Independencia/Rey

 

Catalina de Erauso, la novicia vasca que huyó del convento, mató a su hermano y combatió como soldado en América.

Hay hazañas que convierten a personas indiscutiblemente en héroes o heroínas. Pero, a menudo, también despiertan inquietudes.

La de Catalina de Erauso y Pérez de Galarraga, más conocida como la legendaria Monja Alférez, es una de ellas.

Decidió ocultar una verdad que le imponía límites y la hacía vulnerable, pero que al final le salvaría la vida: el hecho de que había nacido mujer.

Eso había ocurrido en San Sebastián, en el País Vasco, a finales del siglo XVI.

La decisión la tomó a los 15 años, al escapar, justo antes de tomar sus votos perpetuos para convertirse en monja, de un convento en el que había vivido casi toda su vida.

Se llevó, además de “unos reales” de su tía, que era la priora del convento, “unas tijeras, hilo y una aguja” con los que, escondida, modificó su vestimenta y se cortó el cabello.

Emergió tres días después como un joven que viajaría muchos kilómetros por dos continentes, lucharía despiadadamente en nombre de la corona española contra los indígenas en América del Sur, sobreviviría naufragios, duelos, trifulcas y hasta dos intentos de las autoridades españolas para ejecutarla por varios delitos que había cometido.

Mapa mostrando viajes de Catalina de Erauso

Mapa de los viajes de Catalina de Erauso 1600-1622.

Pendenciera, ludópata y ladrona, mató al menos a 10 hombres fuera de los campos de batalla, incluído a su hermano Miguel, con quien se había encontrado por casualidad cuando éste era secretario del gobernador de Chile y quien la acogió sin reconocerla, invitándole a comer “a su mesa casi tres años”.

Pero tras 20 años de vida como hombre, con diferentes nombres y varias escapadas para evadir la justicia, a menudo acudiendo a la iglesia en busca de refugio, fue detenida en Perú.

Ante una muerte segura, solicitó hablar con el obispo de Guamanga, don Agustín de Carvajal y, como ella misma relató, “viéndolo tan santo varón, pareciéndome estar ya en la presencia de Dios”, confesó todo.

“La verdad es ésta: que soy mujer, que nací en tal parte, hija de Fulano y Zutana; que me entraron de tal edad en tal convento, con Fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trabajé, maté, herí, maleé, correteó, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de Su Señoría Ilustrísima”.

No sólo eso: le dijo que era una virgen intacta, hecho que confirmaron dos matronas.

Con esa revelación, se convirtió instantáneamente en una celebridad. La gente se reunía dondequiera que fuera, y fue agasajada por la realeza.

Se hicieron al menos dos ediciones de sus memorias, un puñado de artistas pintaron su retrato y, en 1629, el dramaturgo Juan Pérez de Montalbán, discípulo predilecto de Lope de Vega, compuso y representó en la corte la obra teatral “La monja Alférez”.

Visitó las cabezas coronadas de Europa, y el monarca español Felipe IV hasta le concedió una pensión militar anual.

Papa Urbano VIII

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

El gesto del Papa Urbano VIII es casi inconcebible.

El Papa Urbano VIII, no sólo la recibió, sino que le “concedió a doña Catalina, entre otras muchas mercedes, la de permitirle usar el traje de hombre, y como no le faltó quién motejara de indecente aquella concesión, el Pontífice dijo con satisfacción:

“‘-Dadme otra monja alférez, y le concederé lo mismo'”.

¿Por qué?

Es fácil comprender que su historia llamara la atención; no se conocían muchos casos de mujeres viviendo como hombres, particularmente españolas.

No sorprende que despertara curiosidad, patente en una carta escrita desde Roma en 1626 del viajero Pedro del Valle, conocido como “el Peregrino”, quien la retrató con su pluma.

“…vino por primera vez a mi casa la alférez Catalina Erauso, vizcaína, arribada de España la víspera. Es una doncella de unos treinta y cinco a cuarenta años. Su fama había llegado hasta mí en la India Oriental”. (…)

“Alta y recia de talla, de apariencia más bien masculina, no tiene más pecho que una niña. Me dijo que había empleado no sé qué remedio para hacerlo desaparecer. Fue, creo, un emplasto que le suministró un italiano; el efecto fue doloroso, pero muy a deseo.

Pedro del Valle

“De cara no es muy fea, pero bastante ajada por los años. Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer. Viste de hombre, a la española; lleva la espada tan bravamente como la vida, y la cabeza un poco baja y metida en los hombros, que son demasiado altos.

“En suma, más tiene el aspecto bizarro de un soldado que el de un cortesano galante.

“Únicamente su mano podría hacer dudar de susexo, porque es llena y carnosa, aunque robusta y fuerte, y el ademán, que, todavía, algunas veces tiene un no sé qué de femenino”.

Lo que es más difícil de entender es que, por el sólo hecho de revelar que era mujer, no fuera condenada por la otra parte de su confesión, resumida con “maté, herí, mareé”, pero detallada sin tapujos ni mucho remordimiento en su autobiografía “Vida i sucesos de la monja alférez”.

Y eso en una década que no se caracterizaba por ser permisiva. La Inquisición, que tenía como objetivo purificar religiosamente el mundo, estaba en pleno apogeo.

Quizás…

La salvó la imaginación de la sociedad que la celebró. Tal vez la explicación esté en el irresistible placer del entretenimiento.

Aunque hasta el día de hoy los académicos discuten sobre la autenticidad de la autobiografía (el manuscrito original se perdió) y hasta la veracidad de partes de su relato, lo cierto es que la historia con la que ella se presentó ante el mundo se parecía a las obras de ficción más populares de la época.

Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz.

FUENTE DE LA IMAGEN – ISAAC VÁSQUEZ PRADO

Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz.

Era una historia de aventuras asombrosas, con rasgos de los cuentos picarescos tan de moda en ese momento, que además se ajustaba al gusto literario del barroco al retratar cambios de identidad y realidades disfrazadas.

Tenía un protagonista astuto aunque falto de moral, cuyos esfuerzos por disfrazar su feminidad y sus consecuencias generaban drama e intriga.

Catalina era un fenómeno curioso, algo con lo que se deleitaba el público de la época, cuya vida era considerada excepcional lo que, en la moral barroca, atenuaba sus transgresiones de las normas.

Como ser humano, hombre o mujer, sus acciones eran a menudo más que reprobables; como personaje, cautivó la imaginación de la sociedad que la acogió a tal punto que esquivó en la vida real el destino tradicional de la mayoría los antihéroes ficticios, siendo premiada con la fama que le dio la influencia para conseguir lo que quería, en vez de recibir su merecido.

Y quizás también…

Los expertos han señalado otras posibles razones por las cuales la España de la época, en vez de quemar a la monja alférez en la hoguera, la acogió e inmortalizó casi de inmediato.

Una de ellas es que la sociedad barroca ya estaba obsesionado con “cosas prodigiosas, llamativas y extrañas”, y Catalina, la monja sin pechos, el hombre sin falo, el soldado nacido mujer, la fascinó.

Otra es que la ciencia de la época había declarado que las mujeres eran hombres que simplementeno habían sido perfeccionados, un concepto conocido como modelo de un solo sexo.

Catalina de Erauso encarnaba la idea de trascender su precaria condición de mujer al vestirse de masculinidad.

Finales

La historia de la monja alférez, en su autobiografía, termina pendenciera y abruptamente.

“En Nápoles, un día, paseándome en el muelle, reparé en las risotadas de dos damiselas que parlaban con dos mozos. Me miraban, y mirándolas, me dijo una: «Señora Catalina, ¿adónde se camina?»

“Respondí: «Señoras p…, a darles a ustedes cien pescozones y cien cuchilladas a quien las quiera defender.» Callaron y se fueron de allí”.

La historia de Catalina de Erauso terminó fuera de la vida pública, se cree que en 1650 en la localidad de Cuitlaxtla, México, tras pasar sus últimos 20 años trasladando a pasajeros y equipajes desde el puerto de Veracruz a la ciudad de México con una recua de mulas.

Dicen que en ese entonces se llamaba Antonio de Erauso.

Imagen de la portada: Gentileza de BBC News Mundo

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo por Dalia Ventura

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